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martes, 1 de abril de 2025

LAGARTIJO Y SU “TÚNICO”: «Otra versión de una “lagartijá”»


Por José Rafael López Blancas

 

Imagen de Nuestro Padre Jesús Caído de Córdoba: "El Señor de los Toreros".


“La tradición oral ha sido, desde siempre, la forma suprema de comunicación de los seres humanos, con la cual pueden compartir sus saberes con la sociedad”.

 

El próximo día 1 de agosto, se cumplirá el 125 aniversario del fallecimiento de aquel que fue nuestro Hermano Mayor, Rafael Molina Sánchez, más conocido como “Lagartijo” o “Lagartijo el Grande”. En torno a su persona, se registran infinidad de anécdotas, bromas y frases famosas que han permanecido, a lo largo del tiempo, en la mente de nuestros antepasados y que se han ido transmitiendo, de generación en generación, a través de los años. Rara vez, en la actualidad, cuando se sobrepasa el nivel normal de alguna ocurrencia, se le denomina, lagartijá. Para ser sincero hay que confesar que también, esta denominación, lagartijá, además se ha utilizado, sobre todo, para significar una demostración de bondad y generosidad que, de por sí, supera con creces lo encomiable, sin importarle el coste, sobre todo económico, a aquel que toma la iniciativa de tan grande acción. Rafaé, fue el matador de toros más grande de su época, pero sin duda alguna, también quedó recogido, en su persona, la grandeza de su esplendidez que aún más lo acrecentaba.

 

Rafael Molina Sánchez «Lagartijo»

Una breve reseña de su vida

Nació, en el Barrio del Matadero, el 27 de noviembre de 1841. Hijo del banderillero, en su momento novillero, Manuel Molina “Niño Dios” y de María Sánchez Serrano, hija de Rafael Sánchez “Poleo”, torilero en el coso de Los Tejares. Creció como sus dos hermanos, entre la pobreza y las vaquillas, sin aprender a leer. Su hermanos, Manuel y Juan, tuvieron distintas suertes en la práctica del arte de torear. Mientras Manuel, ni con la ayuda de su afamado hermano, consiguió ocupar ningún puesto destacado dentro de la torería; el pequeño, Juan, sí que logró fama como un peón de brega excepcional.

 

Nuestro protagonista, heredó la afición al toreo desde niño. Con nueve años, perteneció a la cuadrilla infantil creada por Antonio Luque y González “Camará”, donde empezó a adentrarse en el oficio taurino. Con quince años se incorporó, a tiempo completo, en la cuadrilla de José Dámaso Rodríguez “Pepete”, manteniéndose en ella hasta el fallecimiento de su matador. Durante esa época, desarrolló un gran conocimiento de las reses bravas, lo que le llevaría a integrarse en la cuadrilla de los hermanos Carmona. En la cuadrilla del famoso Antonio Carmona “Gordito” es en la que más se adiestró, toreando por las plazas de España y Portugal. Tomó la alternativa en Úbeda, el 29 de septiembre de 1865, a manos del mencionado Antonio Carmona, con una ganadería de encaste vazqueño, propiedad de la Marquesa Viuda de Ontiveros.

 

A lo largo de su trayectoria profesional, fue famosa la rivalidad que mantuvo con Salvador Sánchez “Frascuelo”, torero granadino que, en lo mejor de su carrera, no le hacía ascos a torear con el famoso coloso cordobés. También fue famosa la rivalidad que mantuvo con aquel que siempre se consideró su discípulo, Rafael Guerra Bejarano “Guerrita”. Siempre, hasta después de su muerte, “Guerrita” demostraba su admiración inmensa por su maestro sin rival. Los tres, “Lagartijo”, “Frascuelo” y “Guerrita” fueron los artífices de lo que Domingo Delgado de la Cámara, en su libro, Entre Marte y Venus (breve historia crítica del torero), llamó: «la primera revolución del toreo».

 

En estadísticas de la historia taurómaca, queda reflejado que hizo el paseíllo más de 1600 tardes, de las cuales, solamente, en Madrid toreó 421. Lidió y dio muerte a más de 4800 toros (otras fuentes se refieren a más de 5000) y solamente, en cinco o seis ocasiones sufrió percances, siendo estos, la gran mayoría, de forma leve. Hasta 1893, año de su retirada, sus logros y triunfos, siempre aclamados, también estuvieron acompañados de tardes en la que la suerte le daba la espalda, pero su genialidad y su bien hacer siempre quedarán grabadas y escritas con letras de oro en la historia del toreo.

 

Falleció a las cinco de la mañana de un miércoles, 1 de agosto de 1900, aquejado de una grave enfermedad.

 

Túnica de Jesús Caído regalada por «Lagartijo»

Antes de continuar: una historia apócrifa

Me he permitido la licencia de adoptar este adjetivo, apócrifo/-a, en el sentido y significado de «no estar aceptado por el canon». Me he negado a tomarlo en su definición de, falso fingido; aunque también podría haber hecho uso de él en su término de: supuesto, atribuyéndolo como referente a la dudosa autenticidad de su contenido. Para los míos, en casa, siempre ocurrió que, al hablar sobre el túnico del Señor, salía a relucir una versión distinta de la que siempre se ha hablado, se habla y, seguramente, se seguirá hablando. La versión más extendida y conocida, todos la conocemos: “Lagartijo encargó una túnica con el bordado de uno de sus trajes para la imagen de nuestro Señor, en agradecimiento por haber salido ileso de una grave cogida”. Esta versión, entra dentro de la lógica si atendemos al riesgo continuado que, nuestro protagonista, tenía dentro de su profesión. El motivo de tan gran ofrenda, al no haber ningún documento que lo atestigüe, es lo que impide que se pueda demostrar la razón de tan gran ofrenda, al igual que al testimonio de mi versión apócrifa. Lo que sí es real y demostrable, es que, a través, de la donación del «túnico» Rafael dejó patente la inmensa devoción y confianza que tuvo en su «Señó».

 

Siempre se ha hablado de las manías de los toreros y de sus supersticiones. Algunas han sido medianamente comprensibles y otras casi incomprensibles, pero el que se la juega, se siente con el derecho de poder tomarla y de cumplirla. Tienen sus presagios y sus momentos, y en esto del toro, cuando un presagio es malo…: ¡malo!

 

Aquellos que realmente me conocen saben de mi afición al toro. Fue una leche que me dieron a mamar desde mi nacimiento tanto por el lado paterno como del materno ya que, desde generaciones, hubo un vínculo muy estrecho con ese mundo y con la gente del toro. ¡Cuántos recuerdos se me vienen a la cabeza! ¡Cuánto daría por poder volver en el tiempo! Por desgracia, tendré que esperar a revivir aquellos momentos vividos y disfrutados, en aquella etapa de mi vida, con mis seres queridos en cielo, cuando Dios lo disponga.

 

Plaza de San Sebastián. Cartel de la Semana Grande de 1883

De abuelo a nieto: “Mira niño…”

En la gran sala de casa de los abuelos, ubicada en el Nº 17 de la calle Reyes Católicos, aquel que de niño me llevaba, de vez en cuando, a San Cayetano, a ver a su Melenas y sobre todo a su Señora de la Soledad, sentado en su sillón -parece que lo estoy viendo- me contó una historia que, en aquel entonces, yo, no aprecié en su justa medida, seguramente por la edad con la que contaba. No era la primera vez, ni sería la última, que la oía, pero sí era la primera vez que me la contaba a solas:

 

«Mira niño, mi abuelo trabajaba en las maderas de la estación del tren. Dicen que era un buen profesional en lo suyo y siendo de aquí “del barrio” tenía mucha amistad, desde niño, con los Molina, con Rafael, que era algo mayor, pero sobre todo con Juan, que andaban por las mismas quintas. En la pandilla había varios chiquillos y ¡todos querían ser toreros!, jugaban al toro, se metían en el Matadero Viejo a ver las reses y a intentar pegarles unos pases, ¡ya sabes…las cosas que podían hacer, en aquel entonces, los arambeles! Pero con el tiempo, Rafael empezó a tener algún nombre entre la gente del toro, y poquito a poco, y a base de no pocos miedos ¡porque todos tienen miedo!, Rafael llegó a ser quien fue. La cuestión: que un día Juan habló con mi abuelo de parte de su hermano. Le propuso que le hiciera unas banderillas para probarlas, ya que las que le proporcionaban en las plazas no le gustaban porque no se sentía seguro al clavarlas. Las notaba algo enclenques y él quería sentirse más seguro al apoyarse sobre ellas a la hora de clavar, y así poder coger más impulso que le permitiera salir de la cara del toro con más soltura. De modo que ¡así nacieron las famosas banderillas cordobesas, por una propuesta del mismísimo Rafael! Al llevarlas Lagartijo, que al principio se las hacia a él exclusivamente, todos los toreros querían las mismas banderillas que llevaba él y así… hasta hoy.

 

Cuando Rafael y Juan estaban en Córdoba, siempre se reunían con sus amigos, con los de siempre, muchos de ellos piconeros, y se «jartaban de tó». Los dineros de Lagartijo siempre eran los primeros, no había necesidad o desgracia que llegase a sus oídos, en los que él no quitara la penuria. ¡Cuánto ayudó y cuánta misería aplacó!

