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martes, 16 de marzo de 2021

GUERRITA: EL TORERO QUE PUDO Y QUISO

Por Rafael Sánchez González

Rafael Guerra Bejarano Guerrita. Foto Beauchy

El pasado día 21 se cumplieron ochenta años del fallecimiento del diestro Rafael Guerra Bejarano Guerrita, y sesenta y nueve de la desaparición del rejoneador Antonio Cañero Baena, dos figuras indiscutibles del toreo en sus respectivas parcelas. 

Citar a Guerrita, que es el personaje que en esta ocasión reclama mi interés, es referirse a uno de los toreros más importantes en la historia de la Tauromaquia, pues no hace falta ser un aficionado muy entendido en la materia para saber de su brillantísima ejecutoria profesional. Pero no es mi intención ahora entrar en datos concretos sobre su biografía, solo quiero centrar mi atención en su reinado taurómaco.

Guerrita fue la culminación de la escuela ecléctica, que se inicia con Jerónimo José Cándido y pasa por Francisco Montes Paquiro, José Redondo Chiclanero y Rafael Molina Lagartijo, a los que superó en poderío y dominio sobre las reses. Era la perfección personificada del toreo académico, de la lidia conforme a las reglas dictadas por el autor de la más antigua de las preceptivas taurómacas (La Tauromaquia de Pepe-Illo, aun cuando no la escribiera José Delgado), que aseguraban contra todo riesgo a quiénes las observaran y practicaran, aunque, paradojas del destino, sería él su contradictor. 

Guerrita y su cuadrilla en los primeros años de matador

Guerrita era el sueño de los viejos tratadistas hecho realidad. Conocía todos los secretos de la lidia, dominaba todas las suertes, podía con todos los toros y brillaba tanto con el capote y las banderillas como con la muleta y el estoque. En él se aunaban la sabiduría y el arte de Lagartijo con el pundonor y la valentía de Frascuelo, sus más inmediatos antecesores en el liderazgo taurino. Todas las posibles y humanas aptitudes que un hombre pudiera tener para la lidia las reunía el Guerra en grado superlativo, y aquí es donde, creo, radicaba su indiscutible supremacía. Lo mismo brillaba en quites, que banderilleaba en todos los terrenos o hacía el salto a trascuerno; de igual forma que dominaba a los astados con su muleta y, sin ser un estilista de la suerte suprema, los abatía de manera certera (nunca le echaron un toro al corral), y a veces los remataba tirando el cachete de ballestilla. En el ruedo no existían secretos para él. Como detalle preciso de su gran maestría, aunque pueda parecer anecdótico, recordaré que en la plaza francesa de Béziers (8-10-1899), con un toro devuelto que se resistía a dejar el ruedo, ante la ausencia de cabestros, haciendo gala de una inusual habilidad lo enlazó por los cuernos y así pudieron llevarle hasta los corrales.

Guerrita enlazando un toro en Béziers (8-10-1899). Revista Sol y Sombra

Guerrita fue un torero de más inteligencia que sensibilidad y de más dominio que inspiración. No fue el artista que improvisaba y en el que surgía una faena espontánea y genial, sino el lidiador que en base a las condiciones del toro realizaba la faena más adecuada y eficaz a la vez que brillante. Esto no quiere decir que no tuviese momentos de inspiración, pero el fundamento de su toreo, lo que sellaba su personalidad torera, era una inteligencia suprema. Pero en Guerrita había algo más. Junto a su gran entendimiento y dominio añadía una afición y un amor propio que le llevaron en más de una ocasión a jugarse la vida. No basta con tener inteligencia y valor, para se figura del toreo es preciso, además, tener pundonor. Hay determinadas ocasiones en que el torero más sabio y artista tiene que dejar a un lado la inteligencia y el arte y colgarse de los pitones para alcanzar el triunfo. Y Guerrita se colgó. ¡Vaya si se colgó! Una tarde, dirigiendo su mirada a un sector del público madrileño que le exigía más allá de lo posible, dijo: “¿Queréis que me coja?; pos me va a cojér”. Y se dejó coger. No se olvide, que para ser un extraordinario torero hay que ser también un gran hombre. Y ambas cualidades las reunía el diestro de Córdoba. Amparado en ese conjunto de valores que demostraba tarde tras tarde, me atrevo a decir que Guerrita puso letra y música al toreo. 

Cuanto digo está bien apuntado en la historia de la Tauromaquia. Tan bien apuntado, como que a partir de Guerrita, el toreo, sin perder su tradición escolástica -de escuela-, parece vaciado en otra norma técnica. Del mismo modo que a partir de Juan Belmonte está inspirado en otros principios estéticos. ¿Qué hubiera podido pasar en el toreo contemporáneo si Belmonte -o cualquier otro diestro capaz de revolucionar como él los fundamentos del arte de torear- no surge tres lustros escasos después de la retirada de Guerrita? Pero ese es otro tema, también interesante, y no me quiero apartar del guión escogido. 

