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sábado, 14 de diciembre de 2024

REEDICIÓN DE DOS GRANDES LIBROS TAURINOS

Por Antonio Luis Aguilera

 

La editorial sevillana y cordobesa El Paseíllo ha reeditado dos grandes libros taurinos: «Historia del toreo de Néstor Luján, y «Los heterodoxos del toreo», de José Alameda. Además, según informan sus responsables, tienen el proyecto de perseverar esta política empresarial para rescatar otra obra de culto de José Alameda, «El hilo del toreo», agotada desde hace años y que ha alcanzado altos precios en el mercado de segunda mano, lo que evidencia el interés que levanta en muchos aficionados que anhelan conseguir este libro magistral, para conocer de primera mano el extraordinario relato que traza el escritor madrileño exiliado en México, un erudito que supo explicar como nadie el curso del arte de Cúchares, en su sinuoso y apasionante recorrido hacia el toreo moderno.   

Néstor Luján (Mataró 1922-Barcelona 1995) estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona, fue crítico de toros en la revista Destino y conocido por sus libros de Historia y Gastronomía, además de haber publicado varias novelas. En 1954 apareció su “Historia del toreo”, excelente obra con ameno y sutil relato, donde el escritor catalán inicia su explicación en las circunstancias sociales que en 1700 originaron el nacimiento del toreo a pie, así como su primera ordenación con diestros considerados primitivos, como los Palomo y los Rodríguez de Sevilla; José Cándido de Cádiz y los Romero de Ronda, estableciendo un discurso salpicado de anécdotas y hechos curiosos, que llega hasta la década de los sesenta del siglo XX, con Antonio OrdóñezEl Viti y El Cordobés. Este libro que ahora ve nuevamente la luz, fue editado por Ediciones Destino, y tal fue su aceptación entre los lectores que consiguió tres ediciones, la última en 1993. 


En cuanto a la segunda obra, hemos de comenzar afirmando que son muy pocos los escritores que han pensado y comprendido la historia del toreo como Carlos Fernández López Valdemoro -José o Pepe Alameda- (Madrid 1912-Ciudad de México 1990), que tras licenciarse en Derecho en Madrid, por razones políticas marchó exiliado al país azteca en 1939, donde por sus conocimientos y experiencia como aficionado práctico -llegó a tentar con Juan Belmonte- fue conocido como El Maestro. Allí desarrolló una excelente labor como crítico y escritor taurino en radio, prensa y televisión. En «Los heterodoxos del toreo» (1979), el autor dedica una cruda introducción, que rotula como “la olla podrida de la crítica”, para denunciar un fenómeno específico de España, el sector de la crítica “terrorista" que tanto influjo negativo tuvo no hace tantos años en nuestra nación.

 Alameda inicia su relato con esta certera reflexión: 

«Si no hubiera hombres capaces de jugarse la vida frente a un toro, no habría corridas ni, por consiguiente, crítica taurina.

¿Cómo se ha podido llegar a la monstruosa deformación de que un sinvergüenza provisto de una pluma viva de insultar a quienes, con su arrojo, le dan la posibilidad de existir “profesionalmente”?

Todo el respeto para el que respeta, todo el desprecio para quienes empiezan por no respetar a la fiesta de los toros…».

Seguidamente, el lector se adentrará en un ameno ensayo, donde el  autor explica con conocimiento de causa el papel que desempeñaron en la historia espadas considerados diferentes, y por tanto cuestionados, advirtiendo que «… al torero no hay que preguntarle, hay que verlo, sabiéndolo ver, sin dejarse engañar por la corriente del toreo, donde se marea el que mira si en vez de atraparla mentalmente permite que se lo lleve el río». En su estudio de los diestros considerados heterodoxos, el escritor madrileño invita a analizar las figuras de CúcharesEl EsparteroReverteEl GalloBelmonteCarmelo PérezLa SernaArruzaProcuna, y El Cordobés, concluyendo con una llamada donde subraya la importancia histórica de los grandes toreros ortodoxos, “como cimiento y cúpula de esa rara hazaña de tres siglos que se llama el arte de torear”. Dice así:

«A pesar de la literatura belmontista (que, de hecho, es contra Gallito), la figura de José emerge y se robustece cada día. A pesar de la literatura antimanoletista (esta sí, declarada), no se desdibuja el perfil de Manolete.

