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lunes, 11 de agosto de 2025

LA ÉPOCA DE MANOLETE Y ARRUZA

Por Néstor Luján

(Diario ABC: Madrid, 21 de Abril de 1957)

 

Manolete y Arruza se saludan en  Valencia,
la tarde del 7 de octubre de 1945. Foto Finezas.


«He de escribir sobre una etapa taurina a la cual me ligan no solamente unas marcadas diferencias de tipo estético, sino también de carácter sentimental. Es la comprendida entre 1939 a 1947, fecha de la muerte de Manolete, y, singularmente, los intensos años de la competencia entre Manolete y Arruza. Es decir, de julio de 1944 a la muerte del cordobés, en agosto de 1947. Esta época la contemplaré a través del acontecer taurino en Barcelona.

 

En las plazas barcelonesas que, como es bien sabido, son temperamentales, muy generosas, poco exigentes y heterogéneas en cuanto a la cantidad y calidad de aficionados, la época mencionada fue, sin lugar a duda, el último gran momento de una auténtica afición a los toros. Sin prejuzgar, porque sería absurdo hacerlo, las calidades de los toreros que precedieron a Manolete y las de los que le han seguido, hemos de señalar que, en ese lapso de tiempo, la afición permaneció en sus límites estrictos por lo que se refiere a la actitud estética y técnica. A la plaza iba el suficiente número de aficionados para contrapesar al cada vez mayor contingente de público. Después de esta etapa, cuando se perdió la fascinación del toreo de Manolete y la enajenación del toreo de Arruza, sobrevinieron unos años de crisis y de desgana, luego han llegado los opulentos años del turismo y la afición, ese grupo siempre minoritario, pero que es verdadero fermento de la plaza, ha dejado totalmente de tener influencia en ella. Conste que hablamos de la afición reflexiva, entendida y conservadora, que ha sido el núcleo que, desde siempre, ha mantenido los toros en sus magníficas proporciones y que ha permitido en el curso de la historia del toreo la necesaria, descrita y progresiva evolución.

 

"Manolete conoció la soledad en la cumbre del toreo"
Sevilla, 18 de abril de 1945. Foto Finezas.

Desde hace varios años, el aficionado pesa muy poco en la plaza. Exactamente, en las plazas barcelonesas, el aficionado está en tan penosa minoría, que las más de las veces deserta de su puesto. Hay demasiadas fiestas de toros, excesivos intereses creados, y, sobre todo, un público nuevo, deseoso solamente de espectáculo, que ha hecho desaparecer cualquier rigurosidad. Para este público extranjero o español que acompaña a extranjeros, conceder una oreja es tan gentil y prodigioso espectáculo como ver un buen natural.

 

Quede, pues, claro que, en Barcelona al menos, el viejo clima de la fiesta de los toros lo ofreció en todo su dorado prestigio, la extraordinaria figura de Manolete y su pugna con Arruza que en el momento en que surgió en estas plazas —exactamente en julio de 1944—, si no hubiese existido, hubiera sido necesario crearlo. Y Arruza con su fábula de valor, fue creado en diez corridas seguidas que toreó en la plaza Monumental catalana, de julio a septiembre de aquel año.

 

"Manolete devolvió la afición de los toros a Barcelona"  


Manolete apareció en Barcelona el día 1 de octubre de 1939, en una corrida de Curro Caro y Juanito Belmonte, y con reses de Atanasio Fernández. Desde el primer momento, los aficionados vieron algo excepcional en el torero cordobés y en aquel momento, Barcelona, que había pasado tres años sin ver toros, volvía a ellos mezclando la curiosidad con una especie de entusiasmo patriótico, retornaba las plazas. El momento era desconcertado y en toda España, por las circunstancias bélicas, había pasado por un momento letárgico. Cuando vino el sosiego, los toreros de preguerra tenían un prestigio lejano, nebuloso. Marcial Lalanda, Vicente Barrera, Domingo Ortega, Pepe Bienvenida y Nicanor Villalta monopolizaron los primeros carteles y representaron un arte conservador. Pero la afición estaba, ante la repetición de estos maestros, que no aportaban nada nuevo, como entumecida, sin recuperar la alegría cordial y desbordada que llena de sol todas las tardes de toros. 

 

 Manolete. "Desde el primer momento interesó".
Plaza México, 2 de febrero de 1947.


Por aquel tiempo, en Barcelona empezó a torear Manolete. Desde el primer momento interesó. Se le consideró un muletero con estilo pulimentado y duro, destellante en los naturales y lento y solemne los ayudados por alto. Como matador se le aplaudió mucho, pero le faltaba un descabello contundente y eficaz. Su toreo con la capa era fláccido y solo toreaba a la verónica. A pesar de todo, el público de sombra y gran parte de sol —que luego tanto le tenía que denostar— lo tomó como bandera de combate ante el toreo maduro y crepuscular de Marcial Lalanda. Quien tenga presente los “mano a mano” que se vivieron en Barcelona entre Manolete y el torero madrileño recordará con qué sencillo patetismo se desarrollaban. Lalanda produjo las faenas más grandilocuentes de su historia. Su esfuerzo fue agotador. Toda su capacidad de retorcimiento y de angustia artificiosa adquirió, por primera vez, un significado vivo y palpitante. Por última vez, su toreo, respondió a una sinceridad temperamental, porque se estrellaba ante un toreo natural y lógico, impecable y sin estridencias. Aquellos mano a mano fueron la gran campaña final de Marcial Lalanda. Acabó magníficamente, soberbio, en un acorde final de todas sus posibilidades.

