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jueves, 18 de agosto de 2022

«MANOLETE» RECORDADO POR «GITANILLO DE TRIANA»

Rafael Vega de los Reyes «Gitanillo de Triana»

En una de las entrevistas recogidas en el libro «Mi ruedo ibérico», de Marino Gómez-Santos (Colección «La Tauromaquia». Editorial Espasa-Calpe, 1991), el periodista asturiano publica la que mantuvo con el matador de toros Rafael Vega de los Reyes «Gitanillo de Triana», quien fuera tantas tardes compañero en los ruedos de Manuel Rodríguez «Manolete».

No podía faltar en este blog manoletista el extracto que recoge la opinión sobre el espada cordobés de su compañero, amigo y compadre.

«Gitanillo de Triana torea en la corrida de toros en la cual Manolete tomaba la alternativa. Actuó como padrino Chicuelo y Rafael como testigo.

—Les cortamos las orejas a los toros Manolete, Chicuelo y yo.

 —¿Qué te dijo Manolete?

A Rafael se le alegra el semblante. Apoya el codo en el mostrador y me dice en tono confidencial:

Manolete me dijo que no era la primera vez que me veía, sino que me conocía de antes de la guerra, de un tentadero donde él estaba como aficionado, allí, en Córdoba. Se mostró muy agradecido, porque recordaba que yo le había dejado  torear una becerra. La verdad, no me acordaba.

Aquel año toreé otra vez muchas corridas de toros. Luego tuve otro bache y fue cuando empezó mi amistad con Manolete, que iba a la tertulia de Chicote con el señor Herrera, con Camará y mucha gente más que ahora no recuerdo. Manolo y yo salíamos juntos muchas veces. Empezó a ponerme de primer espada en los carteles donde él figuraba, y puedo decir que todas las corridas que toreé con Manolete, si no he cortado orejas, he quedado muy bien. Yo ponía interés para que me viera Camará. 

Arruza, Gitanillo y Manolete

—¿Cómo era Manolete de carácter?

—Muy simpático, aunque seco en apariencia. Para saber cómo era realmente, había que convivir con él. Dentro de aquella seriedad suya le gustaban las bromas y las chuflas a tiempo. Le gustaban el baile y el cante muchísimo. Íbamos mucho a Villa Rosa, donde pasaban todos los artistas de este género. A Manolo le gustaba mucho oír cantar a Caracol y, de mujeres, le gustaba ver bailar a mi suegra, Pastora Imperio. 

Gitanillo de Triana y Manolete iban a comer muchas veces a la Nicolasa y al frontón Recoletos.

—Le gustaba estar con amigos, en la intimidad, fuera del bullicio, porque su nombre ya era famoso y le traían frito con palmadas en la espalda, autógrafos. ¡Yo qué sé! 

Gitanillo de Triana está en casi todos los carteles en los que figura Manolete. También alterna con Juanito Belmonte, el Andaluz, Luis Miguel Dominguín

—Era una época en que el público exigía mucho a Manolete y todos los que toreábamos con él teníamos que arrimarnos mucho. Yo he visto salir por la puerta de los chiqueros toros que me parecían difíciles, y luego, cuando Manolete los toreaba, resultaban magníficos. Estoy seguro que Manolete entendía de toros muchísimo. 

Era compadre de Gitanillo de Triana. Apadrinó a su hijo Rafael.

—Celebramos el bautizo en la Ciudad Lineal, en una venta que tenía entonces mi suegra, que se llamaba La Capitana. La celebración del bautizo duró dos días.

—¿Qué le regaló Manolete al niño?

—Una medalla de oro, grande, con la imagen de San Rafael. 

Rafael recuerda a Manolete en México. La habitación del hotel estaba llena de gente de todas las clases sociales y políticas.

—Allí todo el mundo decía: «¡Viva España!» Recuerdo que en un banquete que le dieron a Manolo en Lima se levantó para hablar Agustín de Foxá. Dijo, entre otras cosas: «El mejor diplomático que ha podido mandar Franco a las Américas se llama a Manolete». 

Manolete en la plaza de Lima

Recuerda también como una noche fue con Manolete a un club típico de México y cómo lo reconocieron al entrar.

