viernes, 26 de julio de 2019

LUPE SINO, LA MUJER QUE HIZO FELIZ A MANOLETE

Por Antonio Luis Aguilera

Antoñita y Manolo. Foto Santos Yubero 
Su verdadero nombre era Antonia Bronchalo Lopesino y nació en Sayatón, provincia de Guadalajara –no era mexicana como se ha llegado a publicarcuatro meses antes de que en Córdoba naciera Manuel Rodríguez Sánchez. Su segundo apellido se transformó en nombre artístico: Lupe Sino. Sin duda alguna Antoñita fue el gran amor de Manolete, que vivió libremente en la postguerra española su relación de pareja, algo entonces anormal y que no llegaría a "normalizarse" hasta varias décadas después para la ciudadanía de esta nación. Adelantarse a su época para vivir esa libertad tuvo un precio, pero el torero no solo era valiente en el ruedo sino también en la vida, y no escondió a la mujer que lo hizo feliz, aquella alcarreña que consiguió dibujar las mejores sonrisas en los labios de un hombre serio, la que le hizo ver que más allá del hermético mundo del toro había vida, y quien le advirtió que estaba en el centro de una peligrosa espiral que podía terminar en tragedia. Pensaba y manifestó públicamente que no dejarían tranquilo a Manolete hasta que lo matara un toro. 
En el año 1946 logró apartarlo de los ruedos solo toreó la corrida de Beneficencia de Madrid en la temporada española para que disfrutara de la tranquilidad de una vida rural en paz, gozando de la naturaleza y de su presencia, conviviendo cotidianamente con la gente sencilla del pueblo. Manolo y Antoñita hallaron lo que buscaban en Fuentelaencina (Guadalajara), donde residieron largas temporadas alejados de los ruedos, y donde el torero aprendió a nadar en una poza que él mismo ayudó a cavar con Juan Padilla, su futuro cuñado por parte de ella, y un buen amigo bilbaíno, el fotógrafo José María Lara.
Rumbo a México en 1946. Foto José María Lara
También fueron felices en México, la nación que tanto quiso el torero cordobés, donde nadie echaba cuentas de su vida personal ni preocupaba poco o mucho si estaba casado, porque lo que de verdad admiraba aquella afición era su figura y su toreo. Allí gozaron de la libertad que pretendieron limitarle en la triste España de la postguerra, la de palio y humaredas de incienso en las catedrales para el militar triunfador, la del pensamiento único y sospechas permanentes, la de miseria social y mucho miedo silenciado, la de imágenes en blanco y negro del NO-DO, el boletín publicitario del régimen para propagar las proezas del caudillo héroe de la cruzada, la que miraba con cauteloso recelo el romance del torero más famoso del momento con la actriz que había estado casada con un militar republicano. Difícil época para dos enamorados que decidieron convivir juntos para otorgarse cariño, respeto y confianza, para vivir su romance por encima de las condenas que recibía la relación. ¿Qué mal hicieron a nadie? ¿Por qué profirieron a Antoñita los peores insultos con que se puede ofender a una mujer?
Fuentelencina, verano de 1946. Foto José María Lara
Vivir juntos bajo un mismo techo sin estar casados no era aceptable en España, donde los celosos vigilantes del nacional catolicismo tanto se preocupaban del orden y la decencia, procurando mantener a raya una moral ciudadana ejemplar, aunque mirasen hacia otro lado con no pocos terratenientes que, además de esposa y un montón de hijos, tenían su querida, lo que solía considerarse un pecado menor, por supuesto en virtud del peculio que atesorasen, que se justificaba con frases expiatorias como “algún defecto ha de tener, pero es una persona muy buena que socorre siempre a los pobres”. Manolete se puso el mundo por montera y colocó su capote de paseo sobre el hombro de su novia, haciendo frente a la hipocresía de su tiempo para ser feliz con Lupe, a la que siempre llamaba Antoñita, la mujer con la que hizo una de las mejores faenas de su vida, y con la que descubrió que además de torero era un ser humano, que como tal necesitaba querer y sentirse querido para hallar sentido a su existencia. 
Antoñita luce el capotillo de Manolo
Por supuesto esta faena no recibió ovaciones, sino la severa censura y feroz oposición de su madre –que sería "oficialmente” la mujer de su vida, como si el amor a una madre estuviera reñido con el de la mujer amada–, de algunos miembros de su cuadrilla, que incluso llamaron “serpiente” a la mujer de la que estaba enamorado, ignorando el más elemental respeto no solo a la compañera del torero, sino a quien además de jefe de filas era amigo y “padre protector” de todos. También recibió la desaprobación de algunos que presumían de ser sus amigos, sin saber quizás el significado de esa palabra, quienes estuvieron más preocupados de propagar la moral religiosa, que de mirarse en el sabio refranero español para comprender ese que dice: “Consejos vendo y para mí no tengo”.
Antoñita y Manolo habían previsto su boda en Barcelona en octubre de 1947
La temporada de 1947 resultó vertiginosa para Manolete. Ya nada era como antes. El torero no se sentía a gusto toreando y había pedido a su apoderado que no le firmara más festejos, pero este hizo caso omiso y rubricó una exclusiva con Pedro Balañá de cuarenta corridas de toros, entre la que estaba una de Miura en Linares en el mes de agosto, cuando el espada se hallaba en unas condiciones físicas y anímicas no adecuadas para tanta responsabilidad. Mas la honradez y el compromiso íntegro del torero con su profesión le impulsó a cumplir las tardes firmadas, luchando en los ruedos por mantener su condición de primerísima figura del toreo, y fuera de ellos por proteger a la mujer con la que iba a casarse en Barcelona en octubre de 1947, como confesó al crítico Antonio Bellón la noche del 27 de agosto, mientras conducía su coche desde Manzanares a Linares, para pedirle un favor que consideraba que solo él podía hacer: convencer a su madre para llevarla a su boda, a la que se negaba asistir. Aquella dolorosa petición mostraba el sufrimiento y la tristeza de un ser humano famoso, rico y con treinta años de edad, al que no dejaban vivir en paz y entre todos iban a derribar: prensa, público y, seguramente sin ser consciente de ello, su propia familia.  
Antoñita y Manolo. Estoril 1946. Foto José María Lara
Lo que ocurrió en Linares era previsible con ese estado físico y anímico. Islero pasó por allí para cargar con tanta culpa inconfesable. Mas en el pueblo minero hubo otra víctima, Antoñita, que avisada por el mozo de espadas Máximo Montes Chimo –que tenía orden expresa del torero para telefonearla todas las tardes de corrida y darle novedades– llegó al hospital para estar junto a Manolo, pero Álvaro Domecq y Camará no la dejaron entrar en la habitación del herido. No la aceptaban e impusieron su voluntad. ¿A un amigo en el lecho de muerte se le hace eso? Para colmo, una vez fallecido el torero se difundió por su entorno que la relación con Lupe llevaba tiempo rota. Mas lo cierto y verdad es que manejaron su agonía con una crueldad impropia en quienes constantemente hablaban como si predicaran en lo alto de un púlpito. Si la religión no sirve para hacer mejores a las personas ¿para qué sirve? ¿Temían un posible matrimonio en esos instantes que hubiera convertido a la novia de Manolete en la viuda más rica de España? Por si acaso, con el engaño de que si el torero preguntaba por ella la llamarían, cuando el pobre de Manolo no sabía ni iba a saber nunca que Antoñita estaba allí, impidieron que ambos vivieran la cercanía íntima y el calor humano del último encuentro. Muerto el torero dijeron a aquella mujer destrozada por la pena que ya podía pasar. El frío manejo del duelo en esa larga noche de tristeza y dolor aseguraba que la fortuna no cambiaría de herederos. Los sentimientos de la compañera importaban poco. ¿Qué habría pensado Manolete de todo lo ocurrido si hubiera superado la cornada? ¿Habría aprobado la conducta de sus “íntimos amigos” con Antoñita?
Llegaba el momento de trasladar los restos del torero a Córdoba. En Linares había terminado el acoso y derribo a uno de los toreros más importantes de todos los tiempos, mientras que para Antoñita, como si tampoco ya existiera, no había sitio en ninguna parte ni nadie se interesó en preguntar sobre su asistencia al duelo. En Córdoba no tenía sitio la mujer que convivió con el torero durante más de tres años. Conmovido por la tristeza y crueldad ante el desprecio más absoluto a una mujer rota y abandonada, Luis Miguel Dominguín se ofreció para llevarla en su coche a Madrid. Manuel había emprendido un viaje sin retorno. Ella iniciaba otro demasiado incierto, que por supuesto no estuvo exento de vetos y dificultades. No dudaron en pasarle factura cuando no estaba para protegerla el hombre que amaba.  




