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lunes, 2 de febrero de 2026

LUPE SINO, PAREJA DE MANOLETE,Y SU FUGAZ REGRESO A MÉXICO

Manolete y Lupe, rumbo a México en 1946. Foto Lara

Por Leonardo Páez 

(Publicado en la sección de Opinión «¿La Fiesta en paz?» del Diario “La Jornada” de México, el 2 de julio de 2017).

 

     Con motivo del centenario del nacimiento de Manuel Rodríguez Sánchez Manolete –Córdoba, España, 4 de julio de 1917– volverán a correr ríos de tinta en torno al legendario diestro, cuya muerte, acaecida en Linares, provincia de Jaén, el 29 de agosto de 1947, no ha sido suficientemente aclarada al quedar en el aire demasiadas sospechas en torno a las verdaderas causas de su fallecimiento, más allá de la cornada que le diera Islero, de Miura, la tarde anterior.

Sin embargo, al utilizado, exaltado, descalificado y enamorado Manolo le habría gustado que se disiparan las dudas en torno a su amada Lupe Sino y su breve retorno a México, país donde la pareja, una vez casados, pensaba radicar la mitad del año. Pero las ambiciones de algunos, el ingenuo sentido de libertad del diestro y su inoportuno anuncio de que en octubre de ese año, una vez retirado de los ruedos, contraería matrimonio, pusieron sobre aviso a su apoderado, a sus amigos de confianza, a los cancerberos de las buenas costumbres, a los taurinos fundamentalistas y a todo el régimen de Franco, preocupado porque el torero que habían utilizado “para olvidar una guerra” se saltaba las trancas de la decencia y se dejaba ver con su amante por los países taurinos del orbe.

Antonia Bronchalo Lopesino, que en el medio artístico sería conocida como Lupe Sino, nació en Sayatón, pequeño pueblo de la provincia de Guadalajara, España, el 6 de marzo de 1917.

Fue la segunda de nueve hijos y a lo largo de su vida tendría que aguantar no sólo las embestidas que toda mujer bella y con personalidad aguanta, sino que además fue objeto de un extraño encarnizamiento de prejuicios, calumnias y rechazos varios de taurinos, funcionarios, periodistas, familiares del diestro y la clerigalla en turno, pues en la España franquista no era bien visto que el portaestandarte de las virtudes de todo un pueblo y figura internacional de los ruedos anduviera luciéndose con esa mujer que, para colmo, ya había estado casada por lo civil –en 1937 con Antonio Verardini, un militar del IV Ejército Republicano, unión que terminó al concluir la Guerra Civil–, no podía tener hijos y se le calificaba, entre otras lindezas, de caza fortunas.

Manuel Rodríguez, tan dueño de sí y de su determinación delante de los toros, poco o nada le importó el juicio condenatorio de que Lupe era objeto y, enamorado como estaba, no midió las consecuencias de desafiar a todo el sistema ideológico que desaprobaba tan escandalizante, para los buenos, relación, al grado de que mientras Manolete expiraba luego de que se le administró, por órdenes del doctor Luis Jiménez Guinea, médico de la plaza de Las Ventas, un plasma noruego en mal estado que días antes ya había cobrado centenares de víctimas en el puerto de Cádiz, tras la explosión de un polvorín, en el cuarto contiguo Lupe Sino rogaba infructuosamente verlo ante la negativa terminante de José Flores Camará, apoderado del torero, y de Álvaro Domecq y Díez, amigo de confianza y quien había traído el plasma.

Al doble duelo de Lupe Sino –haber perdido a su famosa pareja y quedarse sin nada, pues que le gustaran las joyas y las pieles no la convertía en cazafortunas, no obstante que Manolete, sobre todo en México, ofreció comprarle una casa en varias ocasiones–, se añadió una serie de denuestos, responsabilizándola indirectamente de la muerte del diestro y cerrándosele las puertas en el medio cinematográfico, donde entre 1942 y 1948 había intervenido en tres películas –La famosa Luz María, de Fernando MignoniEl testamento del virrey, de Ladislao Vajda, y El marqués de Salamanca, que dirigió Édgar Neville. Por ello, cuando su paisano, el director de cine radicado en México, Miguel Morayta, le ofreció un papel en La dama torera, Lupe no dudó en volver a México en 1949.

Hasta acá la perseguirían los inventos de una prensa amarillista e incondicional del régimen que ahora inventó que Lupe se había casado con un Manuel Rodríguez mexicano.

