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jueves, 4 de julio de 2024

EN ESA CASA NO NACIÓ «MANOLETE»

 Por Antonio Luis Aguilera

Relieve que recuerda la antigua casa donde nació «Manolete»


 

En la madrugada de un día como hoy del año 1917 nació en Córdoba, en el entonces número 2-A de la calle Conde de Torres Cabrera, el inolvidable torero Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete», hijo del matador de toros cordobés del mismo nombre, apellidos y apodo y de la albaceteña Angustias Sánchez Martínez. La fotografía que encabeza el texto corresponde a la placa conmemorativa que fue fijada en la fachada de aquella casa, demolida con el paso del tiempo para construir otra en su lugar, donde fue reutilizada la recordatoria manteniendo la leyenda. Pero desde entonces la lectura conduce a error a  los aficionados y turistas que visitan la ciudad y pasean siguiendo los pasos de la ruta manoletista, pues en la casa actual no nació el grandioso torero, sino en el lugar que ocupa esta. Sin embargo, las distintas corporaciones municipales no han considerado oportuno subsanar esta incorrección, que no habría sido muy costosa para las arcas públicas, porque solo tendrían que modificar «en esta casa» por «en este lugar».  

«Manolete» hijo vivió en cuatro casas de la Córdoba que lo vio crecer y hacerse torero, aunque generalmente los aficionados solo conocen tres. Nació en el número 2A de la calle Conde de Torres Cabrera. De allí la familia se trasladó a la calle Benito Pérez Galdós número 8, junto a la avenida del Gran Capitán, donde el 4 de marzo de 1923 falleció su padre, a los 39 años de edad. Posteriormente la madre fijó su domicilio en la Plaza de La Lagunilla, y en 1943 el torero adquirió el palacete de estilo colonial ubicado en la Avenida de Cervantes —antigua Carrera de la Estación—, que compró a la familia Cruz Conde y fue remodelado por el arquitecto don Carlos Sáez de Santamaría. Este palacete había pertenecido al periodista y escritor don José Ortega y Munilla, padre del filósofo don José Ortega y Gasset, que lo mandó construir en el año 1890.

La albaceteña Angustias Sánchez Martínez, madre de «Manolete», contrajo matrimonio con dos matadores de toros cordobeses. En primeras nupcias lo hizo con Rafael Molina Martínez «Lagartijo Chico», hijo del grandioso banderillero Juan Molina Sánchez —de quien se llegó a afirmar que un capotazo suyo era una lección de geometría—, y sobrino del magistral Rafael Molina Sánchez, el gran «Lagartijo», que fue proclamado «Califa del Toreo» por la ingeniosa hipérbole del famoso crítico aragonés don Mariano de Cavia y Lac. El matrimonio fijó su domicilio en la Plaza de Colón número 30 de Córdoba y de su unión nacieron tres hijos: DoloresAngustias y Rafael Molina Sánchez. Tras el fallecimiento de «Lagartijo Chico», ocurrido  el 8 de abril de 1910, Angustias Sánchez contrajo matrimonio en segundas nupcias con Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete», con quien tuvo cuatro hijos:  ÁngelesTeresaManuel y Soledad Rodríguez Sánchez.


PD.: El amigo y gran documentalista Juan Galán nos envía fotografías de prensa de la casa de Manolete cuando era derruida con esta información: 

"Te adjunto una foto de la casa genuina y de la lápida rota. El relieve del torero es de Rodríguez López, profesor de la Escuela de Bellas Artes, autor de las mascarillas de muerte de Julio Romero de Torres y de Manolete".







 

domingo, 18 de febrero de 2024

COINCIDENCIAS ENTRE DOS GENIOS DEL TOREO: «JOSELITO» Y «MANOLETE»

Por Antonio Luis Aguilera

José Gómez Ortega «Joselito»

Hace unos días, organizado por la Fundación del Toro de Lidia, se presentó en Córdoba el magnífico documental «Joselito el GalloEl torero sabio», una producción de Canal Sur Televisión y TVE1, que una vez estrenada desapareció de la carta de ambas cadenas y no puede ser visionada. Una pena. Y un despropósito más de estos medios, que con sus cómplices silencios condenan todo lo que tenga que ver con los toros y la historia de España, tan inseparables, en prevención de las descompuestas embestidas de los antitaurinos, que de esta manera seguirán medrando ante el silencio cobarde de la mediocre clase política que gobierna las televisiones públicas.

Este excelente documental, de momento secuestrado, nos hizo reflexionar sobre la vida del genio sevillano de Gelves y las coincidencias con otro rey del toreo, el cordobés Manuel Rodríguez «Manolete». 

Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete»

Los dos fueron hijos de toreros y quedaron huérfanos a corta edadJosé Gómez Ortega era hijo del matador de toros sevillano Fernando Gómez García «El Gallo», casado con la bailaora gaditana Gabriela Ortega Feria, que falleció el 2 de agosto de 1897, cuando su hijo menor, nacido el 8 de mayo de 1895, contaba dos años de edad. Del mismo modo, Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete», hijo del matador de toros de idéntico nombre, apellidos y apodo, casado con la albaceteña Angustias Sánchez Martínez, falleció en Córdoba en su domicilio de la calle Benito Pérez Galdós número 8 el día 4 de marzo de 1923, cuando su hijo, nacido el 4 de julio de 1917, tenía cinco años de edad. Conviene precisar que «Manolete» vivió en cuatro casas de Córdoba, aunque muchos aficionados solo conocen tres. Nació en el número 2A de la calle Conde de Torres Cabrera, de allí la familia se trasladó a la calle Benito Pérez Galdós número 8, y posteriormente, al fallecer su padre, a la Plaza de La Lagunilla, hasta que en 1942 el torero adquirió el palacete colonial de la Avenida de Cervantes.

