Mostrando entradas con la etiqueta Lagartijo Chico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lagartijo Chico. Mostrar todas las entradas

jueves, 4 de julio de 2024

EN ESA CASA NO NACIÓ «MANOLETE»

 Por Antonio Luis Aguilera

Relieve que recuerda la antigua casa donde nació «Manolete»


 

En la madrugada de un día como hoy del año 1917 nació en Córdoba, en el entonces número 2-A de la calle Conde de Torres Cabrera, el inolvidable torero Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete», hijo del matador de toros cordobés del mismo nombre, apellidos y apodo y de la albaceteña Angustias Sánchez Martínez. La fotografía que encabeza el texto corresponde a la placa conmemorativa que fue fijada en la fachada de aquella casa, demolida con el paso del tiempo para construir otra en su lugar, donde fue reutilizada la recordatoria manteniendo la leyenda. Pero desde entonces la lectura conduce a error a  los aficionados y turistas que visitan la ciudad y pasean siguiendo los pasos de la ruta manoletista, pues en la casa actual no nació el grandioso torero, sino en el lugar que ocupa esta. Sin embargo, las distintas corporaciones municipales no han considerado oportuno subsanar esta incorrección, que no habría sido muy costosa para las arcas públicas, porque solo tendrían que modificar «en esta casa» por «en este lugar».  

«Manolete» hijo vivió en cuatro casas de la Córdoba que lo vio crecer y hacerse torero, aunque generalmente los aficionados solo conocen tres. Nació en el número 2A de la calle Conde de Torres Cabrera. De allí la familia se trasladó a la calle Benito Pérez Galdós número 8, junto a la avenida del Gran Capitán, donde el 4 de marzo de 1923 falleció su padre, a los 39 años de edad. Posteriormente la madre fijó su domicilio en la Plaza de La Lagunilla, y en 1943 el torero adquirió el palacete de estilo colonial ubicado en la Avenida de Cervantes —antigua Carrera de la Estación—, que compró a la familia Cruz Conde y fue remodelado por el arquitecto don Carlos Sáez de Santamaría. Este palacete había pertenecido al periodista y escritor don José Ortega y Munilla, padre del filósofo don José Ortega y Gasset, que lo mandó construir en el año 1890.

La albaceteña Angustias Sánchez Martínez, madre de «Manolete», contrajo matrimonio con dos matadores de toros cordobeses. En primeras nupcias lo hizo con Rafael Molina Martínez «Lagartijo Chico», hijo del grandioso banderillero Juan Molina Sánchez —de quien se llegó a afirmar que un capotazo suyo era una lección de geometría—, y sobrino del magistral Rafael Molina Sánchez, el gran «Lagartijo», que fue proclamado «Califa del Toreo» por la ingeniosa hipérbole del famoso crítico aragonés don Mariano de Cavia y Lac. El matrimonio fijó su domicilio en la Plaza de Colón número 30 de Córdoba y de su unión nacieron tres hijos: DoloresAngustias y Rafael Molina Sánchez. Tras el fallecimiento de «Lagartijo Chico», ocurrido  el 8 de abril de 1910, Angustias Sánchez contrajo matrimonio en segundas nupcias con Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete», con quien tuvo cuatro hijos:  ÁngelesTeresaManuel y Soledad Rodríguez Sánchez.


PD.: El amigo y gran documentalista Juan Galán nos envía fotografías de prensa de la casa de Manolete cuando era derruida con esta información: 

"Te adjunto una foto de la casa genuina y de la lápida rota. El relieve del torero es de Rodríguez López, profesor de la Escuela de Bellas Artes, autor de las mascarillas de muerte de Julio Romero de Torres y de Manolete".







 

martes, 29 de junio de 2021

DIGNIDAD FRANCESA

Por Antonio Castillo Rebollo, aficionado. 

Plaza de Mont de Marsan, inaugurada el 21 de julio de 1889 por el 
espada de San Fernando (Cádiz) José Rodríguez Davié Pepete.

Es indudable que en el sur de Francia, la corrida de toros a la española alcanza hoy en día, cotas de inmensa popularidad y goza de una magnífica salud. Sin embargo, su devenir hasta la época actual, no ha sido precisamente un camino de rosas; al contrario, su curso estuvo plagado de incidentes, prohibiciones y campañas orquestadas que no lograron doblegar el ánimo del aficionado francés.

Hoy, quiero comentar un caso muy curioso del que fue protagonista en 1895, el torero sevillano Antonio Reverte en Mont-de-Marsan junto con Mr. Paul Dorian el alcalde de esta ciudad. Pero antes, el bondadoso lector me disculpará que lo haga navegar por mi personal y procelosa laguna Estigia, con el siguiente y largo preámbulo:

El sevillano Antonio Reverte  

Tanto en el sudoeste como en el sudeste francés viene de muy antiguo la costumbre de jugar con el toro -tauromaquia-. Se pierde en la noche de los tiempos la existencia de un toro salvaje en los pantanos de la Camarga, cerca de donde desemboca el Ródano. Es un toro pequeño, pero duro, muy ágil, con mucho brío y agresividad  y   descarado  de  pitones  en forma  de  lira -cornialto o cornipaso-.  Desde hace varios siglos, a este toro se enfrentan a cuerpo limpio unas cuadrillas de mozos que, con sus recortes, quiebros y saltos espectaculares burlan su codiciosa embestida. Según Cossío que se apoya en la información que le proporciona Auguste Lafront, “…a principios del siglo XIX, en Arlés, las fiestas taurinas continuaban con brillo una tradición, sin interrupción, desde hacía casi tres siglos…”. Sin embargo, la implantación de la corrida española con matadores de a pie y picadores es cosa mas reciente. Concretamente la primera de ellas se celebró el 21 de Agosto de 1853 en Saint-Esprit, un pequeño pueblo aledaño a Bayona y donde existía desde 1850 una pequeña placita destinada a ofrecer espectáculos de corrida a la landesa. La plaza se llenó de un público expectante que acudió a ver al famoso espada madrileño Cúchares, que se enfrentó él solo a cuatro toros navarros y dos andaluces. Este primer cartel, publicado por Pelletier, está cuidadosamente impreso en Bayona y con grandes caracteres tipográficos anuncia: “Grandes Courses Espagnoles de Taureaux”. A esta primera corrida, seguirán otras dos, los días 22 y 23 del mismo mes. El impacto de las corridas españolas con toros de muerte fue tremendo. Según Pelletier, periódicos locales como Le Courier exhortaban a sus lectores con estos términos tan ardorosamente beligerantes y combativos: “Appel est fait à la jeunesse bayonnaise; une brèche est déjà ouverte: à l’assaut, à l’assaut!” (Un llamamiento a la juventud de Bayona; se ha abierto una brecha: ¡Al asalto, al asalto!).

