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sábado, 5 de octubre de 2024

«MANOLETE» RECORDADO POR ANTONIO BELLÓN


Portada del libro

En 1990 fue publicado «PASEILLO DE LUCES Y SUEÑOS CALIFALES», libro del compañero en la información taurina Ángel Mendieta Baeza, crítico del «Diario Córdoba», que fue editado por Cajasur. Se trata de una amena obra que inserta entrevistas a toreros cordobeses, aunque la encabeza la realizada a D. Antonio Bellón Uriarte, quien fuera crítico taurino de la célebre revista Dígame, y acompañante de viaje de Manuel Rodríguez Manolete en la temporada de 1947: un documento desconocido para muchos aficionados, que por el interés de su testimonio sobre el inolvidable torero cordobés, por encima de otras consideraciones técnicas sobre los toreros clave en la evolución histórica del toreo, se asoma para quedarse en esta manoletista Plaza de la Lagunilla, gracias a la autorización del autor.


Ángel Mendieta entrevista a don Antonio Bellón. Foto G. Ruiz


"DON ANTONIO BELLÓN, COMPAÑERO EN EL ÚLTIMO VIAJE"

«Una de las personas que convivió más íntimamente con Manolete en su última etapa fue Antonio Bellón, crítico taurino del prestigioso semanario Dígame. Bellón acompañó en su último viaje a Manuel Rodríguez Sánchez desde Madrid a Linares. Con él vivió sus últimas preocupaciones, sus últimas alegrías, sus últimas esperanzas y sus últimos miedos. Habrá que decir que Antonio Bellón es un venerable joven de ochenta y bastantes años. Sí, decimos bien, joven, porque sus muchos años no le impiden ser un hombre con ilusión, con espíritu emprendedor.

Antonio Bellón sabe la realidad de su momento y no es ningún cascarrabias, más bien todo lo contrario. No se cree superior a nadie y sabe respetar a todo el mundo.

Antonio Bellón pasa largas temporadas en su casa de Baena, donde nos recibe con talante abierto y coloquial. Él sabe que puede enseñar mucho y no tiene inconveniente alguno en prestarse al diálogo. El tema, lógicamente, no puede ser otro que el de Manolete. Están presentes en la entrevista nuestro corresponsal en Baena, Antonio Alarcón, que lo es del “Diario Córdoba”; Paco Laguna, autor del libro Tauromaquia de Manolete y el fotógrafo J. Ruiz.

Ni que decir tiene que la conversación transcurrió en un ambiente distendido, y en el inicio de la misma nos contó que él había conocido a Manolete cuando este fue a Madrid a torear en la plaza de Tetuán de las Victorias:  “Fui a verle con mi maestro K-Hito. Lo que más nos impresionó fue su quietud. Más incluso que sus condiciones como matador… Actuó con Silverio. Nos gustó la esbeltez de Manolete, su valor sereno y su majestuosidad”.

—¿Se pudo adivinar en aquella actuación la figura que Manolete llevaba dentro? 

—No. Eso era muy difícil. El toreo es una cosa magníficamente desorganizada, pero con una organización perfecta. Y el escalafón novilleril es el cernedero para dejar atrás a los que no valen. No hubo tiempo para verle cernirse. Luego, durante la guerra fue cuando Manolete se hizo. Yo en aquella época ejercía de digno barrendero.

—¿Sabe usted si le fue a Manolete fácil su paso por el escalafón novilleril?

 —Manolete tuvo un inconveniente y es que tenía su lado a los niños más bonitos del mundo: Antonio Bienvenidael GallinoPaquito Casado y a Pepe Luis. Eran cuatro pinturas de niños vestidos de torero y, claro, a su lado Manolete era un desangelado  y un desgalichado. En la España de aquella época poco tenía que hacer.

—Usted le conoció muy de cerca. Háblenos de las cualidades humanas que descubrió en él.

Manolete tuvo un problema de timidez, aunque tuvo unas cualidades humanas estupendas. Con Manolete se daba un caso similar al de Joselito. Fueron como dos vidas paralelas. En la plaza eran fenomenales. Ambos fueron maravillosos creadores. Pero, sin embargo, en la vida particular eran unos desdichados. Los dos fueron unos enamorados de su madre y fracasaron en sus amores. Manolete, mientras se movió en el ambiente de sus amigos de Córdoba, fue como son los cordobeses. Sin embargo, cuando empezó a salir por el mundo, se dejó influir un poco por el ambiente relajado del mundillo del toro.  Pero nunca perdió su magnífico talante y su respeto por todos.

