Mostrando entradas con la etiqueta Ángel Mendieta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ángel Mendieta. Mostrar todas las entradas

viernes, 16 de mayo de 2025

Y DESPUÉS DE LINARES… ¡¡¡MARTORELL!!! EL TORERO DE MANO BAJA

Por Antonio Luis Aguilera 

 

Portada del libro dedicado al torero cordobés

Con el título que encabeza esta entrada, el próximo miércoles día 21 de mayo, conmemorando el treinta aniversario del fallecimiento de José María Martorell, y editado por la Diputación Provincial de Córdoba, en colaboración con el capítulo de Córdoba de la Fundación del Toro de Lidia, será presentado el nuevo libro de Ángel Mendieta Baeza, que durante muchos años ejerció la información taurina en los periódicos “La Voz de Córdoba”, “Diario Córdoba”, así como las emisoras Antena3 y Radio Córdoba. La presentación será a las 7,30 de la tarde en el Salón de Actos de la Diputación, y a los asistentes se les entregará un ejemplar de la obra.

Con esta biografía, donde se detalla la carrera del matador de toros más importante que tuvo la ciudad de la Mezquita después de la trágica desaparición de Manolete, el autor recuerda aquella ciudad, que quedó hundida moral y taurinamente, y la inesperada e inmediata primavera que pronto le ofrecería el diestro del barrio de San Cayetano, que recibiría la alternativa en la entrañable plaza de Los Tejares dos años después de la muerte de Manuel Rodríguez, para mantenerse en activo hasta la temporada de 1956, que toreó su última corrida en la feria de San Lucas de Jaén.

Ángel Mendieta rememora en esta interesante obra la Córdoba taurina que vivió en su infancia y juventud, los aspirantes a toreros que alimentaban la ilusión de los aficionados, la conmoción que significó la muerte de Manolete, y termina centrándose en quien fue José María Martorell Navas, sus comienzos, su etapa novilleril, la ceremonia de la alternativa que le otorgó Agustín Parra Parrita” en mayo de 1949, y las importantes temporadas que realizó el torero desde 1950, dejando la inolvidable huella de su toreo de ajuste y manos muy bajas en las principales plazas de España, Francia y América. 

Nuestra cordial enhorabuena por el libro al querido compañero en la información taurina, porque con esta biografía rescata para las nuevas generaciones de aficionados la memoria de quien fue de verdad en los ruedos José María Martorell, el gran torero cordobés que devolvió la ilusión a los aficionados, que supo abrirse paso y ocupar un lugar importante entre la extensa y brillante nómina de los toreros de su tiempo. Un espada inolvidable, que en los últimos años de su vida acudió a peñas, tertulias, actos en la Universidad y donde solicitaran su presencia para recordar su carrera, la categoría de sus compañeros y hablar de la grandeza de la Fiesta de los Toros. 

sábado, 5 de octubre de 2024

«MANOLETE» RECORDADO POR ANTONIO BELLÓN


Portada del libro

En 1990 fue publicado «PASEILLO DE LUCES Y SUEÑOS CALIFALES», libro del compañero en la información taurina Ángel Mendieta Baeza, crítico del «Diario Córdoba», que fue editado por Cajasur. Se trata de una amena obra que inserta entrevistas a toreros cordobeses, aunque la encabeza la realizada a D. Antonio Bellón Uriarte, quien fuera crítico taurino de la célebre revista Dígame, y acompañante de viaje de Manuel Rodríguez Manolete en la temporada de 1947: un documento desconocido para muchos aficionados, que por el interés de su testimonio sobre el inolvidable torero cordobés, por encima de otras consideraciones técnicas sobre los toreros clave en la evolución histórica del toreo, se asoma para quedarse en esta manoletista Plaza de la Lagunilla, gracias a la autorización del autor.


