Por Antonio Luis Aguilera
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jueves, 4 de julio de 2024
martes, 8 de octubre de 2019
LA INFLUENCIA DE LAGARTIJO EN LA DINASTÍA DE LOS GALLO
Por Antonio
Luis Aguilera
La mayoría de los libros de historia empiezan a hablar de la
elegancia en el toreo con Lagartijo. Esta convergencia de los historiadores hace pensar que la llegada al toreo del espada cordobés debió suponer un cambio radical para la Tauromaquia. Su
quietud y sus formas, el fino trazo de su toreo y su destreza en los tres
tercios de la lidia, le convirtieron en el torero predilecto de la afición de
su tiempo, que observaba como superaba a todos los que hasta entonces habían sido sus
espadas favoritos.
Rafael Molina Sánchez, proclamado Califa por la ingeniosa hipérbole del maestro de periodistas Mariano de Cavia, gozó del respaldo del público durante veintiocho años -casi tres décadas (1865-1893)-, contabilizando 1.632 corridas, de las que 404 fueron en la plaza de Madrid (llegó a torear en dos plazas de la Villa y Corte), estoqueando 4.867 toros (894 en Madrid).
Rafael Molina Sánchez, proclamado Califa por la ingeniosa hipérbole del maestro de periodistas Mariano de Cavia, gozó del respaldo del público durante veintiocho años -casi tres décadas (1865-1893)-, contabilizando 1.632 corridas, de las que 404 fueron en la plaza de Madrid (llegó a torear en dos plazas de la Villa y Corte), estoqueando 4.867 toros (894 en Madrid).
José María de Cossío, en su monumental enciclopedia "Los Toros", habla de su elegante magisterio, “cimentado en un valor auténtico y caracterizado por la belleza plástica
de un toreo de capa admirable, una prodigiosa capacidad como banderillero, su
portentoso dominio de muleta, y la formidable forma de ejecutar la estocada en
sus primeros años”.
El crítico musical y taurino Antonio
Peña y Goñi, partidario de Frascuelo, en el ameno e ilustrativo libro “Lagartijo
y Frascuelo y su tiempo”, explica con detalle la dimensión taurina del Califa. Gracias a este análisis pormenorizado conocemos que ante un toro de mayor edad y sentido, de cornamentas
desproporcionadas, y con un carácter donde el genio prevalecía aún sobre la bravura, Rafael
Molina Sánchez destacó sobre el bullir de otros espadas con los que compartió
cartel.
Los siguientes párrafos ofrecen luz sobre el toreo del espada cordobés:
—“… Lagartijo torea con el busto; los
pies no hacen sino acompañar los cadenciosos movimientos de una cintura
flexible que imprime a todo el cuerpo ondulaciones llenas de abandono y
gracia...”
Los siguientes párrafos ofrecen luz sobre el toreo del espada cordobés:
—“... el
fondo y la forma, en fin, se dan la mano para hacer de Lagartijo la
personificación del toreo más perfecto que haya podido existir, desde que hay
toreros en el mundo”.
—“... Rafael
no bulle jamás en la brega; está en ella como en terreno conquistado, anda más
que corre, pisa siempre en firme y cae a plomo”.
Tras esta magnífica descripción, donde prevalece la condición de aficionado ecuánime antes que su inclinación por Salvador, Peña y
Goñi nos deja una reflexión histórica sobre Rafael Molina Sánchez:
—“...el toreo de Lagartijo
ha venido precisamente a limpiar con su aplomo y su elegancia toda la parte
movida, chabacana y falsa del arte de torear de Cúchares, que
heredó Antonio Carmona (Gordito), y transmitió éste a Rafael.
Lejos de “correr delante de los toros”, Lagartijo ha venido a detenerse
ante ellos, reemplazando lo artificial y forzado de lo cómico, con el poder y
la verdad de lo bello; y su toreo ha sabido volver a su primitivo cauce las
reglas de un arte que el temperamento de Rafael Molina y su maestría han
llevado a su más acabada perfección”.
