Mostrando entradas con la etiqueta Manolo Vázquez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Manolo Vázquez. Mostrar todas las entradas

jueves, 12 de octubre de 2023

LA DESPEDIDA DE MANOLO VÁZQUEZ

Por Antonio Luis Aguilera


La tarde del 12 de octubre de 1983 encontramos un hueco en los tendidos de sol de la plaza de la Real Maestranza de Sevilla, que agotó el papel, para presenciar la despedida de los ruedos de Manolo Vázquez (celeste y oro), que mano a mano con «Antoñete» (lila y oro) lidiarían dos toros de las ganaderías de Carlos NúñezManolo González y Juan Pedro Domecq. La suerte estuvo del lado del toreo sevillano, que cortó cuatro orejas y salió a hombros por la puerta del Príncipe acompañado de  una multitud de aficionados.

Aquella fue por su grandeza torera una de las tardes imborrables en nuestra vida de aficionados. Años después, en una tertulia que dirigimos en Onda Cero Radio Córdoba, donde reunimos a los maestros del toreo Agustín Parra «Parrita», José María Martorell Manolo Vázquez, hablamos de esa tarde con el toreo sevillano, haciéndole saber el cariño con que recordábamos su despedida, la corrida donde el maestro se sintió y expresó un toreo pletórico de arte, garbo, gracia, pureza... Parecía mentira que cuando tenía asegurada la salida a hombros por la Puerta del Príncipe, pues había cortado tres orejas a sus dos primeros toros, en el quinto, el último de su carrera, un animal sin estilo y con evidentes dificultades, se la jugó y dio la sensación de que no le importaba cambiar la puerta que se asoma al Guadalquivir por la del cuarto del hule. 

Agustín Parra "Parrita", Manolo Vázquez y José María
Martorell con el autor de este artículo. Foto Marogo.

Esto fue lo que recordaba Manolo Vázquez:

«Ese día fue para mi muy importante. En realidad quería ratificar lo que ya Sevilla me había dado. El hecho de mi reaparición en el año 1981 era por lograrlo en Sevilla, cuando gracias a Dios tenía todo resuelto y había dejado en el toreo la huella de lo que más o menos había sido. 

Sevilla es muy especial, mucha gente puede pensar que con sus toreros es… Pero no lo es con todos sus toreros, sino con ciertos toreros. La afición de Sevilla se entrega con ciertos toreros, pero después ha habido toreros muy importantes a los que no se lo han reconocido.
Yo quería ratificar en Sevilla, y reaparecí con una edad que daba la sensación… Pero gracias a Dios lo logré. Ese día veía a la gente que estaba a cien por hora, allí todo el mundo estaba pensando en ir a la despedida de Manolo Vázquez como quien va a una fiesta. La corrida estaba anunciada mano a mano con «Antoñete», iban a salir tres toros y a ver cómo salían. Hombre, puse de mi parte todo lo que podía dar, pero aquello había que solucionarlo. Gracias a Dios la cosa se cuajó.

Tuve esa inmensa satisfacción, que Agustín y José María desgraciadamente no han podido lograr, lo logré con cincuenta y tres años de edad. Lograr salir por la Puerta del Príncipe a esa edad… No dejo de dar gracias a Dios y a esta profesión del toreo que es tan bonita.

Aquella noche, sentí por encima de todo la inmensa satisfacción de haber logrado lo que me propuse en esa reaparición, aunque anteriormente lo había logrado en el primer año y estuve a punto en el segundo de haber salido también. Lograrlo en esa última corrida creo que no se puede pedir más…

Cuando un torero, un profesional, dice voy preparar mi despedida en Sevilla, y que todo salga así… Porque todo se puede organizar, se puede preparar; pero, amigo mío, en el toreo hay un elemento con el que nunca se puede contar: el toro. Más grande, más chico, como sea, pero el toro después sale y se comporta como se tiene que comportar, nadie sabe cómo va a salir. Recuerdo perfectamente que aquel día, de los tres toros que maté, uno fue un gran toro, el de nuestro amigo Manolo González. Fue un gran toro en el último tercio, no en el primero, pues ahí empezó… Pero se vino arriba y fue un gran toro. Después, los otros dos tuvieron muchas dificultades. Y en el último, como ha comentado Antonio, cuando había cortado una oreja al primero y dos al segundo, no me importaba que me hubieran cogido y partido los muslos».   

Cuarenta años después, como homenaje al inolvidable maestro, hemos querido que sean sus propias palabras las que nos hablen de aquella gran tarde de toros.   

martes, 21 de febrero de 2023

UNOS REGRESAN, OTROS VUELVEN

Por Antonio Luis Aguilera               

Oliva Soto, que cortó una oreja la pasada feria de abril, se queda
fuera este año por rechazar lo que le ofrecían: un puesto en la
corrida de seis toros para seis toreros sevillanos. Foto Arjona

A la afición no suele agradar el regreso de los toreros retirados. Sobre todo, de los que nadie echó de menos en su ausencia, que es lo general —José Tomás es punto y aparte—, y de forma especial si a las despedidas solo le faltaron los mariachis, o lo que es igual: si se anunciaron a bombo y platillo y tuvieron finales llorones. Salvo puntuales regresos que están en el recuerdo de los aficionados, como aquellos de los años ochenta de AntoñeteManolo Vázquez José Luis Parada, la mayoría de los diestros, al volver a plazas donde su presencia era recibida con agrado, observan como esa afición los saluda con una frialdad alpina, como interpelándoles: ¿Y tú a qué vuelves?

Las madrugadoras combinaciones de Madrid y Sevilla incluyen en sus carteles regresos de toreros que se marcharon como vulgarmente se dice “hace un cuarto de hora”. Sin embargo, a pesar de la dura competencia para figurar anunciados, no han tenido problemas para ser incluidos por una poderosa razón: la influencia en el clan familiar del toreo de sus comisionistas, que cuelan como imprescindibles a diestros que nadie ha llamado, porque a los que pagan la entrada, en otro tiempo “el respetable”, hace tiempo que se les perdió el respeto y no se les pide opinión antes de anunciar tan gélidos como desangelados retornos.

