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martes, 4 de abril de 2023

LA PASIÓN NO DEBE ECLIPSAR LA OBJETIVIDAD

Por Antonio Luis Aguilera 

Escultura de Juan Belmonte en Triana.
Obra de Venancio Blanco

No es fácil estudiar a fondo la historia del toreo. Como todos los estudios, requiere objetividad, cualidad que por lo difícil que resulta armonizar con la pasión no han sabido aplicar muchos de los escritores. Un siglo después de la competencia de José, Juan y Rodolfo el grandioso torero mexicano que trajo de cabeza a «Joselito» y todos dejan fuera del relato—, se sigue discutiendo sobre la «paternidad» del arte del toreo, como si el toreo hubiera tenido un solo padre. Hay aficionados que les encanta expedir partidas de nacimiento del registro civil que solo existe en su imaginación. ¿Así las cosas, a qué padre se refieren cuando tratan de explicar el toreo anterior a «Gallito», Belmonte y Gaona?

¿O es que no existió el arte de «Cúchares», como la sabiduría popular llamó con acierto al nuevo modo de hacer de Francisco Arjona Herrera, cuando el madrileño tenido por sevillano se echó la muleta a la mano derecha —reservada exclusivamente para el uso del estoque—, y marcó el punto de partida del desarrollo creativo de la lidia, ese arte que la gente llana inmortalizó con su apodo? ¿O acaso no existió manifestación artística en el toreo del también madrileño Cayetano Sanz, a quien se atribuye la invención del lance de frente por detrás —que refinaría Gaona de tal forma que sería conocido por su apellido—, y de quien se escribió que dio siete naturales seguidos? ¿Y si la palabra arte la sustituimos por elegancia, acaso no es «Lagartijo» el que pone a todos de acuerdo en el refinamiento que aportó a las suertes del toreo el inolvidable espada cordobés? ¿No fue el señor Fernando «el Gallo», padre de la célebre dinastía formada por Rafael, José y Fernando, el espada del que todos los toreros de su tiempo decían que por la belleza de su arte daba gusto verlo torear? Sirvan estos ejemplos para afirmar que cada época tuvo su toro, su torero y su público. Y por supuesto, su manifestación artística, condición sin la que el toreo no habría apasionado a tantas generaciones de españoles, que con rotunda seguridad no habrían pagado una entrada para presenciar labores exclusivas de matarifes.

Recorte del señor Fernando «el Gallo» en la plaza de Madrid

Pero centrándonos en quienes pretenden expedir la partida de nacimiento «al arte del toreo» en un imaginario registro civil, sorprenden las declaraciones del catedrático y filósofo Francis Wolff, recogidas en el diario ABC del 22 de marzo, donde el prestigioso aficionado francés señala la fecha del 11 de abril de 1913 como punto de partida artística de la Tauromaquia, cuando el «Pasmo de Triana» intercaló varias verónicas sin enmendar la plana en la plaza de toros de Madrid: «Juan Belmonte es el inventor del toreo como arte. Aquello se consideró una “revolución belmontina”. Y lo fue porque sus innovaciones se impusieron como cánones hasta hoy».

Juan Belmonte torea por verónicas en Madrid

Pensamos que nadie en su sano juicio puede cuestionar el singular magnetismo del toreo de capa de Belmonte. Con razón recurrieron a la hipérbole para calificarlo y le llamaron «Terremoto», pues era tal la fuerza telúrica de ese toreo que fue considerado como un «fenómeno», porque por primera vez, tras reducir las distancias con el animal, el torero conservaba su terreno para ejecutar la verónica como nadie lo había hecho, cuadrando el capote para que el toro lo tomara como una golosina, donde Juan lo envolvía en un temple portentoso que lo traía, llevaba y sujetaba para repetir la suerte, resolviendo con el gozne de un giro de muñeca que lo conducía hasta detrás de la cadera, proclamando así la ligazón del lance a la verónica.

Esa fue la clave: la forma de hilvanar los lances a la verónica, con un acento personal único e intransferible, y la manera de rematar con media verónica escultural, liándose el toro a la cintura, que liberaba la emoción en los tendidos y provocaba el jubileo universal de la plaza ante ese toreo nuevo, excepcional por su temple y por la quietud del torero en la ejecución de la suerteY del magnetismo de aquel toreo y la locura provocada por la emoción levantada, vino la repercusión literaria del personaje, en una carrera de ditirambos donde compitieron por no quedarse atrás los intelectuales y los revisteros de la época, que fue consensuada sin mucho rigor con la proclamación del «padre» del toreo moderno. No del toreo de capa moderno, sino del toreo en toda la extensión de la palabra.

El toreo de muleta de Juan, en la pintura de Adolfo Durá Abad

Juan Belmonte fue un genio que por torear más cerca y disputarle los terrenos al toro de su tiempo, más seleccionado y con mayor fijeza, que ya empezaba a consentir que le disputaran su terreno, permitió que pudiera revelar el temple el trianero, su portentosa virtud, definitiva para  expresar un hondo sentimiento artístico, tan extraordinario que aún parece latir en las fotografías que recuerdan su paso por el toreo. Como decía el propio torero: «Para mí, aparte de las cuestiones técnicas, lo más importante en la lidia, sean cuales sean los términos en que ésta se plantee, es el acento personal que en ella pone el lidiador. Es decir, el estilo. El estilo es también el torero. Se torea como se es. Esto es lo importante: que la íntima emoción traspase el juego de la lidia: que al torero, cuando termine la faena, se le salten las lágrimas o tenga esa sonrisa de beatitud, de plenitud espiritual, que el hombre siente cada vez que el ejercicio de su arte, el suyo peculiar, por ínfimo o humilde que sea, le hace sentir el aletazo de la Divinidad».

