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jueves, 8 de septiembre de 2022

«MANOLETE» A 75 AÑOS DE SU MUERTE

Por Alejandro A. Arredondo Maldonado*

Panteón de «Manolete» en el cementerio de la Virgen de la Salud de Córdoba
 Fotografía: Juan García-Gálvez

 «Ven, muerte, tan escondida,

que no te sienta venir

porque el placer de morir

no me vuelva a dar la vida».

Anónimo. Cantar español siglo XVII 


«Manolete». Obra de Diego Ramos.

Confieso que, para mí, la figura de Manuel Rodríguez Manolete” por algún tiempo no me dijo mucho. Mi ya largo peregrinar por “el planeta de los toros” me limitaba un poco a ciertos personajes como Lorenzo Garza, primo y compadre de mi padre, y por supuesto muy familiares todas sus hazañas en los ruedos; y a Manolo Martínez, por contemporáneo y por crecer taurinamente de manera paralela, si no en conocimientos por lo menos en tiempo.

No por ello la figura del cordobés me era ajena, quizá se mantenía estática en espacio y tiempo, para en su momento explotar luminosamente en el panorama de la historia reciente de la entrañable España.

Tal vez estuvo en espera de que comprendiese más a fondo el devenir histórico español y el sentir de tan ilustre pueblo. Entender sus vectores y sus vertientes, su ser y su estar, sus objetivos y sus metas, su génesis, su cultura y su fiesta nacional; que, como pueblo prócer, origen de otros —entre ellos el mexicano—, nos heredaron gustos y costumbres. Todo esto en definitiva me imponía cierto proceso de aprendizaje, es probable que un tanto complicado, pero no dejó de ser un proceso de maduración.

Creo que la trascendencia de “Manolete” es única por muchos motivos —entre otros, ya lo dejé entrever líneas arriba—, porque Manuel Rodríguez Sánchez significa la España misma: la España invadida, la España conquistada, y creo lo más significativo, la España conquistadora, triunfante y trágica, porque al fin y al cabo tan singular personaje acabó conquistando al mundo y no solo el taurino, sino a todo lo que tuviese que ver con España a pesar de los no taurinos. Tan grande así es el significado de “Manolete” y lo anterior no es gratuito, ni la pasión taurina me lleva a manifestar (sustentar) tales conceptos, sólo habrá que ver cómo han sido sus vidas y como se han desarrollado para afirmar categóricamente que “Manolete” y España son mutuamente incluyentes, que en el espacio y en el tiempo no se da el uno sin el otro; afirmación temeraria sí, pero con una verdad de por medio: España y “Manolete” han escrito su propio destino y han salido renovados y agigantados de toda batalla, en particular la batalla con la muerte. 

«Vivo sin vivir en mí,

y tan alta vida espero,

que muero porque no muero».

Santa Teresa de Jesús

 

«Un solo pez en el agua.

Dos Córdobas de hermosura.

Córdoba quebrada en chorros.

Celeste Córdoba enjuta».

«San Rafael» (fragmento)

Federico García Lorca 

Busto a «Manolete» en la plaza de La Lagunilla de Córdoba.
Al paso del tiempo “Manolete” me confió su vida y su arte. Sí, me dijo muchas cosas, ahí en sus terrenos, en sus barrios, en sus plazas. Alguna vez, ahí estuve, en el barrio donde pasó su infancia, en Torres Cabrera, en la plaza de la Lagunilla con su pequeño busto; o más allá en la plaza del Conde de Priego —Alabados sean los dulces nombres de José y María—, donde pasó su juventud. Ahí junto al conjunto escultórico formado por caballos, ángeles, el toro y “Manolete” —a los hijos pródigos no se les olvida—, ahí en la Córdoba mora, majestuosa; en la Mezquita, en la Judería, ahí donde estuvo la antigua plaza de “Los Tejares”, en la plaza de “los Cuatro Califas”, junto a “Machaquito” “Lagartijo” “El Guerra”, en el museo taurino de Córdoba; junto al Guadalquivir; o en “el Cristo de los Faroles” y más allá en el Mausoleo, en el cementerio, me dijo muchas cosas, se sentía su presencia, ahí estaba para guiarme por esa tierra mágica y torera.

Me habló de la grandeza de su terruño, de la Guerra Civil, de su madre Doña Angustias, de su padre torero, de su toreo y de su destino, su sino y de Lupe Sino la mujer, su mujer, del whisky, del tabaco, de sus fatigas, de México; por cierto, no olvidó Monterrey en aquél diciembre frío y lluvioso.

«Manolete». Obra de Diego Ramos

«Andar es muy fácil.

lo difícil es andar sin premura.

Pasear por el miedo del ruedo

grave y con figura. 

Cuando un cordobés es torero

su capa es la túnica.

Esencia y decencia:

las dos cosas juntas. 

¿Quién ha visto, si no es entre sueños,

la estatua segura,

arriscada de gracia, de arte y de celo,

crispada de angustia,

caminar paso a paso, despacio,

buscándole sitio a su tumba?».

