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sábado, 2 de enero de 2021

PEPE-ILLO Y EL CRISTO DE LOS TRAPEROS

 Por Rafael Sánchez González                       

Patio de la cuadra de caballos de la plaza de toros antes de una
corrida. Oleo de Manuel Castellano. Museo del Prado de Madrid.

Sevilla, antigua corte de treinta reyes, ciudad predilecta de los godos, adorada de los árabes, y a su vez cuna de tantos y tan magníficos toreros, creadora en su día de una Escuela de Tauromaquia y también de un estilo, de una forma elegante y alegre de interpretar un toreo que se trata de imitar, pero siempre carentes de esa manera, esa gracia singular, única de los toreros de la tierra, ha venido conmemorando, contra viento y marea por culpa de la pandemia que nos sigue azotando, el centenario de la muerte de uno de sus figuras más destacadas en la historia del toreo, un programa de actos que por culpa de la señalada adversidad  se prolongará en el transcurso del año recientemente iniciado. Pero no será José Gómez Ortega Joselito a quien recordaré en esta ocasión, sino a otro sevillano ilustre en el arte de lidiar toros. Me refiero a José Delgado Guerra más conocido por el eufónico alias de Pepe-Illo, que, según los eruditos en filología, de todos los empleados es el modo más adecuado de escribirlo por derivar del diminutivo Joseíllo, que parece ser era como le llamaban en su infancia y así se contempla, además, en cuantos documentos  recogidos por los historiadores taurinos aparece la firma de José Delgado, que no sabía escribir, intercalando una coma entre su nombre de pila y el apodo: Joseph, Illo.

José Delgado Guerra Pepe-Illo

Felipe V fue un príncipe educado en la corte de su abuelo, Luis XIV, que desde su llegada a España en el año 1700 implantó el afrancesamiento de la nobleza. No es de extrañar, por tanto, que esta sociedad culta desdeñara las funciones taurinas. Ni los esfuerzos de algunos caballeros, ni los célebres rejoneadores lograron nada a favor de dichos espectáculos, que en 1723 quedaron prohibidos con la promulgación de una ley dictada por el primer monarca de la dinastía borbónica. Esto, mas allá de causar la extinción de la tauromaquia, desarrolló un movimiento popular entre la plebe, totalmente contrario, que sería el origen del toreo a pie. 

Treinta y cuatro años contaba  Fernando VI cuando a la muerte de su padre, Felipe V, fue proclamado rey de España. En el nuevo reinado los festejos taurómacos afirman las características que venían apuntando en la primera mitad del siglo XVIII. Ya no saldrán los lidiadores vestidos con cintas y tafetanes, espuelas de plata y sombreros adornados con plumas, propios de la nobleza. El antiguo toreo caballeresco y cortesano fue perdiendo importancia y lo cobró, en cambio, el toreo a pie, tomando así carta de naturaleza de cara a tiempos venideros. Ejercitarlo precisaba ahora agilidad, astucia y arrojo para poder esquivar, frente a frente, las acometidas de los astados. La generalización de la muleta como instrumento para la nueva lidia y la reglamentación de la muerte del toro a estoque darían el golpe de gracia a la preeminencia del toreo a caballo. Asimismo la realización de otras suertes va perfeccionándose también en esta centuria, entre ellas la de banderillas, que de colocarse de una en una pasan a clavarse a pares.

Con el advenimiento de este cambio variaron también los lugares donde se celebraban dichos festejos, que eran las grande plazas públicas de cada ciudad, destacando sobre todas  la Plaza Mayor de Madrid como escenario de acontecimientos de muy diversa índole, entre los que tomaban mayor solemnidad y vistosidad las denominadas Corridas Reales con la participación incluso del Cuerpo de Alabarderos. Festejos en los que los lidiadores vestían calzón y coleto de ante, correón ceñido y mangas atacadas de terciopelo negro y se recogían  el pelo con lazos y redecillas. Una indumentaria que con el paso del tiempo iría evolucionando hasta llegar a Francisco Montes Paquiro, que fue el gran innovador del traje de torear.