 

Estaba dispuesto para todo y también -por supuesto- para su «Señó». ¡Ay su Señó, cuántas cosas le contaría en sus visitas! Cuando lo nombraron Hermano Mayor, Lagartijo era de muy pocas letras, casi analfabeto, pero con mucha experiencia, y al igual que hacía en su privacidad, en la hermandad también se rodeó con algunos de “su gente”. A mi abuelo lo metió un tiempo largo en aquella junta de gobierno junto a otros conocidos para que cuidaran de aquello cuando él no estaba. Costeaba de su bolsillo los gastos que originaban aquellas salidas, pagaba las deudas que pudiera haber pendientes, mantenía todos los gastos que se pudieran presentar y, sobre todo, ayudaba mucho a la gente del barrio.

 

Una tarde de calor cordobés, estaban reunidos, seguramente en “La Corsaria”, los amigos. Aquella junta era como otras tantas veces hacían, pero se percataron que Rafael estaba alicaído, parecía preocupado, había algo que no le permitía estar a gusto en su momento de juerga. Hubo un “tiznao”, íntimo suyo, que le preguntó por aquello que le impedía disfrutar:

 

—“Rafaé” ¿qué te pasa?

—“No sé, tengo un no sé qué que no me deja… estoy algo intranquilo, por las noches no descanso. Tengo una «corría» metía en la cabeza que no me gusta, que no me deja… ¡tengo un presagio!”

—¡Pero “amos a ver” Rafaé!... ¿malo?

—Una corría de don Nazario, ¡qué no me la quito de la cabeza…!

 

Nadie lo vio, y nadie puede decir que así fue, pero entre los suyos siempre supusieron que, de aquel mal presagio, y de la gran devoción que le tenía a su Señor, nació una promesa, y que de aquella promesa nació una túnica, ya que no pasó mucho tiempo entre “aquel mal presagio” y el tener el Señor de San Cayetano la famosa túnica de Lagartijo».

 

Detalle del cartel anterior

Internet, un gran invento

Durante un tiempo, y a sabiendas que iba a escribir sobre esta lagartijá, que realmente es una historia apócrifa, estuve buscando cualquier tipo de información que me ayudara a dar más veracidad a ese relato que el abuelo materno me contó. Tenía que buscar sobre unos parámetros de los que no encontraba grandes respuestas. Por supuesto la localidad de la corrida, la desconocía, o si el abuelo la contó, no la recordaba. El año tampoco, aunque tenía que ser anterior al 1884 que es cuando mi Señor Jesús Caído estrena la túnica. Buscaba a nombre de Rafael y la información era muy numerosa; buscaba a nombre de la ganadería y encontraba información, pero ni de una ni de otra forma hallaba lo que quería… Me daba, en cierta manera, miedo escribir sobre algo que no se pudiera defender de alguna forma, no el poder demostrarlo, porque eso es imposible, pero sí justificar que había sido posible esa otra versión de aquella narración. Además, quería encontrar algo que sirviera no simplemente para crear la duda de la certeza, sino que se acercara más a la verdad que a la suspicacia.

 

Primero en mi biblioteca taurina, no encontré ninguna referencia a una corrida que uniese a Lagartijo y a la ganadería de don Nazario. Después, una página web me llevaba a otra, y esa, a otra, y esa otra, a otra… Un maremágnum de páginas y de información que me entretenían, pero nada más, lo que buscaba tampoco, no lo encontraba. Hasta que sin saber cómo ¡zas! encontré el cartel que muestro. Mi Señor Jesús Caído me ayudó: ¡hizo el milagro!: agosto, 1883, Lagartijo y Nazario Carriquiri ¡estaban todos los parámetros! Una pena que sólo haya encontrado el cartel y ninguna referencia de las corridas reseñadas, pero como decía el otro… “menos da una piedra y hace más daño”.

 

Por fin encontré algo que sustentara esta versión. A ciencia cierta sabemos que la túnica, en su confección, no lleva nada, en el bordado, de un traje de torear. Además, también se ha comprobado, que el color original de la misma no era el morado que hoy contemplamos, sino un “rojo cardenal” como han atestiguado profesionales del bordado al revisar las costuras interiores e inferiores que aún mantiene partes de la original. Con este hallazgo, hoy, muchísimos años después, estoy seguro al decir: “abuelo, tienes razón”.


Acta de la Hermandad por la que se nombraba
Hermano Mayor a Rafael Molina «Lagartijo»


Texto publicado en el Boletín oficial de 2025 de la cordobesa Hermandad y Cofradía de Nuestro Padre Jesús Caído, Nuestra Señora del Mayor Dolor en su Soledad y San Juan de la Cruz.

jueves, 4 de julio de 2024

EN ESA CASA NO NACIÓ «MANOLETE»

 Por Antonio Luis Aguilera

Relieve que recuerda la antigua casa donde nació «Manolete»


 

En la madrugada de un día como hoy del año 1917 nació en Córdoba, en el entonces número 2-A de la calle Conde de Torres Cabrera, el inolvidable torero Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete», hijo del matador de toros cordobés del mismo nombre, apellidos y apodo y de la albaceteña Angustias Sánchez Martínez. La fotografía que encabeza el texto corresponde a la placa conmemorativa que fue fijada en la fachada de aquella casa, demolida con el paso del tiempo para construir otra en su lugar, donde fue reutilizada la recordatoria manteniendo la leyenda. Pero desde entonces la lectura conduce a error a  los aficionados y turistas que visitan la ciudad y pasean siguiendo los pasos de la ruta manoletista, pues en la casa actual no nació el grandioso torero, sino en el lugar que ocupa esta. Sin embargo, las distintas corporaciones municipales no han considerado oportuno subsanar esta incorrección, que no habría sido muy costosa para las arcas públicas, porque solo tendrían que modificar «en esta casa» por «en este lugar».  

«Manolete» hijo vivió en cuatro casas de la Córdoba que lo vio crecer y hacerse torero, aunque generalmente los aficionados solo conocen tres. Nació en el número 2A de la calle Conde de Torres Cabrera. De allí la familia se trasladó a la calle Benito Pérez Galdós número 8, junto a la avenida del Gran Capitán, donde el 4 de marzo de 1923 falleció su padre, a los 39 años de edad. Posteriormente la madre fijó su domicilio en la Plaza de La Lagunilla, y en 1943 el torero adquirió el palacete de estilo colonial ubicado en la Avenida de Cervantes —antigua Carrera de la Estación—, que compró a la familia Cruz Conde y fue remodelado por el arquitecto don Carlos Sáez de Santamaría. Este palacete había pertenecido al periodista y escritor don José Ortega y Munilla, padre del filósofo don José Ortega y Gasset, que lo mandó construir en el año 1890.

La albaceteña Angustias Sánchez Martínez, madre de «Manolete», contrajo matrimonio con dos matadores de toros cordobeses. En primeras nupcias lo hizo con Rafael Molina Martínez «Lagartijo Chico», hijo del grandioso banderillero Juan Molina Sánchez —de quien se llegó a afirmar que un capotazo suyo era una lección de geometría—, y sobrino del magistral Rafael Molina Sánchez, el gran «Lagartijo», que fue proclamado «Califa del Toreo» por la ingeniosa hipérbole del famoso crítico aragonés don Mariano de Cavia y Lac. El matrimonio fijó su domicilio en la Plaza de Colón número 30 de Córdoba y de su unión nacieron tres hijos: DoloresAngustias y Rafael Molina Sánchez. Tras el fallecimiento de «Lagartijo Chico», ocurrido  el 8 de abril de 1910, Angustias Sánchez contrajo matrimonio en segundas nupcias con Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete», con quien tuvo cuatro hijos:  ÁngelesTeresaManuel y Soledad Rodríguez Sánchez.


PD.: El amigo y gran documentalista Juan Galán nos envía fotografías de prensa de la casa de Manolete cuando era derruida con esta información: 

"Te adjunto una foto de la casa genuina y de la lápida rota. El relieve del torero es de Rodríguez López, profesor de la Escuela de Bellas Artes, autor de las mascarillas de muerte de Julio Romero de Torres y de Manolete".







 

miércoles, 8 de diciembre de 2021

RECORDANDO A RAFAEL MOLINA SÁNCHEZ “LAGARTIJO”

Por Rafael Sánchez González                                                     

Rafael Molina Lagartijo
                                             

Desde que muy joven me inicié como aficionado a la Fiesta de los toros, sentí gran interés por conocer la enorme riqueza que encierra la historia de la Tauromaquia, y uno de sus personajes que más me cautivaron fue Rafael Molina Sánchez Lagartijo, de quién el pasado día 27 se cumplieron ciento ochenta años de su nacimiento.

Introducirnos en el aluvión de datos que aporta su densa biografía, ni es mi intención ahora ni sabría en este momento por cuál de ellos declinarme, puesto que solo trato dedicar unas líneas en recuerdo de tan inmenso torero.

Lagartijo El Grande

Había en toda su figura tales atractivos, existía tal relación entre la suerte ejecutada, los medios de ejecución y la manera de practicarla, que no quedaba al espectador otro recurso que entregarse ante aquel artista incomparable y batir palmas a la serenidad, valor, aplomo y elegancia, a la maestría en una palabra, de tan incomparable coloso del toreo. El fondo y la forma se daban la mano para hacer de Lagartijo la personificación del torero más perfecto que hasta su retirada se había conocido y uno de los más completos que han existido. Hablar de la historia del Toreo y no citarle en primer término sería imperdonable, porque su señera figura alcanzó relieve de grandeza. La traza y la silueta de su cuerpo, hasta la elegancia de sus movimientos y la armonía de sus acciones en el ruedo, envolvían de plasticidad la lidia. Solo por verle hacer el paseíllo valía la pena pagar la entrada, llegó a decir de él Guerrita. Como también se decía, que componía una obra de arte cada vez que desplegaba su capote. Belleza helénica encarnada y viviente en su toreo. Tras los esbozos artísticos del patilludo diestro madrileño Cayetano Sanz, Lagartijo pasa por ser el torero de mayor arte que hasta entonces, e incluso muchos años después, han conocido los públicos. Lagartijo el Grande le llamaban en su tierra. 

