lunes, 14 de enero de 2019

EL TOREO EN LOS AÑOS CUARENTA Y CINCUENTA (I)

Por Antonio Luis Aguilera
Agustín Parra, Manolo Vázquez, Antonio Luis
Aguilera y José María Martorell. Foto Marogo
Tertulia taurina celebrada el 26 de abril de 1991 en el Hotel Meliá Córdoba con los matadores de toros Agustín Parra Dueñas, José María Martorell Navas y Manuel Vázquez Garcés. Fue emitida por Onda Cero-Radio Córdoba, y figura incluida en el libro del autor de este blog "Tertulias Taurinas en Córdoba 1991-1992", editado por la Diputación Provincial de Córdoba.

La suerte estuvo de nuestro lado. No era fácil rematar un cartel de tanta calidad para conversar sobre el toreo de mediados del siglo XX. Pero la buscamos y la encontramos, gracias a la generosidad de Agustín Parra Parrita, José María Martorell y Manolo Vázquez. Tres figuras del toreo para una tertulia radiofónica inolvidable, que rescatamos en PLAZA DE LA LAGUNILLA por resultar inédita para la mayoría de los lectores, y porque estamos seguros que disfrutarán con el entrañable testimonio de estos tres grandes matadores de toros con los que tuvimos la fortuna de compartir un día maravilloso.
Tras un almuerzo salpicado de recuerdos y anécdotas llegaba el momento de la sobremesa, el instante cálido para que una terna de lujo brindara a Córdoba sus recuerdos a través de la radio, dedicándole una hermosa y magistral lección sobre el toreo de su tiempo.

