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domingo, 22 de agosto de 2021

LA GRAN TEMPORADA DE «GUERRITA» (y II)

Por Rafael Sánchez González

Rafael Guerra Guerrita. Foto Montilla

ACCESO A LA PRIMERA PARTE

Un mes de septiembre que resultaría bastante movidito en acontecimientos y no todos normales para el torero de Córdoba. De las mencionadas plazas norteñas fue a la localidad francesa de Bayona, donde comenzaron las vicisitudes debido al llamado decreto Dupuy (ingeniero y senador de la Tercera República que presidía Jules Grévy), mediante el cual se prohibía la suerte de matar en los espectáculos taurinos, allí llamados a la española. Una inicua sentencia promovida por la Sociedad Protectora de Animales, que los aficionados franceses (generalmente los de la parte meridional del país que era, y aún es, la zona en la que con mayor arraigo se venían celebrando estos festejos) no aceptaban, por considerar que atacaba sus derechos a la libertad de poder divertirse sin que el Estado les marcase la forma en que debían hacerlo. Recordando una frase del escritor de la Ilustración y político asturiano Gaspar Melchor de Jovellanos: “Los pueblos que trabajan no necesitan que el Gobierno les divierta, sino que los dejen divertirse”. Al rechazo popular se unía la mayoría de la prensa que combatía con energía dicha disposición gubernamental. Así las cosas, para lidiar bichos  de Saltillo y ante más de seis mil espectadores, el día 2 actuaron en la citada plaza Guerrita, que acabó con su lote de tres soberbias estocadas, y Cara-Ancha, que resultó erosionado al saltar la berrera y hacerlo tras de él su tercer oponente. El escándalo vino cando la autoridad detuvo a todos los lidiadores en base a la desdichada ley. Tras ser enjuiciados resultaron absueltos. Lo más curioso del caso fue, que el propio juez que dictó la orden pronunció un discurso en defensa de las corridas de toros, “reconociendo la utilidad del espectáculo”. El asunto se dilataría durante largo tiempo

Dos días después, organizada por la Asociación del Comercio. la Industria y la Agricultura se celebró en Aranjuez una corrida con toros de José Navarro (antes marqués viudo de Salas), función que al igual que sucedió el 30 de mayo convocó en el Real Sitio a numerosos forasteros, en su gran mayoría procedentes de Madrid, viéndose abarrotados los trenes especiales que la Compañía de Ferrocarriles M.Z.A. puso en servicio, evitándose en esta ocasión los desórdenes de costumbre gracias a las acertadas disposiciones del duque de Tamames. Amenizada por la banda de música del Hospicio de Madrid y la de cornetas y tambores dirigida por el maestro Espinosa, hicieron el paseíllo las cuadrillas de Guerrita, vestido con su color favorito verde y oro,  que cumplió su cometido sin más, y Bombita que fue paseado a hombros. Los días 5 y 6 toreó en el coso linarense de Santa Margarita. La primera tarde para estoquear junto con Bombita ganado de Atanasio Linares que no dieron mucho juego, por lo que poco se detuvieron las reseñas sobre este festejo. Y todavía peor fue el resultado del segundo, con cinco reses de Saltillo y un sobrero de Atanasio Linares que pecaron de mansedumbre, esta vez acompañado del también diestro sevillano Antonio Fuentes.

Rafael Bejarano Carrasco Torerito

En la muy festiva fecha del 8 de septiembre y junto con su paisano Rafael Bejarano Torerito se enfrentaron brillantemente en Badajoz a reses de Filiberto Mira (el sobrero lo mató Blanquito), de las que el califa brindó la muerte del quinto, que había lastimado en el rostro al banderillero Primito, al marqués de Jerez que le obsequió con un valioso regalo. Un día después cruzó la frontera portuguesa para torear en Lisboa cornúpetas de Cámara y J. de Gama.  

En la feria de 1893 se inauguró la actual plaza de toros de Salamanca, tercera con que ha contado la capital charra, que vino a sustituir a la llamada de las Juanelas o de los Mínimos, por estar situada en el lugar conocido entonces como era de las Juanelas en terrenos que pertenecían al convento de la referida Orden Religiosa. Para tan señalado acontecimiento se contrató a las dos figuras más relevantes del escalafón, Mazzantini y Guerrita, pero el puntazo en el cuello, más preocupante por el sitio que por la gravedad de la herida, que cuatro días antes le infirió en Murcia un marrajo de Solís, de nombre Bragadito, impidió que el domingo 11 pudiese participar Rafael en dicha efeméride. Por lo tanto, su presentación en el coso de La Glorieta se produjo en el año 1894, que nos viene ocupando. Un debut que al final resultó bastante sonado, y no precisamente por el resultado artístico de su labor sino por lo que vino después. ¡Menudo alboroto se formó en todo el entorno taurino!

Guerrita estaba anunciado en tres corridas (la cuarta y última la finiquitaron Antonio Moreno Lagartijillo y Antonio Reverte con reses veragüeñas). La primera se celebró el día 11 bajo una pertinaz lluvia y constituyó un clamoroso triunfo para el torero de Córdoba, que desplegó todo su amplio repertorio ante los muy aceptables toros de Teodoro Valle, cosechando un rotundo triunfo en tanto que el mencionado diestro granadino se desenvolvió con lucimiento. El segundo festejo, que debió celebrarse en la jornada siguiente, se canceló a causa del mal tiempo. Respecto a la tercera corrida, poco antes de su comienzo se anunció la suspensión por orden gubernativa, debido al mal estado del ruedo, produciéndose un gran escándalo al entender el público que solo era un pretexto del torero de Córdoba, por tratarse de un martes y trece y con bichos de Miura, además. Ante las hostilidades, desde uno de los balcones de la plaza se hizo saber que Guerrita se había negado a actuar velando por la integridad física de los lidiadores, circunstancia que aún encolerizó más a la gente, por lo que el gobernador decidió acudir a la fonda donde se hospedaban los toreros, obligándoles a ir a la plaza en carruajes custodiados por la Guardia Civil, siendo recibidos con una silba monumental. Aun con este ambiente adverso, fueron calmándose los ánimos y tanto él como Reverte alcanzaron un éxito muy trabajado.

