sábado, 9 de noviembre de 2019

SIN NOVILLADAS NO HAY FUTURO


Por Antonio Luis Aguilera

Inauguración de la plaza de toros de Córdoba en mayo de 1965. Foto Paco Muñoz.

Lamentablemente, la Córdoba taurina sigue agonizando lentamente. A los dueños de la plaza no parece importarles que la empresa arrendataria programe o no novilladas con picadores o sin estos; ni que abran las dependencias del coso tres tardes en mayo y hasta el año que viene; ni le obligan mediante contrato a ofrecer oportunidades para los muchachos y muchachas de esta tierra que sueñan con abrirse paso en el toreo; esos y esas que, con resistencia numantina, sin que les den un pitón, se preparan cada día como si fueran a torear treinta festejos al año. De esta forma, difícilmente la ilusión taurina volverá a los barrios cordobeses, esos que no hace tanto anhelaban por ver de luces a sus chavales. Y difícil será que vuelvan los pocos aficionados que van quedando en la ciudad que fue considerada definitiva en el toreo, ni que la juventud pueda aficionarse a algo que sencillamente no existe en su tierra. No programar festejos menores en la ferias debería estar prohibido por el Reglamento. Y por la propiedad pública o privada de cada plaza.
Sin embargo, en Los Califas no se celebran novilladas con picadores desde el 28 de mayo de 2015, primer año de la FIT en Córdoba, cuando la empresa se estrenó programando una con reses de Luis Algarra para Ginés Marín, Varea y el cordobés Javier Moreno Lagartijo. Aquella tarde la plaza no se cubrió ni en un cuarto del aforo. Y después silencio absoluto entre arrendadores y arrendatarios: cuatro años sin ver un utrero en una plaza que según dice el Reglamento Andaluz es de primera. 
José A. Acalde El Rubio. Foto José Luis Cuevas.
Pero tampoco ofrecen novilladas sin picadores desde hace dos años, desde el 25 de mayo de 2017, cuando con erales de Zalduendo actuaron José Antonio Alcalde El Rubio, Carlos Jordán, Rocío Romero, Alejandro Adame, Diego San Román y Carlos Domínguez, habiéndose roto la inercia que desde la inauguración de la plaza venía respetándose por todos los empresarios que por ella pasaron: organizar como mínimo una novillada sin los del castoreño. También en esta última función el aforo fue de menos de un cuarto. La FIT es la empresa que menos espectáculos ha organizado en la historia de la plaza de Córdoba; en los dos últimos años, solo tres funciones: dos corridas de toros y una de rejones. 
Ante el nulo interés de la empresa y de los dueños de la plaza, que por supuesto tendrán otras razones para mantener el contrato, posiblemente sería aconsejable explorar otras vías con empresas jóvenes, capaces de devolver la ilusión por su capacidad de trabajo e implicación en un proyecto que no es fácil, pero tampoco imposible, empresarios jóvenes como los que han recuperado el interés por las plazas de Algeciras, Granada o Jaén. No somos ajenos al preocupante momento del toreo en general y de las novilladas en particular, ni olvidamos las muchas ganaderías que han desaparecido por no poder vender sus reses, pero las novilladas son la base y el futuro de la Fiesta. Y si se ataca a su línea de flotación...  Si no hay ilusión por luchar por Los Califas, porque a priori se presupone que es una plaza sin futuro, o porque se asumen pérdidas a los efectos de que cuente como mérito en currículum, para así poder optar a los concursos de las más importantes plazas de primera, lo mejor sería echarse a un lado y dejar el coso a quienes de verdad tengan ganas de trabajar por recuperarlo. Los dueños de la plaza tienen la última palabra.