Sin embargo, los panegiristas del torero omiten que Belmonte no cambió el planteamiento del antiguo toreo de muleta. Sus faenas se desarrollaban según las normas clásicas, con el diestro en los terrenos de adentro y el toro en los de afuera, la misma preceptiva anterior, y consistían en pases por alto, un natural ligado con el de pecho con la misma mano, molinetes, faroles y desplantes, con la diferencia que al ceñirse más con el toro, al torear más cerca y empaparlo de muleta, conseguía sujetarlo al terminar el pase, pues el animal no abandonaba la suerte en línea recta, sino que al ir toreado comenzaba a describir una línea curva, y como el torero permanecía en los terrenos de adentro, para no quedarse fuera de cacho entre pase y pase, no tenía más remedio que cruzarse en busca del pitón contrario, mientras el toro en su trayectoria entre pases por las afueras iba describiendo ochos en la arena.

«Chicuelo» inmortaliza a "Dentista" en México el 25/10/1925

La ligazón del toreo de muleta vendría posteriormente con «Chicuelo», que toreando en la distancia establecida por Belmonte, y sujetando de igual forma al toro, al curvarse el animal al final del muletazo, en lugar de irse al pitón contrario, para torear por los terrenos de afuera, resolvió el problema girando sobre su eje para permutar los espacios y así, al dejar al toro pasar por adentro, ligar el siguiente muletazo. Y como lo hizo con la muleta en la mano izquierda, en lugar de la combinación del toreo anterior del natural ligado con el de pecho con la misma mano, el genio de la Alameda de Hércules enseñaba que con la alternancia de espacios se ligaban los pases naturales en series.

«Chicuelo» cambia el toreo en España la tarde del 24/5/1928

«Chicuelo» versificó el toreo moderno agrupando los pases de muleta en series como los versos lo hacen en estrofas. Manuel Jiménez Moreno, poseedor de una gracia y expresión artística simpar, fue el inventor de la faena moderna. Una faena que en su evolución requirió la selección de un toro distinto al del siglo anterior, el ceñimiento de las distancias de Belmonte, la ligazón revelada por «Joselito», esa que tras la tarde de Talavera de la Reina continuó y embelleció «Chicuelo» puliéndola con su arte. Años después vendría «Manolete», que con su valor, regularidad y solemnidad la consagraría definitivamente como la arquitectura que habría de acoger cualquier expresión artística. Así las cosas nos preguntamos: ¿Y con la muleta, no hubo «inventores» del toreo como arte?

sábado, 1 de enero de 2022

GAONA Y «JOSELITO» EN 1915

Por «Don Justo»

Portentoso par de banderillas, cuadrando en la misma cara, de
Rodolfo Gaona. Temporada de 1917. Foto "Al Toro México".

Releyendo la magnífica «Historia Ilustrada de la Tauromaquia» del gran aficionado y escritor Fernando Claramunt (Espasa-Calpe. Madrid 1992), nos detenemos en la más que interesante comparación que en ella se reproduce del cronista «Don Justo» (Isidro Amorós Manso), que fue publicada en la obra «Gaona-Joselito» (Madrid 1916). Siempre es un gozo leer e imaginar cómo fueron aquellos portentosos toreros. Veamos cómo se expresaba «Don Justo» en 1916: 

«Rodolfo Gaona con sus alzas y bajas y los alejamientos de la plaza madrileña por problemas con las empresas, afianza su prestigio en plazas de provincias en las principales ferias del año. Pese a todo en 1915 actuó nueve veces en Madrid justificando su fama con lo que realizó en los tres tercios.

Y no menos portentoso par de Joselito por los adentros 

De los dos toreros de la sevillana escuela, el de Gelves es más dominador y el de México más elegante y artista. No se trata de “borrar a Joselito” sino de contrastar su repertorio variado, fácil, de dominio, con el clasicismo de Gaona que practica un toreo de brazos más depurado, exquisito, menos basado en las facultades físicas.

¿Qué resulta de comparar uno y otro torero?

El dominio de la verónica de Joselito 

En el primer tercio se vislumbraría el dominio de Joselito. Recoge su capote inmediatamente los toros abantos. Recuerda mucho a Ricardo Torres Bombita con el compás muy abierto, cargando mucho la suerte pero echando hacia afuera el toro, con lo que la suerte pierde emoción. Rara vez intercala navarras o faroles en sus verónicas. El repertorio de quites es mucho más variado en Rodolfo Gaona, sobresaliendo el lance que Don Pío bautizó como “gaonera”. Uno y otro matador practican el quiebro de rodillas con limpieza, a la altura de la cintura (no la larga afarolada “mixtificación sin mérito alguno”). Pero los dos realizan con galanura cuantas largas clásicas, galleos, quites a punta de capote, medias verónicas y otros adornos se propongan. Joselito tiene gran habilidad para el recorte capote al brazo, al estilo de Reverte.

La elegancia del «Indio Grande» en la hora estelar de su toreo.

Con las banderillas José tiene todo el repertorio alegre y lleno de facultades de Guerrita mientras Gaona parea con la soberana elegancia y la majestuosidad de Lagartijo. José banderillea más “a la carrera”. En los pares de Gaona hay templanza, menos prisa y sobre todo más elegancia. José pasa ante la cara más rápido, no para, no cuadra lo debido “robando a la suerte lo que sólo saben apreciar los buenos aficionados”.  Se deja ver desde muy lejos, anda despacio hasta emprender la carrera iniciando ya el cuarteo con suma habilidad. Abusa de clavar por el lado derecho, por lo cual ha sufrido luego cogidas al entrar a matar.