El sevillano Antonio Reverte Jiménez

Sucedió y aquí viene lo más relevante, que el día siguiente, D. Ramón Solís, propietario y empresario de la plaza anterior y amigo personal de Rafael Guerra, invitó a este junto con un reducido grupo de amigos a una comida en su casa. En la sobremesa se habló de toros y Rafael se refirió a lo exigente que se le había puesto la afición madrileña, al punto -parece ser que dijo- de que en Madrid tendría que torear San Isidro para poder satisfacer al público. Un periodista que asistió al acto, con más deseos de notoriedad que veracidad en sus palabras, lanzó a los cuatro vientos la noticia de que Guerrita había afirmado: “en Madrid que toree San Isidro”. Lógicamente la reacción general  aumentó las antipatías de aquella afición hacia el Guerra, desatándose una gran campaña en su contra e incluso comenzaron a circular noticias sobre la posible retirada del torero. Otros afirmaban que su alejamiento solo se refería a la plaza de Madrid, multiplicándose las noticias en prensa con opiniones para todos los gustos. Y en esta encrucijada continuó Rafael su triunfal campaña, que el viernes 16 tuvo como escenario el circo romano de Nimes, donde aún continuaba muy viva la lucha frente a la actitud gubernamental de querer prohibir las corridas de toros. Mano a mano con su pariente Torerito, estoquearon reses de José de la Cámara, recibiendo ambos continuas ovaciones al rivalizar en quites y banderilleando con especial lucimiento. 

Tres días después, los dos rafaeles lidiaron en Hellín seis ejemplares de Atanasio Linares, siendo muy aplaudidos. Y mayor aún fue el éxito alcanzado por él en la primera corrida de las Fiestas de San Mateo en Logroño (21/9), siéndole concedida la oreja en dos de los tres ejemplares del marqués de Saltillo que mató de sendos volapiés, después de torearlos y banderillearlos entre constantes ovaciones, rivalizando con Mazzantini que también vio premiada su labor.

De la capital riojana pasó a Valladolid, donde fue base de la programación taurina, celebrada entre los días 22 y 25, al intervenir en los cuatro festejos anunciados. Los tres primeros compitió mano a mano con Antonio Reverte, frente a toros de López Navarro, Esteban Hernández y Veragua, y haciéndolo como único espada en el último de ellos con seis ejemplares pertenecientes la mencionada divisa veragüeña. En la primera corrida se le concedió una oreja por su meritísima labor ante un bicho resabiado que tiraba hachazos por ambos pitones. Añadir, que por no estar recuperado Reverte de su último percance se instalaron burladeros. El problema fue que dos de los toros metieron la cabeza por la parte alta del burladero (eran bichos de descomunal alzada) obligando a tener que utilizar palancas para poderlos liberar. La siguiente tarde se le concedió otro apéndice a Rafael, que fue violentamente volteado por su primero al dejar una gran estocada. La tercera jornada se inició con malos augurios, pues nada más concluir el paseíllo comenzó a llover torrencialmente convirtiendo el ruedo en un auténtico barrizal, por lo que al arrastrarse del cuarto se acordó esperar unos minutos, y caso de continuar el temporal se determinaría la suspensión. Faltando a este compromiso el presidente y teniente de alcalde Lorenzo Bernal ordenó la salida del quinto animal, actitud que desembocó en el abandono de la plaza por parte de los lidiadores. Como quiera que las protestas del público iban en aumento, temiendo mayores consecuencias, el presidente ordenó que la Guardia Civil fuese al hotel donde se hospedaban los toreros, obligándoles a volver a la plaza en coches custodiados por la autoridad. No hará falta decir que fueron recibidos con una estruendosa bronca que persistió hasta el final del festejo. Es decir, que en un plazo de breves días se repitieron las circunstancias ya referidas de Salamanca, con el resultado final de que en esta ocasión fueron conducidos a la cárcel de la Chancillería, salvo Reverte y el picador Beao que tuvieron que ser atendidos de diversas lesiones y otros subalternos que pudieron escapar de la quema. Como quiera que el juez no encontró motivo para proceder a una retención mayor, al filo de la madrugada quedaron todos en libertad. Amparado en su capacidad lidiadora y acostumbrado ya a tener que superar toda clase de contratiempos, Guerrita triunfó de principio a fin en la última corrida, cortando  orejas y siendo constantemente ovacionado, sobre todo en quites y al banderillear, sacando a relucir su extraordinario repertorio de adornos y jugueteos con las reses.  

Picadores de Guerrita: Beao, Molina y Zurito

Ante este cúmulo de adversidades, sometido a un nivel de exigencias en los ruedos difíciles de poder superar, cabe pensar que no faltaría quiénes llegaran a pensar que a estas alturas de su brillantísima carrera taurina, disfrutando de un bien ganado capital, propietario de varias fincas de labor y un promedio de ochenta contratos por temporada, poco debería preocuparle dejar de torear en Madrid. ¡Qué poco conocerían a Guerrita! Por su pundonor y gran sentido de la responsabilidad, su reconocido amor propio y, por qué no decirlo, por un innato orgullo personal, no podía tomar la determinación de cancelar las actuaciones todavía pendientes con la empresa de la Villa y Corte y, si hubiese querido, afirmar después con toda rotundidad y justo fundamento: “En Madrid que atoree San Isidro”.

Envuelto en tan enrevesada situación que dio lugar a toda clase de comentarios, tanto a favor como en su contra, Rafael bajó a Sevilla para participar en la septembrina Feria de San Miguel, que estaba montada con Guerrita, Bombita y Reverte, dos tardes cada uno, pero las lesiones sufridas por este último en Valladolid le privaron de hacer el paseíllo en la Real Maestranza. Guerra actuó los días 28 y 29. El primero para enfrentarse a un áspero encierro de Miura mereciendo destacarse su labor ante el tercero, al que con valor y dominio pudo doblegar haciendo que las palmas sonaran con fuerza al término de la faena. Bombita resultó lesionado en la mano derecha al entrar a matar a su primero, continuando en la lidia tras ser atendido en la enfermería, que también visitó el picador Beao. El día 29 se corrieron astados del marqués de Villamarta en los que predominó la mansedumbre, comportamiento que fue manifiesto en el ejemplar que abrió plaza, peligroso por los arreones que soltaba en sus violentas embestidas, por lo que el califa solamente pudo brillar a ráfagas. Emilio Torres, que se resintió de su lesión en la mano y además resultó herido en el lado derecho de la región glútea, bastante hizo con quitarse de encima a sus dos regalitos. Por su parte, el pundonoroso matador de toros trianero Joaquín Navarro Quinito, que sustituía al torero de Alcalá del Río, se vio desbordado por su primer enemigo, que pudo lidiar gracias a  la eficaz colaboración de Guerrita. El picador Antonio Bejarano Pegote recibió un puntazo en el pie derecho. El ciclo se cerró con cinco reses de Moreno Santamaría y un sobrero de Adalid. Seis bueyes con los que apechugaron Quinito y Antonio Arana Jarana, diestro también sevillano en el ocaso ya de su trayectoria taurómaca, a quien el toro Distinguido, de Félix Gómez, le quitó el año anterior en Madrid los escasos ánimos que le quedaban. Por cierto, del mismo ganadero colmenareño y también llamado así, era e morlaco que en Cartagena (9/8/1914) cornearía mortalmente al espada de El Viso de los Pedroches (Córdoba) Fermín Muñoz Corchaíto.

