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miércoles, 9 de agosto de 2023

¿INDIFERENTE EL TORERO QUE MÁS GENTE LLEVA A LAS PLAZAS?

Por Antonio Luis Aguilera

Andrés Roca Rey. Foto Arjona

Sentenció «Manolete» que los pleitos de los toreros deben resolverse en los ruedos. Fue en los inicios del acoso que hubo de sufrir en su último año, en la tormenta orquestada por la prensa influyente y algunos toreros españoles, que finalmente se desencadenó en las postrimerías del mes de agosto en la plaza de Linares. Los intrigantes de aquí decidieron romper el convenio taurino con México, para cortar las alas a dos pájaros que resultaban demasiado molestos, porque volaban más alto que todos los demás. Así, rotas las relaciones entre ambos países, con esa carambola Carlos Arruza no torearía en España ni «Manolete» en México, donde fue feliz profesional y personalmente, y tan honda huella dejó en aquella admirable afición. 

En el invierno de 1947, al regreso del último y triunfal viaje por tierras aztecas, le informaron de las declaraciones de Pepe Luis Vázquez para saber qué pensaba. El sevillano lo había retado a matar varias corridas duras en plazas incómodas, estrategia que por la timidez de su carácter es de suponer que fuera de Marcial Lalanda, su apoderado, quizás en complicidad con Gregorio Corrochano, el más influyente de los críticos de entonces, como pareció resolverse poco después, cuando en abril llamó banquero al espada cordobés, en la crónica de una corrida de Miura de la feria de Sevilla que no toreaba el espada ofendido, por recibir un brindis de su compadre «Gitanillo de Triana». Tanto Marcial como Domingo Ortega no aceptaron, ni muerto «Manolete», el relevo generacional en la capitanía del toreo impuesto por el torero cordobés, quien, con la elegancia que le caracterizaba, contestó a la prensa que  Pepe Luis lo habría retado a comer almejas, que sabía que le gustaban mucho, para de esta forma no herir a su admirado compañero, que retos a un lado, desde la temporada de 1942, por no aguantarle el pulso, había dejado de ser su rival en los ruedos.

Sevilla, 1945. Manolete, Pepe Luis y Carlos Arruza.
"La feria de las taleguilas rotas"

Hemos rememorado este capítulo de la historia ante las inoportunas declaraciones de Alejandro Talavante sobre Andrés Roca Rey. Según el extremeño, torear con Roca Rey, el espada que actualmente lleva más gente a las plazas, le resulta indiferente. Dicho de otra forma, que le da igual torear la tarde que más dinero se ingresa en taquillas. ¿De verdad? No conforme con tan desafortunada afirmación, añadió «que es muy positivo toda la gente que está arrastrando, pero esa gente joven necesita también una educación taurina». 

Brindis de Talavante a Roca Rey

Días después, al coincidir ambos en los ruedos, vinieron los brindis de torero a torero. Primero fue el peruano, que debió «agradecer» al extremeño sus «entrañables» palabras; después, ante las cámaras de televisión, el de Alejandro, donde debió argumentar que sus palabras se habían mal interpretado, que lo admiraba mucho como torero, y esas lisonjas que se suelen decir tras meter la pata. Porque no deja de ser una inoportuna metedura de pata hablar tan despectivamente de quien, de momento, «corta el bacalao» y manda en el toreo. Algo que debiera considerar con más prudencia Alejandro, que desde su vuelta a los ruedos busca sin encontrar al Talavante que no se le adivinaba techo y dejó de torear hace años en Zaragoza, al parecer, por no ser atendidas sus pretensiones económicas, esas que con seguridad desde su regreso no puede ingresar con las taquillas del «educado» público que acude a sus actuaciones. 

Manuel Benítez "El Cordobés"

Llevaba razón «Manolete». Donde tienen que hablar los toreros es en el ruedo y ante el toro. Ahí es donde impondrán condiciones los que sean capaces de pilotar el tren del toreo, de ser la locomotora que tira de los vagones, en palabras de Manuel Benítez «El Cordobés», ese genio que mientras imponía a las empresas no cobrar menos de «un kilo» por tarde, elevaba al doble los honorarios del maravilloso elenco de toreros de los años sesenta, un buen ramillete de primeras figuras que se benefició de los llenazos del «melenas», ese pedazo de torero al que los muñidores de la ortodoxia ridículamente llamaron «payaso», ofensa que no tuvo la menor influencia en las legiones de seguidores que arrastró todas las tardes, desde 1963 a 1971, por todo el planeta de los toros.

Andrés Roca Rey

La historia permite observar con perspectiva la diferencia entre la fuerza taquillera de los espadas que llevan a las plazas a los «aficionados educados taurinamente», «los que caben en un autobús», según «Jesulín de Ubrique», y los que llevados por la pasión arrasan las taquillas, para seguir a esos toreros que, gusten o no, con más o menos arte, tienen  recursos y valor para pisar todas las tardes esa línea roja de la que hablaba Paco Ojeda, ese sitio donde queman las zapatillas y transmite de inmediato la emoción a quienes de otra forma no habrían ido a las plazas. Queremos decir que si los seguidores de Roca Rey, que además de tener un valor descomunal domina todas las suertes y torea magistralmente, son personas jóvenes, pues mucho mejor, porque una vez dentro de las plazas tendrán ocasión de aprender y perfeccionar sus conocimientos. Igual que nos ocurrió a todos. 

