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lunes, 23 de marzo de 2026

AHORA LE TOCA A MANOLETE

Por Arturo Pérez Reverte 


Artículo publicado en "Patente de corso" de «El Semanal» (30/7/2006)


Nunca conocí a Manolete. De toreros sólo he tratado a mi amigo Víctor Molina -serio, valiente y de Abarán-, y a Espartaco, bellísima persona con quien tuve el honor de compartir, hace años, viajes y conversaciones entre plaza y plaza, resultado de lo cual fue un texto publicado en esta misma revista: Los toreros creen en Dios. Páginas de las que, por cierto, estoy orgulloso; no por buenas o malas, sino porque me acercaron al corazón de un hombre cabal. En cuanto a Manolete, cuando yo nací ya estaba criando malvas; y cuanto sé de él, aparte viejos documentales, se lo debo a mi abuelo, que lo vio torear muchas veces. De él respeto sobre todo la estampa de matador, la cara ascética con una cicatriz, la figura flaca moviéndose en la arena con la fría gravedad que, a mi juicio, deben tener los grandes toreros. Creo que Manolete encarnó siempre la imagen perfecta y trágica de lo suyo, cuajada en el mito alentado por detalles gloriosos: la madre doña Angustias, la amante Lupe Sino, la muerte en Linares -esa copla de Manolo Caracol todavía me pone los pelos de punta-, y el nombre del animal que lo mató, primer nombre de un toro que aprendí en mi vida: Islero. 

Manolete en Lima (Perú). 12 de octubre de 1946

Con esos antecedentes, que les cuento para situarlos, el otro día estaba ante la tele y apareció Manolete en un programa de marujeo de sobremesa. Y, preguntándome qué pintaba él en ese putiferio, subí el volumen para escuchar, estupefacto, cómo presentadores, invitados y voces en off ponían a parir al torero sin cortarse un pelo, con la mayor desenvoltura del mundo. Frotándome incrédulo los ojos, vi que salían imágenes de archivo y media docena de fulanos, alguno con el rótulo aficionado a los toros como sello de autoridad -gente que, por edad, no pudo conocer a Manolete ni de lejos-, afirmando impávidos, mirando a la cámara sin pestañear, que era esto y lo otro. Tres palabras me dejaron seco: drogadicto, franquista, asesino. Y me pregunté, atónito, cómo se atrevían; quién permitía a esos tiñalpas desbarrar sin argumentos ni pruebas, y cómo era posible que un medio informativo, por mucha telebasura que traficase, acogiera tales infamias. Porque el texto en off también tenía lo suyo. Sin demostrar nunca nada, con insidiosos «se dice» y «se comenta», manipulando la historia del torero, la de la tauromaquia y la de España con una mezcla asombrosa de ignorancia, demagogia y mala fe, la información convertía a Manolete en puntal taurino del régimen franquista. Todo eso, sobre fotos suyas con gafas de sol y peinado hacia atrás con fijador; imagen que hoy corresponde al estereotipo iconográfico de cierta derecha, pero que en los años cuarenta -como sabe cualquiera que no sea imbécil- era la imagen elegante de cualquier varón español, europeo o hispanoamericano. 

Aunque la cosa, como digo, no se detenía en el fijador y las gafas de sol. Según el redactor del texto y los presentadores del programa, Manolete abusaba de las drogas, «como todo el mundo sabe», y además era ojito derecho del Caudillo y su legítima. La prueba era que, además de haber hecho la guerra civil con los nacionales, nada menos -como media España, por otra parte-, tras cada corrida a la que asistía el general Franco, Manolete subía al palco presidencial a saludarlo; ignorando los autores de la información que ésa no era costumbre particular de Manolete, sino de los toreros de todas las épocas, cuando un jefe de Estado -Alfonso XIII, Franco, el rey Juan Carlos- asistía o asiste a una corrida de toros; y que también subían al palco Dominguín, El Viti o el Cordobés. Pero donde me agarré a los brazos del sillón fue cuando la misma voz en off, con la insolencia que da saberse impune en este miserable país de mierda, afirmó que durante la guerra civil, «según se rumorea», Manolete, borracho y de juerga con sus amigos, iba a las plazas de toros donde había republicanos presos para lidiarlos y matarlos a estoque. Y después, a fin de confirmar esa enormidad con testimonios rigurosos, aparecía el mismo aficionado a los toros de antes -un semianalfabeto que no sé quién es ni de dónde salía- diciendo que, «en efecto», el torero era «muy, muy franquista». Y ahí quedó la revelación del siglo: Manolete, matador y no sólo de toros. Psicópata descubierto y denunciado por la telebasura, con dos cojones. Gran exclusiva, a una por día. Pero qué más da. Estamos en España, oigan. Tenemos barra libre. Aquí no pasa absolutamente nada.

lunes, 2 de febrero de 2026

LUPE SINO, PAREJA DE MANOLETE,Y SU FUGAZ REGRESO A MÉXICO

Manolete y Lupe, rumbo a México en 1946. Foto Lara

Por Leonardo Páez 

(Publicado en la sección de Opinión «¿La Fiesta en paz?» del Diario “La Jornada” de México, el 2 de julio de 2017).

 

     Con motivo del centenario del nacimiento de Manuel Rodríguez Sánchez Manolete –Córdoba, España, 4 de julio de 1917– volverán a correr ríos de tinta en torno al legendario diestro, cuya muerte, acaecida en Linares, provincia de Jaén, el 29 de agosto de 1947, no ha sido suficientemente aclarada al quedar en el aire demasiadas sospechas en torno a las verdaderas causas de su fallecimiento, más allá de la cornada que le diera Islero, de Miura, la tarde anterior.

Sin embargo, al utilizado, exaltado, descalificado y enamorado Manolo le habría gustado que se disiparan las dudas en torno a su amada Lupe Sino y su breve retorno a México, país donde la pareja, una vez casados, pensaba radicar la mitad del año. Pero las ambiciones de algunos, el ingenuo sentido de libertad del diestro y su inoportuno anuncio de que en octubre de ese año, una vez retirado de los ruedos, contraería matrimonio, pusieron sobre aviso a su apoderado, a sus amigos de confianza, a los cancerberos de las buenas costumbres, a los taurinos fundamentalistas y a todo el régimen de Franco, preocupado porque el torero que habían utilizado “para olvidar una guerra” se saltaba las trancas de la decencia y se dejaba ver con su amante por los países taurinos del orbe.

Antonia Bronchalo Lopesino, que en el medio artístico sería conocida como Lupe Sino, nació en Sayatón, pequeño pueblo de la provincia de Guadalajara, España, el 6 de marzo de 1917.