 

Ambos vivieron una infancia con estrecheces económicas, las propias de las familias donde faltaba el soporte económico de un jefe abastecedor. Para los Gómez comenzaron a superarse cuando Rafael —el «Divino Calvo»—, hermano mayor de José tomó la alternativa como matador de toros y, definitivamente, cuando el benjamín de los «Gallo» ingresó en el escalafón superior para auparse vertiginosamente hasta lo más alto. Mientras, en el domicilio cordobés de la Plaza de la Lagunilla del barrio de Santa Marina, las dificultades desaparecieron cuando aquel muchacho flaco, de aspecto serio y triste, impuso en los ruedos el toreo que concebía desde su verticalidad de torre. 

 

«Joselito»

Tanto «Joselito» como «Manolete» fueron los amos del toreo de sus respectivas épocas y marcaron el rumbo de la Tauromaquia moderna, pues mientras que «Gallito» experimentó e incluyó en su modelo de faena habitual de muleta la ligazón en redondo de los pases naturales, concepto de toreo que habría de continuar y poner en valor con la singular belleza de su arte Manuel Jiménez «Chicuelo», que agrupando los pases en series crearía el modelo actual de faena ligada en redondo, para que años después «Manolete», que acortó las distancias con los toros para provocar las arrancadas, le otorgara continuidad al imponer el toreo ligado a la mayoría de los toros, hasta implantar definitivamente la línea de toreo gallista cuyo soporte histórico se sustenta en estos tres espadas citados. Cuidado con confundir el significado de concepto técnico con la expresión artística personal o acento de cada torero, que ahí es donde radica la confusión de los partidarios de Belmonte.

«Manolete»

A ninguno de los dos dejaron que fueran felices en sus relaciones sentimentales, pues mientras que «Joselito», enamorado de Guadalupe de Pablo Romero, tuvo que sufrir el rechazo del padre de esta y célebre ganadero, quien en los inicios del espada decía quererle como a un hijo, después, al ver que un gitano —Gabriela Ortega, la madre del torero lo era— pretendía casarse con su hija se opuso rotundamente al enlace. Según parece, finalmente y con la condición de que el espada dejara el toreo, estuvo dispuesto a consentir el enlace  que ya no llegaría porque un toro se cruzó en la toledana plaza de Talavera de la Reina. Por otra parte «Manolete», aunque en los difíciles años de censura franquista tuvo valor para ponerse el mundo por montera y vivir desde 1943 con su novia en Madrid, sufrió la irracional y cruel oposición de su madre, que nunca consintió que formalizara su noviazgo con la famosa actriz de cine Antonia Bronchalo Lopesino «Lupe Sino», boda que según confesó el torero al periodista de Diario «Pueblo» don Antonio Bellón, cuando en la madrugada del 28 de agosto de 1947 conducía su propio vehículo desde Manzanares a Linares, se iba a celebrar en Barcelona el 18 de octubre, con o sin el consentimiento de doña Angustias, sin imaginar que por la tarde un toro de Miura pondría el final a su vida en el coso de Santa Margarita de la localidad andaluza. «Bailaor» e «Islero», los toros de tan triste final, cargaron con las culpas inconfesables de quienes hicieron la vida imposible a estos toreros. 

Gregorio Corrochano, crítico taurino de ABC

«Joselito» y «Manolete» recibieron un trato despiadado de Gregorio Corrochano, crítico taurino del Diario ABC. La relación entre el crítico del periódico más influyente de España y el torero sevillano, que confesó haberle hecho muchos favores y se trataba de una persona insaciable, fue especialmente tensa desde que se llevó a cabo la construcción de la plaza de toros monumental en la capital hispalense. A «Joselito» le quitaba el sueño un acoso que consideraba cruel e injusto, mientras que desde su pedestal Gregorio Corrochano no tuvo el menor reparo en hacerle el mayor daño posible atacando por todos los frentes, incluidos los que trascendían de sus actuaciones en los ruedos, como insinuar la manipulación fraudulenta de los pitones de los toros en el cajón de curas del embarcadero ferroviario de «Los Merinales», o airear la tristeza de José por las dificultades que encontraba para formalizar su relación con Guadalupe de Pablo Romero.

Tratando de poner fin a tan áspera e insostenible relación, el matador de toros Ignacio Sánchez Mejías, cuñado de «Joselito», mediaría para propiciar el acercamiento y firmar un armisticio entre el crítico y el espada, encuentro que sería conocido como el «Pacto de la Estrecha», por haberse celebrado en el restaurante de este nombre ubicado en la calle Mayor de Madrid, donde en un almuerzo José llegó a tocar el punto débil del crítico, es decir, acceder a lo que le pedía en ese momento, que era actuar por 5.000 pesetas —la mitad de los honorarios que cobraba por corrida— en la fatídica tarde del 16 de mayo de 1920 en Talavera de la Reina, localidad natal del crítico, en el festejo organizado por la propia familia del cronista de ABC, donde finalmente  hallaría la muerte en las astas del burriciego  "Bailaor", de la ganadería de la Viuda de Ortega, que era doña María Josefa Corrochano, tía de don Gregorio, en la corrida que organizaba su hijo Venancio, propietario de la plaza.

«Manolete»

Del mismo modo, «Manolete» no recibió mejor trato de don Gregorio. Narraba Guillermo Sureda que a su regreso a España en 1947, temporada que por voluntad propia no comenzaría hasta el 22 de junio en Barcelona, Manuel Rodríguez acudió como espectador a la corrida de Miura de la feria de Sevilla. En la crítica firmada por Corrochano en ABC pudo leerse: «Gitanillo de Triana» brindó a «Manolete», que estaba en un tendido. Desde lejos no se veía bien si brindaba a un torero o a un banquero. Realmente no es solo el indumento el que favorece en este caso la confusión, contribuye también que cuesta trabajo creer que en la feria de Sevilla, y particularmente en la corrida de Miura, el que es en la actualidad el primer torero de España está viendo toros desde la barrera». 

