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miércoles, 8 de diciembre de 2021

RECORDANDO A RAFAEL MOLINA SÁNCHEZ “LAGARTIJO”

Por Rafael Sánchez González                                                     

Rafael Molina Lagartijo
                                             

Desde que muy joven me inicié como aficionado a la Fiesta de los toros, sentí gran interés por conocer la enorme riqueza que encierra la historia de la Tauromaquia, y uno de sus personajes que más me cautivaron fue Rafael Molina Sánchez Lagartijo, de quién el pasado día 27 se cumplieron ciento ochenta años de su nacimiento.

Introducirnos en el aluvión de datos que aporta su densa biografía, ni es mi intención ahora ni sabría en este momento por cuál de ellos declinarme, puesto que solo trato dedicar unas líneas en recuerdo de tan inmenso torero.

Lagartijo El Grande

Había en toda su figura tales atractivos, existía tal relación entre la suerte ejecutada, los medios de ejecución y la manera de practicarla, que no quedaba al espectador otro recurso que entregarse ante aquel artista incomparable y batir palmas a la serenidad, valor, aplomo y elegancia, a la maestría en una palabra, de tan incomparable coloso del toreo. El fondo y la forma se daban la mano para hacer de Lagartijo la personificación del torero más perfecto que hasta su retirada se había conocido y uno de los más completos que han existido. Hablar de la historia del Toreo y no citarle en primer término sería imperdonable, porque su señera figura alcanzó relieve de grandeza. La traza y la silueta de su cuerpo, hasta la elegancia de sus movimientos y la armonía de sus acciones en el ruedo, envolvían de plasticidad la lidia. Solo por verle hacer el paseíllo valía la pena pagar la entrada, llegó a decir de él Guerrita. Como también se decía, que componía una obra de arte cada vez que desplegaba su capote. Belleza helénica encarnada y viviente en su toreo. Tras los esbozos artísticos del patilludo diestro madrileño Cayetano Sanz, Lagartijo pasa por ser el torero de mayor arte que hasta entonces, e incluso muchos años después, han conocido los públicos. Lagartijo el Grande le llamaban en su tierra. 

Piconera con burro. Foto: Blog Notas Cordobesas de Paco Muñoz

Porque, Rafael Molina no solo fue grande como torero. En lo personal fue un hombre honrado y bueno; serio, pero ocurrente; altivo con los grandes y colaborador con los humildes. Que les preguntasen a los piconeros cordobeses de los que fue su ángel protector. Aquellos humildes hombres de un gremio muy extendido entonces en la ciudad siempre encontraron amparo en él, desde pagarles los borriquillos con los que portaban sus pesadas cargas, hasta bautizarles los hijos con la sola condición de que se les impusiera el nombre del Arcángel San Rafael. Asimismo, durante los últimos años de su vida mantuvo la costumbre de repartir todos los martes un plato de comida a los pobres que se acercaban a su domicilio. Y esa misma condición de generosa entrega personal la tuvo igualmente hacia sus compañeros. Quien desde su alejamiento de la profesión apenas salió de Córdoba, no dudó en viajar a Madrid para dar su último adiós al único espada que fue capaz de rivalizar firmemente con él durante veintitrés temporadas, Salvador Sánchez Frascuelo, ante cuyo cadáver se postró arrodillado, y sin poder evitar que unas lágrimas rodaran por su rostro exclamó: pobre Salvaór… tanto luchá pa esto.

Salvador Sánchez Frascuelo

Sobre tan extraordinario personaje ¿cómo podría yo resumir siquiera en el breve espacio de un artículo las hazañas de aquel torero excepcional, que comenzó a torear a los once años de edad y se alejó de los ruedos cumplidos ya los cincuenta y dos? Por cierto, enfrentándose en solitario a seis ejemplares de Veragua en la plaza de Villa y Corte. Si acaso, indicar que a lo largo de las veintiocho temporadas que ininterrumpidamente estuvo en activo, es decir, desde el 29 de septiembre de 1865 que recibió la alternativa en Úbeda (Jaén), al primer día de junio de 1893 que por última vez vistió el traje de luces, totalizó 1.632 corridas en las que estoqueó 4.867 toros, cifras de las que 404 y 894, respectivamente, corresponden a Madrid.

Aun cuando he dicho que no intentaría relatar ningún acontecimiento de su vida torera, permítaseme referir un breve suceso, al menos curioso, encontrado entre la documentación que sobre el primer califa tengo recogida.

Festejos en honor del príncipe Federico Guillermo

Funciones de teatro, revistas militares, recepciones y banquetes y hasta una corrida de toros se celebraron en Madrid, en noviembre de 1883, para festejar la visita del príncipe imperial Federico Guillermo, que sería último emperador de Alemania (1888-1918) y rey de Prusia. A tal fin, el domingo 25 de noviembre se organizó una función extraordinaria, que solo vino a engrosar las ganancias de la empresa, indemnizada además de manera oficial con diez mil pesetas, puesto que el ganado lidiado no añadió gloria alguna a la divisa de Veragua y, por lo tanto, aportaron muy poco al lucimiento de Lagartijo, Francisco Arjona Currito y Fernando Gómez Gallo, diestros cabeceros de aquella temporada en el coso matritense, festejo en el que Miguel Almendro, a la sazón banderillero a las órdenes de Fernando, mató en último lugar un sobrero de Eduardo Schelly, tan manso como los ejemplares del señor duque. Baste decir, que, según un revistero de la época, hubo momentos en que los espectadores que ocupaban las localidades altas se entretuvieron tratando de coger al vuelo, como si de moscas se trataran, los jilgueros que sobre sus cabezas revoloteaban.