Fue la segunda de nueve hijos y a lo largo de su vida tendría que aguantar no sólo las embestidas que toda mujer bella y con personalidad aguanta, sino que además fue objeto de un extraño encarnizamiento de prejuicios, calumnias y rechazos varios de taurinos, funcionarios, periodistas, familiares del diestro y la clerigalla en turno, pues en la España franquista no era bien visto que el portaestandarte de las virtudes de todo un pueblo y figura internacional de los ruedos anduviera luciéndose con esa mujer que, para colmo, ya había estado casada por lo civil –en 1937 con Antonio Verardini, un militar del IV Ejército Republicano, unión que terminó al concluir la Guerra Civil–, no podía tener hijos y se le calificaba, entre otras lindezas, de caza fortunas.

Manuel Rodríguez, tan dueño de sí y de su determinación delante de los toros, poco o nada le importó el juicio condenatorio de que Lupe era objeto y, enamorado como estaba, no midió las consecuencias de desafiar a todo el sistema ideológico que desaprobaba tan escandalizante, para los buenos, relación, al grado de que mientras Manolete expiraba luego de que se le administró, por órdenes del doctor Luis Jiménez Guinea, médico de la plaza de Las Ventas, un plasma noruego en mal estado que días antes ya había cobrado centenares de víctimas en el puerto de Cádiz, tras la explosión de un polvorín, en el cuarto contiguo Lupe Sino rogaba infructuosamente verlo ante la negativa terminante de José Flores Camará, apoderado del torero, y de Álvaro Domecq y Díez, amigo de confianza y quien había traído el plasma.

Al doble duelo de Lupe Sino –haber perdido a su famosa pareja y quedarse sin nada, pues que le gustaran las joyas y las pieles no la convertía en cazafortunas, no obstante que Manolete, sobre todo en México, ofreció comprarle una casa en varias ocasiones–, se añadió una serie de denuestos, responsabilizándola indirectamente de la muerte del diestro y cerrándosele las puertas en el medio cinematográfico, donde entre 1942 y 1948 había intervenido en tres películas –La famosa Luz María, de Fernando MignoniEl testamento del virrey, de Ladislao Vajda, y El marqués de Salamanca, que dirigió Édgar Neville. Por ello, cuando su paisano, el director de cine radicado en México, Miguel Morayta, le ofreció un papel en La dama torera, Lupe no dudó en volver a México en 1949.

Hasta acá la perseguirían los inventos de una prensa amarillista e incondicional del régimen que ahora inventó que Lupe se había casado con un Manuel Rodríguez mexicano.

La realidad es que a sus 32 años Lupe Sino seguía siendo una bella y graciosa mujer con unos ojazos verdes y una sonrisa luminosa, de la que se enamoró a primera vista un simpático y próspero abogado, exitoso empresario del negocio inmobiliario, José Rodríguez Aguado El Chípiro, nada de Manuel, con quien se casó por el civil y la Iglesia en 1950. Sin embargo, no obstante la disposición de la pareja de apostar por una relación prolongada y la cálida acogida que tuvo Lupe de los familiares de El Chípiro Rodríguez, el matrimonio duró poco más de un año, en una lujosa residencia de la calle de Camelia, en la colonia Florida.

Una vez más el chismorreo y la maledicencia, ahora de periodistas de la Ciudad de México, acompañaron la decisión de la pareja, para incluso aventurar que Lupe se quedaría con tres casas que su esposo poseía en las Lomas de Chapultepec. De nuevo el sambenito de cazafortunas le fue colgado a Lupe, que sin casas a su nombre ni fortunas de que disponer, regresó a España en 1951, a su modesto piso del paseo Rosales, en Madrid, donde sola, rodeada de recuerdos y algunas fotografías, falleció el 13 de septiembre de 1959 a causa de un derrame cerebral, luego de 42 años de decir sí a la vida.

jueves, 28 de agosto de 2025

«MANOLETE»: 78 ANIVERSARIO DE LINARES

Por Antonio Luis Aguilera

 

"Suerte suprema". Óleo sobre lienzo de Diego Ramos

Se cumple un año más de la muerte de Manolete en Linares. Y en el toreo todo es su esencia y su presencia. La esencia de lo que en el arte de lidiar toros constituyó la naturaleza del toreo ligado en redondo, que permanece invariable 78 años después, y la presencia inalterable del concepto de Gallito, pulido y recreado por el arte de Chicuelo, creador de la faena moderna, que con Manolete adquiere su pleno desarrollo con una nueva forma de obligar a embestir, acortando las distancias para aguantar la acometida bajando la mano, y de esa forma perseverar cada tarde, con espeluznante serenidad y majestuosa elegancia, como el eje por donde gravitaba el toreo. Esa es la huella que desde entonces no ha dejado de ser respetada, admirada y soñada por todos los toreros. 

El tiempo borró las patrañas de que fue objeto un toreo que sigue vigente. Y los censuradores del arte del torero cordobés pasaron a la historia como envidiosos y mentirosos. Acusaron de ventajista, en clara insinuación de cobardía, a quien toreando desde su línea vertical y citando de perfil ofreció su vida al toreo, incluso desde doctas tribunas, cuando el inolvidable espada había muerto en las astas de un toro, trataron de explicar el “verdadero” arte del toreo con una engolada conferencia que nadie aceptó. Y lo que es peor, que ningún torero adoptó para expresar su toreo, porque el toreo, desde Manolete a nuestros días, no se concibió sin la ligazón de los pases en series, y la agrupación de estas armando la faena de muleta. 

El recuerdo de Manolete se mantiene de generación en generación, aunque hoy como ayer, no falte parte de la crítica concursando en ditirambos para proclamar a un torero contemporáneo como “el mejor de la historia”, “el mejor de todos los tiempos”, “el dios del toreo”… ¡Cómo si tan exaltados seguidores hubieran presenciado con sus ojos todos los capítulos de la historia del toreo!  ¡Cómo si hubiera posible comparación entre los toros de hoy con los de cada capítulo de la Tauromaquia! Por fortuna para el toreo, la Fiesta goza de excelentes toreros. Y de no menos importantes ganaderos, que perseverando en la crianza del toro han logrado magníficos resultados, para ofrecer al toreo un animal más bravo que nunca, con más fijeza, entrega, clase, ritmo y duración. Un animal que dista mucho de los ejemplares de otras épocas, donde prevalecía la brusquedad de la mansedumbre y el genio defensivo, y con los que hubieron de vérselas en la arena para expresar su arte los mejores diestros de cada tiempo.

Se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Manolete, al que nadie podrá arrebatar su auténtico lugar en la historia, como nadie tampoco podrá arrebatárselo, con irreflexivos ditirambos, a otros grandiosos toreros históricos; porque cada tiempo tuvo su toro, su torero, su público y hasta su prensa...