Francisco Montes Paquiro

No son muchas las referencias que de aquellos lidiadores se tienen. Digamos en el corto espacio disponible, que el sevillano Miguel Canelo pasa por ser el primer espada cuyo nombre aparece documentalmente como profesional del toreo. Pero, sin lugar a dudas, los grandes colosos de este primer periodo fueron José Rodríguez Costillares, José Delgado Pepe-Illo y Pedro Romero. Los tres llenaron de gloria esta etapa goyesca del toreo. Costillares rivalizó con Pepe-Illo, a quien venció, y con Pedro Romero, por quien habría de ser vencido. Dolencias reumáticas y un carbunco en la mano derecha aceleraron su retirada en 1790. En la fiesta taurina afloraron entonces dos formas de concebir el toreo, dos estilos bien diferenciados, de ahí que la comparación entre ambas figuras resulte difícil, podría decirse que hasta improcedente si tenemos en cuenta sus respectivos conceptos acerca de la lidia. El toreo que realizaba Pedro Romero era severo y grave a la vez que seguro, como acreditan los más de 5.500 toros que se dice estoqueó sin sufrir percance de gravedad alguno. El de Pepe-Illo se ofrecía más movido y alegre, cultivador de la escuela sevillana, que después adoptarían José Romero (frente a la de sus hermanos Pedro, Antonio y Gaspar), más tarde Jerónimo José Cándido, y en su orden Juan León y nada menos que Francisco Montes Paquiro. Y a la hora de entrar a matar, el rondeño se mostraba inmenso y recibía a las reses, fiel a la regla de que “todos los toros acuden al cite”. El torero sevillano, en cambio, obediente a la máxima de su maestro Costillares, se decidía por el volapié. Y de esa contrapuesta interpretación del todavía incipiente toreo a pie, según el historiador Natalio Rivas, brotaron las dos escuelas. Un tema, quizás, excesivamente considerado. Está claro, no obstante, que en la pugna Illo-Romero, era éste el que preferentemente acaparaba el interés del público, pero cuando el clamor de las plazas se apagaba, el fervor y la admiración general se volcaban hacia su rival.

Retrato de Pedro Romero. Francisco de Goya

En aquel Madrid de Carlos III, bullicioso y lleno de una avidez vital, el pueblo se engrescaba como nunca. Las palabras, que poseían un sabor jaranero en las coplas, llegaban a un filo barbero en las tertulias políticas de las reboticas. Y en este ambiente vivo y apasionante, aparece por primera vez un aire de leyenda taurina: Pepe-Illo. Con un encanto personal, elegancia en el vestir y gentileza en el trato supo ganar voluntades, convirtiéndose muy pronto en ídolo de masas; aviva discusiones en tabernas y botillerías, provoca pasiones en los camerinos de los teatros y es tema de cuchicheos en saraos palaciegos, donde se comenta cómo algunas damas de linaje se disputan el halago y la compañía del famoso y seductor torero, que, desenvuelto en la conversación a pesar de su rudeza innata, le esperan en todas las tertulias encopetadas, así en el palacio de la marquesa de Santa Cruz, en el de San Carlos, en el de la condesa de Benavente y la marquesa de Alcañices, entre otros. Recordemos que en una de las Corridas Reales celebradas en Madrid con ocasión de la jura de Carlos IV, al resultar herido, para realizarle una primera cura de urgencia fue conducido al palco de la duquesa de Osuna, que con la de Alba compartían el centro de la elegancia en la Corte. El diestro sevillano tuvo amores con toda clase de mujeres, con majas y manolas, con tonadilleras y bailarinas, como también con féminas de mejor sangre. Unido a María Salado por matrimonio celebrado el 2 de junio de 1774 en la Colegial de San Salvador de Sevilla (el escritor Fernández y González, sin base documental alguna, en su novela Glorias del toreo se empeñó en casarlo con María Conde, hermana de Juan, también matador de toros), se decía que era buen marido y mejor padre (tenía dos hijos), pero al parecer no sabia,  o no quería, evadirse del amable acoso de grandes damas.

Aun así, lo verdaderamente importante de la vida particular de Pepe-Illo fueron sus relaciones con el pueblo llano y más concretamente con el populacho madrileño. Chisperos, chulos y rufianes, contrabandistas y demás gente de las clases más humildes le aclamaban jubilosamente, y como buen andaluz gustaba de los aires de su tierra y además punteaba la guitarra con habilidad. Dotado de un cuerpo robusto y ágil, de varonil gallardía, vestía con lujo y fue el primero que usó en la ropa de torear ricos y abundantes adornos de oro y plata. Por rumboso y desprendido era generoso con los más necesitados, asimismo era supersticioso hasta la exageración y de muy piadosas devociones. Tanto en Madrid como en Sevilla, sus plazas predilectas, nunca salió a torear sin pasar antes por sus capillas: ¡Qué lástima me ha dado / de ver a Illo, / rezando en la capilla / del Baratillo!  Y es que, cuando la plaza de la Real Maestranza no disponía todavía de capilla, los diestros que actuaban en ella, antes de salir al ruedo solían acudir a rezar a la Capilla de la Piedad, sede de la Hermandad del Baratillo, donde recibe culto una imagen de San José y el Niño Jesús, atribuida a José Montes de Oca, que en 1774 fue regalada por Pepe-Illo

Fachada de la capilla del Baratillo en Sevilla

José Delgado nació en el sevillano barrio del Baratillo, el día 14 de marzo de 1754, y fueron sus padres Juan Antonio Delgado y Agustina Guerra, tratantes de vinos y aceites en el Aljarafe, quienes quisieron que se iniciase en el oficio de zapatero de portal, pero su verdadero taller fue el cercano matadero donde, con otros zagalones y utilizando sus camisas a modo de capichuelas, se ejercitaban desahogando su fiebre taurina en la corraleja de las jaulas que servía de apartadero para las reses destinadas al sacrificio. 