—El público se puso en pie y le hacían calle para que pasase, diciendo al mismo tiempo: «¡Viva el señor Manolete!» Porque en México le llamaban «el señor Manolete». 

Eran los tiempos en que Silverio Pérez era la figura del toreo mexicano. Le enfrentaron con el torero cordobés en los ruedos, y la plaza se llenaba de público cada tarde.

—Un día Silverio nos dio una comida en su casa. Recuerdo que me dijo: «Del esfuerzo que estoy haciendo con Manolete arrimándome, voy a enfermar». 

Rafael no es hombre de anécdotas ni de historias preparadas para ser publicadas en los periódicos. Él es un hombre sencillo, noble de alma y poco dado a la política publicitaria. 

—Y estamos ya en el año trágico para la suerte de Manolete y del toreo. Ese año toreamos en España. Manolo me decía muchas veces que era su último año de torero, porque pensaba retirarse. El público le exigía cada vez más, quizá mucho más de lo que puede darse. Yo he visto cómo ejecutaba treinta pases a un toro, cómo luego le cogía por el pitón y, a pesar de eso, la gente le gritaba desde los tendidos. 

Con Miuras en Valencia

Aquel 28 de agosto Gitanillo de Triana llegó de madrugada a Linares, pues el día anterior había toreado en otra plaza.

—Yo me encontré con Manolo en el Hotel de Linares. Vino a mi habitación a fumar un cigarro conmigo. Yo tengo una bata que conservo aún, que compré en Nueva York. Es muy florida, con muchos colores. Recuerdo que al verla colgada detrás de la puerta la cogió por un pico y me dijo, de chufla: «¡Compadre, que bata más gitana tienes!»

Hacía mucho calor en Linares aquel 28 de agosto. Manolete, sentado en una silla junto a la ventana, le dijo a Rafael, sin dejar el tono de broma:

—¿Qué, te vas a arrimar mucho esta tarde?

Rafael le contestó, siguiendo su mismo tono:

—Mira, Manolo, quien tiene que arrimarse eres tú. 

Rafael recuerda el traje que vestía aquella tarde el torero de Córdoba.

—Era un rosa claro y oro. Cano nos hizo una fotografía en la puerta de arrastre.

La tarde de Linares en los pinceles toreros de Diego Ramos

No es un tema de conversación agradable para Gitanillo de Triana, a quien se le pone la voz grave recordando cómo llegó la tragedia.

—Esa tarde, el primer toro me cogió y me dio una voltereta, pero sin consecuencias. Estuve regular. Salió Manolete, y en su primer toro estuvo bien, pero sin cortar oreja. La gente se metió con él. Dominguín cortó las orejas del tercero de la tarde. El quinto era Islero. Salió manso, venciéndose mucho por un lado. Manolete se arrimó muchísimo. Entró a matar en la suerte contraria, y el toro tenía mucha tendencia a irse a los chiqueros. Se volcó encima del toro y le dio una estocada hasta la bola. Fue en ese momento cuando Manolete resultó empitonado por la ingle derecha. Ya herido el toro de muerte, saltó por encima de Manolete y se fue hacia los chiqueros.

—¿Os dísteis cuenta de que la cornada era grave?

 —Desde el primer momento. Yo cogí la espada de descabellar y la muleta. Me fui hacia el toro para rematarlo, pero no hizo falta, porque el toro dobló y lo apuntillaron. 

Terminada la corrida, Gitanillo de Triana salió inmediatamente para el hotel, donde se cambió para ir a la enfermería de la plaza. Todo el pueblo de Linares estaba ya sumergido en aquella tragedia, pues la noticia saltó a la calle y corrió por los colmados.

—De la enfermería de la plaza trasladaron a Manolete al sanatorio, donde le hicieron varias transfusiones de sangre. Yo le dije a Camará que me iba con el coche de Manolo al encuentro del doctor Giménez Guinea, a quien había avisado. Lo encontré en Manzanares, en un bar, donde se aprovisionaba de hielo en gran cantidad, que debía necesitar para conservar algún preparado que traía de Madrid. Don Luis pasó al coche de Manolete y juntos volvimos a Linares. 