 

Sevilla, 18 de abril de 1945. Primera tarde de la feria conocida 
como la de "las taleguillas rotas", por la encarnada competencia de
 Manolete y Carlos Arruza, que posan junto a Pepe Luis Vázquez.
Foto Finezas.


Manolete tuvo entonces dos posibles rivales: Domingo Ortega y Pepe Luis Vázquez. Con el primero, la pugna no tuvo vitalidad; Ortega podía con todos los toros, la mayoría de ellos frágiles, que rompían plaza en aquellos años y explicaba su lección escuetamente como un lógico profesor. La pugna con Pepe Luis Vázquez se hundió en una ráfaga de abulia que se apoderó del gran torero sevillano. Recordaremos toda la vida el primer mano a mano Manolete-Pepe Luis Vázquez, que se celebró en Barcelona en 1942. Allí nos dimos cuenta que Pepe Luis no iba a plantarle cara a nada ni a nadie. Era un torero precioso, desdeñoso, mágico y alegre, extraordinario, pero sin la tensión del luchador. Entonces vinieron dos años en que Manolete conoció la soledad en la cumbre del toreo. Es aquella suprema soledad tan peligrosa, que acabó incluso con el hombre más macizo moralmente que han tenido los toros; nos referimos al Guerra. Por julio de 1944, en nuestra ciudad, que ha sido la que más veces vio torear a Manolete y la que más devotamente le había seguido, el público estaba ya de uñas con él. Recordamos aquella gran faena al toro de Miura del 4 de julio —la de la fotografía del natural, miles de veces repetida—, en la cual, después de la faena más clásica, parte del público, le silbó. A finales de aquel mes, por fortuna para Manolete, se presentaba Arruza en Barcelona, acompañado por un extraño y enigmático destino, del mismo Chicuelo que había asistido a Manolete en 1939. Carlos Arruza lo vulneró todo.

 

Rivales en el ruedo y grandes amigos en la calle.
Barcelona, 27 de junio de 1945. Foto Mateo.


Carlos Arruza fue exactamente una vitalidad pura. Con los toros de aquellos años, lo hizo todo, sin que nada se le antojara grotesco o impuro. Su visión deportiva y musculada de la fiesta, su limpieza aséptica en el adorno, su trasteo con la muleta, brutalmente acongojado, sin buscar otra cosa que la emoción, aunque viniera no importa por cualquier camino, aunque bordeara el ridículo, ha sido definitiva. Sus faenas de muleta recortadas, fogosas, en donde cada paso era un quiebro —cite con el cuerpo y un vaciado de un reflejo rapidísimo, infalible— llena de alardes a veces casi visibles, no produjeron otra cosa que un estupor profundo. Arruza ha tenido como ningún otro torero el don de producir una emoción arañada y súbita con los pases menos interesantes. Su personalidad lo ha superado todo, su sugestión para producir entusiasmo, la frescura fuerte y felina de su cuerpo han sido el suceso de esta época. En Arruza todo tenía un latido joven e incluso los menos arrucistas —entre los que me cuento yo— nos hemos dejado llevar en algún momento por el enardecido ambiente que creó este fabuloso torero. Ante él, Manolete reaccionó de una manera magistral. Creó un arte de contención que palpitaba de una manera impresionante. Recordamos los “mano a mano” con Arruza en las fiestas de la Merced de 1945. En ellos estallaban los variados quites del torero mexicano con una precisión seca y luminosa, y a cada quite correspondía Manolete del mismo modo, toreando con una capa lenta y enjabonada y trazando aquella media verónica, en la cual el capote parecía tener una circulación sanguínea, una red fina y angustiada de venas y arterias. Su último quite se esculpió siempre con el público enajenado, sin volver de su asombro. La afición se dividió y se vivieron días brillantísimos dentro del toreo de aquel momento. Barcelona vivió unos años entusiastas y vibrantes porque tuvo la sensación, además, de que ambos toreros habían salido al calor del entusiasmo. Ciertamente, tanto Manolete como Arruza fueron unos toreros barceloneses en el sentido de que en nuestras plazas fue donde torearon más, y fue nuestro público, con el de Valencia quizá, el que les hizo pareja. Con ello no queremos decir que no hubiese sucedido lo mismo en otras plazas. Pero Barcelona, por las especiales características del público y de su empresario de toros don Pedro Balañá, tuvo la oportunidad de lanzar estos toreros, de enfrentarlos luego, de discutirles y de aplaudirles.

 

"Después de la faena más clásica, parte del 
público le silbó". Barcelona, 2 de julio de 1944.
Foto Mateo.