Francisco Arjona Herrera "Curro Cúchares"

Nadie nace sabiendo. Mucho menos los intríngulis y emocionantes modos de expresar el arte de Cúchares, torero a quien también los ortodoxos de su tiempo llamaron «ventajista», es decir, truculento,  por echarse la muleta a la mano derecha, entonces de uso exclusivo de la espada, para «animar la función», en palabras textuales del propio Curro. Curiosamente, de aquella licencia mal vista por los ortodoxos, «animando» a las gentes que según los educados taurinamente había que formar, por aquel desbordante entusiasmo popular habría de empezar a desarrollarse el toreo de muleta. Con razón el pueblo llano, que es bastante más listo de lo que suponen algunos sabios entendidos, acabó bautizando el toreo como «el arte de Cúchares».   

domingo, 25 de junio de 2023

EL TORO NO PONE A CADA UNO EN SU SITIO

Por Antonio Luis Aguilera

Manuel Escribano. Foto Diario de Sevilla

Dicen que el toro pone a cada uno en su sitio, pero no siempre se cumple este aserto. Los que de verdad ponen y quitan son los gestores de las empresas taurinas, y no todos han mamado el respeto a la tradición, es decir, a los toreros y sus éxitos en los ruedos. Sirvan de ejemplo los casos de Manuel Escribano, a quien injustamente dejaron fuera de Madrid, o el de Paco Ureña, al que inmoralmente excluyeron de la corrida de la Beneficencia, programada este año para el domingo 18 de junio con dos puestos libres, para incluir a los triunfadores de san Isidro, a la que se cambió la fecha un día, al sábado 17, para favorecer la contratación de Sebastián Castella, legítimo triunfador pero anunciado previamente en la plaza de Istres para el día señalado, que se cambió por estar apoderado por Matilla, uno de los taurinos más poderosos del complejo entramado del toreo.

Rotundamente, no. En esta época el toro no pone a cada uno en su sitio, como cuando hace años un torero triunfaba en Madrid o Sevilla, pues los empresarios actuales, a diferencia de los de otras calendas, no solo son empresarios, sino apoderados —¿o simplemente comisionistas, si hablamos claro?— de uno o varios toreros, algunos son ganaderos —algo otrora reservado a las grandes figuras del toreo, que  hoy no está al alcance de la mayoría de los diestros destacados—, acaparadores de corridas, que compran para revender cuando escasean las de otras ferias, y miembros de un excluido grupo, donde cobra primacía el intercambio de toreros entre los que controlan las ferias de la temporada, aunque ello vaya en detrimento de los intereses de otros toreros, de la afición y, en definitiva, de la propia Fiesta. 

Juan Ortega. Foto Diario "El Mundo"

El incontestable triunfo de Manuel Escribano en la feria de Sevilla, que no fue sino otro más en el eslabón de la gloriosa trayectoria del  admirado torero de Gerena, denunciaba su vergonzosa exclusión en los carteles que confeccionaron para Madrid el señor García Garrido, gestor de viajes aterrizado en el negocio taurino, y el señor Casas, indómito charlatán que ante cualquier micrófono proclama odas exaltando la grandeza y verdad del toreo, aunque después, por ejemplo, no tenga reparos en dejar fuera de san Isidro a Juan Ortega, un espada del gusto de Madrid, porque el sevillano, que posiblemente es quien más despacio y reunido torea de todo el escalafón, decidió poner en otras manos el rumbo de su carrera, esa que el taurino francés tuvo aparcada varios años sin prestar ningún interés hasta la grandiosa epifanía de Linares y posterior confirmación en Jaén del torero de Triana. 

Paco Ureña en la corrida de Victorino. Foto Plaza 1

No, el toro no pone a cada uno en su sitio, porque entonces, por encima de intereses entre grupos de poder, Paco Ureña habría toreado la corrida de Beneficencia como legítimo triunfador de la feria de san Isidro. No se puede ofrecer la vida con más verdad para conseguir un triunfo legítimo, ni torear con mayor entrega y pureza, echando la moneda arriba dispuesto a dejarse matar si fuera necesario, como tan real y espeluznantemente hizo el de Cartagena en la seria y brava corrida de Victorino, donde no salió de la plaza a hombros por la puerta grande por la insensibilidad de un horroroso aficionado, el presidente  de la corrida, que ya debería estar cesado, obstinado en no atender una petición a todas luces mayoritaria y negarle el trofeo que le habría permitido salir en volandas, decisión que sirvió en bandeja a la empresa la exclusión del gran torero murciano, para cambiar la fecha y satisfacer compromisos empresariales de mayor calado entre los colegas que mueven los hilos del negocio. «¡Indecente!», así lo calificó el maestro Paco Ojeda en los micrófonos del programa «Clarín» de RNE.

No, el toro no pone a cada uno en su sitio. Aquí los que ponen y quitan son los insensibles comisionistas del toreo, los que gestionan las plazas para poner y quitar a los suyos, favorecer a otros cobradores de porcentajes como ellos, que con toda seguridad revertirán el favor, mantener a raya a los apoderados independientes, y organizar las ferias excluyendo a quienes demostraron su inmensa torería en el ruedo y ante el toro —que es donde tienen que hablar los toreros tener méritos sobrados para estar anunciados en los mejores carteles. 

jueves, 1 de junio de 2023

MEJORES ÉPOCAS

Por Antonio Luis Aguilera

Plaza de "Los Califas" de Córdoba

Terminada la mini feria taurina de Córdoba, con el amargo sabor de la decepción por la mala presentación de las corridas de toros, lo que ha causado malestar y desconfianza con la empresa y los equipos presidenciales, que han hecho la vista gorda aceptando la lidia de animales impropios de la categoría de la plaza, es de suponer que las puertas del recinto no volverán a abrirse este año para ningún festejo. No será porque económicamente se haya dado mal, que no lo ha parecido, ni porque falten novilleros y becerristas cordobeses que tras los duros meses de calor puedan citarse con la afición, sino porque esta es la política de las empresas que sucesivamente explotan el coso: ninguna quiere saber nada de toros después de feria. Y si el contrato con la propiedad de la plaza no obliga a otra cosa, pues el que quiera más que venga el año que viene.

De esta forma, como la pescadilla que se muerde la cola, el abandono por falta de programación incentiva el deterioro taurino de la ciudad que fue definitiva en el toreo, que mientras aguarda la llegada de otro príncipe azul, que no suele aparecer espontáneamente, seguirá viviendo del recuerdo de su historia, esa que cada vez es menos conocida, porque los aficionados mayores van desapareciendo y los jóvenes, que últimamente acuden en buen número a la plaza, ante la falta de actividad es muy probable que puedan terminar aburriéndose, y dejen de interesarse por formarse de verdad, por conocer a fondo el toreo, su historia y tradición, la liturgia, sus normas, su arraigo cultural y el respeto que merecen los valores de la Tauromaquia como escuela de vida.