La realidad es que a sus 32 años Lupe Sino seguía siendo una bella y graciosa mujer con unos ojazos verdes y una sonrisa luminosa, de la que se enamoró a primera vista un simpático y próspero abogado, exitoso empresario del negocio inmobiliario, José Rodríguez Aguado El Chípiro, nada de Manuel, con quien se casó por el civil y la Iglesia en 1950. Sin embargo, no obstante la disposición de la pareja de apostar por una relación prolongada y la cálida acogida que tuvo Lupe de los familiares de El Chípiro Rodríguez, el matrimonio duró poco más de un año, en una lujosa residencia de la calle de Camelia, en la colonia Florida.

Una vez más el chismorreo y la maledicencia, ahora de periodistas de la Ciudad de México, acompañaron la decisión de la pareja, para incluso aventurar que Lupe se quedaría con tres casas que su esposo poseía en las Lomas de Chapultepec. De nuevo el sambenito de cazafortunas le fue colgado a Lupe, que sin casas a su nombre ni fortunas de que disponer, regresó a España en 1951, a su modesto piso del paseo Rosales, en Madrid, donde sola, rodeada de recuerdos y algunas fotografías, falleció el 13 de septiembre de 1959 a causa de un derrame cerebral, luego de 42 años de decir sí a la vida.

domingo, 27 de agosto de 2023

MANOLETE: «LO PRIMO QUE HE SIDO…»

Por Antonio Luis Aguilera

Manolete obligando con firmeza a "Islero". Foto Cano

Nos contaba el matador de toros Rafael Soria Molina «Lagartijo», que en la noche de Linares, cuando la muerte de su tío Manolo se presentía inevitable, este inclinó la cabeza hacía él y le dijo: «Sobrino: Esto no me pasa más que a mí por lo primo que he sido…». Enigmática frase en aquellas horas de dolor, angustia, nervios, rezos desesperados y división de criterios médicos, que puede encerrar varias lecturas; entre ellas, la que hace pensar que en su final Manolete fue consciente de lo que ocurría, lo que había ocurrido, y lo que, por lo que observaba a su alrededor, iba a ocurrir. 

Dicen que en los últimos momentos de la vida, ante la evidencia del final, las personas que son conscientes repasan su existencia en un instante. Cierto o no, la frase delataba la honda decepción de quien en su agonía se sintió un «primo», la víctima de un engaño o manejo interesado. ¿Qué pasaría por la memoria de Manolete…? ¿Recordaría en el trance que no quería torear en 1947, y contra su deseo Camará le firmó una exclusiva de cuarenta corridas con Balañá, entre las que figuraba la tarde de Miura en Linares? ¿Pensaría por qué no decidió negarse para seguir sin torear en España, como hizo en 1946 —que solo actuó en la Beneficencia de Madrid, gratis como era su costumbre en esa corrida—, cuando roto el convenio forzaron su regreso de México, para que los intrigantes y envidiosos de aquí lo acosaran culpándole de todos los problemas del toreo y le echaran encima al público? ¿Se preguntaría amargamente decepcionado qué había hecho mal para que no le dejaran vivir en paz profesional, social ni familiarmente…? 

Entrega absoluta hasta el final con "Islero". Foto Cano

El torero era un apasionado de la lectura de la historia de Roma y conocía bien el significado de la frase latina: «Alea iacta est»... Todo hace pensar que en el hospital de Linares fue consciente de su muerte: «¡Qué disgusto se va a llevar mi madre!», angustia que debió aumentar cuando preguntó al doctor Jiménez Guinea «si no le metía mano», y este le contestó que «todo estaba bien». Pero bien no había nada dentro ni fuera de aquella habitación. Camará y Domecq no le informaron que Antoñita, su mujer —¿o no lo era la actriz con la que convivía feliz desde 1943?—, avisada por Máximo Montes «Chimo», su mozo de espadas, que tenía órdenes expresas del torero, había llegado al hospital, pero no le permitieron el paso a la habitación. La realidad es que nunca habían aceptado aquella relación, y con la excusa de que el nerviosismo de Lupe no era bueno para el torero, que «se recuperaba de la segunda intervención y estaba tranquilo», la acomodaron en una habitación contigua asegurándole que si Manolo preguntaba por ella la llamarían. ¿Cómo iba a preguntar por Antoñita quien nunca supo en su agonía que la tenía tan cerca...? 