Sonaron himnos nacionales y hubo brindis para el egregio forastero, que, junto a los reyes de España, Alfonso XII y María Cristina de Absburgo-Lorena, presenciaron el festejo desde el palco real, al que fueron invitados los cuatro espadas junto con un representante de sus respectivas cuadrillas, para saludar a Federico Guillermo, que, muy agradecido expresó su admiración hacia ellos, recibiendo de Lagartijo el estoque con el que había dado muerte a sus dos oponentes, obsequio que recogió manifestando que figuraría entre las espadas de Napoleón III y otros distinguidos militares en una vitrina de palacio, indicándole al conde de Solm que le facilitara los nombres de los cuatro matadores para poderles corresponder con un regalo personalizado.

Lagartijo en la plaza de Madrid

Al despedirse con unas palabras de elogio estrechó la mano a los ocho lidiadores presentes, y entendiendo Currito que les ofrecía su casa, respondió resuelto: en San Bernardo tiene usté la suya, donde quiera que pregunte le darán rasón. La cosa no deja de tener su gracia, pero es que, cuando ya regresaban en jardinera camino de la fonda, según se cuenta, Lagartijo le preguntó a su hermano: ¿tu crees que el hijo del Curro ha entendío al príncipe ese? Juan Molina, que en perspicacia superaba a Rafael, le contestó sorprendido: pero Rafaé, ¿tu va a jasé caso de un endividuo que está más volao que la veleta una torre?

Rafael Molina Sánchez Lagartijo. Un torero que no invadió normas ni borró jurisdicciones, sino que se atuvo a ellas y dentro de ellas fue un consumado maestro y la melodía torera más inspirada y bella vestida de luces. Fue el torero que, sin darse cuenta, promovió el renacimiento de la literatura taurina. Su nombre, escrito con letras de oro, engalana la historia del Toreo y es orgullo y gloria para la tierra que le vio nacer, hace ahora ciento ochenta años. 

martes, 29 de junio de 2021

DIGNIDAD FRANCESA

Por Antonio Castillo Rebollo, aficionado. 

Plaza de Mont de Marsan, inaugurada el 21 de julio de 1889 por el 
espada de San Fernando (Cádiz) José Rodríguez Davié Pepete.

Es indudable que en el sur de Francia, la corrida de toros a la española alcanza hoy en día, cotas de inmensa popularidad y goza de una magnífica salud. Sin embargo, su devenir hasta la época actual, no ha sido precisamente un camino de rosas; al contrario, su curso estuvo plagado de incidentes, prohibiciones y campañas orquestadas que no lograron doblegar el ánimo del aficionado francés.

Hoy, quiero comentar un caso muy curioso del que fue protagonista en 1895, el torero sevillano Antonio Reverte en Mont-de-Marsan junto con Mr. Paul Dorian el alcalde de esta ciudad. Pero antes, el bondadoso lector me disculpará que lo haga navegar por mi personal y procelosa laguna Estigia, con el siguiente y largo preámbulo:

El sevillano Antonio Reverte  

Tanto en el sudoeste como en el sudeste francés viene de muy antiguo la costumbre de jugar con el toro -tauromaquia-. Se pierde en la noche de los tiempos la existencia de un toro salvaje en los pantanos de la Camarga, cerca de donde desemboca el Ródano. Es un toro pequeño, pero duro, muy ágil, con mucho brío y agresividad  y   descarado  de  pitones  en forma  de  lira -cornialto o cornipaso-.  Desde hace varios siglos, a este toro se enfrentan a cuerpo limpio unas cuadrillas de mozos que, con sus recortes, quiebros y saltos espectaculares burlan su codiciosa embestida. Según Cossío que se apoya en la información que le proporciona Auguste Lafront, “…a principios del siglo XIX, en Arlés, las fiestas taurinas continuaban con brillo una tradición, sin interrupción, desde hacía casi tres siglos…”. Sin embargo, la implantación de la corrida española con matadores de a pie y picadores es cosa mas reciente. Concretamente la primera de ellas se celebró el 21 de Agosto de 1853 en Saint-Esprit, un pequeño pueblo aledaño a Bayona y donde existía desde 1850 una pequeña placita destinada a ofrecer espectáculos de corrida a la landesa. La plaza se llenó de un público expectante que acudió a ver al famoso espada madrileño Cúchares, que se enfrentó él solo a cuatro toros navarros y dos andaluces. Este primer cartel, publicado por Pelletier, está cuidadosamente impreso en Bayona y con grandes caracteres tipográficos anuncia: “Grandes Courses Espagnoles de Taureaux”. A esta primera corrida, seguirán otras dos, los días 22 y 23 del mismo mes. El impacto de las corridas españolas con toros de muerte fue tremendo. Según Pelletier, periódicos locales como Le Courier exhortaban a sus lectores con estos términos tan ardorosamente beligerantes y combativos: “Appel est fait à la jeunesse bayonnaise; une brèche est déjà ouverte: à l’assaut, à l’assaut!” (Un llamamiento a la juventud de Bayona; se ha abierto una brecha: ¡Al asalto, al asalto!).

