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lunes, 11 de agosto de 2025

LA ÉPOCA DE MANOLETE Y ARRUZA

Por Néstor Luján

(Diario ABC: Madrid, 21 de Abril de 1957)

 

Manolete y Arruza se saludan en  Valencia,
la tarde del 7 de octubre de 1945. Foto Finezas.


«He de escribir sobre una etapa taurina a la cual me ligan no solamente unas marcadas diferencias de tipo estético, sino también de carácter sentimental. Es la comprendida entre 1939 a 1947, fecha de la muerte de Manolete, y, singularmente, los intensos años de la competencia entre Manolete y Arruza. Es decir, de julio de 1944 a la muerte del cordobés, en agosto de 1947. Esta época la contemplaré a través del acontecer taurino en Barcelona.

 

En las plazas barcelonesas que, como es bien sabido, son temperamentales, muy generosas, poco exigentes y heterogéneas en cuanto a la cantidad y calidad de aficionados, la época mencionada fue, sin lugar a duda, el último gran momento de una auténtica afición a los toros. Sin prejuzgar, porque sería absurdo hacerlo, las calidades de los toreros que precedieron a Manolete y las de los que le han seguido, hemos de señalar que, en ese lapso de tiempo, la afición permaneció en sus límites estrictos por lo que se refiere a la actitud estética y técnica. A la plaza iba el suficiente número de aficionados para contrapesar al cada vez mayor contingente de público. Después de esta etapa, cuando se perdió la fascinación del toreo de Manolete y la enajenación del toreo de Arruza, sobrevinieron unos años de crisis y de desgana, luego han llegado los opulentos años del turismo y la afición, ese grupo siempre minoritario, pero que es verdadero fermento de la plaza, ha dejado totalmente de tener influencia en ella. Conste que hablamos de la afición reflexiva, entendida y conservadora, que ha sido el núcleo que, desde siempre, ha mantenido los toros en sus magníficas proporciones y que ha permitido en el curso de la historia del toreo la necesaria, descrita y progresiva evolución.

 

"Manolete conoció la soledad en la cumbre del toreo"
Sevilla, 18 de abril de 1945. Foto Finezas.

Desde hace varios años, el aficionado pesa muy poco en la plaza. Exactamente, en las plazas barcelonesas, el aficionado está en tan penosa minoría, que las más de las veces deserta de su puesto. Hay demasiadas fiestas de toros, excesivos intereses creados, y, sobre todo, un público nuevo, deseoso solamente de espectáculo, que ha hecho desaparecer cualquier rigurosidad. Para este público extranjero o español que acompaña a extranjeros, conceder una oreja es tan gentil y prodigioso espectáculo como ver un buen natural.

 

Quede, pues, claro que, en Barcelona al menos, el viejo clima de la fiesta de los toros lo ofreció en todo su dorado prestigio, la extraordinaria figura de Manolete y su pugna con Arruza que en el momento en que surgió en estas plazas —exactamente en julio de 1944—, si no hubiese existido, hubiera sido necesario crearlo. Y Arruza con su fábula de valor, fue creado en diez corridas seguidas que toreó en la plaza Monumental catalana, de julio a septiembre de aquel año.

 

"Manolete devolvió la afición de los toros a Barcelona"  


Manolete apareció en Barcelona el día 1 de octubre de 1939, en una corrida de Curro Caro y Juanito Belmonte, y con reses de Atanasio Fernández. Desde el primer momento, los aficionados vieron algo excepcional en el torero cordobés y en aquel momento, Barcelona, que había pasado tres años sin ver toros, volvía a ellos mezclando la curiosidad con una especie de entusiasmo patriótico, retornaba las plazas. El momento era desconcertado y en toda España, por las circunstancias bélicas, había pasado por un momento letárgico. Cuando vino el sosiego, los toreros de preguerra tenían un prestigio lejano, nebuloso. Marcial Lalanda, Vicente Barrera, Domingo Ortega, Pepe Bienvenida y Nicanor Villalta monopolizaron los primeros carteles y representaron un arte conservador. Pero la afición estaba, ante la repetición de estos maestros, que no aportaban nada nuevo, como entumecida, sin recuperar la alegría cordial y desbordada que llena de sol todas las tardes de toros. 

 

 Manolete. "Desde el primer momento interesó".
Plaza México, 2 de febrero de 1947.


