martes, 24 de abril de 2018

MOSAICO MANOLETISTA (y II)


Por Antonio Luis Aguilera                 
Manolete alumno salesiano (fila de abajo, 3º a la derecha)
       Manolete fue escolarizado en el Colegio de los Salesianos de Córdoba, ubicado en la calle María Auxiliadora, donde iba andando desde la plaza de La Lagunilla por las calles Mayor de Santa Marina, Zarco, Reja de Don Gome, Ocaña, Santa María de Gracia y plaza de San Lorenzo, colindante con el centro escolar. Como alumno salesiano rezó a María Auxiliadora, imagen que preside la capilla del colegio, pero también fue devoto del Cristo de los Faroles y de la Virgen de los Dolores, venerados en la plaza de Capuchinos, a la que gustaba rezar no solo en el interior del Convento de San Jacinto, sino ante el azulejo situado a la subida de la Cuesta del Bailío. En una ocasión, a la vuelta de un viaje de América, lo sorprendió en este lugar el hermano mayor de la cofradía, que le preguntó porqué no le rezaba dentro del templo. El torero le respondió: «esto es como los toros, antes de entrar a la plaza hay que entrenarse».  
          
Azulejo de la Virgen de los Dolores
       Pascual Membrives Martínez, fue un excelente aficionado cordobés, que contando más de ochenta años se emocionaba al hablar de Manolete, de la humanidad y sencillez de un hombre que era la máxima figura del toreo. Recordaba que, siendo él un niño, se orientó de la celebración de un tentadero dirigido por Manolete en la finca “Las Cuevas”, en Villarrubia (Córdoba la Vieja), donde pastaba la ganadería que don Alfonso de Olivares y Bruguera había formado con reses de Juan Belmonte (procedencia Gamero Cívico), y acudió al amanecer para subirse a la tapia. Ese día no solo quedó impresionado por el toreo de su ídolo, sino por las experiencias que vivió en la jornada campera.
 

       Rememoraba que doña Concepción Gómez-Barzanallana, «Conchita Olivares», viuda del ganadero desde 1936, era aficionada práctica y gustaba torear a las becerras. En ello estaba cuando una la tropezó y derribó. Los banderilleros acudieron de momento para hacer el quite, pero Manolete los frenó ordenándoles: «¡No corráis, dejarla ahí un rato para que se le quite el miedo!». Seguidamente acudió él para llevarse a la vaca y preguntaba a la ganadera: —¿Te has asustado? Después sería protagonista nuestro amigo. Finalizado el tentadero los empleados sirvieron un arroz a los invitados. Manolete observó que mientras comía el chaval no le quitaba el ojo de encima, y pensando que tenía hambre pidió para él un plato. Pascual, que no había probado bocado desde la noche anterior, quedó impresionado al ver que le hablaba el torero que tanto admiraba, con quien mantuvo este breve diálogo: —No señor, muchas gracias, ya he comido. Manolete sonrió al adivinar la justificación: —¡Tú cómo vas a haber comido, hombre... Venga, ponerle un plato ahora mismo al nene! —No señor, de verdad que sí he comido, muchas gracias...  —Como quieras... Pero tú no has comido y por vergonzoso te vas a ir sin comer.  

José María Martorell. Foto Mateo
       En un tentadero celebrado en esta misma finca, donde Manolete acudía a prepararse cuando estaba en Córdoba, estaba como aficionado José María Martorell Navas, preparado para salir a dar unos pases cuando fuera requerido, previo permiso de la ganadera. Por la noche, cuando Manolete subía desde La Lagunilla a San Cayetano, para ir al Campo de la Merced, donde se juntaba con los amigos, observó que el aficionado del tentadero estaba sentado en la puerta de su casa, y mirándolo con una sonrisa le regaló una frase que el tiempo convertiría en sentencia: «¡Adiós, torero!». Casi dos años después de su muerte en Linares, en mayo de 1949, aquél muchacho tomaba la alternativa en la plaza de “Los Tejares”, y sería el torero más importante de Córdoba en los años cincuenta. José María lo recordaba con enorme orgullo: «¿Te puedes imaginar lo que significó para mí que ese Monstruo me llamara torero, cuando yo era un aficionado?».
 

Iglesia de San Miguel
     Otra simpática anécdota de Manolete, prácticamente desconocida, la contaba su íntimo amigo Manuel Sánchez de Puerta. Ocurrió en Córdoba una noche de invierno. Después de tomar unas copas de vino con los amigos, al pasar por la plaza de San Miguel -templo donde fue bautizado el torero-, vieron pasar a un señor bajito con sombrero. Al torero le hizo gracia el sombrero, se lo quitó para ponérselo y todos corriendo alrededor de la iglesia. El hombre siguió al grupo sin alcanzarlo gritando: «¡Sinvergüenzas...!». Ellos, muertos de risa, escondidos en un portal, lo veían pasar desorientado, hasta que dieron por terminada la broma. Saliendo del escondite, Manolete se acercó al señor: —Amigo, tome usted el sombrero y disculpe. Créame, solo ha sido una broma. ¿Sabe usted quien soy? Acalorado, contestó: —¡Usted es un sinvergüenza! —Hombre, no diga usted eso, yo no soy un sinvergüenza, soy Manolete, el torero. El hombre, que resultó ser un agente comercial de Barcelona que se alojaba en el Hotel Simón, replicó acalorado: —¡Usted que va a ser Manolete. Usted es un sinvergüenza! El torero, acercándolo a un farol de la plaza, le dijo: —¿Se convence? Al descubrirlo, aquél hombre, loco de alegría, no daba crédito a lo ocurrido, se disculpó en repetidas ocasiones, rieron la broma y charlaron un rato, quedando citados por la mañana siguiente para desayunar juntos. Aseguraba Manuel Sánchez de Puerta, que el hombre se marchó de Córdoba encantado de haber conocido a Manolete,  desayunar con el torero y ser protagonista de su broma.
 