Toros de la Camarga francesa

Apoyando la implantación de la corrida española, como se le llamaba en Francia al nuevo espectáculo tauromáquico, Aguado de Lozar que había sido el avispado empresario navarro de estas primeras corridas en Bayona, bajo el seudónimo de M. Oduaga Zolarde, da a la imprenta el primer tratado de tauromaquia escrito en francés: “Les courses de taureaux expliquées”, libro rarísimo donde los haya, que se publicaría en Bayona en 1854, por la imprenta de Lamaignère, con 148 páginas más cuatro láminas grabadas a la litografía, con escenas taurinas. 

A partir de entonces, se fue extendiendo la corrida española por todo el sur de Francia: Andrés Fontela inauguró la primera plaza de Béziers en 1859, el novillero guipuzcoano Manuel Egaña (Relojero) pisó por primera vez las plazas de Mont-de-Marsan, Dax y Saint-Sever en 1860, el matador de toros catalán Pedro Aixelá (Peroy) lo hizo en la de Marsella en 1861.

En la década siguiente, matadores de cartel como Currito, Ángel Pastor, Gordito, se dejaron ver, especialmente en Nimes, donde en 1885, una muchedumbre enorme, se reunió para ver actuar al famoso espada Frascuelo.

Una de las dos plazas de toros de París. La Torre Eiffel al fondo

En 1889, se llevó a cabo un esfuerzo muy importante para que arraigara la corrida de toros española en el corazón de Francia -París- con motivo de la Exposición Universal. Nada menos que se construyeron dos plazas de toros: una en terrenos de la propia Exposición y otra, mejor acondicionada, en el cruce de la rue Pergolèse y el boulevard de Lannes, bautizada en los carteles –en castellano- como “Gran Plaza de Toros du Bois de Boulogne”. Para la ocasión se tiraron carteles con gran lujo y tamaño, en cromolitografía, y que se hicieron tanto en España, por el pintor Daniel Perea (Lit. Palacios, de Madrid), como en París, donde el famoso cartelista Jules Cheret no desdeñó el realizar un atractivo affiche que se tiró en la imprenta de Chaix. En la extraordinaria colección de carteles del coleccionista catalán Jordi Carulla hay magníficos ejemplos de este artista y otros cartelistas franceses como Baylac, Million, Diffre. Ese mismo año, se dieron en la capital francesa nada menos que 28 corridas, con la participación de primeros espadas, tales como Ángel Pastor, Valentín Martín, Mazzantini, Lagartijo, Frascuelo, Cara Ancha, Guerrita y otros más. Curiosamente, durante estos cuatro años -de 1889 a 1893- se celebraron bastante mas de un centenar de corridas y estos festejos parisinos sirvieron para favorecer los intereses de muchas de las plazas del sur de Francia, ya que las empresas de las mismas aprovechaban el paso de los diestros contratados en París, para asegurarse su concurso, y así vieron torear en Marsella a Fernando el Gallo y Mazzantini. En Dax a Faico, Minuto y Guerrita, ó a Ángel Pastor en Mont-de-Marsan. 

Torerísimo quite de Fernando el Gallo en la plaza de Madrid
mientras acude el picador reserva. Fotografía Jean Laurent.

Sin embargo, en París, no todo fueron facilidades para la implantación de la corrida de toros -que nunca logró arraigar allí- y así, años mas tarde, también en París, el 5 de junio de 1900, el torero aragonés Ramón Laborda (el Chato) actuó en la corrida inaugural de la plaza de toros de “Arenas de Enghien”, construida con motivo de la nueva Exposición Universal, a las órdenes del matador francés Félix Robert. Camino de la plaza, un sicario contratado por la Sociedad Protectora de Animales, de nacionalidad sueca y llamado Ivon Aquelli, disparó varios tiros contra el coche de los lidiadores en protesta por la celebración de corridas de toros, alcanzando a “El Chato” en el brazo y costado izquierdos, aunque las heridas fueron afortunadamente muy leves. Esto dio motivo para que Roberto Casañal, en un raro y gracioso folleto “Romance, vida y retrato de Ramón Laborda (el Chato) editado en Zaragoza en 1913 y escrito en forma de romance, nos relate el atentado con su fina ironía, diciéndonos que: “como le apuntara a la nariz, ¡está claro! No le dio ninguna bala”.

