martes, 2 de junio de 2026

“EL HILO DEL TOREO”


Por Antonio Luis Aguilera




Con satisfacción saludamos la reedición que editorial “El Paseíllo” ha hecho de uno de los mejores libros de toros que se han escrito: “El hilo del toreo”, de José Alameda. Una obra magistral que debería ser leída por aquellos que no la conozcan, y de forma muy especial por esa juventud que desde hace unos pocos de años abarrota las plazas de toros, quiere ahondar en su afición y necesita que les expliquen debidamente el curso histórico del toreo.

 

“El hilo del toreo” ofrece el análisis del brillante escritor y aficionado práctico Carlos Fernández López-Valdemoro (José o Pepe Alameda), que como los grandes y excepcionales profesores explica la lección de forma sencilla y comprensible, argumentándola y desmontando leyendas, mientras razona con amenidad el curso histórico del arte del toreo a pie desde su origen, con la llegada al trono de España de Felipe V, el primer rey de la dinastía de Borbón, y concluye  en los años sesenta del siglo XX, cuando el toreo moderno estaba consolidado y poco tenía que ver con el de sus orígenes con los chulos de a pie.

 

Una acertada novedad de esta reedición de “El hilo del toreo” se halla en el trabajo de sus editores David González Romero y Fernando González Viñas, que refunden otro texto magistral de José Alameda, “Historia verdadera de la evolución del toreo”, editado en México años antes, para ofrecer al lector la versión completa y comparada de ambos libros hermanos, junto a las fotografías originales de “Historia verdadera...”, y las magníficas ilustraciones del dibujante Robert Ryan.

 

Lo recomendamos como un libro excepcional, que consideramos indispensable para quienes no lo conocen y desean profundizar sus conocimientos sobre la evolución de este arte vivo, y los protagonistas que resultaron definitivos en su curso histórico. Una maravillosa obra que editorial “El Paseíllo” ha tenido el acierto de rescatar, para dar a conocer el pensamiento de José Alameda, que con su magistral discurso y buena prosa consiguió que fuera considerada como una referencia en la literatura taurina. 

martes, 28 de abril de 2026

DE BARRO Y ORO

Por Antonio Luis Aguilera

 


Editorial “El Paseíllo” nos ha vuelto a sorprender con otra magnifica publicación taurina, que mantiene la atención del lector desde la primera página hasta el final. Con el título “De barro y oro”, el periodista Nacho de la Serna ofrece un variado ramillete de autorretratos de toreros, donde con exquisita delicadeza y maestría va dejando caer preguntas cortas, limpias y directas, rehuyendo del adorno personal, para conseguir un resultado digno de elogio por el interés biográfico de los personajes entrevistados, y por la profundidad de las declaraciones con que estos hablan sobre su vida de torero, sin esconder las miserias de las traiciones sufridas por los desalmados, que con el disfraz de apoderados, empresarios o cualquier alimaña mangante, nunca han faltado cerca de los hombres del toro.

Entre las veintiséis entrevistas que dan forma a esta joya de libro taurino, el autor ha recopilado la de espadas que fueron figuras del toro junto a las de diestros que no alcanzaron su sueño, a pesar de haber conseguido en su camino éxitos importantes, con salidas a hombros por las puertas grandes de Madrid o Sevilla, triunfos que, desgraciadamente, no revirtieron ni paliaron la situación económica que se supone reservada a quienes logran tan determinantes cerrojazos. Pero existe un hilo común en todos los protagonistas, el respeto a la profesión, al toro y el toreo, y la íntima satisfacción de haber sentido la felicidad que proporciona torear y triunfar, a pesar de los condicionantes, y abandonar los cosos que dan y quitan en la profesión por una de sus dos puertas grandes: la de los flashes fotográficos o la del cuarto del hule.  

“De barro y oro” expone magistralmente las incertidumbres y los miedos de los protagonistas de un mundo único, las anécdotas y recuerdos de quienes alcanzaron la gloria o quedaron en el intento. A través de sus trescientas páginas el interés no decae y se mantiene el ritmo creciente de faenas bien planteadas, de las que el aficionado admira y guarda con profunda emoción, como la que se siente al ver abiertos de par en par corazones que dejan escapar sus recuerdos, los de personajes de distinta condición hablando de su paso por el mundo del toro. 

