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sábado, 7 de julio de 2018

GUERRITA: "NO ME VOY, ME ECHAN"


Rafael Guerra. Foto Montilla
        La despedida de los ruedos de Guerrita tuvo lugar el 15 de octubre de 1899 en la plaza de Zaragoza. Como hemos podido observar en textos anteriores publicados sobre el II Califa, el torero pronunció con tristeza la frase que encabeza esta entrada, que pretende dar a conocer la explicación del propio espada sobre su retirada, y ofrecer también una crónica de ambiente, con un extraordinario testimonio sobre el hostigamiento que hubo de sufrir el diestro por parte del público de Madrid -parece ser que no hay nada nuevo bajo el sol-, narrado por una de las plumas más brillantes de la literatura taurina, la del gran escritor donostiarra don Antonio Peña y Goñi.
     Según reza el dicho popular, el tiempo termina poniendo a cada uno en su sitio. Juzguen ustedes mismos.
                                                                 
                                                                      Antonio Luis Aguilera
   


          GUERRITA OPINA SOBRE SU RETIRADA



Declaraciones del matador de toros Rafael Guerra Bejarano, en su club de la cordobesa calle de Gondomar, al escritor montillano don José María CarreteroEl Caballero Audaz”, para  su obra “El Libro de los Toreros” (Ediciones Caballero Audaz. Madrid 1947).
"—¿Por qué se retiró usted en pleno triunfo, lleno de facultades, cuando era indiscutiblemente el máximo prestigio de la tauromaquia.
Es que conmigo pasaba una cosa rara. Como la gente creía que yo era “el amo del toreo”, resultaba que de todo lo que pasaba en las plazas me hacían responsable a mí. Hasta cuando los toros eran mansos o defectuosos, Guerrita tenía la culpa y la tomaban conmigo... La cosa llegó a su colmo en la corrida del 16 de abril de 1899, en Madrid, en que Reverte y yo teníamos que matar seis toros de Cámara. ¡Fue una mala sombra! Salieron muy mansos y la corrida era un continuo escándalo. El público, como si yo fuera el ganadero, se metía conmigo de una manera desaforada... El quinto toro era un marrajo asesino que llegó a la muleta defendiéndose, buscando el bulto. Yo lo trasteé para sacarlo de las tablas. Con aquel buey era imposible dar pases de lucimiento y de adorno. Pero el público no quiso entenderlo así y me empezó a tirar naranjas y almohadillas en medio de una bronca infernal. Me atinaron con un tremendo naranjazo en la espalda y lo injusto de la agresión me descompuso... Tardé en matar y me dieron un aviso. Aquel día tomé la resolución de no torear más en la corte y empecé a acariciar la idea de retirarme de los toros cuando cumpliera mis compromisos de aquella temporada. Porque yo pensé que el tomarla conmigo obedecía a que al público le cansa tener que aplaudir siempre al mismo artista... A la gente le gusta encumbrar un torero y poderlo hundir cuando quiera, apenas le llame la atención otra novedad. Pero conmigo no les valía... Desde que tomé la alternativa no hicieron más que ponerme toreros enfrente e imaginar competencias... Con Lagartijo, al que yo quería y respetaba como a un maestro; con Mazzantini, con el Espartero, con Reverte, con Fuentes, con el Algabeño, con Emilio Bomba... Pero tuve suerte y amor propio y me mantuve siempre en mi puesto".

