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viernes, 14 de julio de 2023

VERGÜENZA NACIONAL (Charlas con Troylo)

Por Antonio Gala

Antonio Gala con Troylo

Muchas veces me has oído decir que hay en el mundo tres cosas que me gustaría no haber ido conociendo, poco a poco, desde niño, para encontrármelas de golpe ahora y comprobar el efecto que me harían en esta madurez, algo pocha, que tengo. Esas tres cosas son: la ciudad de Córdoba -recóndita y rezumante de historia-, el castellano de Santa Teresa -barroco e inmediato- y las corridas de toros. Pero, por fortuna o no, jamás he gozado de perspectiva bastante para contemplar ni juzgar tales dones: los tres han formado parte de mi vida desde que comenzó. En los muros milenarios de Córdoba he orinado cuando tenía dos años; en los rincones sorprendentes de Córdoba he quebrado el silencio jugando a policías y ladrones; en las altas callejas de Córdoba me ha escalofriado, adolescente, al cruzar, la belleza. Y, a los siete años, alguien me regaló las obras de Teresa de Cepeda, y yo anduve entre ellas, avanzando y retornando por sus largos periodos, tropezando y cayendo entre la plenitud y el grácil desenfado. ¿Cómo puede opinar nadie con objetividad de algo que ya es sí mismo? ¿Cómo conseguir uno alejarse de su propia mirada?

Plaza de Los Tejares de Córdoba

¿Y los toros?  De niño me llevaban a Los Tejares, la plaza cordobesa que ya no existe, mi padre y Machaquito. Me sentaban entre ellos, pensaba yo que para enseñarme la fiesta, sus complicados cánones, el rígido entresijo de la lidia, los minúsculos secretos de su trama. (Algunas veces, muy pocas, he escrito yo de toros. Y siempre me ha parecido tan difícil entenderlos, tan habitual confundir el griterío con la sabiduría, tan sencillo caer en la grosera estupidez de quien paga, por eso sólo, entiende). Jamás me compraron una gaseosa, ni un pestiño, ni un paloduz. Los dos estaban, uno a cada lado, dignos, erguidos, atentos y callados. No recuerdo haberles escuchado una palabra. No recuerdo haberles visto sacar el pañuelo para pedir una oreja. Cuando el graderío bramaba, subía yo los ojos en busca de uno y otro. Ni un gesto, salvo el ligero tic que aleteaba en la cara de Machaco. Entre mí me preguntaba yo cómo iba a aprender nada de aquellas dos esfinges. Sólo una tarde (toreando un torero que no tuvo futuro) los vi mirarse de reojo, y dejar caer los párpados en una levísima aquiescencia, y apuntar en sus labios algo relativamente semejante a una sonrisa. Al salir a la calle se despedían con el mismo desbordado entusiasmo: «Adiós, Rafael». «Don Luis, hasta la próxima». (¡Qué poco habla la hermosa gente de Córdoba, Troylo!). Y el niño que yo era se quedaba dudando si ellos estaban locos o los locos eran los vociferantes espectadores de la plaza. 

"Córdoba, recóndita y rezumante de historia"

No creo saber una palabra de toros. Después de mi experiencia infantil dudo que sean palabras lo que se necesiten. Lo cierto, Troylo, es que me pica la curiosidad de comprobar qué impresión me produciría una corrida sin haber visto ninguna previamente; qué me parecería ese espectáculo de activa participación, ese marchoso roce con la tragedia, ese riesgo asedado y dorado, esa inutilidad luminosa, ese aplomado aburrimiento -en que lo atroz se hace costumbre- del que se desprende, como una chispa, el arte y la belleza repentinos. En España, desde las seculares tradiciones hasta su mismo contorno geográfico; desde sus virtudes raciales, hasta el jocundo desgarro de su idioma, casi todo se halla, Troylo, en relación con los atributos y la figura del toro. No hay otro tótem que nos coja más cerca. En su doble manera, culta o popular, casi todas nuestras creaciones están empapadas de ese tema o de sus contigüidades.

"En ella el hombre es como el vaso de un dios"

Y es que la mitología entera se despeña sobre la fiesta. En ella el hombre es como el vaso de un dios; el sacerdote que reclama sobre si los pecados de todos, antes de iniciarse en el rito de la soledad y la proeza; Prometeo sacrificado; Orfeo, apaciguador de la fiera, descendiendo a las sombras; Dionisos inmóvil entre la danza de faunos, silenos, ménades y bacantes; Narciso virginal frente al doble unicornio. En ella, el toro significa la carne y sus poderes, el ímpetu desordenado y rebelde, la transgresión amenazadora, la víctima también propiciatoria, la hostia ofrecida, el raptor de Europa. Pero entremezclándose ambos símbolos de espíritu y materia, amándose, buscándose, dándose muerte, dándose victoria, dándose victoria en la muerte y viceversa. Es decir, con las contradicciones típicas -y tópicas- de lo más español… Acaso yo viese así -aterradora, enriqueciente, monstruosa, repugnante, obsesiva e hipnotizadora -mi primera corrida.

"se desprende, como una chispa, el arte y la belleza repentinos".

Sin embargo, leo en estos días con frecuencia que las corridas de toros son una vergüenza nacional. (Aquí somos propensos a calificar de vergüenza nacional todo lo que no nos hace individualmente gracia). Y bastantes cartas me piden, apoyándose en mi afecto por ti, Troylo, que escriba denigrando lo que se llamó siempre fiesta nacional, y procure su prohibición. Parece que a la democracia española le ha dado más por proteger a los animales que a las personas. Y hasta tú sabes, Troylo, que eso es comenzar la casa por el techo. Por descontado que percibo y me duele la pasión del toro en la arena (la activa y la pasiva, que también  la primera es pasión). Pero, sin las corridas, ni siquiera existiría ese toro de lidia, creado y conservado y dirigido para ellas; un animal tan majestuoso en libertad -en la relativa libertad de los campos- como ningún otro. Por descontado que veo el espeso chorreón de su sangre y escucho su mugido. Pero también me estremece el infinito balar de los corderos amontonados en las jaulas, camino de su muerte, carreteras alante. Y me estremece el atroz grito del cerdo en las matanzas, y el desorbitado terror de las terneras, y la candidez de los pavos navideños. El hombre mata y come (no creo que ni el comer sea  excusa suficiente para matar); el hombre caza también por gusto. El hombre, en definitiva, forma parte de la naturaleza- y su ritmo o su arritmia ecológicos.

"sin las corridas, ni siquiera existiría ese toro de lidia..."

¿Por qué no contestamos, Troylo tranquilizando a quienes se sonrojan del mundo de los toros? Si los españoles aparecemos ante ojos ajenos como incivilizados, o sangrientos, o rudos, no es por el hecho de la fiesta; es por la simple razón de que los somos. Más vergüenza nacional, muchísima más, producen otras cosas: desde el funcionamiento- si llamamos así a justamente lo contrario- de la Telefónica, hasta el de cualquier otro monopolio; desde el terrorismo de ETA hasta el de la ultraderecha; desde el espeluznante paro a la multiplicación de los atracos tan ligados a él. Suprímase, Troylo, antes que los toros el sudoroso esplendor del circo con sus niños entre aéreos y víctimas. Suprímase antes la percutante locura del boxeo. Suprímase antes la guerra que llega, pendularmente, desde hace siglo y medio, a anegarnos de odio. Porque es posible -¿verdad Troylo?- que para el toro de lidia, ancestral y mítico, sea su muerte menos incomprensible que para nosotros, cuidados y engordados para ser abatidos por una muerte sorda, sin nombre, indiferente y silenciosa. Más cruel, Troylo, cuanto más sorda e indiferente.

 

*Antonio Gala Velasco falleció en su querida Córdoba el 28 de mayo de 2023. El gran escritor, sin ser aficionado a los toros, respetó y defendió con la singular belleza de sus palabras la fiesta nacional. 

