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miércoles, 4 de mayo de 2022

JOSÉ MARÍA MONTILLA

Por Antonio Luis Aguilera    

José María Montilla en la Maestranza de Sevilla

El 26 se mayo se cumple el sesenta aniversario de la alternativa del maestro José María Montilla, decano de los matadores de toros cordobeses. Fue el 26 de mayo de 1962 en el coso de «Los Tejares», cuando Julio Aparicio, en presencia de Jaime Ostos, le cedió la lidia y muerte de “Avefría”, de la ganadería de María Francisca Mora Figueroa, al que cortó las dos orejas, a las que sumaría una más del toro que cerraba plaza. Aquella triunfal actuación le valió obtener el trofeo «Manolete» del Ayuntamiento de Córdoba.

José María Montilla recibe el trofeo «Manolete»

De nuestro archivo rescatamos unas declaraciones realizadas hace años por el maestro y amigo José María —persona muy querida en Córdoba—, de quien hemos sido durante muchos años compañeros como comentaristas taurinos en medios de comunicación, para que sean sus palabras las que evoquen su carrera como matador de toros.

—En los años sesenta Córdoba atravesó un momento histórico, porque se dieron cita muchos matadores de toros. Muy pocas veces el toreo cordobés ha tenido tanta altura. Toreros importantes como Gabriel de la Haba «Zurito», Agustín Castellano «El Puri», Manuel Cano «El Pireo», que ha sido uno de los que mejor ha hecho el toreo… Y tuvimos uno que mandó en la fiesta: Manuel Benítez «El Cordobés»… ¡Fíjate lo que es mandar en el toreo…! Eso solo sucede cada cuarenta o cincuenta años. Y mira por donde también fue Córdoba la que anteriormente mandó en el toreo con «Manolete».

Creo que fue el momento —y los aficionados lo saben— más importante que Córdoba ha tenido en el toreo, pues se dieron cita muchos matadores de toros, varios de ellos punteros, y uno que mandó sin contemplaciones.

Lance a la verónica de José María Montilla

Sobre la vieja plaza de «Los Tejares» José María recuerda:

—Fue nuestra escuela taurina. Allí comencé a ver toros. Precisamente fue donde Luis Miguel Dominguín, máxima figura del toreo, me hizo creer que ser torero era fácil. Aquello ocurría al comienzo de los años cincuenta. Se lidió una corrida de Saltillo para Luis Miguel, Luis Procuna y Manuel Calero «Calerito», que sustituyó a José María Martorell, que estaba herido. Fue una tarde tan apoteósica la del torero de Madrid, que yo pensé que aquello era fácil. Tenía doce o trece años y creí que podía ser torero. ¡Qué equivocado estaba...!  Después intenté aquello que pensé fácil y no lo conseguí, comprendí que era dificilísimo ser torero. A partir de entonces en aquella plaza los vi a todos: Martorell, Calerito… Me fijaba mucho en ellos.

Y vi a un torero que me impresionó gratamente, porque no he visto torear más despacio ni mejor. Fue a Manuel de la Haba, en un festival que toreó a beneficio de la Hermandad de la Virgen de las Angustias. Aquello se me quedó grabado y es de mis mejores recuerdos.

Había otro torero que causó una admiración tremenda, porque toreó fenomenal: Alfonso González «Chiquilín». En él los estatuarios, pases fáciles que no dicen nada, tenían una gran personalidad. Además hacía el toreo diferente.

José María en redondo. Foto Mateo

En «Los Tejares» conseguí ver muchas cosas importantes en el toreo. Vi a una pareja de becerristas que empezaban «Zurito» y «El Puri». ¡Qué difícil es despertar de becerristas tanta expectación! Antes había toreado muy bien Pedrín Castro. También hubo una pareja fenomenal, que hizo historia en la novillería cordobesa: «Zurito» y «El Pireo». He visto muchas cosas. Aquella plaza fue nuestro principio, nuestro sueño, nuestra ilusión. Allí pensé muchas cosas bonitas, pero luego está la historia, es muy difícil ser torero, y no pude desarrollar lo que hubiera querido.

Preguntamos a José María, que encabezó la terna que inauguró la nueva plaza de Córdoba el 9 de mayo de 1965, sus recuerdos de aquel día:

—Lo recuerdo con mucho cariño. Fue un día memorable para dos toreros de Córdoba, Manolo y Gabriel, que fue el triunfador absoluto de aquella corrida. Además, aquel día tuvo por la mañana el prólogo de la coronación de la Virgen de los Dolores, esa imagen tan cordobesa a la que yo tenía costumbre de visitar todos los viernes.

Esa tarde conseguí ver a un chaval muy joven, que venía con ganas de pelea. En esto del toreo al final los que dicen las cosas son los toreros de raza, y Gabriel lo era. En aquella tarde tan importante para todos, junto a Manuel Benítez, que mandaba en la fiesta, Gabriel se arrimó para que no se le fuera por delante y fue el triunfador absoluto. Benítez estuvo muy bien. Yo cumplí mi cometido, estuve simplemente bien.

