jueves, 19 de septiembre de 2019

ANDRÉS LUQUE GAGO


Por Antonio Luis Aguilera

Andres Luque Gago se despide del toreo en la Maestranza en la feria de abril de
 1986, en presencia de Curro Romero, Rafael de Paula y Paco Ojeda. Foto Arjona.
El pasado miércoles 18 de septiembre fallecía en Sevilla Andrés Luque Gago, extraordinario torero de plata y entrañable persona, que tuve la suerte de conocer en el mes de mayo de 2004, en una noche mágica de tertulia con los amigos de "Tercio de Quites" celebrada en la antigua Taberna de Paco Acedo, a la sombra de la Torre de la Malmuerta, cerca de la Plaza de la Lagunilla, en el corazón de la Córdoba taurina: el Campo de la Merced. Fue una tertulia tan entrañable y torera, que publiqué este sencillo recuerdo que Andrés me agradeció siempre que nos saludamos en Sevilla. Hoy lo reproduzco como homenaje al gran torero y mejor persona.

Andrés Luque Gago. Foto Arjona
Elegante en los ruedos y en la vida. En la arena, su poderoso capote acarició y enseñó a embestir; en la calle, su palabra seduce hablando de toros con gracia y magisterio. Así es Andrés Luque Gago, torero sevillano que durante tres largas décadas otorgó señorío al traje de plata. Como escribiera en inolvidables versos su paisano Antonio Machado, un hombre bueno, que luce con juncal torería sus setenta y tres años, y regala una sonrisa, franca como su verbo, a quien quiera asomarse a un alma torera dispuesta a abrir sus puertas de par en par.
Fue una noche de mayo, en el barrio de la Merced, cuna de inolvidables toreros cordobeses, donde Andrés Luque Gago se “sintió” recordando su carrera. Junto a la Malmuerta, la torre que vio jugar al toro a Lagartijo, Guerrita y Machaco, desgranó con delicadeza momentos de su vida profesional junto a los más grandes de su tiempo: Curro Girón, Luis Miguel Dominguín, Antonio Bienvenida, Antonio Ordóñez, Paquirri, Rafael de Paula... Dos horas y media sin un reproche, ni una palabra malsonante. En su corazón sólo había admiración para todos los toreros; para los de antes y los de ahora, porque todos fueron y son sus compañeros.
Actuación magistral en el corazón de la Córdoba torera. Faena medida, con sentido de la lidia y ligazón que perfumó de torería la veterana taberna de Paco Acedo, la que albergó a Manolete con sus amigos y hoy reúne a los de “Tercio de Quites”, aficionados que buscan noches mágicas a la luz de las estrellas. ¡Andrés Luque Gago, torero en la plaza y señor en la vida! Qué el Cristo del Gran Poder, la sagrada imagen tallada por un cordobés que venera Sevilla, bendiga a quien cada tarde de corrida, antes de salir del hotel camino de la plaza, le decía confiado: ¡Hasta luego, Señor!

sábado, 14 de septiembre de 2019

MANOLETE RECORDADO POR UN AMIGO

Por Antonio Luis Aguilera
 Dos amigos: Manolete y Manuel Sánchez de Puerta. Foto Ricardo.
El 27 de julio de 1985 tuvimos el honor de hablar en Córdoba con un amigo íntimo de Manolete, don Manuel Sánchez de Puerta Guerrero, un señor en el sentido literal de la palabra, que tuvo la amabilidad de recibirnos en su domicilio para recordar al amigo torero. Aquella mañana de verano Manuel había convertido el salón de su casa en un auténtico museo, para exponer los recuerdos que guardaba de su amigo Manolo, invitándonos a examinarlos despacio mientras nos contaba la historia de cada uno. Allí vimos la escopeta de cacería del torero, el regalo de bodas que le hizo, del que nos dijo que le habría costado un dineral y cuando le reprochó el gasto que había hecho le contestó que así la gente no diría que su amigo el torero era un gurrumino.
De los objetos de aquella exposición destacaba un regalo excepcional: el traje celeste y oro que Manolete vistió el 16 de julio de 1947 en la plaza de Las Ventas, la última tarde que actuó en Madrid, corrida de Beneficencia que toreó gratis donando sus honorarios a favor de los necesitados -como siempre hizo en esa corrida-, en la que alternó con Rafael Vega Gitanillo de Triana y Pepín Martín Vázquez. El destino quiso que esa tarde tan próxima a Linares también ofreciera su sangre, pues resultó herido en la pierna izquierda por un derrote seco de su segundo toro, de nombre Babilonio y del hierro de Bohórquez, al que continuó toreando sangrando en una faena inolvidable por entrega y belleza, en la que cortó las orejas tras estoquearlo brillantemente, para acto seguido echarse en brazos de sus compañeros para que lo llevaran a la enfermería.
Sevilla 1941, Manolete pasea un rabo. Foto Mari
También llamaba la atención un pequeño álbum con tapas de nácar marcadas con el hierro de la ganadería de Villamarta, donde se conservaba el reportaje fotográfico de la faena realizada en Sevilla el 26 de abril de 1941, tarde que actuando con Pepe Bienvenida, Juanito Belmonte y Pepe Luis Vázquez, cortó un rabo. El álbum se lo había regalado al torero el propio ganadero, pero Manolete se lo obsequió a su amigo porque a Manuel le había gustado y quiso que lo conservara, con el argumento de que él tenía muchas fotografías.
Emocionados sujetamos aquellas taleguillas manchadas de sangre. Manuel nos dijo:
Mira el boquete de la cornada... ¡Y siguió toreando el tío...! 
Sentimos una profunda impresión al tener en nuestras manos ese traje, ligeramente palidecido por el tiempo. Manuel se dio cuenta y nos dijo:
Antonio, para mí es muy grato tenerte en mi casa y hablar contigo del torero que a mi juicio ha sido el mejor que tuvo Córdoba.
Muchas gracias, Manuel. ¿Cómo nació vuestra amistad?
Con exactitud no te lo puedo decir, pero fue siendo novillero, antes de la alternativa. Era un amigo más. De su profesión, siendo figura del toreo, nunca hizo alarde. Era uno más del grupo que formaban Domingo Roca, mi hermano Baldomero, Enrique León, Manolo Suárez... Un tío sencillo, de trato estupendo, sin alardes de ninguna clase. Pasaba con mi familia temporadas en el cortijo, donde no era frecuente sacar el tema taurino. Se pasaban los días enteros sin hablar de toros, se charlaba del campo, del tiempo o de las faenas agrícolas. Eso sí,  como saliera el tema de los toros nunca se veía el final, nos entusiasmábamos hablando, sobre todo él.
¿Recuerdas algunas anécdotas vividas con él?
Iglesia de S. Miguel. Foto M. Castilla