Lo que ocurrió después ya se ha contado muchas veces. Hacia las tres de la madrugada, Camará le dijo a Gitanillo de Triana que se fuera, ya que tenía que torear al día siguiente en Almería.

—Yo no quería, porque lo que deseaba en aquellos momentos era estar al lado de Manolo. No tuve más remedio que tomar la carretera, y al día siguiente Parrita, Juanito Belmonte y yo, los tres que estábamos anunciados, fuimos a hablar con la autoridad para que suspendiera la corrida, pues Manolete había muerto aquella madrugada. Las autoridades nos dijeron que era imposible, porque estaban en ferias y no se podían quedar sin toros. ¡Lo que son los contrastes de la vida! ¡Aquella tarde le corté las dos orejas a un toro de Santa Coloma! 

Tan pronto como terminó la corrida, los tres toreros fueron a Córdoba para asistir al entierro. Rafael tenía la cabeza confusa por el choque violento de aquella horrible tragedia. Todo había sido demasiado inesperado y vertiginoso: bromear en su cuarto la mañana de la corrida a propósito de la «bata gitana», fumar un pitillo, comentar el calor que hacía en Linares...

Luego, la seriedad de Manolete en la puerta de arrastre, mientras se envolvía en el capote de paseo, y media hora después luchaba con la muerte en la cama de la enfermería.

—Aquella temporada toreé cuarenta corridas de toros. Después de esta desgracia de Manolo me vine completamente abajo. Tanto es así, que ya toreaba poco. Empezaba yo a pensar en montar un negocio, y así lo hice. Inauguré La Pañoleta, un bar-restaurante en la calle de Jardines. Este negocio lo conservo todavía. 

Al enterarse Gitanillo de Triana que se organizaba una corrida de toros pro monumento a Manolete, se apresuró a enviar un telegrama a la comisión organizadora para ofrecerse a torear. Se iban a lidiar once toros, que matarían once toreros. Después, Rafael se fue al casino de Biarritz, con el cuadro flamenco que había organizado.

—Cuando volví a Madrid vi en La Pañoleta un gran cartel de toros en el que se anunciaba la corrida; pero mi nombre no figuraba. Telefoneé a Andrés Gago, que era uno de los organizadores. Me dijo que si no me habían incluido era porque, en un festival que se dio después de la muerte de Manolete, mi cuenta de gastos por desplazamientos de Sevilla a Córdoba había sido grande. Me di cuenta de que no podía ser, y le envié un telegrama a Cruz Conde, alcalde de Córdoba, rogándole que mandara revisar mis cuentas de aquel festival. Recibí inmediatamente la contestación, en la que se decía que mi cuenta era inferior a la de los demás toreros que habían intervenido en el festival. 

Con este resultado, Rafael telefoneó a Andrés Gago. Le dijo que él pensaba torear de todas formas y, además, con su nombre en los carteles.

Monumento a Manolete 

—Entonces me llamó Carlos Arruza para decirme que había un toro de don José de la Cova, y que si lo quería matar. Se hicieron nuevos carteles en los que fue incluido mi nombre, y el día de la corrida llegué a Córdoba en el tren de la mañana. 

Fue al apartado. El toro que le habían destinado pesó 280 kilos en canal.  Y tenía dos respetables pitones.

—¿Y los toros de los demás toreros?

—Esos estaban convenientemente arreglados, porque así se había acordado, pues era una corrida de carácter benéfico. Yo entonces hablé para que me arreglaran el mío, y así quedamos. Cuando estaba ya en la plaza, vinieron a avisarme de que no había sido posible arreglar al toro. 

Le pregunto a Rafael que si sabe lo que allí había contra él. Se encoge de hombros.

—Nunca lo he sabido. El caso es que yo tenía que torear aquel toro con los pitones limpios. Lo toreé, me cogió; pero le corté las dos orejas. Me jugué la vida. Era lo mismo. Para mí, aquello se había convertido en una cuestión de honor y de amor propio, y yo iba a lo que pasara. 