Ayudado por alto en Madrid. Foto Botán

Pero siempre, cuando hablo de acontecimientos que recuerdo especialmente, no tengo más remedio que acordarme de mi alternativa en «Los Tejares». Fue uno de los días que me sentí torero. También de la alternativa de «El Cordobés» en la misma plaza. Quizás estas me hayan dejado más huella, pero no cabe duda de que históricamente nadie nos puede quitar a Gabriel, Manolo y a mí que inauguramos esa plaza tan importante que es la de Córdoba.

En mi época había bastantes toreros de Córdoba. En mi caso concreto estuve cuatro años de matador de toros y actué en las cuatro ferias de mayo. ¡Y era difícil! Pero los toreros de aquí contaban a la hora de hacer los carteles de la feria. Y fíjate los que había: Antonio Ordóñez, Paco Camino, Diego Puerta, El Viti… Y había sitio para ellos, pero Córdoba tenía un plantel de matadores que contaban, y mientras estuvimos en el toreo actuamos todas las ferias de mayo.

Ceñida manoletina de José María. Foto Arjona

Ante las afirmaciones que aseguran que hoy se torea mejor que nunca, José María Montilla opina:

—Eso no es verdad, cómo se iba a torear peor en nuestra época, que era la de Antonio Ordóñez, el que mejor ha hecho el toreo desde «Manolete» a nuestros días. Lo que tenemos claro los cordobeses y todo el mundo es que el mejor torero de los últimos cincuenta años ha sido «Manolete». Creo que ahí no hay discusión de ninguna clase y está todo el mundo de acuerdo, incluso algunos antimanoletistas, que después de escuchar al «Rubio de San Bernardo» no les queda duda de que «Manolete» ha sido el mejor torero que ha dado la historia en los últimos cincuenta años.

Atracándose de toro en Barcelona. Foto Mateo

Pero en nuestra época hemos visto torear a Antonio Ordóñez, del que pienso que no se puede torear mejor. Ni se puede torear con tanta importancia y sabiduría, con tanto conocimiento y arte como lo ha hecho Paco Camino. No se puede torear con más valor que lo ha hecho «El Cordobés» o Diego Puerta. Todo eso es historia. Había treinta matadores a cual mejor. 

Es cierto que en todas las actividades se progresa cada día. Hoy hay mejores médicos, mejores ingenieros, quizás se torea de salón mejor que nunca, porque ahora un chaval pega pases desde el principio. ¿Pero qué se torea hoy mejor que hace treinta años? ¡No, ni se canta mejor que Manolo Caracol, ni se torea mejor que Ordóñez! Es cierto que hay grandes profesionales, pero ¡cuidado!, el sitio que tenían los toreros de antes… Ni ahora con toda la grandeza que tiene el toreo ha superado el que conocí en mi época. Hoy hay más toros que se dejan torear, por eso se torea con más regularidad, pero también todos los toreros son más parecidos. Se dice que se torea mejor que nunca, pero también es verdad que no destaca uno de los otros, porque sale un toro que tiene muy pocas cosas que decir. Antes, al tener más movilidad, había más inspiración.

Estocada en todo lo alto el día de su alternativa
en la vieja plaza de Córdoba. Foto Framar

Hoy día el mejor de todos sería «Guerrita». Y el mejor de hoy sería el mejor de aquella época, porque el que ha sido figura del toreo lo sería siempre.

Dos toreros importantes en los años sesenta Manolo Vázquez y «Antoñete», acompañaban a Luis Miguel, Ordóñez, «Litri», «Pedrés», Puerta, «El Cordobés», Camino… Y sin embargo después cuando reaparecieron fueron  máximas figuras del toreo.

Finalmente, al preguntarle qué es lo más importante que se lleva del torero, el maestro respondió:

—La gratitud de haber tenido la oportunidad de realizar lo más bonito de mi vida. 

Enhorabuena José María, maestro y amigo, por este sesenta aniversario que celebras con el profundo respeto de una afición que te quiere como la de Córdoba, y el cariño de toda la afición taurina.

miércoles, 1 de diciembre de 2021

«CALERITO»: MERECIDO RECUERDO

Por Antonio Luis Aguilera

El 22 de noviembre se presentó en Córdoba el libro «Manuel Calero Cantero “Calerito”. Merecido Recuerdo», dedicado a la memoria de este gran matador de toros de la década de los años cincuenta, al que una cruel enfermedad segó la vida a los 33 años de edad. El autor es el cordobés Domingo Echevarría Echevarría, que ya ha escrito varias obras taurinas, y ahora nos presenta esta lujosa publicación, editada por la Excma. Diputación Provincial de Córdoba.

Se trata de un volumen de gran formato (30 x 22 cm), que a través de más de seiscientas páginas viene a saldar una cuenta con la historia del toreo cordobés, al romper el silencio que han hallado las generaciones de aficionados, que por razones de edad no vieron al valiente torero de Villaviciosa, autor de una carrera que estuvo jalonada de importantes éxitos en las plazas de España y América. Un trabajo riguroso, excelentemente documentado fotográficamente, que inserta numerosas crónicas y comentarios de las revistas taurinas de su época. En suma, una magnífica labor de Domingo Echevarría, que no dejará indiferente a ningún aficionado que lea sus páginas para recrearse con esta biografía dedicada a Manuel Calero «Calerito».

