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domingo, 3 de abril de 2022

JUAN ORTEGA RECIBE EL TROFEO «MARTORELL»

Por Antonio Luis Aguilera 

Juan Ortega recibe el trofeo «José María Martorell». 

El restaurante «La Casa de Manolete Bistró» fue el lugar elegido por la Tertulia Taurina «Tercio de Quites» de Córdoba para entregar el trofeo «José María Martorell», en su vigésimo sexta edición, al matador de toros Juan Ortega, a quien este grupo de aficionados ha querido reconocer «la ilusión despertada en la afición por la excelencia de su toreo». El premio otorgado es un busto en bronce del inolvidable torero, magistralmente modelado por los escultores cordobeses Hermanos García Rueda, que generosamente quisieron colaborar con la tertulia al fallecer el espada en 1995 por su  amistad con el mismo, y en su basamento se representan diferentes alegorías de la lidia enmarcadas en los arcos de gradas de la antigua plaza de «Los Tejares», el histórico coso cuyo arena pisaron para expresar su arte, entre grandiosos toreros, todos los espadas cordobeses considerados «Califas» del toreo.

Juan Ortega ante un cuadro de «Manolete» 

El acto comenzó con una visita guiada a la última casa en la ciudad de Manuel Rodríguez «Manolete», y estuvo a cargo de Remedios Romero, directora del restaurante, que fue explicando y documentando con fotografías las dependencias del histórico palacecete de la antigua Carrera de la Estación —hoy Avenida de Cervantes—, construido en 1890 por encargo del escritor y periodista José Ortega Munilla, padre del filósofo José Ortega y Gasset, que decidió residir temporadas en Córdoba por favorecer el clima de la ciudad la salud de su esposa Dolores Gasset. La obra, de estilo colonial con pinceladas modernistas y clásicas, fue dirigida por el ingeniero militar Juan Tejón y Marín. 

El torero posa con los miembros de «Tercio de Quites»

Dos décadas después esta residencia sería adquirida por el bodeguero Rafael Cruz Conde, a quien lo compró «Manolete» en 1942, para fijar la vivienda de su madre y hermanas, a las que trasladó desde la humilde casa de la Plaza de la Lagunilla. La segunda remodelación del inmueble estuvo a cargo del arquitecto Carlos Sáenz de Santamaría. Cabe señalar como dato histórico que el torero vivió en cuatro casas de la ciudad, aunque generalmente solo se conocen tres. Nació en el número 2A de la calle Conde de Torres Cabrera. De allí sus padres se trasladaron al número 8 de la calle Benito Pérez Galdós, donde el 4 de marzo de 1923 fallecería su progenitor, el espada de igual nombre, apellidos y apodo que su hijo. Después la madre fijaría su domicilio en la Plaza de La Lagunilla, en el barrio de Santa Marina, donde residió hasta que su hijo le compró el palacete.

Juan Ortega posa con el trofeo «Martorell» y su Tertulia.

Tras la visita guiada, en el jardín de entrada, se hizo entrega de la 26ª edición del premio «Martorell» a Juan Ortega, momento en que fue recordado como en 2010 también recibió el «Trofeo a la Ilusión», un capote de brega que anualmente regalaba la Tertulia al mejor de los becerristas que actuaban en los festejos de Córdoba, y que recibió de manos de Manuel Benítez «El Cordobés», premiado ese año con el trofeo «Martorell» en reconocimiento a su histórica carrera. Once años después es el diestro de Sevilla quien ha recibido  el prestigioso busto en bronce del torero más importante que tuvo Córdoba tras la muerte de «Manolete». 

Restaurante «La casa de Manolete» de Córdoba

Y también lo ha sido por la ilusión, por la que ha despertado en los aficionados por la belleza, hondura y temple de su toreo. Juan Ortega tuvo palabras de gratitud para la ciudad de Córdoba, a la que dice recordar constantemente por la huella que le marcara durante su estancia universitaria, citando por el encanto de sus rinconces la impresionante plaza del Cristo de los Faroles, donde tantas veces acudía a rezar, o la misteriosa belleza y el silencio de sus calles, sin olvidar el privilegiado lugar que ocupa en la historia del toreo. Quiso reiterar a los amigos de la Tertulia su gratitud por la forma en que fue acogido y apoyado desde becerrista, y que estuvieran a su lado en los duros momentos profesionales que precedieron a la hermosa tarde de agosto de 2019, que los tertulianos recuerdan como «La Epifanía de Linares». El acto concluyó con un almuerzo en homenaje al torero y su familia, donde los miembros de la veterana Tertulia disfrutaron del supremo valor de la amistad, de la grandeza del toreo como arte que hermana a los aficionados, y de las excelencias gastronómicas del restaurante ubicado en la casa del diestro que marcó el rumbo de la Tauromaquia contemporánea. 