Estamos a diez años del fin de aquella época taurina. Resulta curioso contemplar cómo pasa el tiempo en los toros. Esta época parece ya mucho más lejana y no puede mirarse sin una agridulce sensación de nostalgia. El toro ha cambiado mucho más de lo que creemos y el público también. No hemos de desconocer que muchas de las cosas que hoy nos desagradan de los toros estaban en germen entonces, o ya habían nacido. Pero todo ello estaba contenido por la enorme capacidad del arte de Manolete y por la extraordinaria vitalidad de Arruza. El despeñadero por el que han caído los toros luego, ellos lo contuvieron, con una evidente dignidad. Manolete devolvió la afición de los toros a Barcelona y Arruza añadió la polémica. Fueron unos años de una gran amenidad para quienes asistieron a las corridas. A partir de entonces el toreo ha empezado a hacerse en serie, se ha llegado a la monótona industrialización del espectáculo. En este momento, no queremos discutir sobre la calidad de los toreros ni de su toreo, pero sí decir que el público va a la plaza sin aquella ilusión, sin aquella esperanza, sin aquella profunda alegría que durante aquellos años tuvimos. El arte de torear estaba vivo, palpitante todavía…».

 

sábado, 14 de diciembre de 2024

REEDICIÓN DE DOS GRANDES LIBROS TAURINOS

Por Antonio Luis Aguilera

 

La editorial sevillana y cordobesa El Paseíllo ha reeditado dos grandes libros taurinos: «Historia del toreo de Néstor Luján, y «Los heterodoxos del toreo», de José Alameda. Además, según informan sus responsables, tienen el proyecto de perseverar esta política empresarial para rescatar otra obra de culto de José Alameda, «El hilo del toreo», agotada desde hace años y que ha alcanzado altos precios en el mercado de segunda mano, lo que evidencia el interés que levanta en muchos aficionados que anhelan conseguir este libro magistral, para conocer de primera mano el extraordinario relato que traza el escritor madrileño exiliado en México, un erudito que supo explicar como nadie el curso del arte de Cúchares, en su sinuoso y apasionante recorrido hacia el toreo moderno.   

Néstor Luján (Mataró 1922-Barcelona 1995) estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona, fue crítico de toros en la revista Destino y conocido por sus libros de Historia y Gastronomía, además de haber publicado varias novelas. En 1954 apareció su “Historia del toreo”, excelente obra con ameno y sutil relato, donde el escritor catalán inicia su explicación en las circunstancias sociales que en 1700 originaron el nacimiento del toreo a pie, así como su primera ordenación con diestros considerados primitivos, como los Palomo y los Rodríguez de Sevilla; José Cándido de Cádiz y los Romero de Ronda, estableciendo un discurso salpicado de anécdotas y hechos curiosos, que llega hasta la década de los sesenta del siglo XX, con Antonio OrdóñezEl Viti y El Cordobés. Este libro que ahora ve nuevamente la luz, fue editado por Ediciones Destino, y tal fue su aceptación entre los lectores que consiguió tres ediciones, la última en 1993. 


En cuanto a la segunda obra, hemos de comenzar afirmando que son muy pocos los escritores que han pensado y comprendido la historia del toreo como Carlos Fernández López Valdemoro -José o Pepe Alameda- (Madrid 1912-Ciudad de México 1990), que tras licenciarse en Derecho en Madrid, por razones políticas marchó exiliado al país azteca en 1939, donde por sus conocimientos y experiencia como aficionado práctico -llegó a tentar con Juan Belmonte- fue conocido como El Maestro. Allí desarrolló una excelente labor como crítico y escritor taurino en radio, prensa y televisión. En «Los heterodoxos del toreo» (1979), el autor dedica una cruda introducción, que rotula como “la olla podrida de la crítica”, para denunciar un fenómeno específico de España, el sector de la crítica “terrorista" que tanto influjo negativo tuvo no hace tantos años en nuestra nación.

 Alameda inicia su relato con esta certera reflexión: 

«Si no hubiera hombres capaces de jugarse la vida frente a un toro, no habría corridas ni, por consiguiente, crítica taurina.

¿Cómo se ha podido llegar a la monstruosa deformación de que un sinvergüenza provisto de una pluma viva de insultar a quienes, con su arrojo, le dan la posibilidad de existir “profesionalmente”?

Todo el respeto para el que respeta, todo el desprecio para quienes empiezan por no respetar a la fiesta de los toros…».

Seguidamente, el lector se adentrará en un ameno ensayo, donde el  autor explica con conocimiento de causa el papel que desempeñaron en la historia espadas considerados diferentes, y por tanto cuestionados, advirtiendo que «… al torero no hay que preguntarle, hay que verlo, sabiéndolo ver, sin dejarse engañar por la corriente del toreo, donde se marea el que mira si en vez de atraparla mentalmente permite que se lo lleve el río». En su estudio de los diestros considerados heterodoxos, el escritor madrileño invita a analizar las figuras de CúcharesEl EsparteroReverteEl GalloBelmonteCarmelo PérezLa SernaArruzaProcuna, y El Cordobés, concluyendo con una llamada donde subraya la importancia histórica de los grandes toreros ortodoxos, “como cimiento y cúpula de esa rara hazaña de tres siglos que se llama el arte de torear”. Dice así:

«A pesar de la literatura belmontista (que, de hecho, es contra Gallito), la figura de José emerge y se robustece cada día. A pesar de la literatura antimanoletista (esta sí, declarada), no se desdibuja el perfil de Manolete.

