Mostrando entradas con la etiqueta Gitanillo de Triana. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gitanillo de Triana. Mostrar todas las entradas

domingo, 24 de agosto de 2025

«MANOLETE»: SUS REFLEXIONES SOBRE LA VIDA DEL TORERO, LA CRÍTICA Y LA MUERTE

Por Antonio Luis Aguilera

 

De izquierda a derecha: Pepín Martín Vázquez,
Manolete y Gitanillo de Triana. Foto Cano.

El 16 de julio de 1947 Manolete toreó por última vez en Madrid. Aquella tarde se celebró la corrida de la Beneficencia, y el torero cordobés lo hizo gratis, como era su costumbre en este tipo de corridas, cediendo sus honorarios para ayudar a financiar las obras del Hospital Provincial. Fue su último paseíllo en la exigente plaza de «Las Ventas», donde alternó con Rafael Vega «Gitanillo de Triana» y Pepín Martín Vázquez, para lidiar un encierro de la ganadería de Bohórquez, remendado con un ejemplar del hierro de Vicente Charro, corrido en segundo lugar.

Manolete, vestido de celeste y oro, cortó las orejas al quinto de la tarde, de nombre “Babilonio”, que lo hirió en la pantorrilla izquierda mientras toreaba en redondo, aunque continuó en la arena, con la pierna sangrando, para concluir una entregada y emocionante faena, que remató con una formidable estocada, antes de echarse en los brazos de las asistencias y que lo llevaran a  la enfermería, donde fue intervenido de una cornada pronosticada como grave por el cirujano que lo operó, don Luis Giménez Guinea.


Instante de la cornada de "Babilonio" a Manolete. Foto El Ruedo.

Mientras Manuel Rodriguez se recuperaba en el Sanatorio de la Milagrosa de la capital del Reino recibió la visita de su paisano José María Carretero, «El Caballero Audaz», al cumplirse quince días del percance. En su habitación, el célebre periodista y escritor de Montilla, le realizó una extensa y profunda entrevista, que fue reproducida en su obra «El Libro de los Toreros», (Madrid, 1947). De esta interviú, que tuvo lugar a escasos días de la tarde de Linares, por su interés extraemos algunas reflexiones del propio Manolete sobre su agitada vida como torero, la manipulable crítica taurina de aquella época, y el constante temor a la muerte en la plaza; declaraciones que al hacerse públicas debieron de retumbar en los oídos y las conciencias de muchos de los que le hicieron imposible el final de su vida, y que nos ayudan a conocer el pensamiento del espada cordobés, a quien de esta manera recordamos, con profundo respeto y desbordante admiración, en el 78 aniversario de su cogida mortal.          

 

«—¡Verdaderamente, que fue una corrida de mala pata! —exclamé yo, dirigiéndome al torero, al mismo tiempo que tomaba asiento en una silla que me ofrecía a la cabecera de su cama—. ¿Verdad, paisano? 

El rostro magro y alargado de Manolete hizo un gesto de desacuerdo.

—No lo creas… Yo la consideré una corrida de suerte. 

—Pero, ¡chico! ¿A pesar de la cogida?

—A pesar de la cogida, que me tiene aquí fastidiado en la cama desde hace quince días —se ratificó—; después hizo una pausa, como para ordenar lo que quería decir—. Se trataba de una corrida de Beneficencia, en la cual yo no cobraba nada. En estas obras benéficas, el millonario, con sacar la cartera y dar un cheque de cien mil pesetas, ya está listo; pero yo he tenido la satisfacción de haber colaborado en una importante obra de caridad con dinero, con mi arte y, porque Dios lo ha querido, con mi sangre; esto es un lujo que no se lo puede permitir todo el mundo. Además, tuve la suerte de torear a gusto y bien.

Manolete, herido, al natural arrastrando la muleta. Foto El Ruedo
—Yo creo que la culpa de tu cogida la tuvo aquel espectador que te dijo, no sé qué, cuando estabas encelado con el toro.

Manolete hizo un gesto de indominable desdén; después rechazó mi supuesto: 

—¡No, hombre, no! Aquel desgraciao no tuvo la culpa de na, ni cambió la trayectoria de lo que yo tenía pensado hacer e hice.

—¿Pero qué cosa desagradable te dijo que yo no pude oírla?

—En realidad me dijo tantas, que no puedo determinar ninguna. Aquel hombre pertenece a esa clase de gentes que sienten un gran placer en mortificar a uno, cuando no se puede responder al agravio con el agravio y a la violencia con la violencia. Desde que salí el ruedo y dejé el capote de paseo, empezó a meterse sistemáticamente conmigo, y como lo hizo a destiempo y con injusticia, a mí me producía algo de amargura, porque en esa corrida puse toda mi alma. ¡Si lo sabré yo! Y además… salieron las cosas bien porque Dios quiso.

—Pero hubo un momento —insisto yo para profundizar en la psicología de este gran torero frío y misterioso— en que tú te volviste a él y le dijiste algo después de la primera serie de pases naturales.

—¡Hombre, por Dió! ¡Si me tenía ya frito! Que si «ya era hora de que vinieras a Madrid», «¡Aquí queremos cogerte!», «Aquí estarás mal y en Valencia peor»; y después que yo ya creía haber hecho una faena de pases naturales, muy ceñida y muy de verdad, salta al tío y me grita: «¡Lo de siempre, Manolete!» «¡Menos cuento, menos cuento!». «¡Acércate más y menos cuento!; entonces fue cuando yo no pude más y me dirigí a él.

—¿Y qué le dijiste?

—Hombre, no sé… ¡Una barbaridad! ¿Qué le va a decir uno en estos momentos a una persona que procede con tanta injusticia, y cuando uno se está jugando la vida con tanta ilusión le apostrofa tan cobardemente? Creo que le dije: «¡Baje usté aquí, so venao, que le voy a dar los veinte naturales que necesita!».

 

Pase de trinchera a un toro del Conde de la Corte.
Manolete llevaba el traje rosa claro que vistió en Linares.
 Alicante, 29 de junio de 1947. Foto Finezas.

—¿Pero es que tú oyes todas las cosas que te dicen en las plazas?