Litografía y autógrafo de Guerrita


    GUERRITA Y LA AFICIÓN DE MADRID
           
           El prestigioso escritor don Antonio Peña y Goñi, crítico taurino y musical, finaliza su libro "Guerrita", publicado en 1894, cinco años antes de la retirada del torero cordobés, con este importante testimonio sobre la relación de una parte de la afición de Madrid con el gran torero cordobés.            
             "...Voy a insistir ahora sobre la situación que hoy ocupa Guerrita en la plaza de Madrid, sobre el instinto suicida que se ha apoderado de ciertos aficionados, algunos de ellos muy respetables, sin duda alguna, e insignificantes otros, que acumulan todo linaje de odios sobre la cabeza de Rafael, y ya que no pueden echarlo de la corte como buen torero, pretenden arrojarlo calumniándolo como mal hombre.                               —Oigo un siseo entre millares de aplausos y me hace saltar— solía decir Gayarre a quien el público del regio coliseo trajo siempre en palmitas, porque era el único sostén de la ópera italiana en Madrid y comunicó nueva vida al Teatro Real.
              No un siseo, sino cien silbidos, escucha aquí Guerrita en cuanto se descuida lo más mínimo como torero, o la prensa de provincias le cuelga cualquier odioso sambenito personal; silbidos que son inevitables, que mortifican el amor propio del diestro y el pundonor del hombre y echan a perder la ovación más halagüeña. 
           ¿Es sostenible esa situación cuando un lidiador que se halla solo, sin rival alguno que pueda hacerle la menor sombra, dueño de un caudal cuantioso y teniendo para torear, en provincias y en el extranjero, cuantas corridas se le antojan, se ve mortificado incesantemente por una minoría que acecha siempre el momento de meterle mano, que no reconoce en el diestro mérito alguno, que va a la plaza de toros con el único y exclusivo objeto de chillarle y dispuesta a perseguirlo a todas horas con un odio incalificable y tenaz?
            ¿Qué se proponen con eso? ¿A qué fin obedece el insensato prurito de apagar la única luz que alumbra al toreo moderno y mantiene viva la afición? Averígüelo quien quiera, que no he de ser yo quien se lance a investigar las causas de lo absurdo.


            Allá se las hayan esos señores; pero sepan que, de todas suertes, ya consigan su singular deseo o dejen de alcanzarlo, la verdad acaba por triunfar siempre, y triunfará a despecho de cuanto se obstinan en cerrarle el paso.
            ¿Quiénes se equivocan aquí? ¿Yo, y conmigo millones de españoles que participan de mi opinión, o los que zahieren en Guerrita al hombre, atribuyéndole defectos que no han podido hallar en el torero?
            ¿Quiénes se equivocan? ¿Los que, como el autor de este libro, se expresan quizá con sobrada violencia en ocasiones, pero sinceramente siempre, no pertenecen a bandería alguna ni mantienen con Rafael Guerra relaciones de amistad, o los que, obcecados por rutinarias preocupaciones o guiados por sistemáticos odios se empeñan en desconocer el mérito del diestro y lo persiguen con inacabable rencor?
            La contestación no es dudosa, y el tiempo la sancionará.

 
Guerrita. Julio Romero de Torres
      Guerrita, entre tanto, proseguirá su carrera aplaudido en todas partes y despertando la gratitud y la admiración de toda España.
        ¿Adelantará? Lo dudo; es joven, se halla en la plenitud de sus facultades, y, sin embargo, es opinión general que toreará poco y se retirará temprano a disfrutar del cuantioso caudal que ha ganado honradísimamente, venciendo las grandes dificultades que sus enemigos le han opuesto, prodigándose siempre, dando lo suyo, sin reservarse jamás.
 
          Si sigue toreando mucho, podrá tal vez depurar su estilo en algunos detalles; pero el distintivo de su individualidad, el sello especial de su toreo será siempre el mismo; y nada ni nadie habrá que aumente ni cercene la gloria que rodea a Guerrita, ni pueda oscurecer el nombre, grande entre los grandes, con que pasará a la historia del arte de torear".