—Una noche que Manolo Suárez, Manolete y yo habíamos tomado unas copas de vino y estábamos “contentos”. En la iglesia de San Miguel vimos a un señor que venía del Palacio del Cine desde la plaza de Las Tendillas e iba hacia el hotel donde se hospedaba. A Manolete le hizo gracia la mascota que llevaba de sombrero y al pasar a su lado se la quitó. Se la puso y salimos corriendo dándole vueltas a la iglesia mientras el pobre hombre iba detrás de nosotros. Entonces había muy poca luz en Córdoba y nos escondíamos  a la sombra de la iglesia. Nos dio lástima y salimos al encuentro para pedirle perdón por la broma. Manolete, con el sombrero puesto, le dijo: —Vamos a ver amigo, ¿sabe usted quién soy yo?—A lo que el hombre indignado, contestó: —¡Sí, un sinvergüenza!— Manolo, muerto de risa y quitándose el sombrero, continuó: —¡Hombre, no me diga usted que soy un sinvergüenza! Yo soy Manolete— Pero el hombre insistía: —¡Usted qué va a ser Manolete ni Manolete, usted es un sinvergüenza!
Entonces nos dirigimos a la única farola que había en el centro de la plaza y ya con la luz la reacción del hombre al ver que era Manolete te la puedes imaginar. Cambió de color, se quedó sin palabras. El señor era representante de una casa de perfumes de Barcelona y se hospedaba en el hotel Simón. Al día siguiente quedamos citados y estuvimos tomando café con él. Imagínate: un hombre loco de contento por haber conocido a Manolete gracias a una broma.
Otro día fuimos a Sevilla cuando él empezaba su carrera. Lo hicimos en un tren que la gente llamaba “el carreta”. En la estación cogimos un taxi para ir al café Gayango, y al entrar un camarero lo reconoció y dijo en voz alta: —¡Señores, acaba de entrar un aficionado a los toros!— La gente se percató de que era Manolete y le aplaudió con fuerza. Pienso que Sevilla lo descubrió antes que Córdoba. Ya el día de su alternativa se dieron cuenta del torero tan grandioso que era. Sí, que no había nacido allí, pero era uno de los mejores que había y ellos lo reconocieron.
Manolete sentía un cariño especial por Sevilla, allí tenía muy buenos amigos, como Pepe Luis Vázquez sin ir más lejos, un torero del que era apasionado. Le escuché decir muchas veces: —Ustedes no habéis visto torear bien a Pepe Luis. Si es que cuando al rubio de San Bernardo se le cae el mechón de pelo en la frente chorrea almíbar, el arte de ese hombre no lo tiene nadie—  Era un gran entusiasta de Pepe Luis.
Manuel, qué papel jugó José Flores Camará en su carrera.
Muy importante. La gente puede estar equivocada con Camará. Él quería mucho Manolete, más de lo que se piensa. Soy testigo de muchas conversaciones entre ambos, sin tener porqué haberlas presenciado, por la confianza que los dos tenían en mí, porque sabían que lo que escuchaba no lo comentaría con nadie. Y te digo que Camará quería Manolete. No estoy de acuerdo con lo que se habló después sobre si esto o lo otro. Igual que Manolete fue figura del toreo, Camará fue figura de apoderado.
—¿Cómo era el toreo de Manolete?
Pues un toreo único. Antonio Bienvenida decía que llevaba las faenas hechas en la maleta. Y es que para que a ese hombre se le fuera un toro sin torear no sé que tenía que pasar. ¡Qué se le echara...! Porque como pudiera sacarle cinco, siete o diez muletazos se los daba. Siempre apuraba los toros al máximo. Cuando no tenía más remedio que matar lo hacía, pero como el toro le embistiera te aseguro que había faena para rato. Por su amor propio, por la dignidad profesional que tenía, sacaba más partido que nadie a todos los toros. Ese hombre se jugaba el pellejo cada vez que se vestía de luces, le importaba poco que la plaza fuera grande o chica, de más o menos categoría, él cumplía con su obligación. Muchas veces dijo: —¿Por qué no voy a torear al toro con posibilidades, si es mi obligación? Para eso paga la gente, para verme torear. Y yo no puedo defraudarla porque el animal sea mejor o peor, tengo que sacarle el partido que tiene, porque para mí lo mismo es el público de Madrid que el de cualquier pueblo de España, por pequeño que sea—
Última tarde de Manolete en Madrid