Ramón Laborda "El Chato"

Y llegamos al nudo de nuestra historia. Ante el auge creciente de las corridas de toros, los años de persecución, que nunca habían desaparecido, se recrudecieron en 1894, con la aparición de continuas trabas administrativas y legales y prohibiciones gubernamentales procedentes de París. Esta situación aún empeoró más en 1895, pues el nuevo ministro del Interior, Mr. Georges Leynes había reanudado una lucha áspera a favor de la prohibición de las corridas, de modo tal que, si un matador de toros daba muerte a su toro durante la lidia del mismo, se le entregaba un decreto de expulsión que le impedía volver a Francia para una nueva corrida y entre los que figuraron expulsados Bombita (Emilio), Chicorro, Fabrilo, Minuto, Marinero, Fuentes, Lagartijillo, entre otros. De esta manera, las empresas francesas quedaban obligadas a contratar nuevos matadores que no estuviesen incursos en ningún decreto de expulsión. No se le ocultará al avisado lector que, ante la falta de matadores, por culpa de estas triquiñuelas legales (Ley del 2 de Julio de 1850. Ley Grammont), la corrida española, corría un serio riesgo de desaparecer en un corto plazo de tiempo de las arenes francesas.

El torero francés Félix Robert

Cualquier aficionado francés que sea conocedor de la historia taurina de su país -que son los más- se sabe deudor de personas como Paul Dorian y es gracias a él y a otras personas como él, que, con toda normalidad, se celebren tantas y tan buenas Ferias taurinas en nuestro país vecino. 

Aquel año de 1895, en el apogeo de su fama, Antonio Reverte fue contratado en Mont-de-Marsan para torear dos corridas, una de Carreros y otra de Flores, los días 14 y 16 de Julio. En su primera -como veremos a continuación- y única corrida del día 14 Reverte, según la crónica que publica la revista madrileña El Toreo (núm. 1139 del 22 de julio de 1895) “estuvo regular en la muerte del cuarto toro y superior en al de los bichos segundo y sexto lo que le valió grandes ovaciones, así como entusiasmó a las masas con sus recortes capote al brazo y toreando de capa”. Estaba previsto que toreara de nuevo el día 16, pero una orden de expulsión del país, por haber consumado la mise a mort, se lo impedía. París había dispuesto que un comisario especial investido de los poderes pertinentes que le delegaba la Convención, para que se encargara personalmente de la expulsión inmediata del matador español. 

Antonio Reverte con su cuadrilla

Enterado el alcalde Paul Dorian, y en vez de obedecer la orden, decide esconder al torero en su propio domicilio, con el ánimo de hacer creer al comisario que el diestro ya había tomado el tren a Hendaya, de regreso a España y por el medio de los hechos consumados, hacer que este toreara de nuevo y por sorpresa el día 16. Noticioso el comisario de lo que sucedía, ordenó que Reverte fuese detenido y escoltado hasta la frontera. El alcalde puso en juego todas sus influencias para que no se diese cumplimiento al auto de expulsión y al no conseguir su revocación, acompañó al torero hasta la estación, suponemos que sería a altas horas de la noche, cuando el convoy que procedía de París y con destino a Hendaya, hacía su escala en Mont -de- Marsan y una vez que partió el tren hacia la frontera, regresó andando al Ayuntamiento, en cuyo tablón de anuncios fijó un aviso anunciando su dimisión, lo que le valió, dicen las crónicas, grandes y unánimes aplausos de todo el vecindario, que ya previamente, se había manifestado frente a la casa del mismo alcalde, pidiendo la celebración de la corrida del día 16 con Reverte en el cartel.  