«Calerito» toreando al natural. Foto Cuevas

El autor cuida los detalles al contar la vida del torero de principio a fin, desde la primera inquietud del joven Manuel por «ser gente» en el toreo hasta el triste final del que fuera llamado el «Lobo de Villaviciosa», narrando con armonía sus etapas de becerrista y novillero, en Valencia y Córdoba, hasta llegar a la soñada tarde de la alternativa en la plaza cordobesa de «Los Tejares», con un encierro de Galache, de manos de Agustín Parra «Parrita», en presencia de José María Martorell. A continuación analiza cada uno de los capítulos que el espada escribió en los ruedos, con la verdad de sus triunfos y el tributo de sus cornadas, durante las temporadas de 1948 a 1957. Tras un apéndice estadístico, el libro nos habla de la vida de Manuel fuera de las plazas, de sus últimas actuaciones en festivales benéficos a partir de 1958, y en su ameno discurrir hasta sorprende al lector descubriendo el parentesco de «Calerito» con «Manolete», vía José Dámaso Rodríguez «Pepete». Finalmente, la obra contempla la figura del matador desde las Bellas Artes, hasta llegar al día «del último viaje», en palabras del genial poeta Antonio Machado. Por supuesto, no podía faltar una referencia a la fundación del «Club Calerito», la peña taurina más antigua de Córdoba, que cada feria de mayo, en memoria de su titular, premia con la «oreja de oro» al novillero que más orejas corte en las novilladas con picadores —si las empresas las organizan—, ofreciendo imágenes de todos los espadas que han sido galardonados.

En Sevilla con el miura «Rosalino» al que cortó las dos orejas... (Foto Cano)

Recreándonos en las fotografías de la obra recordamos un comentario que siendo niños escuchábamos a los aficionados mayores. Hablaban del «toreo cordobés», de ese estilo que tras «Manolete», aceptaron y adoptaron los espadas de la tierra que le sucedieron para expresar su arte. Llama la atención observar como José María Martorell, «Calerito», o con menor fortuna en los ruedos Alfonso González «Chiquilín», manifestaron en las plazas la inmensa verdad del ajuste en el encuentro con el toro, y que con firmeza de plantas citaran con la muleta retrasada, ofreciendo su cuerpo con gallardía, aguantando —¡qué verbo más torero!— a que metiera la cara, para obligarlo con un toreo de manos bajas que eriza el vello y seca las gargantas, con ese arte sin fantasia, austero y seco, que acuñó el sello de «toreros de bragueta» para identificar a los toreros de esta tierra de califas.

... aunque la plaza pidió el rabo para el torero cordobés. Foto Cano

Aún recuerdo aquel soleado día del 13 de noviembre de 1960, cuando tenía cinco años y como cada día, de la mano de mi abuela Pilar pasaba por el coso de «Los Tejares», donde siempre me asomaba a la puerta grande para mirar el ruedo entre la ranura de sus grandes hojas. Aquella excelente aficionada se detuvo en el pasillo que separan las dos palmeras —por donde sacaban a hombros a los toreros en las tardes de triunfo—, y con lágrimas en los ojos liberó la pena que sentía rezando una oración por «Calerito». Después, como comentarista taurino, pude observar el respeto y la admiración con que todos los compañeros hablaban de aquel torero. Pero «Calerito» no tenía quien le escribiera. Me dolía el silencio que envolvía la figura del gran torero, ese que ahora ha roto magistralmente Domingo Echevarría, para hacer justicia y narrar con verbo fácil, sentida emoción y profunda admiración, la carrera de un torero de Córdoba que debe llenar de orgullo a la afición de su tierra.

El sereno valor de «Calerito»

SONETO A «CALERITO», de Domingo Echevarría. 

Habla la historia, Manuel, de tu tesón,

de tu firme valor y tu templanza;

de Rosalino, el Miura cornalón

de tu gesta triunfal en la Maestranza. 


De Madrina, aquella bella canción,

donde Juana cantaba a tu bonanza;

de tu vida torera, de tu pasión,

que se truncó tan llena de esperanza. 


Guarda el recuerdo de tu luz primera:

Villaviciosa, tu tierra serrana.

Valencia, el de tu juventud torera. 


Y tu Córdoba: su cariño infinito,

y el de su viejo río que aún emana

con tu esencia torera ¡Calerito!

Manuel Calero «Calerito». Foto Ortiz

domingo, 8 de agosto de 2021

JOSÉ MARÍA MARTORELL EN EL RECUERDO

Por Antonio Luis Aguilera

El toreo de ajuste, temple y manos bajas de José María Martorell

Fue el torero de mi abuelo Luis Roldán Torres, al que no alcancé a conocer, y el de toda mi familia materna, a la que debo esta maravillosa afición al toreo, porque desde que levantaba dos palmos del suelo me hablaban de toros y de los toreros de Córdoba, desde el respeto profundo a la huella de Lagartijo y Guerrita, la veneración por Manolete, y la admiración por José María Martorell, torero —decían— de bragueta, muy cordobés, de valor seco y temple en el comprometido sitio que pisó Manuel, bajando los engaños como él. 

Me hablaban de la profunda huella que este torero dejó en la afición mexicana; también, que por su apellido revolucionó a la afición de Barcelona, que en sus inicios pensaba que era catalán, y al emocionarse con sus grandes éxitos en la Monumental lo adoptó como suyo.

