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domingo, 24 de agosto de 2025

«MANOLETE»: SUS REFLEXIONES SOBRE LA VIDA DEL TORERO, LA CRÍTICA Y LA MUERTE

Por Antonio Luis Aguilera

 

De izquierda a derecha: Pepín Martín Vázquez,
Manolete y Gitanillo de Triana. Foto Cano.

El 16 de julio de 1947 Manolete toreó por última vez en Madrid. Aquella tarde se celebró la corrida de la Beneficencia, y el torero cordobés lo hizo gratis, como era su costumbre en este tipo de corridas, cediendo sus honorarios para ayudar a financiar las obras del Hospital Provincial. Fue su último paseíllo en la exigente plaza de «Las Ventas», donde alternó con Rafael Vega «Gitanillo de Triana» y Pepín Martín Vázquez, para lidiar un encierro de la ganadería de Bohórquez, remendado con un ejemplar del hierro de Vicente Charro, corrido en segundo lugar.

Manolete, vestido de celeste y oro, cortó las orejas al quinto de la tarde, de nombre “Babilonio”, que lo hirió en la pantorrilla izquierda mientras toreaba en redondo, aunque continuó en la arena, con la pierna sangrando, para concluir una entregada y emocionante faena, que remató con una formidable estocada, antes de echarse en los brazos de las asistencias y que lo llevaran a  la enfermería, donde fue intervenido de una cornada pronosticada como grave por el cirujano que lo operó, don Luis Giménez Guinea.


Instante de la cornada de "Babilonio" a Manolete. Foto El Ruedo.

Mientras Manuel Rodriguez se recuperaba en el Sanatorio de la Milagrosa de la capital del Reino recibió la visita de su paisano José María Carretero, «El Caballero Audaz», al cumplirse quince días del percance. En su habitación, el célebre periodista y escritor de Montilla, le realizó una extensa y profunda entrevista, que fue reproducida en su obra «El Libro de los Toreros», (Madrid, 1947). De esta interviú, que tuvo lugar a escasos días de la tarde de Linares, por su interés extraemos algunas reflexiones del propio Manolete sobre su agitada vida como torero, la manipulable crítica taurina de aquella época, y el constante temor a la muerte en la plaza; declaraciones que al hacerse públicas debieron de retumbar en los oídos y las conciencias de muchos de los que le hicieron imposible el final de su vida, y que nos ayudan a conocer el pensamiento del espada cordobés, a quien de esta manera recordamos, con profundo respeto y desbordante admiración, en el 78 aniversario de su cogida mortal.          

 

«—¡Verdaderamente, que fue una corrida de mala pata! —exclamé yo, dirigiéndome al torero, al mismo tiempo que tomaba asiento en una silla que me ofrecía a la cabecera de su cama—. ¿Verdad, paisano? 

El rostro magro y alargado de Manolete hizo un gesto de desacuerdo.

—No lo creas… Yo la consideré una corrida de suerte. 

—Pero, ¡chico! ¿A pesar de la cogida?

—A pesar de la cogida, que me tiene aquí fastidiado en la cama desde hace quince días —se ratificó—; después hizo una pausa, como para ordenar lo que quería decir—. Se trataba de una corrida de Beneficencia, en la cual yo no cobraba nada. En estas obras benéficas, el millonario, con sacar la cartera y dar un cheque de cien mil pesetas, ya está listo; pero yo he tenido la satisfacción de haber colaborado en una importante obra de caridad con dinero, con mi arte y, porque Dios lo ha querido, con mi sangre; esto es un lujo que no se lo puede permitir todo el mundo. Además, tuve la suerte de torear a gusto y bien.

Manolete, herido, al natural arrastrando la muleta. Foto El Ruedo
—Yo creo que la culpa de tu cogida la tuvo aquel espectador que te dijo, no sé qué, cuando estabas encelado con el toro.

Manolete hizo un gesto de indominable desdén; después rechazó mi supuesto: 

—¡No, hombre, no! Aquel desgraciao no tuvo la culpa de na, ni cambió la trayectoria de lo que yo tenía pensado hacer e hice.

—¿Pero qué cosa desagradable te dijo que yo no pude oírla?

—En realidad me dijo tantas, que no puedo determinar ninguna. Aquel hombre pertenece a esa clase de gentes que sienten un gran placer en mortificar a uno, cuando no se puede responder al agravio con el agravio y a la violencia con la violencia. Desde que salí el ruedo y dejé el capote de paseo, empezó a meterse sistemáticamente conmigo, y como lo hizo a destiempo y con injusticia, a mí me producía algo de amargura, porque en esa corrida puse toda mi alma. ¡Si lo sabré yo! Y además… salieron las cosas bien porque Dios quiso.

—Pero hubo un momento —insisto yo para profundizar en la psicología de este gran torero frío y misterioso— en que tú te volviste a él y le dijiste algo después de la primera serie de pases naturales.

—¡Hombre, por Dió! ¡Si me tenía ya frito! Que si «ya era hora de que vinieras a Madrid», «¡Aquí queremos cogerte!», «Aquí estarás mal y en Valencia peor»; y después que yo ya creía haber hecho una faena de pases naturales, muy ceñida y muy de verdad, salta al tío y me grita: «¡Lo de siempre, Manolete!» «¡Menos cuento, menos cuento!». «¡Acércate más y menos cuento!; entonces fue cuando yo no pude más y me dirigí a él.

—¿Y qué le dijiste?

—Hombre, no sé… ¡Una barbaridad! ¿Qué le va a decir uno en estos momentos a una persona que procede con tanta injusticia, y cuando uno se está jugando la vida con tanta ilusión le apostrofa tan cobardemente? Creo que le dije: «¡Baje usté aquí, so venao, que le voy a dar los veinte naturales que necesita!».