Piconera con burro. Foto: Blog Notas Cordobesas de Paco Muñoz

Porque, Rafael Molina no solo fue grande como torero. En lo personal fue un hombre honrado y bueno; serio, pero ocurrente; altivo con los grandes y colaborador con los humildes. Que les preguntasen a los piconeros cordobeses de los que fue su ángel protector. Aquellos humildes hombres de un gremio muy extendido entonces en la ciudad siempre encontraron amparo en él, desde pagarles los borriquillos con los que portaban sus pesadas cargas, hasta bautizarles los hijos con la sola condición de que se les impusiera el nombre del Arcángel San Rafael. Asimismo, durante los últimos años de su vida mantuvo la costumbre de repartir todos los martes un plato de comida a los pobres que se acercaban a su domicilio. Y esa misma condición de generosa entrega personal la tuvo igualmente hacia sus compañeros. Quien desde su alejamiento de la profesión apenas salió de Córdoba, no dudó en viajar a Madrid para dar su último adiós al único espada que fue capaz de rivalizar firmemente con él durante veintitrés temporadas, Salvador Sánchez Frascuelo, ante cuyo cadáver se postró arrodillado, y sin poder evitar que unas lágrimas rodaran por su rostro exclamó: pobre Salvaór… tanto luchá pa esto.

Salvador Sánchez Frascuelo

Sobre tan extraordinario personaje ¿cómo podría yo resumir siquiera en el breve espacio de un artículo las hazañas de aquel torero excepcional, que comenzó a torear a los once años de edad y se alejó de los ruedos cumplidos ya los cincuenta y dos? Por cierto, enfrentándose en solitario a seis ejemplares de Veragua en la plaza de Villa y Corte. Si acaso, indicar que a lo largo de las veintiocho temporadas que ininterrumpidamente estuvo en activo, es decir, desde el 29 de septiembre de 1865 que recibió la alternativa en Úbeda (Jaén), al primer día de junio de 1893 que por última vez vistió el traje de luces, totalizó 1.632 corridas en las que estoqueó 4.867 toros, cifras de las que 404 y 894, respectivamente, corresponden a Madrid.

Aun cuando he dicho que no intentaría relatar ningún acontecimiento de su vida torera, permítaseme referir un breve suceso, al menos curioso, encontrado entre la documentación que sobre el primer califa tengo recogida.

Festejos en honor del príncipe Federico Guillermo

Funciones de teatro, revistas militares, recepciones y banquetes y hasta una corrida de toros se celebraron en Madrid, en noviembre de 1883, para festejar la visita del príncipe imperial Federico Guillermo, que sería último emperador de Alemania (1888-1918) y rey de Prusia. A tal fin, el domingo 25 de noviembre se organizó una función extraordinaria, que solo vino a engrosar las ganancias de la empresa, indemnizada además de manera oficial con diez mil pesetas, puesto que el ganado lidiado no añadió gloria alguna a la divisa de Veragua y, por lo tanto, aportaron muy poco al lucimiento de Lagartijo, Francisco Arjona Currito y Fernando Gómez Gallo, diestros cabeceros de aquella temporada en el coso matritense, festejo en el que Miguel Almendro, a la sazón banderillero a las órdenes de Fernando, mató en último lugar un sobrero de Eduardo Schelly, tan manso como los ejemplares del señor duque. Baste decir, que, según un revistero de la época, hubo momentos en que los espectadores que ocupaban las localidades altas se entretuvieron tratando de coger al vuelo, como si de moscas se trataran, los jilgueros que sobre sus cabezas revoloteaban.

Sonaron himnos nacionales y hubo brindis para el egregio forastero, que, junto a los reyes de España, Alfonso XII y María Cristina de Absburgo-Lorena, presenciaron el festejo desde el palco real, al que fueron invitados los cuatro espadas junto con un representante de sus respectivas cuadrillas, para saludar a Federico Guillermo, que, muy agradecido expresó su admiración hacia ellos, recibiendo de Lagartijo el estoque con el que había dado muerte a sus dos oponentes, obsequio que recogió manifestando que figuraría entre las espadas de Napoleón III y otros distinguidos militares en una vitrina de palacio, indicándole al conde de Solm que le facilitara los nombres de los cuatro matadores para poderles corresponder con un regalo personalizado.

Lagartijo en la plaza de Madrid

Al despedirse con unas palabras de elogio estrechó la mano a los ocho lidiadores presentes, y entendiendo Currito que les ofrecía su casa, respondió resuelto: en San Bernardo tiene usté la suya, donde quiera que pregunte le darán rasón. La cosa no deja de tener su gracia, pero es que, cuando ya regresaban en jardinera camino de la fonda, según se cuenta, Lagartijo le preguntó a su hermano: ¿tu crees que el hijo del Curro ha entendío al príncipe ese? Juan Molina, que en perspicacia superaba a Rafael, le contestó sorprendido: pero Rafaé, ¿tu va a jasé caso de un endividuo que está más volao que la veleta una torre?

Rafael Molina Sánchez Lagartijo. Un torero que no invadió normas ni borró jurisdicciones, sino que se atuvo a ellas y dentro de ellas fue un consumado maestro y la melodía torera más inspirada y bella vestida de luces. Fue el torero que, sin darse cuenta, promovió el renacimiento de la literatura taurina. Su nombre, escrito con letras de oro, engalana la historia del Toreo y es orgullo y gloria para la tierra que le vio nacer, hace ahora ciento ochenta años. 

miércoles, 16 de junio de 2021

«LAGARTIJO»: APUNTES Y ANÉCDOTAS

 

Lagartijo. Óleo de Antonio Bujalance.

APUNTES:

—El primer Califa del toreo, Rafael Molina Sánchez, nació en el barrio de la Merced de Córdoba el 27 de noviembre de 1841. Era hijo del banderillero Manuel Molina Niño Dios y de María Sánchez, hermana del torilero cordobés Poleo. (Recomendamos por su valor histórico leer el documento “El barrio y la familia de los Poleo, de Rafael Sánchez González). PULSAR PARA VER

—Por la facilidad que de niño tuvo Rafael para trepar por las tapias del matadero de Córdoba, y esquivar con agilidad de lagartija al guarda del mismo (que era el padre de Guerrita), fue inmortalizado con el apodo que pasó a la historia del toreo. Aún así, entre sus familiares, siempre fue conocido como El Chico.

—Durante su niñez Lagartijo fue mozo de nave del Matadero de Córdoba, y fue por su afición a sortear las reses bravas que llegaban para el sacrificio lo que provocó su expulsión del mismo. La revista La Lidia de 27/10/1884 publicó el curioso oficio que la alcaldía de Córdoba dirigió al alcaide del Matadero: «Noticioso de que el mozo de nave Rafael Molina se permite saltar las tapias de los corrales del Matadero para lidiar las reses bravas destinadas al abasto público, infringiendo de este modo los preceptos reglamentarios y burlando las órdenes dictadas con repetición para impedir este abuso, he resuelto prevenir a usted que expulse del establecimiento al referido joven, prohibiéndole su entrada en lo sucesivo y deteniéndolo a disposición de esta alcaldía, si vuelve a saltar el edificio, para imponerle la corrección oportuna. Córdoba, 16 de mayo de 1857. - J. García Lovera».

Antiguo barrio del Matadero en el Campo de la Merced.

Rafael Molina se presentó como banderillero en Córdoba el 8 de septiembre de 1852, con tan solo diez años de edad, en la corrida mixta que con motivo de la Feria de la Fuensanta organizó el Ayuntamiento de la ciudad. Se lidiaron seis toros y dos novillos de don Rafael José Barbero, encargándose de la muerte de los toros José Carmona (el Panadero), que toreaba por primera vez en Córdoba, y Antonio Ortega. Ambos llevaban sus cuadrillas. El cartel anunciaba que para la lidia de los dos novillos eran espadas Antonio Luque y José Sánchez, de catorce años de edad; picadores, Juan de Dios Martínez (a) Riñones, y Rafael Álvarez (a) Onofre, de quince años ambos; y banderilleros Mariano Bejarano, Francisco Quesada, Manuel Fuentes (a) Bocanegra, de catorce años, y Rafael Molina (a) Lagartijo, de once años. Todos los lidiadores vecinos de Córdoba. El día 29 del mismo mes se verificó otra función de novillos de muerte lidiados por los mismos toreros, pero en ese cartel Rafael Molina ya ocupaba el primer puesto entre los banderilleros.

—En 1862 Lagartijo entró a formar parte de las cuadrillas de los hermanos Carmona, Manuel y Antonio. Un año antes ya figuró en la del infortunado José Dámaso Rodríguez Pepete (tío abuelo del histórico Manuel Rodríguez Manolete).

