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lunes, 2 de febrero de 2026

LUPE SINO, PAREJA DE MANOLETE,Y SU FUGAZ REGRESO A MÉXICO

Manolete y Lupe, rumbo a México en 1946. Foto Lara

Por Leonardo Páez 

(Publicado en la sección de Opinión «¿La Fiesta en paz?» del Diario “La Jornada” de México, el 2 de julio de 2017).

 

     Con motivo del centenario del nacimiento de Manuel Rodríguez Sánchez Manolete –Córdoba, España, 4 de julio de 1917– volverán a correr ríos de tinta en torno al legendario diestro, cuya muerte, acaecida en Linares, provincia de Jaén, el 29 de agosto de 1947, no ha sido suficientemente aclarada al quedar en el aire demasiadas sospechas en torno a las verdaderas causas de su fallecimiento, más allá de la cornada que le diera Islero, de Miura, la tarde anterior.

Sin embargo, al utilizado, exaltado, descalificado y enamorado Manolo le habría gustado que se disiparan las dudas en torno a su amada Lupe Sino y su breve retorno a México, país donde la pareja, una vez casados, pensaba radicar la mitad del año. Pero las ambiciones de algunos, el ingenuo sentido de libertad del diestro y su inoportuno anuncio de que en octubre de ese año, una vez retirado de los ruedos, contraería matrimonio, pusieron sobre aviso a su apoderado, a sus amigos de confianza, a los cancerberos de las buenas costumbres, a los taurinos fundamentalistas y a todo el régimen de Franco, preocupado porque el torero que habían utilizado “para olvidar una guerra” se saltaba las trancas de la decencia y se dejaba ver con su amante por los países taurinos del orbe.

Antonia Bronchalo Lopesino, que en el medio artístico sería conocida como Lupe Sino, nació en Sayatón, pequeño pueblo de la provincia de Guadalajara, España, el 6 de marzo de 1917.

Fue la segunda de nueve hijos y a lo largo de su vida tendría que aguantar no sólo las embestidas que toda mujer bella y con personalidad aguanta, sino que además fue objeto de un extraño encarnizamiento de prejuicios, calumnias y rechazos varios de taurinos, funcionarios, periodistas, familiares del diestro y la clerigalla en turno, pues en la España franquista no era bien visto que el portaestandarte de las virtudes de todo un pueblo y figura internacional de los ruedos anduviera luciéndose con esa mujer que, para colmo, ya había estado casada por lo civil –en 1937 con Antonio Verardini, un militar del IV Ejército Republicano, unión que terminó al concluir la Guerra Civil–, no podía tener hijos y se le calificaba, entre otras lindezas, de caza fortunas.

Manuel Rodríguez, tan dueño de sí y de su determinación delante de los toros, poco o nada le importó el juicio condenatorio de que Lupe era objeto y, enamorado como estaba, no midió las consecuencias de desafiar a todo el sistema ideológico que desaprobaba tan escandalizante, para los buenos, relación, al grado de que mientras Manolete expiraba luego de que se le administró, por órdenes del doctor Luis Jiménez Guinea, médico de la plaza de Las Ventas, un plasma noruego en mal estado que días antes ya había cobrado centenares de víctimas en el puerto de Cádiz, tras la explosión de un polvorín, en el cuarto contiguo Lupe Sino rogaba infructuosamente verlo ante la negativa terminante de José Flores Camará, apoderado del torero, y de Álvaro Domecq y Díez, amigo de confianza y quien había traído el plasma.

Al doble duelo de Lupe Sino –haber perdido a su famosa pareja y quedarse sin nada, pues que le gustaran las joyas y las pieles no la convertía en cazafortunas, no obstante que Manolete, sobre todo en México, ofreció comprarle una casa en varias ocasiones–, se añadió una serie de denuestos, responsabilizándola indirectamente de la muerte del diestro y cerrándosele las puertas en el medio cinematográfico, donde entre 1942 y 1948 había intervenido en tres películas –La famosa Luz María, de Fernando MignoniEl testamento del virrey, de Ladislao Vajda, y El marqués de Salamanca, que dirigió Édgar Neville. Por ello, cuando su paisano, el director de cine radicado en México, Miguel Morayta, le ofreció un papel en La dama torera, Lupe no dudó en volver a México en 1949.

Hasta acá la perseguirían los inventos de una prensa amarillista e incondicional del régimen que ahora inventó que Lupe se había casado con un Manuel Rodríguez mexicano.

La realidad es que a sus 32 años Lupe Sino seguía siendo una bella y graciosa mujer con unos ojazos verdes y una sonrisa luminosa, de la que se enamoró a primera vista un simpático y próspero abogado, exitoso empresario del negocio inmobiliario, José Rodríguez Aguado El Chípiro, nada de Manuel, con quien se casó por el civil y la Iglesia en 1950. Sin embargo, no obstante la disposición de la pareja de apostar por una relación prolongada y la cálida acogida que tuvo Lupe de los familiares de El Chípiro Rodríguez, el matrimonio duró poco más de un año, en una lujosa residencia de la calle de Camelia, en la colonia Florida.

