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viernes, 27 de noviembre de 2020

BERNABÉ ÁLVAREZ “CATALINO”, UN PICADOR “MUY ESPECIAL” (y II)

Por Rafael Sánchez González

Catalino junto a Manolete, Camará. El Pelu y Guillermo. Fotografía
de cuadrilla para el kilométrico del ferrocarril. Foto Francisco Linares. 


Pinche este enlace para leer la primera parte

En 1919 regresó a la cuadrilla de Juan Belmonte y en ella permaneció tres campañas completas. Este primer año fue en el que más veces realizó el paseíllo en la plaza de la Villa y Corte, donde dejó faenas memorables, al igual que en Sevilla, Barcelona, Valencia y Zaragoza, hasta totalizar 110 actuaciones (algunos historiadores citan 109), batiendo las cifras de Joselito en las cuatro temporadas anteriores. Según Bernabé: “Fue un año completo para Juan, porque no sufrió ningún percance de consideración. Recuerdo también  que dio varias alternativas” (tres, a su hermano Manuel, José Roger Valencia y Manuel Jiménez Chicuelo). En la siguiente (1920), tras resultar herido en una tienta, comenzó el 4 de abril en Sevilla para lidiar reses de Nandín junto a Sánchez Mejías, Chicuelo y Joselito, con el que ya se mostraba muy unido y compartía franca amistad, comprendiendo ambos, que aun cuando cada uno tuviese su personal temperamento y propia tauromaquia, se complementaban  en el ruedo. Lástima que el final de José estuviera ya próximo. Por cierto, celebrada la corrida del día 15 en Madrid, en la que en unión de Sánchez Mejías despacharon toros de D.ª Carmen de Federico, que sustituyeron a los albaserradas rechazados por chicos, ante un encrespado público que llamó ladrones a los toreros, un desalmado le gritó a José “¡ojalá mañana te mate un toro en Talavera!”, hubo de suspenderse la que estaba programada para el día siguiente, al decidir Joselito actuar en Talavera, por lo que Belmonte se quedó en su piso madrileño de calle Espartel, donde Antoñito, su mozo de espadas, le llevó la trágica noticia que conmocionaría a toda España. “Ahí me la ha ganao”, dicen que fue la inmediata reacción de Juan. La muerte de Gallito supuso una sensible pérdida para la afición. “Se acabó el toreo”, exclamó Guerrita. Y a Belmonte le faltaría ya su otro yo. La Fiesta carecía de toreros con tirón de cara a las empresas, y la esperanza que traía Granero la cortó de raíz Pocapena en el coso madrileño el 7 de mayo de 1922. Aquel invierno de 1920 realizó Juan un nuevo viaje a Perú, cobrando treinta mil pesetas por actuación. Le acompañaron su mujer y su hija, a las que dejó en Nueva York con los suegros, mientras que su hermano José, matador de toros, y algunos escogidos elementos de su cuadrilla, entre los que no podía faltar Catalino, embarcaron en otro grupo rumbo al puerto de El Callao.

Juan Belmonte

Mal comenzó para Belmonte la temporada de 1921, ya que en su segunda actuación (18/4 con Chicuelo y su hermano Manolo), en Sevilla, un manso de Santa Coloma le produjo una grave cornada en la boca que le tuvo largo tiempo inactivo (perdió 22 corridas), soportando una dolorosa convalecencia con varias operaciones quirúrgicas e ingiriendo solamente alimentación líquida, hasta que por fin el 12 de julio pudo reanudar sus actuaciones en Algeciras con la herida sin cicatrizar todavía. “Fue una cornada horrorosa, creíamos que le había destrozado la boca”, nos dijo Catalino. Aún así sumó 72 actuaciones, embarcándose seguidamente con destino a una corta campaña por plazas mexicanas, alternando esta vez con Sánchez Mejías. Después de realizar con su familia una gira turística por Estados Unidos, regresó a España a finales de septiembre de 1922. Ya no volvería a los ruedos hasta 1924, en una brevísima incursión como rejoneador y espada.

"Ignacio tenía reacciones que encandilaban a la gente" (Catalino)
Foto: Ignacio Sánchez Mejías apoyado en la contera de la barrera

Siguiendo con nuestro biografiado, en 1922 pica para el carismático Ignacio Sánchez Mejías, gran torero y destacada personalidad en diversos campos culturales y sociales ajenos a la tauromaquia. Fue un extraordinario  banderillero, que entusiasmaba al público con su arriesgada forma de clavar por los terrenos de dentro y muy pegado a tablas, popularizados como el par de la mariposa. Ignacio regresó de América en bajo estado de salud, y pensaba limitar el número de intervenciones, pero la desgraciada desaparición de Granero el 7 de mayo en la plaza de Madrid, y su presunta ausencia mermaban considerablemente el interés de los aficionados, por lo que aceptando una suculenta oferta de la empresa madrileña, y aún desechando numerosos contratos, redondeó una triunfal temporada con 44 corridas toreadas, siete de ellas en la Feria de Valencia. En los dos años siguientes (1923 y 1924) Catalino acompañó a Marcial Lalanda, diestro de dilatada ejecutoria, que sin haber alcanzado todavía su período de mayor apogeo totalizó 48 y 49 actuaciones respectivamente, que pudieron ser más en el segundo de los años citados de no impedirlo Indio, un burel de Andrés Sánchez de Coquilla, que el 15 de julio le corneó gravemente en Madrid. Marcial fue un torero con gran dominio de la técnica, unido a una marcada personalidad artística, sirva como ejemplo su bonito galleo de la mariposa, que ofreció al público por primera vez en la madrileña corrida de Beneficencia de 1923. 