Recuerdo una tarde que fui a Andújar con Domingo Roca. Toreaba una corrida de Flores Albarrán mano a mano con Pepe Luis y me parece que iba de sobresaliente Morenito de Talavera. La corrida se dio por el ambiente que había, pero la tarde era muy mala, nublada, el ruedo con verdina, en malas condiciones. Yo estaba intranquilo en el callejón, porque los dos toros primeros no fueron buenos, pero salió el tercero para Manolete y cuando fue a por la muleta y la espada, dijo: —Voy a procurar poner a la gente contenta— Y mientras llovía hizo unan faena magnífica. ¡A ese hombre le importaba poco que fuera Andújar o la monumental de Barcelona! El público era el mismo para él en todas partes. Por eso pasó lo que pasó… Por ser tan cumplidor. La honradez suya… Pero era su forma de ser, nació con ese don que Dios da, que los demás también tendrían, pero no lo demostraban.
Manuel, se ha escrito mucho sobre el toro de su época. Sus detractores le acusaban de torear toros chicos.
El toro de su época era como el de todas las épocas. Los había chicos y grandes. El motivo fue la guerra. Se criaron menos toros porque la situación de España era distinta a la de hoy, pero toros grandes o chicos ha habido toda la vida, la prueba la tienes en el que mató a Joselito en Talavera. El toro de la época de Manolete era normal. Además, las cornadas las dan los grandes y los chicos, aunque influyan el peso y la edad. Pero tampoco es lo que se ha dicho.
Además de Pepe Luis Vázquez ¿a qué otros toreros admiraba?
Lo primero que te digo es que nunca habló mal de ninguno de sus compañeros. Jamás le oí decir que si tal o cual. Todos tenían algo bueno para él. Eso sí, sobre todos admiraba a Pepe Luis. También fue admirador de Arruza. Carlos era un torero cumplidor, con mucho amor propio y dignidad, que no se dejaba ganar en la plaza por ninguno y que le podía a los toros.
—Y con él llegó a tener una sincera amistad.
Abrazo entre dos amigos: Carlos Arruza y Manolete
Te puedo contar que una noche estábamos cenando en el restaurante de Miguel Gómez, que era el centro taurino de Córdoba, tenía mucho ambiente y los amigos nos reuníamos allí. Llegó Carlos Arruza, que iba camino de Sevilla, para saludar a Manolete. La noche no estaba para seguir viajando y Manolete le insistió para que se quedara en Córdoba, pero Carlos decía que su madre lo esperaba. Finalmente pidió una conferencia con Sevilla, habló con su madre y se quedó. Cenamos Manolo Suárez, Domingo Roca, Manolete, Arruza y yo. Manolete le encargó a su amigo una habitación en el hotel Regina, y al día siguiente se fue para Sevilla, donde su madre se había quedado más tranquila sabiendo que dormía en Córdoba y no se ponía de noche en carretera. La cena transcurrió entre bromas de los dos matadores, recordando toros y corridas en que las cosas no salieron como ellos querían y despacharon cómo mejor pudieron. Eran muy buenos amigos. Además Arruza era un gran admirador de Manolete. Le llamaba maestro. Manolete no quería y le decía: —¡Carlos, por Dios!— Y él le contestaba: —¡Pero si para mí eres un maestro!— Y así, entre bromas y veras, se lo decía, porque verdaderamente lo consideraba un maestro.
Al morir Manolete todo el mundo se hizo partidario suyo, pero en vida, siendo máxima figura, la cosa no fue igual. Le exigieron como a ninguno e incluso no faltaron las ofensas.
Sí. La afición a los toros es eso: elevar al torero para luego derribarlo, destruirlo sin motivos, pero eso por desgracia es la afición a los toros, es pasión por un torero y cuando está en la cúspide echarlo abajo. Eso le pasó a Manolete. Él sabía que tenía muchos detractores, porque en el ruedo se escuchan las voces aunque la gente piense que no. Los toreros oyen las ofensas cuando se meten con ellos. El público puede obligar al torero a que toree lo mejor que pueda, pero no tiene derecho a ofenderle como hicieron con él. Desgraciadamente es la otra cara del traje de luces. Los toreros tienen dos clases de amigos: los del traje de luces y a los que el traje de luces les importa tres pitos.
¿Y la afición de México?
Manolete pasea un rabo en el coso de El Toreo de México
Aquella afición lo consideraba más que la de España. Mucho más. Manolete fue un fuera de serie en todas partes, pero en México lo era más. Allí fue impresionante. Algo que no se había conocido nunca, ni siquiera en la época de otros toreros grandiosos que llegaron desde España. Lógicamente, los mejores de aquí. ¡Pero cuando llegó él…! Allí también fue un mito. ¡Igual que aquí, un dios del toreo!