Un libro delicioso que invita a la lectura sosegada y admirar, aún más si cabe, entre otros, a ManiliJulio Aparicio MartínezJosé Miguel Arroyo JoselitoJaime OstosJosé FuentesNiño de la CapeaPepe Luis Vázquez SilvaCurro RomeroAgustín Castellano El Puri

 

lunes, 23 de marzo de 2026

AHORA LE TOCA A MANOLETE

Por Arturo Pérez Reverte 


Artículo publicado en "Patente de corso" de «El Semanal» (30/7/2006)


Nunca conocí a Manolete. De toreros sólo he tratado a mi amigo Víctor Molina -serio, valiente y de Abarán-, y a Espartaco, bellísima persona con quien tuve el honor de compartir, hace años, viajes y conversaciones entre plaza y plaza, resultado de lo cual fue un texto publicado en esta misma revista: Los toreros creen en Dios. Páginas de las que, por cierto, estoy orgulloso; no por buenas o malas, sino porque me acercaron al corazón de un hombre cabal. En cuanto a Manolete, cuando yo nací ya estaba criando malvas; y cuanto sé de él, aparte viejos documentales, se lo debo a mi abuelo, que lo vio torear muchas veces. De él respeto sobre todo la estampa de matador, la cara ascética con una cicatriz, la figura flaca moviéndose en la arena con la fría gravedad que, a mi juicio, deben tener los grandes toreros. Creo que Manolete encarnó siempre la imagen perfecta y trágica de lo suyo, cuajada en el mito alentado por detalles gloriosos: la madre doña Angustias, la amante Lupe Sino, la muerte en Linares -esa copla de Manolo Caracol todavía me pone los pelos de punta-, y el nombre del animal que lo mató, primer nombre de un toro que aprendí en mi vida: Islero. 

Manolete en Lima (Perú). 12 de octubre de 1946

Con esos antecedentes, que les cuento para situarlos, el otro día estaba ante la tele y apareció Manolete en un programa de marujeo de sobremesa. Y, preguntándome qué pintaba él en ese putiferio, subí el volumen para escuchar, estupefacto, cómo presentadores, invitados y voces en off ponían a parir al torero sin cortarse un pelo, con la mayor desenvoltura del mundo. Frotándome incrédulo los ojos, vi que salían imágenes de archivo y media docena de fulanos, alguno con el rótulo aficionado a los toros como sello de autoridad -gente que, por edad, no pudo conocer a Manolete ni de lejos-, afirmando impávidos, mirando a la cámara sin pestañear, que era esto y lo otro. Tres palabras me dejaron seco: drogadicto, franquista, asesino. Y me pregunté, atónito, cómo se atrevían; quién permitía a esos tiñalpas desbarrar sin argumentos ni pruebas, y cómo era posible que un medio informativo, por mucha telebasura que traficase, acogiera tales infamias. Porque el texto en off también tenía lo suyo. Sin demostrar nunca nada, con insidiosos «se dice» y «se comenta», manipulando la historia del torero, la de la tauromaquia y la de España con una mezcla asombrosa de ignorancia, demagogia y mala fe, la información convertía a Manolete en puntal taurino del régimen franquista. Todo eso, sobre fotos suyas con gafas de sol y peinado hacia atrás con fijador; imagen que hoy corresponde al estereotipo iconográfico de cierta derecha, pero que en los años cuarenta -como sabe cualquiera que no sea imbécil- era la imagen elegante de cualquier varón español, europeo o hispanoamericano. 

Aunque la cosa, como digo, no se detenía en el fijador y las gafas de sol. Según el redactor del texto y los presentadores del programa, Manolete abusaba de las drogas, «como todo el mundo sabe», y además era ojito derecho del Caudillo y su legítima. La prueba era que, además de haber hecho la guerra civil con los nacionales, nada menos -como media España, por otra parte-, tras cada corrida a la que asistía el general Franco, Manolete subía al palco presidencial a saludarlo; ignorando los autores de la información que ésa no era costumbre particular de Manolete, sino de los toreros de todas las épocas, cuando un jefe de Estado -Alfonso XIII, Franco, el rey Juan Carlos- asistía o asiste a una corrida de toros; y que también subían al palco Dominguín, El Viti o el Cordobés. Pero donde me agarré a los brazos del sillón fue cuando la misma voz en off, con la insolencia que da saberse impune en este miserable país de mierda, afirmó que durante la guerra civil, «según se rumorea», Manolete, borracho y de juerga con sus amigos, iba a las plazas de toros donde había republicanos presos para lidiarlos y matarlos a estoque. Y después, a fin de confirmar esa enormidad con testimonios rigurosos, aparecía el mismo aficionado a los toros de antes -un semianalfabeto que no sé quién es ni de dónde salía- diciendo que, «en efecto», el torero era «muy, muy franquista». Y ahí quedó la revelación del siglo: Manolete, matador y no sólo de toros. Psicópata descubierto y denunciado por la telebasura, con dos cojones. Gran exclusiva, a una por día. Pero qué más da. Estamos en España, oigan. Tenemos barra libre. Aquí no pasa absolutamente nada.