Una vez más el chismorreo y la maledicencia, ahora de periodistas de la Ciudad de México, acompañaron la decisión de la pareja, para incluso aventurar que Lupe se quedaría con tres casas que su esposo poseía en las Lomas de Chapultepec. De nuevo el sambenito de cazafortunas le fue colgado a Lupe, que sin casas a su nombre ni fortunas de que disponer, regresó a España en 1951, a su modesto piso del paseo Rosales, en Madrid, donde sola, rodeada de recuerdos y algunas fotografías, falleció el 13 de septiembre de 1959 a causa de un derrame cerebral, luego de 42 años de decir sí a la vida.

miércoles, 28 de agosto de 2024

«MANOLETE»: 77 AÑOS DE LINARES

Por Antonio Luis Aguilera

 

La señorial elegancia de «Manolete». Plaza de Lima (Perú)

A Linares llegó cansado de tener que soportar lo insoportable, deseando acabar cuanto antes su última temporada para ser dueño de su vida y administrarla cómo le viniera en gana. Anhelaba más que nunca ser una persona libre, dejar a un lado a «Manolete» y encontrarse con Manuel Rodríguez Sánchez. Dueño de su silencio, tenía decidido el comienzo de su nueva vida en Barcelona, donde el 18 de octubre de 1947 había previsto casarse con Antoñita Bronchalo Lopesino, la alcarreña que eligió, quiso y lo hizo feliz, con la que convivía desde 1943. Se lo hizo saber la noche antes al periodista Antonio Bellón, conduciendo su propio coche de Manzanares a Linares,  a quien aseguró que era la única persona que consideraba capaz de convencer a su madre para que acudiera a su boda, por el respeto que ella le tenía. Con la fecha y localidad elegidas, todo parece indicar que con la madre o sin ella, la decisión estaba tomada, a pesar de que los vientos en contra soplaban con dirección variable: desde la matriarca a algunos miembros de la cuadrilla; desde el apoderado al piadoso amigo que hasta el final procuraron que se replanteara una decisión que aseguraban no le convenía. Probablemente, pensando que había permanecido callado demasiado tiempo, hastiado de escuchar del entorno familiar y profesional tanta ofensa para su novia, debió considerar que había llegado el momento de poner punto final a todo episodio de odio, de formalizar su relación y crear un hogar, para ser felices viendo crecer a sus hijos y disfrutar de su fortuna, para hallar de una vez la tranquilidad y armonía que no había tenido en su vida.

Pero el destino había elegido a «Islero» para pasar a la historia como el verdugo del drama que entre tantos habían convertido su vida; para redimir con su cornada las culpas inconfesables de quienes desgastaron su ánimo profesional y personalmente, arrastrándolo, aunque no lo pretendieran, hasta el cadalso de la plaza de toros de un pueblo en feria. Todavía extraña, después de 77 años, como los intereses del poderoso empresario Balañá pudieron seducir a «Camará», el apoderado que controlaba hasta el menor detalle, que hizo aquella corrida de Miura en Linares, en el momento menos indicado de la carrera del espada cordobés, con Luis Miguel Dominguín en el cartel, el joven y provocativo torero que pisaba fuerte para ser el número uno desplazando a «Manolete». No hizo falta. También las casualidades del destino habían previsto que horas antes de verse las caras en el ruedo, al pasar el cordobés por la habitación del madrileño y ver la puerta abierta, pasara a saludarlo, para romper la tensión existente e intercambiar unas palabras. Le aseguró que estaba muy cansado, deseando de acabar la temporada para dejar los ruedos, y le hizo saber que cuando esto ocurriera sería él quien heredaría todos sus enemigos. La sentencia tuvo un exacto e inmediato cumplimiento.

Cada 28 de agosto, al recordar el aniversario de la última tarde del inmenso torero que nunca vimos y tanto admiramos, se repite en nuestra mente el mismo pensamiento: ¡Pobre «Manolete», qué desgraciado lo hicieron entre tantos...! 


Foto: Manolo Castilla

PLAZA DE LA LAGUNILLA

 

La luz de tus ojos, íntima,

se refleja en esa agua

que copia un rostro sereno,

mitad plata, mitad oro,

casi arrullo, casi envidia.

¡Qué olor de azahar la tarde!

¡Qué sensación tan tranquila

abanican las palmeras!

¡Y ese susurro del aire

y esa paz que se adivina!

¡Plaza de la Lagunilla!;

la sombra de Manolete,

a tu embrujo cobra vida;

Córdoba en ti se estremece,

y el cielo azul se adormece

en brazos de Santa Marina.

 

Rafael Carvajal Ramos

(Ráfagas de luz y sombras. 2001)



miércoles, 29 de mayo de 2024

LOS DONANTES DE SANGRE DE «MANOLETE»

Por Antonio Luis Aguilera

 

«Manolete» entrando a matar a «Islero». Foto Francisco Cano.
Cortesía de la revista «Aplausos»

Al conmemorarse este año el 200 aniversario de la fundación del Cuerpo Nacional de Policía, vamos a recordar un importante hecho donde fue protagonista uno de estos servidores públicos, que manifiesta el ejemplar altruismo y entrega de sus agentes a la ciudadanía. Ocurrió en Linares la tarde del 28 de agosto de 1947, antesala de la larga y agónica madrugada del inolvidable torero Manuel Rodríguez «Manolete», donde sabemos que no faltaron protagonistas que manejaron con mano de hierro la dramática situación, esa que luego contaron a su antojo, después de haber controlado el duelo con un desprecio y frialdad inhumanos, lo que no merecía el hombre que agonizaba desconociendo que en una habitación cercana a la suya habían escondido a «Lupe Sino», su pareja de hecho, la mujer que amaba, con la que convivía desde 1943, a la que no dejaron entrar para acompañarlo en sus últimas horas. Como hemos escrito otras ocasiones, el toro Islero pasaba por allí, y arrebatándole la vida cargó con muchas culpas inconfesables de lo que era una muerte anunciada.

Pero desde que Islero y «Manolete» se encontraron a muerte en la última suerte suprema del formidable estoqueador cordobés, hubo otros personajes menos conocidos y llenos de humanidad, que sin afán de protagonismo ni ánimo de pasar a la historia con ninguna etiqueta afectiva, en todo momento estuvieron dispuestos a colaborar en lo que fuera necesario para recuperar al torero, a quien al caer aquella tarde de corrida se le escapaba la vida por la tremenda hemorragia que le produjo la cornada del toro número 21, negro entrepelado y bragado de Miura. Fueron sus donantes de sangre.

