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martes, 15 de marzo de 2022

BELMONTE HABLA DE SU TOREO

Por Antonio Luis Aguilera 

Juan Belmonte

Fue tanta la repercusión literaria del personaje, que sus panegiristas se perdieron en exageraciones y olvidaron explicar la genialidad de su toreo, impactante por su acento personal y por el sentimiento expresado en las suertes. En la carrera de ditirambos, donde compitieron intelectuales y revisteros buscando el summum, no hubo reparos en proclamarlo «padre» del toreo moderno —«paternidad» en la que algo tuvo que ver, como también lo tuvieron otros que quedaron silenciados por los que escribieron la historia, como Manuel Jiménez «Chicuelo»—, sin valorar que el toreo, como arte vivo, tenía una evolución que se perfeccionaría con el tiempo, que es lo que necesitaban los ganaderos para mejorar la selección del toro, pulir sus acometidas toscas y defensivas, y encontrar la entrega de la auténtica bravura, noble y enclasada, esa que iba a permitir otro toreo más sosegado, de mayor rango artístico, en cuya transformación fueron decisivos otros espadas históricos, anteriores y posteriores al «fenómeno» de Triana.

«Daba mis verónicas y medias verónicas estando muy cerca y
con las manos muy bajas, según toreábamos en el campo»

Sin embargo, a pesar de los años transcurridos, Juan Belmonte sigue teniendo un magnetismo tremendo por el atractivo de su toreo, por el trazo personalísimo de un arte aprendido en la calle, sin otra escuela que la transmisión oral, y que practicó furtivamente a la luz de la luna, un toreo que lógicamente debería haber sido defensivo y que solo imaginarlo produce escalofrío, como el que debía sentirse de noche, en un apartado del campo, enfrentándose a un toro bravo. Pero el toreo de Juan no fue defensivo. Todo lo contrario. Aquel chaval del Altozano sevillano fue un genio por ceñir el toreo, por torear más cerca y disputarle los terrenos al toro de su época, más seleccionado siguiendo las recomendaciones del Guerra a los ganaderos, que le permitiría revelar un temple portentoso, la gran virtud personal e intrasferible que resultaría fundamental para  expresar el misterio de su acento, ese cante jondo que liberaba desde su alma en el vuelo de las telas, tan profundo que todavía emociona en las fotografías que testimonian su paso por la historia. 

La torería de Juan...

Gracias al ameno libro «Lo que confiesan los toreros», escrito en 1917 por el periodista José López Pinillos (Parmeno), podemos saber algo más sobre el Juan Belmonte jovial, su forma de pensar y gracia natural, manifestada en el buen humor de su relato. Recordaba el torero que José María Calderón, el banderillero amigo de su padre que lo descubrió y ayudó en sus comienzos, fue a Nimes «pa vender porvorones y mantecaos», pero se comió las muestras en el camino, y se tuvo que quedar en Valencia, donde le gestionó una corrida. Añadía que Calderón era un sentimental que le decía: «Ladrón, ¿quién te ha enseñao eso? ¿Eres el arma de Cúchares o la Pantasma de Paquiro, mardito fenómeno. Y de alegría me atizaba en la espalda unos puñetazos terribles, soltando «ca lagrimón como una nué». 

«¿Y los oles y los aplausos que saca uno si se arrodilla?»

En el ameno relato de López Pinillos, el periodista preguntó a Belmonte por su toreo y este le contestó:

«—Si no sé… ¡Palabra! Yo no sé las reglas, ni tengo reglas, ni creo en las reglas. Yo “siento” el toreo, y, sin fijarme en reglas, lo ejecuto a mi modo. Eso de los terrenos, el del bicho y el del hombre, me parese una papa. Si el matador domina al toro, to el terreno es del matador. Y si el toro domina al matador, to el terreno es del toro. Esa es la fija. Y lo de templar, mandar, parar y recoger depende de los nervios del tocaor, y de la madera de la guitarra. ¿Me comprende? Y de cuando en cuando, el toque no le disgusta a uno y no entusiasma al público. Por ejemplo: yo, que no me engrío nunca con lo que hago, el año 15 toreé y maté a mi gusto, en Seviya, un toro de Santa Coloma, y la gente me aplaudió menos que otras tardes que había toreao y matao peor... Pues ¿y los oles y los aplausos que saca uno si se arrodilla?... Y como casi siempre se arrodilla uno porque la guitarra no le deja tocar bien…

El pase natural de Juan Belmonte

—¿Y se adivina la clase de la «guitarra» en cuanto se presenta en el redondel? Vamos, ¿se conoce la condición de los toros?

—Si son claros… Algunos, al salir, parese que disen a uno: «Anda, atrévete a barbarisar, que soy un lila perdío». Y a esos se los lía uno a la sintura en las medias verónicas, y les coge los cuernos, arrodiyao, al torear de muleta. Pero otros traen las intensiones de incógnito y le hasen a uno aviadó en cuantito se descuida. Como el asesino cornudo —de la ganadería de Anastasio— que me tocó en Salamanca. Paresía una piedra por lo quedao, y se arrancaba como un ciclón... Mugía con la infelisidá de un tontaina y le pegaba sincuenta pitonasos a un mosquito.

La primera media verónica que dio Belmonte en la plaza de Sevilla
(Foto auténtica de la corrida organizada por la Hermandad de San
Bernardo en julio de 1912, que fue la revelación del trianero.

—¿Y cómo lo mató usted?

—No lo maté. Se murió, que no es iguá. Dios quiera que no me toque nunca en Madrí un flamenco de su categoría, porque en Madrí hay que entregarla.

—Pero ¿sigue usted dispuesto «a entregarla»?

—«¡Cómo que sí sigo! ¿Es que yo no soy ya Juan Belmonte

De las andanzas del torero en sus comienzos, contaba al periodista el mayor de sus apuros:

—«Escuche usté. Por entonses yo no había toreao más que en los tentaderos y en los puebleciyos, y pa aprender iba de noche a Tablada con otros muchachos, ensendía unas luces de asetileno que yebábamos de Seviya y me ensayaba con las reses del corralón. Me encontré a Riverito, a Toboso y a otros amigotes y nos fuimos a Tablada. Tuvimos la suerte de que uno de los bichos embistiera con bravura, y ya habíamos resuelto chaquetearlo hasta que se cansara, cuando se levantó un airaso que apagó las luses, y mis amigos, prudentemente, se fueron. Yo, que, enfrascao toreando, me quedé, le di algunos lanses al bulto —porque no se veía más que un bulto— y de pronto sentí un choque, subí como una flecha, caí como un peñón, oí unos resoplíos y aguanté unos trastasos…

El primer documento gráfico de la vida torera de Juan Belmonte:
el trianero pasando de muleta, en la corrida celebrada en el Arahal
en 1910, al primer novillo que mató en su vida.

—¿No se avergüenza usted de recordar los malos tiempos?

—¡Yo!… ¡Por vía de los moros que no soy tan cursi! ¡Me hincho de orguyo, amigo! ¡Pues me gusta poco a mí después de un banquetaso y con un puro de a dies reales en la boca, hablar de los tiempos en que me acostaba con las tripas como cañones de órgano! Y quieren que me retire ahora. ¡Sí, sí!... ¡Poca guerra tiene que dar Juan Belmonte!». 

A través de «Parmeno» hemos conocido la gracia con que Juan Belmonte recordaba sus inicios en la profesión, pero para profundizar en la belleza de sus pensamientos sobre el toreo, recurrimos a otras declaraciones posteriores del matador, las que inmortalizaría magistralmente Manuel Chaves Nogales en el conocido libro dedicado al torero.