Toros de la Camarga francesa

Apoyando la implantación de la corrida española, como se le llamaba en Francia al nuevo espectáculo tauromáquico, Aguado de Lozar que había sido el avispado empresario navarro de estas primeras corridas en Bayona, bajo el seudónimo de M. Oduaga Zolarde, da a la imprenta el primer tratado de tauromaquia escrito en francés: “Les courses de taureaux expliquées”, libro rarísimo donde los haya, que se publicaría en Bayona en 1854, por la imprenta de Lamaignère, con 148 páginas más cuatro láminas grabadas a la litografía, con escenas taurinas. 

A partir de entonces, se fue extendiendo la corrida española por todo el sur de Francia: Andrés Fontela inauguró la primera plaza de Béziers en 1859, el novillero guipuzcoano Manuel Egaña (Relojero) pisó por primera vez las plazas de Mont-de-Marsan, Dax y Saint-Sever en 1860, el matador de toros catalán Pedro Aixelá (Peroy) lo hizo en la de Marsella en 1861.

En la década siguiente, matadores de cartel como Currito, Ángel Pastor, Gordito, se dejaron ver, especialmente en Nimes, donde en 1885, una muchedumbre enorme, se reunió para ver actuar al famoso espada Frascuelo.

Una de las dos plazas de toros de París. La Torre Eiffel al fondo

En 1889, se llevó a cabo un esfuerzo muy importante para que arraigara la corrida de toros española en el corazón de Francia -París- con motivo de la Exposición Universal. Nada menos que se construyeron dos plazas de toros: una en terrenos de la propia Exposición y otra, mejor acondicionada, en el cruce de la rue Pergolèse y el boulevard de Lannes, bautizada en los carteles –en castellano- como “Gran Plaza de Toros du Bois de Boulogne”. Para la ocasión se tiraron carteles con gran lujo y tamaño, en cromolitografía, y que se hicieron tanto en España, por el pintor Daniel Perea (Lit. Palacios, de Madrid), como en París, donde el famoso cartelista Jules Cheret no desdeñó el realizar un atractivo affiche que se tiró en la imprenta de Chaix. En la extraordinaria colección de carteles del coleccionista catalán Jordi Carulla hay magníficos ejemplos de este artista y otros cartelistas franceses como Baylac, Million, Diffre. Ese mismo año, se dieron en la capital francesa nada menos que 28 corridas, con la participación de primeros espadas, tales como Ángel Pastor, Valentín Martín, Mazzantini, Lagartijo, Frascuelo, Cara Ancha, Guerrita y otros más. Curiosamente, durante estos cuatro años -de 1889 a 1893- se celebraron bastante mas de un centenar de corridas y estos festejos parisinos sirvieron para favorecer los intereses de muchas de las plazas del sur de Francia, ya que las empresas de las mismas aprovechaban el paso de los diestros contratados en París, para asegurarse su concurso, y así vieron torear en Marsella a Fernando el Gallo y Mazzantini. En Dax a Faico, Minuto y Guerrita, ó a Ángel Pastor en Mont-de-Marsan. 

Torerísimo quite de Fernando el Gallo en la plaza de Madrid
mientras acude el picador reserva. Fotografía Jean Laurent.

Sin embargo, en París, no todo fueron facilidades para la implantación de la corrida de toros -que nunca logró arraigar allí- y así, años mas tarde, también en París, el 5 de junio de 1900, el torero aragonés Ramón Laborda (el Chato) actuó en la corrida inaugural de la plaza de toros de “Arenas de Enghien”, construida con motivo de la nueva Exposición Universal, a las órdenes del matador francés Félix Robert. Camino de la plaza, un sicario contratado por la Sociedad Protectora de Animales, de nacionalidad sueca y llamado Ivon Aquelli, disparó varios tiros contra el coche de los lidiadores en protesta por la celebración de corridas de toros, alcanzando a “El Chato” en el brazo y costado izquierdos, aunque las heridas fueron afortunadamente muy leves. Esto dio motivo para que Roberto Casañal, en un raro y gracioso folleto “Romance, vida y retrato de Ramón Laborda (el Chato) editado en Zaragoza en 1913 y escrito en forma de romance, nos relate el atentado con su fina ironía, diciéndonos que: “como le apuntara a la nariz, ¡está claro! No le dio ninguna bala”.

Ramón Laborda "El Chato"

Y llegamos al nudo de nuestra historia. Ante el auge creciente de las corridas de toros, los años de persecución, que nunca habían desaparecido, se recrudecieron en 1894, con la aparición de continuas trabas administrativas y legales y prohibiciones gubernamentales procedentes de París. Esta situación aún empeoró más en 1895, pues el nuevo ministro del Interior, Mr. Georges Leynes había reanudado una lucha áspera a favor de la prohibición de las corridas, de modo tal que, si un matador de toros daba muerte a su toro durante la lidia del mismo, se le entregaba un decreto de expulsión que le impedía volver a Francia para una nueva corrida y entre los que figuraron expulsados Bombita (Emilio), Chicorro, Fabrilo, Minuto, Marinero, Fuentes, Lagartijillo, entre otros. De esta manera, las empresas francesas quedaban obligadas a contratar nuevos matadores que no estuviesen incursos en ningún decreto de expulsión. No se le ocultará al avisado lector que, ante la falta de matadores, por culpa de estas triquiñuelas legales (Ley del 2 de Julio de 1850. Ley Grammont), la corrida española, corría un serio riesgo de desaparecer en un corto plazo de tiempo de las arenes francesas.

El torero francés Félix Robert

Cualquier aficionado francés que sea conocedor de la historia taurina de su país -que son los más- se sabe deudor de personas como Paul Dorian y es gracias a él y a otras personas como él, que, con toda normalidad, se celebren tantas y tan buenas Ferias taurinas en nuestro país vecino. 

Aquel año de 1895, en el apogeo de su fama, Antonio Reverte fue contratado en Mont-de-Marsan para torear dos corridas, una de Carreros y otra de Flores, los días 14 y 16 de Julio. En su primera -como veremos a continuación- y única corrida del día 14 Reverte, según la crónica que publica la revista madrileña El Toreo (núm. 1139 del 22 de julio de 1895) “estuvo regular en la muerte del cuarto toro y superior en al de los bichos segundo y sexto lo que le valió grandes ovaciones, así como entusiasmó a las masas con sus recortes capote al brazo y toreando de capa”. Estaba previsto que toreara de nuevo el día 16, pero una orden de expulsión del país, por haber consumado la mise a mort, se lo impedía. París había dispuesto que un comisario especial investido de los poderes pertinentes que le delegaba la Convención, para que se encargara personalmente de la expulsión inmediata del matador español. 