Antonio L. Aguilera: Señores, es un lujo estar en su presencia. Como moderador vamos a intervenir lo imprescindible, para que sean libres de intervenir cuando lo consideren conveniente. La primera pregunta es obligada: ¿Qué clase de toreros eran sus compañeros de mesa?
Agustín Parra Parrita
Agustín Parra Parrita: Yo he tenido la suerte de torear mucho más con José María que con Manolo. Manolo, por ser el más joven, ha sido un torero al que todos lo conocemos perfectamente. Ha sido un torero de los grandes de nuestra historia, lleno de arte y de chispa; pero de chispa con una inteligencia extraordinaria y con un valor que la gente no ha sabido ver. Ha sido un torero muy importante.
Y Martorell siempre ha estado hecho un bicho que me ha hecho pasar mucho miedo. Como he dicho, he toreado más con él y me ha hecho pasar muy malos ratos, porque se arrimaba mucho, era muy peligroso, y de vez en cuando lo cogían los toros malamente. Recuerdo una corrida que no se me olvidará en mi vida, fue en Bilbao, toreábamos una de Pablo Romero acompañados por el portugués Manolo Dos Santos. En el primer toro se suspendió por lluvia y la dejaron para el día siguiente a las doce. Y este muchacho empezó a hacer un quite y se fue para las nubes, le pegó una voltereta el toro. Y al otro, otra voltereta... Yo les decía a los dos: ¡Despacio muchachos, despacio, que hay muchos toros…!
Martorell ha sido de los toreros de Córdoba más recios, de los más honrados, muy entregado, daba todo lo que tenía. Y tenía mucho y bueno.
José María Martorell. Foto Marogo
José María Martorell: En primer lugar Antonio, quiero darte las gracias por haberme invitado a este coloquio tan maravilloso, porque has reunido a dos grandes figuras con las que he alternado de matador de toros. Quiero darte las gracias porque ahora se cumplen cuarenta y dos años que Agustín me dio la alternativa. ¿Te parece poco eso…?
He alternado con Manolo Vázquez varias veces. Y ahora tengo la oportunidad de agradecerle algo importante que hizo en mi vida y no he comentado nunca con él. Fue una corrida de Pablo Romero que toreamos en León. Hubo un toro que salió muy peligroso, no me atrevía a salir porque a los banderilleros los obligó a saltar al callejón. Y yo con mis facultades no era capaz de salir al toro. Entonces, Manolo Vázquez, con la grandeza de un extraordinario torero, se salió con ese toro hacia afuera y me lo sacó. Lo pude lidiar gracias a esa maravillosa intervención.
Parrita para mí ha sido un torero recio, hondo, que ha llevado una trayectoria prácticamente del toreo de Córdoba aunque haya nacido en Madrid.
Manolo Vázquez: Quiero agradecer esta invitación que nos ofrece Onda Cero para estar reunidos en Córdoba con Parrita, con Martorell, y con estos buenos aficionados que hay aquí para hablar de toros, que es lo que  nos gusta a todos.
Como profesional, tanto a Parrita como a Martorell les tengo mi mayor y ferviente admiración como toreros. Con Parrita, -no he tenido ocasión de consultarlo porque ya hace muchos años-, quiero recordar que toreamos una corrida en San Sebastián en la Semana Grande de 1952. Y en mi época de juventud lo he visto torear en varias ferias de Sevilla. Hace rato le pude recordar una que tuve la satisfacción de ver. Él me ha dicho que fue una feria muy agradable en la que cortó cuatro orejas. Cortar cuatro orejas en Sevilla es importante ayer, hoy y mañana, igual que cortarlas en cualquier otra plaza y feria importante. Tengo un gran recuerdo de Agustín como profesional y como torero. Como persona ha sido siempre entrañable conmigo y con mi familia. Nos conocemos desde que yo era un chiquillo, un poco más joven que él, no mucho, porque ya vamos teniendo una edad que no somos muy jóvenes.
Manolo Vázquez. Foto Marogo
Con José María ocurre prácticamente lo mismo. Ha rememorado ahora un hecho que no recordaba y sucedía en aquella época. Hoy quizás desgraciadamente no ocurra. José María ha sido un torero formidable, un grandioso torero, que tuvo la mala suerte de aparecer en el toreo después de la desgraciada muerte de ese monstruo que fue Manuel Rodríguez Manolete. Y como hemos recordado, las comparaciones en el toreo siempre han sido odiosas. No se pueden comparar a toreros que comienzan en la profesión con quienes han sido verdaderos monstruos en el toreo. José María ha tenido siempre toda mi admiración, afecto y cariño. Nos conocemos desde que éramos unos chiquillos, desde la primera novillada que toreamos en Ceuta, que siempre la recordamos cuando nos vemos. Tomó la alternativa algo antes que yo, pero tenemos edades similares.
En un aspecto quiero hacer hincapié. Tanto Parrita como Martorell estuvieron muy poco tiempo en el toreo. Creo que debieron estar más tiempo, porque hubieran dado lugar a enseñar más a todos los toreros que hemos venido detrás y a los que después nos han sucedido. Quiero preguntarles cuál fue el motivo de que estuvieran tan poco tiempo, porque considero que los toreros que pueden decir y hacer algo importante deben estar más tiempo. Parrita estuvo como matador siete u ocho años; Martorell, ocho. Yo he tenido la suerte de ser torero de tres generaciones, porque empecé a torear en los años cincuenta y me vieron los antiguos, es decir, nuestros padres y nuestros abuelos, las personas de principio de siglo que ya contaban sesenta años. Seguí toreando y me vieron los de mi generación. Después hay un lapsus de tiempo, vuelvo en 1981 y me ven los hijos de nuestros compañeros y amigos. Quizás lleve sobre ellos eso, que me han visto torear nuestros hijos, pero creo que ellos podían haber hecho lo mismo.