Manolete por estatuarios. Foto Mateo
    Como final de este mosaico recomendamos la visita a los lugares citados, donde podrán encontrar tabernas clásicas cuyas paredes veneran el recuerdo del torero. En la plaza de San Miguel, próxima a la calle donde nació: Taberna “El Pisto”, ubicada en la misma casa donde en el siglo XIX se fundó el famoso Club Guerrita. En el barrio de Santa Marina: Taberna “La Sacristía”, calle Alarcón López, entre las plazas de La Lagunilla, donde vivió el torero, y Conde de Priego, donde se alza su monumento. Frente a esta taberna se halla la Casa de Hermandad del Señor Resucitado, donde se custodia el traje de luces que Manolete vistió en Santander la última tarde que salió a pie de una plaza. Bar “Santa Marina”, frente a la iglesia que da nombre al barrio, que guarda recuerdos del torero. En la plaza de San Agustín: Taberna “Rincón de las Beatillas”, visitada por Federico García Lorca y sede de las Tertulias “Manolete”, “Chiquilín” y “Fosforito”. En el barrio de Ciudad Jardín: Taberna San Cristóbal, en calle Rodolfo Gil, sede de la Tertulia “Tercio de Quites”, donde se exhiben fotos de Manolete, Martorell y otros espadas cordobeses.       

miércoles, 18 de abril de 2018

MOSAICO MANOLETISTA (I)


Por Antonio Luis Aguilera  
 Plaza Conde de Priego. Foto David Manolo Castilla.
          El recuerdo de Manolete sigue vivo en Córdoba. No hay barrio, clásico o moderno, desde Santa Marina a San Basilio, o desde San Lorenzo al Campo de la Verdad, cuyas tabernas no cuelguen fotos de Manuel Rodríguez, elegantemente vestido de calle o majestuosamente de torero. Fotos color sepia o blanco y negro, que son admiradas con renovado entusiasmo por quienes las han visto cientos de veces, y con profundo respeto por quienes visitan la ciudad y las observan por primera vez. La atracción del personaje sigue siendo irresistible por su porte señorial y torera distinción. Manolete fue un espada irrepetible y trascendental en la historia del toreo, por haber consolidado un concepto técnico que continúa proyectándose en los ruedos cada tarde de corrida: el toreo ligado en redondo.  


            Ocurrió en los años cuarenta del siglo XX. El valor sin fisura y la entrega absoluta de Manuel Rodríguez, le permitieron ejecutar a todos los toros la ligazón de los pases prescrita por Guerrita en su Tauromaquia, revelada por Gallito en los ruedos, y pulida con la gracia de Chicuelo en el sitio donde se paró y templó Belmonte. Desde entonces nadie ha podido robar a Manolete su auténtico protagonismo en la historia del arte de torear, aunque no faltaran los tristes intentos, de palabra y después de muerto el torero, de diestros que no le aguantaron el pulso, ni aceptaron que les adelantara la retirada de los ruedos, con el apoyo soterrado de una crítica influyente, cuya nostalgia por la «edad de oro» le impidió ver la evolución que sucedía ante sus ojos.  

La Lagunilla. Foto David Manolo Castilla

         Pero volvamos a Córdoba, serena, honda como un misterio, donde el silencio y autenticidad de sus rincones recuerdan la naturalidad en la vida y en los ruedos de Manuel, el hijo de doña Angustias, vecina de la recoleta plaza de La Lagunilla, frente a la ermita del Colodro, en la calle Mayor de Santa Marina. La ciudad de la Mezquita cala pronto en el alma del visitante. La profunda huella de varias civilizaciones se palpa en sus calles y plazas. En pocos lugares del mundo el silencio permite al caminante escuchar el sonido de sus propios pasos, mientras respira fragancias de azahar, celindas o jazmines, ni queda absorto ante la sencilla belleza de paredes encaladas, blancas como lienzos, donde parecen dibujadas en forja rejas y balcones, que muestran presumidos geranios, claveles o gitanillas, mientras el suave rumor de sencillos surtidores de agua descubre unos patios únicos en el mundo, declarados por la UNESCO Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.      
    

Manolete con sus padres
            Angustias Sánchez Martínez, la madre de Manolete, natural de Albacete,  contrajo matrimonio con dos matadores de toros cordobeses. En primeras nupcias lo hizo con Rafael Molina Martínez “Lagartijo Chico”, hijo del grandioso banderillero Juan Molina Sánchez -de quien se llegó a decir que un capotazo suyo era una lección de geometría-, y sobrino del magistral Rafael Molina Sánchez, el gran “Lagartijo”, proclamado “Califa del Toreo” por el ingenioso crítico aragonés don Mariano de Cavia y Lac. El matrimonio fijó su domicilio en la Plaza de Colón número 30 de Córdoba y de su unión nacieron tres hijos: Dolores, Angustias y Rafael Molina Sánchez. Tras el fallecimiento de “Lagartijo Chico”, ocurrido  el 8 de abril de 1910, Angustias Sánchez contrajo matrimonio en segundas nupcias con Manuel Rodríguez SánchezManolete”, con quien tuvo cuatro hijos: Ángeles, Teresa, Manuel y Soledad Rodríguez Sánchez   

          

Plaza de La Lagunilla. Foto Santiago Carrasco
          Manolete hijo vivió en cuatro casas de la Córdoba que lo vio crecer y hacerse torero, aunque generalmente los aficionados solo conocen tres. Nació en el número 2A de la calle Conde de Torres Cabrera. De allí la familia se trasladó a la calle Benito Pérez Galdós número 8, junto a la avenida del Gran Capitán, donde el 4 de marzo de 1923 falleció su padre, a los 39 años de edad. Posteriormente la madre fijó su domicilio en la Plaza de La Lagunilla, y en 1943 el torero adquirió el palacete de estilo colonial ubicado en la Avenida de Cervantes, que compró a la familia Cruz Conde y fue remodelado por el arquitecto don Carlos Sáez de Santamaría. Este palacete había pertenecido al periodista y escritor don José Ortega y Munilla, padre del filósofo don José Ortega y Gasset, que lo mandó construir en el año 1890.