jueves, 21 de junio de 2018

ANTES Y DESPUÉS DEL GUERRA

 Por Antonio Luis Aguilera
Rafael Guerra Bejarano. Foto Montilla
Caía la tarde del 11 de junio de 1899, cuando en la fonda de doña Gregoria Echezarreta, cuartel general de Rafael Guerra Bejarano y su cuadrilla en los desplazamientos a la Villa y Corte, al quitarse el traje de luces que lució por última vez en la capital de España, harto de la hostilidad del público, le dijo a su amigo José Bilbao: “Pepe, no toreo más en Madrid ni para beneficio del lucero del alba“. Era el anuncio de la retirada del torero más poderoso de su época, que durante su carrera había participado en doce corridas benéficas, siete de ellas en Madrid. La despedida tuvo lugar el 15 de octubre de ese año en Zaragoza, plaza donde el II Califa del toreo, vestido de gris plomo y oro, puso final a su impresionante paso por los ruedos estoqueando al toro Limón, colorado ojo de perdiz, de la ganadería de don Raimundo y don Jorge Díaz. “No me voy, me echan", dijo con amargura a los suyos. Al conocer la noticia el historiador don Luis Carmena y Millán, envió al domicilio del torero en Córdoba el siguiente telegrama: "Mi enhorabuena y un abrazo; felicite a Dolores. Hoy empieza el reinado de los maletas. L.C”.  


Guerrita y Judío, de Miura. Sevilla, 16/4/1895. Foto Montilla


Lejos quedaba el 8 de septiembre de 1876, cuando contando trece años de edad Guerrita debutó en Andújar (Jaén), integrado en la Cuadrilla Juvenil Cordobesa fundada por Francisco Rodríguez Caniqui, comienzos en los que llegó a anunciarse como El Airoso y Llaverito. Su extraordinaria torería pronto le facilitó la contratación como banderillero en las cuadrillas de Manuel Díaz Lavi, Manuel Molina, Valentín Martín, Manuel Fuentes Bocanegra, Fernando Gómez el Gallo y Rafael Molina Lagartijo, su paisano y maestro, que finalmente le otorgó la alternativa. Estos fueron los inicios profesionales de uno de los espadas más grandiosos de la historia, de un coloso que, por saber, hasta supo irse a tiempo, en pleno esplendor, ejerciendo de rey del toreo, sin que nada le quedara por demostrar ante los toros. Precisamente fue ese inmenso magisterio, del que con legítimo orgullo presumió toda su vida, lo que no le perdonó el público de su tiempo, el “respetable”, al que ayer como hoy parece cansar la regularidad en el triunfo de las auténticas figuras del toreo.       

 Guerrita, entrando a matar

Pocos años antes de su muerte, Guerrita fue entrevistado por don José María Carretero, revistero cordobés nacido en Montilla, para El Libro de los Toreros (Ediciones Caballero Audaz. Madrid, 1947), al que declaró:  
“... Como la gente creía que yo era el amo del toreo, resultaba que de todo lo que pasaba en las plazas me hacían responsable a mí... Yo pensé que el tomarla conmigo obedecía a que al público le cansa tener que aplaudir siempre al mismo artista... A la gente le gusta encumbrar un torero y poderlo hundir cuando quiera, apenas le llame la atención otra novedad. Pero conmigo no les valía... Desde que tomé la alternativa no hicieron más que ponerme toreros enfrente e imaginar competencias... Con Lagartijo, al que yo quería y respetaba como a un maestro; con Mazzantini, con el Espartero, con Reverte, con Fuentes, con el Algabeño, con Emilio Bomba... Pero tuve suerte y amor propio y me mantuve siempre en mi puesto”.                          

Guerrita, en su club de la calle Gondomar. Foto Montilla
Rafael Guerra
Guerrita, último rey del toreo del siglo XIX, actuó como espada de alternativa durante trece años, sumando 892 corridas, 21 de ellas como único espada, estoqueando 2.339 toros y sufriendo 15 percances de consideración. Pero su figura no ha sido comprendida por quienes la analizan superficialmente, recreándose en anécdotas y sentencias, sin entender lo que verdaderamente representó en el toreo de su época y en el de nuestro tiempo. La Tauromaquia redactada bajo su dirección técnica, publicada en 1896 por Leopoldo Vázquez, Luis Gandullo y Leopoldo López de Sáa, revela que si hubo un diestro que intuyó el toreo del siglo XX, con otro toro que habría de tener mayor fijeza y bravura, ese fue el Guerra, al que tampoco comprendieron cuando sentenció: “Después de mí, naide, y después de naide, Fuentes. Bien sabía el cordobés que el trono que dejaba vacante no tenía sucesor. No se equivocó, porque nadie lo ocuparía hasta tres lustros después, cuando Joselito, abrazando los preceptos de su Tauromaquia, la pusiera en valor para toda la torería andante.  
                                 