Ángel Mendieta entrevista a don Antonio Bellón. Foto G. Ruiz


"DON ANTONIO BELLÓN, COMPAÑERO EN EL ÚLTIMO VIAJE"

«Una de las personas que convivió más íntimamente con Manolete en su última etapa fue Antonio Bellón, crítico taurino del prestigioso semanario Dígame. Bellón acompañó en su último viaje a Manuel Rodríguez Sánchez desde Madrid a Linares. Con él vivió sus últimas preocupaciones, sus últimas alegrías, sus últimas esperanzas y sus últimos miedos. Habrá que decir que Antonio Bellón es un venerable joven de ochenta y bastantes años. Sí, decimos bien, joven, porque sus muchos años no le impiden ser un hombre con ilusión, con espíritu emprendedor.

Antonio Bellón sabe la realidad de su momento y no es ningún cascarrabias, más bien todo lo contrario. No se cree superior a nadie y sabe respetar a todo el mundo.

Antonio Bellón pasa largas temporadas en su casa de Baena, donde nos recibe con talante abierto y coloquial. Él sabe que puede enseñar mucho y no tiene inconveniente alguno en prestarse al diálogo. El tema, lógicamente, no puede ser otro que el de Manolete. Están presentes en la entrevista nuestro corresponsal en Baena, Antonio Alarcón, que lo es del “Diario Córdoba”; Paco Laguna, autor del libro Tauromaquia de Manolete y el fotógrafo J. Ruiz.

Ni que decir tiene que la conversación transcurrió en un ambiente distendido, y en el inicio de la misma nos contó que él había conocido a Manolete cuando este fue a Madrid a torear en la plaza de Tetuán de las Victorias:  “Fui a verle con mi maestro K-Hito. Lo que más nos impresionó fue su quietud. Más incluso que sus condiciones como matador… Actuó con Silverio. Nos gustó la esbeltez de Manolete, su valor sereno y su majestuosidad”.

—¿Se pudo adivinar en aquella actuación la figura que Manolete llevaba dentro? 

—No. Eso era muy difícil. El toreo es una cosa magníficamente desorganizada, pero con una organización perfecta. Y el escalafón novilleril es el cernedero para dejar atrás a los que no valen. No hubo tiempo para verle cernirse. Luego, durante la guerra fue cuando Manolete se hizo. Yo en aquella época ejercía de digno barrendero.

—¿Sabe usted si le fue a Manolete fácil su paso por el escalafón novilleril?

 —Manolete tuvo un inconveniente y es que tenía su lado a los niños más bonitos del mundo: Antonio Bienvenidael GallinoPaquito Casado y a Pepe Luis. Eran cuatro pinturas de niños vestidos de torero y, claro, a su lado Manolete era un desangelado  y un desgalichado. En la España de aquella época poco tenía que hacer.

—Usted le conoció muy de cerca. Háblenos de las cualidades humanas que descubrió en él.

Manolete tuvo un problema de timidez, aunque tuvo unas cualidades humanas estupendas. Con Manolete se daba un caso similar al de Joselito. Fueron como dos vidas paralelas. En la plaza eran fenomenales. Ambos fueron maravillosos creadores. Pero, sin embargo, en la vida particular eran unos desdichados. Los dos fueron unos enamorados de su madre y fracasaron en sus amores. Manolete, mientras se movió en el ambiente de sus amigos de Córdoba, fue como son los cordobeses. Sin embargo, cuando empezó a salir por el mundo, se dejó influir un poco por el ambiente relajado del mundillo del toro.  Pero nunca perdió su magnífico talante y su respeto por todos.

En una ocasión en que estábamos comiendo -recuerda- Domingo Ortega le dijo que le hablara de tú. Sin embargo, Manolete contestó que no, que Domingo era un maestro y que jamás le hablaría de tú. En otra ocasión me enseñó el barrio donde él vivía, Santa Marina, vimos la casa de paso y luego me llevó a una capilla —Antonio Bellón se refiere a la capilla del Colodro— en la que había dos monjitas vestidas de radiante blanco en adoración permanente al Santísimo. Manolete me dijo: “Aquí es donde yo vengo a ponerme a bien con Dios, pero no se lo digas a nadie para que no me quiten la intimidad”. Eso da idea de cuál era la forma de ser de Manolete.

