Por Rafael Sánchez González
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Catalino junto a Manolete, Camará. El Pelu y Guillermo. Fotografía de cuadrilla para el kilométrico del ferrocarril. Foto Francisco Linares.
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En 1919 regresó a la cuadrilla de Juan Belmonte y en ella permaneció tres
campañas completas. Este primer año fue en el que más veces realizó el paseíllo
en la plaza de la Villa y Corte, donde dejó faenas memorables, al igual que en
Sevilla, Barcelona, Valencia y Zaragoza, hasta totalizar 110 actuaciones
(algunos historiadores citan 109), batiendo las cifras de Joselito en las cuatro
temporadas anteriores. Según Bernabé:
“Fue un año completo para Juan, porque no sufrió ningún percance
de consideración. Recuerdo también que
dio varias alternativas” (tres, a su hermano Manuel, José Roger Valencia
y Manuel Jiménez Chicuelo). En la siguiente (1920), tras resultar herido en una
tienta, comenzó el 4 de abril en Sevilla para lidiar reses de Nandín junto a Sánchez Mejías, Chicuelo y Joselito, con el que ya
se mostraba muy unido y compartía franca amistad, comprendiendo ambos, que aun
cuando cada uno tuviese su personal temperamento y propia tauromaquia, se
complementaban en el ruedo. Lástima que
el final de José estuviera ya
próximo. Por cierto, celebrada la corrida del día 15 en Madrid, en la que en
unión de Sánchez Mejías despacharon
toros de D.ª Carmen de Federico, que
sustituyeron a los albaserradas
rechazados por chicos, ante un encrespado público que llamó ladrones a los
toreros, un desalmado le gritó a José
“¡ojalá mañana te mate un toro en
Talavera!”, hubo de suspenderse la que estaba programada para el día
siguiente, al decidir Joselito actuar en Talavera, por lo
que Belmonte se quedó en su piso
madrileño de calle Espartel, donde Antoñito, su mozo de espadas, le
llevó la trágica noticia que conmocionaría a toda España. “Ahí me la ha ganao”, dicen que fue la inmediata reacción de Juan. La muerte de Gallito supuso una
sensible pérdida para la afición. “Se
acabó el toreo”, exclamó Guerrita. Y a Belmonte le faltaría ya su
otro yo. La Fiesta carecía de toreros con tirón de cara a las empresas, y la esperanza que
traía Granero la cortó de raíz Pocapena en el coso madrileño el 7 de
mayo de 1922. Aquel invierno de 1920 realizó Juan un nuevo viaje a Perú, cobrando treinta mil pesetas por
actuación. Le acompañaron su mujer y su hija, a las que dejó en Nueva York con
los suegros, mientras que su hermano José,
matador de toros, y algunos escogidos elementos de su cuadrilla, entre los que
no podía faltar Catalino, embarcaron en otro grupo rumbo al puerto de El
Callao.
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Juan Belmonte
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Mal comenzó para Belmonte la temporada de 1921, ya que en su segunda actuación (18/4
con Chicuelo
y su hermano Manolo), en Sevilla, un manso de Santa Coloma le produjo una
grave cornada en la boca que le tuvo largo tiempo inactivo (perdió 22
corridas), soportando una dolorosa convalecencia con varias operaciones
quirúrgicas e ingiriendo solamente alimentación líquida, hasta que por fin el
12 de julio pudo reanudar sus actuaciones en Algeciras con la herida sin
cicatrizar todavía. “Fue una cornada
horrorosa, creíamos que le había destrozado la boca”, nos dijo Catalino.
Aún así sumó 72 actuaciones, embarcándose seguidamente con destino a una corta
campaña por plazas mexicanas, alternando esta vez con Sánchez Mejías. Después de realizar con su familia una gira turística por Estados Unidos, regresó a España a
finales de septiembre de 1922. Ya no volvería a los ruedos hasta 1924, en una
brevísima incursión como rejoneador y espada.
