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lunes, 18 de agosto de 2025

«MANOLETE» EN EL CUADRO DE VÁZQUEZ DÍAZ

Por Daniel Vázquez Díaz

(Diario ABC: Madrid, 22 de Agosto de 1965) 

Manolete, en el retrato de Daniel Vázquez Díaz.

«Todas las tardes que toreó en Madrid le vi en condiciones excepcionales para un pintor, desde un asiento de burladero de la Diputación, gentileza de mi buen amigo don Antonio Almagro, entonces presidente de la Excelentísima Corporación. Pude ver perfectamente aquella sabias y escalofriantes faenas a tres o cuatro metros del objetivo de este cine en color que son mis ojos, en donde quedó grabada para siempre la imagen inmortal. Así fue naciendo la idea de pintar el retrato del genial torero. Era necesario ser presentado al diestro; decidido a empezar cuanto antes este retrato que ya tenía fijo en cuanto a la composición y movimiento de la figura, ceñido a un arabesco de luz y sombra, atendiendo principalmente a su valor expresivo. 

Un día del verano de 1944 fui presentado al torero por su apoderado Camará en su cuarto del Hotel Victoria, y al oír mi nombre un gran amigo suyo allí presente quiso hacer una nueva presentación, más documentada, y de más salero, obligándole a posar, impaciente de ver el Manolete que yo pintara.

El traje para el retrato quise que fuera tabaco y oro. Manolete no tenía entre sus muchos vestidos el color deseado, pero fue tan amable que enseguida ordenó al sastre un vestido de ese color, y cuando el traje estuvo terminado me telefoneó Manuel: “Ya tengo el traje tabaco y oro —me dijo— y esta tarde lo estreno en Madrid; venga a verlo”. Fui al hotel para verlo vestir, y pude hacer unas primeras líneas; otro día hice una cabeza, primera de todas que fueron realizándose en busca de la expresión. Me interesó de Manuel su elegancia y señorío, su caballerosidad, su silencio; y del torero, su impresionante psicología.

Empecé el retrato con más preocupación que otros; pensaba más que pintaba, hasta aquella mañana que entró mi esposa en el estudio con el retrato de Manolete en la primera página del ABC. “Daniel —dijo— ya no podrás seguir el retrato porque Manolete ha muerto”.

Terrible y dolorosa noticia… ¿Pero cómo ha sido esto posible?, y sobreponiéndome a la trágica impresión vi en el retrato de Manuel un resplandor y una sombra, un cambio total en la expresión y el movimiento de la cabeza. “Lo seguiré después de muerto”, dije estremecido; y un día tras otro fui añadiendo al retrato la tragedia, la mirada muy lejos…, la frente llena de presagios y el terrible presentimiento.

Mi buen amigo el doctor Tamames fue llamado a Linares con el doctor Jiménez Guinea; él mismo me contó la dolorosa escena de su llegada en la madrugada de la mañana trágica, las tres de la mañana, al Hospital Municipal de Linares, donde le habían llevado desde la enfermería de la Plaza de Toros.

Cuando Manolete exhaló su último suspiro, estaba el doctor Guinea a la derecha de su cama.

—Yo —dice el doctor Tamames—, a su izquierda. Le tomé el pulso y la tensión. Tenía una máxima de cuatro. Ya no había nada que hacer. Todo se derrumbaba minuto a minuto. Manolete se moría. Hicimos cuanto humanamente fue posible para salvar su vida, pero fallaba el corazón. Todo fue inútil. Manolete se acordaba de su madre; varias veces dijo: “Madre mía, cuánto estarás sufriendo”.

Ya casi en su agonía, pidió un pitillo; dio tres o cuatro chupadas al cigarro y lo tiró sin ganas; dirigiéndose a Jiménez Guinea, dijo: “Doctor, ya no veo”. Segundos después, y con mayor angustia: “Ya no siento la otra pierna”. Un minuto de silencio y Manuel, con esa voz ronca de los agonizantes, pero llena de energía, como si estuviera en la plaza, grito: “David, ¿dónde está David?”.

Inconsciente, porque la vida se le marchaba por segundos, continuaba en su cerebro la lidia del toro Islero, el toro negro que le llevó a su isla definitiva… “David, ¿dónde está David?”. Apenas se oyó la última palabra.

El año 1947, año de su muerte, sería el último que pensaba torear en España. Hubiera puesto fin a su vida torera el hombre que había enardecido con su arte a las masas como nadie lo hiciera. La envidia de otros se cebó en él y tal vez por esto él quería poner fin a su vida artística, tan llena de triunfos y tan llena también de tristezas y amarguras. “¿Cuándo vendrá octubre?, decía deseoso de que llegara la fecha de tan ansiado descanso. Y sin que nadie sospechara que la suerte se iba anticipar, ella le esperaba entre los olivos andaluces aquella tarde funesta del 28 de agosto y él, obediente a su destino, dejaría en las astas de Islero el tesoro de su arte incomparable y el último aliento de su vida.

Muere el genio, de la noche a la mañana, como en un sueño de pesadilla.

¡Ya están contentos los envidiosos!». 




lunes, 4 de agosto de 2025

«MANOLETE», «EL ESTUDIANTE» Y «CAMARÁ»

Por Antonio Luis Aguilera 

Manolete, El Estudiante y Juanito Belmonte

Hemos releído un libro que hace décadas nos regaló un buen aficionado y nos causó una grata impresión. Su nombre «El libro de los toreros», y fue escrito por el periodista y novelista José María Carretero Novillo (Montilla -Córdoba- 1887 – Madrid 1951), que popularizó el seudónimo «El Caballero Audaz», y fue editado por el propio autor en 1947.

En la obra se recogen entrevistas a toreros, que van desde José Gómez «Gallito» a Manuel Rodríguez «Manolete», pasando por Rafael Guerra «Guerrita», Rafael «el Gallo», Juan Belmonte, Rodolfo Gaona, Ricardo Torres «Bombita», Rafael González «Machaquito»… Entre ellas figura la del matador de toros madrileño Luis Gómez «El Estudiante», que hoy propicia esta entrada, donde opina con meridiana claridad sobre su admirado compañero Manuel Rodríguez Sánchez y quien fuera su apoderado José Flores «Camará», que digamos no  sale muy favorecido en el  fragmento que insertamos.

Del mismo modo, de la opinión de Luis Gómez tuvo conocimiento por José María Carretero el sagaz apoderado, al ser entrevistado tras la muerte del torero cordobés, y en su respuesta sorprenden unas declaraciones de muy mal estilo sobre «Manolete», que sin pretenderlo reflejan el momento de angustia del torero en sus últimos días, cuando aborrecía torear para cumplir un contrato que le venía demasiado largo. También, la tensa relación entre ambos, como evidencia la poca clase del taurino al eximirse de todas sus argucias en los despachos y culpar al propio torero de su mala imagen ante el público.  

