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sábado, 28 de agosto de 2021

EL DÍA QUE MURIÓ «MANOLETE»

(Linares, 28 de agosto de 1947: 74 aniversario)

«La muerte de Manolete», de Jesús Helguera. Óleo sobre lino (1958) 

«La muerte de Manolete» (óleo sobre lino, 1958) de Jesús Helguera, pintor mexicano de quien se afirma fue discípulo de Julio Romero de Torres, es un homenaje poco común al Califa cordobés muerto por una cornada en 1947. Un cuadro verdaderamente simbólico en el que se muestra al torero yaciente, cubierto por un capote, bajo la imponente presencia de un astado victorioso con la plaza al fondo. La muerte se encuentra representada en los cipreses y las nubes con forma cortante como navajas, y se adivina el alma del diestro en un lucero del cielo. Junto a la cabecera del ataúd reposan dos sombreros, uno cordobés y otro mexicano. Fuente: Luis Pineda: Blog «Tercio de Pinceles».

DOCUMENTAL «EL DÍA QUE MURIÓ MANOLETE»

FALSETAS POR MANOLETE

Por Manuel Benítez Carrasco (poeta)

Escribí estas «Falsetas por Manolete» a raíz de su muerte. En el año 1961, aniversario de la tragedia de Linares, me encontraba en Buenos Aires actuando con Manolo Caracol en el teatro Avenida. Pensamos dedicar un recuerdo a Manolete; y lo hicimos alternando estos versos con sus cantes por martinetes y seguiriyas. La casi improvisación resultó muy emotiva.

Como emotivo es para mí el recuerdo del amigo y genial cantante, ya desaparecido, Caracol. 

Linares, 28 de agosto de 1947. Manolete corresponde  
a la gran ovación del público dedicándole su última
sonrisa. Foto Francisco Cano (Cortesía Revista Aplausos).

Era un torero

vestido de valiente

de cuerpo entero.

 Manolete tenía

en su muleta

la seriedad y el temple

de una saeta.

La noble valentía

de la serrana,

 y el profundo misterio

de una seguiriya

gitana.

Bien podría decirse

que Manolete

era la forma en carne

de un martinete.

 Era un torero

vestido de valiente

de cuerpo entero.

 Al río Guadalquivir

que hubiera salido al ruedo,

ni por río ni por toro,

le hubiera tenido miedo.

 ¡Qué caballero iba,

qué caballero,

a una cita de muerte

de cuerpo entero!

 Siempre en peligro de muerte

tenía abierta la vida.

La vida se le asomaba

al borde de cada herida

para decirle a la muerte:

«Ven a quitarme la vida».

 Y fue un torero

que se vistió de muerte

de cuerpo entero. 


domingo, 1 de diciembre de 2019

PRIMER INDULTO EN "LOS CALIFAS"