(Libro: "Córdoba de Gala". Caja Provincial de Ahorros de Córdoba. Año 1993)

sábado, 21 de enero de 2023

ALTERNATIVA DE MANUEL BENÍTEZ «EL CORDOBÉS»

Por Antonio Luis Aguilera               

Alternativa de Manuel Benítez «El Cordobés»

El próximo mes de mayo se cumplirá el 60 aniversario de la alternativa de Manuel Benítez Pérez «El Cordobés», el torero de mayor tirón taquillero de la historia, el único entre los más grandes al que los empresarios anunciaban cualquier día de la semana, laborable o festivo, adelantando en la pizarra «El Cordobés y dos más» antes de colgar el cartel definitivo. No importaba si era el día grande de la feria o fiesta del patrón de la localidad: el éxito en taquilla estaba garantizado. Las plazas más grandes se quedaban pequeñas ante la demanda de boletos de las legiones de seguidores del torero; también, por la de aquellos otros que militando en el bando contrario, los defensores de la ortodoxia del toreo o antis, no estaban dispuestos a perderse sus actuaciones. Lo cierto y verdad es que cualquier día era bueno para que los cosos se llenaran hasta el tejado; la reventa «trincara» la aproximación del «gordo de Navidad», y una pedrea generosa del sorteo de premios que suponía para la ciudad anunciar al torero, quedara muy repartida entre los bares y restaurantes próximos a la plaza, donde era imposible encontrar una mesa o hallar un hueco en las barras tomadas por la bulla. Desde que despertaba el día solo se hablaba del torero de Palma del Río, al que por su melena y largo flequillo algunos llamaban «el Pelos»; puestos a poner etiquetas, en la publicidad de la prensa se recurrió a la hipérbole del «fenómeno», utilizada años atrás con Belmonte, a quien llamaron «Terremoto», y bautizaron al nuevo revolucionario como «Huracán Benítez». En los carteles, sin embargo, figuraba su nombre de pila y el gentilicio que «El Pipo» cambió por el anterior apodo de «El Renco»: Manuel Benítez «El Cordobés».

Cartel de la feria de 1963

La alternativa había sido programada para el 12 de octubre de 1962, mas la lluvia caída sobre la ciudad impidió su celebración. Así las cosas, en el escenario previsto, pero en la feria de la «Virgen de la Salud», el sábado 25 de mayo de 1963 se abrieron las puertas del viejo coso de «Los Tejares», cuyo ruedo hoyaron los cuatro «Califas» del toreo de Córdoba, además de un maravilloso elenco de grandiosos toreros históricos, para que en su arena se celebrara el doctorado del novillero que había revolucionado el toreo desde los albores de la prodigiosa década de los sesenta. El cartel no sufrió modificación, con toros de Samuel Flores, el maestro «Antonio Bienvenida» oficiaba la ceremonia sin perder su sonrisa, ante la mirada del elegante José María Montilla, entregando muleta y espada al toricantano, que abandonaría el palenque a hombros de la afición, tras cortar las dos orejas a «Palancar», el toro de la alternativa, y las dos y el rabo a «Lamparilla», el último de la tarde. La entrañable plaza, escaparate de la inolvidable elegancia de «Lagartijo», el inmenso poderío de «Guerrita», las formidables estocadas de «Machaquito», y la elegante majestuosidad de «Manolete», había sido testigo antes de su derribo de la coronación de quien sería otro «Califa», un torero irrepetible, dotado de unas cualidades magníficas para el oficio, que desarrolaría y lo convertirían en la «locomotora» del toreo de su tiempo, donde hubo tantos y tan buenos toreros, que alternarían en los mejores carteles con el espada de Córdoba, nuevamente definitiva en la historia del toreo. 

Antigua plaza de «Los Tejares» de Córdoba

Así lo recordaba el propio torero, en una entrevista que tuvimos el honor de hacerle, veinticinco años después en la revista «Toros 92»:

—«Sabía que tenía mucha responsabilidad y tenía que salir todas las tardes a por todas y a no dejármela ganar. Y de novillero sabía que tenía que llegar a matador... ¡Iba a comérmelos…! La prueba la tienes que cuando salí, cogí mi camino y nadie se puso por delante. Respeté a todos, pero no di paso. Y los toros eran seis y dos para cada uno... Había matadores de toros que decían que cuando yo saliera de matador iban a comerme, porque no iba a andar... Y yo me dije: ¿Ah, sí…? ¡Pues os vais a enterar...! ¡Y los que no andaron fueron ellos! Me mentalicé pá ir a por todas… Ansioso... Lo llevaba dentro… No por hacer daño ni ná… No, ¡pá triunfar…! Fui a por todas... Y si de paso venía el dinero de por medio pues mejor todavía». 

«El Cordobés» y el autor de esta entrada. Foto M.Pérez Polo

Atrás quedaban por fortuna los oscuros años vividos en la década anterior, cuando un muchacho de Palma del Río, con una fe capaz de mover montañas, buscaba abrirse paso en el toreo huyendo del hambre y de la miseria más cruel. Obsesionado con que el toro era su solución, desde que en el cine del pueblo vio escapar de la pobreza a «Currito de la Cruz», jamás perdió la esperanza de cambiar su vida, ser otro protagonista como el de la película, y volver un día a la tierra que lo vio nacer conduciendo un «mercedes», siendo torero famoso. El toro era el único que en la triste época de penuria, hambre y esclavitud laboral que le había tocado vivir podría rescatarle de tan dramática situación. Y decidido emprendió el más duro aprendizaje. En la soledad de la noche, vadeando el río y alumbrándose con la luz de la luna que plateaba los cercados, burlando la vigilancia de vaqueros y «migueletes», comenzó a ejercitarse quedándose quieto y sorteando las acometidas de los cárdenos «saltillos». Temía más al hambre y la miseria que a los porrazos de las vacas y los toros; más al dolor de un estómago vacío, que a las inhumanas palizas del mayoral del terrateniente y las sacudidas de algunos miembros de la Benemérita, como el despiadado «Cara de Tomate», que le hizo sufrir un rosario de vejaciones por robar un saco de patatas o de naranjas, para llevar algo a la boca de los suyos, como desterrarlo de Palma del Río e ingresarlo como un delincuente en la prisión cordobesa.

—«Era un niño que en la vida lo tenía todo en contra. No tenía padre ni madre y me estaba criando con mi hermana Angelita. Faltaba de todo… Mi saquillo de naranjas,  de patatas… Lo que podía y ya está… Comiendo cuando podía, comía “tascardanchas cocías” (tagarninas).  Esas batallas, ley de vida, no había más… Entonces, ese chiquillo un día aburrido dijo: “Ea, pues yo ya me voy... Me voy de España”. Entonces me fui a Madrid en un tren mercancía, como siempre, y estuve por Salamanca, por las tientas, por todos lados… Pero nada. Aburrido, me tiro de espontáneo, la cárcel… ¡Esta vida dura!  Entonces, cuando ya me iba para Francia a trabajar, que era un crío, me apunté en una cola que se cortó cuando faltaban veinte o treinta. Me quedé en Madrid maldiciendo mi suerte. Allí, como pude, me acoplé en los albañiles de peoncillo. Más tarde me tiré de espontáneo otra vez en Madrid. Total, que seguí con el toro y arranqué ya».

El espontáneo Benítez detenido en Madrid

Pero ni las más dramáticas condiciones que la vida ofrecía a Manuel Benítez le hicieron dejar de pensar en el toro, sabía que era el único que podría cambiar su suerte y continuó buscándolo de forma obsesiva, seguro de sí mismo, sin perder la confianza a pesar de lo extremadamente difícil que resultaba el camino emprendido, donde en las duras capeas de los pueblos, con reses viejas y resabiadas, llegó a sufrir percances y contemplar terribles cornadas de compañeros de fatigas, que fueron víctimas del toro; como el joven que murió un día que Manolo resultó herido, en una cama junto a la suya de una habitación para pobres del hospital, donde en una larga madrugada de dolor dejó de escuchar los quejidos de aquel maletilla, observando en la penumbra como cubrían su cadáver con una sábana, y lo dejaban a su lado hasta que lo retiraron horas después.     