"Hay que estar enamorado de la ropa de torear..."
Agustín Parra Parrita: ¡Muchas gracias, hombre! Has tenido la suerte de que te vean toreando tres generaciones. Pues lo que me ocurrió fue una cosa muy simple, lo que ocurre a casi todos los hombres: me enamoré. Simplemente. Y para ser torero siempre he visto que hay que estar enamorado de la ropa de torear, mirarla en la silla y pensar lleno de alegría que muy pronto te la vas a poner. Pero entonces se cruzó mi mujer, no se cruzó sino que la busqué. Y me enamoré demasiado. Y aquel amor que tenía al toro automáticamente lo absorbió mi mujer. No es broma, es cierto. Y ya vi la ropa de torear de otra manera, me costaba trabajo vestirme de torero. Estaba pendiente nada más que del teléfono, aunque parezca mentira, no del toro. Le dije a mi padre que me quitaba porque iba a casarme. El me contestó que eso no tenía importancia, que no se iba marchar la muchacha, que me iba casar con ella. Pero que no y no. Eso fue todo.
Automáticamente sentí un vacío grande en la ropa de torear. No era falta de afición, pero no sé lo que pasó. No estaba enamorado de la ropa. Y para torear creo que hay que estar muy enamorado de la profesión y de la ropa de torear. Eso fue todo, querido Manolo. ¡Qué cosa más tonta, verdad...!
Manolo Vázquez: Relativamente, pienso que cuando se está toreando casado también se tiene mucha más ambición.
Madrid, 21-5-1952. Pepín Martín Vázquez, José María Martorell y Jesús Córdoba
José María Martorell: No, Manolo. Lo que ocurre es que son épocas. En la de Lagartijo se estaba toreando hasta los cincuenta años y estaba bien visto. Esa fue la pena nuestra. Nosotros hemos tenido una transición muy difícil, porque no teníamos tiempo. Situarnos ha sido terriblemente duro. Recuerdo que cuando tenía veintidós años iba a San Sebastián hecho casi una figura, con un cartel bastante importante, y me decían que venían detrás otros toreros que nos iban a echar fuera. La gente no admitía los hombres ni diez, ni siete, ni cinco años. Querían novedad. De verdad. En nuestra época, al menos la que considero mía, el público no admitía que un matador estuviera más de siete años. Tú fíjate en el monstruo de Luis Miguel ¿cuánto tiempo hubiera podido durar en el toreo ese tío…? ¡Más que Lagartijo, porque tenía las cualidades fabulosas...! Pero lo admitía el público. A nosotros, no... Me fui del toreo sin realizarme, me exigían, me ahuyentaban… No te permitían como hoy a Curro Romero o Paula, hombres que tienen más de cincuenta años y los admiten.
Es una pena que no hayamos podido realizarnos. Por eso nos fuimos, aunque prácticamente nos echaron, esa es la verdad.
José María Martorell trasteando por bajo
Manolo Vázquez: Pero es una pena para todos los que después pudieron haberos visto.
José María Martorell: ¡Fue una pena…!
Agustín Parra Parrita: Eso sí, por supuesto.
José María Martorell: Hoy, Manolo, es una suerte ver torear a Curro Romero, aunque solo sean dos muletazos. ¿Cuándo iba a yo a ver torear a Curro, cuándo otras generaciones lo iban a ver? ¿Cuánto daría por ver a ese gran fenómeno de México que fue Luis Procuna? Y ahora los ves aguantando tiempo en el toro. ¿No os parece?
Agustín Parra Parrita: Ya os he dicho porque me fui del toro. Simplemente. Tanto que después quise volver y, afortunadamente, le doy gracias a Dios, me partí el talón de Aquiles. Parece como si Dios dijera: Quieto tú ahí, no te muevas. Pero marcharse del toro es muy penoso. Claro, lo mío era compensación, me marché porque estaba compensado con el amor de esa mujer que quería tanto.
José María Martorell: Pero te quiero decir que casado y si la gente te hubiera ayudado también habrías toreado.
Agustín Parra Parrita: No, yo no he compartido nunca eso, y no quiero decir con esto que un hombre casado no rinda. ¡Claro que no! Pero yo era un poco veleta, un poco loco, y mi locura estaba dentro del toreo, o sea, dentro de mi forma de ser. No me veía responsable casado y toreando. Para torear hay que ser totalmente libre, que nada dé problemas.
Antonio L. Aguilera: Con permiso, maestros, ¿para ustedes qué es torear?
Agustín Parra Parrita: Eso es muy difícil de explicar. Torear es unirse con el toro, gozar con la embestida... Es muy difícil definirlo. ¿Cómo te diría? Es estar enamorado. Cuando estás enamorado cogerle la mano a la mujer o besarla es parecido a pegar un lance. ¡Fíjate qué cosa! Es gozar cada vez que el toro se acerca a ti, porque lo bonito es que te acerques al toro, unirte a ese toro. Torear es sublime, no hay comparación, no lo puedo definir. Es cante, flor, aroma… No sé, es todo. Es muy difícil definirlo, es un sentimiento profundo, una locura… ¡Una perfecta locura!
José María Martorell: Después de lo que ha dicho mi amigo y padrino, pocas cosas se pueden decir. Es algo muy importante. Torear es algo sublime que no puedo explicar. Es como el que hace una estatua o pinta un cuadro y no sabe porqué lo hace. Lo plasmas en un momento, te inhibes de todo y nace el artista, la pasión, lo que realmente has sentido toda tu vida: ser torero. Y cuando lo realizas, ese momento, como de verdad es dificilísimo realizarlo, cuando te haces mayor comprendes lo difícil que es torear. Realizar el toreo es algo divino.