Ya que hemos juntado sus nombres, obsérvese la coincidencia: solamente cubrieron ocho temporadas cada uno. Gallito, del 12 al 20; Manolete, del 39 al 47. Meses más, meses menos, pues la temporada de la alternativa y de la muerte son en ambos incompletas. Corto tiempo para tan honda huella».

A la amplia oferta de Editorial El Paseíllo se añaden ahora estos dos excelentes libros taurinos, ideales para aquellos aficionados que anhelan profundizar su formación con los grandes autores de la historia del toreo. 

 

 

miércoles, 9 de agosto de 2023

¿INDIFERENTE EL TORERO QUE MÁS GENTE LLEVA A LAS PLAZAS?

Por Antonio Luis Aguilera

Andrés Roca Rey. Foto Arjona

Sentenció «Manolete» que los pleitos de los toreros deben resolverse en los ruedos. Fue en los inicios del acoso que hubo de sufrir en su último año, en la tormenta orquestada por la prensa influyente y algunos toreros españoles, que finalmente se desencadenó en las postrimerías del mes de agosto en la plaza de Linares. Los intrigantes de aquí decidieron romper el convenio taurino con México, para cortar las alas a dos pájaros que resultaban demasiado molestos, porque volaban más alto que todos los demás. Así, rotas las relaciones entre ambos países, con esa carambola Carlos Arruza no torearía en España ni «Manolete» en México, donde fue feliz profesional y personalmente, y tan honda huella dejó en aquella admirable afición. 

En el invierno de 1947, al regreso del último y triunfal viaje por tierras aztecas, le informaron de las declaraciones de Pepe Luis Vázquez para saber qué pensaba. El sevillano lo había retado a matar varias corridas duras en plazas incómodas, estrategia que por la timidez de su carácter es de suponer que fuera de Marcial Lalanda, su apoderado, quizás en complicidad con Gregorio Corrochano, el más influyente de los críticos de entonces, como pareció resolverse poco después, cuando en abril llamó banquero al espada cordobés, en la crónica de una corrida de Miura de la feria de Sevilla que no toreaba el espada ofendido, por recibir un brindis de su compadre «Gitanillo de Triana». Tanto Marcial como Domingo Ortega no aceptaron, ni muerto «Manolete», el relevo generacional en la capitanía del toreo impuesto por el torero cordobés, quien, con la elegancia que le caracterizaba, contestó a la prensa que  Pepe Luis lo habría retado a comer almejas, que sabía que le gustaban mucho, para de esta forma no herir a su admirado compañero, que retos a un lado, desde la temporada de 1942, por no aguantarle el pulso, había dejado de ser su rival en los ruedos.

Sevilla, 1945. Manolete, Pepe Luis y Carlos Arruza.
"La feria de las taleguilas rotas"

Hemos rememorado este capítulo de la historia ante las inoportunas declaraciones de Alejandro Talavante sobre Andrés Roca Rey. Según el extremeño, torear con Roca Rey, el espada que actualmente lleva más gente a las plazas, le resulta indiferente. Dicho de otra forma, que le da igual torear la tarde que más dinero se ingresa en taquillas. ¿De verdad? No conforme con tan desafortunada afirmación, añadió «que es muy positivo toda la gente que está arrastrando, pero esa gente joven necesita también una educación taurina». 

Brindis de Talavante a Roca Rey

Días después, al coincidir ambos en los ruedos, vinieron los brindis de torero a torero. Primero fue el peruano, que debió «agradecer» al extremeño sus «entrañables» palabras; después, ante las cámaras de televisión, el de Alejandro, donde debió argumentar que sus palabras se habían mal interpretado, que lo admiraba mucho como torero, y esas lisonjas que se suelen decir tras meter la pata. Porque no deja de ser una inoportuna metedura de pata hablar tan despectivamente de quien, de momento, «corta el bacalao» y manda en el toreo. Algo que debiera considerar con más prudencia Alejandro, que desde su vuelta a los ruedos busca sin encontrar al Talavante que no se le adivinaba techo y dejó de torear hace años en Zaragoza, al parecer, por no ser atendidas sus pretensiones económicas, esas que con seguridad desde su regreso no puede ingresar con las taquillas del «educado» público que acude a sus actuaciones. 

Manuel Benítez "El Cordobés"

Llevaba razón «Manolete». Donde tienen que hablar los toreros es en el ruedo y ante el toro. Ahí es donde impondrán condiciones los que sean capaces de pilotar el tren del toreo, de ser la locomotora que tira de los vagones, en palabras de Manuel Benítez «El Cordobés», ese genio que mientras imponía a las empresas no cobrar menos de «un kilo» por tarde, elevaba al doble los honorarios del maravilloso elenco de toreros de los años sesenta, un buen ramillete de primeras figuras que se benefició de los llenazos del «melenas», ese pedazo de torero al que los muñidores de la ortodoxia ridículamente llamaron «payaso», ofensa que no tuvo la menor influencia en las legiones de seguidores que arrastró todas las tardes, desde 1963 a 1971, por todo el planeta de los toros.

