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jueves, 4 de julio de 2024

EN ESA CASA NO NACIÓ «MANOLETE»

 Por Antonio Luis Aguilera

Relieve que recuerda la antigua casa donde nació «Manolete»


 

En la madrugada de un día como hoy del año 1917 nació en Córdoba, en el entonces número 2-A de la calle Conde de Torres Cabrera, el inolvidable torero Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete», hijo del matador de toros cordobés del mismo nombre, apellidos y apodo y de la albaceteña Angustias Sánchez Martínez. La fotografía que encabeza el texto corresponde a la placa conmemorativa que fue fijada en la fachada de aquella casa, demolida con el paso del tiempo para construir otra en su lugar, donde fue reutilizada la recordatoria manteniendo la leyenda. Pero desde entonces la lectura conduce a error a  los aficionados y turistas que visitan la ciudad y pasean siguiendo los pasos de la ruta manoletista, pues en la casa actual no nació el grandioso torero, sino en el lugar que ocupa esta. Sin embargo, las distintas corporaciones municipales no han considerado oportuno subsanar esta incorrección, que no habría sido muy costosa para las arcas públicas, porque solo tendrían que modificar «en esta casa» por «en este lugar».  

«Manolete» hijo vivió en cuatro casas de la Córdoba que lo vio crecer y hacerse torero, aunque generalmente los aficionados solo conocen tres. Nació en el número 2A de la calle Conde de Torres Cabrera. De allí la familia se trasladó a la calle Benito Pérez Galdós número 8, junto a la avenida del Gran Capitán, donde el 4 de marzo de 1923 falleció su padre, a los 39 años de edad. Posteriormente la madre fijó su domicilio en la Plaza de La Lagunilla, y en 1943 el torero adquirió el palacete de estilo colonial ubicado en la Avenida de Cervantes —antigua Carrera de la Estación—, que compró a la familia Cruz Conde y fue remodelado por el arquitecto don Carlos Sáez de Santamaría. Este palacete había pertenecido al periodista y escritor don José Ortega y Munilla, padre del filósofo don José Ortega y Gasset, que lo mandó construir en el año 1890.

La albaceteña Angustias Sánchez Martínez, madre de «Manolete», contrajo matrimonio con dos matadores de toros cordobeses. En primeras nupcias lo hizo con Rafael Molina Martínez «Lagartijo Chico», hijo del grandioso banderillero Juan Molina Sánchez —de quien se llegó a afirmar que un capotazo suyo era una lección de geometría—, y sobrino del magistral Rafael Molina Sánchez, el gran «Lagartijo», que fue proclamado «Califa del Toreo» por la ingeniosa hipérbole del famoso crítico aragonés don Mariano de Cavia y Lac. El matrimonio fijó su domicilio en la Plaza de Colón número 30 de Córdoba y de su unión nacieron tres hijos: DoloresAngustias y Rafael Molina Sánchez. Tras el fallecimiento de «Lagartijo Chico», ocurrido  el 8 de abril de 1910, Angustias Sánchez contrajo matrimonio en segundas nupcias con Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete», con quien tuvo cuatro hijos:  ÁngelesTeresaManuel y Soledad Rodríguez Sánchez.


PD.: El amigo y gran documentalista Juan Galán nos envía fotografías de prensa de la casa de Manolete cuando era derruida con esta información: 

"Te adjunto una foto de la casa genuina y de la lápida rota. El relieve del torero es de Rodríguez López, profesor de la Escuela de Bellas Artes, autor de las mascarillas de muerte de Julio Romero de Torres y de Manolete".