Su última actuación en Córdoba fue en el año 1944. ¿Por qué no toreó aquí en los tres últimos años de su carrera?
Él no rehusaba a torear en Córdoba, eso eran desacuerdos de Camará con las empresas, pero él no se metía nunca en eso. Eran asuntos que el apoderado, por las razones que tuviera, no veía conveniente. Manolete no rehusó jamás a torear en ninguna plaza.
¿Es cierto que pensaba retirarse al finalizar la temporada de 1947?
Sí. Se lo escuché personalmente junto a mi hermano Baldomero. Decía que le quedaban diez o doce corridas para terminar la temporada e irse de los ruedos definitivamente. Y conociéndolo cómo lo conocía pienso que lo hubiera cumplido y no habría vuelto. Hubiera toreado en el campo, o en los festivales benéficos que le hubieran requerido, pero nunca vestido de luces. Esa es mi opinión conociendo cómo pensaba y sabiendo que cuando decía algo lo cumplía.
Tristemente no llegó a disfrutar de la retirada. ¿Pero tenía proyectos para cuando abandonara los ruedos?
El campo era su afición. Tal vez una ganadería brava… Pero su gran afición era el campo y las labores. Entendía mucho de escuchar a sus amigos labradores. Las faenas agrícolas no eran desconocidas para él. Seguramente habría sido un buen labrador. Y si hubiera adquirido reses bravas hubiera sido el mejor.
¿Fue su madre el gran amor de su vida?
Sin duda alguna. Quería a su madre con delirio, la nombraba cuarenta mil veces al día: que si mi madre esto, que si mi madre aquello… Era pasión de hijo bueno con su madre. Si iba de viaje siempre le traía algún regalo por chico que fuera, chico según se quiera ver, porque hay cosas pequeñas que en la vida son grandes respecto a la madre.
¿Piensas que después de Manolete ha habido algún torero de su dimensión?
Pienso que no. Ahí está todavía su sitio vacío. ¿Quién lo ocupa…? ¡Eso sí que es difícil, ocupar un sitio de esos…! El sitio que dejó un hombre de la envergadura, la talla, la honradez profesional, el amor propio, la dignidad… De tantos dones que Dios le otorgó como torero. Yo creo que el sitio está ahí. ¿Quién lo ocupa? ¡Que venga alguien y me lo diga!
Majestuoso señorío de Manolete al romper el paseíllo en Lima
El 28 de agosto no fuiste a Linares. ¿Cómo conociste la noticia?
Estaba en el campo. La última vez que hablé con él fue aquí, en mi casa. Le dije que ya no iba más a verle torear, que no quería pasar un mal rato oyendo las cosas que la gente le decía. Me contestó que no hiciera caso, pero yo había decidido no volver a verle vestido de luces. Mi hermano Baldomero sí fue a Linares. Yo me quedé en el campo, con mi mujer. Aquella noche no puse la radio y no conocí la noticia hasta el día siguiente que los trabajadores me la dieron. Recuerdo que mi madre me envió un taxi y regresé a Córdoba. Desgraciadamente aquel día la Fiesta de los toros perdió al mejor torero. Luego ha habido muchos y muy buenos. Pero ahí está vacío el sitio que él dejó.
Y tu amigo fue sepultado en el panteón de vuestra familia, en el cementerio cordobés de Nuestra Señora de la Salud.
Sí, allí se enterró. Hubo alguna dificultad en el panteón del padre de Palitos, no recuerdo con exactitud. Entonces mi hermano y yo pensamos que, si su familia lo veía bien, se podía enterrar en el nuestro. Hablamos con Camará y rompió a llorar como un chiquillo. Finalmente fue él quien lo comunicó a la familia y a Álvaro Domecq. Y allí permaneció sepultado hasta que le construyeron su panteón.
Manuel, ¿por qué tanta grandeza en ese hombre?
Pues por su forma de ser, su amor propio, su dignidad, sus cualidades humanas… Eran tantas cosas las que se llevó su muerte. Aquí en Córdoba, no sé, podrá salir algún torero, Dios lo quiera… ¿Pero igualarle…? Eso es tan difícil… ¡Te digo que es imposible!
El protagonista de estas declaraciones, don Manuel Sánchez de Puerta Guerrero falleció en Córdoba el 22 de diciembre de 1992. Jamás podremos olvidar su amable y exquisito trato, su sincera cordialidad y hospitalidad, su señorío de hombre de bien y la amistad que nos brindó.  