Andrés Roca Rey

La historia permite observar con perspectiva la diferencia entre la fuerza taquillera de los espadas que llevan a las plazas a los «aficionados educados taurinamente», «los que caben en un autobús», según «Jesulín de Ubrique», y los que llevados por la pasión arrasan las taquillas, para seguir a esos toreros que, gusten o no, con más o menos arte, tienen  recursos y valor para pisar todas las tardes esa línea roja de la que hablaba Paco Ojeda, ese sitio donde queman las zapatillas y transmite de inmediato la emoción a quienes de otra forma no habrían ido a las plazas. Queremos decir que si los seguidores de Roca Rey, que además de tener un valor descomunal domina todas las suertes y torea magistralmente, son personas jóvenes, pues mucho mejor, porque una vez dentro de las plazas tendrán ocasión de aprender y perfeccionar sus conocimientos. Igual que nos ocurrió a todos. 

Francisco Arjona Herrera "Curro Cúchares"

Nadie nace sabiendo. Mucho menos los intríngulis y emocionantes modos de expresar el arte de Cúchares, torero a quien también los ortodoxos de su tiempo llamaron «ventajista», es decir, truculento,  por echarse la muleta a la mano derecha, entonces de uso exclusivo de la espada, para «animar la función», en palabras textuales del propio Curro. Curiosamente, de aquella licencia mal vista por los ortodoxos, «animando» a las gentes que según los educados taurinamente había que formar, por aquel desbordante entusiasmo popular habría de empezar a desarrollarse el toreo de muleta. Con razón el pueblo llano, que es bastante más listo de lo que suponen algunos sabios entendidos, acabó bautizando el toreo como «el arte de Cúchares».   

domingo, 2 de julio de 2023

ANIVERSARIO DE LA ALTERNATIVA DE MANOLETE

Por José Alameda

Chicuelo otorga la alternativa a Manolete


Al cumplirse hoy el 84 aniversario de la alternativa de Manuel Rodríguez "Manolete", otorgada el domingo 2 de julio de 1939 por Manuel Jiménez "Chicuelo" en el incomparable marco de la plaza de la Real Maestranza de Sevilla, queremos rendir homenaje a estos dos extraordinarios toreros, ambos definitivos en la historia del toreo moderno, con los magistrales comentarios de Luis Carlos Fernández López-Valdemoro "José Alameda", a quien consideramos el más prestigioso analista del toreo, publicados en el imprescindible libro «Los arquitectos del toreo moderno» (Ediciones Bellaterra, 2010).   


José Alameda

«A un torero como Chicuelo, tan importante históricamente que todavía estamos en la zona de su influencia, se le ha ignorado en este aspecto, limitándose a registrarlo como el creador de la «chicuelina», un lance gracioso, pero banal, que nació como un adorno y hoy se ha convertido casi en una plaga. Chicuelo estableció el toreo en redondo, creó la faena moderna. Y esto, en la evolución y desarrollo de la fiesta de toros, es un hecho de primer orden.

En cuanto los públicos vieron ese toreo en redondo, ligado, fluido, sin balbuceos, en que los pases se enlazaban constituyendo series de unidad perfecta, ya no quisieron otra cosa. Consecuencia: casi todos los toreros que vinieron después tuvieron que seguir por aquel camino que había iniciado Chicuelo y se ajustaron al patrón que él cortó, al plano trazado por su muleta para la faena moderna. Cada uno a su modo y con su estilo; unos más sobrios, otros más ligeros; éste, alto; aquel, menudo; el de más allá, seco y emotivo; el otro, pinturero y galán… Simples diferencias de expresión personal, según el sentimiento de la constitución física de cada cual… Pero la faena en su concepción y en su desarrollo, fue ya siempre la misma…».

Manuel Jiménez "Chicuelo" creó la faena moderna

«Pero ¿y Manolete?

Sin duda, el lector ya se había formulado esta pregunta. Porque Manolete cae de lleno en nuestro tema. Su toreo no tendría explicación, ni hubiera tenido posibilidad, sin el acortamiento de distancias de Belmonte, ni el trazado circular, con alternación de terrenos, de Chicuelo.

Ahora bien, la intención de la pregunta es ésta: ¿Aportó algo Manolete, dejó algo nuevo en el campo impersonal de la técnica, algo objetivo, separable de su persona, utilizable por los demás como sistema o modo de resolver algún problema de la lidia? ¿Añadió algo a la arquitectura que había tomado el toreo con BelmonteChicuelo y Ortega, o fue la suya una grandeza personal, residente en el tino para medir, en el temple para desarrollar, en la honradez para cumplir y en la expresión dramática que daba aquella trascendencia anímica a su toreo, cualidades geniales, pero que tenían que morir con él, porque sólo vivían con la presencia y la figura? 

¿Qué aportó Manolete?

Por lo pronto, una manera de «obligar», o sea, de hacer arrancarse al toro que no viene. Y esto no sólo porque se le acercó más (que eso sería cuestión de grado y no de sustancia), sino porque lo hizo por el camino recto, reparando una desviación en la que habían caído los demás por vía imitativa: la de cruzarse mucho en el cite. La manera de «obligar» avanzando en sentido oblicuo, era apropiada en Belmonte, por la dramática contradicción interna de su toreo, ya explicada; pero vacía de sentido en los demás, que vinieron después a torear en redondo y que habían dado en ella por mimetismo. (Sólo tuvieron razón de usarla Ortega y Arruza, que torearon poco en redondo y caminaron por otras rutas de la arena, como también lo hemos señalado).