«Manolete»

Pedro Garfias.

 

«Quiero dormir un rato,

un rato, un minuto, un siglo;

pero que todos sepan que no he muerto;

que haya un establo de oro en mis labios;

que soy el pequeño amigo del viento Oeste;

que soy la sombra inmensa de mis lágrimas».

«Gacela de muerte oscura» (fragmento)

Federico García Lorca

Si bien el semblante de Manuel Rodríguez Sánchez era trágico y en su mirada se percibía un dejo de tristeza, todo se conjuntaba produciendo una visión recurrente de martirio inevitable, cuya única constante sería una muerte gloriosa. Si bien esa visión no se manifiesta claramente desde el inicio de su carrera, si se fue acentuando en el transcurso de la misma hasta llegar a un clímax. Inconsciente “Manolete” intuía su destino, tenía prisa por morir.

Cruz de Mayo en el monumento a «Manolete». Foto Paco Zurera

Esa tarde de Linares “Manolete” abandonaría muchas cosas: la afición, el arte, el toreo mismo. Quedaron muchas preguntas sin respuestas ni razonamientos, lógicos e ilógicos —la vida de “Manolete” creo fue lógica—, mucho se perdió, pero sin lugar a dudas mucho se ganó. De hecho, se sacudió brutalmente la Fiesta y sus estructuras, dándose un parteaguas con el sacrificio de esa vida iniciándose así una nueva era en la tauromaquia moderna.

¿Lo ilógico? Quizá la orfandad misma del toreo, aunque temporal, en parte pudo superarse.

Sin embargo, dejó muchas citas pendientes en su agenda y un sinnúmero de páginas por escribir en la historia del toreo y de la España misma. Con todo queda una impresión ambivalente de que todo y nada quedó abandonado.

Posiblemente en esa tarde, toro y torero, compendio y síntesis del arte, se manifestaron sin velos protectores, con carencias y virtudes. 

«He venido a sembrar mis huesos otra vez

y a abrir las acequias de mis venas.

Estas son mis llaves:

sacad el trigo por la puerta.

El hombre está aquí para cumplir una sentencia,

no para imponerla.

Que suba al ara como la paloma y el cordero.

Y que hable el juez desde la cruz, no desde su silla». 

«Estas son mis llaves» (fragmento)

León Felipe 


«Ya hay un español que quiere

vivir y a vivir empieza,

entre una España que muere

y otra España que bosteza».

«Españolito» (fragmento)

Antonio Machado

«Manolete», sombra viva del toreo. Foto Ernesto Castillejo

Sin pretender un análisis de la tauromaquia “Manoletista” —que de esto se ha escrito bastante, aunque nunca lo suficiente—, si es interesante revisar un poco y como se fue desarrollando el concepto de esa particular manera de torear, en donde se da un común denominador de naturaleza intrínseca entre lo técnico y lo trágico.

Se dice que “Manolete” vino a implantar una característica esencial en el toreo moderno. Y esta era la quietud, digamos lo más peculiar de su toreo. Aquí se guarda un símil —quizá premonitorio—, su monumento fúnebre, su mausoleo, su perfil, el mármol estático y frío en su escultura; que se adivinaba, aún antes de su muerte. Esta percepción también sería manifiesta a través de su mirada, de su mirada que ha trascendido en imágenes fijas y de cine de la época hasta nuestros días. 

«Suerte suprema». Obra de Diego Ramos.

«Él, que templaba y mandaba

en la infernal embestida;

inconmovible y sereno,

clavado como una espiga;

su tronco, ritmo de palma

suave la mano corría,

quieto, erguido, irreprochable

como sombra cipresina;»

Elegía a Manuel Rodríguez «Manolete»

Abraham Domínguez 

El crítico y periodista español Vicente Zabala decía con respecto al cordobés: «Manolete impone algo que va a ser la ruina para todos los toreros que lo han sucedido. Implanta “la quietud” a toda costa y ante todos los toros. Esto es una enormidad, una barbaridad tan grande, que hace que el toreo entero se transforme». Continúa Zabala: «Desde Manolete no se tolera la faena de aliño. Todos los toreros se ven obligados, si no quieren recibir feroces broncas, a quedarse quietos, muy quietos, con todos los toros». 

«Manolete, Manolete,

hijo y nieto de toreros,

de la raza de los bravos

que triunfaron en el ruedo.

Que lloren los olivares

y se enluten los chiqueros,

que en la plaza de Linares

murió el rey de los toreros».

Fandango anónimo. 