En una ocasión en que estábamos comiendo -recuerda- Domingo Ortega le dijo que le hablara de tú. Sin embargo, Manolete contestó que no, que Domingo era un maestro y que jamás le hablaría de tú. En otra ocasión me enseñó el barrio donde él vivía, Santa Marina, vimos la casa de paso y luego me llevó a una capilla —Antonio Bellón se refiere a la capilla del Colodro— en la que había dos monjitas vestidas de radiante blanco en adoración permanente al Santísimo. Manolete me dijo: “Aquí es donde yo vengo a ponerme a bien con Dios, pero no se lo digas a nadie para que no me quiten la intimidad”. Eso da idea de cuál era la forma de ser de Manolete.

—¿Le vio usted torear muchas tardes?

—Yo vi como el sesenta por ciento de las corridas que toreó.

—¿Y cuáles eran las virtudes toreras de Manolete

—Era un poco rutinario en sus costumbres. Por ejemplo, los machos se los tenía que atar Camará.  Usaba la misma camiseta, la misma montera que cuando empezaba en Los Califas. Era un hombre clásico, aunque puede que algo supersticioso. Con Camará se entendía perfectamente, dialogaban con un simple gesto cuando uno estaba en el ruedo y el otro en el burladero del callejón.  La simple mirada del torero era contestada por un gesto casi imperceptible para los que estaban allí. Manolete tenía un gran dominio de las distancias y se arrimaba a todos los toros. Mientras que los demás andaban probando, él ya estaba dando naturales.

Antonio Bellón nos dice que el toreo es hasta Belmonte y desde Belmonte y que Manolete fue el continuador del sevillano. “Tan es así que Joselito es el sumun de la perfección de todo lo que se había hecho en el toreo. Sin embargo aparece Belmonte y hace lo que no había hecho nadie. Y Manolete, a la nueva verdad del toreo de Belmonte lo que hace es darle continuidad, que a mi juicio es lo más difícil, y luego vino su cosa personal de majestuosidad. Prueba de ello es que el mismo Belmonte fue un profundo admirador de Manolete. En una ocasión, Juan me dijo que él disfrutaba viéndole torear. No olvidemos que Manolete le hacía la faena al ochenta por ciento de los toros a los que se enfrentaba. Camará lo cuidó bastante bien y, en el aspecto artístico le aconsejaba. Manolete toreaba muy bien con el capote a la espalda y daba muy buenas gaoneras y, sin embargo, Camará se las quitó. Pero le dijo que tenía que torear al natural a todos los toros, y, claro, lo que hizo fue cambiar una filigrana por una verdad inmensa”.

—¿Qué aportó Manolete al toreo?

 —Hay quien le criticó a Manolete que hiciera la misma faena a todos los toros. Y esa es una de las cosas más importantes que él hizo. Pues es dificilísimo el poder imponer la faena al toro.

A nuestra pregunta sobre los defectos artísticos de ManoleteAntonio Bellón piensa y reflexiona antes de contestar. Cuando lo hace, se expresa en los siguientes términos:  “Pues…, es muy difícil encontrar defectos en el toreo de Manolete. La verdad, yo no se los encuentro. Si acaso, podemos decir que era algo ingenuo. Le aconsejaban que, en determinadas circunstancias, se aliviara. Pero como lo que le gustaba era torear, no se aliviaba”.

—¿Qué tarde fue en la que Manolete le impresionó más?

—Son muchos los momentos importantísimos que le vi. Recuerdo aquella tarde…, la del año que toreó una sola corrida. Fue en Madrid. Alternó con Antonio Bienvenida y Luis Miguel. Era un toro que se le iba, y precisamente, en la puerta de chiqueros, dio como un librazo y dejó la muleta en el suelo. El toro se le fue unos diez o doce metros. Manolete aguantó, sin moverse, la figura un poco flexionada, impávido y con mucha gallardía, a que el toro volviera. Él sabía que el toro volvería porque le había marcado el camino. El toro reculaba un poco y se le volvía arrancar, y el tío allí.  ¡La plaza se venía abajo! Son muchos los momentos. Porque matando, eso era a diario. Era una delicia verle matar. Tenga en cuenta que Manolete ha sido el último gran matador que ha habido. 

Antonio Bellón, Ángel Mendieta, Paco Laguna y Antonio Alarcón
 Foto G. Ruiz

Sobre este aspecto en la vida torera de ManoleteAntonio Bellón nos refiere una anécdota que aconteció con motivo de una corrida de la feria de Córdoba: “Manolete había hospedado en su casa a Juan Mari Pérez Tabernero y a Juanito Belmonte que toreaban con él. Por la noche, con unos colchones que había montado a modo de toro, enseñaba a sus compañeros a entrar a matar. Mientras tanto, su madre, que era una mujer admirable, le recriminaba y en broma le decía a su hijo que eso lo aprendieran aquellos señores de otra manera”.

—¿Es cierto que adaptaron y disminuyeron el tamaño de los toros para que Manolete pudiera triunfar con ellos?

