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martes, 1 de abril de 2025

LAGARTIJO Y SU “TÚNICO”: «Otra versión de una “lagartijá”»


Por José Rafael López Blancas

 

Imagen de Nuestro Padre Jesús Caído de Córdoba: "El Señor de los Toreros".


“La tradición oral ha sido, desde siempre, la forma suprema de comunicación de los seres humanos, con la cual pueden compartir sus saberes con la sociedad”.

 

El próximo día 1 de agosto, se cumplirá el 125 aniversario del fallecimiento de aquel que fue nuestro Hermano Mayor, Rafael Molina Sánchez, más conocido como “Lagartijo” o “Lagartijo el Grande”. En torno a su persona, se registran infinidad de anécdotas, bromas y frases famosas que han permanecido, a lo largo del tiempo, en la mente de nuestros antepasados y que se han ido transmitiendo, de generación en generación, a través de los años. Rara vez, en la actualidad, cuando se sobrepasa el nivel normal de alguna ocurrencia, se le denomina, lagartijá. Para ser sincero hay que confesar que también, esta denominación, lagartijá, además se ha utilizado, sobre todo, para significar una demostración de bondad y generosidad que, de por sí, supera con creces lo encomiable, sin importarle el coste, sobre todo económico, a aquel que toma la iniciativa de tan grande acción. Rafaé, fue el matador de toros más grande de su época, pero sin duda alguna, también quedó recogido, en su persona, la grandeza de su esplendidez que aún más lo acrecentaba.

 

Rafael Molina Sánchez «Lagartijo»

Una breve reseña de su vida

Nació, en el Barrio del Matadero, el 27 de noviembre de 1841. Hijo del banderillero, en su momento novillero, Manuel Molina “Niño Dios” y de María Sánchez Serrano, hija de Rafael Sánchez “Poleo”, torilero en el coso de Los Tejares. Creció como sus dos hermanos, entre la pobreza y las vaquillas, sin aprender a leer. Su hermanos, Manuel y Juan, tuvieron distintas suertes en la práctica del arte de torear. Mientras Manuel, ni con la ayuda de su afamado hermano, consiguió ocupar ningún puesto destacado dentro de la torería; el pequeño, Juan, sí que logró fama como un peón de brega excepcional.

 

Nuestro protagonista, heredó la afición al toreo desde niño. Con nueve años, perteneció a la cuadrilla infantil creada por Antonio Luque y González “Camará”, donde empezó a adentrarse en el oficio taurino. Con quince años se incorporó, a tiempo completo, en la cuadrilla de José Dámaso Rodríguez “Pepete”, manteniéndose en ella hasta el fallecimiento de su matador. Durante esa época, desarrolló un gran conocimiento de las reses bravas, lo que le llevaría a integrarse en la cuadrilla de los hermanos Carmona. En la cuadrilla del famoso Antonio Carmona “Gordito” es en la que más se adiestró, toreando por las plazas de España y Portugal. Tomó la alternativa en Úbeda, el 29 de septiembre de 1865, a manos del mencionado Antonio Carmona, con una ganadería de encaste vazqueño, propiedad de la Marquesa Viuda de Ontiveros.

 

A lo largo de su trayectoria profesional, fue famosa la rivalidad que mantuvo con Salvador Sánchez “Frascuelo”, torero granadino que, en lo mejor de su carrera, no le hacía ascos a torear con el famoso coloso cordobés. También fue famosa la rivalidad que mantuvo con aquel que siempre se consideró su discípulo, Rafael Guerra Bejarano “Guerrita”. Siempre, hasta después de su muerte, “Guerrita” demostraba su admiración inmensa por su maestro sin rival. Los tres, “Lagartijo”, “Frascuelo” y “Guerrita” fueron los artífices de lo que Domingo Delgado de la Cámara, en su libro, Entre Marte y Venus (breve historia crítica del torero), llamó: «la primera revolución del toreo».

 

En estadísticas de la historia taurómaca, queda reflejado que hizo el paseíllo más de 1600 tardes, de las cuales, solamente, en Madrid toreó 421. Lidió y dio muerte a más de 4800 toros (otras fuentes se refieren a más de 5000) y solamente, en cinco o seis ocasiones sufrió percances, siendo estos, la gran mayoría, de forma leve. Hasta 1893, año de su retirada, sus logros y triunfos, siempre aclamados, también estuvieron acompañados de tardes en la que la suerte le daba la espalda, pero su genialidad y su bien hacer siempre quedarán grabadas y escritas con letras de oro en la historia del toreo.

 

Falleció a las cinco de la mañana de un miércoles, 1 de agosto de 1900, aquejado de una grave enfermedad.

 

Túnica de Jesús Caído regalada por «Lagartijo»

Antes de continuar: una historia apócrifa

Me he permitido la licencia de adoptar este adjetivo, apócrifo/-a, en el sentido y significado de «no estar aceptado por el canon». Me he negado a tomarlo en su definición de, falso fingido; aunque también podría haber hecho uso de él en su término de: supuesto, atribuyéndolo como referente a la dudosa autenticidad de su contenido. Para los míos, en casa, siempre ocurrió que, al hablar sobre el túnico del Señor, salía a relucir una versión distinta de la que siempre se ha hablado, se habla y, seguramente, se seguirá hablando. La versión más extendida y conocida, todos la conocemos: “Lagartijo encargó una túnica con el bordado de uno de sus trajes para la imagen de nuestro Señor, en agradecimiento por haber salido ileso de una grave cogida”. Esta versión, entra dentro de la lógica si atendemos al riesgo continuado que, nuestro protagonista, tenía dentro de su profesión. El motivo de tan gran ofrenda, al no haber ningún documento que lo atestigüe, es lo que impide que se pueda demostrar la razón de tan gran ofrenda, al igual que al testimonio de mi versión apócrifa. Lo que sí es real y demostrable, es que, a través, de la donación del «túnico» Rafael dejó patente la inmensa devoción y confianza que tuvo en su «Señó».

 

Siempre se ha hablado de las manías de los toreros y de sus supersticiones. Algunas han sido medianamente comprensibles y otras casi incomprensibles, pero el que se la juega, se siente con el derecho de poder tomarla y de cumplirla. Tienen sus presagios y sus momentos, y en esto del toro, cuando un presagio es malo…: ¡malo!