*Alejandro A. Arredondo Maldonado, aficionado mexicano de Monterrey (Nuevo León), nos envía este texto que rinde homenaje a quien considera un "cordobés universal", "al cumplirse los 75 años de su último paseíllo terrenal". Este trabajo, con el título «Manolete a 50 años de su muerte», fue publicado en el periódico «El Porvenir» de la citada localidad en el año 1997, al conmemorarse medio siglo de la muerte del espada cordobés. Al no haber perdido actualidad, nos lo remite por si consideramos oportuno editarlo en la manoletista «Plaza de La Lagunilla». Lo que hacemos con gusto, al tiempo que mostramos nuestra gratitud a su autor por expresar su hondo sentimiento sobre la figura del inolvidable torero cordobés, cuya huella en México, la nación que tanto quiso y donde fue feliz, sigue viva en la afición hermana. 

jueves, 21 de noviembre de 2019

IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS, UN HOMBRE EXCESIVO

Por Ignacio Sánchez-Mejías Herrero
Ignacio Sánchez Mejías
Los aficionados del Club Taurino de Pamplona, me pidieron una colaboración para su revista, sobre Ignacio Sánchez Mejías, para conmemorar el centenario de su alternativa. Ciertamente, casi ningún homenaje ha habido de esta efeméride, de forma que antes de que acabe el año, quiero dejar constancia del artículo que se publicó este verano en su revista.
Ignacio Sánchez Mejías, un hombre excesivo
Gallito otorga la alternativa a Ignacio Sánchez Mejías. Foto El Correo de Andalucía
Este año 2019, se conmemora el centenario de la alternativa del diestro Ignacio Sánchez Mejías. Ésta tuvo lugar en la plaza de toros de Barcelona, el 16 de marzo de 1919, con toros de Vicente Martínez. El padrino fue nada menos que José Gómez Ortega, Gallito, El Rey de los toreros, y el testigo nada menos que Juan Belmonte. Este fue el mejor cartel que se pudo componer en la Edad de Oro del Toreo. Al toro de su alternativa, Buñolero, le cortó Ignacio la oreja. Pero vayamos por partes.
Ignacio Sánchez Mejías, nació el 6 de junio de 1891, y fue de los pequeños de una familia muy numerosa. Su padre, mi bisabuelo Pepe, médico, hijo a su vez de médico, y su madre, la bisabuela Salud, una mujer de carácter. El nacimiento tuvo lugar en la entonces casa familiar, en la calle de La Palma, en el entorno de la Alameda de Hércules. Era una familia acomodada, ya que el padre no sólo atendía lo público como médico del Ayuntamiento y de la Beneficencia, sino que tenía prestigio para atender a las familias pudientes de Sevilla.
La educación en la casa, con tantos hermanos era espartana, e Ignacio pronto destacó por su inquietud e indisciplina. Se escapaba del colegio y lo tenían que traer los guardias de vuelta a casa, de donde se volvía a escapar. En ese entorno conoce a Joselito el Gallo, juegan a los toros y entrenan, en la huerta del padre de Ignacio, llamada del Lavadero, en terrenos de El Alamillo. El padre quería que fuera médico y él le decía que iba bien en los estudios y que incluso ya lo dejaban hacer algunas prácticas médicas, pero la realidad es que tenía los estudios muy abandonados y no había acabado ni el bachillerato.
Ignacio observa el toro rodado a sus pies  
Cuando la situación no pudo sostenerse más, y llevado por su afán de aventura, se embarca en Cádiz, con 17 años, de polizón con El Cuco, en el trasatlántico Manuel Calvo, pensando que el destino era México. Pero el destino fue Nueva York, además los descubren durante la travesía, y al llegar a Estados Unidos, los toman por delincuentes y los encierran. Gracias a las gestiones de un hermano de Ignacio, Aurelio, que por entonces estaba en México, logran que los embarquen para ese país. Llegado a México, se coloca de empleado en la plaza de toros de Morelia y allí empezaría su vida taurina.
En 1910, con 18 años debuta como banderillero en Morelia, con la cuadrilla de Fermín Muñoz Corchaito, con el que viene a España y vuelve a México, en donde debuta como novillero un año después, alternando con sus actuaciones como banderillero. En 1913 se presenta en Madrid de novillero, donde ya destaca por su valor. En 1914, por fin se presenta en Sevilla, ante la familia y amigos con mucho ambiente ya. Pero es herido de extrema gravedad, con la femoral muy afectada, casi pierde la vida delante de su padre que bajó a la enfermería. A raíz del percance y debido a la perdida de facultades vuelve de subalterno, ya de categoría, en las cuadrillas de las figuras Rafael El Gallo, Belmonte y Gallito, con el que estuvo tres años y aprendió el oficio, siendo su modelo y su maestro. Al final de la temporada 1916, el maestro de los críticos taurino, Gregorio Corrochano escribió esto en ABC: “Sánchez Mejías, que está a la cabeza de los peones por lo activo y oportuno de la brega, está también a la cabeza de los banderilleros”. La característica de Ignacio como torero era “llegar”, y en todo lo que emprendía quería llegar a ser el primero.
Cartel de figuras: Rodolfo Gaona, Ignacio Sánchez Mejías y Juan Belmonte
Fue una figura del toreo. El año que muere Gallito en Talavera, acabó como número uno del escalafón en número de festejos. Se retiró en el año 1922, volvió en el 24 y se volvió a retirar en el 27, con 36 años. A todo esto, con algunas escapadas a América donde tenía un extraordinario cartel. Como torero destacó por su valor. Otro crítico, Don Ventura, escribió lo siguiente en el año de su alternativa “Este torero ha traído algo nuevo a la fiesta de los toros: la exageración del riesgo. O más aún: la creación del peligro. Una y otra tarde se ha complacido en llevar a los astados a los terrenos más difíciles, para exponer más y más. Y cuando no podía haber emoción, la ha creado él. La ha buscado él. Ha procurado que la hubiera, inventando el peligro”. A la historia del toreo pasó como torero valiente y en El Cossío, podemos encontrar lo siguiente: “La valentía más auténtica y sobrecogedora que nunca se haya exhibido en los ruedos. El valor de Sánchez Mejías superaba el concepto de que tal cualidad moral podamos tener. No era sólo desprecio absoluto del riesgo, sino que daba la impresión de ignorancia total del peligro”. Habla de la valentía más auténtica de la historia del toreo.
