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sábado, 14 de diciembre de 2024

REEDICIÓN DE DOS GRANDES LIBROS TAURINOS

Por Antonio Luis Aguilera

 

La editorial sevillana y cordobesa El Paseíllo ha reeditado dos grandes libros taurinos: «Historia del toreo de Néstor Luján, y «Los heterodoxos del toreo», de José Alameda. Además, según informan sus responsables, tienen el proyecto de perseverar esta política empresarial para rescatar otra obra de culto de José Alameda, «El hilo del toreo», agotada desde hace años y que ha alcanzado altos precios en el mercado de segunda mano, lo que evidencia el interés que levanta en muchos aficionados que anhelan conseguir este libro magistral, para conocer de primera mano el extraordinario relato que traza el escritor madrileño exiliado en México, un erudito que supo explicar como nadie el curso del arte de Cúchares, en su sinuoso y apasionante recorrido hacia el toreo moderno.   

Néstor Luján (Mataró 1922-Barcelona 1995) estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona, fue crítico de toros en la revista Destino y conocido por sus libros de Historia y Gastronomía, además de haber publicado varias novelas. En 1954 apareció su “Historia del toreo”, excelente obra con ameno y sutil relato, donde el escritor catalán inicia su explicación en las circunstancias sociales que en 1700 originaron el nacimiento del toreo a pie, así como su primera ordenación con diestros considerados primitivos, como los Palomo y los Rodríguez de Sevilla; José Cándido de Cádiz y los Romero de Ronda, estableciendo un discurso salpicado de anécdotas y hechos curiosos, que llega hasta la década de los sesenta del siglo XX, con Antonio OrdóñezEl Viti y El Cordobés. Este libro que ahora ve nuevamente la luz, fue editado por Ediciones Destino, y tal fue su aceptación entre los lectores que consiguió tres ediciones, la última en 1993. 


En cuanto a la segunda obra, hemos de comenzar afirmando que son muy pocos los escritores que han pensado y comprendido la historia del toreo como Carlos Fernández López Valdemoro -José o Pepe Alameda- (Madrid 1912-Ciudad de México 1990), que tras licenciarse en Derecho en Madrid, por razones políticas marchó exiliado al país azteca en 1939, donde por sus conocimientos y experiencia como aficionado práctico -llegó a tentar con Juan Belmonte- fue conocido como El Maestro. Allí desarrolló una excelente labor como crítico y escritor taurino en radio, prensa y televisión. En «Los heterodoxos del toreo» (1979), el autor dedica una cruda introducción, que rotula como “la olla podrida de la crítica”, para denunciar un fenómeno específico de España, el sector de la crítica “terrorista" que tanto influjo negativo tuvo no hace tantos años en nuestra nación.

 Alameda inicia su relato con esta certera reflexión: 

«Si no hubiera hombres capaces de jugarse la vida frente a un toro, no habría corridas ni, por consiguiente, crítica taurina.

¿Cómo se ha podido llegar a la monstruosa deformación de que un sinvergüenza provisto de una pluma viva de insultar a quienes, con su arrojo, le dan la posibilidad de existir “profesionalmente”?

Todo el respeto para el que respeta, todo el desprecio para quienes empiezan por no respetar a la fiesta de los toros…».

Seguidamente, el lector se adentrará en un ameno ensayo, donde el  autor explica con conocimiento de causa el papel que desempeñaron en la historia espadas considerados diferentes, y por tanto cuestionados, advirtiendo que «… al torero no hay que preguntarle, hay que verlo, sabiéndolo ver, sin dejarse engañar por la corriente del toreo, donde se marea el que mira si en vez de atraparla mentalmente permite que se lo lleve el río». En su estudio de los diestros considerados heterodoxos, el escritor madrileño invita a analizar las figuras de CúcharesEl EsparteroReverteEl GalloBelmonteCarmelo PérezLa SernaArruzaProcuna, y El Cordobés, concluyendo con una llamada donde subraya la importancia histórica de los grandes toreros ortodoxos, “como cimiento y cúpula de esa rara hazaña de tres siglos que se llama el arte de torear”. Dice así:

«A pesar de la literatura belmontista (que, de hecho, es contra Gallito), la figura de José emerge y se robustece cada día. A pesar de la literatura antimanoletista (esta sí, declarada), no se desdibuja el perfil de Manolete.