 

Aquellos que realmente me conocen saben de mi afición al toro. Fue una leche que me dieron a mamar desde mi nacimiento tanto por el lado paterno como del materno ya que, desde generaciones, hubo un vínculo muy estrecho con ese mundo y con la gente del toro. ¡Cuántos recuerdos se me vienen a la cabeza! ¡Cuánto daría por poder volver en el tiempo! Por desgracia, tendré que esperar a revivir aquellos momentos vividos y disfrutados, en aquella etapa de mi vida, con mis seres queridos en cielo, cuando Dios lo disponga.

 

Plaza de San Sebastián. Cartel de la Semana Grande de 1883

De abuelo a nieto: “Mira niño…”

En la gran sala de casa de los abuelos, ubicada en el Nº 17 de la calle Reyes Católicos, aquel que de niño me llevaba, de vez en cuando, a San Cayetano, a ver a su Melenas y sobre todo a su Señora de la Soledad, sentado en su sillón -parece que lo estoy viendo- me contó una historia que, en aquel entonces, yo, no aprecié en su justa medida, seguramente por la edad con la que contaba. No era la primera vez, ni sería la última, que la oía, pero sí era la primera vez que me la contaba a solas:

 

«Mira niño, mi abuelo trabajaba en las maderas de la estación del tren. Dicen que era un buen profesional en lo suyo y siendo de aquí “del barrio” tenía mucha amistad, desde niño, con los Molina, con Rafael, que era algo mayor, pero sobre todo con Juan, que andaban por las mismas quintas. En la pandilla había varios chiquillos y ¡todos querían ser toreros!, jugaban al toro, se metían en el Matadero Viejo a ver las reses y a intentar pegarles unos pases, ¡ya sabes…las cosas que podían hacer, en aquel entonces, los arambeles! Pero con el tiempo, Rafael empezó a tener algún nombre entre la gente del toro, y poquito a poco, y a base de no pocos miedos ¡porque todos tienen miedo!, Rafael llegó a ser quien fue. La cuestión: que un día Juan habló con mi abuelo de parte de su hermano. Le propuso que le hiciera unas banderillas para probarlas, ya que las que le proporcionaban en las plazas no le gustaban porque no se sentía seguro al clavarlas. Las notaba algo enclenques y él quería sentirse más seguro al apoyarse sobre ellas a la hora de clavar, y así poder coger más impulso que le permitiera salir de la cara del toro con más soltura. De modo que ¡así nacieron las famosas banderillas cordobesas, por una propuesta del mismísimo Rafael! Al llevarlas Lagartijo, que al principio se las hacia a él exclusivamente, todos los toreros querían las mismas banderillas que llevaba él y así… hasta hoy.

 

Cuando Rafael y Juan estaban en Córdoba, siempre se reunían con sus amigos, con los de siempre, muchos de ellos piconeros, y se «jartaban de tó». Los dineros de Lagartijo siempre eran los primeros, no había necesidad o desgracia que llegase a sus oídos, en los que él no quitara la penuria. ¡Cuánto ayudó y cuánta misería aplacó!

 

Estaba dispuesto para todo y también -por supuesto- para su «Señó». ¡Ay su Señó, cuántas cosas le contaría en sus visitas! Cuando lo nombraron Hermano Mayor, Lagartijo era de muy pocas letras, casi analfabeto, pero con mucha experiencia, y al igual que hacía en su privacidad, en la hermandad también se rodeó con algunos de “su gente”. A mi abuelo lo metió un tiempo largo en aquella junta de gobierno junto a otros conocidos para que cuidaran de aquello cuando él no estaba. Costeaba de su bolsillo los gastos que originaban aquellas salidas, pagaba las deudas que pudiera haber pendientes, mantenía todos los gastos que se pudieran presentar y, sobre todo, ayudaba mucho a la gente del barrio.

 

Una tarde de calor cordobés, estaban reunidos, seguramente en “La Corsaria”, los amigos. Aquella junta era como otras tantas veces hacían, pero se percataron que Rafael estaba alicaído, parecía preocupado, había algo que no le permitía estar a gusto en su momento de juerga. Hubo un “tiznao”, íntimo suyo, que le preguntó por aquello que le impedía disfrutar:

 

—“Rafaé” ¿qué te pasa?

—“No sé, tengo un no sé qué que no me deja… estoy algo intranquilo, por las noches no descanso. Tengo una «corría» metía en la cabeza que no me gusta, que no me deja… ¡tengo un presagio!”

—¡Pero “amos a ver” Rafaé!... ¿malo?

—Una corría de don Nazario, ¡qué no me la quito de la cabeza…!

 

Nadie lo vio, y nadie puede decir que así fue, pero entre los suyos siempre supusieron que, de aquel mal presagio, y de la gran devoción que le tenía a su Señor, nació una promesa, y que de aquella promesa nació una túnica, ya que no pasó mucho tiempo entre “aquel mal presagio” y el tener el Señor de San Cayetano la famosa túnica de Lagartijo».

 

Detalle del cartel anterior

Internet, un gran invento

Durante un tiempo, y a sabiendas que iba a escribir sobre esta lagartijá, que realmente es una historia apócrifa, estuve buscando cualquier tipo de información que me ayudara a dar más veracidad a ese relato que el abuelo materno me contó. Tenía que buscar sobre unos parámetros de los que no encontraba grandes respuestas. Por supuesto la localidad de la corrida, la desconocía, o si el abuelo la contó, no la recordaba. El año tampoco, aunque tenía que ser anterior al 1884 que es cuando mi Señor Jesús Caído estrena la túnica. Buscaba a nombre de Rafael y la información era muy numerosa; buscaba a nombre de la ganadería y encontraba información, pero ni de una ni de otra forma hallaba lo que quería… Me daba, en cierta manera, miedo escribir sobre algo que no se pudiera defender de alguna forma, no el poder demostrarlo, porque eso es imposible, pero sí justificar que había sido posible esa otra versión de aquella narración. Además, quería encontrar algo que sirviera no simplemente para crear la duda de la certeza, sino que se acercara más a la verdad que a la suspicacia.

 

Primero en mi biblioteca taurina, no encontré ninguna referencia a una corrida que uniese a Lagartijo y a la ganadería de don Nazario. Después, una página web me llevaba a otra, y esa, a otra, y esa otra, a otra… Un maremágnum de páginas y de información que me entretenían, pero nada más, lo que buscaba tampoco, no lo encontraba. Hasta que sin saber cómo ¡zas! encontré el cartel que muestro. Mi Señor Jesús Caído me ayudó: ¡hizo el milagro!: agosto, 1883, Lagartijo y Nazario Carriquiri ¡estaban todos los parámetros! Una pena que sólo haya encontrado el cartel y ninguna referencia de las corridas reseñadas, pero como decía el otro… “menos da una piedra y hace más daño”.