Ya que hemos juntado sus nombres, obsérvese la coincidencia: solamente cubrieron ocho temporadas cada uno. Gallito, del 12 al 20; Manolete, del 39 al 47. Meses más, meses menos, pues la temporada de la alternativa y de la muerte son en ambos incompletas. Corto tiempo para tan honda huella».

A la amplia oferta de Editorial El Paseíllo se añaden ahora estos dos excelentes libros taurinos, ideales para aquellos aficionados que anhelan profundizar su formación con los grandes autores de la historia del toreo. 

 

 

miércoles, 4 de mayo de 2022

JOSÉ MARÍA MONTILLA

Por Antonio Luis Aguilera    

José María Montilla en la Maestranza de Sevilla

El 26 se mayo se cumple el sesenta aniversario de la alternativa del maestro José María Montilla, decano de los matadores de toros cordobeses. Fue el 26 de mayo de 1962 en el coso de «Los Tejares», cuando Julio Aparicio, en presencia de Jaime Ostos, le cedió la lidia y muerte de “Avefría”, de la ganadería de María Francisca Mora Figueroa, al que cortó las dos orejas, a las que sumaría una más del toro que cerraba plaza. Aquella triunfal actuación le valió obtener el trofeo «Manolete» del Ayuntamiento de Córdoba.

José María Montilla recibe el trofeo «Manolete»

De nuestro archivo rescatamos unas declaraciones realizadas hace años por el maestro y amigo José María —persona muy querida en Córdoba—, de quien hemos sido durante muchos años compañeros como comentaristas taurinos en medios de comunicación, para que sean sus palabras las que evoquen su carrera como matador de toros.

—En los años sesenta Córdoba atravesó un momento histórico, porque se dieron cita muchos matadores de toros. Muy pocas veces el toreo cordobés ha tenido tanta altura. Toreros importantes como Gabriel de la Haba «Zurito», Agustín Castellano «El Puri», Manuel Cano «El Pireo», que ha sido uno de los que mejor ha hecho el toreo… Y tuvimos uno que mandó en la fiesta: Manuel Benítez «El Cordobés»… ¡Fíjate lo que es mandar en el toreo…! Eso solo sucede cada cuarenta o cincuenta años. Y mira por donde también fue Córdoba la que anteriormente mandó en el toreo con «Manolete».

Creo que fue el momento —y los aficionados lo saben— más importante que Córdoba ha tenido en el toreo, pues se dieron cita muchos matadores de toros, varios de ellos punteros, y uno que mandó sin contemplaciones.

Lance a la verónica de José María Montilla

Sobre la vieja plaza de «Los Tejares» José María recuerda:

—Fue nuestra escuela taurina. Allí comencé a ver toros. Precisamente fue donde Luis Miguel Dominguín, máxima figura del toreo, me hizo creer que ser torero era fácil. Aquello ocurría al comienzo de los años cincuenta. Se lidió una corrida de Saltillo para Luis Miguel, Luis Procuna y Manuel Calero «Calerito», que sustituyó a José María Martorell, que estaba herido. Fue una tarde tan apoteósica la del torero de Madrid, que yo pensé que aquello era fácil. Tenía doce o trece años y creí que podía ser torero. ¡Qué equivocado estaba...!  Después intenté aquello que pensé fácil y no lo conseguí, comprendí que era dificilísimo ser torero. A partir de entonces en aquella plaza los vi a todos: Martorell, Calerito… Me fijaba mucho en ellos.

Y vi a un torero que me impresionó gratamente, porque no he visto torear más despacio ni mejor. Fue a Manuel de la Haba, en un festival que toreó a beneficio de la Hermandad de la Virgen de las Angustias. Aquello se me quedó grabado y es de mis mejores recuerdos.