Catalino

Sobre estos dos matadores, sin dejar de reconocer su valía, se mostró menos expresivo Bernabé, “Marcial fue grandioso en todos los tercios, pero demasiado técnico; en cambio Ignacio tenía reacciones que encandilaban a la gente. Me gustaba además porque todo te lo decía con respeto y educación”. “Los dos años siguientes (1925 y 1926) fui con el Algabeño… Bueno, primero salí un par de veces con Maera (Manuel García López), que murió el pobre pocos meses después (11/12), pero esos dos años fui con Pepe y en total pudieron ser cerca de cien las corridas que toreé con él. Me acuerdo de una en San Sebastián (9/8/1925), con toros del Conde de la Corte, a la que asistió la reina María Cristina”. José García Rodríguez fue otro maestro del volapié, sin exquisiteces en su toreo, pero con gran desenvolvimiento ante las reses. De mis datos particulares sobre este picador cordobés encuentro una crónica del diario murciano El Liberal (14/4/1925), referente a la corrida de toros celebrada el día anterior en aquella ciudad, que resalta en su titular: “¡Así se pican los toros! Catalino, caballero del castoreño”. En 1927 sumó 65 corridas con Cayetano Ordóñez Aguilera Niño de la Palma, torero de un arte exquisito en nada equiparable con su manejo de la espada, al que la falta de regularidad en su etapa de plenitud, y un fuerte temperamento ante determinados revisteros taurinos, perjudicaron grandemente la difusión de muchas tardes triunfales. Del ocurrente “Es de Ronda y se llama Cayetano, pasó al malintencionado, “Ni es de Ronda ni se llama Cayetano, es de Arriate y le llaman Cucufate”. Habilidosas frases del maestro Gregorio Corrochano, tan sobrado de calidad literaria como de acusado interés en sus crónicas taurinas. Casado en 1920 con Consuelo Araujo de los Reyes, cantante y actriz conocida artísticamente como Consuelo Reyes, Cayetano fue el iniciador de un dinastía torera de la que aún tenemos integrantes en activo, y de la que el mejor exponente fue su hijo Antonio, el diestro que más me ha colmado con su toreo en mi ya larga vida de aficionado.

"Porrazos recibí a montones, como todos los picadores"
Derribo de Bernabé Álvarez Catalino. Foto El Ruedo

En este momento de la entrevista se le preguntó: “Bernabé, ¿por qué cambiaba usted tanto de cuadrilla? La respuesta fue tan rápida como aclaratoria, “por cuestiones particulares”. Y continúo diciendo: “si Cayetano toreaba bien, sobre todo con el capote, mi siguiente jefe no se le quedaba atrás, y además tenía gran duende y un estilo propio capaz de levantar al público de sus asientos a la segunda verónica… ¡Cómo me gustaba a mi toreando Cagancho…! Fue uno de los muchos elogios que nos hizo sobre este diestro gitano, a quien el mencionado Corrochano, tras un festejo celebrado en Toledo (8/5/1927), comparó con la talla del escultor Juan Martínez Montañés: “Con el palillo de la muleta y la espada hace una cruz y así se presenta a la multitud este hombre seco como un cartujo, del color de la madera abierta que eligiera para sus tallas el Montañés…” Con Joaquín Rodríguez Ortega permaneció a lo largo de cinco temporadas (1928-1933), si bien en la última de ellas ajustó  algunas corridas con Antonio Márquez. Eran ya años en los que se lidiaban reses que ni por edad ni por su integridad deberían merecer el calificativo de toros. Una circunstancia que, como sucede ahora, ha sido muy debatida por los aficionados en diferentes etapas del toreo,  Pero eso, como se decía en Cádiz en mis años de estudiante, son conversaciones de Puerta Tierra. No descubriré nada si digo que se hicieron famosos los fracasos de Cagancho a lo largo de su vida torera, empezando por el mismo día en que el Gallo le dio la alternativa en Murcia (17/4/1927), pero no es menos cierto que cuando sacaba a relucir su arte sublime, pasaban al olvido aquellas tardes en que salía de las plazas custodiado por la Guardia Civil.