Manuel Benítez "El Cordobés". Foto Framar

A partir de este mes de junio, la plaza será otro año la más amplia sala de conciertos de la ciudad en las noches de verano. Nada que ver con los festejos que se programaban en los primeros años de existencia del coso, cuando en el estío se anunciaban novilladas y becerradas nocturnas con rifas de regalos. Ahora, aquellas taquillas de sol y de sombra se han convertido en bares y restaurantes, que aprovechan las amplias terrazas de los aledaños de un recinto ideado en años de vacas gordas, aprovechando el tirón de Manuel Benítez Pérez, un genio del toreo que llenaba las plazas cualquier día de la semana anunciándose con “dos más”. Los socios propietarios debieron suponer que la inercia taquillera de «El Cordobés» continuaría, y no dudaron en levantar la magnífica plaza de «Los Califas», posiblemente la más cómoda y de mejor accesibilidad de España, que habría de notar desde 1971 la retirada de los ruedos del «Huracán de Palma del Río», que la llenó en siete ocasiones de las trece en que hizo el paseíllo como matador de toros, mientras en cuatro rozó el lleno, y en dos el aforo se cubrió en tres cuartos. Su balance: 23 orejas y 8 rabos. 

La plaza en la actualidad, después de la feria taurina

Sin embargo, aunque parezca mentira por el impresionante tirón taquillero de Benítez, el cartel de «no hay billetes» se colgó en las taquillas de «Los Califas» por primera vez el 25 de mayo de 1985, con una corrida de Victorino Martín de Andrés, ganadero que había impactado en Córdoba desde el año anterior que se presentó. Aquella tarde  salieron a hombros José Antonio Campuzano, vestido de lila y oro, que cortó una oreja al primero, dio la vuelta al ruedo en el tercero, y cortó las dos orejas al quinto; y su hermano Tomás, que con un terno tabaco y oro cortó una oreja al segundo, otra al cuarto y las dos al sexto. Les acompañaron en volandas por la puerta grande el propio Victorino Martín y Julio Presumido, mayoral de la ganadería, tras una corrida de las que hace afición, donde en reconocimiento al gran juego del encierro fue premiado con la vuelta al ruedo el sexto: Bailaor, número 121, 538 kilos, negro bragado. 

Alternativa de Finito de Córdoba. Foto Arjona

Tras cuatro años de romance con la afición cordobesa (1984/1987), Victorino rompió lazos el 28 de mayo de 1988, cuando decidió retirar la corrida de la tarde por haber sido rechazados dos ejemplares por falta de trapío, negándose a  completar el encierro con otros toros de su hierro. Por fortuna no iba a tardar la plaza en reverdecer sus tardes de gloria, pues estaba por llegar el torero que más veces la ha llenado colgando el cartel de «no hay billetes»: Juan Serrano Pineda «Finito de Córdoba», que lo consiguió de novillero con picadores, la tarde del 23 de mayo de 1990, en un inolvidable y maravilloso mano a mano con Rafael González «Chiquilín», el espigado torero de la «Piedra Escrita» (Santa Marina). De matador de toros, el espada de «El Arrecife», (La Carlota-Córdoba), colgaría el cartelito en seis ocasiones: el 23 de mayo de 1991, la tarde de su alternativa, otorgada por Paco Ojeda con Fernando Cepeda de testigo y toros de Torrestrella, —por cierto, ese año pasaría a la historia del coso por lograr el récord de venta de abonos con 6.500 títulos—; a las que habría de sumar el 30 de mayo de 1992, alternando con Emilio Muñoz y «Espartaco» con toros de Juan Pedro Domecq; 28 de mayo de 1993, con idéntico cartel y toros de Daniel Ruiz y José Luis Marca; el día siguiente, 29 de mayo, en reñido mano a mano con Rafael González «Chiquilín», con toros de Juan Pedro Domecq y uno de Sancho Dávila; 27 de mayo de 1995, mano a mano con Rivera Ordóñez con toros de Juan Pedro Domecq; y por último el 26 de mayo de 2009, actuando con José Tomás y José Luis Moreno, con toros de Las Ramblas

Mas no queda ahí la cosa, porque además de ostentar el récord colgando el cartel de «no hay billetes» (uno de novillero y seis de matador), Juan Serrano también llenó el coso como novillero el 22 de junio de 1990, en su segundo mano a mano con Rafael González «Chiquilín»; y como matador en otras tres ocasiones: 29 de mayo de 1992, actuando con Paco Ojeda y «Joselito» lidiando toros de Torrestrella y uno de Herederos de Carlos Núñez; 25 de mayo de 2000, con Enrique Ponce y «El Juli», con reses de Torrestrella; y el 28 de mayo de 2008, actuando con José Tomás y Daniel Luque con un encierro de Jandilla y Vegahermosa. A este apabullante palmarés hay que añadir un importante número de corridas donde la plaza registró tres cuartos de entrada. Así pues, «Finito de Córdoba» y Manuel Benítez «El Cordobés», por este orden, han sido los toreros de mayor tirón taquillero en la historia de la plaza cordobesa (1965/2023).

"Finito" y "Chiquilín" de novilleros. Foto A.J. González (D. Córdoba)

Hemos recordado las épocas doradas de «Los Califas», pero además hubo otras donde la plaza registró grandes afluencias de público, para vivir ilusionada el toreo de otros espadas de la tierra, como José María MontillaGabriel de la Haba «Zurito», Manuel Cano «El Pireo», Florencio Casado «El Hencho», Fernando TortosaAgustín Parra «Parrita», José Luis Moreno... Lo importante es la actividad, que se trabaje con los chavales de la cantera que quieren ser toreros buscando el compromiso de instituciones públicas, propietarios de la plaza, peñas y barrios para organizar festejos menores y fomentar la ilusión con los novilleros cordobeses. En definitiva, que además de cuidar la programación de la feria de mayo y no defraudar como este año con la mala presentación del ganado, se trabaje por Córdoba con la misma ilusión que llegó para regentar la plaza José María Garzón, cuando le fue adjudicada por vez primera una de la máxima categoría. Por otra parte, la Delegación de Gobierno de la Junta de Andalucía debe evaluar la actuación de los equipos presidenciales designados, que este año han logrado poner de acuerdo a toda la crítica en los dos días que ha durado la feria.