 

domingo, 24 de agosto de 2025

«MANOLETE»: SUS REFLEXIONES SOBRE LA VIDA DEL TORERO, LA CRÍTICA Y LA MUERTE

Por Antonio Luis Aguilera

 

De izquierda a derecha: Pepín Martín Vázquez,
Manolete y Gitanillo de Triana. Foto Cano.

El 16 de julio de 1947 Manolete toreó por última vez en Madrid. Aquella tarde se celebró la corrida de la Beneficencia, y el torero cordobés lo hizo gratis, como era su costumbre en este tipo de corridas, cediendo sus honorarios para ayudar a financiar las obras del Hospital Provincial. Fue su último paseíllo en la exigente plaza de «Las Ventas», donde alternó con Rafael Vega «Gitanillo de Triana» y Pepín Martín Vázquez, para lidiar un encierro de la ganadería de Bohórquez, remendado con un ejemplar del hierro de Vicente Charro, corrido en segundo lugar.

Manolete, vestido de celeste y oro, cortó las orejas al quinto de la tarde, de nombre “Babilonio”, que lo hirió en la pantorrilla izquierda mientras toreaba en redondo, aunque continuó en la arena, con la pierna sangrando, para concluir una entregada y emocionante faena, que remató con una formidable estocada, antes de echarse en los brazos de las asistencias y que lo llevaran a  la enfermería, donde fue intervenido de una cornada pronosticada como grave por el cirujano que lo operó, don Luis Giménez Guinea.


Instante de la cornada de "Babilonio" a Manolete. Foto El Ruedo.

Mientras Manuel Rodriguez se recuperaba en el Sanatorio de la Milagrosa de la capital del Reino recibió la visita de su paisano José María Carretero, «El Caballero Audaz», al cumplirse quince días del percance. En su habitación, el célebre periodista y escritor de Montilla, le realizó una extensa y profunda entrevista, que fue reproducida en su obra «El Libro de los Toreros», (Madrid, 1947). De esta interviú, que tuvo lugar a escasos días de la tarde de Linares, por su interés extraemos algunas reflexiones del propio Manolete sobre su agitada vida como torero, la manipulable crítica taurina de aquella época, y el constante temor a la muerte en la plaza; declaraciones que al hacerse públicas debieron de retumbar en los oídos y las conciencias de muchos de los que le hicieron imposible el final de su vida, y que nos ayudan a conocer el pensamiento del espada cordobés, a quien de esta manera recordamos, con profundo respeto y desbordante admiración, en el 78 aniversario de su cogida mortal.          

 

«—¡Verdaderamente, que fue una corrida de mala pata! —exclamé yo, dirigiéndome al torero, al mismo tiempo que tomaba asiento en una silla que me ofrecía a la cabecera de su cama—. ¿Verdad, paisano? 

El rostro magro y alargado de Manolete hizo un gesto de desacuerdo.

—No lo creas… Yo la consideré una corrida de suerte. 

—Pero, ¡chico! ¿A pesar de la cogida?

—A pesar de la cogida, que me tiene aquí fastidiado en la cama desde hace quince días —se ratificó—; después hizo una pausa, como para ordenar lo que quería decir—. Se trataba de una corrida de Beneficencia, en la cual yo no cobraba nada. En estas obras benéficas, el millonario, con sacar la cartera y dar un cheque de cien mil pesetas, ya está listo; pero yo he tenido la satisfacción de haber colaborado en una importante obra de caridad con dinero, con mi arte y, porque Dios lo ha querido, con mi sangre; esto es un lujo que no se lo puede permitir todo el mundo. Además, tuve la suerte de torear a gusto y bien.

Manolete, herido, al natural arrastrando la muleta. Foto El Ruedo
—Yo creo que la culpa de tu cogida la tuvo aquel espectador que te dijo, no sé qué, cuando estabas encelado con el toro.

Manolete hizo un gesto de indominable desdén; después rechazó mi supuesto: 

—¡No, hombre, no! Aquel desgraciao no tuvo la culpa de na, ni cambió la trayectoria de lo que yo tenía pensado hacer e hice.

—¿Pero qué cosa desagradable te dijo que yo no pude oírla?

—En realidad me dijo tantas, que no puedo determinar ninguna. Aquel hombre pertenece a esa clase de gentes que sienten un gran placer en mortificar a uno, cuando no se puede responder al agravio con el agravio y a la violencia con la violencia. Desde que salí el ruedo y dejé el capote de paseo, empezó a meterse sistemáticamente conmigo, y como lo hizo a destiempo y con injusticia, a mí me producía algo de amargura, porque en esa corrida puse toda mi alma. ¡Si lo sabré yo! Y además… salieron las cosas bien porque Dios quiso.

—Pero hubo un momento —insisto yo para profundizar en la psicología de este gran torero frío y misterioso— en que tú te volviste a él y le dijiste algo después de la primera serie de pases naturales.

—¡Hombre, por Dió! ¡Si me tenía ya frito! Que si «ya era hora de que vinieras a Madrid», «¡Aquí queremos cogerte!», «Aquí estarás mal y en Valencia peor»; y después que yo ya creía haber hecho una faena de pases naturales, muy ceñida y muy de verdad, salta al tío y me grita: «¡Lo de siempre, Manolete!» «¡Menos cuento, menos cuento!». «¡Acércate más y menos cuento!; entonces fue cuando yo no pude más y me dirigí a él.

—¿Y qué le dijiste?

—Hombre, no sé… ¡Una barbaridad! ¿Qué le va a decir uno en estos momentos a una persona que procede con tanta injusticia, y cuando uno se está jugando la vida con tanta ilusión le apostrofa tan cobardemente? Creo que le dije: «¡Baje usté aquí, so venao, que le voy a dar los veinte naturales que necesita!».

 

Pase de trinchera a un toro del Conde de la Corte.
Manolete llevaba el traje rosa claro que vistió en Linares.
 Alicante, 29 de junio de 1947. Foto Finezas.

—¿Pero es que tú oyes todas las cosas que te dicen en las plazas?

—Las que me dicen en las plazas y hasta las que me dicen por las calles. A lo mejor siento un tío que a dos metros de mí exclama: «¡Ahí va Manolete, que no viene a la plaza de Madrid ni atao, porque en las demás provincias torea becerros!».

 —¿Y tú te das por aludido en estas alusiones?

—No, hombre, no; yo las he hecho toas en un saco, y las agradables compensan a las desagradables. En la plaza ya es otra cosa; cuando se está muy placeao, se recoge la intención, el matiz de cada frase y la buena o mala fe con que se dice.

—Se habla mucho de que piensas retirarte, Manolete. ¿Es cierto?

—A nadie se lo he dicho; pero ahora que tú me hablas de ello te diré que es ciertísimo. Me retiro profesionalmente al final de esta temporada.