—«El torero tiene que ser duro, irse a los tentaderos, dormir en los pajares, pasar frío… ¿Qué no me dejan torear aquí…? ¡Pues verás cuando llegue como me van a dejar…!  Todas estas cosas pá uno, pá dentro… Y eso te va a ir dando fuerza pá llegar al punto ese».

«El Cordobés» y «El Pipo»

Cuando tanto esfuerzo por ser alguien en el toro parecía inútil, tras fracasar también en el cambio de rumbo que pretendió dar a su vida marchándose a Francia a trabajar, por fin la suerte iba a cambiar un día en un bar frecuentado por la gente del toro, en la madrileña plaza de Santa Ana. Allí conoció a don Rafael Sánchez Ortiz, un aficionado de Córdoba apodado «El Pipo», que había sido amigo y seguidor de «Manolete». Le enseñó una fotografía y le pidió que le ayudara. Tras no pocas rogativas, aquel hombre de negocios, entonces sin posibilidades, creyó ver algo en el joven, y dejado llevar por la intuición pidió a su familia que le ayudaran económicamente, proponiendo el empeño de las joyas y objetos de valor de tiempos mejores, con la promesa de su inmediata devolución ante el éxito que aseguraba para el muchacho que iba a apoderar. Así se gestaron los primeros festejos de «El Cordobés», que como decía «El Pipo» no sabía torear, pero atesoraba un valor nada común y un atractivo inmediato con el público, cualidades que manejadas inteligentemente en sus primeros éxitos con las lastimosas campañas del apoderado, propagaron un inusitado entusiasmo popular. La gente se puso de parte del muchacho que fue torero huyendo de la pobreza, el que se levantaba encorajinado una y otra vez, sin dolerse de los muchos porrazos de los novillos, y entusiasmada celebraba sus primeros triunfos, agolpándose en interminables colas ante las taquillas de las plazas donde lo anunciaban.  

«Me vio don Rafael Sánchez Ortiz en una foto, toreando una vaca en un pueblo, y le gusté. Me echó una mano y me trajo a Córdoba. Alquiló la plaza a don José Escriche  y con los hermanos Lozano dio una novillada de la que me dieron 80.000 pesetas. Entonces yo le vi a aquello otro color y me dije: ¡Ah, yo sigo con esto! Y seguí con la vida. Total, he sido torero por una miajilla, ya aburrido. ¿Qué quieres que te cuente más…? Mucha fatiga, mucha necesidad hasta llegar donde creí que nunca podría. ¡Fue el hambre…! Yo no tenía afición al toro ni ná… ¡Estaba esmayao…!».

 «El Cordobés», manoletinas de rodillas. Foto Framar

El 15 de mayo de 1960 se celebró en la antigua plaza de Córdoba la novillada sin picadores referida por el torero. Se corrieron seis novillos de don Francisco Amián Gómez para Edmundo Juárez –de Argentina–, Ramón Montero –de Venezuela–, y Manuel Benítez «el Cordobés», de Palma del Río. De la actuación de su presentación en «Los Tejares» escribió «José Luis de Córdoba» en su crónica del  periódico «Córdoba»: «Se llevaron a hombros al Cordobés, ese nuevo torero que le ha nacido a Palma del Río. En los tendidos tableteaban los aplausos, mientras el muchacho, con la segunda oreja de la tarde aprisionada sobre el corazón, sonreía, sonreía... Y soñaba. Soñaba con que ya era torero de verdad. Puede serlo. Porque de ahí, de esa misma madera, nacieron muchos que ahora son millonarios. Que Dios proteja, muchacho, tus sueños de gloria». 

Benítez corta un rabo en la plaza de Sevilla

Lo que llegó después resulta conocido. Los sueños del muchacho se hicieron realidad después de tanto sufrimiento. Su valor y las cualidades que mostraba en la cara del toro, rápidamente le hicieron asimilar los conocimientos para triunfar en la profesión, donde encadenaba vertiginosamente los éxitos, que asociados a su extrovertido carisma personal le proclamaron como el dueño absoluto del toreo, el amo de una época realmente maravillosa, repleta de excelentes e inolvidables toreros, donde Manuel Benítez mandó sin contemplaciones hasta 1971, año que decidió retirarse por primera vez del toreo. Durante nueve años consecutivos «El Cordobés» triunfó en todas las plazas, incluidas las consideradas «duras», los «tribunales» que lo «esperaban», como Sevilla y Madrid, donde del mismo modo triunfó a golpe cantado, como lo hizo en todo el «planeta de los toros»: España, Francia, Portugal, México, Venezuela, Perú, Colombia… Por supuesto, además del éxito y de los millones o «kilos» no faltaron las cornadas, algunas muy graves, pero tras los percances el «Huracán» reaparecía volviendo a ser el «Benítez», para no defraudar y continuar entusiasmando al público, pisando el sitio donde los toros se entregan, para someterlos en interminables y ajustadas series del más puro toreo ligado en redondo. 

Grave cornada en su confirmación. Madrid, 20 de mayo de1964 

—«Tengo varias cornadas, y tres muy fuertes, pero eso no es lo importante. He triunfado en todas las plazas. Hasta en México, que con 50.000 personas también “la barrí“... Si tú ganas una batalla debes de ir en el lugar más importante, y si la pierdes debes de ir en la cola. Pero hasta ganar esa batalla hay que luchar. Eso no te lo han regalado. A la plaza van seis toros, van dos para cada uno y en sorteo. ¡Lo que hace falta es estar todos los días en máquina en lugar de vagón! Ser vagón es muy cómodo porque te llevan».

Concluimos este recuerdo del grandioso torero de Córdoba en el sesenta aniversario de su alternativa, con un fragmento del magistral comentario de José Alamedaotro de los grandes en la literarura taurina. Este fue el análisis que hizo de Manuel Benítez en su libro «Los heterodoxos del toreo» (Editorial Espasa Calpe, 2002):

El ortodoxo toreo al natural de Manuel Benítez

«El Cordobés sabía y podía quedarse quieto, pero no andarle al toro. Por eso, cuando tenía que avanzar, o recolocarse, o buscar su sitio, lo hacía descompuesto, a veces casi cojitranco, en unan zapateta chaplinesca, como náufrago en la arena. Pero en cuanto llegaba a la línea de centro con el toro, como si sonara un timbre mental y se prendiera un foco invisible, toda la maquinaria “cordobesista” se ponía a ritmo y el toro, metido por el carrusel de un toreo en redondo que parecía mentira, circulaba en torno a la figura del torero, como si le hubieran dado cuerda. Algo contagioso, contaminante, hiperbólico, trascendía de aquellos dos cuerpos, eje y órbita de un mecanismo cuya vitalidad producía una atracción y una expansión que diríanse de naturaleza planetaria, astral».

Excelente pase natural de «El Cordobés»

NOTA: Pueden ver las imágenes a color de la alternativa de Manuel Benítez «El Cordobés», filmadas por Fernando Achúcarro, pinchando el siguiente enlace y registrándose en Vímeo: 

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martes, 2 de febrero de 2021

MANOLETE RECORDADO POR ALFREDO DAVID


Manuel Rodríguez Manolete con Alfredo David Puchades.

El semanario El Ruedo publicó una interesante entrevista al famoso subalterno Alfredo David Puchades (Valencia, 14/3/1893, Madrid, 13/2/1978), donde el gran torero de plata analizaba detalladamente el toreo de Manolete, con quien fue cinco años en su cuadrilla.  

