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viernes, 12 de agosto de 2022

«LA FERIA DE LAS TALEGUILLAS ROTAS»

 

Manolete en la capilla de la Real Maestranza de
Sevilla, 19 de abril de 1944. Foto Santos Yubero.

En la entrada publicada en este blog el 14 de abril de 2019, con el título «Dos taleguillas rotas», se reproducía la crónica editada bajo este título por el crítico Don Fabricio en el periódico ABC de Sevilla el 19 de abril de 1945. Aquella feria sería recordada para siempre de esta forma por la afición hispalense, como «la de las taleguillas rotas», en recuerdo a la cruda rivalidad mantenida en el ruedo de la Maestranza entre Manolete y Carlos Arruza.

El escritor Guillermo Sureda, en la obra «Tauromaguia», editada por Espasa-Calpe en 1978, nos ofrece unas preciosas anécdotas sobre esa feria sevillana del año 1945, donde Manolete, tras el pulso mantenido con el empresario Eduardo Pagés, quiso demostrar por qué era el torero que más cobraba. Sencillamente, porque era el que más se arrimaba, aunque en esto último el grandioso espada mexicano no se le quedaba atrás.

Cartel de la feria de Sevilla de 1945

Cuenta así el recordado escritor Guillermo Sureda:

«Retrocedamos en el tiempo para recordar varias anécdotas de Manolete. En 1945, ya con Carlos Arruza a su lado, y, por tanto, sin esa fatiga que significa rivalizar cada día consigo mismo, Manolete decide torear en la feria de Sevilla cuatro tardes, dos más que Arruza y el mismo número que Pepe Luis Vázquez, aunque era Manolete quien salía con todo el peso de la feria sobre sus espaldas y no el de San Bernardo. Decide, digo, Manolete torear cuatro corridas, incluida la de Miura. Adelantemos que llenó la plaza las cuatro tardes, cortó orejas en las cuatro y estuvo hecho un coloso.

Manolete y Carlos Arruza

Silverio Pérez era, en aquel tiempo, la gran figura mexicana, y había venido a España con la pretensión de alternar de tú a tú, con Manolete y Arruza. Silverio ya había alternado con Manolete, cuando ambos eran aún novilleros en Tetuán de las Victorias. Pero ahora las cosas eran distintas. Silverio fue a Sevilla a ver aquella feria. Y después de la primera corrida le preguntó a un amigo si lo que habían hecho Manolete y Arruza aquella tarde era algo excepcional o, por el contrario, una actuación corriente en ambos. Su amigo, conocedor del toreo y de la velocidad triunfal de ambos toreros,  le contestó que “aquello era la tónica general tanto de uno como de otro torero”. Y Silverio Pérez respondió: “Entonces, me vuelvo a Méjico, porque si esto que dice usted es cierto, yo no tengo absolutamente nada que hacer en España”. Y en efecto, Silverio se volvió a su patria.

Sevilla, 18 de abril de 1945.

En la segunda corrida de toros de esa feria de Sevilla, tanto a Manolete como Arruza les volteó un toro. Después de la corrida, el Niño de la Palma quiso que su hijo Antonio conociera a Manolete. Fueron al hotel donde éste se hospedaba. Manolete estaba hablando con González Vera, que le reprochaba lo que él calificaba de “desmedido afán de triunfo”. Le decía a Manolete: “Así no se puede torear, Manolo”. Y en el momento en que Cayetano y Antonio entraban en la habitación, Manolete abría un armario, donde se veían dos vestidos de torear, y decía: “Aquí hay dos taleguillas que todavía me pueden romper los toros en esta feria, pero yo tengo que seguir toreando así, don Antonio”. 

El día siguiente toreaba Manolete la corrida de Miura. Mi inolvidable amigo, Antonio LabradorPinturas” que fue banderillero de Manolete durante muchos años, me cuenta una anécdota que por primera vez se publica en un libro. Sucedió ya en el coche, camino de la Maestranza. Cantimplas, que era otro banderillero de Manolo y primo suyo, llevaba un vestido de torear rosa y blanco, y Manolete uno rosa y plata. Cerca ya de la plaza, le dijo Cantimplas en broma a su primo Manolo: “Oye, primo, esta tarde no te acerques mucho a mí, no nos vayan a confundir”. Y Manolete, con aquella sonrisa triste y melancólica tan suya, le contestó: “Sí; lo mismito le vas a hacer tú a los toros que yo”. Velocidad.

