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domingo, 20 de noviembre de 2022

LUPE «CONTARÁ» LA HISTORIA

Por Antonio Luis Aguilera 

Paco Laguna, a la derecha, con los miembros de la mesa 
de presentación de su nueva obra. Foto José L.Cuevas

El pasado día 16 fue presentado en el Círculo de la Amistad de Córdoba el libro «Manolete: Leyenda viva en Villa del Río», cuyo autor es Francisco Laguna Menor. La obra, vigésima primera del extenso catálogo de este autor ecijano, que ha sido editada con lujo de detalles por la Diputación Provincial de Córdoba y el Ayuntamiento de Villa del Río, ofrece abundante información gráfica e interesantes documentos inéditos en las 400 páginas que proponen un recorrido por la vida del diestro cordobés, donde se pone en valor su huella como «rey del toreo» de la década de los años cuarenta del pasado siglo.

La huella de «Manolete» en el toreo no ha perdido actualidad, como lo demuestran sus fotos al ser comparadas con las de espadas de su tiempo y otros anteriores. Es un toreo que no está anticuado, a pesar de los 75 años que se han cumplido de su muerte, y su influencia, definitiva en la arquitectura del moderno, proclama a Manuel Rodríguez Sánchez como uno de los mejores toreros de la historia del «arte de Cúchares» —con permiso de los ditirambos que proclaman a un torero de nuestros días como «el más grande de la historia»—, esa que magistralmente fue redactada por otros grandes espadas, que no lo fueron menos en sus épocas, como Francisco Arjona Herrera «Curro Cúchares», Rafael Molina «Lagartijo», Rafael Guerra «Guerrita», José Gómez «Gallito», Juan Belmonte, Manuel Jiménez «Chicuelo», Manuel Benítez «El Cordobés», Paco Ojeda, o José Tomás Román Martín, por citar algunos ejemplos.

Los aficionados cabales saben bien que cada tiempo tuvo su toro —los ditirambos también han proclamado este año al mejor ganadero de la historia—, sus toreros, su toreo, su público y sus propias circunstancias históricas y sociales. Y no olvidan que para que hoy se toree de la forma que se hace, fue indispensable el maravilloso y generoso magisterio, entre otros, de los maestros mencionados, además del sagrado testimonio de entrega, valor, dolor y sangre de una inmensa nómina de honorables toreros que nadie recuerda. «Amén de los amenes», habría añadido José Álvarez «Juncal»

«Manolete» y «Lupe Sino». Foto José María Lara

En la documentada obra de Paco Laguna, que ha investigado como pocos la vida e historia de Manuel Rodríguez Sánchez, también se recogen fotografías de los informes de la Jefatura Superior de Policía de Madrid sobre la conducta de Antonia Bronchalo Lopesino, la novia del torero, su inclinación política y la de sus padres, por supuesto redactados con el desprecio propio de su tiempo para los sospechosos de ser «rojos», su anterior matrimonio con un militar republicano, y la pretendida prohibición para que acompañara al espada a México. Pero «Manolete», elegante y valiente en la plaza y fuera de ella, defendió a la mujer con la que convivió durante más de tres años, y consiguió que lo acompañara al país hermano, donde nadie fisgaba en la vida de nadie, como en la España de la perturbadora posguerra, aquella represora en blanco y negro como los fotogramas del «NODO» que obligatoriamente prologaba todas las sesiones de cine.

Informes policiales a un lado, la documentación que ofrece este libro corrobora que «Manolete» y «Lupe» vivieron adelantados a su tiempo, a pesar de saberse «señalados» por «saltarse a la torera»  las normas de la cruzada Iglesia-Estado, donde de forma tan severa se combatían, además de otros frentes ideológicos, los pecados  que eran considerados inmorales e indecentes socialmente, como convivir con una mujer sin estar casados —otros tapadillos, como las habituales «queridas» de los ricos, o las «sobrinas» de los curas con hijos de increíble parecido al clérigo, eran silenciados de salir a la luz por tratarse de «debilidades humanas»—.

Antes de comenzar el acto de presentación del nuevo trabajo de Paco Laguna se nos acercó un señor que no conocíamos, que se identificó como Antonio Estévez Reyes y nos mostró su satisfacción por conocernos personalmente, al ser lector de «Plaza de la Lagunilla», blog que sigue por ser un apasionado del inolvidable torero cordobés. Nos informó que es autor de trabajos literarios, siendo su última novela «Cuando no exista el mañana», y nos adelantó que lleva varios años documentando y preparando la biografía de «Lupe Sino», que novelada editará la próxima primavera, donde Antoñita —como siempre la llamó «Manolete»— la guapísima alcarreña que tan feliz lo hizo, será quien narrará en primera persona su historia con el torero, la férrea oposición del entorno profesional y familiar, así como su vida antes y después de conocer a quien consideró el gran amor de su vida.