miércoles, 16 de octubre de 2019

"LAGARTIJO": EL CALIFA Y SU TROPA TORERA

Por Rafael Sánchez González
 Lagartijo. Busto del torero en la calle Osario de Córdoba
En un amplio estudio sobre la vida artística de un diestro de la magnitud de Rafael Molina Sánchez Lagartijo, sería injusto olvidar a quienes con él compartieron avatares en los ruedos. Aquellos hombres que con su eficaz trabajo colaboraron para que, en su larga trayectoria profesional, el primer califa del toreo pudiera escribir brillantísimas páginas en la historia de la tauromaquia. En una época, además, en la que muchos de los peones de a pie, cubierta ya su etapa de aprendizaje bajo la tutela de destacados diestros, competían después con ellos en la arena tras recibir el grado de matador de toros.
Si complejo resulta poder recopilar datos acerca de los picadores y banderilleros que actuaban, transcurrido ya un siglo, mucho más complicado aún es tratar de hacerlo con relación a un espada que permaneció en activo como matador de toros durante veintiocho años y, entre titulares y agregados o bien eventualmente, llevó a sus órdenes una extensísima nómina de personal subalterno.
No cabe la menor duda de que Lagartijo, sabedor de la importancia que tenía, prestó siempre gran atención a quienes habrían de estar a su lado en la arena, en cuyo menester dio siempre prioridad a sus paisanos, amparado, justo es también significarlo, en la reconocida valía de los numerosos toreros que por aquellas calendas aportaba Córdoba al toreo.
Francisco Montes Paquiro
Antiguamente se contrataba solamente a los matadores, con independencia de las cuadrillas, y aun cuando, a la muerte de Pedro Romero, fue Jerónimo José Cándido el primero en rodearse del mejor personal que había, es a Francisco Montes Paquiro a quien se debe la organización y el orden de los subalternos en el ruedo. Así, cuando Lagartijo tomó la alternativa muy pocos espadas tenían todavía cuadrilla fija. La empresa de la plaza de toros de Madrid ajustaba por toda la temporada a banderilleros y picadores, que actuaban indistintamente con los matadores que lidiaban las corridas, salvo algunos que excepcionalmente acudían con ella constituida, o aquellos que, por amistad o paisanaje, llegaban acompañados de algún elemento.
El cartel del festejo en el que Lagartijo confirmó su doctorado el 15 de octubre de 1865, no precisa los subalternos de a pie que en ella trabajaron, y respecto a los de a caballo dice lo siguiente: "Picadores.- De tanda: Onofre Álvarez y Manuel Sacanelles, con otros tres de reserva, sin que en el caso de inutilizarse los cinco pueda exigirse que salgan otros". Onofre Álvarez, o Rafael Álvarez Rodríguez Onofre para decirlo correctamente, pertenecía entonces a la cuadrilla de El Gordito, y aunque residente en Córdoba, donde murió, era de procedencia manchega; y respecto a Sacanelles cabe la duda de si toreaba esa tarde con Cayetano Sanz o con Lagartijo. Se sabe que antes de dedicarse a picar toros tuvo un pequeño taller de ebanistería y falleció en Madrid de enfermedad crónica hacia 1875. Como banderilleros acompañaron aquel día a Lagartijo, el cordobés Benito Garrido Villaviciosa, primero que permanentemente tuvo a su lado, y los sevillanos Juan Yust y José Gómez El Gallo, iniciador del que después sería famoso apodo taurino.
Rafael Álvarez Rodriguez Onofre
Desde 1865 a 1869, no existe duda de que los peones que con más frecuencia actuaron para Lagartijo fueron los citados, aunque variando algo el personal por provincias, ya que en 1866 figuró en repetidas ocasiones como banderillero y media espada el sevillano José Giráldez Jaqueta, a quien Rafael dio la alternativa -primera que concedió- el 5 de septiembre de 1869, y falleció víctima de una grave enfermedad cerebral a la que le llevó su entrega a la bebida.
Difícil resulta precisar quienes fueron los picadores que figuraron a sus órdenes en el referido periodo, puesto que ni en la prensa ni en los estudios acerca del espada se encuentran muchos datos al respecto. En 1866, según carteles de la época, aparecen Juan Antonio Mondéjar Juaneca, el corpulento y valiente Antonio Arce y Domingo Granda El Francés, uno de los varilargueros más aplaudidos en la plaza de Madrid, pues además de agarrarse bien con los toros realizaba la suerte con vistosidad.
En 1867 parece ser que iban en su cuadrilla el fornido piquero utrerano Miguel Alanís, y puede que continuara en ella El Francés. En 1868 no toreó Lagartijo en Madrid, por lo que todavía resulta más complicado conocer qué varilargueros llevó por provincias, teniendo en cuenta la escasa información que de estas actuaciones se tiene; sin embargo, podría afirmarse que picaron a su lado el citado Domingo Granda y José Marqueti, quien de mozo de caballos pasó a tirar la vara de majagua, y terminó como empleado en una compañía de ferrocarriles.
Antonio Sánchez El Tato
Al quedar inútil para el toreo Antonio Sánchez El Tato, a consecuencia de la cornada que le infirió el toro Peregrino (7-6-1869), un veterano ilustre de su cuadrilla pasó a la de Rafael Molina; me refiero a Antonio Calderón, primogénito de la famosa saga de picadores alcalaínos, al que familiarmente llamaban el Presbítero, por ser el único de los cuatro hermanos que no lucía patillas.