—Esa es una de las muchas pamemas que andan por ahí. Cuando salimos de la guerra el toro estaba mermado o disminuido. Pero es cierto que aquel toro no se caía tanto como el de ahora. Lo que quiere decir que tenía más fuerza. También es verdad que cuando hay un torero bueno y que interesa, es el mismo público, el que quiere que el toro sea apto para poder disfrutar viendo al torero. Cuando los toreros son malos es cuando el público, para no aburrirse, exige el toro grande.

Manolete. Foto Mateo

—De entre los compañeros que tuvo Manolete) ¿se vislumbraba alguno capaz de complicarle la vida?

—No. Todos se entregaban. Los primeros admiradores de Manolete fueron sus propios compañeros. El que más daño podía haberle hecho fue Arruza. Sin embargo, el mexicano tenía una debilidad tan grande por Manolete,  que él mismo le evitaba las cosas ajenas al toreo que le perjudicaban. Luis Miguel Dominguín preparó una batalla “política y de reportaje”. Pepe Luis, por aquello de ser sevillano…, pero no estaba dispuesto a jugársela como lo hacía Manolete.

—¿Cuánto tiempo estuvo Manolete mandando en el toreo?

—Él mandaba en la plaza todo el tiempo que estuvo toreando. Prueba de ello es que, como no tuvo competidor, el público empezó a ponérsele un poco en contra.

—¿Como fueron las relaciones entre el torero y su apoderado Camará?

—Siempre fueron admirables hasta que surgió mi tocaya Antoñita Bronchalo Lupe Sino. Con esa no pudo Camará. Llegó el momento en que Pepe tiró por la calle de enmedio. Ella intentaba desbancar a Camará y que el apoderado fuera su padre. Entonces Pepe dijo: “A mí que me ajuste Bermúdez”, que era el administrador que ellos tenían. Manolete trataba de aliviar aquella situación. También le sentó muy mal a Camará que Manolete la llevara a México.

Manolete. Foto Mateo

—¿Cómo vivió usted todo aquello?

Manolete me dijo un día que él quería que yo estuviera a su lado y que le acompañara. Yo serví, un poco, como árbitro entre el torero y el apoderado. No estuve en las últimas corridas, las de Gijón y Santander. Sin embargo, sí le acompañé de Madrid a Linares. Yo salí de la redacción de Dígame y emprendimos aquel viaje. Íbamos en el coche CamaráGuillermo, el mozo de espadas, Manolete y yo.  Cenamos en Manzanares, y, desde allí, hasta Linares trajo el coche el propio torero. Detrás durmiendo como benditos, venían Camará y Guillermo. Delante, junto al torero, iba yo.

—¿De qué hablaron durante el viaje?

—En ese viaje Manolete me dijo una de las cosas que más me emocionaron.

—¿Que fue?

 —Me dijo: “Es usted la única persona que puede hacer por mí lo que más deseo en este mundo”. Le pregunté y me contestó: “Mi madre le respeta y quiere muchísimo. Yo quiero que la lleve usted a ella a mi boda a Barcelona, donde me caso con el demonio de su tocaya. Usted no le comente nada a nadie, nada más que a ella.  Ella va con usted”.

—¿Se casaba Manolete con Lupe Sino?

—La boda estaba fijada para el 18 de octubre.

—¿En qué circunstancias llegó el torero a Linares? 

—Llegó un poco pachucho. Algo de lo que había cenado en Manzanares le debió de sentar mal y tenía la tripa suelta. Me fui a por Tanager y parece que se mejoró. Durmió bastante. Cuando volvimos del sorteo ya estaba despierto y me pidió por favor que le confeccionara la lista de las llamadas telefónicas para después de la corrida. En primer lugar puso a Bermúdez, después a su madre, que estaba en San Sebastián y en tercer lugar a la Bronchalo. Cuando yo salía de la habitación, me dijo: “Oiga, don Antonio, póngamela a ella primero”. Son cosas humanas. Luego, sin embargo, ya no dio tiempo a nada. Solamente llamamos a Bermúdez, que era el fundamental.

—¿Cómo vivió Manolete los momentos anteriores a la corrida? ¿Le preocupaba algo?

—No, en absoluto. Los Miuras no le preocupaban. Prueba de ello es que todos los años mataba una corrida de ese hierro en la feria de Sevilla. Luis Miguel tampoco le preocupaba. Manolete le gastaba bromas y él, que presumía de irónico, lo respetaba tremendamente. El padre le había dicho: “Niño, tú a este lo que tienes que hacer es darle coba porque es el que puede darte cartel”. Lo del vientre era una simple molestia de verano.