Manolo Vázquez torea al natural citando de frente. Foto ABC
Manolo Vázquez: Ha dicho Agustín una palabra muy bonita: sentirse. Para mí el toreo es sentimiento. Pienso que el torero lo primero que tiene que hacer para torear y poder transmitir al público lo que lleva dentro es sentirse. Todo lo que no se haga en el toreo con sentimiento, con amor, con deseos de lograr algo imposible, no dice nada. Quizás se pueda lograr algo importante, pero es algo que con el paso del tiempo se olvida.
Pero cuando se hace con sentimiento llega al público, no se olvida nunca. Todo lo que se haga con sentimiento, con verdadero deseo de lograr lo que uno anhela con un toro, acoplarse con él y transmitir ese sentimiento al público, es lo que queda perenne en el toreo y en la retina de los aficionados. Todo lo demás será pasajero, serán triunfos que se pueden obtener, pero no quedarán en la retina del espectador si el torero no se siente, porque él es el primero que tiene que sentirse, inhibirse de todo lo que le rodea, eso es lo que verdaderamente se transmite al público, el recuerdo que queda perenne.
Antonio L. Aguilera: ¿Qué piensan cuando escuchan que ahora se torea mejor que nunca?
Agustín Parra Parrita: Se torea muy requetebién, muy bien. Casi todos los toreros torean magníficamente, pero les falta el toro, la materia prima, que es el que da emoción cuando repite la embestida. Y eso, ahora desgraciadamente, no existe. Por lo tanto, son faenas muy largas, tediosas a veces, los muchachos exponen muchísimo y les cuesta llegar a la gente. Creo que ahora se torea magníficamente por parte de todos los muchachos, de la mayoría, los hay con más clase, con más arte, con más solera, con más pellizco, con más regusto, los hay más bruscos. Pero eso siempre ha pasado. Se torea magníficamente, lo que falta es el toro, la base primordial, que se ha venido abajo. Los toros no andan, les pegan un puyazo y ahí se acaba todo, y eso no puede ser. Vamos a ver si entre todos arreglan eso un poco, un poco no, un mucho, que es lo que hace falta.
Media verónica de Martorell en Barcelona a un jabonero de Prieto de la Cal.
José María Martorell: No sé si hoy se torea mejor que nunca. Yo he tenido la suerte de coger los años de Parrita, después un poquito los de Manolo Vázquez, y he analizado una cantidad de toreros tan maravillosos que… ¡Qué mejor que esos no se puede torear! ¿Se puede torear mejor que Domingo Ortega? No lo entiendo. ¿Se puede torear mejor que Manolo Vázquez, con esa muleta plancha, sin el pico, con ese arte? ¿Se puede torear mejor que Parrita, con ese capote tan derecho y tan templado? Incluso, ¿se puede descabellar mejor que mi padrino, cuando cogía la mortífera? Creo que no. Se podrá torear igual o muy en similitud, depende como ha dicho Agustín del toro. Y como torear es adaptarse a las circunstancias del toro, para mí el toreo de hoy es nefasto pues se trata de dar a los toros cincuenta o sesenta muletazos. Eso es nefasto para la Fiesta. Lo importante es saber lidiar, dar los pases justos y matar al toro en condiciones. Eso es. Ni época anterior ni posterior, es hacer lo justo en el toreo. Ni antes ni después, sino lo que se debe de hacer.
Manolo Vázquez: Creo que el toreo es importante siempre. Lo fue antes de nuestra época, en la nuestra y lo será en el futuro. Lo que pienso cuando se dice que hoy se torea mejor que antes es que se torea -como ha dicho José María- adaptándose a las circunstancias del toro, a su comportamiento. Hoy el toro se comporta de una forma que los toreros se tienen que acoplar a él. Soy una persona convencida de que los toreros actuales tienen que hacer un gran esfuerzo para cuajar un toro y pegarle veinte pases, no digo ya cuarenta o cincuenta. Pegarle hoy a un toro veinte pases como Dios manda creo que es dificilísimo, porque desgraciadamente los toros se mueven muy poco y llegan al último tercio con muy pocas arrancadas. 
"Antes salían y se movían..."
A la mayoría de los toros que salen por los chiqueros, en el tercer lance los profesionales que se ponen delante tienen que pegar zapatillazos para que se vengan, salen de chiqueros y se paran. Antes salían y se movían, costaba un trabajo ímprobo poderles torear y pegarles pases, porque  repetían y no te dejaban vivir nunca. Allí estaba todo el mundo pendiente, con cuidado, y resulta que los toros salen y se paran. Los hombres tienen que hacer un esfuerzo, muchas veces dice la gente que los toreros no le pegan pases a los toros. ¿pero cómo los van a pegar a un toro parado? Es igual que si pones una montera en medio de la plaza e intentas pegarle pases. Y digo lo de la montera porque es negra y es lo más parecida a los toros.
Verdaderamente los toreros se las ven y se las desean, se la juegan. Yo hablo con ellos, como hablamos todos, y me dicen que en nuestra época los toros se movían. Y ciertamente se movían, tenían más dificultades para estar con ellos y pegarle pases. Hoy las dificultades son no podérselos dar y no estar lucidos con ellos. Eso para la Fiesta es nefasto, tanto para los toreros como para los aficionados.
Ojalá en un futuro próximo salga un toro que se mueva. Y no quiero que salgan por chiqueros los que se puedan comer al apuntador, sino que permita a los hombres poderse bandear, que le den emoción a los toreros y a la propia Fiesta, que cada torero pueda hacer lo que lleva dentro. Hoy no pueden dar de sí lo que llevan.