Vamos a resumir. ¿A qué llamo yo velocidad en el toreo? Consiste en la capacidad que el torero tiene para arrimarse en ciertos momentos determinados, cosa dificilísima solo al alcance de unos pocos privilegiados —casi todos se arriman cuando pueden, cosa muy distinta—, y en querer arrimarse muchas veces. De donde se deduce que cada torero tiene eso que podemos llamar a un “tono medio”, es decir, lo que, en otros términos, podemos llamar a “velocidad de crucero”. Si como decíamos antes, hay toreros de mucha, poca o regular cuerda, diremos ahora que los hay capaces de aguantar un ritmo triunfal elevado y otros que, por el contrario, no pueden resistirlo, porque se ahogan en cuanto se arriman de verdad a un cierto números de toros». 

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«DOS TALEGUILLAS ROTAS».

«EL PULSO ENTRE CAMARÁ Y EDUARDO PAGÉS»

miércoles, 17 de noviembre de 2021

EL PULSO ENTRE «CAMARÁ» Y EDUARDO PAGÉS

Por Antonio Luis Aguilera

«Manolete» en la torerísima pintura de Diego Ramos

En la entrada anterior, titulada «Morante prescide de comisionistas», nos referimos a la figura del apoderado, que si bien existe desde el siglo XIX, entonces eran más bien los hombres que hacían los recados de los toreros y todas las gestiones que los espadas determinaran. La figura del apoderado independiente, tal como la conocemos, fue instituida por el cordobés José Flores «Camará» —influenciado en la negociación de asuntos taurinos por José Gómez «Gallito», por el que sentía gran admiración, y con el que en su etapa de matador de toros procuraba dialogar en los largos viajes de ferrocarril—, como hombre de absoluta confianza, estratega, psicólogo y consejero del torero, a quien se debía exclusivamente. Por tanto, la única semejanza del apoderado independiente con el «comisionista» de toreros es que ambos cobran un porcentaje por festejo contratado.

Para ilustrar la importancia del apoderado independiente rescatamos un magnífico texto que ofrece buena prueba de ello, donde podrán comprobar lo que verdaderamente significaba esta figura, entregada por completo a los intereses de su torero, como hizo «Camará» cuando apoderando al «gallo de pelea» que representaba, defendió, como no se había conocido en las contrataciones de toreros, a Manuel Rodríguez «Manolete». Esta figura del apoderado independiente se basó en una relación de mutua confianza, donde uno mandó en el toreo de tablas hacia afuera, y el otro en los asuntos de su torero de tablas hacia adentro.

El testimonio nos lo ofrece el periodista mallorquín Guillermo Sureda Molina en su libro «Tauromaguia» (Colección Austral de Espasa Calpe, 1978), donde al referirse a las oligarquías taurinas y su objetivo de eliminar la figura del apoderado independiente, saca a la luz el inmenso poder que tuvo «Camará» por la incontestable forma de imponerse en los ruedos de «Manolete»:


«Camará» y «Manolete». Dos «gallos de pelea» del toreo


«Voy a contar un ejemplo, muy poco conocido por el público. En 1942, están en primerísima línea Manolete y Pepe Luis Vázquez, que luego se diluirá en “detalles” y … quites, sin perder nunca su categoría de gran torero. Se rumorea que Domingo Ortega vuelve a los toros, por lo que Camará va a hablar con el mentor de Pepe Luis para decirle: «Mire usted, yo creo que Ortega volverá el año que viene. Nosotros vamos a decirle a Pagés, que será quien lo apodere, que el dinero que debe darle a Manolo y a Pepe Luis debe ser tanto, pero que si durante el transcurso de la temporada aparece algún torero cobrando más, nosotros debemos aumentar nuestros honorarios hasta cobrar tanto como él, y esa cláusula debe figurar en los contratos. ¿Qué le parece a usted?» Flores, entonces mozo de espadas del torero sevillano, mira al mentor del torero, que asiente con la cabeza: «Creo que tiene usted razón».