Antoñita y Manolo. Foto Santos Yubero (1947)

Nos sorprendió gratamente la información que nos facilitaba Antonio Estévez. También las fotografías inéditas que nos mostró de la protagonista de su próxima obra, tratadas con aplicaciones informáticas que las convierten en magníficas instantáneas a todo color, que sin duda resaltan la belleza de la mujer que enamoró a «Manolete». Nos habló de la importante documentación recopilada, los valiosos testimonios de familiares y amigos de España y México, y la colaboración con el proyecto de José María Lara, hijo del autor del mismo nombre del libro «Manolete, yo me mando», editado por Bellaterra en 2017 y prologado por Orson Welles, una de las escasas obras donde se habla sin tapujos de las personas y hechos que llevaron al fatal desenlace a un hombre hastiado del toreo, ante el inmoral acoso de la prensa influyente y su cruel repercusión en el público, y triste por la obstinada cerrazón de su madre a que formalizara su relación con Lupe, boda que definitivamente estaba prevista para el mes de octubre de 1947 en Barcelona, como reveló el torero al periodista don Antonio Bellón la noche antes de morir, mientras viajaban desde Manzanares a Linares, para pedirle que convenciera a su madre, al considerarlo la única persona capaz de hacerlo y llevarla a esa ceremonia.

Con gran interés aguardamos la nueva obra sobre el torero del que más libros se han escrito en la historia. Ahora será la pluma de Antonio Estévez la que prestará voz al testimonio de quien fue  su pareja de hecho, la mujer de su vida, novia, confidente, fuente de paz, ilusión y alegría… La protagonista de una historia moderna cuando la modernidad no existía, cuando estaba prohibido adelantarse al tiempo que tocaba vivir y no se comprendía, como ahora tampoco lo entienden muchos, que el sacramento es un signo sagrado, y en el matrimonio ese signo sagrado es el amor, no la bendición de un cura ni la anotación en un registro. Cuando el amor se acaba desaparece el signo sagrado, aunque la pareja siga casada de por vida «como Dios manda».

Nuestra enhorabuena a Paco Laguna por esta interesante obra, y a Antonio Estévez por la iniciativa biográfica sobre la mujer que nunca tuvo voz en la narración de los hechos.

domingo, 26 de junio de 2022

El “SABORCITO”

Por Antonio Luis Aguilera 

Diego Urdiales al natural

Hablando de toros con un torero de dinastía y buen amigo, me decía que tener “sello propio” en el toreo es ser distinto a los demás. No dice ser mejor o peor, sino diferente, y afirma que el “sello” siempre ha sido valorado al alza por los buenos aficionados, por los pocos que de verdad saben paladear ese toreo único que se distingue de los demás.

Matiza que hay muy buenos toreros, profesionales excelentes, pero la mayoría se parece al expresar, que ves a uno y crees haber visto a todos ante una manifestación homogénea, despersonalizada, sin ese toque propio que marca la diferencia de los pocos que son distintos, que tienen personalidad y no están cortados por el mismo patrón. Y como habría hecho el mismísimo «Juncal», sentencia: “¡Ya está dicho!”.

Juan Ortega a la verónica

Reconoce que todos los toreros son unos fenómenos, pero afirma con gracia que la mayoría tiene un toreo sin “pringue”, sin ese regusto que deja aquello que es diferente y tanto agradece el paladar. Por eso le duele que “cenizos” y “agoreros” quieran cortar el cuello a los pocos toreros que tienen ese “saborcito”, a los que cuando se expresan en el ruedo levantan pasiones, defendiendo que merece la pena esperarlos y darles oportunidades.

Pablo Aguado en un cambio de manos

Considera que probablemente no serán figuras de las que tiren del carro, pero serán necesarios para otorgar aroma al cartel, y pone de ejemplo a un diestro tan respetado, admirado y agradable de ver por los aficionados como «Antoñete». En el toreo —asegura—, no basta anunciar a los que cortan orejas sin dejar ese “saborcito” bueno que tienen solo unos pocos, también deben tener sitio los que te hacen paladear “otra cosa” en la plaza, y luego, cuando te vas andando para tu casa, saboreas de forma placentera ese “regustito”.

domingo, 24 de abril de 2022

SEVILLA EN ABRIL

Por Antonio Luis Aguilera

Juan Belmonte, en la escultura de Venancio
Blanco, mira a la Maestranza desde Triana.  