La maestría de Joselito en el segundo tercio de la lidia

Gaona por su parte es en el segundo tercio un dechado de vistosidad y elegancia. Banderillea lo mismo por un lado que por otro con enorme facilidad. Camina hacia el toro con los brazos abiertos y la espalda ligeramente inclinada hacia atrás con pasos suaves y rítmicos. Da un golpecito con los palos antes de clavar, sin perder ningún tiempo y sin que padezca la reunión de los rehiletes. Es una costumbre clásica de los grandes banderilleros. Cuadra muy bien ante el toro. Uno y otro  torero son “tan excelentes rehileteros que podrían actuar con los ojos vendados y no desmerecen ante el recuerdo de Lagartijo y Guerrita”.

El escalofriante «par de Pamplona» de Rodolfo Gaona (8-7-1915)

En el último tercio sobresale el dominio de José con la muleta con el toro de peligro. El macheteo, toreo por la cara, la vista y las facultades son algo portentoso. No hay toro que se resista, por quebranto o por fascinación; agotado y entregado permitirá el adorno final y el entusiasmo del público.

La clase, el dominio y la seguridad de Joselito 

En las primeras temporadas de matador toreaba menos erguido, menos derecho, cargaba demasiado los pases.

Rodolfo, con sello propio, cuando le sale un toro bravo y codicioso se hace aplaudir como nadie. Los cambios de mano de la muleta en la misma cara del toro tienen gran precisión y sorprenden al público. A uno y otro torero se les acusó de manejar en exceso la mano derecha, pero saben torear al natural con gran pureza. Los naturales de Gaona, “impecables y de artística y soberana ejecución no los mejoraría nadie ni aún el mismísimo Cayetano Sanz o Lagartijo”.

José domina a los toros mansos. Rodolfo luce mucho con los bravos y pastueños.

Adorno de Rodolfo Gaona en la plaza de Madrid

Con la espada Rodolfo es superior a José. El diestro de Gelves suele no matar en la suerte natural, da la salida a las tablas con lo que el toro “hace mucho por el matador” y a menudo le quita la espada o le hace pasar dificultades alargándose mucho la faena. Por su parte Rodolfo mata bien, arranca derecho, lleva el estoque bien montado, dobla la cintura por el pitón y sale por los costillares. Sin ser un purista del volapié es notoria su superioridad en esto sobre Joselito. La suerte de recibir la han ejecutado uno y otro en pocas ocasiones.

Joselito en Santander (1912). Foto Francisco Goñi (El País)

De las corridas que torearon juntos en la temporada de 1915, Gaona quedó mejor en las tres tardes de Granada. En Mérida, el 24 de junio triunfo Gaona en todos los tercios. En Pamplona el 8 de julio Gallito sobresalió en quites y matando, pero Gaona estuvo mejor con las banderillas y la muleta. El 9 de julio en la misma plaza Joselito fue el triunfador, así como el Santander el 8 de agosto y en San Sebastián, donde Gaona, volteado, fue a parar a la enfermería. En Salamanca el 11 de septiembre Gaona superó a Joselito. Alternaban ese día con Gallo. El 13 de septiembre, también en Salamanca, estuvieron los dos igual de bien. En Valladolid con toros de Saltillo para Gaona, Joselito y Belmonte, tuvo más suerte Joselito y quedó mejor en general.

Estocada de Rodolfo Gaona

La última del año, la de Granada, fue con miuras pedidos expresamente por Joselito para alternar con Gaona y Belmonte. Gaona estuvo colosal en todo y Joselito mal».

Interesante e histórico testimonio. Posteriormente, pese a continuar obteniendo triunfos importantes, aquel soberbio torero mexicano que fue Rodolfo Gaona que demasiadas veces se olvida que encarnó un papel de primer protagonista en la «Edad de oro del toreo», como también lo hizo Rafael el Gallo—, tendría un desafortunado contratiempo privado, convertido en público, que marcaría dolorosa y cruelmente su imparable carrera en los ruedos. 

miércoles, 8 de diciembre de 2021

RECORDANDO A RAFAEL MOLINA SÁNCHEZ “LAGARTIJO”

Por Rafael Sánchez González                                                     

Rafael Molina Lagartijo
                                             

Desde que muy joven me inicié como aficionado a la Fiesta de los toros, sentí gran interés por conocer la enorme riqueza que encierra la historia de la Tauromaquia, y uno de sus personajes que más me cautivaron fue Rafael Molina Sánchez Lagartijo, de quién el pasado día 27 se cumplieron ciento ochenta años de su nacimiento.

Introducirnos en el aluvión de datos que aporta su densa biografía, ni es mi intención ahora ni sabría en este momento por cuál de ellos declinarme, puesto que solo trato dedicar unas líneas en recuerdo de tan inmenso torero.

Lagartijo El Grande

Había en toda su figura tales atractivos, existía tal relación entre la suerte ejecutada, los medios de ejecución y la manera de practicarla, que no quedaba al espectador otro recurso que entregarse ante aquel artista incomparable y batir palmas a la serenidad, valor, aplomo y elegancia, a la maestría en una palabra, de tan incomparable coloso del toreo. El fondo y la forma se daban la mano para hacer de Lagartijo la personificación del torero más perfecto que hasta su retirada se había conocido y uno de los más completos que han existido. Hablar de la historia del Toreo y no citarle en primer término sería imperdonable, porque su señera figura alcanzó relieve de grandeza. La traza y la silueta de su cuerpo, hasta la elegancia de sus movimientos y la armonía de sus acciones en el ruedo, envolvían de plasticidad la lidia. Solo por verle hacer el paseíllo valía la pena pagar la entrada, llegó a decir de él Guerrita. Como también se decía, que componía una obra de arte cada vez que desplegaba su capote. Belleza helénica encarnada y viviente en su toreo. Tras los esbozos artísticos del patilludo diestro madrileño Cayetano Sanz, Lagartijo pasa por ser el torero de mayor arte que hasta entonces, e incluso muchos años después, han conocido los públicos. Lagartijo el Grande le llamaban en su tierra. 

