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sábado, 14 de diciembre de 2024

REEDICIÓN DE DOS GRANDES LIBROS TAURINOS

Por Antonio Luis Aguilera

 

La editorial sevillana y cordobesa El Paseíllo ha reeditado dos grandes libros taurinos: «Historia del toreo de Néstor Luján, y «Los heterodoxos del toreo», de José Alameda. Además, según informan sus responsables, tienen el proyecto de perseverar esta política empresarial para rescatar otra obra de culto de José Alameda, «El hilo del toreo», agotada desde hace años y que ha alcanzado altos precios en el mercado de segunda mano, lo que evidencia el interés que levanta en muchos aficionados que anhelan conseguir este libro magistral, para conocer de primera mano el extraordinario relato que traza el escritor madrileño exiliado en México, un erudito que supo explicar como nadie el curso del arte de Cúchares, en su sinuoso y apasionante recorrido hacia el toreo moderno.   

Néstor Luján (Mataró 1922-Barcelona 1995) estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona, fue crítico de toros en la revista Destino y conocido por sus libros de Historia y Gastronomía, además de haber publicado varias novelas. En 1954 apareció su “Historia del toreo”, excelente obra con ameno y sutil relato, donde el escritor catalán inicia su explicación en las circunstancias sociales que en 1700 originaron el nacimiento del toreo a pie, así como su primera ordenación con diestros considerados primitivos, como los Palomo y los Rodríguez de Sevilla; José Cándido de Cádiz y los Romero de Ronda, estableciendo un discurso salpicado de anécdotas y hechos curiosos, que llega hasta la década de los sesenta del siglo XX, con Antonio OrdóñezEl Viti y El Cordobés. Este libro que ahora ve nuevamente la luz, fue editado por Ediciones Destino, y tal fue su aceptación entre los lectores que consiguió tres ediciones, la última en 1993. 


En cuanto a la segunda obra, hemos de comenzar afirmando que son muy pocos los escritores que han pensado y comprendido la historia del toreo como Carlos Fernández López Valdemoro -José o Pepe Alameda- (Madrid 1912-Ciudad de México 1990), que tras licenciarse en Derecho en Madrid, por razones políticas marchó exiliado al país azteca en 1939, donde por sus conocimientos y experiencia como aficionado práctico -llegó a tentar con Juan Belmonte- fue conocido como El Maestro. Allí desarrolló una excelente labor como crítico y escritor taurino en radio, prensa y televisión. En «Los heterodoxos del toreo» (1979), el autor dedica una cruda introducción, que rotula como “la olla podrida de la crítica”, para denunciar un fenómeno específico de España, el sector de la crítica “terrorista" que tanto influjo negativo tuvo no hace tantos años en nuestra nación.

 Alameda inicia su relato con esta certera reflexión: 

«Si no hubiera hombres capaces de jugarse la vida frente a un toro, no habría corridas ni, por consiguiente, crítica taurina.

¿Cómo se ha podido llegar a la monstruosa deformación de que un sinvergüenza provisto de una pluma viva de insultar a quienes, con su arrojo, le dan la posibilidad de existir “profesionalmente”?

Todo el respeto para el que respeta, todo el desprecio para quienes empiezan por no respetar a la fiesta de los toros…».

Seguidamente, el lector se adentrará en un ameno ensayo, donde el  autor explica con conocimiento de causa el papel que desempeñaron en la historia espadas considerados diferentes, y por tanto cuestionados, advirtiendo que «… al torero no hay que preguntarle, hay que verlo, sabiéndolo ver, sin dejarse engañar por la corriente del toreo, donde se marea el que mira si en vez de atraparla mentalmente permite que se lo lleve el río». En su estudio de los diestros considerados heterodoxos, el escritor madrileño invita a analizar las figuras de CúcharesEl EsparteroReverteEl GalloBelmonteCarmelo PérezLa SernaArruzaProcuna, y El Cordobés, concluyendo con una llamada donde subraya la importancia histórica de los grandes toreros ortodoxos, “como cimiento y cúpula de esa rara hazaña de tres siglos que se llama el arte de torear”. Dice así:

«A pesar de la literatura belmontista (que, de hecho, es contra Gallito), la figura de José emerge y se robustece cada día. A pesar de la literatura antimanoletista (esta sí, declarada), no se desdibuja el perfil de Manolete.

Ya que hemos juntado sus nombres, obsérvese la coincidencia: solamente cubrieron ocho temporadas cada uno. Gallito, del 12 al 20; Manolete, del 39 al 47. Meses más, meses menos, pues la temporada de la alternativa y de la muerte son en ambos incompletas. Corto tiempo para tan honda huella».

A la amplia oferta de Editorial El Paseíllo se añaden ahora estos dos excelentes libros taurinos, ideales para aquellos aficionados que anhelan profundizar su formación con los grandes autores de la historia del toreo. 

 

 

miércoles, 9 de agosto de 2023

¿INDIFERENTE EL TORERO QUE MÁS GENTE LLEVA A LAS PLAZAS?

Por Antonio Luis Aguilera

Andrés Roca Rey. Foto Arjona

Sentenció «Manolete» que los pleitos de los toreros deben resolverse en los ruedos. Fue en los inicios del acoso que hubo de sufrir en su último año, en la tormenta orquestada por la prensa influyente y algunos toreros españoles, que finalmente se desencadenó en las postrimerías del mes de agosto en la plaza de Linares. Los intrigantes de aquí decidieron romper el convenio taurino con México, para cortar las alas a dos pájaros que resultaban demasiado molestos, porque volaban más alto que todos los demás. Así, rotas las relaciones entre ambos países, con esa carambola Carlos Arruza no torearía en España ni «Manolete» en México, donde fue feliz profesional y personalmente, y tan honda huella dejó en aquella admirable afición. 

