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lunes, 11 de agosto de 2025

LA ÉPOCA DE MANOLETE Y ARRUZA

Por Néstor Luján

(Diario ABC: Madrid, 21 de Abril de 1957)

 

Manolete y Arruza se saludan en  Valencia,
la tarde del 7 de octubre de 1945. Foto Finezas.


«He de escribir sobre una etapa taurina a la cual me ligan no solamente unas marcadas diferencias de tipo estético, sino también de carácter sentimental. Es la comprendida entre 1939 a 1947, fecha de la muerte de Manolete, y, singularmente, los intensos años de la competencia entre Manolete y Arruza. Es decir, de julio de 1944 a la muerte del cordobés, en agosto de 1947. Esta época la contemplaré a través del acontecer taurino en Barcelona.

 

En las plazas barcelonesas que, como es bien sabido, son temperamentales, muy generosas, poco exigentes y heterogéneas en cuanto a la cantidad y calidad de aficionados, la época mencionada fue, sin lugar a duda, el último gran momento de una auténtica afición a los toros. Sin prejuzgar, porque sería absurdo hacerlo, las calidades de los toreros que precedieron a Manolete y las de los que le han seguido, hemos de señalar que, en ese lapso de tiempo, la afición permaneció en sus límites estrictos por lo que se refiere a la actitud estética y técnica. A la plaza iba el suficiente número de aficionados para contrapesar al cada vez mayor contingente de público. Después de esta etapa, cuando se perdió la fascinación del toreo de Manolete y la enajenación del toreo de Arruza, sobrevinieron unos años de crisis y de desgana, luego han llegado los opulentos años del turismo y la afición, ese grupo siempre minoritario, pero que es verdadero fermento de la plaza, ha dejado totalmente de tener influencia en ella. Conste que hablamos de la afición reflexiva, entendida y conservadora, que ha sido el núcleo que, desde siempre, ha mantenido los toros en sus magníficas proporciones y que ha permitido en el curso de la historia del toreo la necesaria, descrita y progresiva evolución.

 

"Manolete conoció la soledad en la cumbre del toreo"
Sevilla, 18 de abril de 1945. Foto Finezas.

Desde hace varios años, el aficionado pesa muy poco en la plaza. Exactamente, en las plazas barcelonesas, el aficionado está en tan penosa minoría, que las más de las veces deserta de su puesto. Hay demasiadas fiestas de toros, excesivos intereses creados, y, sobre todo, un público nuevo, deseoso solamente de espectáculo, que ha hecho desaparecer cualquier rigurosidad. Para este público extranjero o español que acompaña a extranjeros, conceder una oreja es tan gentil y prodigioso espectáculo como ver un buen natural.

 

Quede, pues, claro que, en Barcelona al menos, el viejo clima de la fiesta de los toros lo ofreció en todo su dorado prestigio, la extraordinaria figura de Manolete y su pugna con Arruza que en el momento en que surgió en estas plazas —exactamente en julio de 1944—, si no hubiese existido, hubiera sido necesario crearlo. Y Arruza con su fábula de valor, fue creado en diez corridas seguidas que toreó en la plaza Monumental catalana, de julio a septiembre de aquel año.

 

"Manolete devolvió la afición de los toros a Barcelona"  


Manolete apareció en Barcelona el día 1 de octubre de 1939, en una corrida de Curro Caro y Juanito Belmonte, y con reses de Atanasio Fernández. Desde el primer momento, los aficionados vieron algo excepcional en el torero cordobés y en aquel momento, Barcelona, que había pasado tres años sin ver toros, volvía a ellos mezclando la curiosidad con una especie de entusiasmo patriótico, retornaba las plazas. El momento era desconcertado y en toda España, por las circunstancias bélicas, había pasado por un momento letárgico. Cuando vino el sosiego, los toreros de preguerra tenían un prestigio lejano, nebuloso. Marcial Lalanda, Vicente Barrera, Domingo Ortega, Pepe Bienvenida y Nicanor Villalta monopolizaron los primeros carteles y representaron un arte conservador. Pero la afición estaba, ante la repetición de estos maestros, que no aportaban nada nuevo, como entumecida, sin recuperar la alegría cordial y desbordada que llena de sol todas las tardes de toros. 

 

 Manolete. "Desde el primer momento interesó".
Plaza México, 2 de febrero de 1947.


Por aquel tiempo, en Barcelona empezó a torear Manolete. Desde el primer momento interesó. Se le consideró un muletero con estilo pulimentado y duro, destellante en los naturales y lento y solemne los ayudados por alto. Como matador se le aplaudió mucho, pero le faltaba un descabello contundente y eficaz. Su toreo con la capa era fláccido y solo toreaba a la verónica. A pesar de todo, el público de sombra y gran parte de sol —que luego tanto le tenía que denostar— lo tomó como bandera de combate ante el toreo maduro y crepuscular de Marcial Lalanda. Quien tenga presente los “mano a mano” que se vivieron en Barcelona entre Manolete y el torero madrileño recordará con qué sencillo patetismo se desarrollaban. Lalanda produjo las faenas más grandilocuentes de su historia. Su esfuerzo fue agotador. Toda su capacidad de retorcimiento y de angustia artificiosa adquirió, por primera vez, un significado vivo y palpitante. Por última vez, su toreo, respondió a una sinceridad temperamental, porque se estrellaba ante un toreo natural y lógico, impecable y sin estridencias. Aquellos mano a mano fueron la gran campaña final de Marcial Lalanda. Acabó magníficamente, soberbio, en un acorde final de todas sus posibilidades.