Juan Sánchez Calle. Foto Cano

El primero fue Juan Sánchez Calle, cabo de la Policía, que conocía al matador de toros desde que juntos sirvieron como artilleros en el destacamento de El Carpio (Córdoba), y que antes del paseíllo se fotografió con el torero en la puerta de cuadrillas. Después vio la corrida desde el callejón y en tan privilegiado como cercano lugar pudo observar la cornada a pocos metros de donde el torero se perfiló para entrar a matar. Tras el percance acudió con el herido a la enfermería, donde los médicos pidieron inminentemente sangre al ver la hemorragia. Juan Sánchez se ofreció y fue elegido. Despojándose de la guerrera y remangándose la camisa, ocupó una silla junto a la mesa de operaciones para que los médicos practicaran,  de su brazo al del torero, la primera transfusión. 

Al llegar la noche, trasladado el herido al Hospital de los Marqueses de Linares, la severa debilidad obligaba a volver a operar y transfundir nuevamente. En esta ocasión, el segundo y último donante elegido fue el matador de toros de La Carolina (Jaén) Pablo Sabio González «Parrao», que a mediodía en el Hotel Cervantes había conversado con su compañero sobre la maravillosa experiencia vivida en México, el país cuya afición adoraba a «Manolete» tanto como el torero amaba a esa nación, a la que llevaba en el alma por el cariño y la admiración tan grande que su afición le hizo sentir. En principio «Parrao» pensaba que su sangre no sería útil, pero analizada por la farmacéutica de Linares y transfusora doña María Luisa López Jiménez, se comprobó que era del grupo universal, la idónea para auxiliar a su compañero. 

Así lo recordaba Pablo González en el libro «Vida y tragedia de Manolete», escrito por Filiberto Mira y publicado en 1984 por la revista «Aplausos»: 

Pablo González «Parrao» junto al cadáver de «Manolete».
Foto Francisco Cano. Cortesía de la revista «Aplausos»

—«Pasé al quirófano donde estaban operándole. Me sacaron los primeros 350 centímetros cúbicos de sangre, y vi perfectamente lo bien que reaccionó «Manolete» cuando se los pusieron. Serían las diez y pico de la noche, y lo seguían operando. Después hice otras dos donaciones. Fueron tres en total y todas en el hospital. 

Me pusieron en una habitación, junto a la de «Manolete». Me dieron ponche con yemas bebidas. Vendaron a Manolo y lo pusieron en una habitación; que como digo estaba junto a la que yo ocupaba.

Había pasado una hora después de esa primera transfusión; cuando me volvieron a sacar otros 350 c.c. de sangre. Yo vi cómo se la pusieron a «Manolete»; que conmigo no habló. Volví a darme cuenta que mi sangre le reanimaba.

Un par de horas después -ya de madrugada- por tercera vez me extrajeron 350 c.c. de sangre. Esta tercera no se la vi poner a «Manolete». Entré en su cuarto, y noté que quiso decirme algo, estaba muy débil. Me miró de una forma especial, como queriéndome dar las gracias». 

La farmacéutica doña María Luisa López Jiménez sujeta
el instrumento que sirvió para hacer las transfusiones.
Foto Francisco Cano. Cortesía de la revista «Aplausos»

En declaraciones para el libro citado, la farmacéutica doña María Luisa López Jiménez afirmaba: «Preparé tres transfusiones para «Manolete». Se le aplicaron un total de 1.750 c.c. entre sangre y compuestos. Toda la sangre que preparada por mí y se le puso a «Manolete» en el hospital fue universal y la donó «Parrao». Personalmente, fue al único que se la extraje. «Parrao» estuvo hecho un héroe. Ya que dijo que no le importaba quedarse sin sangre con tal de salvar la vida de «Manolete».

El desenlace de aquel drama resulta conocido por los aficionados. En la bochornosa madrugada de las postrimerías de agosto los doctores don Fernando Garrido Arboleda, don Julio Corzo López y don Manuel Tamames mostraron su disconformidad con el criterio mantenido por don Luis Jiménez Guinea, partidario de una nueva transfusión. Le argumentaron que en la operación hospitalaria al torero tuvieron que suspender la segunda transfusión por dolor en los riñones, lo que consideraban signo de rechazo. Pero el cirujano llegado expresamente desde Madrid la consideró idónea y ordenó una nueva transfusión al herido, que este volvió a rechazar momentos antes de su muerte. La polémica de la última transfusión continúa a pesar de los años transcurridos.

La última sonrisa de «Manolete» obligado a
saludar por el público de Linares tras el paseíllo
la tarde del 28-8-1947. Foto Francisco Cano.

Sin embargo, el propósito de estas líneas es recordar y homenajear el altruismo de los dos donantes de sangre que tuvo el torero cordobés Manuel Rodríguez Sánchez, cuyos nombres suelen ignorarse en muchos de los reportajes escritos y documentales grabados sobre la fatídica tarde-noche de Linares. Por eso queremos recordar a esos personajes tan humanos que fueron el cabo de la Policía Juan Sánchez Calle y el matador de toros Pablo S. González «Parrao», que generosamente, ofreciendo su propia sangre, hicieron todo lo que estuvo en sus manos por salvar la vida de «Manolete».

domingo, 18 de febrero de 2024

COINCIDENCIAS ENTRE DOS GENIOS DEL TOREO: «JOSELITO» Y «MANOLETE»

Por Antonio Luis Aguilera

José Gómez Ortega «Joselito»

Hace unos días, organizado por la Fundación del Toro de Lidia, se presentó en Córdoba el magnífico documental «Joselito el GalloEl torero sabio», una producción de Canal Sur Televisión y TVE1, que una vez estrenada desapareció de la carta de ambas cadenas y no puede ser visionada. Una pena. Y un despropósito más de estos medios, que con sus cómplices silencios condenan todo lo que tenga que ver con los toros y la historia de España, tan inseparables, en prevención de las descompuestas embestidas de los antitaurinos, que de esta manera seguirán medrando ante el silencio cobarde de la mediocre clase política que gobierna las televisiones públicas.