lunes, 2 de febrero de 2026

LUPE SINO, PAREJA DE MANOLETE,Y SU FUGAZ REGRESO A MÉXICO

Manolete y Lupe, rumbo a México en 1946. Foto Lara

Por Leonardo Páez 

(Publicado en la sección de Opinión «¿La Fiesta en paz?» del Diario “La Jornada” de México, el 2 de julio de 2017).

 

     Con motivo del centenario del nacimiento de Manuel Rodríguez Sánchez Manolete –Córdoba, España, 4 de julio de 1917– volverán a correr ríos de tinta en torno al legendario diestro, cuya muerte, acaecida en Linares, provincia de Jaén, el 29 de agosto de 1947, no ha sido suficientemente aclarada al quedar en el aire demasiadas sospechas en torno a las verdaderas causas de su fallecimiento, más allá de la cornada que le diera Islero, de Miura, la tarde anterior.

Sin embargo, al utilizado, exaltado, descalificado y enamorado Manolo le habría gustado que se disiparan las dudas en torno a su amada Lupe Sino y su breve retorno a México, país donde la pareja, una vez casados, pensaba radicar la mitad del año. Pero las ambiciones de algunos, el ingenuo sentido de libertad del diestro y su inoportuno anuncio de que en octubre de ese año, una vez retirado de los ruedos, contraería matrimonio, pusieron sobre aviso a su apoderado, a sus amigos de confianza, a los cancerberos de las buenas costumbres, a los taurinos fundamentalistas y a todo el régimen de Franco, preocupado porque el torero que habían utilizado “para olvidar una guerra” se saltaba las trancas de la decencia y se dejaba ver con su amante por los países taurinos del orbe.

Antonia Bronchalo Lopesino, que en el medio artístico sería conocida como Lupe Sino, nació en Sayatón, pequeño pueblo de la provincia de Guadalajara, España, el 6 de marzo de 1917.

Fue la segunda de nueve hijos y a lo largo de su vida tendría que aguantar no sólo las embestidas que toda mujer bella y con personalidad aguanta, sino que además fue objeto de un extraño encarnizamiento de prejuicios, calumnias y rechazos varios de taurinos, funcionarios, periodistas, familiares del diestro y la clerigalla en turno, pues en la España franquista no era bien visto que el portaestandarte de las virtudes de todo un pueblo y figura internacional de los ruedos anduviera luciéndose con esa mujer que, para colmo, ya había estado casada por lo civil –en 1937 con Antonio Verardini, un militar del IV Ejército Republicano, unión que terminó al concluir la Guerra Civil–, no podía tener hijos y se le calificaba, entre otras lindezas, de caza fortunas.

Manuel Rodríguez, tan dueño de sí y de su determinación delante de los toros, poco o nada le importó el juicio condenatorio de que Lupe era objeto y, enamorado como estaba, no midió las consecuencias de desafiar a todo el sistema ideológico que desaprobaba tan escandalizante, para los buenos, relación, al grado de que mientras Manolete expiraba luego de que se le administró, por órdenes del doctor Luis Jiménez Guinea, médico de la plaza de Las Ventas, un plasma noruego en mal estado que días antes ya había cobrado centenares de víctimas en el puerto de Cádiz, tras la explosión de un polvorín, en el cuarto contiguo Lupe Sino rogaba infructuosamente verlo ante la negativa terminante de José Flores Camará, apoderado del torero, y de Álvaro Domecq y Díez, amigo de confianza y quien había traído el plasma.

Al doble duelo de Lupe Sino –haber perdido a su famosa pareja y quedarse sin nada, pues que le gustaran las joyas y las pieles no la convertía en cazafortunas, no obstante que Manolete, sobre todo en México, ofreció comprarle una casa en varias ocasiones–, se añadió una serie de denuestos, responsabilizándola indirectamente de la muerte del diestro y cerrándosele las puertas en el medio cinematográfico, donde entre 1942 y 1948 había intervenido en tres películas –La famosa Luz María, de Fernando MignoniEl testamento del virrey, de Ladislao Vajda, y El marqués de Salamanca, que dirigió Édgar Neville. Por ello, cuando su paisano, el director de cine radicado en México, Miguel Morayta, le ofreció un papel en La dama torera, Lupe no dudó en volver a México en 1949.