Al “respetable” solo le asiste el derecho a expresar su cabreo en peñas y tertulias, lugares que habitualmente no pisan los que hacen los carteles en los despachos taurinos, para no escuchar a los que despotrican de sus planificaciones, ni aguantar críticas sobre los abusos del sistema o las ausencias de toreros con más méritos para estar, cuyos representantes no comen en la mesa de los comisionistas que controlan el toreo. Así que poco importa si la afición quiere ver en los carteles a los triunfadores del pasado año, toreros emergentes con posibilidades, que necesitan madurar pero que son una seria apuesta para otorgar un imprescindible relevo al escalafón de matadores, bien cargado de espadas con demasiados años de alternativa, que por su rutinario hacer parecen tener todo dicho en el toreo.

Ángel Téllez, triunfador en Madrid, fuera de Sevilla. Foto Arjona

En Madrid se organizó una gala de presentación de los carteles, que sustituyó a las antiguas ruedas de prensa, evitando así a periodistas independientes, que son los menos pero molestan como "moscas cojoneras", porque no enjabonan ni dan masajes añadiendo unas gotitas de colonia. Quedaron, pues, fuera del guion de la noche, las preguntas molestas, para que los políticos y la gente guapa disfrutaran del éxito de la ceremonia, sin que a nadie se le atragantaran los canapés. En Sevilla, sin canapés, de forma austera, más de lo mismo. El circunspecto empresario se ufanó en presentar “la feria con mayúsculas”. Solo faltó el incensario humeante perfumando el regio salón maestrante. Tampoco hubo ninguna explicación del por qué se repiten más que un sofrito malo espadas caducados y amortizados, ni los méritos para estar dos tardes en el abono de quienes regresan sin ser llamados, y nada menos que tres los que, sin haberse retirado, por lo que fueron hace temporadas, vuelven como las golondrinas al estar representados por comisionistas de la gran familia.

Así las cosas, entre los que regresan y los que vuelven sin haberse ido, en Madrid y en Sevilla, como le gustaba decir a mi abuela: “ni son todos los que están, ni están todos los que son”. Y entre algunos buenos carteles, por aquello de “vamos a llevarnos bien”, la programación de ambas plazas empacha con tanto torero de tono gris, sin mayor mérito que estar impuesto por los comisionistas de las familias del toreo. Las declaraciones que afirman que “la de este año es la feria con mayúsculas”, cobrarían sentido si no existiera el intercambio de cromos en perjuicio de toreros que se han ganado el puesto en el ruedo. Las galas nocturnas y los placenteros soliloquios de los empresarios de ambas plazas no pueden ocultar las miserias que tanto daño están haciendo al toreo.

martes, 17 de enero de 2023

CONCHITA CINTRÓN

Por Francisco Bravo Antibón 

Conchita Cintrón

Tengo la duda de si esta pequeña entrevista se publicó en la revista «El Califa», en la que ya escribía desde muy joven, o no llego a publicarse, porque en mi particular archivo no guardo constancia de ello. De todas formas me apetece volver a recordar a la «Diosa Rubia» desempolvando la reducida entrevista epistolar, datada en el mes de julio de 1961.

Sus respuestas fueron consecuencia de mis juveniles preguntas, a las que contestó con la sabiduría de la más completa torera de todos los tiempos, sin olvidar a otras lidiadoras de campanillas, como por ejemplo Juanita Cruz y Cristina Sánchez, pero hoy nos ocupa el recuerdo a una grande de la historia taurina.

«La Diosa Rubia»

Concepción Cintrón Verrill, nació el 9 de septiembre de 1922 en Antofagasta (Chile), pero desde los dos meses vivió en Perú, ya que su padre, que era de Puerto Rico, fue destinado a Lima (Perú), país del que siempre la rejoneadora se ha considerado natural.

El primer obsequio importante que recibió, fue cuando contaba siete años, porque sus progenitores le regalaron una yegua, germen sin duda de su futura afición profesional por los caballos.

Desde muy joven asistió a la escuela de equitación, donde conoció a su maestro: Ruy da Cámara.

Dos figuras despertaron en Conchita la afición por la Tauromaquia, Diego Mazquiarán «Fortuna» y el mencionado rejoneador Ruy da Cámara. Ellos modelaron en lo taurino, la mujer que después triunfaría en tantísimos ruedos.

Se despertó pronto al mundo de las actuaciones en público y con tan solo 14 años debutó en el coso limeño de Acho. Dos años después (31 de julio de 1938), se presentó como novillera en Tarma (Perú). Más tarde actuó en la plaza de «El Toreo» de México obteniendo un éxito total.

Conchita lidiando

SE CONSOLIDA EN EL MUNDO TAURINO

Según las estadísticas, desde 1939 a la temporada de 1943, sumo 211 corridas, entre la capital y los estados. Estoqueando 401 ejemplares alternando con las máximas figuras mexicanas, y logrando un resultado muy halagüeño. Como suma a su importante carrera americana, toreó ante la gran expectación que despertaba su toreo, en las plazas de Bogotá, Medellín, Quito y Caracas. Y también lo hizo muy cerca de nosotros, en Lisboa.

En España quiso cumplir la ilusión de torear a pie, en una época donde estaba prohibido hacerlo a las mujeres. Lo logró solo en algún festival y en el campo, donde reproducía en silencio todo su saber taurino tanto con el capote como con la muleta.

En España hizo el paseíllo 38 tardes, solo a caballo, pues no logró disfrutar de un especial permiso para el toreo de a pie. Se presentó en la Monumental madrileña como rejoneadora el 13 de mayo de 1945.

Se retiró el 18 de octubre de 1950 en Jaén, toreando por fin a pie, junto a sus compañeros Antonio Ordóñez y Manolo Vázquez.

Alternativa de María Sara

Volvió a reaparecer en Nimes (21 de septiembre de 1991) pero solo para otorgar la alternativa a la rejoneadora francesa María Sara (Marie  Bourseiller).

De la mencionada entrevista epistolar, entresacamos de sus contestaciones lo siguiente:

AÑO 1961

«El toreo actual, a caballo, evoluciona en el sentido de la comodidad del jinete, pues se castigan de sobremanera a los toros, con rejoneo de lanza, antes de banderillearlos».