Por aquel tiempo, en Barcelona empezó a torear Manolete. Desde el primer momento interesó. Se le consideró un muletero con estilo pulimentado y duro, destellante en los naturales y lento y solemne los ayudados por alto. Como matador se le aplaudió mucho, pero le faltaba un descabello contundente y eficaz. Su toreo con la capa era fláccido y solo toreaba a la verónica. A pesar de todo, el público de sombra y gran parte de sol —que luego tanto le tenía que denostar— lo tomó como bandera de combate ante el toreo maduro y crepuscular de Marcial Lalanda. Quien tenga presente los “mano a mano” que se vivieron en Barcelona entre Manolete y el torero madrileño recordará con qué sencillo patetismo se desarrollaban. Lalanda produjo las faenas más grandilocuentes de su historia. Su esfuerzo fue agotador. Toda su capacidad de retorcimiento y de angustia artificiosa adquirió, por primera vez, un significado vivo y palpitante. Por última vez, su toreo, respondió a una sinceridad temperamental, porque se estrellaba ante un toreo natural y lógico, impecable y sin estridencias. Aquellos mano a mano fueron la gran campaña final de Marcial Lalanda. Acabó magníficamente, soberbio, en un acorde final de todas sus posibilidades.

 

Sevilla, 18 de abril de 1945. Primera tarde de la feria conocida 
como la de "las taleguillas rotas", por la encarnada competencia de
 Manolete y Carlos Arruza, que posan junto a Pepe Luis Vázquez.
Foto Finezas.


Manolete tuvo entonces dos posibles rivales: Domingo Ortega y Pepe Luis Vázquez. Con el primero, la pugna no tuvo vitalidad; Ortega podía con todos los toros, la mayoría de ellos frágiles, que rompían plaza en aquellos años y explicaba su lección escuetamente como un lógico profesor. La pugna con Pepe Luis Vázquez se hundió en una ráfaga de abulia que se apoderó del gran torero sevillano. Recordaremos toda la vida el primer mano a mano Manolete-Pepe Luis Vázquez, que se celebró en Barcelona en 1942. Allí nos dimos cuenta que Pepe Luis no iba a plantarle cara a nada ni a nadie. Era un torero precioso, desdeñoso, mágico y alegre, extraordinario, pero sin la tensión del luchador. Entonces vinieron dos años en que Manolete conoció la soledad en la cumbre del toreo. Es aquella suprema soledad tan peligrosa, que acabó incluso con el hombre más macizo moralmente que han tenido los toros; nos referimos al Guerra. Por julio de 1944, en nuestra ciudad, que ha sido la que más veces vio torear a Manolete y la que más devotamente le había seguido, el público estaba ya de uñas con él. Recordamos aquella gran faena al toro de Miura del 4 de julio —la de la fotografía del natural, miles de veces repetida—, en la cual, después de la faena más clásica, parte del público, le silbó. A finales de aquel mes, por fortuna para Manolete, se presentaba Arruza en Barcelona, acompañado por un extraño y enigmático destino, del mismo Chicuelo que había asistido a Manolete en 1939. Carlos Arruza lo vulneró todo.

 

Rivales en el ruedo y grandes amigos en la calle.
Barcelona, 27 de junio de 1945. Foto Mateo.