La pareja rumbo a México en 1946. Foto José María Lara

Las horas que faltaban para el amargo desenlace pasaron sin que Antoñita reaccionara ante el engaño forzando su entrada en la habitación del torero, donde tantos sobraban y ella faltaba, para que el moribundo recibiera el consuelo de la mujer que amaba, la actriz que había elegido como compañera de vida e iba a ser su esposa —quede claro lo de actriz de cine, pues Lupe Sino nunca fue una "chica Chicote" o mujer de alterne, como se propagó para hacer daño—. Que iba a ser la esposa del torero quedó suficientemente claro la noche anterior, cuando Manolete conducía de Manzanares a Linares, y pidió a don Antonio Bellón, que ocupaba el asiento delantero a su lado, un favor que consideraba que sólo él podía hacerle: convencer a su madre para que acudiera a su boda, prevista para el 18 de octubre en Barcelona. ¿Qué pensaría el crítico al ver pocas horas después cómo impedían la entrada en la habitación del herido a su mujer? ¿O acaso no lo era porque estuviera sin oficializar el papeleo matrimonial...? 

La presencia de Lupe, a la que el torero siempre llamó por su nombre de pila, no fue recibida con agrado después de que Manolo hubiera confesado sacramentalmente por sugerencia de Domecq. Según el rejoneador, «ya había puesto en "orden" sus asuntos y estaba en paz con Dios». El caballero priorizaba su piadosa confianza en el ritual del sacramento a la compasión y humanidad sobre las personas que en esos momentos necesitaba Antoñita, rota por el dolor y el desprecio aquella noche del 29 de agosto, donde ningún samaritano pasó por su lado para aliviar sus heridas, hasta que poco después de las cinco y siete minutos de la madrugada le dijeron fríamente que ya podía pasar a ver a Manolete

Pasar a ver el cadáver de un hombre joven, de treinta años, que humanamente destacó por su nobleza y bondad, y toreramente por su dignidad, honradez y entrega absoluta a la profesión. Pasar para llorar sin consuelo ante el cuerpo sin vida de Manolo en aquella habitación donde entre lágrimas, sollozos, desesperación y amargura, quedaron solapadas aquellas enigmáticas palabras: «Esto no me pasa más que a mí por lo primo que he sido…». Se cumple el 76 aniversario de la muerte de Manuel Rodríguez «Manolete», el arquitecto definitivo del toreo moderno, cuya majestuosa huella permanece imborrable en los ruedos cada tarde de corrida. 

domingo, 1 de noviembre de 2020

"EL CORDOBÉS": UN GENIO DEL TOREO

Por Antonio Luis Aguilera

Manuel Benítez el Cordobés durante la entrevista. Foto M. Pérez Polo

Hace treinta y dos años tuvimos el honor de realizar una entrevista a un genio del toreo: Manuel Benítez El Cordobés. Fue publicada el 1 de marzo de 1988 en la revista Toros 92, hermana mayor de la tristemente desaparecida 6Toros6. El carismático espada nos la concedió cuando había decidido reaparecer para encerrarse con seis toros en la plaza de toros de Los Califas de Córdoba, a beneficio de Cruz Roja Española. Sin embargo, una intervención de apendicitis se cruzó en el camino desbaratando el proyecto.

Hoy rescatamos para PLAZA DE LA LAGUNILLA este valioso documento, con las declaraciones del torero que llenó las plazas hasta la bandera como ningún otro en la historia. Al reclamo de El Cordobés, durante nueve años consecutivos y cualquier día de la semana, sin necesidad de recurrir al fin de semana o la fiesta del santo local, anunciado con cualquier espada de un fabuloso elenco de matadores, o simplemente "con dos más", como muchas veces adelantaban las empresas su contratación, el Benitez era garantía de lleno a rebosar. Casi nada.

Salvo las referencias a la corrida de la frustrada reaparición, las declaraciones del torero de Palma del Río no han perdido actualidad y calan por su autenticidad. Aquí tienen, contados en primera persona, los recuerdos y reflexiones de Manuel Benítez el Cordobés, un torero histórico, único, irrepetible, con una capacidad de triunfo increíble y un atractivo personal que lo llevaron a conquistar a la afición de todo el mundo taurino. Ninguna plaza se resistió a la fuerza arrolladora del Huracán Benítez

El Cordobés protagonista de la portada del semanario Toros´ 92

Ya no hay quien lo pare, Manuel Benítez, el último mito internacional que ha dado la Fiesta, vuelve a los toros. Y vuelve por sus fueros. Para arrasar, como él dice: en plan locomotora. Nunca fue vagón de enganche. Porque el Cordobés, que fue el primero en llamar kilo a un millón de pesetas y cobrarlo cada tarde que se vestía de luces, mientras elevaba la cotización de sus compañeros, mandó en el toreo con la fuerza arrolladora de su singular poder de convocatoria.