Rafael Molina Lagartijo

—Lagartijo echó su primer paseíllo en la plaza de Madrid el 13 de septiembre de 1863, actuando como banderillero de Antonio Carmona el Gordito. De aquella actuación se hico eco J. Pérez de Guzmán: «...apenas tocaron a banderillas en el segundo toro, se adelantó para realizar esta suerte; una parte del público concurrente al tendido 5, en cuya localidad el Gordito contaba con un inmenso partido, gritó “el quiebro” “el quiebro” y, en efecto Lagartijo echose hacia los tercios y alegrando al toro lo aguantó hasta el momento de meterle la cabeza, en cuyo acto se cambió con tal aplomo, arte y serenidad, metiendo los brazos y resultando un par tan perfectamente puesto y en tan buen sitio, que el público no pudo por menos de admirarse de quien aquello hacia hubiera estado alejado del circo de Madrid hasta aquel día».


—Tomó la alternativa en Úbeda (Jaén), el 29 de septiembre de 1865. Su maestro Antonio Carmona el Gordito le cedió la muerte del toro Carabuco, de la marquesa viuda de Ontiveros. Confirmó en Madrid el 15 de octubre del mismo año. Cayetano Sanz fue el padrino, completando el cartel el Gordito. El toro de la ceremonia atendía por Barrigón y pertenecía al hierro de doña Gala Ortiz, ganadería que lidió tres reses junto a otras tres del hierro de  la viuda de Benjumea. Así rezaba el cartel, que años más tarde copiaría Guerrita: “Espadas: Cayetano Sanz, Antonio Carmona (el Gordito) y Rafael Molina (Lagartijo), que alternará por primera vez en esta plaza, confiando, más bien en la indulgencia del público que en sus propios merecimientos, y procurará desempeñar con el mayor lucimiento, desde esta corrida, las obligaciones que le impone su nueva categoría”.  

Salvador Sánchez Frascuelo

—Lagartijo mantuvo con Frascuelo una competencia que duró veintidós años. La rivalidad comenzó en la feria del Corpus granadina de 1868 y duró hasta que el torero granadino se retiró en el año 1890. Ambos espadas torearon juntos en Madrid los años 1869, 1871 a 1876, 1878, 1880, 1885, 1887 y 1889. Rafael fue contratado veintiún años en esta plaza, y Salvador diecisiete.

—Tras actuar en la feria de abril de Sevilla del año 1884, cansado de la hostilidad del público hispalense, Rafael Molina decidió no volver a hacerlo en la plaza de la Real Maestranza.

—Lagartijo tuvo el triste honor de rematar al toro Peregrino, de la ganadería de don Vicente Martínez, causante de la cornada que dejó inútil para el toreo a Antonio Sánchez el Tato. El hecho ocurrió en la plaza de Madrid el 7 de junio de 1869. Lagartijo y Frascuelo torearon las corridas contratadas por el Tato para aquella temporada y le entregaron los honorarios íntegros. En agradecimiento, el infortunado matador regaló al diestro cordobés el estoque de aquella tarde, que está depositado en el Museo Taurino de Córdoba, con la siguiente dedicatoria grabada en ambas hojas: «Si como dicen los filósofos, la gratitud es atributo de las almas nobles, acepta, querido Lagartijo, este presente y consérvale como sagrado depósito, en gracia a que simboliza el recuerdo de mis glorias y representa a la vez el testigo mudo de mi desgracia. Con él maté el último toro, llamado Peregrino, de don Vicente Martínez, cuarto de la corrida verificada en Madrid el 7 de junio de 1869, en cuyo acto recibí la cogida que me ha producido la amputación de la pierna derecha. Ante los designios de la Providencia, nada puede la voluntad de los hombres. Sólo le resta conformarse a tu afectísimo amigo, Antonio Sánchez Tato».

Lagartijo en la plaza de Madrid

—Rafael Molina toreó su última corrida en la plaza de Madrid el día el 1 de junio de 1893, festividad del Corpus Christi. Debido a la enorme expectación del festejo, las autoridades eclesiásticas accedieron a que la procesión del Santísimo se celebrara por la mañana.

—Durante su vida profesional Lagartijo actuó en 1.632 corridas, de ellas 404 en la plaza de Madrid, y estoqueó 4.867 toros.

Rafael Molina Fue proclamado Califa del toreo por el crítico aragonés don Mariano de Cavia y Lac.

Lagartijo ostentó el cargo de Hermano Mayor, entre los años 1880 a 1890, de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Caído, popularmente conocida como la cofradía de los toreros. Rafael regaló al sagrado titular una túnica de terciopelo morado, bordada en oro. De esta Hermandad, anterior y posteriormente, también fueron Hermanos Mayores los espadas José Dámaso Rodríguez Pepete y Manuel Rodríguez Manolete.     

Busto de Lagartijo en la calle Osario de Córdoba
                                              

Lagartijo falleció en Córdoba el 1 de agosto de 1900, a los 58 años de edad, en su domicilio de la calle Osario, número 10. El funeral se ofició en la iglesia de San Miguel. Ocho días después de la muerte del Califa, abandonaba el toreo para siempre su hermano Juan Molina Sánchez, quien está considerado uno de los mejores peones de brega de todos los tiempos, conocido entre sus familiares como el Bolé, y de quien llegó a decirse que un capotazo suyo era una lección de geometría.  Después de treinta y dos años de toreo activo, y con cuarenta y nueve de edad, dejó que su hija Luisa le cortara la coleta. Después de la retirada de su hermano, tan excepcional banderillero había bregado a las órdenes de Mazzantini, Guerrita y Conejito.

ANÉCDOTAS:

—A nivel personal Rafael Molina destacó por su sencillez y humildad. En cierta ocasión, cuando Frascuelo echaba sapos y culebras contra sus detractores, el cordobés le susurró: «A ti te va a perder la boca»

—Otra vez, a un banderillero que blasfemaba en la puerta de cuadrillas, le dijo, mirándole a los ojos: «Compadre, si nos engancha un toro dentro de media hora ¿sería usted capaz de repetir eso mismo a ese Señor del que ahora está diciendo tantas cosas malas?».

—En otra ocasión, camino de la plaza, Lagartijo comprobó que no llevaba el escapulario de San Rafael. El torero ordenó a los miembros de su cuadrilla que fueran a buscarlo: «Yo no puedo torear si no me acompaña mi paisano».    

Despacho de Lagartijo expuesto en el Museo 
Taurino de Córdoba, antes de ser remodelado.

—Como siempre ocurrió con las rivalidades, el público pretendió enemistar a Lagartijo y Frascuelo, rivales en el ruedo pero entre los que siempre existió una noble y entrañable amistad. Lo prueba la anécdota protagonizada por ambos en Madrid el 13 de julio de 1873, cuando Rafael se encontraba convaleciente de la cornada más grave que sufrió como torero, ocurrida en esta plaza el 22 de junio del mismo año (al entrar a matar muy en corto y despacio al primer toro de Bermúdez, este le suspendió del brazo derecho, ocasionándole en el mismo una penetrante y gravísima herida, de la que no curó completamente hasta el mes de septiembre). El cordobés acudió al coso para presenciar la actuación de Salvador, que cosechó un gran triunfo. Frascuelo le brindó la muerte del toro Cantarillo, al que realizó una gran faena que el público premió lanzando sombreros, puros y hasta una petaca. Rafael, puesto en pie, envolvió su reloj de oro en un pañuelo y se lo arrojó a su compañero.

—En una ocasión preguntaron a Lagartijo en San Sebastián quiénes eran, a su juicio, los mejores matadores. El cordobés contestó: «Primero Salvador; luego, Frascuelo».

—No era menor el afecto de Salvador por Rafael. En otra ocasión un empresario regateaba al granadino la contratación de tres corridas de toros y Frascuelo no bajaba un céntimo de lo pedido. “No sea usted tirano -le dijo el empresario- y tenga en cuenta que Lagartijo me ha rebajado quinientos reales. Frascuelo le respondió: “¿Pero es que torea conmigo Rafael? ¡Entonces ponga usted lo que quiera!”.

Frascuelo

—Tampoco faltaba el buen humor entre ambos toreros. Los hermanos de Rafael y Salvador, Manuel Molina y Paco Sánchez, gozaron de escasa fortuna en el toreo. Frascuelo dijo a Lagartijo: «Los mejores matadores, tú y yo. Los peores, tu hermano y el mío».

—Rafael desplazó a todos los toreros de su época, excepto a Frascuelo, con quien entabló una rivalidad artística que fue bautizada como La edad de Oro del Toreo. Y aunque ciertamente nadie pudo competir con ellos, cuando el señor Fernando el Gallo se sentía inspirado y toreaba como sabía y los duendes le dictaban, el cordobés decía al de Churriana: «Vamos a sentarnos en el estribo a ver torear».

—Cuando falleció la esposa de Lagartijo, los familiares de esta reclamaron al torero los bienes gananciales. Rafael se desplazó a Madrid para consultar al jurista don Manuel Alonso Martínez, amigo y partidario del torero, quien le dijo: “Sí, es duro, pero yo lo he hecho y es legal”. A lo que el torero contestó: «¡De modo y manera, don Manuel, que mi suegro en     el tendido y yo en el redondel, hemos toreado a medias!».

Panteón de Lagartijo. Cementerio Virgen
de la Virgen de la Salud de Córdoba.

—La muerte de Rafael Molina se venía venir en sus últimos meses de vida; ya no caminaba con su habitual garbo, sino ausente. Guerrita la adivinó en una de sus sentencias: «No le digo a usted más que le andan las moscas por la cara y no se las quita. Para mí que el pobre no vive un mes».También el propio torero llegó a intuir su final. Pocos meses antes de su muerte le visitó su pariente Rafael Bejarano Carrasco Torerito, que también se encontraba enfermo de una grave dolencia hepática, y el Califa, presintiendo el inmediato final de ambos, le dijo: «Rafael, prepara las maletas que vamos a hacer un viaje muy largo».