Carlos Arruza fue exactamente una vitalidad pura. Con los toros de aquellos años, lo hizo todo, sin que nada se le antojara grotesco o impuro. Su visión deportiva y musculada de la fiesta, su limpieza aséptica en el adorno, su trasteo con la muleta, brutalmente acongojado, sin buscar otra cosa que la emoción, aunque viniera no importa por cualquier camino, aunque bordeara el ridículo, ha sido definitiva. Sus faenas de muleta recortadas, fogosas, en donde cada paso era un quiebro —cite con el cuerpo y un vaciado de un reflejo rapidísimo, infalible— llena de alardes a veces casi visibles, no produjeron otra cosa que un estupor profundo. Arruza ha tenido como ningún otro torero el don de producir una emoción arañada y súbita con los pases menos interesantes. Su personalidad lo ha superado todo, su sugestión para producir entusiasmo, la frescura fuerte y felina de su cuerpo han sido el suceso de esta época. En Arruza todo tenía un latido joven e incluso los menos arrucistas —entre los que me cuento yo— nos hemos dejado llevar en algún momento por el enardecido ambiente que creó este fabuloso torero. Ante él, Manolete reaccionó de una manera magistral. Creó un arte de contención que palpitaba de una manera impresionante. Recordamos los “mano a mano” con Arruza en las fiestas de la Merced de 1945. En ellos estallaban los variados quites del torero mexicano con una precisión seca y luminosa, y a cada quite correspondía Manolete del mismo modo, toreando con una capa lenta y enjabonada y trazando aquella media verónica, en la cual el capote parecía tener una circulación sanguínea, una red fina y angustiada de venas y arterias. Su último quite se esculpió siempre con el público enajenado, sin volver de su asombro. La afición se dividió y se vivieron días brillantísimos dentro del toreo de aquel momento. Barcelona vivió unos años entusiastas y vibrantes porque tuvo la sensación, además, de que ambos toreros habían salido al calor del entusiasmo. Ciertamente, tanto Manolete como Arruza fueron unos toreros barceloneses en el sentido de que en nuestras plazas fue donde torearon más, y fue nuestro público, con el de Valencia quizá, el que les hizo pareja. Con ello no queremos decir que no hubiese sucedido lo mismo en otras plazas. Pero Barcelona, por las especiales características del público y de su empresario de toros don Pedro Balañá, tuvo la oportunidad de lanzar estos toreros, de enfrentarlos luego, de discutirles y de aplaudirles.

 

"Después de la faena más clásica, parte del 
público le silbó". Barcelona, 2 de julio de 1944.
Foto Mateo.


Estamos a diez años del fin de aquella época taurina. Resulta curioso contemplar cómo pasa el tiempo en los toros. Esta época parece ya mucho más lejana y no puede mirarse sin una agridulce sensación de nostalgia. El toro ha cambiado mucho más de lo que creemos y el público también. No hemos de desconocer que muchas de las cosas que hoy nos desagradan de los toros estaban en germen entonces, o ya habían nacido. Pero todo ello estaba contenido por la enorme capacidad del arte de Manolete y por la extraordinaria vitalidad de Arruza. El despeñadero por el que han caído los toros luego, ellos lo contuvieron, con una evidente dignidad. Manolete devolvió la afición de los toros a Barcelona y Arruza añadió la polémica. Fueron unos años de una gran amenidad para quienes asistieron a las corridas. A partir de entonces el toreo ha empezado a hacerse en serie, se ha llegado a la monótona industrialización del espectáculo. En este momento, no queremos discutir sobre la calidad de los toreros ni de su toreo, pero sí decir que el público va a la plaza sin aquella ilusión, sin aquella esperanza, sin aquella profunda alegría que durante aquellos años tuvimos. El arte de torear estaba vivo, palpitante todavía…».

 

sábado, 14 de diciembre de 2024

REEDICIÓN DE DOS GRANDES LIBROS TAURINOS

Por Antonio Luis Aguilera

 

La editorial sevillana y cordobesa El Paseíllo ha reeditado dos grandes libros taurinos: «Historia del toreo de Néstor Luján, y «Los heterodoxos del toreo», de José Alameda. Además, según informan sus responsables, tienen el proyecto de perseverar esta política empresarial para rescatar otra obra de culto de José Alameda, «El hilo del toreo», agotada desde hace años y que ha alcanzado altos precios en el mercado de segunda mano, lo que evidencia el interés que levanta en muchos aficionados que anhelan conseguir este libro magistral, para conocer de primera mano el extraordinario relato que traza el escritor madrileño exiliado en México, un erudito que supo explicar como nadie el curso del arte de Cúchares, en su sinuoso y apasionante recorrido hacia el toreo moderno.   

Néstor Luján (Mataró 1922-Barcelona 1995) estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona, fue crítico de toros en la revista Destino y conocido por sus libros de Historia y Gastronomía, además de haber publicado varias novelas. En 1954 apareció su “Historia del toreo”, excelente obra con ameno y sutil relato, donde el escritor catalán inicia su explicación en las circunstancias sociales que en 1700 originaron el nacimiento del toreo a pie, así como su primera ordenación con diestros considerados primitivos, como los Palomo y los Rodríguez de Sevilla; José Cándido de Cádiz y los Romero de Ronda, estableciendo un discurso salpicado de anécdotas y hechos curiosos, que llega hasta la década de los sesenta del siglo XX, con Antonio OrdóñezEl Viti y El Cordobés. Este libro que ahora ve nuevamente la luz, fue editado por Ediciones Destino, y tal fue su aceptación entre los lectores que consiguió tres ediciones, la última en 1993. 