—¿Le vio usted torear muchas tardes?

—Yo vi como el sesenta por ciento de las corridas que toreó.

—¿Y cuáles eran las virtudes toreras de Manolete

—Era un poco rutinario en sus costumbres. Por ejemplo, los machos se los tenía que atar Camará.  Usaba la misma camiseta, la misma montera que cuando empezaba en Los Califas. Era un hombre clásico, aunque puede que algo supersticioso. Con Camará se entendía perfectamente, dialogaban con un simple gesto cuando uno estaba en el ruedo y el otro en el burladero del callejón.  La simple mirada del torero era contestada por un gesto casi imperceptible para los que estaban allí. Manolete tenía un gran dominio de las distancias y se arrimaba a todos los toros. Mientras que los demás andaban probando, él ya estaba dando naturales.

Antonio Bellón nos dice que el toreo es hasta Belmonte y desde Belmonte y que Manolete fue el continuador del sevillano. “Tan es así que Joselito es el sumun de la perfección de todo lo que se había hecho en el toreo. Sin embargo aparece Belmonte y hace lo que no había hecho nadie. Y Manolete, a la nueva verdad del toreo de Belmonte lo que hace es darle continuidad, que a mi juicio es lo más difícil, y luego vino su cosa personal de majestuosidad. Prueba de ello es que el mismo Belmonte fue un profundo admirador de Manolete. En una ocasión, Juan me dijo que él disfrutaba viéndole torear. No olvidemos que Manolete le hacía la faena al ochenta por ciento de los toros a los que se enfrentaba. Camará lo cuidó bastante bien y, en el aspecto artístico le aconsejaba. Manolete toreaba muy bien con el capote a la espalda y daba muy buenas gaoneras y, sin embargo, Camará se las quitó. Pero le dijo que tenía que torear al natural a todos los toros, y, claro, lo que hizo fue cambiar una filigrana por una verdad inmensa”.

—¿Qué aportó Manolete al toreo?

 —Hay quien le criticó a Manolete que hiciera la misma faena a todos los toros. Y esa es una de las cosas más importantes que él hizo. Pues es dificilísimo el poder imponer la faena al toro.

A nuestra pregunta sobre los defectos artísticos de ManoleteAntonio Bellón piensa y reflexiona antes de contestar. Cuando lo hace, se expresa en los siguientes términos:  “Pues…, es muy difícil encontrar defectos en el toreo de Manolete. La verdad, yo no se los encuentro. Si acaso, podemos decir que era algo ingenuo. Le aconsejaban que, en determinadas circunstancias, se aliviara. Pero como lo que le gustaba era torear, no se aliviaba”.

—¿Qué tarde fue en la que Manolete le impresionó más?

—Son muchos los momentos importantísimos que le vi. Recuerdo aquella tarde…, la del año que toreó una sola corrida. Fue en Madrid. Alternó con Antonio Bienvenida y Luis Miguel. Era un toro que se le iba, y precisamente, en la puerta de chiqueros, dio como un librazo y dejó la muleta en el suelo. El toro se le fue unos diez o doce metros. Manolete aguantó, sin moverse, la figura un poco flexionada, impávido y con mucha gallardía, a que el toro volviera. Él sabía que el toro volvería porque le había marcado el camino. El toro reculaba un poco y se le volvía arrancar, y el tío allí.  ¡La plaza se venía abajo! Son muchos los momentos. Porque matando, eso era a diario. Era una delicia verle matar. Tenga en cuenta que Manolete ha sido el último gran matador que ha habido. 

Antonio Bellón, Ángel Mendieta, Paco Laguna y Antonio Alarcón
 Foto G. Ruiz

Sobre este aspecto en la vida torera de ManoleteAntonio Bellón nos refiere una anécdota que aconteció con motivo de una corrida de la feria de Córdoba: “Manolete había hospedado en su casa a Juan Mari Pérez Tabernero y a Juanito Belmonte que toreaban con él. Por la noche, con unos colchones que había montado a modo de toro, enseñaba a sus compañeros a entrar a matar. Mientras tanto, su madre, que era una mujer admirable, le recriminaba y en broma le decía a su hijo que eso lo aprendieran aquellos señores de otra manera”.