Los cuatro ases. Foto Montilla
No entendieron la historia quienes atribuyen a Juan Belmonte la paternidad del toreo moderno, porque en la instauración y desarrollo de ese toreo resultaron determinantes Guerrita y Joselito, a quienes con escaso rigor analítico algunos otorgan en el reparto un guión de actores secundarios. Mienten quienes afirman que Rafael Guerra y Gallito fueron poco más que dos lidiadores de inmenso poder que esquivaban con magistral destreza las embestidas. Fueron el faro que iluminó la oscuridad, para que un trianero genial pudiera acortar las distancias y manifestar un temple excepcional, que cambiaría el rumbo del toreo hacia una lidia más sosegada, de superior rango artístico, donde el juego de los brazos dominaría las embestidas destronando el protagonismo de las piernas. Porque para que Juan Belmonte pudiera ceñir el toreo, y pararse con los toros para interpretar la verónica tan magistralmente, fue necesario que Guerrita cambiara los preceptos de la antigua verónica, donde el diestro citaba de frente y levantando los brazos despedía la embestida, enseñando que con el cite de costado el torero juega indistintamente ambos miembros y articula el lance. Entonces le llamaron ventajista, pero gracias a esa “ventaja” el lance de la verónica recibió tratamiento de alteza en las manos de Belmonte y otros extraordinarios intérpretes como Chicuelo, Curro Puya, Cagancho, Rafael de Paula, Finito de Córdoba, Morante de la Puebla...   

          
 Joselito deja la muleta en la cara
Mas la Tauromaquia del Guerra no termina en el primer tercio de la lidia, sino que contempla la ligazón de los pases en el toreo de muleta, al preceptuar  el diestro que el pase regular (natural) se instrumentará estirando el brazo hacia atrás, describiendo con los vuelos de la muleta un cuarto de círculo, y no se rematará necesariamente con el de pecho, sino que se repetirá tantas veces como sea posible. Y Gallito aplicó esta técnica en su modelo de faena, toreando al natural sin despedir al toro en línea recta, dejándole colocada la muleta al final del pase para invitarlo a ir hacia atrás y repetir la suerte por los terrenos de adentro. Fueron los primeros capítulos de un toreo nuevo, carente aún del reposo y perfeccionamiento que alcanzaría después, pero de una dimensión histórica definitiva, porque se trataba de la técnica que iba a permitir el toreo actual. 

 Joselito, considerado por Guerrita un prodigio de torero
Guerrita fue un espada colosal que, como Joselito, vivió por y para el toreo. Fue tan portentoso que algunos historiadores, por largo y dominador de todas las suertes, consideran al II Califa de Córdoba como el torero más completo de la historia. Pepe Alameda, en su indispensable obra “Historia verdadera de la evolución del toreo” (Bibliófilos Taurinos. México D.F. 1985), enseñó que para comprender la historia del toreo es necesario hablar de antes y después del Guerra, por tratarse de la figura que establece la frontera entre el toreo de Lagartijo y Frascuelo, que en Guerrita alcanza la más alta cota de perfección, y el preceptuado en su Tauromaquia, que interpretado solidariamente por Joselito y Belmonte, y recreado artísticamente por la maravillosa ligazón de los pases de Manuel Jiménez Chicuelo, implanta definitivamente la regularidad de Manuel Rodríguez Manolete, con su valerosa forma de obligar a los toros, para que llegue hasta nuestros días. He aquí la historia de un nuevo modo de torear, el sistema que liga los pases en redondo, que no puede explicarse sin la profunda huella de Córdoba y Sevilla, ciudades determinantes en el curso del toreo. O sin Sevilla y Córdoba, las dos bañadas por el Guadalquivir, al-wadi al-Kabir, “el río grande”, cuyas riberas tanto saben de toros.