En cuanto a la segunda obra, hemos de comenzar afirmando que son muy pocos los escritores que han pensado y comprendido la historia del toreo como Carlos Fernández López Valdemoro -José o Pepe Alameda- (Madrid 1912-Ciudad de México 1990), que tras licenciarse en Derecho en Madrid, por razones políticas marchó exiliado al país azteca en 1939, donde por sus conocimientos y experiencia como aficionado práctico -llegó a tentar con Juan Belmonte- fue conocido como El Maestro. Allí desarrolló una excelente labor como crítico y escritor taurino en radio, prensa y televisión. En «Los heterodoxos del toreo» (1979), el autor dedica una cruda introducción, que rotula como “la olla podrida de la crítica”, para denunciar un fenómeno específico de España, el sector de la crítica “terrorista" que tanto influjo negativo tuvo no hace tantos años en nuestra nación.

 Alameda inicia su relato con esta certera reflexión: 

«Si no hubiera hombres capaces de jugarse la vida frente a un toro, no habría corridas ni, por consiguiente, crítica taurina.

¿Cómo se ha podido llegar a la monstruosa deformación de que un sinvergüenza provisto de una pluma viva de insultar a quienes, con su arrojo, le dan la posibilidad de existir “profesionalmente”?

Todo el respeto para el que respeta, todo el desprecio para quienes empiezan por no respetar a la fiesta de los toros…».

Seguidamente, el lector se adentrará en un ameno ensayo, donde el  autor explica con conocimiento de causa el papel que desempeñaron en la historia espadas considerados diferentes, y por tanto cuestionados, advirtiendo que «… al torero no hay que preguntarle, hay que verlo, sabiéndolo ver, sin dejarse engañar por la corriente del toreo, donde se marea el que mira si en vez de atraparla mentalmente permite que se lo lleve el río». En su estudio de los diestros considerados heterodoxos, el escritor madrileño invita a analizar las figuras de CúcharesEl EsparteroReverteEl GalloBelmonteCarmelo PérezLa SernaArruzaProcuna, y El Cordobés, concluyendo con una llamada donde subraya la importancia histórica de los grandes toreros ortodoxos, “como cimiento y cúpula de esa rara hazaña de tres siglos que se llama el arte de torear”. Dice así:

«A pesar de la literatura belmontista (que, de hecho, es contra Gallito), la figura de José emerge y se robustece cada día. A pesar de la literatura antimanoletista (esta sí, declarada), no se desdibuja el perfil de Manolete.

Ya que hemos juntado sus nombres, obsérvese la coincidencia: solamente cubrieron ocho temporadas cada uno. Gallito, del 12 al 20; Manolete, del 39 al 47. Meses más, meses menos, pues la temporada de la alternativa y de la muerte son en ambos incompletas. Corto tiempo para tan honda huella».

A la amplia oferta de Editorial El Paseíllo se añaden ahora estos dos excelentes libros taurinos, ideales para aquellos aficionados que anhelan profundizar su formación con los grandes autores de la historia del toreo. 

 

 

