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lunes, 11 de agosto de 2025

LA ÉPOCA DE MANOLETE Y ARRUZA

Por Néstor Luján

(Diario ABC: Madrid, 21 de Abril de 1957)

 

Manolete y Arruza se saludan en  Valencia,
la tarde del 7 de octubre de 1945. Foto Finezas.


«He de escribir sobre una etapa taurina a la cual me ligan no solamente unas marcadas diferencias de tipo estético, sino también de carácter sentimental. Es la comprendida entre 1939 a 1947, fecha de la muerte de Manolete, y, singularmente, los intensos años de la competencia entre Manolete y Arruza. Es decir, de julio de 1944 a la muerte del cordobés, en agosto de 1947. Esta época la contemplaré a través del acontecer taurino en Barcelona.

 

En las plazas barcelonesas que, como es bien sabido, son temperamentales, muy generosas, poco exigentes y heterogéneas en cuanto a la cantidad y calidad de aficionados, la época mencionada fue, sin lugar a duda, el último gran momento de una auténtica afición a los toros. Sin prejuzgar, porque sería absurdo hacerlo, las calidades de los toreros que precedieron a Manolete y las de los que le han seguido, hemos de señalar que, en ese lapso de tiempo, la afición permaneció en sus límites estrictos por lo que se refiere a la actitud estética y técnica. A la plaza iba el suficiente número de aficionados para contrapesar al cada vez mayor contingente de público. Después de esta etapa, cuando se perdió la fascinación del toreo de Manolete y la enajenación del toreo de Arruza, sobrevinieron unos años de crisis y de desgana, luego han llegado los opulentos años del turismo y la afición, ese grupo siempre minoritario, pero que es verdadero fermento de la plaza, ha dejado totalmente de tener influencia en ella. Conste que hablamos de la afición reflexiva, entendida y conservadora, que ha sido el núcleo que, desde siempre, ha mantenido los toros en sus magníficas proporciones y que ha permitido en el curso de la historia del toreo la necesaria, descrita y progresiva evolución.

 

"Manolete conoció la soledad en la cumbre del toreo"
Sevilla, 18 de abril de 1945. Foto Finezas.

Desde hace varios años, el aficionado pesa muy poco en la plaza. Exactamente, en las plazas barcelonesas, el aficionado está en tan penosa minoría, que las más de las veces deserta de su puesto. Hay demasiadas fiestas de toros, excesivos intereses creados, y, sobre todo, un público nuevo, deseoso solamente de espectáculo, que ha hecho desaparecer cualquier rigurosidad. Para este público extranjero o español que acompaña a extranjeros, conceder una oreja es tan gentil y prodigioso espectáculo como ver un buen natural.

 

Quede, pues, claro que, en Barcelona al menos, el viejo clima de la fiesta de los toros lo ofreció en todo su dorado prestigio, la extraordinaria figura de Manolete y su pugna con Arruza que en el momento en que surgió en estas plazas —exactamente en julio de 1944—, si no hubiese existido, hubiera sido necesario crearlo. Y Arruza con su fábula de valor, fue creado en diez corridas seguidas que toreó en la plaza Monumental catalana, de julio a septiembre de aquel año.

 

"Manolete devolvió la afición de los toros a Barcelona"  


Manolete apareció en Barcelona el día 1 de octubre de 1939, en una corrida de Curro Caro y Juanito Belmonte, y con reses de Atanasio Fernández. Desde el primer momento, los aficionados vieron algo excepcional en el torero cordobés y en aquel momento, Barcelona, que había pasado tres años sin ver toros, volvía a ellos mezclando la curiosidad con una especie de entusiasmo patriótico, retornaba las plazas. El momento era desconcertado y en toda España, por las circunstancias bélicas, había pasado por un momento letárgico. Cuando vino el sosiego, los toreros de preguerra tenían un prestigio lejano, nebuloso. Marcial Lalanda, Vicente Barrera, Domingo Ortega, Pepe Bienvenida y Nicanor Villalta monopolizaron los primeros carteles y representaron un arte conservador. Pero la afición estaba, ante la repetición de estos maestros, que no aportaban nada nuevo, como entumecida, sin recuperar la alegría cordial y desbordada que llena de sol todas las tardes de toros. 

 

 Manolete. "Desde el primer momento interesó".
Plaza México, 2 de febrero de 1947.