—¿Qué ambiente se vivió durante aquel día en torno a Manolete

—Por allí apareció un grupo de cordobeses, sudosos, flamencotes y tal, y le llevaron un cuadro en que se veía a Manolete toreando desnudo y con sus atributos.  Él me dijo: “Guarde usted eso, que es una guarrería”. Por cierto, ese cuadro, con el barullo del regreso, desapareció. Luego llegó Balañá, que hablaba de contratos y liquidaciones con Camará. Cuando se aproximó la hora de la corrida, el problema de la tripa estaba totalmente solucionado. Lo único que le disgustó fue el vestido de torear que le prepararon. Ese traje lo había usado una tarde en México y no había estado bien. Al Chimo le dijo: “¿Cómo es que has traído este traje? Ese traje tiene mala sombra”. Fue precisamente el traje con el que murió.

—Cuando se produjo la cornada ¿descubrieron enseguida la gravedad?

—Cuando le dieron la cornada el torero que más cerca estaba de él fue Pinturas, que me hizo una seña advirtiéndome de la gravedad. Las asistencias equivocaron el camino y yo salté al ruedo para decirles por donde era.

—¿Cómo fue la llegada a la enfermería?

En la enfermería se formó un barullo tremendo. Allí se coló todo el mundo. Tuve que enfadarme y ¡hasta maldije! para echar a toda aquella gente a la puñetera calle. Mientras le cortaban los machos para desnudarlo, tenía una cierta ansiedad respiratoria. En un momento se miró y vio como sangraba por el vientre. Aunque la hemorragia era grande, lo que él veía era relleno del vestido empapado.  Le dije: “Na, maestro, esto es empapado, ¿no lo ve usted?”. Entonces, para que no viera más, le tape la cara con un paño del bote que allí había para las operaciones. A Manolete ya se le había empezado a poner la cara verde, y es que estaba entrando en ese schock traumático que se lleva a la gente. Sin embargo me tranquilizó comprobar que se repuso de él. Procuré distraerle la atención e incluso, aunque era muy difícil, le gasté alguna broma.

—¿Se restableció el orden en la enfermería?

—Yo me hice un poco el dictador de todo aquello. Pepe Camará hablaba de traerle a Córdoba, a la Cruz Roja, pero viendo la gravedad, se decidió que lo operara en la enfermería el doctor Garrido, un magnífico cirujano que hizo todo lo que pudo y más.  Llegó Luis Miguel, que le dio la mano y lo besó en la frente. Manolete se emocionó y Luis Miguel estaba muy afectado. Luego vino el traslado al hospital, el médico le levantó el apósito, pues la ligazón que le hicieron cuando la anterior cornada no estaba muy firme. Y el apósito no dio sangre. De madrugada, cuando vino Guinea, el tono cardíaco de Manolete bajó muchísimo y empezó a fallar el corazón. Todas estas circunstancias contribuyeron a que este hombre desapareciera. Pienso que de una forma providencial, porque ahí queda su gloria. Y sobre todo en un día en que se había toreado bien». 


Paco Laguna homenajea a Manolete en Linares. Foto Framar

Recordamos especialmente el día 28 de agosto de 1987, Paco Laguna Menor, autor de la Tauromaquia de Manolete, quiso dedicar al torero su obra, depositando el primer tomo de la colección en el lugar donde Manuel Rodríguez fue herido de muerte por el toro Islero. En la foto de FRAMAR aparece don Antonio Bellón aplaudiendo al autor, rodeado de un grupo de aficionados cordobeses, entre los que figuran Pepe ToscanoCarlos ValverdeJesús Fernández, y el sacerdote salesiano don Evaristo Sánchez, que fue profesor de Manolete en el colegio salesiano de Córdoba. Nosotros, micrófono en mano, grabábamos las palabras de aquel entrañable momento.

 

Grupo de aficionados cordobeses en la plaza de Linares. Foto Framar

Posteriormente, en la puerta del patio de arrastre de la plaza de Linares, FRAMAR volvió a fotografiar el inolvidable encuentro de aficionados cordobeses que quisieron rendir homenaje a Manolete en el 40 aniversario de su muerte. En la foto del grupo figuran, entre otros: Jesús FernándezRafael TorrerasCarlos ValverdeEloy TorrerasCarlos Valverde hijo, Paco LagunaÁngel Mendieta, don Evaristo Sánchez, don Antonio BellónLuis RodríguezRafael MangasÁngel DelgadoPepe ToscanoAntonio Luis AguileraJosé Luis Rodríguez AparicioAndrés DoradoRafael de la Haba Rodríguez, y Francisco de la Haba Martínez.

viernes, 1 de julio de 2022

ANIVERSARIO DE LA ALTERNATIVA DE «MANOLETE»

Manuel Rodríguez «Manolete»

Con motivo de cumplirse el 83 aniversario de la alternativa de «Manolete» en la plaza de la Real Maestranza de Sevilla, rescatamos unos fragmentos de la crónica del periodista, biógrafo y amigo personal del torero José Luis Sánchez Garrido, que firmaba sus artículos como José Luis de Córdoba, recogida en el libro «50 años de Manolete», editado por «Diario Córdoba» y «Cajasur» en 1997.