Plaza de toros en 1965, año de su inauguración. Foto Paco Muñoz

Aprovechando los recuerdos importantes de la plaza cordobesa, insistimos una vez más que su aforo no es de 16.900 localidades, como se reproduce en libros, revistas y portales taurinos. Se trata de un dato erróneo consignado en la enciclopedia «Los Toros» de don José María de Cossío. Esa fue la cifra proyectada por el arquitecto don José Rebollo Dicenta, cuando se contemplaban la mitad de los vomitorios construidos. Finalmente, el aforo quedó en 14.842 localidades, dato que nos facilitó don Antonio Pérez-Barquero Herrera, que lo verificó personalmente siendo empresario con sus cuñados, los hermanos José y Manuel Flores Cubero «Camará»Más tarde, en 2003, el aforo volvió a disminuir hasta 14.621 localidades por las reformas ejecutadas para facilitar el acceso a personas con limitaciones físicas, lo que nos fue confirmado por don Tomás González de Canales, presidente del Consejo de Administración de la Sociedad Propietaria de la plaza.

lunes, 24 de mayo de 2021

NO PODRÁN DETENER LA PRIMAVERA

Por Antonio Luis Aguilera

Juan Ortega en Las Ventas

Pocas corridas de la madrileña feria de Vista Alegre han tenido buena respuesta de público. A la empresa corresponde averiguar las causas de la fría acogida de su programa, pero el San Isidro que nació con intención de tumbar en la lona a los gestores de la monumental de Las Ventas, se ha dado sin colas ni reventas, y los llenos que podían esperarse con el aforo reducido solo se dieron en alguno de los festejos de figuras.

Afortunadamente las vacunas están dando luz al oscuro túnel del Covid. Pero mientras las plazas abren sus puertas, la primera del mundo permanece cerrada como lo estuvo en abril la de Sevilla, esa preciosa joya que anunció carteles de farol a principios de primavera —pues de farol era imponer aforos a la Junta de Andalucía—, y que de momento solo está para ser fotografiada desde ambas orillas del río. No obstante, además de la pésima gestión de los que cortan el bacalao en el sindicato de empresarios, nos queda la esencia del toreo. El toreo por el que lucha gente de todos los colectivos dispuesta a dar lo mejor de sí misma.

Ahí están empresarios como José María Garzón y Alberto García, navegando en un mar de dificultades controlado por viejos bucaneros, que no solo han puesto en marcha esta temporada, sino que también lo hicieron el año pasado. Ganaderos que han resistido a la tragedia y la ruina de enviar camadas bravas al matadero. Picadores, banderilleros y mozos de espadas, que de la noche a la mañana se veían sin sustento para sus familias, porque el gobierno de la nación denegaba las ayudas económicas por el Covid al toreo. Y por supuesto la televisión, Canal Toros Movistar, que ha estado y sigue estando con el toreo, alimentando la llama con su programación para que llegue a todos los aficionados.

Pablo Aguado en Vistalegre. Foto Cultoro

A pesar de todo, la primavera del toreo ha vuelto a florecer exuberante, gracias a un maravilloso elenco de toreros, capaces de aficionar a la gente joven y llevarla a las plazas, que reciben con alegría a esas nuevas generaciones que se acercan al toreo. Los nombres de Emilio de Justo, Juan Ortega, Pablo Aguado o Ginés Marín, se suman a los de Morante, El Juli, Roca Rey, José María Manzanares, Diego Urdiales, Paco Ureña y otros más, para ofrecer un selecto catálogo de torería que promete emoción por la expresión de un arte singular, con sello propio.

Una nueva primavera con molestas mascarillas y aforos reducidos, donde se está toreando primorosamente de capa, con una despaciosidad desconocida, a toros con más de cinco años cumplidos —a mayor edad, mayor sentido— para que la afición pueda degustar excelsos lances a la verónica, algunos de tan añeja torería que parecen escapados de las viejas fotografías que explican la historia. Una primavera de verónicas en flor interpretadas con ritmo y acento personal, tan magistral como el de los grandes que dejaron su huella en el toreo. Una primavera de aterciopelado manejo de la muleta, conducida por muñecas de seda y clavando las zapatillas en la línea roja de la que habla Paco Ojeda, donde un trozo de tela sujeto a un palo es guiado con las yemas de los dedos para inmortalizar el toreo intemporal de Juan Ortega, cuyo arte versificado en estrofas pide poetas que le canten.

Juan Ortega en Vistalegre. Foto Mundotoro

Sin estar libres de la pandemia empezamos a ver la luz gracias a empresarios como José María Garzón y Alberto García, a quienes han seguido los hermanos García Jiménez. El toreo no puede estar paralizado por el inmovilismo de los miembros del selecto club, incapaces de ponerse a trabajar, necesita poner en marcha la locomotora de su actividad para remolcar a todos los estamentos. Llegará el día que algunos rendirán cuentas de su nefasta gestión. Mientras tanto ha de cundir el ejemplo de los nuevos, de los que han llegado con ganas de atraer a la juventud y llevarla a las plazas, como ha sucedido en la plaza de Córdoba, ofreciéndole abonos baratos y carteles de expectación. En el toreo no deben renovarse solo los escalafones de espadas y ganaderías, sino también el de empresarios que no han sabido estar a la altura en las terribles circunstancias que han tocado vivir.

Por fortuna, cuando la oscura noche parecía impedir la luz del día, la grandeza del toreo ha vuelto a florecer recordando los versos de Pablo Neruda: «Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera».

domingo, 25 de abril de 2021

TREINTA AÑOS DE LA ALTERNATIVA DE “FINITO”

Por Antonio Luis Aguilera 

Alternativa de Finito de Córdoba. Foto Arjona

El 23 de mayo se cumple el 30 aniversario de la alternativa de Finito de Córdoba, acontecimiento que debe ser recordado como uno de los capítulos más importantes de la historia de la plaza de Los Califas, por la expectación que levantó en la afición la proyección como primerísima figura del toreo que se adivinaba en aquel novillero, que había despertado a Córdoba de su letargo taurino para entusiasmarla con la belleza de su toreo. Tal fue el alboroto, que la afición se entregó con Juan Serrano Pineda como nunca hizo con ningún torero cordobés: caravanas de autocares —más de ochenta para su presentación como novillero en Las Ventas— y miles de aficionados en sus vehículos para arroparlo en la Maestranza de Sevilla o Madrid; un tren AVE de ida y vuelta en el mismo día fletado por su peña para acompañarlo en la capital del reino; y hasta un vuelo transatlántico organizado para animarlo en su presentación en la plaza monumental de México.