Ya que hemos juntado sus nombres, obsérvese la coincidencia: solamente cubrieron ocho temporadas cada uno. Gallito, del 12 al 20; Manolete, del 39 al 47. Meses más, meses menos, pues la temporada de la alternativa y de la muerte son en ambos incompletas. Corto tiempo para tan honda huella».

A la amplia oferta de Editorial El Paseíllo se añaden ahora estos dos excelentes libros taurinos, ideales para aquellos aficionados que anhelan profundizar su formación con los grandes autores de la historia del toreo. 

 

 

martes, 6 de agosto de 2024

PACO CAMINO: TORERO DE TOREROS

Por Antonio Luis Aguilera

Paco Camino. Foto Botán

Ante el fallecimiento de Paco Camino queremos recordar al diestro por cuyo arte nos aficionamos a la Fiesta de los toros, el que marcó nuestra niñez con la impronta de su poderío y el bello trazo de su toreo, ese que no pudimos ver en las plazas, sino en las imágenes en blanco y negro de TVE y de los reportajes del NO-DO, hasta que en los tendidos pudimos disfrutar de sus últimos años en activo. La naturalidad de su expresión y su prodigiosa inteligencia hicieron grande el toreo en manos del diestro de Camas, que pronto nos cautivó con su elegante toreo de capa, sus incomparables chicuelinas, y aquellas faenas abiertas con preciosos pases de trinchera que prologaban la hermosa sinfonía de su toreo en redondo, donde cobraba especial relieve el pase natural y la magistral interpretación de la estocada, instrumentada con tanta ortodoxia y gallardía como pureza y torería. 


El pase natural de Paco Camino

Ha muerto un torero histórico e irrepetible, miembro de la maravillosa generación de figuras que marcaron con la singularidad de sus acentos profesionales la inolvidable década de los sesenta, donde llegaron abriéndose paso a codazos ante un elenco de espadas de mucha categoría, la generación posterior a la época de «Manolete», para  terminar adueñándose del toreo de aquella España del desarrollo y rotular sus nombres en los carteles de todas las ferias. Las imprentas editaban preciosos carteles de toros —de los que viéndolos de lejos se sabía que anunciaban corridas de toros; no como los actuales, que han de observarse de cerca para comprobar si anuncian un concierto o un quinario—, cambiando solo el nombre de la ciudad y repitiendo como una letanía, entre otros buenos e inolvidables toreros de esa época, los nombres de Diego PuertaPaco Camino, «El Viti», y «El Cordobés».

Las décadas de los años sesenta e inicios de los setenta, arrastrados por esa locomotora del toreo que fue el «Huracán Benítez» tuvieron como grandes protagonistas a «Diego Valor», «El Niño Sabio de Camas» y «Su Majestad El Viti», amigos en la calle pero perros de presa en el ruedo, para regocijo del público y la buena salud de las ferias y plazas del orbe taurino. De esa época quedaron acuñadas dos frases que la caracterizaron: la primera, «El Cordobés y dos más», que define el poderío del torero de Palma del Río, que cualquier día de la semana, sin necesidad de que fuera festivo o la fecha del patrón de la localidad, llenaba las plazas hasta el tejado cobrando no menos de un millón de pesetas por tarde, «un kilo» como popularizó el propio Benítez, mientras los elevados honorarios para la época obligaron a las empresas a incrementar considerablemente los que percibían el resto de figuras. La segunda, el tridente que se repetía en todos los carteles de postín, se hizo tan célebre en la jerga taurina que pronto se incorporó al lenguaje coloquial para mandar de paseo a la gente pelmaza: «PuertaCamino y Viti».


Magistral estocada de Paco Camino en Bilbao a un toro 
de Juan Pedro Domecq. Foto Cuevas.

