Mostrando entradas con la etiqueta Carmen Acosta "Carmeluchi". Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carmen Acosta "Carmeluchi". Mostrar todas las entradas

sábado, 15 de enero de 2022

LOS AVÍOS DE «MANOLETE» A SUBASTA

 Por Antonio Luis Aguilera

Terno pusísima y oro de «Manolete». Foto Sala Ansorena

Ha sido la noticia de la semana. La sala Ansorena de Madrid sacará a subasta pública el próximo 26 de enero, varios enseres profesionales que pertenecieron al matador de toros Manuel Rodríguez «Manolete». En concreto, un traje de luces color purísima y oro (precio de salida fijado en 30.000 euros), dos capotes de brega, uno usado y otro sin estrenar (precio de salida 8.000 euros), dos muletas (precio de salida 6.000 euros), y el fundón de las espadas que acompañó al inolvidable torero por los callejones de todas las plazas de toros donde actuó (precio de salida 6.000 euros). 

Ante lo que es legal no hay nada que objetar. Cualquier persona es libre de hacer con su patrimonio lo que considere conveniente, aunque pueda tratarse, como en este caso, de un tema sensible para los aficionados, a los que cuesta aceptar el destino de parte de los avíos de quien ha sido una de las más grandes figuras del toreo de toda la historia. Pero los sentimientos no rentan y figuran en otro orden de valores.

Capotes de brega de «Manolete». Foto Sala Ansorena

Hechos como este otorgan mayor valor a quienes han levantado el chalet del torero en la cordobesa avenida de Cervantes, convertido gracias a la loable iniciativa del chef Juanjo Ruiz y de su directora Reme Romero, en un formidable y precioso restaurante: «La Casa de Manolete Bistró». Los herederos lo intentaron derribar, pero el inmueble fue protegido por el Plan General de Ordenación Urbana de Córdoba, tras el fallecimiento en noviembre de 1980 de la madre del torero, cuando se pretendió su demolición para levantar en su lugar un edificio de viviendas.

Era el lugar que la afición anhelaba para convertirse algún día en el gran museo del torero, el lugar donde confluyeran todos sus enseres, un reclamo de primer orden turístico para los miles de peregrinos que siguen buscando por Córdoba las huellas de «Manolete». Pero faltó cariño a su memoria y, por supuesto, iniciativa pública y privada, razón por la que la casa quedó abandonada a su suerte hasta que fue adquirida por una constructora, que al quebrar traspasó la propiedad a un banco, y finalmente fue adquirida por un empresa cordobesa que la arrendó a los propietarios del prestigioso restaurante que alberga. Gracias a ellos la casa está en pie y da gusto verla de lo bonita que la tienen.

Fundón de los aceros de «Manolete». Foto Sala Ansorena

Hace años la vida nos deparó la gran sorpresa de tener en nuestras manos varios de los objetos que salen a subasta el día 26, concretamente los capotes y muletas (1), junto al esportón del espada y el de su padre, ambos matadores del mismo nombre, apellidos y apodo profesional: Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete». Ingenuamente, aún queríamos pensar que algún día todos los enseres del matador podrían reagruparse y ser depositados en el lugar que por derecho propio merece su memoria. Pero la realidad es la que es, no nos engañemos. Desde la muerte del torero en la tierra donde nació ha faltado sensibilidad y cariño: ni los herederos, ni el Ayuntamiento, ni ninguna entidad privada decidieron aunar esfuerzos y dar un paso adelante. Ahora salen a subasta algunos de sus enseres profesionales, como antes salieron otros. Los propietarios están en su legítimo derecho, como también lo están quienes recuerdan al torero con sincera admiración por su obra y gran tristeza por el trato recibido, observando como chirría que unos lotes de sus avios hagan caja el año que se cumple el 75 aniversario de su muerte.

(1) ENLACE RELACIONADO: «Carmeluchi»

martes, 26 de marzo de 2019

CARMELUCHI

Por Federico Arnás   

Federico Arnás, Antonio L. Aguilera, Paco Pérez, José Luis Cuevas y Carmen
 Acosta Carmeluchi sostienen un capote de Manolete. Foto José Luis Cuevas
El 24 de noviembre de 2014 tuve el gusto de acompañar al periodista taurino Federico Arnás por las calles de Córdoba, para buscar por sus íntimos y bellos rincones las huellas del pasado manoletista. Nunca habría podido imaginar lo que nos aguardaba en la taurina Taberna “La Sacristía”, donde su dueño, Paco Pérez, había concertado una cita con una mujer muy especial: Carmen Acosta, conocida por “Carmeluchi” entre la gente del castizo y torero barrio de Santa Marina. Lo que ocurrió aquella inolvidable mañana forma parte de nuestros recuerdos más hermosos, y fue redactado magistral y entrañablemente por el periodista madrileño en este artículo que con su autorización insertamos, el cual fue publicado poco después en la revista taurina “6 Toros 6”.