Ignacio adornándose tras la estocada  
En el toreo también destacó en otra cosa, su lucha contra todos los estamentos taurinos. Contra sus propios compañeros, son famosas sus peleas con Gaona en México, donde llegó provocándolo. Gaona había publicado que él se podía comparar con Gallito, e Ignacio cuando llegó a México exigió al director que publicara: Yo soy mejor torero que Gaona y sólo pude ser banderillero de Gallito. Se pueden imaginar el ambiente de esas corridas, donde corrió la sangre de Ignacio más de una vez. Pero también estuvo en guerra con la crítica taurina, son famosas sus peleas con Galerín y D. Criterio a los que rebatía en sus propios periódicos por medio de escritos suyos. También estuvo en guerra con los empresarios. Como presidente de la Unión de Toreros se opuso con vehemencia a los topes salariales que éstos querían imponer. Tanto que muchos empresarios, incluido el de Sevilla, D. José Salgueiro, lo vetaron en sus plazas. Es conocida la anécdota de que vetado, bajó a la arena en una corrida de Feria, de acuerdo con el matador Martín Agüero, y le puso banderillas a uno de sus toros. Pasó por el lado de Salgueiro y le dijo que él toreaba en Sevilla cuando quería. Un provocador, pero que después cortaba las orejas.
Ignacio ante el cadáver de Joselito en Talavera
Se casa en 1915 con Lola, hermana de su maestro Joselito. El paso de amigo de José y novio de Lola, no fue bien acogido, y sus relaciones con la señá Gabriela, madre de los gallos, tampoco fue buena. Su mujer, Dolores Gómez Ortega es un personaje clave en la vida en Pino Montano, la casa familiar, y en mantener la familia siempre unida. Al torero la vida familiar se le fue quedando pequeña porque tenía otras inquietudes.
Siendo un hombre muy atractivo, tiene documentadas varias aventuras, algunas amantes y una querida, pero nunca llegó a romper la familia. La vida matrimonial no duró mucho. Lola lo echó del dormitorio, lo cerró con dos candados y nunca más lo volvió a dejar entrar. Búscate lo que quieras por ahí, porque aquí no entras más, le dijo. Y lo cumplió.
Ignacio Sánchez Mejías, mecenas de la Generación del 27 
Ignacio destacó por su vida social. Allí donde estaba se hacía el centro de la vida social de la localidad. Cuando iba a México o Lima, alquilaba una casa y allí se daban las fiestas y se reunían los personajes locales y visitantes. Fueron famosas las fiestas en Pino Montano, donde acudieron personas de todo tipo.
En aquellos tiempos de vanguardia, cuando empezaban los sportman, Ignacio tuvo tiempo para todo. Jugador de polo, practicante de boxeo, automovilista, piloto de aviación, fue el primero en ir a torear en avión desde un pequeño aeródromo montado cerca de Pino Montano. Tenemos fotos de acoso y derribo desde un coche, actor de cine, practicante de deportes de invierno, futbolista, etc.
También tuvo muchas inquietudes sociales. Fue presidente del Real Betis, con el que inició los fichajes de jugadores vascos, relación que llega hasta hoy día. Puso los cimientos para lograr el primer y único título de liga que tenemos. Presidente de la Cruz Roja de Sevilla. Conferenciante en Nueva York, en la Universidad de Columbia, invitado por García Lorca. Promotor de un aeropuerto en Sevilla. Empresario. También se publicó que estaba propuesto para Gobernador Civil por la Republica. No sabemos cómo tenía tiempo para hacer todo eso y, además hacerlo bien.
Como inquietudes artísticas, podemos citar su amor por el flamenco, destacando su debilidad por el cantaor Manuel Torre. También fue promotor del espectáculo Las Calles de Cádiz, junto con su amante La Argentinita y su amigo García Lorca. Un espectáculo flamenco que se elevó por primera vez de categoría, para competir con la ópera y el ballet.
Pero sobre todo destacó por su obra literaria. Empezó con escritos costumbristas y taurinos que fueron publicados en periódicos. Y también publicaba en el periódico La Unión, las crónicas de sus propias corridas de toros. Tiene escritas cuatro obras teatrales y estrenadas dos. Sin Razón, la primera aproximación a Freud de la literatura española, no se nos olviden las vanguardias de entonces, estrenada en Madrid por la compañía de Fernando Díaz de Mendoza y María Guerrero. Y Zaya, estrenada en Santander, en presencia del Rey. También tiene escrita una novela y poesía.
De izquierda a derecha y en primera fila: Pedro Salinas, Ignacio Sánchez Mejías y Jorge Guillén. Detrás: 
Antonio Marichalar, José Bergamín, Corpus Barga, Vicente Aleixandre, Federico García Lorca y Dámaso Alonso
Conocido como mecenas de la Generación del 27. Ideó y organizó, junto con D. José María Romero Martínez, ateneísta, los actos de tricentenario de Góngora en Sevilla, que dieron lugar a la Generación del 27. Fue el artífice de convencer a sus jóvenes amigos vanguardistas de Madrid para venir a Sevilla. Las fiestas que se organizaron en Pino Montano se quedaron en el recuerdo de todos los poetas.
Tuvo amigos de todo tipo y condición, desde el Rey al Presidente de la República, pasando por el General Sanjurjo al que acompañó a la cárcel y despidió en el exilio.
Volvió a los toros en 1934, con 43 años, para que el hijo, que quería ser torero, no lo fuera. En una entrevista dijo que si tenía que entrar un cuerpo destrozado en Pino Montano que fuera el suyo, que su mujer ya había sufrido demasiado. Desgraciadamente, a los pocos festejos, fue herido de gravedad en Manzanares, no quiso ser operado allí, y murió en Madrid dos días después de gangrena gaseosa.
Varios de sus amigos del 27 le escribieron poesías, como Miguel Hernández y Alberti, pero el poema de Federico García Lorca, Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, que pasa por ser la mejor elegía en lengua española, lo hizo inmortal. Tan inmortal como figura literaria que lo ha minimizado como torero y como persona, con toda la historia que tiene detrás.
Sirvan estas letras para reivindicar su persona y también para darle la razón a Federico cuando escribió:

Tardará mucho en nacer, si es que nace,

un andaluz tan claro, tan rico de aventura.







miércoles, 26 de septiembre de 2018

PAQUIRRI: DE YUNQUE A MARTILLO

Por Antonio Luis Aguilera
Francisco Rivera Paquirri. Foto Ciarrusta
La muerte de un torero deja marcada para siempre la plaza donde ocurrió. Selladas quedaron las de Talavera de la Reina, en cuya arena tuvo lugar la cogida fatal de Joselito; Manzanares, donde su cuñado Ignacio Sánchez Mejías halló idéntico fin, inmortalizado con desgarrado dolor y enorme belleza literaria en el “Llanto” del inolvidable Federico García Lorca; Linares, donde una calurosa tarde de San Agustín la parca segó la vida del rey de los toreros: Manolete. 

Hace treinta y cuatro años, en su imprevisible elección, el destino sumó a la triste lista el coso de Los Llanos de Pozoblanco, donde Francisco Rivera Paquirri había acudido a poner punto final a su temporada actuando en la feria de Nuestra Señora de las Mercedes, que organizaba el empresario de Sevilla Diodoro Canorea. En el corazón del honrado y laborioso Valle de los Pedroches, un astifino toro negro del hierro de Sayalero y Bandrés, de nombre Avispado, pasaría a la historia por herir de muerte a un torero de inmenso poderío, que nunca volvió la cara ante las dificultades, y que hasta el último aliento de vida tuvo la gallardía de mirar a la muerte cara a cara, para testimoniar al mundo entero su hombría y torería.
          
Un jovencísimo Francisco Rivera
Fue el 26 de septiembre de 1984, miércoles para más señas. Al caer la tarde, cuando la noche desplegaba su velo negro sobre encinas y olivares, una ambulancia buscaba desesperadamente ganar tiempo al tiempo por la sinuosa carretera que unía la capital con los pueblos serranos. Las ráfagas de color ámbar centelleaban en la penumbra, mientras el rugido del acelerado motor rasgaba el silencio de una noche de estío en el angustioso trayecto al Hospital “Reina Sofía”. Pero la muerte viajaba en el habitáculo del torero herido, y cuando el horizonte dibujaba las primeras luces de Córdoba su presencia obligaba a un cambio de plan. El torero agonizaba y había que llegar cuanto antes a un centro sanitario, el que fuera, sin demora alguna. El primero era el antiguo Hospital Militar, situado a la entrada de la ciudad bajando desde Cerro Muriano. Solo un milagro podría impedir que unos párpados sin fuerza cerraran para siempre aquellos ojos azules como el mar que besa Barbate, donde Francisco de niño, quebrando olas de espuma blanca, soñó alcanzar la gloria del toreo. 