 

Por fin encontré algo que sustentara esta versión. A ciencia cierta sabemos que la túnica, en su confección, no lleva nada, en el bordado, de un traje de torear. Además, también se ha comprobado, que el color original de la misma no era el morado que hoy contemplamos, sino un “rojo cardenal” como han atestiguado profesionales del bordado al revisar las costuras interiores e inferiores que aún mantiene partes de la original. Con este hallazgo, hoy, muchísimos años después, estoy seguro al decir: “abuelo, tienes razón”.


Acta de la Hermandad por la que se nombraba
Hermano Mayor a Rafael Molina «Lagartijo»


Texto publicado en el Boletín oficial de 2025 de la cordobesa Hermandad y Cofradía de Nuestro Padre Jesús Caído, Nuestra Señora del Mayor Dolor en su Soledad y San Juan de la Cruz.

miércoles, 16 de junio de 2021

«LAGARTIJO»: APUNTES Y ANÉCDOTAS

 

Lagartijo. Óleo de Antonio Bujalance.

APUNTES:

—El primer Califa del toreo, Rafael Molina Sánchez, nació en el barrio de la Merced de Córdoba el 27 de noviembre de 1841. Era hijo del banderillero Manuel Molina Niño Dios y de María Sánchez, hermana del torilero cordobés Poleo. (Recomendamos por su valor histórico leer el documento “El barrio y la familia de los Poleo, de Rafael Sánchez González). PULSAR PARA VER

—Por la facilidad que de niño tuvo Rafael para trepar por las tapias del matadero de Córdoba, y esquivar con agilidad de lagartija al guarda del mismo (que era el padre de Guerrita), fue inmortalizado con el apodo que pasó a la historia del toreo. Aún así, entre sus familiares, siempre fue conocido como El Chico.

—Durante su niñez Lagartijo fue mozo de nave del Matadero de Córdoba, y fue por su afición a sortear las reses bravas que llegaban para el sacrificio lo que provocó su expulsión del mismo. La revista La Lidia de 27/10/1884 publicó el curioso oficio que la alcaldía de Córdoba dirigió al alcaide del Matadero: «Noticioso de que el mozo de nave Rafael Molina se permite saltar las tapias de los corrales del Matadero para lidiar las reses bravas destinadas al abasto público, infringiendo de este modo los preceptos reglamentarios y burlando las órdenes dictadas con repetición para impedir este abuso, he resuelto prevenir a usted que expulse del establecimiento al referido joven, prohibiéndole su entrada en lo sucesivo y deteniéndolo a disposición de esta alcaldía, si vuelve a saltar el edificio, para imponerle la corrección oportuna. Córdoba, 16 de mayo de 1857. - J. García Lovera».

Antiguo barrio del Matadero en el Campo de la Merced.

Rafael Molina se presentó como banderillero en Córdoba el 8 de septiembre de 1852, con tan solo diez años de edad, en la corrida mixta que con motivo de la Feria de la Fuensanta organizó el Ayuntamiento de la ciudad. Se lidiaron seis toros y dos novillos de don Rafael José Barbero, encargándose de la muerte de los toros José Carmona (el Panadero), que toreaba por primera vez en Córdoba, y Antonio Ortega. Ambos llevaban sus cuadrillas. El cartel anunciaba que para la lidia de los dos novillos eran espadas Antonio Luque y José Sánchez, de catorce años de edad; picadores, Juan de Dios Martínez (a) Riñones, y Rafael Álvarez (a) Onofre, de quince años ambos; y banderilleros Mariano Bejarano, Francisco Quesada, Manuel Fuentes (a) Bocanegra, de catorce años, y Rafael Molina (a) Lagartijo, de once años. Todos los lidiadores vecinos de Córdoba. El día 29 del mismo mes se verificó otra función de novillos de muerte lidiados por los mismos toreros, pero en ese cartel Rafael Molina ya ocupaba el primer puesto entre los banderilleros.

—En 1862 Lagartijo entró a formar parte de las cuadrillas de los hermanos Carmona, Manuel y Antonio. Un año antes ya figuró en la del infortunado José Dámaso Rodríguez Pepete (tío abuelo del histórico Manuel Rodríguez Manolete).

Rafael Molina Lagartijo

—Lagartijo echó su primer paseíllo en la plaza de Madrid el 13 de septiembre de 1863, actuando como banderillero de Antonio Carmona el Gordito. De aquella actuación se hico eco J. Pérez de Guzmán: «...apenas tocaron a banderillas en el segundo toro, se adelantó para realizar esta suerte; una parte del público concurrente al tendido 5, en cuya localidad el Gordito contaba con un inmenso partido, gritó “el quiebro” “el quiebro” y, en efecto Lagartijo echose hacia los tercios y alegrando al toro lo aguantó hasta el momento de meterle la cabeza, en cuyo acto se cambió con tal aplomo, arte y serenidad, metiendo los brazos y resultando un par tan perfectamente puesto y en tan buen sitio, que el público no pudo por menos de admirarse de quien aquello hacia hubiera estado alejado del circo de Madrid hasta aquel día».


—Tomó la alternativa en Úbeda (Jaén), el 29 de septiembre de 1865. Su maestro Antonio Carmona el Gordito le cedió la muerte del toro Carabuco, de la marquesa viuda de Ontiveros. Confirmó en Madrid el 15 de octubre del mismo año. Cayetano Sanz fue el padrino, completando el cartel el Gordito. El toro de la ceremonia atendía por Barrigón y pertenecía al hierro de doña Gala Ortiz, ganadería que lidió tres reses junto a otras tres del hierro de  la viuda de Benjumea. Así rezaba el cartel, que años más tarde copiaría Guerrita: “Espadas: Cayetano Sanz, Antonio Carmona (el Gordito) y Rafael Molina (Lagartijo), que alternará por primera vez en esta plaza, confiando, más bien en la indulgencia del público que en sus propios merecimientos, y procurará desempeñar con el mayor lucimiento, desde esta corrida, las obligaciones que le impone su nueva categoría”.  

