miércoles, 29 de agosto de 2018

CARTA ABIERTA A JUAN ORTEGA


Por Luis Miguel López Rojas

Juan Ortega. Foto Plaza 1
“Juan Ortega, tú sí estás en mi otoño…”

Hoy, instantes después de que Plaza 1 haya presentado oficialmente la lista de los once toreros que entrarán en el bombo de la feria de otoño, diseñado por aquel que se autoproclama “productor de arte”. Sorprende que en el sorteo no esté una bola con tu nombre. Sólo te puedo decir Juan Ortega, tú sí que estás en mi otoño.

En ese sorteo, sí estará presente la bola de la injusticia, del cambio de cromos, del mediocre sistema taurino que asfixia el toreo, la bola de la falta de sensibilidad…Porque el arte no se produce señor Casas. El Arte, se tiene o no se tiene. Como la torería, la que tú, Juan Ortega, derramaste en el coso venteño el pasado día de la Paloma.  

La torería clásica de Juan Ortega. Foto Plaza 1
Ya lo dijo Curro Romeroqué difícil es comer despacio cuando se tiene mucha hambre”, y que difícil debe ser después de que pasaran más de dos años desde tu confirmación y no haber vuelto a pisar su ruedo. Del olvido, de ostracismo que somete el sistema a tanto torero bueno. En tarde de canícula agosteña, del Madrid desierto, de mucho cemento, de escasa entrada y mucho turista, de andanadas cubiertas de andamios… Pero también de fecha de tradición con aficionados dispuestos a paladear el toreo, el buen toreo. Tarde de jugarse el todo por el todo…

Por eso impactaste tanto, desde el primer quite, donde tu capote se mece en forma de dos verónicas. La media que esculpe y cincela tu cuerpo. Esa despaciosidad, esa mente despejada, ese aroma a toreo bueno. El reencuentro con el toreo añejo, el toreo caro, el toreo de sabor. El toreo de hoy y de siempre. Por tu forma de iniciar la faena con esos doblones por bajo, torerísimos, además de eficacia y dar al toro la lidia que necesitaba, reunieron belleza y se convirtieron en escultura

Ese aroma a toreo bueno. Foto Plaza 1
Faena maciza. Cadencia y compás. Para saborear y paladear. Tres series con la derecha y una tanda donde los naturales surgieron cristalinos y puros.  Exquisita. Como exquisito volvió a ser el cierre por bajo. Tu corazón tras de tu espada, que quedó en todo lo alto… ¡Cómo olía a toreo en tu vuelta al ruedo con la oreja en la mano!

¡Qué pena que tu segundo no dejara redondear la tarde! Y qué ganas de volver a verte… Juan Ortega.

Cadencia y compás. Para saborear y paladear. Foto Plaza 1
Por todo esto todavía doy más valor a tu actuación, que por sí sola y en otros tiempos te habría valido un buen número de contratos. Pero de lo que todos estábamos seguros, es que al menos te valdría para que tu nombre apareciese anunciado en los carteles de esta novedosa feria de otoño. La del sorteo. 

Seguramente el Señor Casas no estuvo en Madrid ese día, lo que no es disculpa, porque gente de su amplio grupo y confianza, sí estaría. Y si no, están los videos y como todos los medios taurinos de forma unánime lo cantaron. Por eso duele más tu ausencia.

Hoy retumbarán en tu mente una y otra vez ese: “tanta lucha, pa ná”, que en su día pronunció tu apoderado, Pepe Luis Vargas, con el que tantas horas de toreo de salón, de sueños, de lucha has compartido este año… 

 "Tú sí estás en mi otoño". Foto Plaza 1
Sé que mis palabras de poco servirán, pero cuando la temporada eche el cierre, las luces se apaguen, las plazas españolas cierren sus puertas y el invierno coja fuerza, mi mente de aficionado recapitulará para ver lo que quedó grabado en mi memoria esta temporada 2018. Eso es lo que verdaderamente distingue el arte. La inmortalidad del recuerdo que queda marcado a fuego en nuestro corazón de aficionado. Ese arte que parece desconocer el que dice llamarse “su productor”. El arte que vi y esparciste en las Ventas. 

Por eso Juan Ortega, solo te puedo decir que tú sí que estás en mi otoño.

 Y yo te espero, TORERO.

Luis Miguel López Rojas

24 de agosto de 2018.

Pinche para ver la faena de Juan Ortega de la que habla el autor. (Video Plaza 1)
Texto publicado el 27/8/2018 en el blog La razón incorpórea, de José Morente.

martes, 28 de agosto de 2018

MANOLETE: 71º ANIVERSARIO DE LINARES


"Mi última impresión de Manolete".
Roberto Domingo. Toledo 1947.

A Manuel Rodríguez Manolete

Estás tan fijo ya, tan alejado,
que la mano del Greco no podría
dar más profundidad, más lejanía
a tu sombra de mártir expoliado.

Te veo ante tu Dios, el toro al lado,
en un ruedo sin límites, sin día,
a ti que eras una epifanía,
y hoy eres un estoque abandonado.