Había otro torero que causó una admiración tremenda, porque toreó fenomenal: Alfonso González «Chiquilín». En él los estatuarios, pases fáciles que no dicen nada, tenían una gran personalidad. Además hacía el toreo diferente.

José María en redondo. Foto Mateo

En «Los Tejares» conseguí ver muchas cosas importantes en el toreo. Vi a una pareja de becerristas que empezaban «Zurito» y «El Puri». ¡Qué difícil es despertar de becerristas tanta expectación! Antes había toreado muy bien Pedrín Castro. También hubo una pareja fenomenal, que hizo historia en la novillería cordobesa: «Zurito» y «El Pireo». He visto muchas cosas. Aquella plaza fue nuestro principio, nuestro sueño, nuestra ilusión. Allí pensé muchas cosas bonitas, pero luego está la historia, es muy difícil ser torero, y no pude desarrollar lo que hubiera querido.

Preguntamos a José María, que encabezó la terna que inauguró la nueva plaza de Córdoba el 9 de mayo de 1965, sus recuerdos de aquel día:

—Lo recuerdo con mucho cariño. Fue un día memorable para dos toreros de Córdoba, Manolo y Gabriel, que fue el triunfador absoluto de aquella corrida. Además, aquel día tuvo por la mañana el prólogo de la coronación de la Virgen de los Dolores, esa imagen tan cordobesa a la que yo tenía costumbre de visitar todos los viernes.

Esa tarde conseguí ver a un chaval muy joven, que venía con ganas de pelea. En esto del toreo al final los que dicen las cosas son los toreros de raza, y Gabriel lo era. En aquella tarde tan importante para todos, junto a Manuel Benítez, que mandaba en la fiesta, Gabriel se arrimó para que no se le fuera por delante y fue el triunfador absoluto. Benítez estuvo muy bien. Yo cumplí mi cometido, estuve simplemente bien.

Ayudado por alto en Madrid. Foto Botán

Pero siempre, cuando hablo de acontecimientos que recuerdo especialmente, no tengo más remedio que acordarme de mi alternativa en «Los Tejares». Fue uno de los días que me sentí torero. También de la alternativa de «El Cordobés» en la misma plaza. Quizás estas me hayan dejado más huella, pero no cabe duda de que históricamente nadie nos puede quitar a Gabriel, Manolo y a mí que inauguramos esa plaza tan importante que es la de Córdoba.

En mi época había bastantes toreros de Córdoba. En mi caso concreto estuve cuatro años de matador de toros y actué en las cuatro ferias de mayo. ¡Y era difícil! Pero los toreros de aquí contaban a la hora de hacer los carteles de la feria. Y fíjate los que había: Antonio Ordóñez, Paco Camino, Diego Puerta, El Viti… Y había sitio para ellos, pero Córdoba tenía un plantel de matadores que contaban, y mientras estuvimos en el toreo actuamos todas las ferias de mayo.

Ceñida manoletina de José María. Foto Arjona

Ante las afirmaciones que aseguran que hoy se torea mejor que nunca, José María Montilla opina:

—Eso no es verdad, cómo se iba a torear peor en nuestra época, que era la de Antonio Ordóñez, el que mejor ha hecho el toreo desde «Manolete» a nuestros días. Lo que tenemos claro los cordobeses y todo el mundo es que el mejor torero de los últimos cincuenta años ha sido «Manolete». Creo que ahí no hay discusión de ninguna clase y está todo el mundo de acuerdo, incluso algunos antimanoletistas, que después de escuchar al «Rubio de San Bernardo» no les queda duda de que «Manolete» ha sido el mejor torero que ha dado la historia en los últimos cincuenta años.

Atracándose de toro en Barcelona. Foto Mateo

Pero en nuestra época hemos visto torear a Antonio Ordóñez, del que pienso que no se puede torear mejor. Ni se puede torear con tanta importancia y sabiduría, con tanto conocimiento y arte como lo ha hecho Paco Camino. No se puede torear con más valor que lo ha hecho «El Cordobés» o Diego Puerta. Todo eso es historia. Había treinta matadores a cual mejor. 