Así pensaba el genial espada de Triana:

«Para mí, aparte de las cuestiones técnicas, lo más importante en la lidia, sean cuales sean los términos en que ésta se plantee, es el acento personal que en ella pone el lidiador. Es decir, el estilo. El estilo es también el torero. Se torea como se es. Esto es lo importante: que la íntima emoción traspase el juego de la lidia: que al torero, cuando termine la faena, se le salten las lágrimas o tenga esa sonrisa de beatitud, de plenitud espiritual, que el hombre siente cada vez que el ejercicio de su arte, el suyo peculiar, por ínfimo o humilde que sea, le hace sentir el aletazo de la Divinidad». 

lunes, 8 de noviembre de 2021

TOREROS CON GAFAS EN LOS RUEDOS

Por Rafael Sánchez González

Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete»

Me preguntan si es cierto que Manuel Rodríguez Sánchez Manolete (padre) llegó a torear usando gafas durante la lidia. No es la primera vez, y más concretamente en Córdoba, que sale a colación este tema y la realidad es que no se conocen datos que acrediten tal caso.

Allá por marzo de 1989, en compañía de mis recordados amigos Pepe y Rafael Guerra Montilla nos desplazamos a la localidad de Cabra, donde, por mediación de Manuel Mora, visitamos a José Pérez Polo, reconocido aficionado local que era poseedor de abundante material (carteles, fotografías, etc.) relacionados con la Fiesta de los toros. Entre otros documentos pudimos observar una foto en la que el referido diestro aparecía vestido de luces y provisto con gafas para la vista, junto a dos personas desconocidas para nosotros. Como fondo tenía una blanqueada pared, por lo que era imposible poder identificar el lugar donde pudo ser tomada dicha instantánea. Lo que estaba claro es que Manolete llevaba puestas las antiparras aun vestido de torero.

Antiguo barrio del Campo de la Merced de Córdoba

Asimismo y relacionado con este tema, entre los numeroso datos tomados en las amenas tertulias que hace años mantuve con antiguos vecinos del «Campo de la Merced», todos ellos veteranos aficionados con muchas vivencias que todavía recordaban, y poseedores por tanto de innumerables  episodios sucedidos en aquel taurinísimo barrio del viejo matadero cordobés, conservo un apunte en el que Rafael  Luque Flores (hijo del que fuera extraordinario subalterno Ricardo Luque González Curro Camará), me refiere cuando con otros chavales se asomaban a una ventana en la planta baja de la casa donde vivía Manolete, en la calle «Molina Sánchez Lagartijo», para verle vestirse de luces, llamándoles la atención que lo hiciera teniendo colocadas unas gafas, que -me dijo- dejaba luego sobre la mesita de noche antes de salir con dirección al coso de «Los Tejares». Sabido es y conviene recordarlo ahora, que como consecuencia de una enfermedad el Sagañón, apodo por el que era conocido entre sus vecinos Manuel Rodríguez, padecía una afectación en la vista que se fue agravando con el paso del tiempo, por lo que solía utilizar lentes en su vida cotidiana. 

Como última cita, en la página dedicada a Consultorio Taurino del semanario El Ruedo correspondiente al 20 de febrero de 1958, contestando a la misma pregunta con relación a Manolete ofrece la siguiente respuesta: Solo podemos decirle que en una ocasión le vimos hacer el paseíllo en Bilbao (solo el paseo) con gafas cuando era novillero todavía.

En cambio, respecto a Francisco Montes Paquiro, parecer ser que toreó con gafas en el festejo que se dio en Sevilla el 5 de noviembre de 1849, con motivo del feliz alumbramiento de la Infanta Luisa Fernanda, Duquesa de Montpensier, según afirmó Aurelio Ramírez Bernal P.P.T., en un trabajo que publicó La Lidia en su número 41 del año 1900, en el que dicho escritor hizo tal aseveración a la vista del cartel de aquella corrida.

La despedida del torero.
Museo Carmen Thyssen de Málaga

Indiquemos de paso que Francisco Montes fue el gran reformador de los festejos taurinos tal y como han llegado hasta nuestros días, sin más variaciones que las impuestas por la evolución de los tiempos. Una prueba concluyente de su poder creativo y organizador la encontramos en su original concepción del arte de torear, que Pedro Romero fundamentaba en la suerte de matar, pues si bien Costillares y Pepe-Illo se apartaron algo de tal concepción, fue Paquiro el que otorgó parecida transcendencia a las restantes suertes, tanto de capa, banderillas y muleta, de manera definitiva. Su inteligencia y buen gusto fueron las bases en que se apoyó para lograr su propósito, sin que podamos olvidar que también ordenó la composición de las cuadrillas e influyó sobre el cambio en la ropa de torear. Sus amplios conocimientos de la lidia los dejó reflejados en su Tauromaquia Completa. Por algo Ortega y Gasset al proyectar un estudio, que no llegó a desarrollar, sobre la Fiesta de los toros lo titulaba Paquiro o el arte de torear

Corría el año 1846 y Montes, ya envejecido prematuramente por culpa de una vida alocadamente entregada  a diversos excesos, seguía con el mismo valor y entusiasmo de los días de su poderosa juventud, sosteniendo con hechos asombrosos el prestigio conquistado a base de arte y maestría, pese a sufrir un varetazo en la ingle toreando en Jerez de la Frontera y una cornada en el muslo que le infirió un astado de Durán, percances que le indujeron a tomar la determinación de que en el curso siguiente limitase  sus intervenciones a las plazas de Andalucía y algunas del norte, y cuando en septiembre del 48 fue a Sevilla, accediendo a los deseos de los Duques de Montpensier, tras actuar  junto a Curro Cúchares y el Chiclanero, optó por dejar el toreo. Retirada que habría de durar poco tiempo, dado que en 1850, aceptando una sustanciosa oferta que le presentó la empresa de la Villa y Corte volvió nuevamente a los ruedos. 

Procedente de La Coruña, donde había participado en dos corridas, Francisco Montes llegó a Madrid el día 20 de julio de aquel año a fin realizar el paseíllo el día siguiente en el ruedo madrileño, no sin antes apadrinar a un hijo del famoso banderillero Nicolás Baro, fausto acontecimiento que con todo rumbo se celebró hasta bien entrada la noche, pero decidido a continuar la fiesta, en lugar de marcharse a descansar Paquiro quiso  prolongar su particular juerga hasta el día siguiente, acudiendo a tan importante cita con evidentes pruebas de la alegre jornada vivida.

Francisco Montes «Paquiro»

Acartelado con José Redondo el Chiclanero y Cayetano Sanz se enfrentaron a toros de la antiquísima ganadería de casta jijona que a la sazón poseía en Ciempozuelos don Manuel de Torre y Rauri, cuyas reses lucían ya en su divisa los colores amarillo y encarnado. En primer lugar, salió Rumbón, retinto y aldinegro ejemplar que manseó en varas por lo que fue fogueado. Tan solo le había dado Montes tres pases con la muleta cuando el jarameño, en una colada, le volteó y corneó produciéndoles una herida a la altura del tobillo y otra de mayor extensión en la pantorrilla del muslo izquierdo, además de contusionarle en la cabeza y en el pecho. Al incorporarse con el rostro ensangrentado miró a su paisano diciéndole: encárgate de él, que estoy jerío. Después de curado en la enfermería de la plaza fue trasladado a su domicilio en la calle Amor de Dios. No volvería a torear más.

Retirado definitivamente en su casa de Chiclana de la Frontera, cuando apenas había cumplido cuarenta y seis años de edad, el 4 de abril de 1851 dejo de existir aquel buen mozo que iniciado en el oficio de albañil, tras pasar por la Real Escuela de Tauromaquia de Sevilla, alcanzó a ser un torero de enorme popularidad y, sobre todo, uno de las más importantes en la historia del toreo, a cuya memoria y amparado en el tema  que motiva estas líneas, he querido recordar brevemente, cuando se ha cumplido este año el 170 aniversario de su muerte, y al que García Tejero le dedicó estos versos:  

                              «El rey de los toreros se apellida

                               y con justa razón rey se proclama…

                               Su nombre ya no muere, pues su vida

                               en letras de molde se verá esculpida

                                y tanto durará como su fama».  

martes, 16 de marzo de 2021

GUERRITA: EL TORERO QUE PUDO Y QUISO

Por Rafael Sánchez González

Rafael Guerra Bejarano Guerrita. Foto Beauchy

El pasado día 21 se cumplieron ochenta años del fallecimiento del diestro Rafael Guerra Bejarano Guerrita, y sesenta y nueve de la desaparición del rejoneador Antonio Cañero Baena, dos figuras indiscutibles del toreo en sus respectivas parcelas. 