Honda fue la huella torera que dejó Paco Camino en México. En el país hermano lo recuerdan con veneración, como a uno de los toreros españoles más queridos, de sus «consentidos». Si el recuerdo de «Manolete» resulta todavía sobrecogedor para la apasionada afición azteca, la admiración por el toreo de Camino no queda atrás en una tierra que conquistó con su arte y que, como ocurrió al «Monstruo», también ella le conquistó para siempre como torero y persona, pues si grandes e importantes fueron sus éxitos en los ruedos españoles y otras naciones americanas, los conseguidos en su querido México, que lo acogió e hizo uno de sus espadas favoritos, están repletos de tardes históricas y memorables.

Paco Camino a hombros en Madrid

Nos ha dejado una auténtica figura del toreo, de cuya tauromaquia han bebido y beben todos los espadas que quisieron ser gente en el toreo. De Paco Camino puede afirmarse rotundamente que fue un torero histórico, irrepetible, grande entre los grandes, un espejo donde mirar. Lo que los aficionados conocen como torero de toreros. De los de antes y los de ahora. Descanse en paz el inolvidable maestro de Camas, el pueblo del que se sentía orgulloso de haber abierto los ojos y del que apasionadamente defendía su natalidad, con el sinsabor de tener en el alma una espina clavada cuando le decían que era de Sevilla, que digámoslo claro, con él fue, como con otros de sus grandes toreros, madrastra en lugar de madre: «Yo no soy de Sevilla, soy de Camas». 

Un torero tan grande no puede seguir silenciado en la ciudad cuyo nombre paseó entre triunfos por todo el mundo taurino.

 

viernes, 9 de julio de 2021

JOSÉ MARÍA MANZANARES EN CÓRDOBA

Por Antonio Luis Aguilera

Magnífico muletazo de José María Manzanares en Sevilla. Foto Arjona

El 24 de junio se cumplió medio siglo de la alternativa del matador de toros José María Dols Abellán, fallecido el 28 de octubre de 2014. José María Manzanares, espada que por el concepto, clase y calidad de su toreo ha sido considerado un «espejo de toreros», pues raro resultaría el caso de alguna de las figuras actuales que no lo haya tenido como modelo de referencia para expresar su arte. La ceremonia tuvo lugar el día grande de la feria de Hogueras de su Alicante natal, oficiada por Luis Miguel Dominguín y actuando de testigo Santiago Martín El Viti, perteneciendo la ganadería al hierro de Atanasio Fernández; el toro del doctorado, al que cortó las orejas y el rabo, se llamaba Rayito.

José María Dols Abellán: Manzanares

El inolvidable torero alicantino permaneció en activo hasta el 2 de mayo de 2006, cuando en la plaza de Sevilla no hubo suerte y tras la lidia del sexto, sin previo aviso, decidió dejar el toreo activo, diciéndole a su hijo José María, matador de toros del mismo nombre y apodo, que cogiera unas tijeras y saliera al tercio para quitarle el añadido que simula la coleta. Reaccionaron ante el imprevisto varios matadores y subalternos que estaban en la corrida, que saltaron al ruedo para cogerlo a hombros y sacarlo así por la anhelada Puerta del Príncipe de la Maestranza, mérito que a punto estuvo de lograr varias tardes en la que era una de sus plazas favoritas, pero que nunca alcanzó durante su carrera. Así pues, por encima del preceptivo éxito artístico y de los trofeos exigidos para abrirla, sus compañeros quisieron reconocer la categoría del maestro, al que se disputaron por llevar de costaleros

Un emocionado Manzanares 
a hombros de Enrique Ponce.

Hablar del maestro de Alicante es hacerlo de quien desde sus inicios fue un referente para los aficionados del toreo clásico, uno de los pocos espadas al que se marcan los carteles de las ferias grandes para seguirlo, porque gusta lo qué hace y cómo lo hace: el toreo con elegancia y maestría, sin estridencias, con suave dominio y un marcado acento personal que cautiva por su belleza y señorío.

Vamos a recordar la huella del alicantino en la plaza de Los Califas, donde José María hizo diecinueve paseíllos para actuar en dieciséis corridas de toros y tres festivales benéficos.