 

Lo dijo con una solemnidad, opaca, lenta y melancólica. Después, como el que habla de un sacrificio, agregó:

—¡No hay más remedio! 

Manolete en la plaza de Santa María de Bogotá
(Colombia), foto realizada el 28 de abril de 1946 por
 Manuel H. (Manuel Humberto Rodríguez Corredor)
—Pero hombre, ¡tan joven! ¿Qué es lo que influye en esa decisión tuya?

—En realidad, y tal vez únicamente, ¡el hambre que tengo ya de vivir la vida y no continuar siendo un muñeco y un esclavo de ella! La existencia que llevamos los toreros es muy triste, aunque el público crea lo contrario. La vida que hacemos es peor que la de los anacoretas; no sacamos de ella ningún jugo; de un lado para otro, sin descansar en ninguna parte, cargados de angustia, llevando a cuestas la vergüenza de las tardes malas, cuando el público se convierte en una fiera ululante de terrible crueldad, que no quiere ver las razones que hemos tenido para no hacer faenas brillantes a un toro que está huido, que no embiste, que da cornás a diestro y siniestro, que está quedao o que, muchas veces, está toreao antes de llegar a la plaza. El público no quiere saber de razones. Ha ido a divertirse, para eso ha pagado caro, y no tolera la menor vacilación ante el toro, como si la vida nuestra no valiese na. Es muy dura, ¡muy dura!, esta profesión, porque no hay que olvidar la rabia de nosotros, los artistas cuando nos vemos insultados por una muchedumbre de cobardes, que no tienen respeto para el hombre que se está jugando la vida. Nuestras horas de la temporada son una permanente tortura, siempre con una interrogación en el cerebro: «¡Dios mío!» «¡Cómo quedaré en esta corrida?» «¿Me matará un toro en esta tarde?». «¿No volveré a ver más a mi madre?» Y sin poder disfrutar de nada, porque todo nos está prohibido. Yo he cumplido precisamente treinta años, y puede decirse que de la vida no conozco nada; ¡pero lo que se dice nada! Cuando me retire, empezaré a saborearla sin estas malas preocupaciones que le crea a uno el oficio: «¡Manolo, no bebas!»… «¡Manolo, no trasnoches!»… « ¡Manolo, fumas demasiado!»… «¡No comas, que tienes que torear!»… «¡No hables tanto con esa mujer, porque te hace daño y te cambia las ideas de tu profesión!»… «¡Esa gachi te trae mala pata!»… ¡En fin; un suplicio!


Escultural natural de Mamolete al toro 
"Perfecto", de Miura. Barcelona,
2 de julio de 1944. Foto Mateo.

—Te voy a hacer una pregunta difícil. La gente encuentra que la crítica profesional es un poco voluble y a ratos injusta contigo; hay un crítico que te ha llamado monstruo, y al poco tiempo un tal Rodríguez, negándote todo… ¿Qué piensas tú de esto?

—¡Hombre, lo que piensas tú y lo que piensa todo el mundo!

 

Hizo una pausa para reflexionar sus palabras. Y… 

—Como no es un secreto, se puede decir que, desgraciadamente, la crítica en España —salvo raras excepciones— suele ser como uno quiere que sea. Conmigo se ha portado bien y se ha portado mal; de todas formas, mejor es que no hablemos de eso. ¡Da pena y asco!

 

Y al decir esto hizo un gesto de repugnancia. 

 

—Y dime, Manuel: ¿Te inquieta mucho la muerte?

—Hombre… ¡pues… sí!, y pienso lo menos posible en ella. ¿Para qué morir, todavía, cuando uno apenas se ha asomado a la vida y se está congelado en los quince años? Que la muerte venga a su hora, ¡bien está!: pero que nos quite de la vida, nos rompa las ilusiones que tenemos para el porvenir, es una pena, y lo que nos inquieta seguramente a todos los que peleamos con los toros».


Manuel Rodríguez "Manolete". Foto Ricardo


El punto final a esta entrada lo pone la reflexión que sobre Manuel Rodríguez «Manolete» escribió el excelente aficionado e historiador taurino Fernando Claramunt López


«Nadie ha vuelto a pasear aquella dignidad vestida de luces, aquel saber estar ante el toro y ante el público. Entrega absoluta. Vergüenza profesional a carta cabal».


lunes, 18 de agosto de 2025

«MANOLETE» EN EL CUADRO DE VÁZQUEZ DÍAZ

Por Daniel Vázquez Díaz

(Diario ABC: Madrid, 22 de Agosto de 1965) 

Manolete, en el retrato de Daniel Vázquez Díaz.

«Todas las tardes que toreó en Madrid le vi en condiciones excepcionales para un pintor, desde un asiento de burladero de la Diputación, gentileza de mi buen amigo don Antonio Almagro, entonces presidente de la Excelentísima Corporación. Pude ver perfectamente aquella sabias y escalofriantes faenas a tres o cuatro metros del objetivo de este cine en color que son mis ojos, en donde quedó grabada para siempre la imagen inmortal. Así fue naciendo la idea de pintar el retrato del genial torero. Era necesario ser presentado al diestro; decidido a empezar cuanto antes este retrato que ya tenía fijo en cuanto a la composición y movimiento de la figura, ceñido a un arabesco de luz y sombra, atendiendo principalmente a su valor expresivo. 

Un día del verano de 1944 fui presentado al torero por su apoderado Camará en su cuarto del Hotel Victoria, y al oír mi nombre un gran amigo suyo allí presente quiso hacer una nueva presentación, más documentada, y de más salero, obligándole a posar, impaciente de ver el Manolete que yo pintara.

El traje para el retrato quise que fuera tabaco y oro. Manolete no tenía entre sus muchos vestidos el color deseado, pero fue tan amable que enseguida ordenó al sastre un vestido de ese color, y cuando el traje estuvo terminado me telefoneó Manuel: “Ya tengo el traje tabaco y oro —me dijo— y esta tarde lo estreno en Madrid; venga a verlo”. Fui al hotel para verlo vestir, y pude hacer unas primeras líneas; otro día hice una cabeza, primera de todas que fueron realizándose en busca de la expresión. Me interesó de Manuel su elegancia y señorío, su caballerosidad, su silencio; y del torero, su impresionante psicología.

Empecé el retrato con más preocupación que otros; pensaba más que pintaba, hasta aquella mañana que entró mi esposa en el estudio con el retrato de Manolete en la primera página del ABC. “Daniel —dijo— ya no podrás seguir el retrato porque Manolete ha muerto”.