Citar a Guerrita, que es el personaje que en esta ocasión reclama mi interés, es referirse a uno de los toreros más importantes en la historia de la Tauromaquia, pues no hace falta ser un aficionado muy entendido en la materia para saber de su brillantísima ejecutoria profesional. Pero no es mi intención ahora entrar en datos concretos sobre su biografía, solo quiero centrar mi atención en su reinado taurómaco.

Guerrita fue la culminación de la escuela ecléctica, que se inicia con Jerónimo José Cándido y pasa por Francisco Montes Paquiro, José Redondo Chiclanero y Rafael Molina Lagartijo, a los que superó en poderío y dominio sobre las reses. Era la perfección personificada del toreo académico, de la lidia conforme a las reglas dictadas por el autor de la más antigua de las preceptivas taurómacas (La Tauromaquia de Pepe-Illo, aun cuando no la escribiera José Delgado), que aseguraban contra todo riesgo a quiénes las observaran y practicaran, aunque, paradojas del destino, sería él su contradictor. 

Guerrita y su cuadrilla en los primeros años de matador

Guerrita era el sueño de los viejos tratadistas hecho realidad. Conocía todos los secretos de la lidia, dominaba todas las suertes, podía con todos los toros y brillaba tanto con el capote y las banderillas como con la muleta y el estoque. En él se aunaban la sabiduría y el arte de Lagartijo con el pundonor y la valentía de Frascuelo, sus más inmediatos antecesores en el liderazgo taurino. Todas las posibles y humanas aptitudes que un hombre pudiera tener para la lidia las reunía el Guerra en grado superlativo, y aquí es donde, creo, radicaba su indiscutible supremacía. Lo mismo brillaba en quites, que banderilleaba en todos los terrenos o hacía el salto a trascuerno; de igual forma que dominaba a los astados con su muleta y, sin ser un estilista de la suerte suprema, los abatía de manera certera (nunca le echaron un toro al corral), y a veces los remataba tirando el cachete de ballestilla. En el ruedo no existían secretos para él. Como detalle preciso de su gran maestría, aunque pueda parecer anecdótico, recordaré que en la plaza francesa de Béziers (8-10-1899), con un toro devuelto que se resistía a dejar el ruedo, ante la ausencia de cabestros, haciendo gala de una inusual habilidad lo enlazó por los cuernos y así pudieron llevarle hasta los corrales.

Guerrita enlazando un toro en Béziers (8-10-1899). Revista Sol y Sombra

Guerrita fue un torero de más inteligencia que sensibilidad y de más dominio que inspiración. No fue el artista que improvisaba y en el que surgía una faena espontánea y genial, sino el lidiador que en base a las condiciones del toro realizaba la faena más adecuada y eficaz a la vez que brillante. Esto no quiere decir que no tuviese momentos de inspiración, pero el fundamento de su toreo, lo que sellaba su personalidad torera, era una inteligencia suprema. Pero en Guerrita había algo más. Junto a su gran entendimiento y dominio añadía una afición y un amor propio que le llevaron en más de una ocasión a jugarse la vida. No basta con tener inteligencia y valor, para se figura del toreo es preciso, además, tener pundonor. Hay determinadas ocasiones en que el torero más sabio y artista tiene que dejar a un lado la inteligencia y el arte y colgarse de los pitones para alcanzar el triunfo. Y Guerrita se colgó. ¡Vaya si se colgó! Una tarde, dirigiendo su mirada a un sector del público madrileño que le exigía más allá de lo posible, dijo: “¿Queréis que me coja?; pos me va a cojér”. Y se dejó coger. No se olvide, que para ser un extraordinario torero hay que ser también un gran hombre. Y ambas cualidades las reunía el diestro de Córdoba. Amparado en ese conjunto de valores que demostraba tarde tras tarde, me atrevo a decir que Guerrita puso letra y música al toreo. 

Cuanto digo está bien apuntado en la historia de la Tauromaquia. Tan bien apuntado, como que a partir de Guerrita, el toreo, sin perder su tradición escolástica -de escuela-, parece vaciado en otra norma técnica. Del mismo modo que a partir de Juan Belmonte está inspirado en otros principios estéticos. ¿Qué hubiera podido pasar en el toreo contemporáneo si Belmonte -o cualquier otro diestro capaz de revolucionar como él los fundamentos del arte de torear- no surge tres lustros escasos después de la retirada de Guerrita? Pero ese es otro tema, también interesante, y no me quiero apartar del guión escogido. 

Guerrita citando para banderillear. Madrid, 1889. Revista Sol y Sombra

Ya ha quedado bien claro, y no porque lo diga yo, sino ateniéndonos a lo escrito por la casi totalidad de los historiadores taurinos -siempre y en todo existirán algunos contradictores-, que Guerrita ha sido el más completo de cuantos han vestido el traje de luces. Pero cuando se alcanza la cumbre, y es algo que de manera especial suele suceder en las facetas artísticas, se inicia siempre el descenso al no poder llevar más lejos ningún paso que le siga después. Y si a eso unimos la intransigencia de un público cada día más exigente tan solo queda una solución: dejar la actividad, retirarse. Y esa fue la determinación que, haciendo gala de su innata clarividencia, tomó Guerrita en octubre de 1899 tras torear la última corrida de la Feria del Pilar en Zaragoza. Hasta entonces, y a lo largo de sus doce años de predominio en los ruedos, pudo con todos los toros y venció a todos los diestros que intentaron competir con él. Pero, por un fenómeno colectivo de difícil comprensión y también muy repetido en otras manifestaciones artísticas,  los públicos se echaron en su contra. Aunque su trayectoria en los ruedo se desarrollaba envuelta en continuados triunfos, podría decirse que llegó un momento en el que ya les molestaba conocer el resultado final de cada festejo antes de iniciarse el paseíllo. En una palabra, estaban cansados de su dictadura taurina.

Guerrita igualando. Revista Sol y Sombra

Cabe añadir, que los años de predominio taurino de Guerrita son, a la vez, tristes y amargos para los españoles. La indiferencia popular que el político liberal y masón Práxedes Matero Sagasta preconizaba al inicio de la Restauración, se acentuaría considerablemente durante la Regencia de la reina María Cristina (1885-1902). Se suceden las pérdidas de Cuba, Filipinas y Puerto Rico, y unos meses después, en una especie de almoneda, España liquida a precio de saldo las islas que le quedaban en Oceanía. Y a pesar de este ambiente de pesadumbre que inundaba a todo el país, los españoles parecían vivir de espaldas al angustioso problema nacional, y seguían enardeciéndose con las grandes faenas de sus ídolos en los ruedos. Pero ese ambiente enrarecido terminó por trasladarse a las plazas de toros, y descargó con exigencias que rayaban en lo imposible sobre quién consideraban que era la máxima figura. Así, a pesar de sus éxitos, la temporada de 1899 se hizo muy dura y desagradable para el diestro cordobés. A la acritud de Madrid se sumaron también las hostilidades en otras plazas como Sevilla -donde nunca predominaron sus partidarios, que no le perdonaban la supremacía que ejerció sobre los toreros de la tierra-, Bilbao, San Sebastián y Valladolid, por citar solo algunas de las más importantes. Así las cosas, al llegar a Zaragoza su decisión de marcharse era ya definitiva. “¿No lo va usted a sentir?”, llegaron a preguntarle nada más conocerse la noticia. Su repuesta fue rotunda: “¿Quién, yo, los que lo vais a sentir sois ustés?

Conociendo el recio y decidido carácter de Rafael Guerra era lógico suponer que, ante tan injusta situación de inmerecidos ataques, la determinación que tomara tenía que ser acorde con su acusada condición personal. Porque, podrá adjudicársele un fuerte temperamento, una excesiva altivez si se quiere, incluso decir que a veces se dejaba llevar por impulsos de soberbia, que más bien era conciencia de su grandeza torera. Pero no quedará la más mínima duda de que Guerrita mandó implacablemente en el toreo… por que pudo, y porque quiso. 

sábado, 2 de enero de 2021

PEPE-ILLO Y EL CRISTO DE LOS TRAPEROS

 Por Rafael Sánchez González                       

Patio de la cuadra de caballos de la plaza de toros antes de una
corrida. Oleo de Manuel Castellano. Museo del Prado de Madrid.