Rocío Romero. Foto FIT
A propósito de las novilladas, esta semana se ha conocido que el Ministerio de Cultura ha otorgado el Premio Nacional de Tauromaquia de 2019, dotado con 30.000 euros, al Foro de promoción, defensa y debate de las novilladas, que representa a 21 municipios (Villaseca de la Sagra, Arganda, Arnedo, Algemesí, Villa del Prado, Guadarrama, Collado Mediano, Moralzarzal, San Agustín del Guadalix, Los Molinos, Pedrajas de San Esteban, Calasparra, Azuqueca de Henares, Cadalso de los Vidrios, Moraleja, Andorra, Blanca, El Molar, Villanueva del Rosario, Portillo y Cella). Estos ayuntamientos han organizado un 30% de las novilladas picadas de la última temporada, además de celebrar otras sin picar.
El Foro está presidido por Jesús Hijosa, alcalde de Villaseca de la Sagra (Toledo), que en una entrevista al portal taurino Mundotoro ha declarado:
«A día de hoy, nadie quiere hacer novilladas porque son una auténtica ruina y el descenso de este tipo de festejos así lo demuestran. Desde 2007 hasta esta temporada se han dado 400 menos.
Quien no lo quiera ver es porque está mirando para otro lado. Las cuentas son claras y deficitarias. Nuestro objetivo es defender la viabilidad de las novilladas con y sin picadores en plazas de tercera y cuarta categoría.
Los costes no se pueden reducir de cualquier lado, por eso proponemos ciertas medidas. No se puede aguantar que un festejo que congrega en un pueblo a 2.000 personas pagando 15 euros -con una taquilla en total de 30.000 euros- tenga unos costes de 45.000 euros. Tendremos que juntarnos para ver qué podemos hacer, pero, por ejemplo, en plazas de tercera y cuarta categoría el hecho que haya seis picadores me parece excesivo cuando luego solo sale uno al ruedo. ¿No se podría hacer que un picador salga en dos novillos y de esa forma se reducen tres picadores con sus correspondientes boletines de la Seguridad Social? ¿No es suficiente que un chaval que empieza vaya solo con un mozo de espadas? O poner un tercero que se haga cargo de los seis novillos.
Cuando hablamos de reducir algún veterinario o que lo asuman la administración creemos que es viable, al igual que cuando hablamos de reducir el número de profesionales. Con esto no queremos quitar puestos de trabajo, todo lo contrario, queremos dar más oportunidades para que se puedan dar más festejos, porque serán mucho más fáciles de asumir esos costes.
Lo único que produce reducir puestos, es que también lo hacen los gastos y muchos sitios pueden dar un mayor número de festejos. ¿Si no le salen los números a un ayuntamiento cómo le van a salir a un empresario?
Parece que estas medidas a los profesionales no les sientan bien y se cabrean, pero no, cuando saben, y si no que me lo digan a mí, que en muchos sitios van por el boletín y poco más. Entonces, vamos hacer esto en orden y a lo mejor es más positivo cobrar 300 euros pero que todo el mundo tenga su cheque firmado a la hora del sorteo. Si no, no se celebra el festejo.
Hay que buscar medidas y no me refiero a la hora de organizar las novilladas en las grandes ferias, que por cierto, no sé por qué será, pero qué casualidad que quitando unas pocas plazas, las demás no organizan novilladas.
Si no quieren esto que por lo menos digan cuál es la solución que se puede dar. Parece que es mejor lo que pasa ahora que muchos torean, luego no cobran, pero encima callan.
No tengo ningún interés en esto, porque no me dedico a ello, ni gano dinero, pero veo que esto se acaba por un problema económico. Mi único fin es que el mundo de los toros tenga futuro, pero si los ayuntamientos no están rodeados de gente aficionada que me digan cómo se puede sostener y defender esto.
Nos hemos reunido con la Seguridad Social, pero el problema que es un régimen especial. Estamos hablando que si un picador o banderillero cobra alrededor de 650 por novilladas las deducciones son iguales que una mujer de ayuda a domicilio a media jornada en un mes. En Villaseca solo por Seguridad Social y los mínimos los gastos ascienden a 24.000 euros, que sumados a los 15.000 de la novillada provoca que montar un festejo cueste cerca de 40.000 euros.
Con todas estás medidas buscamos reducir un 30% los gastos de las novilladas, para que no pasen de los 30.000 euros. Yo no busco que dejen beneficios, pero por los menos que si consigues meter dos mil personas, cosa que no es fácil, puedas cubrir los gastos».
El jurado del Premio Nacional de Tauromaquia ha propuesto al Foro "en reconocimiento a los Ayuntamientos que lo conforman, por su ejemplar labor de promoción y defensa de la Tauromaquia desde la base, con la programación de Ferias de novilladas que permiten a los jóvenes perseguir su sueño de convertirse en toreros, impulsando de este modo la continuidad y renovación de la Fiesta".
Ante la difícil e insostenible situación económica de las novilladas, no solo en las plazas más sencillas sino en todas las ferias, porque son ruinosas económicamente, unas declaraciones tan sensatas como las del presidente del Foro premiado no deben caer en saco roto. Se ha puesto el dedo sobre la llaga, en el nudo gordiano que es preciso desatar en un momento tremendamente delicado para la Fiesta. Ha llegado el momento de buscar y encontrar soluciones para desatascar tan delicada situación. Para ello es indispensable que se sienten a dialogar todos los colectivos afectados. Lo que está en juego es el futuro del toreo.

domingo, 3 de noviembre de 2019

LAGARTIJO, EL HOMBRE

Por Rafael Sánchez González
Lagartijo en  los pinceles de Antonio Bujalance
Con demasiada frecuencia, al definir como persona a un torero calificando su calidad humana, suele decirse: "de (aquí el apodo) a (aquí su nombre) va una gran diferencia". Dándose a entender con ello, que entre el torero y el hombre existe una enorme distancia.
No es de extrañar que quienes alcanzan la fama jóvenes en una actividad tan atractiva como es la de torear, y rodeados de una legión de agradaores con más falsedad que amistad sincera en su acercamiento al torero, no es de extrañar, digo, que aquellos que logran elevarse a lo más alto de la fama (ocurre igual en otras manifestaciones artísticas) acaben por adquirir una conducta rayando el despotismo. No es un comportamiento muy generalizado, pero todos sabemos de casos que existieron, existen y creo existirán, por culpa de la vanidad y la adulación.
Si el califa era grande como torero, no lo fue menos como persona. En este caso, Lagartijo y Rafael Molina andaban a la par. Estuvieron a esa gran altura difícil de equilibrar en ambas cualidades.
Repasando la documentación sobre Lagartijo, encuentro un trabajo del escritor taurino Pascual Millán (Sol y Sombra 7/8/1900), que viene al pelo para este capítulo, y que por su interés paso a transcribirles:
Caricatura de Pascual Millán

