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domingo, 8 de agosto de 2021

JOSÉ MARÍA MARTORELL EN EL RECUERDO

Por Antonio Luis Aguilera

El toreo de ajuste, temple y manos bajas de José María Martorell

Fue el torero de mi abuelo Luis Roldán Torres, al que no alcancé a conocer, y el de toda mi familia materna, a la que debo esta maravillosa afición al toreo, porque desde que levantaba dos palmos del suelo me hablaban de toros y de los toreros de Córdoba, desde el respeto profundo a la huella de Lagartijo y Guerrita, la veneración por Manolete, y la admiración por José María Martorell, torero —decían— de bragueta, muy cordobés, de valor seco y temple en el comprometido sitio que pisó Manuel, bajando los engaños como él. 

Me hablaban de la profunda huella que este torero dejó en la afición mexicana; también, que por su apellido revolucionó a la afición de Barcelona, que en sus inicios pensaba que era catalán, y al emocionarse con sus grandes éxitos en la Monumental lo adoptó como suyo.

Entrada dedicada por José María Martorell

Recuerdo aquella maravillosa aficionada que era mi abuela —estuvo abonada a la plaza de Córdoba con más de ochenta años cumplidos— que cuando iba y venía con los seis nietos al colegio de monjas de la calle Gondomar, al coincidir y saludar a Martorell por el centro de la ciudad nos repetía una y otra vez lo gran torero que fue, rememorando los lentos viajes en el tren de entonces para verlo en Sevilla. Así pues, desde que vestía babero de párvulo admiraba a José María, de quien veía las fotos en las revistas que testimoniaban su paso por el toreo, ejemplares que conservaba la familia, como también guardaba la entrada de la última tarde que el abuelo lo vio antes de morir en la plaza de Los Tejares —27 de septiembre de 1953. Toros de Ramos Paúl (Villamarta), para Martorell, Calerito y el mexicano Jorge Aguilar El Ranchero—, donde al dorso, José María escribió de puño y letra con su estilográfica: «Para el mejor amigo y admirador que tengo en Córdoba, Luis Roldán con un fuerte abrazo de José María Martorell».

Antonio L. Aguilera con José María Montilla y Alfonso Galisteo. Foto Marogo

Años después Alfonso Galisteo, otro gran aficionado, además de suegro y amigo, seguidor de Martorell y más tarde de José María Montilla, me confirmaba los juicios de mi familia al hablar de las excelencias del maestro cordobés. Y en los años ochenta, cuando a propuesta del periodista Pepe Toscano inicié una aventura no profesional de informador taurino, que habría de durar tres décadas y aún colea en los textos de este blog, conocí a José María Martorell, con quien tuve la fortuna de gozar de su amistad, y de muchas conversaciones taurinas privadas y públicas, en coloquios donde su presencia era requerida porque otorgaba categoría al acto. También tuve el privilegio de organizar un almuerzo donde conseguí sentarlo en la mesa con sus compañeros Agustín Parra Dueñas Parrita, su padrino de alternativa, y Manolo Vázquez, para que tan excelente terna protagonizara una inolvidable tertulia radiofónica, que comenzó a la hora del café y terminó bien entrada la tarde.  

Parrita, Manolo Vázquez, Aguilera y Martorell. Foto Marogo 

Son muchos los recuerdos que tengo de José María, como la entrañable anécdota con aires de profecía que le gustaba contar. Fue a un tentadero a la finca «Las Cuevas», en el término de Villarrubia (Córdoba la Vieja), donde estaba la ganadería que don Alfonso de Olivares y Bruguera había formado con reses de Juan Belmonte (encaste Gamero Cívico), y Manolete acudía siempre que estaba en la ciudad, atendiendo a la invitación de doña Concepción Gómez-Barzanallana«Conchita Olivares», viuda del ganadero desde el fatídico 1936, que además era aficionada práctica. Allí estaba de aficionado José María Martorell, que salió a torear cuando fue requerido y en quien se fijó el director de la faena campera, quien luego en Córdoba, al caer la noche, cuando Manolete subía desde la plaza de La Lagunilla hasta San Cayetano para ir al Campo de la Merced, junto a la Torre de la Malmuerta, donde estaba la Taberna de Paco Acedo se reunía con sus amigos, al observar que el muchacho del tentadero estaba sentado en la puerta de su casa, lo reconoció y se dirigió a él con una frase que el tiempo convertiría en sentencia: «¡Adiós, torero!». Así fue, en mayo de 1949, casi dos años después de la tragedia de Linares, Martorell tomaba la alternativa en la plaza de Los Tejares, para convertirse en el torero de mayor relieve que tuvo Córdoba en los años cincuenta. «¿Te imaginas lo que significó para mí, siendo un aficionado, que ese Monstruo me llamara torero?».