 

martes, 8 de octubre de 2019

LA INFLUENCIA DE LAGARTIJO EN LA DINASTÍA DE LOS GALLO

Por Antonio Luis Aguilera

Lagartijo el grande. Centenario de un  Califa
del Toreo. Libro de Rafael Sánchez González
La mayoría de los libros de historia empiezan a hablar de la elegancia en el toreo con Lagartijo. Esta convergencia de los historiadores hace pensar que la llegada al toreo del espada cordobés debió suponer un cambio radical para la Tauromaquia. Su quietud y sus formas, el fino trazo de su toreo y su destreza en los tres tercios de la lidia, le convirtieron en el torero predilecto de la afición de su tiempo, que observaba como superaba a todos los que hasta entonces habían sido sus espadas favoritos. 
Rafael Molina Sánchez, proclamado Califa por la ingeniosa hipérbole del maestro de periodistas Mariano de Cavia, gozó del respaldo del público durante veintiocho años -casi tres décadas (1865-1893)-, contabilizando 1.632 corridas, de las que 404 fueron en la plaza de Madrid (llegó a torear en dos plazas de la Villa y Corte), estoqueando 4.867 toros (894 en Madrid). 
José María de Cossío, en su monumental enciclopedia "Los Toros", habla de su elegante magisterio, “cimentado en un valor auténtico y caracterizado por la belleza plástica de un toreo de capa admirable, una prodigiosa capacidad como banderillero, su portentoso dominio de muleta, y la formidable forma de ejecutar la estocada en sus primeros años”.
El crítico musical y taurino Antonio Peña y Goñi, partidario de Frascuelo, en el ameno e ilustrativo libro “Lagartijo y Frascuelo y su tiempo”, explica con detalle la dimensión taurina del Califa. Gracias a este análisis pormenorizado conocemos que ante un toro de mayor edad y sentido, de cornamentas desproporcionadas, y con un carácter donde el genio prevalecía aún sobre la bravura, Rafael Molina Sánchez destacó sobre el bullir de otros espadas con los que compartió cartel. 
Los siguientes párrafos ofrecen luz sobre el toreo del espada cordobés:

—“… Lagartijo torea con el busto; los pies no hacen sino acompañar los cadenciosos movimientos de una cintura flexible que imprime a todo el cuerpo ondulaciones llenas de abandono y gracia...”
“... el fondo y la forma, en fin, se dan la mano para hacer de Lagartijo la personificación del toreo más perfecto que haya podido existir, desde que hay toreros en el mundo”.
—“... Rafael no bulle jamás en la brega; está en ella como en terreno conquistado, anda más que corre, pisa siempre en firme y cae a plomo”.      
Tras esta magnífica descripción, donde prevalece la condición de aficionado ecuánime antes que su inclinación por Salvador, Peña y Goñi nos deja una reflexión histórica sobre Rafael Molina Sánchez:
“...el toreo de Lagartijo ha venido precisamente a limpiar con su aplomo y su elegancia toda la parte movida, chabacana y falsa del arte de torear de Cúchares, que heredó Antonio Carmona (Gordito), y transmitió éste a Rafael. Lejos de “correr delante de los toros”, Lagartijo ha venido a detenerse ante ellos, reemplazando lo artificial y forzado de lo cómico, con el poder y la verdad de lo bello; y su toreo ha sabido volver a su primitivo cauce las reglas de un arte que el temperamento de Rafael Molina y su maestría han llevado a su más acabada perfección”
Lagartijo en Madrid sale andando de la suerte 
Situados históricamente ante este grandioso personaje, hemos de significar que durante la competencia que mantuvo con Salvador Sánchez Frascuelo (1867/1890), Lagartijo se rodeó de formidables picadores y banderilleros, una tropa torera auténticamente excepcional –de la que en una próxima entrada escribirá el historiador taurino Rafael Sánchez González-. Sin embargo, en este texto queremos detenernos en el extraordinario banderillero José Gómez García –a quien el público apodó El Gallo porque su valentía y capacidad ante los toros recordaba a los gallos de pelea-, fundador junto a su hermano Fernando, matador de toros, de la histórica y célebre dinastía torera sevillana que utilizó este apodo, y que acompañó al Califa desde 1865 a 1884. Su hermano Fernando contrajo nupcias con la bailaora gaditana Gabriela Ortega, y serían padres de Lola, Fernando, Rafael, José y Trinidad Gómez Ortega.
El historiador y periodista Paco Aguado, en su obra “El rey de los toreros. Joselito el Gallo”, al hablar de la dinastía torera de los Gallo, se detiene en la significación que tuvo en el toreo la transmisión oral, las enseñanzas que fueron comunicadas verbalmente por los maestros José y Fernando a los alumnos de la escuela de Gelves, y la importancia singular que tuvo en este glosario de lecciones técnicas la huella del Califa
Dice Aguado en su obra: 
El rey de los toreros. Joselito el Gallo
—“Para dar idea del profundo lagartijismo que se profesaba en las tertulias de Gelves, basta solo con señalar que era rígida costumbre en ellas destocarse respetuosamente cuando alguien pronunciaba el nombre de aquel Califa a quien todos admiraron, sobre todo, Fernando El Gallo. Entre todos sus contemporáneos él fue quien más y mejor supo explicar todos esos conocimientos, porque él mismo supo aplicarlos ante el toro”.
El señor Fernando Gómez García no solo heredó el apodo de José, el brillantísimo banderillero del Califa, sino también compartió con este las enseñanzas y conocimientos asimilados en los dieciocho años que fue testigo del eficaz y elegante toreo de Rafael Molina, siendo lo más significativo que supo transmitirlo a sus hijos Fernando y Rafael, como estos después lo harían con José -el histórico Joselito o Gallito-, lo que nos lleva a reflexionar sobre la importancia de la huella de Lagartijo en el repertorio familiar: la variedad de suertes de capa y recortes, la elegante facilidad y maestría en banderillas, así como la eficaz capacidad resolutiva con la muleta para igualar y matar a los toros. De todas ellas hicieron gala en los ruedos sus hijos, el artista Rafael y el poderoso e intuitivo Joselito
Si entornamos los ojos tratando de adivinar la perspectiva de la historia, probablemente alcancemos a divisar la elegante y magistral torería de Lajartijo en el arte de los Gallo, quienes no solo pusieron en valor la torerísima herencia recibida, sino que el menor de la dinastía, el inolvidable Joselito, reveló el hilo conductor que habría de traer un nuevo concepto del toreo.  