Por aquel tiempo, en Barcelona empezó a torear Manolete. Desde el primer momento interesó. Se le consideró un muletero con estilo pulimentado y duro, destellante en los naturales y lento y solemne los ayudados por alto. Como matador se le aplaudió mucho, pero le faltaba un descabello contundente y eficaz. Su toreo con la capa era fláccido y solo toreaba a la verónica. A pesar de todo, el público de sombra y gran parte de sol —que luego tanto le tenía que denostar— lo tomó como bandera de combate ante el toreo maduro y crepuscular de Marcial Lalanda. Quien tenga presente los “mano a mano” que se vivieron en Barcelona entre Manolete y el torero madrileño recordará con qué sencillo patetismo se desarrollaban. Lalanda produjo las faenas más grandilocuentes de su historia. Su esfuerzo fue agotador. Toda su capacidad de retorcimiento y de angustia artificiosa adquirió, por primera vez, un significado vivo y palpitante. Por última vez, su toreo, respondió a una sinceridad temperamental, porque se estrellaba ante un toreo natural y lógico, impecable y sin estridencias. Aquellos mano a mano fueron la gran campaña final de Marcial Lalanda. Acabó magníficamente, soberbio, en un acorde final de todas sus posibilidades.

 

Sevilla, 18 de abril de 1945. Primera tarde de la feria conocida 
como la de "las taleguillas rotas", por la encarnada competencia de
 Manolete y Carlos Arruza, que posan junto a Pepe Luis Vázquez.
Foto Finezas.


Manolete tuvo entonces dos posibles rivales: Domingo Ortega y Pepe Luis Vázquez. Con el primero, la pugna no tuvo vitalidad; Ortega podía con todos los toros, la mayoría de ellos frágiles, que rompían plaza en aquellos años y explicaba su lección escuetamente como un lógico profesor. La pugna con Pepe Luis Vázquez se hundió en una ráfaga de abulia que se apoderó del gran torero sevillano. Recordaremos toda la vida el primer mano a mano Manolete-Pepe Luis Vázquez, que se celebró en Barcelona en 1942. Allí nos dimos cuenta que Pepe Luis no iba a plantarle cara a nada ni a nadie. Era un torero precioso, desdeñoso, mágico y alegre, extraordinario, pero sin la tensión del luchador. Entonces vinieron dos años en que Manolete conoció la soledad en la cumbre del toreo. Es aquella suprema soledad tan peligrosa, que acabó incluso con el hombre más macizo moralmente que han tenido los toros; nos referimos al Guerra. Por julio de 1944, en nuestra ciudad, que ha sido la que más veces vio torear a Manolete y la que más devotamente le había seguido, el público estaba ya de uñas con él. Recordamos aquella gran faena al toro de Miura del 4 de julio —la de la fotografía del natural, miles de veces repetida—, en la cual, después de la faena más clásica, parte del público, le silbó. A finales de aquel mes, por fortuna para Manolete, se presentaba Arruza en Barcelona, acompañado por un extraño y enigmático destino, del mismo Chicuelo que había asistido a Manolete en 1939. Carlos Arruza lo vulneró todo.

 

Rivales en el ruedo y grandes amigos en la calle.
Barcelona, 27 de junio de 1945. Foto Mateo.


Carlos Arruza fue exactamente una vitalidad pura. Con los toros de aquellos años, lo hizo todo, sin que nada se le antojara grotesco o impuro. Su visión deportiva y musculada de la fiesta, su limpieza aséptica en el adorno, su trasteo con la muleta, brutalmente acongojado, sin buscar otra cosa que la emoción, aunque viniera no importa por cualquier camino, aunque bordeara el ridículo, ha sido definitiva. Sus faenas de muleta recortadas, fogosas, en donde cada paso era un quiebro —cite con el cuerpo y un vaciado de un reflejo rapidísimo, infalible— llena de alardes a veces casi visibles, no produjeron otra cosa que un estupor profundo. Arruza ha tenido como ningún otro torero el don de producir una emoción arañada y súbita con los pases menos interesantes. Su personalidad lo ha superado todo, su sugestión para producir entusiasmo, la frescura fuerte y felina de su cuerpo han sido el suceso de esta época. En Arruza todo tenía un latido joven e incluso los menos arrucistas —entre los que me cuento yo— nos hemos dejado llevar en algún momento por el enardecido ambiente que creó este fabuloso torero. Ante él, Manolete reaccionó de una manera magistral. Creó un arte de contención que palpitaba de una manera impresionante. Recordamos los “mano a mano” con Arruza en las fiestas de la Merced de 1945. En ellos estallaban los variados quites del torero mexicano con una precisión seca y luminosa, y a cada quite correspondía Manolete del mismo modo, toreando con una capa lenta y enjabonada y trazando aquella media verónica, en la cual el capote parecía tener una circulación sanguínea, una red fina y angustiada de venas y arterias. Su último quite se esculpió siempre con el público enajenado, sin volver de su asombro. La afición se dividió y se vivieron días brillantísimos dentro del toreo de aquel momento. Barcelona vivió unos años entusiastas y vibrantes porque tuvo la sensación, además, de que ambos toreros habían salido al calor del entusiasmo. Ciertamente, tanto Manolete como Arruza fueron unos toreros barceloneses en el sentido de que en nuestras plazas fue donde torearon más, y fue nuestro público, con el de Valencia quizá, el que les hizo pareja. Con ello no queremos decir que no hubiese sucedido lo mismo en otras plazas. Pero Barcelona, por las especiales características del público y de su empresario de toros don Pedro Balañá, tuvo la oportunidad de lanzar estos toreros, de enfrentarlos luego, de discutirles y de aplaudirles.

