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viernes, 17 de agosto de 2018

MANOLETE: CAMINO DE LA MUERTE

"Presentimiento". Así tituló su autor, Nicolás Müller, este 
retrato de Manolete. Santander, 26 de agosto de 1947.
Para que puedan adentrarse en este magnífico relato quienes no lo conozcan, rescatamos el valioso testimonio del periodista mallorquín Guillermo Sureda Molina, publicado  al final de los años setenta en la revista “Toro”, donde narra cómo fue la última temporada de Manuel Rodríguez "Manolete".

CAMINO DE LA MUERTE
 La última temporada de Manolete

Por Guillermo Sureda

            Se intuía que todo aquello no podía terminar bien, porque nada transcurría por el sosegado cauce de la normalidad. En torno a Manuel Rodríguez “Manolete”, todo había salido de quicio. La marejada levantaba olas que subían de la arena a los tendidos y bajaban de los tendidos a la arena en poderosa resaca devastadora. Un “fatum” inexorable y trágico volaba ya sobre las plazas donde toreaba Manolete

Manolete con el torero mexicano Carlos Arruza
La historia es sencilla, como casi todas las historias verdaderas. Manolete estaba en México toreando, cuando los intrigantes de aquí rompieron el convenio entre los toreros mexicanos y los españoles. Con ello conseguían dos cosas: primera, que Manolete no siguiera toreando en México, y segunda, que Carlos Arruza no pudiera torear en España. ¡Buena carambola! No sirvió de nada que Manolete, una vez en España, dijera compungido que los pleitos de los toreros deben dirimirse en los ruedos y no desde las mesas de los despachos. Y el gesto de Pepe Luis Vázquez de retar a Manolete a varias corridas duras en varias plazas incómodas, en seguida de pisar el cordobés suelo español, no pudo ser más inoportuno sí más grotesco. Manolete le había ganado tantísimas tardes la partida, que toda competencia entre ambos era imposible. Desde 1942, Pepe Luis había dejado de ser rival de Manolete, por falta de regularidad, es decir, por falta de casta torera... De ahí que Manolete contestara a este reto con este otro: “Yo a lo que le desafío es a comer ostras".

Pepe Luis Vázquez y Manolete en San Sebastián. Foto Lara
Lo cierto es que Manolete, en aquel 1947, no había reaparecido en su patria hasta el día 22 de junio en Barcelona, alternando con Juanito Belmonte y El Boni. Así, pues, no había toreado la feria de Sevilla y ése era, por el momento, su “enorme pecado”.

Gregorio Corrochano -a la mayoría de los críticos le gustaba ya mucho Luis Miguel, joven árbol que durante muchos años podía dar fruto-, en la crítica de la corrida de Miura de la citada feria, dijo lo siguiente: “Gitanillo de Triana brindó a Manolete, que estaba en un tendido. Desde lejos no se veía bien si brindaba a un torero o a un banquero. Realmente no es solo el indumento el que favorece en este caso la confusión, contribuye también que cuesta trabajo creer que en la feria de Sevilla, y particularmente en la corrida de Miura, el que es en la actualidad el primer torero de España está viendo toros desde la barrera”. Pero, en esta misma corrida, Pepe Luis le brinda un toro a Rafael el Gallo, y Corrochano dice: “Cuando se levantó Rafael el Gallo al brindarle Pepe Luis Vázquez, toda la plaza vio que se levantaba un torero… Pepe Luis le llamó maestro y el maestro se puso en pie. Pepe Luis le dijo que sentía que por su edad estuviera en el tendido, porque tenía la seguridad de que con diez años menos estaría Rafael el Gallo en el ruedo con ellos, sin conformarse con verlos torear. Marcial Lalanda estaba en el callejón, zona intermedia entre el público y los toreros. Se advertía marejadilla taurina... ¿Se puede aplaudir igual al torero que está en el tendido porque no puede ya torear que al que está en el tendido por qué no quiere torear?”.