Manuscrito de Conchita

«Lo verdadero es indispensable en todo. Sin verdad todo es superfluo y todo pierde interés. Momentáneamente el adorno, por ejemplo, entusiasma, pero terminada la corrida no perduran en el recuerdo, nada más que los instantes de verdadera emoción, y la emoción en el toreo (o en el rejoneo es igual) proviene, se quiera o no, del peligro burlado con el arte».

FALLECIMIENTO

Concepción Cintrón Verrill «Conchita Cintrón», falleció a los 87 años, en su domicilio de Altabireche, en la ciudad de Lisboa, el 17 de febrero de 2009. Fue una mujer torera digna de figurar en las páginas brillantes de la historia de la Tauromaquia.       


      

martes, 1 de noviembre de 2022

CONCHITA CINTRÓN, «LA DIOSA RUBIA DEL TOREO»

Por Alejandro A. Arredondo M.

Conchita Cintrón

“Sí; yo sé de toros. Los he visto embestir. Los he matado. Y los he visto matar hombres, y los he sentido mientras daban muerte al caballo que montaba. Sí; yo sé de toros. Y de públicos…”.     Fragmento del texto Sol y Sombra escrito por Conchita desde Lisboa en 1971.

El poeta español Gerardo Diego en unos versos del Madrigal dedicado a Conchita la retrata:

Tú sola, tú jinete, tú peona,

tú Conchita Excepción, tú iluminada

Juana de Arco a las voces de tu zona,

juraste la bandera desbocada

y abrazaste los votos del monjío

y el duro cuero, el hábito bravío.

En estos dos fragmentos escritos uno por ella y el otro por el poeta se atisba la personalidad de una mujer irrepetible, fuera de serie. 

No pretendo relatar una biografía fría y escueta de una mujer, sino que la intención es recordar a una mujer de carácter, figura del toreo, precursora del toreo a caballo y a pie, culta y sensible que supo sortear una y mil vicisitudes para conseguir su objetivo, siempre haciéndose respetar, siempre con dignidad y categoría, una mujer de una sola pieza. La recordaremos en esta semblanza con algunos pasajes que retratan su personalidad.

Su paso por el mundo, por el planeta de los toros fue un recorrido que inició desde su niñez; era hija de un militar portorriqueño (Puerto Rico estado libre asociado de USA) en retiro Francisco Cintrón Ramos y madre norteamericana Loyola Hyatt MaCarthy, nació el 9 de agosto de 1922 en Antofagasta, Chile; al poco tiempo, por el trabajo del padre en una compañía comercial norteamericana se trasladaron a Perú, la que Conchita consideró su patria. Cerca de su casa, en un barrio residencial de Lima había una escuela de equitación, por curiosidad pidió a su padre que la inscribiera en ella. Inició las clases con un maestro de origen aristocrático y rejoneador de profesión, el portugués Ruy de Cámara, bajo su influencia conoció y profundizó en el arte de Marialva y se prendió apasionadamente de dicha actividad, actividad en que su maestro como su sombra siempre la acompañó, a lo largo de su carrera de quince años en los ruedos, cuidando de ella y de sus caballos, educándola y dándole una formación integral, en rectitud en todos los aspectos de la vida. Relata Conchita en uno de sus libros, que muchos años después estuvo junto a su maestro en el lecho de muerte, y que este le murmuró con voz apenas audible: “es desagradable dar este salto a lo desconocido”, y sonriendo, previo a exhalar su último aliento, levantó la mano en el clásico gesto de un matador de toros y así se fue con ejemplar entereza, refiere Conchita.

La elegante monta de Conchita encabezando un paseíllo

Llegó a México en 1939, invitada y protegida por el matador Chucho Solórzano Dávalos, también amparada por los ganaderos de La Punta, los señores Pepe y Paco Madrazo. Toreó a caballo y a pie con pleno dominio y éxito; además aprendió y practicó las suertes de la charrería. Toreó por toda la República Mexicana, siempre en los mejores carteles y con las principales figuras de la época; aquí en Monterrey y en la región tuvo actuaciones formidables. Actuando en Guadalajara recibió su bautismo de sangre mexicano; en cinco años que permaneció en el país participó en 230 corridas; como ya decía gustaba de bajarse del caballo y echar pie a tierra, lo que realmente era su pasión, para eso se preparó. Después de tomar la alternativa como rejoneadora en la plaza de Acho el 28 de julio de 1938, ese mismo año se presentó como novillera con tan solo 15 años. El año 1936 torea por primera vez en Portugal en la plaza de Algez y en 1937 debutó en Lisboa. Se presenta en Madrid como rejoneadora el 13 de mayo de 1945.  En España en esa época a las mujeres no se les permitía torear a pie, y sin embargo, el día de su despedida, en una corrida formal en Jaén el 18 de octubre de 1950, alternando con Antonio Ordóñez y Manolo Vázquez, se bajó del caballo y se fue a los medios haciendo su faena con toda tranquilidad y sin temor a represalias del régimen franquista. Su gran referente taurino, aparte de Ruy de Cámara, fue el torero vasco Diego Mazquiarán “Fortuna”, que le compartió muchos secretos del toreo. En su vida dentro de los ruedos toreó 750 corridas y recibió tres cornadas graves; actuó de México a España, en su patria adoptiva el Perú, en Portugal, Francia, Colombia, Ecuador, y muchas plazas del mundo taurino disfrutaron de su tauromaquia.

«La diosa rubia del toreo» en la plaza de Madrid

El crítico español Gregorio Corrochano dijo de ella: “El día que este torero se baje del caballo, se tendrán que subir al caballo muchos toreros”.

Tuve el honor de conocerla personalmente a principios de los años noventa en el Centro Taurino Potosino, en el tradicional Encuentro de Peñas, ya mayor y seguía manteniendo una personalidad impresionante. Su clase, su elegancia, sencillez y categoría se acentuaron con los años.

Escritora prolífica, culta, poeta, columnista en diversos periódicos nacionales entre otros El Porvenir en Monterrey y revistas como El Redondel, manejando la pluma con maestría y sapiencia, al igual que manejó sus caballos y el quehacer taurino en el ruedo, analizando siempre con objetividad y verdad los festejos que presenciaba, aplicando la capacidad y conocimiento que la caracterizaban. Escribió dos libros para editorial Diana, el primero en 1977 “Porqué vuelven los Toreros”, antología de crónicas como lo define la autora, y “Aprendiendo a Vivir” en 1979, más que una biografía es la historia de vida de una mujer triunfadora y figura del toreo, dos libros imperdibles que tanto los taurinos y los no taurinos deberían de leer. En los últimos años de vida desarrolló su veta creativa en la pintura llegando a exponer su obra.