viernes, 8 de junio de 2018

RAFAEL MOLINA "LAGARTIJO"


Por Antonio Luis Aguilera                            


           
Rafael Molina Sánchez "Lagartijo" 
El 27 de noviembre de 1841, en el humilde hogar del barrio del Matadero de Córdoba, donde vivía el matrimonio formado por el modesto banderillero Manuel MolinaNiño Dios” y María Sánchez, hermana del torilero “Poleo”, abría los ojos a la vida un niño al que en la torerísima iglesia de "Santa Marina de las Aguas Santas" bautizarían con el nombre de Rafael, y que con el paso de los años, bajo el apodo de “Lagartijo”, estaba llamado a ser uno de los toreros más importantes de todos los tiempos.  

En ese barrio, situado en el "Campo de la Merced", junto a la albarrana Torre de la "Malmuerta", vivían carniceros, matarifes, tratantes de ganado. También, una chiquillería desarrapada y huérfana de escuela para la clase pobre, demasiada en Córdoba a mediados del siglo XIX, donde el azote del paro y la miseria motivaba a los nenes a jugar al toro en las plazuelas, y a buscar el aprendizaje furtivo ante las reses destinadas para el abasto público, soñando con emular algún día las hazañas de los toreros célebres del barrio, como Francisco González Panchón” o José Dámaso RodríguezPepete”.

            Escasos palmos de altura debía levantar el chiquillo Rafael Molina Sánchez, cuando ingresó en el Matadero Municipal de Córdoba como mozo de nave, empleo que le duró un suspiro, por estar más pendiente de las vacas y becerros que llegaban a las corraletas, que de las obligaciones propias del jornal, y aguardar siempre el descuido del encargado del recinto, para trepar por tapias y muros con la habilidad de una lagartija, hasta saltar y ponerse ante las reses. Sus proezas fueron conocidas por el alcalde de la ciudad, señor García Lovera, que ordenó su inmediata expulsión y detención en caso de reincidir en sus andanzas toreras.