Apenas contaba dieciséis años cuando el ya entonces matador de toros Costillares, con el que ha quedado dicho que competiría más tarde, fijó en él su atención y valorando las excelentes condiciones que para la lidia reunía no dudó en hacerle un sitio en su cuadrilla, llevándole por algunas plazas hasta presentarlo de manera oficial en Córdoba, en 1770, función anunciada de convite con motivo de profesar religiosamente una novicia en el Convento de Santa Inés, próximo al eventual escenario del festejo que tuvo por marco la Plaza de la Magdalena, ubicándose el palco presidencial en la desaparecida Torre de los Donceles.

Dos años después, en calidad de media espada interviene en El Puerto de Santa María (Cádiz), y en la primavera de 1774 alterna en Málaga con Juan Romero, que posiblemente le diera allí la categoría de matador de toros, puesto que el año siguiente es contratado en Sevilla como primer espada y jefe de cuadrilla. En 1777, ante la negativa de los hermanos Juan y Pedro Romero de torear aquella temporada en la Corte, la Junta de Hospitales, que regía la plaza, decidió sustituirles con los diestros  Costillares y Pepe-Illo. El primer encuentro en los ruedos de José Delgado con Pedro Romero aconteció un año después en Cádiz, iniciándose una rivalidad que habría de durar hasta las ya mencionadas Corridas Reales celebradas en Madrid, los días 22, 24 y 28 de septiembre de 1789, por la exaltación al trono de Carlos IV, donde quedó plenamente confirmada la superioridad del torero de Ronda sobre los dos espadas sevillanos.

Joaquín Rodríguez Costillares

Pero tampoco es mi intención ocuparme ahora de la dilatada ejecutoria profesional de Pepe-Illo, que aun de manera sintetizada precisaría de un espacio no disponible, sino de una faceta suya más personal y poco conocida.  

La segunda plaza de toros levantada en los alrededores de la madrileña Puerta de Alcalá era baja, blanqueada al exterior y de muy mala disposición en su interior, puesto que el desolladero de los toros que se mataban, así como de los caballos que morían durante la lidia estaba fuera del recinto, en unos desmontes contiguos, dándose la circunstancia de que los días de corrida eran muchos los curiosos que se concentraban allí para presenciar el despiece de las reses estoqueadas y aquellos jamelgos que muertos en el ruedo y arrastrados se despellejaban, o la forma en que eran cosidos los que aún podían volver a la arena. De ahí, que dicho lugar tomara el nombre de tendido de los sastres.

Durante muchos años perduró en Madrid una popular ofrenda piadosa al Cristo de la Cofradía de los Traperos, que se veneraba en la iglesia de la Concepción Jerónima, situado entonces en la calle Toledo sobre terrenos que eran propiedad de Francisco Ramírez El Artillero, casado con Beatriz Galindo, conocida por La Latina, que fue quien auspició su construcción a principios del siglo XVI, junto al Hospital de Ntra. Sra. de la Concepción. Dicha ofrenda consistía en una función religiosa que se sufragaba con el importe recaudado por la venta de las colas de los caballos fenecidos en los festejos taurinos. Diversidad de flores, velas y limosnas eran depositadas a los pies del Crucificado tras una misa que con carácter de excepción se celebraba ese día, dado que estaba reservada a los cofrades  y benefactores de dicha imagen, quienes compartían después una comilona a la que se invitaba también a determinados picadores y, por supuesto, a los mozos de caballos que se encargaban de la retención y venta de los referidos apéndices equinos.

Francisco de Goya: La desgraciada muerte de Pepe-Illo

De reconocida religiosidad, Pepe-Illo se hizo devoto del Cristo a través del picador Diego Molina Chamorro, perteneciente a una familia de afamados varilargueros algabeños, al  que con frecuencia solía llevar en su cuadrilla, estableciéndose entre ambos una estrecha amistad. Diego, que falleció el 2 de mayo de 1795 en Sevilla al sufrir un fuerte golpe en la cabeza, fue quien el año anterior le invitó a una de estas anuales celebraciones lúdico-religiosas, que solían revestir brillantez y solemnidad gracias a que los ingresos obtenidos a tal fin alcanzaban una importante suma de reales, habida cuenta el elevado número de cabalgaduras que cada temporada morían en los espectáculos taurinos. Del agradecimiento y la devoción de Pepe-Illo hacia el Cristo de los Traperos daría prueba inequívoca el libro de cuentas de esta corporación crucera, donde se registraban las generosas donaciones que voluntaria e íntimamente realizó en numerosas ocasiones; y entre las medallas que del cuello del torero sevillano colgaban no faltaba la de este Crucificado, que en señal de agradecimiento le concedieron.

Existen noticias de que Fernando VII asistió de incógnito a una de estas funciones piadosas de la Cofradía del Cristo de los Traperos, poco antes de casarse con su tercera esposa, María Amalia de Sajonia, y puede que fuera acompañado del arrojado diestro Juan León, amigo suyo. La regia visita dio luego margen a diversos comentarios, quedando muestra de ella en esta popular coplilla: “Al Cristo de los Traperos / pidió ayer el rey Fernando, / para que a los madrileños / no nos deje de su mano

No se conoce con exactitud el origen de esta costumbre religiosa, ni el motivo que propició la vinculación del gremio de ropavejeros con los mozos de caballos de la plaza de toros, aunque no es difícil suponerla, ya que estaban en la órbita del negocio de la cerda y los restos de pieles para curtidos interiores. Y sabido es, que curtidores y traperos tuvieron en tiempos pasados una vecindad, tanto de sitio como de intereses.

