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sábado, 30 de noviembre de 2024

LA INFLUENCIA DE «CHICUELO» EN EL TOREO DE «MANOLETE»

Por Antonio Luis Aguilera 

Manuel Jiménez «Chicuelo»
(Foto familia Chicuelo)

Faltaban veinte años para la alternativa de Manuel Rodríguez «Manolete» cuando en el mismo palenque la recibió Manuel Jiménez Morenoel torero sevillano que sería su padrino de ceremonia, quien además de cederle muleta y espada, también le entregaría el testigo de su toreo, como si el histórico maestro presintiera que aquel espigado novillero cordobés, por su inmenso valor y el talento que atesoraba, sería capaz de imponerlo definitivamente en el orbe taurino. Aquella tarde del 28 de septiembre de 1919, en la plaza de la Real Maestranza de Sevilla, «Chicuelo», espada de dinastía, huérfano de padre torero desde la niñez —como lo fue «Manolete»—, fue investido matador de toros con el apretón de manos de Juan Belmonte. El  chaval nacido en la calle Betis tenía diecisiete años cuando «El Pasmo de Triana» le cedió la lidia y muerte del toro Vidriero, del Conde de Santa Coloma. Completaba el cartel Manolo Belmonte

En aquella época maravillosa y apasionante del toreo, cuando la afición estaba dividida en dos bandos irreconciliables, los partidarios de José Gómez Ortega y los de Juan Belmonte García, fantásticos y complementarios toreros que  protagonizaron la «edad de oro del toreo» —la segunda, pues este titulo había denominado el siglo anterior la mantenida por «Lagartijo» y «Frascuelo»—, el joven «Chicuelo», como todos los toreros de su tiempo, incluido Belmonte, sentía verdadera admiración por «Gallito», aquel genio al que veneraba desde niño, y ante el que lidió su primer becerro en la placita familiar de los «Gallo» en la Huerta del Lavadero. Tanto le agradó su toreo a «Joselito» que le regaló una propina, que el chaval pronto gastó en las taquillas de la Maestranza, adquiriendo la entrada para la corrida donde José alternaba con Ricardo Torres «Bombita», Rafael «el Gallo» y Juan Belmonte

Juan Belmonte otorga la alternativa a «Chicuelo».
Sevilla, 28 de septiembre de 1919. (Familia Chicuelo)

«Chicuelo» pisaría por primera vez ese redondel el 28 de febrero de 1918, en un festival organizado por «Gallito». Rememoraba el maestro en una entrevista que cuando José le hablaba se ruborizaba, se ponía tan nervioso que no sabía qué decir, y si en un tentadero le cedía un capote o una muleta se le salía el corazón de felicidad. Si la participación del chaval en el festival de su debut de Sevilla fue gracias a José, es fácil deducir la empatía que existió entre ambos. «Chicuelo» consideraba a «Gallito» la máxima referencia del magisterio taurino, y procuró empaparse de sus enseñanzas en los tentaderos, donde pudo observar cómo José entrenaba la técnica de la ligazón del pase natural, procurando sujetar a las reses dejándole la muleta en la cara al terminar el pase en lugar de despedirlas, para así obligarlas a repetir la suerte. «Gallito» desarrolló en el campo la técnica de la ligazón, que después habitualmente incluía en las plazas en su modelo de faena. Fue el primero que mostró públicamente el germen de un toreo nuevo, que con el paso de los años, perfeccionado por «Chicuelo» y «Manolete», culminaría en el toreo de línea natural, el concepto que liga los pases agrupándolos en series: el toreo moderno. ¡Para qué algunos sigan diciendo que «Gallito» fue un torero antiguo!

No debe confundirse el concepto con la expresión o acento personal del torero. Conviene sacar esto a colación porque, ante la montaña de literatura que afirma lo contrario, Juan Belmonte no cambió el planteamiento del antiguo toreo de muleta. Sus faenas se desarrollaron según las normas clásicas, con el matador situado en los terrenos de adentro y el toro en los de afuera, y sus trasteos consistían en pases por alto, el natural ligado con el de pecho —no con otro natural o varios naturales—, molinetes, faroles y desplantes. Lo que de verdad hizo único a Juan Belmonte fue el sitio que pisó, pues  acortó las distancias con el toro, y su portentoso temple le permitió expresar un toreo de capa de prodigiosa belleza, donde el espada ejecutaba los lances a la verónica por ambos lados, hasta cerrar la serie enroscándose el toro a la cintura con media verónica escultural, que liberaba la emoción y el entusiasmo del público por la escalofriante conmoción de su toreo. Con la muleta, por ocupar el mismo sitio, su temple sujetaba al animal, que al terminar el pase natural comenzaba a trazar la línea curva hacia adentro, pero al mantener el torero su terreno, dando la espalda a tablas, entre cada pase tenía que cruzarse al pitón contrario para no quedar fuera de cacho. 

«Chicuelo» torea a Corchaito. Madrid, 24 de mayo de 1928.
(Foto familia Chicuelo)

Tras la tarde fatal de Talavera de la Reina, sería «Chicuelo» —que había toreado con José seis corridas de toros y un festival—, quien otorgaría continuidad a la técnica de la ligazón de los pases del inolvidable espada de Gelves. Él sería quien daría un nuevo giro de tuerca al concepto «gallista», y al curvar el animal la embestida al final del pase natural, en lugar de irse al pitón contrario, lo que hizo fue girar sobre su eje, para de esa forma, intercambiando los terrenos del toro y del torero, ligar los pases y agruparlos en series, estructurando así la faena moderna. «Chicuelo» fue el creador de la faena actual, que por su quietud, emoción y belleza pronto halló la calurosa acogida del público. 