La niñez de este figurón del toreo no fue como la de un chiquillo cualquiera. Abrió los ojos a la vida cuando España quedó dividida por una absurda y cruel guerra fratricida. Malos tiempos. Peores aún si faltan unos padres y no existe un jefe abastecedor. Manuel Benítez Pérez no pudo jugar, no tuvo juguetes ni tiempo. Él estaba condenado a luchar contra el hambre. Y el hambre sería su fiel aliada para conseguir la anhelada meta: ser figura del toreo.

Después de tantos años, todavía se habla y se escribe de El Cordobés sin reconocer su verdadero papel en la Fiesta. Levantaron un mito -dicen algunos-. Pero ese mito mandó, impuso su ley y no dio tregua a nada ni a nadie, siendo la locomotora que remolcó la Fiesta mientras vistió el traje de luces. El Cordobés nos recibió para hablar de Manuel Benítez y cómo se abrió paso hasta ser el eje de esa Fiesta donde todo y todos gravitaron a su alrededor.

El pase natural de Manuel Benítez el Cordobés

La noticia surgió en las postrimerías de 1987 y fue difundida de inmediato por todos los medios. Manuel Benítez se encerraría con seis toros de Núñez en la plaza de Córdoba el día 30 de abril. Y lo haría gratis, a favor de Cruz Roja. La duda surgió entre los taurinos. No asimilaban que El Cordobés, a sus 52 años de edad, quisiera enfundarse de nuevo el traje luces.   

Manolo, tras dar a conocer la noticia a los medios, con gesto tranquilo y serio se ausentaba dando las gracias. Era su punto de partida. No podía defraudar a una multitud de seguidores y había que empezar cuidando lo que nunca abandonó: su preparación física, que no es la propia de su edad y muchos jóvenes no alcanzan. Él lo sabe y se siente orgulloso, por eso cada día cuida su elasticidad jugando al tenis, judo, fútbol sala, o encerrándose en su gimnasio para esforzarse al máximo con un preparador. 

Al finalizar una sesión de preparación física, Manuel Benítez nos recibió gentilmente. En un despacho contiguo al gimnasio, relajado y sonriente, nos estrechaba la mano…

—Un saludo para toda España con mucho cariño -de verdad-. Y para todos ustedes que sois unos fenómenos. 

Se ha contado varias veces la historia de Manuel Benítez Pérez. En ocasiones buscando el matiz que más interesaba para buscar captación entre la gente. Ahora es el propio  torero quien nos recuerda su infancia. 

—Pues era un niño que en la vida lo tenía todo en contra. (Con las pupilas dilatadas y la mirada fija parece regresar a ese tiempo). No tenía padre ni madre y me estaba criando con mi hermana Angelita. Faltaba de todo… Mi Saquillo de naranjas,  de patatas… Lo que podía y ya está… Comiendo cuando podía, comía “tascardanchas cocías” (tagarninas).  Esas batallas... Ley de vida, no había más…

Entonces, pues ese chiquillo, que ahora ya tiene 52 años -ríe con fuerza-, un día, aburrido, se dijo: “Ea, pues yo ya me voy... Me voy de España“. Entonces me fui a Madrid en un tren mercancía, como siempre, y estuve por Salamanca, por las tientas, por todos lados… Pero nada.

Manuel Benítez detenido en la plaza de Madrid.
Aburrido, me tiro de espontáneo… La cárcel… ¡Esta vida dura!  Entonces, cuando ya me iba para Francia a trabajar, que era un crío, me apunté en una cola que se cortó cuando faltaban veinte o treinta. Me quedé en Madrid maldiciendo mi suerte. Allí, como pude, me acoplé en los albañiles de peoncillo. Más tarde me tiré de espontáneo otra vez en Madrid. Total, que seguí con el toro y arranqué ya.

Me vio don Rafael Sánchez Ortiz en una foto, toreando una vaca en un pueblo, y le gusté. Me echó una mano y me trajo a Córdoba. Alquiló la plaza a don José Escriche -que en gloria esté - y con los hermanos Lozano dio una novillada de la que me dieron 80.000 pesetas.