El maestro Ángel Luís Bienvenida dijo de ella: “…ella ve, como pocos hombres lo que desarrolla el toro en la plaza, la actitud de los toreros, lo puro, lo auténtico; con una maestría, capaz de dar lecciones, a los grandes maestros del toreo. Mujer entendidísima, con personalidad arrolladora, inteligente, guapa, rebosante de señorío, con empaque único, que fue depositando en el mundo taurino la flor de su refinada elegancia”.

Al inicio de este texto, ella dice: “… yo sé de toros, porque los he visto matar hombres…”. Estuvo presente en una barrera de la plaza El Toreo aquél diciembre de 1940 cuando “Cobijero”, toro de Piedras Negras, hirió de muerte a Alberto Balderas, y tres días después debía alternar con él en Aguascalientes; en su crónica describe con exactitud esos duros momentos de la cornada mortal. Siete años después, el 15 de septiembre de 1947, en Villaviciosa en Portugal, una tarde donde alternaban ella y otro torero a caballo y dos más a pie, uno de ellos José González “Carnicerito”, su compañero de muchas tardes en los ruedos con ganado de Joaquín Esteban de Oliveira. El séptimo de la tarde “Sombrereiro” le infirió una cornada mortal en el muslo derecho destrozándole la femoral; Conchita le aplicó un torniquete en el ruedo y permaneció a su lado aún con el traje corto durante y después de la operación; cuando despertó el torero, ella le detenía la mano, hasta que expiró a las 8.30 de la mañana del día 16. Conchita avisó del deceso a la viuda del torero que vivía en Barcelona y corrió con todos los gastos del entierro provisional en la localidad lusitana.

La rejoneadora rompe plaza  

Célebre fue su encuentro con el General Maximino Ávila Camacho, Secretario de Comunicaciones del gobierno federal y hermano del presidente Manuel. Maximino era empresario, ganadero, dueño de vidas, mujeres y haciendas de aquél México todavía un tanto bronco, que apenas se asomaba a la modernidad; Conchita era una mujer muy bella, joven, alta, rubia, de ojos claros que llamaba la atención, y más por la actividad que desempeñaba. El general nunca se cansó de hacerle regalos. Caballos muy finos, una silla de montar, que nunca llegó a su destino porque el artesano era borracho y se gastaba el dinero en alcohol, por lo que cuando el general se enteró el pobre hombre fue a dar a la cárcel, donde acostumbraba terminar los encargos; además le otorgó prebendas, -beneficios o ventajas-, para que pudiera circular por las carreteras de México cualquier día de la semana, y que a su vehículo no le faltara la gasolina que en ese tiempo estaba racionada; también la nombró policía secreta del estado con su clásica charola (credencial). Tenía derecho de picaporte en las oficinas de la Secretaría, con solo mencionar la palabra “rejoneador” las puertas del despacho se abrían de par en par, cuando por algún motivo se presentaba en dicho lugar, citada o no. Nunca sola, siempre acompañada por su inseparable maestro Ruy de Cámara y la esposa de este. Una vez en el despacho, la orden del general a los subordinados era: “cierren las puertas, no estoy para nadie, estoy en Consejo de Ministros y empezaban a charlar de caballos”. Lo más seguro que Maximino con todas estas atenciones persiguiera otros fines, pero la rectitud e integridad de Conchita y su maestro nunca permitieron que se sobrepasara o insinuara alguna actitud insana; digamos que supieron aprovechar la oportunidad que se les presentó. Así lo cuenta ella en su libro.

Conchita toreando a caballo en la Real Maestranza de Sevilla

Una anécdota que habla de su responsabilidad y un tanto de sus “locuras”, como dijo su peón de brega y relatada por ella para un periódico, refiere más o menos lo siguiente:

Una ocasión viajando vía aérea desde Mérida a Villahermosa para actuar en un festejo en ese lugar, se enteró que no podían llegar desde México D.F. el resto de la torería ni sus caballos, por motivos de lluvias torrenciales que hacían imposible el paso hacia Tabasco; sus únicos acompañantes eran su maestro Ruy y su peón de confianza Fernando López, y al ver que no llegarían los demás actuantes, le comentó a Fernando que sería bueno que  ellos dos lidiaran a pie los cuatro toros, dos cada uno, haciendo uno de peón del otro, esto con el fin de que no se suspendiera el festejo, a lo que Fernando le comentó molesto: ¡son locuras! Ruy de Cámara apoyó a su alumna. Estando en la plaza viendo el ganado en los corrales; los toros no eran tales, sino ganado de media casta por decir algo; en presencia del hermano del gobernador del estado y el empresario de la corrida Conchita les dijo: -no se preocupen Fernando y yo, matamos dos toros cada uno, por lo que tanto el empresario y el hermano del ejecutivo estallaron de alegría; por la premura del tiempo para la celebración de la misma, el hermano del gobernador exclamó -haremos el festejo nocturno, el empresario contestó -señor, pero no tenemos alumbrado, ¡pongan focos! y los colocarían sobre el anillo; muy bien dice el empresario, pero no hay energía suficiente, si encendemos los focos el pueblo se queda sin alumbrado, -no me importa, por mis pistolas dejamos al pueblo sin luz y al que se oponga lo fusilo. El festejo se dio salvando una y mil vicisitudes, al batallar constantemente con un ganado que no se dejaba torear y rehuía dar pelea, y que cada vez que remataba en tablas queriendo huir se iniciaba un momento de apagón que hacía más difícil el intentar torear; apenas y lograron acabar con la vida de tres de los astados, ya que el último fue totalmente imposible dar cuenta de él, todo ante el enfado de Fernando López, un tanto cabizbajos regresaron al hotel; pasaje que recuerda la torera con nostalgia y sonrisas.