La estrecha vinculación devocional del pueblo madrileño con esta imagen tenía otra fecha señalada en el calendario festivo de la ciudad, y es precisamente el motivo que me induce a tratar este tema en las fechas actuales. Al llegar el día de Navidad, celebrada la misa, en la que solían cantarse los más conocidos villancicos del padre Soler, la Cofradía del Cristo de los Traperos  obsequiaba a los asistentes con buñuelos y roscos de vino, rodeando los alrededores del templo de un ambiente pleno de cordialidad y buena vecindad. 

Muerte de Pepe-Illo por el toro Barbudo en la plaza de Madrid

Impulsor y regulador de la Fiesta de toros (dio nombre a la obra “La Tauromaquia o Arte de torear”, que impresa en Cádiz en 1796, se supone que quien la escribió fue José de la Tixera), Pepe-Illo inventó la suerte o lance de frente por detrás, fue amigo de Francisco de Goya y de otros señalados personajes de su época, y dominó sobre las multitudes por su valor y su alegría ante las reses, como dominó sobre los corazones femeninos por el secreto hechizo de su carácter y por una atracción personal indefinible, disfrutando de una popularidad que ningún otro torero había alcanzado hasta entonces. La leyenda se mezcló con su historia y ha servido de fuente de inspiración a poetas, músicos, pintores y autores dramáticos. Dechado de gracia y simpatía, rumboso y caritativo, tras verse alzado a la categoría de ídolo de las multitudes, su trágica muerte en la plaza de toros de Madrid, el 11 de mayo de 1801, contribuyó a que aumentase considerablemente el nimbo de celebridad que rodea su nombre. “Jose-Illo, José-Illo / no vayas más a la plaza, / que anoche soñó tu dueña / un sueño de abracadabra”. Su cadáver fue trasladado a un cementerio de Madrid, que bien podría decirse que todavía existe y casi todos lo ignoran, situado a muy corta distancia de la Puerta del Sol. Allí, sin cipreses ni cruces de mármol, sin lápidas blancas con epitafios rimbombantes, en el atrio de la Parroquia de San Ginés, junto a la Santa Bóveda, reposan los restos de este famoso torero.

Todo lo escrito y mucho más fue José Delgado Guerra Pepe-Illo. Pero, cuando menos, resulta curioso que quien dictó reglas en el arte de torear fuera el primer contraventor de ellas, pagándolo con su vida. 