Alfredo David por su brillante carrera profesional está considerado uno de los banderilleros auténticamente importantes de la historia, como lo fueron los espadas para los que ejerció su brega suave y magistral. Tras comenzar auxiliando en su Valencia natal a varios noveles, entre los que figuró un desconocido Juan Belmonte en dos novilladas sin picadores, trabajaría para Luis Guzmán Zapaterito, Pacomio Peribáñez, y Manuel Varé Varelito

El 26 de septiembre de 1918 tuvo lugar en Madrid una triple ceremonia de alternativa, donde Joselito el Gallo concedió el grado de matadores de toros a Varelito y Domingo González Dominguín, mientras que el gran subalterno cordobés Manuel Saco Cantimplas hizo lo propio con el banderillero Alfredo David, a quien cedió un par de rehiletes, ceremonia entonces habitual en Madrid cuando un banderillero debutaba en corrida de toros.

Durante su extensa carrera Alfredo David actuaría con Manuel Granero, Diego Mazquiarán Fortuna, José García El Algabeño, Marcial Lalanda, Vicente Barrera, Domingo Ortega, Manuel Rodríguez Manolete, Luis Miguel Dominguín, Manuel Calero Calerito, Manuel Jiménez Díaz Chicuelo II, Luis Segura, y Diego Puerta, retirándose de los ruedos en 1965, a los 72 años de edad.

El excelente peón valenciano pudo observar en primera línea los cambios del arte de torear desde la época de Joselito y Belmonte hasta la de Manuel Benítez El Cordobés, siendo testigo de la evolución del toreo moderno, instaurado definitivamente por Manolete al implantar el concepto de faena de línea gallista revelada por el gran artista sevillano Manuel Jiménez Chicuelo, razón por la que su perspectiva histórica concede singular importancia a estas declaraciones. 

En la manoletista PLAZA DE LA LAGUNILLA no podía faltar este valioso testimonio de Alfredo David sobre Manolete, que curiosamente en la noche de su agonía en el hospital de Linares tuvo unas palabras para el banderillero que ya no actuaba en su cuadrilla: «¿David, dónde está el toro...?».

Foto de cuadrilla: Miguel Atienza, Alfredo David,
Manolete, Cantimplas, Pinturas y Pimpi.

 Pregunta: ¿Cómo ve usted a Manolete?

Alfredo David: Me parece excepcional.

—¿Creador?

—Por lo menos en un estilo, esa es su personalidad. En esta profesión todo está hecho y todo está escrito. Las reglas son inconmovibles.

—¿Y cuál es la esencial característica de Manolete?

—El exacto conocimiento que tiene de lo que debe ser la lidia y muy especialmente del toro.

—¿En qué lo funda usted?

—Primero en mi experiencia. Yo he alcanzado en esta época a los más grandes artistas. Con unos he toreado años enteros, a otros les he visto, alternando con ellos en el ruedo, porque el peón también alterna, y puedo asegurar a usted que si cualquiera de ellos, pongamos como más punteros a Joselito y Juan Belmonte, han sido cumbres en los variados lances y en eso de alambicar sobre las condiciones del toro, este Manolete, por lo que sea, ha logrado tal superación en el dominio, que a veces, cuando habla con nosotros acerca de cualquier estilo de toro o de un lance de la lidia, lo que nos maravilla, a los que nos consideramos de vuelta de todas las experiencias, es la precisión en sus juicios y lo irrefutable de sus fallos.

Valencia, 19-3-1942. Pinturas colea al toro desde el suelo tratando de
 librar a Manolete de la cornada. A la izquierda, de azabache, Juanito
Belmonte quiere llevarse el toro con los brazos. A la derecha, sin capote,
Alfredo David trata de ayudar. Al fondo, acude también raudo al quite Pedro
Barrera. Todo acontece bajo la mirada de Guillermo González, fiel mozo de
espadas y chófer de Manolete, que a cuerpo descubierto y sin soltar sus trebejos,
expone su vida a cambio de asegurar la de su jefe de filas. Foto Finezas.

—¿Cómo le gusta a usted más Manolete?

—Mi gusto no es el del público precisamente. Su actuación en el modo de llevar la lidia es lo que me encanta. Esto se le escapa al más aficionado, que ve la corrida desde el tendido. Para Manolete, toda su ciencia está en sacar partido del toro manso y del toro difícil. Para esto hace falta un gran dominio y una ciega afición.

—¿Qué opina usted de Manolete con el capote?

Manolete apunta su primera personalidad con el capote. Véalo usted en su toro, en el que ha de matar y podrá usted hacer juicio. Maneja Manolete el capote a conciencia de que sabe para qué sirve. Su raro sentido de la elegancia está hecho a base de sobriedad. Tiene una línea que puede coincidir con lo clásico y el «cordobesismo», pero yo califico de «manoletista» pura. Yo alcancé a ver de muchacho a tres cordobeses de solera: a Machaquito, al hijo de Juan Molina, otro Lagartijo, que apodándose Chico era en los días buenos un gigante, y al Manolete I, el padre de este Manolo. Los tres ofrecían como esencial característica no abusar del preciosismo. Todo lo que hacían bien, lo hacían con justeza, como medido a compás. Y eran clásicos en la estampa, en la manera de caminar por el ruedo, en que jamás estorbaban al compañero, en la forma de estar colocados para el quite. Y cuando metían el capotillo era siempre sin vacilaciones, sin forzar la figura, abriéndolo en la misma cara y tirando suavemente hasta el encuentro, para dar después la salida con la misma suavidad.

Pero aquella era la época florida de todas las florituras. Postrimerías de Fuentes, el más elegante y alegre de la escuela sevillana; genialidades de Rafael el Gallo, que puesto a alertar en el toro suavon y que le iba a la medida era un creador de suertes, el padre de Chicuelo, delicioso y hábil en eso de torear por la cara, en las famosas chicuelinas que luego heredó su hijo; Bombita que tenía el secreto de la sonrisa y del bullir, aun cuando no fuera el capote precisamente su gran fuerte. A estos toreros que arrancaban ovaciones y estaban en candelero, había que sacrificar una modalidad y un estilo, mandaba entonces la escuela sevillana, y los tres cordobeses lo ensayaban todo y lo ensayaban sacrificando lo que en ellos era lo mejor, su estilo, y habían de sacrificar la voltereta o la cornada para no desmerecer.

Valencia, 24-7-1942. La faena al toro Maganto, de pelo
colorado y de la ganadería de Clemente Tassara, le abrió
las puertas de la gloria. Manolete no puede sostener todos
los trofeos concedidos. Le ayuda su banderillero Alfredo
David. Foto Finezas.

—¿Y este Manolete?

—Este Manolete ha empezado por imponer, quiéralo o no el público, lo que él entiende que es el toreo de capa, exento casi siempre de esa cosa polícroma y luminosa que se convierte en gaoneras, galleos, chicuelinas, largas, afaroladas, serpentinas, mariposas, a las que no se puede quitar mérito aun cuando muchas veces, ellos mismos, lo paguen por convertir al toro que han de pasaportar en una devanadera.

—¿Entonces la suerte de capa?

—Tiene por delante la eficacia. El matador dispone de una suerte que si se realiza en forma es bastante para considerarla como figura imponderable: la verónica. Juan Belmonte se hace fenómeno antes de nada con su media verónica. Es algo que emociona y pone en pie al espectador, porque se trata de una suerte en la que hay que exponer, y el público con su instinto es lo que más premia. La verónica hay que lograrla; y es tan esencial como el capotazo que lanza el peón para correr y fijar el toro. Manolete torea por verónicas, echando por delante esa eficacia a que aludo al principio. Y como es artista de características personales, ha logrado la suya que es inconfundible en la ejecución.

Afirmado en esos pies que se juntan, para mantener la figura erguida y en línea graciosa, no rígida, con un movimiento leve de cintura para el juego y un manejo de muñeca, empapa al toro sin desplegar mucha tela, permitiéndole ir embebido en el engaño, realizando los lances que el animal acepta gustoso, cosa que Manolete mide con pasmosa seguridad. Cuando remata, lo hace generalmente por bajo y echándose el capote, más recogido todavía, más abajo de la cintura y sin romper la línea de la figura. Es el momento preciso que Manolete tantea su enemigo, más pendiente del estilo que muestra el toro que del lucimiento que puede tener la suerte. Pero como le pone mucho valor, y todos los movimientos son graciosos, la verónica de Manolete ya ha hecho escuela.