Les dejamos con estos interesantes testimonios para que obtengan sus propias conclusiones. Curiosamente, entonces, como ahora, también estaban de moda los vetos que algunos aseguran ver. Nada nuevo bajo el sol.

 

Luis Gómez "El Estudiante"

LUIS GÓMEZ «EL ESTUDIANTE»

«—Oye, Luis: Tú has cogido dos generaciones del toreo. ¿Con qué figuras cumbres has alternado?

—En la primera, con Marcial, Barrera, Ortega, Armillita, Manolo Bienvenida y Laserna. A mi juicio, ésa ha sido la época más difícil del toreo. Entonces salía el toro, y todos éstos entendían de toros, y sabían lo que los bichos llevaban dentro. Yo me consideraba un ignorante, pues no era “un torero de cabeza”… La segunda generación, la actual, en que aparece Manolete, con su majestad de Califa, acortando las distancias; Pepe Luis, Vázquez, Domingo Ortega, que sigue; Antoñito Bienvenida y, a última hora, Carlos Arruza.

—¿Y cuál ha sido la época en que la afición ha estado más entusiasmada con nuestra fiesta nacional?

—Chico, yo creo que ahora… Quizá la mayor efervescencia del toreo fue la del cuarenta y tres y cuarenta y cuatro, cuando yo me enfrenté a Manolete… 

—A propósito de tus relaciones con Manolete —casi le interrumpo yo—. Por ahí se dice que Manolete te había puesto el veto.

Reflexionó un instante con un gesto de amargura. Después exclamó: 

Manolete se ha ido, desgraciadamente, del toreo, sin conocer a fondo todas las cosas malas que rodean la profesión, y, sobre todo, las que suscitaba su nombre. Para mí, este compañero era un chico nobilísimo; pero su mayor desgracia ha sido conocer a Camará, porque este apoderado suyo, que ha sido un ministro de Hacienda, maravilloso para Manolete, ha sido el peor diplomático que yo he podido conocer. Él supo llevarse —para su torero, claro está— todo el dinero que pudo, pero mezclado con unas hondas antipatías para Manolete, que este buen compañero no merecía. Hay que hablar claro. Ninguno de nosotros estaba enfrentado con Manolete ni nos producían envidia sus éxitos, pues todos le admirábamos y le colocábamos en el primer lugar. Ahora bien: lo que no podíamos resistir es que Camará utilizara estas condiciones excepcionales de su torero para humillarnos a todos y tratar de someternos a sus caprichos o hundirnos. Yo aseguro públicamente que el egoísmo desmedido de Camará ha llevado al trágico fin que ha tenido la más grande figura que hubo jamás en el toreo. Porque este torero, al que yo conocía muy íntimamente, no tenía ya necesidad de ir a Linares a torear una corrida de miuras, y mucho menos a que en el mes de septiembre Camará le tuviese firmadas veintitantas corridas de toros. Las últimas manifestaciones de Manolete, que yo he sabido por íntimos que han hablado con él poco antes de morir, eran de estar amargado, cansado; siempre estaba quejando de que era un disparate el esfuerzo tan brutal que estaba haciendo, precisamente, en el momento en que más trabajo le costaba vestirse del torero. ¡Por lo que fuera!, conste que yo he sido el mayor admirador de él y que conocía fondo todos sus sentimientos.

—Era un buen muchacho, ¿no es cierto?

—Era un torero incapaz de falsear la verdad en el ruedo… Es decir, que para él no existían categorías de plazas; por eso había que administrarlo con mucho tacto, cosa que no hacía Camará, al cual yo acuso públicamente de haber enrarecido la atmósfera que rodeaba su torero, hasta el punto de ir indisponiendo con los públicos y obligándole a que su esfuerzo, dado su gran amor propio, fuese cada vez mayor. Manolete sin Camará, hubiese sido, además del torero más grande de la época, el más querido por todos sus compañeros y el más mimado del público, como lo fue Belmonte en su tiempo. Hay una prueba evidente: todo el que trataba a Manolete se hacía íntimo amigo de él, lo que demuestra que era un muchacho angelical y admirable. Pero las marrullerías de Camará en los negocios, sus ruindades, sus imposiciones, sus venganzas, su demanda de privilegios y otras cosas más que no quiero decir, habían conseguido incluso que los públicos lo mirasen con antipatía, como ocurrió en Vitoria y Santander, hasta que él, por su orgullo, tuvo que dar la vida en la plaza de Linares.

—Entonces, ¿tú consideras que Manolete ha sido la figura más grande del toreo?...

 —¡¡Hombre, indiscutiblemente!! Creo, además, que pasarán muchos años para que un torero alcance el merecido prestigio y la personalidad de este artista, ya que ha sido el creador de una escuela nueva, no solamente con el toro, sino en relación con su presencia en la plaza.

—Explícame eso.

Manolete se distinguía de los demás en que era un hombre que acusaba una personalidad, tan distinta de todos, que jamás se le ha visto correr delante del toro ni sentir la emoción del triunfo, tan corriente en los demás. Sus tardes apoteósicas las encontraba tan naturales, tan lógicas, que a mí me daba la sensación de que la única alegría que le producían era la de sentirse satisfecho por haber cumplido con el público. Es decir: que era un hombre tan sencillo, tan llano, que cuando hacía una cosa extraordinaria, se encontraba como a bien consigo mismo y… nada más. No por lo que había hecho de extraordinario al toro, sino porque había correspondido a las esperanzas del público.

—¿Tu toreaste mucho con él?

—Sí; alterné con él en muchas corridas. Nuestro estilo hermanaba muy bien y yo procure adaptarme a su toreo, ya que era revolucionario. La competencia fue durísima, pues pelear con un torero como Manolete era jugarse la vida todas las veces… A mí, como a otros, muchos toreros, Camará procuró alejarme de las plazas, y tengo que confesar que lo consiguió y me ganó la batalla, pues la fuerza con todas las empresas, indiscutiblemente, la tenía Manolete, y se aprovechaba de ella, para estas cosas feas, Camará. Podría citar muchos casos, no solamente personales míos, sino de otros toreros, a los que este hombre ha hecho tanto o más daño que a mí. Como ya te he dicho anteriormente, Manolete, el pobre, estaba al margen y ni se enteraba de esto».

 

José Flores "Camará" y Manolete

JOSÉ FLORES «CAMARÁ»:

«—En este mismo libro atestiguo yo que usted se interesaba mucho por su torero, no dejándole torear hasta que estuviese completamente repuesto; pero también va una Interviú de otro torero en la cual se dice que usted fue un gran ministro de Hacienda de Manolete, pero un pésimo diplomático, porque lo indispuso con muchos públicos y con algunos de sus compañeros, a los cuales ponía usted vetos. ¿Qué quiere usted decirme de todo esto? 