Guerrita citando para banderillear. Madrid, 1889. Revista Sol y Sombra

Ya ha quedado bien claro, y no porque lo diga yo, sino ateniéndonos a lo escrito por la casi totalidad de los historiadores taurinos -siempre y en todo existirán algunos contradictores-, que Guerrita ha sido el más completo de cuantos han vestido el traje de luces. Pero cuando se alcanza la cumbre, y es algo que de manera especial suele suceder en las facetas artísticas, se inicia siempre el descenso al no poder llevar más lejos ningún paso que le siga después. Y si a eso unimos la intransigencia de un público cada día más exigente tan solo queda una solución: dejar la actividad, retirarse. Y esa fue la determinación que, haciendo gala de su innata clarividencia, tomó Guerrita en octubre de 1899 tras torear la última corrida de la Feria del Pilar en Zaragoza. Hasta entonces, y a lo largo de sus doce años de predominio en los ruedos, pudo con todos los toros y venció a todos los diestros que intentaron competir con él. Pero, por un fenómeno colectivo de difícil comprensión y también muy repetido en otras manifestaciones artísticas,  los públicos se echaron en su contra. Aunque su trayectoria en los ruedo se desarrollaba envuelta en continuados triunfos, podría decirse que llegó un momento en el que ya les molestaba conocer el resultado final de cada festejo antes de iniciarse el paseíllo. En una palabra, estaban cansados de su dictadura taurina.

Guerrita igualando. Revista Sol y Sombra

Cabe añadir, que los años de predominio taurino de Guerrita son, a la vez, tristes y amargos para los españoles. La indiferencia popular que el político liberal y masón Práxedes Matero Sagasta preconizaba al inicio de la Restauración, se acentuaría considerablemente durante la Regencia de la reina María Cristina (1885-1902). Se suceden las pérdidas de Cuba, Filipinas y Puerto Rico, y unos meses después, en una especie de almoneda, España liquida a precio de saldo las islas que le quedaban en Oceanía. Y a pesar de este ambiente de pesadumbre que inundaba a todo el país, los españoles parecían vivir de espaldas al angustioso problema nacional, y seguían enardeciéndose con las grandes faenas de sus ídolos en los ruedos. Pero ese ambiente enrarecido terminó por trasladarse a las plazas de toros, y descargó con exigencias que rayaban en lo imposible sobre quién consideraban que era la máxima figura. Así, a pesar de sus éxitos, la temporada de 1899 se hizo muy dura y desagradable para el diestro cordobés. A la acritud de Madrid se sumaron también las hostilidades en otras plazas como Sevilla -donde nunca predominaron sus partidarios, que no le perdonaban la supremacía que ejerció sobre los toreros de la tierra-, Bilbao, San Sebastián y Valladolid, por citar solo algunas de las más importantes. Así las cosas, al llegar a Zaragoza su decisión de marcharse era ya definitiva. “¿No lo va usted a sentir?”, llegaron a preguntarle nada más conocerse la noticia. Su repuesta fue rotunda: “¿Quién, yo, los que lo vais a sentir sois ustés?

Conociendo el recio y decidido carácter de Rafael Guerra era lógico suponer que, ante tan injusta situación de inmerecidos ataques, la determinación que tomara tenía que ser acorde con su acusada condición personal. Porque, podrá adjudicársele un fuerte temperamento, una excesiva altivez si se quiere, incluso decir que a veces se dejaba llevar por impulsos de soberbia, que más bien era conciencia de su grandeza torera. Pero no quedará la más mínima duda de que Guerrita mandó implacablemente en el toreo… por que pudo, y porque quiso. 