Trascendente resulto para la historia la tarde del 24 de mayo de 1928 en Madrid, donde «Chicuelo», alternando con «Cagancho» y Vicente Barrera, deslumbró a la afición de la capital del reino ligando los pases en redondo por ambas manos al toro Corchaíto, de la ganadería de Graciliano Pérez Tabernero, al que toreó con tanta naturalidad, gracia y belleza que aquella faena —como sentenció su banderillero Manuel González Buzón «Rerre» al ir a dejar los trastos el maestro — «había cambiado el toreo». Fue también la gota de agua que colmaba el vaso de la injusticia, porque hasta entonces la carrera del espada sevillano había sido escrita con sordina por la “sobrecogedora” crítica española, que por no “trincar”, no tuvo escrúpulos en callar sus apoteósicos triunfos en México, donde logró éxitos de igual o mayor calado que el de Madrid. Históricas fueron por su repercusión las ejecutadas en la plaza de «El Toreo de la Condesa», donde en 1925 había inmortalizado a los toros Lapicero y Dentista, de San Mateo. En la nación hermana fue considerado máxima figura, y su concepto tuvo gran influencia en uno de los diestros más importantes de la tauromaquia azteca: el maestro de Saltillo Fermín Espinosa «Armillita». Aun así, la crítica española, más preocupada de ensalzar el toreo de avance buscando el pitón contrario, no tuvo reparos en ocultar el clamor levantado en América por «Chicuelo», donde aquella apasionada afición se entusiasmó con su toreo de reunión y quietud ligando los pases en redondo. La faena a Corchaíto no pudo eclipsar por más tiempo la realidad de su toreo en España.

Con el ruedo lleno de sombreros, «Chicuelo» inmortaliza
al toro Dentista en México, el 26 de octubre de 1925.
(Foto familia Chicuelo)

Por su importancia en este asunto reproducimos unos párrafos del texto «Chicuelo, las sombras de un silencio», escrito por Federico Arnás para el interesante libro «Chicuelo, el arte de inventar», editado por la Fundación de Estudios Taurinos de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, donde el sagaz periodista madrileño busca documentación en la hemeroteca para iluminar esta triste historia:

«Llevaba pocos años de alternativa cuando en México costaba entender las razones para que la prensa española no reconociera con carácter de unanimidad el alcance innovador que su toreo traía atestiguado en aquellas plazas. Valga como apunte lo firmado por el mexicano Verduguillo en el semanario La Corrida: “Si los revisteros madrileños que tratan a toda costa regatear méritos a este torero y de empequeñecer su labor hubieran visto a Manolo esta tarde, tendrían que reconocer que están haciendo el ridículo a sabiendas, o que no tienen un tanto así de pudor profesional… Lo que hay es que el tío Zocato no ha querido resolver el problema que tiene más de financiero que de artístico, fiado en lo grande que es su sobrino”. El comentario fue recogido en el diario madrileño La Nación con esta consideración a modo de escozor patrio: “¿Tiene razón Verduguillo? Parece que sí, puesto que a la hora presente todos los revisteros madrileños han dado la callada por respuesta. (Entremos todos y que salga el que pueda). Se ofende a los revisteros españoles y nadie dice esta pluma es mía”». 

Queda por tanto suficientemente claro que la histórica faena realizada en la plaza madrileña no fue un hecho aislado, sino un eslabón más de la brillante y silenciada carrera de Manuel Jiménez «Chicuelo», que desde 1922 había conquistado a los públicos de Perú, México y Venezuela. En México, por su acoplamiento a los toros del encaste Saltillo, había protagonizado muchas tardes inolvidables en la plaza de «El Toreo de la Condesa», donde inmortalizó a ToledanoLapiceroDentistaTestaforteCarteroMelcocheroPeregrinoMezcaleroPintorDuendeSerranoPergamino y Zacatecano. Tampoco los aficionados de Venezuela pudieron olvidar la realizada a Carpintero en la Maestranza de Maracay. Mas  tantos triunfos no aparecieron en la prensa española, y tuvieron que  pasar más de cinco años para que el encuentro de «Chicuelo» y Corchaíto resultara determinante gracias a la influyente la afición madrileña. 

«Chicuelo» otorga la alternativa a «Manolete»
el 2 de julio de 1937 en la plaza de Sevilla.
(Foto familia Chicuelo)

Tras la década de los años treinta del siglo XX, dominada por el magisterio de Domingo Ortega y su toreo cambiado o de avance con el toro, quedó en segundo plano el toreo ligado en redondo, que después de la guerra española cobraría su más alto vuelo con la impresionante regularidad en el triunfo de Manuel Rodríguez «Manolete», que recibió la alternativa en Sevilla el 2 de julio de 1939 de manos de «Chicuelo». Por Comunista atendía el toro de la alternativa, pero lo rebautizaron con Mirador. «Manolete» hizo el paseíllo junto a Manuel Jiménez, su padrino, y Rafael Vega «Gitanillo de Triana», para lidiar un encierro de Clemente Tassara, antes Parladé, y la corrida fue a beneficio de la Asociación de la Prensa. Lo hizo con un traje heliotropo y oro, y cortaría las orejas, pero el gran triunfador de la tarde fue «Chicuelo», que cortaría las dos y el rabo del cuarto. «Gitanillo de Triana» paseó las del quinto. Aquella tarde no solo fue histórica por la alternativa del torero cordobés, sino porque «Chicuelo», al entregarle muleta y espada, también le cedió el testigo de su toreo, el que había aprendido de «Joselito» y pulido con la gracia de su arte. Se lo pasaba a «Manolete», que abrazando el concepto de la ligazón lo implantaría definitivamente durante su reinado. 