Entrada dedicada por José María Martorell

Recuerdo aquella maravillosa aficionada que era mi abuela —estuvo abonada a la plaza de Córdoba con más de ochenta años cumplidos— que cuando iba y venía con los seis nietos al colegio de monjas de la calle Gondomar, al coincidir y saludar a Martorell por el centro de la ciudad nos repetía una y otra vez lo gran torero que fue, rememorando los lentos viajes en el tren de entonces para verlo en Sevilla. Así pues, desde que vestía babero de párvulo admiraba a José María, de quien veía las fotos en las revistas que testimoniaban su paso por el toreo, ejemplares que conservaba la familia, como también guardaba la entrada de la última tarde que el abuelo lo vio antes de morir en la plaza de Los Tejares —27 de septiembre de 1953. Toros de Ramos Paúl (Villamarta), para Martorell, Calerito y el mexicano Jorge Aguilar El Ranchero—, donde al dorso, José María escribió de puño y letra con su estilográfica: «Para el mejor amigo y admirador que tengo en Córdoba, Luis Roldán con un fuerte abrazo de José María Martorell».

Antonio L. Aguilera con José María Montilla y Alfonso Galisteo. Foto Marogo

Años después Alfonso Galisteo, otro gran aficionado, además de suegro y amigo, seguidor de Martorell y más tarde de José María Montilla, me confirmaba los juicios de mi familia al hablar de las excelencias del maestro cordobés. Y en los años ochenta, cuando a propuesta del periodista Pepe Toscano inicié una aventura no profesional de informador taurino, que habría de durar tres décadas y aún colea en los textos de este blog, conocí a José María Martorell, con quien tuve la fortuna de gozar de su amistad, y de muchas conversaciones taurinas privadas y públicas, en coloquios donde su presencia era requerida porque otorgaba categoría al acto. También tuve el privilegio de organizar un almuerzo donde conseguí sentarlo en la mesa con sus compañeros Agustín Parra Dueñas Parrita, su padrino de alternativa, y Manolo Vázquez, para que tan excelente terna protagonizara una inolvidable tertulia radiofónica, que comenzó a la hora del café y terminó bien entrada la tarde.  

Parrita, Manolo Vázquez, Aguilera y Martorell. Foto Marogo 

Son muchos los recuerdos que tengo de José María, como la entrañable anécdota con aires de profecía que le gustaba contar. Fue a un tentadero a la finca «Las Cuevas», en el término de Villarrubia (Córdoba la Vieja), donde estaba la ganadería que don Alfonso de Olivares y Bruguera había formado con reses de Juan Belmonte (encaste Gamero Cívico), y Manolete acudía siempre que estaba en la ciudad, atendiendo a la invitación de doña Concepción Gómez-Barzanallana«Conchita Olivares», viuda del ganadero desde el fatídico 1936, que además era aficionada práctica. Allí estaba de aficionado José María Martorell, que salió a torear cuando fue requerido y en quien se fijó el director de la faena campera, quien luego en Córdoba, al caer la noche, cuando Manolete subía desde la plaza de La Lagunilla hasta San Cayetano para ir al Campo de la Merced, junto a la Torre de la Malmuerta, donde estaba la Taberna de Paco Acedo se reunía con sus amigos, al observar que el muchacho del tentadero estaba sentado en la puerta de su casa, lo reconoció y se dirigió a él con una frase que el tiempo convertiría en sentencia: «¡Adiós, torero!». Así fue, en mayo de 1949, casi dos años después de la tragedia de Linares, Martorell tomaba la alternativa en la plaza de Los Tejares, para convertirse en el torero de mayor relieve que tuvo Córdoba en los años cincuenta. «¿Te imaginas lo que significó para mí, siendo un aficionado, que ese Monstruo me llamara torero?».

Verónica de manos muy bajas de Martorell. Foto Cano

En los años ochenta José María acudió con asiduidad a las reuniones de la cordobesa Tertulia Tercio de Quites. Le agradaba el ambiente de silencio con que el grupo acogía los recuerdos de su paso por el toreo. Fueron muchas las noches que gozamos de su presencia y amistad, pero recuerdo especialmente una de invierno, desapacible por fría y ventosa, donde tras una penosa jornada de tratamientos contra la enfermedad que le acosaba, el maestro se presentó por sorpresa, abrió la puerta y nos saludó diciendo: «Buenas noches, señores; vengo a tomarme un par de medios de vino y hablar de toros, que es lo que más me gusta, con este maravilloso grupo de aficionados». Damos fe que impresionaba escuchar sus palabras en el silencio creado en la sala, a veces roto por el tintineo del cristal de los catavinos, y ser testigos de la generosidad con que abría su alma para hablar de toros, bien fuera para recordar su concepto del toreo, para censurar modas propiciadas por sectores intransigentes de la afición —«echar la pierna de salida adelante no es cargar la suerte, sino quebrar al toro echándolo para afuera, una ventaja para el torero», para manifestar su profunda admiración por el toreo de Pepe Luis y por el de los toreros de México y la maravillosa fantasía de su manejo del capote, para  desvelar confidencialmente la «guasa» de Luis Miguel, que enseñaba la punta de la capa por el hueco del burladero para distraer a los toros de sus compañeros en plena faena, y la de veces que hubo de pedirle públicamente que se tapara, o para asegurar que los miuras eran los únicos toros que no dejaban cruzarse a los toreros, porque ellos lo hacían antes para impedirlo. En resumen, para hablar de toros con asombrosa amenidad cuando la vida ya se le escapaba. 