miércoles, 2 de octubre de 2019

LA RIVALIDAD LAGARTIJO-FRASCUELO

Por Rafael Sánchez González
Rafael Molina Sánchez Lagartijo
De sobra es sabido que el máximo esplendor de la Fiesta de los toros coincide con aquellas épocas en las que la competencia entre dos diestros acapara la atención de los públicos. Para comprobarlo bastaría repasar la historia de la tauromaquia desde sus tiempos más remotos, o simplemente recordar etapas más cercanas.
La primera rivalidad en los ruedos que recoge la historia del toreo se remonta al siglo XVIII cuando eran ídolos Costillares, Pepe-Illo y Pedro Romero, con los que el toreo a pie tomó carta de naturaleza. Fue aquella una rivalidad a tres bandas, que alcanzó su punto más álgido durante la competencia que entre sí mantuvieron José Delgado (herido mortalmente en Madrid al entrarle a matar al toro Barbudo) y el coloso de Ronda, quien, según indican los historiadores, mató más de cinco mil toros en veintiocho años de actividad. Anciano ya, Pedro Romero dirigió la Escuela de Tauromaquia que en Sevilla fundara el rey Fernando VII, de efímera vida.
Después vendrían otros enfrentamientos directos entre espadas, que si bien sirvieron para dar mayor interés a los festejos taurinos, no prevalecieron durante mucho tiempo ni alcanzaron niveles que marcaran hitos para los anales de la tauromaquia. Así, las parejas que formaron Curro Guillén y Jerónimo José Cándido, Juan León y El Sombrerero, Cúchares y El Chiclanero o El Tato y El Gordito. Sería con Rafael Molina Lagartijo y Salvador Sánchez Frascuelo, cuando la pasión por los toros volvió a polarizar la atención de todo el país. Un clamor que no volvería a repetirse entre los españoles hasta la llegada a las plazas de Joselito y Belmonte.
Hasta encontrarse con Frascuelo, Lagartijo "había puesto ya en su sitio", es decir, había arrinconado a quienes venían disfrutando de las preferencias de los aficionados.
Salvador Sánchez Povedano Frascuelo
Toreros consagrados como Curro Cúchares, el infortunado Tato (al que después socorrería en situaciones económicas comprometidas), Manuel Domínguez, El Gordito –su maestro-, el también cordobés Bocanegra o el patilludo y elegantísimo Cayetano Sanz. Ninguno pudo hacer frente y robarle aplausos al primer califa del toreo. Ninguno, hasta que apareció en escena Frascuelo.
Con esta pareja encontró el toreo su contrapunto ideal. Y los españoles, dos toreros en los que repartir sus preferencias. Podría decirse, que para ellos no era entonces tan importante seguir políticamente a O'Donnell o Narváez como identificarse con Lagartijo o Frascuelo. En ese momento de gran decadencia de las letras, caducado ya el Romanticismo, incluso los intelectuales, al margen de elegir la oratoria de Emilio Castelar o del canónigo Emilio Monterola, se alistaron a uno de los dos bandos taurinos. En aquella España se era carlista o republicano como se podía ser lagartijista o frascuelista. Pero cuando Rafael estaba bien, solo había lagartijistas en los cosos taurinos.
Aunque con el transcurso del tiempo fuese suavizándose, la acritud y dureza que en principio tuvo esta disputa levantó las más acaloradas pasiones entre las multitudes, muchas de cuyas discusiones, tanto en el tendido como en la calle, acabaron a estacazo limpio. Según el historiador Luis Carmena, "el bando lagartijista preponderó en todas partes con relevante ventaja por su número y me atrevo a decir, que por su cultura e inteligencia", mientras que, a decir de El Bachiller González de Rivera, “el frascuelista era más intransigente, más adusto, más rencoroso".
He aquí dos grupos de selección: a Lagartijo le miman Cánovas del Castillo, Rafael Calvo y Massini; a Frascuelo, Práxedes Mateo Sagasta, Julián Gayarre y Antonio Vico. Alrededor de estos, una larga lista de hombres ilustres. Rafael Molina cuenta con un altar en Lhardy; Salvador Sánchez lo tiene en Botín, aunque ello no impida que el califa coma cuando se tercie cochinillo asado, y Salvador poularde au maître d´hotel. Ellos saben alternar con todo el mundo y en todas partes. Lagartijo tiene un ferviente trovador en el dilecto cervantista Mariano de Cavia; Frascuelo goza con los himnos literarios de Peña y Goñi, paladín de la música y el toreo. Lagartijo tiene continente de emperador romano, Frascuelo muestra un ceño de sultán marroquí. Entre Córdoba y Granada se ha firmado un pacto de soberanía que no expirará hasta la retirada de los dos puntales de la Fiesta Nacional.
Lagartijo visto por Antonio Bujalance
Rafael Molina y Salvador Sánchez no solo tenían distinta concepción sobre las suertes de la lidia, sino que, además, eran también diferentes fuera de las plazas. Había surgido, por tanto, la pareja idónea para fomentar pasiones contrapuestas. De un lado, estaba la valentía insuperable del granadino, su pundonor, su amor propio, su bravura impresionante al tirarse a matar y la eficacia de su toreo seco pero auténtico; y de otro, el estilo puro, grave y florido a la par, flexible y afiligranado del cordobés, del que Guerrita decía que solo por verle hacer el paseíllo podría pagarse la entrada.
Estas dos grandes figuras, tan distantes entre sí, se complementaban armonizándose. Parecía como si los colosales pares de banderillas del cordobés, debieran ir engarzados en los inmensos quites aguantando del granadino.
En cierta ocasión el político antequerano Francisco Romero Robledo, queriéndoles poner en un compromiso, les preguntó quién de ellos dos era el mejor torero. Dudando qué contestar estaba Frascuelo, cuando resolutivo atajó el dilema Lagartijo con estas palabras: "No le des más vueltas, Salvaor; los mejores semos tú y yo… Y los peores, tu hermano y el mío", refiriéndose a los también matadores de toros Paco Frascuelo y Manuel Molina.