Guerrita citando en banderillas

Y de Sevilla… ¡a Madrid! No hará falta señalar el panorama que le esperaba en la capital del Reino aquel domingo 30 de septiembre. Una situación que rebasaba incluso el ámbito taurino, pues hasta la prensa diaria de información general se ocupaba en exceso del tema. A tal respecto escribía Peña y Goñi en La Lidia (14/10/1894). “Lo de Guerrita es un colmo de la estupidez; porque parece mentira que un país se preocupe poco ni mucho de esas tonterías. Al hombre hay que dejarle a su paso, que ya sabe él adonde ha de llevarle, al disfrute, y Dios se lo logre y conserve…” Debe tenerse en cuenta que este desafecto de la afición madrileña hacia él no era algo nuevo, aunque se viese agrandado por la frase que hacía referencia al Santo Patrón. Empezó a tejerse en 1891 con el inoportuno empeño de competencia directa con su paisano y maestro Lagartijo, circunstancia que viene a explicar el trato favorable que recibía el infortunado Espartero, así como la entrega incondicional hacia el recién llegado Reverte en la temporada anterior, por parte del numeroso bando lagartijista.

Pero sigamos con la vuelta de Rafael al desaparecido coso de la Carretera de Madrid, edificado por iniciativa del marqués de Salamanca, que en principio levantó una ruidosa polémica al no estar todos de acuerdo con el ambicioso proyecto. 

Guerrita igualando

Pitos para silbarle a Guerrita”, se oía pregonar en los alrededores de la plaza desde muy temprana hora. “Antes de que termine la corría ya se han comío toos lo pitos”, dicen que fue la contestación del diestro al enterarse de dicha artimaña. En principio se le anunció con Julio Aparici Fabrilo (espada valenciano al que Lengüeto, de Cámara, arrebataría la vida el 27 de abril de 1897 en este mismo ruedo) y el sevillano Enrique Vargas Minuto, quien a última hora avisó que no podría comparecer al estar todavía convaleciente del percance sufrido tres días antes en la localidad portuguesa de Cascaes, que en tal fecha inauguraba su circo taurómaco. Se contactó entonces con Torerito, pero excusó torear por el reciente fallecimiento de su padre. Y cuando todo estaba dispuesto para que acudiese el veterano Enrique Santos Tortero, se notificó que el sustituto sería Antonio Fuentes. Para la ocasión llegó un encierro de José Moreno Santa María, pero los productos oriundos de la vacada de casta jijona, que en 1840 formara el ganadero cordobés Rafael José Barbero, salieron excesivamente mansos. Solo sirvió un sobrero de José Antonio Adalid salido en sexto lugar. Desde que Guerrita, vestido de perla y oro con cabos rojos, apareció por la puerta de cuadrillas y hasta bien avanzada la lidia del toro que abría el festejo, no cesó la bronca que le dedicaron. Menos mal que el diestro, tirando de recursos y a fuerza de tesón y valor, pudo resolver una situación que se presentó muy comprometida para él, consiguiendo que se le ovacionara con fuerza cuando tumbó al cuarto de una soberbia estocada hasta la empuñadura. Para rematar su labor, durante toda la función se mostró muy activo y brillante tanto en quites como con las banderillas, por lo que en el último toro una gran mayoría de espectadores se le rindieron plenamente dedicándole una clamorosa ovación. Tal y como había pronosticado, se tuvieron que comer los pitos.

El mes de octubre lo inició protagonizando la Feria de Úbeda (Jaén), saldando reses que respectivamente pertenecían a las vacadas de Rafael Surga, mano a mano con Quinito en el lunes primero, y a los Hermanos Nicolás y José Lozano, en compañía de su pariente Torerito, el jueves 4, si bien cedió la muerte del quinto al novillero José Rodríguez Bebe Chico que ejercía de sobresaliente. Con buen clima y mejor entrada, el día 7 se celebró en Barcelona la penúltima corrida de la temporada, con tres toros de José Navarro (antes Salas) y otros tres de Luis Mazzantini, que también actuaba, de los que el burriciego quinto fue reemplazado por un ejemplar de Torres Cortina, al que Guerrita realizó una completísima y labor que fue premiada con un apéndice. Para dar mayor realce a sus fiestas la ciudad valenciana de Gandia programó una corrida de toros, que pertenecieron al hierro de José Clemente y fue un desastre de ganado en todos los sentidos, para Guerrita y Fabrilo, ídolo de aquella región, que resultó herido en el muslo derecho cuando se preparaba para matar al cuarto, motivo por el que Rafael tuvo que vérselas con cuatro de aquellos marrajos que aún lucían la divisa de González Nandín. Sucedió que el padre y otros familiares de Julio Aparici que presenciaban el festejo tuvieron que ser “atendidos de un síncope”. Cabe recordar, como ya ha quedado apuntado, que Fabrilo murió a resultas de una cornada; y añadir ahora que su hermano Francisco, novillero apodado Fabrilo II, fue víctima de un pablorromero de nombre Corucho  (Valencia  30/4/1899). Paradojas del destino, vistiendo el mismo traje grosella y oro que llevaba Julio el día de su fatal percance.

Litografía del Guerra firmada por el torero

Un año más se engalanó Zaragoza para disfrutar su Feria de la Pilarica, que en esta ocasión se compuso de tres corridas de toros acontecidas los días 13, 14 y 15 (fuera del abono se dio un festejo mixto el domingo 21) y en las que Guerrita constituía su máxima atracción. En las dos primeras estuvo acartelado con Antonio Fuentes, junto a las ganaderías de Espoz y Mina y de Pablo Benjumea respectivamente. Del antiguo hierro de Carriquiri solo estoqueó dos, ya que el primero tuvo que ser apuntillado después del castigo que recibió del picador Agustín Molina, con la consiguiente bronca que parte del público llegó a expresar desde un invadido ruedo. Con sus otros dos ejemplares logró calmar la situación, cortándole una oreja a su segundo y redondeando una magistral faena en el último de su lote al que le entró a herir utilizando como muleta la chaqueta que desde el tendido le arrojó un enfervorecido espectador. Frente a los benjumeas debe significarse sus intervenciones en los dos primeros tercios, que fue portentosa en el sexto al banderillear con Fuentes, compartiendo con él una prolongada ovación. La última tarde se encerró en solitario con seis saltillos, de los que uno fue devuelto por presentar defectos en su encornadura, reemplazándolo un ejemplar de Espoz y Mina, cuya muerte, a petición del público, cedió al novillero local Nicanor Villa Villita, que aquella tarde trabajaba como peón. Guerrita tuvo una actuación que en líneas generales describen las crónicas como “mitad por mitad”.