 

"Después de la faena más clásica, parte del 
público le silbó". Barcelona, 2 de julio de 1944.
Foto Mateo.


Estamos a diez años del fin de aquella época taurina. Resulta curioso contemplar cómo pasa el tiempo en los toros. Esta época parece ya mucho más lejana y no puede mirarse sin una agridulce sensación de nostalgia. El toro ha cambiado mucho más de lo que creemos y el público también. No hemos de desconocer que muchas de las cosas que hoy nos desagradan de los toros estaban en germen entonces, o ya habían nacido. Pero todo ello estaba contenido por la enorme capacidad del arte de Manolete y por la extraordinaria vitalidad de Arruza. El despeñadero por el que han caído los toros luego, ellos lo contuvieron, con una evidente dignidad. Manolete devolvió la afición de los toros a Barcelona y Arruza añadió la polémica. Fueron unos años de una gran amenidad para quienes asistieron a las corridas. A partir de entonces el toreo ha empezado a hacerse en serie, se ha llegado a la monótona industrialización del espectáculo. En este momento, no queremos discutir sobre la calidad de los toreros ni de su toreo, pero sí decir que el público va a la plaza sin aquella ilusión, sin aquella esperanza, sin aquella profunda alegría que durante aquellos años tuvimos. El arte de torear estaba vivo, palpitante todavía…».

 

jueves, 1 de septiembre de 2022

TODO UN HOMBRE

Por Carlos Arruza* 

Valencia, 7 de octubre de 1945. "Manolete" y "Arruza". Foto Finezas.
Desde Junio de 1944, cuando en Lisboa le vi por primera vez, comprendí que Manolete era, sin duda alguna, uno de los mejores toreros de España. Yo había visto torear a varios en Portugal, pero Manolete me impresionó intensamente. Recuerdo que solo cambiamos unas frases, apenas un saludo antes de hacer el pasillo. Aunque se hablaba del próximo arreglo del pleito taurino entre España y México, yo no tenía todavía grandes esperanzas. Sin embargo, al ver a Manolete, creció en mí el deseo de poder alternar con él en los ruedos de España. Pocas semanas después comenzaba yo mi primera  campaña española. Recuerdo que alterné con el cordobés, por vez primera, en Cieza.

Aquel día figuraba en el cartel, además, Pepe Bienvenida. Cuando terminó en octubre la temporada, mi nombre, sin que yo hubiera hecho otra cosa que repetir en España lo que tantas veces había hecho en México, se manejaba como rival del gran torero desaparecido. Confieso que al comenzar el año siguiente andaba yo muy preocupado. Manolete era el primer torero de España y el intentar acercarse a él era, a mi juicio, una temeridad. A los públicos, en cambio, les parecía magnífico hallar un nombre que pudiera molestar a Manolete cuando no le salieran bien las cosas. Esto me dolía mucho.

Sevilla, 18 de abril de 1945. De izquierda a derecha, Pepe Luis
Vázquez, Carlos Arruza y Manolete. La primera tarde de la que
acabó conociéndose como «feria de las taleguillas rotas» por la
descarnada competencia entre el cordobés y el mexicano.
Foto Finezas.