Este excelente documental, de momento secuestrado, nos hizo reflexionar sobre la vida del genio sevillano de Gelves y las coincidencias con otro rey del toreo, el cordobés Manuel Rodríguez «Manolete». 

Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete»

Los dos fueron hijos de toreros y quedaron huérfanos a corta edadJosé Gómez Ortega era hijo del matador de toros sevillano Fernando Gómez García «El Gallo», casado con la bailaora gaditana Gabriela Ortega Feria, que falleció el 2 de agosto de 1897, cuando su hijo menor, nacido el 8 de mayo de 1895, contaba dos años de edad. Del mismo modo, Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete», hijo del matador de toros de idéntico nombre, apellidos y apodo, casado con la albaceteña Angustias Sánchez Martínez, falleció en Córdoba en su domicilio de la calle Benito Pérez Galdós número 8 el día 4 de marzo de 1923, cuando su hijo, nacido el 4 de julio de 1917, tenía cinco años de edad. Conviene precisar que «Manolete» vivió en cuatro casas de Córdoba, aunque muchos aficionados solo conocen tres. Nació en el número 2A de la calle Conde de Torres Cabrera, de allí la familia se trasladó a la calle Benito Pérez Galdós número 8, y posteriormente, al fallecer su padre, a la Plaza de La Lagunilla, hasta que en 1942 el torero adquirió el palacete colonial de la Avenida de Cervantes.

 

Ambos vivieron una infancia con estrecheces económicas, las propias de las familias donde faltaba el soporte económico de un jefe abastecedor. Para los Gómez comenzaron a superarse cuando Rafael —el «Divino Calvo»—, hermano mayor de José tomó la alternativa como matador de toros y, definitivamente, cuando el benjamín de los «Gallo» ingresó en el escalafón superior para auparse vertiginosamente hasta lo más alto. Mientras, en el domicilio cordobés de la Plaza de la Lagunilla del barrio de Santa Marina, las dificultades desaparecieron cuando aquel muchacho flaco, de aspecto serio y triste, impuso en los ruedos el toreo que concebía desde su verticalidad de torre. 

 

«Joselito»

Tanto «Joselito» como «Manolete» fueron los amos del toreo de sus respectivas épocas y marcaron el rumbo de la Tauromaquia moderna, pues mientras que «Gallito» experimentó e incluyó en su modelo de faena habitual de muleta la ligazón en redondo de los pases naturales, concepto de toreo que habría de continuar y poner en valor con la singular belleza de su arte Manuel Jiménez «Chicuelo», que agrupando los pases en series crearía el modelo actual de faena ligada en redondo, para que años después «Manolete», que acortó las distancias con los toros para provocar las arrancadas, le otorgara continuidad al imponer el toreo ligado a la mayoría de los toros, hasta implantar definitivamente la línea de toreo gallista cuyo soporte histórico se sustenta en estos tres espadas citados. Cuidado con confundir el significado de concepto técnico con la expresión artística personal o acento de cada torero, que ahí es donde radica la confusión de los partidarios de Belmonte.

«Manolete»

A ninguno de los dos dejaron que fueran felices en sus relaciones sentimentales, pues mientras que «Joselito», enamorado de Guadalupe de Pablo Romero, tuvo que sufrir el rechazo del padre de esta y célebre ganadero, quien en los inicios del espada decía quererle como a un hijo, después, al ver que un gitano —Gabriela Ortega, la madre del torero lo era— pretendía casarse con su hija se opuso rotundamente al enlace. Según parece, finalmente y con la condición de que el espada dejara el toreo, estuvo dispuesto a consentir el enlace  que ya no llegaría porque un toro se cruzó en la toledana plaza de Talavera de la Reina. Por otra parte «Manolete», aunque en los difíciles años de censura franquista tuvo valor para ponerse el mundo por montera y vivir desde 1943 con su novia en Madrid, sufrió la irracional y cruel oposición de su madre, que nunca consintió que formalizara su noviazgo con la famosa actriz de cine Antonia Bronchalo Lopesino «Lupe Sino», boda que según confesó el torero al periodista de Diario «Pueblo» don Antonio Bellón, cuando en la madrugada del 28 de agosto de 1947 conducía su propio vehículo desde Manzanares a Linares, se iba a celebrar en Barcelona el 18 de octubre, con o sin el consentimiento de doña Angustias, sin imaginar que por la tarde un toro de Miura pondría el final a su vida en el coso de Santa Margarita de la localidad andaluza. «Bailaor» e «Islero», los toros de tan triste final, cargaron con las culpas inconfesables de quienes hicieron la vida imposible a estos toreros. 

Gregorio Corrochano, crítico taurino de ABC

«Joselito» y «Manolete» recibieron un trato despiadado de Gregorio Corrochano, crítico taurino del Diario ABC. La relación entre el crítico del periódico más influyente de España y el torero sevillano, que confesó haberle hecho muchos favores y se trataba de una persona insaciable, fue especialmente tensa desde que se llevó a cabo la construcción de la plaza de toros monumental en la capital hispalense. A «Joselito» le quitaba el sueño un acoso que consideraba cruel e injusto, mientras que desde su pedestal Gregorio Corrochano no tuvo el menor reparo en hacerle el mayor daño posible atacando por todos los frentes, incluidos los que trascendían de sus actuaciones en los ruedos, como insinuar la manipulación fraudulenta de los pitones de los toros en el cajón de curas del embarcadero ferroviario de «Los Merinales», o airear la tristeza de José por las dificultades que encontraba para formalizar su relación con Guadalupe de Pablo Romero.