En el invierno de 1947, al regreso del último y triunfal viaje por tierras aztecas, le informaron de las declaraciones de Pepe Luis Vázquez para saber qué pensaba. El sevillano lo había retado a matar varias corridas duras en plazas incómodas, estrategia que por la timidez de su carácter es de suponer que fuera de Marcial Lalanda, su apoderado, quizás en complicidad con Gregorio Corrochano, el más influyente de los críticos de entonces, como pareció resolverse poco después, cuando en abril llamó banquero al espada cordobés, en la crónica de una corrida de Miura de la feria de Sevilla que no toreaba el espada ofendido, por recibir un brindis de su compadre «Gitanillo de Triana». Tanto Marcial como Domingo Ortega no aceptaron, ni muerto «Manolete», el relevo generacional en la capitanía del toreo impuesto por el torero cordobés, quien, con la elegancia que le caracterizaba, contestó a la prensa que  Pepe Luis lo habría retado a comer almejas, que sabía que le gustaban mucho, para de esta forma no herir a su admirado compañero, que retos a un lado, desde la temporada de 1942, por no aguantarle el pulso, había dejado de ser su rival en los ruedos.

Sevilla, 1945. Manolete, Pepe Luis y Carlos Arruza.
"La feria de las taleguilas rotas"

Hemos rememorado este capítulo de la historia ante las inoportunas declaraciones de Alejandro Talavante sobre Andrés Roca Rey. Según el extremeño, torear con Roca Rey, el espada que actualmente lleva más gente a las plazas, le resulta indiferente. Dicho de otra forma, que le da igual torear la tarde que más dinero se ingresa en taquillas. ¿De verdad? No conforme con tan desafortunada afirmación, añadió «que es muy positivo toda la gente que está arrastrando, pero esa gente joven necesita también una educación taurina». 

Brindis de Talavante a Roca Rey

Días después, al coincidir ambos en los ruedos, vinieron los brindis de torero a torero. Primero fue el peruano, que debió «agradecer» al extremeño sus «entrañables» palabras; después, ante las cámaras de televisión, el de Alejandro, donde debió argumentar que sus palabras se habían mal interpretado, que lo admiraba mucho como torero, y esas lisonjas que se suelen decir tras meter la pata. Porque no deja de ser una inoportuna metedura de pata hablar tan despectivamente de quien, de momento, «corta el bacalao» y manda en el toreo. Algo que debiera considerar con más prudencia Alejandro, que desde su vuelta a los ruedos busca sin encontrar al Talavante que no se le adivinaba techo y dejó de torear hace años en Zaragoza, al parecer, por no ser atendidas sus pretensiones económicas, esas que con seguridad desde su regreso no puede ingresar con las taquillas del «educado» público que acude a sus actuaciones. 

Manuel Benítez "El Cordobés"

Llevaba razón «Manolete». Donde tienen que hablar los toreros es en el ruedo y ante el toro. Ahí es donde impondrán condiciones los que sean capaces de pilotar el tren del toreo, de ser la locomotora que tira de los vagones, en palabras de Manuel Benítez «El Cordobés», ese genio que mientras imponía a las empresas no cobrar menos de «un kilo» por tarde, elevaba al doble los honorarios del maravilloso elenco de toreros de los años sesenta, un buen ramillete de primeras figuras que se benefició de los llenazos del «melenas», ese pedazo de torero al que los muñidores de la ortodoxia ridículamente llamaron «payaso», ofensa que no tuvo la menor influencia en las legiones de seguidores que arrastró todas las tardes, desde 1963 a 1971, por todo el planeta de los toros.

Andrés Roca Rey

La historia permite observar con perspectiva la diferencia entre la fuerza taquillera de los espadas que llevan a las plazas a los «aficionados educados taurinamente», «los que caben en un autobús», según «Jesulín de Ubrique», y los que llevados por la pasión arrasan las taquillas, para seguir a esos toreros que, gusten o no, con más o menos arte, tienen  recursos y valor para pisar todas las tardes esa línea roja de la que hablaba Paco Ojeda, ese sitio donde queman las zapatillas y transmite de inmediato la emoción a quienes de otra forma no habrían ido a las plazas. Queremos decir que si los seguidores de Roca Rey, que además de tener un valor descomunal domina todas las suertes y torea magistralmente, son personas jóvenes, pues mucho mejor, porque una vez dentro de las plazas tendrán ocasión de aprender y perfeccionar sus conocimientos. Igual que nos ocurrió a todos. 

Francisco Arjona Herrera "Curro Cúchares"

Nadie nace sabiendo. Mucho menos los intríngulis y emocionantes modos de expresar el arte de Cúchares, torero a quien también los ortodoxos de su tiempo llamaron «ventajista», es decir, truculento,  por echarse la muleta a la mano derecha, entonces de uso exclusivo de la espada, para «animar la función», en palabras textuales del propio Curro. Curiosamente, de aquella licencia mal vista por los ortodoxos, «animando» a las gentes que según los educados taurinamente había que formar, por aquel desbordante entusiasmo popular habría de empezar a desarrollarse el toreo de muleta. Con razón el pueblo llano, que es bastante más listo de lo que suponen algunos sabios entendidos, acabó bautizando el toreo como «el arte de Cúchares».   

martes, 4 de abril de 2023

LA PASIÓN NO DEBE ECLIPSAR LA OBJETIVIDAD

Por Antonio Luis Aguilera 

Escultura de Juan Belmonte en Triana.
Obra de Venancio Blanco

No es fácil estudiar a fondo la historia del toreo. Como todos los estudios, requiere objetividad, cualidad que por lo difícil que resulta armonizar con la pasión no han sabido aplicar muchos de los escritores. Un siglo después de la competencia de José, Juan y Rodolfo el grandioso torero mexicano que trajo de cabeza a «Joselito» y todos dejan fuera del relato—, se sigue discutiendo sobre la «paternidad» del arte del toreo, como si el toreo hubiera tenido un solo padre. Hay aficionados que les encanta expedir partidas de nacimiento del registro civil que solo existe en su imaginación. ¿Así las cosas, a qué padre se refieren cuando tratan de explicar el toreo anterior a «Gallito», Belmonte y Gaona?