En la feria sevillana de abril del 1945 fue donde nuestra rivalidad alcanzó, a mi juicio, su más alta cumbre. No estaba yo aún en la intimidad del torero, pero pude comprobar que si en el ruedo era un enemigo terrible, nunca dejaba de ser sinceramente cordial con sus compañeros. Fue naciendo entonces en mí una admiración que, si en el terreno profesional jamás dediqué a nadie, halló en él un afecto entrañable, su expresión más natural y afectiva. En Valencia, poco después de la feria sevillana, coincidimos en una típica paella. Allí sellamos nuestro pacto de amistad, que no rompió ni su muerte, porque para mí el recuerdo de Manolete no se extinguirá nunca.

«Allí sellamos nuestro pacto de amistad». Paella en 
los corrales de la plaza de toros de Valencia (1945)

En aquella temporada de 1945, la más larga y difícil para mí, coincidí con Manolete en numerosas ocasiones. Cuando le cogió el toro en Alicante yo le llevé en mi coche a Madrid. No olvidaré nunca el agradecimiento que por aquel pequeño favor, que yo hubiera realizado por cualquier otro compañero, me guardó siempre Manolete. A esas alturas ya éramos amigos de verdad, que nos confiábamos mutuamente nuestros gozos y amarguras. Si como torero Manolete alcanzó la más alta estimación de los tiempos modernos, por su arte excepcional y su estilo sobrio y auténtico, yo creo que su condición de caballero y amigo de verdad sobrepasaba en él su calidad profesional, con ser tan singular.

"Manolete" y "Arruza", rivales en el ruedo y amigos en la calle.

No quisiera desaprovechar la ocasión ofrecida por la amabilidad del autor de estas interesantes páginas sobre la vida de Manolete, para señalar cuánto cariño mostró a México el infortunado torero en cuantas oportunidades tuvo. No me refiero a su formidable actuación, sino a su actitud en el pleito taurino que mantiene, cuando escribo este prólogo, en suspenso el intercambio entre los toreros de España y México. Manolete, siguiendo el ejemplo de todos los grandes maestros españoles, estuvo siempre de nuestro lado, con una cordialidad que no le agradeceremos bastante. Cualquiera que sea la salida que el pleito tenga (y es de desear su pronto arreglo), habrá que agradecerle siempre sus buenos oficios por lograr una reconciliación que beneficia a los públicos de aquí y de allá.

Manolete estimaba que un torero español triunfase en México era de vital importancia para su fama. Era un empeño que deberían intentar todos. De la misma manera que no hay torero de acá que no sueñe con cortar una oreja en Madrid o Sevilla. El duelo que la muerte de Manolete causó en todo el territorio federal, me atrevería a decir en toda la América hispana que le vio torear, demuestra que había llegado al corazón de las multitudes.

El fraternal abrazo de dos matadores de toros inolvidables

Yo estaba en Francia cuando a Manolete lo mató un toro en Linares. La noticia me llegó envuelta en los zumbidos de una emisión de radio. Al principio me creí víctima de un mal pensamiento que hubiera cobrado voz en el aparato de mi coche. Después fueron surgiendo los detalles para dolor de todos… Creo que pocas veces había sentido yo pesar tan profundo. Lloré. No me avergüenza decirlo, porque Manolete merecía las lágrimas… Cuando días después estuve con mi madre y Andrés Gago en Córdoba, se avivó el dolor… Yo dejé sobre su tumba las mejores flores que encontré y las más fervorosas oraciones que han salido de mis labios. ¡Que la Virgen de Guadalupe, a la que Manolete profesó también gran devoción, le haya guiado hasta el Señor!

Creo que debo poner punto final aquí. En el libro que Francisco Narbona, firma joven pero bien prestigiada por sus innumerables artículos en las páginas de El Ruedo, ofrece ahora, hallará el lector una estampa muy completa del gran torero español. Con una preocupación loable por la fecha y la anécdota, creo que este libro contribuirá muy poderosamente a difundir la gloria y la fama de Manolete. Fama y gloria bien ganadas, porque fueron refrendadas por el más bello gesto. La muerte buscada, cuando nadie podía disputarle su puesto en la Fiesta. Él fue la máxima figura de nuestro tiempo. Fue el mejor torero de España. Y sobre eso, un amigo cabal y entrañable. Un caballero sin tacha ni doblez. Lo que se dice todo un hombre.

*Prólogo escrito por el espada mexicano Carlos Arruza para el libro «Manolete. Riesgo y gloria de una vida», de Francisco Narbonapublicado en 1948 por Ediciones Espejo (Madrid).