Verónica de manos muy bajas de Martorell. Foto Cano

En los años ochenta José María acudió con asiduidad a las reuniones de la cordobesa Tertulia Tercio de Quites. Le agradaba el ambiente de silencio con que el grupo acogía los recuerdos de su paso por el toreo. Fueron muchas las noches que gozamos de su presencia y amistad, pero recuerdo especialmente una de invierno, desapacible por fría y ventosa, donde tras una penosa jornada de tratamientos contra la enfermedad que le acosaba, el maestro se presentó por sorpresa, abrió la puerta y nos saludó diciendo: «Buenas noches, señores; vengo a tomarme un par de medios de vino y hablar de toros, que es lo que más me gusta, con este maravilloso grupo de aficionados». Damos fe que impresionaba escuchar sus palabras en el silencio creado en la sala, a veces roto por el tintineo del cristal de los catavinos, y ser testigos de la generosidad con que abría su alma para hablar de toros, bien fuera para recordar su concepto del toreo, para censurar modas propiciadas por sectores intransigentes de la afición —«echar la pierna de salida adelante no es cargar la suerte, sino quebrar al toro echándolo para afuera, una ventaja para el torero», para manifestar su profunda admiración por el toreo de Pepe Luis y por el de los toreros de México y la maravillosa fantasía de su manejo del capote, para  desvelar confidencialmente la «guasa» de Luis Miguel, que enseñaba la punta de la capa por el hueco del burladero para distraer a los toros de sus compañeros en plena faena, y la de veces que hubo de pedirle públicamente que se tapara, o para asegurar que los miuras eran los únicos toros que no dejaban cruzarse a los toreros, porque ellos lo hacían antes para impedirlo. En resumen, para hablar de toros con asombrosa amenidad cuando la vida ya se le escapaba. 

Tal fue el cariño de la Tertulia al maestro, que a su muerte se creó el trofeo que lleva su nombre e imagen, el magistral busto modelado por los escultores y aficionados cordobeses Rafael, Pepe y Pedro García Rueda, quienes por su admiración y amistad con el torero fallecido, colaboraron regalando su trabajo en la creación de la estatua con que la tertulia cordobesa desde 1996, el año siguiente de su muerte, reconoce el mérito taurino de personalidades o entidades, para honrar la memoria del maestro.

Trofeo Martorell

Ángel Mendieta Baeza, compañero durante muchos años en la crítica taurina de Córdoba, nos obsequió el pasado año con un ejemplar de su libro «Y después de Linares… Martorell: El torero de mano baja», que no ha sido publicado y por su interés debería encontrar respaldo editorial para ver la luz, pues recoge el testimonio personal de aquella bonita época del toreo cordobés. De la amena y documentada obra extraemos dos fragmentos que hablan de José María y de su tiempo. 

—«Tras la tragedia, Martorell».

Y como el destino es inexorable, llegó agosto de 1947 y en Linares se produjo la trágica cogida que dejó al toreo huérfano de la figura más grande de una época cuyo eco, como dijo aquel crítico madrileño, sigue siendo inalcanzable. Pero bueno, volviendo al momento de Linares, la muerte de Manolete debió ser como un mazazo que dejó traumatizado al mundo de la tauromaquia y, mientras tanto, Córdoba quedaba ayuna de toreros de alternativa que continuaran la historia escrita por los grandes toreros nacidos en esta tierra, que la representaran en los carteles de postín y en las ferias más señeras de la torería. En Córdoba se produjo un vacío, pienso que profundo, muy profundo. Pero pronto, si echamos mano de la historia, veremos que la pena se vio aliviada, pues la incorporación de los ya referidos Rafael Soria Molina “Lagartijo”, José Moreno “Joselete” y Martorell al escalafón de los novilleros con picadores fue como una puerta abierta a la esperanza, que sirvió para reforzar el entonces raquítico escalafón de novilleros de que Córdoba disponía.

José María en tertulia radiofónica. Foto Marogo

—«¿Quién fue Martorell?»