Antes de que en Madrid pusiese término a su magnífica campaña de 1894, Guerrita viajó a tierras catalana. Así, el domingo 18 actuó en Tarragona acompañado de un voluntarioso Quinito, que salió en sustitución de Bombita (aquejado todavía de su mencionado percance en la sevillana Feria de San Miguel), para dar cuenta de un bravo encierro perteneciente a la vacada que Victoriano Ripamilán poseía en la comarca zaragozana de las Cinco Villas, cosechando Rafael un rotundo triunfo al obtener una oreja de los dos últimos toros que compusieron su lote, sobresaliendo la faena realizada con Jardinero, al que sentado en el estribo vio como rodaba a sus pies con el estoque hundido hasta las cintas. Tres días después volvía a realizar el paseíllo sobre el ruedo de El Torin (primer coso taurino construido en la Ciudad Condal, también llamado de La Barceloneta por estar ubicado en terrenos de dicha barriada), para encerrarse como único espada frente a cuatro astados marcados con el hierro de Saltillo, de bonita lámina y aceptable comportamiento, de los que el cuarto murió descordado a consecuencia de un puyazo de Rafael Moreno Beao, y dos bichos de Torres Cortina que dieron un juego desigual. Rafael estuvo superior toda la tarde, recibiendo numerosos aplausos y dos orejas que por unánime petición le concedió el presidente, León Guerrero, quien además ordenó que en honor del califa sonara la música en el quinto ejemplar.

Foto de estudio de Rafael Guerra

Y llegamos al punto final de su temporada, que tuvo por escenario el siempre importante y a la vez complicado coso taurino matritense, y aunque sin la acritud de la comparecencia anterior el panorama ambiental le seguía siendo poco propicio, dividiéndose las manifestaciones en los tendidos cuando el domingo 28 de octubre, ciñendo  un precioso terno encarnado con caireles de oro y cabos negros (los tres jefes de filas vistieron trajes con seda del mismo color) realizaba el paseíllo acompañado del granadino Lagartijillo y de Miguel Báez Quintero Litri (primer matador pero no el fundador de la famosa dinastía taurina onubense), que confirmaba la alternativa recibida un año antes en la Real Maestranza de Sevilla, motivo por el que, siguiendo una bonita costumbre después desaparecida, Rafael le cedió la muerte del primer toro, de nombre Sentimiento, que como el resto del encierro lucía la divisa encarnada y blanca de la ganadería de D. Cristóbal Colón de la Cerda, quien a la sazón era el titular del ducado de Veragua. La tarde se presentó con un cielo tristón después de haber llovido durante toda la mañana (este festejo se aplazó el martes anterior a causa del temporal) y hubo necesidad de acondicionar el ruedo antes de que el presidente, Tomás Minuesa de los Ríos, ordenara a Carlos Albarrán El Buñolero que abriese la puerta de toriles. Por el motivo indicado Guerrita estoqueó los toros tercero (Chaparro, berrendo en negro con apretadas defensas) y cuarto (Desertor, negro bragao, salpicado por los pechos y no mal encornado),  con los que estuvo por encima de las condiciones que le presentaron, siendo muy aplaudido al término de sus respectivas faenas,  sobresaliendo una vez más su saber estar en el ruedo y buena dirección de la lidia, cualidades que puso de manifiesto en diversos momentos de la misma, si bien, donde se llevó la mayor ovación de toda la tarde fue al correr por derecho al toro quinto “llevándole hasta la puerta fingida del 2 y 3 y una vez allí se sienta en el estribo a dos pasos del bicho con mucha tranquilidad. Al abandonar el sitio el público tributa al espada una nueva ovación, en la que caen a la arena sombreros, prendas de vestir, paraguas, cigarros, etc.” (El Toreo, 29/10/1894).

A mi modo de ver, esto fue lo más significativo, que no es poco, de cuanto en los ruedos realizó Guerrita en 1894, campaña en la que totalizó 80 corridas vestido de luces, contando con la valiosa colaboración del muy cualificado personal que llevaba a sus órdenes: los banderilleros Rafael Rodríguez Mojino (amigo y compañero inseparable desde la infancia), Antonio Guerra (su hermano), Enrique Ortega Almendro y Ricardo Verdute Primito. Y como picadores de nómina Antonio Bejarano Pegote (primo suyo), Rafael Moreno Beao, Manuel de la Haba Zurito y José Arana Agustín Molina, a los que en el transcurso de la temporada y como consecuencia de bajas ocasionales se unirían Joaquín Rubio Formalito, Rafael Bejarano El Cano y Rafael Roldán Quilin (estos dos últimos también familiares suyos). Todos ellos de Córdoba salvo Almendro y Primito que eran sevillanos. Como puntillero llevaba a Joaquín del Río Alones, que anteriormente fue con Frascuelo.    

Pero antes de finalizar este artículo y pese a la amplitud del mismo, no me resisto a decir que la historia del Toreo está plagada de múltiples curiosidades. Como ejemplos bien podrían servir la del traje de luces de los hermanos Fabrilo y la coincidencia de dos toros llamados Distinguido en relación con los diestros Jarana y Corchaíto ya referidos, circunstancia esta última  que se repite con dos de las reses estoqueadas en la corrida madrileña últimamente comentada: Desertor, primero que lidió Guerrita y es como se llamó el miura que en la barcelonesa plaza de Las Arenas (7/10/1900) causó la muerte a Domingo del Campo Dominguin, en tanto que Lagartijillo se enfrentó a Matajacas, nombre que llevaría el tepeyahualco que en la capital de México (13/1/1907) hirió mortalmente a Antonio Montes.

Rafael Guerra: De Llaverito a Califa 

Con la temporada de 1894 (80 corridas y 224 toros matados) llegó Guerrita a la cúspide de su reputación y de sus méritos, manteniéndose en lo alcanzado, era imposible llegar a más, y dejando bien definidas las cualidades por las que ha pasado a la historia de la Tauromaquia como el torero más completo jamás conocido, destacando sobremanera su indiscutible maestría en todos los tercios de la lidia y un amplio conocimiento de las reses. “Se atorea con la cabesa”, era una frase que solía repetir.