Escultura a la verónica de Joaquín Rodríguez Cagancho.
Se habla mucho de su aciaga actuación en Almagro (26/8/1927), cuando en la localidad murciana de Caravaca (1/5/1927) se llevaron los cabestros los dos toros de su lote. Aunque  podría argumentarse en su defensa, que también a Manuel Domínguez, que pasa  por ser uno de los toreros más valientes en la historia de la Tauromaquia, le echaron al corral una tarde en Sevilla los tres que debía estoquear. Joaquín puso punto final a su ajetreada trayectoria en México -ocho rabos cortó en la plaza capitalina- donde falleció el primer día del año 1984. Siguiendo con Catalino, comenzó la campaña de 1934 con Cagancho y la terminó al lado de Juan Belmonte. “Joaquín conocía mi relación profesional con Juan y no hubo ningún problema, por lo que hice con él el final de temporada, además quería que le acompañara en varias corridas que tenía apalabradas en Venezuela, pero a la muerte del General Gómez, en el mes de diciembre, decidió no embarcarse en esa aventura. Hubiera sido mi cuarto viaje a las Américas. Y en 1935 hice con él las cerca de treinta corridas que toreó”. Recordemos que por aquellas fechas ya se rumoreaba insistentemente la posible retirada definitiva de Belmonte, como así podría considerarse que fue. Cuando en 1936 volvió a los ruedos lo hizo ya en calidad de rejoneador, en cuya actividad participó también en diferentes festejos de carácter benéfico, pero se dio la circunstancia de que el 15 de noviembre de este mismo año toreó en Córdoba una de aquellas corrida de toros, que por el carácter que las rodeaba se denominaron Patrióticas, y pasa por ser su última actuación vestido de luces. Festejo del que conservo un cartel original. “En el 36 fui de nuevo con Cagancho, pero ya se dieron pocos festejos. La Guerra Civil y los años que vinieron después fueron muy duros para todos. Yo afortunadamente no me compliqué la vida en ese sentido, y cuantas veces me llamaron para picar en corridas, con el fin de recaudar fondos en favor de las tropas que luchaban en el frente o para ayudar a los pobres, lo hice, pero nunca me metí en declaraciones que pudieran acarrearme problemas, como le pasó a muchos compañeros en toda España”. 

Chicuelo otorga la alternativa y el testigo de
su toreo a Manolete. Sevilla2 de julio de 1939

Y sigue contándonos Bernabé: “en 1939 Camará me llamó para entrar en la cuadrilla de Manolete, que iba a tomar  la alternativa en Sevilla (2/7). Se la dio Chicuelo, otro grandioso torero. Y con él estuve hasta el año siguiente, que fue en el que me retiré. De Manolete solo puedo decir que vino a recuperar el interés de la gente por los toros, no os podéis ni imaginar como se abarrotaban las plazas para verle torear, y eso que muchos no tenían ni para comer. Recuerdo que aquel día de la alternativa piqué junto con Paco Zurito, que sufrió un golpe tan grande que lo tuvo bastante tiempo enfermo en la cama hasta que el pobre falleció. Paco podía haber sido un brillante picador. La siguiente corrida que Manolete toreó en Sevilla (18/7) la recordaré toda mi vida. Un toro de Tassara me derribó y me tiró un gañafón en el pecho rompiéndome la ropa, y sacando en el pitón la cadena con una medalla que yo llevaba colgada al cuello. Aquello caló en el público, que se sorprendió al ver que me levantaba, y subiéndome de nuevo al caballo le di dos buenos puyazos. La ovación fue la más grande y emocionante que yo he recibido en mi vida, por eso digo que no la olvidaré nunca”. Debo añadir, que Don Fabricio tituló su crónica en ABC con esta frase, “El gesto de un árabe”. Al hilo de este suceso se le preguntó por los  percances que había recibido y esto fue lo que nos contó: “Porrazos recibí a montones, como todos los picadores. Cuando los caballos salían todavía sin el peto había veces que nos juntábamos más de un picador rodando por la arena, por eso todos acabábamos fatal de los huesos… El Señor Manuel, que no me cansaré de decir que ha sido el mejor de todos, cuando se retiró, además de andar con bastones llevaba un corsé, que le ajustaba todo el cuerpo de cintura para arriba, estaba hecho polvo. Y a mí ya me veis como voy, que no soy capaz de dar un paso sin la ayuda de estos palos. Eso sin contar los que murieron de alguna cornada, y los que se quedaron inútiles para el resto de su vida, que fueron muchos”. Y estos son los percances de cierta gravedad que nos citó: “en Pamplona (7/7/1913) un toro de Vicente Martínez me tiró un fuerte gañafón a la cara dejándome una herida que tardó en cicatrizarme. Unos años después (11/9/1917) un toro de Veragua me hirió gravemente en el muslo izquierdo. Y en 1925 sufrí dos percances, el primero en Murcia (12/4), donde otro toro de Martínez me dio otra cornada en el mismo muslo, un poco más abajo de la anterior. Y el segundo lo recibí un mes después (15/5) en Madrid, con un bicho de Gamero Cívico que casi me vuela la mandíbula”. A estos accidentes habría que sumar el puntazo en el pie derecho que un astado de Vicente Martínez le infirió en Málaga, festejo en el que Belmonte también resultó corneado en una pantorrilla.    