Mas la parca llegó silenciosa en el bochorno de aquella noche de principio de otoño con aromas a jazmín, mientras en el cielo azul oscuro, como el color del último traje que vistió el torero, las estrellas rutilaban viendo llorar a los hombres del toro, rotos y hermanados en el caserón castrense donde moraba el cadáver de Paco. La noticia, propagada con inmediatez por la radio, recordaba al mundo que el toro mata y le basta un instante para segar la vida del torero más poderoso, incluso aquel que por sus fabulosas facultades pueda parecer imposible, como ocurrió con Joselito en Talavera de la Reina. Y como había vuelto a suceder con Paquirri en Pozoblanco.

En la plaza de Los Califas de Córdoba, 29 de mayo de 1977. Antes del paseíllo
 sonríen Curro Romero, Paquirri y Manzanares. Todo un cartel. Foto Arjona
Porque como Joselito, Francisco Rivera fue un lidiador excepcional, de inmenso poderío, completo en todos los tercios. Y como el menor de los Gallo tenía obsesión por demostrar su hegemonía en el toreo. La lidia carecía de secretos para él, conocía el oficio de principio a fin, le sobraba afición y reunía las cualidades necesarias para ser figura enfrentándose a cualquier encaste, sin vacilar en la forja de una vocación donde si difícil es llegar más lo es mantenerse en primerísima fila. La noble y legítima aspiración del diestro de Barbate era codearse con los grandes en las puertas de cuadrillas. Su ansiedad juvenil fue administrada sabiamente por el sagaz apoderado cordobés José Flores Camará, que dirigió su carrera hasta situarlo en la cúspide de la torería, y del que no olvidó nunca una frase con aire de sentencia, pronunciada en un momento duro de sus comienzos para espolearlo: “Francisco, aprende a ser yunque para cuando seas martillo”. 

Hizo tan suyas estas palabras que siendo máxima figura las repetía a los compañeros que empezaban en momentos de fragilidad. Francisco Rivera hubo de aprender a ser yunque, comprobar como la triunfal carrera de novillero no contaba tras la alternativa, donde  comenzaba otra guerra más difícil en la que era imprescindible poderle a los toros por duros que fueran, para abrirse paso a codazos ante un elenco de espadas fabuloso: Manuel Benítez El Cordobés, Paco Camino, Diego Puerta, El Viti, Antonio Bienvenida, Jaime Ostos, Julio Aparicio, Litri, César Girón, Mondeño, Miguelín… Pero Camará, admirador de Joselito y astuto como pocos, sabía que dirigía la carrera de un gallo de pelea, capaz de triunfar a golpe cantao, cuyas cualidades terminarían por revelar a un lidiador largo, dueño de la lidia de principio a fin, poderoso con el capote, brillante banderillero, eficaz muletero y gran estoqueador, con valor probado y ambición sobrada para lograr su objetivo. 

Gran pase de pecho de Paquirri. Foto Cano

Paquirri, sabiendo que el timón de su carrera lo guiaban unas manos expertas, curtidas en mil galernas, que marcaban con precisión el rumbo para atracar en el puerto soñado, afrontó un reto que solo superan quienes reúnen condiciones para mandar en el toreo. En las primeras temporadas hubo de matar corridas menos apetecibles con honorarios ridículos, pero sacó su raza cuando las dudas y percances invitaban a pensar si todo merecía la pena. Confiando en sí mismo atacó sin guardar nada dentro y  el éxito no tardó en llegar, ni el caché de figura y las repeticiones en plazas determinantes con carteles de categoría que sellarían su carrera con la aureola de primer espada que mantuvo siempre. Las palabras de Camará se cumplieron a rajatabla: el yunque se convirtió en martillo. Como ejemplo de la autoestima de Paquirri, recordamos que en las postrimerías de su carrera, en plena revolución de un genio llamado Paco Ojeda, no dudó en anunciarse con él varias tardes mano a mano. Era su modo de decir al revolucionario de Sanlúcar quién ocupaba el trono del toreo.
Marbella, 29 de julio de 1984. Paquirri y Paco Ojeda con 
Francisco  y Cayetano Rivera Ordóñez. Foto J.L.Carabias
Córdoba fue testigo del inicio de su carrera. Francisco Rivera se presentó con picadores en la vieja plaza de Los Tejares el 19 de marzo de 1965, junto a Curro Limones y El Monaguillo, cortando dos orejas como tarjeta de visita, triunfo que le sirvió para echar el paseíllo siete tardes en la nueva plaza de Ciudad Jardín, entre las temporadas de 1965 y 1966. En el coso levantado en terrenos de la antigua Huerta de la Marquesa, Paquirri se enfrentó a su hermano José, de apodo Riverita, Manolo Sanlúcar, Paco Asensio, Pedrín Benjumea, Rafael Poyato, Paco Pallarés, Palomo Linares, Andrés Torres El Monaguillo, Paco Ceballos, Alfonso González Chiquilín y Antonio Ruiz El Barquillero. Tal fue el idilio que despertó el gaditano con la afición cordobesa, que en el verano de 1965 lo anunciaron tres domingos consecutivos, llenando la plaza el 25 de julio, festividad del apóstol Santiago -también hacía en verano un calor insoportable, lo que demuestra la calidad de aquella afición-, donde alternó con Paco Pallarés y Palomo Linares, saliendo a hombros tras cortar tres orejas a un encierro de doña María Pallarés de Benítez-Cubero