ENTRADA RELACIONADA: MANOLETE RECORDADO POR CARLOS ARRUZA

sábado, 14 de septiembre de 2019

MANOLETE RECORDADO POR UN AMIGO

Por Antonio Luis Aguilera
 Dos amigos: Manolete y Manuel Sánchez de Puerta. Foto Mari.
El 27 de julio de 1985 tuvimos el honor de hablar en Córdoba con un amigo íntimo de Manolete, don Manuel Sánchez de Puerta Guerrero, un señor en el sentido literal de la palabra, que tuvo la amabilidad de recibirnos en su domicilio para recordar al amigo torero. Aquella mañana de verano Manuel había convertido el salón de su casa en un auténtico museo, para exponer los recuerdos que guardaba de su amigo Manolo, invitándonos a examinarlos despacio mientras nos contaba la historia de cada uno. Allí vimos la escopeta de cacería del torero, el regalo de bodas que le hizo, del que nos dijo que le habría costado un dineral y cuando le reprochó el gasto que había hecho le contestó que así la gente no diría que su amigo el torero era un gurrumino.
De los objetos de aquella exposición destacaba un regalo excepcional: el traje celeste y oro que Manolete vistió el 16 de julio de 1947 en la plaza de Las Ventas, la última tarde que actuó en Madrid, corrida de Beneficencia que toreó gratis donando sus honorarios a favor de los necesitados -como siempre hizo en esa corrida-, en la que alternó con Rafael Vega Gitanillo de Triana y Pepín Martín Vázquez. El destino quiso que esa tarde tan próxima a Linares también ofreciera su sangre, pues resultó herido en la pierna izquierda por un derrote seco de su segundo toro, de nombre Babilonio y del hierro de Bohórquez, al que continuó toreando sangrando en una faena inolvidable por entrega y belleza, en la que cortó las orejas tras estoquearlo brillantemente, para acto seguido echarse en brazos de sus compañeros para que lo llevaran a la enfermería.
Sevilla 1941, Manolete pasea un rabo. Foto Mari
También llamaba la atención un pequeño álbum con tapas de nácar marcadas con el hierro de la ganadería de Villamarta, donde se conservaba el reportaje fotográfico de la faena realizada en Sevilla el 26 de abril de 1941, tarde que actuando con Pepe Bienvenida, Juanito Belmonte y Pepe Luis Vázquez, cortó un rabo. El álbum se lo había regalado al torero el propio ganadero, pero Manolete se lo obsequió a su amigo porque a Manuel le había gustado y quiso que lo conservara, con el argumento de que él tenía muchas fotografías.
Emocionados sujetamos aquellas taleguillas manchadas de sangre. Manuel nos dijo:
Mira el boquete de la cornada... ¡Y siguió toreando el tío...! 
Sentimos una profunda impresión al tener en nuestras manos ese traje, ligeramente palidecido por el tiempo. Manuel se dio cuenta y nos dijo:
Antonio, para mí es muy grato tenerte en mi casa y hablar contigo del torero que a mi juicio ha sido el mejor que tuvo Córdoba.
Muchas gracias, Manuel. ¿Cómo nació vuestra amistad?
Con exactitud no te lo puedo decir, pero fue siendo novillero, antes de la alternativa. Era un amigo más. De su profesión, siendo figura del toreo, nunca hizo alarde. Era uno más del grupo que formaban Domingo Roca, mi hermano Baldomero, Enrique León, Manolo Suárez... Un tío sencillo, de trato estupendo, sin alardes de ninguna clase. Pasaba con mi familia temporadas en el cortijo, donde no era frecuente sacar el tema taurino. Se pasaban los días enteros sin hablar de toros, se charlaba del campo, del tiempo o de las faenas agrícolas. Eso sí,  como saliera el tema de los toros nunca se veía el final, nos entusiasmábamos hablando, sobre todo él.
¿Recuerdas algunas anécdotas vividas con él?
Iglesia de S. Miguel. Foto M. Castilla