Su debut en Córdoba fue como espada de alternativa el 26 de mayo de 1973, tarde que se lidiaron toros de la recordada divisa cordobesa de don Francisco Martínez Benavides —encaste Santacoloma-Urquijo, que por brava y enclasada gozaba de un excelente momento y que el torero de Alicante mató con frecuencia—, acartelado con el cordobés Antonio José Galán, que cortó cuatro orejas y un rabo, y José Luis Galloso, que cortó una oreja al sexto. José María resolvió su presentación cortando las dos orejas al segundo y una al quinto. Por cierto, esa tarde se dio la vuelta al ruedo a Madrileño, al que Galán había cortado el rabo.

Ese mismo año, en la desaparecida feria de septiembre, Manzanares haría su segundo paseíllo el día 26, alternando con José Fuentes, ovación y palmas; y Ruiz Miguel, vuelta y dos orejas. Se lidiaron cuatro ejemplares de don Juan Gallardo Santos, uno (4º) de don Julio Garrido y otro (6º) de Prieto de la Cal. Su balance fue ovación y silencio.

El 25 de mayo de 1975, José María Manzanares volvía a triunfar con rotundidad en la plaza cordobesa, cortando las dos orejas del segundo y otra al quinto. En su tercera corrida, con toros de don Manuel González Cabello, alternó con Sebastián Palomo Linares, que fue ovacionado en ambos; y Paco Alcalde, que cortó la oreja al tercero y dio la vuelta al ruedo en el sexto. Manzanares fue proclamado el triunfador de la feria con la adjudicación del trofeo Manolete del Ayuntamiento de la ciudad.

La cuarta cita como matador de toros fue el 30 de mayo de 1976, tarde que se jugaron astados de doña María Coronel de Núñez. Manzanares, que encabezaba la terna, fue aplaudido en el primero y cortó las dos orejas del cuarto; Paco Alcalde fue ovacionado y escuchó palmas; y Agustín Parra Parrita cortaba una oreja a cada uno de sus ejemplares.

Córdoba, 29 de mayo de 1977. Curro Romero,
José María Manzanares y Paquirri. Foto Arjona.

El 29 de mayo de 1977 Manzanares toreaba su quinta corrida en el coso califal, cortando las dos orejas al sexto y siendo aplaudido en el tercero. Alternó con Curro Romero, división de opiniones y ovación; y Francisco Rivera Paquirri, que cortó las dos orejas al segundo y fue ovacionado en el quinto. Los toros pertenecieron, cinco a la ganadería de don Francisco Martínez Benavides, y uno (5º) a los Herederos de don Salvador Guardiola.

La sexta comparecencia de José María Manzanares en corrida de toros tuvo dos partes, porque en la tarde del 26 de mayo de 1978 fue tal la tormenta y el fuerte aguacero que descargó durante la lidia del primer astado, que en pocos minutos el ruedo quedó impracticable para el toreo. Empresa, autoridad y toreros acordaron que la corrida se celebrara tres días después, el 29 de mayo, lidiándose los cinco toros restantes. Así pues, en la nueva fecha se pudo llevar a cabo y el balance de este festejo de dos sesiones fue Antonio José Galán, oreja y dos orejas; José María Manzanares, vuelta y palmas; y Niño de la Capea, ovación y oreja. Los toros pertenecieron a don Francisco Martínez Benavides.

La séptima corrida de José María Manzanares en Los Califas fue el 27 de mayo de 1979, tarde que nuevamente se lidiaron cinco toros de don Francisco Martínez Benavides y uno (6º) de doña Mercedes Pérez Tabernero, corrido como sobrero. El albaceteño Dámaso González fue ovacionado en el primero y cortó una oreja al cuarto; Manzanares cortó las dos orejas al segundo y una al quinto; y Niño de la Capea fue silenciado en su lote.

Manzanares al natural en Sevilla. Foto Arjona

Por octava vez como matador de toros haría el paseíllo el 25 de mayo de 1980, para lidiar toros de Torrestrella con Francisco Rivera Paquirri, división de opiniones y dos orejas; Manzanares, ovación y oreja; y Luis Francisco Esplá, vuelta tras aviso y ovación. Al tercer ejemplar, de nombre Rompevientos, se le concedió la vuelta al ruedo.

La tarde del 26 de mayo de 1982 el diestro alicantino sumaría su novena actuación compartiendo cartel con Paquirri, oreja y vuelta, y Dámaso González, vuelta y silencio. Manzanares dio la vuelta en el tercero y escuchó palmas en el sexto. Los toros pertenecieron, tres al hierro de don Ramón Sánchez Rodríguez y tres (2º, 3º y 4º) al de su hijo don Ramón Sánchez Recio.