"No ha muerto un gran lidiador; ha muerto el último torero; ha desaparecido la encarnación de una leyenda; se ha borrado el único ídolo que hoy adoraba nuestro pueblo.
Lo recuerdo como si fuera ayer. Zorrilla, el colosal poeta, quería oír a Gayarre, el tenor colosal; pero quería que cantase para él solo, no convirtiendo aquella hermosa voz en una especie de abrevadero público, donde todos pudieran beber, sino haciendo de ella un manantial del genio, que brotase en una reducida estancia, y del cual hasta la última gota habría de saborearse con deleite.
Y Gayarre, acompañado de sus íntimos, cantó una noche para Zorrilla.
No es posible formarse idea de tal velada: hay cosas que la imaginación no llega a comprender.
Pues bien; aquella noche en que Zorrilla leyó a Gayarre sus mejores versos, y Gayarre cantó a Zorrilla las más hermosas creaciones musicales, uno de los amigos del tenor, hombre de carrera, ilustradísimo poeta, escritor con nombre respetable, decía entusiasmado mientras abrazaba al roncalés:
—Nada, chico: en España no hay más que tres grandes hombres: Lagartijo, Zorrilla y tú.
—¿Y qué lugar ocupo entre ellos?—respondió sonriendo el cantante.
—Pues coloca a Rafael el primero y ponte después en el que te dé la gana.
Aquello no era un chiste ni una andaluzada; era la expresión de un sentimiento. Aquel lagartijista furibundo tenía a Rafael por la primera figura de España.  Y muchos también.
El instinto popular se equivoca raras veces; es inútil que os empeñáis en hacerle adorar ídolos prestados; no los acepta. Quiere los suyos, los que él pone en un altar levantado por él mismo.
Emperadores, reyes, príncipes… ¡Bah!, de eso hay mucho. Ahí están sus nombres en el Gotha, llenando algunas páginas, como llenan las guías los de las estaciones.
Ministros, embajadores, generales, mitrados…, eso brota de los puntos de la pluma al trazar una firma; eso lo puede ser cualquiera; eso abunda.
Rafael Molina Lagartijo
Pero Lagartijo era único, tenía una significación, representaba un hermoso pasado. Al morir los otros, esos que brillaron un instante con la luz prestada por quien tampoco la tenía propia, su nombre se borra y el pueblo lo olvida.
Con Lagartijo muere algo que era del pueblo y que aquél amorosamente guardaba.
Si Lagartijo hubiera sido únicamente el mejor torero de su tiempo, el más elegante, el más clásico, el más estético, el que llenaba el circo con su figura, el que componía un hermoso cuadro siempre que aparecía en la arena, el que llevaba al público entre los pliegues de su muleta y en ellos lo manejaba su antojo; si Rafael solo eso hubiera tenido, no hubiera llegado a ser tan ídolo popular. Guerra, que resultó un fenómeno toreando, que ha sido el más completo de los lidiadores, que no hizo nunca las desastrosas faenas realizadas algunas veces por Rafael y Salvador, no tuvo jamás las simpatías del público, y este lo echó de la plaza
A Guerra se le silbaba con fruición; a Lagartijo con pena, deseando verle hacer algo, por pequeñísimo que fuera, para borrar con aplausos entusiastas las protestas, hijas de un momentáneo mal humor.
A Guerra se le exigía lo imposible; a Rafael se le perdonaba lo imperdonable.
No; no eran las cualidades del lidiador las que pesaban en el ánimo del público; eran otras las que subyugaban a todos y convertían a Rafael en ídolo de la muchedumbre, más grande hoy por ser el único que nos quedaba.
En otras épocas, cuando nuestros generales aniquilaban el capitán del siglo o entraban en las ciudades enemigas metiéndose a caballo por las troneras de los cañones; Rafael hubiera tenido que compartir su popularidad con la de aquellos héroes. Pero ahora estaba solo y el pueblo le daba toda su importancia tasándole en su justo valor.
No sabía la masa qué tenía aquel hombre para que así le adorarse, ni tampoco Rafael pudiera explicar el porqué de aquella adoración; pero el instinto popular veía en Lagartijo algo que se apartaba de lo común, que lo elevaba del nivel ordinario, que lo engrandecía, que lo deificaba, y ese algo, ya lo he dicho hasta la saciedad, y lo repetiré constantemente, era que Rafael poseía las típicas cualidades del Tenorio, esas en otros tiempos peculiares del lidiador y que no debieron abandonarle nunca, porque al hacerlo murió el torero y nació el toreador, el que especula con su oficio, el que se escatima, el que piensa en el mañana, el que no siente despego a la vida ni la pone siempre entre su honrilla y las astas del bruto, el que apela a todas las malas artes y a todos los ruines tranquillos para trabajar lo más posible con el menor riesgo, y hacer pronto una fortuna que le permita dejar el oficio. 
Lagartijo
Lagartijo tenía aquellas condiciones, personificaba al héroe popular; era valiente, desprendido, enamorado, rumboso, decidor; derrochaba lo ganado, y no comprendía que teniendo él un duro hubiese quien no comiera aquel día. Llegó casi a la vejez sin ahorrar una peseta; lo suyo era de todos y solo cuando encaneció su cabeza, y cedieron sus fuerzas, y se debilitó aquella naturaleza de hierro, pensó, alentado por los suyos, en guardar algo para que no tuviese que vivir de la caridad al retirarse, quien había sido la figura más popular de España.
Compárese la fortuna de Rafael, en cuarenta años que llevó toreando, con la que tiene hoy cualquier principiante, y…, todos estaremos de acuerdo.
Aquellas cualidades le habían convertido en héroe, le habían levantado un altar en cada pecho, le hacían ser ovacionado por donde quiera que pasaba.
Diríase que había nacido en el hueco de unas manos que aplaudían.
Ya estaba retirado, ya no figuraba su nombre en los carteles, ya su ausencia había llenado de sombras aquel cuadro que antes era todo luz, alegría, entusiasmo, calor, y aún se le buscaba solicitando su presencia en las grandes solemnidades. Y al verle el público, le vitoreaba, le aclamaba, y él era siempre el rey de la fiesta.
Cuando un hombre tiene esas ovaciones y esos aplausos, e inspira esos fanatismos; cuando todo lo avasalla y a todos relega a segundo término; cuando hasta la Iglesia en estos tiempos de fanatismo, comparables a los del imbécil Carlos II, altera por él sus ceremonias religiosas, como ocurrió con la procesión del Corpus el año 93, hay que dar a ese hombre toda su importancia y estudiar lo que significa; nada sirven las muecas desdeñosas de los filósofos pour rireé; los hechos pueden más que todas ellas.
Yo, pecador de mí, ya lo hice. Y por eso, por haber analizado casos y cosas, hombres y actos, actitudes de públicos y movimientos de opinión, puse siempre a Lagartijo en el sitio que debía ocupar. Que lo quiten otros, si así les place. Lo repito; con él muere el último torero y desaparece la personificación del Tenorio popular.
Panteón del torero en el cementerio de 
Nuestra  Señora de la Salud en Córdoba
Su despedida de la plaza fue un rudo golpe; pero mientras vivió parecía que le teníamos entre nosotros, que aún volvería vestir el traje de luces, que aún iba enseñar a los de ahora la diferencia entre el torero y el toreador, y por eso, cuando en becerradas, como la última de los funcionarios civiles, ponía aquellos inmensos pares de banderillas, el público en masa se deshacía en aplausos; era él, estaba allí, siempre elegante, ágil, fuerte, sabiendo, siempre dispuesto a sacrificarse por cualquiera. Mientras vivió, no dimos a aquella retirada todo su alcance; era como el cadáver sin descomponer que guardábamos en casa; podíamos verlo, y aún imaginarnos que se trataba de una catalepsia; pero ahora al cerrar su ataúd, al enterrar aquel cuerpo, notamos el vacío que deja, miramos a la plaza y nos hace el efecto de un Guignol.
Al retirarse Rafael escribí un artículo, medio en serio, medio en broma, hablando de erigirle una estatua. Los hombres sesudos, tomando por todo lo grave aquel trabajo, me pusieron como digan dueñas.
Tienen razón: Rafael no merece una estatua. Sería equipararle a esos estadistas que en veinticinco años de paz y buenas cosechas, dándoles todo lo que pidieron, privándonos de todo por servirles, han arruinado a España, han dejado que nos arrebaten las colonias y han sembrado de conventos el país. Es verdad: Rafael no debe tener una estatua. Aún hay clases.
Pero el pueblo español puede ofrecerle un imperecedero recuerdo y hacerle por suscripción un magnífico sepulcro, como Niembro propone y como debe ser. Pascual  Millán".