Es cierto que en todas las actividades se progresa cada día. Hoy hay mejores médicos, mejores ingenieros, quizás se torea de salón mejor que nunca, porque ahora un chaval pega pases desde el principio. ¿Pero qué se torea hoy mejor que hace treinta años? ¡No, ni se canta mejor que Manolo Caracol, ni se torea mejor que Ordóñez! Es cierto que hay grandes profesionales, pero ¡cuidado!, el sitio que tenían los toreros de antes… Ni ahora con toda la grandeza que tiene el toreo ha superado el que conocí en mi época. Hoy hay más toros que se dejan torear, por eso se torea con más regularidad, pero también todos los toreros son más parecidos. Se dice que se torea mejor que nunca, pero también es verdad que no destaca uno de los otros, porque sale un toro que tiene muy pocas cosas que decir. Antes, al tener más movilidad, había más inspiración.

Estocada en todo lo alto el día de su alternativa
en la vieja plaza de Córdoba. Foto Framar

Hoy día el mejor de todos sería «Guerrita». Y el mejor de hoy sería el mejor de aquella época, porque el que ha sido figura del toreo lo sería siempre.

Dos toreros importantes en los años sesenta Manolo Vázquez y «Antoñete», acompañaban a Luis Miguel, Ordóñez, «Litri», «Pedrés», Puerta, «El Cordobés», Camino… Y sin embargo después cuando reaparecieron fueron  máximas figuras del toreo.

Finalmente, al preguntarle qué es lo más importante que se lleva del torero, el maestro respondió:

—La gratitud de haber tenido la oportunidad de realizar lo más bonito de mi vida. 

Enhorabuena José María, maestro y amigo, por este sesenta aniversario que celebras con el profundo respeto de una afición que te quiere como la de Córdoba, y el cariño de toda la afición taurina.

viernes, 8 de enero de 2021

MANOLETE: EL QUEHACER DE REGULAR EL ARTE

Por Germán Lebatard

Manolete. Óleo de Diego Ramos.

Soy manoletista de la misma manera que soy cristiano: por un acto de fe. A Manolete, como a Cristo, jamás los vi en la vida, pero me han bastado sus imágenes. Crecí rodeado siempre de una gran cantidad de iconografía manoletista y juro que, para mantener viva mi idolatría, no necesitaba ver la foto de alguna de aquellas medias verónicas (tan lacónicas y tan estéticas) o aquella otra famosísima del natural al Miura en Barcelona; era suficiente verlo liado en el patio de cuadrillas, o vestido de corto en algún tentadero, o dando la vuelta al ruedo, o recargado en la barrera, o incluso en la calle con aquellas gafas tan características. Como fuera, donde estuviera, Manolete siempre se veía torero. Y sin embargo, a pesar de todo este fervor juvenil, fui apóstata del manoletismo.

Natural de Manolete al toro Perfecto de Miura.
Barcelona, 2 de julio de 1944. Foto Mateo.

Cuando quise ser torero y andaba intentándolo, estaba de moda negar a Manolete: que el toro chico, que la muleta atrasada, que el toreo de perfil y todo aquel cúmulo de patrañas tecnicistas que los sabios de café pusieron tan en boga a finales de los cincuenta  a raíz de que algunos cronistas influyentes (Corrochano entre otros) se dedicaron a echar lodo sobre la tumba del gran torero cordobés. Y como los muertos no pueden defenderse y Manolete ya no podía ponerse en la cara del toro y taparle la boca a todos, aquello se puso de moda y yo me tragué el cuento. Contribuyó que a mi callaísmo de aquellos días había que agregarle un incipiente ordoñismo nacido con la faena a Cascabel, en la feria guadalupana del 56, y acentuado después cuando muchas veces lo vi en España en su momento cumbre. Y como los jóvenes tienden a radicalizar sus opiniones, yo no podía aceptar que me gustara tanto Ordóñez (torero de pata pa´lante, pecho pa´fuera y cintura flexible) y continuara, al mismo tiempo, vigente mi manoletismo.