—¿Es cierto que adaptaron y disminuyeron el tamaño de los toros para que Manolete pudiera triunfar con ellos?

—Esa es una de las muchas pamemas que andan por ahí. Cuando salimos de la guerra el toro estaba mermado o disminuido. Pero es cierto que aquel toro no se caía tanto como el de ahora. Lo que quiere decir que tenía más fuerza. También es verdad que cuando hay un torero bueno y que interesa, es el mismo público, el que quiere que el toro sea apto para poder disfrutar viendo al torero. Cuando los toreros son malos es cuando el público, para no aburrirse, exige el toro grande.

Manolete. Foto Mateo

—De entre los compañeros que tuvo Manolete) ¿se vislumbraba alguno capaz de complicarle la vida?

—No. Todos se entregaban. Los primeros admiradores de Manolete fueron sus propios compañeros. El que más daño podía haberle hecho fue Arruza. Sin embargo, el mexicano tenía una debilidad tan grande por Manolete,  que él mismo le evitaba las cosas ajenas al toreo que le perjudicaban. Luis Miguel Dominguín preparó una batalla “política y de reportaje”. Pepe Luis, por aquello de ser sevillano…, pero no estaba dispuesto a jugársela como lo hacía Manolete.

—¿Cuánto tiempo estuvo Manolete mandando en el toreo?

—Él mandaba en la plaza todo el tiempo que estuvo toreando. Prueba de ello es que, como no tuvo competidor, el público empezó a ponérsele un poco en contra.

—¿Como fueron las relaciones entre el torero y su apoderado Camará?

—Siempre fueron admirables hasta que surgió mi tocaya Antoñita Bronchalo Lupe Sino. Con esa no pudo Camará. Llegó el momento en que Pepe tiró por la calle de enmedio. Ella intentaba desbancar a Camará y que el apoderado fuera su padre. Entonces Pepe dijo: “A mí que me ajuste Bermúdez”, que era el administrador que ellos tenían. Manolete trataba de aliviar aquella situación. También le sentó muy mal a Camará que Manolete la llevara a México.

Manolete. Foto Mateo

—¿Cómo vivió usted todo aquello?

Manolete me dijo un día que él quería que yo estuviera a su lado y que le acompañara. Yo serví, un poco, como árbitro entre el torero y el apoderado. No estuve en las últimas corridas, las de Gijón y Santander. Sin embargo, sí le acompañé de Madrid a Linares. Yo salí de la redacción de Dígame y emprendimos aquel viaje. Íbamos en el coche CamaráGuillermo, el mozo de espadas, Manolete y yo.  Cenamos en Manzanares, y, desde allí, hasta Linares trajo el coche el propio torero. Detrás durmiendo como benditos, venían Camará y Guillermo. Delante, junto al torero, iba yo.

—¿De qué hablaron durante el viaje?

—En ese viaje Manolete me dijo una de las cosas que más me emocionaron.

—¿Que fue?

 —Me dijo: “Es usted la única persona que puede hacer por mí lo que más deseo en este mundo”. Le pregunté y me contestó: “Mi madre le respeta y quiere muchísimo. Yo quiero que la lleve usted a ella a mi boda a Barcelona, donde me caso con el demonio de su tocaya. Usted no le comente nada a nadie, nada más que a ella.  Ella va con usted”.

—¿Se casaba Manolete con Lupe Sino?

—La boda estaba fijada para el 18 de octubre.

—¿En qué circunstancias llegó el torero a Linares? 