Piconera con burro. Foto: Blog Notas Cordobesas de Paco Muñoz

Porque, Rafael Molina no solo fue grande como torero. En lo personal fue un hombre honrado y bueno; serio, pero ocurrente; altivo con los grandes y colaborador con los humildes. Que les preguntasen a los piconeros cordobeses de los que fue su ángel protector. Aquellos humildes hombres de un gremio muy extendido entonces en la ciudad siempre encontraron amparo en él, desde pagarles los borriquillos con los que portaban sus pesadas cargas, hasta bautizarles los hijos con la sola condición de que se les impusiera el nombre del Arcángel San Rafael. Asimismo, durante los últimos años de su vida mantuvo la costumbre de repartir todos los martes un plato de comida a los pobres que se acercaban a su domicilio. Y esa misma condición de generosa entrega personal la tuvo igualmente hacia sus compañeros. Quien desde su alejamiento de la profesión apenas salió de Córdoba, no dudó en viajar a Madrid para dar su último adiós al único espada que fue capaz de rivalizar firmemente con él durante veintitrés temporadas, Salvador Sánchez Frascuelo, ante cuyo cadáver se postró arrodillado, y sin poder evitar que unas lágrimas rodaran por su rostro exclamó: pobre Salvaór… tanto luchá pa esto.

Salvador Sánchez Frascuelo

Sobre tan extraordinario personaje ¿cómo podría yo resumir siquiera en el breve espacio de un artículo las hazañas de aquel torero excepcional, que comenzó a torear a los once años de edad y se alejó de los ruedos cumplidos ya los cincuenta y dos? Por cierto, enfrentándose en solitario a seis ejemplares de Veragua en la plaza de Villa y Corte. Si acaso, indicar que a lo largo de las veintiocho temporadas que ininterrumpidamente estuvo en activo, es decir, desde el 29 de septiembre de 1865 que recibió la alternativa en Úbeda (Jaén), al primer día de junio de 1893 que por última vez vistió el traje de luces, totalizó 1.632 corridas en las que estoqueó 4.867 toros, cifras de las que 404 y 894, respectivamente, corresponden a Madrid.

Aun cuando he dicho que no intentaría relatar ningún acontecimiento de su vida torera, permítaseme referir un breve suceso, al menos curioso, encontrado entre la documentación que sobre el primer califa tengo recogida.

Festejos en honor del príncipe Federico Guillermo

Funciones de teatro, revistas militares, recepciones y banquetes y hasta una corrida de toros se celebraron en Madrid, en noviembre de 1883, para festejar la visita del príncipe imperial Federico Guillermo, que sería último emperador de Alemania (1888-1918) y rey de Prusia. A tal fin, el domingo 25 de noviembre se organizó una función extraordinaria, que solo vino a engrosar las ganancias de la empresa, indemnizada además de manera oficial con diez mil pesetas, puesto que el ganado lidiado no añadió gloria alguna a la divisa de Veragua y, por lo tanto, aportaron muy poco al lucimiento de Lagartijo, Francisco Arjona Currito y Fernando Gómez Gallo, diestros cabeceros de aquella temporada en el coso matritense, festejo en el que Miguel Almendro, a la sazón banderillero a las órdenes de Fernando, mató en último lugar un sobrero de Eduardo Schelly, tan manso como los ejemplares del señor duque. Baste decir, que, según un revistero de la época, hubo momentos en que los espectadores que ocupaban las localidades altas se entretuvieron tratando de coger al vuelo, como si de moscas se trataran, los jilgueros que sobre sus cabezas revoloteaban.

Sonaron himnos nacionales y hubo brindis para el egregio forastero, que, junto a los reyes de España, Alfonso XII y María Cristina de Absburgo-Lorena, presenciaron el festejo desde el palco real, al que fueron invitados los cuatro espadas junto con un representante de sus respectivas cuadrillas, para saludar a Federico Guillermo, que, muy agradecido expresó su admiración hacia ellos, recibiendo de Lagartijo el estoque con el que había dado muerte a sus dos oponentes, obsequio que recogió manifestando que figuraría entre las espadas de Napoleón III y otros distinguidos militares en una vitrina de palacio, indicándole al conde de Solm que le facilitara los nombres de los cuatro matadores para poderles corresponder con un regalo personalizado.

Lagartijo en la plaza de Madrid

Al despedirse con unas palabras de elogio estrechó la mano a los ocho lidiadores presentes, y entendiendo Currito que les ofrecía su casa, respondió resuelto: en San Bernardo tiene usté la suya, donde quiera que pregunte le darán rasón. La cosa no deja de tener su gracia, pero es que, cuando ya regresaban en jardinera camino de la fonda, según se cuenta, Lagartijo le preguntó a su hermano: ¿tu crees que el hijo del Curro ha entendío al príncipe ese? Juan Molina, que en perspicacia superaba a Rafael, le contestó sorprendido: pero Rafaé, ¿tu va a jasé caso de un endividuo que está más volao que la veleta una torre?

Rafael Molina Sánchez Lagartijo. Un torero que no invadió normas ni borró jurisdicciones, sino que se atuvo a ellas y dentro de ellas fue un consumado maestro y la melodía torera más inspirada y bella vestida de luces. Fue el torero que, sin darse cuenta, promovió el renacimiento de la literatura taurina. Su nombre, escrito con letras de oro, engalana la historia del Toreo y es orgullo y gloria para la tierra que le vio nacer, hace ahora ciento ochenta años. 

miércoles, 16 de junio de 2021

«LAGARTIJO»: APUNTES Y ANÉCDOTAS

 

Lagartijo. Óleo de Antonio Bujalance.