Hasta acá la perseguirían los inventos de una prensa amarillista e incondicional del régimen que ahora inventó que Lupe se había casado con un Manuel Rodríguez mexicano.

La realidad es que a sus 32 años Lupe Sino seguía siendo una bella y graciosa mujer con unos ojazos verdes y una sonrisa luminosa, de la que se enamoró a primera vista un simpático y próspero abogado, exitoso empresario del negocio inmobiliario, José Rodríguez Aguado El Chípiro, nada de Manuel, con quien se casó por el civil y la Iglesia en 1950. Sin embargo, no obstante la disposición de la pareja de apostar por una relación prolongada y la cálida acogida que tuvo Lupe de los familiares de El Chípiro Rodríguez, el matrimonio duró poco más de un año, en una lujosa residencia de la calle de Camelia, en la colonia Florida.

Una vez más el chismorreo y la maledicencia, ahora de periodistas de la Ciudad de México, acompañaron la decisión de la pareja, para incluso aventurar que Lupe se quedaría con tres casas que su esposo poseía en las Lomas de Chapultepec. De nuevo el sambenito de cazafortunas le fue colgado a Lupe, que sin casas a su nombre ni fortunas de que disponer, regresó a España en 1951, a su modesto piso del paseo Rosales, en Madrid, donde sola, rodeada de recuerdos y algunas fotografías, falleció el 13 de septiembre de 1959 a causa de un derrame cerebral, luego de 42 años de decir sí a la vida.

jueves, 13 de noviembre de 2025

«¡CHICUELO! EL HOMBRE QUE CAMBIÓ EL TOREO»

Por Antonio Luis Aguilera


Portada del libro


Con satisfacción saludamos la nueva iniciativa de Editorial El Paseíllo, que ha publicado el primer libro biográfico sobre Manuel Jiménez Moreno, el gran «Chicuelo», maltratado históricamente por los periodistas de su tiempo, que pretendieron robarle su verdadera influencia en la evolución del toreo moderno. Con el título que encabeza esta entrada, su autor, Manuel Escalona Franco, propone al lector un ameno relato por la historia de este torero de dinastía, desde sus inicios y aprendizaje siendo un niño, hasta llegar a la cima de un arte que logró transformar, puliéndolo con la inmensa belleza de su gracia toreadora, para que todas las generaciones de toreros que le sucedieron acudieran a la fuente de donde brotaron las más limpias aguas del nuevo toreo al natural, ese que el inolvidable espada sevillano hilvanó en redondo, girando sobre sus talones, para ligar los pases y agruparlos en las series que estructurarían la faena moderna, aquella que dejó atrás la vieja ligazón del pase natural con el forzado del pecho, donde el torero ocupaba los terrenos de tablas y el toro los de afuera, y que necesariamente requería un toreo de avance hacia el pitón contrario. Algo que todavía, por culpa de quienes miraron sin ver y dogmatizaron sobre la evolución sin comprenderla, muchos confunden con el toreo de reunión, donde se deja venir al toro por su línea natural para llevarlo hacia atrás y hacia adentro.

 

«Chicuelo», que llegó a la alternativa tras una exitosa campaña como novillero, logró mantenerse en primera línea del toreo desde sus inicios. Se trataba de un torero diferente, que no se parecía a nadie, y que desde su infancia se había granjeado la confianza y simpatía de «Gallito», y  como narra el libro, de matador se ganó el sincero aplauso y la admiración de Juan Belmonte. Sin embargo, sería en América, concretamente en México sin olvidar otros países, donde la clamorosa rotundidad de sus éxitos disparó la popularidad del espada sevillano, que desde sus primeras actuaciones, por acoplarse maravillosamente a las suaves embestidas del predominante encaste de Saltillo, dibujó en los ruedos aztecas faenas históricas y memorables, que fueron recordadas por los nombres de los toros lidiados, como “Lapicero” y “Dentista”, por citar solo dos, y lo convirtieron en el torero preferido o consentido de la afición mexicana. Hasta tal punto llegó «Chicuelo» a ser la primerísima figura del torero mexicano, que la prensa azteca se preguntaba extrañada cuáles eran las causas por las que en España se silenciaba la brillantísima trayectoria americana del fino torero sevillano.