Divisar la plaza de toros de la Maestranza desde Triana, bajo la escultura de Juan Belmonte, símbolo de la fecunda historia torera del barrio, resulta emocionante para los aficionados, una emoción que se vuelve sonrisa a escasos metros, en el paso de peatones de la calle Betis, al recordar que fue allí donde José Álvarez «Juncal», el entrañable personaje de Jaime de Armiñán inmortalizado por Paco Rabal, ayudaba a cruzar a un ciego «¡con muy mala leche!», que cambiaba de opinión una y otra vez para volver a cruzar de una acera a otra. También, donde el viejo torero, asomado a la barandilla del río, se quitaba respetuosamente el sombrero, para saludar a su plaza:

—«Buenos días, mi reina. ¿Has descansado bien? Y yo me alegro».

La Maestranza es la plaza más bonita del toreo

Admirar la plaza de la Maestranza desde el otro lado del río conmueve a quienes consideran que el toreo es una escuela de vida, un mundo de valores que va más allá de lo que ocurre en el ruedo, pues su singularidad trasciende a las Bellas Artes para enraizarlo en la literatura, escultura, pintura, cine, música… En la cultura de un pueblo que en el declive del toreo caballeresco, al término de la dinastía de los Austria, hizo suyo el toreo a pie, forjando un arte que nació del valor y arrojo de las clases humildes, fascinadas por enfrentarse al toro y arriesgar su integridad en un peligroso juego, tan emocionante y gallardo como efímero, donde el hombre desafía al animal con un trozo de tela para burlar su acometida. La inteligencia frente a la fuerza, la representación real de un encuentro a vida o muerte, las primeras hazañas de unos «chulos» convertidos en héroes, que con sus invectivas —«chulerías»—, gracia y destreza fueron creando «suertes», esos lances o actos ejecutados al toro que entusiasmarían a generaciones de españoles, mientras los escribanos se apresuraban a redactar los primeros capítulos de una nueva y apasionante historia: la Tauromaquia.

Plaza de toros de la Real Maestranza de Sevilla

Una historia que tuvo mucho que ver con Sevilla, ciudad que enamora cuidando sus tradiciones y siempre cautiva por su belleza, pero de forma más delicada en primavera, cuando el azahar perfuma calles, los geranios colorean balcones y cualquier rincón seduce bajo un cielo azul purísima, donde el sol se mueve pintando contrastes de luz y penumbra en plazas de naranjos en flor. Sol y sombra, como la media luna que divide en dos el impresionante coso de la Maestranza, adonde por Resurrección, apagados cirios e incensarios penitenciales, peregrinan aficionados de todo el orbe taurino para presenciar sus tardes de toros y admirar entusiasmados el cuidado palenque de albero, la impoluta alfombra amarilla que se ofrece para ser hoyada en la vieja liturgia, donde lances de seda embrocan bravas embestidas haciendo posible el milagro del toreo.    

Impoluta alfombra amarilla. Foto Arjona

La Maestranza es la plaza más bonita del toreo, la que todos los toreros quieren seducir con su arte y destreza, aquella para la que esmeran el cuidado de todos los detalles, desde el vestido de estreno, «el chispeante» que destellará en el paseíllo por el ovalado palenque bajo los acordes de «Plaza de la Maestranza», hasta los flamantes trastos que soltarán el apresto templando embestidas, meciéndolas de manera sutil, como los juncos acompañan la corriente del río. El coso del Baratillo acoge en primavera los sueños más íntimos de la torería, la que vista de oro o plata, alterne a pie o caballo, anhela que la suerte le sea propicia en ese ruedo, para trocar el silencio expectante por un ole seco y coral, en la manifestación jubilar que relampaguea y truena ante la belleza del toreo, poniendo el vello de punta y secando la garganta. Todos ambicionan que sea allí, en el coso del Arenal, junto al  torerísimo Guadalquivir, para poder mirar sus aguas al caer la tarde saliendo a hombros por la Puerta del Príncipe. Un triunfo en la Maestranza es alcanzar la gloria, abrazar fuertemente una fantasía mil veces soñada, porque Sevilla en feria de abril es la exaltación más hermosa del toreo. 

PASODOBLE «PLAZA DE LA MAESTRANZA», INTERPRETADO POR LA BANDA DE MÚSICA DEL MAESTRO TEJERA, QUE AMENIZA EL PASEÍLLO EN LAS CORRIDAS DE LA PLAZA DE SEVILLA.