 

Pase de trinchera a un toro del Conde de la Corte.
Manolete llevaba el traje rosa claro que vistió en Linares.
 Alicante, 29 de junio de 1947. Foto Finezas.

—¿Pero es que tú oyes todas las cosas que te dicen en las plazas?

—Las que me dicen en las plazas y hasta las que me dicen por las calles. A lo mejor siento un tío que a dos metros de mí exclama: «¡Ahí va Manolete, que no viene a la plaza de Madrid ni atao, porque en las demás provincias torea becerros!».

 —¿Y tú te das por aludido en estas alusiones?

—No, hombre, no; yo las he hecho toas en un saco, y las agradables compensan a las desagradables. En la plaza ya es otra cosa; cuando se está muy placeao, se recoge la intención, el matiz de cada frase y la buena o mala fe con que se dice.

—Se habla mucho de que piensas retirarte, Manolete. ¿Es cierto?

—A nadie se lo he dicho; pero ahora que tú me hablas de ello te diré que es ciertísimo. Me retiro profesionalmente al final de esta temporada.

 

Lo dijo con una solemnidad, opaca, lenta y melancólica. Después, como el que habla de un sacrificio, agregó:

—¡No hay más remedio! 

Manolete en la plaza de Santa María de Bogotá
(Colombia), foto realizada el 28 de abril de 1946 por
 Manuel H. (Manuel Humberto Rodríguez Corredor)
—Pero hombre, ¡tan joven! ¿Qué es lo que influye en esa decisión tuya?

—En realidad, y tal vez únicamente, ¡el hambre que tengo ya de vivir la vida y no continuar siendo un muñeco y un esclavo de ella! La existencia que llevamos los toreros es muy triste, aunque el público crea lo contrario. La vida que hacemos es peor que la de los anacoretas; no sacamos de ella ningún jugo; de un lado para otro, sin descansar en ninguna parte, cargados de angustia, llevando a cuestas la vergüenza de las tardes malas, cuando el público se convierte en una fiera ululante de terrible crueldad, que no quiere ver las razones que hemos tenido para no hacer faenas brillantes a un toro que está huido, que no embiste, que da cornás a diestro y siniestro, que está quedao o que, muchas veces, está toreao antes de llegar a la plaza. El público no quiere saber de razones. Ha ido a divertirse, para eso ha pagado caro, y no tolera la menor vacilación ante el toro, como si la vida nuestra no valiese na. Es muy dura, ¡muy dura!, esta profesión, porque no hay que olvidar la rabia de nosotros, los artistas cuando nos vemos insultados por una muchedumbre de cobardes, que no tienen respeto para el hombre que se está jugando la vida. Nuestras horas de la temporada son una permanente tortura, siempre con una interrogación en el cerebro: «¡Dios mío!» «¡Cómo quedaré en esta corrida?» «¿Me matará un toro en esta tarde?». «¿No volveré a ver más a mi madre?» Y sin poder disfrutar de nada, porque todo nos está prohibido. Yo he cumplido precisamente treinta años, y puede decirse que de la vida no conozco nada; ¡pero lo que se dice nada! Cuando me retire, empezaré a saborearla sin estas malas preocupaciones que le crea a uno el oficio: «¡Manolo, no bebas!»… «¡Manolo, no trasnoches!»… « ¡Manolo, fumas demasiado!»… «¡No comas, que tienes que torear!»… «¡No hables tanto con esa mujer, porque te hace daño y te cambia las ideas de tu profesión!»… «¡Esa gachi te trae mala pata!»… ¡En fin; un suplicio!


Escultural natural de Mamolete al toro 
"Perfecto", de Miura. Barcelona,
2 de julio de 1944. Foto Mateo.

—Te voy a hacer una pregunta difícil. La gente encuentra que la crítica profesional es un poco voluble y a ratos injusta contigo; hay un crítico que te ha llamado monstruo, y al poco tiempo un tal Rodríguez, negándote todo… ¿Qué piensas tú de esto?

—¡Hombre, lo que piensas tú y lo que piensa todo el mundo!

 

Hizo una pausa para reflexionar sus palabras. Y… 

—Como no es un secreto, se puede decir que, desgraciadamente, la crítica en España —salvo raras excepciones— suele ser como uno quiere que sea. Conmigo se ha portado bien y se ha portado mal; de todas formas, mejor es que no hablemos de eso. ¡Da pena y asco!

 

Y al decir esto hizo un gesto de repugnancia. 

 

—Y dime, Manuel: ¿Te inquieta mucho la muerte?

—Hombre… ¡pues… sí!, y pienso lo menos posible en ella. ¿Para qué morir, todavía, cuando uno apenas se ha asomado a la vida y se está congelado en los quince años? Que la muerte venga a su hora, ¡bien está!: pero que nos quite de la vida, nos rompa las ilusiones que tenemos para el porvenir, es una pena, y lo que nos inquieta seguramente a todos los que peleamos con los toros».


Manuel Rodríguez "Manolete". Foto Ricardo


El punto final a esta entrada lo pone la reflexión que sobre Manuel Rodríguez «Manolete» escribió el excelente aficionado e historiador taurino Fernando Claramunt López


«Nadie ha vuelto a pasear aquella dignidad vestida de luces, aquel saber estar ante el toro y ante el público. Entrega absoluta. Vergüenza profesional a carta cabal».


lunes, 1 de agosto de 2022

MANOLETE RECORDADO POR PEPE LUIS

Por Antonio Luis Aguilera

Manolete y Pepe Luis en San Sebastián. Foto José Lara

El pasado 21 de diciembre se cumplieron cien años del nacimiento de una grandiosa figura del toreo: Pepe Luis Vázquez, que falleció en su Sevilla natal el 19 de mayo de 2013. Fue el espada que más ocasiones actuó con Manolete, de quien en este mes de agosto se cumplen 75 años de la trágica tarde de Linares. Entre ambos diestros existió un estrecho vínculo profesional y personal; en la profesión compartieron 135 paseíllos, distribuidos en 120 corridas de toros, 8 novilladas con picadores y 7 festivales benéficos; en lo personal existió una sincera y recíproca admiración como toreros entre José y Manolo —de esta forma se llamaban ellos—, que afortunadamente estuvo por encima de las absurdas estrategias y "duros" desafíos ideados por Marcial Lalandaapoderado del prudente diestro sevillano —quien nunca perdonó a Manolete que le anticipara su retirada—, para erosionar las amargas postrimerías del indiscutible rey del toreo de los años cuarenta, con la connivencia del crítico del diario ABC Gregorio Corrochano, el más influyente de la época. 