Terrible y dolorosa noticia… ¿Pero cómo ha sido esto posible?, y sobreponiéndome a la trágica impresión vi en el retrato de Manuel un resplandor y una sombra, un cambio total en la expresión y el movimiento de la cabeza. “Lo seguiré después de muerto”, dije estremecido; y un día tras otro fui añadiendo al retrato la tragedia, la mirada muy lejos…, la frente llena de presagios y el terrible presentimiento.

Mi buen amigo el doctor Tamames fue llamado a Linares con el doctor Jiménez Guinea; él mismo me contó la dolorosa escena de su llegada en la madrugada de la mañana trágica, las tres de la mañana, al Hospital Municipal de Linares, donde le habían llevado desde la enfermería de la Plaza de Toros.

Cuando Manolete exhaló su último suspiro, estaba el doctor Guinea a la derecha de su cama.

—Yo —dice el doctor Tamames—, a su izquierda. Le tomé el pulso y la tensión. Tenía una máxima de cuatro. Ya no había nada que hacer. Todo se derrumbaba minuto a minuto. Manolete se moría. Hicimos cuanto humanamente fue posible para salvar su vida, pero fallaba el corazón. Todo fue inútil. Manolete se acordaba de su madre; varias veces dijo: “Madre mía, cuánto estarás sufriendo”.

Ya casi en su agonía, pidió un pitillo; dio tres o cuatro chupadas al cigarro y lo tiró sin ganas; dirigiéndose a Jiménez Guinea, dijo: “Doctor, ya no veo”. Segundos después, y con mayor angustia: “Ya no siento la otra pierna”. Un minuto de silencio y Manuel, con esa voz ronca de los agonizantes, pero llena de energía, como si estuviera en la plaza, grito: “David, ¿dónde está David?”.

Inconsciente, porque la vida se le marchaba por segundos, continuaba en su cerebro la lidia del toro Islero, el toro negro que le llevó a su isla definitiva… “David, ¿dónde está David?”. Apenas se oyó la última palabra.

El año 1947, año de su muerte, sería el último que pensaba torear en España. Hubiera puesto fin a su vida torera el hombre que había enardecido con su arte a las masas como nadie lo hiciera. La envidia de otros se cebó en él y tal vez por esto él quería poner fin a su vida artística, tan llena de triunfos y tan llena también de tristezas y amarguras. “¿Cuándo vendrá octubre?, decía deseoso de que llegara la fecha de tan ansiado descanso. Y sin que nadie sospechara que la suerte se iba anticipar, ella le esperaba entre los olivos andaluces aquella tarde funesta del 28 de agosto y él, obediente a su destino, dejaría en las astas de Islero el tesoro de su arte incomparable y el último aliento de su vida.

Muere el genio, de la noche a la mañana, como en un sueño de pesadilla.

¡Ya están contentos los envidiosos!». 




lunes, 11 de agosto de 2025

LA ÉPOCA DE MANOLETE Y ARRUZA

Por Néstor Luján

(Diario ABC: Madrid, 21 de Abril de 1957)

 

Manolete y Arruza se saludan en  Valencia,
la tarde del 7 de octubre de 1945. Foto Finezas.


«He de escribir sobre una etapa taurina a la cual me ligan no solamente unas marcadas diferencias de tipo estético, sino también de carácter sentimental. Es la comprendida entre 1939 a 1947, fecha de la muerte de Manolete, y, singularmente, los intensos años de la competencia entre Manolete y Arruza. Es decir, de julio de 1944 a la muerte del cordobés, en agosto de 1947. Esta época la contemplaré a través del acontecer taurino en Barcelona.

 

En las plazas barcelonesas que, como es bien sabido, son temperamentales, muy generosas, poco exigentes y heterogéneas en cuanto a la cantidad y calidad de aficionados, la época mencionada fue, sin lugar a duda, el último gran momento de una auténtica afición a los toros. Sin prejuzgar, porque sería absurdo hacerlo, las calidades de los toreros que precedieron a Manolete y las de los que le han seguido, hemos de señalar que, en ese lapso de tiempo, la afición permaneció en sus límites estrictos por lo que se refiere a la actitud estética y técnica. A la plaza iba el suficiente número de aficionados para contrapesar al cada vez mayor contingente de público. Después de esta etapa, cuando se perdió la fascinación del toreo de Manolete y la enajenación del toreo de Arruza, sobrevinieron unos años de crisis y de desgana, luego han llegado los opulentos años del turismo y la afición, ese grupo siempre minoritario, pero que es verdadero fermento de la plaza, ha dejado totalmente de tener influencia en ella. Conste que hablamos de la afición reflexiva, entendida y conservadora, que ha sido el núcleo que, desde siempre, ha mantenido los toros en sus magníficas proporciones y que ha permitido en el curso de la historia del toreo la necesaria, descrita y progresiva evolución.

 

"Manolete conoció la soledad en la cumbre del toreo"
Sevilla, 18 de abril de 1945. Foto Finezas.

Desde hace varios años, el aficionado pesa muy poco en la plaza. Exactamente, en las plazas barcelonesas, el aficionado está en tan penosa minoría, que las más de las veces deserta de su puesto. Hay demasiadas fiestas de toros, excesivos intereses creados, y, sobre todo, un público nuevo, deseoso solamente de espectáculo, que ha hecho desaparecer cualquier rigurosidad. Para este público extranjero o español que acompaña a extranjeros, conceder una oreja es tan gentil y prodigioso espectáculo como ver un buen natural.

 

Quede, pues, claro que, en Barcelona al menos, el viejo clima de la fiesta de los toros lo ofreció en todo su dorado prestigio, la extraordinaria figura de Manolete y su pugna con Arruza que en el momento en que surgió en estas plazas —exactamente en julio de 1944—, si no hubiese existido, hubiera sido necesario crearlo. Y Arruza con su fábula de valor, fue creado en diez corridas seguidas que toreó en la plaza Monumental catalana, de julio a septiembre de aquel año.

 

"Manolete devolvió la afición de los toros a Barcelona"  


Manolete apareció en Barcelona el día 1 de octubre de 1939, en una corrida de Curro Caro y Juanito Belmonte, y con reses de Atanasio Fernández. Desde el primer momento, los aficionados vieron algo excepcional en el torero cordobés y en aquel momento, Barcelona, que había pasado tres años sin ver toros, volvía a ellos mezclando la curiosidad con una especie de entusiasmo patriótico, retornaba las plazas. El momento era desconcertado y en toda España, por las circunstancias bélicas, había pasado por un momento letárgico. Cuando vino el sosiego, los toreros de preguerra tenían un prestigio lejano, nebuloso. Marcial Lalanda, Vicente Barrera, Domingo Ortega, Pepe Bienvenida y Nicanor Villalta monopolizaron los primeros carteles y representaron un arte conservador. Pero la afición estaba, ante la repetición de estos maestros, que no aportaban nada nuevo, como entumecida, sin recuperar la alegría cordial y desbordada que llena de sol todas las tardes de toros. 