Pasan algunos meses y llega el invierno de 1942, Pagés llama a Camará, que está en Córdoba, y le dice: «Voy mañana a Córdoba a charlar con usted». Ya están Pagés y Camará frente a frente. Dos linces taurinos. Charlan, charlan, luego discuten. Pero Pagés, al ver lo terne que está Camará, le dice con gesto de quien tiene los triunfos en la mano: «Debo advertirle a usted, antes de proseguir las conversaciones, que aquí tengo el contrato de Pepe Luis, en el que, como usted puede comprobar, no figura esa cláusula a la que usted alude». Camará calla, acusa el golpe y firma unas corridas con Pagés, que le dice: «Usted comprenderá que los empresarios también tenemos nuestro amor propio y yo no puedo firmar una cosa así».


«Manolete» reza en la Maestranza de Sevilla (19-4-1944)


Pasa la temporada de 1942, en la que, en efecto, ya bastante avanzada, reaparece Domingo Ortega cobrando, como se suponía, más dinero que Manolete, sin que por eso el cordobés deje de cumplirle al señor Pagés ni un solo contrato de los estipulados. Llega el año 1943 y Pagés y Camará se reúnen de nuevo para hablar de los contratos de Manolete. Empiezan a hablar y Camará lo primero que le dice a Pagés es lo siguiente: «Mire usted, don Eduardo, antes de hablar de contratos debo decirle que si quiere usted contratar a Manolo tiene que abonarle tal cantidad de dinero, que es la diferencia entre lo que cobró Ortega y lo que cobró Manolete en las plazas de usted el año pasado. Si no se le abona, no importa seguir hablando de negocios». Y Pagés contesta: «Vuelvo a decirle a usted que los empresarios también tenemos nuestro amor propio y que yo no puedo pasar de ninguna manera por esa exigencia». Y no hubo acuerdo entre el empresario y el apoderado. Por tanto, Manolete no toreó aquel año ninguna corrida en la que Pagés fue empresario. Manolete volvió a estar sensacional durante toda la temporada, hasta el punto de que, ya en San Sebastián, el público coreó unánime el nombre de ¡Manolete! ¡Manolete! y Pagés se tuvo que ir de su burladero discretamente.


 «Manolete» enseñoreó el toreo


Llega el invierno de 1944 y Manolete está en la cumbre, solo en lo alto, mandón y amo y señor del toreo. Y Pagés, al fin y al cabo hombre práctico, va a Madrid, al Hotel Victoria, a hablar con Camará. Cuando entra en la habitación de éste, lo primero que le dice es lo siguiente: «Me he dejado mi amor propio de empresario en la puerta del hotel». Y Camará le contesta: «Entonces, antes de empezar las conversaciones, debo decirle que tiene usted que abonarle a Manolo esas cien mil y pico de pesetas que hubo de diferencia entre lo que le dio usted a Ortega y lo que le dio a él». Y Pagés le dice: «¿Es eso una cuestión de gabinete?». Camará contesta: «Sí, lo es». «Bueno, pues aquí tiene usted el dinero». Y le alarga a Camará un cheque por el importe de aquella cantidad. Camará y Pagés, dos linces, firmaron de nuevo numerosos contratos y Manolete volvió a torear en las plazas que el primero era empresario. ¿Se concibe hoy en día una anécdota así?».

Pues con esta interrogación que concluye Guillermo Sureda este valioso testimonio finalizamos la entrada, que como continuación a la anterior ha pretendido diferenciar entre dos figuras que, pareciendo similares, no tienen nada que ver entre ellas: el apoderado independiente y el comisonista de toreros. 

viernes, 17 de agosto de 2018

MANOLETE: CAMINO DE LA MUERTE

"Presentimiento". Así tituló su autor, Nicolás Müller, este 
retrato de Manolete. Santander, 26 de agosto de 1947.
Para que puedan adentrarse en este magnífico relato quienes no lo conozcan, rescatamos el valioso testimonio del periodista mallorquín Guillermo Sureda Molina, publicado  al final de los años setenta en la revista “Toro”, donde narra cómo fue la última temporada de Manuel Rodríguez "Manolete".