Manolete pasea un rabo en la
 Real Maestranza de Sevilla en
la feria de abril de 1941.
              Está claro, pues, que el brindis de Pepe Luis no era una simple cortesía hacia el Gallo, sino un claro ataque contra Manolete, tanto como la reseña de Corrochano. La campaña contra Manuel Rodríguez había empezado desde distintos frentes. Los que antes habían estado callados o a su lado, ahora estaban en trincheras contrarias. Se alertaba al público contra Manolete, entre otras razones porque gozaba éste de tres triunfos que no se podían perdonar: era famoso, era rico y era la máxima figura del toreo de su época.

Y en ese ambiente, rodeado de una circunstancia casi totalmente adversa, censurado por una crítica antes “cantora”, Manolete, como decía, reaparece el día 22 de junio en Barcelona, donde, con la plaza llena, obtuvo un gran éxito y cortó dos orejas y rabo. Añadamos que en esa corrida cobró la por aquel entonces fabulosa cantidad de trescientas cincuenta mil pesetas, según me dice, años más tarde, Pedro Balaña. De Barcelona, Manolete va a Badajoz y de allí a Segovia, es decir, "a las puertas de Madrid". Su actuación en la ciudad del acueducto es bastante mala, cosa que se aprovecha para arremeter de nuevo contra Manolete y su administración. Giraldillo escribió lo siguiente: "De una vez para siempre quisiéramos prevenir a los aficionados contra esas corridas que se organizan en los aledaños taurinos de Madrid por toreros vergonzantes (el subrayado es mío: a Manolete se le llama torero vergonzante. ¡Santo Dios!) que rehúyen torear ante nosotros… si lo de Segovia ha de repetirse, lo que está anunciado (anunciada retirada de Manolete) debía realizarse mañana mismo”.
La cosa no podía durar mucho...

El clima en que se desenvolvía Manolete era injusto, hostil. La cosa no podía durar mucho y no duró. El propio torero había dicho: "Puedo asegurar que para mí no hubo nunca eso que suele llamarse palmas de simpatía”.

Para Manolete, la corrida de Beneficencia era "su" corrida y no podía faltar a ella. En 1947, también quiso torearla. Se celebró el 16 de julio y alternaron Gitanillo de Triana, Manolete y Pepín Martín Vázquez. Manolete toreo gratis, gesto hoy insólito.

Cuando llegó a Madrid, además de en las plazas citadas antes, había toreado en Alicante, Lisboa, otra vez en Barcelona, Pamplona -donde estuvo colosal- y La Línea. El prólogo al drama final tuvo lugar en esa corrida de Beneficencia. Pepín iba tener su gran tarde madrileña. Gitanillo y Manolete habían estado decorosos en los primeros toros. Sin embargo, Manolete tenía que dar su habitual nota. El público se lo exigía cada tarde y Manolete se entregaba cada tarde. Aquel día había mucha presión en la plaza, más que en otras ocasiones.

Última tarde en Madrid, 16 de julio de 1947
Manolete le estaba haciendo una gran faena al quinto toro. Tenía la angustiosa necesidad de hacer a casi todos los toros esa faena que le había encumbrado. De pronto, un espectador le grito que se arrimará más. Manolete levantó la vista hacia el tendido, hizo un gesto afirmativo con la cabeza y se arrimó todavía más. Al dar un pase con la mano derecha fue enganchado y herido. Un hilo de sangre fue saliendo de la pierna izquierda, tiñendo de rojo la taleguilla y la media. Cuando Manolete se perfiló para entrar a matar, había en los tendidos una emoción palpable. La estocada fue en lo alto y el toro rodó sin puntilla. Cayó el toro y cayó también, medio desfallecido, Manolete, a quien le concedieron las dos orejas. El toro, que se llamaba “Babilonio”, era de la ganadería de Bórquez y fue el último que Manolete mató en Madrid. Pesó 492 kilos.