Antonio Carmona el Gordito, maestro de Rafael Molina a quien llevó fijo en su cuadrilla y cedió en ocasiones la muerte de algún toro, sobrevivió a su discípulo. En el entierro del inolvidable torero cordobés, el viejo maestro lloró ante los restos de Lagartijo y llegó a decir noblemente entre lágrimas: «Nunca pude vencerte».

BIBLIOGRAFÍA:      

-“Lagartijo y Frascuelo y su tiempo”. Antonio Peña y Goñi. Espasa-Calpe 1994.

-“Historia Ilustrada de la Tauromaquia”. Fernando Claramunt. Espasa-Calpe 1992.     

 -“Los Toros”. Enciclopedia Taurina. José María de Cossío. Espasa-Calpe.

-“Toreros Cordobeses”.  J. Pérez de Guzmán. Córdoba 1880.

-“Antes y después del Guerra”. F. Bleu. Colección Austral. 1983

-“Paseos por Córdoba”. Teodomiro Ramírez de Arellano. Librería Luque 1976.

-“Dos siglos de Tauromaquia Cordobesa” (Siglos XVIII-XIX). Ayuntamiento de Córdoba.  Museo Municipal Taurino. 1990.

-“Tauromaquia Cordobesa”. José Luis de Córdoba. Everest 1978.