Un reinado donde el torero cordobés, dirigido astutamente por José Flores «Camará», mandó sin contemplaciones dentro y fuera de las plazas, entre otras cosas, porque nadie le aguantaba el pulso, lo que provocó el adelanto de la retirada de toreros como Marcial Lalanda y Domingo Ortega, que nunca se lo perdonarían, y en complicidad con el influyente crítico Gregorio Corrochano lanzaron una feroz campaña para erosionarlo, a la que tristemente también se sumaron otros toreros. Lo acusaron de torear animales chicos y afeitados, cuando el mayor escándalo sobre este fraude lo provocó Marcial Lalanda en Valencia, y lo etiquetaron como un torero corto, perfilero y ventajista, en clara insinuación de cobardía. Ya se sabe que los rayos siempre fueron a las cumbres, pero lo inmoral fue que ese acoso continuó después de muerto el inolvidable torero, como quedó de manifiesto en la conferencia que leyó Domingo Ortega en el Ateneo de Madrid en 1950, cuando los restos de Manuel Rodríguez estaban enterrados en el cementerio de “Nuestra Señora de la Salud” de Córdoba, tras haber dado su vida por el toreo. Pero tanta patraña no pudo cambiar la historia, «Manolete» había mostrado su verdad en los ruedos, donde deben de hablar los toreros, y lo hizo todas las tardes —no aguardó a que le saliera "su" toro— con admirable honestidad, majestad y gallardía. Por otra parte, es importante subrayar que el público no estaba dispuesto a tolerar la vuelta de aquellas faenas pretéritas, las de un pase aquí y otro allí buscando el rabo, y exigió la faena con sentido de unidad que liga los pases agrupándolos en series, el toreo que Manuel Rodríguez defendia que era el de su padrino. Lo hizo en el invierno de 1946, en su última campaña mexicana, conversando con «José Alameda». El escritor le habló de la similitud de su toreo con el de «Chicuelo», y «Manolete» no tuvo reparos en confirmarlo: «Así es, la gente no suele verlo, porque la gente no se fija en esas cosas, pero ese es mi toreo. Yo creo que el torero debe mantenerse lo más posible en su centro, en la línea. Y en eso el mejor que yo he visto ha sido «Chicuelo».

Natural de «Manolete» al toro Perfecto,
de Miura. Barcelona, 2 de julio de 1944.
(Foto Mateo)

La gran aportación de «Manolete» al torero moderno la explica el historiador «José Alameda»Manuel Rodríguez creó una nueva forma de obligar. Con la mano muy baja, situado en línea con el animal, acortaría las distancias con pasos laterales hasta provocar la arrancada. De esa forma fue como el torero cordobés consiguió sacar partido a la mayoría de los toros quedados de su época, que eran la mayoría, hasta instaurar de forma definitiva la ligazón revelada por «Joselito» —el toreo que deja venir al toro por su línea natural para obligarlo a ir hacia atrás y hacia adentro—, pulido y perfeccionado con el arte de «Chicuelo», que alternando los terrenos del toro y del torero creó la faena moderna, la que aceptó y adoptó «Manolete» para aguantar, obligar, ligar y expresar desde su majestuosa verticalidad de torre su señorial e inolvidable toreo de manos bajas.  

sábado, 1 de enero de 2022

GAONA Y «JOSELITO» EN 1915

Por «Don Justo»

Portentoso par de banderillas, cuadrando en la misma cara, de
Rodolfo Gaona. Temporada de 1917. Foto "Al Toro México".

Releyendo la magnífica «Historia Ilustrada de la Tauromaquia» del gran aficionado y escritor Fernando Claramunt (Espasa-Calpe. Madrid 1992), nos detenemos en la más que interesante comparación que en ella se reproduce del cronista «Don Justo» (Isidro Amorós Manso), que fue publicada en la obra «Gaona-Joselito» (Madrid 1916). Siempre es un gozo leer e imaginar cómo fueron aquellos portentosos toreros. Veamos cómo se expresaba «Don Justo» en 1916: 

«Rodolfo Gaona con sus alzas y bajas y los alejamientos de la plaza madrileña por problemas con las empresas, afianza su prestigio en plazas de provincias en las principales ferias del año. Pese a todo en 1915 actuó nueve veces en Madrid justificando su fama con lo que realizó en los tres tercios.

Y no menos portentoso par de Joselito por los adentros 

De los dos toreros de la sevillana escuela, el de Gelves es más dominador y el de México más elegante y artista. No se trata de “borrar a Joselito” sino de contrastar su repertorio variado, fácil, de dominio, con el clasicismo de Gaona que practica un toreo de brazos más depurado, exquisito, menos basado en las facultades físicas.

¿Qué resulta de comparar uno y otro torero?

El dominio de la verónica de Joselito 

En el primer tercio se vislumbraría el dominio de Joselito. Recoge su capote inmediatamente los toros abantos. Recuerda mucho a Ricardo Torres Bombita con el compás muy abierto, cargando mucho la suerte pero echando hacia afuera el toro, con lo que la suerte pierde emoción. Rara vez intercala navarras o faroles en sus verónicas. El repertorio de quites es mucho más variado en Rodolfo Gaona, sobresaliendo el lance que Don Pío bautizó como “gaonera”. Uno y otro matador practican el quiebro de rodillas con limpieza, a la altura de la cintura (no la larga afarolada “mixtificación sin mérito alguno”). Pero los dos realizan con galanura cuantas largas clásicas, galleos, quites a punta de capote, medias verónicas y otros adornos se propongan. Joselito tiene gran habilidad para el recorte capote al brazo, al estilo de Reverte.

La elegancia del «Indio Grande» en la hora estelar de su toreo.

Con las banderillas José tiene todo el repertorio alegre y lleno de facultades de Guerrita mientras Gaona parea con la soberana elegancia y la majestuosidad de Lagartijo. José banderillea más “a la carrera”. En los pares de Gaona hay templanza, menos prisa y sobre todo más elegancia. José pasa ante la cara más rápido, no para, no cuadra lo debido “robando a la suerte lo que sólo saben apreciar los buenos aficionados”.  Se deja ver desde muy lejos, anda despacio hasta emprender la carrera iniciando ya el cuarteo con suma habilidad. Abusa de clavar por el lado derecho, por lo cual ha sufrido luego cogidas al entrar a matar.

La maestría de Joselito en el segundo tercio de la lidia

Gaona por su parte es en el segundo tercio un dechado de vistosidad y elegancia. Banderillea lo mismo por un lado que por otro con enorme facilidad. Camina hacia el toro con los brazos abiertos y la espalda ligeramente inclinada hacia atrás con pasos suaves y rítmicos. Da un golpecito con los palos antes de clavar, sin perder ningún tiempo y sin que padezca la reunión de los rehiletes. Es una costumbre clásica de los grandes banderilleros. Cuadra muy bien ante el toro. Uno y otro  torero son “tan excelentes rehileteros que podrían actuar con los ojos vendados y no desmerecen ante el recuerdo de Lagartijo y Guerrita”.