¿O es que no existió el arte de «Cúchares», como la sabiduría popular llamó con acierto al nuevo modo de hacer de Francisco Arjona Herrera, cuando el madrileño tenido por sevillano se echó la muleta a la mano derecha —reservada exclusivamente para el uso del estoque—, y marcó el punto de partida del desarrollo creativo de la lidia, ese arte que la gente llana inmortalizó con su apodo? ¿O acaso no existió manifestación artística en el toreo del también madrileño Cayetano Sanz, a quien se atribuye la invención del lance de frente por detrás —que refinaría Gaona de tal forma que sería conocido por su apellido—, y de quien se escribió que dio siete naturales seguidos? ¿Y si la palabra arte la sustituimos por elegancia, acaso no es «Lagartijo» el que pone a todos de acuerdo en el refinamiento que aportó a las suertes del toreo el inolvidable espada cordobés? ¿No fue el señor Fernando «el Gallo», padre de la célebre dinastía formada por Rafael, José y Fernando, el espada del que todos los toreros de su tiempo decían que por la belleza de su arte daba gusto verlo torear? Sirvan estos ejemplos para afirmar que cada época tuvo su toro, su torero y su público. Y por supuesto, su manifestación artística, condición sin la que el toreo no habría apasionado a tantas generaciones de españoles, que con rotunda seguridad no habrían pagado una entrada para presenciar labores exclusivas de matarifes.

Recorte del señor Fernando «el Gallo» en la plaza de Madrid

Pero centrándonos en quienes pretenden expedir la partida de nacimiento «al arte del toreo» en un imaginario registro civil, sorprenden las declaraciones del catedrático y filósofo Francis Wolff, recogidas en el diario ABC del 22 de marzo, donde el prestigioso aficionado francés señala la fecha del 11 de abril de 1913 como punto de partida artística de la Tauromaquia, cuando el «Pasmo de Triana» intercaló varias verónicas sin enmendar la plana en la plaza de toros de Madrid: «Juan Belmonte es el inventor del toreo como arte. Aquello se consideró una “revolución belmontina”. Y lo fue porque sus innovaciones se impusieron como cánones hasta hoy».

Juan Belmonte torea por verónicas en Madrid

Pensamos que nadie en su sano juicio puede cuestionar el singular magnetismo del toreo de capa de Belmonte. Con razón recurrieron a la hipérbole para calificarlo y le llamaron «Terremoto», pues era tal la fuerza telúrica de ese toreo que fue considerado como un «fenómeno», porque por primera vez, tras reducir las distancias con el animal, el torero conservaba su terreno para ejecutar la verónica como nadie lo había hecho, cuadrando el capote para que el toro lo tomara como una golosina, donde Juan lo envolvía en un temple portentoso que lo traía, llevaba y sujetaba para repetir la suerte, resolviendo con el gozne de un giro de muñeca que lo conducía hasta detrás de la cadera, proclamando así la ligazón del lance a la verónica.

Esa fue la clave: la forma de hilvanar los lances a la verónica, con un acento personal único e intransferible, y la manera de rematar con media verónica escultural, liándose el toro a la cintura, que liberaba la emoción en los tendidos y provocaba el jubileo universal de la plaza ante ese toreo nuevo, excepcional por su temple y por la quietud del torero en la ejecución de la suerteY del magnetismo de aquel toreo y la locura provocada por la emoción levantada, vino la repercusión literaria del personaje, en una carrera de ditirambos donde compitieron por no quedarse atrás los intelectuales y los revisteros de la época, que fue consensuada sin mucho rigor con la proclamación del «padre» del toreo moderno. No del toreo de capa moderno, sino del toreo en toda la extensión de la palabra.

El toreo de muleta de Juan, en la pintura de Adolfo Durá Abad

Juan Belmonte fue un genio que por torear más cerca y disputarle los terrenos al toro de su tiempo, más seleccionado y con mayor fijeza, que ya empezaba a consentir que le disputaran su terreno, permitió que pudiera revelar el temple el trianero, su portentosa virtud, definitiva para  expresar un hondo sentimiento artístico, tan extraordinario que aún parece latir en las fotografías que recuerdan su paso por el toreo. Como decía el propio torero: «Para mí, aparte de las cuestiones técnicas, lo más importante en la lidia, sean cuales sean los términos en que ésta se plantee, es el acento personal que en ella pone el lidiador. Es decir, el estilo. El estilo es también el torero. Se torea como se es. Esto es lo importante: que la íntima emoción traspase el juego de la lidia: que al torero, cuando termine la faena, se le salten las lágrimas o tenga esa sonrisa de beatitud, de plenitud espiritual, que el hombre siente cada vez que el ejercicio de su arte, el suyo peculiar, por ínfimo o humilde que sea, le hace sentir el aletazo de la Divinidad».