La primera noticia categórica de la cuadrilla de Lagartijo proviene del programa del abono madrileño para la temporada 1871, en el que nominalmente se anuncian las cuadrillas de Rafael, Currito y Frascuelo. En la del cordobés aparecen Antonio Calderón y José Marqueti a caballo, y Juan Yust, El Gallo y Villaviciosa como hombres de a pie. Cabe pensar que desde 1869 hasta 1872, esa fue la tropa que utilizó en los ruedos el califa, aunque en sus intervenciones por provincias se produjesen algunos cambios, apareciendo alternativamente Rafael Bejarano El Cano, torero cordobés a quien mató en Jerez (24-6-1873) un toro de Laffite; el segoviano Mariano Antón, procedente de la cuadrilla de Currito, a la que había llegado tras dejar la de El Tato por el motivo indicado; y el todavía bisoño Juan Molina, hermano del califa, quien desde 1871 venía toreando para su pariente Manuel Fuentes Bocanegra. Los dos últimos quedaron fijos a partir de la temporada 1873, ocupando los puestos de Juan Yust, aquél gran torero sevillano afincado en Córdoba, donde murió en plena lozanía (él y Caniqui parearon a Jocinero la tarde que el miureño le partió el corazón al agalludo Pepete); y Villaviciosa, que al retirarse pasó a ser consejero de su jefe, hasta que en 1883 le llegó la muerte. Los tres, Mariano Antón, Juan Molina y El Gallo, serían los banderilleros que, con toda certeza, acompañaron a Lagartijo hasta 1882 inclusive.
Antonio Calderón
Volviendo a los picadores, en 1874 los que llevo de plantilla a Madrid fueron Antonio Calderón y El Francés, trabajando también mucho con él en ese año y siguientes, Juaneca, Marqueti y José Calderón, a los que habría que añadir aquellos que además ponía la empresa de la Villa y Corte, siendo los de mayor asiduidad Antonio Benítez El Grapo y Manuel Feijóo, antiguo coracero de la reina, de corpulenta talla, al que le fue concedida la Cruz de Beneficencia por salvar de perecer ahogados a dos mujeres y un cura, cuya barcaza volcó atravesando el río Guadiana. Emigrado a México en 1890, nunca más se supo de él. De los mencionados picadores agregados, el arrogante Juaneca fue al que más utilizó, y hubiera ocupado un sitio fijo, de no ser por su violento y díscolo carácter, motivo por el que no echó raíces en ninguna cuadrilla a pesar de agarrarse bien y castigar con dureza a los toros. Madrileño muy popular, su sombrero calañés, que nunca abandonaba, constituyó, junto con Gonzalo Mora y Ángel López Regatero, el final de una característica manera de vestir entre los toreros. Como no podía ser de otra forma, falleció en la Cárcel Modelo, donde había ingresado a raíz de la tumultuosa riña que se produjo en una taberna, de resultas de la cual falleció un hombre.
Con un equipo variable de picadores, siendo el único permanente Antonio Calderón, y saliendo a veces su paisano Onofre, y sus mencionados peones de plantilla, Lagartijo hizo las temporadas 1874, 1875 y 1876.
Juan Molina Sánchez
En la de 1877, retirado el viejo Calderón, formaron ya a su lado otros dos componentes de la famosa saga de Alcalá de Guadaira; el ya citado José y su hermano Manuel, que habrían de seguir con el califa largo tiempo. Así, llevando a estos dos picadores, y de banderilleros al muy hábil Mariano Antón, al siempre elegante José Gómez El Gallo, a Juan Molina, convertido ya en dueño y señor de la lidia, y en ocasiones a su otro hermano Manuel, al que daría la alternativa en Murcia el 5 de septiembre de 1879, cubrió Lagartijo las campañas de 1877 a 1882, ambas incluidas.
Al finalizar dicho año 1882, Mariano Antón, agotadas ya sus facultades -tenía 54 años de edad- abandonaba el toreo, dedicándose a su familia y a la agencia taurina que montó. Aquel aprendiz de zapatero acabó siendo uno de los subalternos más importantes de la época, del que mucho aprendió a su lado, superándole a todos después, el inconmensurable Juan Molina. Al sustituirle entró en la cuadrilla, a instancias de Juan -cuñado de este- Manuel Martínez Manene que, aún siendo poco conocido todavía no tardó en hacerse un sitio entre los banderilleros de primera fila.
Rafael Bejarano Carrasco Torerito
Finalizada la temporada de 1884 Rafael Molina despidió al Gallo, ocupando su puesto Rafael Bejarano Torerito, sobrino político del espada, que ya había sustituido a José Gómez durante la enfermedad que padeció aquel año. No gustó la determinación tomada por el califa, muy criticada por toreros y aficionados, que no olvidaban los dieciocho años de fidelidad y eficacia a su lado, y aunque El Gallo se encontraba ya en decadencia y quebrantado de salud, seguía cumpliendo con lucimiento gracias a su pundonor y saber estar en el ruedo. Apenas llevaba retirado medio año, su fatigado corazón dejo de latir, doblado ya el mes más florido de Sevilla. Diez años después nacería en Gelves quien habría de elevar tan artística dinastía a lo más alto del toreo, su sobrino José Gómez Joselito.
A partir de entonces la lista de banderilleros de Lagartijo quedó formada por Juan Molina, Manene y Torerito, y en octubre ingresó un torero que ya venía pidiendo paso de figura, Rafael Guerra Guerrita, que permaneció en la cuadrilla hasta su alternativa en 1887.
Con Rafael Molina Lagartijo empieza a hablarse de la elegancia en el torero