Chicuelo al natural con el toro Corchaíto. Madrid 24/5/1928. Foto familia Chicuelo

Abrimos un paréntesis para recordar que años antes, el célebre Corrochano, como el perejil de todas las salsas, se había despachado a su gusto contra Joselito "el Gallo" —a quien hizo la vida imposible hasta el pacto de "La Estrecha", un restaurante de Madrid donde se celebró un almuerzo a instancias de Ignacio Sánchez Mejías, cuñado de Joselito, para lograr un armisticio con el crítico, que desgraciadamente conduciría al grandioso torero a la muerte en la plaza de Talavera de la Reina, donde para reconducir las relaciones acordó torear ganado de María Josefa Corrochano, viuda de Ortega y tía del crítico, siendo empresario del festejo un hijo de esta, Venancio Ortega Corrochano, con quien acordaría actuar cobrando la mitad de sus honorarios en esas plazas—. De igual forma, Corrochano ninguneó a un torero de la tremenda importancia histórica de Manuel Jiménez "Chicuelo", el creador de la ligazón del toreo en redondo, que agrupa los pases en series alternando los terrenos de adentro y de afuera, es decir, la faena actual. Y por si fuera poco, se cebó en sus delirantes juicios sobre el toreo de perfil, el de Manolete, a quien no tuvo el menor reparo de calificar como "ventajista", en clara insinuación de cobardía, y al que con verdadero desprecio también llamó «banquero» en sus crónicas. Curiosamente, durante tres décadas de la historia del toreo, Gregorio Corrochano, utilizando la fuerza del medio donde escribía, estableció hostilidades contra los tres toreros considerados como auténticos arquitectos del toreo actual, aunque por fortuna la historia acabó poniendo a cada uno en su sitio. Cerramos paréntesis.

Excelso natural de Pepe Luis Vázquez en Sevilla

Manuel Rodríguez Sánchez jamás tuvo reparos en manifestar su profunda admiración por Pepe Luis, en elogiar su arte y ponerlo como ejemplo del bien torear en las conversaciones donde se hablaba del espada sevillano, y no solo por su exquisito acento artístico, sino por la cabeza privilegiada que tenía para adivinar las condiciones de los toros. Pepe Luis fue, sin la menor de las dudas, el torero que más le gustaba a Manolete, que dicho sea de paso admiraba a todos sus compañeros, porque según él todos tenían algo, y nunca permitió —lo repetía Guillermo González Luque, su fiel mozo de espadas— que en su presencia se hablase mal de ninguno. Nos contó Manuel Sánchez de Puerta, amigo íntimo del «monstruo», que cada vez que alguien del grupo de amigos le ponía reparos al torero sevillano, Manolo atajaba pronto diciendo: «¡Ustedes no tienen ni idea de lo que dicen, porque no han visto torear bien a Pepe Luis, que de verdad chorrea almíbar toreando. Cuando a José se le cae el mechón de pelo a la frente no hay nadie que pueda torear mejor».

Dos jovenes novilleros que harían historia: Manolete y Pepe Luis

En el año 1997, dentro del programa de actos programados para conmemorar el cincuenta aniversario de la muerte de Manolete, se celebró en el Salón Liceo del Círculo de la Amistad de Córdoba, una charla coloquio donde intervino el maestro Pepe Luis, desplazado expresamente desde la ciudad hispalense para recordar a Manuel. Aquella noche, el «Sócrates de San Bernardo» manifestó que Manolete “era el torero que más quieto se quedaba y eso impresionaba”, y quiso matizar que fue “el que mejor mataba a los toros, según él, el mejor de todas las épocas”. En una entrañable intervención, a veces visiblemente emocionado, aseguró que Manolete dejó la impronta de una casta torera de las más importantes, rubricando que sin Córdoba y Sevilla no se podría escribir la historia del toreo. Recordó una anécdota que definía la pureza de Manuel, al referir que una tarde, en la plaza de Palencia, cuando cosa rara en el espada cordobés no hallaba forma de matar a un toro, él le dijo desde tablas: “¡Manuel, a los bajos…!”. Y Manolete, que seguía pinchando arriba, le contestó: “¡José, si no sé tirar a los bajos!”.

Manolete viendo doblar al toro. Foto Gonsanhi

Para conocer mejor el testimonio de Pepe Luis sobre Manolete, recurrimos a la extensa entrevista que ofrece uno de los mejores libros escritos sobre la figura del torero cordobés: «Vida y tragedia de Manolete», del periodista Filiberto Mira, editado en 1984 por la revista taurina “Aplausos”. Al ser preguntado Pepe Luis cómo pensaba él que lo valoraba Manolete, contestó: «Pues la verdad, sin jactancia, debo decirte que tanto como yo a él. Esa mutua admiración era consecuencia de la forma diferente que teníamos de entender el toreo. Yo creo que nos complementábamos. Recuerdo que una tarde toreamos una corrida “muy en tipo Parladé”, en Algeciras. Alternó con nosotros Domingo Ortega. Ellos esa tarde no tuvieron suerte, y yo mucha. Me parece que le corté las orejas y los rabos a mis dos toros. Todavía estaban ellos en la plaza al terminar la corrida. Manolete le dijo a Domingo, para que lo oyera yo: “Menos mal, Domingo, que a este le falta algo de bragueta como dicen. Si tuviera todavía más, nos mandaba a ti y a mí a los albañiles”».