A modo de resumen recordaremos que Rafael Guerra Bejarano Guerrita (Córdoba, 1862-1941), a lo largo de su ejecutoria profesional totalizó 882 corridas (de las que 137 fueron en Madrid y 56 con ganado de Miura), y mató 2.339 toros, según su muy recordado nieto José Guerra Montilla, gran historiador taurino y mejor amigo. Otro dato a destacar, aunque habría muchísimos de donde escoger, es que de las doce temporadas que toreó, en todas quedó al frente del escalafón salvo la de 1897 que por cogidas, que entonces tardaban mucho en curar, acabó en segundo lugar detrás de Luis Mazzantini. Pero, quede constancia de que el año 1894 fue, sin ningún género de dudas, el de LA GRAN TEMPORADA DE GUERRITA.

sábado, 21 de noviembre de 2020

BERNABÉ ÁLVAREZ “CATALINO”, UN PICADOR “MUY ESPECIAL” (I)

Por Rafael Sánchez González

Juan Belmonte hace un quite a Catalino en Lima (Perú)

Cuando escribí sobre la relación de la dinastía taurina de los Gallo con varios toreros cordobeses, dejé para una nueva ocasión a los varilargueros Zurito y Catalino. Recordado ya el primero, quiero ocuparme ahora del segundo de esta pareja de verdaderos maestros con la vara de detener.

En mi ya dilatada vida de aficionado a la fiesta de los toros he tenido la oportunidad, en realidad ha sido siempre una constante en mí, de dialogar con numerosos profesionales del toreo en sus distintas categorías, y personas relacionadas con él, por lo que he podido recoger infinidad de datos y vivencias que han venido a enriquecer mi archivo taurino. Puedo asegurar que una de las entrevistas más amenas e interesantes fue la mantenida con Bernabé Álvarez Jiménez Catalino, si bien debo apresurarme a decir que mi participación en ella solo fue en calidad de escribano, por cuanto quienes la concertaron fueron mi padre y Pepe Guerra, mis auténticos maestros en materia taurómaca. Todo vino porque en 1953 Don Alonso Moreno estaba interesado en recabar información sobre este picador, para un libro que tenía intención de escribir y que al final creo que no vio la luz. No podía imaginar entonces que transcurridos más de veinte años compartiría tertulia con el ganadero palmeño en el Mesón del Príncipe, situado en la madrileña calle del mismo nombre, reunión de la que también formaban parte mi desaparecido amigo y gran aficionado Manolo León, y los conocidos picadores toledanos Rubio de Quismondo y los dos hermanos Mozo.

Casa Castillo, hoy Taberna Santi, lugar del encuentro

La cita con Catalino fue en Córdoba, en la antigua Casa Castillo, hoy Taberna Santi, en la plaza del Realejo, cercana a la calle Muñices, en la que a la sazón vivía y fallecería el 22 de diciembre de 1958, es decir cinco años después. No olvidaré su llegada al punto de encuentro. Valiéndose de una muleta y un bastón, apenas si podía andar con estabilidad y mover aquel corpachón de anchos hombros y elevada estatura, malformada ya por los numerosos golpes recibidos en los ruedos, más que por el paso de los años. A lo largo de casi tres horas nos fue desgranando su densa ejecutoria, citando a todos los espadas de alternativa con los que trabajó, al tiempo que iba añadiendo datos o detalles curiosos relacionados con cada uno de ellos, datos que fui recogiendo apresuradamente, dándose la circunstancia de que agoté todas las cuartillas que llevaba, por lo que Enrique Fresno, que en calidad de mozo regentaba entonces aquella popular taberna, me tuvo que facilitar varias hojas del bloc que guardaba en uno de los cajones de la vieja estantería, momento que aprovechó Bernabé para decirle, señalando a varios clientes que con atención seguían nuestra conversación: “Enrique, ten cuidao, no nos vayas a dar esas en las que tienes apuntao las trampas de esta gente”. Quiero y debo hacer constar, que se trata de todo un personaje dentro y fuera de las plazas de toros, y aunque la vida particular no deba ser nunca información fundamental para una biografía profesional, aportaré algunos detalles, que, unidos a los que por otras fuentes tengo recogidos en relación con él, servirán para un mejor conocimiento de la personalidad del protagonista al que quiero recordar, en la seguridad de que no será poca la información que por razones de espacio se quedarán sin exponer.


Para empezar habrá que decir que ni Bernabé pertenece al frondoso árbol genealógico de la torería cordobesa, ni entre sus jóvenes ilusiones anidaba la idea de actuar en los ruedos, aunque eso sí, fue bautizado en la muy torera Parroquia de Santa Marina, dado que nació en la calle Valencia de nuestra capital el día 15 de febrero de 1885. Fueron sus padres Adela Jiménez Fernández y Catalino -de ahí su apodo- Álvarez Gómez, manchego de nacimiento y primo del famoso doctor Don Luis Jiménez Guinea. Aquel hombre se ganaba el sustento “haciendo portes” con un pequeño carro  tirado por una mula, teniendo como clientes a muchos profesionales del toreo, a los que transportaba el equipaje a la estación de ferrocarriles para sus continuos viajes. De complexión fuerte, con quince años de edad se colocó Bernabé de faenero en el almacén de aceitunas y cereales de José Delgado, donde sin demostrar exagerado esfuerzo se cargaba sacos de 80  y  100 kilos. Y aquí empieza su relato. “Allí ganaba poco y duré menos todavía”. Seguidamente pasó a trabajar en la calderería del Depósito de Máquinas de Renfe, y después a la de Antonio Caro, situada en un corralón junto a la Torre de la Malmuerta, donde tenía como jefe a un tal Mayuel, “un tío de origen francés al que llamaban El Filipino, porque decía que había estado en la guerra de aquél país, luchando como infante de marina en las tropas españolas al mando del cordobés Don Rafael Cabezas, capitán de fragata, que fue el que se lo trajo después a Córdoba. Lo curioso era que en el mono de trabajo llevaba enganchada la medalla que como mérito decía él que le habían concedido”.