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"Ignacio tenía reacciones que encandilaban a la gente" (Catalino) Foto: Ignacio Sánchez Mejías apoyado en la contera de la barrera
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Siguiendo con nuestro biografiado, en
1922 pica para el carismático Ignacio
Sánchez Mejías, gran torero y
destacada personalidad en diversos campos culturales y sociales ajenos a la
tauromaquia. Fue un extraordinario
banderillero, que entusiasmaba al público con su arriesgada forma de
clavar por los terrenos de dentro y muy pegado a tablas, popularizados como el par de la mariposa. Ignacio regresó de América en bajo estado de salud, y pensaba
limitar el número de intervenciones, pero la desgraciada desaparición de Granero el 7 de mayo en la plaza de
Madrid, y su presunta ausencia mermaban considerablemente el interés de los
aficionados, por lo que aceptando una suculenta oferta de la empresa madrileña,
y aún desechando numerosos contratos, redondeó una triunfal temporada con 44
corridas toreadas, siete de ellas en la Feria de Valencia. En los dos años
siguientes (1923 y 1924) Catalino acompañó a Marcial Lalanda, diestro de dilatada
ejecutoria, que sin haber alcanzado todavía su período de mayor apogeo totalizó
48 y 49 actuaciones respectivamente, que pudieron ser más en el segundo de los
años citados de no impedirlo Indio,
un burel de Andrés Sánchez de Coquilla, que el 15 de julio
le corneó gravemente en Madrid. Marcial
fue un torero con gran dominio de la técnica, unido a una marcada personalidad
artística, sirva como ejemplo su bonito galleo
de la mariposa, que ofreció al público por primera vez en la madrileña
corrida de Beneficencia de 1923.
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Catalino
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Sobre estos dos matadores, sin dejar de
reconocer su valía, se mostró menos expresivo Bernabé, “Marcial fue grandioso en todos los tercios, pero demasiado técnico; en cambio Ignacio tenía reacciones que
encandilaban a la gente. Me gustaba además porque todo te lo decía con respeto
y educación”. “Los dos años
siguientes (1925 y 1926) fui con el Algabeño…
Bueno, primero salí un par de veces con Maera
(Manuel García López), que murió el pobre pocos meses después
(11/12), pero esos dos años fui con Pepe y en total pudieron ser cerca de
cien las corridas que toreé con él. Me
acuerdo de una en San Sebastián (9/8/1925), con toros del Conde de la Corte, a la que asistió la reina María Cristina”. José García Rodríguez fue otro maestro
del volapié, sin exquisiteces en su toreo, pero con gran desenvolvimiento ante
las reses. De mis datos particulares sobre este picador cordobés encuentro una
crónica del diario murciano El Liberal
(14/4/1925), referente a la corrida de toros celebrada el día anterior en
aquella ciudad, que resalta en su titular: “¡Así se pican los toros! Catalino,
caballero del castoreño”. En 1927 sumó 65 corridas con Cayetano Ordóñez Aguilera Niño de
la Palma, torero de un arte exquisito en nada equiparable con su manejo
de la espada, al que la falta de regularidad en su etapa de plenitud, y un fuerte temperamento ante determinados
revisteros taurinos, perjudicaron grandemente la difusión de muchas tardes
triunfales. Del ocurrente “Es de Ronda y
se llama Cayetano”, pasó al malintencionado, “Ni es de Ronda ni se llama Cayetano,
es de Arriate y le llaman Cucufate”. Habilidosas frases del maestro Gregorio Corrochano, tan sobrado de
calidad literaria como de acusado interés en sus crónicas taurinas. Casado en
1920 con Consuelo Araujo de los Reyes,
cantante y actriz conocida artísticamente como Consuelo Reyes, Cayetano fue el iniciador de un
dinastía torera de la que aún tenemos integrantes en activo, y de la que el
mejor exponente fue su hijo Antonio,
el diestro que más me ha colmado con su toreo en mi ya larga vida de
aficionado.
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"Porrazos recibí a montones, como todos los picadores" Derribo de Bernabé Álvarez Catalino. Foto El Ruedo
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En este momento de la entrevista se
le preguntó: “Bernabé, ¿por qué
cambiaba usted tanto de cuadrilla? La respuesta fue tan rápida como
aclaratoria, “por cuestiones particulares”.