Por Antonio Luis Aguilera
Finito de Córdoba. Foto Arjona.
Este año se ha cumplido el 25 aniversario del primer indulto concedido en la plaza de Córdoba. El sábado 28 de mayo de 1994 habría de quedar registrado en los anales del coso de Los Califas como la fecha en que por primera vez se perdonó la vida de un toro en el palenque cordobés. Aquella temporada la empresa CO.TA.SA, formada por Manolo Camará y Emilio Miranda, organizó una feria de seis corridas de toros, una de rejones, dos novilladas con picadores, una novillada sin caballos y un espectáculo cómico-taurino (El Bombero Torero). También, como cierre, se celebró la tradicional Becerrada Homenaje a la Mujer Cordobesa, patrocinada por la propiedad de la plaza y una entidad bancaria. En resumen, una docena de espectáculos, que sumados a los tres celebrados antes de feria (un festival a favor de Nuevo Futuro, una corrida de toros y una novillada picada), más cuatro festejos entre los meses de julio a octubre (tres novilladas sin picadores y una con los del castoreño), totalizaron diecinueve espectáculos taurinos. ¡Cómo han cambiado las cosas en el panorama taurino cordobés!
Aquél sábado de feria echaron el paseíllo César Rincón (berenjena y oro), que escuchó palmas y fue ovacionado; Finito de Córdoba (tabaco y oro), que fue ovacionado y cortó simbólicamente los máximos trofeos; y Rafael González Chiquilín (rosa y oro), que fue ovacionado en ambos. El aforo de la plaza rozó el lleno. La terna estaba anunciada con una corrida del hierro de Gabriel Rojas, pero fueron rechazados varios ejemplares en el reconocimiento veterinario, razón por la que a mediodía el sobrino y representante del ganadero, también llamado Gabriel Rojas, amenazaba con retirar el encierro completo. Finalmente hubo consenso y se formó la corrida con cuatro ejemplares de la divisa sevillana —tres aprobados por los veterinarios y uno (4º) repescado por el presidente— y dos de la ganadería de Cayetano Muñoz (1º y 2º); sin embargo, el repescado 4º fue devuelto por flojo, siendo sustituido por otro de la ganadería extremeña. Así pues, finalmente se lidiaron tres de cada hierro. Sus nombres, por orden de salida al ruedo: Terciario, Tibetano, Peluquero, Descuidado, Tabernero y Trompetón.
Como queda reseñado, el quinto de aquella calurosa tarde de mayo atendía por Tabernero, estaba marcado con el número 167, era negro mulato y dio un peso de 546 kilos. De salida tomó pronto y bien el capote, aunque en varas no se empleó en el primer encuentro, del que salió perdiendo las manos y sufriendo una voltereta; tras el segundo encuentro, donde simplemente fue señalado, volvió a perder las extremidades anteriores. El animal mostraba evidentes signos de debilidad, aunque en el segundo tercio embistió a los rehileteros con buen son. Los inicios del trasteo de muleta no resultaron prometedores, pues volvió a perder las manos, de ahí el mérito del respetable por saber esperar, y de Finito, su lidiador, que habiendo comprobado la clase del toro lo dejó respirar y dándole tiempo, sin obligarle, lo fue estimulando hasta afianzarlo en el albero para exprimir poco a poco su gran fondo de nobleza y clase por ambos pitones, mientras entusiasmaba a la concurrencia con su elegante trazo en una larga faena, rebosante de torería, que hizo vibrar al público, que finalmente puesto en pie y mirando al palco de la autoridad terminó pidiendo el indulto del animal, el cual fue concedido por Manuel Rodríguez Moyano, presidente de la corrida, asesorado esa tarde por el matador de toros José María Montilla y el veterinario Rafael González Valle. Era la primera vez que el pañuelo naranja se mostraba en la plaza cordobesa para perdonar la vida de un toro, por cierto, con procedencia del bravo encaste de Carlos Núñez.
Durante muchos días habría de hablarse acaloradamente en Córdoba de aquella corrida y de la decisión presidencial del indulto. Eran tiempos de guerra taurina entre finitistas y chiquilinistas. A los aficionados habituales se sumaron legiones de vendas, llamados así porque solo veían bien a su torero, o istas por los bandos donde militaban, que en cualquier rincón de la ciudad hablaban apasionadamente de las proezas de su torero menospreciando al otro. ¡De locura para los aficionados que lo sufrieron...! Aunque a decir verdad esa pasión desbordante fue la protagonista de la última época dorada del toreo cordobés, que ahora recordamos con nostalgia al ver la atonía taurina cordobesa quienes tuvimos el privilegio de vivirla y contarla. 
De aquella tarde escribimos el artículo Torería para la columna Puerta de arrastre de La Tribuna de Córdoba, estableciendo un imaginario diálogo con el tabernero Rafael Guzmán, en cuya bodega de la calle Judíos, en el casco viejo de la ciudad, se constituyó la primera peña taurina que tuvo en la ciudad Juan Serrano Finito de Córdoba, siendo aún becerrista: 