Fotografías: José Luis Cuevas

miércoles, 1 de enero de 2020

"LA FLOR DE MANOLETE"

Por Rafael Sánchez González

Plantación de flor de ceniza 
Recientemente se han cumplido dos efemérides, de muy distinto signo, relacionadas con Manuel Rodríguez Sánchez Manolete. Una, la exitosa, que dirían allí, confirmación de alternativa en México, acontecida el 9 de noviembre de 1945 en la capitalina plaza de El Toreo de la Condesa, acartelado junto a los espadas nacionales Silverio Pérez y Eduardo Solórzano con ganado de Torrecilla, fecha desde la que el diestro cordobés dejó cautivada a la afición azteca al punto de ser recordado en aquel país tanto o más que en España. La otra cita a la que me quiero referir es el fallecimiento de su madre, Angustias Sánchez Martínez, ocurrida treinta y cinco años después, concretamente el día 10 del citado mes, estando muy próxima a cumplir el siglo de edad, ciegos sus ojos pero disfrutando de buena lucidez mental, y aunque nacida en Albacete bien podría considerársele cordobesa, ya que  llegó a nuestra capital apenas cumplidos los cinco años, teniendo su primer domicilio en calle Los Álamos (hoy Enrique Redel). 

Angustias Sánchez con su hijo. Foto Ricardo
De sobra es conocido, por lo mucho que se ha dicho y escrito sobre el tema, el gran cariño que Manolete sentía hacia su madre. Diríase mejor, que lo suyo más que cariño era veneración. Sabido es también, que el torero se crió en el seno de una familia matriarcal y rodeado de mujeres, habida cuenta las cinco hembras fruto de los dos casamientos de Angustias Sánchez con los matadores de toros Rafael Molina Martínez Lagartijo Chico y Manuel Rodríguez Sánchez Manolete. Mujer temperamental, que supo de los avatares del toreo y no siempre con vientos de bonanza, fue muy exigente en  la educación de su hijo, pero sin poder frenar  los flujos de la sangre torera que corría por las venas de aquel chiquillo, que aprovechaba los recreos en el Colegio Salesiano para torear con el babero a sus compañeros que le hacían de toro. Porque, la principal obsesión de  Manolete era triunfar en los ruedos para darle a ella el mejor bienestar posible. En el terreno personal, por encima de cualquier otra pasión, la más importante para él era el cariño que sintió siempre por su madre…, y después, el amor que disfrutó junto a Lupe Sino, bella actriz secundaria de cine a la que en 1943 conoció en el famoso establecimiento de Perico Chicote situado en la Gran Vía madrileña. Me atrevería  a decir que este fue el único punto de contradicción entre él y su madre, a pesar de que ella, transcurridos ya unos años de la muerte del torero, con cierto tono de comprensión llegara a declarar en una entrevista (Pueblo 28/8/1972): “yo sabía todo lo de él y Lupe… Nunca me lo ocultó”. 