Salvador Sánchez Frascuelo

—Lagartijo mantuvo con Frascuelo una competencia que duró veintidós años. La rivalidad comenzó en la feria del Corpus granadina de 1868 y duró hasta que el torero granadino se retiró en el año 1890. Ambos espadas torearon juntos en Madrid los años 1869, 1871 a 1876, 1878, 1880, 1885, 1887 y 1889. Rafael fue contratado veintiún años en esta plaza, y Salvador diecisiete.

—Tras actuar en la feria de abril de Sevilla del año 1884, cansado de la hostilidad del público hispalense, Rafael Molina decidió no volver a hacerlo en la plaza de la Real Maestranza.

—Lagartijo tuvo el triste honor de rematar al toro Peregrino, de la ganadería de don Vicente Martínez, causante de la cornada que dejó inútil para el toreo a Antonio Sánchez el Tato. El hecho ocurrió en la plaza de Madrid el 7 de junio de 1869. Lagartijo y Frascuelo torearon las corridas contratadas por el Tato para aquella temporada y le entregaron los honorarios íntegros. En agradecimiento, el infortunado matador regaló al diestro cordobés el estoque de aquella tarde, que está depositado en el Museo Taurino de Córdoba, con la siguiente dedicatoria grabada en ambas hojas: «Si como dicen los filósofos, la gratitud es atributo de las almas nobles, acepta, querido Lagartijo, este presente y consérvale como sagrado depósito, en gracia a que simboliza el recuerdo de mis glorias y representa a la vez el testigo mudo de mi desgracia. Con él maté el último toro, llamado Peregrino, de don Vicente Martínez, cuarto de la corrida verificada en Madrid el 7 de junio de 1869, en cuyo acto recibí la cogida que me ha producido la amputación de la pierna derecha. Ante los designios de la Providencia, nada puede la voluntad de los hombres. Sólo le resta conformarse a tu afectísimo amigo, Antonio Sánchez Tato».

Lagartijo en la plaza de Madrid

—Rafael Molina toreó su última corrida en la plaza de Madrid el día el 1 de junio de 1893, festividad del Corpus Christi. Debido a la enorme expectación del festejo, las autoridades eclesiásticas accedieron a que la procesión del Santísimo se celebrara por la mañana.

—Durante su vida profesional Lagartijo actuó en 1.632 corridas, de ellas 404 en la plaza de Madrid, y estoqueó 4.867 toros.

Rafael Molina Fue proclamado Califa del toreo por el crítico aragonés don Mariano de Cavia y Lac.

Lagartijo ostentó el cargo de Hermano Mayor, entre los años 1880 a 1890, de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Caído, popularmente conocida como la cofradía de los toreros. Rafael regaló al sagrado titular una túnica de terciopelo morado, bordada en oro. De esta Hermandad, anterior y posteriormente, también fueron Hermanos Mayores los espadas José Dámaso Rodríguez Pepete y Manuel Rodríguez Manolete.     

Busto de Lagartijo en la calle Osario de Córdoba
                                              

Lagartijo falleció en Córdoba el 1 de agosto de 1900, a los 58 años de edad, en su domicilio de la calle Osario, número 10. El funeral se ofició en la iglesia de San Miguel. Ocho días después de la muerte del Califa, abandonaba el toreo para siempre su hermano Juan Molina Sánchez, quien está considerado uno de los mejores peones de brega de todos los tiempos, conocido entre sus familiares como el Bolé, y de quien llegó a decirse que un capotazo suyo era una lección de geometría.  Después de treinta y dos años de toreo activo, y con cuarenta y nueve de edad, dejó que su hija Luisa le cortara la coleta. Después de la retirada de su hermano, tan excepcional banderillero había bregado a las órdenes de Mazzantini, Guerrita y Conejito.

ANÉCDOTAS:

—A nivel personal Rafael Molina destacó por su sencillez y humildad. En cierta ocasión, cuando Frascuelo echaba sapos y culebras contra sus detractores, el cordobés le susurró: «A ti te va a perder la boca»

—Otra vez, a un banderillero que blasfemaba en la puerta de cuadrillas, le dijo, mirándole a los ojos: «Compadre, si nos engancha un toro dentro de media hora ¿sería usted capaz de repetir eso mismo a ese Señor del que ahora está diciendo tantas cosas malas?».

—En otra ocasión, camino de la plaza, Lagartijo comprobó que no llevaba el escapulario de San Rafael. El torero ordenó a los miembros de su cuadrilla que fueran a buscarlo: «Yo no puedo torear si no me acompaña mi paisano».    

Despacho de Lagartijo expuesto en el Museo 
Taurino de Córdoba, antes de ser remodelado.

—Como siempre ocurrió con las rivalidades, el público pretendió enemistar a Lagartijo y Frascuelo, rivales en el ruedo pero entre los que siempre existió una noble y entrañable amistad. Lo prueba la anécdota protagonizada por ambos en Madrid el 13 de julio de 1873, cuando Rafael se encontraba convaleciente de la cornada más grave que sufrió como torero, ocurrida en esta plaza el 22 de junio del mismo año (al entrar a matar muy en corto y despacio al primer toro de Bermúdez, este le suspendió del brazo derecho, ocasionándole en el mismo una penetrante y gravísima herida, de la que no curó completamente hasta el mes de septiembre). El cordobés acudió al coso para presenciar la actuación de Salvador, que cosechó un gran triunfo. Frascuelo le brindó la muerte del toro Cantarillo, al que realizó una gran faena que el público premió lanzando sombreros, puros y hasta una petaca. Rafael, puesto en pie, envolvió su reloj de oro en un pañuelo y se lo arrojó a su compañero.

—En una ocasión preguntaron a Lagartijo en San Sebastián quiénes eran, a su juicio, los mejores matadores. El cordobés contestó: «Primero Salvador; luego, Frascuelo».

—No era menor el afecto de Salvador por Rafael. En otra ocasión un empresario regateaba al granadino la contratación de tres corridas de toros y Frascuelo no bajaba un céntimo de lo pedido. “No sea usted tirano -le dijo el empresario- y tenga en cuenta que Lagartijo me ha rebajado quinientos reales. Frascuelo le respondió: “¿Pero es que torea conmigo Rafael? ¡Entonces ponga usted lo que quiera!”.

Frascuelo

—Tampoco faltaba el buen humor entre ambos toreros. Los hermanos de Rafael y Salvador, Manuel Molina y Paco Sánchez, gozaron de escasa fortuna en el toreo. Frascuelo dijo a Lagartijo: «Los mejores matadores, tú y yo. Los peores, tu hermano y el mío».