Ante tan fenomenal y exacta descripción de Lagartijo hombre, hecha además por quién lo conoció y trató, sobra cualquier otra definición. No seré yo quien la haga.


Del libro LAGARTIJO EL GRANDE, CENTENARIO DE UN CALIFA DEL TOREO, del que es autor Rafael Sánchez González, editado por El Semanario La Calle de Córdoba en el año 2000.


jueves, 24 de octubre de 2019

LA CASA DE MANOLETE

Por Antonio Luis Aguilera
La casa de Manolete en la actualidad. Foto Casa de Manolete Bistró 
Corría el año 1890 cuando el escritor y periodista José Ortega Munilla, padre del filósofo José Ortega y Gasset, mandó construir un palacete en la Avenida de Cervantes de Córdoba (entonces Carrera de la Estación), para residir temporadas en la ciudad cuyo clima favorecía la salud de su esposa Dolores Gasset. La obra de este palacete, de estilo colonial con pinceladas modernistas y clásicas, fue dirigida por el ingeniero militar Juan Tejón y Marín. Dos décadas después, el inmueble fue adquirido por Rafael Cruz Conde, a quien lo compró Manuel Rodríguez Manolete en 1942, año de su consagración definitiva como máxima figura del toreo, para que desde la humilde casa de la Plaza de la Lagunilla se trasladara su familia, encargando su remodelación al arquitecto Carlos Sáenz de Santamaría. Como dato histórico señalamos que el torero vivió en cuatro casas de Córdoba, aunque generalmente solo se conocen tres. Nació en el número 2A de la calle Conde de Torres Cabrera, de allí la familia se trasladó a la calle Benito Pérez Galdós número 8, donde el 4 de marzo de 1923 falleció su padre, posteriormente la madre fijó su domicilio en la Plaza de La Lagunilla, y finalmente el torero adquirió el palacete de la Avenida de Cervantes.
La casa original de Ortega Munilla, Foto Blog Notas cordobesas
Esta es la historia de un edificio singular, afortunadamente protegido por el Plan General de Ordenación Urbana de Córdoba tras el fallecimiento en noviembre de 1980 de Angustias Sánchez, la madre del torero, cuando la familia pretendió que las piquetas llevaran a cabo su demolición para levantar en su espacio un edificio de varias plantas, pero en 1986 la Comisión Provincial de Patrimonio Artístico lo protegió. Tras ser rescatado en 2006 por la constructora Marín Hilinger del mísero y cruel abandono al que fue condenado durante más de veinticinco años, para instalar en sus dependencias las oficinas comerciales, el palacete fue embargado después por una entidad bancaria, a la que finalmente en 2017 lo adquirió el empresario Antonio Carrillo, que en 2018 lo arrendó al chef cordobés Juan José Ruiz y Remedios Romero, directora de la casa, que decidieron abrir sus puertas para mostrarlo magníficamente remozado, convertido en un ilusionante proyecto de restauración que pretende convertirlo en una referencia de la gastronomía cordobesa. Actualmente, el palacete alberga tres proyectos: Casa de Manolete Bistró, un restaurante clásico; A flor de piel, un espacio gastronómico de alto nivel con visita guiada a la casa; y el Centro Superior de Artes y Ciencias Gastronómicas, una escuela de hostelería.
Terraza interior. Foto Casa de Manolete Bistró
Superada la soterrada polémica en la indolente y barojiana ciudad de los discretos, en cuyos rincones y tabernas todo se cuestiona porque la crítica negativa parece figurar en el carácter social ante cualquier proyecto innovador, y ahora que la casa olvidada por el tiempo se presenta limpia y bonita, reluciente, con las rejas pintadas, encaladas sus paredes, remozada de arriba a abajo que da gusto verla, porque así nunca la vimos los cordobeses, conviene considerar que antes de contemplarla hundida, abandonada, desconchada, oxidadas sus cancelas y llenos de maleza sus parterres, como la pobre cenicienta del cuento, ante las miradas nostálgicas de tantas personas como se detenían delante de ella, para dedicar un recuerdo a la figura del majestuoso quijote que cambió el rumbo del toreo, y asumiendo como una realidad que nunca hubo intención, ni por la familia ni por el Ayuntamiento, de convertirla en el museo dedicado al torero que añoraban los cordobeses y los aficionados al toreo, en el templo del héroe, donde hubieran sido expuestos tantos enseres del diestro, como su despacho personal, actualmente secuestrado en el horroroso Museo Municipal Taurino de Córdoba, remodelado ¿o destrozado? por una empresa catalana a propuesta de Izquierda Unida, así como los trajes de luces y de calle repartidos entre instituciones y particulares, cabezas de toro, documentos, libros, etc. Ahora, decimos, admitiendo el fracaso de que en esa casa se hubiera rendido un homenaje permanente a Manolete, mostrando todo aquello que mantuviera vivo el discurso histórico de su tauromaquia, debe prevalecer la sincera satisfacción de ver abierto ese palacete, ubicado frente a los Jardines de la Agricultura, que compró y reformó para vivienda habitual de su madre y familia, y donde él se hospedó en sus cada vez más cortas estancias en la ciudad, debido a compromisos profesionales y sentimentales –pueden leer las entradas “Lupe Sino, la mujer que hizo feliz a Manolete” o “Manolete: de Valdepeñas a Linares”-.
Salón del restaurante. Foto Casa de Manolete Bistró
Así pues, manifestamos nuestra gratitud a Juan José Ruiz y Remedios Romero, a quienes deseamos lo mejor en su flamante iniciativa, pues su suerte será la de esa casa que siempre debería relucir tan bonita y acogedora como se encuentra actualmente, con las puertas abiertas para que tanto cordobeses como aficionados al toro y visitantes de la ciudad puedan entrar en sus acogedoras estancias, admirar el cuidado y elegancia con que han sido diseñadas, y gozar confortablemente de la gastronomía cordobesa que se ofrece sin olvidar su pasado, como recuerdan las pinturas del cordobés Fernando García Herrera, dedicadas a los personajes que fueron moradores de ella: José Ortega y Gasset y Manuel Rodríguez Manolete (la del torero reproduce la famosa instantánea realizada por el gran fotógrafo  Manuel H. en Colombia en la temporada de 1946, donde se refleja el estado anímico del torero en aquellas fechas cercanas a su final). Valoramos muy positivamente que estos jóvenes empresarios de Córdoba, haciendo camino al andar, como los versos del inolvidable Antonio Machado,  rindan el mejor tributo a la memoria del torero con la puesta en valor de la que el crítico taurino Ricardo García K-hito llamara la jaula del monstruo, dedicando su trabajo y esfuerzo en convertir el palacete en una referencia culinaria de la ciudad, en un museo de la gastronomía cordobesa. Ojalá su generosidad y buen hacer tengan la suerte que merecen. 