Bajo el hueso amarillo de la frente,
tus ojos ya sin ojos, sin deseo,
radiográfico, mítico, ascendente.

Fiel a ti mismo, de perfil te veo,
como ya te verás eternamente,
esqueleto inmutable del toreo.
 

                                                                               José Alameda


Nota de la redacción:
Hoy 28 de agosto, se estrena en México, a través del canal  YouTube, el documental que pueden ver pinchando el enlace, sobre la relación de Manolete y Lupe Sino, titulado "Bonita Amor de Puerta Grande". 

jueves, 23 de agosto de 2018

MANOLETE: DE VALDEPEÑAS A LINARES

Por Antonio Luis Aguilera

Valdepeñas, 8 de agosto de 1947. En la puerta de arrastre:
Manolete, Pepín  Martín Vázquez y Curro Caro. Foto Cano.
Faltando veinte días para la cita de Linares, Manolete vio la muerte en Valdepeñas. Fue una tarde extraña, de calor sofocante que encendía el griterío de los tendidos, en un ruedo seco, que levantaba nubes de arena con las inciertas embestidas del encierro de Concha y Sierra. Se observaba preocupación en las caras de los toreros ante el feo estilo de la corrida. Curro Caro despachó su lote con oficio. Manuel Rodríguez había cortado las orejas y el rabo del segundo, trofeos que hubo de rechazar ante las protestas del respetable; en el quinto se dividieron las opiniones, algo habitual en un público cada vez más en su contra. Pepín Martín Vázquez escuchó palmas en el tercero y buscaba tocar pelo ante el sexto, al que saludó con hermosas verónicas e hizo un bonito quite por chicuelinas, silenciando así las protestas que denunciaban la cojera del animal en la pata izquierda.

El toro no obedece y busca a Pepín. Foto Cano
En el callejón, sin soltar el capote, Manolete fumaba un cigarrillo atento al planteamiento de faena de Pepín, que inició el trasteo con unos estatuarios que fueron ovacionados. Con la muleta en la izquierda el toro protestó al tomar el primer natural, repuso y, sin atender el toque, volteó al torero corneándole con saña en la pierna izquierda, hasta que el diestro cordobés acudió de inmediato e hizo el quite. El silencio se apoderó de la plaza ante la visible hemorragia, el nerviosismo del trance, y los rostros desencajados de los compañeros asistiendo al herido para conducirlo a la enfermería. En otro lado del palenque, Manuel Rodríguez fijaba con su capote la atención del toro, observando el pitón ensangrentado y esa mirada fiera, cargada de muerte, que solo saben ver los toreros. 

La carrera de Pepín quedaría marcada por
 la cornada de Valdepeñas. Foto Cano
Dentro del cuarto del hule, las expertas manos del doctor Alfonso Izarra lograron contener la hemorragia en una operación de urgencia vital, pero la gravedad de las lesiones exigía el traslado del herido a un centro hospitalario adecuado, para llevar a cabo una delicada intervención de reconstrucción vascular. No había tiempo que perder. Madrid quedaba a más de doscientos kilómetros y la zozobra comenzaba a adueñarse de los hombres del toro. Manolete ofreció su Buick azul para llevar al compañero hasta el Sanatorio de Toreros, donde avisado aguardaba el doctor Jiménez Guinea, y ocupando el asiento del volante abandonó velozmente la ciudad manchega. Tras el penoso e incierto trayecto, la eficaz intervención del célebre cirujano devolvía a los toreros la esperanza y la sonrisa al filo del nuevo día. Pepín había salvado la vida. 

 El toro busca a su presa, pero Manolete llega a tiempo y hace el quite. Foto Cano
Antes de abandonar Madrid, para cumplir los contratos del agosto más duro de su carrera, Manolete acudió al Sanatorio para animar a Pepín y despedirse. Ninguno de los dos podía imaginar que el adiós sería para siempre. Muchos años después, el gran torero de Sevilla manifestó que nunca pudo olvidar el gesto de su compañero, confesando que el beso que le dio Manuel para despedirse era el recuerdo más hermoso que guardaba de su paso por el toreo: “De Manolete me pasaría la vida entera diciendo cosas. Lo recuerdo constantemente. Fue un hombre inmenso y un torero como no he conocido otro. Ahora pienso que yo tuve mucha suerte en Valdepeñas y él muy poca en Linares. O al revés, porque los hombres no seremos nunca capaces de entender los designios de Dios”.  
       
Manolete y Antoñita Bronchalo Lopesino (Lupe Sino), felices en Estoril. Foto Lara.