Situados históricamente ante este grandioso personaje, hemos de significar que durante la competencia que mantuvo
con Salvador Sánchez Frascuelo (1867/1890), Lagartijo se rodeó de formidables picadores y banderilleros, una
tropa torera auténticamente excepcional –de la que en una próxima entrada escribirá el historiador taurino Rafael Sánchez González-. Sin embargo, en este texto queremos detenernos en el extraordinario banderillero José Gómez García –a quien el público apodó El Gallo porque su valentía y capacidad ante los toros recordaba a los gallos de pelea-, fundador junto
a su hermano Fernando, matador de
toros, de la histórica y célebre dinastía
torera sevillana que utilizó este apodo, y que acompañó al Califa desde 1865 a 1884. Su hermano Fernando contrajo nupcias con
la bailaora gaditana Gabriela Ortega,
y serían padres de Lola, Fernando, Rafael, José y Trinidad Gómez Ortega.
| Lagartijo en Madrid sale andando de la suerte |
El historiador y periodista Paco Aguado, en su obra “El
rey de los toreros. Joselito el Gallo”, al
hablar de la dinastía torera de los Gallo, se detiene en la significación que tuvo en el toreo la transmisión oral, las enseñanzas que fueron comunicadas verbalmente por los maestros José
y Fernando a los alumnos de la escuela de Gelves, y la importancia singular que tuvo en este glosario de lecciones técnicas la huella del Califa.
Dice Aguado en su obra:
—“Para
dar idea del profundo lagartijismo que se profesaba en las tertulias de Gelves,
basta solo con señalar que era rígida costumbre en ellas destocarse
respetuosamente cuando alguien pronunciaba el nombre de aquel Califa a quien
todos admiraron, sobre todo, Fernando El
Gallo. Entre todos sus contemporáneos él fue quien más y mejor supo
explicar todos esos conocimientos, porque él mismo supo aplicarlos ante el
toro”.
Dice Aguado en su obra:
| El rey de los toreros. Joselito el Gallo |
El señor Fernando Gómez
García no solo heredó el apodo de José, el brillantísimo banderillero del Califa, sino también compartió con este las enseñanzas y conocimientos asimilados en los dieciocho años que fue testigo del eficaz y elegante toreo de Rafael Molina, siendo lo más significativo que supo transmitirlo a sus hijos Fernando y Rafael, como estos después lo harían con José -el histórico Joselito o Gallito-, lo que nos lleva a reflexionar sobre la importancia de la huella de Lagartijo en el repertorio familiar: la variedad de suertes de capa y recortes, la elegante facilidad y
maestría en banderillas, así como la eficaz capacidad resolutiva con la muleta para igualar y matar a
los toros. De todas ellas hicieron gala en los ruedos sus hijos, el artista Rafael y el poderoso e intuitivo Joselito.
Si entornamos los ojos tratando de adivinar la perspectiva de la historia, probablemente alcancemos a divisar la elegante y magistral torería de Lajartijo en el arte de los Gallo, quienes no solo pusieron en valor la torerísima herencia recibida, sino que el menor de la dinastía, el inolvidable Joselito, reveló el hilo conductor que habría de traer un nuevo concepto del toreo.
Si entornamos los ojos tratando de adivinar la perspectiva de la historia, probablemente alcancemos a divisar la elegante y magistral torería de Lajartijo en el arte de los Gallo, quienes no solo pusieron en valor la torerísima herencia recibida, sino que el menor de la dinastía, el inolvidable Joselito, reveló el hilo conductor que habría de traer un nuevo concepto del toreo.
viernes, 8 de junio de 2018
RAFAEL MOLINA "LAGARTIJO"
Por Antonio Luis Aguilera
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| Rafael Molina Sánchez "Lagartijo" |
En ese barrio, situado
en el "Campo de la Merced",
junto a la albarrana Torre de la "Malmuerta", vivían carniceros,
matarifes, tratantes de ganado. También, una chiquillería desarrapada y huérfana
de escuela para la clase pobre, demasiada en Córdoba a mediados del siglo XIX,
donde el azote del paro y la miseria motivaba a los nenes a jugar al toro en
las plazuelas, y a buscar el aprendizaje furtivo ante las reses destinadas para
el abasto público, soñando con emular algún día las hazañas de los toreros
célebres del barrio, como Francisco González “Panchón” o José
Dámaso Rodríguez “Pepete”.
Escasos
palmos de altura debía levantar el chiquillo Rafael Molina Sánchez, cuando ingresó en el Matadero Municipal de Córdoba como mozo de nave, empleo
que le duró un suspiro, por estar más pendiente de las vacas y becerros que
llegaban a las corraletas, que de las obligaciones propias del jornal, y aguardar
siempre el descuido del encargado del recinto, para trepar por tapias y muros con
la habilidad de una lagartija, hasta saltar y ponerse ante las reses. Sus proezas fueron
conocidas por el alcalde de la ciudad, señor García Lovera, que ordenó
su inmediata expulsión y detención en caso de reincidir en sus andanzas
toreras.