Entonces yo le vi a aquello otro color y me dije: ¡Ah, yo sigo con esto! Y seguí con la vida. Total, he sido torero por una mijilla, ya aburrido. ¿Qué quieres que te cuente más…? Mucha fatiga, mucha necesidad hasta llegar donde creí que nunca podría. Fue el hambre... ¡Yo no tenía afición al toro ni ná, estaba esmayao…!

El  Cordobés y su descubridor, don Rafael Sánchez Ortiz El Pipo

Manuel ha recordado una de las tardes que se tiró de espontáneo en Madrid. Fue en una corrida de toros de Escudero Calvo en la que actuaban Pablo Lozano, Antonio del Olivar y Juan Antonio Romero. La prensa publicó: “En el quinto toro se tiró al ruedo un chalado. Después de arrojarse al suelo, cuando huía de la persecución de un guardia, cayó sobre la misma cara del toro”.

Como consecuencia, Manolo conoce la cárcel. Ser torero, admirado, respetado, tener dinero, y acabar con la miseria era un sueño casi inalcanzable. Pero había que intentarlo. Daba más miedo sentir el estómago vacío. Un día decide visitar al Pipo, y don Rafael -como Manuel  le llamó toda la vida- se decide a apoderarlo. 

—¿Por qué quieres ser torero?, le pregunta el Pipo.

Porque quiero comer rápidamente y no pasar miseria.

El 15 de mayo de 1960 se celebra en la plaza de Córdoba la novillada a que Manuel ha hecho referencia. José Luis de Córdoba, en el Diario Córdoba escribe la crónica: "Se llevaron a hombros al Cordobés, ese nuevo torero que le ha nacido a Palma del Río. En los tendidos tableteaban los aplausos, mientras el muchacho, con la segunda oreja de la tarde aprisionada sobre el corazón, sonreía, sonreía... Y soñaba. Soñaba con que ya era torero de verdad. Puede serlo. Porque de ahí, de esa misma madera, nacieron muchos que ahora son millonarios. Que Dios proteja, muchacho, tus sueños de gloria". 

—A don Rafael Sánchez Ortiz le debo todo. Si no fuera por él no hubiera sido torero. Puso mucho empeño en mí, pero luego no tuvo confianza, hubo dudas. Habló con Álvaro Domecq, con Camará. En Palma Del Río se montó una novillada y no estuve bien, porque era un toro malo, que me pegó unas pocas de “trechas”. Entonces empezó a dudar. 

Ya digo que si no es por él no soy torero, pero luego las circunstancias de la vida no nos llevaron juntos, pero siempre reconociendo que conmigo se portó muy bien al principio. Luego no congeniamos y le dije: “Mire usted, don Rafael, si yo tengo que ser torero así prefiero irme a los albañiles”. Vi que no tenía una fe fuerte en mí cuando yo siempre le respondí con lo que estaba a mi alcance. Era un crío que me ponía delante, pero no sabía otra cosa. Él estaba más en el mundo del toro, con otros señores de su edad, y sabía más. Don Rafael tuvo un poco de confusión. 

Manoletinas de rodillas de El Cordobés. Foto Framar

Manuel Benítez ya es famoso. España entera habla de un nuevo novillero que viene con una fuerza arrolladora. Se discute sobre su forma de concebir el toreo, de apartarse de los cánones, pero El Cordobés llena las plazas a rebosar. Atrás quedan los tiempos que anduvo solo por caminos polvorientos, las noches de luna en los cerrados de las ganaderías, con el hatillo al hombro y el estómago vacío. 

—Aquella época era distinta. Hoy un chaval Se puede colocar y gana las dos, dos quinientas o tres mil pesetas sin tener que echar todo el día. Antes era muy difícil trabajar y poder ganar pa un cacho de pan.

Ahora hay muchas cosas cómodas. ¿Las escuelas taurinas…? Yo no estoy en contra. Tampoco a favor. Estoy más a favor de que el hombre se tiene que hacer, el torero tiene que ser de más dureza, tiene que pasar alguna necesidad, tiene que ser un hombre que se convierta un poco en fiera, porque va a pelear con una fiera. Si se lo ponen muy cómodo pasa lo que está ocurriendo: Un chaval, ¡Pues venga, para la escuela taurina…! Al carretón… Toma o dame un cigarro… Hoy no entreno, me voy pa mi casa que tengo el plato…

¡Todo esto enfría al torero! El torero tiene que ser duro, irse a los tentaderos, dormir en los pajares, pasar frío… ¿Qué no me dejan torear aquí…? ¡Pues verás cuando llegue como me van a dejar…!  Todas estas cosas pa uno, pa dentro… Y eso te va a ir dando fuerza pa llegar al punto ese. ¡Ahora, si tú lo tienes todo cómodo, y a las dos de la tarde tienes en tu casa el plato lleno de patatas fritas y dos huevos o lo que sea, la ropa limpia y no pasas necesidad…! Amigo, no voy a decir que no salga alguno, pero sí que cada vez es más difícil. 