Sigue el relato de Guillermo Sureda: «Pero, en esta misma corrida Pepe Luis le brinda un toro a Rafael el Gallo, y Corrochano dice: “Cuando se levantó Rafael el Gallo al brindarle Pepe Luis Vázquez, toda la plaza vio que se levantaba un torero… Pepe Luis le llamó maestro y el maestro se puso en pie. Pepe Luis le dijo que sentía que por su edad estuviera en el tendido, porque tenía la seguridad de que con diez años menos estaría Rafael el Gallo en el ruedo con ellos, sin conformarse con verlos torear”. Marcial Lalanda estaba en el callejón, zona intermedia entre el público y los toreros. Se advertía marejadilla taurina... ¿Se puede aplaudir igual al torero que está en el tendido porque no puede ya torear que al que está en el tendido por qué no quiere torear?».

«Joselito»

José Gómez Ortega y Manuel Rodríguez Sánchez —que había dado orden a su apoderado José Flores «Camará» para que no le firmara ninguna corrida en la plaza de Talavera de la Reina— fueron víctimas del toro y, curiosamente, ambos resultaron corneados mortalmente por el quinto de la tarde —para que digan que «no hay quinto malo»—. El destino quiso que fuera el orden de lidia que habría de corresponder en el sorteo a “Bailaor” e “Islero”. 

 

La última coincidencia y la breve pero magnífica reflexión final que relatamos vienen de la pluma del grandioso historiador «José Alameda»: «los dos cubrieron ocho temporadas cada uno. «Gallito», de 1912 a 1920; «Manolete», de 1939 a 1947. Meses más, meses menos, pues la temporada de la alternativa y la de la muerte son en ambos incompletas. Corto tiempo para tan honda huella».

 

ENTRADAS RELACIONADAS CON ESTE TEXTO: 

VENCIDOS POR LA VIDA

EL PACTO DE LA ESTRECHA

MANOLETE CAMINO DE LA MUERTE

 

martes, 16 de junio de 2020

VENCIDOS POR LA VIDA

Por Antonio Luis Aguilera
Joselito
No solo fueron los reyes del toreo de su época, sino de todas las que vendrían después. Joselito y Manolete cambiaron el curso del toreo, y sus enseñanzas siguen vigentes cada tarde de corrida en la manifestación del ligado en redondo, que preceptuó Guerrita en su Tauromaquia, implantó Gallito en su modelo de faena habitual, pulió con su arte Chicuelo, y elevó a definitivo Manolete. Del trasteo de muleta con un pase aquí y otro allí, o el clásico natural ligado con el de pecho, con el torero en el terreno de dentro y el toro en el de fuera, al intercambio de terrenos, que permite la ligazón de los pases en series estructurando la faena, como los versos componen las estrofas del poema. Fueron los arquitectos del nuevo toreo eslabonado, que relaciona los pases y otorga sentido de unidad a la faena de muleta, que habría de ser adoptado por todos los espadas para expresar su arte.  
A pesar de los que la escriben, la historia termina poniendo a cada uno en su sitio. De nada valen los libros cargados de patrañas, aunque lleven firmas famosas como la del crítico Gregorio Corrochano, que tanta influencia tuvo en su largo ejercicio profesional. Ni las magistrales conferencias académicas de respetados toreros como Domingo Ortega, que precisamente se olvidó de respetar a Manolete en su célebre alocución, el compañero que no podía defenderse, porque lo había matado un toro de Miura en Linares, cuando en el Ateneo madrileño, sin nombrar al cordobés, pretendió explicar que su toreo de pasos y pases al pitón contrario era el «de verdad», y no el de perfil o «de mentira», en clara alusión al majestuoso ciprés vestido de luces, que había instaurado definitivamente el toreo ligado en redondo. 
Manolete. Foto Ricardo
Joselito y Manolete coincidieron en su entrega absoluta a la profesión, incluso en las circunstancias más adversas de la vida, anteponiendo la vergüenza y dignidad a la conveniencia personal, para defender con gallardía, hasta el final, el cetro del toreo que sujetaban. Por eso sufrieron el peso de la púrpura, pues en el toreo nunca faltaron esos espectadores —sería impropio llamarles aficionados— que constituyen el grupo de reventadores, donde militan vehementes integristas que gozan acosando a las figuras que no ven fracasar. Un tipo de público fácil de manipular con titulares y arengas de esa prensa «seria y respetable», que en lugar de analizar cómo fue el toro —algo imposible para algunos por sus escasos conocimientos— y qué hizo el torero —para contar pases solo hace falta saber sumar, mas para analizar el planteamiento de una faena hay que saber de toros—, sistemáticamente denuncia la manipulación de las astas, los borregos de las figuras, o los altos precios que pagan los aficionados para que los engañen —algunos de los que escriben en periódicos antitaurinos, aunque mantengan sección taurina,  incluso han llamado cobardes a las figuras por no anunciarse con la ganaderías duras—. Algo inaceptable. Mas siempre ha ocurrido con estos mediocres personajes, cuya soberbia al ejercer la crítica —un "sacramento de muy difícil administración", decía Ortega y Gasset—, les hace creer que saben de toros más que los toreros. Pero volviendo al relato, lo curioso es que tanto Joselito como Manolete sufrieron el acoso del mismo personaje, Gregorio Corrochano, crítico de ABC, aunque realmente no fue el único que afiló la pluma en las postrimerías de tan grandiosas carreras, cuestión que es mejor no abordar, para que no afloren las tarifas que algunos célebres desvergonzados exigían por entonces. Así las cosas, desanimados por saber que eran el centro de una espiral de violencia y hostilidad que los desbordaba, ambos pensaron en dejar los ruedos cuando la muerte les sorprendió cumpliendo compromisos.  
Joselito
Además de las hostilidades del público y de la prensa, estos reyes del toreo sufrieron en su vida privada el rechazo ante el proyecto de llevar al altar a las mujeres que amaban. Joselito, enamorado de Guadalupe de Pablo Romero, joven de la alta sociedad sevillana, vio como el padre de esta y célebre ganadero, que tanto admiraba al torero hasta que conoció el romance, y que, según el espada, al principio lo quería como a un hijo pero después no quería que su hija se casara con un gitano. Manolete, vivió con una libertad inusual durante el franquismo su noviazgo con la actriz Lupe Sino, pero al pretender formalizar aquella relación halló la feroz oposición de su madre, Angustias Sánchez, que no autorizaba el matrimonio ni pensaba asistir a la boda —prevista a pesar de todo por el torero para octubre de 1947 en Barcelona—. Guadalupe y Lupe, qué curiosidad del destino, hasta rimaban  los nombres de las mujeres que conquistaron a los toreros más importantes de su tiempo.   
Monumento a Joselito en Gelves (Sevilla)
Joselito tiene un grandioso monumento en su Gelves natal, y para finales de este año está prevista la inauguración de otro en Sevilla, frente a la basílica de su hermandad de La Macarena, entidad que lo ha promovido. Pero no lo tiene en el entorno de la Maestranza, donde por el contrario existen los de otros grandes toreros sevillanos, que sin embargo nunca alcanzaron el relieve de José Gómez Gallito. La burguesía hispalense, entre títulos nobiliaros, también debió heredar el rechazo al diestro que se enfrentó a los maestrantes levantando otra plaza de toros en Sevilla, aquella monumental que ampliando el aforo abarataba los precios de las localidades, permitiendo la entrada de mayor número de espectadores y los altos honorarios de las figuras. La misma que desde su proyecto estaba condenada al derribo.
Monumento a Manolete en Córdoba. Foto David Manolo Castilla.
Manolete tiene en Córdoba los monumentos de las plazas del Conde de Priego y de La Lagunilla, ambas en el barrio de Santa Marina. Pero no tuvo el museo que anhelaba la afición en la casa que él compró y pagó para su madre, pues al fallecer esta, los herederos de la fortuna del espada decidieron incrementarla vendiendo parte del patrimonio —aún queda la explotación de El Alcaparro, finca agrícola situada en el kilómetro 28 de la carretera de Granada—, rechazando de plano la idea de convertirla en el lugar que recogiera los enseres y recuerdos del Monstruo, el santuario dedicado a su memoria al que habrían peregrinado miles de aficionados del mundo entero, para honrar el recuerdo del majestuoso torero.
Manolete. Bogotá 1946. Foto Manuel H.
Joselito y Manolete escribieron sus nombres con letras de oro en la Tauromaquia, pero terminaron sus vidas acosados por la hostilidad en el terreno profesional, y derrotados moralmente por las penosas circunstancias que pretendían impedir sus matrimonios con Guadalupe y con LupeBailaor e Islero solo fueron actores de reparto en ambos dramas, los verdugos que cargaron con las culpas. León Felipe, en los sentidos versos del poema «Vencidos», simboliza la derrota de don Quijote en la playa de Barcino —nombre romano de Barcelona—. Como expresa el poema dedicado al héroe cervantino, al final de sus carreras, Joselito y Manolete también parecían quijotes. Los dos llegaron «cargados de amargura» a las plazas de Talavera de la Reina y de Linares, «vencidos», para  «encontrar sepultura» a «su amoroso batallar». 