La etapa más brillante de la trayectoria taurómaca del primer califa cordobés que trenzó coleta, Rafael Molina Lagartijo, va unida a la de su hermano Juan, el mejor peón de toda la historia de la tauromaquia, y a la de los hermanos Calderón, tres de los cuales picaron a sus órdenes (tan solo Francisco no lo hizo). Como bien escribió El Bachiller González de Rivera: "Sería imposible olvidar aquellas figuras huesudas acartonadas, de grave semblante adornado con anchas patillas entrecanas. Manuel suprimió el adorno capilar en 1885, pero José -al que llamaban El Dientes- lo conservo toda su vida, siendo el último picador patilludo que ha cabalgado en plaza”. En 1887 se retiró, sustituyéndolo en las corridas de Madrid Francisco Parente El Artillero, un gallego que fue gastador en artillería -de ahí su apodo-, quien después de probar en varios oficios se hizo picador por una apuesta, y aunque sin tener jefe fijo picó para varios toreros, dado que le atizaba fuerte a los morlacos. A comienzos del siglo XX dejó de existir en el sanatorio que para enfermos mentales se levantó en Ciempozuelos (Madrid). Por provincias, en virtud a la amistad que les unía con ellos y las oportunidades que siempre ofreció a sus paisanos, Rafael llevó a Juan Rodríguez el de los Gallos, que comenzó como torero de a pie y acabó haciendo funciones de torilero en el coso de Los Tejares, y al que algunos historiadores vinculan con la anécdota del gallo de pelea que solicitó Lagartijo aprovechando una situación comprometida del varilarguero (otros tratadistas taurinos la relacionan con el también picador Rafael Álvarez Onofre); y Joaquín Vizcaya, mejor jinete que torero. A los dos venía ya utilizándolos desde 1880, confianza que no les retiró hasta 1893, en que dejó de vestir el traje de luces.
Lagartijo
José Calderón reapareció el 31 de agosto de 1887 en Málaga, y lo hizo enrolado de nuevo entre el personal de Lagartijo, con el que siguió hasta finales de 1899 en que se retiró definitivamente, viviendo los últimos años en su natal Alcalá de Guadaira, donde el 15 de mayo de 1896 dejó el mundo de los vivos. Manuel Calderón permaneció al lado del diestro cordobés hasta su muerte, ocurrida en Aranjuez el día más señalado de este Real Sitio, como es el 30 de mayo festividad de San Fernando, corriendo el año de 1891, y fue a consecuencia de la conmoción cerebral que le sobrevino al caerle encima la cabalgadura tras el derribo que le ocasionó el toro Lumbrero, de Veragua, lidiado en primer lugar aquella tarde. A José lo sustituyó el citado Juan de los Gallos, quien a mediados de 1890 fue reemplazado por su paisano Rafael Moreno Beao, un picador de mucho brazo, cuñado de Guerrita, con el que también trabajaría después. Y a Manuel Calderón le suplió en la cuadrilla el popular y bravo Agujetas, que figuró en las filas de afamados toreros y se mantuvo en activo hasta cumplidos sesenta años de edad, a pesar de lo cual, pobre y olvidado, murió en Madrid a comienzos de 1937. Estos fueron los dos varilargueros que Lagartijo llevó en los años 1891 y 1892, últimos de su carrera torera.
Rafael Caballero Matacán. Revista La lidia
Además picaron con él mucho en este periodo de 1890 a 1892 los cordobeses Juan Moreno Juanerito (que nada tiene que ver con ese Juanero el Feo, que dicen picó para el califa sin que existan pruebas fidedignas de ello), del barrio de Santa Marina, donde el 6 de noviembre de 1909 se quitó la vida de un disparo; Curro Gómez, de oscura ejecutoria; Rafael Caballero Matacán que, aún sin muchas pretensiones, cumplía tirando el palo a satisfacción de sus jefes; Antonio de Dios Comearroz, quien de picar piedras en las calles pasó a picar toros en los ruedos; el sevillano Juan Pérez, que emigró a México en 1894, donde fue mayoral de la ganadería de Tepeyahualco; Francisco Coca, aquel madrileño que tuvo que dejar prematuramente su actividad en los ruedos a causa de una progresiva obesidad; y dos más que actuaron mucho en la plaza de Madrid, el portuense José Pacheco Veneno, que si ciertamente no fue un prodigio encontrándose con los toros, les hacía daño gracias a su enorme corpulencia física; y Francisco Zafra El Artillero -otro de este apodo-, que falleció demente al final del siglo XIX. Será oportuno decir, que aquellos eran tiempos en los que numerosos picadores acabaron sus días totalmente locos -de huesos rotos ni les cuento-, fruto de los golpes que recibían en la cabeza, a consecuencia de los tremendos batacazos que sufrían un día sí y otro también.
 Mojino. Revista La lidia
Asimismo, agregados a su cuadrilla, desde 1880 a 1887, trabajaron con Lagartijo el banderillero aragonés Lorenzo Quilez, que falleció en Zaragoza cuando todavía no había cumplido 42 años, al hacérsele crónico un extraño padecimiento que contrajo en uno de sus viajes a tierras americanas; los madrileños Eusebio Martínez; Cosme González, quien una vez retirado fue concejal del ayuntamiento de Aranjuez, donde había nacido; y Tomás Parrondo el Manchao, que alcanzó a tomar la alternativa en Barcelona el 24 de septiembre de 1889, y como tantos otros, triste y olvidado acabó su existencia en una modesta habitación de la madrileña calle del Ave María, víctima de cruel enfermedad mental; y los cordobeses José Bejarano Carrasco, hermano del Torerito, de irregular trayectoria; y Rafael Rodríguez Calvo Mojino, el mayor de los tres hijos toreros de Caniqui, y uno de los más brillantes banderilleros de aquel tiempo. El rey del sesgo le llamaron por su perfección clavando los rehiletes de tal forma. Inseparable amigo y compañero de Guerrita -por no darle sitio en su cuadrilla Fernando Gómez El Gallo se salió de ella Rafael Guerra-, el Mojino tuvo que dejar el toreo en 1896, cuando más cuajado estaba, a consecuencia del tremendo pisotón en la espalda que, estando caído en la arena al salir de un par, le dio el toro Regalón, de Udaeta, en la plaza de Madrid -mano a mano entre Guerrita y Mazzantini- el 31 de mayo de 1891, accidente que acabó costándole la vida cinco años después. Dicen que fue ese uno de los días más tristes en el bullicioso barrio de la Merced.