—Las que me dicen en las plazas y hasta las que me dicen por las calles. A lo mejor siento un tío que a dos metros de mí exclama: «¡Ahí va Manolete, que no viene a la plaza de Madrid ni atao, porque en las demás provincias torea becerros!».

 —¿Y tú te das por aludido en estas alusiones?

—No, hombre, no; yo las he hecho toas en un saco, y las agradables compensan a las desagradables. En la plaza ya es otra cosa; cuando se está muy placeao, se recoge la intención, el matiz de cada frase y la buena o mala fe con que se dice.

—Se habla mucho de que piensas retirarte, Manolete. ¿Es cierto?

—A nadie se lo he dicho; pero ahora que tú me hablas de ello te diré que es ciertísimo. Me retiro profesionalmente al final de esta temporada.

 

Lo dijo con una solemnidad, opaca, lenta y melancólica. Después, como el que habla de un sacrificio, agregó:

—¡No hay más remedio! 

Manolete en la plaza de Santa María de Bogotá
(Colombia), foto realizada el 28 de abril de 1946 por
 Manuel H. (Manuel Humberto Rodríguez Corredor)
—Pero hombre, ¡tan joven! ¿Qué es lo que influye en esa decisión tuya?

—En realidad, y tal vez únicamente, ¡el hambre que tengo ya de vivir la vida y no continuar siendo un muñeco y un esclavo de ella! La existencia que llevamos los toreros es muy triste, aunque el público crea lo contrario. La vida que hacemos es peor que la de los anacoretas; no sacamos de ella ningún jugo; de un lado para otro, sin descansar en ninguna parte, cargados de angustia, llevando a cuestas la vergüenza de las tardes malas, cuando el público se convierte en una fiera ululante de terrible crueldad, que no quiere ver las razones que hemos tenido para no hacer faenas brillantes a un toro que está huido, que no embiste, que da cornás a diestro y siniestro, que está quedao o que, muchas veces, está toreao antes de llegar a la plaza. El público no quiere saber de razones. Ha ido a divertirse, para eso ha pagado caro, y no tolera la menor vacilación ante el toro, como si la vida nuestra no valiese na. Es muy dura, ¡muy dura!, esta profesión, porque no hay que olvidar la rabia de nosotros, los artistas cuando nos vemos insultados por una muchedumbre de cobardes, que no tienen respeto para el hombre que se está jugando la vida. Nuestras horas de la temporada son una permanente tortura, siempre con una interrogación en el cerebro: «¡Dios mío!» «¡Cómo quedaré en esta corrida?» «¿Me matará un toro en esta tarde?». «¿No volveré a ver más a mi madre?» Y sin poder disfrutar de nada, porque todo nos está prohibido. Yo he cumplido precisamente treinta años, y puede decirse que de la vida no conozco nada; ¡pero lo que se dice nada! Cuando me retire, empezaré a saborearla sin estas malas preocupaciones que le crea a uno el oficio: «¡Manolo, no bebas!»… «¡Manolo, no trasnoches!»… « ¡Manolo, fumas demasiado!»… «¡No comas, que tienes que torear!»… «¡No hables tanto con esa mujer, porque te hace daño y te cambia las ideas de tu profesión!»… «¡Esa gachi te trae mala pata!»… ¡En fin; un suplicio!


Escultural natural de Mamolete al toro 
"Perfecto", de Miura. Barcelona,
2 de julio de 1944. Foto Mateo.

—Te voy a hacer una pregunta difícil. La gente encuentra que la crítica profesional es un poco voluble y a ratos injusta contigo; hay un crítico que te ha llamado monstruo, y al poco tiempo un tal Rodríguez, negándote todo… ¿Qué piensas tú de esto?

—¡Hombre, lo que piensas tú y lo que piensa todo el mundo!

 

Hizo una pausa para reflexionar sus palabras. Y… 

—Como no es un secreto, se puede decir que, desgraciadamente, la crítica en España —salvo raras excepciones— suele ser como uno quiere que sea. Conmigo se ha portado bien y se ha portado mal; de todas formas, mejor es que no hablemos de eso. ¡Da pena y asco!

 

Y al decir esto hizo un gesto de repugnancia. 

 

—Y dime, Manuel: ¿Te inquieta mucho la muerte?

—Hombre… ¡pues… sí!, y pienso lo menos posible en ella. ¿Para qué morir, todavía, cuando uno apenas se ha asomado a la vida y se está congelado en los quince años? Que la muerte venga a su hora, ¡bien está!: pero que nos quite de la vida, nos rompa las ilusiones que tenemos para el porvenir, es una pena, y lo que nos inquieta seguramente a todos los que peleamos con los toros».


Manuel Rodríguez "Manolete". Foto Ricardo


El punto final a esta entrada lo pone la reflexión que sobre Manuel Rodríguez «Manolete» escribió el excelente aficionado e historiador taurino Fernando Claramunt López


«Nadie ha vuelto a pasear aquella dignidad vestida de luces, aquel saber estar ante el toro y ante el público. Entrega absoluta. Vergüenza profesional a carta cabal».


miércoles, 9 de agosto de 2023

¿INDIFERENTE EL TORERO QUE MÁS GENTE LLEVA A LAS PLAZAS?

Por Antonio Luis Aguilera

Andrés Roca Rey. Foto Arjona

Sentenció «Manolete» que los pleitos de los toreros deben resolverse en los ruedos. Fue en los inicios del acoso que hubo de sufrir en su último año, en la tormenta orquestada por la prensa influyente y algunos toreros españoles, que finalmente se desencadenó en las postrimerías del mes de agosto en la plaza de Linares. Los intrigantes de aquí decidieron romper el convenio taurino con México, para cortar las alas a dos pájaros que resultaban demasiado molestos, porque volaban más alto que todos los demás. Así, rotas las relaciones entre ambos países, con esa carambola Carlos Arruza no torearía en España ni «Manolete» en México, donde fue feliz profesional y personalmente, y tan honda huella dejó en aquella admirable afición. 