lunes, 7 de enero de 2019

¿EL MEJOR?

Por Antonio Luis Aguilera
 
Juan Belmonte
El concurso que en las postrimerías de 1999 convocó en Internet la Peña Taurina de Holanda para elegir al mejor torero del siglo XX, además de la extrañeza que producía por celebrarse en un país sin tradición taurina, invitaba a reflexionar sobre un tema que en ocasiones se trata con más ligereza que rigor histórico. El resultado, que seguramente habría sido ignorado por los medios de comunicación especializados de haberse conocido durante la temporada, presentaba como vencedor a Juan Belmonte con algo más de doscientos puntos, cifra que traducida a votos desvela el escaso interés despertado por esta curiosa convocatoria. Por orden de puntuación, al grandioso torero de Triana le siguieron: Manolete, Joselito el Gallo, Antonio Ordóñez, Curro Romero, Manuel Benítez El Cordobés, Enrique Ponce, José Miguel Arroyo Joselito, Antonio Bienvenida y Espartaco.

Monumento en el barrio de Triana a Juan
Belmonte. Escultura de Venancio Blanco
Efectivamente, Juan Belmonte ha sido uno de los mejores toreros del siglo XX, pero de ahí a afirmarse que ha sido “el mejor” media una distancia considerable. Sencillamente porque el mejor torero del siglo solo puede existir en la imaginación de aquellos que pretenden poner puertas al campo. Es más, estamos seguros que de haber existido tan rimbombante título y habérsele adjudicado en vida al genial trianero, este lo habría aceptado con la condición de que fuera extensivo a otros primeros espadas que, como él, también fueron los mejores en sus respectivas épocas, empezando por Joselito el Gallo, con quien solidariamente protagonizó la segunda edad de oro del toreo. Porque cada tiempo tuvo su toro, su torero o toreros, e incluso su propio público, no debe propagarse la confusión ignorando la cronología del toreo e instaurando jerarquías imposibles entre los protagonistas de los distintos capítulos de la Tauromaquia.

 Enorme acento personal y torería de Juan Belmonte 
La llegada al toreo de Juan Belmonte causó verdadero asombro en el público de su tiempo. Fue tal la conmoción que le llamaron Terremoto, debido a la fuerza telúrica que brotaba de un temple misterioso, manifestado tras acortar las distancias y colocarse en unos terrenos considerados tabú en aquella época, donde citó y esperó las acometidas adelantando un capote mágico, capaz de cincelar escalofriantes y hermosas verónicas, que se sucedían hasta que su genuina e insuperable media abrochaba el ramillete y encendía la locura en los tendidos. Los viejos aficionados volvieron a las plazas para comprobar si era cierto lo que escuchaban, la gente toreaba por las calles, y los escolásticos se apresuraron en recordar que así no se podía torear mientras rememoraban las tragedias de Manuel García El Espartero y Antonio Montes Vico, espadas sevillanos a los que el toro no permitió que llevaran a cabo su revolución. 

José y Juan, dos grandes entre los más grandes del toreo
Verdaderamente los comienzos de Juan fueron tan inciertos que hicieron presagiar lo peor, pues carecía de la técnica elemental para enfrentarse al toro y este lo cogió demasiado y de malas formas. Sin embargo, El Pasmo de Triana pudo revelar la trascendental importancia de su temple, innata cualidad que gustaba llamar la golosina porque con ella encelaba a los toros, al saciar su sed de conocimientos en la fuente de Joselito, el hontanar donde manaba el agua más fresca y cristalina del toreo. Como escribió Gregorio Corrochano, no se equivocó Guerrita cuando recomendó que se dieran prisa a los que quisieran verlo, sino que quien salió equivocado fue Belmonte.

Desplante de Juan Belmonte en la Maestranza de Sevilla
Por otra parte, el toro del tiempo de José y Juan había evolucionado en hechuras y nobleza respecto al de épocas pretéritas. También la técnica de los profesionales, gracias a la experiencia acumulada y transmitida  por los formidables espadas que les precedieron, cuyo magisterio, de incalculable valor, serviría como instrumento en la búsqueda de una lidia más sosegada y estética  –profetizada por Guerrita en su Tauromaquia-, capaz de conjugar el misterioso temple de Juan con la sabiduría de José, dos estilos que iban a llenar de contenido una época, y que complementados permitirían cambiar el rumbo hacia un toreo nuevo, con mayor sentido artístico, que no brotó espontáneamente, sino que fue fraguándose lentamente y templándose con la sangre que para ello hubieron de tributar muchos toreros valientes.