Cuatro años después, la tarde del 25 de mayo de 1986, José María Manzanares sumaba su décima corrida en Córdoba. Se lidiaron toros de los Herederos de don José Luis Osborne para el espada alicantino, que fue pitado en el primero y cortó una oreja al cuarto; Paco Ojeda, oreja y ovación; y Juan Antonio Ruiz Espartaco, silencio y ovación.

En la feria siguiente, la tarde del 26 de mayo de 1987, Manzanares sumaba su corrida número once. Se jugaron cinco toros de don Ramón Sánchez y uno (6º) de don Alonso Moreno. El balance de José María fue pitos y división de opiniones; Paco Ojeda, ovación y silencio; y Emilio Oliva, oreja y palmas.

El inolvidable toreo de Manzanares. Foto Arjona

Para la corrida número doce, celebrada la tarde siguiente, se jugaron cuatro toros de los Herederos de don José Luis Osborne y dos (1º y 5º) de don Ramón Sánchez. Manzanares cortó la oreja al primero y fue ovacionado en el cuarto; Niño de la Capea, palmas y ovación; y Fernando Cepeda, vuelta al ruedo y palmas.

La tarde doce más uno tuvo lugar el 25 de mayo de 1989, corriéndose cinco toros de El Torero y uno (3º) de Hermanos González Sánchez-Dalp. Manzanares fue ovacionado en ambos; Manili, dos vueltas al ruedo y ovación; y Fernando Cepeda, vuelta y silencio.

El 24 de mayo de 1991, para su corrida catorce en Córdoba, se jugaron tres toros de Montalvo y tres (1º, 5º y 6º) de Arauz de Robles. Curro Romero fue abroncado en ambos; Manzanares escuchó ovación y pitos; y Julio Aparicio, fue pitado en su lote, siendo avisado en el sexto. 

Al año siguiente, la tarde del 31 de mayo de 1992, José María se anunció con toros de los Herederos de don José Luis Osborne, siendo ovacionado en el primero y silenciado en el cuarto; Niño de la Capea, fue ovacionado en ambos; y Rafael González Chiquilín escuchó ovación y palmas.

Toreando al natural a un santacoloma de doña Ana
Romero. Última corrida en Córdoba. Foto Arjona

Y así llegamos a su último paseíllo como matador de toros, que fue el 1 de junio de 1996. Aquella tarde el mal uso de la espada impidió un gran éxito al maestro de Alicante, que con los bravos santacoloma de doña Ana Romero, remendados con un sobrero de don Juan José González (2º), ofreció una soberana tarde de toros. José María Manzanares dio la vuelta al ruedo en el primero y fue fuertemente ovacionado en el cuarto; José Miguel Arroyo Joselito cortó una oreja a cada uno de su lote; y Juan Serrano Finito de Córdoba cortó una oreja al tercero y las dos al sexto tras una gran actuación.

En cuanto a los festivales, en tres ocasiones pisó José María Manzanares el ruedo califal para colaborar con su arte en causas benéficas. La primera vez fue el 22 de abril de 1979, cuando el torero de Alicante vistió de corto para colaborar con la Escuela Taurina del Círculo Taurino de Córdoba, despachando utreros de Torrestrella. Le acompañaron los maestros Paco Camino (dos orejas), Gabriel de la Haba Zurito (oreja) y Pedro Gutiérrez Niño de la Capea (dos orejas y rabo), y los novilleros Fernando Vera (oreja), Fermín Vioque (vuelta) y Antonio Tejero (dos orejas). Manzanares cortó una oreja.

Su segundo paseíllo con el marsellés tuvo lugar el 19 de diciembre de 1998, festejo a favor de la Hermandad de Jesús Caído de Córdoba (la de los toreros). Aquella tarde se jugaron dos novillos de Miguel Báez Litri (1º y 3º), dos de Los Guateles (5º y 7º) y tres de Enrique Ponce (2º, 4º y 6º). Abrió plaza el rejoneador Martín González Porras, que cortó una oreja; en lidia ordinaria, José María Manzanares fue ovacionado; Litri cortó una oreja; Enrique Ponce, dos orejas; Chiquilín, oreja; José Luis Moreno, oreja; y el novillero Rafael Sánchez Pulido, dos orejas.