Catalino fue un picador que dejó huella entre los profesionales del castoreño. Dotado de gran fortaleza física castigaba duro a los toros, sin valerse de artimañas ni ventajas, haciendo la suerte tal y como la realizaban  quienes consideró santo y seña en este tercio de la lidia, que, según nos dijo, había cambiado radicalmente a partir de la obligatoriedad del uso del peto protector para los caballos, que en 1928 impuso el gobierno del general Primo de Rivera. Así opinaba al respecto: “La suerte de varas sirve para quitarle fuerza a los toros, para favorecerle el trabajo al matador, pero si un toro no tiene fuerza poco tienes que quitarle”. Y añadió: “Con el peto se rebajó el número de caballos que morían en el ruedo y ganaron en seguridad los picadores. Entonces, después de cada corrida, llegabas a la fonda donde se hospedaban los toreros y sabías cuáles eran las habitaciones de los picadores, por el fuerte olor que salía de ellas al ungüento que teníamos que juntarnos, para aliviar los dolores por los porrazos recibidos en el ruedo… El frasco del tío del bigote (emblemático dibujo del famoso linimento Sloan) no faltaba nunca en nuestros maletines. Hoy hasta los monosabios huelen a colonia de Lavanda”.  Al preguntársele que cómo creía que había sido él en su cometido, contestó: “yo no habré sido muy bonito tirando el palo, pero castigaba a los toros en su sitio, agarrándome con ellos. En aquellos tiempos salían muchos toros mansos, y tenías que quedarte con ellos en el primer puyazo… cuando se podía, claro está. Nunca piqué barrenando para dejarlos medio muertos. Un día vi como lloraba un toro y dejé de pegarle… y buena bronca que me llevé de los banderilleros”. Ya ha quedado escrito que el último espada al que acompañó fue Manolete, falta referir su última actuación vistiendo la calzona y la chaquetilla de luces. En todas sus biografías e incluso por declaraciones suyas fijan la cita en el 16 de septiembre en la plaza de Salamanca, con ocho toros de Antonio Pérez que el califa cordobés estoqueó junto a Marcial Lalanda, Domingo Ortega y Pepe Luis Vázquez. ¡Vaya un cartelazo! Todo es correcto salvo la fecha, que fue el viernes 13, segunda y última corrida de feria en la capital charra. Bernabé pudo confundirse porque dicho día 16 se repitió en Valladolid el cartel de ganadería y toreros, pero ya no figuraba él en la cuadrilla. Además, el mismo Bernabé dice sobre su retirada que el último toro que picó “fue después fogueado por manso” y esto solo sucedió en la mencionada corrida salmantina. Todavía queda más claro el tema tras comprobar en mis notas su referencia al añadir, “también habíamos toreado allí el día anterior y por la noche, en vez de irnos al circo como hicieron otros compañeros, Cantimplas (Rafael Saco Rodríguez, primo de Manolete y banderillero en su cuadrilla) y yo nos fuimos a cenar  a un restaurante que había en el centro de Salamanca, llamado La Mezquita, y después nos metimos en el cine”. 

Naranjas y capotes. Foto Ernesto Castillejo

Por lo tanto, todo aclarado. Puede llamar la atención que dejara de actuar el día 13 cuando a Manolete solamente le restaban por cumplir cinco contratos (los dos de Valladolid, Córdoba, Valencia y Jaén). Según nos manifestó, “todavía me encontraba en perfectas condiciones, pero atendiendo los consejos de varios amigos comprendí que no debería exponerme al riesgo de poder sufrir algún percance difícil ya de superar, por lo que decidí marcharme  definitivamente". Con el paso del tiempo, me indicaron que si bien conservaba su fuerza de brazos para picar con solvencia, en cambió se encontraba ya muy debilitado de piernas, al extremo de tenerle que ayudar cada vez que se subía a las cabalgaduras.  

Dadas las circunstancias que rodearon a quien durante toda su vida se caracterizó por no pasar desapercibido, voy a dedicar unas líneas al capítulo personal. Ya ha quedado al menos apuntada su marcada condición materialista de la vida, eso por lo que algunos le tachaban de pesetero. A nivel anecdótico les diré, que en sociedad con Ricardo González Curro Camará (destacado banderillero en la cuadrilla de su primo Machaquito) y del picador Zurito, en un terreno que este último tenía lindando con la finca Las Pitas, en 1924 formaron los tres una empresa de caballos de picar, pero después de varias ferias con numerosas bajas en la cuadra de equinos, al terminar la de Córdoba, Catalino pidió la cantidad que había aportado y abandonó la sociedad, por considerar poco rentable el negocio. Y una vez retirado, en compañía de un amigo, empleado de Hacienda, se dedicaron a lo que por aquí llamaban dar dinero a cordelillo, esto es, conceder préstamos mediante el cobro de un pequeño recargo. Un método de usura, dicho sea de paso, que ya se practicaba en Córdoba desde el  tiempo de lo judíos, y no faltan historiadores que la señalan como una de las causas por las que fueron expulsados de España.