Sin embargo, los panegiristas del torero omiten que Belmonte no cambió el planteamiento del antiguo toreo de muleta. Sus faenas se desarrollaban según las normas clásicas, con el diestro en los terrenos de adentro y el toro en los de afuera, la misma preceptiva anterior, y consistían en pases por alto, un natural ligado con el de pecho con la misma mano, molinetes, faroles y desplantes, con la diferencia que al ceñirse más con el toro, al torear más cerca y empaparlo de muleta, conseguía sujetarlo al terminar el pase, pues el animal no abandonaba la suerte en línea recta, sino que al ir toreado comenzaba a describir una línea curva, y como el torero permanecía en los terrenos de adentro, para no quedarse fuera de cacho entre pase y pase, no tenía más remedio que cruzarse en busca del pitón contrario, mientras el toro en su trayectoria entre pases por las afueras iba describiendo ochos en la arena.

«Chicuelo» inmortaliza a "Dentista" en México el 25/10/1925

La ligazón del toreo de muleta vendría posteriormente con «Chicuelo», que toreando en la distancia establecida por Belmonte, y sujetando de igual forma al toro, al curvarse el animal al final del muletazo, en lugar de irse al pitón contrario, para torear por los terrenos de afuera, resolvió el problema girando sobre su eje para permutar los espacios y así, al dejar al toro pasar por adentro, ligar el siguiente muletazo. Y como lo hizo con la muleta en la mano izquierda, en lugar de la combinación del toreo anterior del natural ligado con el de pecho con la misma mano, el genio de la Alameda de Hércules enseñaba que con la alternancia de espacios se ligaban los pases naturales en series.

«Chicuelo» cambia el toreo en España la tarde del 24/5/1928

«Chicuelo» versificó el toreo moderno agrupando los pases de muleta en series como los versos lo hacen en estrofas. Manuel Jiménez Moreno, poseedor de una gracia y expresión artística simpar, fue el inventor de la faena moderna. Una faena que en su evolución requirió la selección de un toro distinto al del siglo anterior, el ceñimiento de las distancias de Belmonte, la ligazón revelada por «Joselito», esa que tras la tarde de Talavera de la Reina continuó y embelleció «Chicuelo» puliéndola con su arte. Años después vendría «Manolete», que con su valor, regularidad y solemnidad la consagraría definitivamente como la arquitectura que habría de acoger cualquier expresión artística. Así las cosas nos preguntamos: ¿Y con la muleta, no hubo «inventores» del toreo como arte?

domingo, 20 de noviembre de 2022

LUPE «CONTARÁ» LA HISTORIA

Por Antonio Luis Aguilera 

Paco Laguna, a la derecha, con los miembros de la mesa 
de presentación de su nueva obra. Foto José L.Cuevas

El pasado día 16 fue presentado en el Círculo de la Amistad de Córdoba el libro «Manolete: Leyenda viva en Villa del Río», cuyo autor es Francisco Laguna Menor. La obra, vigésima primera del extenso catálogo de este autor ecijano, que ha sido editada con lujo de detalles por la Diputación Provincial de Córdoba y el Ayuntamiento de Villa del Río, ofrece abundante información gráfica e interesantes documentos inéditos en las 400 páginas que proponen un recorrido por la vida del diestro cordobés, donde se pone en valor su huella como «rey del toreo» de la década de los años cuarenta del pasado siglo.

La huella de «Manolete» en el toreo no ha perdido actualidad, como lo demuestran sus fotos al ser comparadas con las de espadas de su tiempo y otros anteriores. Es un toreo que no está anticuado, a pesar de los 75 años que se han cumplido de su muerte, y su influencia, definitiva en la arquitectura del moderno, proclama a Manuel Rodríguez Sánchez como uno de los mejores toreros de la historia del «arte de Cúchares» —con permiso de los ditirambos que proclaman a un torero de nuestros días como «el más grande de la historia»—, esa que magistralmente fue redactada por otros grandes espadas, que no lo fueron menos en sus épocas, como Francisco Arjona Herrera «Curro Cúchares», Rafael Molina «Lagartijo», Rafael Guerra «Guerrita», José Gómez «Gallito», Juan Belmonte, Manuel Jiménez «Chicuelo», Manuel Benítez «El Cordobés», Paco Ojeda, o José Tomás Román Martín, por citar algunos ejemplos.

Los aficionados cabales saben bien que cada tiempo tuvo su toro —los ditirambos también han proclamado este año al mejor ganadero de la historia—, sus toreros, su toreo, su público y sus propias circunstancias históricas y sociales. Y no olvidan que para que hoy se toree de la forma que se hace, fue indispensable el maravilloso y generoso magisterio, entre otros, de los maestros mencionados, además del sagrado testimonio de entrega, valor, dolor y sangre de una inmensa nómina de honorables toreros que nadie recuerda. «Amén de los amenes», habría añadido José Álvarez «Juncal»

«Manolete» y «Lupe Sino». Foto José María Lara

En la documentada obra de Paco Laguna, que ha investigado como pocos la vida e historia de Manuel Rodríguez Sánchez, también se recogen fotografías de los informes de la Jefatura Superior de Policía de Madrid sobre la conducta de Antonia Bronchalo Lopesino, la novia del torero, su inclinación política y la de sus padres, por supuesto redactados con el desprecio propio de su tiempo para los sospechosos de ser «rojos», su anterior matrimonio con un militar republicano, y la pretendida prohibición para que acompañara al espada a México. Pero «Manolete», elegante y valiente en la plaza y fuera de ella, defendió a la mujer con la que convivió durante más de tres años, y consiguió que lo acompañara al país hermano, donde nadie fisgaba en la vida de nadie, como en la España de la perturbadora posguerra, aquella represora en blanco y negro como los fotogramas del «NODO» que obligatoriamente prologaba todas las sesiones de cine.