Antonio Reverte con su cuadrilla

Enterado el alcalde Paul Dorian, y en vez de obedecer la orden, decide esconder al torero en su propio domicilio, con el ánimo de hacer creer al comisario que el diestro ya había tomado el tren a Hendaya, de regreso a España y por el medio de los hechos consumados, hacer que este toreara de nuevo y por sorpresa el día 16. Noticioso el comisario de lo que sucedía, ordenó que Reverte fuese detenido y escoltado hasta la frontera. El alcalde puso en juego todas sus influencias para que no se diese cumplimiento al auto de expulsión y al no conseguir su revocación, acompañó al torero hasta la estación, suponemos que sería a altas horas de la noche, cuando el convoy que procedía de París y con destino a Hendaya, hacía su escala en Mont -de- Marsan y una vez que partió el tren hacia la frontera, regresó andando al Ayuntamiento, en cuyo tablón de anuncios fijó un aviso anunciando su dimisión, lo que le valió, dicen las crónicas, grandes y unánimes aplausos de todo el vecindario, que ya previamente, se había manifestado frente a la casa del mismo alcalde, pidiendo la celebración de la corrida del día 16 con Reverte en el cartel.  

martes, 2 de febrero de 2021

MANOLETE RECORDADO POR ALFREDO DAVID


Manuel Rodríguez Manolete con Alfredo David Puchades.

El semanario El Ruedo publicó una interesante entrevista al famoso subalterno Alfredo David Puchades (Valencia, 14/3/1893, Madrid, 13/2/1978), donde el gran torero de plata analizaba detalladamente el toreo de Manolete, con quien fue cinco años en su cuadrilla.  

Alfredo David por su brillante carrera profesional está considerado uno de los banderilleros auténticamente importantes de la historia, como lo fueron los espadas para los que ejerció su brega suave y magistral. Tras comenzar auxiliando en su Valencia natal a varios noveles, entre los que figuró un desconocido Juan Belmonte en dos novilladas sin picadores, trabajaría para Luis Guzmán Zapaterito, Pacomio Peribáñez, y Manuel Varé Varelito

El 26 de septiembre de 1918 tuvo lugar en Madrid una triple ceremonia de alternativa, donde Joselito el Gallo concedió el grado de matadores de toros a Varelito y Domingo González Dominguín, mientras que el gran subalterno cordobés Manuel Saco Cantimplas hizo lo propio con el banderillero Alfredo David, a quien cedió un par de rehiletes, ceremonia entonces habitual en Madrid cuando un banderillero debutaba en corrida de toros.

Durante su extensa carrera Alfredo David actuaría con Manuel Granero, Diego Mazquiarán Fortuna, José García El Algabeño, Marcial Lalanda, Vicente Barrera, Domingo Ortega, Manuel Rodríguez Manolete, Luis Miguel Dominguín, Manuel Calero Calerito, Manuel Jiménez Díaz Chicuelo II, Luis Segura, y Diego Puerta, retirándose de los ruedos en 1965, a los 72 años de edad.

El excelente peón valenciano pudo observar en primera línea los cambios del arte de torear desde la época de Joselito y Belmonte hasta la de Manuel Benítez El Cordobés, siendo testigo de la evolución del toreo moderno, instaurado definitivamente por Manolete al implantar el concepto de faena de línea gallista revelada por el gran artista sevillano Manuel Jiménez Chicuelo, razón por la que su perspectiva histórica concede singular importancia a estas declaraciones. 

En la manoletista PLAZA DE LA LAGUNILLA no podía faltar este valioso testimonio de Alfredo David sobre Manolete, que curiosamente en la noche de su agonía en el hospital de Linares tuvo unas palabras para el banderillero que ya no actuaba en su cuadrilla: «¿David, dónde está el toro...?».

Foto de cuadrilla: Miguel Atienza, Alfredo David,
Manolete, Cantimplas, Pinturas y Pimpi.

 Pregunta: ¿Cómo ve usted a Manolete?

Alfredo David: Me parece excepcional.

—¿Creador?

—Por lo menos en un estilo, esa es su personalidad. En esta profesión todo está hecho y todo está escrito. Las reglas son inconmovibles.

—¿Y cuál es la esencial característica de Manolete?

—El exacto conocimiento que tiene de lo que debe ser la lidia y muy especialmente del toro.

—¿En qué lo funda usted?

—Primero en mi experiencia. Yo he alcanzado en esta época a los más grandes artistas. Con unos he toreado años enteros, a otros les he visto, alternando con ellos en el ruedo, porque el peón también alterna, y puedo asegurar a usted que si cualquiera de ellos, pongamos como más punteros a Joselito y Juan Belmonte, han sido cumbres en los variados lances y en eso de alambicar sobre las condiciones del toro, este Manolete, por lo que sea, ha logrado tal superación en el dominio, que a veces, cuando habla con nosotros acerca de cualquier estilo de toro o de un lance de la lidia, lo que nos maravilla, a los que nos consideramos de vuelta de todas las experiencias, es la precisión en sus juicios y lo irrefutable de sus fallos.

Valencia, 19-3-1942. Pinturas colea al toro desde el suelo tratando de
 librar a Manolete de la cornada. A la izquierda, de azabache, Juanito
Belmonte quiere llevarse el toro con los brazos. A la derecha, sin capote,
Alfredo David trata de ayudar. Al fondo, acude también raudo al quite Pedro
Barrera. Todo acontece bajo la mirada de Guillermo González, fiel mozo de
espadas y chófer de Manolete, que a cuerpo descubierto y sin soltar sus trebejos,
expone su vida a cambio de asegurar la de su jefe de filas. Foto Finezas.

—¿Cómo le gusta a usted más Manolete?

—Mi gusto no es el del público precisamente. Su actuación en el modo de llevar la lidia es lo que me encanta. Esto se le escapa al más aficionado, que ve la corrida desde el tendido. Para Manolete, toda su ciencia está en sacar partido del toro manso y del toro difícil. Para esto hace falta un gran dominio y una ciega afición.

—¿Qué opina usted de Manolete con el capote?

Manolete apunta su primera personalidad con el capote. Véalo usted en su toro, en el que ha de matar y podrá usted hacer juicio. Maneja Manolete el capote a conciencia de que sabe para qué sirve. Su raro sentido de la elegancia está hecho a base de sobriedad. Tiene una línea que puede coincidir con lo clásico y el «cordobesismo», pero yo califico de «manoletista» pura. Yo alcancé a ver de muchacho a tres cordobeses de solera: a Machaquito, al hijo de Juan Molina, otro Lagartijo, que apodándose Chico era en los días buenos un gigante, y al Manolete I, el padre de este Manolo. Los tres ofrecían como esencial característica no abusar del preciosismo. Todo lo que hacían bien, lo hacían con justeza, como medido a compás. Y eran clásicos en la estampa, en la manera de caminar por el ruedo, en que jamás estorbaban al compañero, en la forma de estar colocados para el quite. Y cuando metían el capotillo era siempre sin vacilaciones, sin forzar la figura, abriéndolo en la misma cara y tirando suavemente hasta el encuentro, para dar después la salida con la misma suavidad.