 

Sevilla, 18 de abril de 1945. Primera tarde de la feria conocida 
como la de "las taleguillas rotas", por la encarnada competencia de
 Manolete y Carlos Arruza, que posan junto a Pepe Luis Vázquez.
Foto Finezas.


Manolete tuvo entonces dos posibles rivales: Domingo Ortega y Pepe Luis Vázquez. Con el primero, la pugna no tuvo vitalidad; Ortega podía con todos los toros, la mayoría de ellos frágiles, que rompían plaza en aquellos años y explicaba su lección escuetamente como un lógico profesor. La pugna con Pepe Luis Vázquez se hundió en una ráfaga de abulia que se apoderó del gran torero sevillano. Recordaremos toda la vida el primer mano a mano Manolete-Pepe Luis Vázquez, que se celebró en Barcelona en 1942. Allí nos dimos cuenta que Pepe Luis no iba a plantarle cara a nada ni a nadie. Era un torero precioso, desdeñoso, mágico y alegre, extraordinario, pero sin la tensión del luchador. Entonces vinieron dos años en que Manolete conoció la soledad en la cumbre del toreo. Es aquella suprema soledad tan peligrosa, que acabó incluso con el hombre más macizo moralmente que han tenido los toros; nos referimos al Guerra. Por julio de 1944, en nuestra ciudad, que ha sido la que más veces vio torear a Manolete y la que más devotamente le había seguido, el público estaba ya de uñas con él. Recordamos aquella gran faena al toro de Miura del 4 de julio —la de la fotografía del natural, miles de veces repetida—, en la cual, después de la faena más clásica, parte del público, le silbó. A finales de aquel mes, por fortuna para Manolete, se presentaba Arruza en Barcelona, acompañado por un extraño y enigmático destino, del mismo Chicuelo que había asistido a Manolete en 1939. Carlos Arruza lo vulneró todo.

 

Rivales en el ruedo y grandes amigos en la calle.
Barcelona, 27 de junio de 1945. Foto Mateo.


Carlos Arruza fue exactamente una vitalidad pura. Con los toros de aquellos años, lo hizo todo, sin que nada se le antojara grotesco o impuro. Su visión deportiva y musculada de la fiesta, su limpieza aséptica en el adorno, su trasteo con la muleta, brutalmente acongojado, sin buscar otra cosa que la emoción, aunque viniera no importa por cualquier camino, aunque bordeara el ridículo, ha sido definitiva. Sus faenas de muleta recortadas, fogosas, en donde cada paso era un quiebro —cite con el cuerpo y un vaciado de un reflejo rapidísimo, infalible— llena de alardes a veces casi visibles, no produjeron otra cosa que un estupor profundo. Arruza ha tenido como ningún otro torero el don de producir una emoción arañada y súbita con los pases menos interesantes. Su personalidad lo ha superado todo, su sugestión para producir entusiasmo, la frescura fuerte y felina de su cuerpo han sido el suceso de esta época. En Arruza todo tenía un latido joven e incluso los menos arrucistas —entre los que me cuento yo— nos hemos dejado llevar en algún momento por el enardecido ambiente que creó este fabuloso torero. Ante él, Manolete reaccionó de una manera magistral. Creó un arte de contención que palpitaba de una manera impresionante. Recordamos los “mano a mano” con Arruza en las fiestas de la Merced de 1945. En ellos estallaban los variados quites del torero mexicano con una precisión seca y luminosa, y a cada quite correspondía Manolete del mismo modo, toreando con una capa lenta y enjabonada y trazando aquella media verónica, en la cual el capote parecía tener una circulación sanguínea, una red fina y angustiada de venas y arterias. Su último quite se esculpió siempre con el público enajenado, sin volver de su asombro. La afición se dividió y se vivieron días brillantísimos dentro del toreo de aquel momento. Barcelona vivió unos años entusiastas y vibrantes porque tuvo la sensación, además, de que ambos toreros habían salido al calor del entusiasmo. Ciertamente, tanto Manolete como Arruza fueron unos toreros barceloneses en el sentido de que en nuestras plazas fue donde torearon más, y fue nuestro público, con el de Valencia quizá, el que les hizo pareja. Con ello no queremos decir que no hubiese sucedido lo mismo en otras plazas. Pero Barcelona, por las especiales características del público y de su empresario de toros don Pedro Balañá, tuvo la oportunidad de lanzar estos toreros, de enfrentarlos luego, de discutirles y de aplaudirles.

 

"Después de la faena más clásica, parte del 
público le silbó". Barcelona, 2 de julio de 1944.
Foto Mateo.