 Martorell, en aquel momento, cubrió el vacío que había dejado Manolete. Pero que nadie piense que al decir que Martorell cubrió el vacío dejado por Manolete quiero decir que ocupó el sitio de Manolete. No. Martorell ocupó su sitio, el suyo, el que supo ganar con su arte, con su valor y con su personalidad. El lugar de Manolete sigue vacante, porque torero con la fuerza de Manolete solo hubo uno y, por tanto, ese lugar, que es como un trono en la historia torera de nuestra Córdoba, quedará vacante por los siglos de los siglos. Sólo digo que Martorell cubrió, de forma muy digna, aquel vacío, porque supo mantener la ilusión de muchos aficionados, ya que su presencia en los ruedos sirvió para mitigar el desencanto provocado con la desaparición de aquel genial torero cordobés en aquel trágico agosto de 1947. 

I Coloquio organizado por la Tertulia Taurina Santamarina de Córdoba:
Alfredo Asensi, Ángel Mendieta, Antonio L. Aguilera, José Mª Martorell,
Antonio Cabanillas y Enrique Cabello. Foto José Luis Cuevas.

Finalizamos esta entrada donde hemos evocado con tanto cariño como admiración la figura de José María Martorell, el espada cordobés que en una época de tristeza ante una perdida irreparable fue capaz de abrirse paso en el toreo, para volver a entusiasmar a la afición de Córdoba tras el vacío dejado por la muerte de Manuel Rodríguez Manolete«¡Con lo difícil que era eso!»sentenciaba su amigo y padrino Agustín Parra "Parrita".

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viernes, 18 de septiembre de 2020

TERTULIA “TERCIO DE QUITES” DE CÓRDOBA

 Por Antonio Luis Aguilera    

Rafael González Chiquilín visita Tercio de Quites. Foto Marogo
            

El lunes santo de 1985 coincidí con mi amigo y maestro Pepe Toscano en la taberna de Pepe Salinas de la Puerta de Almodóvar. Me propuso que fuera crítico taurino en Radio Mezquita, emisora local de la Cadena Rato en Córdoba, que años después se denominaría Onda Cero Radio. Con no poca osadía y confiando en mi afición acepté realizar un programa en directo, de una hora de duración, que se emitiría los jueves a las diez de la noche anunciado como Tercio de Quites, espacio que mantuve en antena varios años con frecuencia semanal, hasta que la nueva cadena comenzó a restringir las desconexiones locales y los toros pasaron a un segundo plano, pues solo interesaban en la feria de mayo por los ingresos de publicidad que entonces generaban, y el medio optaba por transmitir en directo una tertulia a medio día, con participación de los protagonistas del cartel, y las corridas desde la plaza. Mi vinculación con la emisora se mantuvo hasta 1994, reapareciendo excepcionalmente en la feria de 2006 a petición de la misma, al tratarse del último ciclo taurino que acogía en sus dependencias antes de su demolición el Hotel Meliá Córdobael hotel de los toreros— donde tantas tertulias radiofónicas tuve el privilegio de moderar, y tanto aprendí escuchando a los sabios hombres del toro.

Visita de la Tertulia Tercio de QuitesEl Toruño de los Guardiola. Foto: León

Pero volviendo a los inicios, cuando los jueves a las once de la noche terminaba la emisión de Tercio de Quites, me agradaba invitar en la taurina Taberna Coto a los personajes que habían sido protagonistas del programa. De forma distendida, con unas cervezas y las exquisitas tapas que salían del conocido como rincón de Ordóñez, continuaba la conversación de toros en una improvisada tertulia, a la que se sumaban los dueños de la taberna, los excelentes aficionados Ramón y Pepe Arranz. Lo que nació de forma natural fue trascendiendo entre los aficionados al toro y cada jueves aumentaban los asistentes, hasta que por falta de espacio físico decidimos celebrarla en establecimientos amplios y otro día de la semana para comenzar y terminar antes. Esta tertulia sería conocida con el nombre del espacio taurino que la alumbró, y a ella se fueron incorporando selectos aficionados. A partir de 1987 decidimos formalizar las reuniones semanales, que se celebrarían todos los lunes siguiendo el calendario del curso académico. De esta forma, sin protocolos ni papeleos en el registro de asociaciones, porque nunca hubo estatutos ni cargos, con la puerta de acceso siempre abierta para los que quisieran entrar o salir, comenzó su navegación por las rutas del toreo Tercio de Quites