          

viernes, 1 de junio de 2018

EL CALIFATO TAURINO


Por Antonio Luis Aguilera
El Cordobés, V Califa del toreo
       Cuando en 2002, el Ayuntamiento de Córdoba proclamó solemnemente “V Califa del Toreo” a Manuel BenítezEl Cordobés”, atendiendo la propuesta de más de doscientas asociaciones, Diputación, y Ayuntamientos de la provincia, algunos aficionados abrieron la caja de los truenos, que en la ciudad de la Mezquita siempre ha sido la tradición del Califato Taurino. No hubiera podido imaginar el ilustre periodista aragonés don Mariano de Cavia y Lac, la trascendencia que el tiempo otorgaría a su ingeniosa hipérbole en la barojiana ciudad de los discretos. El escritor zaragozano, modelo y maestro de periodistas, por haber convertido el artículo periodístico en género literario, trató con éxito la tauromaquia bajo el seudónimo de “Sobaquillo”, y fue seguidor de Rafael MolinaLagartijo”, al que proclamó “Califa“ del toreo. De un plumazo, sin más pretensión que utilizar una figura retórica, para engrandecer la opinión del torero que admiraba, “instauraba" en la imaginación popular esa especie de “estado taurino”, al que la tradición iría tejiendo una enigmática ley sucesoria, que algunos dicen conocer pero pocos explicar, en cuyos alambicados códices prevalecen dos que se consideran incuestionables: ser matador de toros cordobés y haber mandado en el toreo de su tiempo.
Don Mariano de Cavia y Lac

La afición de mediados del siglo XIX había llamado al toreo el “arte de Cúchares”, en honor a las innovaciones que trajo al toreo de muleta Francisco Arjona Herrera, que sin ser capitán general en su tiempo, graduación que habría correspondido a Francisco MontesPaquiro”, al que llamaron “el Napoleón de los toreros”, porque tuvo mucho que ver en la transformación de la lidia. Catorce años después del  fallecimiento del torero de Chiclana, recibe la alternativa Rafael Molina Lagartijo”, que pronto se convertiría en el ídolo de la afición, especialmente de la madrileña, por su elegancia natural, la destreza con que ejecutaba todas las suertes, su valor sereno y la hermosa belleza de su toreo. Quién iba a pensar entre las humildes y toreras gentes del Campo de la Merced, que el apodo con que motejaron en el barrio la agilidad del hijo del discreto banderillero “Niño Dios”, por su destreza para trepar las tapias del matadero y llegar a las reses destinadas al abasto, terminaría siendo el apodo de uno de los espadas más grandes de la historia del toreo. Desde su doctorado hasta la retirada en 1893, destacaron los veintitrés años de noble competencia que mantuvo con el granadino Salvador SánchezFrascuelo” –dicen que la rivalidad era imposible, por la distancia artística que les separaba y la entrañable amistad que les unía-, que pasaron a los anales de la Tauromaquia como la “edad de oro del toreo”, expresión reutilizada en el siglo XX para rotular de igual forma la época de “Gallito” y Belmonte.

Rafael Molina "Lagartijo"
Al inolvidable “Lagartijo” le sucede en el trono del toreo su discípulo y paisano Rafael Guerra Bejarano, que tras destacar con brillantez como banderillero, recibe la alternativa en 1887, de manos de su maestro, ante la afición madrileña. Desde entonces hasta su retirada en la feria del Pilar de 1899, la hegemonía de “Guerrita” es incontestable. El hijo del conserje del matadero domina con tal precisión todas las suertes, que su presencia en los ruedos eclipsa cuanto ocurre en el panorama taurino. Cómo sería de poderoso, que a pesar de los años transcurridos, una importante corriente de opinión considera  que posiblemente haya sido el torero más completo de todos los tiempos. Precisamente esto, sumado al fuerte carácter del diestro, fue erosionando su condición de primerísima figura y le hizo perder apoyo popular. “No me voy, me echan”, dijo con amargura al quitarse en Zaragoza por última vez el traje de luces. Retirado de los ruedos, "Guerrita" fue considerado una autoridad taurina, y presumió de genio y figura. Una vez le preguntaron: “Rafael, ¿siente usted haber dejado los toros?, y él contestó con legítimo orgullo: “¿Quién, yo...? ¡Eso, ustedes!”. Qué razón llevaba quien fue considerado maestro de maestros, pues el trono que dejaba no tenía sucesor. La afición, y no solo la de Córdoba, siempre lo consideró II Califa.  