El brindis de Gitanillo de Triana se comentaría mucho después. Salió a los medios con la montera en la mano, y alargando el brazo hacia el cielo, con la vista puesta en lo alto, dijo algo que nadie oyó, y dejó la montera en la arena». 

sábado, 11 de julio de 2020

LA ESTOCADA DE LINARES

Por Antonio Luis Aguilera 
La última sonrisa de Manolete. Linares, 28 de agosto de 1947.
Foto Francisco Cano. Cortesía de la Revista "Aplausos"
Manolete no quería torear, pero Camará le había firmado una exclusiva de cuarenta corridas con el empresario Pedro Balañá, entre las que figuraba la tarde de Linares con un encierro de Miura. En Córdoba llevaba tres años sin hacer el paseíllo en el coso de Los Tejares, y se dijo que por ese motivo se desplazaron muchos de sus paisanos para meterse con él, lo que resulta difícil de entender en una época donde muy pocos cordobeses podían permitirse el lujo de salir de la ciudad para ir a los toros. La cizaña sembrada contra el torero había crecido incontroladamente en toda España. De haber sido cierto, los cordobeses que fueron a Linares para pitarle debieron ser los  que económicamente podían permitírselo, aquellos que tenían asegurado el sustento de sus familias, una gran minoría en la miseria de la posguerra, pero no la gente humilde que invadió la ciudad para llorar en su entierro, rompiendo con sus lamentos el proverbial silencio de las calles de Córdoba. 
"Presentimiento". Foto: Nicolás Müller.
Santander, 26 de agosto de 1947.
En la plaza de Linares, Manolete mostró su última sonrisa, magníficamente fotografiada por el inolvidable Francisco Cano Canito. En la foto, que no guarda relación con el patetismo de la imagen captada dos días antes por Müller en la corrida de Santander, Manolete saluda elegantemente, correspondiendo con una sonrisa de gratitud a la ovación del público, y mostrando un gesto de complacencia que gracias a Cano ha pasado a la historia. Pocos sabían que escasas fechas antes, acompañado por Camará, había acudido a la consulta del afamado doctor don Gregorio Marañón, que veraneaba en San Sebastián y por las tardes atendía a pacientes en el Hotel Reina Cristina, donde se alojaba. Tras explorarlo, este le prohibió expresamente que continuara toreando, por apreciar que su estado no era normal debido a una gran depresión nerviosa. Lo cuenta José Lara, en el libro «Manolete, yo me mando» (Ediciones Bellaterra, 2017). Pero el torero le contestó que no podía hacer eso, que tenía que continuar y cumplir los compromisos pactados. El doctor Marañón le insistió: «Mañana mejor que pasado». Cinco días después Manolete moría en Linares.
Guillermo entrega los trastos a Manolete en presencia de Camará.
Foto Francisco Cano. Cortesía de la Revista "Aplausos".
Todavía cuesta entender que el apoderado le hiciera esa corrida de Miura, en la feria de un pueblo, y anunciado con el polémico Luis Miguel Dominguín, con quien el cordobés llevaba tiempo distanciado, como reconoció el torero madrileño. A mediodía del 28 de agosto, alojados ambos en el Hotel Cervantes, cuando Manolete regresaba del cuarto de baño —entonces común para las habitaciones de la planta—, al ver abierta la habitación de Luis Miguel lo saludó y este le invitó a pasar. Manolete le dijo que estaba cansado, deseando de acabar la temporada para retirarse de los toros. También le hizo ver que cuando se marchara él heredaría todos sus enemigos. Era el corto diálogo de acercamiento, antes de desearse suerte, del hombre reflexivo que reinaba en el toreo con el joven provocador que quería reinar. Una profecía que el aspirante al trono no olvidaría jamás.
Por las afueras Islero embiste franco a la muleta de Manolete.
Foto Francisco Cano. Cortesía de la Revista "Aplausos".
Contaba Francisco Cano que Islero tenía querencia a chiqueros. Lo argumentaba con sus fotografías, donde puede verse que, cuando el torero lo pasa con la muleta en la diestra, el toro embiste franco por los terrenos de afuera hacia toriles, mientras que cuando embiste por los de adentro, entre las tablas y el torero, alejándose de su querencia, aprieta para afuera buscando la huida y obligando al diestro a rectificar su posición. 