Su último paseíllo en el albero califal fue vestido de corto el 25 de marzo de 2006, actuando a beneficio de la Asociación contra el Cáncer en Córdoba. Se lidió un toro de Castilblanco para rejones, y seis utreros de Manuel y Antonio Tornay. El rejoneador Leonardo Hernández hijo fue ovacionado; José María Manzanares, silenciado; Enrique Ponce, oreja; Jesulín de Ubrique, oreja; Rivera Ordóñez, oreja; Salvador Cortés, dos orejas; y el novillero Julio Benítez El Cordobés, oreja.

Pepe Manzanares (padre de José María), Fernando Carrasco (crítico de ABC)
 y el autor del blog. Antiguo hotel Meliá Córdoba, 31-5-1992 . Foto Marogo.

Este es el historial de José María Dols Abellán en Córdoba, el hijo del banderillero Pepe Manzanares, al que su padre transmitió la afición y de quien recibió, además del apodo y las nociones básicas del oficio, el permanente consejo de que el toreo es clasicismo y pureza para acariciar las embestidas y expresar artísticamente un sentimiento. La gran referencia del maestro de Alicante, como la de tantos otros, fue Antonio Ordóñez, pero también bebió de las cristalinas fuentes de Antonio BienvenidaPaco Camino, Santiago Martín El Viti, José Fuentes y otros toreros hasta pulir un estilo con sello propio, inconfundible por la bella expresión de las suertes, su cadencia en la forma de acompañarlas con la cintura, y la maestría con que las ejecutaba desde que se colocaba para enganchar hasta que las soltaba para ligar la serie, dibujando inolvidables y templados trazos que engrandecía con su empaque de clásica torería.

Al cumplirse cincuenta años de la alternativa de José María Manzanares, rendimos honor a uno de los maestros del toreo, de los que dejaron su huella imborrable en el corazón de los aficionados, que lo recuerdan con la admiración y emoción que merece la elegante belleza de su arte. 

miércoles, 26 de septiembre de 2018

PAQUIRRI: DE YUNQUE A MARTILLO

Por Antonio Luis Aguilera
Francisco Rivera Paquirri. Foto Ciarrusta
La muerte de un torero deja marcada para siempre la plaza donde ocurrió. Selladas quedaron las de Talavera de la Reina, en cuya arena tuvo lugar la cogida fatal de Joselito; Manzanares, donde su cuñado Ignacio Sánchez Mejías halló idéntico fin, inmortalizado con desgarrado dolor y enorme belleza literaria en el “Llanto” del inolvidable Federico García Lorca; Linares, donde una calurosa tarde de San Agustín la parca segó la vida del rey de los toreros: Manolete. 

Hace treinta y cuatro años, en su imprevisible elección, el destino sumó a la triste lista el coso de Los Llanos de Pozoblanco, donde Francisco Rivera Paquirri había acudido a poner punto final a su temporada actuando en la feria de Nuestra Señora de las Mercedes, que organizaba el empresario de Sevilla Diodoro Canorea. En el corazón del honrado y laborioso Valle de los Pedroches, un astifino toro negro del hierro de Sayalero y Bandrés, de nombre Avispado, pasaría a la historia por herir de muerte a un torero de inmenso poderío, que nunca volvió la cara ante las dificultades, y que hasta el último aliento de vida tuvo la gallardía de mirar a la muerte cara a cara, para testimoniar al mundo entero su hombría y torería.
          