martes, 2 de junio de 2020

RODOLFO GAONA, EL PROTAGONISTA MEXICANO DE LA EDAD DE ORO DEL TOREO

Por Antonio Luis Aguilera
Rodolfo Gaona
El mexicano Rodolfo Gaona, por sus portentosas cualidades técnicas y elegancia natural, fue de los toreros que dejó una profunda huella en el toreo de su tiempo, nada más y nada menos que la edad de oro protagonizada por Joselito y Belmonte, con los que echó el paseíllo abriendo plaza en numerosas ocasiones. Gaona, que tomó la alternativa en Tetuán de las Victorias (Madrid) el 31 de mayo de 1908, de manos de Manuel Lara El Jerezano, con quien actuó mano a mano, fue un lidiador formidable, cuya carrera, marcada por altibajos de carácter personal y de forma más concreta por el desafortunado matrimonio contraído en nuestro país, cruelmente tomado a burla por el público para humillarlo en las tardes menos afortunadas, no tuvo el máximo nivel de regularidad, lo que no impide que sea considerado el primer torero importante de la historia sin haber nacido en España, una primerísima figura del toreo de las que marcan diferencias por su templanza en el ruedo, conocimiento del oficio y magníficas condiciones artísticas.
Rodolfo Gaona en la plaza de Madrid. Foto Espasa Calpe.
En un texto editado el pasado mes de octubre en este blog (ver entrada), nos hicimos eco de la influencia de Lagartijo en la famosa dinastía de los Gallo, familia que siempre veneró y respetó como modelo magistral de elegancia taurina la figura de Rafael Molina Sánchez. En esta ocasión cruzamos imaginariamente el charco para seguir buscando la huella del genial espada cordobés, que también tuvo continuidad en México, donde Saturnino Frutos Ojitos, antiguo banderillero en la cuadrilla de Frascuelo, conocedor por tanto en primera persona de la noble competencia mantenida entre Salvador y Rafael, creó una escuela taurina en León de los Aldama, localidad natal de Rodolfo Gaona, por la que pasó como alumno mostrando unas cualidades nada frecuentes, que serían pulidas por el experto y exigente banderillero madrileño, quien inculcaría al Indio Grande las elegantes enseñanzas del Califa de Córdoba para que terminara convirtiéndose en el Califa de León.  
Rodolfo Gaona ejecuta la gaonera, lance de frente por detrás de Cayetano Sanz.
Una vez más recurrimos a la célebre sentencia del genial José Alameda: "La historia no establece dogmas, los establecen quienes la escriben". Efectivamente, como ocurriera con Manuel Jiménez Chicuelo, a quien algunos quisieron despachar históricamente en dos renglones, envuelto en el bonito papel de regalo de la chicuelina, a Rodolfo Gaona se le conoce poco más que como el inventor de la gaonera —el lance de frente por detrás del madrileño Cayetano Sanz, que por la soberana elegancia y ajuste del torero de México sería rebautizado definitivamente con el derivado de su apellido—. Mas Gaona también fue ninguneado por algunos de los plumillas que escribieron la historia, que no incluyeron al grandioso diestro azteca como el tercer hombre de la edad de oro del toreo. Desviando la atención a otra historia, la de su desafortunado matrimonio, no todos vieron para contar la inmensa torería del Indio Grande, que tanta inquietud despertó en los primeros años de ascensión al trono del toreo del magnífico Joselito —con quien finalmente llegaría a torear 139 corridas, cifra solo superada por Belmonte (258) y su hermano Rafael El Gallo (185)—, que conociendo mejor que nadie que no se trataba de ningún cualquiera, procuró orillarlo de las corridas en que actuaba con Juan, pues sabía que Gaona era un torero completo, con sello propio, de largo repertorio, conocedor de todas las suertes de capote, excelente banderillero por ambos lados, armonioso muletero y eficaz estoqueador. 
Para el gran escritor José Alameda, el espada mexicano fue insuperable en banderillas, pero también le andaba a los toros con la muleta, no solo para ir al animal o para citarlo, sino dentro del desarrollo de la faena, para mantener la reunión entre suerte y suerte, en el enlace de ellas, andándole, recolocándose sobre la marcha, siempre armónicamente.    