Cuando Islero iba por los adentros Manolete tenía que rectificar. la posición
Foto Francisco Cano. Cortesía de la Revista "Aplausos".
Tras adornar con manoletinas una faena de máxima entrega, Manolete se perfiló para entrar a matar en la suerte contraria, dando al toro la salida hacia tablas, y atacó con una despaciosidad impropia, recreándose en la ejecución, para hundir el acero lentamente en el morrillo de Islero, que al sentir el estoque derrotó metiendo el pitón derecho en la ingle derecha del torero, que aún no había abandonado la suerte, y al que instintivamente halló al buscar la querencia, volteándolo y arrollándolosin hacer por él en la arena, cuando huía a morir a terrenos de toriles.
Manolete entró a matar despacio en la suerte contraria.
Foto Francisco Cano. Cortesía de la Revista "Aplausos".
Ya no viven los protagonistas de la corrida, pero quedan sus testimonios en diferentes medios. Luis Miguel Dominguín, que siempre habló del torero de Córdoba con enorme respeto y admiración, receló sin embargo de sus conocimientos del toro: «... pero Manolete no conocía al toro y eso también lo mató. Por su jerarquía él tenía que conocer mucho más al toro, sus condiciones y dificultades». (Luis Miguel Dominguín, de Carlos Abella. Espasa Calpe 1995), y en varias ocasiones refirió su error técnico al elegir los terrenos en la última estocada. Sea lo que fuere, cómo sería de grandioso el torero de Córdoba, que setenta y tres años después de su muerte seguimos haciéndonos preguntas sobre la tarde de Linares. 
La suerte natural y la contraria. Dibujo de Enrique Moratalla
 Barba. Cuadernos Taurinos Diputación de Valencia, 1986
Parece lógico que habría sido más apropiado perfilarse en la suerte natural, para dar la salida al toro hacia su querencia. Pero si Manolete hubiera actuado así, arrancando con idéntica despaciosidad, se puede deducir que Islero no habría colisionado con él, pero el supuesto no garantiza que el torero, por la lentitud mostrada en la ejecución, hubiera salido de la suerte a tiempo de evitar el derrote del toro al sentir la espada. ¿Cuántas veces los diestros entran a matar en la suerte que aparentemente resulta menos indicada, no por desconocimiento de la técnica, sino porque en ese momento “ven clara la muerte”? Manolete, como antes y después tantos toreros, honró al toreo y recordó la tremenda verdad de la lidia al resolver "su" problema, no los que otros formularon después de arrastrado Islero cuestionando sus conocimientos. Las interrogantes son incógnitas por despejar, y aunque es preciso valorar con proporcionalidad las reglas del toreo, no es menos cierto que por muchas tauromaquias o “cartillas de torear” que se hayan escrito, la lidia de un toro nunca será una ciencia exacta. Los aficionados conocen bien lo que significa el célebre aforismo: «El hombre propone, Dios dispone y el toro descompone».
Islero huye, no hace por el torero y busca chiqueros para morir.
Foto Francisco Cano. Cortesía de la Revista "Aplausos".
Tanto los matadores de aquella época como los críticos que la contaron, incluidos los detractores del torero cordobés, coinciden en que Manolete fue un extraordinario matador de toros. Sin cuestionar su virtud, existe un testimonio de interés, escrito por José Alameda, posiblemente el mejor analista de la historia del toreo, que en el libro «Los heterodoxos del toreo» (Espasa Calpe 2002), plantea su íntima preocupación como aficionado por la forma de estoquear de Manolete en las temporadas de 1946 y 1947:
"Manolete llevaba hacia atrás el antebrazo, quedando la
mano pegada al cuerpo". José Alameda. Foto Espasa.
«Durante toda aquella temporada, en que lo vi muchas veces, como lo había visto en 1945-1946, sentí invariablemente cierta angustia de espectador en el momento en que Manolete reunía en la estocada. Siempre me pareció que «ahogaba» la suerte y que hacía un supremo esfuerzo de honradez para no salirse de la recta. Sin embargo, aunque casi imperceptiblemente, se salía y sus estocadas quedaban levemente tendenciosas —muy levemente, pero visiblemente para el ojo analítico.