 

 Manolete. "Desde el primer momento interesó".
Plaza México, 2 de febrero de 1947.


Por aquel tiempo, en Barcelona empezó a torear Manolete. Desde el primer momento interesó. Se le consideró un muletero con estilo pulimentado y duro, destellante en los naturales y lento y solemne los ayudados por alto. Como matador se le aplaudió mucho, pero le faltaba un descabello contundente y eficaz. Su toreo con la capa era fláccido y solo toreaba a la verónica. A pesar de todo, el público de sombra y gran parte de sol —que luego tanto le tenía que denostar— lo tomó como bandera de combate ante el toreo maduro y crepuscular de Marcial Lalanda. Quien tenga presente los “mano a mano” que se vivieron en Barcelona entre Manolete y el torero madrileño recordará con qué sencillo patetismo se desarrollaban. Lalanda produjo las faenas más grandilocuentes de su historia. Su esfuerzo fue agotador. Toda su capacidad de retorcimiento y de angustia artificiosa adquirió, por primera vez, un significado vivo y palpitante. Por última vez, su toreo, respondió a una sinceridad temperamental, porque se estrellaba ante un toreo natural y lógico, impecable y sin estridencias. Aquellos mano a mano fueron la gran campaña final de Marcial Lalanda. Acabó magníficamente, soberbio, en un acorde final de todas sus posibilidades.

 

Sevilla, 18 de abril de 1945. Primera tarde de la feria conocida 
como la de "las taleguillas rotas", por la encarnada competencia de
 Manolete y Carlos Arruza, que posan junto a Pepe Luis Vázquez.
Foto Finezas.


Manolete tuvo entonces dos posibles rivales: Domingo Ortega y Pepe Luis Vázquez. Con el primero, la pugna no tuvo vitalidad; Ortega podía con todos los toros, la mayoría de ellos frágiles, que rompían plaza en aquellos años y explicaba su lección escuetamente como un lógico profesor. La pugna con Pepe Luis Vázquez se hundió en una ráfaga de abulia que se apoderó del gran torero sevillano. Recordaremos toda la vida el primer mano a mano Manolete-Pepe Luis Vázquez, que se celebró en Barcelona en 1942. Allí nos dimos cuenta que Pepe Luis no iba a plantarle cara a nada ni a nadie. Era un torero precioso, desdeñoso, mágico y alegre, extraordinario, pero sin la tensión del luchador. Entonces vinieron dos años en que Manolete conoció la soledad en la cumbre del toreo. Es aquella suprema soledad tan peligrosa, que acabó incluso con el hombre más macizo moralmente que han tenido los toros; nos referimos al Guerra. Por julio de 1944, en nuestra ciudad, que ha sido la que más veces vio torear a Manolete y la que más devotamente le había seguido, el público estaba ya de uñas con él. Recordamos aquella gran faena al toro de Miura del 4 de julio —la de la fotografía del natural, miles de veces repetida—, en la cual, después de la faena más clásica, parte del público, le silbó. A finales de aquel mes, por fortuna para Manolete, se presentaba Arruza en Barcelona, acompañado por un extraño y enigmático destino, del mismo Chicuelo que había asistido a Manolete en 1939. Carlos Arruza lo vulneró todo.

 

Rivales en el ruedo y grandes amigos en la calle.
Barcelona, 27 de junio de 1945. Foto Mateo.


Carlos Arruza fue exactamente una vitalidad pura. Con los toros de aquellos años, lo hizo todo, sin que nada se le antojara grotesco o impuro. Su visión deportiva y musculada de la fiesta, su limpieza aséptica en el adorno, su trasteo con la muleta, brutalmente acongojado, sin buscar otra cosa que la emoción, aunque viniera no importa por cualquier camino, aunque bordeara el ridículo, ha sido definitiva. Sus faenas de muleta recortadas, fogosas, en donde cada paso era un quiebro —cite con el cuerpo y un vaciado de un reflejo rapidísimo, infalible— llena de alardes a veces casi visibles, no produjeron otra cosa que un estupor profundo. Arruza ha tenido como ningún otro torero el don de producir una emoción arañada y súbita con los pases menos interesantes. Su personalidad lo ha superado todo, su sugestión para producir entusiasmo, la frescura fuerte y felina de su cuerpo han sido el suceso de esta época. En Arruza todo tenía un latido joven e incluso los menos arrucistas —entre los que me cuento yo— nos hemos dejado llevar en algún momento por el enardecido ambiente que creó este fabuloso torero. Ante él, Manolete reaccionó de una manera magistral. Creó un arte de contención que palpitaba de una manera impresionante. Recordamos los “mano a mano” con Arruza en las fiestas de la Merced de 1945. En ellos estallaban los variados quites del torero mexicano con una precisión seca y luminosa, y a cada quite correspondía Manolete del mismo modo, toreando con una capa lenta y enjabonada y trazando aquella media verónica, en la cual el capote parecía tener una circulación sanguínea, una red fina y angustiada de venas y arterias. Su último quite se esculpió siempre con el público enajenado, sin volver de su asombro. La afición se dividió y se vivieron días brillantísimos dentro del toreo de aquel momento. Barcelona vivió unos años entusiastas y vibrantes porque tuvo la sensación, además, de que ambos toreros habían salido al calor del entusiasmo. Ciertamente, tanto Manolete como Arruza fueron unos toreros barceloneses en el sentido de que en nuestras plazas fue donde torearon más, y fue nuestro público, con el de Valencia quizá, el que les hizo pareja. Con ello no queremos decir que no hubiese sucedido lo mismo en otras plazas. Pero Barcelona, por las especiales características del público y de su empresario de toros don Pedro Balañá, tuvo la oportunidad de lanzar estos toreros, de enfrentarlos luego, de discutirles y de aplaudirles.

 

"Después de la faena más clásica, parte del 
público le silbó". Barcelona, 2 de julio de 1944.
Foto Mateo.


Estamos a diez años del fin de aquella época taurina. Resulta curioso contemplar cómo pasa el tiempo en los toros. Esta época parece ya mucho más lejana y no puede mirarse sin una agridulce sensación de nostalgia. El toro ha cambiado mucho más de lo que creemos y el público también. No hemos de desconocer que muchas de las cosas que hoy nos desagradan de los toros estaban en germen entonces, o ya habían nacido. Pero todo ello estaba contenido por la enorme capacidad del arte de Manolete y por la extraordinaria vitalidad de Arruza. El despeñadero por el que han caído los toros luego, ellos lo contuvieron, con una evidente dignidad. Manolete devolvió la afición de los toros a Barcelona y Arruza añadió la polémica. Fueron unos años de una gran amenidad para quienes asistieron a las corridas. A partir de entonces el toreo ha empezado a hacerse en serie, se ha llegado a la monótona industrialización del espectáculo. En este momento, no queremos discutir sobre la calidad de los toreros ni de su toreo, pero sí decir que el público va a la plaza sin aquella ilusión, sin aquella esperanza, sin aquella profunda alegría que durante aquellos años tuvimos. El arte de torear estaba vivo, palpitante todavía…».