Estamos a diez años del fin de aquella época taurina. Resulta curioso contemplar cómo pasa el tiempo en los toros. Esta época parece ya mucho más lejana y no puede mirarse sin una agridulce sensación de nostalgia. El toro ha cambiado mucho más de lo que creemos y el público también. No hemos de desconocer que muchas de las cosas que hoy nos desagradan de los toros estaban en germen entonces, o ya habían nacido. Pero todo ello estaba contenido por la enorme capacidad del arte de Manolete y por la extraordinaria vitalidad de Arruza. El despeñadero por el que han caído los toros luego, ellos lo contuvieron, con una evidente dignidad. Manolete devolvió la afición de los toros a Barcelona y Arruza añadió la polémica. Fueron unos años de una gran amenidad para quienes asistieron a las corridas. A partir de entonces el toreo ha empezado a hacerse en serie, se ha llegado a la monótona industrialización del espectáculo. En este momento, no queremos discutir sobre la calidad de los toreros ni de su toreo, pero sí decir que el público va a la plaza sin aquella ilusión, sin aquella esperanza, sin aquella profunda alegría que durante aquellos años tuvimos. El arte de torear estaba vivo, palpitante todavía…».

 

jueves, 18 de agosto de 2022

«MANOLETE» RECORDADO POR «GITANILLO DE TRIANA»

Rafael Vega de los Reyes «Gitanillo de Triana»

En una de las entrevistas recogidas en el libro «Mi ruedo ibérico», de Marino Gómez-Santos (Colección «La Tauromaquia». Editorial Espasa-Calpe, 1991), el periodista asturiano publica la que mantuvo con el matador de toros Rafael Vega de los Reyes «Gitanillo de Triana», quien fuera tantas tardes compañero en los ruedos de Manuel Rodríguez «Manolete».

No podía faltar en este blog manoletista el extracto que recoge la opinión sobre el espada cordobés de su compañero, amigo y compadre.

«Gitanillo de Triana torea en la corrida de toros en la cual Manolete tomaba la alternativa. Actuó como padrino Chicuelo y Rafael como testigo.

—Les cortamos las orejas a los toros Manolete, Chicuelo y yo.

 —¿Qué te dijo Manolete?

A Rafael se le alegra el semblante. Apoya el codo en el mostrador y me dice en tono confidencial:

Manolete me dijo que no era la primera vez que me veía, sino que me conocía de antes de la guerra, de un tentadero donde él estaba como aficionado, allí, en Córdoba. Se mostró muy agradecido, porque recordaba que yo le había dejado  torear una becerra. La verdad, no me acordaba.

Aquel año toreé otra vez muchas corridas de toros. Luego tuve otro bache y fue cuando empezó mi amistad con Manolete, que iba a la tertulia de Chicote con el señor Herrera, con Camará y mucha gente más que ahora no recuerdo. Manolo y yo salíamos juntos muchas veces. Empezó a ponerme de primer espada en los carteles donde él figuraba, y puedo decir que todas las corridas que toreé con Manolete, si no he cortado orejas, he quedado muy bien. Yo ponía interés para que me viera Camará. 

Arruza, Gitanillo y Manolete

—¿Cómo era Manolete de carácter?

—Muy simpático, aunque seco en apariencia. Para saber cómo era realmente, había que convivir con él. Dentro de aquella seriedad suya le gustaban las bromas y las chuflas a tiempo. Le gustaban el baile y el cante muchísimo. Íbamos mucho a Villa Rosa, donde pasaban todos los artistas de este género. A Manolo le gustaba mucho oír cantar a Caracol y, de mujeres, le gustaba ver bailar a mi suegra, Pastora Imperio. 

Gitanillo de Triana y Manolete iban a comer muchas veces a la Nicolasa y al frontón Recoletos.

—Le gustaba estar con amigos, en la intimidad, fuera del bullicio, porque su nombre ya era famoso y le traían frito con palmadas en la espalda, autógrafos. ¡Yo qué sé! 

Gitanillo de Triana está en casi todos los carteles en los que figura Manolete. También alterna con Juanito Belmonte, el Andaluz, Luis Miguel Dominguín

—Era una época en que el público exigía mucho a Manolete y todos los que toreábamos con él teníamos que arrimarnos mucho. Yo he visto salir por la puerta de los chiqueros toros que me parecían difíciles, y luego, cuando Manolete los toreaba, resultaban magníficos. Estoy seguro que Manolete entendía de toros muchísimo. 

Era compadre de Gitanillo de Triana. Apadrinó a su hijo Rafael.

—Celebramos el bautizo en la Ciudad Lineal, en una venta que tenía entonces mi suegra, que se llamaba La Capitana. La celebración del bautizo duró dos días.

—¿Qué le regaló Manolete al niño?

—Una medalla de oro, grande, con la imagen de San Rafael. 

Rafael recuerda a Manolete en México. La habitación del hotel estaba llena de gente de todas las clases sociales y políticas.

—Allí todo el mundo decía: «¡Viva España!» Recuerdo que en un banquete que le dieron a Manolo en Lima se levantó para hablar Agustín de Foxá. Dijo, entre otras cosas: «El mejor diplomático que ha podido mandar Franco a las Américas se llama a Manolete». 

Manolete en la plaza de Lima

Recuerda también como una noche fue con Manolete a un club típico de México y cómo lo reconocieron al entrar.

—El público se puso en pie y le hacían calle para que pasase, diciendo al mismo tiempo: «¡Viva el señor Manolete!» Porque en México le llamaban «el señor Manolete». 

Eran los tiempos en que Silverio Pérez era la figura del toreo mexicano. Le enfrentaron con el torero cordobés en los ruedos, y la plaza se llenaba de público cada tarde.

—Un día Silverio nos dio una comida en su casa. Recuerdo que me dijo: «Del esfuerzo que estoy haciendo con Manolete arrimándome, voy a enfermar». 