        
Carmen Acosta. Foto Cuevas.
Contaba Carmen AcostaCarmeluchi”, que fue toda una institución manoletista del barrio de Santa Marina, que su madre sirvió en casa de Manolete padre (“Sagañón”), y vio nacer a Manolete hijo, como éste la vio nacer a ella, y trabajar en las labores domésticas de su casa durante los dieciséis años que la conoció. Recordaba emocionada, como su madre le contaba que siendo Manuel un niño escondía trapos y palos, con los que se hacía muletas para torear escondido en el “cuarto de los secretos”, la habitación donde la viuda de dos toreros guardaba bajo llave todo lo relacionado con el oficio de sus maridos. Un día que el chiquillo toreaba pensando que nadie lo observaba, miró por la cerradura para ver qué hacía, y quedó impresionada por los pases que dibujaba aquella muletilla. Algo extraño debió adivinar cuando buscó a doña Angustias y le dijo: «Señora, su hijo va a ser un torero muy grande».

jueves, 12 de abril de 2018

LA TRISTE REPERCUSIÓN DE UNA CONFERENCIA

Por Antonio Luis Aguilera

Domingo Ortega. Foto Cano
Cargar la suerte. He aquí un aspecto técnico del toreo, que suele presentarse como canon de autenticidad y pureza, pero se presta a confusión y polémica. Existe entre la afición una corriente de opinión extendida, que considera que es otorgar profundidad a los lances o muletazos, y se consigue echando la “pata pálante”. Dicho más claro: cuando el torero en la suerte adelanta la pierna contraria, la que coincide con la salida del toro, obligándolo a desviar su trayectoria hacia afuera, para salvar el obstáculo que encuentra en su viaje. Quienes aceptan esta teoría entienden que ello tiene mayor mérito que torear con la pierna de salida retrasada, porque  entonces la trayectoria del animal es rectilínea, al no encontrar ningún impedimento en su camino. Pero como el arte del toreo no es una ciencia exacta, conviene recordar que no estamos ante un teorema, sino ante una interpretación que, como tal, puede ser cuestionada.
Conferencia del Ateneo de Domingo Ortega
Nunca la conferencia de un torero había tenido tanto eco, pues no era frecuente, tampoco hoy lo es, que un matador de toros exprese públicamente sus ideas en un oratorio. No obstante, amplia fue la repercusión de la pronunciada por Domingo Ortega en el Ateneo de Madrid, titulada “El arte de torear”, y que fue editada por la Revista de Occidente en 1950, pues indudablemente tuvo mucho que ver en el tema que tratamos, al influir poderosamente en la crítica de la época y, a través de ésta, en la afición. El maestro de Borox sostuvo que cargar la suerte no es abrir el compás, porque así el torero alarga el viaje del toro, pero no profundiza, y afirmó que la profundidad la otorga el lidiador cuando la pierna avanza hacia el frente, no hacia el costado. Por razones demasiado tristes, en esa época era el argumento esperado por algunos críticos muy influyentes para proclamar “la verdad del toreo”, y “restaurar el orden taurino”, al parecer hecho añicos por la implantación del toreo ligado en redondo, impuesto definitivamente en los ruedos por Manolete, quien ya no tenía opción de defenderse. Se trataba del mismo torero que pocos años antes había sido etiquetado de perfilero y ventajoso -de mentiroso, hablando claro,- por el “sanedrín” de la crítica conservadora.
Manolete toreando a Islero. Foto Cano
Restaurar la “verdad del toreo”, en un oratorio y ante un público adepto, que estaba mancillada por “el gran estoqueador” que murió en el ruedo -¿de mentira?- ante un toro de Miura. Y para restituirla, “cargar la suerte”, la fórmula idónea para recuperar la “profundidad” que le había sido hurtada. Domingo Ortega, sabiendo que nadaba a favor de corriente, y sin nombrar al matador que acusaba -el mismo al que no aguantó el pulso en los ruedos-, incluso se permitió regañar a la afición, a la que culpó de no haber sido fiel a las normas clásicas: parar, templar y mandar. Le reprobaba su entrega absoluta al torero que enseñoreó toda una época, eclipsando a todos los demás espadas. Amonestado el “respetable”, sugirió propósito de enmienda, recomendando, a modo de penitencia, profesar fidelidad a las normas clásicas que él, corregidas y aumentadas, se permitía actualizar con la bendición de un poderoso sector de la crítica: parar, templar, ”cargar” y mandar. Lo demás quedaba en manos de los que habrían de escribir la historia. Ya tenían “argumento” para “demostrar” que Manolete, el arquitecto que ensambló y desarrolló los preceptos gallistas y belmontintas, había trucado el toreo auténtico. Pero la historia no lo consintió.
Domingo Ortega adelanta la pierna contraria
Cargar la suerte adelantando la pierna contraria para otorgar profundidad al toreo. He ahí el dogma. Pero, ¿a qué tipo de toreo se refiere: al de avance, ganando pasos al toro, o al de reunión? Pasos y pases, he aquí la clave para entender dos formas diferentes del arte de torear. ¿Pretendía demostrar el maestro de Borox que la profundidad es exclusiva del toreo de avance? Ante esta argumentación no faltan  quienes piensan que así se desvía hacia fuera el viaje del toro al entrar en jurisdicción, o sea, que se le quiebra la embestida ganándole la acción. Y que esta “profundidad”, ¿o avance?, es una ventaja del torero, que se para en el cite, pero no espera la acometida para reunirse con ella, sino que la despide hacia fuera en el momento del embroque. Puede, incluso, que quienes así piensan otorguen mayor importancia al torero que, con el compás abierto y la pierna de salida desplazada hacia el costado, o ligeramente retrasada, deja venir al toro por su línea natural para terminar rompiéndola, una vez que lo ha pasado por la barriga, al obligarle a ir hacia atrás y hacia dentro, y resuelve la ligazón de los pases sin enmendar la posición, girando sobre su eje. Indudablemente, de esta forma se apura la suerte en un palmo de terreno. Aunque, según la teoría de Ortega, no se “profundiza”.
Manolete al natural, Foto Mateo.
¿Acaso “cargar la suerte” no es aumentar el riesgo cuando el torero carga el peso de su cuerpo sobre la pierna de salida, independientemente de que esta se encuentre adelantada, desplazada hacia el costado o ligeramente retrasada, y en ese preciso instante resuelve el lance o muletazo? ¿Puede afirmarse escolásticamente que en una sola acción se concentra la “profundidad” del toreo? ¿Quién puede definir la “profundidad” en un arte vivo como el toreo, capaz de emocionar al público y provocar su manifestación espontánea? Si de algo estamos convencidos es que la “profundidad” del toreo no la otorga echar la “pata pálante”. Como enseña quien a nuestro juicio ha sido el mejor analista de la historia del toreo, Carlos Fernández López-ValdemoroPepe Alameda”, en su extraordinaria obra “El hilo del toreo” (Espasa-Calpe 1989), existe una ley de gravitación universal a la que no escapa el toreo: “Hay en toda suerte, necesariamente, un punto de sustentación, un punto de apoyo sobre el cual gravita. Cargar la suerte: darle su gravitación. Bien entendido que en el toreo esto puede hacerse de modo muy visible o de modo casi imperceptible, pero necesario. Cuestión de grado.”
Manolete y Domingo Ortega
El maestro Domingo Ortega abogó por modificar las normas clásicas con claras referencias al toreo de Manolete. Una lástima, porque él también fue un gran torero, único en su estilo, que no necesitaba ofrecer argumentos para que otros sentenciaran el toreo de perfil del inolvidable espada cordobés, quién sí demostró, en el ruedo y todas las tardes, que a la famosa trilogía       –parar, templar y mandar-, le faltaban los verbos -“aguantar y ligar”-, para instaurar definitivamente el toreo ligado en redondo que anhelaban los públicos, porque ya se lo habían visto al grandioso torero sevillano Manuel JiménezChicuelo”, y cuya evolución estaba supeditada al ánimo de los espadas, que aguardaban a que saliera el toro idóneo para realizarlo. Cuestión de perseverancia. O de bragueta, para ser más taurinos. Esto lo entendieron todas las generaciones de toreros que llegaron después, que aceptaron el encadenamiento de los pases, el modelo de faena estructurada en series, que nada tenía que ver con el toreo de avance propugnado por Ortega, que no alcanzó descendencia. La historia no permitió que quienes la escriben oscurecieran la legítima herencia cordobesa. Tal injusticia era insostenible, y el tiempo terminó por otorgar a Manolete su verdadero e incuestionable sitio en el toreo.