Tal fue el cariño de la Tertulia al maestro, que a su muerte se creó el trofeo que lleva su nombre e imagen, el magistral busto modelado por los escultores y aficionados cordobeses Rafael, Pepe y Pedro García Rueda, quienes por su admiración y amistad con el torero fallecido, colaboraron regalando su trabajo en la creación de la estatua con que la tertulia cordobesa desde 1996, el año siguiente de su muerte, reconoce el mérito taurino de personalidades o entidades, para honrar la memoria del maestro.

Trofeo Martorell

Ángel Mendieta Baeza, compañero durante muchos años en la crítica taurina de Córdoba, nos obsequió el pasado año con un ejemplar de su libro «Y después de Linares… Martorell: El torero de mano baja», que no ha sido publicado y por su interés debería encontrar respaldo editorial para ver la luz, pues recoge el testimonio personal de aquella bonita época del toreo cordobés. De la amena y documentada obra extraemos dos fragmentos que hablan de José María y de su tiempo. 

—«Tras la tragedia, Martorell».

Y como el destino es inexorable, llegó agosto de 1947 y en Linares se produjo la trágica cogida que dejó al toreo huérfano de la figura más grande de una época cuyo eco, como dijo aquel crítico madrileño, sigue siendo inalcanzable. Pero bueno, volviendo al momento de Linares, la muerte de Manolete debió ser como un mazazo que dejó traumatizado al mundo de la tauromaquia y, mientras tanto, Córdoba quedaba ayuna de toreros de alternativa que continuaran la historia escrita por los grandes toreros nacidos en esta tierra, que la representaran en los carteles de postín y en las ferias más señeras de la torería. En Córdoba se produjo un vacío, pienso que profundo, muy profundo. Pero pronto, si echamos mano de la historia, veremos que la pena se vio aliviada, pues la incorporación de los ya referidos Rafael Soria Molina “Lagartijo”, José Moreno “Joselete” y Martorell al escalafón de los novilleros con picadores fue como una puerta abierta a la esperanza, que sirvió para reforzar el entonces raquítico escalafón de novilleros de que Córdoba disponía.

José María en tertulia radiofónica. Foto Marogo

—«¿Quién fue Martorell?»

 Martorell, en aquel momento, cubrió el vacío que había dejado Manolete. Pero que nadie piense que al decir que Martorell cubrió el vacío dejado por Manolete quiero decir que ocupó el sitio de Manolete. No. Martorell ocupó su sitio, el suyo, el que supo ganar con su arte, con su valor y con su personalidad. El lugar de Manolete sigue vacante, porque torero con la fuerza de Manolete solo hubo uno y, por tanto, ese lugar, que es como un trono en la historia torera de nuestra Córdoba, quedará vacante por los siglos de los siglos. Sólo digo que Martorell cubrió, de forma muy digna, aquel vacío, porque supo mantener la ilusión de muchos aficionados, ya que su presencia en los ruedos sirvió para mitigar el desencanto provocado con la desaparición de aquel genial torero cordobés en aquel trágico agosto de 1947. 

I Coloquio organizado por la Tertulia Taurina Santamarina de Córdoba:
Alfredo Asensi, Ángel Mendieta, Antonio L. Aguilera, José Mª Martorell,
Antonio Cabanillas y Enrique Cabello. Foto José Luis Cuevas.

Finalizamos esta entrada donde hemos evocado con tanto cariño como admiración la figura de José María Martorell, el espada cordobés que en una época de tristeza ante una perdida irreparable fue capaz de abrirse paso en el toreo, para volver a entusiasmar a la afición de Córdoba tras el vacío dejado por la muerte de Manuel Rodríguez Manolete«¡Con lo difícil que era eso!»sentenciaba su amigo y padrino Agustín Parra "Parrita".

 TEXTOS RELACIONADOSEl toreo en los años cincuenta


lunes, 17 de mayo de 2021

DESDE EL TENDIDO 3

Por Antonio Luis Aguilera

Finito torea a la verónica. Foto Lances de Futuro.

Terminada la feria de mayo cordobesa esbozamos una breve reflexión de lo más destacable que observamos en la plaza. Empezamos felicitando a la empresa que lidera José María Garzón, por la perfecta organización de los espectáculos y las medidas de seguridad tomadas, así como por la presentación de las ganaderías jugadas. Cosa distinta es el juego de las reses, que en eso nada tiene que ver el empresario.

Preocupados tendrán que estar los ganaderos de las divisas jugadas por el pobre bagaje de sus toros. Núñez del Cuvillo, que vio como su encierro de cuatro ejemplares hubo de ser remendado con uno de Parladé, presentó algunos toros embastecidos por hondos y badanudos, algo que nada tiene que ver con el tipo y preciosas hechuras de los que jugaba hace escasos años. También le habrá de doler la cabeza a Juan Pedro Domecq Morenés, que embarcó una corrida pasada de kilos, floja y falta de raza. Aún así, hilando fino, hubo toros que con distinta propuesta y mayor compromiso de sus lidiadores habrían ofrecido otro juego. Así lo vimos en un Cuvillo que correspondió a Pablo Aguado y en el quinto Juampedro de Finito.