Valencia, 28-7-1944. Al quinto toro, Cañamero, de Vicente
Muriel, le hizo una de sus mejores faenas en esa plaza.
Manolete devuelve -por partida doble- los sombreros que le
arroja el público, custodiado por los hombres de a pie de su 
cuadrilla: Cantimplas, Alfredo David y Pinturas. Foto Finezas.

—¿Y en ese primer tercio?

—Es donde echa mucha ciencia Manolete. Seguirle en sus intervenciones, de una pasmosa sobriedad, bien en el lance suelto, la preparación para la suerte de varas, la forma serena de llevar la lidia, la disciplina que pone en sus subalternos, para que no falte nada ni sobre tampoco, es una verdadera lección de torear, que al público cae muy bien, porque en ello advierte el dominio perfecto. Puede decirse que el paso al segundo tercio, es como debe ser, obra del matador que dirige; y que hay una inteligencia muda y sin gestos, entre el que está arriba y da la señal y el de abajo, pegando al toro, sabe dónde está lo suficiente.

—¿Y con la muleta?

—Es el momento impresionante de Manolete. No encuentro otra palabra más a mano para calificar. Si en el toreo muestra un sentido dramático y de hombría, en ese momento puede decirse que es cuando consolida su recia personalidad. Si Manolete en la suerte de matar y cuando tiene que realizar su preparación con la muleta, no hubiera logrado esa superación, hoy sería un matador más, posiblemente de los bien enterados, y de los que saben andar por la plaza, pero de vida corta en la profesión y sin dejar ninguna huella. A Manolete le ha cogido de lleno el conocimiento del uso de la muleta, y es pasmoso todo lo que realiza con ella pegado al toro. Ninguno, y en esto sí que pongo montados unos sobre otros a todos los genios taurinos, han sabido dar un riesgo y una emoción trágica, como Manolete con la muleta. Se discute si los pases naturales que él prodiga son inferiores a los dados por ese otro fenómeno que se llama Juan Belmonte, y en esto no quiero entrar ni salir porque no es necesario. El mismo Juan ha dicho que en el terreno que torea Manolete en esta suerte, nadie lo ha hecho. A su sabiduría me plegó y ante él me inclino.

Alicante, 29-6-1947. Pase de castigo a un toro del Conde de la Corte.
Según Finezas II, es la mejor fotografía que hizo su padre. La belleza
y la torería de la imagen la llevaron los pintores a sus lienzos. 

Lo que sí sostengo es que Manolete, acaso por su construcción y por el secreto que ha sacado a esa manera tan difícil, por lo sencilla, valga la paradoja, de jugar a la muñeca, le permite ligar faenas, que yo en todos mis años no había visto ligar. Con la muleta Manolete realiza los pases más artísticos y alguno de cultivo excepcional como la manoletina, de seguro efecto para el público, pero al que yo no le doy la misma importancia como otros que realiza, impecablemente y con la conciencia que la muerte está rondando. El dramatismo a que antes aludía.

Valencia, 7-9-1942. Manolete recibe de manos de Justino Arenillas,
jefe superior de Policía, el capote de paseo ganado en la Feria de Julio.
Le acompañan, de izquierda a aderecha, Alfredo David, Juan Atienza,
Miguel Atienza, Cantimplas, Cristóbal Peris, Jesús Lloret Recorte y Pinturas.
Foto Finezas.

—¿Y esos pases que él ejecuta mirando al público?

—Muy pocos interpretan su debido sentido. Es casi imposible que a Manolete le coja un toro cuando lo realiza. Precisamente lo que quiere demostrar con ellos es que el toro está tan sugestionado en la muleta que no obedece a otra cosa; y esa es la mejor prueba de su dominio.

—¿Y ese toreo que alguien califica de costado?

—El que lo hace como crítica es que entiende muy poco o nada de toros. El riesgo precisamente es llegarle al toro, como él le llega y colocarse como él se coloca. En eso sí tiene la patente. Ahí está el toro, para darle disgustos a aquellos que, sin saber las razones, se atreven a imitarle. Manolete es el más concienzudo técnico en el toreo, pero eso nada valdría, muchos aficionados saben de eso y de otras cosas, es que Manolete, mezclado con eso, tiene la experiencia de lidiador, que solo cuaja cuando hay afición, valor y resistencia. Tres cualidades que son imprescindibles para alcanzar la meta en el toreo.

NOTA: Tanto las fotografías como los textos que ilustran la entrevista datadas en Valencia y Alicante, pertenecen al Catálogo "MANOLETE visto por Finezas", editado por la Excelentísima Diputación de Valencia en 2017, con las magníficas instantáneas realizadas por Joaquín Sanchis Serrano Finezas I, y Manuel Sanchis Blasco Finezas II.

sábado, 21 de noviembre de 2020

BERNABÉ ÁLVAREZ “CATALINO”, UN PICADOR “MUY ESPECIAL” (I)

Por Rafael Sánchez González

Juan Belmonte hace un quite a Catalino en Lima (Perú)

Cuando escribí sobre la relación de la dinastía taurina de los Gallo con varios toreros cordobeses, dejé para una nueva ocasión a los varilargueros Zurito y Catalino. Recordado ya el primero, quiero ocuparme ahora del segundo de esta pareja de verdaderos maestros con la vara de detener.

En mi ya dilatada vida de aficionado a la fiesta de los toros he tenido la oportunidad, en realidad ha sido siempre una constante en mí, de dialogar con numerosos profesionales del toreo en sus distintas categorías, y personas relacionadas con él, por lo que he podido recoger infinidad de datos y vivencias que han venido a enriquecer mi archivo taurino. Puedo asegurar que una de las entrevistas más amenas e interesantes fue la mantenida con Bernabé Álvarez Jiménez Catalino, si bien debo apresurarme a decir que mi participación en ella solo fue en calidad de escribano, por cuanto quienes la concertaron fueron mi padre y Pepe Guerra, mis auténticos maestros en materia taurómaca. Todo vino porque en 1953 Don Alonso Moreno estaba interesado en recabar información sobre este picador, para un libro que tenía intención de escribir y que al final creo que no vio la luz. No podía imaginar entonces que transcurridos más de veinte años compartiría tertulia con el ganadero palmeño en el Mesón del Príncipe, situado en la madrileña calle del mismo nombre, reunión de la que también formaban parte mi desaparecido amigo y gran aficionado Manolo León, y los conocidos picadores toledanos Rubio de Quismondo y los dos hermanos Mozo.

Casa Castillo, hoy Taberna Santi, lugar del encuentro

La cita con Catalino fue en Córdoba, en la antigua Casa Castillo, hoy Taberna Santi, en la plaza del Realejo, cercana a la calle Muñices, en la que a la sazón vivía y fallecería el 22 de diciembre de 1958, es decir cinco años después. No olvidaré su llegada al punto de encuentro. Valiéndose de una muleta y un bastón, apenas si podía andar con estabilidad y mover aquel corpachón de anchos hombros y elevada estatura, malformada ya por los numerosos golpes recibidos en los ruedos, más que por el paso de los años. A lo largo de casi tres horas nos fue desgranando su densa ejecutoria, citando a todos los espadas de alternativa con los que trabajó, al tiempo que iba añadiendo datos o detalles curiosos relacionados con cada uno de ellos, datos que fui recogiendo apresuradamente, dándose la circunstancia de que agoté todas las cuartillas que llevaba, por lo que Enrique Fresno, que en calidad de mozo regentaba entonces aquella popular taberna, me tuvo que facilitar varias hojas del bloc que guardaba en uno de los cajones de la vieja estantería, momento que aprovechó Bernabé para decirle, señalando a varios clientes que con atención seguían nuestra conversación: “Enrique, ten cuidao, no nos vayas a dar esas en las que tienes apuntao las trampas de esta gente”. Quiero y debo hacer constar, que se trata de todo un personaje dentro y fuera de las plazas de toros, y aunque la vida particular no deba ser nunca información fundamental para una biografía profesional, aportaré algunos detalles, que, unidos a los que por otras fuentes tengo recogidos en relación con él, servirán para un mejor conocimiento de la personalidad del protagonista al que quiero recordar, en la seguridad de que no será poca la información que por razones de espacio se quedarán sin exponer.