Machaquito otorga la alternativa a Juan Belmonte
Belmonte y Joselito fueron los mejores de su época, que comienza el 16 de octubre de 1913, cuando Machaquito otorga a Juan la alternativa, y termina el 16 de mayo de 1920, cuando Bailaor y José se encuentran en la plaza de Talavera. La desaparición de Gallito viste de luto a la Fiesta. ¡Se acabó el toreo!, afirma con la voz entrecortada Rafael Guerra en su club de la calle Gondomar, cuando conoce la muerte del único torero que lo había sacado de Córdoba para ir a los toros. Pero las lágrimas impiden que el viejo maestro vea que el siglo no ha hecho nada más que empezar, y que otros extraordinarios espadas recogerán el testigo para protagonizar hermosos capítulos de una historia que no ha terminado, a la que darán nuevas vueltas de tuerca hasta implantar definitivamente la ligazón de los pases, otorgando sentido de unidad a la faena de muleta. Con Joselito de cuerpo presente, el 17 de mayo de 1920 comenzaba otra época, bautizada como la edad de plata del toreo, a la que otra fecha trágica pondría punto final: 17 de julio de 1936, víspera de la brutal guerra que algunos se empeñaron en llamar civil.

Joselito y Bailaor. Talavera de la Reina. Foto Campúa
Indiscutiblemente Belmonte ha sido uno de los grandes arquitectos del toreo contemporáneo. Pero no el único. La abundante literatura belmontina lo considera el padre del toreo moderno, mas en el toreo de hogaño cobra primacía la faena de muleta, y las hemerotecas demuestran que las del trianero fueron de las más cortas de la historia. Analizando la evolución del toreo con rigor y perspectiva histórica observamos como el temple y la quietud de Juan revolucionaron este arte, aunque para ello fue necesario que el trianero asimilara la prodigiosa técnica de Joselito. Aquella obra de ambos fue continuada por Manuel Jiménez Chicuelo, Manuel Rodríguez Manolete, Manuel Benítez El Cordobés y Paco Ojeda, grandiosos espadas que, con mayor o menor grado de influencia, contribuyeron en la construcción de la sólida estructura sobre la que descansaría el toreo ligado en redondo, que otros espadas quizás hayan interpretado con superior dimensión artística, pero que no habría sido posible sin la cimentación aportada por aquellos que durante el siglo XX revolucionaron el arte de torear.     


Artículo galardonado en el año 2001 con el VIII Premio Periodístico y Literario "Pepe Guerra Montilla" del Círculo Taurino de Córdoba.

                                                            

domingo, 16 de diciembre de 2018

EMBESTIR O DEFENDERSE

Por Antonio Luis Aguilera

Elegante torería de Juan Ortega ante un entregado ejemplar de 
Valdefresno  (encaste Atanasio-Conde de la Corte). Foto Plaza1
La mayoría de las ganaderías de toros de lidia españolas proceden de la que fundara en el año 1920 el Conde de la Corte, que adquirió la formada en 1912 por la marquesa viuda de Tamarón con reses de Parladé originarias de Ibarra. Esta procedencia siempre ha gozado de prestigio, debido a la bravísima historia de las reses condesas y los magníficos resultados obtenidos en la transmisión genética por los sementales que abandonaron los cerrados de Los Bolsicos para perpetuar su noble linaje en otras vacadas. 

El Juli doblándose con maestría ante un enrazado Alcurrucén (encaste Núñez).
Sin restar mérito alguno a un ganadero de la dimensión  histórica de don Agustín Mendoza Montero, conviene matizar que este adquirió una vacada que ya venía formada, como lo demuestran los éxitos logrados desde que empezó a lidiar a su nombre los toros que llegaron a la famosa dehesa extremeña de Jerez de los Caballeros. Esto indica la acertada selección de la anterior propietaria, la marquesa viuda de Tamarón, y más concretamente la de don Ramón Mora Figueroa, su hijo, excelente aficionado y experto criador de reses de lidia, que fue quien realmente manejó las riendas de la ganadería y supo descubrir en el semental Alpargatero y su línea de descendencia el verdadero filón de bravura de este encaste ganadero.

 Talavante conduce con firmeza la embestida de un Cuvillo (encaste Juan Pedro)
Si en principio el origen Conde de la Corte otorgaba un toque de distinción a las vacadas de esta procedencia, lógicamente con el paso del tiempo no todas las derivaciones de esta simiente lograron mantener el original sello de calidad, debido a los diferentes criterios de selección de los propietarios, que ofrecieron unos resultados morfológicos y de juego tan dispares como las pautas y normas aplicadas en el manejo y reproducción. Por otra parte, desde el fallecimiento de don Agustín Mendoza en 1964, la aristocrática vacada entró en una profunda crisis al cambiar de manos y ser administrada por los herederos, y aunque mantuvo éxitos aislados con algunos ejemplares, lo cierto es que perdió uno de los signos que la caracterizaba: la importante regularidad con que su bravura había reinado durante cuatro décadas en el panorama ganadero. 