El idilio con Juan Serrano comenzó la tarde de su presentación como becerrista en Los Califas, el 10 de septiembre de 1988, actuación que por el eco que tuvo, debido al boca a boca de lo que contaban los poco más de tres mil aficionados que acudieron, fue repetida el 1 de octubre, fecha donde haría su primer paseíllo con otra ilusionante promesa de la tierra: Rafael González Chiquilín. Lo de menos fueron las seis orejas cortadas en su doble comparecencia por el chaval de quien todo el mundo opinaba, porque de Finito se hablaba en bares, tabernas, peluquerías, mercados, zapaterías o en cualquier esquina.  Ante el lío formado, inmediatamente se anunciaron becerradas en localidades cercanas a la ciudad como Palma del Río, Bujalance o La Carlota, donde las placitas portátiles se quedaban chicas para acoger las avalanchas de espectadores que lo seguían. Nadie quería perderse las elegantes maneras del cordobés nacido en Sabadell, oriundo de la carloteña aldea de El Arrecife: Finito había revolucionado la ciudad y su provincia. Cómo sería que siendo becerrista se inauguró su primera peña taurina, ubicada en la Bodega de Rafael Guzmán de la calle Judíos, y fue tal el alboroto por la gente que colapsaba la estrecha calle, que antes de cerrar las puertas por falta de espacio, los organizadores hubieron de permitir el acceso sin invitación al acto de no pocos seguidores. De la noche a la mañana, como el milagro de los panes y los peces, la afición taurina se había multiplicado en Córdoba sorprendiendo a la habitual, que prudentemente observaba como los neófitos presumían de saber de toros más que Cúchares y Guerrita juntos, mientras aseguraban ser “aficionados de toda la vida”, que dejaron de ir a los toros porque les aburrían "los jornaleros del toreo". 

Calle Judios de Córdoba

Tras debutar con picadores en Marbella en la primavera de 1989, apoderado por el matador de toros cordobés Gabriel de la Haba Zurito, Juan Serrano se presentaba con los del castoreño en la feria de mayo ante el público cordobés. La respuesta en taquilla —media plaza, el doble de la afluencia habitual— sorprendía a los empresarios, que observaban el creciente poder de convocatoria del novillero, que ese año ajustó tres paseíllos en la plaza de Ciudad Jardín, saldando con éxito sus actuaciones aunque solo cortara una oreja por el pobre manejo de la espada. Idéntico número de actuaciones sumaría en Los Califas la siguiente temporada, consagrado ya como primera figura del escalafón, donde lidió ocho utreros y paseó seis orejas. Finito destacaba por la belleza y elegancia de su toreo de capote y muleta; también por los dos llenos absolutos que registró la plaza, aunque solo una tarde se pusiera el cartel de “no hay billetes” —"un despiste", según la empresa—, para testificar sus reñidos mano a mano con el espigado Rafael González Chiquilín, torero del castizo barrio de Santa Marina, que con su aire amanoletado también encendió la pasión entre legiones de istas o "aficionados de toda la vida", que en los comienzos de los años noventa tomaron la ciudad hasta lograr dividirla en dos bandos irreconciliables. Aún recordamos cómo se metían con el novillero rival ante cualquier fallo para hacerle la tarde imposible... De locos. Aunque, ¡qué nostalgia de aquel encendido ambiente de locura por el toreo!

Finito de novillero con los tertulianos de Tercio de Quites. Foto Marogo

Finitistas, chiquilinistas y aficionados en general —mal vistos por los istas o vendas, que aseguraban que quien no era de su torero lo era del otro— aguardaban con inusitada expectación la llegada del jueves 23 de mayo de 1991, fecha de la alternativa de Juan Serrano, apoderado entonces por Manuel Flores Camará, que le ajustó dos corridas en la feria, agotándose en ambas el billetaje y colgándose en taquilla el cartel de “no hay billetes”. Tal fue la preocupación del público por quedarse sin localidad para el doctorado, que aquella feria se vendieron 6.500 abonos, cifra desconocida en la plaza y que no ha vuelto a registrarse en sus taquillas. Los precios de las localidades sueltas se establecieron en 6.500 pesetas (39 euros) el tendido de sombra y 3.000 pesetas (18 euros) el de sol. Y todas se vendieron, porque nadie quería perderse aquella alternativa. 

Por la mañana, durante el apartado y sorteo de la corrida, fuimos testigos de una anécdota poco conocida: Manolo Camará, apoderado de Finito y Fernando Cepeda, preguntó a José Luis Marca, apoderado de Paco Ojeda y siguiente mentor del propio Finito, si el padrino iba a respetar la tradición de dejar elegir al toricantano el toro de la ceremonia. El apoderado maño, con su habitual desahogo, contestó a Camará que entre sus dos toreros tenía cuatro toros para elegir el que más le gustara. Curiosamente la única oreja cortada esa tarde fue para el genio de Sanlúcar en su primer toro, el que por hechuras agradaba al sagaz apoderado cordobés.

Alternativa de Finito. Foto Framar

Una ensordecedora ovación saludó el paseíllo de Finito (blanco y oro), escoltado a su izquierda por Paco Ojeda (gris perla y oro), padrino de la celebración, y a su derecha por Fernando Cepeda (tabaco y oro), que actuaría de testigo. Pero como el hombre propone y el toro descompone, Infundioso, ejemplar de la ceremonia, un burraco alto de agujas y corto de cuello, con 500 kilos, marcado con el número 51, hizo honor a sus feas hechuras y se defendió por ambos pitones sin dar opción al toricantano. Con el sexto, Desganado, número 10, negro zaino, de 569 kilos, un ejemplar serio y noble, Finito dejó unas hermosas verónicas; tras brindar al respetable, sacó al toro a los medios para ejecutar tres series en redondo de bonita factura, una al natural, pitón por donde se frenaba, y terminó el trasteo con unos ayudados que precedieron a tres pinchazos y una estocada. Al caer la noche quedaba escrito el prólogo de la carrera profesional de Juan Serrano, que en sus primeros años como matador de toros continuaría llenando la plaza cordobesa, de la que fue dueño y señor, organizándose en esa década el mayor número de corridas de su historia. 