—Llegó un poco pachucho. Algo de lo que había cenado en Manzanares le debió de sentar mal y tenía la tripa suelta. Me fui a por Tanager y parece que se mejoró. Durmió bastante. Cuando volvimos del sorteo ya estaba despierto y me pidió por favor que le confeccionara la lista de las llamadas telefónicas para después de la corrida. En primer lugar puso a Bermúdez, después a su madre, que estaba en San Sebastián y en tercer lugar a la Bronchalo. Cuando yo salía de la habitación, me dijo: “Oiga, don Antonio, póngamela a ella primero”. Son cosas humanas. Luego, sin embargo, ya no dio tiempo a nada. Solamente llamamos a Bermúdez, que era el fundamental.

—¿Cómo vivió Manolete los momentos anteriores a la corrida? ¿Le preocupaba algo?

—No, en absoluto. Los Miuras no le preocupaban. Prueba de ello es que todos los años mataba una corrida de ese hierro en la feria de Sevilla. Luis Miguel tampoco le preocupaba. Manolete le gastaba bromas y él, que presumía de irónico, lo respetaba tremendamente. El padre le había dicho: “Niño, tú a este lo que tienes que hacer es darle coba porque es el que puede darte cartel”. Lo del vientre era una simple molestia de verano.

—¿Qué ambiente se vivió durante aquel día en torno a Manolete

—Por allí apareció un grupo de cordobeses, sudosos, flamencotes y tal, y le llevaron un cuadro en que se veía a Manolete toreando desnudo y con sus atributos.  Él me dijo: “Guarde usted eso, que es una guarrería”. Por cierto, ese cuadro, con el barullo del regreso, desapareció. Luego llegó Balañá, que hablaba de contratos y liquidaciones con Camará. Cuando se aproximó la hora de la corrida, el problema de la tripa estaba totalmente solucionado. Lo único que le disgustó fue el vestido de torear que le prepararon. Ese traje lo había usado una tarde en México y no había estado bien. Al Chimo le dijo: “¿Cómo es que has traído este traje? Ese traje tiene mala sombra”. Fue precisamente el traje con el que murió.

—Cuando se produjo la cornada ¿descubrieron enseguida la gravedad?

—Cuando le dieron la cornada el torero que más cerca estaba de él fue Pinturas, que me hizo una seña advirtiéndome de la gravedad. Las asistencias equivocaron el camino y yo salté al ruedo para decirles por donde era.

—¿Cómo fue la llegada a la enfermería?

En la enfermería se formó un barullo tremendo. Allí se coló todo el mundo. Tuve que enfadarme y ¡hasta maldije! para echar a toda aquella gente a la puñetera calle. Mientras le cortaban los machos para desnudarlo, tenía una cierta ansiedad respiratoria. En un momento se miró y vio como sangraba por el vientre. Aunque la hemorragia era grande, lo que él veía era relleno del vestido empapado.  Le dije: “Na, maestro, esto es empapado, ¿no lo ve usted?”. Entonces, para que no viera más, le tape la cara con un paño del bote que allí había para las operaciones. A Manolete ya se le había empezado a poner la cara verde, y es que estaba entrando en ese schock traumático que se lleva a la gente. Sin embargo me tranquilizó comprobar que se repuso de él. Procuré distraerle la atención e incluso, aunque era muy difícil, le gasté alguna broma.

—¿Se restableció el orden en la enfermería?

—Yo me hice un poco el dictador de todo aquello. Pepe Camará hablaba de traerle a Córdoba, a la Cruz Roja, pero viendo la gravedad, se decidió que lo operara en la enfermería el doctor Garrido, un magnífico cirujano que hizo todo lo que pudo y más.  Llegó Luis Miguel, que le dio la mano y lo besó en la frente. Manolete se emocionó y Luis Miguel estaba muy afectado. Luego vino el traslado al hospital, el médico le levantó el apósito, pues la ligazón que le hicieron cuando la anterior cornada no estaba muy firme. Y el apósito no dio sangre. De madrugada, cuando vino Guinea, el tono cardíaco de Manolete bajó muchísimo y empezó a fallar el corazón. Todas estas circunstancias contribuyeron a que este hombre desapareciera. Pienso que de una forma providencial, porque ahí queda su gloria. Y sobre todo en un día en que se había toreado bien». 