DE CÓRDOBA A LA ALAMEA PASANDO POR TRIANA

Por José Luis de Córdoba

«Chicuelo» otorga la alternativa a «Manolete»
Desde la presentación de Manolete en la plaza de Tetuán de las Victorias en el año 1935, hasta el 25 de junio de 1939, en que se despidió como novillero en la plaza de El Puerto de Santa María, había toreado el diestro de Córdoba un total de 42 novilladas con picadores, en diferentes plazas, pero sobre todo en las de Sevilla, Córdoba, Algeciras, Granada, Cádiz, Huelva y otros puntos de Andalucía, con la excepción de Salamanca y Zaragoza. La novillada de El Puerto fue a beneficio de las obras de reconstrucción del Santuario de Nuestra Señora  de la Cabeza de Andújar, y alternó Manolete con Gallito y Paquito Casado, con ganado del Conde de la Corte. Rotundo fue el triunfo obtenido aquella tarde por el joven diestro cordobés. Al entrar a matar a su primer novillo y cobrar una soberbia estocada, ejecutando los tiempos del volapié, fue derribado y pisoteado. Pasó a la enfermería, donde le fue llevada a la oreja de su enemigo. En el segundo se superó y cortó las dos orejas y el rabo. 

Cartel de la alternativa

Córdoba, en Sevilla.

No dudamos en calificar de histórica la fecha del 2 de julio de 1939, en que el torero de Córdoba Manuel Rodríguez Manolete recibió el doctorado en la plaza de la Real Maestranza de Sevilla. Aquel día, que, por más señas, era domingo, la afición cordobesa se volcó materialmente en la tierra de la Giralda para presenciar el acontecimiento. Nosotros tuvimos la dicha de ser testigos de tan singular efeméride. Testigos y cronistas. Aún no se había fundado el diario Córdoba y ocupábamos la tribuna taurina del diario Azul. Como enviados especiales del mismo, vivimos aquella jornada inolvidable. De aquella crónica nuestra, que vio la luz el 4 de julio, martes, y que se titulaba “De Córdoba a la Alamea pasando por Triana", vamos a reproducir algunos párrafos.

«Manolete» al natural  con Comunista, rebautizado como Mirador.

«Los que comenzamos a poner andadores a la carrera taurina de Manolete, recordamos ahora su breve pasado profesional. Evocamos la figura de aquel torerito enclenque, serio y modesto, codillerillo, defectuoso en su forma de hacer el toreo, fácil estoqueador, que cruzó tantas veces el ruedo de Córdoba  recibiendo el aliento de sus paisanos y siempre el apoyo de nuestra pluma de revistero.

Más tarde, seguimos admirando su evolución artística, su modelación de torero de porvenir. Y así Manuel Rodríguez ha llegado a Sevilla y al doctorado. A pulso de tesón. En empuje magnífico de voluntad, de juventud de ansias infinitas de gloria y de triunfo… Al verle nosotros ahora, en esta tarde del quemante julio, avanzar, decidido y animoso, con aire de conquistador, por el ruedo de la Maestranza, de compañeros el maestro de la lidia Chicuelo  y el faraón de la torería Rafaelito Vega de los Reyes, hemos sentido emocionarse nuestro corazón y nos han dado ganas de gritar al paisano con todas las fuerzas de nuestros pulmones: ¡Buena suerte, muchacho!».

El espada de Córdoba con el toro de su alternativa

Más adelante, al referirnos en la crónica a la actuación de Manuel Rodríguez, nos expresamos así:

«Vino luego la cesión de trastos, de manos de Chicuelo, y después la faena. Una faena brindada al público, acabada y completa de torero de calidad, acoplado con el toro, natural y elegante. Labor fue esta del paisano subrayada por la aprobación de los tendidos, en la que desde el pase por alto o de pecho, hasta el adorno final, porfiado y artista, tuvieron su adecuado marco. Broche de la faena, media estocada lagartijera, marcando los tiempos, como un gran maestro. Y premio, las orejas del cornúpeta y la vuelta triunfal al redondel».

Y finalizábamos la crónica con el párrafo siguiente:

«¡Enhorabuena a todos! Manuel Rodríguez acaba de doctorarse en materia taurina. Materia difícil que logra dominar a fuerza de estímulo, de valor y de arte. Y así la vencerá este torero que ha nacido a Córdoba y en cuya carrera por los ruedos españoles han de sonar bien pronto los claros y vibrantes clarines de la fama…». 