Hizo un gesto de suprema indiferencia y después repuso: 

—Todo eso es completamente falso. Lo que ocurre es que todas las figuras del toreo —don José, usté que es un hombre avezao lo sabe bien—, cuando están arriba del , se llevan las culpas de  lo que ocurre. “No toreo porque la figura me pone el veto”. Y cuando torean dicen: “Yo toreo sin ayuda de nadie”. Y con todo esto quieren tapar su mala fama o que ya han pasao. Es cierto que yo exigía para Manuel todo lo posible, pero sin ocuparme de poner vetos ni tonterías. Yo buscaba el mayor beneficio para él, sin meterme en las cosas de los demás, como saben los empresarios. Y sobre todo, cuando un torero es figura y sabe su oficio, no hay nadie que le pueda poner el veto.

Dicen que ejercía usted sobre él una absoluta sugestión.

—No —me responde rápido—. Esas son cosas que cundían  quitarle mérito a Manolete, porque como era imbatible en la plaza, tenían que combatirle la calle. Lo que ocurría es que estábamos tan compenetraos en los asuntos de toros, que pensábamos lo mismo y él me dejaba una gran libertad de acción, porque tenía en mí una absoluta confianza y de esta forma  nos salía bien.

—Mire usted, Pepe. Yo tengo grandes simpatías hacia usted. Creo que ha cumplido con su obligación en sacar el mayor producto a su torero, que se jugaba la vida, como se ha demostrado; lo que no me explico, es cómo al mismo tiempo, por medio de la propaganda o lo que fuera, no procuraba usted rodearle de un ambiente más favorable, más simpático, para los públicos, como el El Alfombrista hacía con Joselito y el apoderado de Belmonte con su torero.

Casi hizo un gesto de pesadumbre. Después murmuró:

—Mire usté: en estas cosas, aunque la gente lo diga, no forma parte ni puede intervenir el apoderado, sino el carácter del individuo. Manolo en la calle era una desgrasia: no se sacrificaba por nada ni por nadie. En lugar de sumar amistades procuraba alejarlas, y ¡ná más! Era un corazón de oro, muy bueno y muy cariñoso con los amigos que le salían al encuentro; pero él no buscaba ninguno, ni daba coba a nadie, ni le importaba quedar mal o bien con la gente. Como a él no le molestaba que le hicieran cualquier cosa mal hecha, cualquier descortesía dentro de la amistad, él las hacía a puñaos a  el mundo, y lo creía tan natural… Era buenísimo, daba gusto estar con él, se apoderaba del corazón de uno; pero a la vuelta de la esquina no volvía acordarse de lo que había dicho. En una palabra: que no matizaba y no tenía ni idea de lo que debía de hacer un artista, que se debe al público, en su vida de relación con las gentes, ni de lo que era una incorrección. —Hizo una pausa, y como para robustecer su argumentación, prosiguió: —Mire usté: este año estábamos en San Sebastián. Al doctor Oliver, además de ser un personaje que merece todos los respetos, él tenía que estarle agradecido y era muy amigo suyo. Hasta tal punto que el doctor estaba loco por almorzar con él y presentarlo a unos amigos extranjeros que estaban allí, y claro, lo que pasa: “Yo soy amigo de Manolete”. “Pues, hombre, queríamos conocerle”. “Pues un día almorzaremos con él”. En esta situación el doctor Oliver va a ver a Manolete y le propone: “Dime un día para comer contigo, Manolo, y con unos compañeros extranjeros, que quieren conocerte; el día que tú quieras, me da lo mismo”. Pues sí, doctor, cuando usted quiera. ¿Le parece bien el martes?”. “Pues el martes en el Hotel Cristina, a las dos. Yo iré a recogerte”. “Bien, pues a las dos les espero a usté”. “¿Sin falta?” “Sin falta”. Y el día antes Manolo se fue a cenar con unos amigotes. Se emborrachó con Camacho y a las dos del día siguiente no había aparecido por el Cristina y estaba durmiendo y dejó plantao al doctor Oliver, que era su íntimo amigo y una persona respetable, a la cual se debían atenciones… Mire usté —terminó—. Usté lo conocía bien, porque a usté hace un par de años le hizo algo parecido. Y era así con  el mundo. ¡fuese quien fuese! ¡Hasta con el mismísimo rey de España! Y la gente pagaba conmigo sus incorrecciones y sus cosas. Pero los genios tienen sus defectos, y éste era un genio y no había más remedio que tomarlo así y admirarlo».

 

miércoles, 28 de agosto de 2024

«MANOLETE»: 77 AÑOS DE LINARES

Por Antonio Luis Aguilera

 

La señorial elegancia de «Manolete». Plaza de Lima (Perú)

A Linares llegó cansado de tener que soportar lo insoportable, deseando acabar cuanto antes su última temporada para ser dueño de su vida y administrarla cómo le viniera en gana. Anhelaba más que nunca ser una persona libre, dejar a un lado a «Manolete» y encontrarse con Manuel Rodríguez Sánchez. Dueño de su silencio, tenía decidido el comienzo de su nueva vida en Barcelona, donde el 18 de octubre de 1947 había previsto casarse con Antoñita Bronchalo Lopesino, la alcarreña que eligió, quiso y lo hizo feliz, con la que convivía desde 1943. Se lo hizo saber la noche antes al periodista Antonio Bellón, conduciendo su propio coche de Manzanares a Linares,  a quien aseguró que era la única persona que consideraba capaz de convencer a su madre para que acudiera a su boda, por el respeto que ella le tenía. Con la fecha y localidad elegidas, todo parece indicar que con la madre o sin ella, la decisión estaba tomada, a pesar de que los vientos en contra soplaban con dirección variable: desde la matriarca a algunos miembros de la cuadrilla; desde el apoderado al piadoso amigo que hasta el final procuraron que se replanteara una decisión que aseguraban no le convenía. Probablemente, pensando que había permanecido callado demasiado tiempo, hastiado de escuchar del entorno familiar y profesional tanta ofensa para su novia, debió considerar que había llegado el momento de poner punto final a todo episodio de odio, de formalizar su relación y crear un hogar, para ser felices viendo crecer a sus hijos y disfrutar de su fortuna, para hallar de una vez la tranquilidad y armonía que no había tenido en su vida.