Tratando de poner fin a tan áspera e insostenible relación, el matador de toros Ignacio Sánchez Mejías, cuñado de «Joselito», mediaría para propiciar el acercamiento y firmar un armisticio entre el crítico y el espada, encuentro que sería conocido como el «Pacto de la Estrecha», por haberse celebrado en el restaurante de este nombre ubicado en la calle Mayor de Madrid, donde en un almuerzo José llegó a tocar el punto débil del crítico, es decir, acceder a lo que le pedía en ese momento, que era actuar por 5.000 pesetas —la mitad de los honorarios que cobraba por corrida— en la fatídica tarde del 16 de mayo de 1920 en Talavera de la Reina, localidad natal del crítico, en el festejo organizado por la propia familia del cronista de ABC, donde finalmente  hallaría la muerte en las astas del burriciego  "Bailaor", de la ganadería de la Viuda de Ortega, que era doña María Josefa Corrochano, tía de don Gregorio, en la corrida que organizaba su hijo Venancio, propietario de la plaza.

«Manolete»

Del mismo modo, «Manolete» no recibió mejor trato de don Gregorio. Narraba Guillermo Sureda que a su regreso a España en 1947, temporada que por voluntad propia no comenzaría hasta el 22 de junio en Barcelona, Manuel Rodríguez acudió como espectador a la corrida de Miura de la feria de Sevilla. En la crítica firmada por Corrochano en ABC pudo leerse: «Gitanillo de Triana» brindó a «Manolete», que estaba en un tendido. Desde lejos no se veía bien si brindaba a un torero o a un banquero. Realmente no es solo el indumento el que favorece en este caso la confusión, contribuye también que cuesta trabajo creer que en la feria de Sevilla, y particularmente en la corrida de Miura, el que es en la actualidad el primer torero de España está viendo toros desde la barrera». 

Sigue el relato de Guillermo Sureda: «Pero, en esta misma corrida Pepe Luis le brinda un toro a Rafael el Gallo, y Corrochano dice: “Cuando se levantó Rafael el Gallo al brindarle Pepe Luis Vázquez, toda la plaza vio que se levantaba un torero… Pepe Luis le llamó maestro y el maestro se puso en pie. Pepe Luis le dijo que sentía que por su edad estuviera en el tendido, porque tenía la seguridad de que con diez años menos estaría Rafael el Gallo en el ruedo con ellos, sin conformarse con verlos torear”. Marcial Lalanda estaba en el callejón, zona intermedia entre el público y los toreros. Se advertía marejadilla taurina... ¿Se puede aplaudir igual al torero que está en el tendido porque no puede ya torear que al que está en el tendido por qué no quiere torear?».

«Joselito»

José Gómez Ortega y Manuel Rodríguez Sánchez —que había dado orden a su apoderado José Flores «Camará» para que no le firmara ninguna corrida en la plaza de Talavera de la Reina— fueron víctimas del toro y, curiosamente, ambos resultaron corneados mortalmente por el quinto de la tarde —para que digan que «no hay quinto malo»—. El destino quiso que fuera el orden de lidia que habría de corresponder en el sorteo a “Bailaor” e “Islero”. 

 

La última coincidencia y la breve pero magnífica reflexión final que relatamos vienen de la pluma del grandioso historiador «José Alameda»: «los dos cubrieron ocho temporadas cada uno. «Gallito», de 1912 a 1920; «Manolete», de 1939 a 1947. Meses más, meses menos, pues la temporada de la alternativa y la de la muerte son en ambos incompletas. Corto tiempo para tan honda huella».

 

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domingo, 27 de agosto de 2023

MANOLETE: «LO PRIMO QUE HE SIDO…»

Por Antonio Luis Aguilera

Manolete obligando con firmeza a "Islero". Foto Cano

Nos contaba el matador de toros Rafael Soria Molina «Lagartijo», que en la noche de Linares, cuando la muerte de su tío Manolo se presentía inevitable, este inclinó la cabeza hacía él y le dijo: «Sobrino: Esto no me pasa más que a mí por lo primo que he sido…». Enigmática frase en aquellas horas de dolor, angustia, nervios, rezos desesperados y división de criterios médicos, que puede encerrar varias lecturas; entre ellas, la que hace pensar que en su final Manolete fue consciente de lo que ocurría, lo que había ocurrido, y lo que, por lo que observaba a su alrededor, iba a ocurrir. 

Dicen que en los últimos momentos de la vida, ante la evidencia del final, las personas que son conscientes repasan su existencia en un instante. Cierto o no, la frase delataba la honda decepción de quien en su agonía se sintió un «primo», la víctima de un engaño o manejo interesado. ¿Qué pasaría por la memoria de Manolete…? ¿Recordaría en el trance que no quería torear en 1947, y contra su deseo Camará le firmó una exclusiva de cuarenta corridas con Balañá, entre las que figuraba la tarde de Miura en Linares? ¿Pensaría por qué no decidió negarse para seguir sin torear en España, como hizo en 1946 —que solo actuó en la Beneficencia de Madrid, gratis como era su costumbre en esa corrida—, cuando roto el convenio forzaron su regreso de México, para que los intrigantes y envidiosos de aquí lo acosaran culpándole de todos los problemas del toreo y le echaran encima al público? ¿Se preguntaría amargamente decepcionado qué había hecho mal para que no le dejaran vivir en paz profesional, social ni familiarmente…? 

Entrega absoluta hasta el final con "Islero". Foto Cano

El torero era un apasionado de la lectura de la historia de Roma y conocía bien el significado de la frase latina: «Alea iacta est»... Todo hace pensar que en el hospital de Linares fue consciente de su muerte: «¡Qué disgusto se va a llevar mi madre!», angustia que debió aumentar cuando preguntó al doctor Jiménez Guinea «si no le metía mano», y este le contestó que «todo estaba bien». Pero bien no había nada dentro ni fuera de aquella habitación. Camará y Domecq no le informaron que Antoñita, su mujer —¿o no lo era la actriz con la que convivía feliz desde 1943?—, avisada por Máximo Montes «Chimo», su mozo de espadas, que tenía órdenes expresas del torero, había llegado al hospital, pero no le permitieron el paso a la habitación. La realidad es que nunca habían aceptado aquella relación, y con la excusa de que el nerviosismo de Lupe no era bueno para el torero, que «se recuperaba de la segunda intervención y estaba tranquilo», la acomodaron en una habitación contigua asegurándole que si Manolo preguntaba por ella la llamarían. ¿Cómo iba a preguntar por Antoñita quien nunca supo en su agonía que la tenía tan cerca...? 