VENCIDOS 

Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar.

Y ahora ociosa y abollada va en el rucio la armadura,
y va ocioso el caballero, sin peto y sin espaldar,
va cargado de amargura,
que allá encontró sepultura
su amoroso batallar.
Va cargado de amargura,
que allá «quedó su ventura»
en la playa de Barcino, frente al mar.

Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar.
Va cargado de amargura,
va, vencido, el caballero de retorno a su lugar.

¡Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma llanura,
en horas de desaliento así te miro pasar!
¡Y cuántas veces te grito: Hazme un sitio en tu montura
y llévame a tu lugar;
hazme un sitio en tu montura,
caballero derrotado, hazme un sitio en tu montura
que yo también voy cargado
de amargura
y no puedo batallar!

Ponme a la grupa contigo,
caballero del honor,
ponme a la grupa contigo,
y llévame a ser contigo
pastor.

Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar...
León Felipe

Joan Manuel Serrat compuso la música y cantó Vencidos

miércoles, 1 de enero de 2020

"LA FLOR DE MANOLETE"

Por Rafael Sánchez González

Plantación de flor de ceniza 
Recientemente se han cumplido dos efemérides, de muy distinto signo, relacionadas con Manuel Rodríguez Sánchez Manolete. Una, la exitosa, que dirían allí, confirmación de alternativa en México, acontecida el 9 de noviembre de 1945 en la capitalina plaza de El Toreo de la Condesa, acartelado junto a los espadas nacionales Silverio Pérez y Eduardo Solórzano con ganado de Torrecilla, fecha desde la que el diestro cordobés dejó cautivada a la afición azteca al punto de ser recordado en aquel país tanto o más que en España. La otra cita a la que me quiero referir es el fallecimiento de su madre, Angustias Sánchez Martínez, ocurrida treinta y cinco años después, concretamente el día 10 del citado mes, estando muy próxima a cumplir el siglo de edad, ciegos sus ojos pero disfrutando de buena lucidez mental, y aunque nacida en Albacete bien podría considerársele cordobesa, ya que  llegó a nuestra capital apenas cumplidos los cinco años, teniendo su primer domicilio en calle Los Álamos (hoy Enrique Redel). 