Calle Judíos de Córdoba
«El sábado de feria se paró el tiempo en el coso de Los Califas. Como si de un milagro se tratara, el toreo eterno cristalizó al son de una sinfonía inmaculada mientras caía la tarde sobre la plaza. Caía la tarde, pero no se hizo la penumbra. Un misterioso haz de luz irradiaba desde el centro del redondel a todo el recinto. Ojos humedecidos, gargantas ahogadas por la emoción y manos rotas de aplaudir no daban crédito a tanta belleza. ¿Era verdad lo que estaba ocurriendo?
Quiso el destino que Tabernero y Finito se encontraran en la soledad del albero para perpetuarse en la historia. La raza de un toro bravo, la nobleza de su linaje y el manantial inagotable de su casta, se ofrecieron incansables a los engaños que le presentaba un extraordinario torero. Un joven torero al que el cielo regaló la gracia de la elegancia y el arte de los elegidos.
Así, en la tierra donde Julio Romero fue capaz de plasmar el sentimiento de Córdoba en sus lienzos, los vuelos de un capote y una muleta descubrieron el alma de un torero. De un gran torero que rebosando sentimiento parecía levitar sobre el albero, mientras entablaba un diálogo de amor con un toro bravo.
Tabernero, como el noble oficio de quien cobijó en su casa la primera peña de un chaval que soñaba con las glorias del toreo. ¿Te acuerdas, Rafael Guzmán...? Aquél día los geranios se asomaron para curiosear por las ventanas de la calle Judíos, porque querían ver entrar en tu casa a un torerillo, vestido con traje gris príncipe de Gales, que solo era un becerrista. Un novel que desde sus comienzos, con el apodo de Finito, estaba despertando a Córdoba de un profundo letargo taurino.
La faena a Tabernero merece ser recordada saboreando el mismo vino amargoso con el que se brindó aquel día por su suerte. Por la suerte del torero que el sábado de feria se emborrachó con la embestida de un toro bravo y destiló en su muleta el toreo de verdad. Tan puro que ahora, ocho días después, la gente no sabe si todo fue un sueño o realmente ocurrió.
Ese toreo que, como el buen vino, ha de saborearse con mesura y en su justa medida. ¡Pero no fue así...! Quizás por ello, porque en la plaza hubo una borrachera colectiva, el alma del aficionado anda aún trastornada y vive una feliz resaca de la que no quiere reponerse». 


 Finito y Tabernero (Subido a Youtube por Arte y sabor)