La faena de Manolete a Platino «resistía el paso del tiempo»

De modo que empecé a seguir la corriente; si estaba de moda negar a Manolete, había que negarlo y punto. ¿Mi antiguo manoletismo? Pasiones infantiles. Ahora, ya opinaba yo en las tertulias taurinas, ya era novillero, ya «sabía mucho de esto» y de pronto… ¡zas! Me tropiezo de frente con la faena de Platino, y se hizo la luz. Resulta que un grupo de amigos y compañeros «del toro» nos reuníamos a ver viejas películas, y alguien consiguió la de aquella famosa tarde de Manolete,  Pepe Luis y Procuna con los Coaxamalucan. Lo que hizo Manolete a aquel toro castaño resultó una iluminación repentina para todos los que estábamos allí reunidos. No solamente porque la faena era extraordinaria -que lo fue- sino por el contraste. Me explico: lo que aquella misma tarde le hicieron a sus toros Pepe Luis y Procuna (cada uno a su estilo) era de un torerismo indiscutible y tenía, por supuesto, mucho mérito. Pero la de Manolete era diferente. Se veía moderna, tenía actualidad 20 años después; esa era la única faena de la célebre corrida que resistía el paso del tiempo, tenía la frialdad de un vídeo-tape. Aquello, para mí, fue toda una revelación. Comenzaba a reivindicarse mi torero. 

«Como fuera, donde estuviera, Manolete siempre se veía torero»

Algunos años después le platiqué esta anécdota a Pepe Alameda -con quien llegué a tener una entrañable amistad- y no solo me dio la razón sobre el trazo moderno de la faena de Platino, sino que abundó más en la vigencia del toreo manoletista a pesar de los años transcurridos. Alameda -manoletista confeso- contribuyó muchísimo a mi redescubrimiento del enorme torero cordobés y a echar por tierra las patrañas antimanoletistas, incluyendo el mito del toro chico y el mitote de los muletazos cortos.

Los toreros cumbres -y Manolete lo fue- son en cada época verdaderos «pararrayos» de la Fiesta. Siempre se les percibe culpables de todo lo que pase. Y tal parece que una de las culpas de Manolete debió ser la Guerra Civil Española. Resulta ocioso, a estas alturas, recordar como quedaron precisamente ese toro, menos graneado y menos corpulento -pero con más movilidad, por cierto- el que empezaron a lidiar en las plazas españolas todos los toreros del momento. Es decir, Manolete y todos sus contemporáneos.

Con uno de La Punta, la ganadería que más toreó en México

En la actualidad es usual que los aficionados exijan un toro corpulento, gordo, enmorrillado, con muchos kilos aunque se «acochine». Creen que el toro es toro cuando pesa 550 kg. En cambio, la realidad es otra: el toro es toro cuando cumple cuatro años, pese los kilos que pese. Veamos entonces lo del mito: 1) Manolete y todos sus alternantes lidiaban -a veces- un toro relativamente disminuido en peso. 2) Testimonios de aficionados y toreros de la época (a mí me lo han dicho el maestro Cagancho y El Choni) me hacen pensar que, aún pesando menos, casi siempre se lidiaban con cuatro hierbas. 3) Tengo testimonios gráficos de Manolete toreando de todo: toros chicos, medianos, grandes y enormes. 4) Una de sus faenas consagratorias fue a un sobrero de Pinto Barreiro paréntesis (Ratón) que era un tío. 5) Su debut en México fue con una corrida bastante seria de Torrecilla (al primero le cortó las orejas y el rabo). 6) Otra de sus faenas cumbres en plazas mexicanas, la de Manzanito, fue en aquella tarde con Lorenzo Garza, el Ahijado y un corridon más que serio de Pastejé; sobra aclarar que Manzanito como Murciano, el primero de su lote fue un «tío» igual que el resto de la corrida. 7) Por aquellos días había una ganadería en México con reputación de lidiar las corridas más serias; toros largos, hondos, enmorrillados, cubiertos de culata y con más leña en la cabeza que un bosque canadiense. Esa ganadería (puro Parladé) se llamaba La Punta. ¿Sabe usted cuál fue la ganadería que más toreo Manolete en México? Adivinó: La Punta. En resumen, ni el toro chico de la época es atribuible a Manolete, ni Manolete requirió del toro chico para triunfar.