Angustias Sánchez con su hijo. Foto Ricardo
De sobra es conocido, por lo mucho que se ha dicho y escrito sobre el tema, el gran cariño que Manolete sentía hacia su madre. Diríase mejor, que lo suyo más que cariño era veneración. Sabido es también, que el torero se crió en el seno de una familia matriarcal y rodeado de mujeres, habida cuenta las cinco hembras fruto de los dos casamientos de Angustias Sánchez con los matadores de toros Rafael Molina Martínez Lagartijo Chico y Manuel Rodríguez Sánchez Manolete. Mujer temperamental, que supo de los avatares del toreo y no siempre con vientos de bonanza, fue muy exigente en  la educación de su hijo, pero sin poder frenar  los flujos de la sangre torera que corría por las venas de aquel chiquillo, que aprovechaba los recreos en el Colegio Salesiano para torear con el babero a sus compañeros que le hacían de toro. Porque, la principal obsesión de  Manolete era triunfar en los ruedos para darle a ella el mejor bienestar posible. En el terreno personal, por encima de cualquier otra pasión, la más importante para él era el cariño que sintió siempre por su madre…, y después, el amor que disfrutó junto a Lupe Sino, bella actriz secundaria de cine a la que en 1943 conoció en el famoso establecimiento de Perico Chicote situado en la Gran Vía madrileña. Me atrevería  a decir que este fue el único punto de contradicción entre él y su madre, a pesar de que ella, transcurridos ya unos años de la muerte del torero, con cierto tono de comprensión llegara a declarar en una entrevista (Pueblo 28/8/1972): “yo sabía todo lo de él y Lupe… Nunca me lo ocultó”. 

Antoñita y Manolete. Foto Santos Yubero
Sobre este escabroso asunto, si nos dejamos llevar por las manifestaciones de sus amigos más íntimos, de no haberlo impedido Islero, Manolete tenía intención de casarse con Antonia Bronchalo Lopesino, que así se llamaba realmente su novia. Incluso el periodista Antonio Bellón llegó a confirmar que cuando viajaban camino de Linares en el coche del diestro, éste le pidió que tratara de convencer a su madre de la proyectada boda. Pero el tema de Lupe Sino era tabú en todo el entorno, sobre todo familiar, que rodeaba a Manolete, queriéndose ignorar que junto a esta mujer vivió su etapa más feliz, tanto en Sayatón, pueblo manchego donde había nacido, como en los periodos temporales que compartieron en México. Días de felicidad que solo eran paréntesis en los tormentosos años finales de su vida, ya de por sí enrarecidos en el terreno profesional por las reiteradas exigencias del publico, difíciles de poder complacer, unidas a una injusta campaña por parte de cierta prensa interesada. Es lamentable recordarlo, pero entre los espectadores que la aciaga tarde de Linares gritaron a Manolete aireando la entrada en señal de protesta, cuando ni siquiera había terminado el paseíllo, se encontraban algunos cordobeses, según testigos presenciales de fiable condición. Es decir, que ni en su tierra encontraba ya total comprensión. “Qué lástima. Ahora que pensaba yo ir a verle torear”, exclamó uno al paso del cortejo fúnebre del infortunado espada. Ante tan insostenible situación, en 1947 era manifiestamente visible que Manolete no estaba en condiciones, físicas y anímicas, de poder realizar aquella temporada con el éxito acostumbrado. No en vano su apoderado, José Flores Camará, le había propuesto la conveniencia de trasladar la residencia a Madrid  (Toreros 13/5/1945). La respuesta fue: “Si lo hago, entonces será cuando no podré volver a Córdoba”.
Además, insisto, por encima de todo estaba el inquebrantable cariño a su madre, quien las tardes de corrida las pasaba rezando ante una pequeña imagen de la Virgen de los Dolores que tenían en la casa. Virgen a la que su hijo profesaba gran devoción, junto a San Rafael y Jesús Caído, perteneciente a la hermandad de los toreros. “Angustias Sánchez, qué pena pena.  /  Malhaya el toro, que lo mató. /  No poder con tus besos contener aquella herida…”. Dice el pasodoble canción que le compusieron Juan Guardón y Rafael Báez, que en 1949 grabó en disco  la genial Lola Flores, y dos años antes, incorporándolo a su espectáculo Solera de España, había estrenado Juanita Reina en el sevillano Teatro San Fernando.

Casa de Manolete en la actualidad. Foto Casa de Manolete Bistró.
Manolete, reitero una vez más, siempre tuvo presente en el pensamiento a su madre. Recordándola pronunció unas palabras minutos antes de morir: “¡Qué disgusto se va a llevar mi madre!”. Y para ella compró  a Rafael Cruz Conde, en 1942, el palacete situado en la Carrera o Camino de la Estación (actual Avenida de Cervantes), que cincuenta y dos años atrás mandara construir para residencia temporal José Ortega Munilla, buscando un clima más beneficioso para su esposa, Dolores Gasset, aquejada de tisis. En esta casa pasaría parte de su infancia José Ortega y Gasset, hijo de ambos.
Las obras encaminadas a una mejor adecuación para vivienda familiar, que bajo la dirección del arquitecto Carlos Sáenz de Santa María realizó Manolete, construyéndose además el cuerpo de su fachada lateral a calle de la Bodega y una azotea con pérgola, dieron al inmueble la visión con que a partir de entonces se le conoce. Esta casa la disfrutó muy poco el torero. La casa del Monstruo, llegó a denominarla un periodista taurino, quien confesaría después que por respeto no quiso escribir La jaula del Monstruo. De allí salió su cuerpo ya sin vida en el que sería su último paseo a hombros, esta vez sin olor a multitudes y rodeado de un respetuoso silencio, camino del Cementerio de Nuestra Señora de la Salud, donde reposan sus restos junto a los de su madre, unidos ya los dos para siempre en un solemne panteón de mármol blanco, obra del escultor Amadeo Ruiz Olmos, en el que al respaldo de una gran cruz puede leerse un bellísimo poema del médico y poeta valenciano Rafael Duyos, que comienza así: “Aquel que las arenas pisó con más firmeza  /  yace aquí bajo el cielo de su Córdoba mora.  /  Dictó frente a los toros, lecciones de majeza…”.  