miércoles, 16 de octubre de 2019

"LAGARTIJO": EL CALIFA Y SU TROPA TORERA

Por Rafael Sánchez González
 Lagartijo. Busto del torero en la calle Osario de Córdoba
En un amplio estudio sobre la vida artística de un diestro de la magnitud de Rafael Molina Sánchez Lagartijo, sería injusto olvidar a quienes con él compartieron avatares en los ruedos. Aquellos hombres que con su eficaz trabajo colaboraron para que, en su larga trayectoria profesional, el primer califa del toreo pudiera escribir brillantísimas páginas en la historia de la tauromaquia. En una época, además, en la que muchos de los peones de a pie, cubierta ya su etapa de aprendizaje bajo la tutela de destacados diestros, competían después con ellos en la arena tras recibir el grado de matador de toros.
Si complejo resulta poder recopilar datos acerca de los picadores y banderilleros que actuaban, transcurrido ya un siglo, mucho más complicado aún es tratar de hacerlo con relación a un espada que permaneció en activo como matador de toros durante veintiocho años y, entre titulares y agregados o bien eventualmente, llevó a sus órdenes una extensísima nómina de personal subalterno.
No cabe la menor duda de que Lagartijo, sabedor de la importancia que tenía, prestó siempre gran atención a quienes habrían de estar a su lado en la arena, en cuyo menester dio siempre prioridad a sus paisanos, amparado, justo es también significarlo, en la reconocida valía de los numerosos toreros que por aquellas calendas aportaba Córdoba al toreo.
Francisco Montes Paquiro
Antiguamente se contrataba solamente a los matadores, con independencia de las cuadrillas, y aun cuando, a la muerte de Pedro Romero, fue Jerónimo José Cándido el primero en rodearse del mejor personal que había, es a Francisco Montes Paquiro a quien se debe la organización y el orden de los subalternos en el ruedo. Así, cuando Lagartijo tomó la alternativa muy pocos espadas tenían todavía cuadrilla fija. La empresa de la plaza de toros de Madrid ajustaba por toda la temporada a banderilleros y picadores, que actuaban indistintamente con los matadores que lidiaban las corridas, salvo algunos que excepcionalmente acudían con ella constituida, o aquellos que, por amistad o paisanaje, llegaban acompañados de algún elemento.
El cartel del festejo en el que Lagartijo confirmó su doctorado el 15 de octubre de 1865, no precisa los subalternos de a pie que en ella trabajaron, y respecto a los de a caballo dice lo siguiente: "Picadores.- De tanda: Onofre Álvarez y Manuel Sacanelles, con otros tres de reserva, sin que en el caso de inutilizarse los cinco pueda exigirse que salgan otros". Onofre Álvarez, o Rafael Álvarez Rodríguez Onofre para decirlo correctamente, pertenecía entonces a la cuadrilla de El Gordito, y aunque residente en Córdoba, donde murió, era de procedencia manchega; y respecto a Sacanelles cabe la duda de si toreaba esa tarde con Cayetano Sanz o con Lagartijo. Se sabe que antes de dedicarse a picar toros tuvo un pequeño taller de ebanistería y falleció en Madrid de enfermedad crónica hacia 1875. Como banderilleros acompañaron aquel día a Lagartijo, el cordobés Benito Garrido Villaviciosa, primero que permanentemente tuvo a su lado, y los sevillanos Juan Yust y José Gómez El Gallo, iniciador del que después sería famoso apodo taurino.
Rafael Álvarez Rodriguez Onofre
Desde 1865 a 1869, no existe duda de que los peones que con más frecuencia actuaron para Lagartijo fueron los citados, aunque variando algo el personal por provincias, ya que en 1866 figuró en repetidas ocasiones como banderillero y media espada el sevillano José Giráldez Jaqueta, a quien Rafael dio la alternativa -primera que concedió- el 5 de septiembre de 1869, y falleció víctima de una grave enfermedad cerebral a la que le llevó su entrega a la bebida.
Difícil resulta precisar quienes fueron los picadores que figuraron a sus órdenes en el referido periodo, puesto que ni en la prensa ni en los estudios acerca del espada se encuentran muchos datos al respecto. En 1866, según carteles de la época, aparecen Juan Antonio Mondéjar Juaneca, el corpulento y valiente Antonio Arce y Domingo Granda El Francés, uno de los varilargueros más aplaudidos en la plaza de Madrid, pues además de agarrarse bien con los toros realizaba la suerte con vistosidad.
En 1867 parece ser que iban en su cuadrilla el fornido piquero utrerano Miguel Alanís, y puede que continuara en ella El Francés. En 1868 no toreó Lagartijo en Madrid, por lo que todavía resulta más complicado conocer qué varilargueros llevó por provincias, teniendo en cuenta la escasa información que de estas actuaciones se tiene; sin embargo, podría afirmarse que picaron a su lado el citado Domingo Granda y José Marqueti, quien de mozo de caballos pasó a tirar la vara de majagua, y terminó como empleado en una compañía de ferrocarriles.
Antonio Sánchez El Tato
Al quedar inútil para el toreo Antonio Sánchez El Tato, a consecuencia de la cornada que le infirió el toro Peregrino (7-6-1869), un veterano ilustre de su cuadrilla pasó a la de Rafael Molina; me refiero a Antonio Calderón, primogénito de la famosa saga de picadores alcalaínos, al que familiarmente llamaban el Presbítero, por ser el único de los cuatro hermanos que no lucía patillas.