Para empezar habrá que decir que ni Bernabé pertenece al frondoso árbol genealógico de la torería cordobesa, ni entre sus jóvenes ilusiones anidaba la idea de actuar en los ruedos, aunque eso sí, fue bautizado en la muy torera Parroquia de Santa Marina, dado que nació en la calle Valencia de nuestra capital el día 15 de febrero de 1885. Fueron sus padres Adela Jiménez Fernández y Catalino -de ahí su apodo- Álvarez Gómez, manchego de nacimiento y primo del famoso doctor Don Luis Jiménez Guinea. Aquel hombre se ganaba el sustento “haciendo portes” con un pequeño carro  tirado por una mula, teniendo como clientes a muchos profesionales del toreo, a los que transportaba el equipaje a la estación de ferrocarriles para sus continuos viajes. De complexión fuerte, con quince años de edad se colocó Bernabé de faenero en el almacén de aceitunas y cereales de José Delgado, donde sin demostrar exagerado esfuerzo se cargaba sacos de 80  y  100 kilos. Y aquí empieza su relato. “Allí ganaba poco y duré menos todavía”. Seguidamente pasó a trabajar en la calderería del Depósito de Máquinas de Renfe, y después a la de Antonio Caro, situada en un corralón junto a la Torre de la Malmuerta, donde tenía como jefe a un tal Mayuel, “un tío de origen francés al que llamaban El Filipino, porque decía que había estado en la guerra de aquél país, luchando como infante de marina en las tropas españolas al mando del cordobés Don Rafael Cabezas, capitán de fragata, que fue el que se lo trajo después a Córdoba. Lo curioso era que en el mono de trabajo llevaba enganchada la medalla que como mérito decía él que le habían concedido”.

Dada su enorme fortaleza todos los compañeros le decían que tenía que ser picador. Y sucedió que regresando con unos amigos del Bar La Parra, junto al paso a nivel de Las Margaritas, al llegar al Café Chastang se encontraron con el Sr. Mayuel, que estaba acompañado de quien resultó ser el contratista de caballos de la novillada, anunciada para el día siguiente en Los Tejares (luego comprobaría que todo estaba tramado en ese empeño por hacerle picador). Una vez  presentados dijo Mayuel que ese era el muchacho del que le había indicado que quería picar en ella, y al saber este hombre que carecía de experiencia en dicho menester, le preguntó: “¿Tú que te crees, que los caballos son de cartón?”; “Ni de cartón ni de ná, que quiero ser picaor”, contestó Bernabé. El resultado fue que acordaron su actuación, por lo que sin más relación con las cabalgaduras que la mula del carro de su padre, y el manejo alguna que otra vez del coche de caballos que su tío Antonio tenía en la parada, con ropa prestada y sin informar de la aventura a su familia, valiéndose de la ayuda del monosabio que pasó a recogerlo con el caballo para llevarle a la plaza de toros, se vistió en casa de la novia que entonces tenía (de su faceta mujeriega también hablaremos). Se trataba de una novillada con motivo de la festividad de la Virgen de la Fuensanta (8/9) en la que el granadino Serafín Ibáñez Corcelito y los cordobeses Rafael Rodríguez Chaqueta y Rafael Sanz se enfrentaban a ganado de D. Juan Galdón. Recordaba Bernabé que al salir de la plaza era ya casi de noche; que como reserva actuó en los seis novillos, sin que ninguno llegara a derribarle; que el cuarto fue condenado a banderillas de fuego; el quinto se lo brindaron a Guerrita; y el sexto, que era el de menos peso salió bravo, pero todos con empuje y desarrollados pitones. Con cierto gracejo nos comentó que, antes de hacer el paseíllo, Carrana (Antonio Bejarano), que ejercía de torilero, al saber que era novato le dijo: “Muchacho, ¡¡te van a dar poco esta tarde…!!”. En realidad no debió dársele muy mal la cosa por cuanto el mencionado empresario de caballos, el sevillano Antonio Arenas, le ofreció la repetición para dos días después en la plaza de Andújar (Jaén), novillada en la que Rafael Molina Lagartijo Chico y Antonio Fuentes se las vieron con reses de Conradi. “Por ambas actuaciones me pagaron veinticinco pesetas, y en vista de que aquello era más rentable que seguir como calderero, y además no tendría que estar todo el día con el mazo de acero, la cizalla  y las tajaderas, ni cargarme pesadas chapas, le dije al Filipino que hasta luego y me tomé en serio lo de picador”.

Antigua plaza de Los Tejares de Córdoba

Una vez decidido a ello, pensó que convenía adiestrarse lo mejor posible como jinete, por lo que en compañía de su amigo el Gordoncho (Rafael González Gómez), que también sería picador de toros, se fueron a una huerta en los pagos de la Fuensanta, donde un amigo de Rafael tenía un potro a medio domar. Profesionalmente Catalino no llegó a manejar con total destreza  la brida, pero tenía poderosas piernas con las que atenazaba al caballo; es más, escogía los de mayor alzada sin importarle la doma que tuvieran, ya se encargaba él de que le obedecieran. Durante mi estancia en Madrid, muchas mañanas de invierno solía acercarme hasta el patio de caballos de Las Ventas para ver a Luis Vallejo Pimpi, responsable de la cuadra de caballos de dicha plaza. Sentados al solecito en un banco de madera, no me cansaba de escuchar sus interesantes y amenas vivencias. Como componente que fue de la cuadrilla de Manolete, a veces se le saltaron las lágrimas hablándome del inolvidable diestro. Respecto a Catalino me comentó que el día que confirmó la alternativa el califa (12/10/1939), que por cierto le cortó las dos orejas a un toro de Antonio Pérez, cuando su tío Basilio Barajas, que fue rejoneador y a la sazón era el responsable de la cuadra de caballos, vio por la mañana a Bernabé, exclamó: “todavía está vivo el bestiajo este”.

A partir de aquellas dos intervenciones primeras, Catalino continuó actuando como reserva en cuantas ocasiones se le presentaban, haciéndolo también a las órdenes de distintos novilleros en el coso cordobés, y así le veo con Corchaíto II, Manolete y Machaquito. En 1909 decide trasladarse a Madrid y con la ayuda de Manuel del Pino Monerri, picador cordobés casado con la popular lotera madrileña conocida por Doña Manolita, consigue debutar en la desaparecida plaza anterior a la de Las Ventas un domingo de frío polar (1912), enrolado en las filas del valenciano Antonio Mata Copao, que igualmente hacía su presentación, formando parte del cartel que completaban Isidoro Martí Flores, Pacomio Peribáñez y reses de Moreno Santa María. Trabajó después para otros espadas como Alfonso Cela Celita, Moreno de Alcalá y el mexicano Vicente Segura, hasta que por fin Rafael González Machaquito le dio puesto fijo en su cuadrilla en 1912, cubriendo con él las dos últimas temporadas en activo de dicho espada. A partir de aquí su trayectoria profesional cobró importancia y sus servicios fueron solicitados por los más importantes diestros del primer tercio del siglo XX, peticiones que él atendía según su conveniencia, porque, y me refiero a un aspecto muy señalado por quienes le conocieron, Bernabé se preocupó mucho del tema económico, y cambiaba de jefe según los emolumentos que le ofrecían. Un detalle al respecto. Era costumbre que los contratistas de caballos ofreciesen una gratificación a los picadores, con el fin de que, en lo posible, defendieran en el ruedo sus cabalgaduras, y según le contó el citado Fausto Barajas a su también mencionado  sobrino, cierta mañana de festejo, como quiera que aquella oferta económica no llegaba, Catalino repetía en voz alta por el patio de caballos: “con estos jacos no llegamos ni a la mitad de la corría”.