OTRO AMIGO DEL TORERO, MANOLO CARACOL, CANTA A MANOLETE
Emotivo video de José Morente. Blog "La razón incorpórea"







domingo, 1 de septiembre de 2019

BUEN AMANECER PARA LA MUERTE; MAL ANOCHECER PARA EL TOREO.

Por Corinto y Oro*
Manolete, óleo de Rafael Pellicer. 
Museo Taurino de Córdoba.
Ni un instante, desde que la pronunció, he podido olvidar la frase del torero grande, grandioso; del torero eje de una época, un estilo y una norma; el torero símbolo, ejemplo, código y ley del pundonor profesional: "Los asuntos taurinos se resuelven en las plazas de toros y no detrás de las mesas de los despachos".
Y en la plaza de toros ha resuelto Manolete, no ya un asunto, no ya un pleito, no ya una discusión; ha resuelto y trazado para siempre una inquebrantable línea de conducta profesional y personalísima: entregar la vida a un toro, a la fiesta dramática y a las muchedumbres del viejo y nuevo continentes, que lo encumbraron como únicamente se encumbra a un dios del toreo, a una deidad que la fiesta brava creó para mantener enhiesto su estandarte de bizarría, belleza y tragedia. A pleno sol, rodeado de muchos miles de almas que conciliaban su idolatría con su exigencia en torno al ídolo, en una plaza provinciana no de gran capital, no de Maestranza, no de alto tono, no exornada con la presencia en racimo de destacadas personalidades; en fin, en un ruedo de segundo orden, en una población sin relumbrante historia taurómaca, en el que acaso tenía disculpa lo de "salir del paso", allí ha sucumbido Manolete, la montaña más alta del toreo contemporáneo. Y ha sucumbido para que la ética de la profesión de matador de toros tuviera en él su más sagrada defensa.
Manolete. Óleo de Diego Ramos
Se ha repetido la historia en la que en días aciagos para el toreo dieran con su cuerpo en tierra, para siempre, otros dos ídolos igualmente glorificados por la afición: Joselito y Sánchez Mejías. Los ruedos de Linares, Talavera y Manzanares han ofrecido a la fiesta de toros, en el transcurso de poco más de un cuarto de siglo, tres páginas de la más desgarradora emoción registradas en este siglo. Pepe-Illo, el Espartero y Manolo Granero, figuras cumbres también del grandioso espectáculo español, cayeron en un redondel cumbre como ellos, el de Madrid. Manolete, Gallito y Sánchez Mejías acaso exaltaron su propia grandeza, su grandeza máxima, dejándose matar en una plaza de escaso tronío, aunque de amor profundo al toreo, que siempre ha cultivado con calurosa afición.
Manolete. Cartel de Cros Estrems
El viejo cronista que firma esta crónica no figuró entre los trovadores ardorosos de Manolete, el torero grande y, señaladamente, el grandioso matador de toros, ya que si su estilo con el capote y la muleta se discutió, porque no era indiscutible —después de la riqueza de clase que dejó Juan Belmonte—, no podía dudarse de su pureza en la ejecución del volapié: derecho, despacio, con recreo en la arrancada, la muleta "muerta" en el hocico de la res, la mirada y el corazón fijos en el morrillo, la salida limpia por el costillar… El viejo crítico firmante no fue trovador de él, no figuró en su "cuartel general", no tuvo ningún contacto con el hombre, aunque admiró noblemente, y como el que más, al torero extraordinario, adalid y orgullo de esta época, y de imborrable recuerdo en lo que a la fiesta de toros le quede de vida. Manolete, en fin, ha muerto sin que yo haya tenido la satisfacción de estrechar su mano, esa mano que con tanto acierto y con tanta dignidad echaba a rodar los toros sin puntilla. Pero, en cambio, las mías se juntaron frenéticas muchas tardes para "certificar", desde mi modesto y anónimo sitio de muy alta fila del tendido en Madrid, el entusiasmo que me producía la conducta recia e indomable del matador de toros sin trampa que a Córdoba dio el honor que antes le dieran Lagartijo, Guerrita y Machaco
Un concilio de horror, estremecimiento y propaganda para el toreo, se abre paso a través de los millares de frases, elogios, crónicas y versos que la dolorosa tragedia taurina de Linares ha dado en catarata al mundo entero, porque Manolete estuvo siempre tan cerca de los millones como de la mortaja. Y, como secuela de esta propaganda de tragedia y belleza, de lágrimas y frenesí, las muchedumbres seguirán pidiendo sangre y entregando su dinero a torrentes a los arlequines de seda y oro que el ejemplo de Manolete deja en las plazas. Son sus ídolos; ellas los hacen, y como de ellas son, unas veces los ensalza y glorifica como a dioses y otras los vapuleada y estruja como a guiñapos.
Manolete. Dibujo de Pepe Sala 
Buen amanecer para la Muerte; mal anochecer para el Toreo. La Parca, con satánica burla, se ha puesto sobre sus esqueléticos hombros, en la plaza de Linares, el capote de paseo de Manolete, mientras al gladiador táurico lo ha metido en un sepulcro con brutal empellón. Y acaso no se conforme con esta fechoría, porque seguramente su trágica estampa y su voz seguirán ahora asomándose a los redondeles taurinos para que los áureos arlequines que quedan sobre la escena tiemblen ante las astas de los toros y pierdan "su sitio", caliente aún el recuerdo del drama, para que la virilidad de la fiesta se resquebraje y para que el toreo caiga en un estado de dolorosa postración y mortecina gravedad. 
También se enriquece, y ahora con ruido estrepitoso, la trágica leyenda de la divisa de Miura. Al entrar Manolete en la eternidad, un grupo de víctimas de la divisa verde y negra —verde y encarnada fuera de Madrid— habrá recibido a Manolo con las lágrimas y el dolor con que ellos se fueron. El Espartero, Pepete —abuelo de Manolo—, Llusio, Fabrilo, Dominguín —aquel ídolo del madrileño barrio de Lavapiés— y Faustino Posadas darán al glorioso torero cordobés, adalid del pundonor frente a la fiera, una luctuosa bienvenida. Como en la tragedia de Talavera, que tuvo por blanco y víctima al gigante Joselito, la fatalidad ha puesto a la bandera del toreo un nuevo crespón de luto, en cuyo lazo se escribirá, para no borrarse nunca, el nombre de Manuel Rodríguez (Manolete).
Manolete, óleo de Daniel Vázquez Díaz
Y, a todo esto, el viejo cronista taurino firmante de esta crónica, aún sin ostentar el título de amigo de Manolete, ni el de cantor de Manolete, ni siquiera el de conocido de Manolete, pero sí el de admirador de Manolete, profundo y leal, del tendido al ruedo exclusivamente, no ha podido reaccionar aún de la terrible impresión que recibió el viernes al conocer la noticia de que Manolete había sucumbido en la plaza de Linares, víctima de su deber, el deber de matar toros cara a cara. Tan profunda ha sido esta emoción, que hasta ahora mismo, al poner mi firma en la crónica, no se me había ocurrido pensar en el destrozo de corazón sufrido por esa madre, mártir de la Fatalidad.
CORINTO Y ORO
(Publicado en SEMANA, Madrid, 2 de septiembre de 1947)