Sevilla, antigua corte de treinta reyes, ciudad predilecta de los godos, adorada de los árabes, y a su vez cuna de tantos y tan magníficos toreros, creadora en su día de una Escuela de Tauromaquia y también de un estilo, de una forma elegante y alegre de interpretar un toreo que se trata de imitar, pero siempre carentes de esa manera, esa gracia singular, única de los toreros de la tierra, ha venido conmemorando, contra viento y marea por culpa de la pandemia que nos sigue azotando, el centenario de la muerte de uno de sus figuras más destacadas en la historia del toreo, un programa de actos que por culpa de la señalada adversidad  se prolongará en el transcurso del año recientemente iniciado. Pero no será José Gómez Ortega Joselito a quien recordaré en esta ocasión, sino a otro sevillano ilustre en el arte de lidiar toros. Me refiero a José Delgado Guerra más conocido por el eufónico alias de Pepe-Illo, que, según los eruditos en filología, de todos los empleados es el modo más adecuado de escribirlo por derivar del diminutivo Joseíllo, que parece ser era como le llamaban en su infancia y así se contempla, además, en cuantos documentos  recogidos por los historiadores taurinos aparece la firma de José Delgado, que no sabía escribir, intercalando una coma entre su nombre de pila y el apodo: Joseph, Illo.

José Delgado Guerra Pepe-Illo

Felipe V fue un príncipe educado en la corte de su abuelo, Luis XIV, que desde su llegada a España en el año 1700 implantó el afrancesamiento de la nobleza. No es de extrañar, por tanto, que esta sociedad culta desdeñara las funciones taurinas. Ni los esfuerzos de algunos caballeros, ni los célebres rejoneadores lograron nada a favor de dichos espectáculos, que en 1723 quedaron prohibidos con la promulgación de una ley dictada por el primer monarca de la dinastía borbónica. Esto, mas allá de causar la extinción de la tauromaquia, desarrolló un movimiento popular entre la plebe, totalmente contrario, que sería el origen del toreo a pie. 

Treinta y cuatro años contaba  Fernando VI cuando a la muerte de su padre, Felipe V, fue proclamado rey de España. En el nuevo reinado los festejos taurómacos afirman las características que venían apuntando en la primera mitad del siglo XVIII. Ya no saldrán los lidiadores vestidos con cintas y tafetanes, espuelas de plata y sombreros adornados con plumas, propios de la nobleza. El antiguo toreo caballeresco y cortesano fue perdiendo importancia y lo cobró, en cambio, el toreo a pie, tomando así carta de naturaleza de cara a tiempos venideros. Ejercitarlo precisaba ahora agilidad, astucia y arrojo para poder esquivar, frente a frente, las acometidas de los astados. La generalización de la muleta como instrumento para la nueva lidia y la reglamentación de la muerte del toro a estoque darían el golpe de gracia a la preeminencia del toreo a caballo. Asimismo la realización de otras suertes va perfeccionándose también en esta centuria, entre ellas la de banderillas, que de colocarse de una en una pasan a clavarse a pares.

Con el advenimiento de este cambio variaron también los lugares donde se celebraban dichos festejos, que eran las grande plazas públicas de cada ciudad, destacando sobre todas  la Plaza Mayor de Madrid como escenario de acontecimientos de muy diversa índole, entre los que tomaban mayor solemnidad y vistosidad las denominadas Corridas Reales con la participación incluso del Cuerpo de Alabarderos. Festejos en los que los lidiadores vestían calzón y coleto de ante, correón ceñido y mangas atacadas de terciopelo negro y se recogían  el pelo con lazos y redecillas. Una indumentaria que con el paso del tiempo iría evolucionando hasta llegar a Francisco Montes Paquiro, que fue el gran innovador del traje de torear.

Francisco Montes Paquiro

No son muchas las referencias que de aquellos lidiadores se tienen. Digamos en el corto espacio disponible, que el sevillano Miguel Canelo pasa por ser el primer espada cuyo nombre aparece documentalmente como profesional del toreo. Pero, sin lugar a dudas, los grandes colosos de este primer periodo fueron José Rodríguez Costillares, José Delgado Pepe-Illo y Pedro Romero. Los tres llenaron de gloria esta etapa goyesca del toreo. Costillares rivalizó con Pepe-Illo, a quien venció, y con Pedro Romero, por quien habría de ser vencido. Dolencias reumáticas y un carbunco en la mano derecha aceleraron su retirada en 1790. En la fiesta taurina afloraron entonces dos formas de concebir el toreo, dos estilos bien diferenciados, de ahí que la comparación entre ambas figuras resulte difícil, podría decirse que hasta improcedente si tenemos en cuenta sus respectivos conceptos acerca de la lidia. El toreo que realizaba Pedro Romero era severo y grave a la vez que seguro, como acreditan los más de 5.500 toros que se dice estoqueó sin sufrir percance de gravedad alguno. El de Pepe-Illo se ofrecía más movido y alegre, cultivador de la escuela sevillana, que después adoptarían José Romero (frente a la de sus hermanos Pedro, Antonio y Gaspar), más tarde Jerónimo José Cándido, y en su orden Juan León y nada menos que Francisco Montes Paquiro. Y a la hora de entrar a matar, el rondeño se mostraba inmenso y recibía a las reses, fiel a la regla de que “todos los toros acuden al cite”. El torero sevillano, en cambio, obediente a la máxima de su maestro Costillares, se decidía por el volapié. Y de esa contrapuesta interpretación del todavía incipiente toreo a pie, según el historiador Natalio Rivas, brotaron las dos escuelas. Un tema, quizás, excesivamente considerado. Está claro, no obstante, que en la pugna Illo-Romero, era éste el que preferentemente acaparaba el interés del público, pero cuando el clamor de las plazas se apagaba, el fervor y la admiración general se volcaban hacia su rival.

Retrato de Pedro Romero. Francisco de Goya

En aquel Madrid de Carlos III, bullicioso y lleno de una avidez vital, el pueblo se engrescaba como nunca. Las palabras, que poseían un sabor jaranero en las coplas, llegaban a un filo barbero en las tertulias políticas de las reboticas. Y en este ambiente vivo y apasionante, aparece por primera vez un aire de leyenda taurina: Pepe-Illo. Con un encanto personal, elegancia en el vestir y gentileza en el trato supo ganar voluntades, convirtiéndose muy pronto en ídolo de masas; aviva discusiones en tabernas y botillerías, provoca pasiones en los camerinos de los teatros y es tema de cuchicheos en saraos palaciegos, donde se comenta cómo algunas damas de linaje se disputan el halago y la compañía del famoso y seductor torero, que, desenvuelto en la conversación a pesar de su rudeza innata, le esperan en todas las tertulias encopetadas, así en el palacio de la marquesa de Santa Cruz, en el de San Carlos, en el de la condesa de Benavente y la marquesa de Alcañices, entre otros. Recordemos que en una de las Corridas Reales celebradas en Madrid con ocasión de la jura de Carlos IV, al resultar herido, para realizarle una primera cura de urgencia fue conducido al palco de la duquesa de Osuna, que con la de Alba compartían el centro de la elegancia en la Corte. El diestro sevillano tuvo amores con toda clase de mujeres, con majas y manolas, con tonadilleras y bailarinas, como también con féminas de mejor sangre. Unido a María Salado por matrimonio celebrado el 2 de junio de 1774 en la Colegial de San Salvador de Sevilla (el escritor Fernández y González, sin base documental alguna, en su novela Glorias del toreo se empeñó en casarlo con María Conde, hermana de Juan, también matador de toros), se decía que era buen marido y mejor padre (tenía dos hijos), pero al parecer no sabia,  o no quería, evadirse del amable acoso de grandes damas.