Los contratistas de caballos gratificaban a los 
picadores que defendían a las cabalgaduras

Quiero resaltar que en la entrevista que mantuvimos con él, según citaba los espadas a los que había acompañado, nos añadía su opinión sobre cada uno de ellos, a la vez que recordaba numerosos datos acerca de sus intervenciones, algunas de cuyas citas voy a referir (las fechas las aporto yo), por considerarlas interesantes o curiosas, y desde luego no fue tarea fácil darle forma a los apuntes que en su esencia tomé, mientras conversaba con mi padre y con Pepe Guerra. Así, de Machaquito resaltaba las cualidades de gran estoqueador y su enorme pundonor. “Toreamos cuatro corridas en Pamplona y en la primera, mano a mano con el Gallo, quedó muy mal con la espada, oyendo dos avisos con un bicho pregonao de Vicente Martínez, y por lo que el maestro nos contó, se tiró toda la noche sin poder dormir”. A continuación, tras permanecer unos segundos en silencio nos dijo Bernabé: “de allí me vine para Córdoba, porque se agravó la enfermedad de mi mujer y la pobre se murió el día 19, por lo que no pude ir a Pozoblanco, incorporándome a la cuadrilla en la feria de Valencia, donde también actuamos cuatro tardes”. Aquel año, Machaquito comenzó muy tarde la temporada, pero realizó doce paseíllos en la plaza madrileña cuyo ruedo no pisaba desde el 6 de octubre de 1911, cuando Pandero, un astado de Gamero Cívico, le causó la gravísima lesión vertebral que le mantuvo largo tiempo inactivo. A varias de ellas se refirió Bernabé. La primera, aquella en la que “nos echaron como sobrero un toro enano y se armó una gran escandalera, con la gente en el ruedo y mi jefe llamado al palco presidencial. Menos mal que enseguida cogió los palos Vicente Pastor y la cosa se pudo calmar”. Seguidamente, nos habló del día en que poco antes de hacer el paseíllo en Madrid, se le acercó Cocherito de Bilbao, y refiriéndose a la baja estatura de Fermín Muñoz Corchaíto,me preguntó con mucha guasa: ¿oiga usted, su paisano que es corcho o tapón?; contestándole yo, ¿y usted que es cochero o lacayo…? Ahora en el ruedo vamos a ver lo que es un torero con cojones”. Se trataba de la corrida celebrada bajo una pertinaz lluvia el 25 de mayo, en la que con siete toros de Martínez y uno de Pérez de la Concha actuaba con ellos Vicente Pastor. Se refirió también a la corrida de Beneficencia (29/5) a la que asistió la Infanta Isabel, “fue para ver a su torero, que era Vicentito Pastor”. Y cómo no, se detuvo al recordar cuando Machaquito se despidió del toreo, concediéndole la alternativa a Juan Belmonte, accidentado festejo celebrado el 13 de octubre, en el que saltaron a la arena once toros de los que cinco fueron devueltos, “por poco se acaban las banderillas de fuego con tanto manso como salió.  Rafael tuvo que matar el último, casi de noche ya, porque Belmonte había pasado a la enfermería. Bueno, lo que hizo fue rematarlo, porque a ese toro le di yo lo que se merecía”. Referente a las intervenciones en provincias de aquel año (1913), además de detenerse en las que picó en Córdoba, recordaba muy bien la llamada corrida Monstruo de Santander (26/6), en la que, dividida en tres partes, se lidiaron en total dieciocho toros, “yo no he visto en mi vida tantos caballos de picar juntos… Más de sesenta creo yo. Por la mañana había caballos hasta en el mataero, que estaba al lado de la plaza”.

Estocada de Machaquito en Málaga. Foto web Anís Machaquito

Retirado Machaquito, en 1914 ingresó en la cuadrilla de Paco Madrid, otro extraordinario estoqueador de toros, gran ejecutor del volapié. De su año con él nos habló Catalino de la tarde (1/9) que en La Malagueta se doctoró Matías Lara Larita, primera corrida de feria en la que se corrieron reses de Nandín y ejerció de testigo Juan Belmonte. Esta misma terna se repitió el día siguiente para enfrentarse a ganado de Conradi. Sucedió que “un toro enganchó a Belmonte cuando entró a matar, y aunque no llegó a herirle le propinó una paliza terrible, menos mal que Larita le hizo el quite a cuerpo limpio llevándose al bicho. Estando ya ambos en el callejón, con el traje hecho una piltrafa, le dijo Belmonte: gracias Matías, no se como pagártelo. A lo que contestó, no te preocupes Juan, ya me lo cobraré poco a poco. El tiempo le dio la razón, porque se sabe que fueron varias las ocasiones en que Belmonte ayudó económicamente a Larita”. Pobre y olvidado, Larita fue a morir en un asilo de Guadalajara. Aunque Bernabé, por modestia seguramente, no se extendió en elogios sobre su carrera taurómaca, sí nos dijo a continuación, “una de mis mejores tardes fue en la corrida concurso de ganaderías que se celebró en Madrid, picando a un toro de Andrés Sánchez. Fui muy aplaudido por el público y  felicitado por el ganaero”. Se refería al festejo celebrado el 29 de septiembre, en el que con seis ganaderías salmantinas participaron Tomás Alarcón Mazzantinito, Francisco Martín Vázquez, Agustín García Malla y Paco Madrid. Tras una breve pausa, esbozando una leve sonrisa dijo: “os voy a contar lo que ese año nos pasó a mi compañero Farfán y a mí en Burdeos. La habitación que teníamos estaba separada de otra por un tabique que no llegaba hasta el techo, y el pedazo que quedaba libre estaba tapado por una arpillera pintada de blanco. En esa otra habitación oíamos a una pareja que deberían estar a sus cosas, ya sabéis, por lo que decidimos arrimar el armario y subirnos para poder espetar a través de la  tela de saco, pero no se como se apañaría Farfán para que aquella se desclavara del techo, y a punto estuvo de ir a parar al otro lado. Tuvimos que bajarnos del armario a prisa y corriendo, pero como todo aquel entramado cayó en aquel lado, la pareja se puso a gritar en francés, mientras nosotros nos hacíamos los dormidos. Total, que en poco rato se formó un jaleo tremendo en toda la fonda. El conserje nos miraba a los dos, que nos hacíamos los longuis, encogiéndonos de hombros como si no comprendiéramos nada de lo que allí había pasado. Por cierto, aquel día nos salió un Miura que dio 485 a la canal… Parecía un elefante con cuernos, al que le arreamos siete u ocho buenos puyazos porque no había forma de bajarle los jumos. Como sería, que nos felicitaron los tres espadas y escuchamos una ovación enorme”.