Un jovencísimo Francisco Rivera
Fue el 26 de septiembre de 1984, miércoles para más señas. Al caer la tarde, cuando la noche desplegaba su velo negro sobre encinas y olivares, una ambulancia buscaba desesperadamente ganar tiempo al tiempo por la sinuosa carretera que unía la capital con los pueblos serranos. Las ráfagas de color ámbar centelleaban en la penumbra, mientras el rugido del acelerado motor rasgaba el silencio de una noche de estío en el angustioso trayecto al Hospital “Reina Sofía”. Pero la muerte viajaba en el habitáculo del torero herido, y cuando el horizonte dibujaba las primeras luces de Córdoba su presencia obligaba a un cambio de plan. El torero agonizaba y había que llegar cuanto antes a un centro sanitario, el que fuera, sin demora alguna. El primero era el antiguo Hospital Militar, situado a la entrada de la ciudad bajando desde Cerro Muriano. Solo un milagro podría impedir que unos párpados sin fuerza cerraran para siempre aquellos ojos azules como el mar que besa Barbate, donde Francisco de niño, quebrando olas de espuma blanca, soñó alcanzar la gloria del toreo. 

Mas la parca llegó silenciosa en el bochorno de aquella noche de principio de otoño con aromas a jazmín, mientras en el cielo azul oscuro, como el color del último traje que vistió el torero, las estrellas rutilaban viendo llorar a los hombres del toro, rotos y hermanados en el caserón castrense donde moraba el cadáver de Paco. La noticia, propagada con inmediatez por la radio, recordaba al mundo que el toro mata y le basta un instante para segar la vida del torero más poderoso, incluso aquel que por sus fabulosas facultades pueda parecer imposible, como ocurrió con Joselito en Talavera de la Reina. Y como había vuelto a suceder con Paquirri en Pozoblanco.

En la plaza de Los Califas de Córdoba, 29 de mayo de 1977. Antes del paseíllo
 sonríen Curro Romero, Paquirri y Manzanares. Todo un cartel. Foto Arjona
Porque como Joselito, Francisco Rivera fue un lidiador excepcional, de inmenso poderío, completo en todos los tercios. Y como el menor de los Gallo tenía obsesión por demostrar su hegemonía en el toreo. La lidia carecía de secretos para él, conocía el oficio de principio a fin, le sobraba afición y reunía las cualidades necesarias para ser figura enfrentándose a cualquier encaste, sin vacilar en la forja de una vocación donde si difícil es llegar más lo es mantenerse en primerísima fila. La noble y legítima aspiración del diestro de Barbate era codearse con los grandes en las puertas de cuadrillas. Su ansiedad juvenil fue administrada sabiamente por el sagaz apoderado cordobés José Flores Camará, que dirigió su carrera hasta situarlo en la cúspide de la torería, y del que no olvidó nunca una frase con aire de sentencia, pronunciada en un momento duro de sus comienzos para espolearlo: “Francisco, aprende a ser yunque para cuando seas martillo”. 

Hizo tan suyas estas palabras que siendo máxima figura las repetía a los compañeros que empezaban en momentos de fragilidad. Francisco Rivera hubo de aprender a ser yunque, comprobar como la triunfal carrera de novillero no contaba tras la alternativa, donde  comenzaba otra guerra más difícil en la que era imprescindible poderle a los toros por duros que fueran, para abrirse paso a codazos ante un elenco de espadas fabuloso: Manuel Benítez El Cordobés, Paco Camino, Diego Puerta, El Viti, Antonio Bienvenida, Jaime Ostos, Julio Aparicio, Litri, César Girón, Mondeño, Miguelín… Pero Camará, admirador de Joselito y astuto como pocos, sabía que dirigía la carrera de un gallo de pelea, capaz de triunfar a golpe cantao, cuyas cualidades terminarían por revelar a un lidiador largo, dueño de la lidia de principio a fin, poderoso con el capote, brillante banderillero, eficaz muletero y gran estoqueador, con valor probado y ambición sobrada para lograr su objetivo. 