Ejemplar de Juan Pedro Domecq, elegida como la mejor 
ganadería de la feria de San Isidro 2015. Foto Las Ventas.
Dicho esto, mientras la ganadería matriz conoce la decadencia, su extraordinario caudal genético adquiere relieve en otras divisas señeras como las de don Atanasio Fernández, y la que don Juan Pedro Domecq y Núñez de Villavicencio forma en 1930 comprando la del Duque de Veragua, cuyas reses elimina, reservando por su variedad cromática algunas hembras de contrastada bravura, para crear una nueva línea reproductora con vacas y sementales que adquiere al Conde de la Corte y a don Ramón Mora Figueroa, procedencia esta de don Francisco Correa y don Antonio García Pedrajas, a las que había agregado sementales del Conde de la Corte y Gamero Cívico

Toro de Parladé (Juan Pedro Domecq). Foto Las Ventas.
Mas si los toros de la acrisolada sangre condesa habían sido recibidos siempre con el agrado de la afición, a partir de los años setenta del pasado siglo resultó que por varias razones cambió la acogida con la derivación de juampedro. De una parte, el hostigamiento sistemático de un influyente sector de la crítica, que inició una cruzada regeneracionista para ensalzar las virtudes de otro encaste, sumado a la desafortunada calificación de artistas con que don Juan Pedro Domecq Solís definió a sus toros. Pero, sobre todo, debido a la proliferación de nuevas vacadas formadas con reses vendidas por este, que en poco tiempo invadieron las ferias con un toro de tanta nobleza como empalagosa obediencia y desesperante sosería, demandado por las figuras del toreo para sumar corridas de forma más fácil con ejemplares que no decían nada, sin valorar la repercusión negativa que la falta de emoción tendría para un espectáculo caro que aburría al público que lo sostiene.  

Arrancándose con fijeza, galopando descolgado. Foto Arjona.
No obstante, restar importancia a todo lo que se lidia de este origen, argumentando que en líneas generales se trata de un animal descastado y carente de emoción es faltar a la verdad. Actualmente existe un grupo de ganaderías de esta procedencia que se encuentran en un momento excelente, y sus ejemplares se cotizan al alza por la clase y bravura que mantienen desde hace varias temporadas en las grandes ferias e importantes plazas donde se lidian: Núñez del Cuvillo, Jandilla, Fuente YmbroGarcigrande o Victoriano del Río, por citar algunas, sin olvidar la vacada matriz que hoy día dirige don Juan Pedro Domecq Morenés, que también lidia con el hierro de Toros de Parladé, destacan por el elevado promedio de toros auténticamente bravos y con clase, que exigen compromiso y firmeza en la lidia para embestir entregados de verdad a los engaños que le presentan los toreros.  

Agitador, de Fuente Ymbro. (Jandilla-Juanpedro), lidiado por Paco Ureña.
 Premiado como toro más bravo de San Isidro 2015. Foto Las Ventas.
Lógicamente cada aficionado tiene sus inclinaciones por determinadas ramas del frondoso e histórico tronco de Vistahermosa, pero en la diversidad de este tesoro genético se encuentra la grandeza de los distintos tipos de hechuras y diferentes comportamientos del toro de lidia. Si hermoso resulta contemplar la acometida de un albaserrada arrastrando el hocico por el albero, no lo es menos la belleza de un santacoloma planeando en la muleta, o cómo se rebosa en los engaños la embestida de un núñez, o la pretérita e inquietante arrancada de un miura... Dicho esto, lo que resulta decepcionante y penoso son los juicios que por norma se vierten en conocidos medios de las ganaderías que derivan de juampedro, donde muchas veces silencian deliberadamente el excelente juego de toros que han sido bravos, y otras magnifican los aspectos negativos de los mansos, que por supuesto le saltan como a todas las ganaderías. De forma arbitraria se utiliza otra vara de medir en crónicas donde no se valora el comportamiento de cada ejemplar, y para no mojarse utilizan la socorrida muletilla de “mal presentados, aborregados, mansos y descastados”, que además de no informar, resulta estrafalaria por los insostenibles equilibrios de quienes no tienen reparos en mostrar su inquina al encaste Domecq.  

Diego Urdiales expresa el toreo con un bravo fuenteymbro. Foto Plaza1
El aficionado íntegro no tiene prejuicios y diferencia a la perfección entre dos tipos de casta: la buena y enrazada del toro que se entrega y va a más, para luchar hasta el final con clase y nobleza; y la defensiva, esa otra propia del genio que manifiesta el bravucón o el manso, cuando arrea violentamente, con ruido y sin entrega, frenándose, midiendo y echando miradas a las tablas, porque no tiene valentía para meter los riñones y empujar siguiendo las telas. No basta con que el toro se mueva, hay que saber distinguir cómo se mueve. Los mansos y bravucones solo engañan a los aficionados ingenuos, a esos que les pasa como a los esportones de los toreros, que  van a las plazas pero no se enteran de nada de lo que ocurre. Embestir o defenderse, esa es la cuestión que diferencia al aficionado que sabe ver los toros sin necesidad de leer lo que escriben algunos que olvidan que actualmente televisan con todo lujo de detalles las ferias más importantes. Ahora no cuelan historias.