La gaonera en los pinceles de Ruano Llopis
Pero es Néstor Luján quien en su "Historia del toreo" nos ofrece un retrato radiográfico del Califa de León: “Gaona fue un artista extraordinario. Con el capote, en su época, tan solo le pudo superar en finura y fantasía Rafael el Gallo, aunque Gaona era más clásico y tenía un retoque más perfecto. Cultivaba unas verónicas elegantes y paradas, parecidas a las de Fuentes, aunque templando más que él, e imprimiéndoles una majestad menos rebuscada. Las daba generalmente con los brazos muy levantados. Sus faroles y navarras eran limpios e impecables. Su repertorio de largas era soberano, y entre todas, resaltaba como una joya la sobria y majestuosa larga cordobesa del gran LagartijoSus floreos en las largas cambiadas, afaroladas, revoleras y serpentinas eran de una efervescencia inaprensible. Su tijerilla de rodillas y su célebre gaonera, que resucitó del ya desvanecido repertorio de Cayetano Sanz, eran modélicas, y como tales han quedado.
Impresionante par de Rodolfo Gaona. Pamplona, 8 de julio de 1915. 
Pero lo prodigioso era su modo de banderillear. En nuestro siglo solo le igualó Joselito, pues ambos clavaron rehiletes en todas las suertes y terrenos, y de un modo perfecto. Sus preparaciones, hechas con una consciente distinción, su presteza en ejecutar la suerte, su incomparable seguridad al clavar y su perfección impecable le colocan entre los mejores banderilleros que han existido. Con la muleta, fue un portentoso muletero con los toros suaves y nobles; con los toros difíciles, se amilanó y no tuvo la precisa y férrea exactitud de Joselito, ni la acongojada belleza de Belmonte, ni la frenética temeridad de Sánchez Mejías, pero cuando el toro era suave no conocía parigual su delicadísima y aquilatada maestría. Con la espada mató, algunas temporadas, muy bien a volapié. Pero, por lo general, no estaba la altura de su altísima categoría. Tal ha sido el torero que México ofreció al toreo en estos años tan intensos en que Joselito y Belmonte disputaban su hegemonía sobre las viejas arenas del ruedo ibérico”.
Adorno de Gaona en la plaza de Madrid. Foto Espasa Calpe.
Paco Aguado en su magnífico libro "Joselito El Gallo, rey de los toreros", reeditado recientemente por Editorial El Paseo, escribe refiriéndose al espada mexicano: "...el elegante Rodolfo hubiera sido, de llegar a mayor regularidad, el rival más natural del sabio de Gelves. Con un similar concepto del toreo, derivado de la línea lagartijista, y con el mismo aprendizaje clásico por distintas vías, Gaona tenía más clase que José y más poder que Belmonte. El mexicano, además, no basaba tanto su toreo en las facultades físicas como en un depurado juego de brazos. Era tan largo como Gallito pero más puro y más artista, con más prestancia y más temple. Y mucho mejor con las banderillas y con la espada. Cuña de la misma madera, podía ser, desde luego, un molestísimo enemigo. Pero a Gaona le faltó, en general, capacidad de lucha, la fibra suficiente para mantener el ritmo de los dos colosos...".
Las imágenes del video que insertamos al final de este texto hablan por sí mismas de la inmensa capacidad y torería del espada mexicano, de quien Juan León (Julio Fuertes), reivindicó su figura en la revista El Ruedo de Madrid en una editorial titulada “La terna de la Época de Oro”:
“Ya dejé apuntado que en la edad de oro del toreo, así llamada por los furibundos partidarios de Joselito y Belmonte, con estos dos diestros sevillanos se completaba una terna que hoy me parece justo llamar de oro, con el mexicano Rodolfo Gaona. Es indudable que Rafael el Gallo y Vicente Pastor, entre otros, también “cortaban el bacalao” y con los cuales y algún otro diestro de la terna de oro, se montaban carteles de gran atractivo para el público… Pero el cartel máximo de la segunda década de este avanzado siglo XX era el mencionado Gaona, Joselito y Belmonte”. 
Rodolfo Gaona en el célebre "par de Pamplona".
Terminamos esta evocación homenaje al inolvidable torero mexicano con la belleza de los versos del gran escritor y poeta José Alameda