Pero el destino había elegido a «Islero» para pasar a la historia como el verdugo del drama que entre tantos habían convertido su vida; para redimir con su cornada las culpas inconfesables de quienes desgastaron su ánimo profesional y personalmente, arrastrándolo, aunque no lo pretendieran, hasta el cadalso de la plaza de toros de un pueblo en feria. Todavía extraña, después de 77 años, como los intereses del poderoso empresario Balañá pudieron seducir a «Camará», el apoderado que controlaba hasta el menor detalle, que hizo aquella corrida de Miura en Linares, en el momento menos indicado de la carrera del espada cordobés, con Luis Miguel Dominguín en el cartel, el joven y provocativo torero que pisaba fuerte para ser el número uno desplazando a «Manolete». No hizo falta. También las casualidades del destino habían previsto que horas antes de verse las caras en el ruedo, al pasar el cordobés por la habitación del madrileño y ver la puerta abierta, pasara a saludarlo, para romper la tensión existente e intercambiar unas palabras. Le aseguró que estaba muy cansado, deseando de acabar la temporada para dejar los ruedos, y le hizo saber que cuando esto ocurriera sería él quien heredaría todos sus enemigos. La sentencia tuvo un exacto e inmediato cumplimiento.

Cada 28 de agosto, al recordar el aniversario de la última tarde del inmenso torero que nunca vimos y tanto admiramos, se repite en nuestra mente el mismo pensamiento: ¡Pobre «Manolete», qué desgraciado lo hicieron entre tantos...! 


Foto: Manolo Castilla

PLAZA DE LA LAGUNILLA

 

La luz de tus ojos, íntima,

se refleja en esa agua

que copia un rostro sereno,

mitad plata, mitad oro,

casi arrullo, casi envidia.

¡Qué olor de azahar la tarde!

¡Qué sensación tan tranquila

abanican las palmeras!

¡Y ese susurro del aire

y esa paz que se adivina!

¡Plaza de la Lagunilla!;

la sombra de Manolete,

a tu embrujo cobra vida;

Córdoba en ti se estremece,

y el cielo azul se adormece

en brazos de Santa Marina.

 

Rafael Carvajal Ramos

(Ráfagas de luz y sombras. 2001)



domingo, 27 de agosto de 2023

MANOLETE: «LO PRIMO QUE HE SIDO…»

Por Antonio Luis Aguilera

Manolete obligando con firmeza a "Islero". Foto Cano

Nos contaba el matador de toros Rafael Soria Molina «Lagartijo», que en la noche de Linares, cuando la muerte de su tío Manolo se presentía inevitable, este inclinó la cabeza hacía él y le dijo: «Sobrino: Esto no me pasa más que a mí por lo primo que he sido…». Enigmática frase en aquellas horas de dolor, angustia, nervios, rezos desesperados y división de criterios médicos, que puede encerrar varias lecturas; entre ellas, la que hace pensar que en su final Manolete fue consciente de lo que ocurría, lo que había ocurrido, y lo que, por lo que observaba a su alrededor, iba a ocurrir. 

Dicen que en los últimos momentos de la vida, ante la evidencia del final, las personas que son conscientes repasan su existencia en un instante. Cierto o no, la frase delataba la honda decepción de quien en su agonía se sintió un «primo», la víctima de un engaño o manejo interesado. ¿Qué pasaría por la memoria de Manolete…? ¿Recordaría en el trance que no quería torear en 1947, y contra su deseo Camará le firmó una exclusiva de cuarenta corridas con Balañá, entre las que figuraba la tarde de Miura en Linares? ¿Pensaría por qué no decidió negarse para seguir sin torear en España, como hizo en 1946 —que solo actuó en la Beneficencia de Madrid, gratis como era su costumbre en esa corrida—, cuando roto el convenio forzaron su regreso de México, para que los intrigantes y envidiosos de aquí lo acosaran culpándole de todos los problemas del toreo y le echaran encima al público? ¿Se preguntaría amargamente decepcionado qué había hecho mal para que no le dejaran vivir en paz profesional, social ni familiarmente…? 

Entrega absoluta hasta el final con "Islero". Foto Cano

El torero era un apasionado de la lectura de la historia de Roma y conocía bien el significado de la frase latina: «Alea iacta est»... Todo hace pensar que en el hospital de Linares fue consciente de su muerte: «¡Qué disgusto se va a llevar mi madre!», angustia que debió aumentar cuando preguntó al doctor Jiménez Guinea «si no le metía mano», y este le contestó que «todo estaba bien». Pero bien no había nada dentro ni fuera de aquella habitación. Camará y Domecq no le informaron que Antoñita, su mujer —¿o no lo era la actriz con la que convivía feliz desde 1943?—, avisada por Máximo Montes «Chimo», su mozo de espadas, que tenía órdenes expresas del torero, había llegado al hospital, pero no le permitieron el paso a la habitación. La realidad es que nunca habían aceptado aquella relación, y con la excusa de que el nerviosismo de Lupe no era bueno para el torero, que «se recuperaba de la segunda intervención y estaba tranquilo», la acomodaron en una habitación contigua asegurándole que si Manolo preguntaba por ella la llamarían. ¿Cómo iba a preguntar por Antoñita quien nunca supo en su agonía que la tenía tan cerca...? 

La pareja rumbo a México en 1946. Foto José María Lara

Las horas que faltaban para el amargo desenlace pasaron sin que Antoñita reaccionara ante el engaño forzando su entrada en la habitación del torero, donde tantos sobraban y ella faltaba, para que el moribundo recibiera el consuelo de la mujer que amaba, la actriz que había elegido como compañera de vida e iba a ser su esposa —quede claro lo de actriz de cine, pues Lupe Sino nunca fue una "chica Chicote" o mujer de alterne, como se propagó para hacer daño—. Que iba a ser la esposa del torero quedó suficientemente claro la noche anterior, cuando Manolete conducía de Manzanares a Linares, y pidió a don Antonio Bellón, que ocupaba el asiento delantero a su lado, un favor que consideraba que sólo él podía hacerle: convencer a su madre para que acudiera a su boda, prevista para el 18 de octubre en Barcelona. ¿Qué pensaría el crítico al ver pocas horas después cómo impedían la entrada en la habitación del herido a su mujer? ¿O acaso no lo era porque estuviera sin oficializar el papeleo matrimonial...? 

La presencia de Lupe, a la que el torero siempre llamó por su nombre de pila, no fue recibida con agrado después de que Manolo hubiera confesado sacramentalmente por sugerencia de Domecq. Según el rejoneador, «ya había puesto en "orden" sus asuntos y estaba en paz con Dios». El caballero priorizaba su piadosa confianza en el ritual del sacramento a la compasión y humanidad sobre las personas que en esos momentos necesitaba Antoñita, rota por el dolor y el desprecio aquella noche del 29 de agosto, donde ningún samaritano pasó por su lado para aliviar sus heridas, hasta que poco después de las cinco y siete minutos de la madrugada le dijeron fríamente que ya podía pasar a ver a Manolete

Pasar a ver el cadáver de un hombre joven, de treinta años, que humanamente destacó por su nobleza y bondad, y toreramente por su dignidad, honradez y entrega absoluta a la profesión. Pasar para llorar sin consuelo ante el cuerpo sin vida de Manolo en aquella habitación donde entre lágrimas, sollozos, desesperación y amargura, quedaron solapadas aquellas enigmáticas palabras: «Esto no me pasa más que a mí por lo primo que he sido…». Se cumple el 76 aniversario de la muerte de Manuel Rodríguez «Manolete», el arquitecto definitivo del toreo moderno, cuya majestuosa huella permanece imborrable en los ruedos cada tarde de corrida. 