Ana Muñoz en el patio de la calle Tinte número 9. Foto Diario Córdoba
Abundando en el desmedido afán de Manolete por querer complacer a su madre hasta en el más mínimo detalle, voy a referirme finalmente a una circunstancia, que cuando menos me parece curiosa. Leyendo en su fecha unas declaraciones (ABC 6/5/2018) de Ana Muñoz, decana de los participantes en el Concurso de Patios de nuestra ciudad, presentando durante treinta y cinco años el suyo, situado en el número 9 de la calle Tinte, me llamó la atención que al citar una de las plantas que adornan su bonito y bien cuidado patio, dijera: “la flor de la ceniza, de la que cuentan que la introdujo en Córdoba Manolete desde México cuando se la regaló a su madre, gran aficionada a las plantas”.
En aquel momento quise recordar algo sobre el tema, pero recientemente y es lo que me induce a escribir estas líneas, removiendo papeles de mi archivo encontré unas cuartillas en las que anoté lo que en su día, al salir de un programa radiofónico al que también acudió mi recordado amigo José Guerra Montilla -nieto de Guerrita- nos contó Manuel Rodríguez Palitos, primo de Manolete, por ser hijo de José Rodríguez Sánchez Bebe Chico, matador de toros al que llamaban Pijulin en el barrio -para ellos no había más barrio que el Campo de la Merced-, quien el día de su alternativa en Madrid (22/7/1900), mano a mano con Enrique Vargas Minuto, tuvo que matar, y lo hizo muy dignamente, los seis ejemplares de Peñalver.
Ciertamente, Palitos era muy querido por Manolete, él se encargaba de ahormarle los zapatos antes de que este los usara, y bien que presumía de ello. Por cierto, los dos actuaron en Cabra el Domingo de Carnaval de 1933, junto a Juanita Cruz, cuando el cuarto califa del toreo cordobés iniciaba su andadura taurina. Pues bien, según nos dijo este hombre, al regreso de uno de los viajes que su primo realizó a México, “envuelto en papel de celofán le trajo a su madre el injerto de una flor que a él le había llamado la atención” y que -según versión de nuestro interlocutor- Guillermo, el mozo de espadas y hombre para todo en la casa, se encargó de plantar en una maceta, “con la suerte de que le agarró”. Dato que en el fondo viene a coincidir con lo manifestado por Ana Muñoz en el citado periódico.
La flor de la ceniza
Esta flor, llamada de la ceniza, que procede de Santiago Huajolititlán estado de Oaxaca, y según los oriundos nace de las cenizas de los muertos, para que sus almas sepan por donde regresar al mundo terrenal y en su andar crecen despidiendo un característico y penetrante olor; ha sido muy cantada por  poetas y cantautores, entre ellos Luis Eduardo Aute,  e incluso llevada  a uno de sus lienzos por el pintor alemán Anselm Kiefer.
Leyendas y datos al margen, solo cabría añadir, que, como homenaje a Manuel Rodríguez Sánchez Manolete y en recuerdo de su madre, en el palacete que fuera la última morada de ambos, feliz y acertadamente recuperado y hoy abierto al público como destacado establecimiento de hostelería, que ya nació con el nombre puesto, La Casa de Manolete Bistró, junto a la simbólica presencia del torero, entre la variedad de plantas que lo adornan podría conservarse alguna maceta con esta flor que para su madre trajo cuidadosamente desde México. La flor de la ceniza. Que yo he querido llamar hoy la flor de Manolete.  