Pero estas otorgaron a Rafael gran fama entre los vecinos, que pronto le llamaron “Lagartijo”, por su destreza para escalar muros y por la impropia habilidad que a su edad mostraba ante las reses, cualidad que pronto difundieron los comentarios de los empleados del Matadero. Tal era su grado de afición e inmenso valor, que con solo diez años de edad echó su primer paseíllo en la plaza de “Los Tejares”, actuando como banderillero en la cuadrilla de jóvenes cordobeses, capitaneada por su vecino Antonio LuqueCamará”, acontecimiento que tuvo lugar el 8 de septiembre de 1852, en la corrida mixta organizada por el Ayuntamiento para conmemorar la festividad de la “Virgen de la Fuensanta”.

Rafael Molina, liado en el capote de seda
Tan grande fue el éxito de Rafael, que veinte días después repitió actuación, pero en esta ocasión su nombre ya figuraba el primero entre los banderilleros del cartel, no el último como en la fecha del debut. Tras sumar varios espectáculos con la cuadrilla juvenil, “Lagartijo” decidió dedicarse al toreo profesional, siendo su primer ajuste con el infortunado “Pepete”. Después formaría parte de las cuadrillas de los hermanos Carmona, conocidos como “Los Panaderos”, integrándose definitivamente en la de Antonio, “El Gordito”, que sería su maestro. 

            A sus órdenes actuó por primera vez en la plaza de Madrid el 13 de septiembre de 1863, donde al tomar las banderillas el público le pidió que las clavara al quiebro, invención y especialidad de su maestro. Rafael accedió y sorprendió a la concurrencia por su inusual destreza. Tan grande fue el alboroto que formó el novel, que las crónicas del festejo recogieron la hazaña. Pérez de Guzmán, escribió: “... Lagartijo echóse hacia los tercios y alegrando al toro lo aguantó hasta el momento de meterle la cabeza, en cuyo acto se cambió con tal aplomo, arte y serenidad, metiendo los brazos y resultando un par tan perfectamente puesto y en tan buen sitio, que el público no pudo por menos de admirarse de quien aquello hacia hubiera estado alejado del circo de Madrid hasta aquel día."   

Rafael en traje corto
Con veintitrés años de edad Rafael decide tomar la alternativa. El joven torero conocía bien los secretos del oficio y gozaba del estímulo del público, que mostraba su entusiasmo ante ese toreo diferente, que por elegante y sosegado no era habitual en su época, donde aún prevalecía la rudeza de formas y la falta de quietud en las suertes. Además, el cordobés había superado con gran éxito sus actuaciones como medio espada, estoqueando varios toros que “El Gordito” hubo de cederle ante la insistencia del respetable.

El 29 de septiembre de 1865, en la plaza de Úbeda (Jaén), su maestro ofició la ceremonia cediéndole el toro “Carabuco”, de la Marquesa viuda de Ontiveros. Pocos días después, el 15 de octubre, confirmó en Madrid con “Barrigón” de doña Gala Ortiz, oficiando como padrino el espada madrileño Cayetano Sanz, y completando cartel “El Gordito”. El público pronto tomó partido por el nuevo espada, y su nombre se hizo indispensable en el orden taurino, mientras pasaban a un segundo plano matadores como Cayetano Sanz, Curro Cúchares, Manuel Domínguez, El Tato, o El Gordito.

Salvador Sánchez "Frascuelo" 
La elegancia natural de “Lagartijo”, su quietud, y el fino trazo de su toreo, pronto le convirtieron en el torero predilecto de la afición, que observaba como destacaba entre todos los que antes habían sido sus espadas favoritos. No ocurrió así con Salvador SánchezFrascuelo”, torero granadino con quien durante veintidós años protagonizaría una noble competencia. Ambos dieron contenido a la época que fue conocida como la “edad de oro del toreo”, título que volvería a rotular la competencia que en el siglo XX protagonizarían Joselito” y Belmonte. 

¿Pero cómo fue “Lagartijo” para ser considerado uno de los toreros más importantes de todos los tiempos? Se ha escrito tanto que hasta la época de Joselito” y Belmonte los toreros se quitaban cuando llegaba el toro, que la propia historia ofrece una imagen distorsionada sobre la evolución del toreo, más avanzada en el curso del tiempo de lo que algunos historiadores invitan a figurar. Por esta razón, conviene considerar que aunque en el toreo actual la faena de muleta haya adquirido un protagonismo que nunca tuvo, ello no debe ocultar que ese toreo de quietud, con menor grado de sosiego, no hubiera existido antes.