Desesperante puesta en escena de Roca Rey, el triunfador de la feria con una oreja, que estableció más tiempos muertos que un partido de baloncesto, escenificando una coreografía exageradamente lenta, que imprimió un ritmo de despaciosidad desproporcionada a la corrida que duró más de tres horas. Roca es el de siempre, ve toro en cualquier parte y le puede, pero en Córdoba quiso acentuar una majestuosidad impostada a sus andares por el ruedo -incluso paseando la oreja en una interminable vuelta-, y no conectó con los tendidos, a los que llevó el sopor, solo aplaudían al rematar las series, mientras callaban como en un velatorio en la ejecución de las series. No hervía la olla.

De lo mejor de la feria, las verónicas de Juan Serrano al tercero de la corrida de Juan Pedro, que tras tomar el capote en tan magnífico saludo se desfondó y pedía por compasión la presencia del puntillero. Pablo Aguado decepcionó, pues, salvo un hermoso saludo por verónicas y algún detalle suelto, estuvo sin sitio y falto de compromiso con su lote. Morante no tuvo toros y obsequió con lo poco que le ofrecieron dejando una bella serie de verónicas y algunas pinceladas de vieja torería gallista, en la tarde que los aficionados no olvidaron la efeméride de Talavera de la Reina.

En cuanto a los novilleros, dos orejas cortaron al manejable encierro de Fuente Ymbro. Una fue para el Rafi, próximo a la alternativa, que mostró ganas y formas, conquistando  el trofeo Calerito al novillero triunfador de la feria, y otra para Tomás Rufo, que evidenció un buen manejo del percal pero erró en la elección de terrenos al plantear los trasteos. Javier Moreno Lagartijo no pasó de voluntarioso, como Diego Ventura que iba por delante en la primera corrida y a pesar del doble trofeo conseguido no tuvo una de sus mejores tardes. 

Pobre bagaje artístico de una feria que había levantado una gran expectación y contó con una buena respuesta del público, que agotó el papel autorizado en ambas corridas. Garzón ha vuelto a demostrar con maestría que se podían dar toros en plazas de primera. Y lo ha hecho con una organización perfecta. Ya lo habría querido la afición de Sevilla hace un mes.

martes, 2 de febrero de 2021

MANOLETE RECORDADO POR ALFREDO DAVID


Manuel Rodríguez Manolete con Alfredo David Puchades.

El semanario El Ruedo publicó una interesante entrevista al famoso subalterno Alfredo David Puchades (Valencia, 14/3/1893, Madrid, 13/2/1978), donde el gran torero de plata analizaba detalladamente el toreo de Manolete, con quien fue cinco años en su cuadrilla.  

Alfredo David por su brillante carrera profesional está considerado uno de los banderilleros auténticamente importantes de la historia, como lo fueron los espadas para los que ejerció su brega suave y magistral. Tras comenzar auxiliando en su Valencia natal a varios noveles, entre los que figuró un desconocido Juan Belmonte en dos novilladas sin picadores, trabajaría para Luis Guzmán Zapaterito, Pacomio Peribáñez, y Manuel Varé Varelito

El 26 de septiembre de 1918 tuvo lugar en Madrid una triple ceremonia de alternativa, donde Joselito el Gallo concedió el grado de matadores de toros a Varelito y Domingo González Dominguín, mientras que el gran subalterno cordobés Manuel Saco Cantimplas hizo lo propio con el banderillero Alfredo David, a quien cedió un par de rehiletes, ceremonia entonces habitual en Madrid cuando un banderillero debutaba en corrida de toros.

Durante su extensa carrera Alfredo David actuaría con Manuel Granero, Diego Mazquiarán Fortuna, José García El Algabeño, Marcial Lalanda, Vicente Barrera, Domingo Ortega, Manuel Rodríguez Manolete, Luis Miguel Dominguín, Manuel Calero Calerito, Manuel Jiménez Díaz Chicuelo II, Luis Segura, y Diego Puerta, retirándose de los ruedos en 1965, a los 72 años de edad.

El excelente peón valenciano pudo observar en primera línea los cambios del arte de torear desde la época de Joselito y Belmonte hasta la de Manuel Benítez El Cordobés, siendo testigo de la evolución del toreo moderno, instaurado definitivamente por Manolete al implantar el concepto de faena de línea gallista revelada por el gran artista sevillano Manuel Jiménez Chicuelo, razón por la que su perspectiva histórica concede singular importancia a estas declaraciones. 

En la manoletista PLAZA DE LA LAGUNILLA no podía faltar este valioso testimonio de Alfredo David sobre Manolete, que curiosamente en la noche de su agonía en el hospital de Linares tuvo unas palabras para el banderillero que ya no actuaba en su cuadrilla: «¿David, dónde está el toro...?».

Foto de cuadrilla: Miguel Atienza, Alfredo David,
Manolete, Cantimplas, Pinturas y Pimpi.

 Pregunta: ¿Cómo ve usted a Manolete?

Alfredo David: Me parece excepcional.

—¿Creador?

—Por lo menos en un estilo, esa es su personalidad. En esta profesión todo está hecho y todo está escrito. Las reglas son inconmovibles.

—¿Y cuál es la esencial característica de Manolete?

—El exacto conocimiento que tiene de lo que debe ser la lidia y muy especialmente del toro.

—¿En qué lo funda usted?