miércoles, 2 de octubre de 2019

LA RIVALIDAD LAGARTIJO-FRASCUELO

Por Rafael Sánchez González
Rafael Molina Sánchez Lagartijo
De sobra es sabido que el máximo esplendor de la Fiesta de los toros coincide con aquellas épocas en las que la competencia entre dos diestros acapara la atención de los públicos. Para comprobarlo bastaría repasar la historia de la tauromaquia desde sus tiempos más remotos, o simplemente recordar etapas más cercanas.
La primera rivalidad en los ruedos que recoge la historia del toreo se remonta al siglo XVIII cuando eran ídolos Costillares, Pepe-Illo y Pedro Romero, con los que el toreo a pie tomó carta de naturaleza. Fue aquella una rivalidad a tres bandas, que alcanzó su punto más álgido durante la competencia que entre sí mantuvieron José Delgado (herido mortalmente en Madrid al entrarle a matar al toro Barbudo) y el coloso de Ronda, quien, según indican los historiadores, mató más de cinco mil toros en veintiocho años de actividad. Anciano ya, Pedro Romero dirigió la Escuela de Tauromaquia que en Sevilla fundara el rey Fernando VII, de efímera vida.
Después vendrían otros enfrentamientos directos entre espadas, que si bien sirvieron para dar mayor interés a los festejos taurinos, no prevalecieron durante mucho tiempo ni alcanzaron niveles que marcaran hitos para los anales de la tauromaquia. Así, las parejas que formaron Curro Guillén y Jerónimo José Cándido, Juan León y El Sombrerero, Cúchares y El Chiclanero o El Tato y El Gordito. Sería con Rafael Molina Lagartijo y Salvador Sánchez Frascuelo, cuando la pasión por los toros volvió a polarizar la atención de todo el país. Un clamor que no volvería a repetirse entre los españoles hasta la llegada a las plazas de Joselito y Belmonte.
Hasta encontrarse con Frascuelo, Lagartijo "había puesto ya en su sitio", es decir, había arrinconado a quienes venían disfrutando de las preferencias de los aficionados.
Salvador Sánchez Povedano Frascuelo
Toreros consagrados como Curro Cúchares, el infortunado Tato (al que después socorrería en situaciones económicas comprometidas), Manuel Domínguez, El Gordito –su maestro-, el también cordobés Bocanegra o el patilludo y elegantísimo Cayetano Sanz. Ninguno pudo hacer frente y robarle aplausos al primer califa del toreo. Ninguno, hasta que apareció en escena Frascuelo.
Con esta pareja encontró el toreo su contrapunto ideal. Y los españoles, dos toreros en los que repartir sus preferencias. Podría decirse, que para ellos no era entonces tan importante seguir políticamente a O'Donnell o Narváez como identificarse con Lagartijo o Frascuelo. En ese momento de gran decadencia de las letras, caducado ya el Romanticismo, incluso los intelectuales, al margen de elegir la oratoria de Emilio Castelar o del canónigo Emilio Monterola, se alistaron a uno de los dos bandos taurinos. En aquella España se era carlista o republicano como se podía ser lagartijista o frascuelista. Pero cuando Rafael estaba bien, solo había lagartijistas en los cosos taurinos.
Aunque con el transcurso del tiempo fuese suavizándose, la acritud y dureza que en principio tuvo esta disputa levantó las más acaloradas pasiones entre las multitudes, muchas de cuyas discusiones, tanto en el tendido como en la calle, acabaron a estacazo limpio. Según el historiador Luis Carmena, "el bando lagartijista preponderó en todas partes con relevante ventaja por su número y me atrevo a decir, que por su cultura e inteligencia", mientras que, a decir de El Bachiller González de Rivera, “el frascuelista era más intransigente, más adusto, más rencoroso".
He aquí dos grupos de selección: a Lagartijo le miman Cánovas del Castillo, Rafael Calvo y Massini; a Frascuelo, Práxedes Mateo Sagasta, Julián Gayarre y Antonio Vico. Alrededor de estos, una larga lista de hombres ilustres. Rafael Molina cuenta con un altar en Lhardy; Salvador Sánchez lo tiene en Botín, aunque ello no impida que el califa coma cuando se tercie cochinillo asado, y Salvador poularde au maître d´hotel. Ellos saben alternar con todo el mundo y en todas partes. Lagartijo tiene un ferviente trovador en el dilecto cervantista Mariano de Cavia; Frascuelo goza con los himnos literarios de Peña y Goñi, paladín de la música y el toreo. Lagartijo tiene continente de emperador romano, Frascuelo muestra un ceño de sultán marroquí. Entre Córdoba y Granada se ha firmado un pacto de soberanía que no expirará hasta la retirada de los dos puntales de la Fiesta Nacional.
Lagartijo visto por Antonio Bujalance
Rafael Molina y Salvador Sánchez no solo tenían distinta concepción sobre las suertes de la lidia, sino que, además, eran también diferentes fuera de las plazas. Había surgido, por tanto, la pareja idónea para fomentar pasiones contrapuestas. De un lado, estaba la valentía insuperable del granadino, su pundonor, su amor propio, su bravura impresionante al tirarse a matar y la eficacia de su toreo seco pero auténtico; y de otro, el estilo puro, grave y florido a la par, flexible y afiligranado del cordobés, del que Guerrita decía que solo por verle hacer el paseíllo podría pagarse la entrada.
Estas dos grandes figuras, tan distantes entre sí, se complementaban armonizándose. Parecía como si los colosales pares de banderillas del cordobés, debieran ir engarzados en los inmensos quites aguantando del granadino.
En cierta ocasión el político antequerano Francisco Romero Robledo, queriéndoles poner en un compromiso, les preguntó quién de ellos dos era el mejor torero. Dudando qué contestar estaba Frascuelo, cuando resolutivo atajó el dilema Lagartijo con estas palabras: "No le des más vueltas, Salvaor; los mejores semos tú y yo… Y los peores, tu hermano y el mío", refiriéndose a los también matadores de toros Paco Frascuelo y Manuel Molina.