En la desaparecida taberna cordobesa de Paco Acedo, donde se reunía
el torero con los miembros de la Peña "Los amigos de Manolete", se
conservaba en el salón principal este recordatorio de la tarde de su alternativa.

jueves, 20 de agosto de 2020

LA MUTUA ADMIRACIÓN DE JOSELITO Y BELMONTE

Por Antonio Luis Aguilera
Joselito, Belmonte y Rafael el Gallo. Barcelona, 27 de junio de 1919.
El hilo conductor de la entrada anterior fue el sencillo libro «Mi paso por el toreo», que escribió el matador de toros, miembro de la célebre dinastía de los Gallo, Rafael Ortega Gómez Gallito (Ediciones AGLI 1980). Tanto en ella como en la publicada anteriormente, observamos la admiración de esta familia por Lagartijo y Guerrita, así como la vinculación con otros toreros de Córdoba que figuraron en las cuadrillas de Rafael el Gallo y Joselito.
El argumento de esta amena obra gravita sobre las conversaciones que Rafael Ortega  Gallito mantuvo con célebres toreros protagonistas de la historia, quienes le ofrecieron el sereno testimonio de sus vivencias, manifestando el noble sentimiento de respeto por los compañeros de su tiempo, vistos ya con perspectiva histórica, cuando alejados de las plazas mostraban su profunda admiración por los espadas con que tantas veces se jugaron la vida. 
La profundidad de estos testimonios supera por sí misma el estilo literario del que pueda adolecer la obra, que tiene el mérito de revelar la intimidad de grandiosas figuras, y los sentimientos de quienes protagonizaron un capítulo determinante de la historia: la edad de oro del toreo —título reutilizado porque ya había rotulado la larga competencia mantenida en el siglo anterior por Rafael Molina Lagartijo y Salvador Sánchez Frascuelo—.

Rafael Ortega Gallito. Dibujo Pepe Sala
Movido por su inquietud de descubrir la intimidad de los espadas de aquella época dorada, y sabedor de las puertas que se le franqueaban por su doble condición de matador de toros y nieto del señor Fernando el Gallo, Rafael Ortega supo acercarse de puntillas a las almas que custodiaban los recuerdos, para que, seducidas por su admiración, se abrieran y mostraran vivencias que no recogen otros libros, posiblemente de mayor prestigio y rigor histórico, pero faltos del sabor que proporcionan los recuerdos de los protagonistas, esos que tanto agradan al aficionado, que se recrea cuando los testimonios son relatados en primera persona, porque alimentan su admiración por los toreros que hicieron historia. 
Retirado Guerrita, último rey del toreo del siglo XIX, y tras el llamado interregno taurino, la segunda década del siglo XX alumbraría un nuevo resurgir del arte de torear, una época apasionada y dividida entre los partidarios de dos formidables toreros, donde decir ¡viva Joselito! equivalía a decir ¡muera Belmonte! Ahora, un siglo después, nos acercamos emocionados a estos recuerdos, que en lugar de hostilidad ofrecen paz, desde la serenidad que proporciona rememorar con perspectiva el toreo de aquel tiempo.  
Rafael Ortega Gallito pregunta y hablan Rafael el Gallo, Juan Belmonte y el gran Joselito, este en los recuerdos que de él relata su hermano. Escuchemos el rumor de las que fueron olas bravías del toreo, que ahora se acercan rotas y suaves a esta orilla del tiempo, para recordar un capítulo determinante de la historia:
Juan Belmonte ejecuta su inconfundible media verónica
Los Gallo hablan de Belmonte:

«Me contaba Rafael el Gallo que un día fue un partidario de Joselito a hablarle mal de Belmonte, creyendo que con eso le haría un halago.
Él lo echó con cajas destempladas:
—Oiga, mamarracho, ¿Usted sabe lo que le hace Belmonte al toro? Pues yo sí y usted, no.
Entonces yo, después de que él me contase esto, sentía en mí una inquietud aún mayor por saber cómo había sido Belmonte.
Tenía plena confianza, en virtud de estos gestos, en que mi tío me diría la verdad, y nadie mejor que él para hablarme de toros.
Es más, siempre llevaba presente en mi pensamiento una frase que él me repetía frecuentemente:
—“No se te ocurra hablar de toros con malos toreros, pues si incluso los que son buenos, no todos son buenos aficionados, cómo serán los malos”.
Yo por eso recurría a él. Y esto no quiere decir que tenga solo una perspectiva de conocimiento. No; esta inquietud por conocer la historia del toreo, la tenía desde pequeño y comencé a leer todo lo que caía en mis manos 
—Tú, Rafael -le pregunté a mi tío-, que eres tan buen aficionado, me gustaría que me explicases lo que fue Belmonte.
—Como se nota que te gusta mucho Belmonte.
—¿Y a quien no?
—Mira; yo quisiera que hubieras visto al Belmonte de su primera época. El que tú has conocido no era ya Belmonte; era Belmonte, claro, pero no es igual con cuarenta años que con veintidós o veintitrés… Tú no tienes idea de lo que fue tu tío José, ¿verdad? Porque sin haberlo visto, por mucho que yo te lo explique, no lograrás enterarte, ya que era infinitamente más de lo que yo te pueda contar. Bueno, pues dime y piensa lo que sería Belmonte que figurándote como era tu tío José, dando doce o catorce pases de muleta de vez en vez, aguanto a esa fiera de mi hermano. Eso no lo hubiera aguantado nadie más que Belmonte.
Juan Belmonte al natural en los pinceles de Adolfo Durá Abad
—¿Cómo llegó Belmonte al toreo?
Belmonte vino con unas ideas que al principio, por lógica, no las podía desarrollar porque le faltaba técnica; pero tenía un sentido del temple tan maravilloso, una intuición de la colocación tan estupenda, que cuando se hermanaba con un toro que le embestía su gusto resultaba formidable. Naturalmente, ya sé que me vas a decir que Belmonte no prodigaba eso mucho; te vuelvo a repetir que al principio le faltaba la técnica, pero luego fue adquiriendo esa seguridad que se consigue toro tras toro y, tampoco lo olvides, aprendió mucho al lado de tu tío José.
Los primeros años le cogían los toros hasta seis y siete veces por corrida, pero fue afianzándose en esa técnica de torear, que cuando lo hacía era un prodigio. Recuerdo haberle visto con siete u ocho toros que se han quedado en mi memoria imborrables.
—Ya conozco tu opinión sobre Belmonte, conozco también la de Belmonte sobre ti… Pero me hubiera gustado mucho conocer la de mi tío José sobre Belmonte.
—Mi hermano era tan buen aficionado como buen torero. Ya sabes el amor propio que tenía, que no le gustaba que nadie estuviera nunca por encima de él; cuando Belmonte toreaba perfectamente a uno de sus toros, José llegaba al hotel que se lo llevaba el diablo y no se podía ni hablar con él. Cuando se le pasaba me decía: “¿Te ha gustado la faena de Belmonte en ese toro?”. Yo le contestaba: “¿Cómo no me va a gustar, José, si lo ha toreado de maravilla?”.
Y me respondía: “¡Hay que ver! Es que el día que torea un toro bien, lo torea bien de verdad…”.
Joselito torea a la verónica en la plaza de Madrid
Belmonte habla de los Gallo:

Tras debutar yo como novillero en la feria de abril de Sevilla con ganado de Juan Belmonte, a los pocos días me invitó a torear unas becerras en el campo. Cuando acabó el tentadero fuimos a comer, y en la sobremesa me preguntó:
—¿Tendrás predilección por algún torero? Yo también la tuve, como todos… Siempre hay toreros que te gustan más que otros. ¿A ti cómo te gustaría ser? ¿Cuál es la meta que tú tienes?
Yo le contesté:
—Mire, Juan yo quisiera tener el temple de usted y el arte de Rafael el Gallo.
Y me replicó vivamente:
—¡Pues acabas con el toreo!
Desde ese día nos unió una gran amistad y nos tratábamos asiduamente. Así pude descubrir que, además de un gran torero, Belmonte era un extraordinario aficionado.
Juan, ¿cómo fue mi tío José? –le interpelé un día-.
Me miró muy serio y me dijo:
—Te voy a contar una cosa que no se le puede contar más que al que es torero. ¿Cuántos toros le vi…?
—Miles.
 ¿Y cuántos le vi sin torear yo con él? Pues fíjate; jamás le pudo un toro a él; él les podía a todos.
—Yo quería tanto a tu tío José y él a mí, que siempre que coincidíamos en el mismo tren nos íbamos uno al apartamento del otro para hablar de toros. Veníamos una vez los dos de torear una corrida y como no le gustaba otra cosa que hablar de toros, le comenté que había leído en un periódico que mis partidarios y los suyos se habían dado de palos y había hasta heridos; y me dijo él: “Juan, este es el fuego que tenemos que cuidar nosotros mucho, porque si la gente cree que somos tan amigos en la calle, ya no vale; pues ellos creen que somos enemigos tú y yo tanto fuera de la plaza como dentro. Cuando lleguemos ahora a la estación, ya lo sabes,  Juan, tú te vas por una puerta y yo por otra”. 
En otra ocasión le pregunté a Belmonte:
Juan, ¿A quién ha visto usted torear mejor con el capote?
—Hombre, con el capote han toreado varios bien: he toreado bien yo, Gitanillo de Triana, toreas bien tú y algún que otro más; pero el mejor, con mucho a sido tu tío José; les hacía a los toros con el capote cosas que no he visto nunca; al sexto lance de capa los dominaba y los dejaba hechos un trapo; eso es torear.
Impresionante y arriesgado par de banderillas por los adentros de Joselito
Sé que el toreo con el capote es acaso de las suertes más difíciles; por una razón que voy a explicar: porque los toros salen completamente vivos y en esas arrancadas tan violentas, al no estar picados, dejarles las dos manos muertas y templarlos a la velocidad que el torero quiere… ¿puede haber algo más difícil? Puesto que una cosa es dar lances de capa sin ton ni son y otra torear, que es lo que con frecuencia tanta gente confunde. La prueba de esto es lo que me contestó Belmonte; que, en verdad, con el capote han toreado bien más que cuatro o cinco señores en toda la historia.