En el invierno de 1947, al regreso del último y triunfal viaje por tierras aztecas, le informaron de las declaraciones de Pepe Luis Vázquez para saber qué pensaba. El sevillano lo había retado a matar varias corridas duras en plazas incómodas, estrategia que por la timidez de su carácter es de suponer que fuera de Marcial Lalanda, su apoderado, quizás en complicidad con Gregorio Corrochano, el más influyente de los críticos de entonces, como pareció resolverse poco después, cuando en abril llamó banquero al espada cordobés, en la crónica de una corrida de Miura de la feria de Sevilla que no toreaba el espada ofendido, por recibir un brindis de su compadre «Gitanillo de Triana». Tanto Marcial como Domingo Ortega no aceptaron, ni muerto «Manolete», el relevo generacional en la capitanía del toreo impuesto por el torero cordobés, quien, con la elegancia que le caracterizaba, contestó a la prensa que  Pepe Luis lo habría retado a comer almejas, que sabía que le gustaban mucho, para de esta forma no herir a su admirado compañero, que retos a un lado, desde la temporada de 1942, por no aguantarle el pulso, había dejado de ser su rival en los ruedos.

Sevilla, 1945. Manolete, Pepe Luis y Carlos Arruza.
"La feria de las taleguilas rotas"

Hemos rememorado este capítulo de la historia ante las inoportunas declaraciones de Alejandro Talavante sobre Andrés Roca Rey. Según el extremeño, torear con Roca Rey, el espada que actualmente lleva más gente a las plazas, le resulta indiferente. Dicho de otra forma, que le da igual torear la tarde que más dinero se ingresa en taquillas. ¿De verdad? No conforme con tan desafortunada afirmación, añadió «que es muy positivo toda la gente que está arrastrando, pero esa gente joven necesita también una educación taurina». 

Brindis de Talavante a Roca Rey

Días después, al coincidir ambos en los ruedos, vinieron los brindis de torero a torero. Primero fue el peruano, que debió «agradecer» al extremeño sus «entrañables» palabras; después, ante las cámaras de televisión, el de Alejandro, donde debió argumentar que sus palabras se habían mal interpretado, que lo admiraba mucho como torero, y esas lisonjas que se suelen decir tras meter la pata. Porque no deja de ser una inoportuna metedura de pata hablar tan despectivamente de quien, de momento, «corta el bacalao» y manda en el toreo. Algo que debiera considerar con más prudencia Alejandro, que desde su vuelta a los ruedos busca sin encontrar al Talavante que no se le adivinaba techo y dejó de torear hace años en Zaragoza, al parecer, por no ser atendidas sus pretensiones económicas, esas que con seguridad desde su regreso no puede ingresar con las taquillas del «educado» público que acude a sus actuaciones. 

Manuel Benítez "El Cordobés"

Llevaba razón «Manolete». Donde tienen que hablar los toreros es en el ruedo y ante el toro. Ahí es donde impondrán condiciones los que sean capaces de pilotar el tren del toreo, de ser la locomotora que tira de los vagones, en palabras de Manuel Benítez «El Cordobés», ese genio que mientras imponía a las empresas no cobrar menos de «un kilo» por tarde, elevaba al doble los honorarios del maravilloso elenco de toreros de los años sesenta, un buen ramillete de primeras figuras que se benefició de los llenazos del «melenas», ese pedazo de torero al que los muñidores de la ortodoxia ridículamente llamaron «payaso», ofensa que no tuvo la menor influencia en las legiones de seguidores que arrastró todas las tardes, desde 1963 a 1971, por todo el planeta de los toros.

Andrés Roca Rey

La historia permite observar con perspectiva la diferencia entre la fuerza taquillera de los espadas que llevan a las plazas a los «aficionados educados taurinamente», «los que caben en un autobús», según «Jesulín de Ubrique», y los que llevados por la pasión arrasan las taquillas, para seguir a esos toreros que, gusten o no, con más o menos arte, tienen  recursos y valor para pisar todas las tardes esa línea roja de la que hablaba Paco Ojeda, ese sitio donde queman las zapatillas y transmite de inmediato la emoción a quienes de otra forma no habrían ido a las plazas. Queremos decir que si los seguidores de Roca Rey, que además de tener un valor descomunal domina todas las suertes y torea magistralmente, son personas jóvenes, pues mucho mejor, porque una vez dentro de las plazas tendrán ocasión de aprender y perfeccionar sus conocimientos. Igual que nos ocurrió a todos. 

Francisco Arjona Herrera "Curro Cúchares"

Nadie nace sabiendo. Mucho menos los intríngulis y emocionantes modos de expresar el arte de Cúchares, torero a quien también los ortodoxos de su tiempo llamaron «ventajista», es decir, truculento,  por echarse la muleta a la mano derecha, entonces de uso exclusivo de la espada, para «animar la función», en palabras textuales del propio Curro. Curiosamente, de aquella licencia mal vista por los ortodoxos, «animando» a las gentes que según los educados taurinamente había que formar, por aquel desbordante entusiasmo popular habría de empezar a desarrollarse el toreo de muleta. Con razón el pueblo llano, que es bastante más listo de lo que suponen algunos sabios entendidos, acabó bautizando el toreo como «el arte de Cúchares».   

jueves, 18 de agosto de 2022

«MANOLETE» RECORDADO POR «GITANILLO DE TRIANA»

Rafael Vega de los Reyes «Gitanillo de Triana»

En una de las entrevistas recogidas en el libro «Mi ruedo ibérico», de Marino Gómez-Santos (Colección «La Tauromaquia». Editorial Espasa-Calpe, 1991), el periodista asturiano publica la que mantuvo con el matador de toros Rafael Vega de los Reyes «Gitanillo de Triana», quien fuera tantas tardes compañero en los ruedos de Manuel Rodríguez «Manolete».

No podía faltar en este blog manoletista el extracto que recoge la opinión sobre el espada cordobés de su compañero, amigo y compadre.

«Gitanillo de Triana torea en la corrida de toros en la cual Manolete tomaba la alternativa. Actuó como padrino Chicuelo y Rafael como testigo.

—Les cortamos las orejas a los toros Manolete, Chicuelo y yo.

 —¿Qué te dijo Manolete?

A Rafael se le alegra el semblante. Apoya el codo en el mostrador y me dice en tono confidencial:

Manolete me dijo que no era la primera vez que me veía, sino que me conocía de antes de la guerra, de un tentadero donde él estaba como aficionado, allí, en Córdoba. Se mostró muy agradecido, porque recordaba que yo le había dejado  torear una becerra. La verdad, no me acordaba.