CAMINO DE LA MUERTE
 La última temporada de Manolete

Por Guillermo Sureda

            Se intuía que todo aquello no podía terminar bien, porque nada transcurría por el sosegado cauce de la normalidad. En torno a Manuel Rodríguez “Manolete”, todo había salido de quicio. La marejada levantaba olas que subían de la arena a los tendidos y bajaban de los tendidos a la arena en poderosa resaca devastadora. Un “fatum” inexorable y trágico volaba ya sobre las plazas donde toreaba Manolete

Manolete con el torero mexicano Carlos Arruza
La historia es sencilla, como casi todas las historias verdaderas. Manolete estaba en México toreando, cuando los intrigantes de aquí rompieron el convenio entre los toreros mexicanos y los españoles. Con ello conseguían dos cosas: primera, que Manolete no siguiera toreando en México, y segunda, que Carlos Arruza no pudiera torear en España. ¡Buena carambola! No sirvió de nada que Manolete, una vez en España, dijera compungido que los pleitos de los toreros deben dirimirse en los ruedos y no desde las mesas de los despachos. Y el gesto de Pepe Luis Vázquez de retar a Manolete a varias corridas duras en varias plazas incómodas, en seguida de pisar el cordobés suelo español, no pudo ser más inoportuno sí más grotesco. Manolete le había ganado tantísimas tardes la partida, que toda competencia entre ambos era imposible. Desde 1942, Pepe Luis había dejado de ser rival de Manolete, por falta de regularidad, es decir, por falta de casta torera... De ahí que Manolete contestara a este reto con este otro: “Yo a lo que le desafío es a comer ostras".

Pepe Luis Vázquez y Manolete en San Sebastián. Foto Lara
Lo cierto es que Manolete, en aquel 1947, no había reaparecido en su patria hasta el día 22 de junio en Barcelona, alternando con Juanito Belmonte y El Boni. Así, pues, no había toreado la feria de Sevilla y ése era, por el momento, su “enorme pecado”.

Gregorio Corrochano -a la mayoría de los críticos le gustaba ya mucho Luis Miguel, joven árbol que durante muchos años podía dar fruto-, en la crítica de la corrida de Miura de la citada feria, dijo lo siguiente: “Gitanillo de Triana brindó a Manolete, que estaba en un tendido. Desde lejos no se veía bien si brindaba a un torero o a un banquero. Realmente no es solo el indumento el que favorece en este caso la confusión, contribuye también que cuesta trabajo creer que en la feria de Sevilla, y particularmente en la corrida de Miura, el que es en la actualidad el primer torero de España está viendo toros desde la barrera”. Pero, en esta misma corrida, Pepe Luis le brinda un toro a Rafael el Gallo, y Corrochano dice: “Cuando se levantó Rafael el Gallo al brindarle Pepe Luis Vázquez, toda la plaza vio que se levantaba un torero… Pepe Luis le llamó maestro y el maestro se puso en pie. Pepe Luis le dijo que sentía que por su edad estuviera en el tendido, porque tenía la seguridad de que con diez años menos estaría Rafael el Gallo en el ruedo con ellos, sin conformarse con verlos torear. Marcial Lalanda estaba en el callejón, zona intermedia entre el público y los toreros. Se advertía marejadilla taurina... ¿Se puede aplaudir igual al torero que está en el tendido porque no puede ya torear que al que está en el tendido por qué no quiere torear?”.

Manolete pasea un rabo en la
 Real Maestranza de Sevilla en
la feria de abril de 1941.
              Está claro, pues, que el brindis de Pepe Luis no era una simple cortesía hacia el Gallo, sino un claro ataque contra Manolete, tanto como la reseña de Corrochano. La campaña contra Manuel Rodríguez había empezado desde distintos frentes. Los que antes habían estado callados o a su lado, ahora estaban en trincheras contrarias. Se alertaba al público contra Manolete, entre otras razones porque gozaba éste de tres triunfos que no se podían perdonar: era famoso, era rico y era la máxima figura del toreo de su época.

Y en ese ambiente, rodeado de una circunstancia casi totalmente adversa, censurado por una crítica antes “cantora”, Manolete, como decía, reaparece el día 22 de junio en Barcelona, donde, con la plaza llena, obtuvo un gran éxito y cortó dos orejas y rabo. Añadamos que en esa corrida cobró la por aquel entonces fabulosa cantidad de trescientas cincuenta mil pesetas, según me dice, años más tarde, Pedro Balaña. De Barcelona, Manolete va a Badajoz y de allí a Segovia, es decir, "a las puertas de Madrid". Su actuación en la ciudad del acueducto es bastante mala, cosa que se aprovecha para arremeter de nuevo contra Manolete y su administración. Giraldillo escribió lo siguiente: "De una vez para siempre quisiéramos prevenir a los aficionados contra esas corridas que se organizan en los aledaños taurinos de Madrid por toreros vergonzantes (el subrayado es mío: a Manolete se le llama torero vergonzante. ¡Santo Dios!) que rehúyen torear ante nosotros… si lo de Segovia ha de repetirse, lo que está anunciado (anunciada retirada de Manolete) debía realizarse mañana mismo”.
La cosa no podía durar mucho...