miércoles, 11 de abril de 2018

EL ÚLTIMO BESO

Por Antonio Luis Aguilera


Manolete saliendo del hotel
Impecablemente vestido de celeste y oro, el capote de paseo bordado con la Virgen de los Dolores descansando sobre el brazo izquierdo, la montera calada y un cigarrillo recién encendido entre los dedos de la mano derecha, Manolete sale del Hotel María Cristina de San Sebastián la tarde del 16 de agosto de 1947 para dirigirse al coso del Chofre, la primera plaza del norte que pisó como matador de toros y la primera donde resultó herido por un ejemplar de Mora-Figueroa. En la penumbra de chiqueros, una hermosa y seria corrida del Marqués de Villamarta aguarda el momento en que clarines y timbales ordenen su lidia y muerte por Juanito Belmonte, el “Monstruo”, que actúa por décima vez ante la afición donostiarra, y Luis Miguel Dominguín.

El señorío de su trasteo. Foto Cano
Trasteando en tablas al dificultoso quinto, un gesto con la cabeza de Manuel Rodríguez delata la imposibilidad de lucimiento, ademán que es aprovechado por unos despiadados para injuriar a su madre, brutal ofensa donde la sinrazón aflora sin atenuantes como la condición del astado o las orejas conseguidas por el torero cordobés tras la faena realizada al segundo de la tarde. El ultraje levanta de su asiento a un aficionado cuya localidad se encuentra próxima al lugar del matador, que se enfrenta abiertamente a los provocadores. Manolete reconoce de inmediato la voz y sin apartar la mirada del toro le dice: “Gracias, Torerito. Déjalos. Serán de Bilbao y han venido a meterse conmigo”. Se trataba del novillero sevillano de los años treinta Pedro Ramírez Marín, “Torerito de Triana”. 

Manolete y Matias Prats. Foto Lara

Las palmas se imponen a algunas protestas cuando los areneros borran las huellas de la lidia. Manolete entra en el callejón y Matías Prats, que transmite la corrida por Radio Nacional de España, lo requiere para entrevistarle. El torero se acerca al burladero donde se cobija su paisano y comenta: “Me piden más de lo que puedo dar. Sólo he de decir que tengo muchas ganas de que llegue el mes de octubre”. La hostilidad del público está haciendo mella en su ánimo. Días antes, en esta misma plaza, ha confesado a su amigo Arruza: “Yo no puedo seguir así, Carlos”. El desaliento ante el acoso se refleja en su rostro cuando apoyado en la contera de la barrera sigue la lidia del sexto. Su mirada parece perdida en la arena donde cinco años antes, “Ribereño”, un saltillo de Félix Moreno, le hirió en la mejilla izquierda dejándole una cicatriz en la comisura del labio para el resto de sus días. 

Al caer la noche la cuadrilla cena y se relaja comentando las incidencias de la corrida en el restaurante Legorburu de la calle Hermanos Iturrino. Manolete aprovecha la ocasión para acudir a “Villa Iru”, frente al casino de la playa de Miraconcha, distinguida zona residencial al sur de la bahía de la Concha donde veranea su madre, que en junio abandonó Córdoba buscando la brisa del Cantábrico y el suave clima de la señorial urbe que se extiende a la sombra de los montes Igueldo y Urgull. Impacientes aguardan doña Angustias, junto a su hija Teresa y sus nietas Lola, Encarnita y Rafaela, a las que el torero abraza al llegar y pregunta si tienen un vaso de vino fresco. Todo parece poco para el “niño”, que distendido aprovecha el encuentro familiar para olvidar las ingratitudes del traje de luces. 