Antoñita y Manolete. Foto Santos Yubero
Sobre este escabroso asunto, si nos dejamos llevar por las manifestaciones de sus amigos más íntimos, de no haberlo impedido Islero, Manolete tenía intención de casarse con Antonia Bronchalo Lopesino, que así se llamaba realmente su novia. Incluso el periodista Antonio Bellón llegó a confirmar que cuando viajaban camino de Linares en el coche del diestro, éste le pidió que tratara de convencer a su madre de la proyectada boda. Pero el tema de Lupe Sino era tabú en todo el entorno, sobre todo familiar, que rodeaba a Manolete, queriéndose ignorar que junto a esta mujer vivió su etapa más feliz, tanto en Sayatón, pueblo manchego donde había nacido, como en los periodos temporales que compartieron en México. Días de felicidad que solo eran paréntesis en los tormentosos años finales de su vida, ya de por sí enrarecidos en el terreno profesional por las reiteradas exigencias del publico, difíciles de poder complacer, unidas a una injusta campaña por parte de cierta prensa interesada. Es lamentable recordarlo, pero entre los espectadores que la aciaga tarde de Linares gritaron a Manolete aireando la entrada en señal de protesta, cuando ni siquiera había terminado el paseíllo, se encontraban algunos cordobeses, según testigos presenciales de fiable condición. Es decir, que ni en su tierra encontraba ya total comprensión. “Qué lástima. Ahora que pensaba yo ir a verle torear”, exclamó uno al paso del cortejo fúnebre del infortunado espada. Ante tan insostenible situación, en 1947 era manifiestamente visible que Manolete no estaba en condiciones, físicas y anímicas, de poder realizar aquella temporada con el éxito acostumbrado. No en vano su apoderado, José Flores Camará, le había propuesto la conveniencia de trasladar la residencia a Madrid  (Toreros 13/5/1945). La respuesta fue: “Si lo hago, entonces será cuando no podré volver a Córdoba”.
Además, insisto, por encima de todo estaba el inquebrantable cariño a su madre, quien las tardes de corrida las pasaba rezando ante una pequeña imagen de la Virgen de los Dolores que tenían en la casa. Virgen a la que su hijo profesaba gran devoción, junto a San Rafael y Jesús Caído, perteneciente a la hermandad de los toreros. “Angustias Sánchez, qué pena pena.  /  Malhaya el toro, que lo mató. /  No poder con tus besos contener aquella herida…”. Dice el pasodoble canción que le compusieron Juan Guardón y Rafael Báez, que en 1949 grabó en disco  la genial Lola Flores, y dos años antes, incorporándolo a su espectáculo Solera de España, había estrenado Juanita Reina en el sevillano Teatro San Fernando.

Casa de Manolete en la actualidad. Foto Casa de Manolete Bistró.
Manolete, reitero una vez más, siempre tuvo presente en el pensamiento a su madre. Recordándola pronunció unas palabras minutos antes de morir: “¡Qué disgusto se va a llevar mi madre!”. Y para ella compró  a Rafael Cruz Conde, en 1942, el palacete situado en la Carrera o Camino de la Estación (actual Avenida de Cervantes), que cincuenta y dos años atrás mandara construir para residencia temporal José Ortega Munilla, buscando un clima más beneficioso para su esposa, Dolores Gasset, aquejada de tisis. En esta casa pasaría parte de su infancia José Ortega y Gasset, hijo de ambos.
Las obras encaminadas a una mejor adecuación para vivienda familiar, que bajo la dirección del arquitecto Carlos Sáenz de Santa María realizó Manolete, construyéndose además el cuerpo de su fachada lateral a calle de la Bodega y una azotea con pérgola, dieron al inmueble la visión con que a partir de entonces se le conoce. Esta casa la disfrutó muy poco el torero. La casa del Monstruo, llegó a denominarla un periodista taurino, quien confesaría después que por respeto no quiso escribir La jaula del Monstruo. De allí salió su cuerpo ya sin vida en el que sería su último paseo a hombros, esta vez sin olor a multitudes y rodeado de un respetuoso silencio, camino del Cementerio de Nuestra Señora de la Salud, donde reposan sus restos junto a los de su madre, unidos ya los dos para siempre en un solemne panteón de mármol blanco, obra del escultor Amadeo Ruiz Olmos, en el que al respaldo de una gran cruz puede leerse un bellísimo poema del médico y poeta valenciano Rafael Duyos, que comienza así: “Aquel que las arenas pisó con más firmeza  /  yace aquí bajo el cielo de su Córdoba mora.  /  Dictó frente a los toros, lecciones de majeza…”.  