Lagartijo tomó la alternativa el 29 de septiembre de 1865. Dos años después (27/10) la recibió Frascuelo, y en 1868 comenzó una competencia que habría de durar hasta la retirada de Salvador en 1890.
En el referido año de 1868 fueron contratados para las corridas que habían de celebrarse en la feria del Corpus en Granada los días 7 y 11 de junio. Nada extraordinario ocurrió en la primera de ellas. Como era costumbre de cortesía, más antiguo Lagartijo -de verde y oro- cedió el primer toro de Concha y Sierra, Centello, cárdeno oscuro, a su compañero de cartel, que vestía un terno castaña y plata, y fue quien ganó por puntos la pelea, pues, aunque no resaltase su labor en ese animal, ni en el cuarto -que brindó a la popular bailarina Piteri-, cobró tal estocada en el sexto que fue aplaudido de forma entusiástica. Rafael también fue ovacionado en el segundo, pero no consiguió agradar en sus otros dos oponentes.
Frascuelo. Revista Sol y Sombra
Concluido el primer festejo, ambos matadores decidieron permanecer en Granada hasta el día 11. Entre tanto, por peñas y mentideros taurinos de la ciudad se fue caldeando el ambiente al extremo de picar el amor propio de los dos diestros, hasta tal punto, que realizaron el paseíllo con el firme propósito de comerse vivos a los seis astados de Saltillo que aguardaban en los corrales de la ya desaparecida plaza granadina.
Así lo refiere un historiador taurómaco: "Hasta el cuarto toro no hubo ocasión de que la rivalidad entre los espadas se pusiera de manifiesto. El bicho tomó diez varas, y Frascuelo al salir de un quite, quedó de hinojos ante el burel, ganándose la consiguiente ovación.
Entonces Lagartijo, al hacer el siguiente repitió la suerte, pero postrándose más cerca del toro y de espaldas. El público, ante el alarde, rompió en una atronadora salva de aplausos. Mas no acabó todo en eso, sino que, en un afán de superación, los dos se tendieron en la arena a una distancia increíble de la res. Los graderíos frenéticos de emoción hasta el paroxismo, tributaron a los espadas su más encendida muestra de admiración. Banderillearon colosalmente con las cortas -para complemento-, intentando Lagartijo clavarlas en silla, tentativa frustrada por las condiciones del saltillo. Una vez arrastrado el toro, el presidente les llamó al palco, reprendiendo tales métodos de ganar aplausos e invitándoles a que se ajustaran a las normas naturales de la lidia. Tal fue la emoción causada. No hay que decir que el público ya no cesó de ovacionarles toda la tarde y que salió encantado de tan memorable corrida".
Aquí arrancó una rivalidad taurina que duró veintitrés años.
Indudablemente Lagartijo arrastraba más seguidores, y por consiguiente acaparaba más interés para los empresarios.
Los madrileños, entre los que Salvador tuvo tantos adeptos acérrimos, eran mayoritariamente lagartijistas, por lo que no soportaban la ausencia de su ídolo por más de un año. Así, las campañas en las que no compareció (1879 y 1886 por ejemplo) las taquillas sufrieron serios quebrantos. En cambio cuando el de Churriana, acabada la temporada de 1880, dolorido y amargado decidió alejarse por unos años del ruedo capitalino (de 1881 a 1884 solo intervino, por un compromiso muy emotivo y personal, en la corrida extraordinaria de Beneficencia de 1882), no llegó a resentirse la economía del flamante empresario Rafael Meléndez de la Vega, sustituto del célebre Casiano Hernández, fallecido no hacía mucho.
Salvador en foto de estudio 
La última vez que Lagartijo y Frascuelo actuaron juntos fue el domingo 6 de octubre de 1889. Aquel año la plaza de la Villa y Corte ofreció uno de los abonos más interesantes, con los dos abuelos (así les denominaba entonces de manera cariñosa la afición madrileña) Mazzantini y Guerrita.
Dicho día se celebraba la corrida número trece de abono de la temporada y para ello se anunciaron tres toros con divisa encarnada, celeste y blanca de la ganadería del Conde de la Patilla, y otros tres con cintas celestes y encarnadas de la de Rafael Surga. Como sobresaliente figuró Manuel Antolín, que aquella tarde se estrenaba en la cuadrilla de Lagartijo ocupando la vacante de Torerito, alternativado el 29 de septiembre anterior. La corrida, que comenzó a las tres de la tarde, estuvo amenizada por la banda del Regimiento de Infantería de Saboya núm. 6, y presidida por el edil Enrique Benito Chavarri. Lagartijo vestía uno de aquellos ternos recamados con plata a los que tan aficionado era, acreditando con ello su buen gusto para la indumentaria torera, bordado el de dicha efeméride sobre seda de color canela. Frascuelo sacó su combinación favorita, traje grana con caireles de oro.
Por orden de lidia estos fueron los toros que en tal ocasión saltaron al redondel de la plaza madrileña: Capa-corta, Latero, Lagunero, Carpintero (un buey de Surga que fue fogueado), Cara-ancha y Coruñés, con los que, por no extendernos más, diremos solamente que ambos espadas dieron claras pruebas de su gran maestría y de las facultades físicas que aún conservaban.
Lagartijo
Esta fue, repito, la última vez que Lagartijo y Frascuelo coincidieron en un ruedo, cerrándose así una rivalidad taurina que tardaría mucho tiempo en repetirse.
Corría el año 1889 cuando Frascuelo, llena de canas su cabeza y de cicatrices el cuerpo, fatigado y deseoso de compartir con los suyos la tranquilidad del hogar, decidió dejar de torear. Al verse "solo" Lagartijo sus triunfos quedaron partidos por la mitad. Salía a las plazas apático, sin ese afán de lucha al que ya se había acostumbrado. ¿Quién iba a poner junto a sus faenas otras faenas? Y el declive que venía advirtiéndose en el califa se agravó al marcharse "su otro yo". Cuatro años después Rafael descansaba en Córdoba, donde tanto se le quería y admiraba. Otro cordobés había tomado ya el mando del toreo, Rafael Guerra Bejarano Guerrita. Pero éste, soberbio y altivo, porque podía y quería, no admitió competencias.