Para el cordobés continuaba el viacrucis en que le habían convertido la temporada del año 1947 desde el regreso de México. Con pena observaba cómo el público que antes le aclamaba entusiasmado, ahora le insultaba y le enseñaba el precio de las entradas. Había dado fruto la campaña antimanoletista llevada a cabo por un influyente sector de la crítica, clanes taurinos y diestros que fueron incapaces de aguantarle el pulso en la plaza: la oscura alianza que buscaba destronarlo desprestigiándole y acusándole de ser el culpable de todo lo peor del toreo. Manolete anhelaba acabar pronto la temporada, colgar el traje de luces para siempre, y casarse con Antoñita, la mujer que amaba, cuyo enlace matrimonial estaba señalado el día 18 de octubre de ese año en Barcelona, como reveló más tarde quien fue confidente del propio torero, el periodista don Antonio Bellón. Manolete pensaba que había llegado la hora de disfrutar de su fortuna, antes de que pudiera arrebatársela un toro, pero su estricto sentido del deber le imponía cumplir los compromisos adquiridos y entregarse al máximo en cada plaza. Y precisamente eso fue lo que hizo: cumplir la palabra dada, con los puntos aún sin cicatrizar de la cornada sufrida el 16 de julio en Madrid, su última tarde en Las Ventas, corrida de Beneficencia que toreó gratis, cediendo los honorarios para los necesitados. 

Linares, 28 de agosto de 1947: Manolete herido de muerte por Islero. Foto Cano.

Agosto barruntaba tormenta. Se desencadenó en Linares como pudo haber sido en cualquier otro lugar. Un relámpago cegador rasgó la tarde, y el tremendo estruendo del trueno enmudeció todo el orbe taurino. Lo que vino después resulta conocido. O no tanto, porque ante el horror de la muerte del torero, no tardaron en aflorar sentimientos de culpa y medias verdades, con las que forjaron una historia sentimental y dulzona, con aires de leyenda,  narrada con los tonos hipócritas de aquella España en blanco y negro. Se obviaba el drama de un hombre joven, que hubo de sufrir durante años el desprecio de los suyos por la mujer que amaba, con la que convivía desde 1943, porque su madre y entorno más cercano no la consideraban digna de ser su esposa. Tras la crucifixión faltaba la lanzada, ejecutada en el hospital de Linares por los que presumían de ser sus amigos, al negar a Antoñita el paso a la habitación de Manolo hasta que en ella moraba un cadáver. Terminaba el acoso y derribo del rey de los toreros. Nacía el mito. Fue en la corrida veintiuno de su temporada española, el mismo número que llevaba marcado a fuego Islero, el toro de Miura que lo mató, cuyo certero derrote silenció tanta culpa inconfesable.

viernes, 17 de agosto de 2018

MANOLETE: CAMINO DE LA MUERTE

"Presentimiento". Así tituló su autor, Nicolás Müller, este 
retrato de Manolete. Santander, 26 de agosto de 1947.
Para que puedan adentrarse en este magnífico relato quienes no lo conozcan, rescatamos el valioso testimonio del periodista mallorquín Guillermo Sureda Molina, publicado  al final de los años setenta en la revista “Toro”, donde narra cómo fue la última temporada de Manuel Rodríguez "Manolete".

CAMINO DE LA MUERTE
 La última temporada de Manolete

Por Guillermo Sureda

            Se intuía que todo aquello no podía terminar bien, porque nada transcurría por el sosegado cauce de la normalidad. En torno a Manuel Rodríguez “Manolete”, todo había salido de quicio. La marejada levantaba olas que subían de la arena a los tendidos y bajaban de los tendidos a la arena en poderosa resaca devastadora. Un “fatum” inexorable y trágico volaba ya sobre las plazas donde toreaba Manolete

Manolete con el torero mexicano Carlos Arruza
La historia es sencilla, como casi todas las historias verdaderas. Manolete estaba en México toreando, cuando los intrigantes de aquí rompieron el convenio entre los toreros mexicanos y los españoles. Con ello conseguían dos cosas: primera, que Manolete no siguiera toreando en México, y segunda, que Carlos Arruza no pudiera torear en España. ¡Buena carambola! No sirvió de nada que Manolete, una vez en España, dijera compungido que los pleitos de los toreros deben dirimirse en los ruedos y no desde las mesas de los despachos. Y el gesto de Pepe Luis Vázquez de retar a Manolete a varias corridas duras en varias plazas incómodas, en seguida de pisar el cordobés suelo español, no pudo ser más inoportuno sí más grotesco. Manolete le había ganado tantísimas tardes la partida, que toda competencia entre ambos era imposible. Desde 1942, Pepe Luis había dejado de ser rival de Manolete, por falta de regularidad, es decir, por falta de casta torera... De ahí que Manolete contestara a este reto con este otro: “Yo a lo que le desafío es a comer ostras".

Pepe Luis Vázquez y Manolete en San Sebastián. Foto Lara
Lo cierto es que Manolete, en aquel 1947, no había reaparecido en su patria hasta el día 22 de junio en Barcelona, alternando con Juanito Belmonte y El Boni. Así, pues, no había toreado la feria de Sevilla y ése era, por el momento, su “enorme pecado”.