martes, 14 de mayo de 2019

JULIO ROMERO DE TORRES E IGNACIO ZULOAGA, PINTORES TAURINOS

Por Alejandro Adrián Arredondo Maldonado
Monterrey, Nuevo León (México). Abril de 2019
Romero de Torres. Retrato de su
amigo Anselmo Miguel Nieto
Siempre han existido gran cantidad de artistas de la pintura que se han ocupado de la fiesta brava y que sin duda sienten una gran atracción por esta manifestación cultural; desde luego son muchos los factores que inciden en su sensibilidad y los hacen tomar como motivo de su expresión plástica, la tauromaquia.  
En la historia de la pintura taurina sobresalen dos artistas españoles nacidos en el último tercio del siglo XIX, apasionados de la fiesta brava, uno andaluz, natural de Córdoba Julio Romero de Torres donde nació un 9 noviembre de 1874 y falleció en la misma ciudad un 10 de mayo de 1930 y el otro Ignacio Zuloaga Zabaleta, natural de Éibar, provincia de Guipúzcoa en el país Vasco donde nació en 1870, fallece en Madrid en 1945. Ambos cultivaron el retrato y se destacaron por la aportación a la pintura en general y en tema que me ocupa la aportación pictórica a la tauromaquia. Dos maestros de la pintura que sobresalieron entre otras características por su gusto indeclinable por la fiesta brava, por su pintura costumbrista y por ser grandes retratistas. Pintores siempre rodeados de intelectuales y de las figuras del toreo de su tiempo, además compartieron su admiración por uno de los grandes toreros de la época, el “Pasmo de Triana” Juan Belmonte.
Autorretrato de Ignacio Zuloaga
En un sector céntrico de la ciudad califal, casi frente al río Guadalquivir se encuentra la plaza del Potro y frente a la pequeña escultura del caballo reparando, el museo Julio Romero de Torres en lo que también fue su casa ya que sus padres Rafael Romero Barros y Doña Rosario de Torres Delgado tenían habilitada una vivienda donde nacieron sus ocho hijos. Su padre también fue pintor y autor de retratos románticos, bodegones y paisajes, fue nombrado director del recién creado Museo de Bellas Artes de Córdoba, recuerdo en mi primer visita a Córdoba, una visita muy rápida de ida y vuelta el mismo día, habíamos salido por la mañana de Sevilla en el recién inaugurado tren AVE allá en octubre de 1992, año de la conmemoración del quinto centenario del  encuentro de dos mundos, eufemismo con el que se llamó a tal evento. Recuerdo que al llegar a la plaza del Potro, un niño jugaba con un balón de futbol frente a la casa museo Romero de Torres, llegué acompañado del fotógrafo taurino Guillermo Escobar, lamentablemente el lugar estaba cerrado, el niño que jugaba nos avisó y al escuchar nuestro tono de voz nos preguntó con marcado acento andaluz, -¿de dónde sois? -De México le dijo Guillermo y rápidamente contestó: -¡De donde es Hugo Sánchez! se desatendió de nuestra presencia y siguió jugando con la pelota, nos retiramos a seguir recorriendo la ciudad. Al paso de los años ya por la primera década del 2000 regresé a Córdoba y visité la casa museo, verdaderamente extraordinaria con un tesoro colgado en los muros con obra de diferente formato del maestro cordobés.  En otra ocasión que estuve en Córdoba fui invitado por mi amigo el periodista e historiador cordobés Francisco Bravo Antibón al Círculo de la Amistad de Córdoba y recibido por su presidente que nos atendió espléndidamente, un lugar céntrico con una construcción tradicional cordobesa, sitio donde convive lo mejor de la sociedad, en aquella ocasión al recorrer sus pasillos, habitaciones y escaleras pude contemplar unos murales que datan de 1905 y me llamó la atención cuatro de ellos, pinturas de gran formato, que representan a las artes todas con fondos azules.
Plaza del Potro y Museos de Bellas Artes y de Julio Romero de Torres
Romero de Torres llegó muy joven a la pintura, sus primeros conocimientos los adquirió en el centro docente dirigido por su padre. La influencia del padre también pintor y su hermano Enrique fueron determinantes en un principio pero recibiría diferentes influencias desde el “fortunismo” hasta el impresionismo y el simbolismo francés, esta última corriente literaria y pictórica de moda desde 1880; en alguna etapa también tuvo influencia del valenciano Sorolla. Era un joven inquieto, aficionado al flamenco que sería una de las principales pasiones de su vida; también tuvo amistad con muchos toreros particularmente de Sevilla y de Córdoba.  Sin lugar a dudas el tema principal de la pintura de Romero de Torres fue la mujer, como dice la copla: “…pintó a la mujer morena…”, también el tema del paisaje cordobés, lo flamenco y lo taurino. A partir de 1915 se trasladó a Madrid donde se estableció.  En la capital del reino hacía una vida cultural intensa, acudía a los lugares de reunión de los intelectuales de la época, como Ramón Pérez de Ayala, José Ortega y Gasset y las tertulias de Valle Inclán y de Gómez de la Serna; también frecuentaba al otro Madrid el de las tabernas y los teatros, asistía a sitios de flamenco como Los Gabrieles. En 1913 apoyó públicamente a Juan Belmonte un joven torero muy discutido que se haría famoso, en el restaurante al aire libre del Buen Retiro, lo retrató desnudo y envuelto en un capote con el fondo de Sevilla y la Giralda. Belmonte fue un tema recurrente en la temática taurina del pintor cordobés, unos años antes en 1909 lo retrata como novillero con rostro casi infantil cuando el sevillano contaba con 17 años y era aún un desconocido. El trianero aparece vestido con corbata, mirando con seriedad al observador.