Tiene ochenta y tres años muy flamencos repartidos en un metro y medio de estatura, si es que llega. Tiene las canas cerca del suelo y el corazón cerca del cielo. Nada sabía de ella pero me bastó un ratito para comprender lo que han visto sus ojos, lo que ha sentido su alma. Todo empezó en un mañana de esas en las que Córdoba parece tener el monopolio de una primavera instalada en la recta final del otoño.
El matrimonio Arnás en un patio cordobés
Los sinceros amigos y mejores aficionados de una peña con solera como es “Tercio de Quites” habían tenido la gentileza de invitarme a compartir una noche de tertulia, ahí donde la palabra cercana permite la intimidad y la sincera expresión de los pensamientos confesables y no tan confesables. Me apetecía volver sobre los pasos de Manolete, entre otras cosas para quitarme el mal sabor de boca de la visita el día anterior a un Museo Taurino que recordaba cargado de historia y leyendas en la casa que fue de Góngora. Tras diez años con las puertas cerradas el Ayuntamiento entregó el proyecto de renovación a una empresa catalana que debe saber tanto de toros como Manuel Benítez de sardanas. Me contaron que han sido tantas las quejas que hay planteada una revisión profunda en unos espacios donde lo superficial genera indiferencia mientras algunos de sus fondos maravillosos no pasan de una fría pantalla táctil. Un museo que podrá ser curioso para los neófitos y güiris pero que decepciona al que busca la profunda historia cordobesa del toreo. Y ambas concepciones podrían convivir de hacer un planteamiento menos hueco y liviano. Allí, en una simple sala se concentra a los cinco califas. Si a “el Guerra” se le ocurriera hablar la que les iba a liar a los promotores de semejante simpleza. Horas después la boca iba a cambiar de sabor porque esa mañana Córdoba era muy Córdoba y a ese sol limpio sólo le faltaban las flores en sus patios para imaginarnos que estábamos en plenas cruces de Mayo. Esos pasos de Manolete nos llevaron hasta su panteón antes de pararnos frente a los de Lagartijo, el de las flores blancas de Guerrita, el de Machaquito, asomarnos a los nombres de la dinastía Camará y del genial “El Pipo”. La figura de  Manolete impone allí donde te asomes a su imagen ya sea en piedra, bronce o mármol. Ese mausoleo, situado en el corazón del cementerio de La Salud cuya espalda guarda el maravilloso poema de Rafael Duyos, es visitado por Morante cada vez que torea en Córdoba. Silencio.
A la izquierda, Carmeluchi, fotografiada con el grupo de amigos que posa 
entre fundones, capotes y muletas de Manolete. Foto José Luis Cuevas.
Seguir las huellas de Manolete por Córdoba suponen asomarse a las páginas amarillentas de una guía que nos transporta a un tiempo que sigue impregnando la esencia de una ciudad escrita en verso. No sé que pasa aquí que siendo tantos los rincones toreros con los que te tropiezas luego, a la hora de los toros, las empresas se las ven y desean para meter gente en los tendidos del coso de Los Califas. La ciudad te dice una cosa y su plaza otra. Manolete en la plaza del Conde de Priego, frente a Santa Marina, y Manuel Rodríguez en la de La Lagunilla. Los amigos Rafael Alonso, Antonio Aguilera, motores de la peña, junto al generoso José Luis Cuevas con su inseparable cámara, me habían anunciado una sorpresa ignorando que a ellos también les aguardaba otra.
 Traje de la penúltima tarde en Santander
en la Hermandad del Señor Resucitado.
En la Casa de la Hermandad del Señor Resucitado, espacio de paredes envueltas en los olores y colores de la Semana Santa, estaba recogido desde hace un mes el vestido que llevó Manolete la última tarde que salió por su propio pie de la plaza después de que Rovira le brindara la faena del sexto. Fue en Santander, el 26 de agosto, antes de ponerse en ruta con dirección a Linares, con destino a “Islero”. Parte del oro lo había matado el tiempo y lo que pudo ser seda blanca se había tornado en un tono vainilla, pero ese vestido traspiraba a su vez frescura, tal vez porque se lo enfundo aún lleno de vida, de una vida que para entonces no le llenaba. ¡Pero ahora veréis! Nos lo dijo Paco Pérez, componente de la Tertulia Santa Marina. Justo enfrente podía leerse “Taberna La Sacristía”. Y allí estaba la mujer con las canas cerca del suelo y el corazón pegado al cielo. Carmen, aunque todos la conocen como “Carmeluchi”. Su abuela sirvió en casa de Manolete padre, su madre vio nacer a Manuel y Manuel la vio nacer a ella. Durante dieciséis años le conoció y le sirvió como luego haría con Doña Angustias. Una dinastía al servicio de los Manolete. Alguien la había dicho que el señor de la tele, el de Tendido Cero, ese programa que nunca se pierde, iba a estar en Córdoba. Entonces cogió las llaves de una casa de Manuel y le pidió al amigo Paco que la ayudara a sacar unas “cosillas” que quería mostrarme. Las cosillas eran el fundón con las
Fundones de las espadas de Manolete, padre e hijo, así como
capotes -uno de seda sin estrenar- y muletas del Monstruo. 
espadas de Manolete padre, “Sagañón”, y el fundón con los estoques y descabello de Manolete. Pero había más: un capote usado y mordido por “el monstruo”, otro, de seda ligera, que nunca llegó a estrenar, y una muleta con rastros de sangre. Posiblemente teníamos en nuestras manos el capote, la muleta y el estoque con el que Manolete toreo y entró a matar al Miura que le cerró los ojos. Me temblaba el pulso; no era el único, la emoción envolvía al reducido grupo que estábamos en el coqueto rincón de “La Sacristía”. Y en medio de tantas sensaciones “Carmeluchi” empezó a contar historias de uno de los pilares de la tauromaquia. De ese niño tímido que escondidas se llevaba trapos y palos con los que montaba trebejos de juguete para ponerse a torear cuando nadie le veía. Hasta que un día la madre de “Carmeluchi” miró por una cerradura al cuarto de los secretos. Allí daba unos pases con la muletilla improvisada, “muuu planssa”, ese niño con perfiles de esqueleto y piernas alargadas. Entonces se dirigió a doña Angustias y le dijo: “señora, su hijo va a ser un torero muy grande”. Por vivir momentos de tan compleja descripción como estos que ahora quiero compartir con el lector vale la pena seguir luchando por el toreo como esencia de vida. Porque sólo en este mundo se pueden encontrar personas tan generosas, tan apasionadas, tan auténticas. “Carmeluchi” es una simple aficionada que no una aficionada simple. Te cuenta el toreo con las manos para que tú lo escribas con las tuyas. Sin decírmelo capte el mensaje y eso es lo que he hecho porque la mujer que estaba cerca del suelo nos acercó al cielo, nos permitió tocar a Manolete.