Dada su enorme fortaleza todos los compañeros le decían que tenía que ser picador. Y sucedió que regresando con unos amigos del Bar La Parra, junto al paso a nivel de Las Margaritas, al llegar al Café Chastang se encontraron con el Sr. Mayuel, que estaba acompañado de quien resultó ser el contratista de caballos de la novillada, anunciada para el día siguiente en Los Tejares (luego comprobaría que todo estaba tramado en ese empeño por hacerle picador). Una vez  presentados dijo Mayuel que ese era el muchacho del que le había indicado que quería picar en ella, y al saber este hombre que carecía de experiencia en dicho menester, le preguntó: “¿Tú que te crees, que los caballos son de cartón?”; “Ni de cartón ni de ná, que quiero ser picaor”, contestó Bernabé. El resultado fue que acordaron su actuación, por lo que sin más relación con las cabalgaduras que la mula del carro de su padre, y el manejo alguna que otra vez del coche de caballos que su tío Antonio tenía en la parada, con ropa prestada y sin informar de la aventura a su familia, valiéndose de la ayuda del monosabio que pasó a recogerlo con el caballo para llevarle a la plaza de toros, se vistió en casa de la novia que entonces tenía (de su faceta mujeriega también hablaremos). Se trataba de una novillada con motivo de la festividad de la Virgen de la Fuensanta (8/9) en la que el granadino Serafín Ibáñez Corcelito y los cordobeses Rafael Rodríguez Chaqueta y Rafael Sanz se enfrentaban a ganado de D. Juan Galdón. Recordaba Bernabé que al salir de la plaza era ya casi de noche; que como reserva actuó en los seis novillos, sin que ninguno llegara a derribarle; que el cuarto fue condenado a banderillas de fuego; el quinto se lo brindaron a Guerrita; y el sexto, que era el de menos peso salió bravo, pero todos con empuje y desarrollados pitones. Con cierto gracejo nos comentó que, antes de hacer el paseíllo, Carrana (Antonio Bejarano), que ejercía de torilero, al saber que era novato le dijo: “Muchacho, ¡¡te van a dar poco esta tarde…!!”. En realidad no debió dársele muy mal la cosa por cuanto el mencionado empresario de caballos, el sevillano Antonio Arenas, le ofreció la repetición para dos días después en la plaza de Andújar (Jaén), novillada en la que Rafael Molina Lagartijo Chico y Antonio Fuentes se las vieron con reses de Conradi. “Por ambas actuaciones me pagaron veinticinco pesetas, y en vista de que aquello era más rentable que seguir como calderero, y además no tendría que estar todo el día con el mazo de acero, la cizalla  y las tajaderas, ni cargarme pesadas chapas, le dije al Filipino que hasta luego y me tomé en serio lo de picador”.

Antigua plaza de Los Tejares de Córdoba

Una vez decidido a ello, pensó que convenía adiestrarse lo mejor posible como jinete, por lo que en compañía de su amigo el Gordoncho (Rafael González Gómez), que también sería picador de toros, se fueron a una huerta en los pagos de la Fuensanta, donde un amigo de Rafael tenía un potro a medio domar. Profesionalmente Catalino no llegó a manejar con total destreza  la brida, pero tenía poderosas piernas con las que atenazaba al caballo; es más, escogía los de mayor alzada sin importarle la doma que tuvieran, ya se encargaba él de que le obedecieran. Durante mi estancia en Madrid, muchas mañanas de invierno solía acercarme hasta el patio de caballos de Las Ventas para ver a Luis Vallejo Pimpi, responsable de la cuadra de caballos de dicha plaza. Sentados al solecito en un banco de madera, no me cansaba de escuchar sus interesantes y amenas vivencias. Como componente que fue de la cuadrilla de Manolete, a veces se le saltaron las lágrimas hablándome del inolvidable diestro. Respecto a Catalino me comentó que el día que confirmó la alternativa el califa (12/10/1939), que por cierto le cortó las dos orejas a un toro de Antonio Pérez, cuando su tío Basilio Barajas, que fue rejoneador y a la sazón era el responsable de la cuadra de caballos, vio por la mañana a Bernabé, exclamó: “todavía está vivo el bestiajo este”.

A partir de aquellas dos intervenciones primeras, Catalino continuó actuando como reserva en cuantas ocasiones se le presentaban, haciéndolo también a las órdenes de distintos novilleros en el coso cordobés, y así le veo con Corchaíto II, Manolete y Machaquito. En 1909 decide trasladarse a Madrid y con la ayuda de Manuel del Pino Monerri, picador cordobés casado con la popular lotera madrileña conocida por Doña Manolita, consigue debutar en la desaparecida plaza anterior a la de Las Ventas un domingo de frío polar (1912), enrolado en las filas del valenciano Antonio Mata Copao, que igualmente hacía su presentación, formando parte del cartel que completaban Isidoro Martí Flores, Pacomio Peribáñez y reses de Moreno Santa María. Trabajó después para otros espadas como Alfonso Cela Celita, Moreno de Alcalá y el mexicano Vicente Segura, hasta que por fin Rafael González Machaquito le dio puesto fijo en su cuadrilla en 1912, cubriendo con él las dos últimas temporadas en activo de dicho espada. A partir de aquí su trayectoria profesional cobró importancia y sus servicios fueron solicitados por los más importantes diestros del primer tercio del siglo XX, peticiones que él atendía según su conveniencia, porque, y me refiero a un aspecto muy señalado por quienes le conocieron, Bernabé se preocupó mucho del tema económico, y cambiaba de jefe según los emolumentos que le ofrecían. Un detalle al respecto. Era costumbre que los contratistas de caballos ofreciesen una gratificación a los picadores, con el fin de que, en lo posible, defendieran en el ruedo sus cabalgaduras, y según le contó el citado Fausto Barajas a su también mencionado  sobrino, cierta mañana de festejo, como quiera que aquella oferta económica no llegaba, Catalino repetía en voz alta por el patio de caballos: “con estos jacos no llegamos ni a la mitad de la corría”.

Los contratistas de caballos gratificaban a los 
picadores que defendían a las cabalgaduras

Quiero resaltar que en la entrevista que mantuvimos con él, según citaba los espadas a los que había acompañado, nos añadía su opinión sobre cada uno de ellos, a la vez que recordaba numerosos datos acerca de sus intervenciones, algunas de cuyas citas voy a referir (las fechas las aporto yo), por considerarlas interesantes o curiosas, y desde luego no fue tarea fácil darle forma a los apuntes que en su esencia tomé, mientras conversaba con mi padre y con Pepe Guerra. Así, de Machaquito resaltaba las cualidades de gran estoqueador y su enorme pundonor. “Toreamos cuatro corridas en Pamplona y en la primera, mano a mano con el Gallo, quedó muy mal con la espada, oyendo dos avisos con un bicho pregonao de Vicente Martínez, y por lo que el maestro nos contó, se tiró toda la noche sin poder dormir”. A continuación, tras permanecer unos segundos en silencio nos dijo Bernabé: “de allí me vine para Córdoba, porque se agravó la enfermedad de mi mujer y la pobre se murió el día 19, por lo que no pude ir a Pozoblanco, incorporándome a la cuadrilla en la feria de Valencia, donde también actuamos cuatro tardes”. Aquel año, Machaquito comenzó muy tarde la temporada, pero realizó doce paseíllos en la plaza madrileña cuyo ruedo no pisaba desde el 6 de octubre de 1911, cuando Pandero, un astado de Gamero Cívico, le causó la gravísima lesión vertebral que le mantuvo largo tiempo inactivo. A varias de ellas se refirió Bernabé. La primera, aquella en la que “nos echaron como sobrero un toro enano y se armó una gran escandalera, con la gente en el ruedo y mi jefe llamado al palco presidencial. Menos mal que enseguida cogió los palos Vicente Pastor y la cosa se pudo calmar”. Seguidamente, nos habló del día en que poco antes de hacer el paseíllo en Madrid, se le acercó Cocherito de Bilbao, y refiriéndose a la baja estatura de Fermín Muñoz Corchaíto,me preguntó con mucha guasa: ¿oiga usted, su paisano que es corcho o tapón?; contestándole yo, ¿y usted que es cochero o lacayo…? Ahora en el ruedo vamos a ver lo que es un torero con cojones”. Se trataba de la corrida celebrada bajo una pertinaz lluvia el 25 de mayo, en la que con siete toros de Martínez y uno de Pérez de la Concha actuaba con ellos Vicente Pastor. Se refirió también a la corrida de Beneficencia (29/5) a la que asistió la Infanta Isabel, “fue para ver a su torero, que era Vicentito Pastor”. Y cómo no, se detuvo al recordar cuando Machaquito se despidió del toreo, concediéndole la alternativa a Juan Belmonte, accidentado festejo celebrado el 13 de octubre, en el que saltaron a la arena once toros de los que cinco fueron devueltos, “por poco se acaban las banderillas de fuego con tanto manso como salió.  Rafael tuvo que matar el último, casi de noche ya, porque Belmonte había pasado a la enfermería. Bueno, lo que hizo fue rematarlo, porque a ese toro le di yo lo que se merecía”. Referente a las intervenciones en provincias de aquel año (1913), además de detenerse en las que picó en Córdoba, recordaba muy bien la llamada corrida Monstruo de Santander (26/6), en la que, dividida en tres partes, se lidiaron en total dieciocho toros, “yo no he visto en mi vida tantos caballos de picar juntos… Más de sesenta creo yo. Por la mañana había caballos hasta en el mataero, que estaba al lado de la plaza”.