Gregorio Corrochano -a la mayoría de los críticos le gustaba ya mucho Luis Miguel, joven árbol que durante muchos años podía dar fruto-, en la crítica de la corrida de Miura de la citada feria, dijo lo siguiente: “Gitanillo de Triana brindó a Manolete, que estaba en un tendido. Desde lejos no se veía bien si brindaba a un torero o a un banquero. Realmente no es solo el indumento el que favorece en este caso la confusión, contribuye también que cuesta trabajo creer que en la feria de Sevilla, y particularmente en la corrida de Miura, el que es en la actualidad el primer torero de España está viendo toros desde la barrera”. Pero, en esta misma corrida, Pepe Luis le brinda un toro a Rafael el Gallo, y Corrochano dice: “Cuando se levantó Rafael el Gallo al brindarle Pepe Luis Vázquez, toda la plaza vio que se levantaba un torero… Pepe Luis le llamó maestro y el maestro se puso en pie. Pepe Luis le dijo que sentía que por su edad estuviera en el tendido, porque tenía la seguridad de que con diez años menos estaría Rafael el Gallo en el ruedo con ellos, sin conformarse con verlos torear. Marcial Lalanda estaba en el callejón, zona intermedia entre el público y los toreros. Se advertía marejadilla taurina... ¿Se puede aplaudir igual al torero que está en el tendido porque no puede ya torear que al que está en el tendido por qué no quiere torear?”.

Manolete pasea un rabo en la
 Real Maestranza de Sevilla en
la feria de abril de 1941.
              Está claro, pues, que el brindis de Pepe Luis no era una simple cortesía hacia el Gallo, sino un claro ataque contra Manolete, tanto como la reseña de Corrochano. La campaña contra Manuel Rodríguez había empezado desde distintos frentes. Los que antes habían estado callados o a su lado, ahora estaban en trincheras contrarias. Se alertaba al público contra Manolete, entre otras razones porque gozaba éste de tres triunfos que no se podían perdonar: era famoso, era rico y era la máxima figura del toreo de su época.

Y en ese ambiente, rodeado de una circunstancia casi totalmente adversa, censurado por una crítica antes “cantora”, Manolete, como decía, reaparece el día 22 de junio en Barcelona, donde, con la plaza llena, obtuvo un gran éxito y cortó dos orejas y rabo. Añadamos que en esa corrida cobró la por aquel entonces fabulosa cantidad de trescientas cincuenta mil pesetas, según me dice, años más tarde, Pedro Balaña. De Barcelona, Manolete va a Badajoz y de allí a Segovia, es decir, "a las puertas de Madrid". Su actuación en la ciudad del acueducto es bastante mala, cosa que se aprovecha para arremeter de nuevo contra Manolete y su administración. Giraldillo escribió lo siguiente: "De una vez para siempre quisiéramos prevenir a los aficionados contra esas corridas que se organizan en los aledaños taurinos de Madrid por toreros vergonzantes (el subrayado es mío: a Manolete se le llama torero vergonzante. ¡Santo Dios!) que rehúyen torear ante nosotros… si lo de Segovia ha de repetirse, lo que está anunciado (anunciada retirada de Manolete) debía realizarse mañana mismo”.
La cosa no podía durar mucho...

El clima en que se desenvolvía Manolete era injusto, hostil. La cosa no podía durar mucho y no duró. El propio torero había dicho: "Puedo asegurar que para mí no hubo nunca eso que suele llamarse palmas de simpatía”.

Para Manolete, la corrida de Beneficencia era "su" corrida y no podía faltar a ella. En 1947, también quiso torearla. Se celebró el 16 de julio y alternaron Gitanillo de Triana, Manolete y Pepín Martín Vázquez. Manolete toreo gratis, gesto hoy insólito.

Cuando llegó a Madrid, además de en las plazas citadas antes, había toreado en Alicante, Lisboa, otra vez en Barcelona, Pamplona -donde estuvo colosal- y La Línea. El prólogo al drama final tuvo lugar en esa corrida de Beneficencia. Pepín iba tener su gran tarde madrileña. Gitanillo y Manolete habían estado decorosos en los primeros toros. Sin embargo, Manolete tenía que dar su habitual nota. El público se lo exigía cada tarde y Manolete se entregaba cada tarde. Aquel día había mucha presión en la plaza, más que en otras ocasiones.

Última tarde en Madrid, 16 de julio de 1947
Manolete le estaba haciendo una gran faena al quinto toro. Tenía la angustiosa necesidad de hacer a casi todos los toros esa faena que le había encumbrado. De pronto, un espectador le grito que se arrimará más. Manolete levantó la vista hacia el tendido, hizo un gesto afirmativo con la cabeza y se arrimó todavía más. Al dar un pase con la mano derecha fue enganchado y herido. Un hilo de sangre fue saliendo de la pierna izquierda, tiñendo de rojo la taleguilla y la media. Cuando Manolete se perfiló para entrar a matar, había en los tendidos una emoción palpable. La estocada fue en lo alto y el toro rodó sin puntilla. Cayó el toro y cayó también, medio desfallecido, Manolete, a quien le concedieron las dos orejas. El toro, que se llamaba “Babilonio”, era de la ganadería de Bórquez y fue el último que Manolete mató en Madrid. Pesó 492 kilos.