El escalofriante «par de Pamplona» de Rodolfo Gaona (8-7-1915)

En el último tercio sobresale el dominio de José con la muleta con el toro de peligro. El macheteo, toreo por la cara, la vista y las facultades son algo portentoso. No hay toro que se resista, por quebranto o por fascinación; agotado y entregado permitirá el adorno final y el entusiasmo del público.

La clase, el dominio y la seguridad de Joselito 

En las primeras temporadas de matador toreaba menos erguido, menos derecho, cargaba demasiado los pases.

Rodolfo, con sello propio, cuando le sale un toro bravo y codicioso se hace aplaudir como nadie. Los cambios de mano de la muleta en la misma cara del toro tienen gran precisión y sorprenden al público. A uno y otro torero se les acusó de manejar en exceso la mano derecha, pero saben torear al natural con gran pureza. Los naturales de Gaona, “impecables y de artística y soberana ejecución no los mejoraría nadie ni aún el mismísimo Cayetano Sanz o Lagartijo”.

José domina a los toros mansos. Rodolfo luce mucho con los bravos y pastueños.

Adorno de Rodolfo Gaona en la plaza de Madrid

Con la espada Rodolfo es superior a José. El diestro de Gelves suele no matar en la suerte natural, da la salida a las tablas con lo que el toro “hace mucho por el matador” y a menudo le quita la espada o le hace pasar dificultades alargándose mucho la faena. Por su parte Rodolfo mata bien, arranca derecho, lleva el estoque bien montado, dobla la cintura por el pitón y sale por los costillares. Sin ser un purista del volapié es notoria su superioridad en esto sobre Joselito. La suerte de recibir la han ejecutado uno y otro en pocas ocasiones.

Joselito en Santander (1912). Foto Francisco Goñi (El País)

De las corridas que torearon juntos en la temporada de 1915, Gaona quedó mejor en las tres tardes de Granada. En Mérida, el 24 de junio triunfo Gaona en todos los tercios. En Pamplona el 8 de julio Gallito sobresalió en quites y matando, pero Gaona estuvo mejor con las banderillas y la muleta. El 9 de julio en la misma plaza Joselito fue el triunfador, así como el Santander el 8 de agosto y en San Sebastián, donde Gaona, volteado, fue a parar a la enfermería. En Salamanca el 11 de septiembre Gaona superó a Joselito. Alternaban ese día con Gallo. El 13 de septiembre, también en Salamanca, estuvieron los dos igual de bien. En Valladolid con toros de Saltillo para Gaona, Joselito y Belmonte, tuvo más suerte Joselito y quedó mejor en general.

Estocada de Rodolfo Gaona

La última del año, la de Granada, fue con miuras pedidos expresamente por Joselito para alternar con Gaona y Belmonte. Gaona estuvo colosal en todo y Joselito mal».

Interesante e histórico testimonio. Posteriormente, pese a continuar obteniendo triunfos importantes, aquel soberbio torero mexicano que fue Rodolfo Gaona que demasiadas veces se olvida que encarnó un papel de primer protagonista en la «Edad de oro del toreo», como también lo hizo Rafael el Gallo—, tendría un desafortunado contratiempo privado, convertido en público, que marcaría dolorosa y cruelmente su imparable carrera en los ruedos. 

lunes, 25 de octubre de 2021

JUAN BELMONTE, «DON MODESTO» Y JUAN ORTEGA

Por Luis Miguel López Rojas

Juan Ortega meciendo la verónica. Foto Plaza de la Maestranza 

Cuando la atípica temporada taurina de este 2021 está a punto de echar el cierre, trato de saciar mis ansias por profundizar en los secretos de la tauromaquia a través de la lectura.

Leyendo el magnífico y lujosamente editado libro «Juan Belmonte, la huella de un retrato» (Ediciones Giralda), escrito por Jesús Cuesta Arana, en su tomo I, me encuentro con la última gran crónica escrita por «Don Modesto». Bajo este  pseudónimo, se escondía el famoso revistero D. José de la Loma y Milego, escritor y periodista taurino. Reconocido partidario de Ricardo Torres «Bombita», al que este hiperbólico y gran cronista bautizó como «El Papa, sumo pontífice del toreo». De la misma forma, a él se le atribuye poner el sobrenombre del «Papa Negro»  con el que todos conocemos a Manuel Mejías Rapela «Bienvenida III», patriarca de la dinastía «Bienvenida» haciendo un juego eclesiástico, entre el poder del Papa de la Iglesia Católica, siempre blanco, y el Prepósito General de los Jesuitas, siempre negro.

Media verónica del inolvidable Juan Belmonte

Su última gran crónica (puesto que falleció el 30 de enero de 1916), fue de una de las actuaciones más portentosas de Juan Belmonte en la vieja plaza de toros de Madrid (antigua de la carretera de Aragón). Para algunos, su faena al cuarto toro fue la más completa de Belmonte en su vida, superando incluso la del 2 de mayo de 1914 y la famosa del toro de la Viuda de Concha y Sierra en la corrida del Montepío de 1917. Fue el 23 de abril de 1915, compartiendo cartel con Vicente Pastor, Rafael «el Gallo» y «Joselito», que hicieron el paseíllo con el «Pasmo de Triana» para lidiar ocho toros de Murube. Dicha crónica fue publicada en las páginas del «El Liberal», titulada «Belmonte, a horcajadas de la luna, abre cátedra de torear». Una verdadera delicia leerla, cosa que les recomiendo (páginas 264 a 266, del citado libro).