*Con el seudónimo de CORINTO Y ORO firmaba sus crónicas Maximiliano Clavo de Santos. Arévalo (Ávila), 13/6/1879 - Madrid, 12/11/1955.

CAPOTE DE GRANA Y ORO, pasodoble de Quintero, León y Quiroga, interpretado por Juanita Reina

martes, 27 de agosto de 2019

MANOLETE: 72 AÑOS DE LINARES

VERSOS PARA SU TUMBA
 Cementerio de la Virgen de la Salud de Córdoba. Foto Ignacio Sánchez-Mejías

Aquél que las arenas pisó con más firmeza,

yace aquí bajo el cielo de su Córdoba mora.

Dictó frente a los toros lecciones de majeza,

poniendo en pie a la hispana muchedumbre sonora. 


Los claros cordobeses de otros siglos, le ungieron,

porque en él renaciera su propia aristocracia.

Tuvo en su mano izquierda –dicen los que le vieron-

el divino secreto natural de la gracia.


Creyó en Dios y en la Virgen. Fue valiente y galante.

Prendió por ambos mundos la gloria en sus muletas.

Vistió el traje de luces con señorial talante.

Gozó de la alabanza de todos los poetas.


Cumplióse en él la estrella que se da en los mejores:

Morir en la contienda, la noble frente erguida…

Entró a matar sin trampa, con clásicos fervores,

y en astas de un miureño lo dio todo: ¡la vida!


Su apodo MANOLETE. “Islero”, el de la fiera.

La fecha de un agosto. La plaza de Linares.

Manuel Rodríguez Sánchez resurrección espera.

¡Un aire de leyenda le llora en mil cantares! 

RAFAEL DUYOS

Versos de Rafael Duyos en el dorso del Mausoleo donde reposan los restos de Manolete

RAFAEL FARINA CANTA A MANOLETE: "CAMPANAS DE LINARES"





lunes, 19 de agosto de 2019

AL HILO DE LA CRÓNICA DE GONZALO BIENVENIDA

Por Luis Miguel López Rojas

Juan Ortega. Foto Plaza1
"La inmensa torería de Juan Ortega". Preciosa crónica la de Gonzalo Bienvenida y sobre todo, en mi opinión, la que mejor expresa los momentos que se vivieron en la plaza. Al menos coincide tal y cómo yo los viví y sentí. Así que mi enhorabuena por esa forma extraordinaria de escribir. También mi enhorabuena al torero, perdón, TORERO (con mayúsculas), que eso es lo que es Juan Ortega. Esa forma de sentir, de expresar, de andar por la plaza, de echar los vuelos, de acariciar… En definitiva, de torear.

Torería, eso que es tan complicado de describir, tan fácil de distinguir y tan difícil de ver. Por eso cuando el sevillano pegó ese trincherazo a un mulo por el que nadie daba un duro, la plaza crujió. Y después vinieron tres naturales que quedaron grabados a fuego en mi memoria, por esa fragua incandescente que tiene en sus muñecas. Y Madrid se hizo un manicomio. No hizo falta más, porque tampoco había para más.