Última foto de Bernabé Álvarez Catalino. Revista El Ruedo

En el terreno familiar, decir que Bernabé se casó o convivió con Antonia Fuentes y fueron padres de dos hijas. En 1912 contrajo matrimonio con Elisa Ruiz Lopera, que era cambiaora en el Mercado Central (sentadas detrás de una mesita, estas mujeres facilitaban cambio fraccionado de monedas reteniendo para ellas un diez por ciento). Finalmente se sabe que tuvo por compañera a Carmen, nieta del picador Ricardo Moreno Onofre, conocido por Mediaoreja entre los cordobeses, por haber perdido parte de un pabellón auditivo a consecuencia de un percance sufrido en el ruedo. En su entorno se le tenía a Bernabé por ser muy mujeriego, “yo siempre he tenido mujeres al retortero”, nos dijo. Y a petición de un parroquiano que seguía de  cerca nuestra conversación con él, nos relató un lance que le sucedió a tal respecto. “Tenía yo una amiga en una  casita baja de dos plantas en la Plaza Santa Teresa del Campo de la Verdad, y estando con ella llamaron a la puerta, resultando ser su marido que se presentó de pronto… Total, que a medio vestir y con las botas en la mano tuve que saltar a la calle por la ventana todo de prisa y corriendo;  tanto corrí, que fui a caer casi encima de este hombre al que su mujer, para darme tiempo a mí, todavía no le había abierto la puerta”. ¿Y cual fue su reacción?, le pregunto mi padre. Muy sonriente contestó. “Pues… que le dije buenas tardes y me fui como el que no sabía nada… Qué iba a hacer ya”.

Taberna de Paco Acedo

Hombre muy dado a la conversación y buen bebedor, frecuentó varias tabernas en razón a los distintos domicilios que habitó. Así, La Paloma (después Casa Paco Acedo, donde Manolete y su amigo Lángara se fumaban a escondidas sus primeros cigarrillos, y el califa tuvo dedicada una habitación plagada de recuerdos, espacio en el que últimamente se reunían los componentes de la Tertulia Taurina Tercio de Quites, y establecimiento donde también tenía su sede la Peña Taurina José Luis Torres); San Miguel (hoy popularísima Casa El Pisto, de mi recordado amigo Pepe López, regentada ahora por su hijo Rafael); la muy antigua de Salinas en calle Tundidores; El 6 de las Cinco Calles (convertida en restaurante); la Sociedad de Plateros de San Francisco (una de las más antiguas de Córdoba); Casa Calzaíto en Santa María de Gracia; Taberna del Gallego en calle Santa Inés y El 89 en el Realejo (frente a Casa Castillo, donde mantuvimos la entrevista). En todas ella tenía su grupo de amigos que no dudaban en invitarle, para lo que no tenían que forzarle mucho, mientras él les relataba sus mil y una aventuras vividas. Por cierto, antes de que Bernabé llegara a la cita, Enrique nos presentó a Luis, un cliente de avanzada edad que en los años treinta visitaba la referida taberna El 89, y fue testigo de las reuniones que allí mantenían Catalino y Zurito. Según nos indicó, cuando ya llevaban bebidos varios medios de vino solían terminar tarifando, pero al siguiente día volvían los dos tan amigos. Según sus palabras, “El Señor Manuel  se volcaba hacia atrás el sombrero cordobés, con un leve toque de su dedo pulgar, y decía: Bernabé, ya no te aguanto más pegoletes. Y recogiendo sus dos bastones se marchaba”. Recordaba también este hombre, que en una ocasión le oyó decir a Catalino: “¿habéis visto los cojones que tiene…? Pues más le echaba a los toros”.

Magistral puyazo del señor Manuel de la Haba Zurito.

Como colofón a nuestra interesante reunión, que para mí era la primera de una larga lista con numerosos profesionales del toreo, tanto en Córdoba como en Madrid, Bernabé nos tenía reservado un número especial, su alarde de fuerza. De pie y apoyando sus anchas espaldas sobre la pared, enganchó con el extremo del bastón una pesada silla de hierro y la levantó a pulso hasta veinte ocasiones seguidas. Recuerdo la cantidad porque antes de comenzar la exhibición me dijo: “escribiente, ve contando”.

Observarán que no se trata de una biografía al uso, al estar realizada básicamente siguiendo la narración del propio interesado, a la que he querido ser fiel, apoyada en otras referencias de mi archivo y aportando las fechas correspondientes a sus datos, así como algún comentario igualmente relacionado con el guión. Una biografía que espero sirva para conocer a este singular personaje, sobre todo, su gran categoría profesional. Si tuviéramos que citar los varilargueros más sobresalientes del pasado siglo, en esa relación, sin ninguna duda, no podría faltar el nombre de Bernabé Álvarez Jiménez Catalino. “Un picador exuberante de majeza y despiadado con los toros”, como lo describió el historiador taurino González Acebal. Además, ya se encargó él de dejar sellada su trayectoria profesional, cuando me dijo al despedirnos: “No te olvides de poner que yo fui un picador muy especial”.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                          