Rafael Guerra "Guerrita"
Comenzaba el siglo XX sin dueño en el toreo. Guerrita había sentenciado: “Después de mí, naide, y después de naide, Fuentes”. Llegaba la generación de los “naides”, que sin embargo iba a llenar de contenido el interregno taurino, ese espacio de tiempo que el toreo estuvo sin soberano. Desde 1899 a 1912, Antonio Fuentes, primero, y después Ricardo TorresBombita”, Vicente Pastor, Rafael GonzálezMachaquito” y Rafaelel Gallo”, protagonizan un tiempo donde destaca la dureza del toro, aunque los ganaderos ya habían escuchado las recomendaciones de “Guerrita”, que les hizo saber que para el toreo de mayor quietud que anhelaba el público, se necesitaba un toro de mejores hechuras, que “entrara” en la muleta, que fuera más bravo y tuviera mayor fijeza. En el interregno, “Machaquito” se anuncia como figura destacada en todas las ferias, y comparte los mejores carteles, mas en Córdoba se dividieron las opiniones sobre su inclusión en el figurado Califato, por no haber mandado en solitario en el toreo de su tiempo, aunque nadie cuestionó que el honrado y valiente espada de la calle Adarve, fue una figura indiscutible del toreo en la primera década del siglo XX, en la que destacó como formidable estoqueador. 

Rafael González "Machaquito"
Machaquito” se retira cuando alborea la segunda “edad de oro”, precisamente el 16 de octubre de 1913,  en una desastrosa corrida celebrada en Madrid, con enorme escándalo e invasión del ruedo por la afición, en la que otorga la alternativa  a Juan Belmonte. Va a comenzar una época diferente, que marcará los principios de un toreo de mayor quietud y acento artístico, la de José y Juan, inseparables en la historia, por mucho que algunos se empeñen en lo contrario. Belmonte, por gozar de más y mejor literatura, es considerado por sus partidarios el padre del toreo moderno, mientras “Gallito”, que no tiene quien le escriba, es relegado a un segundo plano, siendo etiquetado como torero poderoso y completo, en quien culmina en su máxima expresión el toreo antiguo. Pero este juicio falta a la verdad, porque ni Juan, que fue de los toreros que realizaron las faenas más cortas de muleta, puede ser considerado el padre de las larguísimas de hoy, ni José, que con su prodigiosa técnica colocó la primera piedra del toreo ligado en redondo, puede ser despachado como torero antiguo y poderoso. Lo trascendental es que “Gallito”, dejando la muleta en la cara del toro al torear al natural, revela la ligazón de los pases en redondo, mientras que Belmonte acorta las distancias y ciñe el toreo, destacando por su temple y ligazón en el lance a la verónica, pero su planteamiento con la muleta no difiere en absoluto del toreo anterior, donde el diestro se sitúa por dentro, de espaldas a tablas, y el toro por fuera, y en esa posición instrumenta un natural ligado al de pecho. En definitiva, José y Juan son inseparables en la historia del toreo, comparten una época de profundos cambios, y resulta absurdo que algunos pretendan atribuir la exclusiva del toreo actual al espada de Triana. Como afirmaba Pepe Alameda, la historia no establece dogmas, los establecen quienes la escriben.
       