APUNTES:

—El primer Califa del toreo, Rafael Molina Sánchez, nació en el barrio de la Merced de Córdoba el 27 de noviembre de 1841. Era hijo del banderillero Manuel Molina Niño Dios y de María Sánchez, hermana del torilero cordobés Poleo. (Recomendamos por su valor histórico leer el documento “El barrio y la familia de los Poleo, de Rafael Sánchez González). PULSAR PARA VER

—Por la facilidad que de niño tuvo Rafael para trepar por las tapias del matadero de Córdoba, y esquivar con agilidad de lagartija al guarda del mismo (que era el padre de Guerrita), fue inmortalizado con el apodo que pasó a la historia del toreo. Aún así, entre sus familiares, siempre fue conocido como El Chico.

—Durante su niñez Lagartijo fue mozo de nave del Matadero de Córdoba, y fue por su afición a sortear las reses bravas que llegaban para el sacrificio lo que provocó su expulsión del mismo. La revista La Lidia de 27/10/1884 publicó el curioso oficio que la alcaldía de Córdoba dirigió al alcaide del Matadero: «Noticioso de que el mozo de nave Rafael Molina se permite saltar las tapias de los corrales del Matadero para lidiar las reses bravas destinadas al abasto público, infringiendo de este modo los preceptos reglamentarios y burlando las órdenes dictadas con repetición para impedir este abuso, he resuelto prevenir a usted que expulse del establecimiento al referido joven, prohibiéndole su entrada en lo sucesivo y deteniéndolo a disposición de esta alcaldía, si vuelve a saltar el edificio, para imponerle la corrección oportuna. Córdoba, 16 de mayo de 1857. - J. García Lovera».

Antiguo barrio del Matadero en el Campo de la Merced.

Rafael Molina se presentó como banderillero en Córdoba el 8 de septiembre de 1852, con tan solo diez años de edad, en la corrida mixta que con motivo de la Feria de la Fuensanta organizó el Ayuntamiento de la ciudad. Se lidiaron seis toros y dos novillos de don Rafael José Barbero, encargándose de la muerte de los toros José Carmona (el Panadero), que toreaba por primera vez en Córdoba, y Antonio Ortega. Ambos llevaban sus cuadrillas. El cartel anunciaba que para la lidia de los dos novillos eran espadas Antonio Luque y José Sánchez, de catorce años de edad; picadores, Juan de Dios Martínez (a) Riñones, y Rafael Álvarez (a) Onofre, de quince años ambos; y banderilleros Mariano Bejarano, Francisco Quesada, Manuel Fuentes (a) Bocanegra, de catorce años, y Rafael Molina (a) Lagartijo, de once años. Todos los lidiadores vecinos de Córdoba. El día 29 del mismo mes se verificó otra función de novillos de muerte lidiados por los mismos toreros, pero en ese cartel Rafael Molina ya ocupaba el primer puesto entre los banderilleros.

—En 1862 Lagartijo entró a formar parte de las cuadrillas de los hermanos Carmona, Manuel y Antonio. Un año antes ya figuró en la del infortunado José Dámaso Rodríguez Pepete (tío abuelo del histórico Manuel Rodríguez Manolete).

Rafael Molina Lagartijo

—Lagartijo echó su primer paseíllo en la plaza de Madrid el 13 de septiembre de 1863, actuando como banderillero de Antonio Carmona el Gordito. De aquella actuación se hico eco J. Pérez de Guzmán: «...apenas tocaron a banderillas en el segundo toro, se adelantó para realizar esta suerte; una parte del público concurrente al tendido 5, en cuya localidad el Gordito contaba con un inmenso partido, gritó “el quiebro” “el quiebro” y, en efecto Lagartijo echose hacia los tercios y alegrando al toro lo aguantó hasta el momento de meterle la cabeza, en cuyo acto se cambió con tal aplomo, arte y serenidad, metiendo los brazos y resultando un par tan perfectamente puesto y en tan buen sitio, que el público no pudo por menos de admirarse de quien aquello hacia hubiera estado alejado del circo de Madrid hasta aquel día».


—Tomó la alternativa en Úbeda (Jaén), el 29 de septiembre de 1865. Su maestro Antonio Carmona el Gordito le cedió la muerte del toro Carabuco, de la marquesa viuda de Ontiveros. Confirmó en Madrid el 15 de octubre del mismo año. Cayetano Sanz fue el padrino, completando el cartel el Gordito. El toro de la ceremonia atendía por Barrigón y pertenecía al hierro de doña Gala Ortiz, ganadería que lidió tres reses junto a otras tres del hierro de  la viuda de Benjumea. Así rezaba el cartel, que años más tarde copiaría Guerrita: “Espadas: Cayetano Sanz, Antonio Carmona (el Gordito) y Rafael Molina (Lagartijo), que alternará por primera vez en esta plaza, confiando, más bien en la indulgencia del público que en sus propios merecimientos, y procurará desempeñar con el mayor lucimiento, desde esta corrida, las obligaciones que le impone su nueva categoría”.  

Salvador Sánchez Frascuelo

—Lagartijo mantuvo con Frascuelo una competencia que duró veintidós años. La rivalidad comenzó en la feria del Corpus granadina de 1868 y duró hasta que el torero granadino se retiró en el año 1890. Ambos espadas torearon juntos en Madrid los años 1869, 1871 a 1876, 1878, 1880, 1885, 1887 y 1889. Rafael fue contratado veintiún años en esta plaza, y Salvador diecisiete.

—Tras actuar en la feria de abril de Sevilla del año 1884, cansado de la hostilidad del público hispalense, Rafael Molina decidió no volver a hacerlo en la plaza de la Real Maestranza.