Pero aquella era la época florida de todas las florituras. Postrimerías de Fuentes, el más elegante y alegre de la escuela sevillana; genialidades de Rafael el Gallo, que puesto a alertar en el toro suavon y que le iba a la medida era un creador de suertes, el padre de Chicuelo, delicioso y hábil en eso de torear por la cara, en las famosas chicuelinas que luego heredó su hijo; Bombita que tenía el secreto de la sonrisa y del bullir, aun cuando no fuera el capote precisamente su gran fuerte. A estos toreros que arrancaban ovaciones y estaban en candelero, había que sacrificar una modalidad y un estilo, mandaba entonces la escuela sevillana, y los tres cordobeses lo ensayaban todo y lo ensayaban sacrificando lo que en ellos era lo mejor, su estilo, y habían de sacrificar la voltereta o la cornada para no desmerecer.

Valencia, 24-7-1942. La faena al toro Maganto, de pelo
colorado y de la ganadería de Clemente Tassara, le abrió
las puertas de la gloria. Manolete no puede sostener todos
los trofeos concedidos. Le ayuda su banderillero Alfredo
David. Foto Finezas.

—¿Y este Manolete?

—Este Manolete ha empezado por imponer, quiéralo o no el público, lo que él entiende que es el toreo de capa, exento casi siempre de esa cosa polícroma y luminosa que se convierte en gaoneras, galleos, chicuelinas, largas, afaroladas, serpentinas, mariposas, a las que no se puede quitar mérito aun cuando muchas veces, ellos mismos, lo paguen por convertir al toro que han de pasaportar en una devanadera.

—¿Entonces la suerte de capa?

—Tiene por delante la eficacia. El matador dispone de una suerte que si se realiza en forma es bastante para considerarla como figura imponderable: la verónica. Juan Belmonte se hace fenómeno antes de nada con su media verónica. Es algo que emociona y pone en pie al espectador, porque se trata de una suerte en la que hay que exponer, y el público con su instinto es lo que más premia. La verónica hay que lograrla; y es tan esencial como el capotazo que lanza el peón para correr y fijar el toro. Manolete torea por verónicas, echando por delante esa eficacia a que aludo al principio. Y como es artista de características personales, ha logrado la suya que es inconfundible en la ejecución.

Afirmado en esos pies que se juntan, para mantener la figura erguida y en línea graciosa, no rígida, con un movimiento leve de cintura para el juego y un manejo de muñeca, empapa al toro sin desplegar mucha tela, permitiéndole ir embebido en el engaño, realizando los lances que el animal acepta gustoso, cosa que Manolete mide con pasmosa seguridad. Cuando remata, lo hace generalmente por bajo y echándose el capote, más recogido todavía, más abajo de la cintura y sin romper la línea de la figura. Es el momento preciso que Manolete tantea su enemigo, más pendiente del estilo que muestra el toro que del lucimiento que puede tener la suerte. Pero como le pone mucho valor, y todos los movimientos son graciosos, la verónica de Manolete ya ha hecho escuela.

Valencia, 28-7-1944. Al quinto toro, Cañamero, de Vicente
Muriel, le hizo una de sus mejores faenas en esa plaza.
Manolete devuelve -por partida doble- los sombreros que le
arroja el público, custodiado por los hombres de a pie de su 
cuadrilla: Cantimplas, Alfredo David y Pinturas. Foto Finezas.

—¿Y en ese primer tercio?

—Es donde echa mucha ciencia Manolete. Seguirle en sus intervenciones, de una pasmosa sobriedad, bien en el lance suelto, la preparación para la suerte de varas, la forma serena de llevar la lidia, la disciplina que pone en sus subalternos, para que no falte nada ni sobre tampoco, es una verdadera lección de torear, que al público cae muy bien, porque en ello advierte el dominio perfecto. Puede decirse que el paso al segundo tercio, es como debe ser, obra del matador que dirige; y que hay una inteligencia muda y sin gestos, entre el que está arriba y da la señal y el de abajo, pegando al toro, sabe dónde está lo suficiente.

—¿Y con la muleta?

—Es el momento impresionante de Manolete. No encuentro otra palabra más a mano para calificar. Si en el toreo muestra un sentido dramático y de hombría, en ese momento puede decirse que es cuando consolida su recia personalidad. Si Manolete en la suerte de matar y cuando tiene que realizar su preparación con la muleta, no hubiera logrado esa superación, hoy sería un matador más, posiblemente de los bien enterados, y de los que saben andar por la plaza, pero de vida corta en la profesión y sin dejar ninguna huella. A Manolete le ha cogido de lleno el conocimiento del uso de la muleta, y es pasmoso todo lo que realiza con ella pegado al toro. Ninguno, y en esto sí que pongo montados unos sobre otros a todos los genios taurinos, han sabido dar un riesgo y una emoción trágica, como Manolete con la muleta. Se discute si los pases naturales que él prodiga son inferiores a los dados por ese otro fenómeno que se llama Juan Belmonte, y en esto no quiero entrar ni salir porque no es necesario. El mismo Juan ha dicho que en el terreno que torea Manolete en esta suerte, nadie lo ha hecho. A su sabiduría me plegó y ante él me inclino.

Alicante, 29-6-1947. Pase de castigo a un toro del Conde de la Corte.
Según Finezas II, es la mejor fotografía que hizo su padre. La belleza
y la torería de la imagen la llevaron los pintores a sus lienzos. 

Lo que sí sostengo es que Manolete, acaso por su construcción y por el secreto que ha sacado a esa manera tan difícil, por lo sencilla, valga la paradoja, de jugar a la muñeca, le permite ligar faenas, que yo en todos mis años no había visto ligar. Con la muleta Manolete realiza los pases más artísticos y alguno de cultivo excepcional como la manoletina, de seguro efecto para el público, pero al que yo no le doy la misma importancia como otros que realiza, impecablemente y con la conciencia que la muerte está rondando. El dramatismo a que antes aludía.

Valencia, 7-9-1942. Manolete recibe de manos de Justino Arenillas,
jefe superior de Policía, el capote de paseo ganado en la Feria de Julio.
Le acompañan, de izquierda a aderecha, Alfredo David, Juan Atienza,
Miguel Atienza, Cantimplas, Cristóbal Peris, Jesús Lloret Recorte y Pinturas.
Foto Finezas.

—¿Y esos pases que él ejecuta mirando al público?

—Muy pocos interpretan su debido sentido. Es casi imposible que a Manolete le coja un toro cuando lo realiza. Precisamente lo que quiere demostrar con ellos es que el toro está tan sugestionado en la muleta que no obedece a otra cosa; y esa es la mejor prueba de su dominio.

—¿Y ese toreo que alguien califica de costado?