jueves, 24 de octubre de 2019

LA CASA DE MANOLETE

Por Antonio Luis Aguilera
La casa de Manolete en la actualidad. Foto Casa de Manolete Bistró 
Corría el año 1890 cuando el escritor y periodista José Ortega Munilla, padre del filósofo José Ortega y Gasset, mandó construir un palacete en la Avenida de Cervantes de Córdoba (entonces Carrera de la Estación), para residir temporadas en la ciudad cuyo clima favorecía la salud de su esposa Dolores Gasset. La obra de este palacete, de estilo colonial con pinceladas modernistas y clásicas, fue dirigida por el ingeniero militar Juan Tejón y Marín. Dos décadas después, el inmueble fue adquirido por Rafael Cruz Conde, a quien lo compró Manuel Rodríguez Manolete en 1942, año de su consagración definitiva como máxima figura del toreo, para que desde la humilde casa de la Plaza de la Lagunilla se trasladara su familia, encargando su remodelación al arquitecto Carlos Sáenz de Santamaría. Como dato histórico señalamos que el torero vivió en cuatro casas de Córdoba, aunque generalmente solo se conocen tres. Nació en el número 2A de la calle Conde de Torres Cabrera, de allí la familia se trasladó a la calle Benito Pérez Galdós número 8, donde el 4 de marzo de 1923 falleció su padre, posteriormente la madre fijó su domicilio en la Plaza de La Lagunilla, y finalmente el torero adquirió el palacete de la Avenida de Cervantes.
La casa original de Ortega Munilla, Foto Blog Notas cordobesas
Esta es la historia de un edificio singular, afortunadamente protegido por el Plan General de Ordenación Urbana de Córdoba tras el fallecimiento en noviembre de 1980 de Angustias Sánchez, la madre del torero, cuando la familia pretendió que las piquetas llevaran a cabo su demolición para levantar en su espacio un edificio de varias plantas, pero en 1986 la Comisión Provincial de Patrimonio Artístico lo protegió. Tras ser rescatado en 2006 por la constructora Marín Hilinger del mísero y cruel abandono al que fue condenado durante más de veinticinco años, para instalar en sus dependencias las oficinas comerciales, el palacete fue embargado después por una entidad bancaria, a la que finalmente en 2017 lo adquirió el empresario Antonio Carrillo, que en 2018 lo arrendó al chef cordobés Juan José Ruiz y Remedios Romero, directora de la casa, que decidieron abrir sus puertas para mostrarlo magníficamente remozado, convertido en un ilusionante proyecto de restauración que pretende convertirlo en una referencia de la gastronomía cordobesa. Actualmente, el palacete alberga tres proyectos: Casa de Manolete Bistró, un restaurante clásico; A flor de piel, un espacio gastronómico de alto nivel con visita guiada a la casa; y el Centro Superior de Artes y Ciencias Gastronómicas, una escuela de hostelería.
Terraza interior. Foto Casa de Manolete Bistró
Superada la soterrada polémica en la indolente y barojiana ciudad de los discretos, en cuyos rincones y tabernas todo se cuestiona porque la crítica negativa parece figurar en el carácter social ante cualquier proyecto innovador, y ahora que la casa olvidada por el tiempo se presenta limpia y bonita, reluciente, con las rejas pintadas, encaladas sus paredes, remozada de arriba a abajo que da gusto verla, porque así nunca la vimos los cordobeses, conviene considerar que antes de contemplarla hundida, abandonada, desconchada, oxidadas sus cancelas y llenos de maleza sus parterres, como la pobre cenicienta del cuento, ante las miradas nostálgicas de tantas personas como se detenían delante de ella, para dedicar un recuerdo a la figura del majestuoso quijote que cambió el rumbo del toreo, y asumiendo como una realidad que nunca hubo intención, ni por la familia ni por el Ayuntamiento, de convertirla en el museo dedicado al torero que añoraban los cordobeses y los aficionados al toreo, en el templo del héroe, donde hubieran sido expuestos tantos enseres del diestro, como su despacho personal, actualmente secuestrado en el horroroso Museo Municipal Taurino de Córdoba, remodelado ¿o destrozado? por una empresa catalana a propuesta de Izquierda Unida, así como los trajes de luces y de calle repartidos entre instituciones y particulares, cabezas de toro, documentos, libros, etc. Ahora, decimos, admitiendo el fracaso de que en esa casa se hubiera rendido un homenaje permanente a Manolete, mostrando todo aquello que mantuviera vivo el discurso histórico de su tauromaquia, debe prevalecer la sincera satisfacción de ver abierto ese palacete, ubicado frente a los Jardines de la Agricultura, que compró y reformó para vivienda habitual de su madre y familia, y donde él se hospedó en sus cada vez más cortas estancias en la ciudad, debido a compromisos profesionales y sentimentales –pueden leer las entradas “Lupe Sino, la mujer que hizo feliz a Manolete” o “Manolete: de Valdepeñas a Linares”-.
Salón del restaurante. Foto Casa de Manolete Bistró
Así pues, manifestamos nuestra gratitud a Juan José Ruiz y Remedios Romero, a quienes deseamos lo mejor en su flamante iniciativa, pues su suerte será la de esa casa que siempre debería relucir tan bonita y acogedora como se encuentra actualmente, con las puertas abiertas para que tanto cordobeses como aficionados al toro y visitantes de la ciudad puedan entrar en sus acogedoras estancias, admirar el cuidado y elegancia con que han sido diseñadas, y gozar confortablemente de la gastronomía cordobesa que se ofrece sin olvidar su pasado, como recuerdan las pinturas del cordobés Fernando García Herrera, dedicadas a los personajes que fueron moradores de ella: José Ortega y Gasset y Manuel Rodríguez Manolete (la del torero reproduce la famosa instantánea realizada por el gran fotógrafo  Manuel H. en Colombia en la temporada de 1946, donde se refleja el estado anímico del torero en aquellas fechas cercanas a su final). Valoramos muy positivamente que estos jóvenes empresarios de Córdoba, haciendo camino al andar, como los versos del inolvidable Antonio Machado,  rindan el mejor tributo a la memoria del torero con la puesta en valor de la que el crítico taurino Ricardo García K-hito llamara la jaula del monstruo, dedicando su trabajo y esfuerzo en convertir el palacete en una referencia culinaria de la ciudad, en un museo de la gastronomía cordobesa. Ojalá su generosidad y buen hacer tengan la suerte que merecen. 

martes, 26 de marzo de 2019

CARMELUCHI

Por Federico Arnás   

Federico Arnás, Antonio L. Aguilera, Paco Pérez, José Luis Cuevas y Carmen
 Acosta Carmeluchi sostienen un capote de Manolete. Foto José Luis Cuevas
El 24 de noviembre de 2014 tuve el gusto de acompañar al periodista taurino Federico Arnás por las calles de Córdoba, para buscar por sus íntimos y bellos rincones las huellas del pasado manoletista. Nunca habría podido imaginar lo que nos aguardaba en la taurina Taberna “La Sacristía”, donde su dueño, Paco Pérez, había concertado una cita con una mujer muy especial: Carmen Acosta, conocida por “Carmeluchi” entre la gente del castizo y torero barrio de Santa Marina. Lo que ocurrió aquella inolvidable mañana forma parte de nuestros recuerdos más hermosos, y fue redactado magistral y entrañablemente por el periodista madrileño en este artículo que con su autorización insertamos, el cual fue publicado poco después en la revista taurina “6 Toros 6”.