—Lagartijo tuvo el triste honor de rematar al toro Peregrino, de la ganadería de don Vicente Martínez, causante de la cornada que dejó inútil para el toreo a Antonio Sánchez el Tato. El hecho ocurrió en la plaza de Madrid el 7 de junio de 1869. Lagartijo y Frascuelo torearon las corridas contratadas por el Tato para aquella temporada y le entregaron los honorarios íntegros. En agradecimiento, el infortunado matador regaló al diestro cordobés el estoque de aquella tarde, que está depositado en el Museo Taurino de Córdoba, con la siguiente dedicatoria grabada en ambas hojas: «Si como dicen los filósofos, la gratitud es atributo de las almas nobles, acepta, querido Lagartijo, este presente y consérvale como sagrado depósito, en gracia a que simboliza el recuerdo de mis glorias y representa a la vez el testigo mudo de mi desgracia. Con él maté el último toro, llamado Peregrino, de don Vicente Martínez, cuarto de la corrida verificada en Madrid el 7 de junio de 1869, en cuyo acto recibí la cogida que me ha producido la amputación de la pierna derecha. Ante los designios de la Providencia, nada puede la voluntad de los hombres. Sólo le resta conformarse a tu afectísimo amigo, Antonio Sánchez Tato».

Lagartijo en la plaza de Madrid

—Rafael Molina toreó su última corrida en la plaza de Madrid el día el 1 de junio de 1893, festividad del Corpus Christi. Debido a la enorme expectación del festejo, las autoridades eclesiásticas accedieron a que la procesión del Santísimo se celebrara por la mañana.

—Durante su vida profesional Lagartijo actuó en 1.632 corridas, de ellas 404 en la plaza de Madrid, y estoqueó 4.867 toros.

Rafael Molina Fue proclamado Califa del toreo por el crítico aragonés don Mariano de Cavia y Lac.

Lagartijo ostentó el cargo de Hermano Mayor, entre los años 1880 a 1890, de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Caído, popularmente conocida como la cofradía de los toreros. Rafael regaló al sagrado titular una túnica de terciopelo morado, bordada en oro. De esta Hermandad, anterior y posteriormente, también fueron Hermanos Mayores los espadas José Dámaso Rodríguez Pepete y Manuel Rodríguez Manolete.     

Busto de Lagartijo en la calle Osario de Córdoba
                                              

Lagartijo falleció en Córdoba el 1 de agosto de 1900, a los 58 años de edad, en su domicilio de la calle Osario, número 10. El funeral se ofició en la iglesia de San Miguel. Ocho días después de la muerte del Califa, abandonaba el toreo para siempre su hermano Juan Molina Sánchez, quien está considerado uno de los mejores peones de brega de todos los tiempos, conocido entre sus familiares como el Bolé, y de quien llegó a decirse que un capotazo suyo era una lección de geometría.  Después de treinta y dos años de toreo activo, y con cuarenta y nueve de edad, dejó que su hija Luisa le cortara la coleta. Después de la retirada de su hermano, tan excepcional banderillero había bregado a las órdenes de Mazzantini, Guerrita y Conejito.

ANÉCDOTAS:

—A nivel personal Rafael Molina destacó por su sencillez y humildad. En cierta ocasión, cuando Frascuelo echaba sapos y culebras contra sus detractores, el cordobés le susurró: «A ti te va a perder la boca»

—Otra vez, a un banderillero que blasfemaba en la puerta de cuadrillas, le dijo, mirándole a los ojos: «Compadre, si nos engancha un toro dentro de media hora ¿sería usted capaz de repetir eso mismo a ese Señor del que ahora está diciendo tantas cosas malas?».

—En otra ocasión, camino de la plaza, Lagartijo comprobó que no llevaba el escapulario de San Rafael. El torero ordenó a los miembros de su cuadrilla que fueran a buscarlo: «Yo no puedo torear si no me acompaña mi paisano».    

Despacho de Lagartijo expuesto en el Museo 
Taurino de Córdoba, antes de ser remodelado.

—Como siempre ocurrió con las rivalidades, el público pretendió enemistar a Lagartijo y Frascuelo, rivales en el ruedo pero entre los que siempre existió una noble y entrañable amistad. Lo prueba la anécdota protagonizada por ambos en Madrid el 13 de julio de 1873, cuando Rafael se encontraba convaleciente de la cornada más grave que sufrió como torero, ocurrida en esta plaza el 22 de junio del mismo año (al entrar a matar muy en corto y despacio al primer toro de Bermúdez, este le suspendió del brazo derecho, ocasionándole en el mismo una penetrante y gravísima herida, de la que no curó completamente hasta el mes de septiembre). El cordobés acudió al coso para presenciar la actuación de Salvador, que cosechó un gran triunfo. Frascuelo le brindó la muerte del toro Cantarillo, al que realizó una gran faena que el público premió lanzando sombreros, puros y hasta una petaca. Rafael, puesto en pie, envolvió su reloj de oro en un pañuelo y se lo arrojó a su compañero.

—En una ocasión preguntaron a Lagartijo en San Sebastián quiénes eran, a su juicio, los mejores matadores. El cordobés contestó: «Primero Salvador; luego, Frascuelo».

—No era menor el afecto de Salvador por Rafael. En otra ocasión un empresario regateaba al granadino la contratación de tres corridas de toros y Frascuelo no bajaba un céntimo de lo pedido. “No sea usted tirano -le dijo el empresario- y tenga en cuenta que Lagartijo me ha rebajado quinientos reales. Frascuelo le respondió: “¿Pero es que torea conmigo Rafael? ¡Entonces ponga usted lo que quiera!”.

Frascuelo

—Tampoco faltaba el buen humor entre ambos toreros. Los hermanos de Rafael y Salvador, Manuel Molina y Paco Sánchez, gozaron de escasa fortuna en el toreo. Frascuelo dijo a Lagartijo: «Los mejores matadores, tú y yo. Los peores, tu hermano y el mío».

—Rafael desplazó a todos los toreros de su época, excepto a Frascuelo, con quien entabló una rivalidad artística que fue bautizada como La edad de Oro del Toreo. Y aunque ciertamente nadie pudo competir con ellos, cuando el señor Fernando el Gallo se sentía inspirado y toreaba como sabía y los duendes le dictaban, el cordobés decía al de Churriana: «Vamos a sentarnos en el estribo a ver torear».