—El que lo hace como crítica es que entiende muy poco o nada de toros. El riesgo precisamente es llegarle al toro, como él le llega y colocarse como él se coloca. En eso sí tiene la patente. Ahí está el toro, para darle disgustos a aquellos que, sin saber las razones, se atreven a imitarle. Manolete es el más concienzudo técnico en el toreo, pero eso nada valdría, muchos aficionados saben de eso y de otras cosas, es que Manolete, mezclado con eso, tiene la experiencia de lidiador, que solo cuaja cuando hay afición, valor y resistencia. Tres cualidades que son imprescindibles para alcanzar la meta en el toreo.

NOTA: Tanto las fotografías como los textos que ilustran la entrevista datadas en Valencia y Alicante, pertenecen al Catálogo "MANOLETE visto por Finezas", editado por la Excelentísima Diputación de Valencia en 2017, con las magníficas instantáneas realizadas por Joaquín Sanchis Serrano Finezas I, y Manuel Sanchis Blasco Finezas II.

sábado, 21 de noviembre de 2020

BERNABÉ ÁLVAREZ “CATALINO”, UN PICADOR “MUY ESPECIAL” (I)

Por Rafael Sánchez González

Juan Belmonte hace un quite a Catalino en Lima (Perú)

Cuando escribí sobre la relación de la dinastía taurina de los Gallo con varios toreros cordobeses, dejé para una nueva ocasión a los varilargueros Zurito y Catalino. Recordado ya el primero, quiero ocuparme ahora del segundo de esta pareja de verdaderos maestros con la vara de detener.

En mi ya dilatada vida de aficionado a la fiesta de los toros he tenido la oportunidad, en realidad ha sido siempre una constante en mí, de dialogar con numerosos profesionales del toreo en sus distintas categorías, y personas relacionadas con él, por lo que he podido recoger infinidad de datos y vivencias que han venido a enriquecer mi archivo taurino. Puedo asegurar que una de las entrevistas más amenas e interesantes fue la mantenida con Bernabé Álvarez Jiménez Catalino, si bien debo apresurarme a decir que mi participación en ella solo fue en calidad de escribano, por cuanto quienes la concertaron fueron mi padre y Pepe Guerra, mis auténticos maestros en materia taurómaca. Todo vino porque en 1953 Don Alonso Moreno estaba interesado en recabar información sobre este picador, para un libro que tenía intención de escribir y que al final creo que no vio la luz. No podía imaginar entonces que transcurridos más de veinte años compartiría tertulia con el ganadero palmeño en el Mesón del Príncipe, situado en la madrileña calle del mismo nombre, reunión de la que también formaban parte mi desaparecido amigo y gran aficionado Manolo León, y los conocidos picadores toledanos Rubio de Quismondo y los dos hermanos Mozo.

Casa Castillo, hoy Taberna Santi, lugar del encuentro

La cita con Catalino fue en Córdoba, en la antigua Casa Castillo, hoy Taberna Santi, en la plaza del Realejo, cercana a la calle Muñices, en la que a la sazón vivía y fallecería el 22 de diciembre de 1958, es decir cinco años después. No olvidaré su llegada al punto de encuentro. Valiéndose de una muleta y un bastón, apenas si podía andar con estabilidad y mover aquel corpachón de anchos hombros y elevada estatura, malformada ya por los numerosos golpes recibidos en los ruedos, más que por el paso de los años. A lo largo de casi tres horas nos fue desgranando su densa ejecutoria, citando a todos los espadas de alternativa con los que trabajó, al tiempo que iba añadiendo datos o detalles curiosos relacionados con cada uno de ellos, datos que fui recogiendo apresuradamente, dándose la circunstancia de que agoté todas las cuartillas que llevaba, por lo que Enrique Fresno, que en calidad de mozo regentaba entonces aquella popular taberna, me tuvo que facilitar varias hojas del bloc que guardaba en uno de los cajones de la vieja estantería, momento que aprovechó Bernabé para decirle, señalando a varios clientes que con atención seguían nuestra conversación: “Enrique, ten cuidao, no nos vayas a dar esas en las que tienes apuntao las trampas de esta gente”. Quiero y debo hacer constar, que se trata de todo un personaje dentro y fuera de las plazas de toros, y aunque la vida particular no deba ser nunca información fundamental para una biografía profesional, aportaré algunos detalles, que, unidos a los que por otras fuentes tengo recogidos en relación con él, servirán para un mejor conocimiento de la personalidad del protagonista al que quiero recordar, en la seguridad de que no será poca la información que por razones de espacio se quedarán sin exponer.


Para empezar habrá que decir que ni Bernabé pertenece al frondoso árbol genealógico de la torería cordobesa, ni entre sus jóvenes ilusiones anidaba la idea de actuar en los ruedos, aunque eso sí, fue bautizado en la muy torera Parroquia de Santa Marina, dado que nació en la calle Valencia de nuestra capital el día 15 de febrero de 1885. Fueron sus padres Adela Jiménez Fernández y Catalino -de ahí su apodo- Álvarez Gómez, manchego de nacimiento y primo del famoso doctor Don Luis Jiménez Guinea. Aquel hombre se ganaba el sustento “haciendo portes” con un pequeño carro  tirado por una mula, teniendo como clientes a muchos profesionales del toreo, a los que transportaba el equipaje a la estación de ferrocarriles para sus continuos viajes. De complexión fuerte, con quince años de edad se colocó Bernabé de faenero en el almacén de aceitunas y cereales de José Delgado, donde sin demostrar exagerado esfuerzo se cargaba sacos de 80  y  100 kilos. Y aquí empieza su relato. “Allí ganaba poco y duré menos todavía”. Seguidamente pasó a trabajar en la calderería del Depósito de Máquinas de Renfe, y después a la de Antonio Caro, situada en un corralón junto a la Torre de la Malmuerta, donde tenía como jefe a un tal Mayuel, “un tío de origen francés al que llamaban El Filipino, porque decía que había estado en la guerra de aquél país, luchando como infante de marina en las tropas españolas al mando del cordobés Don Rafael Cabezas, capitán de fragata, que fue el que se lo trajo después a Córdoba. Lo curioso era que en el mono de trabajo llevaba enganchada la medalla que como mérito decía él que le habían concedido”.