Señorial lance a la verónica de Manolete
Manolete reapareció en Vitoria, donde toreó los días 4 y 5 de agosto. Allí fue recibido con una gran pita, mezclada con una gran ovación. Gregorio de Altube, en su obra Manolete murió en Vitoria el día 4 de agosto de 1947, escribe: "Sumido en aquel desconcierto, Manolete sonreía, y lejos de una expresión de tranquilidad, denunciaba la inquietud que caracterizó sus últimas actuaciones en el ruedo vitoriano". Y el título de la obra de Altube es por lo consiguiente: en el sexto toro, Manolete, dice el autor del libro, "se lanzó a un quite brutal. Fueron dos lances y una media verónica, tan ceñida, que abortó el recorte. El toro, en el viaje, llevaba la cabeza alta, el cuerno izquierdo iba derecho al corazón; Manolete aguantó impávido, suicida, y entonces le vimos morir; estuvo muerto, y si no se ha sabido es porque el toro, ladeando la cabeza, evitó que lo difundieran los periódicos. Pero, creedme, Manolete estaba muerto, y muerto estuvo en Gijón, en Santander, en San Sebastián; cayó en Linares, camino de su tierra, en el calor de una feria andaluza, pero a Córdoba, a su casa, eso ya lo sabíamos, no llegó".

Manolete con Gitanillo de Triana y Pepín Martín Vázquez. Corrida
de la Beneficencia. Madrid, 16 de julio de 1947. Foto Cano
          Toreó luego Manolete en Valdepeñas, San Sebastián, Huesca, Gijón, de nuevo en San Sebastián. En el norte la gente se metió con él. Manolete estaba profundamente triste. Él mismo le había confesado a un periodista: "el público es cada vez más exigente conmigo. Yo hago todo lo que puedo por estar bien, pero para mí no se tienen en cuenta las condiciones de los toros… Ya no me toleran ni me disculpan nada".  Y era verdad. Durante esta temporada, Manolete toreo mucho con Gitanillo de Triana y el público creyó que eso era para poder elegir los dos toros más cómodos: el de Gitanillo y el suyo. Pero la verdad era muy distinta. Lo cierto es que solía quedarse con los dos toros mayores de ambos lotes para que así el público le chillara menos. Esto es lo que, por ejemplo, sucedió en Linares, donde se eligió el toro mayor del lote de Gitanillo y se le añadió el toro mayor del propio Manolete. Apresurémonos a decir que “Islero” fue el toro que a Manolete le había correspondido en el sorteo.

Santander, 26 de agosto de 1947.
La penúltima...   Foto Mari. 
A finales de agosto, cinco días antes de morir, en una entrevista que le hizo Vizcaíno Casas en la revista "Triunfo", Manolete decía lo siguiente: “Los toreros que han estado arriba han tenido a la gente en contra. Claro que quizá conmigo se acentuado la cosa...". Y en otro lugar, Manolete había dicho: "Convengo en que la fiesta es pasión. Pero creo demasiada la pasión que sólo se calma cuando le ven a uno camino de la enfermería".

Por todo eso, Manolete pensaba irse de los toros. Lo había dicho ya numerosas veces a lo largo de la temporada: "Si Dios me da suerte, a mi regreso de México, torearé varias corridas y en ellas daré ese "último adiós” a la afición española, que fue la que me dio sus primeros aplausos y en definitiva la que me hizo torero… ¡Ah! -exclama Manolete tras una ligera pausa- añada además que esas corridas las torearé sin compensación material para mí y que… No, no digo más…".

Antoñita y Manolete, dos enamorados con un entorno en contra.
De cuando en cuando -en realidad, más de lo conveniente- Manolete apagaba su tristeza en el whisky. Estaba descentrado, nervioso. Por un lado, su amor hacia Lupe Sino. Por otro, el público; por otro, la actitud de casi toda la prensa taurina; por otro… Lo cierto es que era un hombre distinto aquella temporada. En el ruedo, para contentar a los chillones, hacía cosas que nunca había hecho: llegar con la mano hasta la mazorca de los toros, volverle la espalda al enemigo, incluso, como hizo en Linares, torear de rodillas. Sí, en Linares intentó dar un molinete de rodillas. Todo aquello, para aquel que conocía el toreo sereno del cordobés, significaba, en cierto sentido, el principio del fin.

Quiero aclarar un punto, en tantos sentidos todavía confuso. ¿Qué papel representó Luis Miguel en ese estado de cosas? Existe la creencia de que Manolete y Luis Miguel sostuvieron una dura competencia, cosa que es falsa. Durante las temporadas de 1945, 1946 y 1947, Manolete solamente toreo ocho corridas de toros con Luis Miguel. ¿Dónde estuvo, pues, la rivalidad entre ambos toreros? Nada tenía que ver el gran torero madrileño con la melancolía última de Manolete, aunque es lógico que Dominguín quisiera todo lo que aquél ya tenía, sobre todo el cetro del toreo.