—Una noche que Manolo Suárez, Manolete y yo habíamos tomado unas copas de vino y estábamos “contentos”. En la iglesia de San Miguel vimos a un señor que venía del Palacio del Cine desde la plaza de Las Tendillas e iba hacia el hotel donde se hospedaba. A Manolete le hizo gracia la mascota que llevaba de sombrero y al pasar a su lado se la quitó. Se la puso y salimos corriendo dándole vueltas a la iglesia mientras el pobre hombre iba detrás de nosotros. Entonces había muy poca luz en Córdoba y nos escondíamos  a la sombra de la iglesia. Nos dio lástima y salimos al encuentro para pedirle perdón por la broma. Manolete, con el sombrero puesto, le dijo: —Vamos a ver amigo, ¿sabe usted quién soy yo?—A lo que el hombre indignado, contestó: —¡Sí, un sinvergüenza!— Manolo, muerto de risa y quitándose el sombrero, continuó: —¡Hombre, no me diga usted que soy un sinvergüenza! Yo soy Manolete— Pero el hombre insistía: —¡Usted qué va a ser Manolete ni Manolete, usted es un sinvergüenza!
Entonces nos dirigimos a la única farola que había en el centro de la plaza y ya con la luz la reacción del hombre al ver que era Manolete te la puedes imaginar. Cambió de color, se quedó sin palabras. El señor era representante de una casa de perfumes de Barcelona y se hospedaba en el hotel Simón. Al día siguiente quedamos citados y estuvimos tomando café con él. Imagínate: un hombre loco de contento por haber conocido a Manolete gracias a una broma.
Otro día fuimos a Sevilla cuando él empezaba su carrera. Lo hicimos en un tren que la gente llamaba “el carreta”. En la estación cogimos un taxi para ir al café Gayango, y al entrar un camarero lo reconoció y dijo en voz alta: —¡Señores, acaba de entrar un aficionado a los toros!— La gente se percató de que era Manolete y le aplaudió con fuerza. Pienso que Sevilla lo descubrió antes que Córdoba. Ya el día de su alternativa se dieron cuenta del torero tan grandioso que era. Sí, que no había nacido allí, pero era uno de los mejores que había y ellos lo reconocieron.
Manolete sentía un cariño especial por Sevilla, allí tenía muy buenos amigos, como Pepe Luis Vázquez sin ir más lejos, un torero del que era apasionado. Le escuché decir muchas veces: —Ustedes no habéis visto torear bien a Pepe Luis. Si es que cuando al rubio de San Bernardo se le cae el mechón de pelo en la frente chorrea almíbar, el arte de ese hombre no lo tiene nadie—  Era un gran entusiasta de Pepe Luis.
Manuel, qué papel jugó José Flores Camará en su carrera.
Muy importante. La gente puede estar equivocada con Camará. Él quería mucho Manolete, más de lo que se piensa. Soy testigo de muchas conversaciones entre ambos, sin tener porqué haberlas presenciado, por la confianza que los dos tenían en mí, porque sabían que lo que escuchaba no lo comentaría con nadie. Y te digo que Camará quería Manolete. No estoy de acuerdo con lo que se habló después sobre si esto o lo otro. Igual que Manolete fue figura del toreo, Camará fue figura de apoderado.
—¿Cómo era el toreo de Manolete?
Pues un toreo único. Antonio Bienvenida decía que llevaba las faenas hechas en la maleta. Y es que para que a ese hombre se le fuera un toro sin torear no sé que tenía que pasar. ¡Qué se le echara...! Porque como pudiera sacarle cinco, siete o diez muletazos se los daba. Siempre apuraba los toros al máximo. Cuando no tenía más remedio que matar lo hacía, pero como el toro le embistiera te aseguro que había faena para rato. Por su amor propio, por la dignidad profesional que tenía, sacaba más partido que nadie a todos los toros. Ese hombre se jugaba el pellejo cada vez que se vestía de luces, le importaba poco que la plaza fuera grande o chica, de más o menos categoría, él cumplía con su obligación. Muchas veces dijo: —¿Por qué no voy a torear al toro con posibilidades, si es mi obligación? Para eso paga la gente, para verme torear. Y yo no puedo defraudarla porque el animal sea mejor o peor, tengo que sacarle el partido que tiene, porque para mí lo mismo es el público de Madrid que el de cualquier pueblo de España, por pequeño que sea—
Última tarde de Manolete en Madrid