Catalino picó en las cuadrillas de Gallito y de Belmonte

Siguiendo con su relato, dijo; “aquel año toreamos 49 corridas. La última fue en Jaén y la anterior  en Madrid (11/10). Por cierto, que estando por la mañana en la prueba de caballos se me acercó D. Juan Rodríguez, apoderado de Belmonte, y me preguntó si yo estaría dispuesto a ir con Juan el año siguiente.  En principio le contesté que le agradecía el ofrecimiento y que ya le llamaría. En noviembre pasé por el domicilio del apoderado para firmar el contrato y de paso aproveché para encargarme ropa en Ripollés, que estaba en la calle del León”. Al término de aquella temporada Belmonte trasladó su residencia a Madrid, y fue cuando al pasar por la peluquería de Almeida, en calle Sevilla, entró y solicitó que le cortasen la coleta, sorprendiendo a todos con esta acción, inusual hasta entonces y menos encontrándose el torero todavía en activo. Días después ingresaba en el servicio militar. “Mi estreno con Belmonte fue en Málaga, primer mano a mano que toreó con Joselito (28/2) y toros de Murube (como novilleros ya habían coincidido el 22 de agosto de 1912 en Cádiz). Qué gran feria cuajó Juan en Sevilla, sobre todo frente a los Miura (21/4 con el Gallo y Joselito), saliendo a hombros por la Puerta del Príncipe y siendo llevado así hasta su casa. Después  otro faenón a un toro de Murube al que le cortó una oreja en la Corrida de Beneficencia madrileña (25/4, con los citados hermanos y Vicente Pastor). Aquella de 1915 fue una gran temporada, en la que de no ser por algunos percances podríamos haber llegado a las 110 actuaciones que tenía contratadas. Y la siguiente (1916) iba por el mismo camino hasta que llegó la cornada de La Línea (16/7), donde un bicho de Salas le hirió de gravedad en un muslo al hacer un quite”. Resulta elocuente el dato de que de las 44 corridas que solo llegó a torear 32 fueron con Joselito.Cuando hablé por teléfono con el maestro para saber como se encontraba, me dijo que ya no torearía más ese año y que podía contar con su apoyo para que yo continuase con otros matadores en lo que restaba de temporada. En realidad apenas si estuve parao, porque en San Sebastián me dijo Cantimplas (Manuel Saco, banderillero en las filas de Rafael el Gallo) que sabía que a Joselito no le importaría llevar un picador más en la cuadrilla, donde ya estaban Carriles y Farnesio. Total, que en la feria de Bilbao ya iba yo con José”. Por cierto, un Joselito que hasta entonces no llevaba un año de muchos triunfos, salvo una tarde en la feria sevillana (27/4), en la que paseó un apéndice de un toro de Santa Coloma, y otra en Madrid (15/5) que cortó sendas oreja a dos astados de Gamero Cívico, aunque, como cabía esperar, acabó brillantemente con 105 festejos en su haber, de los 117 que había contratado. Que fueron 103 en 1917, año en que a Joselito le veían sus más allegados algo deprimido, por culpa de ese amor imposible con la hija de un famoso ganadero, al que tanto parecía preocuparle el tema de las clases sociales. De cuantas referencias hizo Bernabé sobre esta temporada, solo citaré las cinco orejas que obtuvo de los toros de doña Carmen de Federico, que por primera vez lidiaba a su nombre la ganadería de Muruve, corrida de la Prensa sevillana en la que actuó como único espada. “Yo no recuerdo un triunfo tan grande, ni un público tan entregado con un torero como el que vi aquel día; si en un toro estaba bien, en el otro todavía estaba mejor Yo puedo presumir de que he ido con los dos mejores toreros de aquella época”. No obstante, cabe añadir que en 1917, al celebrarse también espectáculos en la recién estrenada plaza Monumental,  Joselito solo toreó en La Maestranza dicho festejo (24/6), y el que con astados de Saltillo, a beneficio de la Cruz Roja, se celebró el 27 de abril, cuando por primera vez en la capital hispalense se devolvió un toro por manso. Al terminar aquella temporada de nuevo solicitó Belmonte los servicios de Catalino, para que, junto con los diestros Diego Mazquiarán Fortuna y Rufino San Vicente Chiquito de Begoña, los banderilleros Luis Suárez Magritas, Manuel García Maera, Emilio Moreno Morenito de Valencia y el mozo de estoques Antonio Conde, le acompañara en su viaje a Lima (Perú), donde tenía proyectado torear varias corridas de toros…, y llevar a cabo cierto asunto de índole particular. A tal fin, el 30 de noviembre embarcaban todos en el puerto de Santander. “Durante la travesía me ocurrió un suceso bastante  lamentable, pues una señorita, que tomaba el sol en la terraza del barco, entendió que yo le había molestado cuando lo que hice fue decirle un piropo bonito, total que si no llega a intermediar Juan me hubiera pasado todo el viaje encerrado en mi camarote, porque dicha señorita resultó ser la mujer del jefe de máquinas del barco. Pero repito que yo no quise ofenderla”. Dos días antes de Navidad, vestido de perla y oro el trianero hacía su debut en el coso limeño de Acho para matar reses de Asin en compañía de los dos espadas citados. En total fueron nueve corridas y una en su beneficio, más otra en Panamá y tres en la plaza de toros Circo Metropolitano de Caracas. “Y estando en Lima nos enteramos de que el maestro se había casado por poderes con una rica señorita de la alta sociedad peruana (Julia Cossio y Pomar) que se encontraba en Panamá, cuando por lo que supimos después ni en España sabían nada del asunto”.     

Puyazo en todo lo alto de Bernabé Álvarez Catalino. Foto El Ruedo

En el transcurso de la reunión que tuvimos con él, aunque se valiese de  varios recortes de prensa y apuntes suyos, que portaba en una carpeta de color azul ya descolorida por su uso y el paso del tiempo, nos sorprendió en sus declaraciones la facilidad con que recordaba los acontecimientos que nos fue desgranando y era encomiable oír los elogios que tenía para todos los diestros que acompañó a lo largo de su extensa carrera taurina. Tampoco se olvidó del toro de aquellos años, y nos hizo bastante hincapié en la diferencia del ganado al que se enfrentó antes y después de ir con Machaquito, “a partir de Joselito y Belmonte salía ya un toro con menos kilos y menos cornamenta, aunque pasaran de cuatro años y tuviesen el empuje necesario para aguantar  cinco o más puyazos, como aquel de Aleas, Palillero recuerdo que se llamaba, que en la plaza de Madrid, después de llevar en volandas a mi compañero Camero, tirándolo al callejón con caballo y todo, me derribó a mí y me echó el jaco encima, menos mal que me pilló cuando estaba ya en cuclillas para levantarme, y solo me dejó un fuerte magullamiento en el costado izquierdo”. En ese momento nos mostró una foto en la que se le veía en el patio de Las Ventas junto con una cabalgadura, “con este caballo, Marconi, piqué varias tardes en Madrid… a mí me gustaban los caballos  grandes para poderme echar sobre los toros largando palo y así poder apretar con facilidad”.

La temporada de 1918 estuvo marcada por una terrible epidemia que dieron en llamar “gripe española”, que llegó a Europa a primeros de año, con los soldados americanos que lucharon en la Primera Guerra Mundial, causando más de 200.000 muertes en nuestro país, gobernado entonces por el liberal Manuel García Prieto. Epidemia que en el ámbito taurino obligó a la suspensión de numerosos festejos. Dicha temporada Belmonte no toreó en España, por lo que Catalino aceptó la oferta que le hiciera José Flores Camará, a quién, tras su apoteósico debut en Madrid como novillero el año anterior (2/9), se le presentaba una campaña importante, como así fue, pues totalizó 56 corridas de toros, entre las que cabría destacar las tres de la feria de Córdoba, más una (24/10) como único espada; cuatro en la de Bilbao y  seis en Madrid, la primera de ellas la tarde que Joselito le otorgó la alternativa (21/3) con el toro Amargoso (así se llamaba también el primer miura que Manolete mató aquella fatídica tarde de Linares), y la de Beneficencia (17/5). Un prometedor futuro que se diluyó pronto, ya que a partir de 1920 el descenso de sus intervenciones fue vertiginoso hasta quedar totalmente eclipsado del escalafón. El destino le tenía reservado otro puesto relacionado con la Fiesta, con el que sí dejaría muy marcadas sus señas de identidad. Sobre Camará nos dijo Bernabé: “Yo creo que se equivocó al tomar la alternativa sin tener todavía la suficiente preparación… Fue una víctima más del poderío de Joselito. ¡Qué gran afición y qué inmenso poderío tenía este torero!”. 

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