Después de San Sebastián, Manolete toreo en Toledo, donde cortó orejas. Pero no las corto en Gijón, ni en Santander, donde el público le chillo con fuerza. En Santander, el gran fotógrafo Mari le hizo una foto impresionante, por hermosísima y por premonitoria: Manolete es ya el espectro de sí mismo, algo así como su propia mascarilla. De Santander, Manolete marchó a Linares. Y en Linares terminó todo.

Monumento a Manolete en el barrio de Santa Marina
de Córdoba. Foto David Manuel Castilla.
          Ya conocen ustedes la historia. La corrida, la única que le quedaba a Miura, tenía que lidiarse en Murcia, pero, por azares del destino, terminó yendo a Linares. Incluso en esta su última tarde, parece que alguien del tendido le grito a Manolete: "¡Teatro!", “Islero” cogió al cordobés al entrar a matar. Manolete murió en la madrugada, en el hospital. Una vez había dicho de ese hospital a una monja: "Este hospital lo tienen ustedes tan blanco y tan limpio, que dan ganas de ponerse malo aquí". 

          
La carrera taurina de Manolete se había consumido
 como un cirio pascual, como una tragedia griega.
El dinero de Manolete, ese dinero que tantísimo preocupaba a muchos, era ya todo de "Islero". Se cerraba una etapa del toreo; se habría otra. Se moría un torero que había dado nombre a toda una época y que será recordado hasta el fin de los tiempos. La carrera taurina de Manolete se había consumido inexorablemente como un cirio pascual, como una tragedia griega. Moribundo, Manolete preguntó si le habían dado las orejas...

lunes, 9 de abril de 2018

EL PESO DE LA PÚRPURA

Por Antonio Luis Aguilera

Luis Miguel Dominguín.
No vi torear a Luis Miguel Dominguín, pero tuve la suerte de saludar al maestro. Fue en Córdoba, cuando acudió como invitado a la “Semana del Toro de Lidia”, magnífico evento cultural que en los años noventa organizaba un elenco de grandes profesores de la Facultad de Veterinaria.  Aquella tarde, al estrechar su mano, le dije que era un honor poder saludar a uno de los toreros importantes de la historia. Sonriendo me dio las gracias. No podía suponer el veterano maestro que estaba reconciliándome conmigo mismo, pidiéndole perdón por el odio que pudo haber en mí cuando siendo niño creí a quienes decían que Luis Miguel había matado a Manolete. No era verdad. La historia y la vida me demostraron la falsedad de aquella cruel aseveración. Por eso guardo con enorme gratitud la oportunidad que me dio la vida, y recuerdo con inmensa paz el apretón de manos y la sonrisa agradecida de uno de los espadas grandes del toreo.                                             

A Manolete no lo mató Luis Miguel. Posiblemente ni “Islero”, con marcada querencia a chiqueros, tuvo intención de herirlo mortalmente cuando, en la suerte contraria y cerca de toriles, derrotó al sentir la estocada y emprendió huida hacia la querencia arrollando al torero, que había entrado muy despacio y no tuvo tiempo de pasar el fielato. Manolete había llegado a Linares tremendamente cansado de la hostilidad del público y la campaña antimanoletista de un influyente sector de la crítica taurina; hastiado de la profesión a la que se había entregado con honradez ejemplar y  pensaba dejar al concluir la temporada; apenado por el visceral rechazo de su familia y amigos íntimos a Lupe Sino, la mujer que amaba y con la que iba a casarse en octubre en Barcelona, como aseguró la noche antes de su muerte a don Antonio Bellón, crítico del Diario “Pueblo”, asegurándole que él era la única persona a la que creía capaz de convencer a su madre para que acudiera a la boda.  