Aun así, lo verdaderamente importante de la vida particular de Pepe-Illo fueron sus relaciones con el pueblo llano y más concretamente con el populacho madrileño. Chisperos, chulos y rufianes, contrabandistas y demás gente de las clases más humildes le aclamaban jubilosamente, y como buen andaluz gustaba de los aires de su tierra y además punteaba la guitarra con habilidad. Dotado de un cuerpo robusto y ágil, de varonil gallardía, vestía con lujo y fue el primero que usó en la ropa de torear ricos y abundantes adornos de oro y plata. Por rumboso y desprendido era generoso con los más necesitados, asimismo era supersticioso hasta la exageración y de muy piadosas devociones. Tanto en Madrid como en Sevilla, sus plazas predilectas, nunca salió a torear sin pasar antes por sus capillas: ¡Qué lástima me ha dado / de ver a Illo, / rezando en la capilla / del Baratillo!  Y es que, cuando la plaza de la Real Maestranza no disponía todavía de capilla, los diestros que actuaban en ella, antes de salir al ruedo solían acudir a rezar a la Capilla de la Piedad, sede de la Hermandad del Baratillo, donde recibe culto una imagen de San José y el Niño Jesús, atribuida a José Montes de Oca, que en 1774 fue regalada por Pepe-Illo

Fachada de la capilla del Baratillo en Sevilla

José Delgado nació en el sevillano barrio del Baratillo, el día 14 de marzo de 1754, y fueron sus padres Juan Antonio Delgado y Agustina Guerra, tratantes de vinos y aceites en el Aljarafe, quienes quisieron que se iniciase en el oficio de zapatero de portal, pero su verdadero taller fue el cercano matadero donde, con otros zagalones y utilizando sus camisas a modo de capichuelas, se ejercitaban desahogando su fiebre taurina en la corraleja de las jaulas que servía de apartadero para las reses destinadas al sacrificio. 

Apenas contaba dieciséis años cuando el ya entonces matador de toros Costillares, con el que ha quedado dicho que competiría más tarde, fijó en él su atención y valorando las excelentes condiciones que para la lidia reunía no dudó en hacerle un sitio en su cuadrilla, llevándole por algunas plazas hasta presentarlo de manera oficial en Córdoba, en 1770, función anunciada de convite con motivo de profesar religiosamente una novicia en el Convento de Santa Inés, próximo al eventual escenario del festejo que tuvo por marco la Plaza de la Magdalena, ubicándose el palco presidencial en la desaparecida Torre de los Donceles.

Dos años después, en calidad de media espada interviene en El Puerto de Santa María (Cádiz), y en la primavera de 1774 alterna en Málaga con Juan Romero, que posiblemente le diera allí la categoría de matador de toros, puesto que el año siguiente es contratado en Sevilla como primer espada y jefe de cuadrilla. En 1777, ante la negativa de los hermanos Juan y Pedro Romero de torear aquella temporada en la Corte, la Junta de Hospitales, que regía la plaza, decidió sustituirles con los diestros  Costillares y Pepe-Illo. El primer encuentro en los ruedos de José Delgado con Pedro Romero aconteció un año después en Cádiz, iniciándose una rivalidad que habría de durar hasta las ya mencionadas Corridas Reales celebradas en Madrid, los días 22, 24 y 28 de septiembre de 1789, por la exaltación al trono de Carlos IV, donde quedó plenamente confirmada la superioridad del torero de Ronda sobre los dos espadas sevillanos.

Joaquín Rodríguez Costillares

Pero tampoco es mi intención ocuparme ahora de la dilatada ejecutoria profesional de Pepe-Illo, que aun de manera sintetizada precisaría de un espacio no disponible, sino de una faceta suya más personal y poco conocida.  

La segunda plaza de toros levantada en los alrededores de la madrileña Puerta de Alcalá era baja, blanqueada al exterior y de muy mala disposición en su interior, puesto que el desolladero de los toros que se mataban, así como de los caballos que morían durante la lidia estaba fuera del recinto, en unos desmontes contiguos, dándose la circunstancia de que los días de corrida eran muchos los curiosos que se concentraban allí para presenciar el despiece de las reses estoqueadas y aquellos jamelgos que muertos en el ruedo y arrastrados se despellejaban, o la forma en que eran cosidos los que aún podían volver a la arena. De ahí, que dicho lugar tomara el nombre de tendido de los sastres.

Durante muchos años perduró en Madrid una popular ofrenda piadosa al Cristo de la Cofradía de los Traperos, que se veneraba en la iglesia de la Concepción Jerónima, situado entonces en la calle Toledo sobre terrenos que eran propiedad de Francisco Ramírez El Artillero, casado con Beatriz Galindo, conocida por La Latina, que fue quien auspició su construcción a principios del siglo XVI, junto al Hospital de Ntra. Sra. de la Concepción. Dicha ofrenda consistía en una función religiosa que se sufragaba con el importe recaudado por la venta de las colas de los caballos fenecidos en los festejos taurinos. Diversidad de flores, velas y limosnas eran depositadas a los pies del Crucificado tras una misa que con carácter de excepción se celebraba ese día, dado que estaba reservada a los cofrades  y benefactores de dicha imagen, quienes compartían después una comilona a la que se invitaba también a determinados picadores y, por supuesto, a los mozos de caballos que se encargaban de la retención y venta de los referidos apéndices equinos.

Francisco de Goya: La desgraciada muerte de Pepe-Illo

De reconocida religiosidad, Pepe-Illo se hizo devoto del Cristo a través del picador Diego Molina Chamorro, perteneciente a una familia de afamados varilargueros algabeños, al  que con frecuencia solía llevar en su cuadrilla, estableciéndose entre ambos una estrecha amistad. Diego, que falleció el 2 de mayo de 1795 en Sevilla al sufrir un fuerte golpe en la cabeza, fue quien el año anterior le invitó a una de estas anuales celebraciones lúdico-religiosas, que solían revestir brillantez y solemnidad gracias a que los ingresos obtenidos a tal fin alcanzaban una importante suma de reales, habida cuenta el elevado número de cabalgaduras que cada temporada morían en los espectáculos taurinos. Del agradecimiento y la devoción de Pepe-Illo hacia el Cristo de los Traperos daría prueba inequívoca el libro de cuentas de esta corporación crucera, donde se registraban las generosas donaciones que voluntaria e íntimamente realizó en numerosas ocasiones; y entre las medallas que del cuello del torero sevillano colgaban no faltaba la de este Crucificado, que en señal de agradecimiento le concedieron.

Existen noticias de que Fernando VII asistió de incógnito a una de estas funciones piadosas de la Cofradía del Cristo de los Traperos, poco antes de casarse con su tercera esposa, María Amalia de Sajonia, y puede que fuera acompañado del arrojado diestro Juan León, amigo suyo. La regia visita dio luego margen a diversos comentarios, quedando muestra de ella en esta popular coplilla: “Al Cristo de los Traperos / pidió ayer el rey Fernando, / para que a los madrileños / no nos deje de su mano

No se conoce con exactitud el origen de esta costumbre religiosa, ni el motivo que propició la vinculación del gremio de ropavejeros con los mozos de caballos de la plaza de toros, aunque no es difícil suponerla, ya que estaban en la órbita del negocio de la cerda y los restos de pieles para curtidos interiores. Y sabido es, que curtidores y traperos tuvieron en tiempos pasados una vecindad, tanto de sitio como de intereses.

La estrecha vinculación devocional del pueblo madrileño con esta imagen tenía otra fecha señalada en el calendario festivo de la ciudad, y es precisamente el motivo que me induce a tratar este tema en las fechas actuales. Al llegar el día de Navidad, celebrada la misa, en la que solían cantarse los más conocidos villancicos del padre Soler, la Cofradía del Cristo de los Traperos  obsequiaba a los asistentes con buñuelos y roscos de vino, rodeando los alrededores del templo de un ambiente pleno de cordialidad y buena vecindad. 