"Lagartijo" en el ruedo 
Porque esa cualidad debió tener el toreo de Rafael Molina para contar con la bendición del público durante veintiocho años, en los que contabilizó 1.632 corridas, de las que 404 tuvieron lugar en la plaza de Madrid. Para José María de Cossío la carrera taurina de Lagartijo”, a quien compara con el legendario Pedro Romero, no tiene par en la historia. El célebre historiador se hace eco de su elegante magisterio, cimentado en un valor auténtico, y caracterizado por la belleza plástica de un admirable toreo de capa, una prodigiosa capacidad como banderillero, su portentoso dominio de muleta, y la formidable forma de ejecutar la estocada en sus primeros años.

Busto del torero en la calle Osario
Más revelador aún resulta el testimonio que sobre el torero cordobés escribió Antonio Peña y Goñi, que en su libro “Lagartijo y Frascuelo y su tiempo”, donde se declara frascuelista, no tiene inconveniente en detallar magistralmente la verdadera dimensión taurina del "Califa", desarmando el juicio de quienes incluyen a “Lagartijo en la nómina de espadas que ejecutaron un toreo donde prevalecía el nerviosismo de piernas. Gracias al legado histórico de Peña y Goñi, sabemos que ante un toro de mayor edad y sentido, de cornamentas desproporcionadas, y con una conducta donde el genio prevalecía sobre la bravura, la majestuosa serenidad de Rafael Molina Sánchez destacó sobre el bullir de todos los espadas con los que compartió cartel. Basta con prestar atención a los siguientes párrafos:
            - “Lagartijo” torea con el busto; los pies no hacen sino acompañar los cadenciosos movimientos de una cintura flexible que imprime a todo el cuerpo ondulaciones llenas de abandono y gracia...”
            -“... el fondo y la forma, en fin, se dan la mano para hacer de “Lagartijo” la personificación del toreo más perfecto que haya podido existir, desde que hay toreros en el mundo”.
-“... Rafael no bulle jamás en la brega; está en ella como en terreno conquistado, anda más que corre, pisa siempre en firme y cae a plomo”.      

Rafael, foto de estudio
Tras esta inigualable revelación, el autor deja a un lado su pasión por Salvador Sánchez, para reflexionar históricamente sobre la figura de Rafael Molina:
 “... el toreo de “Lagartijo” ha venido precisamente a limpiar con su aplomo y su elegancia toda la parte movida, chabacana y falsa del arte de torear de “Cúchares”, que heredó Antonio Carmona (Gordito), y transmitió éste a Rafael. Lejos de “correr delante de los toros”, “Lagartijo” ha venido a detenerse ante ellos, reemplazando lo artificial y forzado de lo cómico, con el poder y la verdad de lo bello; y su toreo ha sabido volver a su primitivo cauce las reglas de un arte que el temperamento de Rafael Molina y su maestría han llevado a su más acabada perfección”.

Profundizando el análisis sobre aquella figura legendaria del toreo, a quien proclamó "Califa" la ingeniosa hipérbole del maestro de periodistas Mariano de Cavia, conviene cotejar otro importante testimonio, que nos detalla cómo era la verónica de “Lagartijo”. En esta ocasión corresponde a Natalio Rivas, que en su libro “Los toreros del Romanticismo”, escribe sobre el espada cordobés:
La verónica, imponiendo al viaje la línea recta, para hacer pasar al toro de cabeza a rabo, rozando con el cuerpo del capeador, sin trampas ni artificios y conservando fijos los pies, tuvo en Rafael un cultivador formidable”.
           