Madrid 24 de mayo de 1979. Paquirri estoqueando
 a Buenasuerte de Torrestrella. Foto Botán.
Se aguardaba con expectación su presentación como matador de toros, que ocurrió el 25 de septiembre de 1966, en la desaparecida feria de otoño, donde el coso se llenó para verlo cruzar el albero junto a Manuel García Mondeño y Manuel Benítez El Cordobés, auténtico amo del toreo, quienes lidiaron un encierro de Hermanos García Romero. Sería la primera de la docena de corridas que sumó en Córdoba, plaza donde también alternó con Ángel Peralta, Gabriel de la Haba Zurito, Manuel Cano El Pireo, Victoriano Valencia, Pedrín Benjumea, Miguel Márquez, Curro Rivera, Luis Miguel Dominguín, José Antonio Campuzano, Sebastián Palomo Linares, Agustín Parra Parrita, Curro Romero, José María Manzanares, Emilio Muñoz, Luis Francisco Esplá, Dámaso González y Pedro Gutiérrez Moya Niño de la Capea. Su última comparecencia tuvo lugar el 26 de mayo de 1982, con Dámaso González y José María Manzanares, para despachar un encierro de don Ramón Sánchez Rodríguez

La satisfecha sonrisa del triunfo. Foto Moratalla
El 26 de septiembre se cumple el aniversario de la cogida mortal del espada nacido en Zahara de los Atunes, en el término de Barbate, quien con enorme valor, sin perder la sonrisa, manifestó su entrega en los ruedos saludando a los toros con largas de rodillas, protagonizando brillantes tercios de banderillas, y sometiéndolos en la muleta antes de homenajear la suerte suprema con fulminantes estocadas al volapié o recibiendo. Con la muerte de Paquirri el toreo perdió a un lidiador completo. Córdoba lo vio salir a hombros de las plazas de Los Tejares y de Los Califas en atardeceres de gloria y triunfo. También, porque el destino lo quiso,  del Hospital Militar en un féretro portado por toreros, mientras los aficionados congregados en las puertas del recinto le tributaban un sencillo y emotivo homenaje, rompiendo el tenso silencio de la madrugada con una emocionada ovación y gritando entre lágrimas al héroe muerto: ¡Torero, torero, torero...!  

martes, 24 de abril de 2018

MOSAICO MANOLETISTA (y II)


Por Antonio Luis Aguilera                 
Manolete alumno salesiano (fila de abajo, 3º a la derecha)
       Manolete fue escolarizado en el Colegio de los Salesianos de Córdoba, ubicado en la calle María Auxiliadora, donde iba andando desde la plaza de La Lagunilla por las calles Mayor de Santa Marina, Zarco, Reja de Don Gome, Ocaña, Santa María de Gracia y plaza de San Lorenzo, colindante con el centro escolar. Como alumno salesiano rezó a María Auxiliadora, imagen que preside la capilla del colegio, pero también fue devoto del Cristo de los Faroles y de la Virgen de los Dolores, venerados en la plaza de Capuchinos, a la que gustaba rezar no solo en el interior del Convento de San Jacinto, sino ante el azulejo situado a la subida de la Cuesta del Bailío. En una ocasión, a la vuelta de un viaje de América, lo sorprendió en este lugar el hermano mayor de la cofradía, que le preguntó porqué no le rezaba dentro del templo. El torero le respondió: «esto es como los toros, antes de entrar a la plaza hay que entrenarse».  
          
Azulejo de la Virgen de los Dolores
       Pascual Membrives Martínez, fue un excelente aficionado cordobés, que contando más de ochenta años se emocionaba al hablar de Manolete, de la humanidad y sencillez de un hombre que era la máxima figura del toreo. Recordaba que, siendo él un niño, se orientó de la celebración de un tentadero dirigido por Manolete en la finca “Las Cuevas”, en Villarrubia (Córdoba la Vieja), donde pastaba la ganadería que don Alfonso de Olivares y Bruguera había formado con reses de Juan Belmonte (procedencia Gamero Cívico), y acudió al amanecer para subirse a la tapia. Ese día no solo quedó impresionado por el toreo de su ídolo, sino por las experiencias que vivió en la jornada campera.
 