Estocada de Machaquito en Málaga. Foto web Anís Machaquito

Retirado Machaquito, en 1914 ingresó en la cuadrilla de Paco Madrid, otro extraordinario estoqueador de toros, gran ejecutor del volapié. De su año con él nos habló Catalino de la tarde (1/9) que en La Malagueta se doctoró Matías Lara Larita, primera corrida de feria en la que se corrieron reses de Nandín y ejerció de testigo Juan Belmonte. Esta misma terna se repitió el día siguiente para enfrentarse a ganado de Conradi. Sucedió que “un toro enganchó a Belmonte cuando entró a matar, y aunque no llegó a herirle le propinó una paliza terrible, menos mal que Larita le hizo el quite a cuerpo limpio llevándose al bicho. Estando ya ambos en el callejón, con el traje hecho una piltrafa, le dijo Belmonte: gracias Matías, no se como pagártelo. A lo que contestó, no te preocupes Juan, ya me lo cobraré poco a poco. El tiempo le dio la razón, porque se sabe que fueron varias las ocasiones en que Belmonte ayudó económicamente a Larita”. Pobre y olvidado, Larita fue a morir en un asilo de Guadalajara. Aunque Bernabé, por modestia seguramente, no se extendió en elogios sobre su carrera taurómaca, sí nos dijo a continuación, “una de mis mejores tardes fue en la corrida concurso de ganaderías que se celebró en Madrid, picando a un toro de Andrés Sánchez. Fui muy aplaudido por el público y  felicitado por el ganaero”. Se refería al festejo celebrado el 29 de septiembre, en el que con seis ganaderías salmantinas participaron Tomás Alarcón Mazzantinito, Francisco Martín Vázquez, Agustín García Malla y Paco Madrid. Tras una breve pausa, esbozando una leve sonrisa dijo: “os voy a contar lo que ese año nos pasó a mi compañero Farfán y a mí en Burdeos. La habitación que teníamos estaba separada de otra por un tabique que no llegaba hasta el techo, y el pedazo que quedaba libre estaba tapado por una arpillera pintada de blanco. En esa otra habitación oíamos a una pareja que deberían estar a sus cosas, ya sabéis, por lo que decidimos arrimar el armario y subirnos para poder espetar a través de la  tela de saco, pero no se como se apañaría Farfán para que aquella se desclavara del techo, y a punto estuvo de ir a parar al otro lado. Tuvimos que bajarnos del armario a prisa y corriendo, pero como todo aquel entramado cayó en aquel lado, la pareja se puso a gritar en francés, mientras nosotros nos hacíamos los dormidos. Total, que en poco rato se formó un jaleo tremendo en toda la fonda. El conserje nos miraba a los dos, que nos hacíamos los longuis, encogiéndonos de hombros como si no comprendiéramos nada de lo que allí había pasado. Por cierto, aquel día nos salió un Miura que dio 485 a la canal… Parecía un elefante con cuernos, al que le arreamos siete u ocho buenos puyazos porque no había forma de bajarle los jumos. Como sería, que nos felicitaron los tres espadas y escuchamos una ovación enorme”.