Belmonte. Retrato de Julio Romero (1909)
El tema taurino lo abordó en los retratos de sus toreros preferidos y en mínima parte en los carteles de la feria de La Salud en Córdoba en especial los de 1902 y 1905 y el de la Corrida Patriótica de 1921, donde se hace referencia de festejos taurinos; esos carteles se encuentran en el museo taurino de Córdoba, esta obra tiene una manifiesta influencia de los pintores de carteles franceses. Los primeros dibujos taurinos los publicó muy joven en la revista “El Toreo Cordobés” del cual era director artístico. Básicamente era un pintor de estudio no le gustaba pintar al aire libre por lo que las escenas taurinas son escazas en su obra. Del tema, su primer apunte digamos publicado nacionalmente fue de “Lagartijo muerto”, en la capilla ardiente que fue publicado el año 1900 en el diario “El Liberal de Madrid”; posteriormente pintó un retrato al óleo del mismo Rafael Molina. Tiempo después por encargo de importante banquero pintó a Rafael Guerra “Guerrita” en traje de luces. En el siguiente trabajo taurino pintó a “Machaquito” de cuerpo entero y aunque este retrato lo incorporó al conjunto de su cuadro “La Consagración de la Copla” es una magnífica representación del califa y en sí esta obra se le considera una síntesis pictórica de su obra. Posteriormente realizó de nuevo un retrato de Juan Belmonte, caso curioso Belmonte en la época hacía su servicio militar y por ello aparece con la cabeza rapada.  En otro cuadro llamado “Poema de Córdoba” está representada la Córdoba torera con una escena taurina de la plaza de La Corredera con la figura de “Lagartijo”. Existió otro cuadro con ambiente taurino “La Niña Torera” del que se desconoce su paradero. También hay una obra póstuma taurina que es  “Ofrenda al arte del toreo” pintura llena de contenido simbólico por demás interesante y que en primer plano y casi cubriendo más de tres cuartas partes del cuadro aparece una mujer desnuda. Fallece en Córdoba el 10 de mayo de 1930.
Guerrita. Retrato de Romero de Torres
A vuelo de pájaro su obra  la conforman su amada Córdoba, la mujer, el desnudo, el retrato, el costumbrismo, homenaje recurrente al flamenco y a la copla. Los toreros, en fin, un universo pictórico lleno de símbolos, en ocasiones provocador, con dos constantes: creatividad y calidad.
Ignacio Zuloaga el genial vasco compartía como le hemos dicho con Romero de Torres aparte de la bohemia, el flamenco, el gusto por las tertulias intelectuales, la afición a los toros y la admiración por Belmonte. Colaboró con Manuel de Falla en la organización del célebre concurso del Cante Jondo de Granada; intentó y se hizo torero en Sevilla. Hecho curioso que es preciso referir  por cómo le utilizó en algunas de sus obras es el de comprar en Córdoba su cuadro favorito: “El Apocalipsis” de “El Greco” en cinco mil pesetas de aquellos tiempos, obra que le sirvió de fondo para algunas de sus obras en especial uno que dejó inacabado llamado “Mis amigos” que dedicó a la generación del 98. En ese cuadro pintó a Juan Belmonte junto a Valle Inclán, Ortega y Gasset, Marañón y Baroja con la finalidad de dejar constancia de la categoría que dejaba el arte del toreo en general y a Belmonte en particular, al que consideró otro miembro de esa generación.
Belmonte. Retrato de Ignacio Zuloaga
Zuloaga provenía de cuatro generaciones de artistas que ocuparon cargos en la corte de los Borbones, desde joven se dedicó a la pintura, estudió con los maestros del Museo del Prado, de ahí viajó a perfeccionarse a Roma luego se estableció en Paris. En la ciudad luz se relacionó con los pintores impresionistas, Monet, Degas y Gauguin con quién compartió estudio. La presión familiar y la precariedad económica a su estancia en Montmartre. Regresa a España concretamente a Sevilla. Consiguió trabajo, pero no deja su vocación. En Sevilla retrata a personajes populares, gitanos, floristas, cigarreras, etc. Vivió feliz en Sevilla donde prosiguió su vida bohemia, para él más atractiva que en Paris. En Sevilla pasó largas temporadas de 1893 a 1898 además en esta ciudad y posiblemente influenciado por el ambiente se decantó por la fiesta brava e intentó ser matador de toros debutando con el apodo de “El Pintor”. En el barrio de San Bernardo, junto a la puerta de la carne, un torero de la tierra Manuel Carmona abrió una escuela en una plaza por él construida y ahí se presentó Zuloaga, a lo largo de su fugaz trayectoria estoqueó diez y siete toros; en el último festejo que participó un novillo le  propinó serio percance que lo obligó a retirarse en un principio momentáneamente y después definitivo de su aspiración torera; todos estos festejos se dieron en los alrededores de la capital hispalense. En el museo de Pedraza, se exhibe un cartel donde participa Zuloaga y refiere que el sábado 17 de abril de 1897 en la plaza de la escuela taurina de Sevilla, alternó con Manuel Domínguez, anunciado el vasco como “El Pintor” lidiando cuatro novillos de cuatro años dos para capea y dos de muerte. En los cinco años que vivió en Sevilla fue rico en el tema taurino, pintó diversos cuadros de toreros.