Al recordar estos treinta años con perspectiva histórica divisamos las luces y las sombras de una larga trayectoria. No obstante, los aficionados íntegros, los que por experimentados huyen del botafumeiro de los halagos que tanto daño hacen a los que comienzan y opinan libremente —las legiones de istas o vendas se fueron difuminando conforme llegaron los primeros fracasos—, no olvidan la elegancia natural de Juan Serrano, su magistral manejo de las telas, y ese toreo clásico y majestuoso que, por excepcional, invitó a Córdoba a soñar con otro espada llamado a ser dueño y señor de la Fiesta, lo que por aquí, a los que han mandado en solitario, se conoce como Califa. El sueño no se hizo realidad, pero nadie podrá olvidar las torerísimas tardes de verónicas de ensueño o largas cordobesas que hubiera firmado el propio Lagartijo, y tantas faenas mágicas que por su belleza levantaron de sus asientos a los aficionados, entusiasmados al ver el vuelo de una muleta planchada peinando el albero, para engarzar como el mejor orfebre maravillosas series de redondos y naturales. 

Ojalá sean favorables las circunstancias para que el aniversario pueda ser conmemorado en el redondel con la pureza de aquel toreo, menos técnico pero más auténtico, que hace tres décadas cautivó el alma de Córdoba.

lunes, 7 de enero de 2019

¿EL MEJOR?

Por Antonio Luis Aguilera
 
Juan Belmonte
El concurso que en las postrimerías de 1999 convocó en Internet la Peña Taurina de Holanda para elegir al mejor torero del siglo XX, además de la extrañeza que producía por celebrarse en un país sin tradición taurina, invitaba a reflexionar sobre un tema que en ocasiones se trata con más ligereza que rigor histórico. El resultado, que seguramente habría sido ignorado por los medios de comunicación especializados de haberse conocido durante la temporada, presentaba como vencedor a Juan Belmonte con algo más de doscientos puntos, cifra que traducida a votos desvela el escaso interés despertado por esta curiosa convocatoria. Por orden de puntuación, al grandioso torero de Triana le siguieron: Manolete, Joselito el Gallo, Antonio Ordóñez, Curro Romero, Manuel Benítez El Cordobés, Enrique Ponce, José Miguel Arroyo Joselito, Antonio Bienvenida y Espartaco.

Monumento en el barrio de Triana a Juan
Belmonte. Escultura de Venancio Blanco
Efectivamente, Juan Belmonte ha sido uno de los mejores toreros del siglo XX, pero de ahí a afirmarse que ha sido “el mejor” media una distancia considerable. Sencillamente porque el mejor torero del siglo solo puede existir en la imaginación de aquellos que pretenden poner puertas al campo. Es más, estamos seguros que de haber existido tan rimbombante título y habérsele adjudicado en vida al genial trianero, este lo habría aceptado con la condición de que fuera extensivo a otros primeros espadas que, como él, también fueron los mejores en sus respectivas épocas, empezando por Joselito el Gallo, con quien solidariamente protagonizó la segunda edad de oro del toreo. Porque cada tiempo tuvo su toro, su torero o toreros, e incluso su propio público, no debe propagarse la confusión ignorando la cronología del toreo e instaurando jerarquías imposibles entre los protagonistas de los distintos capítulos de la Tauromaquia.

 Enorme acento personal y torería de Juan Belmonte 
La llegada al toreo de Juan Belmonte causó verdadero asombro en el público de su tiempo. Fue tal la conmoción que le llamaron Terremoto, debido a la fuerza telúrica que brotaba de un temple misterioso, manifestado tras acortar las distancias y colocarse en unos terrenos considerados tabú en aquella época, donde citó y esperó las acometidas adelantando un capote mágico, capaz de cincelar escalofriantes y hermosas verónicas, que se sucedían hasta que su genuina e insuperable media abrochaba el ramillete y encendía la locura en los tendidos. Los viejos aficionados volvieron a las plazas para comprobar si era cierto lo que escuchaban, la gente toreaba por las calles, y los escolásticos se apresuraron en recordar que así no se podía torear mientras rememoraban las tragedias de Manuel García El Espartero y Antonio Montes Vico, espadas sevillanos a los que el toro no permitió que llevaran a cabo su revolución. 

José y Juan, dos grandes entre los más grandes del toreo
Verdaderamente los comienzos de Juan fueron tan inciertos que hicieron presagiar lo peor, pues carecía de la técnica elemental para enfrentarse al toro y este lo cogió demasiado y de malas formas. Sin embargo, El Pasmo de Triana pudo revelar la trascendental importancia de su temple, innata cualidad que gustaba llamar la golosina porque con ella encelaba a los toros, al saciar su sed de conocimientos en la fuente de Joselito, el hontanar donde manaba el agua más fresca y cristalina del toreo. Como escribió Gregorio Corrochano, no se equivocó Guerrita cuando recomendó que se dieran prisa a los que quisieran verlo, sino que quien salió equivocado fue Belmonte.

Desplante de Juan Belmonte en la Maestranza de Sevilla
Por otra parte, el toro del tiempo de José y Juan había evolucionado en hechuras y nobleza respecto al de épocas pretéritas. También la técnica de los profesionales, gracias a la experiencia acumulada y transmitida  por los formidables espadas que les precedieron, cuyo magisterio, de incalculable valor, serviría como instrumento en la búsqueda de una lidia más sosegada y estética  –profetizada por Guerrita en su Tauromaquia-, capaz de conjugar el misterioso temple de Juan con la sabiduría de José, dos estilos que iban a llenar de contenido una época, y que complementados permitirían cambiar el rumbo hacia un toreo nuevo, con mayor sentido artístico, que no brotó espontáneamente, sino que fue fraguándose lentamente y templándose con la sangre que para ello hubieron de tributar muchos toreros valientes.

Machaquito otorga la alternativa a Juan Belmonte
Belmonte y Joselito fueron los mejores de su época, que comienza el 16 de octubre de 1913, cuando Machaquito otorga a Juan la alternativa, y termina el 16 de mayo de 1920, cuando Bailaor y José se encuentran en la plaza de Talavera. La desaparición de Gallito viste de luto a la Fiesta. ¡Se acabó el toreo!, afirma con la voz entrecortada Rafael Guerra en su club de la calle Gondomar, cuando conoce la muerte del único torero que lo había sacado de Córdoba para ir a los toros. Pero las lágrimas impiden que el viejo maestro vea que el siglo no ha hecho nada más que empezar, y que otros extraordinarios espadas recogerán el testigo para protagonizar hermosos capítulos de una historia que no ha terminado, a la que darán nuevas vueltas de tuerca hasta implantar definitivamente la ligazón de los pases, otorgando sentido de unidad a la faena de muleta. Con Joselito de cuerpo presente, el 17 de mayo de 1920 comenzaba otra época, bautizada como la edad de plata del toreo, a la que otra fecha trágica pondría punto final: 17 de julio de 1936, víspera de la brutal guerra que algunos se empeñaron en llamar civil.