            Los valiosos testimonios de estos escritores, que contemplaron y analizaron el toreo de Rafael Molina Lagartijo”, demuestran que el célebre espada cordobés fue torero por naturaleza. Su valor seco e inigualable personalidad, el excepcional conocimiento de los toros y elegante dominio de los tercios de la lidia, la templanza en las suertes y el señorial ritmo en su ejecución, invitan a imaginar que su forma de ser y estar en los ruedos, debió de ser tan seductora para el público de su época como lo sigue siendo en la historia del toreo, donde la perspectiva del tiempo otorga a su figura esa privilegiada aureola de torero único, que lo corona como uno de los protagonistas definitivos de la Tauromaquia.         


viernes, 1 de junio de 2018

EL CALIFATO TAURINO


Por Antonio Luis Aguilera
El Cordobés, V Califa del toreo
       Cuando en 2002, el Ayuntamiento de Córdoba proclamó solemnemente “V Califa del Toreo” a Manuel BenítezEl Cordobés”, atendiendo la propuesta de más de doscientas asociaciones, Diputación, y Ayuntamientos de la provincia, algunos aficionados abrieron la caja de los truenos, que en la ciudad de la Mezquita siempre ha sido la tradición del Califato Taurino. No hubiera podido imaginar el ilustre periodista aragonés don Mariano de Cavia y Lac, la trascendencia que el tiempo otorgaría a su ingeniosa hipérbole en la barojiana ciudad de los discretos. El escritor zaragozano, modelo y maestro de periodistas, por haber convertido el artículo periodístico en género literario, trató con éxito la tauromaquia bajo el seudónimo de “Sobaquillo”, y fue seguidor de Rafael MolinaLagartijo”, al que proclamó “Califa“ del toreo. De un plumazo, sin más pretensión que utilizar una figura retórica, para engrandecer la opinión del torero que admiraba, “instauraba" en la imaginación popular esa especie de “estado taurino”, al que la tradición iría tejiendo una enigmática ley sucesoria, que algunos dicen conocer pero pocos explicar, en cuyos alambicados códices prevalecen dos que se consideran incuestionables: ser matador de toros cordobés y haber mandado en el toreo de su tiempo.
Don Mariano de Cavia y Lac

La afición de mediados del siglo XIX había llamado al toreo el “arte de Cúchares”, en honor a las innovaciones que trajo al toreo de muleta Francisco Arjona Herrera, que sin ser capitán general en su tiempo, graduación que habría correspondido a Francisco MontesPaquiro”, al que llamaron “el Napoleón de los toreros”, porque tuvo mucho que ver en la transformación de la lidia. Catorce años después del  fallecimiento del torero de Chiclana, recibe la alternativa Rafael Molina Lagartijo”, que pronto se convertiría en el ídolo de la afición, especialmente de la madrileña, por su elegancia natural, la destreza con que ejecutaba todas las suertes, su valor sereno y la hermosa belleza de su toreo. Quién iba a pensar entre las humildes y toreras gentes del Campo de la Merced, que el apodo con que motejaron en el barrio la agilidad del hijo del discreto banderillero “Niño Dios”, por su destreza para trepar las tapias del matadero y llegar a las reses destinadas al abasto, terminaría siendo el apodo de uno de los espadas más grandes de la historia del toreo. Desde su doctorado hasta la retirada en 1893, destacaron los veintitrés años de noble competencia que mantuvo con el granadino Salvador SánchezFrascuelo” –dicen que la rivalidad era imposible, por la distancia artística que les separaba y la entrañable amistad que les unía-, que pasaron a los anales de la Tauromaquia como la “edad de oro del toreo”, expresión reutilizada en el siglo XX para rotular de igual forma la época de “Gallito” y Belmonte.

Rafael Molina "Lagartijo"
Al inolvidable “Lagartijo” le sucede en el trono del toreo su discípulo y paisano Rafael Guerra Bejarano, que tras destacar con brillantez como banderillero, recibe la alternativa en 1887, de manos de su maestro, ante la afición madrileña. Desde entonces hasta su retirada en la feria del Pilar de 1899, la hegemonía de “Guerrita” es incontestable. El hijo del conserje del matadero domina con tal precisión todas las suertes, que su presencia en los ruedos eclipsa cuanto ocurre en el panorama taurino. Cómo sería de poderoso, que a pesar de los años transcurridos, una importante corriente de opinión considera  que posiblemente haya sido el torero más completo de todos los tiempos. Precisamente esto, sumado al fuerte carácter del diestro, fue erosionando su condición de primerísima figura y le hizo perder apoyo popular. “No me voy, me echan”, dijo con amargura al quitarse en Zaragoza por última vez el traje de luces. Retirado de los ruedos, "Guerrita" fue considerado una autoridad taurina, y presumió de genio y figura. Una vez le preguntaron: “Rafael, ¿siente usted haber dejado los toros?, y él contestó con legítimo orgullo: “¿Quién, yo...? ¡Eso, ustedes!”. Qué razón llevaba quien fue considerado maestro de maestros, pues el trono que dejaba no tenía sucesor. La afición, y no solo la de Córdoba, siempre lo consideró II Califa.  