La rivalidad que Lagartijo y Frascuelo mantuvieron en la arena, en ningún momento empañó la admiración que recíprocamente sentía el uno por el otro, sellada con una sincera amistad. Numerosas son las citas de las que podríamos echar mano para corroborar esta doble circunstancia. Sirvan como ejemplo las dos siguientes. Convaleciente Lagartijo del percance sufrido en Madrid el 26 de junio de 1873 (el más grave de su vida taurómaca), el 13 de julio asistió desde un palco al extraordinario triunfo de Salvador, quien, vestido de azul con alamares negros, le brindó la muerte del tercer toro. Entusiasmado Rafael por la faena, envolvió su reloj de oro en un pañuelo y se lo arrojó al churrianero.

Herido Frascuelo -también en Madrid- por el toro Peluquero, bravo ejemplar de Antonio Hernández, la tarde del 13 de noviembre de 1887, corrida benéfica organizada por la Sociedad el Gran Pensamiento, acudió a interesarse por su salud Lagartijo, que nada más entrar en la habitación, le dijo: "¡Qué Grande eres!" contestándole a ello Salvador: "Como tú nadie. Tú eres el mejor torero que conocido. Delante de ti, yo me quito el sombrero, y no me quito la cabeza porque la necesito para torear".
Mascarilla del difunto Salvador
La amistad que mantuvieron en vida quedó confirmada con ocasión del fallecimiento de Frascuelo. Este había pasado la última etapa de su vida en Torrelodones, donde en más de una ocasión, por voluntad del rey, se detuvo el tren real en la pequeña estación del pueblo para que el monarca estrechara las manos del que un día fuera uno de los toreros favoritos de la aristocracia.
Aquejado de traidora pulmonía, por indicación de su yerno el doctor Porras, se le trasladó al domicilio de éste en Madrid (Arenal, 22),  y pese a los cuidados de los médicos que le atendieron, encabezados por el doctor Pérez del Hierro, el 8 de marzo expiraba uno de los más brillantes astros del firmamento taurino.
Mausoleo de Lagartijo. Cementerio Virgen de la Salud
Informado del suceso, Rafael Molina, que apenas había salido de Córdoba desde su retirada, se desplazó expresamente a Madrid para presidir el fúnebre cortejo. Cuentan, que al llegar a la sala donde yacía el cadáver se deshizo de la compañía del espada Lagartijillo y el picador Chano y entró solo. Al contemplar aquella rígida figura, cuyo enérgico rostro había labrado con hondas arrugas la gubia inexorable del tiempo, a la par que sus ojos se inundaban de lágrimas, cayó de rodillas, exclamando entre sollozos: "¡Pobre Salvaor!"… ¡Tanto luchá pa esto!”
Sin levantarse rezó durante largo rato, agarrotadas sus manos a las del Negro (como cariñosamente se le motejó) y la vista clavada en el compañero de tantas y tantas tardes de gloria. Allí estaban los dos frente a frente de nuevo, después de siete años de alejamiento. Pero en esta ocasión sin rivalidades ni rumor de clamores, en silencio. Hubo necesidad de sacar a Rafael del aposento, y sin que apenas le saliese la voz del cuerpo repetía una y otra vez: "¡Pobre Salvaor!... "¡Pobre Salvaor!...”
Así correspondió el califa con el único rival verdaderamente auténtico que había conocido en su larga ejecutoria profesional.
Rafael Molina Sánchez Lagartijo y Salvador Sánchez Povedano Frascuelo, no cabe la menor duda, llenaron uno de los periodos más sobresalientes y emotivos de cuantos ha conocido la densa historia de la tauromaquia.

Del libro LAGARTIJO EL GRANDE, CENTENARIO DE UN CALIFA DEL TOREO, del que es autor Rafael Sánchez González, editado por El Semanario La Calle de Córdoba en el año 2000.

sábado, 19 de mayo de 2018

EL ARTE DE CÚCHARES

Por Antonio Luis Aguilera
Curro Cúchares
El 19 de mayo se cumplen doscientos años del nacimiento de uno de los toreros más significativos del siglo XIX, Francisco Arjona HerreraCurro Cúchares”, el espada que poniéndose por montera los cánones del toreo de su tiempo, colocó a la muleta en el muelle de partida hacia un nuevo puerto, para que dejara de ser la azafata de la espada y navegara rumbo a una tauromaquia distinta, donde habría de tener su propio tercio y desarrollar una expresión artística entonces impensable.  

Placa en la calle Huertas de Madrid
Aunque se le considera sevillano, por haber residido en la ciudad hispalense desde muy temprana edad, "Curro Cúchares" nació en el número 6 de la calle Huertas de Madrid el día 19 de mayo de 1818, siendo bautizado en la Parroquia de San Sebastián. Era hijo del banderillero Manuel ArjonaCosturas”, que sin lograr gran relieve en el toreo estaba orgulloso de ser pariente de Joaquín Rodríguez "Costillares", y de María Herrera, hermana del famoso espada Francisco Herrera Rodríguez Curro Guillén”. Falleció el 4 de diciembre de 1868 en La Habana (Cuba), donde había acudido a cumplir varios contratos, víctima de la fiebre amarilla o vómito negro, siendo sus restos repatriados a Sevilla, donde recibieron sepultura en la iglesia del torerísimo barrio de San Bernardo, a los pies del Cristo de la Salud. Fue padre del matador de toros Francisco Arjona ReyesCurrito”.