Lagartijo tomó la alternativa el 29 de septiembre de 1865. Dos años después (27/10) la recibió Frascuelo, y en 1868 comenzó una competencia que habría de durar hasta la retirada de Salvador en 1890.
En el referido año de 1868 fueron contratados para las corridas que habían de celebrarse en la feria del Corpus en Granada los días 7 y 11 de junio. Nada extraordinario ocurrió en la primera de ellas. Como era costumbre de cortesía, más antiguo Lagartijo -de verde y oro- cedió el primer toro de Concha y Sierra, Centello, cárdeno oscuro, a su compañero de cartel, que vestía un terno castaña y plata, y fue quien ganó por puntos la pelea, pues, aunque no resaltase su labor en ese animal, ni en el cuarto -que brindó a la popular bailarina Piteri-, cobró tal estocada en el sexto que fue aplaudido de forma entusiástica. Rafael también fue ovacionado en el segundo, pero no consiguió agradar en sus otros dos oponentes.
Frascuelo. Revista Sol y Sombra
Concluido el primer festejo, ambos matadores decidieron permanecer en Granada hasta el día 11. Entre tanto, por peñas y mentideros taurinos de la ciudad se fue caldeando el ambiente al extremo de picar el amor propio de los dos diestros, hasta tal punto, que realizaron el paseíllo con el firme propósito de comerse vivos a los seis astados de Saltillo que aguardaban en los corrales de la ya desaparecida plaza granadina.
Así lo refiere un historiador taurómaco: "Hasta el cuarto toro no hubo ocasión de que la rivalidad entre los espadas se pusiera de manifiesto. El bicho tomó diez varas, y Frascuelo al salir de un quite, quedó de hinojos ante el burel, ganándose la consiguiente ovación.
Entonces Lagartijo, al hacer el siguiente repitió la suerte, pero postrándose más cerca del toro y de espaldas. El público, ante el alarde, rompió en una atronadora salva de aplausos. Mas no acabó todo en eso, sino que, en un afán de superación, los dos se tendieron en la arena a una distancia increíble de la res. Los graderíos frenéticos de emoción hasta el paroxismo, tributaron a los espadas su más encendida muestra de admiración. Banderillearon colosalmente con las cortas -para complemento-, intentando Lagartijo clavarlas en silla, tentativa frustrada por las condiciones del saltillo. Una vez arrastrado el toro, el presidente les llamó al palco, reprendiendo tales métodos de ganar aplausos e invitándoles a que se ajustaran a las normas naturales de la lidia. Tal fue la emoción causada. No hay que decir que el público ya no cesó de ovacionarles toda la tarde y que salió encantado de tan memorable corrida".
Aquí arrancó una rivalidad taurina que duró veintitrés años.
Indudablemente Lagartijo arrastraba más seguidores, y por consiguiente acaparaba más interés para los empresarios.
Los madrileños, entre los que Salvador tuvo tantos adeptos acérrimos, eran mayoritariamente lagartijistas, por lo que no soportaban la ausencia de su ídolo por más de un año. Así, las campañas en las que no compareció (1879 y 1886 por ejemplo) las taquillas sufrieron serios quebrantos. En cambio cuando el de Churriana, acabada la temporada de 1880, dolorido y amargado decidió alejarse por unos años del ruedo capitalino (de 1881 a 1884 solo intervino, por un compromiso muy emotivo y personal, en la corrida extraordinaria de Beneficencia de 1882), no llegó a resentirse la economía del flamante empresario Rafael Meléndez de la Vega, sustituto del célebre Casiano Hernández, fallecido no hacía mucho.
Salvador en foto de estudio 
La última vez que Lagartijo y Frascuelo actuaron juntos fue el domingo 6 de octubre de 1889. Aquel año la plaza de la Villa y Corte ofreció uno de los abonos más interesantes, con los dos abuelos (así les denominaba entonces de manera cariñosa la afición madrileña) Mazzantini y Guerrita.
Dicho día se celebraba la corrida número trece de abono de la temporada y para ello se anunciaron tres toros con divisa encarnada, celeste y blanca de la ganadería del Conde de la Patilla, y otros tres con cintas celestes y encarnadas de la de Rafael Surga. Como sobresaliente figuró Manuel Antolín, que aquella tarde se estrenaba en la cuadrilla de Lagartijo ocupando la vacante de Torerito, alternativado el 29 de septiembre anterior. La corrida, que comenzó a las tres de la tarde, estuvo amenizada por la banda del Regimiento de Infantería de Saboya núm. 6, y presidida por el edil Enrique Benito Chavarri. Lagartijo vestía uno de aquellos ternos recamados con plata a los que tan aficionado era, acreditando con ello su buen gusto para la indumentaria torera, bordado el de dicha efeméride sobre seda de color canela. Frascuelo sacó su combinación favorita, traje grana con caireles de oro.
Por orden de lidia estos fueron los toros que en tal ocasión saltaron al redondel de la plaza madrileña: Capa-corta, Latero, Lagunero, Carpintero (un buey de Surga que fue fogueado), Cara-ancha y Coruñés, con los que, por no extendernos más, diremos solamente que ambos espadas dieron claras pruebas de su gran maestría y de las facultades físicas que aún conservaban.
Lagartijo
Esta fue, repito, la última vez que Lagartijo y Frascuelo coincidieron en un ruedo, cerrándose así una rivalidad taurina que tardaría mucho tiempo en repetirse.
Corría el año 1889 cuando Frascuelo, llena de canas su cabeza y de cicatrices el cuerpo, fatigado y deseoso de compartir con los suyos la tranquilidad del hogar, decidió dejar de torear. Al verse "solo" Lagartijo sus triunfos quedaron partidos por la mitad. Salía a las plazas apático, sin ese afán de lucha al que ya se había acostumbrado. ¿Quién iba a poner junto a sus faenas otras faenas? Y el declive que venía advirtiéndose en el califa se agravó al marcharse "su otro yo". Cuatro años después Rafael descansaba en Córdoba, donde tanto se le quería y admiraba. Otro cordobés había tomado ya el mando del toreo, Rafael Guerra Bejarano Guerrita. Pero éste, soberbio y altivo, porque podía y quería, no admitió competencias.