La primera noticia categórica de la cuadrilla de Lagartijo proviene del programa del abono madrileño para la temporada 1871, en el que nominalmente se anuncian las cuadrillas de Rafael, Currito y Frascuelo. En la del cordobés aparecen Antonio Calderón y José Marqueti a caballo, y Juan Yust, El Gallo y Villaviciosa como hombres de a pie. Cabe pensar que desde 1869 hasta 1872, esa fue la tropa que utilizó en los ruedos el califa, aunque en sus intervenciones por provincias se produjesen algunos cambios, apareciendo alternativamente Rafael Bejarano El Cano, torero cordobés a quien mató en Jerez (24-6-1873) un toro de Laffite; el segoviano Mariano Antón, procedente de la cuadrilla de Currito, a la que había llegado tras dejar la de El Tato por el motivo indicado; y el todavía bisoño Juan Molina, hermano del califa, quien desde 1871 venía toreando para su pariente Manuel Fuentes Bocanegra. Los dos últimos quedaron fijos a partir de la temporada 1873, ocupando los puestos de Juan Yust, aquél gran torero sevillano afincado en Córdoba, donde murió en plena lozanía (él y Caniqui parearon a Jocinero la tarde que el miureño le partió el corazón al agalludo Pepete); y Villaviciosa, que al retirarse pasó a ser consejero de su jefe, hasta que en 1883 le llegó la muerte. Los tres, Mariano Antón, Juan Molina y El Gallo, serían los banderilleros que, con toda certeza, acompañaron a Lagartijo hasta 1882 inclusive.
Antonio Calderón
Volviendo a los picadores, en 1874 los que llevo de plantilla a Madrid fueron Antonio Calderón y El Francés, trabajando también mucho con él en ese año y siguientes, Juaneca, Marqueti y José Calderón, a los que habría que añadir aquellos que además ponía la empresa de la Villa y Corte, siendo los de mayor asiduidad Antonio Benítez El Grapo y Manuel Feijóo, antiguo coracero de la reina, de corpulenta talla, al que le fue concedida la Cruz de Beneficencia por salvar de perecer ahogados a dos mujeres y un cura, cuya barcaza volcó atravesando el río Guadiana. Emigrado a México en 1890, nunca más se supo de él. De los mencionados picadores agregados, el arrogante Juaneca fue al que más utilizó, y hubiera ocupado un sitio fijo, de no ser por su violento y díscolo carácter, motivo por el que no echó raíces en ninguna cuadrilla a pesar de agarrarse bien y castigar con dureza a los toros. Madrileño muy popular, su sombrero calañés, que nunca abandonaba, constituyó, junto con Gonzalo Mora y Ángel López Regatero, el final de una característica manera de vestir entre los toreros. Como no podía ser de otra forma, falleció en la Cárcel Modelo, donde había ingresado a raíz de la tumultuosa riña que se produjo en una taberna, de resultas de la cual falleció un hombre.
Con un equipo variable de picadores, siendo el único permanente Antonio Calderón, y saliendo a veces su paisano Onofre, y sus mencionados peones de plantilla, Lagartijo hizo las temporadas 1874, 1875 y 1876.
Juan Molina Sánchez
En la de 1877, retirado el viejo Calderón, formaron ya a su lado otros dos componentes de la famosa saga de Alcalá de Guadaira; el ya citado José y su hermano Manuel, que habrían de seguir con el califa largo tiempo. Así, llevando a estos dos picadores, y de banderilleros al muy hábil Mariano Antón, al siempre elegante José Gómez El Gallo, a Juan Molina, convertido ya en dueño y señor de la lidia, y en ocasiones a su otro hermano Manuel, al que daría la alternativa en Murcia el 5 de septiembre de 1879, cubrió Lagartijo las campañas de 1877 a 1882, ambas incluidas.
Al finalizar dicho año 1882, Mariano Antón, agotadas ya sus facultades -tenía 54 años de edad- abandonaba el toreo, dedicándose a su familia y a la agencia taurina que montó. Aquel aprendiz de zapatero acabó siendo uno de los subalternos más importantes de la época, del que mucho aprendió a su lado, superándole a todos después, el inconmensurable Juan Molina. Al sustituirle entró en la cuadrilla, a instancias de Juan -cuñado de este- Manuel Martínez Manene que, aún siendo poco conocido todavía no tardó en hacerse un sitio entre los banderilleros de primera fila.
Rafael Bejarano Carrasco Torerito
Finalizada la temporada de 1884 Rafael Molina despidió al Gallo, ocupando su puesto Rafael Bejarano Torerito, sobrino político del espada, que ya había sustituido a José Gómez durante la enfermedad que padeció aquel año. No gustó la determinación tomada por el califa, muy criticada por toreros y aficionados, que no olvidaban los dieciocho años de fidelidad y eficacia a su lado, y aunque El Gallo se encontraba ya en decadencia y quebrantado de salud, seguía cumpliendo con lucimiento gracias a su pundonor y saber estar en el ruedo. Apenas llevaba retirado medio año, su fatigado corazón dejo de latir, doblado ya el mes más florido de Sevilla. Diez años después nacería en Gelves quien habría de elevar tan artística dinastía a lo más alto del toreo, su sobrino José Gómez Joselito.
A partir de entonces la lista de banderilleros de Lagartijo quedó formada por Juan Molina, Manene y Torerito, y en octubre ingresó un torero que ya venía pidiendo paso de figura, Rafael Guerra Guerrita, que permaneció en la cuadrilla hasta su alternativa en 1887.
Con Rafael Molina Lagartijo empieza a hablarse de la elegancia en el torero