Informes policiales a un lado, la documentación que ofrece este libro corrobora que «Manolete» y «Lupe» vivieron adelantados a su tiempo, a pesar de saberse «señalados» por «saltarse a la torera»  las normas de la cruzada Iglesia-Estado, donde de forma tan severa se combatían, además de otros frentes ideológicos, los pecados  que eran considerados inmorales e indecentes socialmente, como convivir con una mujer sin estar casados —otros tapadillos, como las habituales «queridas» de los ricos, o las «sobrinas» de los curas con hijos de increíble parecido al clérigo, eran silenciados de salir a la luz por tratarse de «debilidades humanas»—.

Antes de comenzar el acto de presentación del nuevo trabajo de Paco Laguna se nos acercó un señor que no conocíamos, que se identificó como Antonio Estévez Reyes y nos mostró su satisfacción por conocernos personalmente, al ser lector de «Plaza de la Lagunilla», blog que sigue por ser un apasionado del inolvidable torero cordobés. Nos informó que es autor de trabajos literarios, siendo su última novela «Cuando no exista el mañana», y nos adelantó que lleva varios años documentando y preparando la biografía de «Lupe Sino», que novelada editará la próxima primavera, donde Antoñita —como siempre la llamó «Manolete»— la guapísima alcarreña que tan feliz lo hizo, será quien narrará en primera persona su historia con el torero, la férrea oposición del entorno profesional y familiar, así como su vida antes y después de conocer a quien consideró el gran amor de su vida.

Antoñita y Manolo. Foto Santos Yubero (1947)

Nos sorprendió gratamente la información que nos facilitaba Antonio Estévez. También las fotografías inéditas que nos mostró de la protagonista de su próxima obra, tratadas con aplicaciones informáticas que las convierten en magníficas instantáneas a todo color, que sin duda resaltan la belleza de la mujer que enamoró a «Manolete». Nos habló de la importante documentación recopilada, los valiosos testimonios de familiares y amigos de España y México, y la colaboración con el proyecto de José María Lara, hijo del autor del mismo nombre del libro «Manolete, yo me mando», editado por Bellaterra en 2017 y prologado por Orson Welles, una de las escasas obras donde se habla sin tapujos de las personas y hechos que llevaron al fatal desenlace a un hombre hastiado del toreo, ante el inmoral acoso de la prensa influyente y su cruel repercusión en el público, y triste por la obstinada cerrazón de su madre a que formalizara su relación con Lupe, boda que definitivamente estaba prevista para el mes de octubre de 1947 en Barcelona, como reveló el torero al periodista don Antonio Bellón la noche antes de morir, mientras viajaban desde Manzanares a Linares, para pedirle que convenciera a su madre, al considerarlo la única persona capaz de hacerlo y llevarla a esa ceremonia.

Con gran interés aguardamos la nueva obra sobre el torero del que más libros se han escrito en la historia. Ahora será la pluma de Antonio Estévez la que prestará voz al testimonio de quien fue  su pareja de hecho, la mujer de su vida, novia, confidente, fuente de paz, ilusión y alegría… La protagonista de una historia moderna cuando la modernidad no existía, cuando estaba prohibido adelantarse al tiempo que tocaba vivir y no se comprendía, como ahora tampoco lo entienden muchos, que el sacramento es un signo sagrado, y en el matrimonio ese signo sagrado es el amor, no la bendición de un cura ni la anotación en un registro. Cuando el amor se acaba desaparece el signo sagrado, aunque la pareja siga casada de por vida «como Dios manda».

Nuestra enhorabuena a Paco Laguna por esta interesante obra, y a Antonio Estévez por la iniciativa biográfica sobre la mujer que nunca tuvo voz en la narración de los hechos.

martes, 15 de marzo de 2022

BELMONTE HABLA DE SU TOREO

Por Antonio Luis Aguilera 

Juan Belmonte

Fue tanta la repercusión literaria del personaje, que sus panegiristas se perdieron en exageraciones y olvidaron explicar la genialidad de su toreo, impactante por su acento personal y por el sentimiento expresado en las suertes. En la carrera de ditirambos, donde compitieron intelectuales y revisteros buscando el summum, no hubo reparos en proclamarlo «padre» del toreo moderno —«paternidad» en la que algo tuvo que ver, como también lo tuvieron otros que quedaron silenciados por los que escribieron la historia, como Manuel Jiménez «Chicuelo»—, sin valorar que el toreo, como arte vivo, tenía una evolución que se perfeccionaría con el tiempo, que es lo que necesitaban los ganaderos para mejorar la selección del toro, pulir sus acometidas toscas y defensivas, y encontrar la entrega de la auténtica bravura, noble y enclasada, esa que iba a permitir otro toreo más sosegado, de mayor rango artístico, en cuya transformación fueron decisivos otros espadas históricos, anteriores y posteriores al «fenómeno» de Triana.

«Daba mis verónicas y medias verónicas estando muy cerca y
con las manos muy bajas, según toreábamos en el campo»

Sin embargo, a pesar de los años transcurridos, Juan Belmonte sigue teniendo un magnetismo tremendo por el atractivo de su toreo, por el trazo personalísimo de un arte aprendido en la calle, sin otra escuela que la transmisión oral, y que practicó furtivamente a la luz de la luna, un toreo que lógicamente debería haber sido defensivo y que solo imaginarlo produce escalofrío, como el que debía sentirse de noche, en un apartado del campo, enfrentándose a un toro bravo. Pero el toreo de Juan no fue defensivo. Todo lo contrario. Aquel chaval del Altozano sevillano fue un genio por ceñir el toreo, por torear más cerca y disputarle los terrenos al toro de su época, más seleccionado siguiendo las recomendaciones del Guerra a los ganaderos, que le permitiría revelar un temple portentoso, la gran virtud personal e intrasferible que resultaría fundamental para  expresar el misterio de su acento, ese cante jondo que liberaba desde su alma en el vuelo de las telas, tan profundo que todavía emociona en las fotografías que testimonian su paso por la historia. 