Manolete en familia. Foto Ricardo 
Mientras la luna refleja sus rayos de plata sobre el espejo de la bahía y el cielo luce un radiante palio de estrellas, madre e hijo saben que llega el momento de decir adiós. Hay que partir para cumplir compromisos que comienzan a pesar, aunque consuela pensar que todo acabará con la retirada, decidida para final de temporada. La noche luce todo su esplendor cuando los brazos que dominan las más ásperas embestidas rodean tiernamente la cintura de la mujer que le dio la vida, la albaceteña que con cuatro años de edad llegó a Córdoba para convertirse en doble esposa y madre de toreros. Manolete bromea con su hermana y las niñas antes de abrazar y besar a su madre, que junto al flamante coche del matador delata con sus lágrimas la preocupación que le embarga por quien viaja a Toledo para jugarse la vida.

Manolete besa a su madre. Foto Ricardo
El día de San Agustín Manolete torea una de Miura en Linares. Inquieta tarde de rezos en “Villa Iru”, donde anochece y el teléfono no suena a la hora de costumbre. Pasadas las nueve, Encarna atiende la anhelada llamada y muestra su extrañeza al no escuchar la voz del tío Manolo. Quien está al otro lado es Máximo Montes “Chimo”, el mozo de espadas. Dice que el torero ha sufrido un puntazo, algo parecido a lo de Madrid, pero que ha sido operado y todo va superior. El escudero del héroe sortea como puede la situación e insiste que no deben dar importancia a las noticias de la radio. Antes de colgar requiere especial cautela en cómo decírselo a la abuela, que es mayor y no debe sobresaltarse. Mas nada ni nadie puede impedir que la preocupación estreche el círculo familiar alrededor de una radio en espera de noticias tranquilizadoras.

Manolete e Islero, encuentro a muerte. Foto Cano
José Flores “Camará” telefonea a Pablo Martínez Elizondo informándole de la gravedad de la cornada. El apoderado aconseja el regreso de la madre del torero y lo encomienda a su interlocutor, que inmediatamente acude a “Villa Iru” y con su presencia inquieta el ánimo de la familia. Con palabras tranquilizadoras el empresario vasco sugiere a doña Angustias que viaje a Linares y se ofrece a llevarla; considera que a Manolo le agradará verla a su lado después de la operación. Pero este argumento agudiza el sexto sentido de quien ha entregado su vida a tres toreros, que intuye que ocurre algo desagradable y pide explicaciones. La confusión aumenta ante evasivas que si algo aconsejan es permanecer prudentemente en San Sebastián. Sobre las once de la noche, sin que el engaño de buena fe del emisario haya surtido el efecto deseado, doña Angustias emprende viaje y calla. Sabe mejor que nadie que su hijo no quiere tenerla a su lado cuando resulta herido.

Los faros del automóvil del Duque de Villapadierna iluminan la carretera. Lo ha cedido para la ocasión a “Chopera”, que sortea curvas y procura distraer a la madre del torero, acomodada en el asiento trasero junto a Encarna, la nieta que siguiendo los pasos de la abuela contraerá nupcias con Agustín Parra “Parrita” y será esposa y madre de toreros. En el trayecto doña Angustias rememora la conversación que tuvo con Manolo cuando a mediodía velaba armas en el Hotel Cervantes. Ambos habían disimulado la preocupación propia de los días de corrida hablando del calor de Linares y su contraste con la suave temperatura de San Sebastián, breve charla donde antes de la despedida no falta el deseo de suerte y la recordatoria de que llame por la noche. El monótono rugido del motor y la penumbra del interior del vehículo provocan fugaces cabezadas, constantemente desveladas por una inquieta pregunta: ¿Qué hace camino de Linares si todo transcurre con la normalidad que asegura Pepe Camará

Manolete. Foto Ricardo
Nada es normal en el Hospital de los Marqueses de Linares, donde la preocupación por el estado de salud del torero aumenta con el paso de las horas. Al reanimarse de la segunda intervención, Manolete tiene palabras de ánimo para todos los miembros de la cuadrilla, mas poco después se nota mal y lo comunica a quienes le rodean. Pide las medallas para invocar su divina protección; desde la alternativa suma veintinueve cornadas y en ninguna sintió peligrar su vida como en la que iguala los años que cuenta. Batallando con la debilidad se esfuerza en mantener los ojos abiertos. Anhela más que nunca la llegada del nuevo día. Pero la noche no tiene prisa en plegar su velo negro. Los médicos tranquilizan al torero, aseguran que todo va bien, pero éste teme lo peor y angustiado piensa en San Sebastián, donde supone a la mujer a quien quiere evitar cualquier sufrimiento, y deja que sus labios liberen la pena que embarga su alma: “¡Qué disgusto se va a llevar mi madre!”. 

Monumento a Manolete en Córdoba. Foto David Manolo Castilla

El automóvil que cruza España no llegará a Linares, sino a Córdoba, que en las postrimerías de agosto parece más lejana y sola que nunca. Sobre las cuatro y cuarto de la tarde del viernes doña Angustias entra en el chalet familiar de la avenida de Cervantes y se desvanece al contemplar la capilla ardiente de su hijo. Destrozada por la pena, abraza fuertemente el cadáver y no cesa en llantos y sollozos. La conmoción por la fatal cogida estremece a todo el orbe taurino. Linares ha suspendido sus fiestas y consuela su dolor con tarantas y vino amargo. Guadalquivir abajo, la ciudad de la mezquita levanta la mirada al cielo para entonar la más honda y contrita de sus soleares. Teresa, Lola y Rafaela abandonan San Sebastián. Al partir, con los ojos bañados en lágrimas y un nudo atenazando la garganta, recuerdan que allí fue donde besaron por última vez al rey de los toreros. 

Artículo galardonado con el I Premio periodístico "Paco Apaolaza-Fundación Cruz Campo" de San Sebastián, Guipúzcoa en 2003.




martes, 10 de abril de 2018

¡SE ACABARON LOS TOROS!