miércoles, 1 de marzo de 2023

«YO MATÉ A MANOLETE»

Por Antonio Luis Aguilera


Con este llamativo título el cordobés Antonio Estévez Reyes presenta su segunda obra literaria. En esta ocasión se trata de la biografía novelada de la actriz Antonia Bronchalo Lopesino (1917-1959), conocida artísticamente como «Lupe Sino», que fue la novia del torero Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete» (1917-1947), desde 1943 hasta la infausta tarde de Linares, cuando una grave cornada y la infortunada actuación de un prestigioso cirujano, contraria a la opinión de sus compañeros médicos, acabaron con la vida del torero. La muerte de Manolo destrozaba los planes de boda con Antoñita, prevista para el mes de octubre, con o sin consentimiento de Angustias Sánchez, madre del diestro, que no quería ni oír nombrar a la novia de su hijo. 

Antonio Estévez presenta un documentado relato sobre la relación de aquella pareja de novios adelantados a su tiempo, a los que por envidia y por «pasarse de la raya», como se decía en la severa España de entonces, no dejaron vivir en paz, cayendo sobre ellos una sarta de calumnias, murmuraciones, críticas, acosos y desprecios personales y profesionales, que fueron minando el ánimo del torero. Cinco días antes de la tarde de Linares, «Manolete» acudió con su apoderado a la consulta del doctor don Gregorio Marañón en el hotel «María Cristina» de San Sebastián. Tras explorarlo, el prestigioso médico le comunicó que no estaba en condiciones de torear y debía cortar la temporada. Ante la negativa del torero, añadió: «Mañana mejor que pasado». Pero el diestro continuó la ruta para cumplir sus compromisos en las plazas de Toledo, Gijón, Santander y Linares, donde «Camará» le había firmado la de Miura. Allí saltó «Islero», el toro que cargaría con tanta culpa inconfesable.

Antoñita y Manolo. Foto Santos Yubero

El libro desmonta la sesgada historia «oficial» sobre la tormentosa relación del torero y su novia, a la que acusaron de su deterioro físico y anímico. Ella, «la serpiente» para algunos miembros de la cuadrilla, o «la puta de Madrid» para el matriarcado del espada, era el blanco perfecto para descargar tanto odio e imputarla, aunque fuera de forma indirecta, de haber matado a «Manolete». No está desorientado, pues, el título de esta biografía novelada. Lo que está claro es que una cosa fue lo que contaron y otra lo que ocurrió. Ahora, cuando parecía que después de tantos años no habría vuelta atrás en aquel discurso de los hechos, aparece este libro, fruto de una larga investigación en hemerotecas y archivos, conversaciones con familiares de Antoñita, recopilación de fotos y cintas magnetofónicas con testimonios de quienes convivieron con la pareja, que fueron grabados por José María Lara, amigo de ambos y autor del interesante libro «Manolete, yo me mando». Antonio Estévez indaga la vida de la protagonista antes, durante y después de la guerra civil para encajar las piezas del puzle, otorgando voz a quien no la tuvo, para que sea la propia «Lupe» quien rememore su vida en un extenso relato, que desde la primera de las cuatrocientas páginas del libro invita a conocer una versión distinta de los hechos, la de una hermosa mujer que fue víctima de todas las habladurías, descalificaciones e insultos por haber estado casada con un «rojo» antes de ser la novia de «Manolete», que no solo la eligió libremente conociendo su pasado, sino que jamás permitió que nadie le faltara el respeto.

Manolete y Antoñita cogidos tiernamente de la mano.
Fuentelaencina (Guadalajara), 1946. Foto José Lara

La novela concitará la atención de los manoletistas, pero también de los aficionados que no quedaron conformes con el relato difundido por algunos protagonistas de los hechos; aquellos que consumado el drama pretendieron beatificar al espada glorificándolo profesional, familiar y humanamente, proyectando el misticismo de una figura que parecía escapada de los cuadros del Greco. Los NO-DO propagaron al «Manolete» varón de virtudes, ejemplo de torero, hijo, hermano y buen cristiano. Puede que la imagen que idealizaron sirviera para tranquilizar algunas conciencias, pero cínicamente olvidaron que Manuel Rodríguez Sánchez fue mucho más que toda esa blandenguería de diseño. «Manolete» fue un hombre, en el sentido literal de la palabra, que como cualquier hombre amaba y sentía. Un hombre bueno, que no permitió nunca que nadie hablara mal de un torero delante suya, al que por ser bueno no dejaron en paz quienes se beneficiaron de su rango de máxima figura, a los que molestaba la presencia de la hermosa mujer que lo hizo feliz. Antoñita, viéndolas venir, en el verano de 1946 en Fuentelaencina (Guadalajara), alejado esa temporada de los ruedos, le advirtió que no lo dejarían en paz hasta que lo matara un toro. No iba descaminada, pues todo empezó a enrarecerse desde el regreso de la pareja de la exitosa campaña americana, cuando en la primavera de 1947 se desató un orquestado acoso de compañeros, críticos y público, que sumado a la falta de empatía con el apoderado y la incomprensión de su madre, fueron cubriendo el cielo de negros nubarrones en la última temporada, que toreó sin querer torear, cuando ya lo tenía todo conseguido, para cumplir la exclusiva firmada por «Camará». 

«Yo maté a Manolete», la biografía novelada de Antonia Bronchalo Lopesino escrita por Antonio Estévez, revela hechos, corrige falsedades, presenta a personajes desconocidos de la historia, profundiza en la relación de Antoñita y Manolo, y pone en valor las ilusiones e inquietudes de dos jóvenes que, por amarse sin estar casados, al no autorizarlo el matriarcado del chalet de la cordobesa avenida de Cervantes, condenaron a un sinvivir personal, social, profesional y familiar. Aguardando la llegada de octubre de 1947, para contraer nupcias con o sin autorización de la madre, el 7 de octubre de 1946, en el aeropuerto de Nueva York, «Manolete» colocó su capote de luces sobre el hombro de «Lupe», para que todo el mundo comprendiera el significado del gesto, mientras miraba con ternura a la mujer que quería.