Pero estas otorgaron a Rafael
gran fama entre los vecinos, que pronto le llamaron “Lagartijo”, por su destreza para escalar muros y por la impropia habilidad que a su edad
mostraba ante las reses, cualidad que pronto difundieron los comentarios de los empleados del Matadero.
Tal era su grado de afición e inmenso valor, que con solo diez años de edad echó
su primer paseíllo en la plaza de “Los Tejares”, actuando como
banderillero en la cuadrilla de jóvenes cordobeses, capitaneada por su vecino Antonio
Luque “Camará”, acontecimiento que tuvo lugar el 8 de septiembre
de 1852, en la corrida mixta organizada por el Ayuntamiento para conmemorar la
festividad de la “Virgen de la Fuensanta ”.
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| Rafael Molina, liado en el capote de seda |
Tan grande fue el
éxito de Rafael, que veinte días después repitió actuación, pero en esta
ocasión su nombre ya figuraba el primero entre los banderilleros del cartel, no
el último como en la fecha del debut. Tras sumar varios espectáculos con la
cuadrilla juvenil, “Lagartijo” decidió dedicarse al toreo
profesional, siendo su primer ajuste con el infortunado “Pepete”.
Después formaría parte de las cuadrillas de los hermanos Carmona,
conocidos como “Los Panaderos”, integrándose definitivamente en
la de Antonio, “El Gordito”, que sería su maestro.
A sus
órdenes actuó por primera vez en la plaza de Madrid el 13 de septiembre de 1863,
donde al tomar las banderillas el público le pidió que las clavara al quiebro,
invención y especialidad de su maestro. Rafael accedió y sorprendió a la
concurrencia por su inusual destreza. Tan grande fue el alboroto que formó el novel, que las crónicas del
festejo recogieron la hazaña. Pérez de Guzmán, escribió: “... Lagartijo
echóse hacia los tercios y alegrando al toro lo aguantó hasta el momento de
meterle la cabeza, en cuyo acto se cambió con tal aplomo, arte y serenidad,
metiendo los brazos y resultando un par tan perfectamente puesto y en tan buen
sitio, que el público no pudo por menos de admirarse de quien aquello hacia
hubiera estado alejado del circo de Madrid hasta aquel día."
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| Rafael en traje corto |
El 29 de septiembre de
1865, en la plaza de Úbeda (Jaén), su maestro ofició la ceremonia cediéndole el
toro “Carabuco”, de la Marquesa viuda de Ontiveros.
Pocos días después, el 15 de octubre, confirmó en Madrid con “Barrigón”
de doña Gala Ortiz, oficiando como padrino el espada
madrileño Cayetano Sanz, y completando cartel “El Gordito”.
El público pronto tomó partido por el nuevo espada, y su nombre se hizo
indispensable en el orden taurino, mientras pasaban a un segundo plano
matadores como Cayetano Sanz, “Curro Cúchares”, Manuel
Domínguez, “El Tato”, o “El Gordito”.
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| Salvador Sánchez "Frascuelo" |
La elegancia natural
de “Lagartijo”, su quietud, y
el fino trazo de su toreo, pronto le convirtieron en el torero predilecto de la
afición, que observaba como destacaba entre todos los que antes habían sido sus
espadas favoritos. No ocurrió así con Salvador Sánchez “Frascuelo”, torero granadino con quien durante veintidós años protagonizaría una noble
competencia. Ambos dieron contenido a la época que fue conocida como la “edad de oro del toreo”, título que
volvería a rotular la competencia que en el siglo XX protagonizarían “Joselito”
y Belmonte.
¿Pero cómo fue “Lagartijo”
para ser considerado uno de los toreros más importantes de todos los tiempos? Se
ha escrito tanto que hasta la época de “Joselito” y Belmonte los
toreros se quitaban cuando llegaba el toro, que la propia historia ofrece una
imagen distorsionada sobre la evolución del toreo, más avanzada en el curso del
tiempo de lo que algunos historiadores invitan a figurar. Por esta razón, conviene
considerar que aunque en el toreo actual la faena de muleta haya adquirido un protagonismo
que nunca tuvo, ello no debe ocultar que ese toreo de quietud, con menor grado de sosiego, no hubiera existido antes.
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| "Lagartijo" en el ruedo |
Porque esa cualidad
debió tener el toreo de Rafael Molina para contar con la bendición del público durante veintiocho años, en los que contabilizó 1.632 corridas, de
las que 404 tuvieron lugar en la plaza de Madrid. Para José María de Cossío
la carrera taurina de “Lagartijo”, a quien compara con el
legendario Pedro Romero, no tiene par en la historia. El célebre
historiador se hace eco de su elegante magisterio, cimentado en un valor
auténtico, y caracterizado por la belleza plástica de un admirable toreo de
capa, una prodigiosa capacidad como banderillero, su portentoso dominio de
muleta, y la formidable forma de ejecutar la estocada en sus primeros años.