Aquel año toreé otra vez muchas corridas de toros. Luego tuve otro bache y fue cuando empezó mi amistad con Manolete, que iba a la tertulia de Chicote con el señor Herrera, con Camará y mucha gente más que ahora no recuerdo. Manolo y yo salíamos juntos muchas veces. Empezó a ponerme de primer espada en los carteles donde él figuraba, y puedo decir que todas las corridas que toreé con Manolete, si no he cortado orejas, he quedado muy bien. Yo ponía interés para que me viera Camará. 

Arruza, Gitanillo y Manolete

—¿Cómo era Manolete de carácter?

—Muy simpático, aunque seco en apariencia. Para saber cómo era realmente, había que convivir con él. Dentro de aquella seriedad suya le gustaban las bromas y las chuflas a tiempo. Le gustaban el baile y el cante muchísimo. Íbamos mucho a Villa Rosa, donde pasaban todos los artistas de este género. A Manolo le gustaba mucho oír cantar a Caracol y, de mujeres, le gustaba ver bailar a mi suegra, Pastora Imperio. 

Gitanillo de Triana y Manolete iban a comer muchas veces a la Nicolasa y al frontón Recoletos.

—Le gustaba estar con amigos, en la intimidad, fuera del bullicio, porque su nombre ya era famoso y le traían frito con palmadas en la espalda, autógrafos. ¡Yo qué sé! 

Gitanillo de Triana está en casi todos los carteles en los que figura Manolete. También alterna con Juanito Belmonte, el Andaluz, Luis Miguel Dominguín

—Era una época en que el público exigía mucho a Manolete y todos los que toreábamos con él teníamos que arrimarnos mucho. Yo he visto salir por la puerta de los chiqueros toros que me parecían difíciles, y luego, cuando Manolete los toreaba, resultaban magníficos. Estoy seguro que Manolete entendía de toros muchísimo. 

Era compadre de Gitanillo de Triana. Apadrinó a su hijo Rafael.

—Celebramos el bautizo en la Ciudad Lineal, en una venta que tenía entonces mi suegra, que se llamaba La Capitana. La celebración del bautizo duró dos días.

—¿Qué le regaló Manolete al niño?

—Una medalla de oro, grande, con la imagen de San Rafael. 

Rafael recuerda a Manolete en México. La habitación del hotel estaba llena de gente de todas las clases sociales y políticas.

—Allí todo el mundo decía: «¡Viva España!» Recuerdo que en un banquete que le dieron a Manolo en Lima se levantó para hablar Agustín de Foxá. Dijo, entre otras cosas: «El mejor diplomático que ha podido mandar Franco a las Américas se llama a Manolete». 

Manolete en la plaza de Lima

Recuerda también como una noche fue con Manolete a un club típico de México y cómo lo reconocieron al entrar.

—El público se puso en pie y le hacían calle para que pasase, diciendo al mismo tiempo: «¡Viva el señor Manolete!» Porque en México le llamaban «el señor Manolete». 

Eran los tiempos en que Silverio Pérez era la figura del toreo mexicano. Le enfrentaron con el torero cordobés en los ruedos, y la plaza se llenaba de público cada tarde.

—Un día Silverio nos dio una comida en su casa. Recuerdo que me dijo: «Del esfuerzo que estoy haciendo con Manolete arrimándome, voy a enfermar». 

Rafael no es hombre de anécdotas ni de historias preparadas para ser publicadas en los periódicos. Él es un hombre sencillo, noble de alma y poco dado a la política publicitaria. 

—Y estamos ya en el año trágico para la suerte de Manolete y del toreo. Ese año toreamos en España. Manolo me decía muchas veces que era su último año de torero, porque pensaba retirarse. El público le exigía cada vez más, quizá mucho más de lo que puede darse. Yo he visto cómo ejecutaba treinta pases a un toro, cómo luego le cogía por el pitón y, a pesar de eso, la gente le gritaba desde los tendidos. 

Con Miuras en Valencia

Aquel 28 de agosto Gitanillo de Triana llegó de madrugada a Linares, pues el día anterior había toreado en otra plaza.

—Yo me encontré con Manolo en el Hotel de Linares. Vino a mi habitación a fumar un cigarro conmigo. Yo tengo una bata que conservo aún, que compré en Nueva York. Es muy florida, con muchos colores. Recuerdo que al verla colgada detrás de la puerta la cogió por un pico y me dijo, de chufla: «¡Compadre, que bata más gitana tienes!»

Hacía mucho calor en Linares aquel 28 de agosto. Manolete, sentado en una silla junto a la ventana, le dijo a Rafael, sin dejar el tono de broma:

—¿Qué, te vas a arrimar mucho esta tarde?

Rafael le contestó, siguiendo su mismo tono:

—Mira, Manolo, quien tiene que arrimarse eres tú. 

Rafael recuerda el traje que vestía aquella tarde el torero de Córdoba.

—Era un rosa claro y oro. Cano nos hizo una fotografía en la puerta de arrastre.

La tarde de Linares en los pinceles toreros de Diego Ramos

No es un tema de conversación agradable para Gitanillo de Triana, a quien se le pone la voz grave recordando cómo llegó la tragedia.

—Esa tarde, el primer toro me cogió y me dio una voltereta, pero sin consecuencias. Estuve regular. Salió Manolete, y en su primer toro estuvo bien, pero sin cortar oreja. La gente se metió con él. Dominguín cortó las orejas del tercero de la tarde. El quinto era Islero. Salió manso, venciéndose mucho por un lado. Manolete se arrimó muchísimo. Entró a matar en la suerte contraria, y el toro tenía mucha tendencia a irse a los chiqueros. Se volcó encima del toro y le dio una estocada hasta la bola. Fue en ese momento cuando Manolete resultó empitonado por la ingle derecha. Ya herido el toro de muerte, saltó por encima de Manolete y se fue hacia los chiqueros.

—¿Os dísteis cuenta de que la cornada era grave?

 —Desde el primer momento. Yo cogí la espada de descabellar y la muleta. Me fui hacia el toro para rematarlo, pero no hizo falta, porque el toro dobló y lo apuntillaron. 