—Cuando falleció la esposa de Lagartijo, los familiares de esta reclamaron al torero los bienes gananciales. Rafael se desplazó a Madrid para consultar al jurista don Manuel Alonso Martínez, amigo y partidario del torero, quien le dijo: “Sí, es duro, pero yo lo he hecho y es legal”. A lo que el torero contestó: «¡De modo y manera, don Manuel, que mi suegro en     el tendido y yo en el redondel, hemos toreado a medias!».

Panteón de Lagartijo. Cementerio Virgen
de la Virgen de la Salud de Córdoba.

—La muerte de Rafael Molina se venía venir en sus últimos meses de vida; ya no caminaba con su habitual garbo, sino ausente. Guerrita la adivinó en una de sus sentencias: «No le digo a usted más que le andan las moscas por la cara y no se las quita. Para mí que el pobre no vive un mes».También el propio torero llegó a intuir su final. Pocos meses antes de su muerte le visitó su pariente Rafael Bejarano Carrasco Torerito, que también se encontraba enfermo de una grave dolencia hepática, y el Califa, presintiendo el inmediato final de ambos, le dijo: «Rafael, prepara las maletas que vamos a hacer un viaje muy largo».

Antonio Carmona el Gordito, maestro de Rafael Molina a quien llevó fijo en su cuadrilla y cedió en ocasiones la muerte de algún toro, sobrevivió a su discípulo. En el entierro del inolvidable torero cordobés, el viejo maestro lloró ante los restos de Lagartijo y llegó a decir noblemente entre lágrimas: «Nunca pude vencerte».

BIBLIOGRAFÍA:      

-“Lagartijo y Frascuelo y su tiempo”. Antonio Peña y Goñi. Espasa-Calpe 1994.

-“Historia Ilustrada de la Tauromaquia”. Fernando Claramunt. Espasa-Calpe 1992.     

 -“Los Toros”. Enciclopedia Taurina. José María de Cossío. Espasa-Calpe.

-“Toreros Cordobeses”.  J. Pérez de Guzmán. Córdoba 1880.

-“Antes y después del Guerra”. F. Bleu. Colección Austral. 1983

-“Paseos por Córdoba”. Teodomiro Ramírez de Arellano. Librería Luque 1976.

-“Dos siglos de Tauromaquia Cordobesa” (Siglos XVIII-XIX). Ayuntamiento de Córdoba.  Museo Municipal Taurino. 1990.

-“Tauromaquia Cordobesa”. José Luis de Córdoba. Everest 1978.