—Rafael desplazó a todos los toreros de su época, excepto a Frascuelo, con quien entabló una rivalidad artística que fue bautizada como La edad de Oro del Toreo. Y aunque ciertamente nadie pudo competir con ellos, cuando el señor Fernando el Gallo se sentía inspirado y toreaba como sabía y los duendes le dictaban, el cordobés decía al de Churriana: «Vamos a sentarnos en el estribo a ver torear».

—Cuando falleció la esposa de Lagartijo, los familiares de esta reclamaron al torero los bienes gananciales. Rafael se desplazó a Madrid para consultar al jurista don Manuel Alonso Martínez, amigo y partidario del torero, quien le dijo: “Sí, es duro, pero yo lo he hecho y es legal”. A lo que el torero contestó: «¡De modo y manera, don Manuel, que mi suegro en     el tendido y yo en el redondel, hemos toreado a medias!».

Panteón de Lagartijo. Cementerio Virgen
de la Virgen de la Salud de Córdoba.

—La muerte de Rafael Molina se venía venir en sus últimos meses de vida; ya no caminaba con su habitual garbo, sino ausente. Guerrita la adivinó en una de sus sentencias: «No le digo a usted más que le andan las moscas por la cara y no se las quita. Para mí que el pobre no vive un mes».También el propio torero llegó a intuir su final. Pocos meses antes de su muerte le visitó su pariente Rafael Bejarano Carrasco Torerito, que también se encontraba enfermo de una grave dolencia hepática, y el Califa, presintiendo el inmediato final de ambos, le dijo: «Rafael, prepara las maletas que vamos a hacer un viaje muy largo».

Antonio Carmona el Gordito, maestro de Rafael Molina a quien llevó fijo en su cuadrilla y cedió en ocasiones la muerte de algún toro, sobrevivió a su discípulo. En el entierro del inolvidable torero cordobés, el viejo maestro lloró ante los restos de Lagartijo y llegó a decir noblemente entre lágrimas: «Nunca pude vencerte».

BIBLIOGRAFÍA:      

-“Lagartijo y Frascuelo y su tiempo”. Antonio Peña y Goñi. Espasa-Calpe 1994.

-“Historia Ilustrada de la Tauromaquia”. Fernando Claramunt. Espasa-Calpe 1992.     

 -“Los Toros”. Enciclopedia Taurina. José María de Cossío. Espasa-Calpe.

-“Toreros Cordobeses”.  J. Pérez de Guzmán. Córdoba 1880.

-“Antes y después del Guerra”. F. Bleu. Colección Austral. 1983

-“Paseos por Córdoba”. Teodomiro Ramírez de Arellano. Librería Luque 1976.

-“Dos siglos de Tauromaquia Cordobesa” (Siglos XVIII-XIX). Ayuntamiento de Córdoba.  Museo Municipal Taurino. 1990.

-“Tauromaquia Cordobesa”. José Luis de Córdoba. Everest 1978.