Catalino picó en las cuadrillas de Gallito y de Belmonte

Siguiendo con su relato, dijo; “aquel año toreamos 49 corridas. La última fue en Jaén y la anterior  en Madrid (11/10). Por cierto, que estando por la mañana en la prueba de caballos se me acercó D. Juan Rodríguez, apoderado de Belmonte, y me preguntó si yo estaría dispuesto a ir con Juan el año siguiente.  En principio le contesté que le agradecía el ofrecimiento y que ya le llamaría. En noviembre pasé por el domicilio del apoderado para firmar el contrato y de paso aproveché para encargarme ropa en Ripollés, que estaba en la calle del León”. Al término de aquella temporada Belmonte trasladó su residencia a Madrid, y fue cuando al pasar por la peluquería de Almeida, en calle Sevilla, entró y solicitó que le cortasen la coleta, sorprendiendo a todos con esta acción, inusual hasta entonces y menos encontrándose el torero todavía en activo. Días después ingresaba en el servicio militar. “Mi estreno con Belmonte fue en Málaga, primer mano a mano que toreó con Joselito (28/2) y toros de Murube (como novilleros ya habían coincidido el 22 de agosto de 1912 en Cádiz). Qué gran feria cuajó Juan en Sevilla, sobre todo frente a los Miura (21/4 con el Gallo y Joselito), saliendo a hombros por la Puerta del Príncipe y siendo llevado así hasta su casa. Después  otro faenón a un toro de Murube al que le cortó una oreja en la Corrida de Beneficencia madrileña (25/4, con los citados hermanos y Vicente Pastor). Aquella de 1915 fue una gran temporada, en la que de no ser por algunos percances podríamos haber llegado a las 110 actuaciones que tenía contratadas. Y la siguiente (1916) iba por el mismo camino hasta que llegó la cornada de La Línea (16/7), donde un bicho de Salas le hirió de gravedad en un muslo al hacer un quite”. Resulta elocuente el dato de que de las 44 corridas que solo llegó a torear 32 fueron con Joselito.Cuando hablé por teléfono con el maestro para saber como se encontraba, me dijo que ya no torearía más ese año y que podía contar con su apoyo para que yo continuase con otros matadores en lo que restaba de temporada. En realidad apenas si estuve parao, porque en San Sebastián me dijo Cantimplas (Manuel Saco, banderillero en las filas de Rafael el Gallo) que sabía que a Joselito no le importaría llevar un picador más en la cuadrilla, donde ya estaban Carriles y Farnesio. Total, que en la feria de Bilbao ya iba yo con José”. Por cierto, un Joselito que hasta entonces no llevaba un año de muchos triunfos, salvo una tarde en la feria sevillana (27/4), en la que paseó un apéndice de un toro de Santa Coloma, y otra en Madrid (15/5) que cortó sendas oreja a dos astados de Gamero Cívico, aunque, como cabía esperar, acabó brillantemente con 105 festejos en su haber, de los 117 que había contratado. Que fueron 103 en 1917, año en que a Joselito le veían sus más allegados algo deprimido, por culpa de ese amor imposible con la hija de un famoso ganadero, al que tanto parecía preocuparle el tema de las clases sociales. De cuantas referencias hizo Bernabé sobre esta temporada, solo citaré las cinco orejas que obtuvo de los toros de doña Carmen de Federico, que por primera vez lidiaba a su nombre la ganadería de Muruve, corrida de la Prensa sevillana en la que actuó como único espada. “Yo no recuerdo un triunfo tan grande, ni un público tan entregado con un torero como el que vi aquel día; si en un toro estaba bien, en el otro todavía estaba mejor Yo puedo presumir de que he ido con los dos mejores toreros de aquella época”. No obstante, cabe añadir que en 1917, al celebrarse también espectáculos en la recién estrenada plaza Monumental,  Joselito solo toreó en La Maestranza dicho festejo (24/6), y el que con astados de Saltillo, a beneficio de la Cruz Roja, se celebró el 27 de abril, cuando por primera vez en la capital hispalense se devolvió un toro por manso. Al terminar aquella temporada de nuevo solicitó Belmonte los servicios de Catalino, para que, junto con los diestros Diego Mazquiarán Fortuna y Rufino San Vicente Chiquito de Begoña, los banderilleros Luis Suárez Magritas, Manuel García Maera, Emilio Moreno Morenito de Valencia y el mozo de estoques Antonio Conde, le acompañara en su viaje a Lima (Perú), donde tenía proyectado torear varias corridas de toros…, y llevar a cabo cierto asunto de índole particular. A tal fin, el 30 de noviembre embarcaban todos en el puerto de Santander. “Durante la travesía me ocurrió un suceso bastante  lamentable, pues una señorita, que tomaba el sol en la terraza del barco, entendió que yo le había molestado cuando lo que hice fue decirle un piropo bonito, total que si no llega a intermediar Juan me hubiera pasado todo el viaje encerrado en mi camarote, porque dicha señorita resultó ser la mujer del jefe de máquinas del barco. Pero repito que yo no quise ofenderla”. Dos días antes de Navidad, vestido de perla y oro el trianero hacía su debut en el coso limeño de Acho para matar reses de Asin en compañía de los dos espadas citados. En total fueron nueve corridas y una en su beneficio, más otra en Panamá y tres en la plaza de toros Circo Metropolitano de Caracas. “Y estando en Lima nos enteramos de que el maestro se había casado por poderes con una rica señorita de la alta sociedad peruana (Julia Cossio y Pomar) que se encontraba en Panamá, cuando por lo que supimos después ni en España sabían nada del asunto”.     

Puyazo en todo lo alto de Bernabé Álvarez Catalino. Foto El Ruedo

En el transcurso de la reunión que tuvimos con él, aunque se valiese de  varios recortes de prensa y apuntes suyos, que portaba en una carpeta de color azul ya descolorida por su uso y el paso del tiempo, nos sorprendió en sus declaraciones la facilidad con que recordaba los acontecimientos que nos fue desgranando y era encomiable oír los elogios que tenía para todos los diestros que acompañó a lo largo de su extensa carrera taurina. Tampoco se olvidó del toro de aquellos años, y nos hizo bastante hincapié en la diferencia del ganado al que se enfrentó antes y después de ir con Machaquito, “a partir de Joselito y Belmonte salía ya un toro con menos kilos y menos cornamenta, aunque pasaran de cuatro años y tuviesen el empuje necesario para aguantar  cinco o más puyazos, como aquel de Aleas, Palillero recuerdo que se llamaba, que en la plaza de Madrid, después de llevar en volandas a mi compañero Camero, tirándolo al callejón con caballo y todo, me derribó a mí y me echó el jaco encima, menos mal que me pilló cuando estaba ya en cuclillas para levantarme, y solo me dejó un fuerte magullamiento en el costado izquierdo”. En ese momento nos mostró una foto en la que se le veía en el patio de Las Ventas junto con una cabalgadura, “con este caballo, Marconi, piqué varias tardes en Madrid… a mí me gustaban los caballos  grandes para poderme echar sobre los toros largando palo y así poder apretar con facilidad”.

La temporada de 1918 estuvo marcada por una terrible epidemia que dieron en llamar “gripe española”, que llegó a Europa a primeros de año, con los soldados americanos que lucharon en la Primera Guerra Mundial, causando más de 200.000 muertes en nuestro país, gobernado entonces por el liberal Manuel García Prieto. Epidemia que en el ámbito taurino obligó a la suspensión de numerosos festejos. Dicha temporada Belmonte no toreó en España, por lo que Catalino aceptó la oferta que le hiciera José Flores Camará, a quién, tras su apoteósico debut en Madrid como novillero el año anterior (2/9), se le presentaba una campaña importante, como así fue, pues totalizó 56 corridas de toros, entre las que cabría destacar las tres de la feria de Córdoba, más una (24/10) como único espada; cuatro en la de Bilbao y  seis en Madrid, la primera de ellas la tarde que Joselito le otorgó la alternativa (21/3) con el toro Amargoso (así se llamaba también el primer miura que Manolete mató aquella fatídica tarde de Linares), y la de Beneficencia (17/5). Un prometedor futuro que se diluyó pronto, ya que a partir de 1920 el descenso de sus intervenciones fue vertiginoso hasta quedar totalmente eclipsado del escalafón. El destino le tenía reservado otro puesto relacionado con la Fiesta, con el que sí dejaría muy marcadas sus señas de identidad. Sobre Camará nos dijo Bernabé: “Yo creo que se equivocó al tomar la alternativa sin tener todavía la suficiente preparación… Fue una víctima más del poderío de Joselito. ¡Qué gran afición y qué inmenso poderío tenía este torero!”. 

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