Tertulia con becerristas desde el Hotel Meliá-Córdoba. Foto Marogo

Durante más de tres décadas, por la tertulia han pasado muchos y variados personajes del mundo del toro; unos célebres, desplazados expresamente a Córdoba para compartir una noche de toros, otros que sin alcanzar tanta celebridad también tenían su historia que contar. Lo que había empezado como una tertulia radiofónica se había convertido en otra presencial de tres horas de duración. Un auténtico privilegio para los tertulianos que tuvieron la oportunidad de escuchar tantas lecciones magistrales de ganaderos, toreros, apoderados, cirujanos taurinos, críticos, novilleros, picadores, banderilleros, mozos de espadas, profesores de la Universidad… Todos los que generosa y gentilmente acudieron a nuestra llamada, para que aquellos que supieran aprovecharlo se dejaran empapar como esponjas con sus palabras. Esta fue la filosofía de Tercio de Quites, la misma que expresa Alberto Cortéz en los versos de su canción Qué suerte he tenido de nacer, cuando el inolvidable poeta argentino añadía: para callar cuando habla el que más sabe, aprender a escuchar, esa es la clave, si se tienen intenciones de saber.

Tertulia radiofónica con Enrique Ponce. Foto Marogo

Tuvimos la inmensa suerte de moderar estas tertulias durante más de treinta años, para alimentar nuestra afición con tanto personaje inolvidable que compartió con el grupo sus conocimientos, su humanidad entrañable, su siempre nostálgico paso por el toreo, y reverdecer sueños e inquietudes, miedos y momentos únicos, forjas de triunfos y fracasos, huellas de emociones que jamás habían contado, o anécdotas que no recogen ningún libro, saboreando pequeños sorbos de fino que propiciaban su locuacidad en aquellas lecciones únicas, que difícilmente se pueden aprender sin los testimonios de los sabios hombres que dedicaron su vida al toro, los que generosamente acudieron a nuestra llamada para regalarnos una noche mágica, presidida por el respeto y la admiración de un grupo de aficionados a los que abrieron de par en par las puertas del alma.  

El maestro José María Martorell. Foto Marogo

Difícil resulta seleccionar algunas de las muchas que afortunadamente vivimos, pero a modo de ejemplo rememoramos la protagonizada por el matador de toros José María Martorell, cuya amistad caló profundamente en el alma de la tertulia. El inolvidable maestro, que con palabras justas explicaba perfectamente el toreo, gustaba narrar todos los resortes de la lidia, defender con orgullo la dignidad que nunca debe perder el espada al ejecutar la suerte suprema, o la obligación de este de hacer el primer quite sin delegar en un banderillero, remachando que en su época las ganaderías ahora denominadas duras eran habituales, y que había que matar de todos los encastes porque eran matadores de toros. Entre las anécdotas narradas por este gran torero, que tras la tragedia de Manolete en Linares fue capaz de abrirse paso hasta colocarse entre las figuras, había una que le gustaba narrar con satisfacción y cariño. Recordaba como un atardecer, siendo adolescente, a la vuelta de un tentadero celebrado en las Cuevas de Altázar, donde había logrado dar unos pases como aficionado, Manolete, que había dirigido la faena campera, lo reconoció al pasar por la puerta de su casa, en el barrio de San Cayetano junto a la plaza de la Lagunilla, y verlo sentado en el bordillo del portal. El Monstruo lo saludó con dos palabras —que cordobés es eso de hablar poco y pronunciar las palabras justas— que Martorell nunca pudo olvidar: ¡Adiós, torero! Sólo el destino conocía el alcance de la sentencia que Manuel Rodríguez había pronunciado.

—¿Imagináis –decía el torero cordobés– lo que significó para mí siendo un chaval que ese Monstruo me llamara torero...?

Fue tan enorme el cariño de los aficionados de Tercio de Quites por el torero más representativo de Córdoba tras la muerte de Manolete, que a su muerte decidimos instaurar el trofeo que lleva su nombre e imagen, obra magistral de los hermanos Rafael, Pepe y Pedro García Rueda, que colaboraron desinteresadamente en modelar el busto del torero.