Estampa de Gaona con Gallito

Huraño, cenceño, altivo,
quieto en la estampa te veo,
como cuando estabas vivo
en la suma del toreo.

Te da los palos José
—las banderillas, tu suerte—
Él lo sabe —y yo lo sé—
no por competir, por verte.

Por ver en tiempo y espacio
el milagro de ajustar
los pies al verso de Horacio.

Y salir como al entrar,
andando, abriendo despacio
tu gloria, de par en par.



 "Rodolfo Gaona, el toreo mexicano más trascendental", de Elías Ruvalcaba.


sábado, 6 de julio de 2019

UN SIGLO DE LA ALTERNATIVA DE CHICUELO

Por Antonio Luis Aguilera
Cartel de Sevilla 2019. Obra de María Gómez
Los buenos aficionados, los que aman y respetan la historia del toreo, confiaban que este año la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, al cumplirse el centenario de la alternativa de Manuel Jiménez Chicuelo, hubiera tenido el buen gusto de homenajear al espada con una obra pictórica acorde a su categoría, que ensalzara su figura y su toreo, en el cartel de festejos de la temporada 2019 de la ciudad hispalense. Pero los responsables de la encopetada institución no tienen la sensibilidad de los buenos aficionados, y eligieron la obra de la pintora María Gómez para reproducir un lienzo que representa a un monigote de torero, demostrando así la afinidad que existe entre la entidad que representan y el sentir de la afición, o quizá la atrofia al interpretar una fiesta popular como es el toreo desde la altura de su linaje. ¡Qué sarcasmo pretender que la obra, por llevar escrito en una miniatura ilegible el apodo del diestro, sea considerada un homenaje a un torero tan grande e histórico! Porque no debe olvidarse que Chicuelo fue el genial artista que creó la faena moderna, mientras el monigote no deja de ser otra mamarrachada de las que desde hace varios años, tras ser objeto de burla por la guasa sevillana, se incorpora al museo de dudoso gusto taurino donde exponen sus carteles modernistas los dueños de la plaza. ¡Qué nostalgia de los pinceles toreros de Pedro Escacena!
Pase de costadillo de Chicuelo. Cartel de la
 temporada 1987. Obra de Pedro Escacena
A pocos toreros de la repercusión de Manuel Jiménez Chicuelo han puesto tantas piedras en el camino tratando de impedir su acceso a lo más alto de la historia. Lo hicieron en vida del genial torero y, de soslayo, en la conmemoración de una efeméride tan redonda como el centenario de su alternativa. Es triste e injusto, porque antes y ahora se ha desplegado una conspiración de silencio contra uno de los faros que ha guiado el arte del toreo, proyectando a los navegantes la luminosa señal de una de las inteligencias más lúcidas, artísticas y creadoras de la Tauromaquia, cuyo resplandor ha sido imposible ocultar, porque refulge cada tarde en cualquier ruedo cuando se liga el toreo en redondo aplicando el canon chicuelista, que permite la expresión libre de cada espada según su acento personal, como las cuerdas de la guitarra permiten expresar cualquier palo del cante flamenco, ya sea por bulerías, soleares, martinetes o tarantas. 
La huella de Manuel Jiménez Chicuelo en el toreo moderno es tan profunda como la de José Gómez Gallito –que esbozó la ligazón del pase natural-, la de Juan Belmonte –que acortó distancias para ceñir el toreo y expresar con su temple portentoso un pase nuevo, sujetando las embestidas, en la faena vieja; porque, salvo excepciones, no ligó los pases en redondo-, y la de Manuel Rodríguez Manolete –que reduciendo aún más las distancias, para obligar a arrancarse a la mayoría de los toros, impuso definitivamente la faena de Chicuelo-. Golpe a golpe, verso a verso, como los Cantares del poeta Antonio Machado, todas hicieron camino al andar y quedaron para siempre incorporadas con letras de oro en la Tauromaquia, aunque previamente fue necesario que Rafael Guerra Guerrita, el último rey del toreo del siglo XIX, resultara determinante en la evolución del toro moderno, al influir en los ganaderos para que perfeccionaran la selección afinando estilo, tipo y encornaduras, y de esta forma fuera posible otra lidia distinta a la de su época, más brillante, reunida y artística.  
Alternativa de Chicuelo. Sevilla 28/9/2019. Foto familia Chicuelo
Al conmemorarse el siglo de la alternativa de Manuel Jiménez Moreno, que el 28 de septiembre de 1919, contando diecisiete años de edad, recibió de Juan Belmonte muleta, espada y un apretón de manos deseándole suerte con Vidriero, del Conde de Santa Coloma, rendimos tributo a la carrera profesional de uno de los espadas más influyentes en la historia, aunque esta influencia fuera silenciada por algunas plumas que le hurtaron su verdadero sitio en el toreo, dedicándole los renglones precisos para atribuirle la invención de la chicuelina -por cierto, también "olvidaron" que con la muleta creó los pases de costadillo y de la firma-, cuando en realidad fue un artista excepcional y definitivo en el toreo moderno. Como escribe Néstor Luján en su "Historia del Toreo" (Ediciones Destino, 1954): "Chicuelo ha sido, además, creador del ritmo de torear moderno, del encadenamiento suave y fluente de las faenas, con una ensambladura invisible. Todas las faenas -las buenas faenas, se entiende- de Chicuelo, poseían una ligazón impalpable que, unida a la perfección delicada que imprimía a sus pases, dieron lugar a aquella radiante armonía que ha quedado como modélica. Su influencia personal, técnica y estética sobre Manolete, fue enorme y no ha sido todavía estudiada. En los primeros tiempos de Manolete, el consejo de Chicuelo fue constante".