Cartel de la actuación de Zuloaga
En el verano 1898 se traslado a Segovia donde permaneció hasta 1916; en esa población castellana vivía con su tío un medio hermano de su padre Daniel Zuloaga que era destacado ceramista. En esta tierra realizó obras que le valieron reconocimiento internacional; ahí pintó alrededor de catorce cuadros de tema taurino en cuyas composiciones destaca las figuras de sus protagonistas;  recorrió buena parte de las poblaciones cercanas atraído por los festejos taurinos que por esos rumbos se dan. De esa época se dan algunos de sus cuadros como: “Preparativos para la corrida”, “Toreros de pueblo”, “El Corcito”, “Torerillos de Turégano”, “En la corrida”.
La fama que iba adquiriendo y su amistad con toreros y ganaderos lo llevaron a participar como invitado a tientas en importantes ganaderías, por algún motivo familiar acompañado siempre de su tío y donde con entusiasmo echaba capa y calmaba sus ansias de  torero.
Estuvo en el cortijo Zahariche con don Félix Urcola; con el Marqués de Villagodío; en Aldeanueva, ganadería que más adelante sería adquirida por Domingo Ortega.
Ya con fama de pintor destacado debido a su talento y a que importantes hombres de negocios lo solicitan como retratista; es llamado de Madrid para pintar el retrato del Duque de Alba y luego el de la esposa de este, entonces se le abre un amplio panorama con la gente de la aristocracia. Vive en Madrid a sus anchas, asiste a las tertulias Valle Inclán, Pío Baroja, Belmonte, Pérez de Ayala, Marañón que le insisten a que exponga pero el reconocimiento madrileño todavía tardaría en llegar.
Domingo Ortega. Retrato de Zuloaga
En ese período organizó festejos taurinos y becerradas siempre con fines benéficos donde actuaron Juan Belmonte y otros destacados espadas, en la mayoría  de ellos el pintor corrió con los gastos; en esta aventura empresarial lo acompañó como gestor ante autoridades su tío Daniel que había sido nombrado profesor en la escuela cerámica de Madrid; a estos festejos siempre lo acompañaron intelectuales, políticos y hombres ilustres de la época. En uno de los festejos de Segovia donde estuvieron los hermanos Juan y Manolo Belmonte con ganado de Aleas estuvo presente el pintor cordobés Julio Romero de Torres. El año de 1924 realizó tres retratos de Belmonte destacando entre ellos el célebre “Belmonte en plata”. La amistad y la admiración entre los dos, pintor y torero, era mutua. En una ocasión en que reaparecía Juan Belmonte en Nimes el 25 de junio de 1934, Zuloaga ayudó a vestirlo, existe una foto en donde el pintor ayuda al pasmo de Triana a ponerse la casaquilla. Sobre la afición taurina del pintor, Belmonte expresó: “Creo que hubiese cambiado toda su pintura por haber matado un toro en Madrid, en la corrida de la beneficencia y verle rodar con las cuatro patas por lo alto y el tendido lleno de pañuelos”.
Albaicín. Retrato de Zuloaga
Era tal su fama de retratista que era solicitado por países de Europa y América. La afición y la amistad lo llevan a retratar a Rafael García EscuderoAlbaicín” a Domingo Ortega, Antonio Sánchez El Chepa", a su amigo de la época sevillana Ángel CarmonaEl Camisero” y hasta el mismo Manolete con el que nunca coincidió en agenda, sin embargo, sin modelo y atendiendo a su memoria privilegiada esbozó con suaves trazos un cuadro sobre Manolete de cuerpo entero y tamaño natural, pero la muerte sorprendió al pintor dejando inconcluso el cuadro. Una de sus últimas pinturas fue el “Palco de las Presidentas”. Realizado pocos meses antes de fallecer.
En sus últimos años en Madrid, abonado en Las Ventas y conviviendo en las tertulias con amigos como Manuel Machado y Díaz Cañabate entre otros, hicieron felices los últimos días que residió en la capital española. A los setenta y dos años seguía asistiendo como invitado a tientas en la finca de Domingo Ortega donde en los medios daba capotazos a becerras enrazadas, siembre bajo la atenta mirada y cercanía de Domingo Ortega y Rafael Albaicín. Fallece el 31 de octubre de 1945, en reconocimiento a su afición, a la salida del estudio el féretro fue cargado entre otros por José María Cossío, Domingo Ortega y Rafael Albaicín.
El Chepa. Retrato de Zuloaga
Dos pintores de excelente trazo, de gran calidad y capacidad; de un convencimiento total de su vocación artística, pintores de acendrada afición taurina, genios que coincidieron en el tiempo y que convivieron con los principales protagonistas del mundo cultural y político español de su tiempo; vidas paralelas que junto a otros artistas llenaron una época de esplendor ibérico. Desconozco que tan cercanos fueron ó si existió entre ellos una amistad cercana, amigos mutuos los tuvieron, influencias artísticas muy similares también. Son muy contadas las referencias de alguna cercanía entre ellos; existe la  constancia de la asistencia de Romero de Torres a uno de los festivales benéficos organizados por Zuloaga, sin embargo creo que debieron convivir en más de una ocasión e intercambiar sus particulares conceptos para expresar mediante la pintura el arte taurino.
Manolete, retrato inconcluso de Ignacio Zuloaga