Tertulia con Paloma Bienvenida, su hijo Gonzalo, Manuel 
Cano El Pireo, Juan Ortega y Jorge Fuentes. Foto Q. Cano

Hablar de toros callando cuando habla el que más sabe, esta fue la partida de nacimiento de Tercio de Quites, la brújula que durante más de tres décadas ha guiado el destino de un grupo ensamblado por la afición al toro, que desgraciadamente fue viendo caer hojas de sus ramas, aficionados entrañables que fallecieron, y observar con naturalidad como la puerta de la tertulia se abría para que otros compañeros se marcharan. De momento, el Covid-19 ha interrumpido la actividad taurina del grupo después de tantos años, pero la veterana tertulia volverá a hacer camino al andar para seguir hablando de toros cuando las circunstancias lo permitan, y volver a sentir el embrujo del toreo hablado y escuchado en mágicas noches acompañadas del tintineo de los catavinos, que suavemente rompen el silencio para que entre sorbitos de fino fluyan los más íntimos y taurinos recuerdos. 

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viernes, 1 de junio de 2018

EL CALIFATO TAURINO


Por Antonio Luis Aguilera
El Cordobés, V Califa del toreo
       Cuando en 2002, el Ayuntamiento de Córdoba proclamó solemnemente “V Califa del Toreo” a Manuel BenítezEl Cordobés”, atendiendo la propuesta de más de doscientas asociaciones, Diputación, y Ayuntamientos de la provincia, algunos aficionados abrieron la caja de los truenos, que en la ciudad de la Mezquita siempre ha sido la tradición del Califato Taurino. No hubiera podido imaginar el ilustre periodista aragonés don Mariano de Cavia y Lac, la trascendencia que el tiempo otorgaría a su ingeniosa hipérbole en la barojiana ciudad de los discretos. El escritor zaragozano, modelo y maestro de periodistas, por haber convertido el artículo periodístico en género literario, trató con éxito la tauromaquia bajo el seudónimo de “Sobaquillo”, y fue seguidor de Rafael MolinaLagartijo”, al que proclamó “Califa“ del toreo. De un plumazo, sin más pretensión que utilizar una figura retórica, para engrandecer la opinión del torero que admiraba, “instauraba" en la imaginación popular esa especie de “estado taurino”, al que la tradición iría tejiendo una enigmática ley sucesoria, que algunos dicen conocer pero pocos explicar, en cuyos alambicados códices prevalecen dos que se consideran incuestionables: ser matador de toros cordobés y haber mandado en el toreo de su tiempo.
Don Mariano de Cavia y Lac

La afición de mediados del siglo XIX había llamado al toreo el “arte de Cúchares”, en honor a las innovaciones que trajo al toreo de muleta Francisco Arjona Herrera, que sin ser capitán general en su tiempo, graduación que habría correspondido a Francisco MontesPaquiro”, al que llamaron “el Napoleón de los toreros”, porque tuvo mucho que ver en la transformación de la lidia. Catorce años después del  fallecimiento del torero de Chiclana, recibe la alternativa Rafael Molina Lagartijo”, que pronto se convertiría en el ídolo de la afición, especialmente de la madrileña, por su elegancia natural, la destreza con que ejecutaba todas las suertes, su valor sereno y la hermosa belleza de su toreo. Quién iba a pensar entre las humildes y toreras gentes del Campo de la Merced, que el apodo con que motejaron en el barrio la agilidad del hijo del discreto banderillero “Niño Dios”, por su destreza para trepar las tapias del matadero y llegar a las reses destinadas al abasto, terminaría siendo el apodo de uno de los espadas más grandes de la historia del toreo. Desde su doctorado hasta la retirada en 1893, destacaron los veintitrés años de noble competencia que mantuvo con el granadino Salvador SánchezFrascuelo” –dicen que la rivalidad era imposible, por la distancia artística que les separaba y la entrañable amistad que les unía-, que pasaron a los anales de la Tauromaquia como la “edad de oro del toreo”, expresión reutilizada en el siglo XX para rotular de igual forma la época de “Gallito” y Belmonte.