Paco Laguna homenajea a Manolete en Linares. Foto Framar

Recordamos especialmente el día 28 de agosto de 1987, Paco Laguna Menor, autor de la Tauromaquia de Manolete, quiso dedicar al torero su obra, depositando el primer tomo de la colección en el lugar donde Manuel Rodríguez fue herido de muerte por el toro Islero. En la foto de FRAMAR aparece don Antonio Bellón aplaudiendo al autor, rodeado de un grupo de aficionados cordobeses, entre los que figuran Pepe ToscanoCarlos ValverdeJesús Fernández, y el sacerdote salesiano don Evaristo Sánchez, que fue profesor de Manolete en el colegio salesiano de Córdoba. Nosotros, micrófono en mano, grabábamos las palabras de aquel entrañable momento.

 

Grupo de aficionados cordobeses en la plaza de Linares. Foto Framar

Posteriormente, en la puerta del patio de arrastre de la plaza de Linares, FRAMAR volvió a fotografiar el inolvidable encuentro de aficionados cordobeses que quisieron rendir homenaje a Manolete en el 40 aniversario de su muerte. En la foto del grupo figuran, entre otros: Jesús FernándezRafael TorrerasCarlos ValverdeEloy TorrerasCarlos Valverde hijo, Paco LagunaÁngel Mendieta, don Evaristo Sánchez, don Antonio BellónLuis RodríguezRafael MangasÁngel DelgadoPepe ToscanoAntonio Luis AguileraJosé Luis Rodríguez AparicioAndrés DoradoRafael de la Haba Rodríguez, y Francisco de la Haba Martínez.

domingo, 8 de agosto de 2021

JOSÉ MARÍA MARTORELL EN EL RECUERDO

Por Antonio Luis Aguilera

El toreo de ajuste, temple y manos bajas de José María Martorell

Fue el torero de mi abuelo Luis Roldán Torres, al que no alcancé a conocer, y el de toda mi familia materna, a la que debo esta maravillosa afición al toreo, porque desde que levantaba dos palmos del suelo me hablaban de toros y de los toreros de Córdoba, desde el respeto profundo a la huella de Lagartijo y Guerrita, la veneración por Manolete, y la admiración por José María Martorell, torero —decían— de bragueta, muy cordobés, de valor seco y temple en el comprometido sitio que pisó Manuel, bajando los engaños como él. 

Me hablaban de la profunda huella que este torero dejó en la afición mexicana; también, que por su apellido revolucionó a la afición de Barcelona, que en sus inicios pensaba que era catalán, y al emocionarse con sus grandes éxitos en la Monumental lo adoptó como suyo.

Entrada dedicada por José María Martorell

Recuerdo aquella maravillosa aficionada que era mi abuela —estuvo abonada a la plaza de Córdoba con más de ochenta años cumplidos— que cuando iba y venía con los seis nietos al colegio de monjas de la calle Gondomar, al coincidir y saludar a Martorell por el centro de la ciudad nos repetía una y otra vez lo gran torero que fue, rememorando los lentos viajes en el tren de entonces para verlo en Sevilla. Así pues, desde que vestía babero de párvulo admiraba a José María, de quien veía las fotos en las revistas que testimoniaban su paso por el toreo, ejemplares que conservaba la familia, como también guardaba la entrada de la última tarde que el abuelo lo vio antes de morir en la plaza de Los Tejares —27 de septiembre de 1953. Toros de Ramos Paúl (Villamarta), para Martorell, Calerito y el mexicano Jorge Aguilar El Ranchero—, donde al dorso, José María escribió de puño y letra con su estilográfica: «Para el mejor amigo y admirador que tengo en Córdoba, Luis Roldán con un fuerte abrazo de José María Martorell».