Recuerdo una tarde que fui a Andújar con Domingo Roca. Toreaba una corrida de Flores Albarrán mano a mano con Pepe Luis y me parece que iba de sobresaliente Morenito de Talavera. La corrida se dio por el ambiente que había, pero la tarde era muy mala, nublada, el ruedo con verdina, en malas condiciones. Yo estaba intranquilo en el callejón, porque los dos toros primeros no fueron buenos, pero salió el tercero para Manolete y cuando fue a por la muleta y la espada, dijo: —Voy a procurar poner a la gente contenta— Y mientras llovía hizo unan faena magnífica. ¡A ese hombre le importaba poco que fuera Andújar o la monumental de Barcelona! El público era el mismo para él en todas partes. Por eso pasó lo que pasó… Por ser tan cumplidor. La honradez suya… Pero era su forma de ser, nació con ese don que Dios da, que los demás también tendrían, pero no lo demostraban.
Manuel, se ha escrito mucho sobre el toro de su época. Sus detractores le acusaban de torear toros chicos.
El toro de su época era como el de todas las épocas. Los había chicos y grandes. El motivo fue la guerra. Se criaron menos toros porque la situación de España era distinta a la de hoy, pero toros grandes o chicos ha habido toda la vida, la prueba la tienes en el que mató a Joselito en Talavera. El toro de la época de Manolete era normal. Además, las cornadas las dan los grandes y los chicos, aunque influyan el peso y la edad. Pero tampoco es lo que se ha dicho.
Además de Pepe Luis Vázquez ¿a qué otros toreros admiraba?
Lo primero que te digo es que nunca habló mal de ninguno de sus compañeros. Jamás le oí decir que si tal o cual. Todos tenían algo bueno para él. Eso sí, sobre todos admiraba a Pepe Luis. También fue admirador de Arruza. Carlos era un torero cumplidor, con mucho amor propio y dignidad, que no se dejaba ganar en la plaza por ninguno y que le podía a los toros.
—Y con él llegó a tener una sincera amistad.
Abrazo entre dos amigos: Carlos Arruza y Manolete
Te puedo contar que una noche estábamos cenando en el restaurante de Miguel Gómez, que era el centro taurino de Córdoba, tenía mucho ambiente y los amigos nos reuníamos allí. Llegó Carlos Arruza, que iba camino de Sevilla, para saludar a Manolete. La noche no estaba para seguir viajando y Manolete le insistió para que se quedara en Córdoba, pero Carlos decía que su madre lo esperaba. Finalmente pidió una conferencia con Sevilla, habló con su madre y se quedó. Cenamos Manolo Suárez, Domingo Roca, Manolete, Arruza y yo. Manolete le encargó a su amigo una habitación en el hotel Regina, y al día siguiente se fue para Sevilla, donde su madre se había quedado más tranquila sabiendo que dormía en Córdoba y no se ponía de noche en carretera. La cena transcurrió entre bromas de los dos matadores, recordando toros y corridas en que las cosas no salieron como ellos querían y despacharon cómo mejor pudieron. Eran muy buenos amigos. Además Arruza era un gran admirador de Manolete. Le llamaba maestro. Manolete no quería y le decía: —¡Carlos, por Dios!— Y él le contestaba: —¡Pero si para mí eres un maestro!— Y así, entre bromas y veras, se lo decía, porque verdaderamente lo consideraba un maestro.
Al morir Manolete todo el mundo se hizo partidario suyo, pero en vida, siendo máxima figura, la cosa no fue igual. Le exigieron como a ninguno e incluso no faltaron las ofensas.
Sí. La afición a los toros es eso: elevar al torero para luego derribarlo, destruirlo sin motivos, pero eso por desgracia es la afición a los toros, es pasión por un torero y cuando está en la cúspide echarlo abajo. Eso le pasó a Manolete. Él sabía que tenía muchos detractores, porque en el ruedo se escuchan las voces aunque la gente piense que no. Los toreros oyen las ofensas cuando se meten con ellos. El público puede obligar al torero a que toree lo mejor que pueda, pero no tiene derecho a ofenderle como hicieron con él. Desgraciadamente es la otra cara del traje de luces. Los toreros tienen dos clases de amigos: los del traje de luces y a los que el traje de luces les importa tres pitos.
¿Y la afición de México?
Manolete pasea un rabo en el coso de El Toreo de México