Carmen Acosta lee "Carmeluchi"


En esta foto obtenida por Paco Pérez se contempla a Carmeluchi con un ejemplar de la revista "6 Toros 6", leyendo el emocionante texto que le dedicó Federico Arnás. 
El 24 de septiembre de 2015, contando ochenta y cuatro años de edad, tras presenciar el desfile procesional por las calles del barrio de las imágenes de Nuestro Padre Jesús Caído y Nuestra Señora del Mayor Dolor en su Soledad -la hermandad de los toreros a la que pertenecía-, fallecía para llenar el cielo de gracia y alegría. 

miércoles, 18 de abril de 2018

MOSAICO MANOLETISTA (I)


Por Antonio Luis Aguilera  
 Plaza Conde de Priego. Foto David Manolo Castilla.
          El recuerdo de Manolete sigue vivo en Córdoba. No hay barrio, clásico o moderno, desde Santa Marina a San Basilio, o desde San Lorenzo al Campo de la Verdad, cuyas tabernas no cuelguen fotos de Manuel Rodríguez, elegantemente vestido de calle o majestuosamente de torero. Fotos color sepia o blanco y negro, que son admiradas con renovado entusiasmo por quienes las han visto cientos de veces, y con profundo respeto por quienes visitan la ciudad y las observan por primera vez. La atracción del personaje sigue siendo irresistible por su porte señorial y torera distinción. Manolete fue un espada irrepetible y trascendental en la historia del toreo, por haber consolidado un concepto técnico que continúa proyectándose en los ruedos cada tarde de corrida: el toreo ligado en redondo.  