La pareja rumbo a México en 1946. Foto José María Lara

Las horas que faltaban para el amargo desenlace pasaron sin que Antoñita reaccionara ante el engaño forzando su entrada en la habitación del torero, donde tantos sobraban y ella faltaba, para que el moribundo recibiera el consuelo de la mujer que amaba, la actriz que había elegido como compañera de vida e iba a ser su esposa —quede claro lo de actriz de cine, pues Lupe Sino nunca fue una "chica Chicote" o mujer de alterne, como se propagó para hacer daño—. Que iba a ser la esposa del torero quedó suficientemente claro la noche anterior, cuando Manolete conducía de Manzanares a Linares, y pidió a don Antonio Bellón, que ocupaba el asiento delantero a su lado, un favor que consideraba que sólo él podía hacerle: convencer a su madre para que acudiera a su boda, prevista para el 18 de octubre en Barcelona. ¿Qué pensaría el crítico al ver pocas horas después cómo impedían la entrada en la habitación del herido a su mujer? ¿O acaso no lo era porque estuviera sin oficializar el papeleo matrimonial...? 

La presencia de Lupe, a la que el torero siempre llamó por su nombre de pila, no fue recibida con agrado después de que Manolo hubiera confesado sacramentalmente por sugerencia de Domecq. Según el rejoneador, «ya había puesto en "orden" sus asuntos y estaba en paz con Dios». El caballero priorizaba su piadosa confianza en el ritual del sacramento a la compasión y humanidad sobre las personas que en esos momentos necesitaba Antoñita, rota por el dolor y el desprecio aquella noche del 29 de agosto, donde ningún samaritano pasó por su lado para aliviar sus heridas, hasta que poco después de las cinco y siete minutos de la madrugada le dijeron fríamente que ya podía pasar a ver a Manolete

Pasar a ver el cadáver de un hombre joven, de treinta años, que humanamente destacó por su nobleza y bondad, y toreramente por su dignidad, honradez y entrega absoluta a la profesión. Pasar para llorar sin consuelo ante el cuerpo sin vida de Manolo en aquella habitación donde entre lágrimas, sollozos, desesperación y amargura, quedaron solapadas aquellas enigmáticas palabras: «Esto no me pasa más que a mí por lo primo que he sido…». Se cumple el 76 aniversario de la muerte de Manuel Rodríguez «Manolete», el arquitecto definitivo del toreo moderno, cuya majestuosa huella permanece imborrable en los ruedos cada tarde de corrida. 

miércoles, 1 de marzo de 2023

«YO MATÉ A MANOLETE»

Por Antonio Luis Aguilera


Con este llamativo título el cordobés Antonio Estévez Reyes presenta su segunda obra literaria. En esta ocasión se trata de la biografía novelada de la actriz Antonia Bronchalo Lopesino (1917-1959), conocida artísticamente como «Lupe Sino», que fue la novia del torero Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete» (1917-1947), desde 1943 hasta la infausta tarde de Linares, cuando una grave cornada y la infortunada actuación de un prestigioso cirujano, contraria a la opinión de sus compañeros médicos, acabaron con la vida del torero. La muerte de Manolo destrozaba los planes de boda con Antoñita, prevista para el mes de octubre, con o sin consentimiento de Angustias Sánchez, madre del diestro, que no quería ni oír nombrar a la novia de su hijo. 

Antonio Estévez presenta un documentado relato sobre la relación de aquella pareja de novios adelantados a su tiempo, a los que por envidia y por «pasarse de la raya», como se decía en la severa España de entonces, no dejaron vivir en paz, cayendo sobre ellos una sarta de calumnias, murmuraciones, críticas, acosos y desprecios personales y profesionales, que fueron minando el ánimo del torero. Cinco días antes de la tarde de Linares, «Manolete» acudió con su apoderado a la consulta del doctor don Gregorio Marañón en el hotel «María Cristina» de San Sebastián. Tras explorarlo, el prestigioso médico le comunicó que no estaba en condiciones de torear y debía cortar la temporada. Ante la negativa del torero, añadió: «Mañana mejor que pasado». Pero el diestro continuó la ruta para cumplir sus compromisos en las plazas de Toledo, Gijón, Santander y Linares, donde «Camará» le había firmado la de Miura. Allí saltó «Islero», el toro que cargaría con tanta culpa inconfesable.

Antoñita y Manolo. Foto Santos Yubero

El libro desmonta la sesgada historia «oficial» sobre la tormentosa relación del torero y su novia, a la que acusaron de su deterioro físico y anímico. Ella, «la serpiente» para algunos miembros de la cuadrilla, o «la puta de Madrid» para el matriarcado del espada, era el blanco perfecto para descargar tanto odio e imputarla, aunque fuera de forma indirecta, de haber matado a «Manolete». No está desorientado, pues, el título de esta biografía novelada. Lo que está claro es que una cosa fue lo que contaron y otra lo que ocurrió. Ahora, cuando parecía que después de tantos años no habría vuelta atrás en aquel discurso de los hechos, aparece este libro, fruto de una larga investigación en hemerotecas y archivos, conversaciones con familiares de Antoñita, recopilación de fotos y cintas magnetofónicas con testimonios de quienes convivieron con la pareja, que fueron grabados por José María Lara, amigo de ambos y autor del interesante libro «Manolete, yo me mando». Antonio Estévez indaga la vida de la protagonista antes, durante y después de la guerra civil para encajar las piezas del puzle, otorgando voz a quien no la tuvo, para que sea la propia «Lupe» quien rememore su vida en un extenso relato, que desde la primera de las cuatrocientas páginas del libro invita a conocer una versión distinta de los hechos, la de una hermosa mujer que fue víctima de todas las habladurías, descalificaciones e insultos por haber estado casada con un «rojo» antes de ser la novia de «Manolete», que no solo la eligió libremente conociendo su pasado, sino que jamás permitió que nadie le faltara el respeto.