Gran pase de pecho de Paquirri. Foto Cano

Paquirri, sabiendo que el timón de su carrera lo guiaban unas manos expertas, curtidas en mil galernas, que marcaban con precisión el rumbo para atracar en el puerto soñado, afrontó un reto que solo superan quienes reúnen condiciones para mandar en el toreo. En las primeras temporadas hubo de matar corridas menos apetecibles con honorarios ridículos, pero sacó su raza cuando las dudas y percances invitaban a pensar si todo merecía la pena. Confiando en sí mismo atacó sin guardar nada dentro y  el éxito no tardó en llegar, ni el caché de figura y las repeticiones en plazas determinantes con carteles de categoría que sellarían su carrera con la aureola de primer espada que mantuvo siempre. Las palabras de Camará se cumplieron a rajatabla: el yunque se convirtió en martillo. Como ejemplo de la autoestima de Paquirri, recordamos que en las postrimerías de su carrera, en plena revolución de un genio llamado Paco Ojeda, no dudó en anunciarse con él varias tardes mano a mano. Era su modo de decir al revolucionario de Sanlúcar quién ocupaba el trono del toreo.
Marbella, 29 de julio de 1984. Paquirri y Paco Ojeda con 
Francisco  y Cayetano Rivera Ordóñez. Foto J.L.Carabias
Córdoba fue testigo del inicio de su carrera. Francisco Rivera se presentó con picadores en la vieja plaza de Los Tejares el 19 de marzo de 1965, junto a Curro Limones y El Monaguillo, cortando dos orejas como tarjeta de visita, triunfo que le sirvió para echar el paseíllo siete tardes en la nueva plaza de Ciudad Jardín, entre las temporadas de 1965 y 1966. En el coso levantado en terrenos de la antigua Huerta de la Marquesa, Paquirri se enfrentó a su hermano José, de apodo Riverita, Manolo Sanlúcar, Paco Asensio, Pedrín Benjumea, Rafael Poyato, Paco Pallarés, Palomo Linares, Andrés Torres El Monaguillo, Paco Ceballos, Alfonso González Chiquilín y Antonio Ruiz El Barquillero. Tal fue el idilio que despertó el gaditano con la afición cordobesa, que en el verano de 1965 lo anunciaron tres domingos consecutivos, llenando la plaza el 25 de julio, festividad del apóstol Santiago -también hacía en verano un calor insoportable, lo que demuestra la calidad de aquella afición-, donde alternó con Paco Pallarés y Palomo Linares, saliendo a hombros tras cortar tres orejas a un encierro de doña María Pallarés de Benítez-Cubero

Madrid 24 de mayo de 1979. Paquirri estoqueando
 a Buenasuerte de Torrestrella. Foto Botán.
Se aguardaba con expectación su presentación como matador de toros, que ocurrió el 25 de septiembre de 1966, en la desaparecida feria de otoño, donde el coso se llenó para verlo cruzar el albero junto a Manuel García Mondeño y Manuel Benítez El Cordobés, auténtico amo del toreo, quienes lidiaron un encierro de Hermanos García Romero. Sería la primera de la docena de corridas que sumó en Córdoba, plaza donde también alternó con Ángel Peralta, Gabriel de la Haba Zurito, Manuel Cano El Pireo, Victoriano Valencia, Pedrín Benjumea, Miguel Márquez, Curro Rivera, Luis Miguel Dominguín, José Antonio Campuzano, Sebastián Palomo Linares, Agustín Parra Parrita, Curro Romero, José María Manzanares, Emilio Muñoz, Luis Francisco Esplá, Dámaso González y Pedro Gutiérrez Moya Niño de la Capea. Su última comparecencia tuvo lugar el 26 de mayo de 1982, con Dámaso González y José María Manzanares, para despachar un encierro de don Ramón Sánchez Rodríguez

La satisfecha sonrisa del triunfo. Foto Moratalla
El 26 de septiembre se cumple el aniversario de la cogida mortal del espada nacido en Zahara de los Atunes, en el término de Barbate, quien con enorme valor, sin perder la sonrisa, manifestó su entrega en los ruedos saludando a los toros con largas de rodillas, protagonizando brillantes tercios de banderillas, y sometiéndolos en la muleta antes de homenajear la suerte suprema con fulminantes estocadas al volapié o recibiendo. Con la muerte de Paquirri el toreo perdió a un lidiador completo. Córdoba lo vio salir a hombros de las plazas de Los Tejares y de Los Califas en atardeceres de gloria y triunfo. También, porque el destino lo quiso,  del Hospital Militar en un féretro portado por toreros, mientras los aficionados congregados en las puertas del recinto le tributaban un sencillo y emotivo homenaje, rompiendo el tenso silencio de la madrugada con una emocionada ovación y gritando entre lágrimas al héroe muerto: ¡Torero, torero, torero...!