El clima en que se desenvolvía Manolete era injusto, hostil. La cosa no podía durar mucho y no duró. El propio torero había dicho: "Puedo asegurar que para mí no hubo nunca eso que suele llamarse palmas de simpatía”.

Para Manolete, la corrida de Beneficencia era "su" corrida y no podía faltar a ella. En 1947, también quiso torearla. Se celebró el 16 de julio y alternaron Gitanillo de Triana, Manolete y Pepín Martín Vázquez. Manolete toreo gratis, gesto hoy insólito.

Cuando llegó a Madrid, además de en las plazas citadas antes, había toreado en Alicante, Lisboa, otra vez en Barcelona, Pamplona -donde estuvo colosal- y La Línea. El prólogo al drama final tuvo lugar en esa corrida de Beneficencia. Pepín iba tener su gran tarde madrileña. Gitanillo y Manolete habían estado decorosos en los primeros toros. Sin embargo, Manolete tenía que dar su habitual nota. El público se lo exigía cada tarde y Manolete se entregaba cada tarde. Aquel día había mucha presión en la plaza, más que en otras ocasiones.

Última tarde en Madrid, 16 de julio de 1947
Manolete le estaba haciendo una gran faena al quinto toro. Tenía la angustiosa necesidad de hacer a casi todos los toros esa faena que le había encumbrado. De pronto, un espectador le grito que se arrimará más. Manolete levantó la vista hacia el tendido, hizo un gesto afirmativo con la cabeza y se arrimó todavía más. Al dar un pase con la mano derecha fue enganchado y herido. Un hilo de sangre fue saliendo de la pierna izquierda, tiñendo de rojo la taleguilla y la media. Cuando Manolete se perfiló para entrar a matar, había en los tendidos una emoción palpable. La estocada fue en lo alto y el toro rodó sin puntilla. Cayó el toro y cayó también, medio desfallecido, Manolete, a quien le concedieron las dos orejas. El toro, que se llamaba “Babilonio”, era de la ganadería de Bórquez y fue el último que Manolete mató en Madrid. Pesó 492 kilos.

Señorial lance a la verónica de Manolete
Manolete reapareció en Vitoria, donde toreó los días 4 y 5 de agosto. Allí fue recibido con una gran pita, mezclada con una gran ovación. Gregorio de Altube, en su obra Manolete murió en Vitoria el día 4 de agosto de 1947, escribe: "Sumido en aquel desconcierto, Manolete sonreía, y lejos de una expresión de tranquilidad, denunciaba la inquietud que caracterizó sus últimas actuaciones en el ruedo vitoriano". Y el título de la obra de Altube es por lo consiguiente: en el sexto toro, Manolete, dice el autor del libro, "se lanzó a un quite brutal. Fueron dos lances y una media verónica, tan ceñida, que abortó el recorte. El toro, en el viaje, llevaba la cabeza alta, el cuerno izquierdo iba derecho al corazón; Manolete aguantó impávido, suicida, y entonces le vimos morir; estuvo muerto, y si no se ha sabido es porque el toro, ladeando la cabeza, evitó que lo difundieran los periódicos. Pero, creedme, Manolete estaba muerto, y muerto estuvo en Gijón, en Santander, en San Sebastián; cayó en Linares, camino de su tierra, en el calor de una feria andaluza, pero a Córdoba, a su casa, eso ya lo sabíamos, no llegó".

Manolete con Gitanillo de Triana y Pepín Martín Vázquez. Corrida
de la Beneficencia. Madrid, 16 de julio de 1947. Foto Cano
          Toreó luego Manolete en Valdepeñas, San Sebastián, Huesca, Gijón, de nuevo en San Sebastián. En el norte la gente se metió con él. Manolete estaba profundamente triste. Él mismo le había confesado a un periodista: "el público es cada vez más exigente conmigo. Yo hago todo lo que puedo por estar bien, pero para mí no se tienen en cuenta las condiciones de los toros… Ya no me toleran ni me disculpan nada".  Y era verdad. Durante esta temporada, Manolete toreo mucho con Gitanillo de Triana y el público creyó que eso era para poder elegir los dos toros más cómodos: el de Gitanillo y el suyo. Pero la verdad era muy distinta. Lo cierto es que solía quedarse con los dos toros mayores de ambos lotes para que así el público le chillara menos. Esto es lo que, por ejemplo, sucedió en Linares, donde se eligió el toro mayor del lote de Gitanillo y se le añadió el toro mayor del propio Manolete. Apresurémonos a decir que “Islero” fue el toro que a Manolete le había correspondido en el sorteo.