 

Así las cosas, los periodistas mexicanos escribieron que el trato recibido en España por este torero se sustentaba en la negativa de Eduardo Borrego «Zocato», su tío y apoderado, a pagar las cantidades que exigían los cronistas españoles. El 12 de diciembre de 1925 fue reproducido en “La Nación” el texto escrito por «Verduguillo» en el semanario “La Corrida”. Decía así:

«Si los revisteros madrileños que a toda costa tratan de regatear méritos a este torero y de empequeñecer su labor hubieran visto a Manolo esta tarde, tendrían que reconocer que están haciendo el ridículo a sabiendas, o que no tienen ni tanto así (señalo lo negro de una uña) de pudor profesional. Que no vengan ahora con que Chicuelo está aquí más valiente que allá; no. El que se arrima se arrima en todas partes; eso son cuentos. Lo que hay es que el tío Zocato no ha querido resolver el problema, que tiene más de financiero que de artístico, fiado en lo grande que es su sobrino. Afortunadamente para la afición, aquí en México se hila de otra manera: podremos equivocarnos, pero sin el menor dolo. Por eso, todos hemos proclamado a Chicuelo como el mejor, sin importarnos el tío Zocato».  

 

En España tendría que llegar la célebre tarde del 24 de mayo de 1928, cuando Manuel Jiménez llevó a cabo ante la afición madrileña la faena al toro “Corchaíto”, de Graciliano Pérez Tabernero, que pasaría a la historia como “la que cambió el toreo”, en palabras del banderillero Rerre a su matador. Sin embargo, debe quedar claro, como demuestra la biografía escrita por Manuel Escalona, que reproduce las crónicas que constatan el paso por el toreo de «Chicuelo», que aquella histórica faena solo fue una más en el extenso y exitoso repertorio dejado en los ruedos por el excelente torero sevillano desde años atrás. La de “Corchaíto”, como aseguró el escritor José Alameda, el mejor analista de la historia del toreo, “tuvo el don de la oportunidad” por llevarse a cabo en Madrid. 

 

Con esta publicación hemos recordado con enorme cariño y gratitud al matador de toros Rafael Jiménez Castro «Chicuelo», hijo del gran torero, que nos honró con su amistad, simpatía y cercanía, que habría gozado con esta obra en sus manos. Pero también nos alegramos por sus herederos, especialmente por sus hijos y también toreros de la frondosa dinastía Manuel Curro Jiménez Amador, excelentes aficionados que por fin ven como al abuelo Manolo, después de tantos años de oscuro silencio, se le dedica la primera biografía que narra y magníficamente documenta con las crónicas de su tiempo su paso por la historia en el toreo, la que supo engrandecer con su excelso arte, para que las nuevas generaciones de aficionados sepan quien fue de verdad el grandioso espada sevillano, de quien no debe olvidarse que además de conquistar a los más exigentes aficionados de su época con la belleza de su arte, fue el creador de la faena moderna. 

A esta interesante obra, ilustrada con 144 fotografías de la familia «Chicuelo» más 132 de revistas y otros medios, se añade un apéndice estadístico que pormenoriza las plazas donde actuó, ganaderías lidiadas, compañeros con los que alternó y festejos sumados por temporada, así como un segundo apéndice que recoge todas las crónicas de la histórica faena al toro "Corchaíto", aquella que cambió el rumbo del toreo.

Nuestra más cordial enhorabuena al autor Manuel Escalona Franco, a la familia «Chicuelo» y a la andaluza Editorial "El Paseíllo" por su extraordinaria labor a favor de la Fiesta de los Toros.

 

lunes, 13 de octubre de 2025

TE ESPERAMOS SIEMPRE, MORANTE

Por Fernando Cámara *


 

Morante de la Puebla se quita la coleta en la plaza de Las Ventas.
Madrid, domingo 12 de octubre de 2025. Foto Agencia EFE.


Aquellos poseedores de la genialidad y el talento, capaces de vender el arte de la sugestión, pasan por la historia sentando cátedra, pero también mutilando las almas de quienes tuvieron la suerte de deleitarse sobre cualquiera de los grandes templos de sillería y albero.