Preocupado por este problema, reuní, después de muerto Manolete, algunas fotografías que pudieran ratificar o rectificar aquella impresión y en que aparecen, en contraste con el propio Manuel Rodríguez, matadores como Zurito, Freg, Villalta, Camino, Ostos, Cagancho, que, estos sí, me parecen, sino impecables, excelentes.
De las fotografías se deduce:
1. Los ejecutantes de mejor ley han metido la espada antes de que el toro llegue al punto que ocupa el torero.
2. Ello se logra, evidentemente, porque el diestro no retrae la muleta, sino que la lleva siempre delante, de modo que el toro, al hacer por ella, humilla a la distancia de poder meterle la espada con la debida anticipación.
(El movimiento de retracción del brazo izquierdo, lo que algunos llaman malamente «vaciar», es indicado en la suerte de recibir, suerte en que pasa el toro, no en la del volapié, o sus variantes, en que pasa el torero. Domingo Ortega tiene una frase muy gráfica al respecto: «La muleta, siempre delante; hay que dársela al toro para que "la muerda"».)
3. Manolete quebraba el brazo izquierdo y llevaba hacia atrás el antebrazo, de modo que muchas veces la mano quedaba pegada al cuerpo, a nivel del hígado o de la cintura; consecuentemente, el toro alargaba el cuello en proporción a ese movimiento y, en vez de humillar y entregarse antes de llegar al torero, le llegaba con la cabeza a media altura, a nivel de la ingle o cadera, habiéndole ganado un tiempo que «ahogaba» la suerte y la  hacia anginosa, constreñida.
Queda así expuesta la hipótesis, la sospecha, la congoja. Con todo el respeto que me ha merecido siempre la figura de Manolete, y sin más propósito que el de plantearle al lector aficionado un problema de apreciación técnica, para que lo considere y, si quiere y puede, lo resuelva por su cuenta. Como dice Ortega (don José), lo importante no es tanto resolver los problemas, cuanto plantearlos, que es por donde hay que empezar».
Majestuoso como un ciprés, Manolete se pasa muy cerca a Islero.
Foto Francisco Cano. Cortesía de la Revista "Aplausos".
Durante la angustiosa temporada de 1947, en la mente de Manolete se acumulaban problemas de toda índole: familiares, personales y profesionales. Demasiados para tener las ideas claras y enfrentarse a los toros. Era una temporada de hartazgo ante el calvario de circunstancias que no le dejaban ser feliz. Agobiado por todo y por todos, el torero se consideraba esclavo de una vida profesional que le impedía disfrutar de su juventud y de la fortuna ganada. A esas alturas de su carrera no le quedaba nada por demostrar, pero su espartana entrega en los ruedos pareció acentuarse la tarde de Linares, pues la faena a Islero fue de una exposición increíble, por su cercanía agobiante al toro a pesar de las dificultades que planteaba. 
La muleta chica y vertical, la mano bajísima, y muy cerca de Islero.
Foto Francisco Cano. Cortesía de la Revista "Aplausos".
Ahí está para dar fe en la historia el extraordinario reportaje gráfico de Francisco Cano, que vio la luz en el libro «Vida y tragedia de Manolete», de Filiberto Mira, editado por «Aplausos» en 1984, y que insertamos por gentileza de esta revista taurina, donde el fotógrafo de Alicante captó la pureza del concepto vertical de bragueta y zapatillas hundidas de Manolete, que majestuoso como un ciprés aguanta el encuentro, sin dejar apenas espacio entre él e Islero, para bajar la mano y someterlo con los espeluznantes derechazos que templan una pequeña muleta. Esa tarde Canito supo captar magistralmente la entrega hasta el final del diestro que enseñoreó el toreo. En Linares fue la última estocada, y la plaza enmudeció al presenciar el lento encuentro del torero con el miura. La cornada golpeó la tarde como un relámpago y cegó de inquietud a todo el orbe taurino. Llegaba la tormenta que se venía formando desde hacía tiempo, la que horas después provocaría la riada de protagonismos e infortunios médicos que terminarían por llevar a la tumba al irrepetible torero de Córdoba. Al amanecer, cuando los rayos del día iluminaban un inmenso mar de olivos, Islero había cargado con todas las culpas.