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| Busto del torero en la calle Osario |
Más revelador aún resulta el testimonio que sobre el torero cordobés escribió Antonio Peña y Goñi, que en su libro “Lagartijo y
Frascuelo y su tiempo”, donde se declara frascuelista,
no tiene inconveniente en detallar magistralmente la verdadera dimensión
taurina del "Califa", desarmando el juicio de quienes incluyen a
“Lagartijo” en la nómina de espadas que ejecutaron
un toreo donde prevalecía el nerviosismo de piernas. Gracias al legado histórico
de Peña y Goñi, sabemos que ante un toro de mayor edad y sentido, de
cornamentas desproporcionadas, y con una conducta donde el genio prevalecía
sobre la bravura, la majestuosa serenidad de Rafael Molina Sánchez
destacó sobre el bullir de todos los espadas con los que compartió cartel. Basta con prestar
atención a los siguientes párrafos:
- “Lagartijo”
torea con el busto; los pies no hacen sino acompañar los cadenciosos
movimientos de una cintura flexible que imprime a todo el cuerpo ondulaciones
llenas de abandono y gracia...”
-“... el fondo y la
forma, en fin, se dan la mano para hacer de “Lagartijo” la
personificación del toreo más perfecto que haya podido existir, desde que hay
toreros en el mundo”.
-“... Rafael
no bulle jamás en la brega; está en ella como en terreno conquistado, anda más
que corre, pisa siempre en firme y cae a plomo”.
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| Rafael, foto de estudio |
Tras esta
inigualable revelación, el autor deja a un lado su pasión por Salvador
Sánchez, para reflexionar históricamente sobre la figura de Rafael
Molina:
“... el toreo de “Lagartijo” ha
venido precisamente a limpiar con su aplomo y su elegancia toda la parte
movida, chabacana y falsa del arte de torear de “Cúchares”, que heredó Antonio
Carmona (Gordito), y transmitió éste a Rafael. Lejos de
“correr delante de los toros”, “Lagartijo” ha venido a detenerse ante
ellos, reemplazando lo artificial y forzado de lo cómico, con el poder y la
verdad de lo bello; y su toreo ha sabido volver a su primitivo cauce las reglas
de un arte que el temperamento de Rafael Molina y su maestría han
llevado a su más acabada perfección”.
Profundizando el
análisis sobre aquella figura legendaria del toreo, a quien proclamó "Califa" la ingeniosa hipérbole del maestro de periodistas Mariano de Cavia, conviene cotejar otro importante testimonio, que nos detalla cómo era la verónica de “Lagartijo”. En esta ocasión corresponde
a Natalio Rivas, que en su libro “Los toreros del Romanticismo”,
escribe sobre el espada cordobés:
“La verónica,
imponiendo al viaje la línea recta, para hacer pasar al toro de cabeza a rabo,
rozando con el cuerpo del capeador, sin trampas ni artificios y conservando
fijos los pies, tuvo en Rafael un cultivador formidable”.
Los valiosos testimonios de estos escritores, que contemplaron y analizaron el
toreo de Rafael Molina “Lagartijo”, demuestran que el
célebre espada cordobés fue torero por naturaleza. Su valor seco e inigualable personalidad,
el excepcional conocimiento de los toros y elegante dominio de los tercios
de la lidia, la templanza en las suertes y el señorial ritmo en su ejecución, invitan
a imaginar que su forma de ser y estar en los ruedos, debió de ser tan seductora
para el público de su época como lo sigue siendo en la historia del toreo,
donde la perspectiva del tiempo otorga a su figura esa privilegiada aureola de
torero único, que lo corona como uno de los protagonistas definitivos de la Tauromaquia.