martes, 4 de agosto de 2020

RELACIÓN DE LA DINASTÍA DE LOS GALLO CON VARIOS TOREROS CORDOBESES

Por Rafael Sánchez González 
Joselito y Belmonte
Con motivo de cumplirse el primer centenario de la trágica corrida celebrada en la localidad toledana de Talavera de la Reina, en la que resultó mortalmente herido José Gómez Ortega Joselito, también conocido por Gallito, mucho se está hablando y escribiendo sobre el excepcional torero sevillano, analizándolo desde todas las vertientes que confluyen en él, su biografía, su familia -plagada de artistas del toreo y el flamenco-, la competencia con Juan Belmonte, su tauromaquia y otras facetas personales y profesionales, todas ellas interesantes por tratarse, como digo, de un auténtico mito de la Tauromaquia. Apoyado en dicha efeméride quiero recordar en cuatro episodios  la relación que existió entre la familia taurina de  los Gallo y varios toreros de Córdoba.
Rafael Molina Sánchez Lagartijo
La primera vinculación que encontramos se inició en 1865, cuando el 15 de octubre Rafael Molina Sánchez Lagartijo ratificó en Madrid la ubetense alternativa, que el mes anterior le había concedido quien  venía siendo su maestro y jefe de filas, Antonio Carmona Gordito. Sabido es que hasta entonces muy pocos espadas tenían cuadrilla fija; así, la empresa de Madrid ajustaba por toda la temporada a los picadores y banderilleros, que indistintamente habrían de actuar con los matadores contratados por separado, por lo que bien puede afirmarse que eran pocos los que excepcionalmente, por amistad o paisanaje, llegaban acompañados de algún subalterno de pie o a caballo. En el cartel de aquel festejo aparecen como picadores de  tanda Onofre Álvarez  y Manuel Sacanelles, con otros tres de reserva, “sin que en el caso de inutilizarse los cinco pueda exigirse que salgan otros”; y como banderilleros figuran Benito Garrido Villaviciosa, Juan YustJosé Gómez El Gallo, iniciador del que después sería famosísimo apodo taurino, que le adjudicaron porque al banderillear, en su carrera para ganarle la cara al toro, intercalaba unos peculiares saltitos que, en opinión del público, simulaban un gallo de pelea al clavar sus espolones. Curiosidades al margen, hay que decir que José Gómez fue un sobresaliente banderillero, y aunque más limitado en la brega por sus escasas facultades físicas -como cariñosamente decían los sevillanos: “Joseíto era muy poquita cosa”-, con una suavidad inusual en aquel toreo, que todavía exigía más arrojo que arte, sabía poner  las reses en el lugar indicado por el maestro. Aprovecho esta circunstancia para indicar que en 1887 Lagartijo presentó en la desaparecida plaza madrileña, que él inaugurara trece años atrás,  situada a la derecha de la Puerta de Alcalá (la anterior  que  auspiciara Fernando VI estaba en el lado opuesto), una de las mejores cuadrillas de toreros conocidas hasta hoy: Francisco Parente El Artillero y Manuel Calderón, como varilargueros, y a pie nada menos que Juan Molina, Manuel Martínez Manene, Rafael Rodríguez Mojino, Rafael Bejarano Torerito y Rafael Guerra Guerrita. Los dos últimos alcanzaron el grado de matadores de toros, y muy probablemente lo hubiera logrado con todo merecimiento El Mojino de no cruzarse en su camino el toro Regalón de la ganadería de Udaeta.
José Gómez García el Gallo
En el otoño de 1884 José Gómez no toreó por encontrarse enfermo, y al finalizar la temporada  Lagartijo prescindió de sus servicios, dando entrada en la cuadrilla a su sobrino político Rafael Bejarano Carrasco Torerito. Conociéndose el proceder que como persona caracterizó siempre a Rafael Molina, dicha decisión no se comprendía muy bien y fue criticada por toreros y aficionados que no olvidaban los diecinueve años de fidelidad y eficacia del sevillano, porque, si bien es verdad que el Gallo iniciaba ya el declive de su carrera, debido a una  quebrantada salud que en varias ocasiones le obligó a  tener que tomar un descanso, seguía cumpliendo con solvencia su labor gracias a un  pundonor sin límites, y a ese difícil saber estar bien colocado en el ruedo durante toda la lidia. Pocos meses pudo disfrutar de su forzada pero bien ganada jubilación (en  contadas  ocasiones  salió enrolado entre el personal subalterno de su hermano Fernando), en la madrugada del día 25 de abril, cuando Sevilla viste las mejores galas para vivir su período más florido del año, víctima de una afección cardíaca dejaba de latir el fatigado corazón de José Gómez García, primer eslabón de la muy artística dinastía de los Gallo
Rafael Guerra Bejarano
Guerrita. Foto Montilla
La siguiente conexión que quiero recordar nos acerca a Fernando Gómez García Gallo y a Rafael Guerra Bejarano Guerrita. Ya llevaba este último más de un año alternando sus intervenciones como banderillero en las filas de tres diestros que tenían por nombre Manuel, los cordobeses Fuentes Rodríguez Bocanegra y Molina Sánchez (hermano de Lagartijo) y el gaditano Díaz Jiménez Lavi, cuando Fernando, contratado por D. Rafael Menéndez de la Vega para el segundo abono de la temporada madrileña de 1882, le ofreció a Llaverito, que así se apodaba hasta entonces Rafael,  el puesto que en su cuadrilla dejaba vacante  Diego Prieto Cuatro-dedos, próximo a tomar la alternativa (28/9). Aceptó de inmediato el joven torero de Córdoba, y el domingo 24 de septiembre de dicho año  se presentaba ante la exigente afición de la Villa Corte, cartel en el que junto al Gallo eran espadas José Machío y José Sánchez Cara-ancha, quienes se enfrentaron a  seis bueyes de Anastasio Martín, a los que el popular Buñolero fue dando salida por los toriles, de los que Guerrita y Almendro banderillearon a dúo  brillantemente a los llamados Picudo y Carabuco. El 8 de octubre volvió Rafael al coso madrileño, ratificando la buena impresión causada el día de su debut,  al punto de que en la crónica del festejo se decía en la revista Pan y Toros: “Volvemos a decirlo. Este muchacho, Guerrita se llama, dará guerra”. ¡Y solo le habían visto dos tardes! A medida que sumaba actuaciones la fama de Guerrita crecía como la espuma, y en poco espacio de tiempo se convirtió en un valor añadido para la contratación de El Gallo. Bastaría decir que en no pocos carteles su nombre aparecía con letras de un rango igual o  superior al de los matadores de toros, y hubo veces en las que se resaltaba en ellos que en la cuadrilla de Fernando Gómez Gallo figuraba el afamado Guerrita. Tan rápidos y prodigiosos eran los avances del torero cordobés en su incipiente carrera, que en ocasiones tenía que estoquear algún toro de la corrida atendiendo la mayoritaria petición, a veces con exigencia, de un  entusiasmado público.
Fernando Gómez García el Gallo
Todo se desarrollaba felizmente  entre ambos toreros, hasta que en septiembre de 1885 surgió la ruptura. ¿Cuál fue la causa? Aunque circularon diferentes versiones entre los  aficionados, lo que realmente sucedió fue que Rafael solicitó a Fernando que diera cabida en la cuadrilla al picador Rafael Caballero Matacán y al banderillero Rafael Rodríguez Mojino, amigos suyos desde la infancia, de manera especial el segundo, y si bien en un principio hubo aceptación por parte del espada, este cambió de actitud a última hora haciéndole saber a los citados subalternos que no contaba con ellos para la inmediata corrida a celebrar en Caravaca, añadiendo en su  notificación que “él ponía la gente  que mejor le parecía”. Enterado de ello Guerrita telegrafió desde Córdoba al matador diciéndole, más o menos, que como para la mencionada localidad murciana no contaba con Mojino ni Matacán, él tampoco iba.   
Efectivamente, aquí acabó esta sociedad taurina, y a partir de entonces caminaron ambos por diferentes caminos. Eso sí, dos banderilleros, Fernando Lobo Lobito y Juan Romero Saleri, cogió El Gallo para intentar suplir la eficaz y fructífera etapa que le propició Guerrita,  quien de inmediato vio como se cumplía para él  una soñada aspiración en su trayectoria profesional, ingresar en las filas de su paisano Rafael Molina Lagartijo, oportunidad que le llegó por mediación del excelente aficionado cordobés D. Juan Aguilar, a quien le unía una entrañable amistad con los dos Rafaeles toreros.   
"Los cuatro ases": Rafael el Gallo, Joselito, Machaquito
y Guerrita. (Córdoba, 15/11/1915). Foto Montilla
Sin embargo, dicha ruptura  no significaría un alejamiento entre la familia Gómez Ortega y Rafael Guerra.  En 1895 pisó El Gallo por última vez el ruedo madrileño, para dar la alternativa (última de las seis que apadrinó) a José García Algabeño. El siguiente año, al agravarse la enfermedad cardíaca que venía padeciendo, tras torear doce corridas, en el mes de junio pensó en una retirada definitiva, aún cuando su situación económica  le auguraba un futuro, que ya se presumía corto, no exento de dificultades. ¡Con las veces que repitió a lo largo de su vida eso de “el dinero es pa gastarlo”! Para ayudarle trataron de organizar en su beneficio tres corridas de toros, que tendrían por escenarios las plazas de Sevilla, Madrid y Barcelona, pero al final solo prosperó la que programó Guerrita para el 25 de octubre en la primera de las capitales citadas, lidiándose siete astados de otras tantas ganaderías, uno de ellos marcado con el hierro de Veragua, que, banderilleado magistralmente por Guerrita, fue con el que El Gallo puso punto final a su desigual pero genial a veces carrera taurómaca, encargándose de los seis bichos restante el propio Guerrita, Minuto y Antonio Fuentes. El festejo dejó un beneficio de cincuenta mil pesetas para Fernando, que una vez se vio con el talón de cobro en la mano le dijo al crítico taurino Franquezas: “Ya ve usté, querido Juan, ya soy banquero...”. Retirado en su casa de Gelves dedicado a enseñar a torear a sus hijos -Rafael ya estaba en activo-, falleció cuando comenzaba el día 2 de agoto de 1897. Pero antes de concluir este capítulo resta añadir otro detalle, muy significativo además, sobre la relación Gallo-Guerrita. Postrado en su lecho de muerte, poco antes de morir Fernando, pidió a sus hijas que cogieran papel y pluma y les dictó las siguientes líneas que él firmó luego con letra borrosa y casi ininteligible: “a mi compadre Guerra, Guerrita. En la hora de mi muerte que no deje sin pan a mis hijos. Se lo pide moribundo su compadre, Gallito”. ¡Y vaya que no se olvidó  de ellos! Además, el segundo califa del toreo sería años después un gran admirador de Joselito… Y José lo sabía. Pero esto formaría ya parte de otra historia.
Francisco González de Dios El Patatero
Portada de la revista Sol y Sombra (1904)
La  tercera relación entre  la dinastía de los Gallo  y toreros cordobeses tiene como principales protagonistas a Rafael Gómez Ortega, hijo del referido Fernando, y a Francisco González de Dios Pataterillo. Dos personajes con diferencias muy marcadas en sus respectivas formas de proceder y  entender la vida, pero capaces de crear entre ellos una amistad que alcanzó límites de familiaridad. El talante alegre, dicharachero e indolente ante la adversidad del torero sevillano nacido en Madrid, contrastaba con la seriedad y orientada dirección de cara al futuro de las que hacía gala el de Córdoba. En Rafael todo era tan admitido como incomprensible dentro y fuera de los ruedos, desde la amarga historia de amor que compartió junto a la genial Pastora Imperio, hasta sus famosas espantás enlazadas con faenas de verdadero alboroto en los tendidos. De manera contraria en Francisco todo parecía estar debidamente programado, así, su medido y seguro trabajo en la arena no exento de lucimiento, y la dedicación tomada una vez colgado el traje de alamares. Pero, insisto en ello, los dos con un marcado sentido de la amistad desinteresada.
El torerísimo barrio del Campo de la Merced de Córdoba