2 comentarios:

Luis Miguel López R. dijo...

Resulta si no chocante, al menos sí curioso, que dos de los toreros más grandes de todos los tiempos, si no los que más. “Gallito” y Manolete, que mandaron en todo el toreo de su época, no les dejaran mandar en sus vidas privadas. Ambos unidos por su grandeza, por entregar su vida en las astas de un toro para convertirse en mito. Y los dos infelices porque su entorno nos les dejó disfrutar del amor y ser felices. Joselito con Guadalupe de Pablo Romero y Manolete como muy bien nos cuenta Antonio Luis en esta entrada, con Lupe Sino. ¿También coincidencia que ambas contengan “Lupe” en su nombre? Estoy seguro que “Bailaor” e “Islero”, impidieron que le diera tiempo a imponer sus propósitos. Una pronta retirada y disfrutar de la felicidad de una vida plena en pareja, con la mujer que les llenaba el corazón. También estoy seguro que para ambos, este injusto y cruel tributo que los de su alrededor les hicieron pagar por ser quién eran, fue mucho más amargo que el haber entregado sus vidas para gloria del toreo.
Muchas gracias Antonio por seguir llenando nuestras vidas de Manolete.
Nos vemos muy pronto. Un abrazo.

Anónimo dijo...

Mi madre dice que escuchó esta historia toda su vida, pero que es la primera vez que la ha leído cómo se la contaron. Enhorabuena por su narrativa y por su valentía. El vídeo colgado con la canción de Sabina es la guinda de la tarta.