Según la estaba leyendo, mi imaginación me transportó en el tiempo para situarme en la Maestranza, ciento seis años después, un 24 de septiembre de 2021, donde contemplé a otro Juan, también trianero, con el mismo apellido que «la Señá Grabiela» madre de «Gallito». Juan Ortega y su forma de cuajar por verónicas al segundo de la tarde. Así que permítanme apropiarme del final de la crónica de «Don Modesto» con la única sustitución de una palabra, ustedes pronto descubrirán cuál es…

Lance de Juan Ortega en la pintura de Tico de la Rosa

«Señores. Ayer Juan Ortega montó a horcajadas sobre la mismísima luna, y desde allí. Impávido, clásico, helénico, abrió cátedra de torear.

La multitud enronqueció de entusiasmo. A otra faena así, se van a poner las celdas de los manicomios por las nubes.  

Resumen: ¡Juan Ortega! En Sevilla, barrio de Triana, darán razón». 

miércoles, 9 de septiembre de 2020

UN PICADOR DE TOROS CON TRATAMIENTO DE “SEÑOR”

 Por Rafael Sánchez González    
                    
Manuel de la Haba Bejarano Zurito: el señor Manuel de la Haba 
Sabido es que en la densa historia de la Tauromaquia hubo dos  toreros que ostentaron el tratamiento de “Don”. Fueron los diestros Luis Mazzantini y Eguía, italiano de nacimiento y elgóibartarra por adopción, hombre de refinados modales que paseaba por las calles de Sevilla su vestir currutaco, quien, ejerciendo como jefe de estación en la Compañía de Ferrocarriles Mediodía, decidió hacerse torero y alcanzó justa fama como certero estoqueador; y Antonio Gil Barrero, Don Gil en los carteles, alias que le aplicaron por lo atildado que iba siempre. Casi una anécdota del toreo puesto que se trataba de un señorito madrileño al que, animado por su amigo José Redondo el Chiclanero, se le metió en la cabeza tomar la alternativa y a quien el destino le tenía reservado un triste final, pues después de que por recomendación del rey Alfonso XII desempeñara un puesto en el Ministerio de Gobernación, olvidado por todos y arruinado, en su desesperación tomó la determinación de suicidarse disparándose dos tiros de revólver. Viene esto a cuento, porque quiero recordar que un torero cordobés, que también vestía de oro en los ruedos aunque no como espada, alcanzó el calificativo de “Señor” por su extraordinaria e indiscutible categoría como picador de toros. Me refiero a Manuel de la Haba Bejarano Zurito, el señor de la Haba, que es el personaje que hoy centra mi atención.
Lo correcto sería desgranar a continuación algunos pasajes destacados de su brillante ejecutoria  profesional, pero antes quiero exponer varias citas sobre su valía que vienen a demostrar el por qué de tan  merecido tratamiento. Así, en su monumental obra Los Toros dice José María de Cossío: “Aún Badila y Agujetas los dos picadores más cimeros de los últimos tiempos del siglo XIX recorrían en triunfo las plazas, y nuestro varilarguero contendió con ellos en multitud de ocasiones, y dio pruebas de ser un continuador dignísimo de las hazañas de estos”. A continuación añade: La plaza madrileña, teatro principal de las proezas y los fracasos de todos los toreros, retembló bajo las manifestaciones de entusiasmo por las labores admirables que en muchas tardes realizó Zurito”. Y concluye indicando: Con Manuel de la Haba se fue uno de los picadores verdaderamente extraordinarios que ha tenido el toreo. En la memoria de los actuales aficionados quizá ningún picador haya dejado una impresión más profunda. Hemos visto quienes hacían más daño a los toros, acaso jinetes con más alegría, pero artista tan completo como Zurito no se ha dado entre los piqueros de estos últimos tiempos. Decisión, valentía, habilidad, eficacia eran cualidades que Manuel de la Haba tenía dosificadas en justas proporciones. Sobre todas, o más bien fundiéndolas, estaba su conocimiento del toreo a caballo, que hacía que la preparación y preludio de la suerte fueran un recreo para el buen aficionado. Las varas en que para hacer arrancarse al toro había de abrir y cerrar, hacer avanzar y retroceder a su caballo para, al conseguirlo, agarrarse con él y quebrantarle a toda ley, fueron innumerables”.   
"Decisión, valentía, habilidad, eficacia...". El señor Manuel picando un toro. 
Estando todavía en activo, en 1913 escribió sobre él José Carralero y Burgos en su libro Los Califas de la Tauromaquia: “Zurito es un picador de lo mejor que haya podido haber; duro, valiente, manejando el caballo a la perfección, serio y de los que menos caballos se dejan matar, y de los que más castigan a los toros”. Y en idénticas circunstancias, en 1895 apunta el autor de Córdoba Taurina, José R. Alfonso Candela: “Picador que empieza ahora y ya ocupa un lugar preferente entre los mejores... El Zurito posee buen brazo derecho, buena mano izquierda, mucha valentía y una modestia excesiva”.
En prensa no son menos elogiosos los comentarios de diferentes periodistas y escritores especializados en la materia. Veamos algunas muestras de ellos: Dulzuras (Los Toros 11/9/1910): “Se trata de uno de los buenos picadores que en todo tiempo habría hecho excelente papel, aunque hubiera trabajado con los Corchado, Azaña, Coriano, Calderón y otros tantos que en la historia tienen nombres famosos porque fueron los mejores de su época. Si Zurito, como digo antes, hubiera trabajado con aquellos, se habrían repartido las palmas, y a él le habría correspondido su parte, ganada en noble lid. Es un verdadero artista a caballo, y cuando se le ve trabajar no se sabe qué admirar más, si la habilidad del jinete, que lleva al caballo donde y como le place, o el conocimiento del  torero, que pega a los toros mucho más que otros muchos sin que su castigo revista el aparato que reviste el de los que todo lo sacrifican al efecto escénico. Desde el momento en que comenzó su carrera, no le cupo duda a nadie de que había en el picador cordobés uno de los que ocuparían en la historia el lugar que corresponde a los escogidos”. Y remata su semblanza con estas líneas: “Esta es la figura torera del que en la actualidad es un verdadero maestro de picadores,  que posee el secreto del arte de torear a caballo como no lo poseen más que los escogidos, que han nacido para ser superiores entre los suyos”.