Las cuadrillas de Frascuelo, Mazzantini y Lagartijo
Óleo de Daniel Vázquez Díaz. Museo Reina Sofía
En 1887 Lagartijo presentó en el coso de la Villa y Corte la mejor cuadrilla de toreros que haya podido conocerse en los ruedos. Estaba formada por El Artillero (Francisco Parente) y Manuel Calderón como picadores, y a pie nada menos que Juan Molina, Manene, Torerito, Guerrita -en septiembre tomaría la alternativa- y el Mojino. Durante sus estancias en Madrid, Rafael Molina solía visitar los cafés La Iberia e Inglés. Encontrándose en este último, en cierta ocasión le advirtieron del corridón de toros que aguardaba en los corrales de la plaza, al que habría de enfrentarse el día siguiente. Sin perder su compostura contestó a los contertulios: "En estando güenos yo y mi gente, ya nos puede jechar si quieren los güeyes". Bien seguro estaba el califa de la tropa que, tanto de caballería como de infantería, llevaba a su mando.
Rafael Guerra Bejarano Guerrita
Aplazada por lluvia el día anterior, el 26 de diciembre de 1888 se celebró en Córdoba una novillada con reses de Lagartijo, en la que varios subalternos intervinieron como espadas. El encierro salió manso y con bastantes problemas -hasta Guerrita, que bajó a auxiliarles, resultó herido en una mano-, al extremo de que el cuarto ejemplar, de nombre Aguardentero, enganchó violentamente a Manene al hacer un quite, infiriéndole tan grave cornada -le destrozó la vejiga-, que en la noche del día 28 le sobrevino la muerte. Otro día de luto en los aledaños del viejo matadero cordobés. Para sustituirle, Rafael Molina, por amistad y corazón más que por verdaderos merecimientos, dio cabida en su cuadrilla a un hermano del infortunado Manuel Martínez, de igual apodo y de nombre Rafael, al que los cordobeses llamaban Martín.
Salvador Sánchez Frascuelo
Matador de toros Guerrita desde el 29 de septiembre de 1887, -justamente dos años más tarde tomaba también la alternativa, de manos de Lagartijo igualmente, Rafael Bejarano Torerito-, ocupó su puesto el sevillano Manuel Antolín, eficaz e inteligente torero que figuró en las filas de importantes espadas. Aquel mismo año (1889), al deshacerse de la cuadrilla de Salvador Sánchez Frascuelo -se retiraría el 30 de mayo siguiente-, consciente Rafael Molina de sus ya mermadas facultades físicas, solicitó los servicios de Antonio Pérez el Ostión, con el que además le unía buena amistad. En realidad este sobrio subalterno alavés era una planta exótica en las cordobesas huestes del califa, al que prestó eficaz colaboración pese a encontrarse también él próximo a retirarse, y a dejar este mundo, puesto que víctima de disnea falleció en Madrid el 14 de enero de 1894, a los 47 años de edad. Así es que la última cuadrilla de banderilleros que tuvo Lagartijo la compusieron Juan Molina, El Ostión, Antolín y Manene (Rafael), actuando en numerosas corridas la temporada de 1891 el madrileño Santos López Pulguita.
Antonio Pérez Ostión
Y llegamos a las cinco corridas que para su retirada convino Lagartijo en 1893, teniendo por escenario las plazas de Zaragoza, Bilbao, Barcelona, Valencia y Madrid -sabido es que renunció a torear en Sevilla hacía ya tiempo-, funciones en las que en calidad de sobresaliente de espada le acompañó su antiguo banderillero Rafael Bejarano Torerito, y como subalternos, unos en unas y otros en otras, le auxiliaron los picadores Agujetas, el sevillano Manuel Rodríguez Cantares, el fornido cordobés de novelesca vida José Arana y Molina Agustín Molina, Juan el de los Gallos, José Martín Pino, Francisco Sarasúa Charol, Francisco Zafra el Artillero y Antonio Cabezas Pajarero; y los banderilleros Juan Molina, Antolín, El Ostion, Manene, Pulguita, Manuel Blanco Blanquito, Antonio Bejarano La Fila y José Martínez El Pito. El último toro que estoqueó Lagartijo (Pandereto, de Veragua), lo picaron Molina y Pajarero, y lo banderillearon el propio Rafael y Torerito.
Al recordar a estos profesionales no debemos olvidar a quienes también acompañaron a Rafael Molina Sánchez Lagartijo, desempeñando funciones de puntilleros; así su hermano Francisco, fallecido en 1882, y el madrileño José Torrijos Pepín.
Larga relación de toreros, cuya formación dista mucho de la que se sigue en los tiempos que corren, de manera especial en lo que atañe a los banderilleros. Antes, para poder llegar con ciertas garantías a matador de toros, se empezaba como peón, mientras que hoy día se toma la alternativa para pasar, rápidamente en no pocos casos, al escalafón subalterno. Evidentemente, son otros tiempos.

Del libro LAGARTIJO EL GRANDE, CENTENARIO DE UN CALIFA DEL TOREO, del que es autor Rafael Sánchez González, editado por El Semanario La Calle de Córdoba en el año 2000.