 

lunes, 4 de agosto de 2025

«MANOLETE», «EL ESTUDIANTE» Y «CAMARÁ»

Por Antonio Luis Aguilera 

Manolete, El Estudiante y Juanito Belmonte

Hemos releído un libro que hace décadas nos regaló un buen aficionado y nos causó una grata impresión. Su nombre «El libro de los toreros», y fue escrito por el periodista y novelista José María Carretero Novillo (Montilla -Córdoba- 1887 – Madrid 1951), que popularizó el seudónimo «El Caballero Audaz», y fue editado por el propio autor en 1947.

En la obra se recogen entrevistas a toreros, que van desde José Gómez «Gallito» a Manuel Rodríguez «Manolete», pasando por Rafael Guerra «Guerrita», Rafael «el Gallo», Juan Belmonte, Rodolfo Gaona, Ricardo Torres «Bombita», Rafael González «Machaquito»… Entre ellas figura la del matador de toros madrileño Luis Gómez «El Estudiante», que hoy propicia esta entrada, donde opina con meridiana claridad sobre su admirado compañero Manuel Rodríguez Sánchez y quien fuera su apoderado José Flores «Camará», que digamos no  sale muy favorecido en el  fragmento que insertamos.

Del mismo modo, de la opinión de Luis Gómez tuvo conocimiento por José María Carretero el sagaz apoderado, al ser entrevistado tras la muerte del torero cordobés, y en su respuesta sorprenden unas declaraciones de muy mal estilo sobre «Manolete», que sin pretenderlo reflejan el momento de angustia del torero en sus últimos días, cuando aborrecía torear para cumplir un contrato que le venía demasiado largo. También, la tensa relación entre ambos, como evidencia la poca clase del taurino al eximirse de todas sus argucias en los despachos y culpar al propio torero de su mala imagen ante el público.  

Les dejamos con estos interesantes testimonios para que obtengan sus propias conclusiones. Curiosamente, entonces, como ahora, también estaban de moda los vetos que algunos aseguran ver. Nada nuevo bajo el sol.

 

Luis Gómez "El Estudiante"

LUIS GÓMEZ «EL ESTUDIANTE»

«—Oye, Luis: Tú has cogido dos generaciones del toreo. ¿Con qué figuras cumbres has alternado?

—En la primera, con Marcial, Barrera, Ortega, Armillita, Manolo Bienvenida y Laserna. A mi juicio, ésa ha sido la época más difícil del toreo. Entonces salía el toro, y todos éstos entendían de toros, y sabían lo que los bichos llevaban dentro. Yo me consideraba un ignorante, pues no era “un torero de cabeza”… La segunda generación, la actual, en que aparece Manolete, con su majestad de Califa, acortando las distancias; Pepe Luis, Vázquez, Domingo Ortega, que sigue; Antoñito Bienvenida y, a última hora, Carlos Arruza.

—¿Y cuál ha sido la época en que la afición ha estado más entusiasmada con nuestra fiesta nacional?

—Chico, yo creo que ahora… Quizá la mayor efervescencia del toreo fue la del cuarenta y tres y cuarenta y cuatro, cuando yo me enfrenté a Manolete… 

—A propósito de tus relaciones con Manolete —casi le interrumpo yo—. Por ahí se dice que Manolete te había puesto el veto.

Reflexionó un instante con un gesto de amargura. Después exclamó: 

Manolete se ha ido, desgraciadamente, del toreo, sin conocer a fondo todas las cosas malas que rodean la profesión, y, sobre todo, las que suscitaba su nombre. Para mí, este compañero era un chico nobilísimo; pero su mayor desgracia ha sido conocer a Camará, porque este apoderado suyo, que ha sido un ministro de Hacienda, maravilloso para Manolete, ha sido el peor diplomático que yo he podido conocer. Él supo llevarse —para su torero, claro está— todo el dinero que pudo, pero mezclado con unas hondas antipatías para Manolete, que este buen compañero no merecía. Hay que hablar claro. Ninguno de nosotros estaba enfrentado con Manolete ni nos producían envidia sus éxitos, pues todos le admirábamos y le colocábamos en el primer lugar. Ahora bien: lo que no podíamos resistir es que Camará utilizara estas condiciones excepcionales de su torero para humillarnos a todos y tratar de someternos a sus caprichos o hundirnos. Yo aseguro públicamente que el egoísmo desmedido de Camará ha llevado al trágico fin que ha tenido la más grande figura que hubo jamás en el toreo. Porque este torero, al que yo conocía muy íntimamente, no tenía ya necesidad de ir a Linares a torear una corrida de miuras, y mucho menos a que en el mes de septiembre Camará le tuviese firmadas veintitantas corridas de toros. Las últimas manifestaciones de Manolete, que yo he sabido por íntimos que han hablado con él poco antes de morir, eran de estar amargado, cansado; siempre estaba quejando de que era un disparate el esfuerzo tan brutal que estaba haciendo, precisamente, en el momento en que más trabajo le costaba vestirse del torero. ¡Por lo que fuera!, conste que yo he sido el mayor admirador de él y que conocía fondo todos sus sentimientos.

—Era un buen muchacho, ¿no es cierto?

—Era un torero incapaz de falsear la verdad en el ruedo… Es decir, que para él no existían categorías de plazas; por eso había que administrarlo con mucho tacto, cosa que no hacía Camará, al cual yo acuso públicamente de haber enrarecido la atmósfera que rodeaba su torero, hasta el punto de ir indisponiendo con los públicos y obligándole a que su esfuerzo, dado su gran amor propio, fuese cada vez mayor. Manolete sin Camará, hubiese sido, además del torero más grande de la época, el más querido por todos sus compañeros y el más mimado del público, como lo fue Belmonte en su tiempo. Hay una prueba evidente: todo el que trataba a Manolete se hacía íntimo amigo de él, lo que demuestra que era un muchacho angelical y admirable. Pero las marrullerías de Camará en los negocios, sus ruindades, sus imposiciones, sus venganzas, su demanda de privilegios y otras cosas más que no quiero decir, habían conseguido incluso que los públicos lo mirasen con antipatía, como ocurrió en Vitoria y Santander, hasta que él, por su orgullo, tuvo que dar la vida en la plaza de Linares.

—Entonces, ¿tú consideras que Manolete ha sido la figura más grande del toreo?...