Rafael no es hombre de anécdotas ni de historias preparadas para ser publicadas en los periódicos. Él es un hombre sencillo, noble de alma y poco dado a la política publicitaria. 

—Y estamos ya en el año trágico para la suerte de Manolete y del toreo. Ese año toreamos en España. Manolo me decía muchas veces que era su último año de torero, porque pensaba retirarse. El público le exigía cada vez más, quizá mucho más de lo que puede darse. Yo he visto cómo ejecutaba treinta pases a un toro, cómo luego le cogía por el pitón y, a pesar de eso, la gente le gritaba desde los tendidos. 

Con Miuras en Valencia

Aquel 28 de agosto Gitanillo de Triana llegó de madrugada a Linares, pues el día anterior había toreado en otra plaza.

—Yo me encontré con Manolo en el Hotel de Linares. Vino a mi habitación a fumar un cigarro conmigo. Yo tengo una bata que conservo aún, que compré en Nueva York. Es muy florida, con muchos colores. Recuerdo que al verla colgada detrás de la puerta la cogió por un pico y me dijo, de chufla: «¡Compadre, que bata más gitana tienes!»

Hacía mucho calor en Linares aquel 28 de agosto. Manolete, sentado en una silla junto a la ventana, le dijo a Rafael, sin dejar el tono de broma:

—¿Qué, te vas a arrimar mucho esta tarde?

Rafael le contestó, siguiendo su mismo tono:

—Mira, Manolo, quien tiene que arrimarse eres tú. 

Rafael recuerda el traje que vestía aquella tarde el torero de Córdoba.

—Era un rosa claro y oro. Cano nos hizo una fotografía en la puerta de arrastre.

La tarde de Linares en los pinceles toreros de Diego Ramos

No es un tema de conversación agradable para Gitanillo de Triana, a quien se le pone la voz grave recordando cómo llegó la tragedia.

—Esa tarde, el primer toro me cogió y me dio una voltereta, pero sin consecuencias. Estuve regular. Salió Manolete, y en su primer toro estuvo bien, pero sin cortar oreja. La gente se metió con él. Dominguín cortó las orejas del tercero de la tarde. El quinto era Islero. Salió manso, venciéndose mucho por un lado. Manolete se arrimó muchísimo. Entró a matar en la suerte contraria, y el toro tenía mucha tendencia a irse a los chiqueros. Se volcó encima del toro y le dio una estocada hasta la bola. Fue en ese momento cuando Manolete resultó empitonado por la ingle derecha. Ya herido el toro de muerte, saltó por encima de Manolete y se fue hacia los chiqueros.

—¿Os dísteis cuenta de que la cornada era grave?

 —Desde el primer momento. Yo cogí la espada de descabellar y la muleta. Me fui hacia el toro para rematarlo, pero no hizo falta, porque el toro dobló y lo apuntillaron. 

Terminada la corrida, Gitanillo de Triana salió inmediatamente para el hotel, donde se cambió para ir a la enfermería de la plaza. Todo el pueblo de Linares estaba ya sumergido en aquella tragedia, pues la noticia saltó a la calle y corrió por los colmados.

—De la enfermería de la plaza trasladaron a Manolete al sanatorio, donde le hicieron varias transfusiones de sangre. Yo le dije a Camará que me iba con el coche de Manolo al encuentro del doctor Giménez Guinea, a quien había avisado. Lo encontré en Manzanares, en un bar, donde se aprovisionaba de hielo en gran cantidad, que debía necesitar para conservar algún preparado que traía de Madrid. Don Luis pasó al coche de Manolete y juntos volvimos a Linares. 

Lo que ocurrió después ya se ha contado muchas veces. Hacia las tres de la madrugada, Camará le dijo a Gitanillo de Triana que se fuera, ya que tenía que torear al día siguiente en Almería.

—Yo no quería, porque lo que deseaba en aquellos momentos era estar al lado de Manolo. No tuve más remedio que tomar la carretera, y al día siguiente Parrita, Juanito Belmonte y yo, los tres que estábamos anunciados, fuimos a hablar con la autoridad para que suspendiera la corrida, pues Manolete había muerto aquella madrugada. Las autoridades nos dijeron que era imposible, porque estaban en ferias y no se podían quedar sin toros. ¡Lo que son los contrastes de la vida! ¡Aquella tarde le corté las dos orejas a un toro de Santa Coloma! 

Tan pronto como terminó la corrida, los tres toreros fueron a Córdoba para asistir al entierro. Rafael tenía la cabeza confusa por el choque violento de aquella horrible tragedia. Todo había sido demasiado inesperado y vertiginoso: bromear en su cuarto la mañana de la corrida a propósito de la «bata gitana», fumar un pitillo, comentar el calor que hacía en Linares...

Luego, la seriedad de Manolete en la puerta de arrastre, mientras se envolvía en el capote de paseo, y media hora después luchaba con la muerte en la cama de la enfermería.

—Aquella temporada toreé cuarenta corridas de toros. Después de esta desgracia de Manolo me vine completamente abajo. Tanto es así, que ya toreaba poco. Empezaba yo a pensar en montar un negocio, y así lo hice. Inauguré La Pañoleta, un bar-restaurante en la calle de Jardines. Este negocio lo conservo todavía. 