La rivalidad que Lagartijo y Frascuelo mantuvieron en la arena, en ningún momento empañó la admiración que recíprocamente sentía el uno por el otro, sellada con una sincera amistad. Numerosas son las citas de las que podríamos echar mano para corroborar esta doble circunstancia. Sirvan como ejemplo las dos siguientes. Convaleciente Lagartijo del percance sufrido en Madrid el 26 de junio de 1873 (el más grave de su vida taurómaca), el 13 de julio asistió desde un palco al extraordinario triunfo de Salvador, quien, vestido de azul con alamares negros, le brindó la muerte del tercer toro. Entusiasmado Rafael por la faena, envolvió su reloj de oro en un pañuelo y se lo arrojó al churrianero.

Herido Frascuelo -también en Madrid- por el toro Peluquero, bravo ejemplar de Antonio Hernández, la tarde del 13 de noviembre de 1887, corrida benéfica organizada por la Sociedad el Gran Pensamiento, acudió a interesarse por su salud Lagartijo, que nada más entrar en la habitación, le dijo: "¡Qué Grande eres!" contestándole a ello Salvador: "Como tú nadie. Tú eres el mejor torero que conocido. Delante de ti, yo me quito el sombrero, y no me quito la cabeza porque la necesito para torear".
Mascarilla del difunto Salvador
La amistad que mantuvieron en vida quedó confirmada con ocasión del fallecimiento de Frascuelo. Este había pasado la última etapa de su vida en Torrelodones, donde en más de una ocasión, por voluntad del rey, se detuvo el tren real en la pequeña estación del pueblo para que el monarca estrechara las manos del que un día fuera uno de los toreros favoritos de la aristocracia.
Aquejado de traidora pulmonía, por indicación de su yerno el doctor Porras, se le trasladó al domicilio de éste en Madrid (Arenal, 22),  y pese a los cuidados de los médicos que le atendieron, encabezados por el doctor Pérez del Hierro, el 8 de marzo expiraba uno de los más brillantes astros del firmamento taurino.
Mausoleo de Lagartijo. Cementerio Virgen de la Salud
Informado del suceso, Rafael Molina, que apenas había salido de Córdoba desde su retirada, se desplazó expresamente a Madrid para presidir el fúnebre cortejo. Cuentan, que al llegar a la sala donde yacía el cadáver se deshizo de la compañía del espada Lagartijillo y el picador Chano y entró solo. Al contemplar aquella rígida figura, cuyo enérgico rostro había labrado con hondas arrugas la gubia inexorable del tiempo, a la par que sus ojos se inundaban de lágrimas, cayó de rodillas, exclamando entre sollozos: "¡Pobre Salvaor!"… ¡Tanto luchá pa esto!”
Sin levantarse rezó durante largo rato, agarrotadas sus manos a las del Negro (como cariñosamente se le motejó) y la vista clavada en el compañero de tantas y tantas tardes de gloria. Allí estaban los dos frente a frente de nuevo, después de siete años de alejamiento. Pero en esta ocasión sin rivalidades ni rumor de clamores, en silencio. Hubo necesidad de sacar a Rafael del aposento, y sin que apenas le saliese la voz del cuerpo repetía una y otra vez: "¡Pobre Salvaor!... "¡Pobre Salvaor!...”
Así correspondió el califa con el único rival verdaderamente auténtico que había conocido en su larga ejecutoria profesional.
Rafael Molina Sánchez Lagartijo y Salvador Sánchez Povedano Frascuelo, no cabe la menor duda, llenaron uno de los periodos más sobresalientes y emotivos de cuantos ha conocido la densa historia de la tauromaquia.