Rafael Guerra "Guerrita"
Comenzaba el siglo XX sin dueño en el toreo. Guerrita había sentenciado: “Después de mí, naide, y después de naide, Fuentes”. Llegaba la generación de los “naides”, que sin embargo iba a llenar de contenido el interregno taurino, ese espacio de tiempo que el toreo estuvo sin soberano. Desde 1899 a 1912, Antonio Fuentes, primero, y después Ricardo TorresBombita”, Vicente Pastor, Rafael GonzálezMachaquito” y Rafaelel Gallo”, protagonizan un tiempo donde destaca la dureza del toro, aunque los ganaderos ya habían escuchado las recomendaciones de “Guerrita”, que les hizo saber que para el toreo de mayor quietud que anhelaba el público, se necesitaba un toro de mejores hechuras, que “entrara” en la muleta, que fuera más bravo y tuviera mayor fijeza. En el interregno, “Machaquito” se anuncia como figura destacada en todas las ferias, y comparte los mejores carteles, mas en Córdoba se dividieron las opiniones sobre su inclusión en el figurado Califato, por no haber mandado en solitario en el toreo de su tiempo, aunque nadie cuestionó que el honrado y valiente espada de la calle Adarve, fue una figura indiscutible del toreo en la primera década del siglo XX, en la que destacó como formidable estoqueador. 

Rafael González "Machaquito"
Machaquito” se retira cuando alborea la segunda “edad de oro”, precisamente el 16 de octubre de 1913,  en una desastrosa corrida celebrada en Madrid, con enorme escándalo e invasión del ruedo por la afición, en la que otorga la alternativa  a Juan Belmonte. Va a comenzar una época diferente, que marcará los principios de un toreo de mayor quietud y acento artístico, la de José y Juan, inseparables en la historia, por mucho que algunos se empeñen en lo contrario. Belmonte, por gozar de más y mejor literatura, es considerado por sus partidarios el padre del toreo moderno, mientras “Gallito”, que no tiene quien le escriba, es relegado a un segundo plano, siendo etiquetado como torero poderoso y completo, en quien culmina en su máxima expresión el toreo antiguo. Pero este juicio falta a la verdad, porque ni Juan, que fue de los toreros que realizaron las faenas más cortas de muleta, puede ser considerado el padre de las larguísimas de hoy, ni José, que con su prodigiosa técnica colocó la primera piedra del toreo ligado en redondo, puede ser despachado como torero antiguo y poderoso. Lo trascendental es que “Gallito”, dejando la muleta en la cara del toro al torear al natural, revela la ligazón de los pases en redondo, mientras que Belmonte acorta las distancias y ciñe el toreo, destacando por su temple y ligazón en el lance a la verónica, pero su planteamiento con la muleta no difiere en absoluto del toreo anterior, donde el diestro se sitúa por dentro, de espaldas a tablas, y el toro por fuera, y en esa posición instrumenta un natural ligado al de pecho. En definitiva, José y Juan son inseparables en la historia del toreo, comparten una época de profundos cambios, y resulta absurdo que algunos pretendan atribuir la exclusiva del toreo actual al espada de Triana. Como afirmaba Pepe Alameda, la historia no establece dogmas, los establecen quienes la escriben.
       