Joselito y Bailaor. Talavera de la Reina. Foto Campúa
Indiscutiblemente Belmonte ha sido uno de los grandes arquitectos del toreo contemporáneo. Pero no el único. La abundante literatura belmontina lo considera el padre del toreo moderno, mas en el toreo de hogaño cobra primacía la faena de muleta, y las hemerotecas demuestran que las del trianero fueron de las más cortas de la historia. Analizando la evolución del toreo con rigor y perspectiva histórica observamos como el temple y la quietud de Juan revolucionaron este arte, aunque para ello fue necesario que el trianero asimilara la prodigiosa técnica de Joselito. Aquella obra de ambos fue continuada por Manuel Jiménez Chicuelo, Manuel Rodríguez Manolete, Manuel Benítez El Cordobés y Paco Ojeda, grandiosos espadas que, con mayor o menor grado de influencia, contribuyeron en la construcción de la sólida estructura sobre la que descansaría el toreo ligado en redondo, que otros espadas quizás hayan interpretado con superior dimensión artística, pero que no habría sido posible sin la cimentación aportada por aquellos que durante el siglo XX revolucionaron el arte de torear.     


Artículo galardonado en el año 2001 con el VIII Premio Periodístico y Literario "Pepe Guerra Montilla" del Círculo Taurino de Córdoba.

                                                            

viernes, 26 de octubre de 2018

RABOS CORTADOS EN "LOS CALIFAS" POR MATADORES DE TOROS

Por Antonio Luis Aguilera

Morante con el último rabo otorgado en Córdoba. Foto Fidel Arroyo.

El 1 de junio de 2013 fue otorgado el último rabo en la plaza de toros de Córdoba al espada sevillano Morante de la Puebla, que con el número doce mas uno se incorpora al distinguido club de los matadores de toros que, hasta la temporada de 2018, han cortado los máximos trofeos en el coso califal, selecto escalafón que lidera en solitario Manuel Benítez El Cordobés

En la década de los años sesenta del pasado siglo se otorgaron 13 de los 22 rabos que en total han paseado triunfalmente matadores de toros, dato que puede ofrecer varias lecturas, como la calidad de los espadas que protagonizaron aquella época, la competencia que existía, el carácter festivo de un público que premiaba lo que le gustaba, o la ligereza en sacar el pañuelo de los presidentes para agradar al respetable. Sea lo que sea, muy distintos son los datos de décadas posteriores: en los años setenta se cortaron 2 rabos, en los ochenta 3, y en los noventa 2. En la primera decena del nuevo milenio 1, y en la segunda 1. 

Otra lectura que revela este estudio es la importancia que tuvo de la ganadería de los Herederos de don Carlos Núñez, una de las preferidas por las figuras en los años sesenta, pues a sus toros le cortaron 5 de los rabos concedidos en la plaza cordobesa. La divisa gaditana, formada con vacas y sementales de don Manuel Rincón, Mora Figueroa y Marqués de Villamarta, representa sin duda a uno de los encastes más importantes del toro de lidia, y fue la elegida durante décadas por las máximas figuras para anunciarse en los carteles más significativos. 

El Cordobés, ocho rabos en Córdoba
Pero vayamos con los protagonistas. Manuel Benítez El Cordobés con 8 rabos cortados lidera con autoridad este escalafón. El Huracán de Palma del Río cortó el primero el 9 de mayo de 1965, tarde de la inauguración de la plaza, al toro Catavinos de los Herederos de don Carlos Núñez, idéntico hierro al que cortaría otros tres más, dos en 1967, las tardes del 27 de mayo y 25 de septiembre, y uno en 1968, el 29 de septiembre. También obtuvo los máximos trofeos el 25 de mayo de 1965, tarde de la alternativa de Agustín Castellano El Puri, a un ejemplar de don Manuel Arranz; el 25 de mayo de 1966 a otro de doña Francisca García Villalón, procedencia Curro Chica; el 25 de mayo de 1970 a uno de Juan María Pérez Tabernero; y por último, el 1 de junio de 2002, tras oficiar la alternativa de Enrique Reyes Mendoza, al burraco Potrero, de doña María José Barral. Manuel Benítez El Cordobés no solo fue la locomotora que remolcó el toreo de su tiempo, sino el diestro con mayor poder de convocatoria de la historia del toreo. Triunfó clamorosamente en todas las plazas del mundo y su estadística en el coso califal resulta mareante: 13 corridas, 27 toros lidiados, 23 orejas y 8 rabos

Manuel Cano El Pireo. Revista El Ruedo
Al carismático torero de Palma del Río le siguen en este selecto escalafón Manuel Cano El Pireo y Juan Serrano Finito de Córdoba, con dos rabos cada uno. El torero del barrio de Las Margaritas cortó los máximos trofeos a un ejemplar de la ganadería de don Manuel Arranz la tarde del 25 de mayo de 1965, repitiendo balance la del 26 de mayo de 1967 con un toro de doña María Teresa de Oliveira. El Pireo despertó enorme pasión en la afición cordobesa por el arte y la gracia de su toreo. Actuó en la nueva plaza 9 tardes, lidiando 22 toros y cortando 20 orejas y 2 rabos.

Con idéntico número de rabos -uno simbólico-, figura otro espada no menos artista y elegante, Juan Serrano Finito de Córdoba, ambos obtenidos en 1994. El primero, el 27 de marzo a Chupador, de Guadalest, tras un trasteo que contó con diecinueve muletazos y una gran estocada, lo que indica la calidad y emoción de la faena. El segundo, dos meses después, el 28 de mayo, fecha que se concedió el primer indulto en el coso cordobés, a Tabernero de don Gabriel Rojas, tras una larga faena que encendió la pasión del público por su fina elegancia y excelente trazo. Hasta la temporada de 2018, Finito ostenta un récord de actuaciones en Córdoba, que será muy difícil de superar por ningún otro espada: 59 corridas, en las que lidió 135 toros, cortando 55 orejas y 2 rabos.