martes, 14 de mayo de 2019

JULIO ROMERO DE TORRES E IGNACIO ZULOAGA, PINTORES TAURINOS

Por Alejandro Adrián Arredondo Maldonado
Monterrey, Nuevo León (México). Abril de 2019
Romero de Torres. Retrato de su
amigo Anselmo Miguel Nieto
Siempre han existido gran cantidad de artistas de la pintura que se han ocupado de la fiesta brava y que sin duda sienten una gran atracción por esta manifestación cultural; desde luego son muchos los factores que inciden en su sensibilidad y los hacen tomar como motivo de su expresión plástica, la tauromaquia.  
En la historia de la pintura taurina sobresalen dos artistas españoles nacidos en el último tercio del siglo XIX, apasionados de la fiesta brava, uno andaluz, natural de Córdoba Julio Romero de Torres donde nació un 9 noviembre de 1874 y falleció en la misma ciudad un 10 de mayo de 1930 y el otro Ignacio Zuloaga Zabaleta, natural de Éibar, provincia de Guipúzcoa en el país Vasco donde nació en 1870, fallece en Madrid en 1945. Ambos cultivaron el retrato y se destacaron por la aportación a la pintura en general y en tema que me ocupa la aportación pictórica a la tauromaquia. Dos maestros de la pintura que sobresalieron entre otras características por su gusto indeclinable por la fiesta brava, por su pintura costumbrista y por ser grandes retratistas. Pintores siempre rodeados de intelectuales y de las figuras del toreo de su tiempo, además compartieron su admiración por uno de los grandes toreros de la época, el “Pasmo de Triana” Juan Belmonte.
Autorretrato de Ignacio Zuloaga
En un sector céntrico de la ciudad califal, casi frente al río Guadalquivir se encuentra la plaza del Potro y frente a la pequeña escultura del caballo reparando, el museo Julio Romero de Torres en lo que también fue su casa ya que sus padres Rafael Romero Barros y Doña Rosario de Torres Delgado tenían habilitada una vivienda donde nacieron sus ocho hijos. Su padre también fue pintor y autor de retratos románticos, bodegones y paisajes, fue nombrado director del recién creado Museo de Bellas Artes de Córdoba, recuerdo en mi primer visita a Córdoba, una visita muy rápida de ida y vuelta el mismo día, habíamos salido por la mañana de Sevilla en el recién inaugurado tren AVE allá en octubre de 1992, año de la conmemoración del quinto centenario del  encuentro de dos mundos, eufemismo con el que se llamó a tal evento. Recuerdo que al llegar a la plaza del Potro, un niño jugaba con un balón de futbol frente a la casa museo Romero de Torres, llegué acompañado del fotógrafo taurino Guillermo Escobar, lamentablemente el lugar estaba cerrado, el niño que jugaba nos avisó y al escuchar nuestro tono de voz nos preguntó con marcado acento andaluz, -¿de dónde sois? -De México le dijo Guillermo y rápidamente contestó: -¡De donde es Hugo Sánchez! se desatendió de nuestra presencia y siguió jugando con la pelota, nos retiramos a seguir recorriendo la ciudad. Al paso de los años ya por la primera década del 2000 regresé a Córdoba y visité la casa museo, verdaderamente extraordinaria con un tesoro colgado en los muros con obra de diferente formato del maestro cordobés.  En otra ocasión que estuve en Córdoba fui invitado por mi amigo el periodista e historiador cordobés Francisco Bravo Antibón al Círculo de la Amistad de Córdoba y recibido por su presidente que nos atendió espléndidamente, un lugar céntrico con una construcción tradicional cordobesa, sitio donde convive lo mejor de la sociedad, en aquella ocasión al recorrer sus pasillos, habitaciones y escaleras pude contemplar unos murales que datan de 1905 y me llamó la atención cuatro de ellos, pinturas de gran formato, que representan a las artes todas con fondos azules.
Plaza del Potro y Museos de Bellas Artes y de Julio Romero de Torres
Romero de Torres llegó muy joven a la pintura, sus primeros conocimientos los adquirió en el centro docente dirigido por su padre. La influencia del padre también pintor y su hermano Enrique fueron determinantes en un principio pero recibiría diferentes influencias desde el “fortunismo” hasta el impresionismo y el simbolismo francés, esta última corriente literaria y pictórica de moda desde 1880; en alguna etapa también tuvo influencia del valenciano Sorolla. Era un joven inquieto, aficionado al flamenco que sería una de las principales pasiones de su vida; también tuvo amistad con muchos toreros particularmente de Sevilla y de Córdoba.  Sin lugar a dudas el tema principal de la pintura de Romero de Torres fue la mujer, como dice la copla: “…pintó a la mujer morena…”, también el tema del paisaje cordobés, lo flamenco y lo taurino. A partir de 1915 se trasladó a Madrid donde se estableció.  En la capital del reino hacía una vida cultural intensa, acudía a los lugares de reunión de los intelectuales de la época, como Ramón Pérez de Ayala, José Ortega y Gasset y las tertulias de Valle Inclán y de Gómez de la Serna; también frecuentaba al otro Madrid el de las tabernas y los teatros, asistía a sitios de flamenco como Los Gabrieles. En 1913 apoyó públicamente a Juan Belmonte un joven torero muy discutido que se haría famoso, en el restaurante al aire libre del Buen Retiro, lo retrató desnudo y envuelto en un capote con el fondo de Sevilla y la Giralda. Belmonte fue un tema recurrente en la temática taurina del pintor cordobés, unos años antes en 1909 lo retrata como novillero con rostro casi infantil cuando el sevillano contaba con 17 años y era aún un desconocido. El trianero aparece vestido con corbata, mirando con seriedad al observador.