Por Antonio Luis Aguilera



A orillas del río Urola, entre montañas y frondosa vegetación, se encuentra el balneario de Cestona, donde el último rey del toreo del siglo XIX, Rafael Guerra Bejarano, acudió en el verano de 1914 para comprobar si las famosas aguas termales mitigaban las molestias de antiguos golpes que certificaban su paso por los ruedos. La terapia incluía escapadas a San Sebastián, para presenciar las corridas anunciadas en el moderno coso del Chofre, donde dos años más tarde asesoraría al gobernador civil señor López Monis. Este recinto había sido inaugurado después de su encerrona en 1895 con una de Saltillo en la vieja plaza situada junto a la estación del ferrocarril, última ocasión que Guerrita mató seis toros como único espada, y las obras fueron dirigidas por el arquitecto Francisco Urcola, que también supervisó las del teatro Victoria Eugenia, proyectado conjuntamente con el Hotel María Cristina por el arquitecto francés M. Charles Meurres.

Balneario de Cestona
Joselito, que en abril había actuado dos tardes en El Chofre, regresaba a la ciudad donde las aguas del Urumea abrazan el mar a la sombra del Monte Urgull, para cumplir otro par de compromisos en la Semana Grande. El primero, el día de la Virgen de la Asunción, con ganado de Murube y Santa Coloma, junto a su hermano Rafael, Gaona y Belmonte; la tarde siguiente, con los dos primeros y Paco Madrid, para estoquear toros de Parladé. Tenía motivos Guerrita para acudir a la plaza, donde además de gozar de la admiración de los aficionados –“A tó nos gusta que nos rasquen”- podía observar la progresión del nuevo mandamás del toreo, el chiquillo de Fernando el Gallo, que siendo su jefe de filas le convenció para que dejara de apodarse Llaverito –antes lo hizo con El Airoso- y se anunciara con el que habría de inmortalizar en la historia de la Tauromaquia. También, quien antes de morir le envió una carta confiándole el cuidado de su prole: “A mi compadre Guerra, en la hora de mi muerte, le ruega que no deje sin pan a mis hijos. Se lo pide, medio moribundo, su compadre Gallito”.

 
Joselito y Belmonte
 
No tardó en reaccionar Guerrita, que en vida del amigo organizó una corrida a su beneficio en la que impuso como condición que nadie cobrara un céntimo –toreros, ganaderos, empleados de plaza, etc.-. Pero con independencia del cariño que sentía por los Gómez, el II Califa, tan parco en elogiar los méritos de otros coletas  -“Después de mí, naide...”-, no tenía recato a la hora de expresar su admiración por el benjamín del señor Fernando: “Ese niño ha hecho cosas que no las hemos hecho ná más que Lagartijo, yo y él. ¿Joselito? ¡Eso es un monumento!”. Claro que el sincero afecto por la familia no podía enmascarar su impetuoso carácter, y cuando algunos trataban de justificar las espantadas de Rafael, el Divino Calvo, argumentando que padecía neurastenia, Guerrita atajaba por el camino más corto y sin cortarse lo más mínimo sentenciaba: “Ése que va a tené nustenia, ni nustenia... Ése lo que tiene es mieo”.

Guerrita
       Cumplidos los ajustes del Chofre Joselito partió hacia Bilbao, donde en la plaza de Abando le aguardaban tres tardes consecutivas –17, 18 y 19 de agosto-. En la primera no ocurrió nada destacable, pero en la segunda, donde con su hermano Rafael y Belmonte despachaba una impresionante corrida de Miura, un ejemplar del legendario hierro lo trajo de cabeza. Para colmo, el genio de Triana estuvo sensacional y le ganó la pelea ante la exigente afición del Bocho. El maletilla que forjara sus primeros pasos taurinos a la luz de la luna en las dehesas de Tablada, del que Guerrita llegó a decir que a él no le hubiera durado ni dos minutos, iba adquiriendo la técnica que le permitía desarrollar su impresionante toreo y con su temple y escalofriante quietud conquistaba legiones de partidarios. Afortunadamente no hizo falta darse prisa para verlo, como también vaticinara el torero cordobés, y durante su carrera alternaría con Joselito 257 tardes, protagonizando ambos la edad de oro del toreo, título que también había sido utilizado el siglo anterior para definir la época de Lagartijo y Frascuelo.

Después de la miurada Joselito se mostraba preocupado. En sus oídos resonaban las protestas del público y no dejaba de pensar en el maldito toro. La bronca le había planteado dudas sobre su modo de actuar y como no hallaba respuestas a sus interrogantes decidió salir del alojamiento y desplazarse esa noche a Cestona, donde estaba Guerrita, para cambiar impresiones con quien consideraba una auténtica autoridad del toreo. Durante la cena le contó con detalle el comportamiento del marrajo y la lidia llevada a cabo. Quería saber si hizo lo correcto o debió haber hecho otra cosa, porque le inquietaba enormemente encontrarse con otro “regalo” parecido. El antiguo rey del toreo no tardó en desengañar al legítimo heredero del trono: “No le des más vueltas José, con esos toros tampoco podía yo.”

Rafael Guerra Bejarano
Las palabras de Guerrita tranquilizaron al joven maestro, que de madrugada  regresó a Bilbao, donde debía cumplir su último contrato con toros de Murube junto a su hermano Rafael, a quien había ajustado las tres tardes, Cocherito de Bilbao y Belmonte. La expectación era enorme, el público aguardaba la reacción del diestro y éste no esperó a que se escuchara ninguna guasa. Tenía herido el amor propio y necesitaba demostrar la clase de torero que llevaba dentro. Llegado su turno se hizo presente de inmediato en el ruedo para desplegar un muestrario de lances magistrales. Tras un primer tercio excepcional, arponó cinco soberbios pares de banderillas demostrando su proverbial conocimiento de terrenos y querencias. Un garboso trasteo de muleta, donde como era habitual en su repertorio toreó al natural llevando al toro hacia adentro, precedió a una estocada citando en la suerte de recibir, que vació tan despacio que el toro tuvo tiempo para hacer presa y cornearle en la axila.