Ana Muñoz en el patio de la calle Tinte número 9. Foto Diario Córdoba
Abundando en el desmedido afán de Manolete por querer complacer a su madre hasta en el más mínimo detalle, voy a referirme finalmente a una circunstancia, que cuando menos me parece curiosa. Leyendo en su fecha unas declaraciones (ABC 6/5/2018) de Ana Muñoz, decana de los participantes en el Concurso de Patios de nuestra ciudad, presentando durante treinta y cinco años el suyo, situado en el número 9 de la calle Tinte, me llamó la atención que al citar una de las plantas que adornan su bonito y bien cuidado patio, dijera: “la flor de la ceniza, de la que cuentan que la introdujo en Córdoba Manolete desde México cuando se la regaló a su madre, gran aficionada a las plantas”.
En aquel momento quise recordar algo sobre el tema, pero recientemente y es lo que me induce a escribir estas líneas, removiendo papeles de mi archivo encontré unas cuartillas en las que anoté lo que en su día, al salir de un programa radiofónico al que también acudió mi recordado amigo José Guerra Montilla -nieto de Guerrita- nos contó Manuel Rodríguez Palitos, primo de Manolete, por ser hijo de José Rodríguez Sánchez Bebe Chico, matador de toros al que llamaban Pijulin en el barrio -para ellos no había más barrio que el Campo de la Merced-, quien el día de su alternativa en Madrid (22/7/1900), mano a mano con Enrique Vargas Minuto, tuvo que matar, y lo hizo muy dignamente, los seis ejemplares de Peñalver.
Ciertamente, Palitos era muy querido por Manolete, él se encargaba de ahormarle los zapatos antes de que este los usara, y bien que presumía de ello. Por cierto, los dos actuaron en Cabra el Domingo de Carnaval de 1933, junto a Juanita Cruz, cuando el cuarto califa del toreo cordobés iniciaba su andadura taurina. Pues bien, según nos dijo este hombre, al regreso de uno de los viajes que su primo realizó a México, “envuelto en papel de celofán le trajo a su madre el injerto de una flor que a él le había llamado la atención” y que -según versión de nuestro interlocutor- Guillermo, el mozo de espadas y hombre para todo en la casa, se encargó de plantar en una maceta, “con la suerte de que le agarró”. Dato que en el fondo viene a coincidir con lo manifestado por Ana Muñoz en el citado periódico.
La flor de la ceniza
Esta flor, llamada de la ceniza, que procede de Santiago Huajolititlán estado de Oaxaca, y según los oriundos nace de las cenizas de los muertos, para que sus almas sepan por donde regresar al mundo terrenal y en su andar crecen despidiendo un característico y penetrante olor; ha sido muy cantada por  poetas y cantautores, entre ellos Luis Eduardo Aute,  e incluso llevada  a uno de sus lienzos por el pintor alemán Anselm Kiefer.
Leyendas y datos al margen, solo cabría añadir, que, como homenaje a Manuel Rodríguez Sánchez Manolete y en recuerdo de su madre, en el palacete que fuera la última morada de ambos, feliz y acertadamente recuperado y hoy abierto al público como destacado establecimiento de hostelería, que ya nació con el nombre puesto, La Casa de Manolete Bistró, junto a la simbólica presencia del torero, entre la variedad de plantas que lo adornan podría conservarse alguna maceta con esta flor que para su madre trajo cuidadosamente desde México. La flor de la ceniza. Que yo he querido llamar hoy la flor de Manolete.  