Suplemento musical:

«Tu mirá». Por Lole y Manuel




martes, 10 de enero de 2023

«MANOLO CAMARÁ»

Por Antonio Luis Aguilera

Manolo Camará. Foto Marogo

Las rupturas de apoderamiento son un hecho habitual que se repite cada año al terminar la temporada, cuando llega el momento de hacer balance de cuentas y resultados. Nada nuevo en el toreo. Sin embargo, los aficionados recordamos con nostalgia aquella figura del apoderado independiente, que se ha ido perdiendo porque los modernos «multiusos taurinos» solo han preservado de ella el cobro de las comisiones por festejo contratado —ahora multiplicadas por algunos comisionistas que representan a varios comisionados—, mientras que con groseros borrones han difuminado las virtudes que debe reunir un buen apoderado, cuando este ejerce la profesión entregado por completo a los intereses del torero y su carrera. Por fortuna aún los hay, aunque sean los menos, para poder distinguir entre esa importante figura y la del simple «comisionista», que es el espécimen más habitual en el enmarañado mundillo de alianzas y familias taurinas.

Tuvimos la suerte de conocer a uno de los grandes apoderados: Manuel Flores Cubero, «Manolo Camará» en el mundo del toreo, último representante de una de las más importantes dinastías de representantes de toreros, al que en esta entrada queremos recordar. En la primavera de 2006, dos meses antes de que un infarto le arrebatara la vida cuando jugaba al golf, había acudido a su Córdoba natal para recibir el homenaje que la Tertulia Taurina “El Castoreño” del Círculo de la Amistad tributó a la memoria de su padre, el matador de toros cordobés y famoso apoderado José Flores González «Camará». El acto, por la extraordinaria asistencia y el respeto de los muchos aficionados congregados en la preciosa sede de la tertulia, que por los valiosos objetos que expone es conocida como la «Capilla Sixtina del Toreo», fue extensivo al propio Manolo y a su hermano Pepe, ya fallecido, dignísimos sucesores del inteligente taurino que dirigiendo la carrera de «Manolete» mandó de barreras hacia adentro como nadie antes lo había hecho, mientras que el torero que representaba se encargaba de hacerlo en el ruedo de barreras hacia afuera, para de esta forma mandar como lo hicieron en el toreo de su tiempo.

Después de Linares José Flores González «Camará», animado a retornar a la profesión por sus dos hijos varones, demostró su sagacidad para administrar y poner en valor la carrera de una larga nómina de figuras del toreo, labor que pronto halló continuidad y reconocimiento profesional en Pepe y Manolo, que al terminar sus estudios y dedicarse al apoderamiento consolidaron una marca: la «casa Camará», deseada por muchos toreros que anhelaban consolidar su posición en el toreo. También, además de apoderados, José y Manuel Flores Cubero fueron un tiempo ganaderos de toros bravos, y compaginaron su tarea de representantes de toreros con el mundo empresarial gestionando plazas de primera categoría como Valencia y Córdoba, esta última junto a su cuñado Antonio Pérez-Barquero Hererra.   

Manolo Camará con el autor de este texto. Foto Marogo

En varias ocasiones tuvimos el gusto de hablar de toros con Manolo Camará, a quien le agradaba entablar conversación sobre un mundo que conocía a la perfección, y siempre encontramos en él a una persona cordial, sencilla y poseedora de la señorial seriedad que distingue la personalidad cordobesa, con un sentido profesional que le hacía estar por encima de otros puntos de vista no compartidos, que aceptaba y respetaba. Entre sus cualidades personales recordamos como signo de hombría y rectitud el valor de su palabra. Manuel Flores fue un hombre cabal que se caracterizaba por esta virtud, tan recordada en su muerte por los profesionales del toreo. A modo de ejemplo evocamos una mañana del domingo de Ramos de 1992, antes del sorteo de la corrida que inauguraba la temporada cordobesa, cuando concertamos con Manolo una tertulia que trataría de la figura del apoderado en Onda Cero Radio. El día de la cita Manolo acudió puntualmente, a pesar de que su madre se hallaba en estado crítico, como se confirmó con su fallecimiento dos días más tarde en Sevilla, desde donde no dudó en acudir a Córdoba para cumplir lo acordado, demostrando en silencio que el valor de su palabra estaba por encima de las circunstancias personales que estaba viviendo, por duras que fueran. 

Hablar de toros con «Manolo Camará» era un placer como aficionado. La última vez que disfrutamos de su conversación fue tras la celebración del homenaje antes referido, en el precioso patio de columnas del Círculo de la Amistad de Córdoba. Le preguntamos qué pensaba sobre la película que se estaba rodando de «Manolete» y «Lupe Sino», y nos mostró su incertidumbre, le inquietaba la forma en que iba a ser tratada la figura del torero, pues hacía tiempo que había tenido noticias de ese guión, que definitivamente fue un fracaso en las pantallas. Nos desveló que cinco años antes había recibido en Sevilla la visita personal del gran actor Francisco Rabal, a quien no conocía personalmente, y fue este quien le informó sobre esta película, para la que le habían ofrecido el papel de apoderado de «Manolete», motivo por el que decidió desplazarse hasta la capital hispalense, para saber del hijo del protagonista cómo fue realmente esa relación. Tras el encuentro, el célebre actor, que había leído el guión de la película, le aseguró que después del recuerdo que de él tenían los aficionados por el entrañable personaje de «Juncal» de la inolvidable serie televisiva de Jaime de Armiñán, no representaría una historia que poco tenía que ver con la vida real del inolvidable torero.

José Flores «Camará» y «Manolete»

Nos decía «Manolo Camará» que su padre no instituyó la figura del apoderado, pero le otorgó personalidad propia, pues anteriormente los apoderados se limitaban a cumplir las órdenes de los toreros, y consideraba que la pareja «Manolete-Camará», que en la década de los años cuarenta revolucionó el toreo fue perfecta y no volvería a darse más, porque si en «Manolete» concurrían unas cualidades excepcionales para ser la máxima figura del toreo, en su padre confluían las virtudes profesionales que se complementaban y resolvían a la perfección todo lo que significaba «torear fuera de la plaza», entendiendo que aquella pareja fue ideal por la mutua confianza que existió entre ambos para desarrollar sus respectivas tareas.

Sobre la evolución del toreo hasta los años noventa, él que llegó a ver torear hasta Belmonte en su reaparición, consideraba que el espectáculo se había concentrado en el último tercio de la lidia. Añoraba que se habían perdido los quites, pero no porque los toreros no quisieran o no supieran practicarlos, sino porque no había nada qué quitar ante un toro que generalmente no podía con el caballo, ni originaba esas situaciones de auténtico riesgo que otrora obligaban a hacerlos. Recordaba la época que el toro pesaba menos, pero tenía mayor movilidad y entraba dos o tres veces al caballo, pues no se picaba de una vez en el primer encuentro, sino que el animal entraba varias veces a la cabalgadura y los matadores hacían el quite cuando lo consideraban oportuno. Aseguraba que en los años cuarenta y cincuenta no se daban a los toros más de veinte o treinta muletazos, y desde la década de los sesenta fue necesario seleccionar un toro que admitiera ochenta y hasta noventa pases, algo que el de antes no admitía.