Joselito y Belmonte
         La evolución del toreo moderno comienza con estos dos genios, pero en ella es determinante la figura de otro grandioso torero sevillano, Manuel JiménezChicuelo”, el tercer genio de esta apasionante historia, al que algunos pretendieron ignorar, cuando es él precisamente quien otorga continuidad a la obra de “Gallito” y crea la faena moderna. "Chicuelo" resuelve  la ligazón de los pases con un giro de talones, para intercambiar los terrenos del toro y los del torero y engarzar los muletazos. Además, suaviza las formas y con su arte dota al toreo de una belleza desconocida. Su influencia en el toreo mexicano resultó determinante, pues la rotundidad de su escuela llega antes al otro lado del océano, y de su fuente bebieron el gran Armillita, y los demás diestros aztecas. 
Manuel Jiménez "Chicuelo"
En España obtiene éxitos trascendentales,  aunque su obra adolece de la continuidad necesaria para consolidarse como nuevo modo de torear. La historia reserva ese puesto a “Manolete”, su ahijado de alternativa, que retoma la tauromaquia del maestro, y da al toreo otro giro de tuerca. Así, mientras algunos hablan del toreo de dominio, y hallan eco al enunciar como normas clásicas el “parar, templar y mandar”, el diestro de Córdoba habla en el ruedo, que es donde deben hablar los toreros, y agrega dos verbos que ignoraban los inquisidores de su arte: “aguantar y ligar”. Manuel Rodríguez, citando de perfil y ganando pasos laterales hacia el animal, revela la distancia de arrancada y  obliga a embestir a los toros. Su valor y perseverancia otorgan a su toreo regularidad, enseñorea su época e implanta definitivamente la ligazón de los pases, la versificación del toreo, el sistema cuyos primeros eslabones engarzaron "Joselito” y “Chicuelo”. Manolete, el niño que jugó al toro en la Plaza de La Lagunilla, escribía su nombre con letras de oro en la simbólica historia del Califato.

Manuel Rodríguez "Manolete"
Lagartijo”, “Guerrita”, ¿”Machaquito”?, “Manolete”. ¿Tres o  cuatro? En esta discusión de tabernas, peñas y tertulias andaban los cordobeses, cuando en los años sesenta del siglo XX irrumpe Manuel BenítezEl Cordobés”, que arrasa el toreo para mandar como nadie hizo antes ni después. Desde 1963 a 1971, el de Palma del Río impone su hegemonía en el mundo taurino, relegando a un segundo plano a toda una generación de toreros de primerísima fila. A las empresas les basta anunciar “El Cordobés y dos más”, para llenar las plazas hasta el tejado, mientras los “ortodoxos”, que solo lo consideran un fenómeno de masas, se rasgan las vestiduras, y detestan el poderío de la locomotora que remolca el tren de la Fiesta. Pero "Benítez" pone su sonrisa al lado trágico del toreo, y tras tributar no pocas e importantes cornadas, demuestra que es capaz de abarrotar todas las plazas, y triunfar clamorosamente ligando series interminables de naturales en un palmo de terreno.  
Manuel Benítez "El Cordobés"
¿Qué le faltaba entonces a Manuel Benítez para ser considerado miembro del Califato? ¿Acaso la tremenda fuerza de su personalidad, extrovertida, simpática y espontánea, no encajaba con la seriedad que algunos atribuyen a los Califas? A saber qué pensaban los que polemizaban por la sucesión del figurado califato, sin pensar que donde “El Cordobés” ejerció de “califa”, sin figuraciones, fue conquistando el planeta taurino, por el que llevó con orgullo el gentilicio de su tierra. Por fortuna, entidades y asociaciones de ciudadanos, coordinadas por el periodista taurino Pepe Toscano, canalizaron el clamor general, y el 29 de octubre de 2002, Manuel Benítez fue proclamado “V Califa del Toreo” por el Ayuntamiento de Córdoba, con el unánime reconocimiento del mundo del toro y la ciudadanía cordobesa. 

       Esta es la historia de una tradición, la del Califato Taurino de Córdoba, que la afición quiso figurar gracias a la ingeniosa hipérbole de don Mariano de Cavia. Curiosamente sigue viva, y no faltan propuestas de ampliación, aunque parece que estas olvidan que el aspirante debe haber mandado en el toreo, como lo hicieron "Lagartijo", "Guerrita", "Manolete" y "El Cordobés", los cuatro que, cambiando el cetro por estoque y el turbante por montera, hicieron que Córdoba fuera considerada definitiva en el toreo.