Superado el mito, pasemos al mitote; al del muletazo más corto y la muleta atrasada.

He escuchado de muchos contemporáneos suyos, que Manolete fue -en la forma aunque no en el fondo- dos toreros: uno del 39 hasta el 42, y otro muy diferente de mediados del 42 en adelante, que fue cuando encontró el sitio, se relajó y suavizó sus maneras, es decir: cuando Manolete encontró a Manolete.

 «Verticalidad de torre sin fisura alguna en su fábrica»
(José María de Cossío).  Foto Cano

Al principio era un torero muy tieso y bastante «esaborío» que solo lograba salir adelante en base a aquel valor, aquel carácter y aquella entrega que siempre tuvo. Su propósito, desde siempre, fue lograr torear con lucimiento y quedársele quieto al mayor número de toros que fuera posible, pero se demoró toda su etapa novilleril y casi cuatro temporadas de matador de toros para encontrar el toque, la colocación, el temple, el sitio exacto, el cómo de la técnica que andaba buscando y que consistía en andar en rectitud hacia el toro (no hacia el pitón contrario, con lo que se echa al toro para afuera) enhilado con el pitón por el que se está toreando hasta llegar a la distancia en que el toro embiste, esto con la muleta atrasada casi sobre la pierna de salida. De esta forma sacrificaba medio metro del inicio del muletazo, pero lograba, en cambio, rematar lucidamente el pase aún tratándose de toros con poco recorrido.

Aclaro: esta técnica la utilizan muchos toreros actuales como recurso recomendable (tranquillo) para poder correr la mano a toros con recorrido corto. La diferencia estriba en que Manolete le fue fiel a su técnica (una vez que la encontró) y la llevó hasta las últimas consecuencias, toreando de este modo a todos los toros, tuvieran el recorrido que tuvieran. Es muy cierto que el pase, al no comenzar enganchando al toro adelante, tiene menos dimensión; sin embargo de esta manera logró torear más toros, ser más consistente y acabar de golpe con el cuento de que en el toreo se puede vivir en la comodidad de una faena al año.

Triunfo y felicidad de Manolete en México.

Yo, francamente, no me quejaría del balance, porque en el Debe tenemos medio metro menos en cada pase, pero en el Haber está uno de los grandes logros manoletistas: aquella consistencia, aquel triunfar tarde a tarde, aquel torear con quietud y con lucimiento más toros de más diverso comportamiento. 

No sé si esto quede claro. En Manolete se consolida la faena actual, ya esbozada por otros desde antes, pero sin llegar nunca a la realidad manoletista: la realidad de regularizar el arte.

La sombra eterna del toreo... Monumento a Manolete en el
 barrio de Santa Marina de Córdoba. Foto Ernesto Castillejo

Esto es lo que pienso cada vez que visito el cementerio de La Salud, para poner una flor, en su tumba, cada año, desde 1970. Pienso en esto ante su figura de mármol y, sin saber por qué, me viene a la mente aquella bella y certera metáfora del inolvidable soneto que Pepe Alameda escribió para Manuel Rodríguez Sánchez

a ti que eras una epifanía y hoy eres un estoque abandonado. 


Artículo publicado en la Revista 6Toros6/Extra Manolete/del 26 de agosto de 1997.

                                     Manolete en México. Incluye la faena a Platino



sábado, 10 de agosto de 2019

MI ÚLTIMO BASTÓN


 Apoteosis de Manolete con el toro Platino
El 17 de febrero de 1946 tuvo lugar en la plaza de El Toreo de la Condesa de México una corrida inolvidable. Se lidiaron seis ejemplares de la ganadería de Coaxamalucan para Manolete, Pepe Luis Vázquez y Luis Procuna. Los tres espadas triunfaron clamorosamente y cortaron un rabo. Cuando el cordobés paseaba una de las vueltas al ruedo que le obligaron a dar tras la faena al toro Platino, un espectador le arrojó un bastón que debió agradar al torero porque decidió quedárselo. Años más tarde, en 1981, fue obsequiado por su familia a Antonio Gala, en gratitud por una brillante intervención sobre Manolete en Televisión Española. Poco después, en la sección semanal titulada “En propia mano” que el gran escritor cordobés tenía en "El País Semanal", agradeció públicamente este regalo con el artículo “Mi último bastón”, donde narró con prosa magistral la historia del bastón que aceptó guardar como recuerdo del inolvidable torero. Merece la pena rescatar un fragmento de esta preciosa pieza literaria:

Antonio Gala
“…Pero el último de todos, que también me vino de Córdoba, contiene un especial significado: lo ganó, toreando, Manolete. Llegó acompañado de su certificado de origen: una fotografía fechada el 17 de febrero de 1946 en Méjico. En ella, da Manolete una vuelta al ruedo. Sereno, pero no sonriente. La mano izquierda lleva la montera, el bastón —con la elegancia del que tiene costumbre de la espada— y el capote, plegado y dibujado por Zurbarán. La mano derecha, con desmayo lleva un ramo de flores. El torero acaba de matar un toro llamado Platino, como el vino admirable de los plateros cordobeses. Ha logrado su más hermosa faena mejicana. En la primera vuelta, de las cuatro que dio, un admirador le arrojó ese bastón de caña de Malaca, cuyo puño es un afilado león de marfil indio y ojos de ámbar. No sé quién era tal espectador, pero estoy satisfecho de encontrar hoy su bastón entre los míos.
La noche que la familia de Manolete me lo ofreció, lo acepté con responsabilidad y con recogimiento. Lo besé al aceptarlo. Besaba en el mi infancia y mi adolescencia, que iban a ver los toros con mi padre y Machaco. Lo besé porque siempre he admirado a esa raza de hombres que viven, como funambulistas, sobre el filo de la navaja; que arrojan al aire una sigilosa moneda, cuya cara y cruz son la vida y la muerte. Siempre he admirado a quienes comprenden que no hay que vivir la vida a cualquier precio; que hay precios que no deben pagarse; que la vida, en todo caso, es corta y hay que hacerla, si no más larga, más ancha por lo menos. Siempre he admirado a quienes hacen del riesgo su pan de cada día; a quienes, enaltecidos y plenos y envidiados, con grandeza y consciencia saben vivir su muerte, acaso lo más arduo de la vida. Siempre he admirado a los hombres de tal raza, a la que Manolete perteneció, y a la que supongo que, de otro modo, también yo pertenezco.
En un país maniqueo, donde gritar ¡viva Joselito! equivale a gritar ¡muera Belmonte! Manolete recogió los vivas y los mueras. Su fruición por la vida pareció a muchos desdén por ella, y su desdén, distancia, y su distancia, sosería: qué cordobés es eso. Se dice que los amados de los dioses mueren jóvenes. No es cierto: los amados de los dioses no mueren: se van al mediodía; se van en flor. Para inmortalizarla hay que cortar la rosa…
En un momento de política estrecha y de estrechas fronteras; en un momento en que aquí se elevó un especialmente estúpido ¡Santiago y cierra España!, Manolete saltó por encima con la agilidad con que saltaba una barrera. Cualquier arte es superior a cualquier política cuando ésta no es un arte. Hay que saber estar en la plaza: fijar, templar, mandar. En el toro por cuya lidia le ofrendaron el bastón, el público le pidió a Manolete que banderillease. Él señaló, sin inmutarse, a su banderillero. Y luego comentó: "Se están poniendo las cosas de una forma que el mejor día van a querer que actúe también de mulillero”. No dio lugar la vida. Sin embargo, hoy, en la fiesta y en muchos otros campos, sería bueno colocar a cada cual en el sitio que le correspondiese. Muchos maestros harían así de mulilleros. Y aún de mulas, algunos”.

Faena de Manolete al toro Platino


viernes, 25 de mayo de 2018

LAS DOS MEJORES FAENAS DE MANOLETE

TEXTOS MAGISTRALES:
Pepe Alameda habla de toros con Manolete.