Aquella afición lo consideraba más que la de España. Mucho más. Manolete fue un fuera de serie en todas partes, pero en México lo era más. Allí fue impresionante. Algo que no se había conocido nunca, ni siquiera en la época de otros toreros grandiosos que llegaron desde España. Lógicamente, los mejores de aquí. ¡Pero cuando llegó él…! Allí también fue un mito. ¡Igual que aquí, un dios del toreo!
Su última actuación en Córdoba fue en el año 1944. ¿Por qué no toreó aquí en los tres últimos años de su carrera?
Él no rehusaba a torear en Córdoba, eso eran desacuerdos de Camará con las empresas, pero él no se metía nunca en eso. Eran asuntos que el apoderado, por las razones que tuviera, no veía conveniente. Manolete no rehusó jamás a torear en ninguna plaza.
¿Es cierto que pensaba retirarse al finalizar la temporada de 1947?
Sí. Se lo escuché personalmente junto a mi hermano Baldomero. Decía que le quedaban diez o doce corridas para terminar la temporada e irse de los ruedos definitivamente. Y conociéndolo cómo lo conocía pienso que lo hubiera cumplido y no habría vuelto. Hubiera toreado en el campo, o en los festivales benéficos que le hubieran requerido, pero nunca vestido de luces. Esa es mi opinión conociendo cómo pensaba y sabiendo que cuando decía algo lo cumplía.
Tristemente no llegó a disfrutar de la retirada. ¿Pero tenía proyectos para cuando abandonara los ruedos?
El campo era su afición. Tal vez una ganadería brava… Pero su gran afición era el campo y las labores. Entendía mucho de escuchar a sus amigos labradores. Las faenas agrícolas no eran desconocidas para él. Seguramente habría sido un buen labrador. Y si hubiera adquirido reses bravas hubiera sido el mejor.
¿Fue su madre el gran amor de su vida?
Sin duda alguna. Quería a su madre con delirio, la nombraba cuarenta mil veces al día: que si mi madre esto, que si mi madre aquello… Era pasión de hijo bueno con su madre. Si iba de viaje siempre le traía algún regalo por chico que fuera, chico según se quiera ver, porque hay cosas pequeñas que en la vida son grandes respecto a la madre.
¿Piensas que después de Manolete ha habido algún torero de su dimensión?
Pienso que no. Ahí está todavía su sitio vacío. ¿Quién lo ocupa…? ¡Eso sí que es difícil, ocupar un sitio de esos…! El sitio que dejó un hombre de la envergadura, la talla, la honradez profesional, el amor propio, la dignidad… De tantos dones que Dios le otorgó como torero. Yo creo que el sitio está ahí. ¿Quién lo ocupa? ¡Que venga alguien y me lo diga!
Majestuoso señorío de Manolete al romper el paseíllo en Lima
El 28 de agosto no fuiste a Linares. ¿Cómo conociste la noticia?
Estaba en el campo. La última vez que hablé con él fue aquí, en mi casa. Le dije que ya no iba más a verle torear, que no quería pasar un mal rato oyendo las cosas que la gente le decía. Me contestó que no hiciera caso, pero yo había decidido no volver a verle vestido de luces. Mi hermano Baldomero sí fue a Linares. Yo me quedé en el campo, con mi mujer. Aquella noche no puse la radio y no conocí la noticia hasta el día siguiente que los trabajadores me la dieron. Recuerdo que mi madre me envió un taxi y regresé a Córdoba. Desgraciadamente aquel día la Fiesta de los toros perdió al mejor torero. Luego ha habido muchos y muy buenos. Pero ahí está vacío el sitio que él dejó.
Y tu amigo fue sepultado en el panteón de vuestra familia, en el cementerio cordobés de Nuestra Señora de la Salud.
Sí, allí se enterró. Hubo alguna dificultad en el panteón del padre de Palitos, no recuerdo con exactitud. Entonces mi hermano y yo pensamos que, si su familia lo veía bien, se podía enterrar en el nuestro. Hablamos con Camará y rompió a llorar como un chiquillo. Finalmente fue él quien lo comunicó a la familia y a Álvaro Domecq. Y allí permaneció sepultado hasta que le construyeron su panteón.
Manuel, ¿por qué tanta grandeza en ese hombre?
Pues por su forma de ser, su amor propio, su dignidad, sus cualidades humanas… Eran tantas cosas las que se llevó su muerte. Aquí en Córdoba, no sé, podrá salir algún torero, Dios lo quiera… ¿Pero igualarle…? Eso es tan difícil… ¡Te digo que es imposible!
El protagonista de estas declaraciones, don Manuel Sánchez de Puerta Guerrero falleció en Córdoba el 22 de diciembre de 1992. Jamás podremos olvidar su amable y exquisito trato, su sincera cordialidad y hospitalidad, su señorío de hombre de bien y la amistad que nos brindó.