Antonio L. Aguilera con José María Montilla y Alfonso Galisteo. Foto Marogo

Años después Alfonso Galisteo, otro gran aficionado, además de suegro y amigo, seguidor de Martorell y más tarde de José María Montilla, me confirmaba los juicios de mi familia al hablar de las excelencias del maestro cordobés. Y en los años ochenta, cuando a propuesta del periodista Pepe Toscano inicié una aventura no profesional de informador taurino, que habría de durar tres décadas y aún colea en los textos de este blog, conocí a José María Martorell, con quien tuve la fortuna de gozar de su amistad, y de muchas conversaciones taurinas privadas y públicas, en coloquios donde su presencia era requerida porque otorgaba categoría al acto. También tuve el privilegio de organizar un almuerzo donde conseguí sentarlo en la mesa con sus compañeros Agustín Parra Dueñas Parrita, su padrino de alternativa, y Manolo Vázquez, para que tan excelente terna protagonizara una inolvidable tertulia radiofónica, que comenzó a la hora del café y terminó bien entrada la tarde.  

Parrita, Manolo Vázquez, Aguilera y Martorell. Foto Marogo 

Son muchos los recuerdos que tengo de José María, como la entrañable anécdota con aires de profecía que le gustaba contar. Fue a un tentadero a la finca «Las Cuevas», en el término de Villarrubia (Córdoba la Vieja), donde estaba la ganadería que don Alfonso de Olivares y Bruguera había formado con reses de Juan Belmonte (encaste Gamero Cívico), y Manolete acudía siempre que estaba en la ciudad, atendiendo a la invitación de doña Concepción Gómez-Barzanallana«Conchita Olivares», viuda del ganadero desde el fatídico 1936, que además era aficionada práctica. Allí estaba de aficionado José María Martorell, que salió a torear cuando fue requerido y en quien se fijó el director de la faena campera, quien luego en Córdoba, al caer la noche, cuando Manolete subía desde la plaza de La Lagunilla hasta San Cayetano para ir al Campo de la Merced, junto a la Torre de la Malmuerta, donde estaba la Taberna de Paco Acedo se reunía con sus amigos, al observar que el muchacho del tentadero estaba sentado en la puerta de su casa, lo reconoció y se dirigió a él con una frase que el tiempo convertiría en sentencia: «¡Adiós, torero!». Así fue, en mayo de 1949, casi dos años después de la tragedia de Linares, Martorell tomaba la alternativa en la plaza de Los Tejares, para convertirse en el torero de mayor relieve que tuvo Córdoba en los años cincuenta. «¿Te imaginas lo que significó para mí, siendo un aficionado, que ese Monstruo me llamara torero?».

Verónica de manos muy bajas de Martorell. Foto Cano

En los años ochenta José María acudió con asiduidad a las reuniones de la cordobesa Tertulia Tercio de Quites. Le agradaba el ambiente de silencio con que el grupo acogía los recuerdos de su paso por el toreo. Fueron muchas las noches que gozamos de su presencia y amistad, pero recuerdo especialmente una de invierno, desapacible por fría y ventosa, donde tras una penosa jornada de tratamientos contra la enfermedad que le acosaba, el maestro se presentó por sorpresa, abrió la puerta y nos saludó diciendo: «Buenas noches, señores; vengo a tomarme un par de medios de vino y hablar de toros, que es lo que más me gusta, con este maravilloso grupo de aficionados». Damos fe que impresionaba escuchar sus palabras en el silencio creado en la sala, a veces roto por el tintineo del cristal de los catavinos, y ser testigos de la generosidad con que abría su alma para hablar de toros, bien fuera para recordar su concepto del toreo, para censurar modas propiciadas por sectores intransigentes de la afición —«echar la pierna de salida adelante no es cargar la suerte, sino quebrar al toro echándolo para afuera, una ventaja para el torero», para manifestar su profunda admiración por el toreo de Pepe Luis y por el de los toreros de México y la maravillosa fantasía de su manejo del capote, para  desvelar confidencialmente la «guasa» de Luis Miguel, que enseñaba la punta de la capa por el hueco del burladero para distraer a los toros de sus compañeros en plena faena, y la de veces que hubo de pedirle públicamente que se tapara, o para asegurar que los miuras eran los únicos toros que no dejaban cruzarse a los toreros, porque ellos lo hacían antes para impedirlo. En resumen, para hablar de toros con asombrosa amenidad cuando la vida ya se le escapaba. 