Muerte de Pepe-Illo por el toro Barbudo en la plaza de Madrid

Impulsor y regulador de la Fiesta de toros (dio nombre a la obra “La Tauromaquia o Arte de torear”, que impresa en Cádiz en 1796, se supone que quien la escribió fue José de la Tixera), Pepe-Illo inventó la suerte o lance de frente por detrás, fue amigo de Francisco de Goya y de otros señalados personajes de su época, y dominó sobre las multitudes por su valor y su alegría ante las reses, como dominó sobre los corazones femeninos por el secreto hechizo de su carácter y por una atracción personal indefinible, disfrutando de una popularidad que ningún otro torero había alcanzado hasta entonces. La leyenda se mezcló con su historia y ha servido de fuente de inspiración a poetas, músicos, pintores y autores dramáticos. Dechado de gracia y simpatía, rumboso y caritativo, tras verse alzado a la categoría de ídolo de las multitudes, su trágica muerte en la plaza de toros de Madrid, el 11 de mayo de 1801, contribuyó a que aumentase considerablemente el nimbo de celebridad que rodea su nombre. “Jose-Illo, José-Illo / no vayas más a la plaza, / que anoche soñó tu dueña / un sueño de abracadabra”. Su cadáver fue trasladado a un cementerio de Madrid, que bien podría decirse que todavía existe y casi todos lo ignoran, situado a muy corta distancia de la Puerta del Sol. Allí, sin cipreses ni cruces de mármol, sin lápidas blancas con epitafios rimbombantes, en el atrio de la Parroquia de San Ginés, junto a la Santa Bóveda, reposan los restos de este famoso torero.

Todo lo escrito y mucho más fue José Delgado Guerra Pepe-Illo. Pero, cuando menos, resulta curioso que quien dictó reglas en el arte de torear fuera el primer contraventor de ellas, pagándolo con su vida. 