La torería de Juan...

Gracias al ameno libro «Lo que confiesan los toreros», escrito en 1917 por el periodista José López Pinillos (Parmeno), podemos saber algo más sobre el Juan Belmonte jovial, su forma de pensar y gracia natural, manifestada en el buen humor de su relato. Recordaba el torero que José María Calderón, el banderillero amigo de su padre que lo descubrió y ayudó en sus comienzos, fue a Nimes «pa vender porvorones y mantecaos», pero se comió las muestras en el camino, y se tuvo que quedar en Valencia, donde le gestionó una corrida. Añadía que Calderón era un sentimental que le decía: «Ladrón, ¿quién te ha enseñao eso? ¿Eres el arma de Cúchares o la Pantasma de Paquiro, mardito fenómeno. Y de alegría me atizaba en la espalda unos puñetazos terribles, soltando «ca lagrimón como una nué». 

«¿Y los oles y los aplausos que saca uno si se arrodilla?»

En el ameno relato de López Pinillos, el periodista preguntó a Belmonte por su toreo y este le contestó:

«—Si no sé… ¡Palabra! Yo no sé las reglas, ni tengo reglas, ni creo en las reglas. Yo “siento” el toreo, y, sin fijarme en reglas, lo ejecuto a mi modo. Eso de los terrenos, el del bicho y el del hombre, me parese una papa. Si el matador domina al toro, to el terreno es del matador. Y si el toro domina al matador, to el terreno es del toro. Esa es la fija. Y lo de templar, mandar, parar y recoger depende de los nervios del tocaor, y de la madera de la guitarra. ¿Me comprende? Y de cuando en cuando, el toque no le disgusta a uno y no entusiasma al público. Por ejemplo: yo, que no me engrío nunca con lo que hago, el año 15 toreé y maté a mi gusto, en Seviya, un toro de Santa Coloma, y la gente me aplaudió menos que otras tardes que había toreao y matao peor... Pues ¿y los oles y los aplausos que saca uno si se arrodilla?... Y como casi siempre se arrodilla uno porque la guitarra no le deja tocar bien…

El pase natural de Juan Belmonte

—¿Y se adivina la clase de la «guitarra» en cuanto se presenta en el redondel? Vamos, ¿se conoce la condición de los toros?

—Si son claros… Algunos, al salir, parese que disen a uno: «Anda, atrévete a barbarisar, que soy un lila perdío». Y a esos se los lía uno a la sintura en las medias verónicas, y les coge los cuernos, arrodiyao, al torear de muleta. Pero otros traen las intensiones de incógnito y le hasen a uno aviadó en cuantito se descuida. Como el asesino cornudo —de la ganadería de Anastasio— que me tocó en Salamanca. Paresía una piedra por lo quedao, y se arrancaba como un ciclón... Mugía con la infelisidá de un tontaina y le pegaba sincuenta pitonasos a un mosquito.

La primera media verónica que dio Belmonte en la plaza de Sevilla
(Foto auténtica de la corrida organizada por la Hermandad de San
Bernardo en julio de 1912, que fue la revelación del trianero.

—¿Y cómo lo mató usted?

—No lo maté. Se murió, que no es iguá. Dios quiera que no me toque nunca en Madrí un flamenco de su categoría, porque en Madrí hay que entregarla.

—Pero ¿sigue usted dispuesto «a entregarla»?

—«¡Cómo que sí sigo! ¿Es que yo no soy ya Juan Belmonte

De las andanzas del torero en sus comienzos, contaba al periodista el mayor de sus apuros:

—«Escuche usté. Por entonses yo no había toreao más que en los tentaderos y en los puebleciyos, y pa aprender iba de noche a Tablada con otros muchachos, ensendía unas luces de asetileno que yebábamos de Seviya y me ensayaba con las reses del corralón. Me encontré a Riverito, a Toboso y a otros amigotes y nos fuimos a Tablada. Tuvimos la suerte de que uno de los bichos embistiera con bravura, y ya habíamos resuelto chaquetearlo hasta que se cansara, cuando se levantó un airaso que apagó las luses, y mis amigos, prudentemente, se fueron. Yo, que, enfrascao toreando, me quedé, le di algunos lanses al bulto —porque no se veía más que un bulto— y de pronto sentí un choque, subí como una flecha, caí como un peñón, oí unos resoplíos y aguanté unos trastasos…

El primer documento gráfico de la vida torera de Juan Belmonte:
el trianero pasando de muleta, en la corrida celebrada en el Arahal
en 1910, al primer novillo que mató en su vida.

—¿No se avergüenza usted de recordar los malos tiempos?

—¡Yo!… ¡Por vía de los moros que no soy tan cursi! ¡Me hincho de orguyo, amigo! ¡Pues me gusta poco a mí después de un banquetaso y con un puro de a dies reales en la boca, hablar de los tiempos en que me acostaba con las tripas como cañones de órgano! Y quieren que me retire ahora. ¡Sí, sí!... ¡Poca guerra tiene que dar Juan Belmonte!». 

A través de «Parmeno» hemos conocido la gracia con que Juan Belmonte recordaba sus inicios en la profesión, pero para profundizar en la belleza de sus pensamientos sobre el toreo, recurrimos a otras declaraciones posteriores del matador, las que inmortalizaría magistralmente Manuel Chaves Nogales en el conocido libro dedicado al torero.