También quiso Pepe Luis expresar en esta entrevista la categoría humana de Manolete como compañero, recordando esta preciosa anécdota:

«Lo que más le repugnaba a Manolete era verse en ridículo. Un día, por ayudarme a mí, pasó en la plaza un rato malísimo. Fue aquí en Sevilla. Era una extraordinaria corrida de la Cruz Roja. Toreábamos toros de Saltillo (con el hierro de doña Enriqueta de la Cova), Álvaro Domecq, Manolete, El Andaluz y yo. Álvaro, Manolete y El Andaluz habían triunfado y yo no cuando salió el quinto toro, que desgraciadamente me tocó a mí. Fue un «saltillo» burriciego y con mucha «malaje». Matar aquel toro fue una «agonía» para mí. No encontraba la fórmula de meterle como fuera la espada. Temí que me lo echaran al corral. Eso, y en Sevilla, me descompuso los nervios. Había sonado ya el primer aviso. Estaba a punto de sonar el segundo. Yo y mi cuadrilla estábamos agotados del esfuerzo. Sentí junto a mí la voz de Manolete. Había cogido un capote y se puso a mi vera, como si fuera mi peón de confianza. Intentaba que aquel toro humillara para que yo lo pudiera descabellar. Como el toro era burriciego, en un instante dejó de verme a mí, pero se fijó en Manolete que tenía el cuerpo flexionado para obligarlo a humillar. Se le arrancó de improviso a Manolo, que no tuvo más remedio que correr de espaldas, para no perderle la cara al toro. Como no sabía correr, lo hizo de una forma rara y perdió las dos zapatillas. Tuvo que meterse en un burladero como pudo. La gente se rió, pero a mí fue el día que mayor admiración me causó. Nunca, ningún otro compañero me demostró, en la plaza, ser tan humano».

Manolete y Pepe Luis, Zaragoza 1943, Foto José Lara

Preguntado Pepe Luis donde situaba a Manolete en relación con los toreros que él había visto torear, manifestó:

«Aunque solo alterné en festivales con Belmonte, te diré las equivalencias que tenían, en mi opinión, Juan Belmonte y Manolete. Belmonte tuvo más sentimiento, pero menos verticalidad que Manolete. Para mí Manolete tuvo una mayor pasión por el toreo, y superó a Belmonte en afán. Claro que el sentimiento y el temple de Juan

Siempre pondré como ejemplo de técnicas toreras las de Marcial Lalanda, Domingo Ortega y Armillita. Por su parte, Luis Miguel compendió mucho de estos tres. Marcial era perfecto en cómo se administraba el valor. Ninguno hemos superado a Domingo en el arte suyo de andarle a los toros. Armillita era un prodigio de facilidad en todas las suertes. Lo que pasa es que la técnica de Manolete era más personal, más solo suya. Se le podía copiar la forma, pero no el fondo.

Te voy a decir algo —continúa Pepe Luis— que te va a sorprender. Para mí, con la capa y con la muleta era Chicuelo la maravilla de las maravillas. Fíjate que Chicuelo, creo yo, aportó al toreo la verticalidad y el parar, templar y mandar con los pies juntos. Algo de lo de Chicuelo influyó en Manolete. Lo que pasa es que, cómo te diría yo, digamos tenían muy distintas arquitecturas y temperamentos. Considero a Chicuelo mi principal modelo y lo fue también para los Bienvenida, Pepín, Manolo González, Diego Puerta, Paco Camino e incluso para algunos que no lo vieron (te acabo de citar a los que creo que hemos sido más afines). Tú mismo lo has citado este año en tus crónicas, al referirte a los éxitos de mi hermano Manolo en sus despedidas.

Bueno, bueno, no sigo… Pero yo también alcancé a ver a El Gallo, y para hablar de su estilo no encuentro palabras.

Otros toreros importantes que he admirado mucho quedan fuera de la época de Manolete, tales como pueden ser Ordóñez, El Viti, Rafael Ortega y hasta El Cordobés.

Sevilla, feria de abril 1945, Manolete, Pepe Luis y Carlos Arruza.

Finalmente, al ser preguntado Pepe Luis por Filiberto Mira cuál fue el último encuentro que tuvo con Manolete, contestó:

«Quizá la última tarde que toreamos juntos fue en México, en la plaza de «El Toreo». Debió ser en febrero de 1946, toreamos con Luis Procuna, una magnifica corrida de Coaxamalucan. Nos salió a cada uno un toro muy bueno y estuvimos de «superiores para arriba». En México alcanzó Manolete su plenitud. El toro de allí le prestaba mucha colaboración. Fue allí donde hable con él por última vez. No recuerdo que después de esa corrida triunfal volviera a alternar con él en ninguna otra. Lo que sí recuerdo muy bien es la que fue nuestra última conversación. Me dijo textualmente: «José, ¡qué harto estoy de responsabilidad. Tengo muchas ganas de vivir con paz!».