Chicuelo al natural con Corchaíto. Madrid 24/5/1928. Foto familia Chicuelo
Más rotundo en su defensa fue Luis Carlos Fernández López-Valdemoro, que firmaba con el seudónimo de José Alameda, y fue quien explicó y argumentó magistralmente la evolución del toreo moderno, colocando a Chicuelo en el lugar que históricamente le correspondía. El madrileño José AlamedaJosé en recuerdo de Gallito y Alameda por la torera Alameda de Hércules-, que fue aficionado práctico en su juventud y llegó a compartir tentaderos con Juan Belmonte, enseñoreó la historia del toreo desde el exilio mexicano con obras de excelsa categoría como "Historia verdadera de la evolución del toreo" (Bibliófilos Taurinos, México D.F. 1985), "El hilo del toreo" (Espasa-Calpe, 1989) o "Los arquitectos del toreo moderno" (B. Costa-Amic. Editor. México 1961, reeditado en España por Bellaterra en 2010), para abrir los ojos de par en par a cuantos quisieran conocer a los espadas que fueron los protagonistas de la infancia, adolescencia y madurez del toreo de nuestros días. 
Otro natural de Chicuelo a Corchaíto. Foto Baldomero (Familia Chicuelo)
Manuel Jiménez Chicuelo fue el creador de la faena moderna, porque fue el primer torero que alternó los terrenos de adentro –en la tauromaquia antigua exclusivos del torero, siempre con la espalda hacia tablas- y los de fuera –entonces considerados del toro-, para revelar la ligazón en redondo del pase natural. Y aunque en su larga carrera de torero artista y algo bohemio existieron capítulos desiguales, lo que nadie le puede arrebatar es que fue el primero en realizar esa faena y enseñarla a los demás toreros, el primer maestro en establecer un canon que sigue vigente en nuestros días. Como sentencia José Alameda: “Se había escrito la historia escondiendo a Chicuelo cuando todavía estamos bajo la influencia de su toreo”.
Manuel Jiménez Chicuelo. Foto familia Chicuelo
Conviene recordar también la propagación en el planeta de los toros del canon chicuelista, porque si trascendente resultó su inolvidable faena en Madrid el 24 de mayo de 1928, donde inmortalizó al toro Corchaíto de Graciliano Pérez Tabernero, al estudiar su obra no deben pasar inadvertidas otras faenas excepcionales, como las realizadas en la plaza de El toreo de la Condesa de México, donde en 1925 inmortalizó a los toros Lapicero y Dentista -así lo llamó el ganadero de la divisa de San Mateo, don Antonio Llaguno, por un dolor de muelas que sufría Chicuelo-, que dejaron una huella imborrable en la afición hermana e influyeron en el concepto de un diestro tan importante en el país azteca como el maestro de Saltillo Fermín Espinosa Armillita; o la de Maracay (Venezuela) el 11 de enero de 1935, cuando Chicuelo toreó al toro Carpintero, de don Antonio Pérez, de San Fernando, y que cita Curro Girón en su autobiografía como uno de los sucesos más importantes recordados por la afición venezolana. Lo que confirma que el canon de faena revelado por Chicuelo no solo fue implementado en España, México o Venezuela, sino en todo el orbe taurino. 
Chicuelo y Dentista con el ruedo lleno de sombreros. México 25-10-1925
Esta es la historia y grandeza de un artista excepcional, de un torero genial, a quien algunos pretendieron esconder en el baúl de los recuerdos mientras repartían los titulares de la historia entre Gallito y Belmonte, siendo más generosos con este último, a quien sus panegiristas no tuvieron reparos incluso en atribuir en exclusiva la paternidad de un toreo que, sin embargo, tuvo otros padres. Porque como asegura José Alameda, que fue testigo de esa época, en el libro "Los arquitectos del toreo moderno": "En cuanto a la creencia de que Juan Belmonte inventó el toreo moderno, es verídica en parte, y en parte no. Cierto que él hizo algo decisivo. Pero no todo. Otros hicieron lo suyo y no se ha dicho. Es cierto que Belmonte redujo las distancias y ciñó el toreo, pero no cambió su planteamiento. Toreó más cerca y templado que sus predecesores, pero, en cuanto a la concepción de la faena, igual que ellos". Así, pues, si en el toreo moderno cobra supremacía la faena de muleta, la que desde Chicuelo a nuestros días liga los pases en redondo agrupándolos en series como los versos de un poema se agrupan en estrofas, en el centenario de la alternativa de Manuel Jiménez Moreno puede concluirse que la columna vertebral de ese toreo la forman Gallito, Chicuelo y Manolete