Así pensaba el genial espada de Triana:

«Para mí, aparte de las cuestiones técnicas, lo más importante en la lidia, sean cuales sean los términos en que ésta se plantee, es el acento personal que en ella pone el lidiador. Es decir, el estilo. El estilo es también el torero. Se torea como se es. Esto es lo importante: que la íntima emoción traspase el juego de la lidia: que al torero, cuando termine la faena, se le salten las lágrimas o tenga esa sonrisa de beatitud, de plenitud espiritual, que el hombre siente cada vez que el ejercicio de su arte, el suyo peculiar, por ínfimo o humilde que sea, le hace sentir el aletazo de la Divinidad». 

martes, 29 de junio de 2021

DIGNIDAD FRANCESA

Por Antonio Castillo Rebollo, aficionado. 

Plaza de Mont de Marsan, inaugurada el 21 de julio de 1889 por el 
espada de San Fernando (Cádiz) José Rodríguez Davié Pepete.

Es indudable que en el sur de Francia, la corrida de toros a la española alcanza hoy en día, cotas de inmensa popularidad y goza de una magnífica salud. Sin embargo, su devenir hasta la época actual, no ha sido precisamente un camino de rosas; al contrario, su curso estuvo plagado de incidentes, prohibiciones y campañas orquestadas que no lograron doblegar el ánimo del aficionado francés.

Hoy, quiero comentar un caso muy curioso del que fue protagonista en 1895, el torero sevillano Antonio Reverte en Mont-de-Marsan junto con Mr. Paul Dorian el alcalde de esta ciudad. Pero antes, el bondadoso lector me disculpará que lo haga navegar por mi personal y procelosa laguna Estigia, con el siguiente y largo preámbulo:

El sevillano Antonio Reverte  

Tanto en el sudoeste como en el sudeste francés viene de muy antiguo la costumbre de jugar con el toro -tauromaquia-. Se pierde en la noche de los tiempos la existencia de un toro salvaje en los pantanos de la Camarga, cerca de donde desemboca el Ródano. Es un toro pequeño, pero duro, muy ágil, con mucho brío y agresividad  y   descarado  de  pitones  en forma  de  lira -cornialto o cornipaso-.  Desde hace varios siglos, a este toro se enfrentan a cuerpo limpio unas cuadrillas de mozos que, con sus recortes, quiebros y saltos espectaculares burlan su codiciosa embestida. Según Cossío que se apoya en la información que le proporciona Auguste Lafront, “…a principios del siglo XIX, en Arlés, las fiestas taurinas continuaban con brillo una tradición, sin interrupción, desde hacía casi tres siglos…”. Sin embargo, la implantación de la corrida española con matadores de a pie y picadores es cosa mas reciente. Concretamente la primera de ellas se celebró el 21 de Agosto de 1853 en Saint-Esprit, un pequeño pueblo aledaño a Bayona y donde existía desde 1850 una pequeña placita destinada a ofrecer espectáculos de corrida a la landesa. La plaza se llenó de un público expectante que acudió a ver al famoso espada madrileño Cúchares, que se enfrentó él solo a cuatro toros navarros y dos andaluces. Este primer cartel, publicado por Pelletier, está cuidadosamente impreso en Bayona y con grandes caracteres tipográficos anuncia: “Grandes Courses Espagnoles de Taureaux”. A esta primera corrida, seguirán otras dos, los días 22 y 23 del mismo mes. El impacto de las corridas españolas con toros de muerte fue tremendo. Según Pelletier, periódicos locales como Le Courier exhortaban a sus lectores con estos términos tan ardorosamente beligerantes y combativos: “Appel est fait à la jeunesse bayonnaise; une brèche est déjà ouverte: à l’assaut, à l’assaut!” (Un llamamiento a la juventud de Bayona; se ha abierto una brecha: ¡Al asalto, al asalto!).

Toros de la Camarga francesa

Apoyando la implantación de la corrida española, como se le llamaba en Francia al nuevo espectáculo tauromáquico, Aguado de Lozar que había sido el avispado empresario navarro de estas primeras corridas en Bayona, bajo el seudónimo de M. Oduaga Zolarde, da a la imprenta el primer tratado de tauromaquia escrito en francés: “Les courses de taureaux expliquées”, libro rarísimo donde los haya, que se publicaría en Bayona en 1854, por la imprenta de Lamaignère, con 148 páginas más cuatro láminas grabadas a la litografía, con escenas taurinas. 

A partir de entonces, se fue extendiendo la corrida española por todo el sur de Francia: Andrés Fontela inauguró la primera plaza de Béziers en 1859, el novillero guipuzcoano Manuel Egaña (Relojero) pisó por primera vez las plazas de Mont-de-Marsan, Dax y Saint-Sever en 1860, el matador de toros catalán Pedro Aixelá (Peroy) lo hizo en la de Marsella en 1861.

En la década siguiente, matadores de cartel como Currito, Ángel Pastor, Gordito, se dejaron ver, especialmente en Nimes, donde en 1885, una muchedumbre enorme, se reunió para ver actuar al famoso espada Frascuelo.