Dada su enorme fortaleza todos los compañeros le decían que tenía que ser picador. Y sucedió que regresando con unos amigos del Bar La Parra, junto al paso a nivel de Las Margaritas, al llegar al Café Chastang se encontraron con el Sr. Mayuel, que estaba acompañado de quien resultó ser el contratista de caballos de la novillada, anunciada para el día siguiente en Los Tejares (luego comprobaría que todo estaba tramado en ese empeño por hacerle picador). Una vez  presentados dijo Mayuel que ese era el muchacho del que le había indicado que quería picar en ella, y al saber este hombre que carecía de experiencia en dicho menester, le preguntó: “¿Tú que te crees, que los caballos son de cartón?”; “Ni de cartón ni de ná, que quiero ser picaor”, contestó Bernabé. El resultado fue que acordaron su actuación, por lo que sin más relación con las cabalgaduras que la mula del carro de su padre, y el manejo alguna que otra vez del coche de caballos que su tío Antonio tenía en la parada, con ropa prestada y sin informar de la aventura a su familia, valiéndose de la ayuda del monosabio que pasó a recogerlo con el caballo para llevarle a la plaza de toros, se vistió en casa de la novia que entonces tenía (de su faceta mujeriega también hablaremos). Se trataba de una novillada con motivo de la festividad de la Virgen de la Fuensanta (8/9) en la que el granadino Serafín Ibáñez Corcelito y los cordobeses Rafael Rodríguez Chaqueta y Rafael Sanz se enfrentaban a ganado de D. Juan Galdón. Recordaba Bernabé que al salir de la plaza era ya casi de noche; que como reserva actuó en los seis novillos, sin que ninguno llegara a derribarle; que el cuarto fue condenado a banderillas de fuego; el quinto se lo brindaron a Guerrita; y el sexto, que era el de menos peso salió bravo, pero todos con empuje y desarrollados pitones. Con cierto gracejo nos comentó que, antes de hacer el paseíllo, Carrana (Antonio Bejarano), que ejercía de torilero, al saber que era novato le dijo: “Muchacho, ¡¡te van a dar poco esta tarde…!!”. En realidad no debió dársele muy mal la cosa por cuanto el mencionado empresario de caballos, el sevillano Antonio Arenas, le ofreció la repetición para dos días después en la plaza de Andújar (Jaén), novillada en la que Rafael Molina Lagartijo Chico y Antonio Fuentes se las vieron con reses de Conradi. “Por ambas actuaciones me pagaron veinticinco pesetas, y en vista de que aquello era más rentable que seguir como calderero, y además no tendría que estar todo el día con el mazo de acero, la cizalla  y las tajaderas, ni cargarme pesadas chapas, le dije al Filipino que hasta luego y me tomé en serio lo de picador”.

Antigua plaza de Los Tejares de Córdoba

Una vez decidido a ello, pensó que convenía adiestrarse lo mejor posible como jinete, por lo que en compañía de su amigo el Gordoncho (Rafael González Gómez), que también sería picador de toros, se fueron a una huerta en los pagos de la Fuensanta, donde un amigo de Rafael tenía un potro a medio domar. Profesionalmente Catalino no llegó a manejar con total destreza  la brida, pero tenía poderosas piernas con las que atenazaba al caballo; es más, escogía los de mayor alzada sin importarle la doma que tuvieran, ya se encargaba él de que le obedecieran. Durante mi estancia en Madrid, muchas mañanas de invierno solía acercarme hasta el patio de caballos de Las Ventas para ver a Luis Vallejo Pimpi, responsable de la cuadra de caballos de dicha plaza. Sentados al solecito en un banco de madera, no me cansaba de escuchar sus interesantes y amenas vivencias. Como componente que fue de la cuadrilla de Manolete, a veces se le saltaron las lágrimas hablándome del inolvidable diestro. Respecto a Catalino me comentó que el día que confirmó la alternativa el califa (12/10/1939), que por cierto le cortó las dos orejas a un toro de Antonio Pérez, cuando su tío Basilio Barajas, que fue rejoneador y a la sazón era el responsable de la cuadra de caballos, vio por la mañana a Bernabé, exclamó: “todavía está vivo el bestiajo este”.

A partir de aquellas dos intervenciones primeras, Catalino continuó actuando como reserva en cuantas ocasiones se le presentaban, haciéndolo también a las órdenes de distintos novilleros en el coso cordobés, y así le veo con Corchaíto II, Manolete y Machaquito. En 1909 decide trasladarse a Madrid y con la ayuda de Manuel del Pino Monerri, picador cordobés casado con la popular lotera madrileña conocida por Doña Manolita, consigue debutar en la desaparecida plaza anterior a la de Las Ventas un domingo de frío polar (1912), enrolado en las filas del valenciano Antonio Mata Copao, que igualmente hacía su presentación, formando parte del cartel que completaban Isidoro Martí Flores, Pacomio Peribáñez y reses de Moreno Santa María. Trabajó después para otros espadas como Alfonso Cela Celita, Moreno de Alcalá y el mexicano Vicente Segura, hasta que por fin Rafael González Machaquito le dio puesto fijo en su cuadrilla en 1912, cubriendo con él las dos últimas temporadas en activo de dicho espada. A partir de aquí su trayectoria profesional cobró importancia y sus servicios fueron solicitados por los más importantes diestros del primer tercio del siglo XX, peticiones que él atendía según su conveniencia, porque, y me refiero a un aspecto muy señalado por quienes le conocieron, Bernabé se preocupó mucho del tema económico, y cambiaba de jefe según los emolumentos que le ofrecían. Un detalle al respecto. Era costumbre que los contratistas de caballos ofreciesen una gratificación a los picadores, con el fin de que, en lo posible, defendieran en el ruedo sus cabalgaduras, y según le contó el citado Fausto Barajas a su también mencionado  sobrino, cierta mañana de festejo, como quiera que aquella oferta económica no llegaba, Catalino repetía en voz alta por el patio de caballos: “con estos jacos no llegamos ni a la mitad de la corría”.

Los contratistas de caballos gratificaban a los 
picadores que defendían a las cabalgaduras