No podía faltar en este blog manoletista el extraordinario y valioso testimonio del inolvidable matador del barrio sevillano de San Bernardo, cuya magistral carrera estuvo repleta de paseíllos compartidos con el irrepetible torero cordobés, aquel que de niño soñó con alcanzar las glorias del toreo jugando al toro en la Plaza de la Lagunilla. Gloria a Manolete y Pepe Luis, dos maravillosos toreros que llenaron de contenido un apasionante capítulo de la historia del toreo. 

jueves, 2 de junio de 2022

MORANTE ABRIÓ TODAS LAS PUERTAS GRANDES

Por Antonio Luis Aguilera

Morante esculpiendo el toreo al natural. Foto Plaza1

Ver torear a Morante es tener ante nosotros la historia del toreo, poder mirar con nuestros ojos el acento artístico de Gallito, BelmonteChicuelo, PepínBienvenida Paula, ver lo mejor de todos los mejores desde principios del siglo XX a nuestros días, sin que José Antonio Morante Camacho pierda una pizca de su propia personalidad y genuina torería. Es poner en valor las grandes tauromaquias asimiladas, lo mejor de todas ellas, para crear una Tauromaquia personal, estremecedora, hermosa, sentimental, inolvidable por su belleza, capaz de iluminar la plaza con esa luz única, que desde el ruedo produce una sacudida que estremece al público de abajo a arriba, desde las tablas al tejado, para llevar la emoción a todos los espectadores ante la creación de un arte vivo, que nace y muere en cada pase, mientras cristaliza el milagro del toreo, como el revelado por el artista de La Puebla del Río en el palenque de Las Ventas el 1 de junio de 2022, ante un gran toro de Alcurrucén ("Pelucón", número 33, colorado, 590 kilos).

Cada suerte renovaba la pasión. Foto Plaza1

Ese toreo fluido y macizo que fue un milagro ante los ojos de una afición que no podía esperar jamás tanta emoción y belleza, la manifestada en una obra única e irrepetible, monumental como la plaza, que en cada suerte renovaba la pasión de los privilegiados espectadores del recinto. También, la que tuvieron todos aquellos que seguían la corrida por televisión, demostrándose que no es verdad que el vídeo no tenga sentimiento. Quien de verdad no tiene sentimiento es ese reglamento intervencionista y obsoleto, que penaliza una obra histórica por el fallo a espadas, impidiendo otorgar los trofeos al artista para que pueda salir a hombros por la puerta grande, algo que en otras épocas no fue así, cuando los apasionados aficionados se lo llevaban sí o sí en volandas hasta el mismo hotel.

¡Qué más da...! Morante abrió ayer de par en par todas las puertas más grandes y nobles del toreo, las de los corazones de los aficionados de verdad, que felices, agradecidos y emocionados guardarán entre sus preciados recuerdos ese toreo único, inolvidable y sentido, que tuvo lugar en la corrida de Beneficencia celebrada en 2022 en la capital del reino ante el rey de España. 

martes, 21 de diciembre de 2021

EL AÑO DE PEPE LUIS

Por Antonio Luis Aguilera

Pepe Luis Vázquez 

Hay que tener mucho cuidado con los «doctores taurinos» que acuden a prestigiosos foros para ser protagonistas de coloquios donde se propaga la confusión. Con motivo de cumplirse hoy el centenario del nacimiento de Pepe Luis Vázquez, se están celebrando en Sevilla diversos actos para glosar sobre la figura del memorable torero, pero no en todos se le está guardando el respeto que merece a la historia del toreo. Que el conferenciante ostente un buen curriculum como docente, y ocupe la tribuna taurina de un importante periódico, no significa que esté capacitado para escribir o hablar de toros si sus juicios carecen de objetividad. No puede estarlo desde el momento en que se ignora el curso de los acontecimientos protagonizados por los que escribieron la historia.

Pepe Luis y Manolete

Para hablar bien de Pepe Luis no es necesario hablar mal o con desangelado desdén de sus compañeros de época, porque puede que el «prestigioso orador» quede con el culo al aire, de olvidar que la época de Pepe Luis la protagonizó «Manolete», que fue quien mandó en el toreo de los años cuarenta, y el que implantó de forma definitiva el sistema de toreo actual, el que quedaría establecido como canon para todas las generaciones de toreros que vendrían después: el ligado en redondo. Sin embargo, resulta chocante observar la exaltación de los pensamientos de Marcial Lalanda y de Domingo Ortega, quienes nunca perdonaron a «Manolete» que les adelantara la retirada del toreo. Por esta razón, no es de recibo que para glosar la figura de Pepe Luis —que siempre habló bien de «Manolete» como éste a su vez lo hizo de él—, se esboce una desafortunada y vaga referencia del dueño y señor de aquella época, como un torero perfilero que mataba muy bien; o que al contemplar la historia se aluda insulsamente al creador de la faena moderna: Manuel Jiménez «Chicuelo». Como el burro da vueltas a la noria sin preguntar qué hace, afamados oradores manosean la historia sin saber qué dicen.

Sería triste romper la magia del año que Sevilla pretende dedicar a la figura del inolvidable y grandioso Pepe Luis, si para ello algunos pretenden colocarlo en el lugar que no ocupó en el toreo, o que para ensalzarlo caigan en el menosprecio de otros enormes toreros sevillanos, que como el «Sócrates de San Bernardo» expresaron su arte en los ruedos, cincelando en la historia las maravillosas huellas de su toreo, aunque sus figuras no hayan sido cinceladas en las estatuas toreras de la ciudad hispalense, como Pepín Martín Vázquez o Paco Camino. 