Intrigas de despachos, protagonizadas por espadas que no le aguantaron el pulso en los ruedos, rompieron en 1947 el convenio entre México y España. La ruptura cobraba dos presas importantes: Manolete regresaba a España en plena campaña americana, cuando era un ídolo en el país azteca, y Carlos Arruza, primerísima figura en España, se quedaba fuera de la temporada. Contrariado por la política que le impide torear en la nación donde era feliz y tener que adelantar el regreso a España, donde le esperaba la dura defensa del cetro del toreo, Manolete declara que donde los toreros tienen que hablar es en el ruedo. Le dicen que en su ausencia Pepe Luis lo ha retado a torear varias corridas duras en plazas incómodas, hostil propuesta a la que contesta con ironía por el cariño y admiración que siente por el compañero con quien más tardes alternó: “Habrá sido a comer ostras”. Se comenta con insistencia que es su última campaña y la crítica afina el estilete, Gregorio Corrochano “le llama “banquero”, Giraldillo le pide que se retire de los toros y le llama “torero vergonzante”. Manolete manifiesta: “Para mí nunca hubo eso que llaman palmas de simpatía”.

El 28 de agosto de 1947 Manolete y Luis Miguel se hospedan en el Hotel Cervantes de Linares, donde a mediodía se produce el encuentro de ambos en la habitación del aspirante al trono. El rey de los toreros le dice a Dominguín que se siente muy cansado, y le anuncia su retirada al acabar la temporada. También le advierte que él heredará todos sus enemigos. Esa misma tarde, durante la lidia del sexto miureño, mientras Manolete libraba su última batalla en la enfermería, el público insulta al joven torero. Así lo narra el espada a Carlos Abella en la obra biográfica “Luis Miguel Dominguín” (Espasa Calpe, 1995): “El público de Linares empezó a insultarme, porque se sentía responsable de la tragedia. Ellos sabían que habían exigido todo al pobre Manolo y que lo habían llevado hasta la muerte. Empezaron a llamarme ¡canalla!, ¡sinvergüenza!, hasta ¡asesino!, dijo uno”. Más adelante añade: “La muerte de Manolete me produjo una inmensa rabia y una sensación de odio hacia la gente. Y por supuesto, desde ese día, mi actitud ante ella fue otra. A partir de Linares empiezo a maltratarla”.

Mucho se ha escrito de la competencia entre Manolete y Dominguín, pero la perspectiva histórica enseña que lo único que existió fue el  anhelo de un joven espada por ocupar el primer puesto del toreo, como demuestra que ambos solo se midieron doce tardes desde 1944, año de la alternativa del madrileño, confirmada por Manolete esa misma temporada. Una docena de corridas en cuatro años no permite hablar con fundamento de competencia. El joven Luis Miguel quería el trono del toreo, aspiración tan legítima entonces como ahora. Pero la tragedia se cruzó en Linares y entonces el público no soportó el aire altivo, pedante y suficiente de su carácter, ni la provocación que mantuvo con el “respetable”. Mas su fuerte carácter también poseía unas cualidades innatas que resultaron definitivas para conseguir su propósito de ser figura del toreo: inteligencia natural, ambición, amor propio y valor. Tampoco es desdeñable que la contrición del público por la muerte de Manolete hallara en Luis Miguel una nueva víctima, y pretendiera colgarle la etiqueta que le señalaba culpable de la tragedia. Se cumplía la profecía del cordobés en el Hotel Cervantes. Veinticinco años después, en la conmemoración del aniversario, Luis Miguel escribió: “Comprendí entonces lo que se me venía encima. Pensé en mi efímera conquista, que no era tal sino una herencia, y en el duro camino que me esperaba. Conocí desde entonces eso que mi amigo Agustín de Foxá llama el peso de la púrpura”.

Pero Luis Miguel no callaba como Manolete, sino que se enfrentaba a la animadversión del público. Convencido de su poderío y capacidad, lo desafiaba para demostrar que podía con los toros y con quienes le chillaban. La tarde del 17 de mayo de 1949 en Madrid, alternando con Parrita y Manolo González, se proclamó número uno del toreo, tras torear con largura y lentitud, cerrando círculos completos con la muleta, a un ejemplar de la viuda de Galache al que cortó dos orejas. Aseguraba Parrita que Luis Miguel se le acercó entre barreras, mientras el público estaba  entregado a la gran faena de Manolo González, que cortaría dos orejas, y en voz baja le aseguró: “Mañana solo se va a hablar de mi”. Y así fue. Hubo una enorme división de opiniones, pero al día siguiente todos los periódicos hablaban de Luis Miguel, que esa misma tarde repetía actuación en Las Ventas y volvía a salir a hombros tras cortar otras dos orejas a un manso de Antonio Pérez.  