—Primero en mi experiencia. Yo he alcanzado en esta época a los más grandes artistas. Con unos he toreado años enteros, a otros les he visto, alternando con ellos en el ruedo, porque el peón también alterna, y puedo asegurar a usted que si cualquiera de ellos, pongamos como más punteros a Joselito y Juan Belmonte, han sido cumbres en los variados lances y en eso de alambicar sobre las condiciones del toro, este Manolete, por lo que sea, ha logrado tal superación en el dominio, que a veces, cuando habla con nosotros acerca de cualquier estilo de toro o de un lance de la lidia, lo que nos maravilla, a los que nos consideramos de vuelta de todas las experiencias, es la precisión en sus juicios y lo irrefutable de sus fallos.

Valencia, 19-3-1942. Pinturas colea al toro desde el suelo tratando de
 librar a Manolete de la cornada. A la izquierda, de azabache, Juanito
Belmonte quiere llevarse el toro con los brazos. A la derecha, sin capote,
Alfredo David trata de ayudar. Al fondo, acude también raudo al quite Pedro
Barrera. Todo acontece bajo la mirada de Guillermo González, fiel mozo de
espadas y chófer de Manolete, que a cuerpo descubierto y sin soltar sus trebejos,
expone su vida a cambio de asegurar la de su jefe de filas. Foto Finezas.

—¿Cómo le gusta a usted más Manolete?

—Mi gusto no es el del público precisamente. Su actuación en el modo de llevar la lidia es lo que me encanta. Esto se le escapa al más aficionado, que ve la corrida desde el tendido. Para Manolete, toda su ciencia está en sacar partido del toro manso y del toro difícil. Para esto hace falta un gran dominio y una ciega afición.

—¿Qué opina usted de Manolete con el capote?

Manolete apunta su primera personalidad con el capote. Véalo usted en su toro, en el que ha de matar y podrá usted hacer juicio. Maneja Manolete el capote a conciencia de que sabe para qué sirve. Su raro sentido de la elegancia está hecho a base de sobriedad. Tiene una línea que puede coincidir con lo clásico y el «cordobesismo», pero yo califico de «manoletista» pura. Yo alcancé a ver de muchacho a tres cordobeses de solera: a Machaquito, al hijo de Juan Molina, otro Lagartijo, que apodándose Chico era en los días buenos un gigante, y al Manolete I, el padre de este Manolo. Los tres ofrecían como esencial característica no abusar del preciosismo. Todo lo que hacían bien, lo hacían con justeza, como medido a compás. Y eran clásicos en la estampa, en la manera de caminar por el ruedo, en que jamás estorbaban al compañero, en la forma de estar colocados para el quite. Y cuando metían el capotillo era siempre sin vacilaciones, sin forzar la figura, abriéndolo en la misma cara y tirando suavemente hasta el encuentro, para dar después la salida con la misma suavidad.

Pero aquella era la época florida de todas las florituras. Postrimerías de Fuentes, el más elegante y alegre de la escuela sevillana; genialidades de Rafael el Gallo, que puesto a alertar en el toro suavon y que le iba a la medida era un creador de suertes, el padre de Chicuelo, delicioso y hábil en eso de torear por la cara, en las famosas chicuelinas que luego heredó su hijo; Bombita que tenía el secreto de la sonrisa y del bullir, aun cuando no fuera el capote precisamente su gran fuerte. A estos toreros que arrancaban ovaciones y estaban en candelero, había que sacrificar una modalidad y un estilo, mandaba entonces la escuela sevillana, y los tres cordobeses lo ensayaban todo y lo ensayaban sacrificando lo que en ellos era lo mejor, su estilo, y habían de sacrificar la voltereta o la cornada para no desmerecer.

Valencia, 24-7-1942. La faena al toro Maganto, de pelo
colorado y de la ganadería de Clemente Tassara, le abrió
las puertas de la gloria. Manolete no puede sostener todos
los trofeos concedidos. Le ayuda su banderillero Alfredo
David. Foto Finezas.

—¿Y este Manolete?

—Este Manolete ha empezado por imponer, quiéralo o no el público, lo que él entiende que es el toreo de capa, exento casi siempre de esa cosa polícroma y luminosa que se convierte en gaoneras, galleos, chicuelinas, largas, afaroladas, serpentinas, mariposas, a las que no se puede quitar mérito aun cuando muchas veces, ellos mismos, lo paguen por convertir al toro que han de pasaportar en una devanadera.

—¿Entonces la suerte de capa?

—Tiene por delante la eficacia. El matador dispone de una suerte que si se realiza en forma es bastante para considerarla como figura imponderable: la verónica. Juan Belmonte se hace fenómeno antes de nada con su media verónica. Es algo que emociona y pone en pie al espectador, porque se trata de una suerte en la que hay que exponer, y el público con su instinto es lo que más premia. La verónica hay que lograrla; y es tan esencial como el capotazo que lanza el peón para correr y fijar el toro. Manolete torea por verónicas, echando por delante esa eficacia a que aludo al principio. Y como es artista de características personales, ha logrado la suya que es inconfundible en la ejecución.