Al enterarse Gitanillo de Triana que se organizaba una corrida de toros pro monumento a Manolete, se apresuró a enviar un telegrama a la comisión organizadora para ofrecerse a torear. Se iban a lidiar once toros, que matarían once toreros. Después, Rafael se fue al casino de Biarritz, con el cuadro flamenco que había organizado.

—Cuando volví a Madrid vi en La Pañoleta un gran cartel de toros en el que se anunciaba la corrida; pero mi nombre no figuraba. Telefoneé a Andrés Gago, que era uno de los organizadores. Me dijo que si no me habían incluido era porque, en un festival que se dio después de la muerte de Manolete, mi cuenta de gastos por desplazamientos de Sevilla a Córdoba había sido grande. Me di cuenta de que no podía ser, y le envié un telegrama a Cruz Conde, alcalde de Córdoba, rogándole que mandara revisar mis cuentas de aquel festival. Recibí inmediatamente la contestación, en la que se decía que mi cuenta era inferior a la de los demás toreros que habían intervenido en el festival. 

Con este resultado, Rafael telefoneó a Andrés Gago. Le dijo que él pensaba torear de todas formas y, además, con su nombre en los carteles.

Monumento a Manolete 

—Entonces me llamó Carlos Arruza para decirme que había un toro de don José de la Cova, y que si lo quería matar. Se hicieron nuevos carteles en los que fue incluido mi nombre, y el día de la corrida llegué a Córdoba en el tren de la mañana. 

Fue al apartado. El toro que le habían destinado pesó 280 kilos en canal.  Y tenía dos respetables pitones.

—¿Y los toros de los demás toreros?

—Esos estaban convenientemente arreglados, porque así se había acordado, pues era una corrida de carácter benéfico. Yo entonces hablé para que me arreglaran el mío, y así quedamos. Cuando estaba ya en la plaza, vinieron a avisarme de que no había sido posible arreglar al toro. 

Le pregunto a Rafael que si sabe lo que allí había contra él. Se encoge de hombros.

—Nunca lo he sabido. El caso es que yo tenía que torear aquel toro con los pitones limpios. Lo toreé, me cogió; pero le corté las dos orejas. Me jugué la vida. Era lo mismo. Para mí, aquello se había convertido en una cuestión de honor y de amor propio, y yo iba a lo que pasara. 

El brindis de Gitanillo de Triana se comentaría mucho después. Salió a los medios con la montera en la mano, y alargando el brazo hacia el cielo, con la vista puesta en lo alto, dijo algo que nadie oyó, y dejó la montera en la arena». 

viernes, 17 de agosto de 2018

MANOLETE: CAMINO DE LA MUERTE

"Presentimiento". Así tituló su autor, Nicolás Müller, este 
retrato de Manolete. Santander, 26 de agosto de 1947.
Para que puedan adentrarse en este magnífico relato quienes no lo conozcan, rescatamos el valioso testimonio del periodista mallorquín Guillermo Sureda Molina, publicado  al final de los años setenta en la revista “Toro”, donde narra cómo fue la última temporada de Manuel Rodríguez "Manolete".

CAMINO DE LA MUERTE
 La última temporada de Manolete

Por Guillermo Sureda

            Se intuía que todo aquello no podía terminar bien, porque nada transcurría por el sosegado cauce de la normalidad. En torno a Manuel Rodríguez “Manolete”, todo había salido de quicio. La marejada levantaba olas que subían de la arena a los tendidos y bajaban de los tendidos a la arena en poderosa resaca devastadora. Un “fatum” inexorable y trágico volaba ya sobre las plazas donde toreaba Manolete

Manolete con el torero mexicano Carlos Arruza
La historia es sencilla, como casi todas las historias verdaderas. Manolete estaba en México toreando, cuando los intrigantes de aquí rompieron el convenio entre los toreros mexicanos y los españoles. Con ello conseguían dos cosas: primera, que Manolete no siguiera toreando en México, y segunda, que Carlos Arruza no pudiera torear en España. ¡Buena carambola! No sirvió de nada que Manolete, una vez en España, dijera compungido que los pleitos de los toreros deben dirimirse en los ruedos y no desde las mesas de los despachos. Y el gesto de Pepe Luis Vázquez de retar a Manolete a varias corridas duras en varias plazas incómodas, en seguida de pisar el cordobés suelo español, no pudo ser más inoportuno sí más grotesco. Manolete le había ganado tantísimas tardes la partida, que toda competencia entre ambos era imposible. Desde 1942, Pepe Luis había dejado de ser rival de Manolete, por falta de regularidad, es decir, por falta de casta torera... De ahí que Manolete contestara a este reto con este otro: “Yo a lo que le desafío es a comer ostras".

Pepe Luis Vázquez y Manolete en San Sebastián. Foto Lara
Lo cierto es que Manolete, en aquel 1947, no había reaparecido en su patria hasta el día 22 de junio en Barcelona, alternando con Juanito Belmonte y El Boni. Así, pues, no había toreado la feria de Sevilla y ése era, por el momento, su “enorme pecado”.