Belmonte y Conchita 

La culta rejoneadora, acuñó por decirlo de algún modo el término: Arquitectear y así lo refiere en uno de sus textos Arquitectura y Toros escrito en Lisboa en 1973; enseguida transcribo un fragmento publicado en el libro “¿Porque vuelven los toreros?”, partiendo de la premisa de que la arquitectura es el resumen de todas las artes: “Torear es arquitectear. El toreo puede ser romántico como el de Sánchez Mejías, sólidamente edificado sobre el valor; o gótico como el de Manolete tan esbelto y espiritual… un torero de luz ensombrecida por una mirada de penumbra; una luz semejante a las catedrales iluminadas por vidrieras. Y hay un toreo griego como el de Gaona, un toreo que banderilleando se desprende en vuelos inconcebibles, dignas de la Victoria de Samotracia. Y existe un toreo barroco, el triunfo de la línea curva y la exuberancia del adorno en la interpretación de Belmonte. Y nadie niega el toreo moderno, simple y funcional, que nos presenta “El Cordobés”. Todo esto es el toreo. Pero es mucho más aún: es Arquitectear, con la muerte, una forma de vivir…”.

Gran escritora, en un fragmento de una crónica suya, correspondiente a una corrida celebrada en Guadalajara, México, y publicada en la revista El Redondel en febrero de 1989, describe con sensibilidad y acento poético los sucesos en el ruedo y “celebra al mismo tiempo lo orgullosa que se siente el haber formado parte algún día de quienes saben pisar el ruedo ante un encierro encastado”: “…Era ganado fuerte, duro para los caballos, de buena estampa, astifino, entretenido. Y ese encierro obtuvo el milagro, en Guadalajara, de un respetuoso silencio en los tendidos… En el ruedo estaba Alejandro Silveti, deseando “romper” con calor primaveral. Se topó con Jorge Gutiérrez, verano del acontecimiento, quién trae lo suyo y cosechó los frutos del momento. Enseguida estaba Manolo Martínez –el ganadero- el de los momentos augustos del sereno otoño capaz de apagar, con su drama, a las más desbordantes primaveras… capaz de hincarse, como jamás lo ha hecho, en un lance afarolado que iluminó, aún más, la tarde esplendorosa, en que caían sombreros al paso –cada paso- de los toreros…”  ¿Acaso se puede escribir mejor de toros, y describir en unas cuantas líneas lo ocurrido en una tarde de toros? Conchita Cintrón sabía de toros. 

Conchita pie a tierra en la plaza de Oropesa-Toledo

Contrajo matrimonio con el portugués Francisco de Castelo Blanco, sobrino de su maestro Ruy de Cámara con quién tuvo seis hijos, vivió en Lisboa, donde se dedicó un tiempo a la crianza de caballos; regresó a México, vivió en Guadalajara, donde perdió uno de sus hijos en un accidente, y de nuevo volvió a Lisboa donde falleció el 17 de febrero de 2009. 

Decía que ella fue precursora del toreo a caballo y a pie, que se abrió paso en un mundo dominado por los hombres, por lo mismo también fue precursora del feminismo en una época que resulta difícil imaginar el término, una época que muchas actividades estaban vedadas para la mujer, resultaría ocioso enumerarlas. Baste decir que fue una mujer adelantada a su época, que abrió nuevos horizontes en las actividades que antes eran vedadas al sexo femenino.  

Para culminar esta semblanza conmemorativa a los 100 años de su natalicio, un poema de su autoría que publica al término en uno de sus libros:

Quisiera irme como la tarde,

entre aromas de jazmín y madreselva,

con el luto en los horizontes, y el pájaro cansado.

En el crepúsculo de mis horas, quisiera irme.

Quedo, muy quedo, en busca de la aurora.

Quedo, muy quedo, como se va la tarde.


                                                     Alejandro A. Arredondo M.

                                       Monterrey N.L. 13 de octubre de 2022 

domingo, 8 de agosto de 2021

JOSÉ MARÍA MARTORELL EN EL RECUERDO

Por Antonio Luis Aguilera

El toreo de ajuste, temple y manos bajas de José María Martorell

Fue el torero de mi abuelo Luis Roldán Torres, al que no alcancé a conocer, y el de toda mi familia materna, a la que debo esta maravillosa afición al toreo, porque desde que levantaba dos palmos del suelo me hablaban de toros y de los toreros de Córdoba, desde el respeto profundo a la huella de Lagartijo y Guerrita, la veneración por Manolete, y la admiración por José María Martorell, torero —decían— de bragueta, muy cordobés, de valor seco y temple en el comprometido sitio que pisó Manuel, bajando los engaños como él. 

Me hablaban de la profunda huella que este torero dejó en la afición mexicana; también, que por su apellido revolucionó a la afición de Barcelona, que en sus inicios pensaba que era catalán, y al emocionarse con sus grandes éxitos en la Monumental lo adoptó como suyo.

Entrada dedicada por José María Martorell

Recuerdo aquella maravillosa aficionada que era mi abuela —estuvo abonada a la plaza de Córdoba con más de ochenta años cumplidos— que cuando iba y venía con los seis nietos al colegio de monjas de la calle Gondomar, al coincidir y saludar a Martorell por el centro de la ciudad nos repetía una y otra vez lo gran torero que fue, rememorando los lentos viajes en el tren de entonces para verlo en Sevilla. Así pues, desde que vestía babero de párvulo admiraba a José María, de quien veía las fotos en las revistas que testimoniaban su paso por el toreo, ejemplares que conservaba la familia, como también guardaba la entrada de la última tarde que el abuelo lo vio antes de morir en la plaza de Los Tejares —27 de septiembre de 1953. Toros de Ramos Paúl (Villamarta), para Martorell, Calerito y el mexicano Jorge Aguilar El Ranchero—, donde al dorso, José María escribió de puño y letra con su estilográfica: «Para el mejor amigo y admirador que tengo en Córdoba, Luis Roldán con un fuerte abrazo de José María Martorell».

Antonio L. Aguilera con José María Montilla y Alfonso Galisteo. Foto Marogo

Años después Alfonso Galisteo, otro gran aficionado, además de suegro y amigo, seguidor de Martorell y más tarde de José María Montilla, me confirmaba los juicios de mi familia al hablar de las excelencias del maestro cordobés. Y en los años ochenta, cuando a propuesta del periodista Pepe Toscano inicié una aventura no profesional de informador taurino, que habría de durar tres décadas y aún colea en los textos de este blog, conocí a José María Martorell, con quien tuve la fortuna de gozar de su amistad, y de muchas conversaciones taurinas privadas y públicas, en coloquios donde su presencia era requerida porque otorgaba categoría al acto. También tuve el privilegio de organizar un almuerzo donde conseguí sentarlo en la mesa con sus compañeros Agustín Parra Dueñas Parrita, su padrino de alternativa, y Manolo Vázquez, para que tan excelente terna protagonizara una inolvidable tertulia radiofónica, que comenzó a la hora del café y terminó bien entrada la tarde.  