Terminada la corrida, Gitanillo de Triana salió inmediatamente para el hotel, donde se cambió para ir a la enfermería de la plaza. Todo el pueblo de Linares estaba ya sumergido en aquella tragedia, pues la noticia saltó a la calle y corrió por los colmados.

—De la enfermería de la plaza trasladaron a Manolete al sanatorio, donde le hicieron varias transfusiones de sangre. Yo le dije a Camará que me iba con el coche de Manolo al encuentro del doctor Giménez Guinea, a quien había avisado. Lo encontré en Manzanares, en un bar, donde se aprovisionaba de hielo en gran cantidad, que debía necesitar para conservar algún preparado que traía de Madrid. Don Luis pasó al coche de Manolete y juntos volvimos a Linares. 

Lo que ocurrió después ya se ha contado muchas veces. Hacia las tres de la madrugada, Camará le dijo a Gitanillo de Triana que se fuera, ya que tenía que torear al día siguiente en Almería.

—Yo no quería, porque lo que deseaba en aquellos momentos era estar al lado de Manolo. No tuve más remedio que tomar la carretera, y al día siguiente Parrita, Juanito Belmonte y yo, los tres que estábamos anunciados, fuimos a hablar con la autoridad para que suspendiera la corrida, pues Manolete había muerto aquella madrugada. Las autoridades nos dijeron que era imposible, porque estaban en ferias y no se podían quedar sin toros. ¡Lo que son los contrastes de la vida! ¡Aquella tarde le corté las dos orejas a un toro de Santa Coloma! 

Tan pronto como terminó la corrida, los tres toreros fueron a Córdoba para asistir al entierro. Rafael tenía la cabeza confusa por el choque violento de aquella horrible tragedia. Todo había sido demasiado inesperado y vertiginoso: bromear en su cuarto la mañana de la corrida a propósito de la «bata gitana», fumar un pitillo, comentar el calor que hacía en Linares...

Luego, la seriedad de Manolete en la puerta de arrastre, mientras se envolvía en el capote de paseo, y media hora después luchaba con la muerte en la cama de la enfermería.

—Aquella temporada toreé cuarenta corridas de toros. Después de esta desgracia de Manolo me vine completamente abajo. Tanto es así, que ya toreaba poco. Empezaba yo a pensar en montar un negocio, y así lo hice. Inauguré La Pañoleta, un bar-restaurante en la calle de Jardines. Este negocio lo conservo todavía. 

Al enterarse Gitanillo de Triana que se organizaba una corrida de toros pro monumento a Manolete, se apresuró a enviar un telegrama a la comisión organizadora para ofrecerse a torear. Se iban a lidiar once toros, que matarían once toreros. Después, Rafael se fue al casino de Biarritz, con el cuadro flamenco que había organizado.

—Cuando volví a Madrid vi en La Pañoleta un gran cartel de toros en el que se anunciaba la corrida; pero mi nombre no figuraba. Telefoneé a Andrés Gago, que era uno de los organizadores. Me dijo que si no me habían incluido era porque, en un festival que se dio después de la muerte de Manolete, mi cuenta de gastos por desplazamientos de Sevilla a Córdoba había sido grande. Me di cuenta de que no podía ser, y le envié un telegrama a Cruz Conde, alcalde de Córdoba, rogándole que mandara revisar mis cuentas de aquel festival. Recibí inmediatamente la contestación, en la que se decía que mi cuenta era inferior a la de los demás toreros que habían intervenido en el festival. 

Con este resultado, Rafael telefoneó a Andrés Gago. Le dijo que él pensaba torear de todas formas y, además, con su nombre en los carteles.

Monumento a Manolete 

—Entonces me llamó Carlos Arruza para decirme que había un toro de don José de la Cova, y que si lo quería matar. Se hicieron nuevos carteles en los que fue incluido mi nombre, y el día de la corrida llegué a Córdoba en el tren de la mañana. 

Fue al apartado. El toro que le habían destinado pesó 280 kilos en canal.  Y tenía dos respetables pitones.

—¿Y los toros de los demás toreros?

—Esos estaban convenientemente arreglados, porque así se había acordado, pues era una corrida de carácter benéfico. Yo entonces hablé para que me arreglaran el mío, y así quedamos. Cuando estaba ya en la plaza, vinieron a avisarme de que no había sido posible arreglar al toro. 

Le pregunto a Rafael que si sabe lo que allí había contra él. Se encoge de hombros.

—Nunca lo he sabido. El caso es que yo tenía que torear aquel toro con los pitones limpios. Lo toreé, me cogió; pero le corté las dos orejas. Me jugué la vida. Era lo mismo. Para mí, aquello se había convertido en una cuestión de honor y de amor propio, y yo iba a lo que pasara. 

El brindis de Gitanillo de Triana se comentaría mucho después. Salió a los medios con la montera en la mano, y alargando el brazo hacia el cielo, con la vista puesta en lo alto, dijo algo que nadie oyó, y dejó la montera en la arena». 

viernes, 1 de julio de 2022

ANIVERSARIO DE LA ALTERNATIVA DE «MANOLETE»

Manuel Rodríguez «Manolete»

Con motivo de cumplirse el 83 aniversario de la alternativa de «Manolete» en la plaza de la Real Maestranza de Sevilla, rescatamos unos fragmentos de la crónica del periodista, biógrafo y amigo personal del torero José Luis Sánchez Garrido, que firmaba sus artículos como José Luis de Córdoba, recogida en el libro «50 años de Manolete», editado por «Diario Córdoba» y «Cajasur» en 1997.