Belmonte. Retrato de Julio Romero (1909)
El tema taurino lo abordó en los retratos de sus toreros preferidos y en mínima parte en los carteles de la feria de La Salud en Córdoba en especial los de 1902 y 1905 y el de la Corrida Patriótica de 1921, donde se hace referencia de festejos taurinos; esos carteles se encuentran en el museo taurino de Córdoba, esta obra tiene una manifiesta influencia de los pintores de carteles franceses. Los primeros dibujos taurinos los publicó muy joven en la revista “El Toreo Cordobés” del cual era director artístico. Básicamente era un pintor de estudio no le gustaba pintar al aire libre por lo que las escenas taurinas son escazas en su obra. Del tema, su primer apunte digamos publicado nacionalmente fue de “Lagartijo muerto”, en la capilla ardiente que fue publicado el año 1900 en el diario “El Liberal de Madrid”; posteriormente pintó un retrato al óleo del mismo Rafael Molina. Tiempo después por encargo de importante banquero pintó a Rafael Guerra “Guerrita” en traje de luces. En el siguiente trabajo taurino pintó a “Machaquito” de cuerpo entero y aunque este retrato lo incorporó al conjunto de su cuadro “La Consagración de la Copla” es una magnífica representación del califa y en sí esta obra se le considera una síntesis pictórica de su obra. Posteriormente realizó de nuevo un retrato de Juan Belmonte, caso curioso Belmonte en la época hacía su servicio militar y por ello aparece con la cabeza rapada.  En otro cuadro llamado “Poema de Córdoba” está representada la Córdoba torera con una escena taurina de la plaza de La Corredera con la figura de “Lagartijo”. Existió otro cuadro con ambiente taurino “La Niña Torera” del que se desconoce su paradero. También hay una obra póstuma taurina que es  “Ofrenda al arte del toreo” pintura llena de contenido simbólico por demás interesante y que en primer plano y casi cubriendo más de tres cuartas partes del cuadro aparece una mujer desnuda. Fallece en Córdoba el 10 de mayo de 1930.
Guerrita. Retrato de Romero de Torres
A vuelo de pájaro su obra  la conforman su amada Córdoba, la mujer, el desnudo, el retrato, el costumbrismo, homenaje recurrente al flamenco y a la copla. Los toreros, en fin, un universo pictórico lleno de símbolos, en ocasiones provocador, con dos constantes: creatividad y calidad.
Ignacio Zuloaga el genial vasco compartía como le hemos dicho con Romero de Torres aparte de la bohemia, el flamenco, el gusto por las tertulias intelectuales, la afición a los toros y la admiración por Belmonte. Colaboró con Manuel de Falla en la organización del célebre concurso del Cante Jondo de Granada; intentó y se hizo torero en Sevilla. Hecho curioso que es preciso referir  por cómo le utilizó en algunas de sus obras es el de comprar en Córdoba su cuadro favorito: “El Apocalipsis” de “El Greco” en cinco mil pesetas de aquellos tiempos, obra que le sirvió de fondo para algunas de sus obras en especial uno que dejó inacabado llamado “Mis amigos” que dedicó a la generación del 98. En ese cuadro pintó a Juan Belmonte junto a Valle Inclán, Ortega y Gasset, Marañón y Baroja con la finalidad de dejar constancia de la categoría que dejaba el arte del toreo en general y a Belmonte en particular, al que consideró otro miembro de esa generación.
Belmonte. Retrato de Ignacio Zuloaga
Zuloaga provenía de cuatro generaciones de artistas que ocuparon cargos en la corte de los Borbones, desde joven se dedicó a la pintura, estudió con los maestros del Museo del Prado, de ahí viajó a perfeccionarse a Roma luego se estableció en Paris. En la ciudad luz se relacionó con los pintores impresionistas, Monet, Degas y Gauguin con quién compartió estudio. La presión familiar y la precariedad económica a su estancia en Montmartre. Regresa a España concretamente a Sevilla. Consiguió trabajo, pero no deja su vocación. En Sevilla retrata a personajes populares, gitanos, floristas, cigarreras, etc. Vivió feliz en Sevilla donde prosiguió su vida bohemia, para él más atractiva que en Paris. En Sevilla pasó largas temporadas de 1893 a 1898 además en esta ciudad y posiblemente influenciado por el ambiente se decantó por la fiesta brava e intentó ser matador de toros debutando con el apodo de “El Pintor”. En el barrio de San Bernardo, junto a la puerta de la carne, un torero de la tierra Manuel Carmona abrió una escuela en una plaza por él construida y ahí se presentó Zuloaga, a lo largo de su fugaz trayectoria estoqueó diez y siete toros; en el último festejo que participó un novillo le  propinó serio percance que lo obligó a retirarse en un principio momentáneamente y después definitivo de su aspiración torera; todos estos festejos se dieron en los alrededores de la capital hispalense. En el museo de Pedraza, se exhibe un cartel donde participa Zuloaga y refiere que el sábado 17 de abril de 1897 en la plaza de la escuela taurina de Sevilla, alternó con Manuel Domínguez, anunciado el vasco como “El Pintor” lidiando cuatro novillos de cuatro años dos para capea y dos de muerte. En los cinco años que vivió en Sevilla fue rico en el tema taurino, pintó diversos cuadros de toreros.