 

Aquellos que compraron con voracidad e incluso con codicia el ingenio y la capacidad  de este icono del sublime arte de la lidia, hoy están de pésame. Sus almas hedonistas, hoy mutiladas por el corte de una genuina coleta, escudriñan en esta ocasión la historia recordando a los mejores. Vagan a su vez por el futuro buscando el alivio de sus almas. No les será difícil mantener en sus mentes esta tauromaquia morantista tan controvertida como genial para la eternidad, pero si encontrar otro tan auténtico y fascinante. Y vendrán otros, no con esos, pero con otros atributos, llegarán arañando el alma de los observadores, de los entendidos e incluso los detractores. ¿Pero quién será? ¿Cómo será? ¿Cuál será su nombre? Es un día triste, porque el toreo de Morante creció con él y se fue por su sudor, por su sangre y por el implacable calendario. 

¡Qué sorpresa! ¡Qué decepción y qué admiración! ¿Lo tendría premeditado o es producto de su frágil mente? Nos gustaría que fuese una estrategia, que marchase a un paraíso a descansar para recuperar la necesidad imperiosa de seguir seduciendo la bravura de sus eternos oponentes y nos gustaría verlo regresar regalándonos algunos de estos ramilletes de verónicas, de derechazos y naturales adornados con el sublime baile que enmascara la quietud de su sereno valor. 

Adiós compañero, maestro, adiós a Morante, aunque  siempre estará, José Antonio. 

Mi admiración y respeto es el de todos los que te admiramos.

Queremos entender que no es tarde, que estarás y que tal vez volverás. Te esperamos siempre, Morante.


*Matador de toros


Artículo editado en el blog "La razón incorpórea", de José Morente.


jueves, 28 de agosto de 2025

«MANOLETE»: 78 ANIVERSARIO DE LINARES

Por Antonio Luis Aguilera

 

"Suerte suprema". Óleo sobre lienzo de Diego Ramos

Se cumple un año más de la muerte de Manolete en Linares. Y en el toreo todo es su esencia y su presencia. La esencia de lo que en el arte de lidiar toros constituyó la naturaleza del toreo ligado en redondo, que permanece invariable 78 años después, y la presencia inalterable del concepto de Gallito, pulido y recreado por el arte de Chicuelo, creador de la faena moderna, que con Manolete adquiere su pleno desarrollo con una nueva forma de obligar a embestir, acortando las distancias para aguantar la acometida bajando la mano, y de esa forma perseverar cada tarde, con espeluznante serenidad y majestuosa elegancia, como el eje por donde gravitaba el toreo. Esa es la huella que desde entonces no ha dejado de ser respetada, admirada y soñada por todos los toreros. 

El tiempo borró las patrañas de que fue objeto un toreo que sigue vigente. Y los censuradores del arte del torero cordobés pasaron a la historia como envidiosos y mentirosos. Acusaron de ventajista, en clara insinuación de cobardía, a quien toreando desde su línea vertical y citando de perfil ofreció su vida al toreo, incluso desde doctas tribunas, cuando el inolvidable espada había muerto en las astas de un toro, trataron de explicar el “verdadero” arte del toreo con una engolada conferencia que nadie aceptó. Y lo que es peor, que ningún torero adoptó para expresar su toreo, porque el toreo, desde Manolete a nuestros días, no se concibió sin la ligazón de los pases en series, y la agrupación de estas armando la faena de muleta. 

El recuerdo de Manolete se mantiene de generación en generación, aunque hoy como ayer, no falte parte de la crítica concursando en ditirambos para proclamar a un torero contemporáneo como “el mejor de la historia”, “el mejor de todos los tiempos”, “el dios del toreo”… ¡Cómo si tan exaltados seguidores hubieran presenciado con sus ojos todos los capítulos de la historia del toreo!  ¡Cómo si hubiera posible comparación entre los toros de hoy con los de cada capítulo de la Tauromaquia! Por fortuna para el toreo, la Fiesta goza de excelentes toreros. Y de no menos importantes ganaderos, que perseverando en la crianza del toro han logrado magníficos resultados, para ofrecer al toreo un animal más bravo que nunca, con más fijeza, entrega, clase, ritmo y duración. Un animal que dista mucho de los ejemplares de otras épocas, donde prevalecía la brusquedad de la mansedumbre y el genio defensivo, y con los que hubieron de vérselas en la arena para expresar su arte los mejores diestros de cada tiempo.

Se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Manolete, al que nadie podrá arrebatar su auténtico lugar en la historia, como nadie tampoco podrá arrebatárselo, con irreflexivos ditirambos, a otros grandiosos toreros históricos; porque cada tiempo tuvo su toro, su torero, su público y hasta su prensa...