En la serie Remembranzas Taurinas de Ventura Bagües Don Ventura en el semanario El Ruedo, al recordar a Zurito (Núm. 105 con fecha 10/5/1957) escribe: “Dejó huellas profundas de su paso por los ruedos; si fue poderoso auxiliar para su matador, su brega magistral a caballo llamaba la atención de todos los espectadores, por lo que bien puede decirse que fue extraordinario en todo lo atinente a su profesión”. Y de la sabrosa biografía que Cambises hace en la revista El Burladero (Núm. 80 de 20/10/1965), escojo estos párrafos: “Cuando repicaban de gordo -se refiere a las ovaciones-, que no era todas las tardes,  las palmas echaban humo y el Señor de la Haba, que fue un artista manejando el palo largo, así como un jinete extraordinario y excelentísimo torero a caballo, las disputaba a los matadores con tesorero empeño. Y conste que con el que más años fue encuadrillado, se llamaba Rafael Guerra Guerrita”. Y añado yo, que he leído reseñas de festejos en las que se dice que los propios lidiadores se unían a la ovación que el público dedicaba a Zurito cuando al cambiarse de tercio abandonaba el ruedo. Para cerrar  esta exposición de comentarios -podría seguir dando referencias en el mismo sentido-, selecciono lo que Eduardo Muñoz N.N. apunta en Fiesta Brava (13/3/1931): “El Señor de la Haba, picaba todos los domingos y fiestas de guardar. Elegía, o le daban, o exigía los caballos grandes de alzada, resistentes, poderosos. Lo otro, esa su habilidad, su arte supremo que traía a las arenas el recuerdo de Paco Calderón, el arrojo del Chuchi, con la fe ciega con que iba al toro siempre, y muchas veces a destiempo; de Paco Fuentes, con la conciencia del que va a pegar, y a eso se va; lo ponía él con la destreza del toreo a caballo, que puede convertir para los otros trances y lances de la lidia, un buey marrajo, en dominado, dócil y suave”. El colofón lo pone en verso Baldomero Muñoz Españita: “Era tan grande su destreza, / y tan fuerte su estructura; / que convertía en fortaleza, / su débil cabalgadura”. Creo que queda claramente justificado el tratamiento de “Señor” que con todo merecimiento se le adjudicó a Manuel de La Haba Zurito. Ahora vamos con  su ejecutoria profesional, reducida a los datos más relevantes.
Antigua foto del torerísimo Campo de la Merced de Córdoba 
Nacido el día 6 de octubre de 1868 en el barrio de Santa Marina, o lo que es igual en el entorno del torerísimo Campo de la Merced, fueron sus padres José de la Haba Citrón y Manuela Bejarano del Pino. José ejerció como mayoral en la ganadería de don Rafael-José Barbero, en tanto que un hermano de este, Francisco al que llamaban Curro Lavasia, lo fue en la vacada del marqués de los Castellones, cargo en el que le sustituyó Rafael Márquez Mazzantini, que llegó como vaquero y se convertiría después en un destacado varilarguero. Aún cabe añadir que a Rafael le relevó José Baena Puntas El Rubio, quien estando ya en la ganadería de don Florentino Sotomayor llegó a tener una de las paradas de cabestros mejor adiestrada del campo bravo andaluz, tan rico en jugosas historias camperas.
Sin antecesor familiar alguno que vistiera el traje de luces (el apellido de la Haba, o del Haba puesto que de ambas formas aparece, es de los más antiguos que encontramos en los padrones vecinales de la época relacionados con el taurinísimo barrio del Campo de la Merced) apenas era un muchacho cuando se colocó para animar el fuelle en una de las diversas fundiciones existentes en aquella zona de Córdoba, alcanzando muy pronto la especialidad de forjador, trabajo que motivó el origen de su apodo, por cuanto a consecuencia de las altas temperaturas en las que desarrollaba su labor había sufrido la quemadura de las cejas y en torno a los ojos tenía un cerco blanco semejante al de los palomos zuritos.
Exteriores de la anterior plaza de toros de Córdoba, el coso de Los Tejares 
Respecto a su  actividad en los ruedos, rara es la biografía en la que se dice que sus inicios, aunque de manera fugaz, fueron como torero de a pie, pero dada su fuerte complexión física y el dominio que tenía de las cabalgaduras, fruto de sus andanzas en las fincas en las que trabajaban su padre y su citado tío, le animaron a ejercer como picador y así se presentó ante sus paisanos el día 25 de julio, festividad de Santiago Apóstol, de 1884, función en la que con novillos de cinco años y desecho de tienta, de la ganadería de Rafael Molina Lagartijo, fueron espadas Antonio Fuentes Hito (hermano del matador de toros Bocanegra), Rafael Bejarano Torerito y Rafael Rodríguez Mojino. Añadir que un tal Saleri brindó el salto de la garrocha a Lagartijo que ocupaba un asiento en la meseta de toriles y que José Bejarano, hermano de Torerito, resultó herido en el muslo derecho al salir de un par de banderillas. Continuó trabajando Zurito para diferentes espadas hasta que José Rodríguez Bebe Chico, su amigo el Pijulin, le dio sitio en su cuadrilla y con ella debutó en Madrid el 28 de agosto de 1892, cartel que completaban el almadenense Manene (Eusebio Fuentes), José Martín Taravilla y reses desecho de tienta y defectuosas (ese era el ganado con el que generalmente tenían que apechugar los novilleros de entonces) de Manuel Bañuelos Salcedo, que mostraron bravura en el primer tercio. Zurito, que intervino en los tres primeros bichos, fue el único que entre los hombres con castoreño destacan las crónicas. Al terminar la temporada ya estaba su nombre en el punto de mira de varios espadas y fue Antonio Fuentes quien en 1893 le llevó con él pero, muy pesar suyo, cuando finalizó aquella campaña tuvo que prescindir de sus servicios al no poder costear tres picadores. 