Respecto a Pataterillo, -entre sus paisanos siempre fue el Patatero-, horroroso alias que, según me refirió su sobrino Juan Flores González Camará, se debió a que siendo todavía un chaval trabajó en una huerta en terrenos de la Fuensantilla, cuyo dueño le pagaba en productos del campo, generalmente patatas, que  él mismo se encargaba luego de vender por  el  barrio. En la limitada extensión que aconseja este tipo de trabajos,  debo decir que nació el 6 de enero de 1873  en el torerísimo  Campo de la Merced, y era fruto del segundo matrimonio de Manuela de Dios Citrón, esta vez  con Francisco González Rodríguez, por lo que no es de extrañar que con tan arraigados apellidos taurinos estuviese  ligado al frondoso tronco de la tauromaquia cordobesa. Así, de manera directa estaba familiarizado con dos matadores de toros, José Flores González  Camará (por casamiento de una hermana suya, Dolores, con Manuel Flores González, padres del que más tarde y con los mismos apellidos sería apoderado de Manolete), y con Antonio de Dios Moreno Conejito (hijo de Antonio de Dios Citrón).  En el terreno profesional comenzó su andadura formando parte de una Cuadrilla de Niños Sevillanos, y ya era un destacado subalterno cuando creyó que podría alcanzar el grado de matador de alternativa, e incluso llegó a debutar como novillero en Madrid el 28 de octubre de 1900, con escasa fortuna por cierto. En una crónica del festejo leemos: “Pataterillo del alma, no dejes las banderillas… Ni te subas a la parra”. Seguía como excepcional peón de brega, ahora  en las filas de Machaquito, cuando en un nuevo intento con muleta y espada volvió al ruedo madrileño en 1908, pero el negativo resultado de otra grisácea actuación y un gravísimo percance, le convencieron de que sería vestido de plata como seguiría cosechando relevantes éxitos. Buena figura, poderosas facultades, fácil banderillero, de manera especial por el lado izquierdo, e incansable con el capote, le convirtieron en uno de los más sobresalientes de su escalafón. El primero que le dio sitio en su cuadrilla fue José Rodríguez Bebe Chico, que lo presentó ante la entendida afición madrileña el 30 de agosto de 1896, dejando ver desde esa misma fecha su desenvoltura y enormes cualidades ante la cara de las reses. Al siguiente año y ocupando el puesto del infortunado Mojino ingresó en las filas de Guerrita, con quien permaneció hasta la retirada de este en Zaragoza (1899), trabajando después a las órdenes de Algabeño (padre), Conejito, Bombita (Ricardo) y Machaquito, y una vez que este dejó la profesión en 1913, continuó su brillante trayectoria unido a Rafael Gómez Gallo hasta el final de la temporada 1916. El 21 de febrero del siguiente año se cortaba la coleta, dedicándose a partir de entonces a la dirección en Córdoba del Hotel y Restaurante “España y Francia”, propiedad de su esposa Tomasa Arenas, con la que convivió felizmente hasta su fallecimiento el 14 de junio de 1930. Los restos de ambos reposan unidos en el Cementerio de Nuestra Señora de la Salud. Tan radical fue el cambio que Francisco experimentó en sus habituales costumbres, desde que conoció a la que  ya era viuda del marqués de Dávalos, que su gran amigo el picador Bernabé Álvarez Catalino llegó a decir a sus contertulios en la antigua y acreditada “Taberna  Salinas” de calle Tundidores, que tan acertadamente mantiene abierta el amigo Manolo Jiménez: “El Patatero ya no es el mismo. La Tomasa lo ha tranfigurao y ahora gasta pijama y batín, que lo he visto yo”.
Rafael Gómez Ortega el Gallo
El Gallo había toreado las tres corridas de la sevillana Feria de San Miguel de 1916, pintando bastos en las dos primeras y derrochando arte y torería en la tercera  frente a Podenco, de Gamero Cívico, del que le concedieron las dos orejas por unánime petición, superando a un extraordinario Joselito y al voluntarioso Saleri II, que sustituyó en el ciclo a Belmonte. Todo hacía suponer que estas serían las últimas comparecencias de Pataterillo en el dorado albero maestrante, pero aún volvió a actuar en esta plaza el 5 de noviembre, con ocasión de la corrida celebrada a beneficio de la Asociación Sevillana de Caridad, y en la que los dos hermanos Gómez Ortega y Curro Posada se las vieron con ganado de la ducal divisa de Braganza, propiedad ya de D. Antonio Flores. Añadir como dato final, que Rafael sumó 38 corridas en 1916 y un total de 156, en las que estoqueó 313 toros, a lo largo de las tres temporadas que Francisco González formó parte de su cuadrilla, en la que predominantemente tuvo como compañeros a los picadores Salustiano Fernández Chano, Felipe Salsoso y José del Pino, junto a los banderilleros Fernando Gómez Gallito (hermano de Rafael), Manuel Álvarez Pastoret  y Enrique Ortega Cuco (primo y cuñado del espada), con Joaquín Castro en funciones  de puntillero. Por cierto, la última tarde que sus paisanos vieron actuar al Patatero en el coso de Los Tejares  fue el 27 de septiembre del año que nos ocupa, con motivo del festejo organizado por Joselito en favor de la familia del desgraciado diestro Fermín Muñoz Corchaíto. Fue  Patatero un  peón de brega incansable (que se lo preguntaran al Gallo), que lidiaba dando a las reses los capotazos justos, a la vez que excepcional banderillero, sobre todo en los pares de dentro a fuera cuando la situación lo requería.
Antigua plaza de Los Tejares de Córdoba
Ya he apuntado la gran amistad que le unió a Francisco González  con Rafael el Gallo, quien rara era la vez que a su paso en ferrocarril por Córdoba no le avisaba previamente para que se acercara a la estación a saludarle, cuando no era él quien le invitaba a quedarse hospedado en su citado establecimiento. Pero la prueba más evidente de tan estrecha amistad queda sobradamente demostrada con el siguiente suceso, que en más de una ocasión le escuché narrar a Rafael Muñoz El Niño, testigo del mismo y hombre de excepcional memoria, que contaba las cosas como si las estuviera viviendo de nuevo. El asunto fue que Rafael y su hermano José fueron contratados para los tres festejos de la Feria de Mayo cordobesa de 1914, junto con Gaona y Belmonte, que hacía su presentación. El día 26, segunda corrida, se lidiaron toros de Miura con los que el Gallo no llegó a entenderse, de manera especial ante el cuarto, Candelero, con el que se le veía impotente para poderlo matar a pesar de  asestarle pinchazos a destajo. En medio de una gran escandalera, acompañada de la lluvia de toda clase de objetos que caían sobre la arena, al Patatero, temiéndose lo peor, no se le ocurrió otra cosa que pedirle a su amigo California, popular mozo de caballos desde que dejó la vara de picar, que se hiciera con la llave del corral en el que se encontraban los cabestros, cuya salida ordenó minutos después el presidente. El encargado de los toriles era el veterano Juan Rodríguez Bejarano, antiguo picador conocido por Juan de los Gallos (por su afición a ellos), que tan pronto vio que faltaban las llaves se fue derecho a quién intuía era el  responsable, gritándole desde el callejón: “Patatero, por tu madre, ¿dónde has echao las llaves...? ¡Qué me vas a buscá una ruina!”. Entendiendo el presidente que se trataba de una desobediencia, le comunicó con uno de los alguacilillos que estaba multado y procedería a detenerle si no salían los bueyes. Ya habían sido sancionados económicamente dos subalternos, por ahondar la espada o pincharle al animal en los ijares con un estoque escondido entre el capote, y cuando por fin salieron los mansos Candelero ya había muerto acribillado por el Gallo y su gente, por lo que el objetivo de Francisco González se había conseguido. 
Manuel de la Haba Zurito
Así concluía la narración del suceso la revista The Kon Leche (1/6/1914): “El Patatero es preso por la autoridad, y el hombre, que por lo visto siente horror por la cárcel de su pueblo, huye como alma que lleva el diablo, internándose en los corrales seguido por la fuerza pública. El banderillero cordobés escala unas tapias y huye por los tejados saltando a la calle. Son las diez de la noche y todavía corre por el Campo de la Merced un hombre acosado por los guardias. Es el Patatero”. Sin lugar a dudas, no cabe mayor testimonio de  lealtad del  peón para con su jefe de filas.  Además, en su admiración hacía el maestro solía decir: “Rafael es un torero honrao con él mismo. Que hay que correr, ni disimula ni lo niega. Pero cuando dise a toreá, ya os podéis olvidá de los toreros con más arte que habéis podío ver”.      
Como miembro también de la cuadrilla del Divino Calvo habría que citar a uno de los varilargueros más valorados en la historia del toreo. Me refiero a Manuel de Haba Bejarano Zurito, de cuyo fallecimiento acaba de cumplirse el 84 aniversario y del que me ocuparé próximamente, al igual que de Bernabé Álvarez Jiménez Catalino, asimismo lidiador a caballo en  las filas de Joselito, por entender que en base a sus respectivas ejecutorias profesionales son merecedores de capítulos separados, además de por no hacer más extenso este trabajo.  
En el cuarto y último episodio me refiero a dos banderilleros que el menor de los hijos  de Fernando el Gallo y la Señá Gabriela, el coloso Joselito, llevó en sus huestes toreras. Ellos son Francisco González Molina Chiquilín y Manuel Saco de León Cantimplas.
Lagartijo Chico convaleciente de un percance. Chiquilín, segundo por la izquierda,
sentado a la derecha del torero herido. Foto Palomares. Revista Sol y Sombra
El primero es otro de los numerosos toreros nacidos junto a las tapias del viejo Matadero cordobés. Era descendiente directo de la rama de los Poleo por matrimonio de María Sánchez Serrano con el modesto banderillero Rafael Molina de la Vega Niño de Dios, sus abuelos, padres de María Manuela Molina Sánchez, casada con Rafael González Rodríguez El Burranco (vaya contraste de apodos entre suegro y yerno), natural de Villaviciosa de Córdoba, carnicero de profesión y todo un personaje entre sus vecinos, pues, aunque no me consta que vistiera el traje de alamares, según me dijeron sus nietas Carmen y Francisca González Rodríguez en una sabrosa entrevista que a través de Alfonso González Chiquilin mantuve con ellas  en noviembre de 1982, “El Chacho Burranco siempre estuvo enredando alrededor de  los toreros del barrio”. Incluso he llegado a leer y oír que fue administrador de su cuñado Rafael Molina Sánchez  Lagartijo, considerando más bien que en todo caso podría haber sido su consejero en los comienzos del famoso diestro, por cuanto en realidad, tal y  como me indicaron sus citadas nietas, “aunque sabía leer y escribir, apenas dominaba eso de sumar y restar”. Que no era poco -les respondí- en los tiempos que corrían para aquella gente de condición humilde. Aun sin llegar a alcanzar su categoría profesional, dos hermanos de Chiquilín también fueron notables banderilleros: José, en los carteles Josepe o Jusepe, y Manuel, conocido por Recalcao o Recarcao, que de ambas formas se le ve anunciado. Por cierto, resulta curioso el origen de los apodos de Francisco y Manuel. Según contaban viejos aficionados del lugar y me ratificaron las mencionadas Carmen y Francisca, siendo muy niños se perdieron por el barrio, y en su búsqueda la madre llegó a preguntar al municipal de la zona si había visto a dos chavales “uno chiquilin y otro así como más recalcao”. Y como Chiquilin y Recalcao pasaron a la historia del toreo.
Estampa de La Lidia, con motivo de la alternativa
el 16/9/1900 de Machaquito y Lagartijo Chico.