       Rememoraba que doña Concepción Gómez-Barzanallana, «Conchita Olivares», viuda del ganadero desde 1936, era aficionada práctica y gustaba torear a las becerras. En ello estaba cuando una la tropezó y derribó. Los banderilleros acudieron de momento para hacer el quite, pero Manolete los frenó ordenándoles: «¡No corráis, dejarla ahí un rato para que se le quite el miedo!». Seguidamente acudió él para llevarse a la vaca y preguntaba a la ganadera: —¿Te has asustado? Después sería protagonista nuestro amigo. Finalizado el tentadero los empleados sirvieron un arroz a los invitados. Manolete observó que mientras comía el chaval no le quitaba el ojo de encima, y pensando que tenía hambre pidió para él un plato. Pascual, que no había probado bocado desde la noche anterior, quedó impresionado al ver que le hablaba el torero que tanto admiraba, con quien mantuvo este breve diálogo: —No señor, muchas gracias, ya he comido. Manolete sonrió al adivinar la justificación: —¡Tú cómo vas a haber comido, hombre... Venga, ponerle un plato ahora mismo al nene! —No señor, de verdad que sí he comido, muchas gracias...  —Como quieras... Pero tú no has comido y por vergonzoso te vas a ir sin comer.  

José María Martorell. Foto Mateo
       En un tentadero celebrado en esta misma finca, donde Manolete acudía a prepararse cuando estaba en Córdoba, estaba como aficionado José María Martorell Navas, preparado para salir a dar unos pases cuando fuera requerido, previo permiso de la ganadera. Por la noche, cuando Manolete subía desde La Lagunilla a San Cayetano, para ir al Campo de la Merced, donde se juntaba con los amigos, observó que el aficionado del tentadero estaba sentado en la puerta de su casa, y mirándolo con una sonrisa le regaló una frase que el tiempo convertiría en sentencia: «¡Adiós, torero!». Casi dos años después de su muerte en Linares, en mayo de 1949, aquél muchacho tomaba la alternativa en la plaza de “Los Tejares”, y sería el torero más importante de Córdoba en los años cincuenta. José María lo recordaba con enorme orgullo: «¿Te puedes imaginar lo que significó para mí que ese Monstruo me llamara torero, cuando yo era un aficionado?».
 

Iglesia de San Miguel
     Otra simpática anécdota de Manolete, prácticamente desconocida, la contaba su íntimo amigo Manuel Sánchez de Puerta. Ocurrió en Córdoba una noche de invierno. Después de tomar unas copas de vino con los amigos, al pasar por la plaza de San Miguel -templo donde fue bautizado el torero-, vieron pasar a un señor bajito con sombrero. Al torero le hizo gracia el sombrero, se lo quitó para ponérselo y todos corriendo alrededor de la iglesia. El hombre siguió al grupo sin alcanzarlo gritando: «¡Sinvergüenzas...!». Ellos, muertos de risa, escondidos en un portal, lo veían pasar desorientado, hasta que dieron por terminada la broma. Saliendo del escondite, Manolete se acercó al señor: —Amigo, tome usted el sombrero y disculpe. Créame, solo ha sido una broma. ¿Sabe usted quien soy? Acalorado, contestó: —¡Usted es un sinvergüenza! —Hombre, no diga usted eso, yo no soy un sinvergüenza, soy Manolete, el torero. El hombre, que resultó ser un agente comercial de Barcelona que se alojaba en el Hotel Simón, replicó acalorado: —¡Usted que va a ser Manolete. Usted es un sinvergüenza! El torero, acercándolo a un farol de la plaza, le dijo: —¿Se convence? Al descubrirlo, aquél hombre, loco de alegría, no daba crédito a lo ocurrido, se disculpó en repetidas ocasiones, rieron la broma y charlaron un rato, quedando citados por la mañana siguiente para desayunar juntos. Aseguraba Manuel Sánchez de Puerta, que el hombre se marchó de Córdoba encantado de haber conocido a Manolete,  desayunar con el torero y ser protagonista de su broma.
 

Manolete por estatuarios. Foto Mateo
    Como final de este mosaico recomendamos la visita a los lugares citados, donde podrán encontrar tabernas clásicas cuyas paredes veneran el recuerdo del torero. En la plaza de San Miguel, próxima a la calle donde nació: Taberna “El Pisto”, ubicada en la misma casa donde en el siglo XIX se fundó el famoso Club Guerrita. En el barrio de Santa Marina: Taberna “La Sacristía”, calle Alarcón López, entre las plazas de La Lagunilla, donde vivió el torero, y Conde de Priego, donde se alza su monumento. Frente a esta taberna se halla la Casa de Hermandad del Señor Resucitado, donde se custodia el traje de luces que Manolete vistió en Santander la última tarde que salió a pie de una plaza. Bar “Santa Marina”, frente a la iglesia que da nombre al barrio, que guarda recuerdos del torero. En la plaza de San Agustín: Taberna “Rincón de las Beatillas”, visitada por Federico García Lorca y sede de las Tertulias “Manolete”, “Chiquilín” y “Fosforito”. En el barrio de Ciudad Jardín: Taberna San Cristóbal, en calle Rodolfo Gil, sede de la Tertulia “Tercio de Quites”, donde se exhiben fotos de Manolete, Martorell y otros espadas cordobeses.