Picadores de la cuadrilla de Guerrita: Beao, Molina y Zurito
Esta circunstancia la aprovechó Guerrita, que conocía de primera mano la ascendente carrera de Manuel para, junto con su también paisano José Arana Agustín Molina (que ya trabajó con él en La Habana y por él intercedió a fin de que pudiera regresar a España, huido tras matar a un hombre en una reyerta) para renovar con ellos su personal de caballería, debido a  lo gastado que físicamente estaba ya Rafael Moreno Beao, muy castigado por los toros, y a la obligada baja de su primo Antonio Bejarano Pegote, recluido en la clínica madrileña del doctor Esquerdo dado el agravamiento de su enfermedad mental, decían que como consecuencia de los golpes recibidos en su de por sí trastornada cabeza por los constantes batacazos en los ruedos. Daba entrada a dos picadores de gran fortaleza, de los denominados con buen brazo, que en más de una ocasión dejaron al burel para pasar directamente a manos del puntillero, y a veces directamente para el arrastre, con la consiguiente bronca del público y la felicitación del jefe, que no les quería indicar tan duro castigo cuando  con machacona insistencia les decía: “agarrarlos lanterillos pa que descuelguen”. No debemos olvidar, que, bien durante su lidia o dándoles indicaciones a los ganaderos sobre la selección del ganado, Guerrita tenía especial empeño en  ahormar a los toros buscando mayor lucimiento y seguridad para los toreros. Podría decirse que fue el primer hombre de Marketing del toreo. El segundo califa, que conocía y dirigía la lidia de principio a fin, ponía a Juan Molina como ejemplo de buen peón de brega, sintió especial aprecio hacia el pobre  Pegote y no ocultaba su gran admiración por Zurito.  Al hilo de esto recuerdo una frase que  José María Gaona, inteligente y ameno escritor taurino gaditano que firmaba sus trabajos con el seudónimo de Tío Caniyitas, pronunció en una conferencia, toda ella en verso, que decía: “Por ver lo que yo no he visto / hubiera dado media vida, / tirar el palo al Zurito / y bregar, a Juan Molina”. 
Una vara de Zurito. Revista Sol y Sombra de 22 de agosto de 1901
Se cuenta, que en una novillada de convite organizada en
Los Tejares por varios  aficionados y a la que asistieron invitados Guerrita y varios componentes de su cuadrilla, saltó a la arena una res ante la que ninguno de los participantes mostró deseos de torear, y en esas estaban cuando Rafael, dirigiéndose a Zurito, le dijo: “¿a que no la matas tú?”. No había terminado la pregunta cuando ya había cogido el picador muleta y estoque, dando cuenta de la res con tan sobrada solvencia, que fue felicitado por su jefe de la siguiente forma: “Suri, vete a tu casa y machaca los jierros de picar, porque con una miaja de grasia puedes ser un mataor tan güeno, que muchos de los que habemos en el astual iban a comer de vigilia to el año”. Y a su lado permaneció hasta la retirada del famoso diestro en Zaragoza, el 15 de octubre 1899.
Al cortarse la coleta Guerrita, seguidamente lo hicieron también  dos elementos de la cuadrilla, su hermano Antonio y el ya mencionado Beao, concuñado suyo al estar ambos casados, respectivamente, con las hermanas Dolores y Francisca Sánchez Molina. Sucedió entonces que el grueso de sus eficaces colaboradores en los ruedos pasó a las órdenes de Antonio de Dios Moreno Conejito, matador de toros en plena ebullición de su brillante carrera taurómaca, que dicho sea de paso, en Córdoba no ha sido considerada en su justa medida. Cuadrilla que quedó configurada de la siguiente forma: Zurito y Agustin Molina varilargueros, a los que el año siguiente se unió Ricardo Moreno Onofre, conocido entre los cordobeses por Mediaoreja (no confundir con el legendario Rafael Álvarez Onofre) y como banderilleros Juan Molina, próxima ya su retirada, Francisco González Patatero, que venía de las filas de José García Algabeño y no precisa de presentación, Rafael Martínez Cerrajillas, otro gran subalterno que ya estaba y permaneció durante muchos años unido a Conejito, y Antonio García Zurdo, que realizaba también funciones de puntillero. Otra formación mayoritariamente mercedaria, que constituye una muestra más para reafirmar la importancia que justamente disfruta Córdoba en la Historia de la Tauromaquia.
Antonio de Dios  Moreno Conejito
Repaso apuntes de la única oportunidad que tuve de conversar con José Zurito, hijo del Señor Manuel y picador como él, acontecida en junio de 1964 en Casa Morales, cuidada taberna que con otra denominación todavía permanece abierta, cercana al que fuera el último domicilio de varios Zurito en la calle Hinojo, y vuelve a llamar mi atención el hecho de que me afirmara que, aún reconociendo a Guerrita como el torero más importante que había conocido, su padre citaba con frecuencia acontecimientos vividos durante su etapa ligado a Conejito. Sirvan como ejemplo (las fechas las pude añadir yo) la tarde (14/6/1900) que soltando las bridas del caballo arrancó la vara que sobre el morlaco había dejado enhiesta su paisano Comearroz, oyendo por su habilidad y arrojo una fuerte ovación. O aquella otra en corrida de la feria de Vitoria (5/8/1901) cuando, si no se lo impiden con fuerza sus compañeros, quería subir al tendido para ajustarle las cuentas a un desaprensivo espectador que impactó una botella en el rostro de Conejito, causándole una brecha que le obligó a tener que ser atendido en la enfermería de la plaza. Y muy especialmente -me dijo José- dos fechas en las que Alfonso XIII fue protagonista de excepción en la desaparecida plaza de la Villa y Corte. El domingo 16 de junio de 1901, por tratarse de la primera vez que siendo todavía un niño presenció un festejo taurino en compañía de su madre y Reina Regente María Cristina de Habsburgo-Lorena; y el viernes 16 de mayo de 1902, en corrida de toros extraordinaria programada con motivo de su Proclamación, ceremonia que aconteció el día siguiente.