Parrita, Manolo Vázquez, Aguilera y Martorell. Foto Marogo 

Son muchos los recuerdos que tengo de José María, como la entrañable anécdota con aires de profecía que le gustaba contar. Fue a un tentadero a la finca «Las Cuevas», en el término de Villarrubia (Córdoba la Vieja), donde estaba la ganadería que don Alfonso de Olivares y Bruguera había formado con reses de Juan Belmonte (encaste Gamero Cívico), y Manolete acudía siempre que estaba en la ciudad, atendiendo a la invitación de doña Concepción Gómez-Barzanallana«Conchita Olivares», viuda del ganadero desde el fatídico 1936, que además era aficionada práctica. Allí estaba de aficionado José María Martorell, que salió a torear cuando fue requerido y en quien se fijó el director de la faena campera, quien luego en Córdoba, al caer la noche, cuando Manolete subía desde la plaza de La Lagunilla hasta San Cayetano para ir al Campo de la Merced, junto a la Torre de la Malmuerta, donde estaba la Taberna de Paco Acedo se reunía con sus amigos, al observar que el muchacho del tentadero estaba sentado en la puerta de su casa, lo reconoció y se dirigió a él con una frase que el tiempo convertiría en sentencia: «¡Adiós, torero!». Así fue, en mayo de 1949, casi dos años después de la tragedia de Linares, Martorell tomaba la alternativa en la plaza de Los Tejares, para convertirse en el torero de mayor relieve que tuvo Córdoba en los años cincuenta. «¿Te imaginas lo que significó para mí, siendo un aficionado, que ese Monstruo me llamara torero?».

Verónica de manos muy bajas de Martorell. Foto Cano

En los años ochenta José María acudió con asiduidad a las reuniones de la cordobesa Tertulia Tercio de Quites. Le agradaba el ambiente de silencio con que el grupo acogía los recuerdos de su paso por el toreo. Fueron muchas las noches que gozamos de su presencia y amistad, pero recuerdo especialmente una de invierno, desapacible por fría y ventosa, donde tras una penosa jornada de tratamientos contra la enfermedad que le acosaba, el maestro se presentó por sorpresa, abrió la puerta y nos saludó diciendo: «Buenas noches, señores; vengo a tomarme un par de medios de vino y hablar de toros, que es lo que más me gusta, con este maravilloso grupo de aficionados». Damos fe que impresionaba escuchar sus palabras en el silencio creado en la sala, a veces roto por el tintineo del cristal de los catavinos, y ser testigos de la generosidad con que abría su alma para hablar de toros, bien fuera para recordar su concepto del toreo, para censurar modas propiciadas por sectores intransigentes de la afición —«echar la pierna de salida adelante no es cargar la suerte, sino quebrar al toro echándolo para afuera, una ventaja para el torero», para manifestar su profunda admiración por el toreo de Pepe Luis y por el de los toreros de México y la maravillosa fantasía de su manejo del capote, para  desvelar confidencialmente la «guasa» de Luis Miguel, que enseñaba la punta de la capa por el hueco del burladero para distraer a los toros de sus compañeros en plena faena, y la de veces que hubo de pedirle públicamente que se tapara, o para asegurar que los miuras eran los únicos toros que no dejaban cruzarse a los toreros, porque ellos lo hacían antes para impedirlo. En resumen, para hablar de toros con asombrosa amenidad cuando la vida ya se le escapaba. 

Tal fue el cariño de la Tertulia al maestro, que a su muerte se creó el trofeo que lleva su nombre e imagen, el magistral busto modelado por los escultores y aficionados cordobeses Rafael, Pepe y Pedro García Rueda, quienes por su admiración y amistad con el torero fallecido, colaboraron regalando su trabajo en la creación de la estatua con que la tertulia cordobesa desde 1996, el año siguiente de su muerte, reconoce el mérito taurino de personalidades o entidades, para honrar la memoria del maestro.

Trofeo Martorell

Ángel Mendieta Baeza, compañero durante muchos años en la crítica taurina de Córdoba, nos obsequió el pasado año con un ejemplar de su libro «Y después de Linares… Martorell: El torero de mano baja», que no ha sido publicado y por su interés debería encontrar respaldo editorial para ver la luz, pues recoge el testimonio personal de aquella bonita época del toreo cordobés. De la amena y documentada obra extraemos dos fragmentos que hablan de José María y de su tiempo. 

—«Tras la tragedia, Martorell».

Y como el destino es inexorable, llegó agosto de 1947 y en Linares se produjo la trágica cogida que dejó al toreo huérfano de la figura más grande de una época cuyo eco, como dijo aquel crítico madrileño, sigue siendo inalcanzable. Pero bueno, volviendo al momento de Linares, la muerte de Manolete debió ser como un mazazo que dejó traumatizado al mundo de la tauromaquia y, mientras tanto, Córdoba quedaba ayuna de toreros de alternativa que continuaran la historia escrita por los grandes toreros nacidos en esta tierra, que la representaran en los carteles de postín y en las ferias más señeras de la torería. En Córdoba se produjo un vacío, pienso que profundo, muy profundo. Pero pronto, si echamos mano de la historia, veremos que la pena se vio aliviada, pues la incorporación de los ya referidos Rafael Soria Molina “Lagartijo”, José Moreno “Joselete” y Martorell al escalafón de los novilleros con picadores fue como una puerta abierta a la esperanza, que sirvió para reforzar el entonces raquítico escalafón de novilleros de que Córdoba disponía.

José María en tertulia radiofónica. Foto Marogo

—«¿Quién fue Martorell?»