miércoles, 16 de octubre de 2019

"LAGARTIJO": EL CALIFA Y SU TROPA TORERA

Por Rafael Sánchez González
 Lagartijo. Busto del torero en la calle Osario de Córdoba
En un amplio estudio sobre la vida artística de un diestro de la magnitud de Rafael Molina Sánchez Lagartijo, sería injusto olvidar a quienes con él compartieron avatares en los ruedos. Aquellos hombres que con su eficaz trabajo colaboraron para que, en su larga trayectoria profesional, el primer califa del toreo pudiera escribir brillantísimas páginas en la historia de la tauromaquia. En una época, además, en la que muchos de los peones de a pie, cubierta ya su etapa de aprendizaje bajo la tutela de destacados diestros, competían después con ellos en la arena tras recibir el grado de matador de toros.
Si complejo resulta poder recopilar datos acerca de los picadores y banderilleros que actuaban, transcurrido ya un siglo, mucho más complicado aún es tratar de hacerlo con relación a un espada que permaneció en activo como matador de toros durante veintiocho años y, entre titulares y agregados o bien eventualmente, llevó a sus órdenes una extensísima nómina de personal subalterno.
No cabe la menor duda de que Lagartijo, sabedor de la importancia que tenía, prestó siempre gran atención a quienes habrían de estar a su lado en la arena, en cuyo menester dio siempre prioridad a sus paisanos, amparado, justo es también significarlo, en la reconocida valía de los numerosos toreros que por aquellas calendas aportaba Córdoba al toreo.
Francisco Montes Paquiro
Antiguamente se contrataba solamente a los matadores, con independencia de las cuadrillas, y aun cuando, a la muerte de Pedro Romero, fue Jerónimo José Cándido el primero en rodearse del mejor personal que había, es a Francisco Montes Paquiro a quien se debe la organización y el orden de los subalternos en el ruedo. Así, cuando Lagartijo tomó la alternativa muy pocos espadas tenían todavía cuadrilla fija. La empresa de la plaza de toros de Madrid ajustaba por toda la temporada a banderilleros y picadores, que actuaban indistintamente con los matadores que lidiaban las corridas, salvo algunos que excepcionalmente acudían con ella constituida, o aquellos que, por amistad o paisanaje, llegaban acompañados de algún elemento.
El cartel del festejo en el que Lagartijo confirmó su doctorado el 15 de octubre de 1865, no precisa los subalternos de a pie que en ella trabajaron, y respecto a los de a caballo dice lo siguiente: "Picadores.- De tanda: Onofre Álvarez y Manuel Sacanelles, con otros tres de reserva, sin que en el caso de inutilizarse los cinco pueda exigirse que salgan otros". Onofre Álvarez, o Rafael Álvarez Rodríguez Onofre para decirlo correctamente, pertenecía entonces a la cuadrilla de El Gordito, y aunque residente en Córdoba, donde murió, era de procedencia manchega; y respecto a Sacanelles cabe la duda de si toreaba esa tarde con Cayetano Sanz o con Lagartijo. Se sabe que antes de dedicarse a picar toros tuvo un pequeño taller de ebanistería y falleció en Madrid de enfermedad crónica hacia 1875. Como banderilleros acompañaron aquel día a Lagartijo, el cordobés Benito Garrido Villaviciosa, primero que permanentemente tuvo a su lado, y los sevillanos Juan Yust y José Gómez El Gallo, iniciador del que después sería famoso apodo taurino.
Rafael Álvarez Rodriguez Onofre
Desde 1865 a 1869, no existe duda de que los peones que con más frecuencia actuaron para Lagartijo fueron los citados, aunque variando algo el personal por provincias, ya que en 1866 figuró en repetidas ocasiones como banderillero y media espada el sevillano José Giráldez Jaqueta, a quien Rafael dio la alternativa -primera que concedió- el 5 de septiembre de 1869, y falleció víctima de una grave enfermedad cerebral a la que le llevó su entrega a la bebida.
Difícil resulta precisar quienes fueron los picadores que figuraron a sus órdenes en el referido periodo, puesto que ni en la prensa ni en los estudios acerca del espada se encuentran muchos datos al respecto. En 1866, según carteles de la época, aparecen Juan Antonio Mondéjar Juaneca, el corpulento y valiente Antonio Arce y Domingo Granda El Francés, uno de los varilargueros más aplaudidos en la plaza de Madrid, pues además de agarrarse bien con los toros realizaba la suerte con vistosidad.
En 1867 parece ser que iban en su cuadrilla el fornido piquero utrerano Miguel Alanís, y puede que continuara en ella El Francés. En 1868 no toreó Lagartijo en Madrid, por lo que todavía resulta más complicado conocer qué varilargueros llevó por provincias, teniendo en cuenta la escasa información que de estas actuaciones se tiene; sin embargo, podría afirmarse que picaron a su lado el citado Domingo Granda y José Marqueti, quien de mozo de caballos pasó a tirar la vara de majagua, y terminó como empleado en una compañía de ferrocarriles.
Antonio Sánchez El Tato
Al quedar inútil para el toreo Antonio Sánchez El Tato, a consecuencia de la cornada que le infirió el toro Peregrino (7-6-1869), un veterano ilustre de su cuadrilla pasó a la de Rafael Molina; me refiero a Antonio Calderón, primogénito de la famosa saga de picadores alcalaínos, al que familiarmente llamaban el Presbítero, por ser el único de los cuatro hermanos que no lucía patillas.
La primera noticia categórica de la cuadrilla de Lagartijo proviene del programa del abono madrileño para la temporada 1871, en el que nominalmente se anuncian las cuadrillas de Rafael, Currito y Frascuelo. En la del cordobés aparecen Antonio Calderón y José Marqueti a caballo, y Juan Yust, El Gallo y Villaviciosa como hombres de a pie. Cabe pensar que desde 1869 hasta 1872, esa fue la tropa que utilizó en los ruedos el califa, aunque en sus intervenciones por provincias se produjesen algunos cambios, apareciendo alternativamente Rafael Bejarano El Cano, torero cordobés a quien mató en Jerez (24-6-1873) un toro de Laffite; el segoviano Mariano Antón, procedente de la cuadrilla de Currito, a la que había llegado tras dejar la de El Tato por el motivo indicado; y el todavía bisoño Juan Molina, hermano del califa, quien desde 1871 venía toreando para su pariente Manuel Fuentes Bocanegra. Los dos últimos quedaron fijos a partir de la temporada 1873, ocupando los puestos de Juan Yust, aquél gran torero sevillano afincado en Córdoba, donde murió en plena lozanía (él y Caniqui parearon a Jocinero la tarde que el miureño le partió el corazón al agalludo Pepete); y Villaviciosa, que al retirarse pasó a ser consejero de su jefe, hasta que en 1883 le llegó la muerte. Los tres, Mariano Antón, Juan Molina y El Gallo, serían los banderilleros que, con toda certeza, acompañaron a Lagartijo hasta 1882 inclusive.
Antonio Calderón