Manolete plantea bien la cuestión: si estoy centrado con el toro, en el sitio justo, lo que tengo que hacer es ir reduciendo la distancia, pero nunca corregir la posición, porque si ésta es la buena, cualquier otra que tome ha de ser necesariamente inexacta, y más si, al desplazarme, voy cambiando incesantemente de punto, porque entonces habré trocado mi punto bueno, mi justo centro, por un rosario de inexactitudes».    

«Ya hemos visto que aportó una forma de «obligar», acercándose al toro un paso más que sus predecesores. Ahora bien ¿de dónde procedía? ¿Cuál es, taurinamente, su origen? ¿Con qué corriente entronca? O, dicho de otro modo, ¿a qué línea pertenece Manolete

Manolete aportó una manera de obligar.  

Algunos, yéndose por la vertiente fácil de las apariencias, lo relacionan con Belmonte, sin duda porque ambos han sido los toreros con más expresión, lo que yo llamo «trascendencia anímica», en toda la historia del toreo. Pero, aparte de que en este aspecto arrojaban una tonalidad distinta, son, en cuanto a su técnica, más bien opuestos. Manolete no es afín a Belmonte, sino que, en cierto sentido, se contrapone a él.

La fuerza expresiva de Belmonte

Hechas las afirmaciones escuetas, procedemos a darles desarrollo.

El único parentesco entre Belmonte y Manolete es el de la fuerza espiritual que de ambos trascendía, cual si su toreo estuviese henchido de alma y este soplo interior escapara hasta rodearlos como un halo. Distínguense de los demás por su mayor fuerza expresiva, pero hemos de reconocer que la expresión de cada uno de ellos era de diversa índole y esto, creo yo, debíase a que también se originaba en distinta fuente. 

El matiz ya se ha advertido, ya se ha señalado con definiciones oportunas. En tanto que en Belmonte crepitaba una fuerza dramática, de Manolete parecía desprenderse una cierta llama mística.

En Belmonte había drama, porque había lucha interna.

Hemos examinado ya, al principio de este ensayo, la contradicción, diremos dialéctica, que hacía del toreo de Belmonte un drama técnico antes que humano. Y es natural que en esa pugna sin salida, su toreo, con la caldera a toda presión hasta llegar al rojo, adquiriese tonalidades dramáticas sin precedente. Belmonte era el torero problema. Por eso mismo, tan literario, pues no hay drama sin conflicto, ya sea el de Belmonte o el de Edipo.

Lo de Manolete era otra cosa. Torero lógico, sin conflicto alguno en el planteamiento técnico de su arte, tenía sin embargo una expresión de suma grandeza. Provenía ésta de su actitud moral, de la tensión sostenida, que lo mantuvo en perenne afán de cumbre, angustiosamente alargado hasta la cima. Manolete fue el torero aspiración, como una llama que asciende. Se le ha llamado alguna vez el torero de El Greco. Pues lo era, pero más que por su traza física por su ética estricta, que lo elevaba como puro espíritu como forma que se levanta. Belmonte mientras tanto tenía su drama en la tierra, «en los terrenos».      

«El hecho es que Manolete procedía de la misma línea que Chicuelo. Esta afirmación sin duda parecerá sorprendente a muchos. Pero yo no digo que sea una opinión mía, me pongo categórico y sostengo que es una realidad, por eso he empezado diciendo «el hecho es». Y tan lo es que el primero en saberlo era el propio Manolete.   

Corría el mes de febrero de 1946, cuando tuve ocasión de hablar con Manolete sobre este tema. Nos encontrábamos en el hotel Reforma, de la ciudad de México, charlando mientras él terminaba de vestirse para acudir a una cita. Estaba en mangas de camisa, anudándose la corbata y, al oírme decir que yo encontraba mucha similitud entre su forma de torear y la de Chicuelo, volvió hacía mí sus ojos que revelaban una complacida sorpresa:

—Así es —dijo sin titubear—. La gente no suele verlo, porque la gente no se fija en esas cosas, pero ese es mi toreo. Yo creo que el torero debe mantenerse lo más posible en su centro, en la línea. Y, en eso, el mejor que yo he visto ha sido Chicuelo».    

jueves, 1 de septiembre de 2022

TODO UN HOMBRE

Por Carlos Arruza* 

Valencia, 7 de octubre de 1945. "Manolete" y "Arruza". Foto Finezas.
Desde Junio de 1944, cuando en Lisboa le vi por primera vez, comprendí que Manolete era, sin duda alguna, uno de los mejores toreros de España. Yo había visto torear a varios en Portugal, pero Manolete me impresionó intensamente. Recuerdo que solo cambiamos unas frases, apenas un saludo antes de hacer el pasillo. Aunque se hablaba del próximo arreglo del pleito taurino entre España y México, yo no tenía todavía grandes esperanzas. Sin embargo, al ver a Manolete, creció en mí el deseo de poder alternar con él en los ruedos de España. Pocas semanas después comenzaba yo mi primera  campaña española. Recuerdo que alterné con el cordobés, por vez primera, en Cieza.