 Martorell, en aquel momento, cubrió el vacío que había dejado Manolete. Pero que nadie piense que al decir que Martorell cubrió el vacío dejado por Manolete quiero decir que ocupó el sitio de Manolete. No. Martorell ocupó su sitio, el suyo, el que supo ganar con su arte, con su valor y con su personalidad. El lugar de Manolete sigue vacante, porque torero con la fuerza de Manolete solo hubo uno y, por tanto, ese lugar, que es como un trono en la historia torera de nuestra Córdoba, quedará vacante por los siglos de los siglos. Sólo digo que Martorell cubrió, de forma muy digna, aquel vacío, porque supo mantener la ilusión de muchos aficionados, ya que su presencia en los ruedos sirvió para mitigar el desencanto provocado con la desaparición de aquel genial torero cordobés en aquel trágico agosto de 1947. 

I Coloquio organizado por la Tertulia Taurina Santamarina de Córdoba:
Alfredo Asensi, Ángel Mendieta, Antonio L. Aguilera, José Mª Martorell,
Antonio Cabanillas y Enrique Cabello. Foto José Luis Cuevas.

Finalizamos esta entrada donde hemos evocado con tanto cariño como admiración la figura de José María Martorell, el espada cordobés que en una época de tristeza ante una perdida irreparable fue capaz de abrirse paso en el toreo, para volver a entusiasmar a la afición de Córdoba tras el vacío dejado por la muerte de Manuel Rodríguez Manolete«¡Con lo difícil que era eso!»sentenciaba su amigo y padrino Agustín Parra "Parrita".

 TEXTOS RELACIONADOSEl toreo en los años cincuenta


jueves, 8 de octubre de 2020

"FRASQUITO": LA FUGAZ SOMBRA DE "MANOLETE"

Por Rafael Sánchez González                      

Frasquito: La sombra de Manolete

En los años finales de la década de los cuarenta, a pesar del decaimiento sicológico que para los cordobeses, igual que para los aficionados españoles en general, supuso la trágica muerte de Manolete, se celebraron en la plaza de toros de Los Tejares numerosas novilladas. Guiados por la ilusión que nos hacía poder contar de nuevo con un matador de alternativa de la tierra, y amparados en el tirón que representaba el anuncio de José María Martorell, Manuel Calero Calerito, Rafael Molina Lagartijo (sobrino nieto del desaparecido califa), Luis Rivas, y José Moreno Joselete, desfilaron por nuestro ruedo varios novilleros punteros, entre otros Chaves Flores, Diamante Negro, Niño de la Palma (hijo), Cardeño, Manolo González, Juanito Bienvenida, Manolo Carmona, Manolo Vázquez, Pablo Lozano y Antonio Ordóñez y, cómo no, el que decían era la sombra de Manolete, el toledano Francisco Sánchez Fernández Frasquito, hasta culminar con la pareja Aparicio-Litri, quienes, bajo la sabia dirección de José Flores Camará, lograron sumar en una temporada mayor numero de actuaciones que el matador de toros que encabezaba su escalafón.

Frasquito en la Real Maestranza de Sevilla

El impactante triunfo alcanzado en el festival organizado en Sevilla por el Arma de Aviación, con motivo de sus fiestas patronales, el 9 de diciembre de 1947, seguida de una bien programada publicidad, sirvieron para lanzar a este novillero como el nuevo fenómeno del toreo. Yo creo que se precipitaron quienes dirigían su todavía incipiente carrera, con funciones de apoderado a cargo del impresor y editor Raimundo Blanco, que en su juventud formó parte de la famosa delantera del Sevilla F.C., a quien por su gran efectividad le aplicaron el nombre del bombardero más destacado de la II Guerra Mundial, el avión alemán Stuka. Aquel quinteto estaba integrado por López, Pepillo (a veces le sustituía Torróntegui), Campanal, Raimundo y Berrocal

Antigua plaza de Los Tejares de Córdoba

Frasquito llegó a Córdoba en 1948, tras dos intervenciones seguidas, el jueves de Corpus (27/5) en Toledo y el viernes 28 en la novillada de la feria granadina. Con anterioridad, aquel mismo año ya se había presentado oficialmente y con éxito en Sevilla (17/4), desorejando un novillo de Garro y Díaz Guerra, y había sufrido la grave cornada que el día siguiente le infirió un astado de Javier Moreno en la antigua plaza bilbaína de Vista Alegre. Si en cuantas plazas se le anunció hasta entonces había despertado un inusitado interés, no hará falta decir el enorme ambiente que se respiraba en Córdoba desde que se anunció su presentación para el domingo 30 de mayo, novillada que cerraba la Feria de Nuestra Señora de la Salud. Días antes del festejo las taquillas presentaban un aspecto que hacía presagiar el lleno, que efectivamente registró nuestro incómodo e histórico circo taurino. Todo eran comentarios sobre Frasquito, desde los más halagadores hasta los de quienes se decantaban por esa conocida frase de viejo aficionado: “Primero tengo que verlo yo”. Pero vamos a la presentación de Frasquito en Córdoba, después de este preámbulo con el que solo pretendo poner al lector un poco en situación.

Percance de Frasquito en Bilbao (18/4/1948). Foto Claudio Orio

Pese a  la calurosa tarde se colocó el cartel de “no hay billetes” para satisfacción de don José Escriche, pertinaz empresario valenciano afincado durante muchos años en nuestra ciudad, donde todavía le recordamos con cierta nostalgia visto el trato, mejor diría maltrato, que en este aspecto se le viene dando a la sufrida afición cordobesa. Se lidiaron seis novillos de casta veragüeña, pertenecientes a la ganadería jerezana de don Antonio Jiménez, y fueron sus compañeros de cartel Manuel Franco Cardeño, que demostró valentía y ganas de agradar, y Manuel Calero Calerito, quien habiendo nacido en Villaviciosa de Córdoba, residía en Valencia, donde dio sus primeros pasos taurinos hasta que definitivamente se avecindó en nuestra capital. Calerito fue el auténtico triunfador de la tarde tras cortar cuatro orejas, un rabo y hasta una pata (afortunadamente despareció este trofeo) con multitudinaria salida a hombros. Su actuación encandiló al público con un toreo recio pero de un valor auténtico, carente de cuento o falsos alardes.