miércoles, 16 de octubre de 2019

"LAGARTIJO": EL CALIFA Y SU TROPA TORERA

Por Rafael Sánchez González
 Lagartijo. Busto del torero en la calle Osario de Córdoba
En un amplio estudio sobre la vida artística de un diestro de la magnitud de Rafael Molina Sánchez Lagartijo, sería injusto olvidar a quienes con él compartieron avatares en los ruedos. Aquellos hombres que con su eficaz trabajo colaboraron para que, en su larga trayectoria profesional, el primer califa del toreo pudiera escribir brillantísimas páginas en la historia de la tauromaquia. En una época, además, en la que muchos de los peones de a pie, cubierta ya su etapa de aprendizaje bajo la tutela de destacados diestros, competían después con ellos en la arena tras recibir el grado de matador de toros.
Si complejo resulta poder recopilar datos acerca de los picadores y banderilleros que actuaban, transcurrido ya un siglo, mucho más complicado aún es tratar de hacerlo con relación a un espada que permaneció en activo como matador de toros durante veintiocho años y, entre titulares y agregados o bien eventualmente, llevó a sus órdenes una extensísima nómina de personal subalterno.
No cabe la menor duda de que Lagartijo, sabedor de la importancia que tenía, prestó siempre gran atención a quienes habrían de estar a su lado en la arena, en cuyo menester dio siempre prioridad a sus paisanos, amparado, justo es también significarlo, en la reconocida valía de los numerosos toreros que por aquellas calendas aportaba Córdoba al toreo.
Francisco Montes Paquiro
Antiguamente se contrataba solamente a los matadores, con independencia de las cuadrillas, y aun cuando, a la muerte de Pedro Romero, fue Jerónimo José Cándido el primero en rodearse del mejor personal que había, es a Francisco Montes Paquiro a quien se debe la organización y el orden de los subalternos en el ruedo. Así, cuando Lagartijo tomó la alternativa muy pocos espadas tenían todavía cuadrilla fija. La empresa de la plaza de toros de Madrid ajustaba por toda la temporada a banderilleros y picadores, que actuaban indistintamente con los matadores que lidiaban las corridas, salvo algunos que excepcionalmente acudían con ella constituida, o aquellos que, por amistad o paisanaje, llegaban acompañados de algún elemento.
El cartel del festejo en el que Lagartijo confirmó su doctorado el 15 de octubre de 1865, no precisa los subalternos de a pie que en ella trabajaron, y respecto a los de a caballo dice lo siguiente: "Picadores.- De tanda: Onofre Álvarez y Manuel Sacanelles, con otros tres de reserva, sin que en el caso de inutilizarse los cinco pueda exigirse que salgan otros". Onofre Álvarez, o Rafael Álvarez Rodríguez Onofre para decirlo correctamente, pertenecía entonces a la cuadrilla de El Gordito, y aunque residente en Córdoba, donde murió, era de procedencia manchega; y respecto a Sacanelles cabe la duda de si toreaba esa tarde con Cayetano Sanz o con Lagartijo. Se sabe que antes de dedicarse a picar toros tuvo un pequeño taller de ebanistería y falleció en Madrid de enfermedad crónica hacia 1875. Como banderilleros acompañaron aquel día a Lagartijo, el cordobés Benito Garrido Villaviciosa, primero que permanentemente tuvo a su lado, y los sevillanos Juan Yust y José Gómez El Gallo, iniciador del que después sería famoso apodo taurino.
Rafael Álvarez Rodriguez Onofre
Desde 1865 a 1869, no existe duda de que los peones que con más frecuencia actuaron para Lagartijo fueron los citados, aunque variando algo el personal por provincias, ya que en 1866 figuró en repetidas ocasiones como banderillero y media espada el sevillano José Giráldez Jaqueta, a quien Rafael dio la alternativa -primera que concedió- el 5 de septiembre de 1869, y falleció víctima de una grave enfermedad cerebral a la que le llevó su entrega a la bebida.
Difícil resulta precisar quienes fueron los picadores que figuraron a sus órdenes en el referido periodo, puesto que ni en la prensa ni en los estudios acerca del espada se encuentran muchos datos al respecto. En 1866, según carteles de la época, aparecen Juan Antonio Mondéjar Juaneca, el corpulento y valiente Antonio Arce y Domingo Granda El Francés, uno de los varilargueros más aplaudidos en la plaza de Madrid, pues además de agarrarse bien con los toros realizaba la suerte con vistosidad.
En 1867 parece ser que iban en su cuadrilla el fornido piquero utrerano Miguel Alanís, y puede que continuara en ella El Francés. En 1868 no toreó Lagartijo en Madrid, por lo que todavía resulta más complicado conocer qué varilargueros llevó por provincias, teniendo en cuenta la escasa información que de estas actuaciones se tiene; sin embargo, podría afirmarse que picaron a su lado el citado Domingo Granda y José Marqueti, quien de mozo de caballos pasó a tirar la vara de majagua, y terminó como empleado en una compañía de ferrocarriles.
Antonio Sánchez El Tato
Al quedar inútil para el toreo Antonio Sánchez El Tato, a consecuencia de la cornada que le infirió el toro Peregrino (7-6-1869), un veterano ilustre de su cuadrilla pasó a la de Rafael Molina; me refiero a Antonio Calderón, primogénito de la famosa saga de picadores alcalaínos, al que familiarmente llamaban el Presbítero, por ser el único de los cuatro hermanos que no lucía patillas.
La primera noticia categórica de la cuadrilla de Lagartijo proviene del programa del abono madrileño para la temporada 1871, en el que nominalmente se anuncian las cuadrillas de Rafael, Currito y Frascuelo. En la del cordobés aparecen Antonio Calderón y José Marqueti a caballo, y Juan Yust, El Gallo y Villaviciosa como hombres de a pie. Cabe pensar que desde 1869 hasta 1872, esa fue la tropa que utilizó en los ruedos el califa, aunque en sus intervenciones por provincias se produjesen algunos cambios, apareciendo alternativamente Rafael Bejarano El Cano, torero cordobés a quien mató en Jerez (24-6-1873) un toro de Laffite; el segoviano Mariano Antón, procedente de la cuadrilla de Currito, a la que había llegado tras dejar la de El Tato por el motivo indicado; y el todavía bisoño Juan Molina, hermano del califa, quien desde 1871 venía toreando para su pariente Manuel Fuentes Bocanegra. Los dos últimos quedaron fijos a partir de la temporada 1873, ocupando los puestos de Juan Yust, aquél gran torero sevillano afincado en Córdoba, donde murió en plena lozanía (él y Caniqui parearon a Jocinero la tarde que el miureño le partió el corazón al agalludo Pepete); y Villaviciosa, que al retirarse pasó a ser consejero de su jefe, hasta que en 1883 le llegó la muerte. Los tres, Mariano Antón, Juan Molina y El Gallo, serían los banderilleros que, con toda certeza, acompañaron a Lagartijo hasta 1882 inclusive.
Antonio Calderón
Volviendo a los picadores, en 1874 los que llevo de plantilla a Madrid fueron Antonio Calderón y El Francés, trabajando también mucho con él en ese año y siguientes, Juaneca, Marqueti y José Calderón, a los que habría que añadir aquellos que además ponía la empresa de la Villa y Corte, siendo los de mayor asiduidad Antonio Benítez El Grapo y Manuel Feijóo, antiguo coracero de la reina, de corpulenta talla, al que le fue concedida la Cruz de Beneficencia por salvar de perecer ahogados a dos mujeres y un cura, cuya barcaza volcó atravesando el río Guadiana. Emigrado a México en 1890, nunca más se supo de él. De los mencionados picadores agregados, el arrogante Juaneca fue al que más utilizó, y hubiera ocupado un sitio fijo, de no ser por su violento y díscolo carácter, motivo por el que no echó raíces en ninguna cuadrilla a pesar de agarrarse bien y castigar con dureza a los toros. Madrileño muy popular, su sombrero calañés, que nunca abandonaba, constituyó, junto con Gonzalo Mora y Ángel López Regatero, el final de una característica manera de vestir entre los toreros. Como no podía ser de otra forma, falleció en la Cárcel Modelo, donde había ingresado a raíz de la tumultuosa riña que se produjo en una taberna, de resultas de la cual falleció un hombre.
Con un equipo variable de picadores, siendo el único permanente Antonio Calderón, y saliendo a veces su paisano Onofre, y sus mencionados peones de plantilla, Lagartijo hizo las temporadas 1874, 1875 y 1876.
Juan Molina Sánchez
En la de 1877, retirado el viejo Calderón, formaron ya a su lado otros dos componentes de la famosa saga de Alcalá de Guadaira; el ya citado José y su hermano Manuel, que habrían de seguir con el califa largo tiempo. Así, llevando a estos dos picadores, y de banderilleros al muy hábil Mariano Antón, al siempre elegante José Gómez El Gallo, a Juan Molina, convertido ya en dueño y señor de la lidia, y en ocasiones a su otro hermano Manuel, al que daría la alternativa en Murcia el 5 de septiembre de 1879, cubrió Lagartijo las campañas de 1877 a 1882, ambas incluidas.
Al finalizar dicho año 1882, Mariano Antón, agotadas ya sus facultades -tenía 54 años de edad- abandonaba el toreo, dedicándose a su familia y a la agencia taurina que montó. Aquel aprendiz de zapatero acabó siendo uno de los subalternos más importantes de la época, del que mucho aprendió a su lado, superándole a todos después, el inconmensurable Juan Molina. Al sustituirle entró en la cuadrilla, a instancias de Juan -cuñado de este- Manuel Martínez Manene que, aún siendo poco conocido todavía no tardó en hacerse un sitio entre los banderilleros de primera fila.
Rafael Bejarano Carrasco Torerito
Finalizada la temporada de 1884 Rafael Molina despidió al Gallo, ocupando su puesto Rafael Bejarano Torerito, sobrino político del espada, que ya había sustituido a José Gómez durante la enfermedad que padeció aquel año. No gustó la determinación tomada por el califa, muy criticada por toreros y aficionados, que no olvidaban los dieciocho años de fidelidad y eficacia a su lado, y aunque El Gallo se encontraba ya en decadencia y quebrantado de salud, seguía cumpliendo con lucimiento gracias a su pundonor y saber estar en el ruedo. Apenas llevaba retirado medio año, su fatigado corazón dejo de latir, doblado ya el mes más florido de Sevilla. Diez años después nacería en Gelves quien habría de elevar tan artística dinastía a lo más alto del toreo, su sobrino José Gómez Joselito.
A partir de entonces la lista de banderilleros de Lagartijo quedó formada por Juan Molina, Manene y Torerito, y en octubre ingresó un torero que ya venía pidiendo paso de figura, Rafael Guerra Guerrita, que permaneció en la cuadrilla hasta su alternativa en 1887.
Con Rafael Molina Lagartijo empieza a hablarse de la elegancia en el torero