Y continúo diciendo: “si Cayetano toreaba bien, sobre todo con
el capote, mi siguiente jefe no se le quedaba atrás, y además tenía gran duende y un estilo propio capaz de levantar
al público de sus asientos a la segunda verónica… ¡Cómo me gustaba a mi
toreando Cagancho…! Fue uno de
los muchos elogios que nos hizo sobre este diestro gitano, a quien el
mencionado Corrochano, tras un
festejo celebrado en Toledo (8/5/1927), comparó con la talla del escultor Juan Martínez Montañés: “Con el palillo de la muleta y la espada hace
una cruz y así se presenta a la multitud este hombre seco como un cartujo, del
color de la madera abierta que eligiera para sus tallas el Montañés…” Con Joaquín
Rodríguez Ortega permaneció a lo
largo de cinco temporadas (1928-1933), si bien en la última de ellas
ajustó algunas corridas con Antonio Márquez. Eran ya años en los
que se lidiaban reses que ni por edad ni por su integridad deberían merecer el
calificativo de toros. Una circunstancia que, como sucede ahora, ha sido muy
debatida por los aficionados en diferentes etapas del toreo, Pero eso, como se decía en Cádiz en mis años
de estudiante, son conversaciones de
Puerta Tierra. No descubriré nada si digo que se hicieron famosos los
fracasos de Cagancho a lo largo de su vida torera, empezando por el mismo
día en que el Gallo le dio la alternativa en Murcia (17/4/1927), pero no
es menos cierto que cuando sacaba a relucir su arte sublime, pasaban al olvido
aquellas tardes en que salía de las plazas custodiado por la Guardia Civil.
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| Escultura a la verónica de Joaquín Rodríguez Cagancho. |
Se
habla mucho de su aciaga actuación en Almagro (26/8/1927), cuando en la
localidad murciana de Caravaca (1/5/1927) se llevaron los cabestros los dos
toros de su lote. Aunque podría
argumentarse en su defensa, que también a Manuel
Domínguez, que pasa por ser uno de
los toreros más valientes en la historia de la Tauromaquia, le echaron al
corral una tarde en Sevilla los tres que debía estoquear. Joaquín puso punto final a su ajetreada trayectoria en México -ocho
rabos cortó en la plaza capitalina- donde falleció el primer día del año 1984.
Siguiendo con Catalino, comenzó la
campaña de 1934 con Cagancho y la terminó al lado de Juan Belmonte. “Joaquín conocía mi relación profesional con Juan y no hubo ningún problema, por lo
que hice con él el final de temporada, además quería que le acompañara en
varias corridas que tenía apalabradas en Venezuela, pero a la muerte del
General Gómez, en el mes de
diciembre, decidió no embarcarse en esa aventura. Hubiera sido mi cuarto viaje
a las Américas. Y en 1935 hice con él
las cerca de treinta corridas que toreó”. Recordemos que por aquellas
fechas ya se rumoreaba insistentemente la posible retirada definitiva de Belmonte, como así podría considerarse
que fue. Cuando en 1936 volvió a los ruedos lo hizo ya en calidad de
rejoneador, en cuya actividad participó también en diferentes festejos de
carácter benéfico, pero se dio la circunstancia de que el 15 de noviembre de
este mismo año toreó en Córdoba una de aquellas corrida de toros, que por el
carácter que las rodeaba se denominaron Patrióticas,
y pasa por ser su última actuación vestido de luces. Festejo del que conservo
un cartel original. “En el 36 fui de
nuevo con Cagancho, pero ya se
dieron pocos festejos. La Guerra Civil y los años que vinieron después fueron
muy duros para todos. Yo afortunadamente no me compliqué la vida en ese
sentido, y cuantas veces me llamaron para picar en corridas, con el fin de
recaudar fondos en favor de las tropas que luchaban en el frente o para ayudar
a los pobres, lo hice, pero nunca me metí en declaraciones que pudieran
acarrearme problemas, como le pasó a muchos compañeros en toda España”.