Del libro LAGARTIJO EL GRANDE, CENTENARIO DE UN CALIFA DEL TOREO, del que es autor Rafael Sánchez González, editado por El Semanario La Calle de Córdoba en el año 2000.

sábado, 21 de julio de 2018

PLAZA DE TOROS DE LOS TEJARES

Por Rafael Sánchez González

Plaza de toros de la Carrera de los Tejares en Córdoba
Córdoba tiene sobradamente reconocida su arraigada tradición taurina, y de aquí han salido relevantes figuras de la tauromaquia que dieron gloria y fama a la tierra que les vio nacer, entre cuyos habitantes prendió muy pronto la afición a la Fiesta de los toros, para cuyo desarrollo se han venido utilizando diversos lugares de la ciudad hasta desembocar en el coso de Los Tejares, y después en el actual de Los Califas.

El documento más antiguo que a tal respecto ha llegado hasta nosotros data de 1493. Se refiere a una función “en honor y divertimento del Príncipe Don Juan” (único hijo varón de los Reyes Católicos), en la que se corrieron dos toros en el Alcázar de los Reyes Cristianos, residencia de Isabel y Fernando durante sus prolongadas estancias en Córdoba. El lugar donde debió desarrollarse esta función, según historiadores consultados, cabría situarlo en lo que hoy es el Campo Santo de los Mártires, que, integrado entonces en dicho conjunto, correspondía a lo que en los castillos y demás fortificaciones de esta índole se conoce como el patio de armas. 
Alcázar de los Reyes Cristianos, lugar de la primera función taurina de Córdoba.
A partir de aquella fecha se celebraron festejos taurinos en varias plazas -públicas o instaladas para dicho fin- situadas en diferentes puntos de la capital, mereciendo destacarse la Plaza de la Corredera y las que en distintas ocasiones se alzaron en el Campo de la Merced. Pero molestos los cordobeses por la circunstancia de tener que levantar y desmontar aquellos circos taurinos que se ubicaban en el arrabal contiguo al Convento de los Mercedarios, a iniciativa de Juan Manté, industrial tipográfo y aficionado, se constituyó una sociedad encaminada a la construcción de una plaza de toros con carácter permanente. Así, bajo la dirección del arquitecto Manuel García del Álamo, en 1844 dieron comienzo las obras sobre terrenos adquiridos a José Severo García en la llamada Huerta de Perea, situada en la Carrera de los Tejares. De ahí su nombre. 

Plaza de la Corredera, donde se celebraron festejos taurinos.
La plaza tenía forma poligonal de 16 lados, con tres pisos (palcos, gradas y tendidos) y una capacidad inicial de 8.278 espectadores. El redondel medía 52 metros de diámetro y el callejón una anchura de 1,50. Contaba con las correspondientes dependencias de toriles, con 10 chiqueros y dos corrales, patio de caballos, desolladero, enfermería, cuarto para monturas, cuadras, vivienda para el conserje, ambigú y dos taquillas.

Vista aérea de la plaza de Los Tejares de Córdoba
Aún cuando oficialmente se inaugurase en septiembre de 1846, los primeros espectáculos se dieron con motivo de la Feria de Nuestra Señora de la Salud de aquel año, los días 31 de mayo, 2 y 3 de junio, haciéndose constar en los carteles la siguiente nota: “La Sociedad dueña de la plaza previene al público que por la premura de tiempo no han podido concluirse los trabajos de la misma; sin embargo, se hayan habilitadas todas las localidades, si no con el lujo que deberán estar en adelante, a lo menos con la seguridad y comodidad consiguientes”.

En los citados días se celebraron tres corridas, lidiándose 24 toros -ocho en cada festejo- pertenecientes -a partes iguales- a las ganaderías de don Plácido Comesaña, de Sevilla (divisa morada y blanca), procedente de la que fuera de don Vicente Márquez;  don Manuel Siguri, de Sevilla (celeste y negra); don Manuel Suárez, de Coria (rosa y morada) y don Francisco Escobedo, de Martos (con cintas verde y azul).
Los toreros encargados de su lidia y muerte fueron el sevillano Juan León, el famoso Cúchares (Francisco Arjona), de Madrid, y nuestro paisano Antonio Luque El Camarada -que más tarde se anunciaría Camará- cuando aún no había confirmado su dudosa condición de matador de toros.