Manolete y Antoñita cogidos tiernamente de la mano.
Fuentelaencina (Guadalajara), 1946. Foto José Lara

La novela concitará la atención de los manoletistas, pero también de los aficionados que no quedaron conformes con el relato difundido por algunos protagonistas de los hechos; aquellos que consumado el drama pretendieron beatificar al espada glorificándolo profesional, familiar y humanamente, proyectando el misticismo de una figura que parecía escapada de los cuadros del Greco. Los NO-DO propagaron al «Manolete» varón de virtudes, ejemplo de torero, hijo, hermano y buen cristiano. Puede que la imagen que idealizaron sirviera para tranquilizar algunas conciencias, pero cínicamente olvidaron que Manuel Rodríguez Sánchez fue mucho más que toda esa blandenguería de diseño. «Manolete» fue un hombre, en el sentido literal de la palabra, que como cualquier hombre amaba y sentía. Un hombre bueno, que no permitió nunca que nadie hablara mal de un torero delante suya, al que por ser bueno no dejaron en paz quienes se beneficiaron de su rango de máxima figura, a los que molestaba la presencia de la hermosa mujer que lo hizo feliz. Antoñita, viéndolas venir, en el verano de 1946 en Fuentelaencina (Guadalajara), alejado esa temporada de los ruedos, le advirtió que no lo dejarían en paz hasta que lo matara un toro. No iba descaminada, pues todo empezó a enrarecerse desde el regreso de la pareja de la exitosa campaña americana, cuando en la primavera de 1947 se desató un orquestado acoso de compañeros, críticos y público, que sumado a la falta de empatía con el apoderado y la incomprensión de su madre, fueron cubriendo el cielo de negros nubarrones en la última temporada, que toreó sin querer torear, cuando ya lo tenía todo conseguido, para cumplir la exclusiva firmada por «Camará». 

«Yo maté a Manolete», la biografía novelada de Antonia Bronchalo Lopesino escrita por Antonio Estévez, revela hechos, corrige falsedades, presenta a personajes desconocidos de la historia, profundiza en la relación de Antoñita y Manolo, y pone en valor las ilusiones e inquietudes de dos jóvenes que, por amarse sin estar casados, al no autorizarlo el matriarcado del chalet de la cordobesa avenida de Cervantes, condenaron a un sinvivir personal, social, profesional y familiar. Aguardando la llegada de octubre de 1947, para contraer nupcias con o sin autorización de la madre, el 7 de octubre de 1946, en el aeropuerto de Nueva York, «Manolete» colocó su capote de luces sobre el hombro de «Lupe», para que todo el mundo comprendiera el significado del gesto, mientras miraba con ternura a la mujer que quería.

Suplemento musical:

«Tu mirá». Por Lole y Manuel




martes, 10 de enero de 2023

«MANOLO CAMARÁ»

Por Antonio Luis Aguilera

Manolo Camará. Foto Marogo

Las rupturas de apoderamiento son un hecho habitual que se repite cada año al terminar la temporada, cuando llega el momento de hacer balance de cuentas y resultados. Nada nuevo en el toreo. Sin embargo, los aficionados recordamos con nostalgia aquella figura del apoderado independiente, que se ha ido perdiendo porque los modernos «multiusos taurinos» solo han preservado de ella el cobro de las comisiones por festejo contratado —ahora multiplicadas por algunos comisionistas que representan a varios comisionados—, mientras que con groseros borrones han difuminado las virtudes que debe reunir un buen apoderado, cuando este ejerce la profesión entregado por completo a los intereses del torero y su carrera. Por fortuna aún los hay, aunque sean los menos, para poder distinguir entre esa importante figura y la del simple «comisionista», que es el espécimen más habitual en el enmarañado mundillo de alianzas y familias taurinas.

Tuvimos la suerte de conocer a uno de los grandes apoderados: Manuel Flores Cubero, «Manolo Camará» en el mundo del toreo, último representante de una de las más importantes dinastías de representantes de toreros, al que en esta entrada queremos recordar. En la primavera de 2006, dos meses antes de que un infarto le arrebatara la vida cuando jugaba al golf, había acudido a su Córdoba natal para recibir el homenaje que la Tertulia Taurina “El Castoreño” del Círculo de la Amistad tributó a la memoria de su padre, el matador de toros cordobés y famoso apoderado José Flores González «Camará». El acto, por la extraordinaria asistencia y el respeto de los muchos aficionados congregados en la preciosa sede de la tertulia, que por los valiosos objetos que expone es conocida como la «Capilla Sixtina del Toreo», fue extensivo al propio Manolo y a su hermano Pepe, ya fallecido, dignísimos sucesores del inteligente taurino que dirigiendo la carrera de «Manolete» mandó de barreras hacia adentro como nadie antes lo había hecho, mientras que el torero que representaba se encargaba de hacerlo en el ruedo de barreras hacia afuera, para de esta forma mandar como lo hicieron en el toreo de su tiempo.

Después de Linares José Flores González «Camará», animado a retornar a la profesión por sus dos hijos varones, demostró su sagacidad para administrar y poner en valor la carrera de una larga nómina de figuras del toreo, labor que pronto halló continuidad y reconocimiento profesional en Pepe y Manolo, que al terminar sus estudios y dedicarse al apoderamiento consolidaron una marca: la «casa Camará», deseada por muchos toreros que anhelaban consolidar su posición en el toreo. También, además de apoderados, José y Manuel Flores Cubero fueron un tiempo ganaderos de toros bravos, y compaginaron su tarea de representantes de toreros con el mundo empresarial gestionando plazas de primera categoría como Valencia y Córdoba, esta última junto a su cuñado Antonio Pérez-Barquero Hererra.   