            Ocurrió en los años cuarenta del siglo XX. El valor sin fisura y la entrega absoluta de Manuel Rodríguez, le permitieron ejecutar a todos los toros la ligazón de los pases prescrita por Guerrita en su Tauromaquia, revelada por Gallito en los ruedos, y pulida con la gracia de Chicuelo en el sitio donde se paró y templó Belmonte. Desde entonces nadie ha podido robar a Manolete su auténtico protagonismo en la historia del arte de torear, aunque no faltaran los tristes intentos, de palabra y después de muerto el torero, de diestros que no le aguantaron el pulso, ni aceptaron que les adelantara la retirada de los ruedos, con el apoyo soterrado de una crítica influyente, cuya nostalgia por la «edad de oro» le impidió ver la evolución que sucedía ante sus ojos.  

La Lagunilla. Foto David Manolo Castilla

         Pero volvamos a Córdoba, serena, honda como un misterio, donde el silencio y autenticidad de sus rincones recuerdan la naturalidad en la vida y en los ruedos de Manuel, el hijo de doña Angustias, vecina de la recoleta plaza de La Lagunilla, frente a la ermita del Colodro, en la calle Mayor de Santa Marina. La ciudad de la Mezquita cala pronto en el alma del visitante. La profunda huella de varias civilizaciones se palpa en sus calles y plazas. En pocos lugares del mundo el silencio permite al caminante escuchar el sonido de sus propios pasos, mientras respira fragancias de azahar, celindas o jazmines, ni queda absorto ante la sencilla belleza de paredes encaladas, blancas como lienzos, donde parecen dibujadas en forja rejas y balcones, que muestran presumidos geranios, claveles o gitanillas, mientras el suave rumor de sencillos surtidores de agua descubre unos patios únicos en el mundo, declarados por la UNESCO Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.      
    

Manolete con sus padres
            Angustias Sánchez Martínez, la madre de Manolete, natural de Albacete,  contrajo matrimonio con dos matadores de toros cordobeses. En primeras nupcias lo hizo con Rafael Molina Martínez “Lagartijo Chico”, hijo del grandioso banderillero Juan Molina Sánchez -de quien se llegó a decir que un capotazo suyo era una lección de geometría-, y sobrino del magistral Rafael Molina Sánchez, el gran “Lagartijo”, proclamado “Califa del Toreo” por el ingenioso crítico aragonés don Mariano de Cavia y Lac. El matrimonio fijó su domicilio en la Plaza de Colón número 30 de Córdoba y de su unión nacieron tres hijos: Dolores, Angustias y Rafael Molina Sánchez. Tras el fallecimiento de “Lagartijo Chico”, ocurrido  el 8 de abril de 1910, Angustias Sánchez contrajo matrimonio en segundas nupcias con Manuel Rodríguez SánchezManolete”, con quien tuvo cuatro hijos: Ángeles, Teresa, Manuel y Soledad Rodríguez Sánchez   

          

Plaza de La Lagunilla. Foto Santiago Carrasco
          Manolete hijo vivió en cuatro casas de la Córdoba que lo vio crecer y hacerse torero, aunque generalmente los aficionados solo conocen tres. Nació en el número 2A de la calle Conde de Torres Cabrera. De allí la familia se trasladó a la calle Benito Pérez Galdós número 8, junto a la avenida del Gran Capitán, donde el 4 de marzo de 1923 falleció su padre, a los 39 años de edad. Posteriormente la madre fijó su domicilio en la Plaza de La Lagunilla, y en 1943 el torero adquirió el palacete de estilo colonial ubicado en la Avenida de Cervantes, que compró a la familia Cruz Conde y fue remodelado por el arquitecto don Carlos Sáez de Santamaría. Este palacete había pertenecido al periodista y escritor don José Ortega y Munilla, padre del filósofo don José Ortega y Gasset, que lo mandó construir en el año 1890.



        
Carmen Acosta. Foto Cuevas.
Contaba Carmen AcostaCarmeluchi”, que fue toda una institución manoletista del barrio de Santa Marina, que su madre sirvió en casa de Manolete padre (“Sagañón”), y vio nacer a Manolete hijo, como éste la vio nacer a ella, y trabajar en las labores domésticas de su casa durante los dieciséis años que la conoció. Recordaba emocionada, como su madre le contaba que siendo Manuel un niño escondía trapos y palos, con los que se hacía muletas para torear escondido en el “cuarto de los secretos”, la habitación donde la viuda de dos toreros guardaba bajo llave todo lo relacionado con el oficio de sus maridos. Un día que el chiquillo toreaba pensando que nadie lo observaba, miró por la cerradura para ver qué hacía, y quedó impresionada por los pases que dibujaba aquella muletilla. Algo extraño debió adivinar cuando buscó a doña Angustias y le dijo: «Señora, su hijo va a ser un torero muy grande».