Cartel del último festejo celebrado
en Los Tejares.Taberna San Cristóbal
Como ya hemos apuntado, la inauguración oficial de la plaza de Los Tejares aconteció en septiembre, el día 8 festividad de la Virgen de la Fuensanta, cuya tarde, el arrogante Chiclanero (José Redondo) y aquel madrileño al que protegiera el espada Roque Miranda Rigores, llamado Isidro Sánchez Barragán, estoquearon ocho astados de doña Isabel de Montemayor (oriundos de Lesaca). Al día siguiente, los mencionados diestros se las entendieron con otros ocho bureles de don José Arias de Saavedra.
Ocurrió que veinte años después, el 15 de agosto de 1866, al término de una novillada y de manera fortuita se produjo un gran incendio que destruyó todo el maderamen, principalmente de gradas y tendidos. Tras la oportuna reconstrucción, dirigida por el arquitecto Amadeo Rodríguez, la plaza fue reinaugurada el 20 de enero de 1868, dándose un cartel netamente cordobés. Con toros de don Rafael José Barbero, actuaron, mano a mano, Rafael Molina Lagartijo y Manuel Fuentes Bocanegra -superadas ya sus particulares rencillas familiares-, quienes rivalizaron en valor y destreza ante el beneplácito de sus paisanos.

Posteriores reformas posibilitaron un aforo que rebasaba los diez mil espectadores, pero no lograron que el coso ganara en comodidad. Esta circunstancia y la lógica especulación del suelo propiciaron su demolición, comenzando el derribo en agosto de 1971. 

A tres novilleros, El Puri, Antonio Sánchez Fuentes y José María Susoni, les cupo el honor histórico de realizar el último paseíllo sobre el albero de Los Tejares el 18 de abril de 1965, para lidiar astados de doña Enriqueta de la Cova.
No haría falta indicar que numerosos acontecimientos, de muy distintos signos y diversa índole, tuvieron por escenario el ruedo del desaparecido recinto taurino. Si acaso, recordar que Antonio Carmona El Gordito fue el primer torero que recibió la alternativa en esta plaza (8/6/1862), cerrándose la nómina de doctorados con Manuel Cano El Pireo, el 26 de septiembre de 1964.  

Marco de azulejos en el lugar que ocupó la antigua plaza cordobesa
Añadir, la acertada decisión del Departamento de Cultura y Educación del Ayuntamiento de Córdoba, de conmemorar el 150 aniversario de la inauguración oficial de la plaza de toros de Los Tejares, colocando el año 1996 un marco de azulejos en el lugar donde se construyó el coso. Allí se desarrolló gran parte de la densa y brillante historia de la tauromaquia cordobesa.                                            

sábado, 19 de mayo de 2018

EL ARTE DE CÚCHARES

Por Antonio Luis Aguilera
Curro Cúchares
El 19 de mayo se cumplen doscientos años del nacimiento de uno de los toreros más significativos del siglo XIX, Francisco Arjona HerreraCurro Cúchares”, el espada que poniéndose por montera los cánones del toreo de su tiempo, colocó a la muleta en el muelle de partida hacia un nuevo puerto, para que dejara de ser la azafata de la espada y navegara rumbo a una tauromaquia distinta, donde habría de tener su propio tercio y desarrollar una expresión artística entonces impensable.  

Placa en la calle Huertas de Madrid
Aunque se le considera sevillano, por haber residido en la ciudad hispalense desde muy temprana edad, "Curro Cúchares" nació en el número 6 de la calle Huertas de Madrid el día 19 de mayo de 1818, siendo bautizado en la Parroquia de San Sebastián. Era hijo del banderillero Manuel ArjonaCosturas”, que sin lograr gran relieve en el toreo estaba orgulloso de ser pariente de Joaquín Rodríguez "Costillares", y de María Herrera, hermana del famoso espada Francisco Herrera Rodríguez Curro Guillén”. Falleció el 4 de diciembre de 1868 en La Habana (Cuba), donde había acudido a cumplir varios contratos, víctima de la fiebre amarilla o vómito negro, siendo sus restos repatriados a Sevilla, donde recibieron sepultura en la iglesia del torerísimo barrio de San Bernardo, a los pies del Cristo de la Salud. Fue padre del matador de toros Francisco Arjona ReyesCurrito”.