La etapa más brillante de la trayectoria taurómaca del primer califa cordobés que trenzó coleta, Rafael Molina Lagartijo, va unida a la de su hermano Juan, el mejor peón de toda la historia de la tauromaquia, y a la de los hermanos Calderón, tres de los cuales picaron a sus órdenes (tan solo Francisco no lo hizo). Como bien escribió El Bachiller González de Rivera: "Sería imposible olvidar aquellas figuras huesudas acartonadas, de grave semblante adornado con anchas patillas entrecanas. Manuel suprimió el adorno capilar en 1885, pero José -al que llamaban El Dientes- lo conservo toda su vida, siendo el último picador patilludo que ha cabalgado en plaza”. En 1887 se retiró, sustituyéndolo en las corridas de Madrid Francisco Parente El Artillero, un gallego que fue gastador en artillería -de ahí su apodo-, quien después de probar en varios oficios se hizo picador por una apuesta, y aunque sin tener jefe fijo picó para varios toreros, dado que le atizaba fuerte a los morlacos. A comienzos del siglo XX dejó de existir en el sanatorio que para enfermos mentales se levantó en Ciempozuelos (Madrid). Por provincias, en virtud a la amistad que les unía con ellos y las oportunidades que siempre ofreció a sus paisanos, Rafael llevó a Juan Rodríguez el de los Gallos, que comenzó como torero de a pie y acabó haciendo funciones de torilero en el coso de Los Tejares, y al que algunos historiadores vinculan con la anécdota del gallo de pelea que solicitó Lagartijo aprovechando una situación comprometida del varilarguero (otros tratadistas taurinos la relacionan con el también picador Rafael Álvarez Onofre); y Joaquín Vizcaya, mejor jinete que torero. A los dos venía ya utilizándolos desde 1880, confianza que no les retiró hasta 1893, en que dejó de vestir el traje de luces.
Lagartijo
José Calderón reapareció el 31 de agosto de 1887 en Málaga, y lo hizo enrolado de nuevo entre el personal de Lagartijo, con el que siguió hasta finales de 1899 en que se retiró definitivamente, viviendo los últimos años en su natal Alcalá de Guadaira, donde el 15 de mayo de 1896 dejó el mundo de los vivos. Manuel Calderón permaneció al lado del diestro cordobés hasta su muerte, ocurrida en Aranjuez el día más señalado de este Real Sitio, como es el 30 de mayo festividad de San Fernando, corriendo el año de 1891, y fue a consecuencia de la conmoción cerebral que le sobrevino al caerle encima la cabalgadura tras el derribo que le ocasionó el toro Lumbrero, de Veragua, lidiado en primer lugar aquella tarde. A José lo sustituyó el citado Juan de los Gallos, quien a mediados de 1890 fue reemplazado por su paisano Rafael Moreno Beao, un picador de mucho brazo, cuñado de Guerrita, con el que también trabajaría después. Y a Manuel Calderón le suplió en la cuadrilla el popular y bravo Agujetas, que figuró en las filas de afamados toreros y se mantuvo en activo hasta cumplidos sesenta años de edad, a pesar de lo cual, pobre y olvidado, murió en Madrid a comienzos de 1937. Estos fueron los dos varilargueros que Lagartijo llevó en los años 1891 y 1892, últimos de su carrera torera.
Rafael Caballero Matacán. Revista La lidia
Además picaron con él mucho en este periodo de 1890 a 1892 los cordobeses Juan Moreno Juanerito (que nada tiene que ver con ese Juanero el Feo, que dicen picó para el califa sin que existan pruebas fidedignas de ello), del barrio de Santa Marina, donde el 6 de noviembre de 1909 se quitó la vida de un disparo; Curro Gómez, de oscura ejecutoria; Rafael Caballero Matacán que, aún sin muchas pretensiones, cumplía tirando el palo a satisfacción de sus jefes; Antonio de Dios Comearroz, quien de picar piedras en las calles pasó a picar toros en los ruedos; el sevillano Juan Pérez, que emigró a México en 1894, donde fue mayoral de la ganadería de Tepeyahualco; Francisco Coca, aquel madrileño que tuvo que dejar prematuramente su actividad en los ruedos a causa de una progresiva obesidad; y dos más que actuaron mucho en la plaza de Madrid, el portuense José Pacheco Veneno, que si ciertamente no fue un prodigio encontrándose con los toros, les hacía daño gracias a su enorme corpulencia física; y Francisco Zafra El Artillero -otro de este apodo-, que falleció demente al final del siglo XIX. Será oportuno decir, que aquellos eran tiempos en los que numerosos picadores acabaron sus días totalmente locos -de huesos rotos ni les cuento-, fruto de los golpes que recibían en la cabeza, a consecuencia de los tremendos batacazos que sufrían un día sí y otro también.
 Mojino. Revista La lidia
Asimismo, agregados a su cuadrilla, desde 1880 a 1887, trabajaron con Lagartijo el banderillero aragonés Lorenzo Quilez, que falleció en Zaragoza cuando todavía no había cumplido 42 años, al hacérsele crónico un extraño padecimiento que contrajo en uno de sus viajes a tierras americanas; los madrileños Eusebio Martínez; Cosme González, quien una vez retirado fue concejal del ayuntamiento de Aranjuez, donde había nacido; y Tomás Parrondo el Manchao, que alcanzó a tomar la alternativa en Barcelona el 24 de septiembre de 1889, y como tantos otros, triste y olvidado acabó su existencia en una modesta habitación de la madrileña calle del Ave María, víctima de cruel enfermedad mental; y los cordobeses José Bejarano Carrasco, hermano del Torerito, de irregular trayectoria; y Rafael Rodríguez Calvo Mojino, el mayor de los tres hijos toreros de Caniqui, y uno de los más brillantes banderilleros de aquel tiempo. El rey del sesgo le llamaron por su perfección clavando los rehiletes de tal forma. Inseparable amigo y compañero de Guerrita -por no darle sitio en su cuadrilla Fernando Gómez El Gallo se salió de ella Rafael Guerra-, el Mojino tuvo que dejar el toreo en 1896, cuando más cuajado estaba, a consecuencia del tremendo pisotón en la espalda que, estando caído en la arena al salir de un par, le dio el toro Regalón, de Udaeta, en la plaza de Madrid -mano a mano entre Guerrita y Mazzantini- el 31 de mayo de 1891, accidente que acabó costándole la vida cinco años después. Dicen que fue ese uno de los días más tristes en el bullicioso barrio de la Merced.
Las cuadrillas de Frascuelo, Mazzantini y Lagartijo
Óleo de Daniel Vázquez Díaz. Museo Reina Sofía
En 1887 Lagartijo presentó en el coso de la Villa y Corte la mejor cuadrilla de toreros que haya podido conocerse en los ruedos. Estaba formada por El Artillero (Francisco Parente) y Manuel Calderón como picadores, y a pie nada menos que Juan Molina, Manene, Torerito, Guerrita -en septiembre tomaría la alternativa- y el Mojino. Durante sus estancias en Madrid, Rafael Molina solía visitar los cafés La Iberia e Inglés. Encontrándose en este último, en cierta ocasión le advirtieron del corridón de toros que aguardaba en los corrales de la plaza, al que habría de enfrentarse el día siguiente. Sin perder su compostura contestó a los contertulios: "En estando güenos yo y mi gente, ya nos puede jechar si quieren los güeyes". Bien seguro estaba el califa de la tropa que, tanto de caballería como de infantería, llevaba a su mando.
Rafael Guerra Bejarano Guerrita
Aplazada por lluvia el día anterior, el 26 de diciembre de 1888 se celebró en Córdoba una novillada con reses de Lagartijo, en la que varios subalternos intervinieron como espadas. El encierro salió manso y con bastantes problemas -hasta Guerrita, que bajó a auxiliarles, resultó herido en una mano-, al extremo de que el cuarto ejemplar, de nombre Aguardentero, enganchó violentamente a Manene al hacer un quite, infiriéndole tan grave cornada -le destrozó la vejiga-, que en la noche del día 28 le sobrevino la muerte. Otro día de luto en los aledaños del viejo matadero cordobés. Para sustituirle, Rafael Molina, por amistad y corazón más que por verdaderos merecimientos, dio cabida en su cuadrilla a un hermano del infortunado Manuel Martínez, de igual apodo y de nombre Rafael, al que los cordobeses llamaban Martín.
Salvador Sánchez Frascuelo
Matador de toros Guerrita desde el 29 de septiembre de 1887, -justamente dos años más tarde tomaba también la alternativa, de manos de Lagartijo igualmente, Rafael Bejarano Torerito-, ocupó su puesto el sevillano Manuel Antolín, eficaz e inteligente torero que figuró en las filas de importantes espadas. Aquel mismo año (1889), al deshacerse de la cuadrilla de Salvador Sánchez Frascuelo -se retiraría el 30 de mayo siguiente-, consciente Rafael Molina de sus ya mermadas facultades físicas, solicitó los servicios de Antonio Pérez el Ostión, con el que además le unía buena amistad. En realidad este sobrio subalterno alavés era una planta exótica en las cordobesas huestes del califa, al que prestó eficaz colaboración pese a encontrarse también él próximo a retirarse, y a dejar este mundo, puesto que víctima de disnea falleció en Madrid el 14 de enero de 1894, a los 47 años de edad. Así es que la última cuadrilla de banderilleros que tuvo Lagartijo la compusieron Juan Molina, El Ostión, Antolín y Manene (Rafael), actuando en numerosas corridas la temporada de 1891 el madrileño Santos López Pulguita.
Antonio Pérez Ostión
Y llegamos a las cinco corridas que para su retirada convino Lagartijo en 1893, teniendo por escenario las plazas de Zaragoza, Bilbao, Barcelona, Valencia y Madrid -sabido es que renunció a torear en Sevilla hacía ya tiempo-, funciones en las que en calidad de sobresaliente de espada le acompañó su antiguo banderillero Rafael Bejarano Torerito, y como subalternos, unos en unas y otros en otras, le auxiliaron los picadores Agujetas, el sevillano Manuel Rodríguez Cantares, el fornido cordobés de novelesca vida José Arana y Molina Agustín Molina, Juan el de los Gallos, José Martín Pino, Francisco Sarasúa Charol, Francisco Zafra el Artillero y Antonio Cabezas Pajarero; y los banderilleros Juan Molina, Antolín, El Ostion, Manene, Pulguita, Manuel Blanco Blanquito, Antonio Bejarano La Fila y José Martínez El Pito. El último toro que estoqueó Lagartijo (Pandereto, de Veragua), lo picaron Molina y Pajarero, y lo banderillearon el propio Rafael y Torerito.
Al recordar a estos profesionales no debemos olvidar a quienes también acompañaron a Rafael Molina Sánchez Lagartijo, desempeñando funciones de puntilleros; así su hermano Francisco, fallecido en 1882, y el madrileño José Torrijos Pepín.
Larga relación de toreros, cuya formación dista mucho de la que se sigue en los tiempos que corren, de manera especial en lo que atañe a los banderilleros. Antes, para poder llegar con ciertas garantías a matador de toros, se empezaba como peón, mientras que hoy día se toma la alternativa para pasar, rápidamente en no pocos casos, al escalafón subalterno. Evidentemente, son otros tiempos.

Del libro LAGARTIJO EL GRANDE, CENTENARIO DE UN CALIFA DEL TOREO, del que es autor Rafael Sánchez González, editado por El Semanario La Calle de Córdoba en el año 2000.