Trincherazo de Juan Ortega. Foto Plaza1
Dicho lo cual, creo que ya va siendo hora de hablar alto y claro para decir a aquél que se autoproclama “productor de arte” y a sus veedores, que no hay derecho a soltar semejante corrida. Que en la confección de los carteles, por una parte está la elección de los toreros (bonito cartel el del día de la Paloma), la ganadería, pero por otra parte el ganado que se escoge en el campo. No me imagino las razones ocultas que pueden existir para elegir seis bueyes, más propios para tirar de las carretas del Rocío que para lidiarse (bueno, sí me las puedo imaginar: limpieza de ganado del año anterior, amiguismo, bajo precio…). Corrida mastodóntica, fea, con un promedio de 635 kilos (estos fueron los pesos: 572, 645, 646, 691, 586 y 669 kilos), cinqueña y algún ejemplar a escasos meses de cumplir los seis años. Eso no ha sido nunca el toro bravo, no lo es y espero que no lo sea. Pero la gota que colmó el vaso y el respeto que se le debe tener a la que se considera primera plaza del mundo, fue el sobrero de Osborne. ¡Ni para las calles de Castellón! No entiendo como un ganadero puede dejar un animal tan feo llegar a toro, como se puede lidiar en una plaza, y mucho menos en Madrid, salvo por su precio de saldo… También pongo en tela de juicio la labor de presidentes y veterinarios de Madrid y su concepto de “trapío”. Esa corrida de Martín Lorca se debería haber rechazado por no tener trapío. El día antes, en Gijón, una de la Quinta con 200 kilos menos, daba mucho más miedo. Luego podrán salir buenos, malos o regulares, como así ocurrió en el Bibio, pero nadie podrá negar que estaba en tipo de embestir y tenía mucho más trapío que la de Madrid.
Juan Ortega citando al tercero, de 646 kilos "en la pizarra". Foto Plaza 1
Sinceramente me sentí estafado. Se hace difícil acudir a los toros en agosto a Madrid, cuando todo el mundo está en la playa o bajo el aire acondicionado. Desplazarte de otros lugares, con los gastos que ello conlleva, para ver semejante esperpento salir por los toriles... ¡Hay que ser muy mal empresario para maltratar así a “sus clientes”, y no imagino esa “visión empresarial” en cualquier otro ámbito! Para “producir arte”, señor Casas, hacen falta herramientas. Pero independientemente de ello, ya apelo a la “sensibilidad” de aficionado que debe tener un empresario taurino. ¡Hay que tener muy poca sensibilidad para estrellar las ilusiones de tres toreros que van a jugarse la vida, que viven por y para el toro, con esta envenenada “oportunidad”! Y las ilusiones de los aficionados que acudimos a verlo. ¡Eso es una falta de respeto!
Inolvidables naturales de Juan Ortega. Foto Plaza1
A Juan Ortega le han caído unas cuantas bolitas de esas que decía Rafael de Paula que repartía Dios. Con diez o doce naturales el año pasado el día de la Paloma, dos verónicas y una media cumbres en Resurrección, y el trincherazo y los tres naturales que relata Gonzalo Bienvenida en su crónica, ha sido capaz de remover los cimientos de la Monumental de Madrid. Ha creado un halo de ilusión en los aficionados porque es un torero distinto. Es una irresponsabilidad dejar perder a un torero de este calibre, como lo fue darle semejante “oportunidad” con ese saldo ganadero. Hacen falta muchos Pablo Aguado y Juan Ortega en la situación en que se encuentra hoy el mundo del toro. Apelo a su responsabilidad señor Casas, como empresario y sobre todo como aficionado. ¡Qué no se vuelva a repetir, porque sería síntoma de que es usted muy mal empresario y “sobre todo” muy mal aficionado!

Juan, ¡qué ganas de volver a verte!


viernes, 16 de agosto de 2019

LA INMENSA TORERÍA DE JUAN ORTEGA


Un crujido estremeció el alma de los aficionados en el primer trincherazo de Juan Ortega. El núcleo de aficionados que fielmente acude a Las Ventas tuvo paladar para saborear, jalear y exponenciar la exquisita obra del sevillano. La Virgen de la Paloma siempre ha sacado toreros.
Antología del pase natural de Juan Ortega. Foto Plaza1
Con su bendición han resucitado carreras, han surgido figuras y ha dado alas a toreros en vías de extinción. Así ocurrió el año pasado con Juan Ortega, de aquellos polvos estos lodos. De la reveladora torería al despertar de la sensibilidad artística que se vivió ayer en Las Ventas. Entre medias, la cumbre capotera de Resurrección y la nulidad de opciones en San Isidro. También un absurdo apoderamiento por parte de Plaza 1 para tenerlo parado en su casa. Y la mala elección de escoger una destartalada y pesada corrida de Martín Lorca en forma de oportunidad envenenada.
Toreo al natural monumental como la plaza. Foto Plaza1
Dobló las manos el acapachado tercero como lo habían hecho sus hermanos. Con mimo lanceó Ortega ayudándole con las yemas y empujándolo. La torería de las formas estuvo acompañada por una calidad tremenda en muletazos para el recuerdo. Todo hecho despacio, dándole sus tiempos al toro. Eso que los antiguos llamaban torear sin torear. Una tanda eclosionó el toreo de siempre traído a estos días con las yemas de los dedos en el centro del palillo, el pecho por delante, la suerte cargada. Los naturales, de uno en uno, surgieron naturales y preñados de empaque. El pase de pecho sin excentricidades que cerró la tanda levantó a algunos aficionados. De tendido a tendido un señor le mostraba el vello del brazo de punta. Por el derecho el toro no era igual, el contado poder le llevaba a defenderse por ahí. El final andando, con trincherillas, pases del desprecio, cambios de mano fue para enmarcar. Se presentía la oreja pero la defectuosa estocada estuvo agravada con varios descabellos. La fuerte ovación saludada desde el tercio vino a decir: «Esto es lo que gusta en Madrid». Nada pudo hacer con el reservón y malo sexto.