Respecto a Frasquito, el recuerdo que dejó fue el de una grave cornada en el primero de su lote, según el parte facultativo del doctor don Antonio Ortiz Clot, cirujano-jefe de la plaza, que decía: “Sufre una herida en la cara superointerna del muslo izquierdo, triángulo de scarpa, con una profundidad de 15 centímetros, que interesa, en trayecto hacia arriba y hacia adentro, la piel, tejido celular subcutáneo, con deslaceración de masas musculares, grupo de abductores, abundante hemorragia y shock traumático”. En cuanto a su toreo, le vi como si fuese prisionero de esa propaganda que se lanzó a destiempo sobre su mayestática quietud ante las reses, que el hombre perseguía en todo momento, pero que al carecer de técnica, por no contar con el rodaje habitual y tan necesario en todos los toreros, estaba siempre al límite del percance, que no solo llegó este día, sino que sufrió en distintas ocasiones y debió ser la causa principal de su pronta retirada, desprovisto de aquella aureola de torero llegado para olvidar la figura ya mítica de Manuel Rodríguez Manolete. Casi nada.

Triunfo en Sevilla. 17 de abril de 1948

Dado que mi muy recordado padre -excelente aficionado que, además de llevarme desde muy temprana edad a los toros, supo inculcarme su interés por la historia de la Tauromaquia- tenía posibilidad de asistir a los sorteos del ganado que se lidiaba en la plaza de Córdoba, puedo facilitar los datos de los dos novillos que correspondieron a Frasquito, aunque solo pudiera enfrentarse a uno: 3º, “Rabanito”, núm. 72, de pelo cárdeno oscuro, que daría un peso a la canal (era el que se citaba entonces) de 189 kilos, y  6º, “Tejero”, núm. 71, cárdeno gargantillo, con una canal de 215 kilos.

Frasquito volvió a pisar el ruedo cordobés en dos nuevas ocasiones, que fueron: 5 de junio de 1949. Novillada de Feria. Novillos de don Carlos  Núñez, de Sevilla, excelentemente presentados pero con un juego desigual, según las notas de mi padre, para Calerito, que una vez más alcanzó un rotundo triunfo (4 orejas y un rabo con salida a hombros) y Manolo Vázquez, que nada pudo hacer ante dos ejemplares de dificultosa lidia, dejando ramalazos de la calidad de torero que muy pronto desarrollaría. En cuanto a nuestro protagonista nos tuvo con el alma en vilo en su primero, que se colaba peligrosamente por el lado izquierdo, derrochando voluntad en el otro, un bonito ejemplar con evidentes síntomas de estar reparado de la vista. 

Francisco Sánchez Fernández  Frasquito

Su tercera actuación en Córdoba aconteció el 4 de junio de 1950, novillada patrocinada por la Asociación de la Prensa con la que se ponía punto final al ciclo ferial, que con anterioridad a su celebración se anunció con dos combinaciones distintas, componiendo la terna definitiva Octavio Martínez Nacional, que obtuvo una oreja tras entrar a matar  a su primero utilizando un pañuelo a modo de muleta, y dio una vuelta al ruedo al acabar con el 4º; Juan Posada, que recorrió el ruedo entre ovaciones por su brillante labor con capote y muleta, malograda con los aceros, sin llegar a entenderse con el bicho que cerraba la función, por lo que sonaron dos avisos. Y nuevamente se fue de vacío Frasquito, pese a sus manifiestos deseos de agradar a un público que seguía esperándole con cierta expectación, siendo ovacionado en uno y abreviando su labor y resultando volteado en el otro, pasando a la enfermería después de matarlo, de donde no salió, pese a no recibir lesiones de consideración. Se corrió un encierro de don Francisco Natera Rodríguez, de Almodóvar del Río (Córdoba), de los que varios fueron ovacionados por su magnífica lámina nada más aparecer por la puerta de toriles, pero que, sobre todo, dos manifestaron en exceso su sangre pedrajeña.

Presentación de Frasquito en México, Foto El Ruedo

Y esto es todo cuanto puedo decir respecto al paso de Francisco Sánchez Frasquito por la plaza de toros de Córdoba. Un torero, con muy buena planta, que pretendieron fuese una figura mediática y quedó para la historia del toreo en fugaz y accidentada carrera.

Añadir que el domingo 7 de mayo de 1950, con lleno a rebosar en los tendidos, se presentó en Madrid alternando junto con Alfonso Galera y el cordobés Manuel Calero Calerito, que se despedía como novillero y fue el único triunfador del festejo, en el que se lidiaron novillos de Teresa Oliveira, ganadera que también se estrenaba en esta plaza. La actuación de Frasquito, al que ya apoderaba Luis Álvarez, se saldó con más pena que gloria.

Desvanecida la expectación que en un principio despertó en la afición española emigró a México buscando nuevos horizontes taurinos, y consiguió debutar en el Monumental coso de Insurgentes formando terna con los novilleros nacionales Miguel Ángel y Fernando Arroyo, frente a reses de sangre Saltillo pertenecientes a la divisa de Coaxamalucan. Sucedió el 31 de agosto de 1952, año en el que, unos meses antes, el matador de toros cordobés José María Martorell paseaba en tan importante ruedo el rabo de Velero, bravo ejemplar de Torrecilla, al que mató con una de las estocadas más recordadas por la afición capitalina después cuajar una brillante labor con capote y muleta.

La media verónica de zapatillas clavadas, quietud
 y manos bajas de José María Martorell. Foto Valls

El 5 de octubre de 1955 -se cumplen 65 años de la efeméride- en Autlán de la Grana, estado de Jalisco, Alfredo Leal le concedía la alternativa en mano a mano frente a toros de Chofres. Tras sumar algunas actuaciones decidió retirarse y fijar su residencia en México, donde regentó un negocio de hostelería, por lo que bien podría decirse que puso fin a su vida laboral igual que la empezó, dado que en su juventud, antes de vestir el traje de luces trabajó como barman en Fuyma, conocida cafetería enclavada en la madrileña Plaza de Callao, donde solía reunirse gente del toro. Y en aquel país falleció, víctima de un cáncer de páncreas, el 24 de febrero de 1993.

A Francisco Sánchez Frasquito le bastaron un sonado triunfo en la Real Maestranza sevillana y ser una breve ensoñación con la figura de Manolete, para abarrotar las plazas en las que después fue anunciado, y convertirse en el principal punto de atención de todos los españoles aficionados o entusiastas de la Fiesta de los toros.