Derribo del picador José Doblado. Foto Álvaro Pastor

Desde su perspectiva histórica «Manolo Camará» analizaba la evolución del modelo de faena, recordando aquella donde era necesario doblegar y poder porque el toro tenía más casta. También observaba importantes variaciones en el público, que había cambiado de gustos y exigía bastante menos a los toreros. Defendía que en los años cincuenta faenas de veinte pases buenos y hasta excepcionales, con un público dispuesto a premiarlas, se diluían como un azucarillo cuando la espada quedaba dos o tres dedos más baja de lo normal, asegurando que entonces no existía la menor opción para que aquella labor fuera premiada, mientras que por el contrario hoy se estaba matando «no en el rincón de Ordóñez, sino en el sótano del hotel», y sin embargo se cortaban las orejas con gran facilidad, sentenciando que si el público exigiera a los toreros matar en la cruz, porque de lo contrario lo que hubieran hecho no serviría para nada, ya se esmerarían ellos en matar por arriba como antes era habitual.

Sirva esta entrada para recordar a un brillante apoderado y gran aficionado Manuel Flores Cubero, último representante de una dinastía de apoderados cordobesa que por inteligencia, sagacidad y discreción fue requerida por una extensa nómina de primeras figuras del toreo para dirigir sus carreras.

jueves, 18 de agosto de 2022

«MANOLETE» RECORDADO POR «GITANILLO DE TRIANA»

Rafael Vega de los Reyes «Gitanillo de Triana»

En una de las entrevistas recogidas en el libro «Mi ruedo ibérico», de Marino Gómez-Santos (Colección «La Tauromaquia». Editorial Espasa-Calpe, 1991), el periodista asturiano publica la que mantuvo con el matador de toros Rafael Vega de los Reyes «Gitanillo de Triana», quien fuera tantas tardes compañero en los ruedos de Manuel Rodríguez «Manolete».

No podía faltar en este blog manoletista el extracto que recoge la opinión sobre el espada cordobés de su compañero, amigo y compadre.

«Gitanillo de Triana torea en la corrida de toros en la cual Manolete tomaba la alternativa. Actuó como padrino Chicuelo y Rafael como testigo.

—Les cortamos las orejas a los toros Manolete, Chicuelo y yo.

 —¿Qué te dijo Manolete?

A Rafael se le alegra el semblante. Apoya el codo en el mostrador y me dice en tono confidencial:

Manolete me dijo que no era la primera vez que me veía, sino que me conocía de antes de la guerra, de un tentadero donde él estaba como aficionado, allí, en Córdoba. Se mostró muy agradecido, porque recordaba que yo le había dejado  torear una becerra. La verdad, no me acordaba.

Aquel año toreé otra vez muchas corridas de toros. Luego tuve otro bache y fue cuando empezó mi amistad con Manolete, que iba a la tertulia de Chicote con el señor Herrera, con Camará y mucha gente más que ahora no recuerdo. Manolo y yo salíamos juntos muchas veces. Empezó a ponerme de primer espada en los carteles donde él figuraba, y puedo decir que todas las corridas que toreé con Manolete, si no he cortado orejas, he quedado muy bien. Yo ponía interés para que me viera Camará. 

Arruza, Gitanillo y Manolete

—¿Cómo era Manolete de carácter?

—Muy simpático, aunque seco en apariencia. Para saber cómo era realmente, había que convivir con él. Dentro de aquella seriedad suya le gustaban las bromas y las chuflas a tiempo. Le gustaban el baile y el cante muchísimo. Íbamos mucho a Villa Rosa, donde pasaban todos los artistas de este género. A Manolo le gustaba mucho oír cantar a Caracol y, de mujeres, le gustaba ver bailar a mi suegra, Pastora Imperio. 

Gitanillo de Triana y Manolete iban a comer muchas veces a la Nicolasa y al frontón Recoletos.

—Le gustaba estar con amigos, en la intimidad, fuera del bullicio, porque su nombre ya era famoso y le traían frito con palmadas en la espalda, autógrafos. ¡Yo qué sé! 

Gitanillo de Triana está en casi todos los carteles en los que figura Manolete. También alterna con Juanito Belmonte, el Andaluz, Luis Miguel Dominguín

—Era una época en que el público exigía mucho a Manolete y todos los que toreábamos con él teníamos que arrimarnos mucho. Yo he visto salir por la puerta de los chiqueros toros que me parecían difíciles, y luego, cuando Manolete los toreaba, resultaban magníficos. Estoy seguro que Manolete entendía de toros muchísimo. 

Era compadre de Gitanillo de Triana. Apadrinó a su hijo Rafael.

—Celebramos el bautizo en la Ciudad Lineal, en una venta que tenía entonces mi suegra, que se llamaba La Capitana. La celebración del bautizo duró dos días.

—¿Qué le regaló Manolete al niño?

—Una medalla de oro, grande, con la imagen de San Rafael. 

Rafael recuerda a Manolete en México. La habitación del hotel estaba llena de gente de todas las clases sociales y políticas.

—Allí todo el mundo decía: «¡Viva España!» Recuerdo que en un banquete que le dieron a Manolo en Lima se levantó para hablar Agustín de Foxá. Dijo, entre otras cosas: «El mejor diplomático que ha podido mandar Franco a las Américas se llama a Manolete». 

Manolete en la plaza de Lima

Recuerda también como una noche fue con Manolete a un club típico de México y cómo lo reconocieron al entrar.

—El público se puso en pie y le hacían calle para que pasase, diciendo al mismo tiempo: «¡Viva el señor Manolete!» Porque en México le llamaban «el señor Manolete». 

Eran los tiempos en que Silverio Pérez era la figura del toreo mexicano. Le enfrentaron con el torero cordobés en los ruedos, y la plaza se llenaba de público cada tarde.

—Un día Silverio nos dio una comida en su casa. Recuerdo que me dijo: «Del esfuerzo que estoy haciendo con Manolete arrimándome, voy a enfermar». 

Rafael no es hombre de anécdotas ni de historias preparadas para ser publicadas en los periódicos. Él es un hombre sencillo, noble de alma y poco dado a la política publicitaria. 

—Y estamos ya en el año trágico para la suerte de Manolete y del toreo. Ese año toreamos en España. Manolo me decía muchas veces que era su último año de torero, porque pensaba retirarse. El público le exigía cada vez más, quizá mucho más de lo que puede darse. Yo he visto cómo ejecutaba treinta pases a un toro, cómo luego le cogía por el pitón y, a pesar de eso, la gente le gritaba desde los tendidos. 

Con Miuras en Valencia

Aquel 28 de agosto Gitanillo de Triana llegó de madrugada a Linares, pues el día anterior había toreado en otra plaza.