Volviendo a los picadores, en 1874 los que llevo de plantilla a Madrid fueron Antonio Calderón y El Francés, trabajando también mucho con él en ese año y siguientes, Juaneca, Marqueti y José Calderón, a los que habría que añadir aquellos que además ponía la empresa de la Villa y Corte, siendo los de mayor asiduidad Antonio Benítez El Grapo y Manuel Feijóo, antiguo coracero de la reina, de corpulenta talla, al que le fue concedida la Cruz de Beneficencia por salvar de perecer ahogados a dos mujeres y un cura, cuya barcaza volcó atravesando el río Guadiana. Emigrado a México en 1890, nunca más se supo de él. De los mencionados picadores agregados, el arrogante Juaneca fue al que más utilizó, y hubiera ocupado un sitio fijo, de no ser por su violento y díscolo carácter, motivo por el que no echó raíces en ninguna cuadrilla a pesar de agarrarse bien y castigar con dureza a los toros. Madrileño muy popular, su sombrero calañés, que nunca abandonaba, constituyó, junto con Gonzalo Mora y Ángel López Regatero, el final de una característica manera de vestir entre los toreros. Como no podía ser de otra forma, falleció en la Cárcel Modelo, donde había ingresado a raíz de la tumultuosa riña que se produjo en una taberna, de resultas de la cual falleció un hombre.
Con un equipo variable de picadores, siendo el único permanente Antonio Calderón, y saliendo a veces su paisano Onofre, y sus mencionados peones de plantilla, Lagartijo hizo las temporadas 1874, 1875 y 1876.
Juan Molina Sánchez
En la de 1877, retirado el viejo Calderón, formaron ya a su lado otros dos componentes de la famosa saga de Alcalá de Guadaira; el ya citado José y su hermano Manuel, que habrían de seguir con el califa largo tiempo. Así, llevando a estos dos picadores, y de banderilleros al muy hábil Mariano Antón, al siempre elegante José Gómez El Gallo, a Juan Molina, convertido ya en dueño y señor de la lidia, y en ocasiones a su otro hermano Manuel, al que daría la alternativa en Murcia el 5 de septiembre de 1879, cubrió Lagartijo las campañas de 1877 a 1882, ambas incluidas.
Al finalizar dicho año 1882, Mariano Antón, agotadas ya sus facultades -tenía 54 años de edad- abandonaba el toreo, dedicándose a su familia y a la agencia taurina que montó. Aquel aprendiz de zapatero acabó siendo uno de los subalternos más importantes de la época, del que mucho aprendió a su lado, superándole a todos después, el inconmensurable Juan Molina. Al sustituirle entró en la cuadrilla, a instancias de Juan -cuñado de este- Manuel Martínez Manene que, aún siendo poco conocido todavía no tardó en hacerse un sitio entre los banderilleros de primera fila.
Rafael Bejarano Carrasco Torerito
Finalizada la temporada de 1884 Rafael Molina despidió al Gallo, ocupando su puesto Rafael Bejarano Torerito, sobrino político del espada, que ya había sustituido a José Gómez durante la enfermedad que padeció aquel año. No gustó la determinación tomada por el califa, muy criticada por toreros y aficionados, que no olvidaban los dieciocho años de fidelidad y eficacia a su lado, y aunque El Gallo se encontraba ya en decadencia y quebrantado de salud, seguía cumpliendo con lucimiento gracias a su pundonor y saber estar en el ruedo. Apenas llevaba retirado medio año, su fatigado corazón dejo de latir, doblado ya el mes más florido de Sevilla. Diez años después nacería en Gelves quien habría de elevar tan artística dinastía a lo más alto del toreo, su sobrino José Gómez Joselito.
A partir de entonces la lista de banderilleros de Lagartijo quedó formada por Juan Molina, Manene y Torerito, y en octubre ingresó un torero que ya venía pidiendo paso de figura, Rafael Guerra Guerrita, que permaneció en la cuadrilla hasta su alternativa en 1887.
Con Rafael Molina Lagartijo empieza a hablarse de la elegancia en el torero
La etapa más brillante de la trayectoria taurómaca del primer califa cordobés que trenzó coleta, Rafael Molina Lagartijo, va unida a la de su hermano Juan, el mejor peón de toda la historia de la tauromaquia, y a la de los hermanos Calderón, tres de los cuales picaron a sus órdenes (tan solo Francisco no lo hizo). Como bien escribió El Bachiller González de Rivera: "Sería imposible olvidar aquellas figuras huesudas acartonadas, de grave semblante adornado con anchas patillas entrecanas. Manuel suprimió el adorno capilar en 1885, pero José -al que llamaban El Dientes- lo conservo toda su vida, siendo el último picador patilludo que ha cabalgado en plaza”. En 1887 se retiró, sustituyéndolo en las corridas de Madrid Francisco Parente El Artillero, un gallego que fue gastador en artillería -de ahí su apodo-, quien después de probar en varios oficios se hizo picador por una apuesta, y aunque sin tener jefe fijo picó para varios toreros, dado que le atizaba fuerte a los morlacos. A comienzos del siglo XX dejó de existir en el sanatorio que para enfermos mentales se levantó en Ciempozuelos (Madrid). Por provincias, en virtud a la amistad que les unía con ellos y las oportunidades que siempre ofreció a sus paisanos, Rafael llevó a Juan Rodríguez el de los Gallos, que comenzó como torero de a pie y acabó haciendo funciones de torilero en el coso de Los Tejares, y al que algunos historiadores vinculan con la anécdota del gallo de pelea que solicitó Lagartijo aprovechando una situación comprometida del varilarguero (otros tratadistas taurinos la relacionan con el también picador Rafael Álvarez Onofre); y Joaquín Vizcaya, mejor jinete que torero. A los dos venía ya utilizándolos desde 1880, confianza que no les retiró hasta 1893, en que dejó de vestir el traje de luces.
Lagartijo
José Calderón reapareció el 31 de agosto de 1887 en Málaga, y lo hizo enrolado de nuevo entre el personal de Lagartijo, con el que siguió hasta finales de 1899 en que se retiró definitivamente, viviendo los últimos años en su natal Alcalá de Guadaira, donde el 15 de mayo de 1896 dejó el mundo de los vivos. Manuel Calderón permaneció al lado del diestro cordobés hasta su muerte, ocurrida en Aranjuez el día más señalado de este Real Sitio, como es el 30 de mayo festividad de San Fernando, corriendo el año de 1891, y fue a consecuencia de la conmoción cerebral que le sobrevino al caerle encima la cabalgadura tras el derribo que le ocasionó el toro Lumbrero, de Veragua, lidiado en primer lugar aquella tarde. A José lo sustituyó el citado Juan de los Gallos, quien a mediados de 1890 fue reemplazado por su paisano Rafael Moreno Beao, un picador de mucho brazo, cuñado de Guerrita, con el que también trabajaría después. Y a Manuel Calderón le suplió en la cuadrilla el popular y bravo Agujetas, que figuró en las filas de afamados toreros y se mantuvo en activo hasta cumplidos sesenta años de edad, a pesar de lo cual, pobre y olvidado, murió en Madrid a comienzos de 1937. Estos fueron los dos varilargueros que Lagartijo llevó en los años 1891 y 1892, últimos de su carrera torera.
Rafael Caballero Matacán. Revista La lidia