Ya está bien de escribir o hablar exaltando la prevalencia del toreo cambiado o de avance sobre el de reunión o ligado, cuando no se entiende o no se quiere entender que el toreo actual poco o nada tiene que ver con el de Domingo Ortega o el de Marcial, sino con el que reveló, alternando los terrenos para ligar los pases Manuel Jiménez «Chicuelo», al que siguen envolviendo en el papel de regalo de la chicuelina, sistema que consolidó definitivamente la irrepetible regularidad de «Manolete». No se puede desnudar a un santo para vestir a otro, ni se debe hablar de toros sin objetividad y perspectiva histórica. El público no puede salir confundido por lo que ha escuchado en el interior de un templo del toreo como es la Maestranza de Sevilla. Ni los profesionales del toreo mirarse en la puerta preguntándose qué hacen ellos allí. La historia es la historia, y porque cada cual ocupa su sitio hay que tratarla con el rigor y la seriedad que merece.  

sábado, 14 de septiembre de 2019

MANOLETE RECORDADO POR UN AMIGO

Por Antonio Luis Aguilera
 Dos amigos: Manolete y Manuel Sánchez de Puerta. Foto Mari.
El 27 de julio de 1985 tuvimos el honor de hablar en Córdoba con un amigo íntimo de Manolete, don Manuel Sánchez de Puerta Guerrero, un señor en el sentido literal de la palabra, que tuvo la amabilidad de recibirnos en su domicilio para recordar al amigo torero. Aquella mañana de verano Manuel había convertido el salón de su casa en un auténtico museo, para exponer los recuerdos que guardaba de su amigo Manolo, invitándonos a examinarlos despacio mientras nos contaba la historia de cada uno. Allí vimos la escopeta de cacería del torero, el regalo de bodas que le hizo, del que nos dijo que le habría costado un dineral y cuando le reprochó el gasto que había hecho le contestó que así la gente no diría que su amigo el torero era un gurrumino.
De los objetos de aquella exposición destacaba un regalo excepcional: el traje celeste y oro que Manolete vistió el 16 de julio de 1947 en la plaza de Las Ventas, la última tarde que actuó en Madrid, corrida de Beneficencia que toreó gratis donando sus honorarios a favor de los necesitados -como siempre hizo en esa corrida-, en la que alternó con Rafael Vega Gitanillo de Triana y Pepín Martín Vázquez. El destino quiso que esa tarde tan próxima a Linares también ofreciera su sangre, pues resultó herido en la pierna izquierda por un derrote seco de su segundo toro, de nombre Babilonio y del hierro de Bohórquez, al que continuó toreando sangrando en una faena inolvidable por entrega y belleza, en la que cortó las orejas tras estoquearlo brillantemente, para acto seguido echarse en brazos de sus compañeros para que lo llevaran a la enfermería.
Sevilla 1941, Manolete pasea un rabo. Foto Mari
También llamaba la atención un pequeño álbum con tapas de nácar marcadas con el hierro de la ganadería de Villamarta, donde se conservaba el reportaje fotográfico de la faena realizada en Sevilla el 26 de abril de 1941, tarde que actuando con Pepe Bienvenida, Juanito Belmonte y Pepe Luis Vázquez, cortó un rabo. El álbum se lo había regalado al torero el propio ganadero, pero Manolete se lo obsequió a su amigo porque a Manuel le había gustado y quiso que lo conservara, con el argumento de que él tenía muchas fotografías.
Emocionados sujetamos aquellas taleguillas manchadas de sangre. Manuel nos dijo:
Mira el boquete de la cornada... ¡Y siguió toreando el tío...! 
Sentimos una profunda impresión al tener en nuestras manos ese traje, ligeramente palidecido por el tiempo. Manuel se dio cuenta y nos dijo:
Antonio, para mí es muy grato tenerte en mi casa y hablar contigo del torero que a mi juicio ha sido el mejor que tuvo Córdoba.
Muchas gracias, Manuel. ¿Cómo nació vuestra amistad?
Con exactitud no te lo puedo decir, pero fue siendo novillero, antes de la alternativa. Era un amigo más. De su profesión, siendo figura del toreo, nunca hizo alarde. Era uno más del grupo que formaban Domingo Roca, mi hermano Baldomero, Enrique León, Manolo Suárez... Un tío sencillo, de trato estupendo, sin alardes de ninguna clase. Pasaba con mi familia temporadas en el cortijo, donde no era frecuente sacar el tema taurino. Se pasaban los días enteros sin hablar de toros, se charlaba del campo, del tiempo o de las faenas agrícolas. Eso sí,  como saliera el tema de los toros nunca se veía el final, nos entusiasmábamos hablando, sobre todo él.
¿Recuerdas algunas anécdotas vividas con él?
Iglesia de S. Miguel. Foto M. Castilla