martes, 2 de junio de 2020

RODOLFO GAONA, EL PROTAGONISTA MEXICANO DE LA EDAD DE ORO DEL TOREO

Por Antonio Luis Aguilera
Rodolfo Gaona
El mexicano Rodolfo Gaona, por sus portentosas cualidades técnicas y elegancia natural, fue de los toreros que dejó una profunda huella en el toreo de su tiempo, nada más y nada menos que la edad de oro protagonizada por Joselito y Belmonte, con los que echó el paseíllo abriendo plaza en numerosas ocasiones. Gaona, que tomó la alternativa en Tetuán de las Victorias (Madrid) el 31 de mayo de 1908, de manos de Manuel Lara El Jerezano, con quien actuó mano a mano, fue un lidiador formidable, cuya carrera, marcada por altibajos de carácter personal y de forma más concreta por el desafortunado matrimonio contraído en nuestro país, cruelmente tomado a burla por el público para humillarlo en las tardes menos afortunadas, no tuvo el máximo nivel de regularidad, lo que no impide que sea considerado el primer torero importante de la historia sin haber nacido en España, una primerísima figura del toreo de las que marcan diferencias por su templanza en el ruedo, conocimiento del oficio y magníficas condiciones artísticas.
Rodolfo Gaona en la plaza de Madrid. Foto Espasa Calpe.
En un texto editado el pasado mes de octubre en este blog (ver entrada), nos hicimos eco de la influencia de Lagartijo en la famosa dinastía de los Gallo, familia que siempre veneró y respetó como modelo magistral de elegancia taurina la figura de Rafael Molina Sánchez. En esta ocasión cruzamos imaginariamente el charco para seguir buscando la huella del genial espada cordobés, que también tuvo continuidad en México, donde Saturnino Frutos Ojitos, antiguo banderillero en la cuadrilla de Frascuelo, conocedor por tanto en primera persona de la noble competencia mantenida entre Salvador y Rafael, creó una escuela taurina en León de los Aldama, localidad natal de Rodolfo Gaona, por la que pasó como alumno mostrando unas cualidades nada frecuentes, que serían pulidas por el experto y exigente banderillero madrileño, quien inculcaría al Indio Grande las elegantes enseñanzas del Califa de Córdoba para que terminara convirtiéndose en el Califa de León.  
Rodolfo Gaona ejecuta la gaonera, lance de frente por detrás de Cayetano Sanz.
Una vez más recurrimos a la célebre sentencia del genial José Alameda: "La historia no establece dogmas, los establecen quienes la escriben". Efectivamente, como ocurriera con Manuel Jiménez Chicuelo, a quien algunos quisieron despachar históricamente en dos renglones, envuelto en el bonito papel de regalo de la chicuelina, a Rodolfo Gaona se le conoce poco más que como el inventor de la gaonera —el lance de frente por detrás del madrileño Cayetano Sanz, que por la soberana elegancia y ajuste del torero de México sería rebautizado definitivamente con el derivado de su apellido—. Mas Gaona también fue ninguneado por algunos de los plumillas que escribieron la historia, que no incluyeron al grandioso diestro azteca como el tercer hombre de la edad de oro del toreo. Desviando la atención a otra historia, la de su desafortunado matrimonio, no todos vieron para contar la inmensa torería del Indio Grande, que tanta inquietud despertó en los primeros años de ascensión al trono del toreo del magnífico Joselito —con quien finalmente llegaría a torear 139 corridas, cifra solo superada por Belmonte (258) y su hermano Rafael El Gallo (185)—, que conociendo mejor que nadie que no se trataba de ningún cualquiera, procuró orillarlo de las corridas en que actuaba con Juan, pues sabía que Gaona era un torero completo, con sello propio, de largo repertorio, conocedor de todas las suertes de capote, excelente banderillero por ambos lados, armonioso muletero y eficaz estoqueador. 
Para el gran escritor José Alameda, el espada mexicano fue insuperable en banderillas, pero también le andaba a los toros con la muleta, no solo para ir al animal o para citarlo, sino dentro del desarrollo de la faena, para mantener la reunión entre suerte y suerte, en el enlace de ellas, andándole, recolocándose sobre la marcha, siempre armónicamente.    
La gaonera en los pinceles de Ruano Llopis
Pero es Néstor Luján quien en su "Historia del toreo" nos ofrece un retrato radiográfico del Califa de León: “Gaona fue un artista extraordinario. Con el capote, en su época, tan solo le pudo superar en finura y fantasía Rafael el Gallo, aunque Gaona era más clásico y tenía un retoque más perfecto. Cultivaba unas verónicas elegantes y paradas, parecidas a las de Fuentes, aunque templando más que él, e imprimiéndoles una majestad menos rebuscada. Las daba generalmente con los brazos muy levantados. Sus faroles y navarras eran limpios e impecables. Su repertorio de largas era soberano, y entre todas, resaltaba como una joya la sobria y majestuosa larga cordobesa del gran LagartijoSus floreos en las largas cambiadas, afaroladas, revoleras y serpentinas eran de una efervescencia inaprensible. Su tijerilla de rodillas y su célebre gaonera, que resucitó del ya desvanecido repertorio de Cayetano Sanz, eran modélicas, y como tales han quedado.
Impresionante par de Rodolfo Gaona. Pamplona, 8 de julio de 1915. 
Pero lo prodigioso era su modo de banderillear. En nuestro siglo solo le igualó Joselito, pues ambos clavaron rehiletes en todas las suertes y terrenos, y de un modo perfecto. Sus preparaciones, hechas con una consciente distinción, su presteza en ejecutar la suerte, su incomparable seguridad al clavar y su perfección impecable le colocan entre los mejores banderilleros que han existido. Con la muleta, fue un portentoso muletero con los toros suaves y nobles; con los toros difíciles, se amilanó y no tuvo la precisa y férrea exactitud de Joselito, ni la acongojada belleza de Belmonte, ni la frenética temeridad de Sánchez Mejías, pero cuando el toro era suave no conocía parigual su delicadísima y aquilatada maestría. Con la espada mató, algunas temporadas, muy bien a volapié. Pero, por lo general, no estaba la altura de su altísima categoría. Tal ha sido el torero que México ofreció al toreo en estos años tan intensos en que Joselito y Belmonte disputaban su hegemonía sobre las viejas arenas del ruedo ibérico”.
Adorno de Gaona en la plaza de Madrid. Foto Espasa Calpe.
Paco Aguado en su magnífico libro "Joselito El Gallo, rey de los toreros", reeditado recientemente por Editorial El Paseo, escribe refiriéndose al espada mexicano: "...el elegante Rodolfo hubiera sido, de llegar a mayor regularidad, el rival más natural del sabio de Gelves. Con un similar concepto del toreo, derivado de la línea lagartijista, y con el mismo aprendizaje clásico por distintas vías, Gaona tenía más clase que José y más poder que Belmonte. El mexicano, además, no basaba tanto su toreo en las facultades físicas como en un depurado juego de brazos. Era tan largo como Gallito pero más puro y más artista, con más prestancia y más temple. Y mucho mejor con las banderillas y con la espada. Cuña de la misma madera, podía ser, desde luego, un molestísimo enemigo. Pero a Gaona le faltó, en general, capacidad de lucha, la fibra suficiente para mantener el ritmo de los dos colosos...".
Las imágenes del video que insertamos al final de este texto hablan por sí mismas de la inmensa capacidad y torería del espada mexicano, de quien Juan León (Julio Fuertes), reivindicó su figura en la revista El Ruedo de Madrid en una editorial titulada “La terna de la Época de Oro”:
“Ya dejé apuntado que en la edad de oro del toreo, así llamada por los furibundos partidarios de Joselito y Belmonte, con estos dos diestros sevillanos se completaba una terna que hoy me parece justo llamar de oro, con el mexicano Rodolfo Gaona. Es indudable que Rafael el Gallo y Vicente Pastor, entre otros, también “cortaban el bacalao” y con los cuales y algún otro diestro de la terna de oro, se montaban carteles de gran atractivo para el público… Pero el cartel máximo de la segunda década de este avanzado siglo XX era el mencionado Gaona, Joselito y Belmonte”. 
Rodolfo Gaona en el célebre "par de Pamplona".
Terminamos esta evocación homenaje al inolvidable torero mexicano con la belleza de los versos del gran escritor y poeta José Alameda


Estampa de Gaona con Gallito

Huraño, cenceño, altivo,
quieto en la estampa te veo,
como cuando estabas vivo
en la suma del toreo.

Te da los palos José
—las banderillas, tu suerte—
Él lo sabe —y yo lo sé—
no por competir, por verte.

Por ver en tiempo y espacio
el milagro de ajustar
los pies al verso de Horacio.

Y salir como al entrar,
andando, abriendo despacio
tu gloria, de par en par.



 "Rodolfo Gaona, el toreo mexicano más trascendental", de Elías Ruvalcaba.