DE CÓRDOBA A LA ALAMEA PASANDO POR TRIANA

Por José Luis de Córdoba

«Chicuelo» otorga la alternativa a «Manolete»
Desde la presentación de Manolete en la plaza de Tetuán de las Victorias en el año 1935, hasta el 25 de junio de 1939, en que se despidió como novillero en la plaza de El Puerto de Santa María, había toreado el diestro de Córdoba un total de 42 novilladas con picadores, en diferentes plazas, pero sobre todo en las de Sevilla, Córdoba, Algeciras, Granada, Cádiz, Huelva y otros puntos de Andalucía, con la excepción de Salamanca y Zaragoza. La novillada de El Puerto fue a beneficio de las obras de reconstrucción del Santuario de Nuestra Señora  de la Cabeza de Andújar, y alternó Manolete con Gallito y Paquito Casado, con ganado del Conde de la Corte. Rotundo fue el triunfo obtenido aquella tarde por el joven diestro cordobés. Al entrar a matar a su primer novillo y cobrar una soberbia estocada, ejecutando los tiempos del volapié, fue derribado y pisoteado. Pasó a la enfermería, donde le fue llevada a la oreja de su enemigo. En el segundo se superó y cortó las dos orejas y el rabo. 

Cartel de la alternativa

Córdoba, en Sevilla.

No dudamos en calificar de histórica la fecha del 2 de julio de 1939, en que el torero de Córdoba Manuel Rodríguez Manolete recibió el doctorado en la plaza de la Real Maestranza de Sevilla. Aquel día, que, por más señas, era domingo, la afición cordobesa se volcó materialmente en la tierra de la Giralda para presenciar el acontecimiento. Nosotros tuvimos la dicha de ser testigos de tan singular efeméride. Testigos y cronistas. Aún no se había fundado el diario Córdoba y ocupábamos la tribuna taurina del diario Azul. Como enviados especiales del mismo, vivimos aquella jornada inolvidable. De aquella crónica nuestra, que vio la luz el 4 de julio, martes, y que se titulaba “De Córdoba a la Alamea pasando por Triana", vamos a reproducir algunos párrafos.

«Manolete» al natural  con Comunista, rebautizado como Mirador.

«Los que comenzamos a poner andadores a la carrera taurina de Manolete, recordamos ahora su breve pasado profesional. Evocamos la figura de aquel torerito enclenque, serio y modesto, codillerillo, defectuoso en su forma de hacer el toreo, fácil estoqueador, que cruzó tantas veces el ruedo de Córdoba  recibiendo el aliento de sus paisanos y siempre el apoyo de nuestra pluma de revistero.

Más tarde, seguimos admirando su evolución artística, su modelación de torero de porvenir. Y así Manuel Rodríguez ha llegado a Sevilla y al doctorado. A pulso de tesón. En empuje magnífico de voluntad, de juventud de ansias infinitas de gloria y de triunfo… Al verle nosotros ahora, en esta tarde del quemante julio, avanzar, decidido y animoso, con aire de conquistador, por el ruedo de la Maestranza, de compañeros el maestro de la lidia Chicuelo  y el faraón de la torería Rafaelito Vega de los Reyes, hemos sentido emocionarse nuestro corazón y nos han dado ganas de gritar al paisano con todas las fuerzas de nuestros pulmones: ¡Buena suerte, muchacho!».

El espada de Córdoba con el toro de su alternativa

Más adelante, al referirnos en la crónica a la actuación de Manuel Rodríguez, nos expresamos así:

«Vino luego la cesión de trastos, de manos de Chicuelo, y después la faena. Una faena brindada al público, acabada y completa de torero de calidad, acoplado con el toro, natural y elegante. Labor fue esta del paisano subrayada por la aprobación de los tendidos, en la que desde el pase por alto o de pecho, hasta el adorno final, porfiado y artista, tuvieron su adecuado marco. Broche de la faena, media estocada lagartijera, marcando los tiempos, como un gran maestro. Y premio, las orejas del cornúpeta y la vuelta triunfal al redondel».

Y finalizábamos la crónica con el párrafo siguiente:

«¡Enhorabuena a todos! Manuel Rodríguez acaba de doctorarse en materia taurina. Materia difícil que logra dominar a fuerza de estímulo, de valor y de arte. Y así la vencerá este torero que ha nacido a Córdoba y en cuya carrera por los ruedos españoles han de sonar bien pronto los claros y vibrantes clarines de la fama…». 

En la desaparecida taberna cordobesa de Paco Acedo, donde se reunía
el torero con los miembros de la Peña "Los amigos de Manolete", se
conservaba en el salón principal este recordatorio de la tarde de su alternativa.

jueves, 20 de agosto de 2020

LA MUTUA ADMIRACIÓN DE JOSELITO Y BELMONTE

Por Antonio Luis Aguilera
Joselito, Belmonte y Rafael el Gallo. Barcelona, 27 de junio de 1919.
El hilo conductor de la entrada anterior fue el sencillo libro «Mi paso por el toreo», que escribió el matador de toros, miembro de la célebre dinastía de los Gallo, Rafael Ortega Gómez Gallito (Ediciones AGLI 1980). Tanto en ella como en la publicada anteriormente, observamos la admiración de esta familia por Lagartijo y Guerrita, así como la vinculación con otros toreros de Córdoba que figuraron en las cuadrillas de Rafael el Gallo y Joselito.
El argumento de esta amena obra gravita sobre las conversaciones que Rafael Ortega  Gallito mantuvo con célebres toreros protagonistas de la historia, quienes le ofrecieron el sereno testimonio de sus vivencias, manifestando el noble sentimiento de respeto por los compañeros de su tiempo, vistos ya con perspectiva histórica, cuando alejados de las plazas mostraban su profunda admiración por los espadas con que tantas veces se jugaron la vida. 
La profundidad de estos testimonios supera por sí misma el estilo literario del que pueda adolecer la obra, que tiene el mérito de revelar la intimidad de grandiosas figuras, y los sentimientos de quienes protagonizaron un capítulo determinante de la historia: la edad de oro del toreo —título reutilizado porque ya había rotulado la larga competencia mantenida en el siglo anterior por Rafael Molina Lagartijo y Salvador Sánchez Frascuelo—.