Señorial lance a la verónica de Manolete
Manolete reapareció en Vitoria, donde toreó los días 4 y 5 de agosto. Allí fue recibido con una gran pita, mezclada con una gran ovación. Gregorio de Altube, en su obra Manolete murió en Vitoria el día 4 de agosto de 1947, escribe: "Sumido en aquel desconcierto, Manolete sonreía, y lejos de una expresión de tranquilidad, denunciaba la inquietud que caracterizó sus últimas actuaciones en el ruedo vitoriano". Y el título de la obra de Altube es por lo consiguiente: en el sexto toro, Manolete, dice el autor del libro, "se lanzó a un quite brutal. Fueron dos lances y una media verónica, tan ceñida, que abortó el recorte. El toro, en el viaje, llevaba la cabeza alta, el cuerno izquierdo iba derecho al corazón; Manolete aguantó impávido, suicida, y entonces le vimos morir; estuvo muerto, y si no se ha sabido es porque el toro, ladeando la cabeza, evitó que lo difundieran los periódicos. Pero, creedme, Manolete estaba muerto, y muerto estuvo en Gijón, en Santander, en San Sebastián; cayó en Linares, camino de su tierra, en el calor de una feria andaluza, pero a Córdoba, a su casa, eso ya lo sabíamos, no llegó".

Manolete con Gitanillo de Triana y Pepín Martín Vázquez. Corrida
de la Beneficencia. Madrid, 16 de julio de 1947. Foto Cano
          Toreó luego Manolete en Valdepeñas, San Sebastián, Huesca, Gijón, de nuevo en San Sebastián. En el norte la gente se metió con él. Manolete estaba profundamente triste. Él mismo le había confesado a un periodista: "el público es cada vez más exigente conmigo. Yo hago todo lo que puedo por estar bien, pero para mí no se tienen en cuenta las condiciones de los toros… Ya no me toleran ni me disculpan nada".  Y era verdad. Durante esta temporada, Manolete toreo mucho con Gitanillo de Triana y el público creyó que eso era para poder elegir los dos toros más cómodos: el de Gitanillo y el suyo. Pero la verdad era muy distinta. Lo cierto es que solía quedarse con los dos toros mayores de ambos lotes para que así el público le chillara menos. Esto es lo que, por ejemplo, sucedió en Linares, donde se eligió el toro mayor del lote de Gitanillo y se le añadió el toro mayor del propio Manolete. Apresurémonos a decir que “Islero” fue el toro que a Manolete le había correspondido en el sorteo.

Santander, 26 de agosto de 1947.
La penúltima...   Foto Mari. 
A finales de agosto, cinco días antes de morir, en una entrevista que le hizo Vizcaíno Casas en la revista "Triunfo", Manolete decía lo siguiente: “Los toreros que han estado arriba han tenido a la gente en contra. Claro que quizá conmigo se acentuado la cosa...". Y en otro lugar, Manolete había dicho: "Convengo en que la fiesta es pasión. Pero creo demasiada la pasión que sólo se calma cuando le ven a uno camino de la enfermería".

Por todo eso, Manolete pensaba irse de los toros. Lo había dicho ya numerosas veces a lo largo de la temporada: "Si Dios me da suerte, a mi regreso de México, torearé varias corridas y en ellas daré ese "último adiós” a la afición española, que fue la que me dio sus primeros aplausos y en definitiva la que me hizo torero… ¡Ah! -exclama Manolete tras una ligera pausa- añada además que esas corridas las torearé sin compensación material para mí y que… No, no digo más…".

Antoñita y Manolete, dos enamorados con un entorno en contra.
De cuando en cuando -en realidad, más de lo conveniente- Manolete apagaba su tristeza en el whisky. Estaba descentrado, nervioso. Por un lado, su amor hacia Lupe Sino. Por otro, el público; por otro, la actitud de casi toda la prensa taurina; por otro… Lo cierto es que era un hombre distinto aquella temporada. En el ruedo, para contentar a los chillones, hacía cosas que nunca había hecho: llegar con la mano hasta la mazorca de los toros, volverle la espalda al enemigo, incluso, como hizo en Linares, torear de rodillas. Sí, en Linares intentó dar un molinete de rodillas. Todo aquello, para aquel que conocía el toreo sereno del cordobés, significaba, en cierto sentido, el principio del fin.

Quiero aclarar un punto, en tantos sentidos todavía confuso. ¿Qué papel representó Luis Miguel en ese estado de cosas? Existe la creencia de que Manolete y Luis Miguel sostuvieron una dura competencia, cosa que es falsa. Durante las temporadas de 1945, 1946 y 1947, Manolete solamente toreo ocho corridas de toros con Luis Miguel. ¿Dónde estuvo, pues, la rivalidad entre ambos toreros? Nada tenía que ver el gran torero madrileño con la melancolía última de Manolete, aunque es lógico que Dominguín quisiera todo lo que aquél ya tenía, sobre todo el cetro del toreo.