Joselito y Belmonte
         La evolución del toreo moderno comienza con estos dos genios, pero en ella es determinante la figura de otro grandioso torero sevillano, Manuel JiménezChicuelo”, el tercer genio de esta apasionante historia, al que algunos pretendieron ignorar, cuando es él precisamente quien otorga continuidad a la obra de “Gallito” y crea la faena moderna. "Chicuelo" resuelve  la ligazón de los pases con un giro de talones, para intercambiar los terrenos del toro y los del torero y engarzar los muletazos. Además, suaviza las formas y con su arte dota al toreo de una belleza desconocida. Su influencia en el toreo mexicano resultó determinante, pues la rotundidad de su escuela llega antes al otro lado del océano, y de su fuente bebieron el gran Armillita, y los demás diestros aztecas. 
Manuel Jiménez "Chicuelo"
En España obtiene éxitos trascendentales,  aunque su obra adolece de la continuidad necesaria para consolidarse como nuevo modo de torear. La historia reserva ese puesto a “Manolete”, su ahijado de alternativa, que retoma la tauromaquia del maestro, y da al toreo otro giro de tuerca. Así, mientras algunos hablan del toreo de dominio, y hallan eco al enunciar como normas clásicas el “parar, templar y mandar”, el diestro de Córdoba habla en el ruedo, que es donde deben hablar los toreros, y agrega dos verbos que ignoraban los inquisidores de su arte: “aguantar y ligar”. Manuel Rodríguez, citando de perfil y ganando pasos laterales hacia el animal, revela la distancia de arrancada y  obliga a embestir a los toros. Su valor y perseverancia otorgan a su toreo regularidad, enseñorea su época e implanta definitivamente la ligazón de los pases, la versificación del toreo, el sistema cuyos primeros eslabones engarzaron "Joselito” y “Chicuelo”. Manolete, el niño que jugó al toro en la Plaza de La Lagunilla, escribía su nombre con letras de oro en la simbólica historia del Califato.

Manuel Rodríguez "Manolete"
Lagartijo”, “Guerrita”, ¿”Machaquito”?, “Manolete”. ¿Tres o  cuatro? En esta discusión de tabernas, peñas y tertulias andaban los cordobeses, cuando en los años sesenta del siglo XX irrumpe Manuel BenítezEl Cordobés”, que arrasa el toreo para mandar como nadie hizo antes ni después. Desde 1963 a 1971, el de Palma del Río impone su hegemonía en el mundo taurino, relegando a un segundo plano a toda una generación de toreros de primerísima fila. A las empresas les basta anunciar “El Cordobés y dos más”, para llenar las plazas hasta el tejado, mientras los “ortodoxos”, que solo lo consideran un fenómeno de masas, se rasgan las vestiduras, y detestan el poderío de la locomotora que remolca el tren de la Fiesta. Pero "Benítez" pone su sonrisa al lado trágico del toreo, y tras tributar no pocas e importantes cornadas, demuestra que es capaz de abarrotar todas las plazas, y triunfar clamorosamente ligando series interminables de naturales en un palmo de terreno.  
Manuel Benítez "El Cordobés"
¿Qué le faltaba entonces a Manuel Benítez para ser considerado miembro del Califato? ¿Acaso la tremenda fuerza de su personalidad, extrovertida, simpática y espontánea, no encajaba con la seriedad que algunos atribuyen a los Califas? A saber qué pensaban los que polemizaban por la sucesión del figurado califato, sin pensar que donde “El Cordobés” ejerció de “califa”, sin figuraciones, fue conquistando el planeta taurino, por el que llevó con orgullo el gentilicio de su tierra. Por fortuna, entidades y asociaciones de ciudadanos, coordinadas por el periodista taurino Pepe Toscano, canalizaron el clamor general, y el 29 de octubre de 2002, Manuel Benítez fue proclamado “V Califa del Toreo” por el Ayuntamiento de Córdoba, con el unánime reconocimiento del mundo del toro y la ciudadanía cordobesa. 

       Esta es la historia de una tradición, la del Califato Taurino de Córdoba, que la afición quiso figurar gracias a la ingeniosa hipérbole de don Mariano de Cavia. Curiosamente sigue viva, y no faltan propuestas de ampliación, aunque parece que estas olvidan que el aspirante debe haber mandado en el toreo, como lo hicieron "Lagartijo", "Guerrita", "Manolete" y "El Cordobés", los cuatro que, cambiando el cetro por estoque y el turbante por montera, hicieron que Córdoba fuera considerada definitiva en el toreo.