Nacido el 11 de noviembre de 1876 en el lugar conocido entonces por las Cuatro Esquinas (actual cruce de las calles Molinos con Molina Sánchez Lagartijo), según mis datos, en sus comienzos no evidenció Chiquilin muchas pretensiones por intentar llegar a la alternativa, y las veces que intervino como matador se debieron a la cesión de astados por parte de sus jefes, o bien de manera accidental como sucedió el 12 de junio de 1889 en Logroño, donde estaba  anunciada  la pareja de novilleros de moda formada por Machaquito, que reaparecía de la cornada recibida en Bilbao (30/4) y Lagartijo Chico, pero al no encontrarse este  totalmente recuperado del percance sufrido en Córdoba (28/5) fue sustituido a última hora por Chiquilin, que figuraba en el cartel como subalterno, dando muerte a dos ejemplares de Espoz y Mina saliendo decorosamente airoso del improvisado trance. La primera referencia profesional corresponde a su intervención como banderillero, en la novillada celebrada en el desaparecido coso cordobés de Los Tejares el domingo 9 de septiembre de 1894, con ganado colmenareño de D. Luis Moreno. Un festejo en el que los quince lidiadores, es decir matadores, picadores banderilleros y hasta el puntillero residían en el Campo de la Merced,  y a los que con toda seguridad habría que añadir otros participantes secundarios (alguacilillos, monosabios, areneros, matarifes...) igualmente vecinos  suyos. No es de extrañar, por tanto, que se llegara a decir que durante el tiempo en que transcurrían las corridas, con las mujeres rezando en sus casas, no se veía a nadie por las calles del barrio, que quedaba en el más absoluto silencio hasta que finalizadas las mismas recuperaba su alegría, si no se había producido algún percance de gravedad. Puedo asegurar que carteles con la totalidad, o una mayoritaria presencia de toreros mercedarios, se repitieron con bastante frecuencia en aquellos años.  
Manuel Rodríguez Sánchez Manolete,
padre del gran torero de igual nombre.
Empezó a coger puesto fijo con Bebe Chico y Conejito, y cuando Rafael Sánchez Bebe, tras quedar inútil para el toreo al truncar su prometedora carrera el toro Cimbareto, formó y dirigió la cuadrilla de jóvenes cordobeses, comandada por Rafael González Machaquito y Rafael Molina Lagartijo Chico, no dudó en incluir a Chiquilin entre los banderilleros, y con ellos debutó en las plazas de Madrid (8/9/1898) y Sevilla (24/6/1899). Una vez que ambos diestros recibieron el doctorado en el  importante ruedo de la Villa y Corte (16/9/1900), y encauzaron por separado sus respectivos caminos, él continuó ligado a Lagartijo Chico hasta el 4 de octubre de 1908, fecha en la que el hijo de Juan Molina se vistió de luces por última vez, curiosamente junto a Machaquito. El 8 de octubre de 1910  la tuberculosis que venía minando su debilitada salud acabó con la vida del elegante torero, dejando viuda a Angustias Sánchez, que en segundas nupcias con el diestro Manolete serían padres del IV califa del toreo, Manuel Rodríguez Sánchez Manolete. A partir de aquella fecha en la plaza francesa de Nimes, Chiquilin cubrió la temporada de 1909 con varios espadas, y en las cuatro siguientes se le ve bajo la disciplina del citado Manolete, hasta su incorporación en la tropa torera de Joselito, para el que no habían pasado desapercibidas las extraordinarias aptitudes  del subalterno cordobés, convertido ya en uno de los más sobresalientes del escalafón, fruto de su brillantez con los rehiletes, elegancia con el capote cuando las reses lo permitían, y un conocimiento de la lidia fuera de lo común, cualidad esta última por la que el reputado escritor taurino Don Modesto le aplicó la siguiente rima: “Ya lo dijo Chiquilin, los toros de Miura saben la Biblia en latín”. Virtudes profesionales más que sobradas para ingresar en la cuadrilla de quien de forma  generalizada  casi, era el mejor torero de aquellos años, y en la que ya venía figurando Manuel Saco Cantimplas. En Córdoba no daban crédito a la noticia y no por falta de merecimientos precisamente. ¡Dos paisanos en la cuadrilla de Joselito! Su primera actuación fue en Valencia el 9 de marzo de 1914, temporada en la que, retirados en la anterior Bombita y Machaquito, toda la atención taurina se centraba en Joselito y Belmonte, que llegaba de realizar una brillante campaña en México, alcanzando esta rivalidad su momento más álgido. Cada encuentro era una competencia sin tregua en el ruedo y una pasión desmesurada en los tendidos. Con José continuó Chiquilin en 1915. Conservo un folio rayado en el que de su puño y letra se citan fecha y plaza de las 112 corridas toreadas, que comenzaron con un mano a mano entre los dos colosos (Málaga 28/2) y finalizó el 24 de octubre en  Madrid. En 1916 causó baja ocupando su lugar Luis Suárez Magritas, y aunque su disposición, valor y oficio seguían intactos, comprendió que la fortaleza física no daba ya para campañas tan extensas como hasta ahora estaba realizando, debido al padecimiento de estómago que desde hacía tiempo venía soportando (buscaba alivio en numerosas tomas diarias de bicarbonato), y le condujo a la muerte el  19 de octubre de 1918, cuando tan solo contaba cuarenta y dos años de edad. La última tarde que acompañó a Joselito fue la del  28 de septiembre en Madrid, en corrida a beneficio del retirado diestro Cayetano Leal Pepe Hillo. Trabajando  después para Celita y Manolete puso punto final Francisco González a su brillante hoja de servicios en los ruedos, pero pasado el tiempo el nombre artístico de Chiquilín volvería a verse en los carteles. Rafael González Rodríguez, Alfonso González Olmo y Rafael Jiménez González se encargaron de ello sin desmerecer a su antecesor. 
Manuel Saco de León Cantimplas
Referente a Manuel Saco de León Cantimplas, sin que se conozcan antecedentes taurinos en su familia, los adquirió al contraer matrimonio con María Rafaela Rodríguez Sánchez, apellidos que hablan por sí mismos si digo que fue bautizada en la parroquia de Santa Marina de Aguas Santas (y torerísimas, como solía añadir el escritor José María Gaona Tio Caniyitas), a la que pertenecía la casi totalidad de la collación del Campo de la Merced. Por citar algún parentesco diré que era hermana de los matadores de toros Bebe Chico y Manolete, con todo lo demás que a nivel taurómaco les rodea.  
Del matrimonio formado por Manuel Saco Sánchez y Ángela de León Lucena nació Manuel en Córdoba el día 19 de junio de 1878. Ya trabajaba en el vecino almacén de cereales y aceitunas de Benito Delgado, cuando acompañaba a otros jóvenes  en sus aventuras taurinas por pueblos de la provincia, y en 1895 actuaba como banderillero en aquellas novilladas que tenían por escenario la histórica plaza de Los Tejares, en las que, como quedó apuntado anteriormente, todos los lidiadores procedían del varias veces citado barrio del Matadero. La primera vez que veo su nombre en una crónica hace referencia a la celebrada el domingo 8 de septiembre, sustituyendo al anunciado Francisco González Chiquilin. El año siguiente ya lo hacía en calidad de matador y como tal se presentó en Madrid el 29 de julio de 1900, vestido de tabaco y oro, para enfrentarse a seis ejemplares de D. Eduardo Ibarra en compañía de los alcalareños Manuel García Revertito y Antonio Olmedo Valentin, estando muy por encima de las posibilidades que le ofrecieron Alabadito y Tabernero, que fue condenado a fuego. A pesar de esta buena impresión en tan importante ruedo, al terminar aquel año ya figuraba como banderillero entre el personal de la pareja de novilleros Machaquito y Lagartijo Chico, continuando al lado de este último una vez que el binomio taurino quedó roto al tomar ambos la alternativa. Cuando el hijo de Juan Molina, que en más de una ocasión le cedió la muerte de algún toro, actuó en Nimes el 4 de octubre de 1908, la tuberculosis ya le tenía  herido de muerte y no volvería a vestirse de luces. Cantimplas trabajó después sin cuadrilla fija, prodigándose más con su cuñado Manolete hasta que Machquito, que conocía bien sus cualidades profesionales, lo llevó con él desde la temporada 1911 hasta su retirada en Madrid (16/10/1913), la tarde que doctoró a Juan Belmonte
Machaquito otorga la alternativa a Belmonte
Fue entonces cuando Joselito comenzó a renovar su cuadrilla, dando entrada en ella a Enrique Belenguer Blanquet para bregar con maestría los astados que sacaban aspereza, y Cantimplas para dejarlos en suerte corriéndolos a una mano con su capote de seda. Según escribe el escritor Gustavo del Barco en el prólogo de su obra Joselito El Gallo, con estas dos incorporaciones “se simplificó el número de capotazos, se molestó menos a las reses, se suprimieron casi por completo los tirones bruscos y rápidos y se llevó a los cornúpetas a los caballos tirando de ellos por delante”. La nómina de subalternos de a pie la completaría Enrique Ortega El Almendro, primo de Joselito. Como ha quedado apuntado, en 1915 se incorporó Francisco González Chiquilin, llegando después nuevas incorporaciones hasta reunir la que sin duda era entonces la mejor formación de toreros, como correspondía a un diestro que rebasaba el centenar de actuaciones por temporada. Después de la tragedia de Talavera,  Cantimplas finalizó la campaña de 1920 trabajando para el Gallo y Sánchez Mejías, hermano y cuñado de José respectivamente, y en 1921 acompañó al diestro José Gómez Joseíto de Málaga, pero ya acusaba la huella de su dolencia pulmonar, que se agravó y fue la causa determinante de  su fallecimiento, a raíz de una monumental mojada que le cayó encima y empapó todas las ropas y enseres, cuando estaba  dedicado a la caza del pájaro, su afición favorita. En una de las últimas visitas que le hizo el médico que le atendía, D. Vicente Orti, le dijo: Ya ve usté, don Vicente, con más de dos mil toros a mis espaldas, y va a ser una dichosa pulmonía la que me lleve palante”. Además, se daba la penosa circunstancia de que su posición económica era lamentable, a pesar de lo mucho que había toreado. El sustento de una familia numerosa y su generosidad para con los demás eran motivos suficientes para justificar dicha situación. Decían que al finalizar cada temporada regalaba ropa de torear, capotes y demás útiles profesionales a los jóvenes novilleros que se lo solicitaban, por lo que cada comienzo de la siguiente tenía que jatearse de nuevo. 
Manolete y su primo hermano Rafael Saco El Pelu
El domingo 12 de febrero de 1922 se celebró en Córdoba un festejo en favor de las víctimas del accidente ferroviario de Los Pradillos, al término del cual los espadas actuantes pasaron por el domicilio de Cantimplas para interesarse por su salud, y ante el panorama que de cara a su futuro observaron se comprometieron a torear un festival en su beneficio, que se llevó a efecto siete días después, en el que con reses cedidas por tres ganaderos de la tierra fueron cabeceras del cartel Camará, Varelito, Granero, Maera, Nacional II y Rafael Saco El Pelu, hijo del  interesado, que contaba diecisiete años de edad y apuntaba buenas maneras para el toreo. Otros tres vástagos también siguieron la senda taurina del padre con los apodos de Niño Dios (José), Fernandi (Fernando) y Toto (Antonio), en tanto que su hija Carmen contrajo matrimonio con el novillero Rafael Sánchez Camará II, padres de seis hijos apellidados Sánchez Saco, igualmente toreros y primos a su vez de los Saco Bejarano y Saco Córdoba. ¿Será por descendencia taurina? Manuel Saco de León Cantimplas, al que la afición barcelonesa llegó a denominar el torero de acero, dejó de existir en su ciudad natal el 18 de marzo de 1922. Maldades del destino, dos de los citados diestros que intervinieron en el mencionado festival benéfico, cayeron mortalmente heridos transcurridos tan solo treinta y sesenta días de su muerte. Me refiero a  Manuel Varé Varelito (Sevilla, 21 de abril) y Manuel Granero (Madrid, 22 de mayo). 
En resumen, cinco toreros cordobeses que escribieron sus nombres con letras de oro en la historia de la Tauromaquia y guardaron una vinculación directa con la famosa dinastía de los Gallo, por lo que considero eran merecedores de ser recordados al cumplirse el centenario de la desaparición de José Gómez Ortega Joselito, conocido también por Gallito.