Rafael Ortega Gallito. Dibujo Pepe Sala
Movido por su inquietud de descubrir la intimidad de los espadas de aquella época dorada, y sabedor de las puertas que se le franqueaban por su doble condición de matador de toros y nieto del señor Fernando el Gallo, Rafael Ortega supo acercarse de puntillas a las almas que custodiaban los recuerdos, para que, seducidas por su admiración, se abrieran y mostraran vivencias que no recogen otros libros, posiblemente de mayor prestigio y rigor histórico, pero faltos del sabor que proporcionan los recuerdos de los protagonistas, esos que tanto agradan al aficionado, que se recrea cuando los testimonios son relatados en primera persona, porque alimentan su admiración por los toreros que hicieron historia. 
Retirado Guerrita, último rey del toreo del siglo XIX, y tras el llamado interregno taurino, la segunda década del siglo XX alumbraría un nuevo resurgir del arte de torear, una época apasionada y dividida entre los partidarios de dos formidables toreros, donde decir ¡viva Joselito! equivalía a decir ¡muera Belmonte! Ahora, un siglo después, nos acercamos emocionados a estos recuerdos, que en lugar de hostilidad ofrecen paz, desde la serenidad que proporciona rememorar con perspectiva el toreo de aquel tiempo.  
Rafael Ortega Gallito pregunta y hablan Rafael el Gallo, Juan Belmonte y el gran Joselito, este en los recuerdos que de él relata su hermano. Escuchemos el rumor de las que fueron olas bravías del toreo, que ahora se acercan rotas y suaves a esta orilla del tiempo, para recordar un capítulo determinante de la historia:
Juan Belmonte ejecuta su inconfundible media verónica
Los Gallo hablan de Belmonte:

«Me contaba Rafael el Gallo que un día fue un partidario de Joselito a hablarle mal de Belmonte, creyendo que con eso le haría un halago.
Él lo echó con cajas destempladas:
—Oiga, mamarracho, ¿Usted sabe lo que le hace Belmonte al toro? Pues yo sí y usted, no.
Entonces yo, después de que él me contase esto, sentía en mí una inquietud aún mayor por saber cómo había sido Belmonte.
Tenía plena confianza, en virtud de estos gestos, en que mi tío me diría la verdad, y nadie mejor que él para hablarme de toros.
Es más, siempre llevaba presente en mi pensamiento una frase que él me repetía frecuentemente:
—“No se te ocurra hablar de toros con malos toreros, pues si incluso los que son buenos, no todos son buenos aficionados, cómo serán los malos”.
Yo por eso recurría a él. Y esto no quiere decir que tenga solo una perspectiva de conocimiento. No; esta inquietud por conocer la historia del toreo, la tenía desde pequeño y comencé a leer todo lo que caía en mis manos 
—Tú, Rafael -le pregunté a mi tío-, que eres tan buen aficionado, me gustaría que me explicases lo que fue Belmonte.
—Como se nota que te gusta mucho Belmonte.
—¿Y a quien no?
—Mira; yo quisiera que hubieras visto al Belmonte de su primera época. El que tú has conocido no era ya Belmonte; era Belmonte, claro, pero no es igual con cuarenta años que con veintidós o veintitrés… Tú no tienes idea de lo que fue tu tío José, ¿verdad? Porque sin haberlo visto, por mucho que yo te lo explique, no lograrás enterarte, ya que era infinitamente más de lo que yo te pueda contar. Bueno, pues dime y piensa lo que sería Belmonte que figurándote como era tu tío José, dando doce o catorce pases de muleta de vez en vez, aguanto a esa fiera de mi hermano. Eso no lo hubiera aguantado nadie más que Belmonte.
Juan Belmonte al natural en los pinceles de Adolfo Durá Abad
—¿Cómo llegó Belmonte al toreo?
Belmonte vino con unas ideas que al principio, por lógica, no las podía desarrollar porque le faltaba técnica; pero tenía un sentido del temple tan maravilloso, una intuición de la colocación tan estupenda, que cuando se hermanaba con un toro que le embestía su gusto resultaba formidable. Naturalmente, ya sé que me vas a decir que Belmonte no prodigaba eso mucho; te vuelvo a repetir que al principio le faltaba la técnica, pero luego fue adquiriendo esa seguridad que se consigue toro tras toro y, tampoco lo olvides, aprendió mucho al lado de tu tío José.
Los primeros años le cogían los toros hasta seis y siete veces por corrida, pero fue afianzándose en esa técnica de torear, que cuando lo hacía era un prodigio. Recuerdo haberle visto con siete u ocho toros que se han quedado en mi memoria imborrables.
—Ya conozco tu opinión sobre Belmonte, conozco también la de Belmonte sobre ti… Pero me hubiera gustado mucho conocer la de mi tío José sobre Belmonte.
—Mi hermano era tan buen aficionado como buen torero. Ya sabes el amor propio que tenía, que no le gustaba que nadie estuviera nunca por encima de él; cuando Belmonte toreaba perfectamente a uno de sus toros, José llegaba al hotel que se lo llevaba el diablo y no se podía ni hablar con él. Cuando se le pasaba me decía: “¿Te ha gustado la faena de Belmonte en ese toro?”. Yo le contestaba: “¿Cómo no me va a gustar, José, si lo ha toreado de maravilla?”.
Y me respondía: “¡Hay que ver! Es que el día que torea un toro bien, lo torea bien de verdad…”.
Joselito torea a la verónica en la plaza de Madrid
Belmonte habla de los Gallo:

Tras debutar yo como novillero en la feria de abril de Sevilla con ganado de Juan Belmonte, a los pocos días me invitó a torear unas becerras en el campo. Cuando acabó el tentadero fuimos a comer, y en la sobremesa me preguntó:
—¿Tendrás predilección por algún torero? Yo también la tuve, como todos… Siempre hay toreros que te gustan más que otros. ¿A ti cómo te gustaría ser? ¿Cuál es la meta que tú tienes?
Yo le contesté:
—Mire, Juan yo quisiera tener el temple de usted y el arte de Rafael el Gallo.
Y me replicó vivamente:
—¡Pues acabas con el toreo!
Desde ese día nos unió una gran amistad y nos tratábamos asiduamente. Así pude descubrir que, además de un gran torero, Belmonte era un extraordinario aficionado.
Juan, ¿cómo fue mi tío José? –le interpelé un día-.
Me miró muy serio y me dijo:
—Te voy a contar una cosa que no se le puede contar más que al que es torero. ¿Cuántos toros le vi…?
—Miles.
 ¿Y cuántos le vi sin torear yo con él? Pues fíjate; jamás le pudo un toro a él; él les podía a todos.
—Yo quería tanto a tu tío José y él a mí, que siempre que coincidíamos en el mismo tren nos íbamos uno al apartamento del otro para hablar de toros. Veníamos una vez los dos de torear una corrida y como no le gustaba otra cosa que hablar de toros, le comenté que había leído en un periódico que mis partidarios y los suyos se habían dado de palos y había hasta heridos; y me dijo él: “Juan, este es el fuego que tenemos que cuidar nosotros mucho, porque si la gente cree que somos tan amigos en la calle, ya no vale; pues ellos creen que somos enemigos tú y yo tanto fuera de la plaza como dentro. Cuando lleguemos ahora a la estación, ya lo sabes,  Juan, tú te vas por una puerta y yo por otra”. 
En otra ocasión le pregunté a Belmonte:
Juan, ¿A quién ha visto usted torear mejor con el capote?
—Hombre, con el capote han toreado varios bien: he toreado bien yo, Gitanillo de Triana, toreas bien tú y algún que otro más; pero el mejor, con mucho a sido tu tío José; les hacía a los toros con el capote cosas que no he visto nunca; al sexto lance de capa los dominaba y los dejaba hechos un trapo; eso es torear.
Impresionante y arriesgado par de banderillas por los adentros de Joselito
Sé que el toreo con el capote es acaso de las suertes más difíciles; por una razón que voy a explicar: porque los toros salen completamente vivos y en esas arrancadas tan violentas, al no estar picados, dejarles las dos manos muertas y templarlos a la velocidad que el torero quiere… ¿puede haber algo más difícil? Puesto que una cosa es dar lances de capa sin ton ni son y otra torear, que es lo que con frecuencia tanta gente confunde. La prueba de esto es lo que me contestó Belmonte; que, en verdad, con el capote han toreado bien más que cuatro o cinco señores en toda la historia.

Yo conocía la gran predilección de Belmonte por Rafael el Gallo, de modo que le pregunté:
—Dígame, Juan ¿qué clase de torero ha sido Rafael el Gallo?
Rafael el Gallo ha sido el inventor del toreo. Te lo voy a explicar: Lagartijo, dicen, que fue un fenómeno; Guerrita, muy poderoso; a los demás ya les vi yo y no me lo tuvo que contar nadie. Rafael el Gallo, ¡Rafael!, este inventó lo que se llama el toreo moderno, porque tú sabes que en aquella época se dedicaban más a lidiar el toro, no a torearlo, que es distinto. Cuando Gallito y yo llegamos al toreo, ya lo había inventado Rafael, que, además, ha sido el que mejor ha toreado de toda la historia.
Rafael el Gallo doblándose elegantemente con un toro   
En otra ocasión, en una sobremesa, sabiendo yo que Juan se sentía halagado cuando le recordaban su famoso toro de Concha y Sierra en Madrid, y conocedor además que Rafael el Gallo no le vio esa tarde, porque quienes alternaron con Juan fueron Gallito y Gaona, le animé:
Juan, cuénteme, ¿es verdad que ese es el toro que mejor ha toreado en su vida?
—Tal vez sí.
Rafael me miró con cara de satisfacción. Belmonte empezó a recordar:
—Yo llevaba entonces unos días en que marchaba muy mal en Madrid, hasta el punto de que me quisieron romper una tarde el coche. La gente, enfurecida conmigo, me gritaba: “¡Vete!”. En fin, ya sabes tú lo que son estas cosas.
Aquella tarde, Gallito y Gaona se hincharon de hacer cosas. Yo, para colmo, estuve mal en mi primer toro. Pero salió el sexto, de la Viuda de Concha y Sierra, y armé un escándalo colosal.
Viendo que no continuaba, insistí:
—¿Y cómo lo toreó usted?
—Mira, hijo… Ya no me acuerdo. Sé que le di tal cantidad de pases que no veía más que al toro y me olvidé de que había gente en la plaza. Dicen que estos son momentos de inspiración… Si me preguntas cuántos pases le di y cuáles fueron…, francamente no te lo  puedo decir.
Dos auténticos genios del toreo: Joselito y Belmonte
Al terminar se dirigió a mi tío Rafael, que había permanecido en silencio, escuchándole atentamente:
—Maestro… ¿Se acuerda usted del toro, también de Concha y Sierra, en Valencia, con su hermano y conmigo?
Y con la cara alegre, apartando la seriedad, contestó Rafael:
—También ese es uno de los toros que mejor he toreado yo en mi vida.
—Usted sabe –le dijo Juan riendo- que cuando usted toreaba bien a un toro me gustaba meterme con José; y en ese toro me acerqué a él y le dije: “Ya estamos yéndonos de aquí, que sobramos los dos”. Y fíjese que amor propio no tendría, y aún queriéndole también a usted, me echó en ese momento una mirada como para fulminarme. Y recuerdo, ¿a ver si se acuerda usted?, que le quitaron los caballos al coche y le paseó a usted la gente, tirando del coche por toda Valencia.
Rafael sonreía.
Joselito al natural. Revista La Lidia 1915
Estando Joselito en el hotel Palace madrileño le telefoneó Belmonte para advertirle:
—Me he enterado que hoy se van a reunir ahí, en el Palace los empresarios; porque dicen que cobramos mucho dinero y que a ellos no les dejas subir las entradas.
Joselito, desde el otro extremo del hilo, le contesta:
—Tú estate tranquilo, que estos no son capaces de reunirse ni para tomar café mientras yo esté aquí.
Bajó de su habitación y encontró a algunos de ellos en el hall; se detuvo unos instantes y les dijo:
—Señores, yo voy   a Lhardy  a tomar café; cuando vuelva y vea a los que estén aquí reunidos, les aseguro que con esos no toreo más en España.
Se marchó, dejándoles sorprendidos a todos.
Cuando Joselito regresó, naturalmente allí no había nadie.
Gallito era un torero amigo y entregado a otros compañeros, aunque siempre prevaleciera, en el terreno del amor propio, el orgullo y la convicción clara de ser el número uno». 

Algunos afirman que hoy se torea mejor que nunca. Nos cabe una duda: ¿Mejor o con mayor perfección técnica porque el toro actual lo permite...? 
Los toreros grandiosos de la historia lo habrían sido en cualquier tiempo. Cada época tuvo su torero -o toreros-, su toro, su toreo y hasta su público.