Después de San Sebastián, Manolete toreo en Toledo, donde cortó orejas. Pero no las corto en Gijón, ni en Santander, donde el público le chillo con fuerza. En Santander, el gran fotógrafo Mari le hizo una foto impresionante, por hermosísima y por premonitoria: Manolete es ya el espectro de sí mismo, algo así como su propia mascarilla. De Santander, Manolete marchó a Linares. Y en Linares terminó todo.

Monumento a Manolete en el barrio de Santa Marina
de Córdoba. Foto David Manuel Castilla.
          Ya conocen ustedes la historia. La corrida, la única que le quedaba a Miura, tenía que lidiarse en Murcia, pero, por azares del destino, terminó yendo a Linares. Incluso en esta su última tarde, parece que alguien del tendido le grito a Manolete: "¡Teatro!", “Islero” cogió al cordobés al entrar a matar. Manolete murió en la madrugada, en el hospital. Una vez había dicho de ese hospital a una monja: "Este hospital lo tienen ustedes tan blanco y tan limpio, que dan ganas de ponerse malo aquí". 

          
La carrera taurina de Manolete se había consumido
 como un cirio pascual, como una tragedia griega.
El dinero de Manolete, ese dinero que tantísimo preocupaba a muchos, era ya todo de "Islero". Se cerraba una etapa del toreo; se habría otra. Se moría un torero que había dado nombre a toda una época y que será recordado hasta el fin de los tiempos. La carrera taurina de Manolete se había consumido inexorablemente como un cirio pascual, como una tragedia griega. Moribundo, Manolete preguntó si le habían dado las orejas...

viernes, 10 de agosto de 2018

EL TORO "RATÓN" SE LLAMABA "CENTELLA"

Por Antonio Luis Aguilera
Manolete y Guillermo. Óleo de Juan Cantabrana.
               En la temporada de 1942 fue desenjaulado en los corrales de la madrileña plaza de Las Ventas el novillo Centella, marcado con el número 242, de pelo negro, perteneciente al hierro portugués de Pinto Barreiros. Era hijo de la vaca del mismo nombre y del semental Interrogado, extremos que serian facilitados años más tarde por los propietarios de la ganadería, debido a que en aquellas fechas no existían documentos que registraran los datos de las reses, como hoy ocurre con los certificados de nacimiento, ni tampoco el Libro Genealógico.

              Este ejemplar acabaría siendo inquilino de los corrales madrileños cerca de dos años, pues aunque era encerrado como sobrero en algunas corridas, la puerta de su chiquero volvía a abrirse para que retornara a los cobertizos de reses previstas para la lidia. Así, Centella se hizo toro y fue acostumbrándose al lugar, tomaba las puertas cuando era requerido para  cambiar de corraleta, y acudía tranquilo a los pesebres para consumir su pienso y el destinado para otros toros, motivo por el cual fue bautizado como Ratón por el mayoral de la plaza.

Manolete y "Ratón". Portada de "El Ruedo". Foto Baldomero.
               El 6 de julio de 1944 se celebraba en Las Ventas la tradicional corrida de la Prensa y la plaza se llenó hasta el tejado para contemplar la actuación de Luis Gómez El Estudiante, Juanito Belmonte y Manuel Rodríguez Manolete, que habrían de vérselas con toros de Alipio Pérez Tabernero. A mediodía, tras la celebración del sorteo, fueron enchiquerados, por orden de lidia, Ratonero, Perdigón, Carbonero, Rabón, Costurero y Naviero. También, una vez más, Centella, que en los documentos oficiales fue reseñado con el calificativo que por glotón le había adjudicado el mayoral del coso.

Majestuosa verónica de manos bajas de Manolete
            Con cinco años cumplidos y otro nombre, Centella iba a convertirse en el toro más célebre de la ganadería de Pinto Barreiros. El público protestó la presencia de Naviero, sexto de la tarde, y el presidente señor Cartier, a quien asesoraba el matador de toros Antonio Márquez, ordenó su devolución. Llegaba la hora de la verdad para el viejo inquilino de los corrales venteños, que a pesar del tiempo permanecido en ellos y contra toda lógica embistió con celo al capote de Manolete, que lo saludó con unas  magníficas verónicas, a las que puso broche con media escultural que por majestuosa levantó el clamor de la plaza.

Manolete, símbolo de torería.
         El de Córdoba, que estrenaba un traje violeta y oro, se dirigió al tercio para brindar al público la que luego sería considerada como una de las mejores faenas de su vida. Dueño y señor de la situación ligó en un palmo de terreno una serie de cinco naturales, que por su inmensa torería cautivaron el alma de la afición más exigente del mundo. Ratón, haciendo gala de su casta y encelado por el poderoso temple del Monstruo, tomó otras dos series de cuatro naturales cosido a la tela que le obligaba a rodear la esbelta figura del torero, mientras este, erguido como una torre, parecía clavado en el ruedo.