—Yo me encontré con Manolo en el Hotel de Linares. Vino a mi habitación a fumar un cigarro conmigo. Yo tengo una bata que conservo aún, que compré en Nueva York. Es muy florida, con muchos colores. Recuerdo que al verla colgada detrás de la puerta la cogió por un pico y me dijo, de chufla: «¡Compadre, que bata más gitana tienes!»

Hacía mucho calor en Linares aquel 28 de agosto. Manolete, sentado en una silla junto a la ventana, le dijo a Rafael, sin dejar el tono de broma:

—¿Qué, te vas a arrimar mucho esta tarde?

Rafael le contestó, siguiendo su mismo tono:

—Mira, Manolo, quien tiene que arrimarse eres tú. 

Rafael recuerda el traje que vestía aquella tarde el torero de Córdoba.

—Era un rosa claro y oro. Cano nos hizo una fotografía en la puerta de arrastre.

La tarde de Linares en los pinceles toreros de Diego Ramos

No es un tema de conversación agradable para Gitanillo de Triana, a quien se le pone la voz grave recordando cómo llegó la tragedia.

—Esa tarde, el primer toro me cogió y me dio una voltereta, pero sin consecuencias. Estuve regular. Salió Manolete, y en su primer toro estuvo bien, pero sin cortar oreja. La gente se metió con él. Dominguín cortó las orejas del tercero de la tarde. El quinto era Islero. Salió manso, venciéndose mucho por un lado. Manolete se arrimó muchísimo. Entró a matar en la suerte contraria, y el toro tenía mucha tendencia a irse a los chiqueros. Se volcó encima del toro y le dio una estocada hasta la bola. Fue en ese momento cuando Manolete resultó empitonado por la ingle derecha. Ya herido el toro de muerte, saltó por encima de Manolete y se fue hacia los chiqueros.

—¿Os dísteis cuenta de que la cornada era grave?

 —Desde el primer momento. Yo cogí la espada de descabellar y la muleta. Me fui hacia el toro para rematarlo, pero no hizo falta, porque el toro dobló y lo apuntillaron. 

Terminada la corrida, Gitanillo de Triana salió inmediatamente para el hotel, donde se cambió para ir a la enfermería de la plaza. Todo el pueblo de Linares estaba ya sumergido en aquella tragedia, pues la noticia saltó a la calle y corrió por los colmados.

—De la enfermería de la plaza trasladaron a Manolete al sanatorio, donde le hicieron varias transfusiones de sangre. Yo le dije a Camará que me iba con el coche de Manolo al encuentro del doctor Giménez Guinea, a quien había avisado. Lo encontré en Manzanares, en un bar, donde se aprovisionaba de hielo en gran cantidad, que debía necesitar para conservar algún preparado que traía de Madrid. Don Luis pasó al coche de Manolete y juntos volvimos a Linares. 

Lo que ocurrió después ya se ha contado muchas veces. Hacia las tres de la madrugada, Camará le dijo a Gitanillo de Triana que se fuera, ya que tenía que torear al día siguiente en Almería.

—Yo no quería, porque lo que deseaba en aquellos momentos era estar al lado de Manolo. No tuve más remedio que tomar la carretera, y al día siguiente Parrita, Juanito Belmonte y yo, los tres que estábamos anunciados, fuimos a hablar con la autoridad para que suspendiera la corrida, pues Manolete había muerto aquella madrugada. Las autoridades nos dijeron que era imposible, porque estaban en ferias y no se podían quedar sin toros. ¡Lo que son los contrastes de la vida! ¡Aquella tarde le corté las dos orejas a un toro de Santa Coloma! 

Tan pronto como terminó la corrida, los tres toreros fueron a Córdoba para asistir al entierro. Rafael tenía la cabeza confusa por el choque violento de aquella horrible tragedia. Todo había sido demasiado inesperado y vertiginoso: bromear en su cuarto la mañana de la corrida a propósito de la «bata gitana», fumar un pitillo, comentar el calor que hacía en Linares...

Luego, la seriedad de Manolete en la puerta de arrastre, mientras se envolvía en el capote de paseo, y media hora después luchaba con la muerte en la cama de la enfermería.

—Aquella temporada toreé cuarenta corridas de toros. Después de esta desgracia de Manolo me vine completamente abajo. Tanto es así, que ya toreaba poco. Empezaba yo a pensar en montar un negocio, y así lo hice. Inauguré La Pañoleta, un bar-restaurante en la calle de Jardines. Este negocio lo conservo todavía. 

Al enterarse Gitanillo de Triana que se organizaba una corrida de toros pro monumento a Manolete, se apresuró a enviar un telegrama a la comisión organizadora para ofrecerse a torear. Se iban a lidiar once toros, que matarían once toreros. Después, Rafael se fue al casino de Biarritz, con el cuadro flamenco que había organizado.

—Cuando volví a Madrid vi en La Pañoleta un gran cartel de toros en el que se anunciaba la corrida; pero mi nombre no figuraba. Telefoneé a Andrés Gago, que era uno de los organizadores. Me dijo que si no me habían incluido era porque, en un festival que se dio después de la muerte de Manolete, mi cuenta de gastos por desplazamientos de Sevilla a Córdoba había sido grande. Me di cuenta de que no podía ser, y le envié un telegrama a Cruz Conde, alcalde de Córdoba, rogándole que mandara revisar mis cuentas de aquel festival. Recibí inmediatamente la contestación, en la que se decía que mi cuenta era inferior a la de los demás toreros que habían intervenido en el festival. 

Con este resultado, Rafael telefoneó a Andrés Gago. Le dijo que él pensaba torear de todas formas y, además, con su nombre en los carteles.

Monumento a Manolete 

—Entonces me llamó Carlos Arruza para decirme que había un toro de don José de la Cova, y que si lo quería matar. Se hicieron nuevos carteles en los que fue incluido mi nombre, y el día de la corrida llegué a Córdoba en el tren de la mañana. 

Fue al apartado. El toro que le habían destinado pesó 280 kilos en canal.  Y tenía dos respetables pitones.

—¿Y los toros de los demás toreros?

—Esos estaban convenientemente arreglados, porque así se había acordado, pues era una corrida de carácter benéfico. Yo entonces hablé para que me arreglaran el mío, y así quedamos. Cuando estaba ya en la plaza, vinieron a avisarme de que no había sido posible arreglar al toro. 

Le pregunto a Rafael que si sabe lo que allí había contra él. Se encoge de hombros.

—Nunca lo he sabido. El caso es que yo tenía que torear aquel toro con los pitones limpios. Lo toreé, me cogió; pero le corté las dos orejas. Me jugué la vida. Era lo mismo. Para mí, aquello se había convertido en una cuestión de honor y de amor propio, y yo iba a lo que pasara. 

El brindis de Gitanillo de Triana se comentaría mucho después. Salió a los medios con la montera en la mano, y alargando el brazo hacia el cielo, con la vista puesta en lo alto, dijo algo que nadie oyó, y dejó la montera en la arena».