Gregorio Corrochano -a la mayoría de los críticos le gustaba ya mucho Luis Miguel, joven árbol que durante muchos años podía dar fruto-, en la crítica de la corrida de Miura de la citada feria, dijo lo siguiente: “Gitanillo de Triana brindó a Manolete, que estaba en un tendido. Desde lejos no se veía bien si brindaba a un torero o a un banquero. Realmente no es solo el indumento el que favorece en este caso la confusión, contribuye también que cuesta trabajo creer que en la feria de Sevilla, y particularmente en la corrida de Miura, el que es en la actualidad el primer torero de España está viendo toros desde la barrera”. Pero, en esta misma corrida, Pepe Luis le brinda un toro a Rafael el Gallo, y Corrochano dice: “Cuando se levantó Rafael el Gallo al brindarle Pepe Luis Vázquez, toda la plaza vio que se levantaba un torero… Pepe Luis le llamó maestro y el maestro se puso en pie. Pepe Luis le dijo que sentía que por su edad estuviera en el tendido, porque tenía la seguridad de que con diez años menos estaría Rafael el Gallo en el ruedo con ellos, sin conformarse con verlos torear. Marcial Lalanda estaba en el callejón, zona intermedia entre el público y los toreros. Se advertía marejadilla taurina... ¿Se puede aplaudir igual al torero que está en el tendido porque no puede ya torear que al que está en el tendido por qué no quiere torear?”.

Manolete pasea un rabo en la
 Real Maestranza de Sevilla en
la feria de abril de 1941.
              Está claro, pues, que el brindis de Pepe Luis no era una simple cortesía hacia el Gallo, sino un claro ataque contra Manolete, tanto como la reseña de Corrochano. La campaña contra Manuel Rodríguez había empezado desde distintos frentes. Los que antes habían estado callados o a su lado, ahora estaban en trincheras contrarias. Se alertaba al público contra Manolete, entre otras razones porque gozaba éste de tres triunfos que no se podían perdonar: era famoso, era rico y era la máxima figura del toreo de su época.

Y en ese ambiente, rodeado de una circunstancia casi totalmente adversa, censurado por una crítica antes “cantora”, Manolete, como decía, reaparece el día 22 de junio en Barcelona, donde, con la plaza llena, obtuvo un gran éxito y cortó dos orejas y rabo. Añadamos que en esa corrida cobró la por aquel entonces fabulosa cantidad de trescientas cincuenta mil pesetas, según me dice, años más tarde, Pedro Balaña. De Barcelona, Manolete va a Badajoz y de allí a Segovia, es decir, "a las puertas de Madrid". Su actuación en la ciudad del acueducto es bastante mala, cosa que se aprovecha para arremeter de nuevo contra Manolete y su administración. Giraldillo escribió lo siguiente: "De una vez para siempre quisiéramos prevenir a los aficionados contra esas corridas que se organizan en los aledaños taurinos de Madrid por toreros vergonzantes (el subrayado es mío: a Manolete se le llama torero vergonzante. ¡Santo Dios!) que rehúyen torear ante nosotros… si lo de Segovia ha de repetirse, lo que está anunciado (anunciada retirada de Manolete) debía realizarse mañana mismo”.
La cosa no podía durar mucho...

El clima en que se desenvolvía Manolete era injusto, hostil. La cosa no podía durar mucho y no duró. El propio torero había dicho: "Puedo asegurar que para mí no hubo nunca eso que suele llamarse palmas de simpatía”.

Para Manolete, la corrida de Beneficencia era "su" corrida y no podía faltar a ella. En 1947, también quiso torearla. Se celebró el 16 de julio y alternaron Gitanillo de Triana, Manolete y Pepín Martín Vázquez. Manolete toreo gratis, gesto hoy insólito.

Cuando llegó a Madrid, además de en las plazas citadas antes, había toreado en Alicante, Lisboa, otra vez en Barcelona, Pamplona -donde estuvo colosal- y La Línea. El prólogo al drama final tuvo lugar en esa corrida de Beneficencia. Pepín iba tener su gran tarde madrileña. Gitanillo y Manolete habían estado decorosos en los primeros toros. Sin embargo, Manolete tenía que dar su habitual nota. El público se lo exigía cada tarde y Manolete se entregaba cada tarde. Aquel día había mucha presión en la plaza, más que en otras ocasiones.

Última tarde en Madrid, 16 de julio de 1947
Manolete le estaba haciendo una gran faena al quinto toro. Tenía la angustiosa necesidad de hacer a casi todos los toros esa faena que le había encumbrado. De pronto, un espectador le grito que se arrimará más. Manolete levantó la vista hacia el tendido, hizo un gesto afirmativo con la cabeza y se arrimó todavía más. Al dar un pase con la mano derecha fue enganchado y herido. Un hilo de sangre fue saliendo de la pierna izquierda, tiñendo de rojo la taleguilla y la media. Cuando Manolete se perfiló para entrar a matar, había en los tendidos una emoción palpable. La estocada fue en lo alto y el toro rodó sin puntilla. Cayó el toro y cayó también, medio desfallecido, Manolete, a quien le concedieron las dos orejas. El toro, que se llamaba “Babilonio”, era de la ganadería de Bórquez y fue el último que Manolete mató en Madrid. Pesó 492 kilos.