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Chicuelo otorga la alternativa y el testigo de su toreo a Manolete. Sevilla, 2 de julio de 1939 |
Y
sigue contándonos Bernabé: “en 1939 Camará
me llamó para entrar en la cuadrilla de Manolete,
que iba a tomar la alternativa en
Sevilla (2/7). Se la dio Chicuelo,
otro grandioso torero. Y con él estuve hasta el año siguiente, que fue en el
que me retiré. De Manolete solo
puedo decir que vino a recuperar el interés de la gente por los toros, no os
podéis ni imaginar como se abarrotaban las plazas para verle torear, y eso que
muchos no tenían ni para comer. Recuerdo que aquel día de la alternativa piqué
junto con Paco Zurito, que sufrió un
golpe tan grande que lo tuvo bastante tiempo enfermo en la cama hasta que el
pobre falleció. Paco podía haber
sido un brillante picador. La siguiente corrida que Manolete toreó en Sevilla (18/7) la recordaré toda mi vida. Un toro
de Tassara me derribó y me tiró un
gañafón en el pecho rompiéndome la ropa, y sacando en el pitón la cadena con
una medalla que yo llevaba colgada al cuello. Aquello caló en el público, que
se sorprendió al ver que me levantaba, y subiéndome de nuevo al caballo le di dos buenos puyazos. La ovación fue
la más grande y emocionante que yo he recibido en mi vida, por eso digo que no
la olvidaré nunca”. Debo añadir, que Don Fabricio tituló su crónica en
ABC con esta frase, “El gesto de un árabe”. Al hilo de este suceso se le
preguntó por los percances que había
recibido y esto fue lo que nos contó: “Porrazos
recibí a montones, como todos los picadores. Cuando los caballos salían todavía
sin el peto había veces que nos juntábamos más de un picador rodando por la
arena, por eso todos acabábamos fatal de los huesos… El Señor Manuel, que no me cansaré de decir que
ha sido el mejor de todos, cuando se retiró, además de andar con bastones
llevaba un corsé, que le ajustaba todo el cuerpo de cintura para arriba, estaba
hecho polvo. Y a mí ya me veis como voy, que no soy capaz de dar un paso sin la
ayuda de estos palos. Eso sin contar los que murieron de alguna cornada, y los
que se quedaron inútiles para el resto de su vida, que fueron muchos”. Y estos son los percances de cierta gravedad
que nos citó: “en Pamplona (7/7/1913)
un toro de Vicente Martínez me tiró un fuerte gañafón a la cara dejándome una
herida que tardó en cicatrizarme. Unos
años después (11/9/1917) un toro de Veragua me hirió gravemente en el muslo
izquierdo. Y en 1925 sufrí dos percances, el primero en Murcia (12/4), donde otro toro de Martínez me dio otra cornada en el mismo muslo, un poco más abajo
de la anterior. Y el segundo lo
recibí un mes después (15/5) en
Madrid, con un bicho de Gamero Cívico que casi me vuela la mandíbula”.
A estos accidentes habría que sumar el puntazo en el pie derecho que un astado
de Vicente Martínez le infirió en
Málaga, festejo en el que Belmonte
también resultó corneado en una pantorrilla.

Catalino fue un picador que dejó huella entre
los profesionales del castoreño. Dotado de gran fortaleza física castigaba duro
a los toros, sin valerse de artimañas ni ventajas, haciendo la suerte tal y
como la realizaban quienes consideró
santo y seña en este tercio de la lidia, que, según nos dijo, había cambiado radicalmente a partir
de la obligatoriedad del uso del peto protector para los caballos, que en 1928
impuso el gobierno del general Primo de Rivera. Así opinaba al respecto:
“La suerte de varas sirve para quitarle fuerza a los toros, para favorecerle el
trabajo al matador, pero si un toro no tiene fuerza poco tienes que quitarle”.
Y añadió: “Con el peto se rebajó el
número de caballos que morían en el ruedo y ganaron en seguridad los picadores.