Además picaron con él mucho en este periodo de 1890 a 1892 los cordobeses Juan Moreno Juanerito (que nada tiene que ver con ese Juanero el Feo, que dicen picó para el califa sin que existan pruebas fidedignas de ello), del barrio de Santa Marina, donde el 6 de noviembre de 1909 se quitó la vida de un disparo; Curro Gómez, de oscura ejecutoria; Rafael Caballero Matacán que, aún sin muchas pretensiones, cumplía tirando el palo a satisfacción de sus jefes; Antonio de Dios Comearroz, quien de picar piedras en las calles pasó a picar toros en los ruedos; el sevillano Juan Pérez, que emigró a México en 1894, donde fue mayoral de la ganadería de Tepeyahualco; Francisco Coca, aquel madrileño que tuvo que dejar prematuramente su actividad en los ruedos a causa de una progresiva obesidad; y dos más que actuaron mucho en la plaza de Madrid, el portuense José Pacheco Veneno, que si ciertamente no fue un prodigio encontrándose con los toros, les hacía daño gracias a su enorme corpulencia física; y Francisco Zafra El Artillero -otro de este apodo-, que falleció demente al final del siglo XIX. Será oportuno decir, que aquellos eran tiempos en los que numerosos picadores acabaron sus días totalmente locos -de huesos rotos ni les cuento-, fruto de los golpes que recibían en la cabeza, a consecuencia de los tremendos batacazos que sufrían un día sí y otro también.
 Mojino. Revista La lidia
Asimismo, agregados a su cuadrilla, desde 1880 a 1887, trabajaron con Lagartijo el banderillero aragonés Lorenzo Quilez, que falleció en Zaragoza cuando todavía no había cumplido 42 años, al hacérsele crónico un extraño padecimiento que contrajo en uno de sus viajes a tierras americanas; los madrileños Eusebio Martínez; Cosme González, quien una vez retirado fue concejal del ayuntamiento de Aranjuez, donde había nacido; y Tomás Parrondo el Manchao, que alcanzó a tomar la alternativa en Barcelona el 24 de septiembre de 1889, y como tantos otros, triste y olvidado acabó su existencia en una modesta habitación de la madrileña calle del Ave María, víctima de cruel enfermedad mental; y los cordobeses José Bejarano Carrasco, hermano del Torerito, de irregular trayectoria; y Rafael Rodríguez Calvo Mojino, el mayor de los tres hijos toreros de Caniqui, y uno de los más brillantes banderilleros de aquel tiempo. El rey del sesgo le llamaron por su perfección clavando los rehiletes de tal forma. Inseparable amigo y compañero de Guerrita -por no darle sitio en su cuadrilla Fernando Gómez El Gallo se salió de ella Rafael Guerra-, el Mojino tuvo que dejar el toreo en 1896, cuando más cuajado estaba, a consecuencia del tremendo pisotón en la espalda que, estando caído en la arena al salir de un par, le dio el toro Regalón, de Udaeta, en la plaza de Madrid -mano a mano entre Guerrita y Mazzantini- el 31 de mayo de 1891, accidente que acabó costándole la vida cinco años después. Dicen que fue ese uno de los días más tristes en el bullicioso barrio de la Merced.
Las cuadrillas de Frascuelo, Mazzantini y Lagartijo
Óleo de Daniel Vázquez Díaz. Museo Reina Sofía
En 1887 Lagartijo presentó en el coso de la Villa y Corte la mejor cuadrilla de toreros que haya podido conocerse en los ruedos. Estaba formada por El Artillero (Francisco Parente) y Manuel Calderón como picadores, y a pie nada menos que Juan Molina, Manene, Torerito, Guerrita -en septiembre tomaría la alternativa- y el Mojino. Durante sus estancias en Madrid, Rafael Molina solía visitar los cafés La Iberia e Inglés. Encontrándose en este último, en cierta ocasión le advirtieron del corridón de toros que aguardaba en los corrales de la plaza, al que habría de enfrentarse el día siguiente. Sin perder su compostura contestó a los contertulios: "En estando güenos yo y mi gente, ya nos puede jechar si quieren los güeyes". Bien seguro estaba el califa de la tropa que, tanto de caballería como de infantería, llevaba a su mando.
Rafael Guerra Bejarano Guerrita
Aplazada por lluvia el día anterior, el 26 de diciembre de 1888 se celebró en Córdoba una novillada con reses de Lagartijo, en la que varios subalternos intervinieron como espadas. El encierro salió manso y con bastantes problemas -hasta Guerrita, que bajó a auxiliarles, resultó herido en una mano-, al extremo de que el cuarto ejemplar, de nombre Aguardentero, enganchó violentamente a Manene al hacer un quite, infiriéndole tan grave cornada -le destrozó la vejiga-, que en la noche del día 28 le sobrevino la muerte. Otro día de luto en los aledaños del viejo matadero cordobés. Para sustituirle, Rafael Molina, por amistad y corazón más que por verdaderos merecimientos, dio cabida en su cuadrilla a un hermano del infortunado Manuel Martínez, de igual apodo y de nombre Rafael, al que los cordobeses llamaban Martín.
Salvador Sánchez Frascuelo
Matador de toros Guerrita desde el 29 de septiembre de 1887, -justamente dos años más tarde tomaba también la alternativa, de manos de Lagartijo igualmente, Rafael Bejarano Torerito-, ocupó su puesto el sevillano Manuel Antolín, eficaz e inteligente torero que figuró en las filas de importantes espadas. Aquel mismo año (1889), al deshacerse de la cuadrilla de Salvador Sánchez Frascuelo -se retiraría el 30 de mayo siguiente-, consciente Rafael Molina de sus ya mermadas facultades físicas, solicitó los servicios de Antonio Pérez el Ostión, con el que además le unía buena amistad. En realidad este sobrio subalterno alavés era una planta exótica en las cordobesas huestes del califa, al que prestó eficaz colaboración pese a encontrarse también él próximo a retirarse, y a dejar este mundo, puesto que víctima de disnea falleció en Madrid el 14 de enero de 1894, a los 47 años de edad. Así es que la última cuadrilla de banderilleros que tuvo Lagartijo la compusieron Juan Molina, El Ostión, Antolín y Manene (Rafael), actuando en numerosas corridas la temporada de 1891 el madrileño Santos López Pulguita.
Antonio Pérez Ostión
Y llegamos a las cinco corridas que para su retirada convino Lagartijo en 1893, teniendo por escenario las plazas de Zaragoza, Bilbao, Barcelona, Valencia y Madrid -sabido es que renunció a torear en Sevilla hacía ya tiempo-, funciones en las que en calidad de sobresaliente de espada le acompañó su antiguo banderillero Rafael Bejarano Torerito, y como subalternos, unos en unas y otros en otras, le auxiliaron los picadores Agujetas, el sevillano Manuel Rodríguez Cantares, el fornido cordobés de novelesca vida José Arana y Molina Agustín Molina, Juan el de los Gallos, José Martín Pino, Francisco Sarasúa Charol, Francisco Zafra el Artillero y Antonio Cabezas Pajarero; y los banderilleros Juan Molina, Antolín, El Ostion, Manene, Pulguita, Manuel Blanco Blanquito, Antonio Bejarano La Fila y José Martínez El Pito. El último toro que estoqueó Lagartijo (Pandereto, de Veragua), lo picaron Molina y Pajarero, y lo banderillearon el propio Rafael y Torerito.
Al recordar a estos profesionales no debemos olvidar a quienes también acompañaron a Rafael Molina Sánchez Lagartijo, desempeñando funciones de puntilleros; así su hermano Francisco, fallecido en 1882, y el madrileño José Torrijos Pepín.
Larga relación de toreros, cuya formación dista mucho de la que se sigue en los tiempos que corren, de manera especial en lo que atañe a los banderilleros. Antes, para poder llegar con ciertas garantías a matador de toros, se empezaba como peón, mientras que hoy día se toma la alternativa para pasar, rápidamente en no pocos casos, al escalafón subalterno. Evidentemente, son otros tiempos.

Del libro LAGARTIJO EL GRANDE, CENTENARIO DE UN CALIFA DEL TOREO, del que es autor Rafael Sánchez González, editado por El Semanario La Calle de Córdoba en el año 2000.