Santander, 26 de agosto de 1947.
La penúltima...   Foto Mari. 
A finales de agosto, cinco días antes de morir, en una entrevista que le hizo Vizcaíno Casas en la revista "Triunfo", Manolete decía lo siguiente: “Los toreros que han estado arriba han tenido a la gente en contra. Claro que quizá conmigo se acentuado la cosa...". Y en otro lugar, Manolete había dicho: "Convengo en que la fiesta es pasión. Pero creo demasiada la pasión que sólo se calma cuando le ven a uno camino de la enfermería".

Por todo eso, Manolete pensaba irse de los toros. Lo había dicho ya numerosas veces a lo largo de la temporada: "Si Dios me da suerte, a mi regreso de México, torearé varias corridas y en ellas daré ese "último adiós” a la afición española, que fue la que me dio sus primeros aplausos y en definitiva la que me hizo torero… ¡Ah! -exclama Manolete tras una ligera pausa- añada además que esas corridas las torearé sin compensación material para mí y que… No, no digo más…".

Antoñita y Manolete, dos enamorados con un entorno en contra.
De cuando en cuando -en realidad, más de lo conveniente- Manolete apagaba su tristeza en el whisky. Estaba descentrado, nervioso. Por un lado, su amor hacia Lupe Sino. Por otro, el público; por otro, la actitud de casi toda la prensa taurina; por otro… Lo cierto es que era un hombre distinto aquella temporada. En el ruedo, para contentar a los chillones, hacía cosas que nunca había hecho: llegar con la mano hasta la mazorca de los toros, volverle la espalda al enemigo, incluso, como hizo en Linares, torear de rodillas. Sí, en Linares intentó dar un molinete de rodillas. Todo aquello, para aquel que conocía el toreo sereno del cordobés, significaba, en cierto sentido, el principio del fin.

Quiero aclarar un punto, en tantos sentidos todavía confuso. ¿Qué papel representó Luis Miguel en ese estado de cosas? Existe la creencia de que Manolete y Luis Miguel sostuvieron una dura competencia, cosa que es falsa. Durante las temporadas de 1945, 1946 y 1947, Manolete solamente toreo ocho corridas de toros con Luis Miguel. ¿Dónde estuvo, pues, la rivalidad entre ambos toreros? Nada tenía que ver el gran torero madrileño con la melancolía última de Manolete, aunque es lógico que Dominguín quisiera todo lo que aquél ya tenía, sobre todo el cetro del toreo.

Después de San Sebastián, Manolete toreo en Toledo, donde cortó orejas. Pero no las corto en Gijón, ni en Santander, donde el público le chillo con fuerza. En Santander, el gran fotógrafo Mari le hizo una foto impresionante, por hermosísima y por premonitoria: Manolete es ya el espectro de sí mismo, algo así como su propia mascarilla. De Santander, Manolete marchó a Linares. Y en Linares terminó todo.

Monumento a Manolete en el barrio de Santa Marina
de Córdoba. Foto David Manuel Castilla.
          Ya conocen ustedes la historia. La corrida, la única que le quedaba a Miura, tenía que lidiarse en Murcia, pero, por azares del destino, terminó yendo a Linares. Incluso en esta su última tarde, parece que alguien del tendido le grito a Manolete: "¡Teatro!", “Islero” cogió al cordobés al entrar a matar. Manolete murió en la madrugada, en el hospital. Una vez había dicho de ese hospital a una monja: "Este hospital lo tienen ustedes tan blanco y tan limpio, que dan ganas de ponerse malo aquí". 

          
La carrera taurina de Manolete se había consumido
 como un cirio pascual, como una tragedia griega.
El dinero de Manolete, ese dinero que tantísimo preocupaba a muchos, era ya todo de "Islero". Se cerraba una etapa del toreo; se habría otra. Se moría un torero que había dado nombre a toda una época y que será recordado hasta el fin de los tiempos. La carrera taurina de Manolete se había consumido inexorablemente como un cirio pascual, como una tragedia griega. Moribundo, Manolete preguntó si le habían dado las orejas...