Entonces, después de cada corrida, llegabas a la fonda donde se hospedaban los
toreros y sabías cuáles eran las habitaciones de los picadores, por el fuerte
olor que salía de ellas al ungüento que teníamos que juntarnos, para aliviar
los dolores por los porrazos recibidos en el ruedo… El frasco del tío del
bigote (emblemático dibujo del famoso linimento Sloan) no faltaba nunca en nuestros maletines. Hoy
hasta los monosabios huelen a colonia de Lavanda”. Al preguntársele que cómo creía que había
sido él en su cometido, contestó: “yo no
habré sido muy bonito tirando el palo, pero castigaba a los toros en su sitio,
agarrándome con ellos. En aquellos tiempos salían muchos toros mansos, y tenías
que quedarte con ellos en el primer puyazo… cuando se podía, claro está. Nunca
piqué barrenando para dejarlos medio muertos. Un día vi como lloraba un toro y
dejé de pegarle… y buena bronca que me llevé de los banderilleros”. Ya ha
quedado escrito que el último espada al que acompañó fue Manolete, falta referir
su última actuación vistiendo la calzona y la chaquetilla de luces. En todas
sus biografías e incluso por declaraciones suyas fijan la cita en el 16 de
septiembre en la plaza de Salamanca, con ocho toros de Antonio Pérez que el califa
cordobés estoqueó junto a Marcial
Lalanda, Domingo Ortega y Pepe Luis Vázquez. ¡Vaya un cartelazo! Todo es correcto salvo la fecha,
que fue el viernes 13, segunda y última corrida de feria en la capital charra. Bernabé pudo confundirse porque dicho
día 16 se repitió en Valladolid el cartel de ganadería y toreros, pero ya no
figuraba él en la cuadrilla. Además, el mismo Bernabé dice sobre su retirada que el último toro que picó “fue después fogueado por manso” y esto
solo sucedió en la mencionada corrida salmantina. Todavía queda más claro el
tema tras comprobar en mis notas su referencia al añadir, “también habíamos toreado allí el día anterior y por la noche, en vez de
irnos al circo como hicieron otros compañeros, Cantimplas (Rafael Saco
Rodríguez, primo de Manolete y banderillero en su
cuadrilla) y yo nos fuimos a cenar a un restaurante que había en el centro de
Salamanca, llamado La Mezquita, y después nos metimos en el cine”.
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Naranjas y capotes. Foto Ernesto Castillejo
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Por lo
tanto, todo aclarado. Puede llamar la atención que dejara de actuar el día 13
cuando a Manolete solamente le restaban por cumplir cinco contratos (los
dos de Valladolid, Córdoba, Valencia y Jaén). Según nos manifestó, “todavía me encontraba en perfectas
condiciones, pero atendiendo los consejos de varios amigos comprendí que no
debería exponerme al riesgo de poder sufrir algún percance difícil ya de
superar, por lo que decidí marcharme
definitivamente". Con el paso del tiempo, me indicaron que si
bien conservaba su fuerza de brazos para picar con solvencia, en cambió se
encontraba ya muy debilitado de piernas, al extremo de tenerle que ayudar cada
vez que se subía a las cabalgaduras.
Dadas las circunstancias que rodearon
a quien durante toda su vida se caracterizó por no pasar desapercibido, voy a
dedicar unas líneas al capítulo personal. Ya ha quedado al menos apuntada su
marcada condición materialista de la vida, eso por lo que algunos le tachaban
de pesetero. A nivel anecdótico les
diré, que en sociedad con Ricardo
González Curro Camará (destacado
banderillero en la cuadrilla de su primo Machaquito) y del picador Zurito, en un terreno que este
último tenía lindando con la finca Las
Pitas, en 1924 formaron los tres una empresa de caballos de picar, pero
después de varias ferias con numerosas bajas en la cuadra de equinos, al
terminar la de Córdoba, Catalino pidió la cantidad que había
aportado y abandonó la sociedad, por considerar poco rentable el negocio. Y una
vez retirado, en compañía de un amigo, empleado de Hacienda, se dedicaron a lo
que por aquí llamaban dar dinero a
cordelillo, esto es, conceder préstamos mediante el cobro de un pequeño
recargo. Un método de usura, dicho sea de paso, que ya se practicaba en Córdoba
desde el tiempo de lo judíos, y no faltan
historiadores que la señalan como una de las causas por las que fueron
expulsados de España.
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Última foto de Bernabé Álvarez Catalino. Revista El Ruedo
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En el terreno familiar, decir que Bernabé se casó o convivió con Antonia Fuentes y fueron padres de dos hijas. En 1912 contrajo matrimonio
con Elisa Ruiz Lopera, que era cambiaora
en el Mercado Central (sentadas detrás de una mesita, estas mujeres facilitaban
cambio fraccionado de monedas reteniendo para ellas un diez por ciento).