Rafael Molina "Lagartijo"
Al inolvidable “Lagartijo” le sucede en el trono del toreo su discípulo y paisano Rafael Guerra Bejarano, que tras destacar con brillantez como banderillero, recibe la alternativa en 1887, de manos de su maestro, ante la afición madrileña. Desde entonces hasta su retirada en la feria del Pilar de 1899, la hegemonía de “Guerrita” es incontestable. El hijo del conserje del matadero domina con tal precisión todas las suertes, que su presencia en los ruedos eclipsa cuanto ocurre en el panorama taurino. Cómo sería de poderoso, que a pesar de los años transcurridos, una importante corriente de opinión considera  que posiblemente haya sido el torero más completo de todos los tiempos. Precisamente esto, sumado al fuerte carácter del diestro, fue erosionando su condición de primerísima figura y le hizo perder apoyo popular. “No me voy, me echan”, dijo con amargura al quitarse en Zaragoza por última vez el traje de luces. Retirado de los ruedos, "Guerrita" fue considerado una autoridad taurina, y presumió de genio y figura. Una vez le preguntaron: “Rafael, ¿siente usted haber dejado los toros?, y él contestó con legítimo orgullo: “¿Quién, yo...? ¡Eso, ustedes!”. Qué razón llevaba quien fue considerado maestro de maestros, pues el trono que dejaba no tenía sucesor. La afición, y no solo la de Córdoba, siempre lo consideró II Califa.  

Rafael Guerra "Guerrita"
Comenzaba el siglo XX sin dueño en el toreo. Guerrita había sentenciado: “Después de mí, naide, y después de naide, Fuentes”. Llegaba la generación de los “naides”, que sin embargo iba a llenar de contenido el interregno taurino, ese espacio de tiempo que el toreo estuvo sin soberano. Desde 1899 a 1912, Antonio Fuentes, primero, y después Ricardo TorresBombita”, Vicente Pastor, Rafael GonzálezMachaquito” y Rafaelel Gallo”, protagonizan un tiempo donde destaca la dureza del toro, aunque los ganaderos ya habían escuchado las recomendaciones de “Guerrita”, que les hizo saber que para el toreo de mayor quietud que anhelaba el público, se necesitaba un toro de mejores hechuras, que “entrara” en la muleta, que fuera más bravo y tuviera mayor fijeza. En el interregno, “Machaquito” se anuncia como figura destacada en todas las ferias, y comparte los mejores carteles, mas en Córdoba se dividieron las opiniones sobre su inclusión en el figurado Califato, por no haber mandado en solitario en el toreo de su tiempo, aunque nadie cuestionó que el honrado y valiente espada de la calle Adarve, fue una figura indiscutible del toreo en la primera década del siglo XX, en la que destacó como formidable estoqueador. 

Rafael González "Machaquito"
Machaquito” se retira cuando alborea la segunda “edad de oro”, precisamente el 16 de octubre de 1913,  en una desastrosa corrida celebrada en Madrid, con enorme escándalo e invasión del ruedo por la afición, en la que otorga la alternativa  a Juan Belmonte. Va a comenzar una época diferente, que marcará los principios de un toreo de mayor quietud y acento artístico, la de José y Juan, inseparables en la historia, por mucho que algunos se empeñen en lo contrario. Belmonte, por gozar de más y mejor literatura, es considerado por sus partidarios el padre del toreo moderno, mientras “Gallito”, que no tiene quien le escriba, es relegado a un segundo plano, siendo etiquetado como torero poderoso y completo, en quien culmina en su máxima expresión el toreo antiguo. Pero este juicio falta a la verdad, porque ni Juan, que fue de los toreros que realizaron las faenas más cortas de muleta, puede ser considerado el padre de las larguísimas de hoy, ni José, que con su prodigiosa técnica colocó la primera piedra del toreo ligado en redondo, puede ser despachado como torero antiguo y poderoso. Lo trascendental es que “Gallito”, dejando la muleta en la cara del toro al torear al natural, revela la ligazón de los pases en redondo, mientras que Belmonte acorta las distancias y ciñe el toreo, destacando por su temple y ligazón en el lance a la verónica, pero su planteamiento con la muleta no difiere en absoluto del toreo anterior, donde el diestro se sitúa por dentro, de espaldas a tablas, y el toro por fuera, y en esa posición instrumenta un natural ligado al de pecho. En definitiva, José y Juan son inseparables en la historia del toreo, comparten una época de profundos cambios, y resulta absurdo que algunos pretendan atribuir la exclusiva del toreo actual al espada de Triana. Como afirmaba Pepe Alameda, la historia no establece dogmas, los establecen quienes la escriben.
       