Joselito: el poder de la lidia
Antes de entrar en la enfermería de la plaza, donde sería atendido de una herida que le haría perder una docena de compromisos, el torero saludó con la oreja otorgada y recibió una gran ovación que rubricaba su reconciliación con el respetable bilbaíno. Al abandonar el cuarto del hule, Joselito decidió convalecer en San Sebastián, la ciudad de los tamarindos y hermosos conjuntos florales, donde veraneaban su madre y hermanas, para recobrar fuerzas a la orilla de sus playas. Fue en esta ciudad donde una tarde se acercó a saludar a Guerrita tras una desafortunada actuación, y hubo de soportar su malhumorado juicio: “Habéis estao fatá”. “Ya lo sé –replicó disgustado Gallito- no es menesté que usté me lo recuerde”. También, donde un toro le deformó la medalla de la Virgen de la Esperanza que junto a una fotografía de su madre retiraron del cuello de su cadáver en la sala de curas de la plaza de Talavera de la Reina.

En tierras de Guipúzcoa tuvo lugar el encuentro íntimo entre dos toreros excepcionales que por inteligencia, arte y valor marcaron el rumbo de la tauromaquia contemporánea. Ambos sintieron la necesidad de ser los mejores de su tiempo para mandar en el toro y en el toreo. Joselito, a pesar de pertenecer a una familia de toreros, tenía una referencia: Guerrita. Analizada su figura con perspectiva histórica se observa que su linaje profesional no pertenece al de los Gallo, sino al de Rafael Guerra, que sin conocer descendencia en los ruedos pudo ver como Joselito abrazaba su tauromaquia, la refinaba y construía el armazón donde habría de descansar el toreo moderno Por eso, ante la tragedia de Talavera, el gran torero cordobés sintió que algo suyo también moría, como puso de relieve en el telegrama enviado a Rafael Gómez Ortega: “Impresionadísimo y con verdadero sentimiento te envío mi más sentido pésame. Se acabaron los toros. Guerrita”.






lunes, 9 de abril de 2018

EL PESO DE LA PÚRPURA

Por Antonio Luis Aguilera

Luis Miguel Dominguín.
            No vi torear a Luis Miguel Dominguín, pero tuve la suerte de saludar al maestro. Fue en Córdoba, cuando acudió como invitado a la “Semana del Toro de Lidia”, magnífico evento cultural que en los años noventa organizaba un elenco de grandes profesores de la Facultad de Veterinaria.  Aquella tarde, al estrechar su mano, le dije que era un honor poder saludar a uno de los toreros importantes de la historia. Sonriendo me dio las gracias. No podía suponer el veterano maestro que estaba reconciliándome conmigo mismo, pidiéndole perdón por el odio que pudo haber en mí cuando siendo niño creí a quienes decían que Luis Miguel había matado a Manolete. No era verdad. La historia y la vida me demostraron la falsedad de aquella cruel aseveración. Por eso guardo con enorme gratitud la oportunidad que me dio la vida, y recuerdo con inmensa paz el apretón de manos y la sonrisa agradecida de uno de los espadas grandes del toreo.                                                   

            A Manolete no lo mató Luis Miguel. Posiblemente ni “Islero”, con marcada querencia a chiqueros, tuvo intención de herirlo mortalmente cuando, en la suerte contraria y cerca de toriles, derrotó al sentir la estocada y emprendió huida hacia la querencia arrollando al torero, que había entrado muy despacio y no tuvo tiempo de pasar el fielato. Manolete había llegado a Linares tremendamente cansado de la hostilidad del público y la campaña antimanoletista de un influyente sector de la crítica taurina; hastiado de la profesión a la que se había entregado con honradez ejemplar y  pensaba dejar al concluir la temporada; apenado por el visceral rechazo de su familia y amigos íntimos a Lupe Sino, la mujer que amaba y con la que iba a casarse en octubre en Barcelona, como aseguró la noche antes de su muerte a don Antonio Bellón, crítico del Diario “Pueblo”, asegurándole que él era la única persona a la que creía capaz de convencer a su madre para que acudiera a la boda.  

            Intrigas de despachos, protagonizadas por espadas que no le aguantaron el pulso en los ruedos, rompieron en 1947 el convenio entre México y España. La ruptura cobraba dos presas importantes: Manolete regresaba a España en plena campaña americana, cuando era un ídolo en el país azteca, y Carlos Arruza, primerísima figura en España, se quedaba fuera de la temporada. Contrariado por la política que le impide torear en la nación donde era feliz y tener que adelantar el regreso a España, donde le esperaba la dura defensa del cetro del toreo, Manolete declara que donde los toreros tienen que hablar es en el ruedo. Le dicen que en su ausencia Pepe Luis lo ha retado a torear varias corridas duras en plazas incómodas, hostil propuesta a la que contesta con ironía por el cariño y admiración que siente por el compañero con quien más tardes alternó: “Habrá sido a comer ostras”. Se comenta con insistencia que es su última campaña y la crítica afina el estilete, Gregorio Corrochano “le llama “banquero”, Giraldillo le pide que se retire de los toros y le llama “torero vergonzante”. Manolete manifiesta: “Para mí nunca hubo eso que llaman palmas de simpatía”.

             El 28 de agosto de 1947 Manolete y Luis Miguel se hospedan en el Hotel Cervantes de Linares, donde a mediodía se produce el encuentro de ambos en la habitación del aspirante al trono. El rey de los toreros le dice a Dominguín que se siente muy cansado, y le anuncia su retirada al acabar la temporada. También le advierte que él heredará todos sus enemigos. Esa misma tarde, durante la lidia del sexto miureño, mientras Manolete libraba su última batalla en la enfermería, el público insulta al joven torero. Así lo narra el espada a Carlos Abella en la obra biográfica “Luis Miguel Dominguín” (Espasa Calpe, 1995): “El público de Linares empezó a insultarme, porque se sentía responsable de la tragedia. Ellos sabían que habían exigido todo al pobre Manolo y que lo habían llevado hasta la muerte. Empezaron a llamarme ¡canalla!, ¡sinvergüenza!, hasta ¡asesino!, dijo uno”. Más adelante añade: “La muerte de Manolete me produjo una inmensa rabia y una sensación de odio hacia la gente. Y por supuesto, desde ese día, mi actitud ante ella fue otra. A partir de Linares empiezo a maltratarla”.