Afirmado en esos pies que se juntan, para mantener la figura erguida y en línea graciosa, no rígida, con un movimiento leve de cintura para el juego y un manejo de muñeca, empapa al toro sin desplegar mucha tela, permitiéndole ir embebido en el engaño, realizando los lances que el animal acepta gustoso, cosa que Manolete mide con pasmosa seguridad. Cuando remata, lo hace generalmente por bajo y echándose el capote, más recogido todavía, más abajo de la cintura y sin romper la línea de la figura. Es el momento preciso que Manolete tantea su enemigo, más pendiente del estilo que muestra el toro que del lucimiento que puede tener la suerte. Pero como le pone mucho valor, y todos los movimientos son graciosos, la verónica de Manolete ya ha hecho escuela.

Valencia, 28-7-1944. Al quinto toro, Cañamero, de Vicente
Muriel, le hizo una de sus mejores faenas en esa plaza.
Manolete devuelve -por partida doble- los sombreros que le
arroja el público, custodiado por los hombres de a pie de su 
cuadrilla: Cantimplas, Alfredo David y Pinturas. Foto Finezas.

—¿Y en ese primer tercio?

—Es donde echa mucha ciencia Manolete. Seguirle en sus intervenciones, de una pasmosa sobriedad, bien en el lance suelto, la preparación para la suerte de varas, la forma serena de llevar la lidia, la disciplina que pone en sus subalternos, para que no falte nada ni sobre tampoco, es una verdadera lección de torear, que al público cae muy bien, porque en ello advierte el dominio perfecto. Puede decirse que el paso al segundo tercio, es como debe ser, obra del matador que dirige; y que hay una inteligencia muda y sin gestos, entre el que está arriba y da la señal y el de abajo, pegando al toro, sabe dónde está lo suficiente.

—¿Y con la muleta?

—Es el momento impresionante de Manolete. No encuentro otra palabra más a mano para calificar. Si en el toreo muestra un sentido dramático y de hombría, en ese momento puede decirse que es cuando consolida su recia personalidad. Si Manolete en la suerte de matar y cuando tiene que realizar su preparación con la muleta, no hubiera logrado esa superación, hoy sería un matador más, posiblemente de los bien enterados, y de los que saben andar por la plaza, pero de vida corta en la profesión y sin dejar ninguna huella. A Manolete le ha cogido de lleno el conocimiento del uso de la muleta, y es pasmoso todo lo que realiza con ella pegado al toro. Ninguno, y en esto sí que pongo montados unos sobre otros a todos los genios taurinos, han sabido dar un riesgo y una emoción trágica, como Manolete con la muleta. Se discute si los pases naturales que él prodiga son inferiores a los dados por ese otro fenómeno que se llama Juan Belmonte, y en esto no quiero entrar ni salir porque no es necesario. El mismo Juan ha dicho que en el terreno que torea Manolete en esta suerte, nadie lo ha hecho. A su sabiduría me plegó y ante él me inclino.

Alicante, 29-6-1947. Pase de castigo a un toro del Conde de la Corte.
Según Finezas II, es la mejor fotografía que hizo su padre. La belleza
y la torería de la imagen la llevaron los pintores a sus lienzos. 

Lo que sí sostengo es que Manolete, acaso por su construcción y por el secreto que ha sacado a esa manera tan difícil, por lo sencilla, valga la paradoja, de jugar a la muñeca, le permite ligar faenas, que yo en todos mis años no había visto ligar. Con la muleta Manolete realiza los pases más artísticos y alguno de cultivo excepcional como la manoletina, de seguro efecto para el público, pero al que yo no le doy la misma importancia como otros que realiza, impecablemente y con la conciencia que la muerte está rondando. El dramatismo a que antes aludía.

Valencia, 7-9-1942. Manolete recibe de manos de Justino Arenillas,
jefe superior de Policía, el capote de paseo ganado en la Feria de Julio.
Le acompañan, de izquierda a aderecha, Alfredo David, Juan Atienza,
Miguel Atienza, Cantimplas, Cristóbal Peris, Jesús Lloret Recorte y Pinturas.
Foto Finezas.

—¿Y esos pases que él ejecuta mirando al público?

—Muy pocos interpretan su debido sentido. Es casi imposible que a Manolete le coja un toro cuando lo realiza. Precisamente lo que quiere demostrar con ellos es que el toro está tan sugestionado en la muleta que no obedece a otra cosa; y esa es la mejor prueba de su dominio.

—¿Y ese toreo que alguien califica de costado?

—El que lo hace como crítica es que entiende muy poco o nada de toros. El riesgo precisamente es llegarle al toro, como él le llega y colocarse como él se coloca. En eso sí tiene la patente. Ahí está el toro, para darle disgustos a aquellos que, sin saber las razones, se atreven a imitarle. Manolete es el más concienzudo técnico en el toreo, pero eso nada valdría, muchos aficionados saben de eso y de otras cosas, es que Manolete, mezclado con eso, tiene la experiencia de lidiador, que solo cuaja cuando hay afición, valor y resistencia. Tres cualidades que son imprescindibles para alcanzar la meta en el toreo.

NOTA: Tanto las fotografías como los textos que ilustran la entrevista datadas en Valencia y Alicante, pertenecen al Catálogo "MANOLETE visto por Finezas", editado por la Excelentísima Diputación de Valencia en 2017, con las magníficas instantáneas realizadas por Joaquín Sanchis Serrano Finezas I, y Manuel Sanchis Blasco Finezas II.