Antes de concluir la temporada de 1902, tanto Zurito como el Patatero pasaron a engrosar la renovada cuadrilla de Rafael González Machaquito, alternativado dos años atrás, quién en unión del sevillano de Tomares Ricardo Torres Bombita acapararon la supremacía de la Fiesta hasta la apoteósica eclosión de Joselito y Belmonte. Los años de 1912 y 1913 los cubrió Manuel de la Haba junto a Manuel Rodríguez Manolete, teniendo después como jefes de filas a Francisco Posada y Rafael Gómez Gallo, siendo José Gómez Joseíto de Málaga el último espada para el que prestó sus valiosos servicios antes de poner punto final a una de las más recordadas ejecutorias taurinas entre los hombres de castoreño y calzona, trayectoria que, al margen de fracturas, luxaciones y otras lesiones óseas inherentes al desarrollo de su arriesgada profesión, también supo de cornadas como las dos que recibió en el muslo izquierdo, el año 1894, actuando en las plazas de San Sebastián (12/8) y Barcelona (7/10), esta última de gravedad según la biografía que hace Cossío, y “no fue cosa de cuidado, según el doctor” si nos atenemos a la reseña de Palitroque en el diario La Vanguardia (9/10). Las revistas taurinas El Toreo, El Arte Andaluz y La Lidia, nada dicen al respecto en sus crónicas. Sea cual fuere el alcance del accidente, la realidad fue que no pudo salir con Guerrita en su siguiente actuación tres días después en Madrid.
El señor Manuel citando. Revista Sol y Sombra 4 de junio de 1903
Zurito hacía gala de un desmedido amor propio, cualidad que queda manifiestamente clara con el siguiente ejemplo. Informado de que D. Pío Diego Madrazo (casado con D.ª Mercedes Hernández viuda de D. Victoriano Ripamilán) había dicho que ya no quedaban picadores para “sus toros”, los llamados miuras de Aragón, le solicitó a Machaquito que, aun estando ya fuera de su cuadrilla, lo incluyera en ella el día que en fecha próxima iba a enfrentarse en Madrid a ganado de dicha divisa. Aceptó el diestro por paisanaje y amistad, y llegado el momento fue tal la fuerza y el empeño con que picó al animal que Rafael no tuvo más remedio que decirle a gritos: “déjalo ya Manuel, no lo des más que me lo vas a matar”. Demasiado tarde, cuando sacaron al bicho del caballo iba ya muerto. Salió trastabillado y cayó abatido. Y en la misma medida valoraba Zurito la labor que los toreros de a caballo realizaban durante la lidia. A tal efecto resumo lo que escribió J. Franco del Río (Sol y Sombra, 16/5/1901) sobre la corrida celebrada en la Nueva Plaza barcelonesa de Las Arenas el 5 de mayo de 1901. Ocurrió que en la  acostumbrada prueba de caballos matinal, Zurito, Agustin Molina y Onofre, picadores de Conejito, se negaron picar con los que presentaba Algabeño en sustitución de Badila y Moreno, argumentando los cordobeses que de los suplentes tan solo Macipe tenía reconocida categoría. Como no se salía del atasco intervino la autoridad, amenazándoles con detenerlos si no eran aceptados por ellos los sustitutos y se daría la corrida con Algabeño como único espada, y además exigiría una indemnización al diestro de Córdoba, llegándose al acuerdo final de que cada trío de varilargueros interviniese solamente en los toros de su matador. El remate lo puso Zurito con esta sentenciosa frase: “digo yo, que no vamos a venir desde Córdoba palternar con el primer gachó que se suba a un caballo”. Por si no fueran suficientes las citadas cualidades que hablan de su acusado  estímulo profesional, añadiré que cuidaba con celo su atuendo, encargándole la ropa torera al acreditado sastre Retana, cuidando después de limpiarla y tenerla siempre a punto su amigo y vecino el Rubito Laureano. Preocupado también por la seguridad de sus compañeros, al fundarse la Asociación de Picadores bajo la presidencia de Agujetas, ocupó él una vocalía. Y como punto final a esta semblanza de Zurito, diré que era muy aficionado al pájaro, a cuyo fin se pasaba días en la finca Los Riscos. Decían, que para llevar su cuenta particular, por cada pieza lograda marcaba un palote en una de las blanqueadas paredes de su habitación. Como consecuencia de su afición a la escopeta, durante una jornada de caza en la finca La Posada, en el término de Villaviciosa de Córdoba, tuvo la desgracia de recibir tres perdigonadas de un cazador furtivo aunque afortunadamente solo le alcanzó una.
Zurito citando. Revista Sol y Sombra 19 de septiembre de 1901
En el terreno familiar, entre los hijos nacidos de su matrimonio con Antonia  Torreras  Molina, tres de los varones fueron toreros también. José y Francisco que siguieron su estela como picadores, y Antonio, matador de toros con alternativa en la localidad valenciana de Gandia (26/10/1924), quien a su vez tuvo tres hijos que ejercieron como toreros de a píe, Antonio, novillero y cumplido banderillero después, Manuel, subalterno con eficaz y lucido capote, y Gabriel, gran estoqueador alternativado  en la  Corrida de la Prensa celebrada en Valencia el 24 de mayo de 1964. Sin que debamos olvidar a un sobrino-nieto suyo, Paquito Zurito, prometedor novillero que quizás decidiera demasiado pronto  colgar el traje de luces.
Escribir sobre un torero de las dimensiones profesionales y personales de Manuel de La Haba Bejarano daría para muchas páginas más, por la brillantez, efectividad y hombría que atesoraba, justamente reconocida por profesionales y contada por los  historiadores. Sin duda, un auténtico artista tirando la vara de majagua y un consumado maestro castigando a los toros para dejarlos al gusto del matador. Credenciales toreras que le hicieron merecedor del calificativo de “señor”. Un tratamiento  desconocido entre los picadores en los anales de la Tauromaquia. EL SEÑOR MANUEL DE LA HABA