Yo conocía la gran predilección de Belmonte por Rafael el Gallo, de modo que le pregunté:
—Dígame, Juan ¿qué clase de torero ha sido Rafael el Gallo?
Rafael el Gallo ha sido el inventor del toreo. Te lo voy a explicar: Lagartijo, dicen, que fue un fenómeno; Guerrita, muy poderoso; a los demás ya les vi yo y no me lo tuvo que contar nadie. Rafael el Gallo, ¡Rafael!, este inventó lo que se llama el toreo moderno, porque tú sabes que en aquella época se dedicaban más a lidiar el toro, no a torearlo, que es distinto. Cuando Gallito y yo llegamos al toreo, ya lo había inventado Rafael, que, además, ha sido el que mejor ha toreado de toda la historia.
Rafael el Gallo doblándose elegantemente con un toro   
En otra ocasión, en una sobremesa, sabiendo yo que Juan se sentía halagado cuando le recordaban su famoso toro de Concha y Sierra en Madrid, y conocedor además que Rafael el Gallo no le vio esa tarde, porque quienes alternaron con Juan fueron Gallito y Gaona, le animé:
Juan, cuénteme, ¿es verdad que ese es el toro que mejor ha toreado en su vida?
—Tal vez sí.
Rafael me miró con cara de satisfacción. Belmonte empezó a recordar:
—Yo llevaba entonces unos días en que marchaba muy mal en Madrid, hasta el punto de que me quisieron romper una tarde el coche. La gente, enfurecida conmigo, me gritaba: “¡Vete!”. En fin, ya sabes tú lo que son estas cosas.
Aquella tarde, Gallito y Gaona se hincharon de hacer cosas. Yo, para colmo, estuve mal en mi primer toro. Pero salió el sexto, de la Viuda de Concha y Sierra, y armé un escándalo colosal.
Viendo que no continuaba, insistí:
—¿Y cómo lo toreó usted?
—Mira, hijo… Ya no me acuerdo. Sé que le di tal cantidad de pases que no veía más que al toro y me olvidé de que había gente en la plaza. Dicen que estos son momentos de inspiración… Si me preguntas cuántos pases le di y cuáles fueron…, francamente no te lo  puedo decir.
Dos auténticos genios del toreo: Joselito y Belmonte
Al terminar se dirigió a mi tío Rafael, que había permanecido en silencio, escuchándole atentamente:
—Maestro… ¿Se acuerda usted del toro, también de Concha y Sierra, en Valencia, con su hermano y conmigo?
Y con la cara alegre, apartando la seriedad, contestó Rafael:
—También ese es uno de los toros que mejor he toreado yo en mi vida.
—Usted sabe –le dijo Juan riendo- que cuando usted toreaba bien a un toro me gustaba meterme con José; y en ese toro me acerqué a él y le dije: “Ya estamos yéndonos de aquí, que sobramos los dos”. Y fíjese que amor propio no tendría, y aún queriéndole también a usted, me echó en ese momento una mirada como para fulminarme. Y recuerdo, ¿a ver si se acuerda usted?, que le quitaron los caballos al coche y le paseó a usted la gente, tirando del coche por toda Valencia.
Rafael sonreía.
Joselito al natural. Revista La Lidia 1915
Estando Joselito en el hotel Palace madrileño le telefoneó Belmonte para advertirle:
—Me he enterado que hoy se van a reunir ahí, en el Palace los empresarios; porque dicen que cobramos mucho dinero y que a ellos no les dejas subir las entradas.
Joselito, desde el otro extremo del hilo, le contesta:
—Tú estate tranquilo, que estos no son capaces de reunirse ni para tomar café mientras yo esté aquí.
Bajó de su habitación y encontró a algunos de ellos en el hall; se detuvo unos instantes y les dijo:
—Señores, yo voy   a Lhardy  a tomar café; cuando vuelva y vea a los que estén aquí reunidos, les aseguro que con esos no toreo más en España.
Se marchó, dejándoles sorprendidos a todos.
Cuando Joselito regresó, naturalmente allí no había nadie.
Gallito era un torero amigo y entregado a otros compañeros, aunque siempre prevaleciera, en el terreno del amor propio, el orgullo y la convicción clara de ser el número uno». 

Algunos afirman que hoy se torea mejor que nunca. Nos cabe una duda: ¿Mejor o con mayor perfección técnica porque el toro actual lo permite...? 
Los toreros grandiosos de la historia lo habrían sido en cualquier tiempo. Cada época tuvo su torero -o toreros-, su toro, su toreo y hasta su público.