Cartel de la actuación de Zuloaga
En el verano 1898 se traslado a Segovia donde permaneció hasta 1916; en esa población castellana vivía con su tío un medio hermano de su padre Daniel Zuloaga que era destacado ceramista. En esta tierra realizó obras que le valieron reconocimiento internacional; ahí pintó alrededor de catorce cuadros de tema taurino en cuyas composiciones destaca las figuras de sus protagonistas;  recorrió buena parte de las poblaciones cercanas atraído por los festejos taurinos que por esos rumbos se dan. De esa época se dan algunos de sus cuadros como: “Preparativos para la corrida”, “Toreros de pueblo”, “El Corcito”, “Torerillos de Turégano”, “En la corrida”.
La fama que iba adquiriendo y su amistad con toreros y ganaderos lo llevaron a participar como invitado a tientas en importantes ganaderías, por algún motivo familiar acompañado siempre de su tío y donde con entusiasmo echaba capa y calmaba sus ansias de  torero.
Estuvo en el cortijo Zahariche con don Félix Urcola; con el Marqués de Villagodío; en Aldeanueva, ganadería que más adelante sería adquirida por Domingo Ortega.
Ya con fama de pintor destacado debido a su talento y a que importantes hombres de negocios lo solicitan como retratista; es llamado de Madrid para pintar el retrato del Duque de Alba y luego el de la esposa de este, entonces se le abre un amplio panorama con la gente de la aristocracia. Vive en Madrid a sus anchas, asiste a las tertulias Valle Inclán, Pío Baroja, Belmonte, Pérez de Ayala, Marañón que le insisten a que exponga pero el reconocimiento madrileño todavía tardaría en llegar.
Domingo Ortega. Retrato de Zuloaga
En ese período organizó festejos taurinos y becerradas siempre con fines benéficos donde actuaron Juan Belmonte y otros destacados espadas, en la mayoría  de ellos el pintor corrió con los gastos; en esta aventura empresarial lo acompañó como gestor ante autoridades su tío Daniel que había sido nombrado profesor en la escuela cerámica de Madrid; a estos festejos siempre lo acompañaron intelectuales, políticos y hombres ilustres de la época. En uno de los festejos de Segovia donde estuvieron los hermanos Juan y Manolo Belmonte con ganado de Aleas estuvo presente el pintor cordobés Julio Romero de Torres. El año de 1924 realizó tres retratos de Belmonte destacando entre ellos el célebre “Belmonte en plata”. La amistad y la admiración entre los dos, pintor y torero, era mutua. En una ocasión en que reaparecía Juan Belmonte en Nimes el 25 de junio de 1934, Zuloaga ayudó a vestirlo, existe una foto en donde el pintor ayuda al pasmo de Triana a ponerse la casaquilla. Sobre la afición taurina del pintor, Belmonte expresó: “Creo que hubiese cambiado toda su pintura por haber matado un toro en Madrid, en la corrida de la beneficencia y verle rodar con las cuatro patas por lo alto y el tendido lleno de pañuelos”.
Albaicín. Retrato de Zuloaga
Era tal su fama de retratista que era solicitado por países de Europa y América. La afición y la amistad lo llevan a retratar a Rafael García EscuderoAlbaicín” a Domingo Ortega, Antonio Sánchez El Chepa", a su amigo de la época sevillana Ángel CarmonaEl Camisero” y hasta el mismo Manolete con el que nunca coincidió en agenda, sin embargo, sin modelo y atendiendo a su memoria privilegiada esbozó con suaves trazos un cuadro sobre Manolete de cuerpo entero y tamaño natural, pero la muerte sorprendió al pintor dejando inconcluso el cuadro. Una de sus últimas pinturas fue el “Palco de las Presidentas”. Realizado pocos meses antes de fallecer.
En sus últimos años en Madrid, abonado en Las Ventas y conviviendo en las tertulias con amigos como Manuel Machado y Díaz Cañabate entre otros, hicieron felices los últimos días que residió en la capital española. A los setenta y dos años seguía asistiendo como invitado a tientas en la finca de Domingo Ortega donde en los medios daba capotazos a becerras enrazadas, siembre bajo la atenta mirada y cercanía de Domingo Ortega y Rafael Albaicín. Fallece el 31 de octubre de 1945, en reconocimiento a su afición, a la salida del estudio el féretro fue cargado entre otros por José María Cossío, Domingo Ortega y Rafael Albaicín.
El Chepa. Retrato de Zuloaga
Dos pintores de excelente trazo, de gran calidad y capacidad; de un convencimiento total de su vocación artística, pintores de acendrada afición taurina, genios que coincidieron en el tiempo y que convivieron con los principales protagonistas del mundo cultural y político español de su tiempo; vidas paralelas que junto a otros artistas llenaron una época de esplendor ibérico. Desconozco que tan cercanos fueron ó si existió entre ellos una amistad cercana, amigos mutuos los tuvieron, influencias artísticas muy similares también. Son muy contadas las referencias de alguna cercanía entre ellos; existe la  constancia de la asistencia de Romero de Torres a uno de los festivales benéficos organizados por Zuloaga, sin embargo creo que debieron convivir en más de una ocasión e intercambiar sus particulares conceptos para expresar mediante la pintura el arte taurino.
Manolete, retrato inconcluso de Ignacio Zuloaga