—Una noche que Manolo Suárez, Manolete y yo habíamos tomado unas copas de vino y estábamos “contentos”. En la iglesia de San Miguel vimos a un señor que venía del Palacio del Cine desde la plaza de Las Tendillas e iba hacia el hotel donde se hospedaba. A Manolete le hizo gracia la mascota que llevaba de sombrero y al pasar a su lado se la quitó. Se la puso y salimos corriendo dándole vueltas a la iglesia mientras el pobre hombre iba detrás de nosotros. Entonces había muy poca luz en Córdoba y nos escondíamos  a la sombra de la iglesia. Nos dio lástima y salimos al encuentro para pedirle perdón por la broma. Manolete, con el sombrero puesto, le dijo: —Vamos a ver amigo, ¿sabe usted quién soy yo?—A lo que el hombre indignado, contestó: —¡Sí, un sinvergüenza!— Manolo, muerto de risa y quitándose el sombrero, continuó: —¡Hombre, no me diga usted que soy un sinvergüenza! Yo soy Manolete— Pero el hombre insistía: —¡Usted qué va a ser Manolete ni Manolete, usted es un sinvergüenza!
Entonces nos dirigimos a la única farola que había en el centro de la plaza y ya con la luz la reacción del hombre al ver que era Manolete te la puedes imaginar. Cambió de color, se quedó sin palabras. El señor era representante de una casa de perfumes de Barcelona y se hospedaba en el hotel Simón. Al día siguiente quedamos citados y estuvimos tomando café con él. Imagínate: un hombre loco de contento por haber conocido a Manolete gracias a una broma.
Otro día fuimos a Sevilla cuando él empezaba su carrera. Lo hicimos en un tren que la gente llamaba “el carreta”. En la estación cogimos un taxi para ir al café Gayango, y al entrar un camarero lo reconoció y dijo en voz alta: —¡Señores, acaba de entrar un aficionado a los toros!— La gente se percató de que era Manolete y le aplaudió con fuerza. Pienso que Sevilla lo descubrió antes que Córdoba. Ya el día de su alternativa se dieron cuenta del torero tan grandioso que era. Sí, que no había nacido allí, pero era uno de los mejores que había y ellos lo reconocieron.
Manolete sentía un cariño especial por Sevilla, allí tenía muy buenos amigos, como Pepe Luis Vázquez sin ir más lejos, un torero del que era apasionado. Le escuché decir muchas veces: —Ustedes no habéis visto torear bien a Pepe Luis. Si es que cuando al rubio de San Bernardo se le cae el mechón de pelo en la frente chorrea almíbar, el arte de ese hombre no lo tiene nadie—  Era un gran entusiasta de Pepe Luis.
Manuel, qué papel jugó José Flores Camará en su carrera.
Muy importante. La gente puede estar equivocada con Camará. Él quería mucho Manolete, más de lo que se piensa. Soy testigo de muchas conversaciones entre ambos, sin tener porqué haberlas presenciado, por la confianza que los dos tenían en mí, porque sabían que lo que escuchaba no lo comentaría con nadie. Y te digo que Camará quería Manolete. No estoy de acuerdo con lo que se habló después sobre si esto o lo otro. Igual que Manolete fue figura del toreo, Camará fue figura de apoderado.
—¿Cómo era el toreo de Manolete?
Pues un toreo único. Antonio Bienvenida decía que llevaba las faenas hechas en la maleta. Y es que para que a ese hombre se le fuera un toro sin torear no sé que tenía que pasar. ¡Qué se le echara...! Porque como pudiera sacarle cinco, siete o diez muletazos se los daba. Siempre apuraba los toros al máximo. Cuando no tenía más remedio que matar lo hacía, pero como el toro le embistiera te aseguro que había faena para rato. Por su amor propio, por la dignidad profesional que tenía, sacaba más partido que nadie a todos los toros. Ese hombre se jugaba el pellejo cada vez que se vestía de luces, le importaba poco que la plaza fuera grande o chica, de más o menos categoría, él cumplía con su obligación. Muchas veces dijo: —¿Por qué no voy a torear al toro con posibilidades, si es mi obligación? Para eso paga la gente, para verme torear. Y yo no puedo defraudarla porque el animal sea mejor o peor, tengo que sacarle el partido que tiene, porque para mí lo mismo es el público de Madrid que el de cualquier pueblo de España, por pequeño que sea—
Última tarde de Manolete en Madrid
Recuerdo una tarde que fui a Andújar con Domingo Roca. Toreaba una corrida de Flores Albarrán mano a mano con Pepe Luis y me parece que iba de sobresaliente Morenito de Talavera. La corrida se dio por el ambiente que había, pero la tarde era muy mala, nublada, el ruedo con verdina, en malas condiciones. Yo estaba intranquilo en el callejón, porque los dos toros primeros no fueron buenos, pero salió el tercero para Manolete y cuando fue a por la muleta y la espada, dijo: —Voy a procurar poner a la gente contenta— Y mientras llovía hizo unan faena magnífica. ¡A ese hombre le importaba poco que fuera Andújar o la monumental de Barcelona! El público era el mismo para él en todas partes. Por eso pasó lo que pasó… Por ser tan cumplidor. La honradez suya… Pero era su forma de ser, nació con ese don que Dios da, que los demás también tendrían, pero no lo demostraban.
Manuel, se ha escrito mucho sobre el toro de su época. Sus detractores le acusaban de torear toros chicos.
El toro de su época era como el de todas las épocas. Los había chicos y grandes. El motivo fue la guerra. Se criaron menos toros porque la situación de España era distinta a la de hoy, pero toros grandes o chicos ha habido toda la vida, la prueba la tienes en el que mató a Joselito en Talavera. El toro de la época de Manolete era normal. Además, las cornadas las dan los grandes y los chicos, aunque influyan el peso y la edad. Pero tampoco es lo que se ha dicho.
Además de Pepe Luis Vázquez ¿a qué otros toreros admiraba?
Lo primero que te digo es que nunca habló mal de ninguno de sus compañeros. Jamás le oí decir que si tal o cual. Todos tenían algo bueno para él. Eso sí, sobre todos admiraba a Pepe Luis. También fue admirador de Arruza. Carlos era un torero cumplidor, con mucho amor propio y dignidad, que no se dejaba ganar en la plaza por ninguno y que le podía a los toros.
—Y con él llegó a tener una sincera amistad.
Abrazo entre dos amigos: Carlos Arruza y Manolete