Al natural mirando al tendido. Foto Revista El Ruedo.
En un alarde de mando sin igual, Manolete agarró el estaquillador con la mano izquierda y dejando llegar a Ratón lo toreó increíblemente despacio mientras dirigía la mirada al tendido. Era la primera vez que lo hacía en Madrid, que rendida a su proverbial toreo no daba crédito a lo que veía, una faena mágica, engarzada con indescriptible primor y elegancia, donde los pases fluían ceñidos con asombrosa lentitud. Tras unos molinetes el animal juntó las manos, el público enmudeció y el matador atacó despacio y en rectitud para enterrar la hoja del acero en el morrillo del noble toro. 

El Monstruo sale de Las Ventas a hombros de los aficionados.
            Al caer la tarde, en la calle de Alcalá nadie hablaba de las tres orejas conseguidas por Manolete, sino de la asombrosa faena que hizo a Ratón el rey de los toreros. Curiosamente, con este toro utilizó por última vez Manuel Rodríguez la espada de acero para ayudarse en la faena de muleta, pues de Madrid viajó a Pamplona, para actuar en las fiestas de san Fermín, y tuvo un accidente de circulación en las proximidades de Buitrago de Lozoya, donde todos los ocupantes del vehículo resultaron ilesos excepto él, que sufrió fractura en el dedo pulgar de su mano derecha. Desde su reaparición en la gaditana plaza de la Línea de la Concepción usaría el estoque simulado.

viernes, 3 de agosto de 2018

MANOLETE CARGABA LA SUERTE

Por Antonio Luis Aguilera

Monumento a Manolete en el barrio de Santa Marina de Córdoba. Foto Manuel D. Castilla
Algunos juicios de la crítica figuran en la jerga taurina por provenir de sujetos reconocidos, a los que el pueblo llano otorga rango de autoridad taurina, ignorando que de toros, como afirman los sabios y sencillos hombres del campo, no saben ni las vacas. Resulta sorprendente que existan aficionados que sobrevaloren los escritos de algunos cronistas poco objetivos, y tras presenciar una corrida cambien de opinión, para no ir con el paso cambiado, ante el respeto que merecen los que saben: los especialistas. A quienes acuden a la plaza con tan pobre criterio, habría que recordarles que en la crítica, como en cualquier otro orden de la vida, conviven los que van de frente y por derecho, con quienes, descolocados históricamente, abusan del horroroso pico de la subjetividad, acuñando dogmas que procuran propagar a modo de jurisprudencia.
Uno de estos falsos dogmas, de moda en un cacareado gallinero, es el que censura al torero que descarga la suerte, cuando este, para ligar los pases con la muleta, perfectamente encajado con el toro, cita con el compás abierto. Se aplica para menospreciar faenas cuya sustentación técnica reprobaron ilustres plumas, que calificaron la acción como una conculcación de las reglas clásicas del arte de torear, normas que invocaron quizá sin haber leído, y con las que pretendieron encorsetar un arte vivo como el toreo. Así pues, no estaría de más revisar los clasicismos invocados, para comprobar si han resistido el paso del tiempo y la evolución del toreo.
Se aceptan como clásicas las tauromaquias de Pepe Hillo, escrita en 1796 por José de la Tixera; la de Paquiro, publicada en 1836 por Santos López Pelegrín, Abenamar; y la de Guerrita, redactada bajo su dirección técnica en 1896 por Leopoldo Vázquez, Luis Gandullo y Leopoldo López de Sáa. Las dos primeras contemplan un toreo primitivo, donde la lidia gravita sobre el tercio de varas y la suerte suprema. La muleta aún no tiene protagonismo, solo es la azafata de la espada, pues estaba mal visto dar más pases de los necesarios antes de montar el estoque, y se reprobaba todo exceso que restara ímpetu al toro en el trance decisivo, cuando el matador citaba a recibir, suerte habitual entonces aunque no la única. 
Rafael Guerra Guerrita. Foto Montilla
La tauromaquia redactada por Guerrita adquiere otra perspectiva. La lidia ha evolucionado, y el espada cordobés intuye que el rumbo del toreo ha de virar hacia ese arte de mayor sosiego que demandan los públicos, y que llegará en el siglo XX con otro toro más seleccionado que va a permitirlo. Es el toro que buscaban los ganaderos siguiendo los consejos del propio Califa, un animal de mejores hechuras y cornamentas proporcionadas, que entrara en la muleta,  y tuviera mayor fijeza, para que Joselito revelara los primeros pasos del toreo en redondo -como preceptuaba Guerra en su Tauromaquia-, y para que Belmonte pudiera disputarle su terreno, acortar distancias y sorprender con un temple colosal y su portentoso toreo a la verónica. ¿Cuáles son, pues, los cánones o reglas clásicas que se invocan para juzgar si el espada carga o no la suerte, si solo la tauromaquia de Guerrita contempla un toreo donde la muleta comienza a tener protagonismo? 
 Ortega adelanta la pierna de salida. Foto Cano
El clasicismo es relativamente moderno, concretamente de los años cincuenta del siglo XX, y se atribuye a Domingo Ortega. Ese es el canon utilizado como vara de medir, al invocarse como clásicas las normas con que este espada definió su propio toreo, personal e intrasferible, con el que comandó la década de los años treinta, ante una crítica adepta y antimanoletista. La conferencia El arte de torear, pronunciada por el maestro de Borox en el Ateneo de Madrid, y publicada en 1950 por la Revista de Occidente, fue el argumento que necesitaban algunas plumas, de las que no entienden que en el toreo pueden coexistir varios sistemas técnicos, para censurar al espada que torea sin adelantar la pierna contraria, asegurando que falta a la verdad del toreo porque no carga la suerte. Mas si esto hubiera sido cierto, y la verdad del toreo se centrara en el simple mecanismo de adelantar la pierna de salida, todos los toreros desde Manolete hasta nuestros días habrían quebrantado esa verdad. Y eso sí que es una mentira que no se sostiene por ninguna parte.   