      La infancia de “Curro Cúchares” transcurrió en los aledaños del matadero de Sevilla, donde su padre trabajaba de empleado. Como tantos otros aspirantes a alcanzar la gloria del toreo, allí fue donde recibió las primeras lecciones con las reses destinadas al abasto público. En 1831, contando doce años de edad, por mediación de su madre, ingresó como alumno en la efímera Escuela de Tauromaquia de la ciudad de la Giralda (1830-1834), dirigida por el histórico espada Pedro Romero, que era asistido por el chiclanero Jerónimo José Cándido, en calidad de segundo maestro, y de la que también fueron alumnos destacados  Francisco MontesPaquiro” y Manuel DomínguezDesperdicios”.

        Francisco Arjona actuó por primera vez en Madrid en 1839, como banderillero a las órdenes de Juan León. Posteriormente, en calidad de medio espada lo hizo en los años 1840 y 1841, siendo su presentación el 27 de abril de 1840, con toros de Veragua y doña Manuela de la Dehesa, junto  a Juan Pastor “El Barbero”. Como primer espada se anunció a partir de 1842. No hay constancia de que ningún toro lo hiriera de gravedad en su extensa carrera, donde destaca la rivalidad que mantuvo con José Redondo Domínguez “El Chiclanero”.  

       Entre algunos aficionados existe la creencia de que el toreo primitivo debió ser aburrido, por la economía de pases de muleta que imperaba para preparar al toro a la muerte, al ser la estocada la suerte más valorada, a la que estaba dirigida toda la lidia. Pero no debió de ser así, porque la lidia gravitaba sobre el toreo de capa, donde adquiría protagonismo el tercio de varas -aún no existían los petos-, que albergaba gran cantidad de quites de riesgo, para alejar a los toros de los picadores en peligro, de ahí el nombre de quite, y también los artísticos, donde los espadas buscaban lucirse con verónicas, navarras, tijerillas, aragonesas, recortes, galleos, saltos sobre el testuz o de la garrocha. Y por supuesto, el tercio de banderillas, donde la capa era necesaria como hoy, para mover al toro y colocarlo en suerte.

        Este es el escenario de la lidia a mediados del siglo XIX, cuando el toreo de muleta va a empezar a cobrar relieve gracias a Francisco ArjonaCurro Cúchares”, que ignorando la preceptiva de su época, se la echa a la mano derecha, de uso exclusivo para la espada, y decide “alegrar la función” realizando un trasteo primitivo, que los ortodoxos condenaron por considerarlo una profanación del arte de torear, un acto de cobardía donde el matador buscaba restar fuerza al toro para aliviarse en la suerte de recibir.

Francisco Arjona Herrera
Pero el pueblo llano, que siempre fue a los toros a emocionarse, no a pasar un mal rato como los puristas de todas las épocas, recibió con agrado la inventiva del espada que liberaba a la muleta de las normas que la encorsetaban, y decidió llamar al toreo el “arte de Cúchares”, en honor del matador que dio el primer paso, que históricamente resultaría trascendental, hacia una tauromaquia distinta. De esta forma, saltándose a la torera las normas que impedían su desarrollo, Francisco Arjona demostró que la muleta podía adquirir tanto o más protagonismo que la capa, y que su uso daría origen a nuevas suertes, que refinarían y engrandecerían el arte de torear, cambiando incluso la gravitación de la lidia del tercio de varas al de muleta, donde este trebejo iba a servir para mucho más que fijar al toro en la estocada. 

Le llamaron ventajista, marrullero y hasta títere, pero Arjona, llevando adelante su empeño de “alegrar la función”, desbrozaba el camino y hallaba un sendero lleno de posibilidades para engrandecer el arte de torear, demostrando con su iniciativa que donde antes solo cabían dos pases, luego cabrían veinte, treinta o muchos más, porque con la tela sujeta al palillo quedaba todo por descubrir. Además, para que “el arte de Cúchares” pudiera desarrollarse fue necesario un toro más bravo, que los ganaderos buscaron y encontraron.  No se equivocó, pues, el pueblo sencillo, la gente llana, cuando, ignorando a los escolásticos de su tiempo, llamó al arte del toreo con el apodo del espada a quien recordamos al cumplirse dos siglos de su nacimiento. En cuanto al origen del apodo del célebre torero, según el historiador Fernando Claramunt, parece ser que "Costuras", padre de "Cúchares", vendía cucharas de madera por las calles, y del pregón de su mercancía pudo venir el apodo que heredó el hijo.

Francisco Arjona "Currito"
También se cumple en la fecha de este natalicio, pero cuarenta y nueve años más tarde, la efeméride de la alternativa que "Curro Cúchares" otorgó a su hijo Francisco Arjona ReyesCurrito”, matador de toros que como su padre también nació en la capital del reino. El doctorado tuvo lugar en Madrid el 19 de mayo de 1867, con el toro “Serranito”, de la ganadería del Marqués de Ontiveros.