Los corrillos comentaban a la salida el aroma de torería que porta la tauromaquia de Juan Ortega.
Merece más oportunidades.

Extracto de la crónica que Gonzalo Bienvenida firma en el Diario El Mundo, edición del 16 de agosto de 2019, sobre la corrida de toros celebrada la tarde anterior en la plaza de Las Ventas de Madrid. 
Video y fotos Plaza1.

sábado, 10 de agosto de 2019

MI ÚLTIMO BASTÓN


 Apoteosis de Manolete con el toro Platino
El 17 de febrero de 1946 tuvo lugar en la plaza de El Toreo de la Condesa de México una corrida inolvidable. Se lidiaron seis ejemplares de la ganadería de Coaxamalucan para Manolete, Pepe Luis Vázquez y Luis Procuna. Los tres espadas triunfaron clamorosamente y cortaron un rabo. Cuando el cordobés paseaba una de las vueltas al ruedo que le obligaron a dar tras la faena al toro Platino, un espectador le arrojó un bastón que debió agradar al torero porque decidió quedárselo. Años más tarde, en 1981, fue obsequiado por su familia a Antonio Gala, en gratitud por una brillante intervención sobre Manolete en Televisión Española. Poco después, en la sección semanal titulada “En propia mano” que el gran escritor cordobés tenía en "El País Semanal", agradeció públicamente este regalo con el artículo “Mi último bastón”, donde narró con prosa magistral la historia del bastón que aceptó guardar como recuerdo del inolvidable torero. Merece la pena rescatar un fragmento de esta preciosa pieza literaria:

Antonio Gala
“…Pero el último de todos, que también me vino de Córdoba, contiene un especial significado: lo ganó, toreando, Manolete. Llegó acompañado de su certificado de origen: una fotografía fechada el 17 de febrero de 1946 en Méjico. En ella, da Manolete una vuelta al ruedo. Sereno, pero no sonriente. La mano izquierda lleva la montera, el bastón —con la elegancia del que tiene costumbre de la espada— y el capote, plegado y dibujado por Zurbarán. La mano derecha, con desmayo lleva un ramo de flores. El torero acaba de matar un toro llamado Platino, como el vino admirable de los plateros cordobeses. Ha logrado su más hermosa faena mejicana. En la primera vuelta, de las cuatro que dio, un admirador le arrojó ese bastón de caña de Malaca, cuyo puño es un afilado león de marfil indio y ojos de ámbar. No sé quién era tal espectador, pero estoy satisfecho de encontrar hoy su bastón entre los míos.
La noche que la familia de Manolete me lo ofreció, lo acepté con responsabilidad y con recogimiento. Lo besé al aceptarlo. Besaba en el mi infancia y mi adolescencia, que iban a ver los toros con mi padre y Machaco. Lo besé porque siempre he admirado a esa raza de hombres que viven, como funambulistas, sobre el filo de la navaja; que arrojan al aire una sigilosa moneda, cuya cara y cruz son la vida y la muerte. Siempre he admirado a quienes comprenden que no hay que vivir la vida a cualquier precio; que hay precios que no deben pagarse; que la vida, en todo caso, es corta y hay que hacerla, si no más larga, más ancha por lo menos. Siempre he admirado a quienes hacen del riesgo su pan de cada día; a quienes, enaltecidos y plenos y envidiados, con grandeza y consciencia saben vivir su muerte, acaso lo más arduo de la vida. Siempre he admirado a los hombres de tal raza, a la que Manolete perteneció, y a la que supongo que, de otro modo, también yo pertenezco.
En un país maniqueo, donde gritar ¡viva Joselito! equivale a gritar ¡muera Belmonte! Manolete recogió los vivas y los mueras. Su fruición por la vida pareció a muchos desdén por ella, y su desdén, distancia, y su distancia, sosería: qué cordobés es eso. Se dice que los amados de los dioses mueren jóvenes. No es cierto: los amados de los dioses no mueren: se van al mediodía; se van en flor. Para inmortalizarla hay que cortar la rosa…
En un momento de política estrecha y de estrechas fronteras; en un momento en que aquí se elevó un especialmente estúpido ¡Santiago y cierra España!, Manolete saltó por encima con la agilidad con que saltaba una barrera. Cualquier arte es superior a cualquier política cuando ésta no es un arte. Hay que saber estar en la plaza: fijar, templar, mandar. En el toro por cuya lidia le ofrendaron el bastón, el público le pidió a Manolete que banderillease. Él señaló, sin inmutarse, a su banderillero. Y luego comentó: "Se están poniendo las cosas de una forma que el mejor día van a querer que actúe también de mulillero”. No dio lugar la vida. Sin embargo, hoy, en la fiesta y en muchos otros campos, sería bueno colocar a cada cual en el sitio que le correspondiese. Muchos maestros harían así de mulilleros. Y aún de mulas, algunos”.

Faena de Manolete al toro Platino