Una de las dos plazas de toros de París. La Torre Eiffel al fondo

En 1889, se llevó a cabo un esfuerzo muy importante para que arraigara la corrida de toros española en el corazón de Francia -París- con motivo de la Exposición Universal. Nada menos que se construyeron dos plazas de toros: una en terrenos de la propia Exposición y otra, mejor acondicionada, en el cruce de la rue Pergolèse y el boulevard de Lannes, bautizada en los carteles –en castellano- como “Gran Plaza de Toros du Bois de Boulogne”. Para la ocasión se tiraron carteles con gran lujo y tamaño, en cromolitografía, y que se hicieron tanto en España, por el pintor Daniel Perea (Lit. Palacios, de Madrid), como en París, donde el famoso cartelista Jules Cheret no desdeñó el realizar un atractivo affiche que se tiró en la imprenta de Chaix. En la extraordinaria colección de carteles del coleccionista catalán Jordi Carulla hay magníficos ejemplos de este artista y otros cartelistas franceses como Baylac, Million, Diffre. Ese mismo año, se dieron en la capital francesa nada menos que 28 corridas, con la participación de primeros espadas, tales como Ángel Pastor, Valentín Martín, Mazzantini, Lagartijo, Frascuelo, Cara Ancha, Guerrita y otros más. Curiosamente, durante estos cuatro años -de 1889 a 1893- se celebraron bastante mas de un centenar de corridas y estos festejos parisinos sirvieron para favorecer los intereses de muchas de las plazas del sur de Francia, ya que las empresas de las mismas aprovechaban el paso de los diestros contratados en París, para asegurarse su concurso, y así vieron torear en Marsella a Fernando el Gallo y Mazzantini. En Dax a Faico, Minuto y Guerrita, ó a Ángel Pastor en Mont-de-Marsan. 

Torerísimo quite de Fernando el Gallo en la plaza de Madrid
mientras acude el picador reserva. Fotografía Jean Laurent.

Sin embargo, en París, no todo fueron facilidades para la implantación de la corrida de toros -que nunca logró arraigar allí- y así, años mas tarde, también en París, el 5 de junio de 1900, el torero aragonés Ramón Laborda (el Chato) actuó en la corrida inaugural de la plaza de toros de “Arenas de Enghien”, construida con motivo de la nueva Exposición Universal, a las órdenes del matador francés Félix Robert. Camino de la plaza, un sicario contratado por la Sociedad Protectora de Animales, de nacionalidad sueca y llamado Ivon Aquelli, disparó varios tiros contra el coche de los lidiadores en protesta por la celebración de corridas de toros, alcanzando a “El Chato” en el brazo y costado izquierdos, aunque las heridas fueron afortunadamente muy leves. Esto dio motivo para que Roberto Casañal, en un raro y gracioso folleto “Romance, vida y retrato de Ramón Laborda (el Chato) editado en Zaragoza en 1913 y escrito en forma de romance, nos relate el atentado con su fina ironía, diciéndonos que: “como le apuntara a la nariz, ¡está claro! No le dio ninguna bala”.

Ramón Laborda "El Chato"

Y llegamos al nudo de nuestra historia. Ante el auge creciente de las corridas de toros, los años de persecución, que nunca habían desaparecido, se recrudecieron en 1894, con la aparición de continuas trabas administrativas y legales y prohibiciones gubernamentales procedentes de París. Esta situación aún empeoró más en 1895, pues el nuevo ministro del Interior, Mr. Georges Leynes había reanudado una lucha áspera a favor de la prohibición de las corridas, de modo tal que, si un matador de toros daba muerte a su toro durante la lidia del mismo, se le entregaba un decreto de expulsión que le impedía volver a Francia para una nueva corrida y entre los que figuraron expulsados Bombita (Emilio), Chicorro, Fabrilo, Minuto, Marinero, Fuentes, Lagartijillo, entre otros. De esta manera, las empresas francesas quedaban obligadas a contratar nuevos matadores que no estuviesen incursos en ningún decreto de expulsión. No se le ocultará al avisado lector que, ante la falta de matadores, por culpa de estas triquiñuelas legales (Ley del 2 de Julio de 1850. Ley Grammont), la corrida española, corría un serio riesgo de desaparecer en un corto plazo de tiempo de las arenes francesas.

El torero francés Félix Robert

Cualquier aficionado francés que sea conocedor de la historia taurina de su país -que son los más- se sabe deudor de personas como Paul Dorian y es gracias a él y a otras personas como él, que, con toda normalidad, se celebren tantas y tan buenas Ferias taurinas en nuestro país vecino. 

Aquel año de 1895, en el apogeo de su fama, Antonio Reverte fue contratado en Mont-de-Marsan para torear dos corridas, una de Carreros y otra de Flores, los días 14 y 16 de Julio. En su primera -como veremos a continuación- y única corrida del día 14 Reverte, según la crónica que publica la revista madrileña El Toreo (núm. 1139 del 22 de julio de 1895) “estuvo regular en la muerte del cuarto toro y superior en al de los bichos segundo y sexto lo que le valió grandes ovaciones, así como entusiasmó a las masas con sus recortes capote al brazo y toreando de capa”. Estaba previsto que toreara de nuevo el día 16, pero una orden de expulsión del país, por haber consumado la mise a mort, se lo impedía. París había dispuesto que un comisario especial investido de los poderes pertinentes que le delegaba la Convención, para que se encargara personalmente de la expulsión inmediata del matador español. 

Antonio Reverte con su cuadrilla

Enterado el alcalde Paul Dorian, y en vez de obedecer la orden, decide esconder al torero en su propio domicilio, con el ánimo de hacer creer al comisario que el diestro ya había tomado el tren a Hendaya, de regreso a España y por el medio de los hechos consumados, hacer que este toreara de nuevo y por sorpresa el día 16. Noticioso el comisario de lo que sucedía, ordenó que Reverte fuese detenido y escoltado hasta la frontera. El alcalde puso en juego todas sus influencias para que no se diese cumplimiento al auto de expulsión y al no conseguir su revocación, acompañó al torero hasta la estación, suponemos que sería a altas horas de la noche, cuando el convoy que procedía de París y con destino a Hendaya, hacía su escala en Mont -de- Marsan y una vez que partió el tren hacia la frontera, regresó andando al Ayuntamiento, en cuyo tablón de anuncios fijó un aviso anunciando su dimisión, lo que le valió, dicen las crónicas, grandes y unánimes aplausos de todo el vecindario, que ya previamente, se había manifestado frente a la casa del mismo alcalde, pidiendo la celebración de la corrida del día 16 con Reverte en el cartel.