Aquel día figuraba en el cartel, además, Pepe Bienvenida. Cuando terminó en octubre la temporada, mi nombre, sin que yo hubiera hecho otra cosa que repetir en España lo que tantas veces había hecho en México, se manejaba como rival del gran torero desaparecido. Confieso que al comenzar el año siguiente andaba yo muy preocupado. Manolete era el primer torero de España y el intentar acercarse a él era, a mi juicio, una temeridad. A los públicos, en cambio, les parecía magnífico hallar un nombre que pudiera molestar a Manolete cuando no le salieran bien las cosas. Esto me dolía mucho.

Sevilla, 18 de abril de 1945. De izquierda a derecha, Pepe Luis
Vázquez, Carlos Arruza y Manolete. La primera tarde de la que
acabó conociéndose como «feria de las taleguillas rotas» por la
descarnada competencia entre el cordobés y el mexicano.
Foto Finezas.

En la feria sevillana de abril del 1945 fue donde nuestra rivalidad alcanzó, a mi juicio, su más alta cumbre. No estaba yo aún en la intimidad del torero, pero pude comprobar que si en el ruedo era un enemigo terrible, nunca dejaba de ser sinceramente cordial con sus compañeros. Fue naciendo entonces en mí una admiración que, si en el terreno profesional jamás dediqué a nadie, halló en él un afecto entrañable, su expresión más natural y afectiva. En Valencia, poco después de la feria sevillana, coincidimos en una típica paella. Allí sellamos nuestro pacto de amistad, que no rompió ni su muerte, porque para mí el recuerdo de Manolete no se extinguirá nunca.

«Allí sellamos nuestro pacto de amistad». Paella en 
los corrales de la plaza de toros de Valencia (1945)

En aquella temporada de 1945, la más larga y difícil para mí, coincidí con Manolete en numerosas ocasiones. Cuando le cogió el toro en Alicante yo le llevé en mi coche a Madrid. No olvidaré nunca el agradecimiento que por aquel pequeño favor, que yo hubiera realizado por cualquier otro compañero, me guardó siempre Manolete. A esas alturas ya éramos amigos de verdad, que nos confiábamos mutuamente nuestros gozos y amarguras. Si como torero Manolete alcanzó la más alta estimación de los tiempos modernos, por su arte excepcional y su estilo sobrio y auténtico, yo creo que su condición de caballero y amigo de verdad sobrepasaba en él su calidad profesional, con ser tan singular.

"Manolete" y "Arruza", rivales en el ruedo y amigos en la calle.

No quisiera desaprovechar la ocasión ofrecida por la amabilidad del autor de estas interesantes páginas sobre la vida de Manolete, para señalar cuánto cariño mostró a México el infortunado torero en cuantas oportunidades tuvo. No me refiero a su formidable actuación, sino a su actitud en el pleito taurino que mantiene, cuando escribo este prólogo, en suspenso el intercambio entre los toreros de España y México. Manolete, siguiendo el ejemplo de todos los grandes maestros españoles, estuvo siempre de nuestro lado, con una cordialidad que no le agradeceremos bastante. Cualquiera que sea la salida que el pleito tenga (y es de desear su pronto arreglo), habrá que agradecerle siempre sus buenos oficios por lograr una reconciliación que beneficia a los públicos de aquí y de allá.

Manolete estimaba que un torero español triunfase en México era de vital importancia para su fama. Era un empeño que deberían intentar todos. De la misma manera que no hay torero de acá que no sueñe con cortar una oreja en Madrid o Sevilla. El duelo que la muerte de Manolete causó en todo el territorio federal, me atrevería a decir en toda la América hispana que le vio torear, demuestra que había llegado al corazón de las multitudes.

El fraternal abrazo de dos matadores de toros inolvidables

Yo estaba en Francia cuando a Manolete lo mató un toro en Linares. La noticia me llegó envuelta en los zumbidos de una emisión de radio. Al principio me creí víctima de un mal pensamiento que hubiera cobrado voz en el aparato de mi coche. Después fueron surgiendo los detalles para dolor de todos… Creo que pocas veces había sentido yo pesar tan profundo. Lloré. No me avergüenza decirlo, porque Manolete merecía las lágrimas… Cuando días después estuve con mi madre y Andrés Gago en Córdoba, se avivó el dolor… Yo dejé sobre su tumba las mejores flores que encontré y las más fervorosas oraciones que han salido de mis labios. ¡Que la Virgen de Guadalupe, a la que Manolete profesó también gran devoción, le haya guiado hasta el Señor!

Creo que debo poner punto final aquí. En el libro que Francisco Narbona, firma joven pero bien prestigiada por sus innumerables artículos en las páginas de El Ruedo, ofrece ahora, hallará el lector una estampa muy completa del gran torero español. Con una preocupación loable por la fecha y la anécdota, creo que este libro contribuirá muy poderosamente a difundir la gloria y la fama de Manolete. Fama y gloria bien ganadas, porque fueron refrendadas por el más bello gesto. La muerte buscada, cuando nadie podía disputarle su puesto en la Fiesta. Él fue la máxima figura de nuestro tiempo. Fue el mejor torero de España. Y sobre eso, un amigo cabal y entrañable. Un caballero sin tacha ni doblez. Lo que se dice todo un hombre.

*Prólogo escrito por el espada mexicano Carlos Arruza para el libro «Manolete. Riesgo y gloria de una vida», de Francisco Narbonapublicado en 1948 por Ediciones Espejo (Madrid).