            Mucho se ha escrito de la competencia entre Manolete y Dominguín, pero la perspectiva histórica enseña que lo único que existió fue el  anhelo de un joven espada por ocupar el primer puesto del toreo, como demuestra que ambos solo se midieron doce tardes desde 1944, año de la alternativa del madrileño, confirmada por Manolete esa misma temporada. Una docena de corridas en cuatro años no permite hablar con fundamento de competencia. El joven Luis Miguel quería el trono del toreo, aspiración tan legítima entonces como ahora. Pero la tragedia se cruzó en Linares y entonces el público no soportó el aire altivo, pedante y suficiente de su carácter, ni la provocación que mantuvo con el “respetable”. Mas su fuerte carácter también poseía unas cualidades innatas que resultaron definitivas para conseguir su propósito de ser figura del toreo: inteligencia natural, ambición, amor propio y valor. Tampoco es desdeñable que la contrición del público por la muerte de Manolete hallara en Luis Miguel una nueva víctima, y pretendiera colgarle la etiqueta que le señalaba culpable de la tragedia. Se cumplía la profecía del cordobés en el Hotel Cervantes. Veinticinco años después, en la conmemoración del aniversario, Luis Miguel escribió: “Comprendí entonces lo que se me venía encima. Pensé en mi efímera conquista, que no era tal sino una herencia, y en el duro camino que me esperaba. Conocí desde entonces eso que mi amigo Agustín de Foxá llama el peso de la púrpura”.

            Pero Luis Miguel no callaba como Manolete, sino que se enfrentaba a la animadversión del público. Convencido de su poderío y capacidad, lo desafiaba para demostrar que podía con los toros y con quienes le chillaban. La tarde del 17 de mayo de 1949 en Madrid, alternando con Parrita y Manolo González, se proclamó número uno del toreo, tras torear con largura y lentitud, cerrando círculos completos con la muleta, a un ejemplar de la viuda de Galache al que cortó dos orejas. Aseguraba Parrita que Luis Miguel se le acercó entre barreras, mientras el público estaba  entregado a la gran faena de Manolo González, que cortaría dos orejas, y en voz baja le aseguró: “Mañana solo se va a hablar de mi”. Y así fue. Hubo una enorme división de opiniones, pero al día siguiente todos los periódicos hablaban de Luis Miguel, que esa misma tarde repetía actuación en Las Ventas y volvía a salir a hombros tras cortar otras dos orejas a un manso de Antonio Pérez.  

            Otro de los innumerables ejemplos de su carácter, que demuestra el desprecio que sentía por quienes le chillaban y la seguridad en su magisterio profesional, tuvo lugar en la corrida celebrada el 12 de octubre de 1960 en la plaza de El Puerto de Santa María, donde se encerró con seis ejemplares de diferentes ganaderías. Mientras toreaba con la derecha al toro de Cobaleda que hacia cuarto, desde el tendido le gritaron: ¡Con la izquierda, Luis Miguel! El torero ignoró la exigencia sin inmutarse e hizo toda la faena con la diestra. Llegada la hora de matar sorprendió al perfilarse con la espada en la mano izquierda y cobrar media lagartijera de resultado fulminante. La faena fue premiada con las dos orejas y el rabo que no paseó, pues esa tarde no dio vueltas al ruedo tras recoger premios -cortó cuatro orejas y un rabo-, solo lo hizo al final de la corrida acompañado de todos los hombres de su cuadrilla. 
Torero dominador

            En 1951 Luis Miguel regresa a Córdoba tras la muerte de Manolete. Anunciado el 25 de mayo para lidiar toros de Benítez Cubero con Martorell y Litri, a mediodía se coloca en taquillas el cartel de no hay billetes.  La revista El Ruedo se hace eco del recibimiento hostil con pitos y protestas que le dispensa el público. Aún así, corta la oreja del segundo. Vuelve a la plaza de Los Tejares el 18 de julio, corrida organizada por la Hermandad de la Misericordia, con toros de Saltillo (Félix Moreno), alternando con Luis Procuna y Calerito. Tras un recibimiento idéntico al anterior, el madrileño corta las dos orejas y el rabo a su primero, que pasea triunfalmente recreándose en dos vueltas al ruedo, y obtiene una oreja del segundo, que pasea dando otras dos vueltas al redondel, saliendo de la plaza a hombros junto a Calerito. Esa tarde presencia la corrida un muchacho que analiza como el público quiere que fracase Dominguín pero termina rendido a su magisterio, y como los pitos hostiles se convierten en palmas de un triunfo colosal. El muchacho era José María Montilla, decano de los matadores de toros cordobeses, que recuerda: “Viendo la inmensa facilidad con que estuvo Luis Miguel, imponiéndose a las dificultades del público y de los toros, salí de la plaza convencido de que quería ser torero”.  

           
            Dominador de los tres tercios de la lidia, de enorme inteligencia, variado repertorio y gran conocimiento de las suertes y del toro, Luis Miguel compitió contra sí mismo, contra la animadversión del público y contra diferentes generaciones de toreros formidables, manteniendo hasta su retirada la condición de primerísima figura del toreo y el respeto a su magisterio. Alternó con todas las figuras de tres épocas del toreo, desde los años cuarenta a los setenta del pasado siglo, y su carrera estuvo jalonada de una popularidad enorme, que sin duda contribuyó a la difusión de la Fiesta en el mundo. Demasiado éxito en un país de envidiosos, pues como escribiera el inolvidable Antonio Machado: “En España, de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”. Efectivamente, Luis Miguel fue embestido por poderle al toro y al público, por su éxito con las mujeres más bellas, por el atractivo personal que le permitió relacionarse con la derecha y con la izquierda, y porque, sin proponérselo, fue el mejor embajador de España en el mundo.


Ava Gardner y Luis Miguel

            No pudieron derribar al donjuán, ni al torero. Por eso propagaron la miserable patraña que le culpaba de la muerte del rey de los toreros. Mas todo acusado tiene derecho a  su legítima defensa. Dejemos que el propio Luis Miguel la ejerza como declaró para la biografía citada:  “A Manolete le mató el público, porque era un torero extraordinario, de gran honradez profesional, con mucha personalidad y con mucho valor. Manolete ha sido el torero más honrado que he conocido y su personalidad era tremenda”.