      La infancia de “Curro Cúchares” transcurrió en los aledaños del matadero de Sevilla, donde su padre trabajaba de empleado. Como tantos otros aspirantes a alcanzar la gloria del toreo, allí fue donde recibió las primeras lecciones con las reses destinadas al abasto público. En 1831, contando doce años de edad, por mediación de su madre, ingresó como alumno en la efímera Escuela de Tauromaquia de la ciudad de la Giralda (1830-1834), dirigida por el histórico espada Pedro Romero, que era asistido por el chiclanero Jerónimo José Cándido, en calidad de segundo maestro, y de la que también fueron alumnos destacados  Francisco MontesPaquiro” y Manuel DomínguezDesperdicios”.

        Francisco Arjona actuó por primera vez en Madrid en 1839, como banderillero a las órdenes de Juan León. Posteriormente, en calidad de medio espada lo hizo en los años 1840 y 1841, siendo su presentación el 27 de abril de 1840, con toros de Veragua y doña Manuela de la Dehesa, junto  a Juan Pastor “El Barbero”. Como primer espada se anunció a partir de 1842. No hay constancia de que ningún toro lo hiriera de gravedad en su extensa carrera, donde destaca la rivalidad que mantuvo con José Redondo Domínguez “El Chiclanero”.  

       Entre algunos aficionados existe la creencia de que el toreo primitivo debió ser aburrido, por la economía de pases de muleta que imperaba para preparar al toro a la muerte, al ser la estocada la suerte más valorada, a la que estaba dirigida toda la lidia. Pero no debió de ser así, porque la lidia gravitaba sobre el toreo de capa, donde adquiría protagonismo el tercio de varas -aún no existían los petos-, que albergaba gran cantidad de quites de riesgo, para alejar a los toros de los picadores en peligro, de ahí el nombre de quite, y también los artísticos, donde los espadas buscaban lucirse con verónicas, navarras, tijerillas, aragonesas, recortes, galleos, saltos sobre el testuz o de la garrocha. Y por supuesto, el tercio de banderillas, donde la capa era necesaria como hoy, para mover al toro y colocarlo en suerte.

        Este es el escenario de la lidia a mediados del siglo XIX, cuando el toreo de muleta va a empezar a cobrar relieve gracias a Francisco ArjonaCurro Cúchares”, que ignorando la preceptiva de su época, se la echa a la mano derecha, de uso exclusivo para la espada, y decide “alegrar la función” realizando un trasteo primitivo, que los ortodoxos condenaron por considerarlo una profanación del arte de torear, un acto de cobardía donde el matador buscaba restar fuerza al toro para aliviarse en la suerte de recibir.

Francisco Arjona Herrera
Pero el pueblo llano, que siempre fue a los toros a emocionarse, no a pasar un mal rato como los puristas de todas las épocas, recibió con agrado la inventiva del espada que liberaba a la muleta de las normas que la encorsetaban, y decidió llamar al toreo el “arte de Cúchares”, en honor del matador que dio el primer paso, que históricamente resultaría trascendental, hacia una tauromaquia distinta. De esta forma, saltándose a la torera las normas que impedían su desarrollo, Francisco Arjona demostró que la muleta podía adquirir tanto o más protagonismo que la capa, y que su uso daría origen a nuevas suertes, que refinarían y engrandecerían el arte de torear, cambiando incluso la gravitación de la lidia del tercio de varas al de muleta, donde este trebejo iba a servir para mucho más que fijar al toro en la estocada. 

Le llamaron ventajista, marrullero y hasta títere, pero Arjona, llevando adelante su empeño de “alegrar la función”, desbrozaba el camino y hallaba un sendero lleno de posibilidades para engrandecer el arte de torear, demostrando con su iniciativa que donde antes solo cabían dos pases, luego cabrían veinte, treinta o muchos más, porque con la tela sujeta al palillo quedaba todo por descubrir. Además, para que “el arte de Cúchares” pudiera desarrollarse fue necesario un toro más bravo, que los ganaderos buscaron y encontraron.  No se equivocó, pues, el pueblo sencillo, la gente llana, cuando, ignorando a los escolásticos de su tiempo, llamó al arte del toreo con el apodo del espada a quien recordamos al cumplirse dos siglos de su nacimiento. En cuanto al origen del apodo del célebre torero, según el historiador Fernando Claramunt, parece ser que "Costuras", padre de "Cúchares", vendía cucharas de madera por las calles, y del pregón de su mercancía pudo venir el apodo que heredó el hijo.

Francisco Arjona "Currito"
También se cumple en la fecha de este natalicio, pero cuarenta y nueve años más tarde, la efeméride de la alternativa que "Curro Cúchares" otorgó a su hijo Francisco Arjona ReyesCurrito”, matador de toros que como su padre también nació en la capital del reino. El doctorado tuvo lugar en Madrid el 19 de mayo de 1867, con el toro “Serranito”, de la ganadería del Marqués de Ontiveros.