Tiene ochenta y tres años muy flamencos repartidos en un metro y medio de estatura, si es que llega. Tiene las canas cerca del suelo y el corazón cerca del cielo. Nada sabía de ella pero me bastó un ratito para comprender lo que han visto sus ojos, lo que ha sentido su alma. Todo empezó en un mañana de esas en las que Córdoba parece tener el monopolio de una primavera instalada en la recta final del otoño.
El matrimonio Arnás en un patio cordobés
Los sinceros amigos y mejores aficionados de una peña con solera como es “Tercio de Quites” habían tenido la gentileza de invitarme a compartir una noche de tertulia, ahí donde la palabra cercana permite la intimidad y la sincera expresión de los pensamientos confesables y no tan confesables. Me apetecía volver sobre los pasos de Manolete, entre otras cosas para quitarme el mal sabor de boca de la visita el día anterior a un Museo Taurino que recordaba cargado de historia y leyendas en la casa que fue de Góngora. Tras diez años con las puertas cerradas el Ayuntamiento entregó el proyecto de renovación a una empresa catalana que debe saber tanto de toros como Manuel Benítez de sardanas. Me contaron que han sido tantas las quejas que hay planteada una revisión profunda en unos espacios donde lo superficial genera indiferencia mientras algunos de sus fondos maravillosos no pasan de una fría pantalla táctil. Un museo que podrá ser curioso para los neófitos y güiris pero que decepciona al que busca la profunda historia cordobesa del toreo. Y ambas concepciones podrían convivir de hacer un planteamiento menos hueco y liviano. Allí, en una simple sala se concentra a los cinco califas. Si a “el Guerra” se le ocurriera hablar la que les iba a liar a los promotores de semejante simpleza. Horas después la boca iba a cambiar de sabor porque esa mañana Córdoba era muy Córdoba y a ese sol limpio sólo le faltaban las flores en sus patios para imaginarnos que estábamos en plenas cruces de Mayo. Esos pasos de Manolete nos llevaron hasta su panteón antes de pararnos frente a los de Lagartijo, el de las flores blancas de Guerrita, el de Machaquito, asomarnos a los nombres de la dinastía Camará y del genial “El Pipo”. La figura de  Manolete impone allí donde te asomes a su imagen ya sea en piedra, bronce o mármol. Ese mausoleo, situado en el corazón del cementerio de La Salud cuya espalda guarda el maravilloso poema de Rafael Duyos, es visitado por Morante cada vez que torea en Córdoba. Silencio.
A la izquierda, Carmeluchi, fotografiada con el grupo de amigos que posa 
entre fundones, capotes y muletas de Manolete. Foto José Luis Cuevas.
Seguir las huellas de Manolete por Córdoba suponen asomarse a las páginas amarillentas de una guía que nos transporta a un tiempo que sigue impregnando la esencia de una ciudad escrita en verso. No sé que pasa aquí que siendo tantos los rincones toreros con los que te tropiezas luego, a la hora de los toros, las empresas se las ven y desean para meter gente en los tendidos del coso de Los Califas. La ciudad te dice una cosa y su plaza otra. Manolete en la plaza del Conde de Priego, frente a Santa Marina, y Manuel Rodríguez en la de La Lagunilla. Los amigos Rafael Alonso, Antonio Aguilera, motores de la peña, junto al generoso José Luis Cuevas con su inseparable cámara, me habían anunciado una sorpresa ignorando que a ellos también les aguardaba otra.
 Traje de la penúltima tarde en Santander
en la Hermandad del Señor Resucitado.
En la Casa de la Hermandad del Señor Resucitado, espacio de paredes envueltas en los olores y colores de la Semana Santa, estaba recogido desde hace un mes el vestido que llevó Manolete la última tarde que salió por su propio pie de la plaza después de que Rovira le brindara la faena del sexto. Fue en Santander, el 26 de agosto, antes de ponerse en ruta con dirección a Linares, con destino a “Islero”. Parte del oro lo había matado el tiempo y lo que pudo ser seda blanca se había tornado en un tono vainilla, pero ese vestido traspiraba a su vez frescura, tal vez porque se lo enfundo aún lleno de vida, de una vida que para entonces no le llenaba. ¡Pero ahora veréis! Nos lo dijo Paco Pérez, componente de la Tertulia Santa Marina. Justo enfrente podía leerse “Taberna La Sacristía”. Y allí estaba la mujer con las canas cerca del suelo y el corazón pegado al cielo. Carmen, aunque todos la conocen como “Carmeluchi”. Su abuela sirvió en casa de Manolete padre, su madre vio nacer a Manuel y Manuel la vio nacer a ella. Durante dieciséis años le conoció y le sirvió como luego haría con Doña Angustias. Una dinastía al servicio de los Manolete. Alguien la había dicho que el señor de la tele, el de Tendido Cero, ese programa que nunca se pierde, iba a estar en Córdoba. Entonces cogió las llaves de una casa de Manuel y le pidió al amigo Paco que la ayudara a sacar unas “cosillas” que quería mostrarme. Las cosillas eran el fundón con las
Fundones de las espadas de Manolete, padre e hijo, así como
capotes -uno de seda sin estrenar- y muletas del Monstruo. 
espadas de Manolete padre, “Sagañón”, y el fundón con los estoques y descabello de Manolete. Pero había más: un capote usado y mordido por “el monstruo”, otro, de seda ligera, que nunca llegó a estrenar, y una muleta con rastros de sangre. Posiblemente teníamos en nuestras manos el capote, la muleta y el estoque con el que Manolete toreo y entró a matar al Miura que le cerró los ojos. Me temblaba el pulso; no era el único, la emoción envolvía al reducido grupo que estábamos en el coqueto rincón de “La Sacristía”. Y en medio de tantas sensaciones “Carmeluchi” empezó a contar historias de uno de los pilares de la tauromaquia. De ese niño tímido que escondidas se llevaba trapos y palos con los que montaba trebejos de juguete para ponerse a torear cuando nadie le veía. Hasta que un día la madre de “Carmeluchi” miró por una cerradura al cuarto de los secretos. Allí daba unos pases con la muletilla improvisada, “muuu planssa”, ese niño con perfiles de esqueleto y piernas alargadas. Entonces se dirigió a doña Angustias y le dijo: “señora, su hijo va a ser un torero muy grande”. Por vivir momentos de tan compleja descripción como estos que ahora quiero compartir con el lector vale la pena seguir luchando por el toreo como esencia de vida. Porque sólo en este mundo se pueden encontrar personas tan generosas, tan apasionadas, tan auténticas. “Carmeluchi” es una simple aficionada que no una aficionada simple. Te cuenta el toreo con las manos para que tú lo escribas con las tuyas. Sin decírmelo capte el mensaje y eso es lo que he hecho porque la mujer que estaba cerca del suelo nos acercó al cielo, nos permitió tocar a Manolete.

Carmen Acosta lee "Carmeluchi"


En esta foto obtenida por Paco Pérez se contempla a Carmeluchi con un ejemplar de la revista "6 Toros 6", leyendo el emocionante texto que le dedicó Federico Arnás. 
El 24 de septiembre de 2015, contando ochenta y cuatro años de edad, tras presenciar el desfile procesional por las calles del barrio de las imágenes de Nuestro Padre Jesús Caído y Nuestra Señora del Mayor Dolor en su Soledad -la hermandad de los toreros a la que pertenecía-, fallecía para llenar el cielo de gracia y alegría.