Quiero resaltar que en la entrevista que mantuvimos con él, según citaba los espadas a los que había acompañado, nos añadía su opinión sobre cada uno de ellos, a la vez que recordaba numerosos datos acerca de sus intervenciones, algunas de cuyas citas voy a referir (las fechas las aporto yo), por considerarlas interesantes o curiosas, y desde luego no fue tarea fácil darle forma a los apuntes que en su esencia tomé, mientras conversaba con mi padre y con Pepe Guerra. Así, de Machaquito resaltaba las cualidades de gran estoqueador y su enorme pundonor. “Toreamos cuatro corridas en Pamplona y en la primera, mano a mano con el Gallo, quedó muy mal con la espada, oyendo dos avisos con un bicho pregonao de Vicente Martínez, y por lo que el maestro nos contó, se tiró toda la noche sin poder dormir”. A continuación, tras permanecer unos segundos en silencio nos dijo Bernabé: “de allí me vine para Córdoba, porque se agravó la enfermedad de mi mujer y la pobre se murió el día 19, por lo que no pude ir a Pozoblanco, incorporándome a la cuadrilla en la feria de Valencia, donde también actuamos cuatro tardes”. Aquel año, Machaquito comenzó muy tarde la temporada, pero realizó doce paseíllos en la plaza madrileña cuyo ruedo no pisaba desde el 6 de octubre de 1911, cuando Pandero, un astado de Gamero Cívico, le causó la gravísima lesión vertebral que le mantuvo largo tiempo inactivo. A varias de ellas se refirió Bernabé. La primera, aquella en la que “nos echaron como sobrero un toro enano y se armó una gran escandalera, con la gente en el ruedo y mi jefe llamado al palco presidencial. Menos mal que enseguida cogió los palos Vicente Pastor y la cosa se pudo calmar”. Seguidamente, nos habló del día en que poco antes de hacer el paseíllo en Madrid, se le acercó Cocherito de Bilbao, y refiriéndose a la baja estatura de Fermín Muñoz Corchaíto,me preguntó con mucha guasa: ¿oiga usted, su paisano que es corcho o tapón?; contestándole yo, ¿y usted que es cochero o lacayo…? Ahora en el ruedo vamos a ver lo que es un torero con cojones”. Se trataba de la corrida celebrada bajo una pertinaz lluvia el 25 de mayo, en la que con siete toros de Martínez y uno de Pérez de la Concha actuaba con ellos Vicente Pastor. Se refirió también a la corrida de Beneficencia (29/5) a la que asistió la Infanta Isabel, “fue para ver a su torero, que era Vicentito Pastor”. Y cómo no, se detuvo al recordar cuando Machaquito se despidió del toreo, concediéndole la alternativa a Juan Belmonte, accidentado festejo celebrado el 13 de octubre, en el que saltaron a la arena once toros de los que cinco fueron devueltos, “por poco se acaban las banderillas de fuego con tanto manso como salió.  Rafael tuvo que matar el último, casi de noche ya, porque Belmonte había pasado a la enfermería. Bueno, lo que hizo fue rematarlo, porque a ese toro le di yo lo que se merecía”. Referente a las intervenciones en provincias de aquel año (1913), además de detenerse en las que picó en Córdoba, recordaba muy bien la llamada corrida Monstruo de Santander (26/6), en la que, dividida en tres partes, se lidiaron en total dieciocho toros, “yo no he visto en mi vida tantos caballos de picar juntos… Más de sesenta creo yo. Por la mañana había caballos hasta en el mataero, que estaba al lado de la plaza”.

Estocada de Machaquito en Málaga. Foto web Anís Machaquito

Retirado Machaquito, en 1914 ingresó en la cuadrilla de Paco Madrid, otro extraordinario estoqueador de toros, gran ejecutor del volapié. De su año con él nos habló Catalino de la tarde (1/9) que en La Malagueta se doctoró Matías Lara Larita, primera corrida de feria en la que se corrieron reses de Nandín y ejerció de testigo Juan Belmonte. Esta misma terna se repitió el día siguiente para enfrentarse a ganado de Conradi. Sucedió que “un toro enganchó a Belmonte cuando entró a matar, y aunque no llegó a herirle le propinó una paliza terrible, menos mal que Larita le hizo el quite a cuerpo limpio llevándose al bicho. Estando ya ambos en el callejón, con el traje hecho una piltrafa, le dijo Belmonte: gracias Matías, no se como pagártelo. A lo que contestó, no te preocupes Juan, ya me lo cobraré poco a poco. El tiempo le dio la razón, porque se sabe que fueron varias las ocasiones en que Belmonte ayudó económicamente a Larita”. Pobre y olvidado, Larita fue a morir en un asilo de Guadalajara. Aunque Bernabé, por modestia seguramente, no se extendió en elogios sobre su carrera taurómaca, sí nos dijo a continuación, “una de mis mejores tardes fue en la corrida concurso de ganaderías que se celebró en Madrid, picando a un toro de Andrés Sánchez. Fui muy aplaudido por el público y  felicitado por el ganaero”. Se refería al festejo celebrado el 29 de septiembre, en el que con seis ganaderías salmantinas participaron Tomás Alarcón Mazzantinito, Francisco Martín Vázquez, Agustín García Malla y Paco Madrid. Tras una breve pausa, esbozando una leve sonrisa dijo: “os voy a contar lo que ese año nos pasó a mi compañero Farfán y a mí en Burdeos. La habitación que teníamos estaba separada de otra por un tabique que no llegaba hasta el techo, y el pedazo que quedaba libre estaba tapado por una arpillera pintada de blanco. En esa otra habitación oíamos a una pareja que deberían estar a sus cosas, ya sabéis, por lo que decidimos arrimar el armario y subirnos para poder espetar a través de la  tela de saco, pero no se como se apañaría Farfán para que aquella se desclavara del techo, y a punto estuvo de ir a parar al otro lado. Tuvimos que bajarnos del armario a prisa y corriendo, pero como todo aquel entramado cayó en aquel lado, la pareja se puso a gritar en francés, mientras nosotros nos hacíamos los dormidos. Total, que en poco rato se formó un jaleo tremendo en toda la fonda. El conserje nos miraba a los dos, que nos hacíamos los longuis, encogiéndonos de hombros como si no comprendiéramos nada de lo que allí había pasado. Por cierto, aquel día nos salió un Miura que dio 485 a la canal… Parecía un elefante con cuernos, al que le arreamos siete u ocho buenos puyazos porque no había forma de bajarle los jumos. Como sería, que nos felicitaron los tres espadas y escuchamos una ovación enorme”.