Te puedo contar que una noche estábamos cenando en el restaurante de Miguel Gómez, que era el centro taurino de Córdoba, tenía mucho ambiente y los amigos nos reuníamos allí. Llegó Carlos Arruza, que iba camino de Sevilla, para saludar a Manolete. La noche no estaba para seguir viajando y Manolete le insistió para que se quedara en Córdoba, pero Carlos decía que su madre lo esperaba. Finalmente pidió una conferencia con Sevilla, habló con su madre y se quedó. Cenamos Manolo Suárez, Domingo Roca, Manolete, Arruza y yo. Manolete le encargó a su amigo una habitación en el hotel Regina, y al día siguiente se fue para Sevilla, donde su madre se había quedado más tranquila sabiendo que dormía en Córdoba y no se ponía de noche en carretera. La cena transcurrió entre bromas de los dos matadores, recordando toros y corridas en que las cosas no salieron como ellos querían y despacharon cómo mejor pudieron. Eran muy buenos amigos. Además Arruza era un gran admirador de Manolete. Le llamaba maestro. Manolete no quería y le decía: —¡Carlos, por Dios!— Y él le contestaba: —¡Pero si para mí eres un maestro!— Y así, entre bromas y veras, se lo decía, porque verdaderamente lo consideraba un maestro.
Al morir Manolete todo el mundo se hizo partidario suyo, pero en vida, siendo máxima figura, la cosa no fue igual. Le exigieron como a ninguno e incluso no faltaron las ofensas.
Sí. La afición a los toros es eso: elevar al torero para luego derribarlo, destruirlo sin motivos, pero eso por desgracia es la afición a los toros, es pasión por un torero y cuando está en la cúspide echarlo abajo. Eso le pasó a Manolete. Él sabía que tenía muchos detractores, porque en el ruedo se escuchan las voces aunque la gente piense que no. Los toreros oyen las ofensas cuando se meten con ellos. El público puede obligar al torero a que toree lo mejor que pueda, pero no tiene derecho a ofenderle como hicieron con él. Desgraciadamente es la otra cara del traje de luces. Los toreros tienen dos clases de amigos: los del traje de luces y a los que el traje de luces les importa tres pitos.
¿Y la afición de México?
Manolete pasea un rabo en el coso de El Toreo de México
Aquella afición lo consideraba más que la de España. Mucho más. Manolete fue un fuera de serie en todas partes, pero en México lo era más. Allí fue impresionante. Algo que no se había conocido nunca, ni siquiera en la época de otros toreros grandiosos que llegaron desde España. Lógicamente, los mejores de aquí. ¡Pero cuando llegó él…! Allí también fue un mito. ¡Igual que aquí, un dios del toreo!
Su última actuación en Córdoba fue en el año 1944. ¿Por qué no toreó aquí en los tres últimos años de su carrera?
Él no rehusaba a torear en Córdoba, eso eran desacuerdos de Camará con las empresas, pero él no se metía nunca en eso. Eran asuntos que el apoderado, por las razones que tuviera, no veía conveniente. Manolete no rehusó jamás a torear en ninguna plaza.
¿Es cierto que pensaba retirarse al finalizar la temporada de 1947?
Sí. Se lo escuché personalmente junto a mi hermano Baldomero. Decía que le quedaban diez o doce corridas para terminar la temporada e irse de los ruedos definitivamente. Y conociéndolo cómo lo conocía pienso que lo hubiera cumplido y no habría vuelto. Hubiera toreado en el campo, o en los festivales benéficos que le hubieran requerido, pero nunca vestido de luces. Esa es mi opinión conociendo cómo pensaba y sabiendo que cuando decía algo lo cumplía.
Tristemente no llegó a disfrutar de la retirada. ¿Pero tenía proyectos para cuando abandonara los ruedos?
El campo era su afición. Tal vez una ganadería brava… Pero su gran afición era el campo y las labores. Entendía mucho de escuchar a sus amigos labradores. Las faenas agrícolas no eran desconocidas para él. Seguramente habría sido un buen labrador. Y si hubiera adquirido reses bravas hubiera sido el mejor.
¿Fue su madre el gran amor de su vida?
Sin duda alguna. Quería a su madre con delirio, la nombraba cuarenta mil veces al día: que si mi madre esto, que si mi madre aquello… Era pasión de hijo bueno con su madre. Si iba de viaje siempre le traía algún regalo por chico que fuera, chico según se quiera ver, porque hay cosas pequeñas que en la vida son grandes respecto a la madre.
¿Piensas que después de Manolete ha habido algún torero de su dimensión?
Pienso que no. Ahí está todavía su sitio vacío. ¿Quién lo ocupa…? ¡Eso sí que es difícil, ocupar un sitio de esos…! El sitio que dejó un hombre de la envergadura, la talla, la honradez profesional, el amor propio, la dignidad… De tantos dones que Dios le otorgó como torero. Yo creo que el sitio está ahí. ¿Quién lo ocupa? ¡Que venga alguien y me lo diga!
Majestuoso señorío de Manolete al romper el paseíllo en Lima
El 28 de agosto no fuiste a Linares. ¿Cómo conociste la noticia?
Estaba en el campo. La última vez que hablé con él fue aquí, en mi casa. Le dije que ya no iba más a verle torear, que no quería pasar un mal rato oyendo las cosas que la gente le decía. Me contestó que no hiciera caso, pero yo había decidido no volver a verle vestido de luces. Mi hermano Baldomero sí fue a Linares. Yo me quedé en el campo, con mi mujer. Aquella noche no puse la radio y no conocí la noticia hasta el día siguiente que los trabajadores me la dieron. Recuerdo que mi madre me envió un taxi y regresé a Córdoba. Desgraciadamente aquel día la Fiesta de los toros perdió al mejor torero. Luego ha habido muchos y muy buenos. Pero ahí está vacío el sitio que él dejó.
Y tu amigo fue sepultado en el panteón de vuestra familia, en el cementerio cordobés de Nuestra Señora de la Salud.
Sí, allí se enterró. Hubo alguna dificultad en el panteón del padre de Palitos, no recuerdo con exactitud. Entonces mi hermano y yo pensamos que, si su familia lo veía bien, se podía enterrar en el nuestro. Hablamos con Camará y rompió a llorar como un chiquillo. Finalmente fue él quien lo comunicó a la familia y a Álvaro Domecq. Y allí permaneció sepultado hasta que le construyeron su panteón.
Manuel, ¿por qué tanta grandeza en ese hombre?
Pues por su forma de ser, su amor propio, su dignidad, sus cualidades humanas… Eran tantas cosas las que se llevó su muerte. Aquí en Córdoba, no sé, podrá salir algún torero, Dios lo quiera… ¿Pero igualarle…? Eso es tan difícil… ¡Te digo que es imposible!
El protagonista de estas declaraciones, don Manuel Sánchez de Puerta Guerrero falleció en Córdoba el 22 de diciembre de 1992. Jamás podremos olvidar su amable y exquisito trato, su sincera cordialidad y hospitalidad, su señorío de hombre de bien y la amistad que nos brindó.