Joselito y Belmonte
         La evolución del toreo moderno comienza con estos dos genios, pero en ella es determinante la figura de otro grandioso torero sevillano, Manuel JiménezChicuelo”, el tercer genio de esta apasionante historia, al que algunos pretendieron ignorar, cuando es él precisamente quien otorga continuidad a la obra de “Gallito” y crea la faena moderna. "Chicuelo" resuelve  la ligazón de los pases con un giro de talones, para intercambiar los terrenos del toro y los del torero y engarzar los muletazos. Además, suaviza las formas y con su arte dota al toreo de una belleza desconocida. Su influencia en el toreo mexicano resultó determinante, pues la rotundidad de su escuela llega antes al otro lado del océano, y de su fuente bebieron el gran Armillita, y los demás diestros aztecas. 
Manuel Jiménez "Chicuelo"
En España obtiene éxitos trascendentales,  aunque su obra adolece de la continuidad necesaria para consolidarse como nuevo modo de torear. La historia reserva ese puesto a “Manolete”, su ahijado de alternativa, que retoma la tauromaquia del maestro, y da al toreo otro giro de tuerca. Así, mientras algunos hablan del toreo de dominio, y hallan eco al enunciar como normas clásicas el “parar, templar y mandar”, el diestro de Córdoba habla en el ruedo, que es donde deben hablar los toreros, y agrega dos verbos que ignoraban los inquisidores de su arte: “aguantar y ligar”. Manuel Rodríguez, citando de perfil y ganando pasos laterales hacia el animal, revela la distancia de arrancada y  obliga a embestir a los toros. Su valor y perseverancia otorgan a su toreo regularidad, enseñorea su época e implanta definitivamente la ligazón de los pases, la versificación del toreo, el sistema cuyos primeros eslabones engarzaron "Joselito” y “Chicuelo”. Manolete, el niño que jugó al toro en la Plaza de La Lagunilla, escribía su nombre con letras de oro en la simbólica historia del Califato.

Manuel Rodríguez "Manolete"
Lagartijo”, “Guerrita”, ¿”Machaquito”?, “Manolete”. ¿Tres o  cuatro? En esta discusión de tabernas, peñas y tertulias andaban los cordobeses, cuando en los años sesenta del siglo XX irrumpe Manuel BenítezEl Cordobés”, que arrasa el toreo para mandar como nadie hizo antes ni después. Desde 1963 a 1971, el de Palma del Río impone su hegemonía en el mundo taurino, relegando a un segundo plano a toda una generación de toreros de primerísima fila. A las empresas les basta anunciar “El Cordobés y dos más”, para llenar las plazas hasta el tejado, mientras los “ortodoxos”, que solo lo consideran un fenómeno de masas, se rasgan las vestiduras, y detestan el poderío de la locomotora que remolca el tren de la Fiesta. Pero "Benítez" pone su sonrisa al lado trágico del toreo, y tras tributar no pocas e importantes cornadas, demuestra que es capaz de abarrotar todas las plazas, y triunfar clamorosamente ligando series interminables de naturales en un palmo de terreno.  
Manuel Benítez "El Cordobés"
¿Qué le faltaba entonces a Manuel Benítez para ser considerado miembro del Califato? ¿Acaso la tremenda fuerza de su personalidad, extrovertida, simpática y espontánea, no encajaba con la seriedad que algunos atribuyen a los Califas? A saber qué pensaban los que polemizaban por la sucesión del figurado califato, sin pensar que donde “El Cordobés” ejerció de “califa”, sin figuraciones, fue conquistando el planeta taurino, por el que llevó con orgullo el gentilicio de su tierra. Por fortuna, entidades y asociaciones de ciudadanos, coordinadas por el periodista taurino Pepe Toscano, canalizaron el clamor general, y el 29 de octubre de 2002, Manuel Benítez fue proclamado “V Califa del Toreo” por el Ayuntamiento de Córdoba, con el unánime reconocimiento del mundo del toro y la ciudadanía cordobesa. 

       Esta es la historia de una tradición, la del Califato Taurino de Córdoba, que la afición quiso figurar gracias a la ingeniosa hipérbole de don Mariano de Cavia. Curiosamente sigue viva, y no faltan propuestas de ampliación, aunque parece que estas olvidan que el aspirante debe haber mandado en el toreo, como lo hicieron "Lagartijo", "Guerrita", "Manolete" y "El Cordobés", los cuatro que, cambiando el cetro por estoque y el turbante por montera, hicieron que Córdoba fuera considerada definitiva en el toreo.