La etapa más brillante de la trayectoria taurómaca del primer califa cordobés que trenzó coleta, Rafael Molina Lagartijo, va unida a la de su hermano Juan, el mejor peón de toda la historia de la tauromaquia, y a la de los hermanos Calderón, tres de los cuales picaron a sus órdenes (tan solo Francisco no lo hizo). Como bien escribió El Bachiller González de Rivera: "Sería imposible olvidar aquellas figuras huesudas acartonadas, de grave semblante adornado con anchas patillas entrecanas. Manuel suprimió el adorno capilar en 1885, pero José -al que llamaban El Dientes- lo conservo toda su vida, siendo el último picador patilludo que ha cabalgado en plaza”. En 1887 se retiró, sustituyéndolo en las corridas de Madrid Francisco Parente El Artillero, un gallego que fue gastador en artillería -de ahí su apodo-, quien después de probar en varios oficios se hizo picador por una apuesta, y aunque sin tener jefe fijo picó para varios toreros, dado que le atizaba fuerte a los morlacos. A comienzos del siglo XX dejó de existir en el sanatorio que para enfermos mentales se levantó en Ciempozuelos (Madrid). Por provincias, en virtud a la amistad que les unía con ellos y las oportunidades que siempre ofreció a sus paisanos, Rafael llevó a Juan Rodríguez el de los Gallos, que comenzó como torero de a pie y acabó haciendo funciones de torilero en el coso de Los Tejares, y al que algunos historiadores vinculan con la anécdota del gallo de pelea que solicitó Lagartijo aprovechando una situación comprometida del varilarguero (otros tratadistas taurinos la relacionan con el también picador Rafael Álvarez Onofre); y Joaquín Vizcaya, mejor jinete que torero. A los dos venía ya utilizándolos desde 1880, confianza que no les retiró hasta 1893, en que dejó de vestir el traje de luces.
Lagartijo
José Calderón reapareció el 31 de agosto de 1887 en Málaga, y lo hizo enrolado de nuevo entre el personal de Lagartijo, con el que siguió hasta finales de 1899 en que se retiró definitivamente, viviendo los últimos años en su natal Alcalá de Guadaira, donde el 15 de mayo de 1896 dejó el mundo de los vivos. Manuel Calderón permaneció al lado del diestro cordobés hasta su muerte, ocurrida en Aranjuez el día más señalado de este Real Sitio, como es el 30 de mayo festividad de San Fernando, corriendo el año de 1891, y fue a consecuencia de la conmoción cerebral que le sobrevino al caerle encima la cabalgadura tras el derribo que le ocasionó el toro Lumbrero, de Veragua, lidiado en primer lugar aquella tarde. A José lo sustituyó el citado Juan de los Gallos, quien a mediados de 1890 fue reemplazado por su paisano Rafael Moreno Beao, un picador de mucho brazo, cuñado de Guerrita, con el que también trabajaría después. Y a Manuel Calderón le suplió en la cuadrilla el popular y bravo Agujetas, que figuró en las filas de afamados toreros y se mantuvo en activo hasta cumplidos sesenta años de edad, a pesar de lo cual, pobre y olvidado, murió en Madrid a comienzos de 1937. Estos fueron los dos varilargueros que Lagartijo llevó en los años 1891 y 1892, últimos de su carrera torera.
Rafael Caballero Matacán. Revista La lidia
Además picaron con él mucho en este periodo de 1890 a 1892 los cordobeses Juan Moreno Juanerito (que nada tiene que ver con ese Juanero el Feo, que dicen picó para el califa sin que existan pruebas fidedignas de ello), del barrio de Santa Marina, donde el 6 de noviembre de 1909 se quitó la vida de un disparo; Curro Gómez, de oscura ejecutoria; Rafael Caballero Matacán que, aún sin muchas pretensiones, cumplía tirando el palo a satisfacción de sus jefes; Antonio de Dios Comearroz, quien de picar piedras en las calles pasó a picar toros en los ruedos; el sevillano Juan Pérez, que emigró a México en 1894, donde fue mayoral de la ganadería de Tepeyahualco; Francisco Coca, aquel madrileño que tuvo que dejar prematuramente su actividad en los ruedos a causa de una progresiva obesidad; y dos más que actuaron mucho en la plaza de Madrid, el portuense José Pacheco Veneno, que si ciertamente no fue un prodigio encontrándose con los toros, les hacía daño gracias a su enorme corpulencia física; y Francisco Zafra El Artillero -otro de este apodo-, que falleció demente al final del siglo XIX. Será oportuno decir, que aquellos eran tiempos en los que numerosos picadores acabaron sus días totalmente locos -de huesos rotos ni les cuento-, fruto de los golpes que recibían en la cabeza, a consecuencia de los tremendos batacazos que sufrían un día sí y otro también.
 Mojino. Revista La lidia
Asimismo, agregados a su cuadrilla, desde 1880 a 1887, trabajaron con Lagartijo el banderillero aragonés Lorenzo Quilez, que falleció en Zaragoza cuando todavía no había cumplido 42 años, al hacérsele crónico un extraño padecimiento que contrajo en uno de sus viajes a tierras americanas; los madrileños Eusebio Martínez; Cosme González, quien una vez retirado fue concejal del ayuntamiento de Aranjuez, donde había nacido; y Tomás Parrondo el Manchao, que alcanzó a tomar la alternativa en Barcelona el 24 de septiembre de 1889, y como tantos otros, triste y olvidado acabó su existencia en una modesta habitación de la madrileña calle del Ave María, víctima de cruel enfermedad mental; y los cordobeses José Bejarano Carrasco, hermano del Torerito, de irregular trayectoria; y Rafael Rodríguez Calvo Mojino, el mayor de los tres hijos toreros de Caniqui, y uno de los más brillantes banderilleros de aquel tiempo. El rey del sesgo le llamaron por su perfección clavando los rehiletes de tal forma. Inseparable amigo y compañero de Guerrita -por no darle sitio en su cuadrilla Fernando Gómez El Gallo se salió de ella Rafael Guerra-, el Mojino tuvo que dejar el toreo en 1896, cuando más cuajado estaba, a consecuencia del tremendo pisotón en la espalda que, estando caído en la arena al salir de un par, le dio el toro Regalón, de Udaeta, en la plaza de Madrid -mano a mano entre Guerrita y Mazzantini- el 31 de mayo de 1891, accidente que acabó costándole la vida cinco años después. Dicen que fue ese uno de los días más tristes en el bullicioso barrio de la Merced.