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viernes, 1 de junio de 2018
EL CALIFATO TAURINO
Por Antonio Luis
Aguilera
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| El Cordobés, V Califa del toreo |
Cuando en 2002, el
Ayuntamiento de Córdoba proclamó solemnemente “V Califa del Toreo” a Manuel Benítez “El Cordobés”,
atendiendo la propuesta de más de doscientas asociaciones, Diputación, y Ayuntamientos de la provincia, algunos aficionados abrieron la caja de los truenos, que en la ciudad de la Mezquita siempre ha sido la tradición del Califato Taurino. No hubiera podido imaginar el ilustre
periodista aragonés don Mariano de Cavia y Lac, la trascendencia que el tiempo otorgaría a su ingeniosa
hipérbole en la barojiana ciudad de los discretos. El escritor zaragozano, modelo y maestro de periodistas, por haber convertido el artículo
periodístico en género literario, trató con éxito la tauromaquia bajo el
seudónimo de “Sobaquillo”, y fue
seguidor de Rafael Molina “Lagartijo”, al que proclamó “Califa“
del toreo. De un plumazo, sin más pretensión que utilizar una figura retórica, para engrandecer la opinión del torero que admiraba, “instauraba" en la imaginación popular esa especie de
“estado taurino”, al que la tradición iría tejiendo una enigmática ley sucesoria, que algunos dicen conocer pero pocos explicar,
en cuyos alambicados códices prevalecen dos que se consideran incuestionables: ser matador de toros cordobés y haber mandado en el
toreo de su tiempo.
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| Don Mariano de Cavia y Lac |
La afición de mediados
del siglo XIX había llamado al toreo el “arte de Cúchares”, en honor a las innovaciones que trajo al toreo de muleta Francisco Arjona Herrera, que sin ser capitán general en su tiempo, graduación que habría correspondido a Francisco Montes “Paquiro”, al que llamaron “el Napoleón
de los toreros”, porque tuvo mucho que ver en la transformación de la lidia. Catorce años después del fallecimiento del torero de Chiclana, recibe la alternativa Rafael
Molina “Lagartijo”, que pronto
se convertiría en el ídolo de la afición, especialmente de la
madrileña, por su elegancia natural, la destreza con que ejecutaba todas las suertes,
su valor sereno y la hermosa belleza de su toreo. Quién iba a pensar entre las humildes
y toreras gentes del Campo de la Merced, que el apodo con que motejaron en el barrio la
agilidad del hijo del discreto banderillero “Niño
Dios”, por su destreza para trepar las tapias del matadero y llegar a las reses destinadas al abasto, terminaría siendo el apodo de uno de los
espadas más grandes de la historia del toreo. Desde su doctorado hasta la
retirada en 1893, destacaron los veintitrés años de noble competencia que mantuvo con el granadino Salvador Sánchez “Frascuelo” –dicen que la rivalidad era imposible, por la distancia artística que les separaba y la entrañable amistad que les
unía-, que pasaron a los anales de la Tauromaquia como la “edad de oro del toreo”, expresión reutilizada
en el siglo XX para rotular de igual forma la época de “Gallito” y Belmonte.
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| Rafael Molina "Lagartijo" |
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| Rafael Guerra "Guerrita" |
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| Rafael González "Machaquito" |
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| Joselito y Belmonte |
En España obtiene éxitos trascendentales, aunque su obra adolece
de la continuidad necesaria para consolidarse como nuevo modo de torear.
La historia reserva ese puesto a “Manolete”,
su ahijado de alternativa, que retoma la
tauromaquia del maestro, y da al toreo otro giro de tuerca. Así, mientras algunos hablan del toreo de dominio, y hallan eco al enunciar como normas clásicas el “parar, templar y mandar”, el diestro de
Córdoba habla en el ruedo, que es donde deben hablar los toreros, y agrega dos verbos que ignoraban los inquisidores de su arte: “aguantar y ligar”. Manuel Rodríguez, citando de perfil y ganando pasos laterales hacia el animal, revela la distancia de arrancada y obliga a embestir a los toros. Su valor y perseverancia otorgan a su toreo regularidad, enseñorea su época e implanta definitivamente la ligazón de los pases, la versificación del toreo, el sistema cuyos primeros eslabones engarzaron "Joselito” y “Chicuelo”. Manolete, el niño que jugó al toro en la Plaza de La Lagunilla, escribía su nombre con letras de oro en la simbólica historia del Califato.
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| Manuel Rodríguez "Manolete" |
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| Manuel Benítez "El Cordobés" |
Esta es la historia de una tradición, la del Califato Taurino de Córdoba, que la afición quiso figurar gracias a la ingeniosa hipérbole de don Mariano de Cavia. Curiosamente sigue viva, y no faltan propuestas de ampliación, aunque parece que estas olvidan que el aspirante debe haber mandado en el toreo, como lo hicieron "Lagartijo", "Guerrita", "Manolete" y "El Cordobés", los cuatro que, cambiando el cetro por estoque y el turbante por montera, hicieron que Córdoba fuera considerada definitiva en el toreo.
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