 Finito de Córdoba, de novillero, corta un rabo en Barcelona 
Otros diez matadores consiguieron pasear un rabo en la plaza de la antigua Huerta de la Marquesa. Ordenados por orden cronológico son: Gabriel de la Haba Zurito, Francisco Rivera Paquirri, Antonio Ordóñez, Diego Puerta, Florencio Casado El Hencho, Antonio José Galán, Paco Ojeda, Vicente Ruiz El Soro, Tomás Campuzano, y Morante de la Puebla.

Gabriel de la Haba Zurito
Gabriel de la Haba Zurito lo consiguió con Corredor, de la ganadería de Herederos de don Carlos Núñez, la tarde del 9 de mayo de 1965, fecha histórica para Córdoba por  inaugurarse la nueva plaza y porque aquella mañana fue coronada canónicamente la venerada imagen de la cordobesa Virgen de los Dolores. El penúltimo representante de la torerísima dinastía de los Zurito, que reaparecía tras sufrir un serio percance en la cabeza en la plaza de Jaén, reencontró el sitio y ese toreo, recio y hondo, de enorme pureza y verdad, que junto con su gallardía manejando la espada le hace ocupar un lugar de privilegio en el recuerdo de la afición. Gabriel de la Haba Vargas sumó 14 corridas de toros en la nueva plaza, estoqueando 28 ejemplares a los que cortó 24 orejas y 1 rabo. 

Un diestro muy querido por la afición cordobesa, Francisco Rivera Paquirri, cuya raza y ambición por mandar en el toreo se adivinaban desde novillero, no permitió que El Pireo, que el 26 de mayo de 1967 había cortado los máximos trofeos, se proclamase triunfador solitario, y tras una faena de poder y torería cortó el segundo rabo de la tarde a un encastado ejemplar de doña María Teresa de Oliveira, origen Parladé. El diestro de Barbate, que años más tarde encontraría la muerte en Pozoblanco, actuó 12 tardes en Los Califas, lidiando 24 toros,  y cortando 17 orejas y 1 rabo

Antonio Ordóñez y Paquirri con Francisco y Cayetano Rivera Ordóñez en Ronda
Dos días después del triunfo de Paquirri, el  28 de mayo de 1967, Antonio Ordóñez haría lo propio al toro Boticario, del hierro de don Carlos Urquijo, tras una faena plena de majestad, hondura, temple y dominio.  El maestro de Ronda, que años más tarde sería suegro de Francisco Rivera, sumó 3 corridas en la plaza de Ciudad Jardín, lidiando 6 toros con un balance de 3 orejas y 1 rabo.

Diego Puerta pasea un rabo en Sevilla
No sería el último rabo de la temporada de 1967, pues en la desaparecida feria de septiembre, la tarde del 25, Diego Puerta paseó el albero con los máximos trofeos de un astado del Conde de Mayalde, encaste Contreras, tras entusiasmar con la gracia y raza de su toreo. Diego Valor, como fue llamado en su época, actuó 6 tardes en la nueva plaza, enfrentándose a 12 toros a los que cortó 7 orejas y 1 rabo.

El 1 de junio de 1969 se doctoraba Florencio Casado El Hencho, que cuajó una importante actuación, pues tras cortar una oreja a Idiota, el toro de la ceremonia, consiguió las dos y el rabo del último ejemplar, ambos del hierro de Gerardo Ortega. El torero nacido en Santa Marina, actuó en Córdoba 8 tardes, lidiando 16 toros y cortando 13 orejas y 1 rabo.

Antonio José Galán. Foto Chapresto
Otro espada cordobés, Antonio José Galán, natural de Bujalance, cortaría los máximos trofeos a Madrileño, bravo ejemplar de la añorada y encastada ganadería cordobesa de don Francisco Martínez Benavides la tarde del 26 de mayo de 1973. El recordado diestro, célebre por rematar las faenas entrando a matar sin muleta o con un pañuelo, actuó en el nuevo coso 9 tardes, lidiando 19 toros a los que cortó 15 orejas y 1 rabo.

Paco Ojeda era el gran atractivo de la feria de 1983, pues se anunciaba dos tardes tras formar un lío y triunfar clamorosamente en la de abril de Sevilla, donde impresionó con su toreo revolucionario. El diestro de Sanlúcar de Barrameda lo expuso con claridad la tarde del 26 de mayo ante un bravo ejemplar de González Sánchez-Dalp, antes de pasear triunfalmente el ruedo con los máximos trofeos. El último revolucionario del toreo actuó como matador en el coso cordobés –también lo hizo como rejoneador-  en 13 corridas de toros, lidiando 27 toros con un balance de 9 orejas y 1 rabo.

Paco Ojeda. Madrid 1983, año de la revolución ojedista
Un día después, el 27 de mayo de 1983, Vicente Ruiz El Soro también cortaría los máximos trofeos a un ejemplar de la divisa de Puerta Hermanos. El valenciano, que forjó sus comienzos como novillero en la plaza cordobesa, donde gozó de gran predicamento por su espectacular forma de banderillear, actuó 6 tardes como matador, lidiando 12 toros y cortando 10 orejas y 1 rabo.

Tomás Campuzano cortó el penúltimo la tarde del 28 de mayo de 1986 a Balconero, de don Victorino Martín. Si inolvidables resultan los encierros lidiados en la década de los ochenta por el gran ganadero de Galapagar, no es menos memorable la faena del torero ecijano, en la que templó largos y ligados muletazos al encastado y noble albaserrada, al que estoqueó de forma soberana. Tomás actuó en la plaza de Ciudad Jardín 9 tardes, lidiando 19 toros con un balance de 12 orejas y 1 rabo.

Plaza de toros de Córdoba. Foto FIT
La nómina de los trece matadores de toros que han conseguido los máximos trofeos la cierra, de momento, José Antonio Morante Camacho, Morante de la Puebla, que el 1 de junio de 2013 recibió las dos orejas y el rabo de Guasón, de don Juan Pedro Domecq. El torero de La Puebla del Río ha sumado en Córdoba 17 corridas, lidiando 33 toros y cortando 13 orejas y 1 rabo.