Luis Carlos Fernández López-Valdemoro (Pepe Alameda)
          Aquel ambiente que rodeaba al torero no me iba. De ahí que, al no hablar con Manolete de otras cosas y, siendo yo cronista en activo, no hablara con él más que de toros. De eso, sí, con frecuencia, pues como advirtiera que mis opiniones coincidían en mucho con sus experiencias del ruedo, me fue prestando cada vez mayor atención. De nuestras largas conversaciones, en las que por lo común nos aislábamos, voy a recordar una, que puede tener interés para el aficionado, por los testimonios que Manolete aporta. 
Manolete en la plaza México
Un día le dije:
—De tus actuaciones en México, las que más se comentan son las faenas al toro “Manzanito”, de Pastejé (cuando alternó con Garza y El Ahijado) y a “Platino”, de Coaxamalucan (cuando lo hizo con Pepe Luis Vázquez y Procuna); a esos dos toros les cortaste el rabo, pero la que más me ha gustado es la faena que le hiciste a un toro del que no cortaste más que una oreja.
—¿Cuál?
—La de un toro de Torrecilla, en la segunda corrida de la apertura de la plaza México.
—¿Recuerdas el nombre del toro?
—Sí. “Espinoso”.
—Te lo pregunté para probarte, porque yo también lo sabía.
—¿Por qué?
—Porque esa no es solamente la mejor faena que hecho en México, es quizá la mejor de mi vida, o por lo menos, la segunda.
—¿Cuál podría ser la primera?
—La del toro de Pinto Barreiros en Madrid. Había muchas circunstancias, el toro me hirió y yo me impuse, era una corrida de mucha responsabilidad y todo eso influye. Pero, quitando eso y viendo la parte estrictamente taurina, quizá no fuera mejor que la del toro de Torrecilla... ¿Por qué te gusto?
—Hombre, el toro era muy difícil, no descubría, punteaba y además, por lo paliabierto, resultaba aparentemente imposible acoplarse con él. En efecto, los primeros derechazos fueron un poco bailados y nada ceñidos. El toro no se dejaba. Pero, de pronto, al revolver de un pase, lo enganchaste con un toque de muleta, echándosela hacia abajo, tan a tiempo, que metió la cabeza y le pudiste dar cinco pases en redondo, perfectamente centrado. Por aquel lado, mal que bien, era posible. Pero por el izquierdo, estaba intocable. Cuando te pusiste la muleta en la zurda, pensé: “está loco”. Cuál no sería mi asombro, al verte ligar cinco pases naturales, con el mismo ajuste.
Manolete no respondió. Dirigía la mirada hacia el frente, como si estuviera con la imaginación siguiendo la faena, en un ruedo invisible.
Continué:
—Como uno está siempre aprendiendo, en esa faena me enseñaste algo que no había sospechado: que si a un toro se le mete de verdad en la muleta por el lado posible, lo que se logra sirve para el otro lado. Pero tiene que ser de verdad.
—Yo ya lo sabía. Por eso lo hice.
—Todo lo que se aprende del toreo, se aprende de los toreros.
—¿Hablando con nosotros?
—No. Sabiéndolos ver. Viéndolos acertar y viéndolos equivocarse.
Una fugaz chispa de recelo cruzó por los ojos líquidos de Manolete.
—¿En qué me he equivocado?
En no mandar disecar la cabeza de “Espinoso”.
(Del libro “La pantorrilla de Florinda o el origen bélico del toreo”).


Manolete al natural, con un toro de La Punta en México


          La corrida de la que hablan Pepe Alameda y Manolete, tuvo lugar en la plaza México el 16 de febrero de 1946. Esa tarde se lidió un encierro de Torrecilla para Silverio Pérez y Manolete, que actuaron mano a mano. El "Faraón de Texcoco", le cortó el rabo al toro "Barba azul", y el "Monstruo", una oreja a "Espinoso". Este texto desvela que el torero cordobés consideraba esa faena como una de las dos mejores de su vida, junto a la de "Ratón (que se llamaba Centella)", de Pinto Barreiros, en Madrid. 
A.L.Aguilera

Manolete presentación en México