Señorial lance a la verónica de Manolete
Manolete reapareció en Vitoria, donde toreó los días 4 y 5 de agosto. Allí fue recibido con una gran pita, mezclada con una gran ovación. Gregorio de Altube, en su obra Manolete murió en Vitoria el día 4 de agosto de 1947, escribe: "Sumido en aquel desconcierto, Manolete sonreía, y lejos de una expresión de tranquilidad, denunciaba la inquietud que caracterizó sus últimas actuaciones en el ruedo vitoriano". Y el título de la obra de Altube es por lo consiguiente: en el sexto toro, Manolete, dice el autor del libro, "se lanzó a un quite brutal. Fueron dos lances y una media verónica, tan ceñida, que abortó el recorte. El toro, en el viaje, llevaba la cabeza alta, el cuerno izquierdo iba derecho al corazón; Manolete aguantó impávido, suicida, y entonces le vimos morir; estuvo muerto, y si no se ha sabido es porque el toro, ladeando la cabeza, evitó que lo difundieran los periódicos. Pero, creedme, Manolete estaba muerto, y muerto estuvo en Gijón, en Santander, en San Sebastián; cayó en Linares, camino de su tierra, en el calor de una feria andaluza, pero a Córdoba, a su casa, eso ya lo sabíamos, no llegó".

Manolete con Gitanillo de Triana y Pepín Martín Vázquez. Corrida
de la Beneficencia. Madrid, 16 de julio de 1947. Foto Cano
          Toreó luego Manolete en Valdepeñas, San Sebastián, Huesca, Gijón, de nuevo en San Sebastián. En el norte la gente se metió con él. Manolete estaba profundamente triste. Él mismo le había confesado a un periodista: "el público es cada vez más exigente conmigo. Yo hago todo lo que puedo por estar bien, pero para mí no se tienen en cuenta las condiciones de los toros… Ya no me toleran ni me disculpan nada".  Y era verdad. Durante esta temporada, Manolete toreo mucho con Gitanillo de Triana y el público creyó que eso era para poder elegir los dos toros más cómodos: el de Gitanillo y el suyo. Pero la verdad era muy distinta. Lo cierto es que solía quedarse con los dos toros mayores de ambos lotes para que así el público le chillara menos. Esto es lo que, por ejemplo, sucedió en Linares, donde se eligió el toro mayor del lote de Gitanillo y se le añadió el toro mayor del propio Manolete. Apresurémonos a decir que “Islero” fue el toro que a Manolete le había correspondido en el sorteo.

Santander, 26 de agosto de 1947.
La penúltima...   Foto Mari. 
A finales de agosto, cinco días antes de morir, en una entrevista que le hizo Vizcaíno Casas en la revista "Triunfo", Manolete decía lo siguiente: “Los toreros que han estado arriba han tenido a la gente en contra. Claro que quizá conmigo se acentuado la cosa...". Y en otro lugar, Manolete había dicho: "Convengo en que la fiesta es pasión. Pero creo demasiada la pasión que sólo se calma cuando le ven a uno camino de la enfermería".

Por todo eso, Manolete pensaba irse de los toros. Lo había dicho ya numerosas veces a lo largo de la temporada: "Si Dios me da suerte, a mi regreso de México, torearé varias corridas y en ellas daré ese "último adiós” a la afición española, que fue la que me dio sus primeros aplausos y en definitiva la que me hizo torero… ¡Ah! -exclama Manolete tras una ligera pausa- añada además que esas corridas las torearé sin compensación material para mí y que… No, no digo más…".

Antoñita y Manolete, dos enamorados con un entorno en contra.
De cuando en cuando -en realidad, más de lo conveniente- Manolete apagaba su tristeza en el whisky. Estaba descentrado, nervioso. Por un lado, su amor hacia Lupe Sino. Por otro, el público; por otro, la actitud de casi toda la prensa taurina; por otro… Lo cierto es que era un hombre distinto aquella temporada. En el ruedo, para contentar a los chillones, hacía cosas que nunca había hecho: llegar con la mano hasta la mazorca de los toros, volverle la espalda al enemigo, incluso, como hizo en Linares, torear de rodillas. Sí, en Linares intentó dar un molinete de rodillas. Todo aquello, para aquel que conocía el toreo sereno del cordobés, significaba, en cierto sentido, el principio del fin.

Quiero aclarar un punto, en tantos sentidos todavía confuso. ¿Qué papel representó Luis Miguel en ese estado de cosas? Existe la creencia de que Manolete y Luis Miguel sostuvieron una dura competencia, cosa que es falsa. Durante las temporadas de 1945, 1946 y 1947, Manolete solamente toreo ocho corridas de toros con Luis Miguel. ¿Dónde estuvo, pues, la rivalidad entre ambos toreros? Nada tenía que ver el gran torero madrileño con la melancolía última de Manolete, aunque es lógico que Dominguín quisiera todo lo que aquél ya tenía, sobre todo el cetro del toreo.

Después de San Sebastián, Manolete toreo en Toledo, donde cortó orejas. Pero no las corto en Gijón, ni en Santander, donde el público le chillo con fuerza. En Santander, el gran fotógrafo Mari le hizo una foto impresionante, por hermosísima y por premonitoria: Manolete es ya el espectro de sí mismo, algo así como su propia mascarilla. De Santander, Manolete marchó a Linares. Y en Linares terminó todo.

Monumento a Manolete en el barrio de Santa Marina
de Córdoba. Foto David Manuel Castilla.
          Ya conocen ustedes la historia. La corrida, la única que le quedaba a Miura, tenía que lidiarse en Murcia, pero, por azares del destino, terminó yendo a Linares. Incluso en esta su última tarde, parece que alguien del tendido le grito a Manolete: "¡Teatro!", “Islero” cogió al cordobés al entrar a matar. Manolete murió en la madrugada, en el hospital. Una vez había dicho de ese hospital a una monja: "Este hospital lo tienen ustedes tan blanco y tan limpio, que dan ganas de ponerse malo aquí". 