Manolete torea a Islero. ¿...qué era entonces aquel quebrar de la cintura,  aquel 
bajar del brazo y la muleta hasta la arena, haciendo humillar al toro? Foto Cano
Cargar la suerte no guarda relación alguna con la inmoral interpretación, que un influyente sector de la crítica propagó para menospreciar la figura y el toreo de Manolete, que ya no vivía para defenderse. De no haberse cruzado Islero en su camino, quién sabe si el inolvidable espada hubiera refutado tan ridícula afirmación, diciendo que él cargaba la suerte siempre que el peso de su cuerpo gravitaba sobre la pierna de salida, que es la máxima expresión de entrega y dominio sobre el toro, sin que para ello tenga mucha o poca importancia que el compás se encuentre abierto, cerrado o incluso retrasado.

"Pero afirmar que no cargaba la suerte carece de sentido".
El gran escritor y excelente analista del toreo José Alameda, en su libro Los arquitectos del toreo moderno, editado en México en 1961 y reeditado en España por editorial Bellaterra en 2010, aborda con brillantez la cuestión: “… si no puede torearse sin cargar la suerte, falla el reproche de que Manolete no la cargaba. Lo que quieren decir ciertos “críticos” es que el toreo de Manolete no les gusta y en eso están en su derecho, porque en gustos se rompen géneros. Pero afirmar que no cargaba la suerte carece de sentido. Pues ¿qué era, entonces, aquel quebrar de la cintura, en un natural de Manolete, aquel bajar del brazo y la muleta hasta la arena, haciendo humillar al toro, al mismo tiempo que le marcaba ya la trayectoria por donde el pase había de desarrollarse? ¿Acaso no era eso cargar la suerte?”.  
"haciendo humillar al toro, al mismo tiempo que le marcaba ya la 
trayectoria por donde el pase había de desarrollarse". Foto Mateo
Como asegura el maestro José Alameda: "La historia no establece dogmas, los establecen quienes la escriben". Después de Manolete nadie toreó como Ortega, que basaba su faena en un intercambio de pases y pasos, en un toreo de avance sobre las piernas, poderoso para quienes aceptaban esta expresión de dominio, y de menor valor para los que veían en su planteamiento una forma más o menos elegante de no pararse e irse al rabo -la apasionada afición mexicana le mostró la otra cara de la moneda con esta cantinela: "De domingo a domingo, siempre lo mismo Domingo"-. La perspectiva histórica demuestra la escasa implantación de ese concepto del toreo en los espadas, por mucho que la teoría fuera propagada por el sanedrín de la crítica como la sagrada escritura del toreo, pues la inmensa mayoría aceptó y adoptó, para expresar su acento artístico el toreo censurado, el ligado en redondo que reveló Gallito, pulió Chicuelo y consolidó Manolete, el cual permite, con el compás cerrado, abierto o incluso retrasando la pierna de salida, dejar que el toro venga por su camino natural y, sin quebrarlo hacia fuera, conducirlo hacia atrás y hacia adentro, hasta donde termina el recorrido del brazo y la muñeca apura  al vaciar, para que el lidiador gire sus talones y quede colocado para emprender el siguiente pase. Este intercambio de los terrenos del toro y del torero permite la solución geométrica de la ligazón de los pases, aunque algunos especialistas, midan la colocación de la pierna de salida para juzgar si se falta a la verdad del toreo, y censuren a los diestros que descargan la suerte de no estar adelantada.
 Manolete no solo cargaba la suerte, sino que fue de los toreros más honrados que han vestido el traje de luces, no se alivió jamás -ni siquiera cuando sus compañeros se lo pedían ante situaciones comprometidas-, y haciendo gala de una entrega absoluta fue por derecho hasta el final. Le acusaron de ventajista, por citar de perfil con la muleta retrasada, sin percatarse del nuevo modo de obligar a embestir a todos los toros, que reveló acortando las distancias con pases laterales hacia el toro, y no respetaron su acento artístico, la majestuosa verticalidad desde la que sentía y expresaba su toreo. Y cuando no vivía, esto sí que es inmoral, de torero fraudulento, que faltaba a la verdad del toreo por no adelantar la pierna contraria. Pero la miserable acusación de los inquisidores de su arte, "la verdad del toreo", en Manolete fue virtud, y con toda seguridad habría sido el titular más cabal para rotular lo que ocurrió en Linares la tarde del 28 de agosto de 1947.