jueves, 24 de octubre de 2019

LA CASA DE MANOLETE

Por Antonio Luis Aguilera
La casa de Manolete en la actualidad. Foto Casa de Manolete Bistró 
Corría el año 1890 cuando el escritor y periodista José Ortega Munilla, padre del filósofo José Ortega y Gasset, mandó construir un palacete en la Avenida de Cervantes de Córdoba (entonces Carrera de la Estación), para residir temporadas en la ciudad cuyo clima favorecía la salud de su esposa Dolores Gasset. La obra de este palacete, de estilo colonial con pinceladas modernistas y clásicas, fue dirigida por el ingeniero militar Juan Tejón y Marín. Dos décadas después, el inmueble fue adquirido por Rafael Cruz Conde, a quien lo compró Manuel Rodríguez Manolete en 1942, año de su consagración definitiva como máxima figura del toreo, para que desde la humilde casa de la Plaza de la Lagunilla se trasladara su familia, encargando su remodelación al arquitecto Carlos Sáenz de Santamaría. Como dato histórico señalamos que el torero vivió en cuatro casas de Córdoba, aunque generalmente solo se conocen tres. Nació en el número 2A de la calle Conde de Torres Cabrera, de allí la familia se trasladó a la calle Benito Pérez Galdós número 8, donde el 4 de marzo de 1923 falleció su padre, posteriormente la madre fijó su domicilio en la Plaza de La Lagunilla, y finalmente el torero adquirió el palacete de la Avenida de Cervantes.
La casa original de Ortega Munilla, Foto Blog Notas cordobesas
Esta es la historia de un edificio singular, afortunadamente protegido por el Plan General de Ordenación Urbana de Córdoba tras el fallecimiento en noviembre de 1980 de Angustias Sánchez, la madre del torero, cuando la familia pretendió que las piquetas llevaran a cabo su demolición para levantar en su espacio un edificio de varias plantas, pero en 1986 la Comisión Provincial de Patrimonio Artístico lo protegió. Tras ser rescatado en 2006 por la constructora Marín Hilinger del mísero y cruel abandono al que fue condenado durante más de veinticinco años, para instalar en sus dependencias las oficinas comerciales, el palacete fue embargado después por una entidad bancaria, a la que finalmente en 2017 lo adquirió el empresario Antonio Carrillo, que en 2018 lo arrendó al chef cordobés Juan José Ruiz y Remedios Romero, directora de la casa, que decidieron abrir sus puertas para mostrarlo magníficamente remozado, convertido en un ilusionante proyecto de restauración que pretende convertirlo en una referencia de la gastronomía cordobesa. Actualmente, el palacete alberga tres proyectos: Casa de Manolete Bistró, un restaurante clásico; A flor de piel, un espacio gastronómico de alto nivel con visita guiada a la casa; y el Centro Superior de Artes y Ciencias Gastronómicas, una escuela de hostelería.
Terraza interior. Foto Casa de Manolete Bistró
Superada la soterrada polémica en la indolente y barojiana ciudad de los discretos, en cuyos rincones y tabernas todo se cuestiona porque la crítica negativa parece figurar en el carácter social ante cualquier proyecto innovador, y ahora que la casa olvidada por el tiempo se presenta limpia y bonita, reluciente, con las rejas pintadas, encaladas sus paredes, remozada de arriba a abajo que da gusto verla, porque así nunca la vimos los cordobeses, conviene considerar que antes de contemplarla hundida, abandonada, desconchada, oxidadas sus cancelas y llenos de maleza sus parterres, como la pobre cenicienta del cuento, ante las miradas nostálgicas de tantas personas como se detenían delante de ella, para dedicar un recuerdo a la figura del majestuoso quijote que cambió el rumbo del toreo, y asumiendo como una realidad que nunca hubo intención, ni por la familia ni por el Ayuntamiento, de convertirla en el museo dedicado al torero que añoraban los cordobeses y los aficionados al toreo, en el templo del héroe, donde hubieran sido expuestos tantos enseres del diestro, como su despacho personal, actualmente secuestrado en el horroroso Museo Municipal Taurino de Córdoba, remodelado ¿o destrozado? por una empresa catalana a propuesta de Izquierda Unida, así como los trajes de luces y de calle repartidos entre instituciones y particulares, cabezas de toro, documentos, libros, etc. Ahora, decimos, admitiendo el fracaso de que en esa casa se hubiera rendido un homenaje permanente a Manolete, mostrando todo aquello que mantuviera vivo el discurso histórico de su tauromaquia, debe prevalecer la sincera satisfacción de ver abierto ese palacete, ubicado frente a los Jardines de la Agricultura, que compró y reformó para vivienda habitual de su madre y familia, y donde él se hospedó en sus cada vez más cortas estancias en la ciudad, debido a compromisos profesionales y sentimentales –pueden leer las entradas “Lupe Sino, la mujer que hizo feliz a Manolete” o “Manolete: de Valdepeñas a Linares”-.
Salón del restaurante. Foto Casa de Manolete Bistró
Así pues, manifestamos nuestra gratitud a Juan José Ruiz y Remedios Romero, a quienes deseamos lo mejor en su flamante iniciativa, pues su suerte será la de esa casa que siempre debería relucir tan bonita y acogedora como se encuentra actualmente, con las puertas abiertas para que tanto cordobeses como aficionados al toro y visitantes de la ciudad puedan entrar en sus acogedoras estancias, admirar el cuidado y elegancia con que han sido diseñadas, y gozar confortablemente de la gastronomía cordobesa que se ofrece sin olvidar su pasado, como recuerdan las pinturas del cordobés Fernando García Herrera, dedicadas a los personajes que fueron moradores de ella: José Ortega y Gasset y Manuel Rodríguez Manolete (la del torero reproduce la famosa instantánea realizada por el gran fotógrafo  Manuel H. en Colombia en la temporada de 1946, donde se refleja el estado anímico del torero en aquellas fechas cercanas a su final). Valoramos muy positivamente que estos jóvenes empresarios de Córdoba, haciendo camino al andar, como los versos del inolvidable Antonio Machado,  rindan el mejor tributo a la memoria del torero con la puesta en valor de la que el crítico taurino Ricardo García K-hito llamara la jaula del monstruo, dedicando su trabajo y esfuerzo en convertir el palacete en una referencia culinaria de la ciudad, en un museo de la gastronomía cordobesa. Ojalá su generosidad y buen hacer tengan la suerte que merecen.