Finalmente se sabe que tuvo por compañera a Carmen, nieta del picador Ricardo Moreno Onofre, conocido por Mediaoreja entre los cordobeses, por
haber perdido parte de un pabellón auditivo a consecuencia de un percance
sufrido en el ruedo. En su entorno se le tenía a Bernabé por ser muy mujeriego, “yo
siempre he tenido mujeres al retortero”, nos dijo. Y a petición de un
parroquiano que seguía de cerca nuestra
conversación con él, nos relató un lance que le sucedió a tal respecto. “Tenía yo una amiga en una casita baja de dos plantas en la Plaza Santa
Teresa del Campo de la Verdad, y estando con ella llamaron a la puerta,
resultando ser su marido que se presentó de pronto… Total, que a medio vestir y con las botas en la mano
tuve que saltar a la calle por la ventana todo de prisa y corriendo; tanto corrí, que fui a caer casi encima de
este hombre al que su mujer, para darme tiempo a mí, todavía no le había
abierto la puerta”. ¿Y cual fue su reacción?, le pregunto mi padre. Muy
sonriente contestó. “Pues… que le dije
buenas tardes y me fui como el que no sabía nada… Qué iba a hacer ya”.
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Taberna de Paco Acedo
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Hombre muy dado a la conversación y
buen bebedor, frecuentó varias tabernas en razón a los distintos domicilios que
habitó. Así, La Paloma (después Casa Paco
Acedo, donde Manolete y su amigo Lángara
se fumaban a escondidas sus primeros cigarrillos, y el califa tuvo dedicada una habitación plagada de recuerdos,
espacio en el que últimamente se reunían los componentes de la Tertulia Taurina Tercio de Quites, y
establecimiento donde también tenía su sede la Peña Taurina José Luis Torres);
San Miguel (hoy popularísima Casa El Pisto, de mi recordado amigo Pepe
López, regentada ahora por su hijo Rafael);
la muy antigua de Salinas en calle Tundidores; El 6 de las Cinco Calles (convertida en restaurante); la Sociedad de Plateros de San Francisco
(una de las más antiguas de Córdoba); Casa
Calzaíto en Santa María de
Gracia; Taberna del Gallego en calle
Santa Inés y El 89 en el Realejo
(frente a Casa Castillo, donde mantuvimos la entrevista). En todas ella tenía su grupo de amigos que no dudaban en
invitarle, para lo que no tenían que forzarle mucho, mientras él les relataba
sus mil y una aventuras vividas. Por cierto, antes de que Bernabé llegara a la cita,
Enrique nos presentó a Luis, un cliente de avanzada edad que
en los años treinta visitaba la referida taberna El 89, y fue testigo de las reuniones que allí mantenían Catalino
y Zurito.
Según nos indicó, cuando ya llevaban
bebidos varios medios de vino solían terminar tarifando, pero al siguiente día
volvían los dos tan amigos. Según sus palabras, “El Señor Manuel se
volcaba hacia atrás el sombrero cordobés, con un leve toque de su dedo pulgar,
y decía: Bernabé, ya no te aguanto
más pegoletes. Y recogiendo sus dos bastones se marchaba”. Recordaba
también este hombre, que en una ocasión le oyó decir a Catalino: “¿habéis visto los cojones que tiene…? Pues
más le echaba a los toros”.
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Magistral puyazo del señor Manuel de la Haba Zurito.
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Como colofón a nuestra interesante
reunión, que para mí era la primera de una larga lista con numerosos profesionales
del toreo, tanto en Córdoba como en Madrid, Bernabé nos tenía reservado un número especial, su alarde de
fuerza. De pie y apoyando sus anchas espaldas sobre la pared, enganchó con el
extremo del bastón una pesada silla de hierro y la levantó a pulso hasta veinte
ocasiones seguidas. Recuerdo la cantidad porque antes de comenzar la exhibición
me dijo: “escribiente, ve contando”.
Observarán que no se trata de una
biografía al uso, al estar realizada básicamente siguiendo la narración del
propio interesado, a la que he querido ser fiel, apoyada en otras referencias
de mi archivo y aportando las fechas correspondientes a sus datos, así como
algún comentario igualmente relacionado con el guión. Una biografía que espero
sirva para conocer a este singular personaje, sobre todo, su gran categoría
profesional. Si tuviéramos que citar los varilargueros más sobresalientes del
pasado siglo, en esa relación, sin ninguna duda, no podría faltar el nombre de Bernabé Álvarez Jiménez Catalino. “Un picador exuberante de
majeza y despiadado con los toros”, como lo describió el historiador taurino González Acebal. Además, ya se encargó él de dejar sellada su
trayectoria profesional, cuando me dijo al despedirnos: “No te olvides de poner que yo fui un picador muy especial”.