Las cuadrillas de Frascuelo, Mazzantini y Lagartijo
Óleo de Daniel Vázquez Díaz. Museo Reina Sofía
En 1887 Lagartijo presentó en el coso de la Villa y Corte la mejor cuadrilla de toreros que haya podido conocerse en los ruedos. Estaba formada por El Artillero (Francisco Parente) y Manuel Calderón como picadores, y a pie nada menos que Juan Molina, Manene, Torerito, Guerrita -en septiembre tomaría la alternativa- y el Mojino. Durante sus estancias en Madrid, Rafael Molina solía visitar los cafés La Iberia e Inglés. Encontrándose en este último, en cierta ocasión le advirtieron del corridón de toros que aguardaba en los corrales de la plaza, al que habría de enfrentarse el día siguiente. Sin perder su compostura contestó a los contertulios: "En estando güenos yo y mi gente, ya nos puede jechar si quieren los güeyes". Bien seguro estaba el califa de la tropa que, tanto de caballería como de infantería, llevaba a su mando.
Rafael Guerra Bejarano Guerrita
Aplazada por lluvia el día anterior, el 26 de diciembre de 1888 se celebró en Córdoba una novillada con reses de Lagartijo, en la que varios subalternos intervinieron como espadas. El encierro salió manso y con bastantes problemas -hasta Guerrita, que bajó a auxiliarles, resultó herido en una mano-, al extremo de que el cuarto ejemplar, de nombre Aguardentero, enganchó violentamente a Manene al hacer un quite, infiriéndole tan grave cornada -le destrozó la vejiga-, que en la noche del día 28 le sobrevino la muerte. Otro día de luto en los aledaños del viejo matadero cordobés. Para sustituirle, Rafael Molina, por amistad y corazón más que por verdaderos merecimientos, dio cabida en su cuadrilla a un hermano del infortunado Manuel Martínez, de igual apodo y de nombre Rafael, al que los cordobeses llamaban Martín.
Salvador Sánchez Frascuelo
Matador de toros Guerrita desde el 29 de septiembre de 1887, -justamente dos años más tarde tomaba también la alternativa, de manos de Lagartijo igualmente, Rafael Bejarano Torerito-, ocupó su puesto el sevillano Manuel Antolín, eficaz e inteligente torero que figuró en las filas de importantes espadas. Aquel mismo año (1889), al deshacerse de la cuadrilla de Salvador Sánchez Frascuelo -se retiraría el 30 de mayo siguiente-, consciente Rafael Molina de sus ya mermadas facultades físicas, solicitó los servicios de Antonio Pérez el Ostión, con el que además le unía buena amistad. En realidad este sobrio subalterno alavés era una planta exótica en las cordobesas huestes del califa, al que prestó eficaz colaboración pese a encontrarse también él próximo a retirarse, y a dejar este mundo, puesto que víctima de disnea falleció en Madrid el 14 de enero de 1894, a los 47 años de edad. Así es que la última cuadrilla de banderilleros que tuvo Lagartijo la compusieron Juan Molina, El Ostión, Antolín y Manene (Rafael), actuando en numerosas corridas la temporada de 1891 el madrileño Santos López Pulguita.
Antonio Pérez Ostión
Y llegamos a las cinco corridas que para su retirada convino Lagartijo en 1893, teniendo por escenario las plazas de Zaragoza, Bilbao, Barcelona, Valencia y Madrid -sabido es que renunció a torear en Sevilla hacía ya tiempo-, funciones en las que en calidad de sobresaliente de espada le acompañó su antiguo banderillero Rafael Bejarano Torerito, y como subalternos, unos en unas y otros en otras, le auxiliaron los picadores Agujetas, el sevillano Manuel Rodríguez Cantares, el fornido cordobés de novelesca vida José Arana y Molina Agustín Molina, Juan el de los Gallos, José Martín Pino, Francisco Sarasúa Charol, Francisco Zafra el Artillero y Antonio Cabezas Pajarero; y los banderilleros Juan Molina, Antolín, El Ostion, Manene, Pulguita, Manuel Blanco Blanquito, Antonio Bejarano La Fila y José Martínez El Pito. El último toro que estoqueó Lagartijo (Pandereto, de Veragua), lo picaron Molina y Pajarero, y lo banderillearon el propio Rafael y Torerito.
Al recordar a estos profesionales no debemos olvidar a quienes también acompañaron a Rafael Molina Sánchez Lagartijo, desempeñando funciones de puntilleros; así su hermano Francisco, fallecido en 1882, y el madrileño José Torrijos Pepín.
Larga relación de toreros, cuya formación dista mucho de la que se sigue en los tiempos que corren, de manera especial en lo que atañe a los banderilleros. Antes, para poder llegar con ciertas garantías a matador de toros, se empezaba como peón, mientras que hoy día se toma la alternativa para pasar, rápidamente en no pocos casos, al escalafón subalterno. Evidentemente, son otros tiempos.

Del libro LAGARTIJO EL GRANDE, CENTENARIO DE UN CALIFA DEL TOREO, del que es autor Rafael Sánchez González, editado por El Semanario La Calle de Córdoba en el año 2000.