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viernes, 12 de agosto de 2022

«LA FERIA DE LAS TALEGUILLAS ROTAS»

 

Manolete en la capilla de la Real Maestranza de
Sevilla, 19 de abril de 1944. Foto Santos Yubero.

En la entrada publicada en este blog el 14 de abril de 2019, con el título «Dos taleguillas rotas», se reproducía la crónica editada bajo este título por el crítico Don Fabricio en el periódico ABC de Sevilla el 19 de abril de 1945. Aquella feria sería recordada para siempre de esta forma por la afición hispalense, como «la de las taleguillas rotas», en recuerdo a la cruda rivalidad mantenida en el ruedo de la Maestranza entre Manolete y Carlos Arruza.

El escritor Guillermo Sureda, en la obra «Tauromaguia», editada por Espasa-Calpe en 1978, nos ofrece unas preciosas anécdotas sobre esa feria sevillana del año 1945, donde Manolete, tras el pulso mantenido con el empresario Eduardo Pagés, quiso demostrar por qué era el torero que más cobraba. Sencillamente, porque era el que más se arrimaba, aunque en esto último el grandioso espada mexicano no se le quedaba atrás.

Cartel de la feria de Sevilla de 1945

Cuenta así el recordado escritor Guillermo Sureda:

«Retrocedamos en el tiempo para recordar varias anécdotas de Manolete. En 1945, ya con Carlos Arruza a su lado, y, por tanto, sin esa fatiga que significa rivalizar cada día consigo mismo, Manolete decide torear en la feria de Sevilla cuatro tardes, dos más que Arruza y el mismo número que Pepe Luis Vázquez, aunque era Manolete quien salía con todo el peso de la feria sobre sus espaldas y no el de San Bernardo. Decide, digo, Manolete torear cuatro corridas, incluida la de Miura. Adelantemos que llenó la plaza las cuatro tardes, cortó orejas en las cuatro y estuvo hecho un coloso.

Manolete y Carlos Arruza

Silverio Pérez era, en aquel tiempo, la gran figura mexicana, y había venido a España con la pretensión de alternar de tú a tú, con Manolete y Arruza. Silverio ya había alternado con Manolete, cuando ambos eran aún novilleros en Tetuán de las Victorias. Pero ahora las cosas eran distintas. Silverio fue a Sevilla a ver aquella feria. Y después de la primera corrida le preguntó a un amigo si lo que habían hecho Manolete y Arruza aquella tarde era algo excepcional o, por el contrario, una actuación corriente en ambos. Su amigo, conocedor del toreo y de la velocidad triunfal de ambos toreros,  le contestó que “aquello era la tónica general tanto de uno como de otro torero”. Y Silverio Pérez respondió: “Entonces, me vuelvo a Méjico, porque si esto que dice usted es cierto, yo no tengo absolutamente nada que hacer en España”. Y en efecto, Silverio se volvió a su patria.

Sevilla, 18 de abril de 1945.

En la segunda corrida de toros de esa feria de Sevilla, tanto a Manolete como Arruza les volteó un toro. Después de la corrida, el Niño de la Palma quiso que su hijo Antonio conociera a Manolete. Fueron al hotel donde éste se hospedaba. Manolete estaba hablando con González Vera, que le reprochaba lo que él calificaba de “desmedido afán de triunfo”. Le decía a Manolete: “Así no se puede torear, Manolo”. Y en el momento en que Cayetano y Antonio entraban en la habitación, Manolete abría un armario, donde se veían dos vestidos de torear, y decía: “Aquí hay dos taleguillas que todavía me pueden romper los toros en esta feria, pero yo tengo que seguir toreando así, don Antonio”. 

El día siguiente toreaba Manolete la corrida de Miura. Mi inolvidable amigo, Antonio LabradorPinturas” que fue banderillero de Manolete durante muchos años, me cuenta una anécdota que por primera vez se publica en un libro. Sucedió ya en el coche, camino de la Maestranza. Cantimplas, que era otro banderillero de Manolo y primo suyo, llevaba un vestido de torear rosa y blanco, y Manolete uno rosa y plata. Cerca ya de la plaza, le dijo Cantimplas en broma a su primo Manolo: “Oye, primo, esta tarde no te acerques mucho a mí, no nos vayan a confundir”. Y Manolete, con aquella sonrisa triste y melancólica tan suya, le contestó: “Sí; lo mismito le vas a hacer tú a los toros que yo”. Velocidad.

Vamos a resumir. ¿A qué llamo yo velocidad en el toreo? Consiste en la capacidad que el torero tiene para arrimarse en ciertos momentos determinados, cosa dificilísima solo al alcance de unos pocos privilegiados —casi todos se arriman cuando pueden, cosa muy distinta—, y en querer arrimarse muchas veces. De donde se deduce que cada torero tiene eso que podemos llamar a un “tono medio”, es decir, lo que, en otros términos, podemos llamar a “velocidad de crucero”. Si como decíamos antes, hay toreros de mucha, poca o regular cuerda, diremos ahora que los hay capaces de aguantar un ritmo triunfal elevado y otros que, por el contrario, no pueden resistirlo, porque se ahogan en cuanto se arriman de verdad a un cierto números de toros». 

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