Otro de los innumerables ejemplos de su carácter, que demuestra el desprecio que sentía por quienes le chillaban y la seguridad en su magisterio profesional, tuvo lugar en la corrida celebrada el 12 de octubre de 1960 en la plaza de El Puerto de Santa María, donde se encerró con seis ejemplares de diferentes ganaderías. Mientras toreaba con la derecha al toro de Cobaleda que hacia cuarto, desde el tendido le gritaron: ¡Con la izquierda, Luis Miguel! El torero ignoró la exigencia sin inmutarse e hizo toda la faena con la diestra. Llegada la hora de matar sorprendió al perfilarse con la espada en la mano izquierda y cobrar media lagartijera de resultado fulminante. La faena fue premiada con las dos orejas y el rabo que no paseó, pues esa tarde no dio vueltas al ruedo tras recoger premios -cortó cuatro orejas y un rabo-, solo lo hizo al final de la corrida acompañado de todos los hombres de su cuadrilla. 
Torero dominador

En 1951 Luis Miguel regresa a Córdoba tras la muerte de Manolete. Anunciado el 25 de mayo para lidiar toros de Benítez Cubero con Martorell y Litri, a mediodía se coloca en taquillas el cartel de no hay billetes.  La revista El Ruedo se hace eco del recibimiento hostil con pitos y protestas que le dispensa el público. Aún así, corta la oreja del segundo. Vuelve a la plaza de Los Tejares el 18 de julio, corrida organizada por la Hermandad de la Misericordia, con toros de Saltillo (Félix Moreno), alternando con Luis Procuna y Calerito. Tras un recibimiento idéntico al anterior, el madrileño corta las dos orejas y el rabo a su primero, que pasea triunfalmente recreándose en dos vueltas al ruedo, y obtiene una oreja del segundo, que pasea dando otras dos vueltas al redondel, saliendo de la plaza a hombros junto a Calerito. Esa tarde presencia la corrida un muchacho que analiza como el público quiere que fracase Dominguín pero termina rendido a su magisterio, y como los pitos hostiles se convierten en palmas de un triunfo colosal. El muchacho era José María Montilla, decano de los matadores de toros cordobeses, que recuerda: “Viendo la inmensa facilidad con que estuvo Luis Miguel, imponiéndose a las dificultades del público y de los toros, salí de la plaza convencido de que quería ser torero”.  

           
Dominador de los tres tercios de la lidia, de enorme inteligencia, variado repertorio y gran conocimiento de las suertes y del toro, Luis Miguel compitió contra sí mismo, contra la animadversión del público y contra diferentes generaciones de toreros formidables, manteniendo hasta su retirada la condición de primerísima figura del toreo y el respeto a su magisterio. Alternó con todas las figuras de tres épocas del toreo, desde los años cuarenta a los setenta del pasado siglo, y su carrera estuvo jalonada de una popularidad enorme, que sin duda contribuyó a la difusión de la Fiesta en el mundo. Demasiado éxito en un país de envidiosos, pues como escribiera el inolvidable Antonio Machado: “En España, de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”. Efectivamente, Luis Miguel fue embestido por poderle al toro y al público, por su éxito con las mujeres más bellas, por el atractivo personal que le permitió relacionarse con la derecha y con la izquierda, y porque, sin proponérselo, fue el mejor embajador de España en el mundo.


Ava Gardner y Luis Miguel

No pudieron derribar al donjuán, ni al torero. Por eso propagaron la miserable patraña que le culpaba de la muerte del rey de los toreros. Mas todo acusado tiene derecho a  su legítima defensa. Dejemos que el propio Luis Miguel la ejerza como declaró para la biografía citada:  “A Manolete le mató el público, porque era un torero extraordinario, de gran honradez profesional, con mucha personalidad y con mucho valor. Manolete ha sido el torero más honrado que he conocido y su personalidad era tremenda”.