Tal fue el cariño de la Tertulia al maestro, que a su muerte se creó el trofeo que lleva su nombre e imagen, el magistral busto modelado por los escultores y aficionados cordobeses Rafael, Pepe y Pedro García Rueda, quienes por su admiración y amistad con el torero fallecido, colaboraron regalando su trabajo en la creación de la estatua con que la tertulia cordobesa desde 1996, el año siguiente de su muerte, reconoce el mérito taurino de personalidades o entidades, para honrar la memoria del maestro.

Trofeo Martorell

Ángel Mendieta Baeza, compañero durante muchos años en la crítica taurina de Córdoba, nos obsequió el pasado año con un ejemplar de su libro «Y después de Linares… Martorell: El torero de mano baja», que no ha sido publicado y por su interés debería encontrar respaldo editorial para ver la luz, pues recoge el testimonio personal de aquella bonita época del toreo cordobés. De la amena y documentada obra extraemos dos fragmentos que hablan de José María y de su tiempo. 

—«Tras la tragedia, Martorell».

Y como el destino es inexorable, llegó agosto de 1947 y en Linares se produjo la trágica cogida que dejó al toreo huérfano de la figura más grande de una época cuyo eco, como dijo aquel crítico madrileño, sigue siendo inalcanzable. Pero bueno, volviendo al momento de Linares, la muerte de Manolete debió ser como un mazazo que dejó traumatizado al mundo de la tauromaquia y, mientras tanto, Córdoba quedaba ayuna de toreros de alternativa que continuaran la historia escrita por los grandes toreros nacidos en esta tierra, que la representaran en los carteles de postín y en las ferias más señeras de la torería. En Córdoba se produjo un vacío, pienso que profundo, muy profundo. Pero pronto, si echamos mano de la historia, veremos que la pena se vio aliviada, pues la incorporación de los ya referidos Rafael Soria Molina “Lagartijo”, José Moreno “Joselete” y Martorell al escalafón de los novilleros con picadores fue como una puerta abierta a la esperanza, que sirvió para reforzar el entonces raquítico escalafón de novilleros de que Córdoba disponía.

José María en tertulia radiofónica. Foto Marogo

—«¿Quién fue Martorell?»

 Martorell, en aquel momento, cubrió el vacío que había dejado Manolete. Pero que nadie piense que al decir que Martorell cubrió el vacío dejado por Manolete quiero decir que ocupó el sitio de Manolete. No. Martorell ocupó su sitio, el suyo, el que supo ganar con su arte, con su valor y con su personalidad. El lugar de Manolete sigue vacante, porque torero con la fuerza de Manolete solo hubo uno y, por tanto, ese lugar, que es como un trono en la historia torera de nuestra Córdoba, quedará vacante por los siglos de los siglos. Sólo digo que Martorell cubrió, de forma muy digna, aquel vacío, porque supo mantener la ilusión de muchos aficionados, ya que su presencia en los ruedos sirvió para mitigar el desencanto provocado con la desaparición de aquel genial torero cordobés en aquel trágico agosto de 1947. 

I Coloquio organizado por la Tertulia Taurina Santamarina de Córdoba:
Alfredo Asensi, Ángel Mendieta, Antonio L. Aguilera, José Mª Martorell,
Antonio Cabanillas y Enrique Cabello. Foto José Luis Cuevas.

Finalizamos esta entrada donde hemos evocado con tanto cariño como admiración la figura de José María Martorell, el espada cordobés que en una época de tristeza ante una perdida irreparable fue capaz de abrirse paso en el toreo, para volver a entusiasmar a la afición de Córdoba tras el vacío dejado por la muerte de Manuel Rodríguez Manolete«¡Con lo difícil que era eso!»sentenciaba su amigo y padrino Agustín Parra "Parrita".

 TEXTOS RELACIONADOSEl toreo en los años cincuenta