Manolo Camará con el autor de este texto. Foto Marogo

En varias ocasiones tuvimos el gusto de hablar de toros con Manolo Camará, a quien le agradaba entablar conversación sobre un mundo que conocía a la perfección, y siempre encontramos en él a una persona cordial, sencilla y poseedora de la señorial seriedad que distingue la personalidad cordobesa, con un sentido profesional que le hacía estar por encima de otros puntos de vista no compartidos, que aceptaba y respetaba. Entre sus cualidades personales recordamos como signo de hombría y rectitud el valor de su palabra. Manuel Flores fue un hombre cabal que se caracterizaba por esta virtud, tan recordada en su muerte por los profesionales del toreo. A modo de ejemplo evocamos una mañana del domingo de Ramos de 1992, antes del sorteo de la corrida que inauguraba la temporada cordobesa, cuando concertamos con Manolo una tertulia que trataría de la figura del apoderado en Onda Cero Radio. El día de la cita Manolo acudió puntualmente, a pesar de que su madre se hallaba en estado crítico, como se confirmó con su fallecimiento dos días más tarde en Sevilla, desde donde no dudó en acudir a Córdoba para cumplir lo acordado, demostrando en silencio que el valor de su palabra estaba por encima de las circunstancias personales que estaba viviendo, por duras que fueran. 

Hablar de toros con «Manolo Camará» era un placer como aficionado. La última vez que disfrutamos de su conversación fue tras la celebración del homenaje antes referido, en el precioso patio de columnas del Círculo de la Amistad de Córdoba. Le preguntamos qué pensaba sobre la película que se estaba rodando de «Manolete» y «Lupe Sino», y nos mostró su incertidumbre, le inquietaba la forma en que iba a ser tratada la figura del torero, pues hacía tiempo que había tenido noticias de ese guión, que definitivamente fue un fracaso en las pantallas. Nos desveló que cinco años antes había recibido en Sevilla la visita personal del gran actor Francisco Rabal, a quien no conocía personalmente, y fue este quien le informó sobre esta película, para la que le habían ofrecido el papel de apoderado de «Manolete», motivo por el que decidió desplazarse hasta la capital hispalense, para saber del hijo del protagonista cómo fue realmente esa relación. Tras el encuentro, el célebre actor, que había leído el guión de la película, le aseguró que después del recuerdo que de él tenían los aficionados por el entrañable personaje de «Juncal» de la inolvidable serie televisiva de Jaime de Armiñán, no representaría una historia que poco tenía que ver con la vida real del inolvidable torero.

José Flores «Camará» y «Manolete»

Nos decía «Manolo Camará» que su padre no instituyó la figura del apoderado, pero le otorgó personalidad propia, pues anteriormente los apoderados se limitaban a cumplir las órdenes de los toreros, y consideraba que la pareja «Manolete-Camará», que en la década de los años cuarenta revolucionó el toreo fue perfecta y no volvería a darse más, porque si en «Manolete» concurrían unas cualidades excepcionales para ser la máxima figura del toreo, en su padre confluían las virtudes profesionales que se complementaban y resolvían a la perfección todo lo que significaba «torear fuera de la plaza», entendiendo que aquella pareja fue ideal por la mutua confianza que existió entre ambos para desarrollar sus respectivas tareas.

Sobre la evolución del toreo hasta los años noventa, él que llegó a ver torear hasta Belmonte en su reaparición, consideraba que el espectáculo se había concentrado en el último tercio de la lidia. Añoraba que se habían perdido los quites, pero no porque los toreros no quisieran o no supieran practicarlos, sino porque no había nada qué quitar ante un toro que generalmente no podía con el caballo, ni originaba esas situaciones de auténtico riesgo que otrora obligaban a hacerlos. Recordaba la época que el toro pesaba menos, pero tenía mayor movilidad y entraba dos o tres veces al caballo, pues no se picaba de una vez en el primer encuentro, sino que el animal entraba varias veces a la cabalgadura y los matadores hacían el quite cuando lo consideraban oportuno. Aseguraba que en los años cuarenta y cincuenta no se daban a los toros más de veinte o treinta muletazos, y desde la década de los sesenta fue necesario seleccionar un toro que admitiera ochenta y hasta noventa pases, algo que el de antes no admitía.

Derribo del picador José Doblado. Foto Álvaro Pastor

Desde su perspectiva histórica «Manolo Camará» analizaba la evolución del modelo de faena, recordando aquella donde era necesario doblegar y poder porque el toro tenía más casta. También observaba importantes variaciones en el público, que había cambiado de gustos y exigía bastante menos a los toreros. Defendía que en los años cincuenta faenas de veinte pases buenos y hasta excepcionales, con un público dispuesto a premiarlas, se diluían como un azucarillo cuando la espada quedaba dos o tres dedos más baja de lo normal, asegurando que entonces no existía la menor opción para que aquella labor fuera premiada, mientras que por el contrario hoy se estaba matando «no en el rincón de Ordóñez, sino en el sótano del hotel», y sin embargo se cortaban las orejas con gran facilidad, sentenciando que si el público exigiera a los toreros matar en la cruz, porque de lo contrario lo que hubieran hecho no serviría para nada, ya se esmerarían ellos en matar por arriba como antes era habitual.

Sirva esta entrada para recordar a un brillante apoderado y gran aficionado Manuel Flores Cubero, último representante de una dinastía de apoderados cordobesa que por inteligencia, sagacidad y discreción fue requerida por una extensa nómina de primeras figuras del toreo para dirigir sus carreras.