lunes, 10 de diciembre de 2018

EL MIEDO DE LOS TOREROS

Por Antonio Luis Aguilera
Antiguo coche de cuadrillas, con el botijo en la fresquera
Como viene ocurriendo cada temporada, los matadores que encabezan el escalafón acaban la campaña habiendo participado en un considerable número de corridas. Decenas de tardes vividas con la preocupación atenazando el estómago ante la incertidumbre de los toros que han de lidiar, y de los miles de kilómetros que tantas veces después han de recorrer para cruzar la península de norte a sur y de este a oeste, con el fin de estar en la puerta de cuadrillas a la hora anunciada, tras largas noches de duermevela intentando conciliar el sueño en el furgón, que en los meses de mayor número de ferias será el improvisado hogar de la cuadrilla entre las localidades donde hay que torear. Intenso trasiego motivado por el lógico afán de ocupar siempre los primeros puestos en la privilegiada lista de espadas considerados figuras del toreo.

Juan Antonio Vallejo-Nágera
A mediados de octubre, cuando llega el momento de terminar con el trasiego de la temporada y encontrar el anhelado descanso, la tensión acumulada durante tantos meses suele pasar factura, y son varios los toreros aquejados de una serie de trastornos fisiopatológicos que son provocados en su organismo por el miedo, el respetabilísimo miedo de los toreros, esos héroes que cada tarde de corrida, en la tremenda soledad del redondel, con toros más grandes o chicos, más bravos o mansos, más cornalones o menos ofensivos, arriesgan su integridad física y ponen en juego el don más preciado para cualquier ser humano: la propia vida.

De este tipo de trastornos, que pueden ir desde úlceras de estómago, crisis asmáticas, calambres, algias musculares, insomnio hasta un largo etcétera, se hizo eco hace años en su página de la revista dominical del diario ABC el prestigioso psiquiatra y gran aficionado taurino don Juan Antonio Vallejo-Nágera, que por su estrecha amistad con destacadas figuras del toreo frecuentó el trato cercano con varios matadores de toros. A lo largo de tres magníficos artículos este facultativo analizó las consecuencias del miedo de los toreros, de esos hombres excepcionales que además de las cicatrices del cuerpo guardan otras en el alma.

Recordaba el eminente escritor y doctor que los toreros acudían al médico de cabecera buscando alivio a sus trastornos, pero este, tras las oportunas pruebas clínicas, concluía su consulta derivándolos a la del psiquiatra. Como se puede suponer, en un mundo tan cerrado como el del toro, donde todo suele exagerarse y las etiquetas se cuelgan con asombrosa facilidad, la prudencia aconseja silenciar este tipo de visitas, siendo lo más habitual que el propio torero concierte su cita con el especialista fuera de la consulta, para no compartir la sala de espera con otros enfermos. ¿Quién puede imaginar a un torero en la sala de espera de un psiquiatra rodeado de otros pacientes?

Pero acudirá, porque sabe que lo suyo es un problema personal, no clínico, como consecuencia del frecuente e intenso miedo soportado. Sospechaba el famoso psiquiatra que probablemente antes del año 1950 ningún torero había acudido a este tipo de consultas, pero estaba seguro de que la mentalidad de estos había cambiado y el boca a boca cumplía perfectamente la función de tranquilizar a más de un diestro que comprendía que él no era el único profesional del toreo con ese problema.

Luis Miguel Dominguín
Como podrán observar no todo es lujo y opulencia en la vida de las grandes figuras del toreo. El sufrimiento y la preocupación adquieren una dimensión desconocida por la mayoría de los aficionados. El doctor Vallejo-Nágera concluía con gran acierto que el mundo de los toros es un despiadado selector de superdotados, donde se elimina a todos los que no lo son tanto en el plano físico como en el intelectual. Y contaba una anécdota protagonizada con su amigo Luis Miguel Dominguín, cuando ambos contaban veintipocos años de edad. Le comentó el doctor al espada que por su juventud y fama el mundo se le presentaba como una alfombra persa desplegada a sus pies cargada de tesoros. El torero, tras unos instantes de reflexión, le contestó: “Sí, es cierto; pero tengo firmadas treinta corridas entre España y América, y eso significa que para estar vivo en Navidades debo haber matado antes sesenta toros con un estoque. Y si ahora entorno los párpados y miro el horizonte, los veo venir hacia mí en fila india, como un interminable tren de mercancías con todos los vagones cargados de muerte”.