 —¡¡Hombre, indiscutiblemente!! Creo, además, que pasarán muchos años para que un torero alcance el merecido prestigio y la personalidad de este artista, ya que ha sido el creador de una escuela nueva, no solamente con el toro, sino en relación con su presencia en la plaza.

—Explícame eso.

Manolete se distinguía de los demás en que era un hombre que acusaba una personalidad, tan distinta de todos, que jamás se le ha visto correr delante del toro ni sentir la emoción del triunfo, tan corriente en los demás. Sus tardes apoteósicas las encontraba tan naturales, tan lógicas, que a mí me daba la sensación de que la única alegría que le producían era la de sentirse satisfecho por haber cumplido con el público. Es decir: que era un hombre tan sencillo, tan llano, que cuando hacía una cosa extraordinaria, se encontraba como a bien consigo mismo y… nada más. No por lo que había hecho de extraordinario al toro, sino porque había correspondido a las esperanzas del público.

—¿Tu toreaste mucho con él?

—Sí; alterné con él en muchas corridas. Nuestro estilo hermanaba muy bien y yo procure adaptarme a su toreo, ya que era revolucionario. La competencia fue durísima, pues pelear con un torero como Manolete era jugarse la vida todas las veces… A mí, como a otros, muchos toreros, Camará procuró alejarme de las plazas, y tengo que confesar que lo consiguió y me ganó la batalla, pues la fuerza con todas las empresas, indiscutiblemente, la tenía Manolete, y se aprovechaba de ella, para estas cosas feas, Camará. Podría citar muchos casos, no solamente personales míos, sino de otros toreros, a los que este hombre ha hecho tanto o más daño que a mí. Como ya te he dicho anteriormente, Manolete, el pobre, estaba al margen y ni se enteraba de esto».

 

José Flores "Camará" y Manolete

JOSÉ FLORES «CAMARÁ»:

«—En este mismo libro atestiguo yo que usted se interesaba mucho por su torero, no dejándole torear hasta que estuviese completamente repuesto; pero también va una Interviú de otro torero en la cual se dice que usted fue un gran ministro de Hacienda de Manolete, pero un pésimo diplomático, porque lo indispuso con muchos públicos y con algunos de sus compañeros, a los cuales ponía usted vetos. ¿Qué quiere usted decirme de todo esto? 

Hizo un gesto de suprema indiferencia y después repuso: 

—Todo eso es completamente falso. Lo que ocurre es que todas las figuras del toreo —don José, usté que es un hombre avezao lo sabe bien—, cuando están arriba del , se llevan las culpas de  lo que ocurre. “No toreo porque la figura me pone el veto”. Y cuando torean dicen: “Yo toreo sin ayuda de nadie”. Y con todo esto quieren tapar su mala fama o que ya han pasao. Es cierto que yo exigía para Manuel todo lo posible, pero sin ocuparme de poner vetos ni tonterías. Yo buscaba el mayor beneficio para él, sin meterme en las cosas de los demás, como saben los empresarios. Y sobre todo, cuando un torero es figura y sabe su oficio, no hay nadie que le pueda poner el veto.

Dicen que ejercía usted sobre él una absoluta sugestión.

—No —me responde rápido—. Esas son cosas que cundían  quitarle mérito a Manolete, porque como era imbatible en la plaza, tenían que combatirle la calle. Lo que ocurría es que estábamos tan compenetraos en los asuntos de toros, que pensábamos lo mismo y él me dejaba una gran libertad de acción, porque tenía en mí una absoluta confianza y de esta forma  nos salía bien.

—Mire usted, Pepe. Yo tengo grandes simpatías hacia usted. Creo que ha cumplido con su obligación en sacar el mayor producto a su torero, que se jugaba la vida, como se ha demostrado; lo que no me explico, es cómo al mismo tiempo, por medio de la propaganda o lo que fuera, no procuraba usted rodearle de un ambiente más favorable, más simpático, para los públicos, como el El Alfombrista hacía con Joselito y el apoderado de Belmonte con su torero.

Casi hizo un gesto de pesadumbre. Después murmuró:

—Mire usté: en estas cosas, aunque la gente lo diga, no forma parte ni puede intervenir el apoderado, sino el carácter del individuo. Manolo en la calle era una desgrasia: no se sacrificaba por nada ni por nadie. En lugar de sumar amistades procuraba alejarlas, y ¡ná más! Era un corazón de oro, muy bueno y muy cariñoso con los amigos que le salían al encuentro; pero él no buscaba ninguno, ni daba coba a nadie, ni le importaba quedar mal o bien con la gente. Como a él no le molestaba que le hicieran cualquier cosa mal hecha, cualquier descortesía dentro de la amistad, él las hacía a puñaos a  el mundo, y lo creía tan natural… Era buenísimo, daba gusto estar con él, se apoderaba del corazón de uno; pero a la vuelta de la esquina no volvía acordarse de lo que había dicho. En una palabra: que no matizaba y no tenía ni idea de lo que debía de hacer un artista, que se debe al público, en su vida de relación con las gentes, ni de lo que era una incorrección. —Hizo una pausa, y como para robustecer su argumentación, prosiguió: —Mire usté: este año estábamos en San Sebastián. Al doctor Oliver, además de ser un personaje que merece todos los respetos, él tenía que estarle agradecido y era muy amigo suyo. Hasta tal punto que el doctor estaba loco por almorzar con él y presentarlo a unos amigos extranjeros que estaban allí, y claro, lo que pasa: “Yo soy amigo de Manolete”. “Pues, hombre, queríamos conocerle”. “Pues un día almorzaremos con él”. En esta situación el doctor Oliver va a ver a Manolete y le propone: “Dime un día para comer contigo, Manolo, y con unos compañeros extranjeros, que quieren conocerte; el día que tú quieras, me da lo mismo”. Pues sí, doctor, cuando usted quiera. ¿Le parece bien el martes?”. “Pues el martes en el Hotel Cristina, a las dos. Yo iré a recogerte”. “Bien, pues a las dos les espero a usté”. “¿Sin falta?” “Sin falta”. Y el día antes Manolo se fue a cenar con unos amigotes. Se emborrachó con Camacho y a las dos del día siguiente no había aparecido por el Cristina y estaba durmiendo y dejó plantao al doctor Oliver, que era su íntimo amigo y una persona respetable, a la cual se debían atenciones… Mire usté —terminó—. Usté lo conocía bien, porque a usté hace un par de años le hizo algo parecido. Y era así con  el mundo. ¡fuese quien fuese! ¡Hasta con el mismísimo rey de España! Y la gente pagaba conmigo sus incorrecciones y sus cosas. Pero los genios tienen sus defectos, y éste era un genio y no había más remedio que tomarlo así y admirarlo».