          
La carrera taurina de Manolete se había consumido
 como un cirio pascual, como una tragedia griega.
El dinero de Manolete, ese dinero que tantísimo preocupaba a muchos, era ya todo de "Islero". Se cerraba una etapa del toreo; se habría otra. Se moría un torero que había dado nombre a toda una época y que será recordado hasta el fin de los tiempos. La carrera taurina de Manolete se había consumido inexorablemente como un cirio pascual, como una tragedia griega. Moribundo, Manolete preguntó si le habían dado las orejas...

viernes, 10 de agosto de 2018

EL TORO "RATÓN" SE LLAMABA "CENTELLA"

Por Antonio Luis Aguilera
Manolete y Guillermo. Óleo de Juan Cantabrana.
               En la temporada de 1942 fue desenjaulado en los corrales de la madrileña plaza de Las Ventas el novillo Centella, marcado con el número 242, de pelo negro, perteneciente al hierro portugués de Pinto Barreiros. Era hijo de la vaca del mismo nombre y del semental Interrogado, extremos que serian facilitados años más tarde por los propietarios de la ganadería, debido a que en aquellas fechas no existían documentos que registraran los datos de las reses, como hoy ocurre con los certificados de nacimiento, ni tampoco el Libro Genealógico.

              Este ejemplar acabaría siendo inquilino de los corrales madrileños cerca de dos años, pues aunque era encerrado como sobrero en algunas corridas, la puerta de su chiquero volvía a abrirse para que retornara a los cobertizos de reses previstas para la lidia. Así, Centella se hizo toro y fue acostumbrándose al lugar, tomaba las puertas cuando era requerido para  cambiar de corraleta, y acudía tranquilo a los pesebres para consumir su pienso y el destinado para otros toros, motivo por el cual fue bautizado como Ratón por el mayoral de la plaza.

Manolete y "Ratón". Portada de "El Ruedo". Foto Baldomero.
               El 6 de julio de 1944 se celebraba en Las Ventas la tradicional corrida de la Prensa y la plaza se llenó hasta el tejado para contemplar la actuación de Luis Gómez El Estudiante, Juanito Belmonte y Manuel Rodríguez Manolete, que habrían de vérselas con toros de Alipio Pérez Tabernero. A mediodía, tras la celebración del sorteo, fueron enchiquerados, por orden de lidia, Ratonero, Perdigón, Carbonero, Rabón, Costurero y Naviero. También, una vez más, Centella, que en los documentos oficiales fue reseñado con el calificativo que por glotón le había adjudicado el mayoral del coso.

Majestuosa verónica de manos bajas de Manolete
            Con cinco años cumplidos y otro nombre, Centella iba a convertirse en el toro más célebre de la ganadería de Pinto Barreiros. El público protestó la presencia de Naviero, sexto de la tarde, y el presidente señor Cartier, a quien asesoraba el matador de toros Antonio Márquez, ordenó su devolución. Llegaba la hora de la verdad para el viejo inquilino de los corrales venteños, que a pesar del tiempo permanecido en ellos y contra toda lógica embistió con celo al capote de Manolete, que lo saludó con unas  magníficas verónicas, a las que puso broche con media escultural que por majestuosa levantó el clamor de la plaza.

Manolete, símbolo de torería.
         El de Córdoba, que estrenaba un traje violeta y oro, se dirigió al tercio para brindar al público la que luego sería considerada como una de las mejores faenas de su vida. Dueño y señor de la situación ligó en un palmo de terreno una serie de cinco naturales, que por su inmensa torería cautivaron el alma de la afición más exigente del mundo. Ratón, haciendo gala de su casta y encelado por el poderoso temple del Monstruo, tomó otras dos series de cuatro naturales cosido a la tela que le obligaba a rodear la esbelta figura del torero, mientras este, erguido como una torre, parecía clavado en el ruedo.

Al natural mirando al tendido. Foto Revista El Ruedo.
En un alarde de mando sin igual, Manolete agarró el estaquillador con la mano izquierda y dejando llegar a Ratón lo toreó increíblemente despacio mientras dirigía la mirada al tendido. Era la primera vez que lo hacía en Madrid, que rendida a su proverbial toreo no daba crédito a lo que veía, una faena mágica, engarzada con indescriptible primor y elegancia, donde los pases fluían ceñidos con asombrosa lentitud. Tras unos molinetes el animal juntó las manos, el público enmudeció y el matador atacó despacio y en rectitud para enterrar la hoja del acero en el morrillo del noble toro. 

El Monstruo sale de Las Ventas a hombros de los aficionados.
            Al caer la tarde, en la calle de Alcalá nadie hablaba de las tres orejas conseguidas por Manolete, sino de la asombrosa faena que hizo a Ratón el rey de los toreros. Curiosamente, con este toro utilizó por última vez Manuel Rodríguez la espada de acero para ayudarse en la faena de muleta, pues de Madrid viajó a Pamplona, para actuar en las fiestas de san Fermín, y tuvo un accidente de circulación en las proximidades de Buitrago de Lozoya, donde todos los ocupantes del vehículo resultaron ilesos excepto él, que sufrió fractura en el dedo pulgar de su mano derecha. Desde su reaparición en la gaditana plaza de la Línea de la Concepción usaría el estoque simulado.