Catalino picó en las cuadrillas de Gallito y de Belmonte

Siguiendo con su relato, dijo; “aquel año toreamos 49 corridas. La última fue en Jaén y la anterior  en Madrid (11/10). Por cierto, que estando por la mañana en la prueba de caballos se me acercó D. Juan Rodríguez, apoderado de Belmonte, y me preguntó si yo estaría dispuesto a ir con Juan el año siguiente.  En principio le contesté que le agradecía el ofrecimiento y que ya le llamaría. En noviembre pasé por el domicilio del apoderado para firmar el contrato y de paso aproveché para encargarme ropa en Ripollés, que estaba en la calle del León”. Al término de aquella temporada Belmonte trasladó su residencia a Madrid, y fue cuando al pasar por la peluquería de Almeida, en calle Sevilla, entró y solicitó que le cortasen la coleta, sorprendiendo a todos con esta acción, inusual hasta entonces y menos encontrándose el torero todavía en activo. Días después ingresaba en el servicio militar. “Mi estreno con Belmonte fue en Málaga, primer mano a mano que toreó con Joselito (28/2) y toros de Murube (como novilleros ya habían coincidido el 22 de agosto de 1912 en Cádiz). Qué gran feria cuajó Juan en Sevilla, sobre todo frente a los Miura (21/4 con el Gallo y Joselito), saliendo a hombros por la Puerta del Príncipe y siendo llevado así hasta su casa. Después  otro faenón a un toro de Murube al que le cortó una oreja en la Corrida de Beneficencia madrileña (25/4, con los citados hermanos y Vicente Pastor). Aquella de 1915 fue una gran temporada, en la que de no ser por algunos percances podríamos haber llegado a las 110 actuaciones que tenía contratadas. Y la siguiente (1916) iba por el mismo camino hasta que llegó la cornada de La Línea (16/7), donde un bicho de Salas le hirió de gravedad en un muslo al hacer un quite”. Resulta elocuente el dato de que de las 44 corridas que solo llegó a torear 32 fueron con Joselito.Cuando hablé por teléfono con el maestro para saber como se encontraba, me dijo que ya no torearía más ese año y que podía contar con su apoyo para que yo continuase con otros matadores en lo que restaba de temporada. En realidad apenas si estuve parao, porque en San Sebastián me dijo Cantimplas (Manuel Saco, banderillero en las filas de Rafael el Gallo) que sabía que a Joselito no le importaría llevar un picador más en la cuadrilla, donde ya estaban Carriles y Farnesio. Total, que en la feria de Bilbao ya iba yo con José”. Por cierto, un Joselito que hasta entonces no llevaba un año de muchos triunfos, salvo una tarde en la feria sevillana (27/4), en la que paseó un apéndice de un toro de Santa Coloma, y otra en Madrid (15/5) que cortó sendas oreja a dos astados de Gamero Cívico, aunque, como cabía esperar, acabó brillantemente con 105 festejos en su haber, de los 117 que había contratado. Que fueron 103 en 1917, año en que a Joselito le veían sus más allegados algo deprimido, por culpa de ese amor imposible con la hija de un famoso ganadero, al que tanto parecía preocuparle el tema de las clases sociales. De cuantas referencias hizo Bernabé sobre esta temporada, solo citaré las cinco orejas que obtuvo de los toros de doña Carmen de Federico, que por primera vez lidiaba a su nombre la ganadería de Muruve, corrida de la Prensa sevillana en la que actuó como único espada. “Yo no recuerdo un triunfo tan grande, ni un público tan entregado con un torero como el que vi aquel día; si en un toro estaba bien, en el otro todavía estaba mejor Yo puedo presumir de que he ido con los dos mejores toreros de aquella época”. No obstante, cabe añadir que en 1917, al celebrarse también espectáculos en la recién estrenada plaza Monumental,  Joselito solo toreó en La Maestranza dicho festejo (24/6), y el que con astados de Saltillo, a beneficio de la Cruz Roja, se celebró el 27 de abril, cuando por primera vez en la capital hispalense se devolvió un toro por manso. Al terminar aquella temporada de nuevo solicitó Belmonte los servicios de Catalino, para que, junto con los diestros Diego Mazquiarán Fortuna y Rufino San Vicente Chiquito de Begoña, los banderilleros Luis Suárez Magritas, Manuel García Maera, Emilio Moreno Morenito de Valencia y el mozo de estoques Antonio Conde, le acompañara en su viaje a Lima (Perú), donde tenía proyectado torear varias corridas de toros…, y llevar a cabo cierto asunto de índole particular. A tal fin, el 30 de noviembre embarcaban todos en el puerto de Santander. “Durante la travesía me ocurrió un suceso bastante  lamentable, pues una señorita, que tomaba el sol en la terraza del barco, entendió que yo le había molestado cuando lo que hice fue decirle un piropo bonito, total que si no llega a intermediar Juan me hubiera pasado todo el viaje encerrado en mi camarote, porque dicha señorita resultó ser la mujer del jefe de máquinas del barco. Pero repito que yo no quise ofenderla”. Dos días antes de Navidad, vestido de perla y oro el trianero hacía su debut en el coso limeño de Acho para matar reses de Asin en compañía de los dos espadas citados. En total fueron nueve corridas y una en su beneficio, más otra en Panamá y tres en la plaza de toros Circo Metropolitano de Caracas. “Y estando en Lima nos enteramos de que el maestro se había casado por poderes con una rica señorita de la alta sociedad peruana (Julia Cossio y Pomar) que se encontraba en Panamá, cuando por lo que supimos después ni en España sabían nada del asunto”.     

Puyazo en todo lo alto de Bernabé Álvarez Catalino. Foto El Ruedo

En el transcurso de la reunión que tuvimos con él, aunque se valiese de  varios recortes de prensa y apuntes suyos, que portaba en una carpeta de color azul ya descolorida por su uso y el paso del tiempo, nos sorprendió en sus declaraciones la facilidad con que recordaba los acontecimientos que nos fue desgranando y era encomiable oír los elogios que tenía para todos los diestros que acompañó a lo largo de su extensa carrera taurina. Tampoco se olvidó del toro de aquellos años, y nos hizo bastante hincapié en la diferencia del ganado al que se enfrentó antes y después de ir con Machaquito, “a partir de Joselito y Belmonte salía ya un toro con menos kilos y menos cornamenta, aunque pasaran de cuatro años y tuviesen el empuje necesario para aguantar  cinco o más puyazos, como aquel de Aleas, Palillero recuerdo que se llamaba, que en la plaza de Madrid, después de llevar en volandas a mi compañero Camero, tirándolo al callejón con caballo y todo, me derribó a mí y me echó el jaco encima, menos mal que me pilló cuando estaba ya en cuclillas para levantarme, y solo me dejó un fuerte magullamiento en el costado izquierdo”. En ese momento nos mostró una foto en la que se le veía en el patio de Las Ventas junto con una cabalgadura, “con este caballo, Marconi, piqué varias tardes en Madrid… a mí me gustaban los caballos  grandes para poderme echar sobre los toros largando palo y así poder apretar con facilidad”.

La temporada de 1918 estuvo marcada por una terrible epidemia que dieron en llamar “gripe española”, que llegó a Europa a primeros de año, con los soldados americanos que lucharon en la Primera Guerra Mundial, causando más de 200.000 muertes en nuestro país, gobernado entonces por el liberal Manuel García Prieto. Epidemia que en el ámbito taurino obligó a la suspensión de numerosos festejos. Dicha temporada Belmonte no toreó en España, por lo que Catalino aceptó la oferta que le hiciera José Flores Camará, a quién, tras su apoteósico debut en Madrid como novillero el año anterior (2/9), se le presentaba una campaña importante, como así fue, pues totalizó 56 corridas de toros, entre las que cabría destacar las tres de la feria de Córdoba, más una (24/10) como único espada; cuatro en la de Bilbao y  seis en Madrid, la primera de ellas la tarde que Joselito le otorgó la alternativa (21/3) con el toro Amargoso (así se llamaba también el primer miura que Manolete mató aquella fatídica tarde de Linares), y la de Beneficencia (17/5). Un prometedor futuro que se diluyó pronto, ya que a partir de 1920 el descenso de sus intervenciones fue vertiginoso hasta quedar totalmente eclipsado del escalafón. El destino le tenía reservado otro puesto relacionado con la Fiesta, con el que sí dejaría muy marcadas sus señas de identidad. Sobre Camará nos dijo Bernabé: “Yo creo que se equivocó al tomar la alternativa sin tener todavía la suficiente preparación… Fue una víctima más del poderío de Joselito. ¡Qué gran afición y qué inmenso poderío tenía este torero!”. 

LEER LA SEGUNDA PARTE