A principio de la década de los años sesenta se organizan más novilladas que nunca y la Fiesta gravita alrededor del nuevo torero de Palma del Río. Mientras, en el escalafón superior, algún matador sonríe pensando en el ridículo que hará Benítez cuando tome la alternativa. ¿Se le tolerarán esas formas, ese estilo, una vez haga el paseíllo como matador de toros?

El Benítez, El Pelos, Huracán Benítez... El Cordobés, fue
la locomotora del toreo desde 1963 a 1971. Foto Framar

El tiempo siempre responde. Y fue una vez más en Córdoba el punto de partida. El 12 de octubre de 1962 estaba prevista la alternativa de Manuel Benítez el Cordobés, pero la lluvia frustró el acontecimiento. Habría que aguardar al mes de mayo, el de las flores, y en la primera corrida de la feria.

El 25 de mayo de 1963 la puerta de cuadrillas de la vieja plaza de Los Tejares se abre para dar paso al Cordobés, que montera en mano se sitúa en el centro de la formación, escoltado a su izquierda por Antonio Bienvenida y a la derecha por José María Montilla. Del encierro de don Samuel Flores corresponden al toricantano Palancar, al que corta las dos orejas, y Lamparilla, al que corta las dos orejas y el rabo. Por vez primera se le abría la puerta grande para salir a hombros. ¡El Cordobés ya es matador de toros! 

—Sabía que tenía mucha responsabilidad y tenía que salir todas las tardes a por todas y a no dejármela ganar. Y de novillero sabía que tenía que llegar a matador... ¡Iba a comérmelos…! La prueba la tienes que cuando salí, cogí mi camino y nadie se puso por delante. Respeté a todos, pero no di paso. Y los toros eran seis y dos para cada uno... Había matadores de toros que decían que cuando yo saliera de matador iban a comerme, porque no iba a andar... Y yo me dije ¿ah, sí…? ¡Pues os vais a enterar...! ¡Y los que no andaron fueron ellos! Me mentalicé pa ir a por todas… Ansioso... Lo llevaba dentro… No por hacer daño ni ná… No... ¡Pá triunfar…! Fui a por todas. Y si de paso venía el dinero de por medio pues mejor todavía. 

¿Qué tiene de especial Córdoba? ¿Cuál es su misterio? Dos Rafaeles y dos Manueles, cuatro luceros brillando con luz propia en el firmamento taurino. Dicen que cuando de Córdoba sale un torero todo el mundo se conmueve, porque es distinto, diferente, de los que va -como se dice en el argot- con la escoba barriéndolo todo. Dos Rafaeles y dos Manueles, cuatro toreros diferentes con un punto común: mandar en el toreo. Los cuatro fueron los amos de su tiempo: Lagartijo, Guerrita, Manolete y el Cordobés 

El Cordobés corta un rabo en la Real Maestranza de Sevilla

—Córdoba tiene una cantera muy segura. Hay gente que dice que si este hubiera nacido en Sevilla… No, cada uno somos de donde somos, de nuestra cantera. ¡Aquí también hay que nacer…! Lo que pasa es que todos los días no sale uno, pero Córdoba tiene su cantera especial. Y cuando sale uno, arrolla. Está demostrado. Ahí está. Se puede repasar la historia del toreo.

¿Qué ocurre…? Pues que estamos metidos en una órbita de comodidad… Cogemos la historia de los Califas, se lee, de aquí -gesticula llevándose la mano a la boca- “tó frititos". ¿Por qué no salen ahora…? Pues porque la cosa está muy cómoda y no solo en Córdoba. Se están perdiendo las canteras. Pero Córdoba es distinta a todas. Aquí cuando uno rompe es que arrasa. Pero hay que tener mucho cuidado, el toreo va dando un giro diferente al de nuestra época.

Te voy a hacer una comparación: un pollo de campo se tiene que buscar la comida y luchar con todo, y a un pollo de granja se lo dan todo. No estoy comparando al hombre con un animal, pero ¿qué pasa…? Pues que el pollo de granja llega un momento en que está tan harto de comer que no se puede mover… Y el de campo, corriendo tras las hormigas y los bichos, está más fuerte… Esto va cogiendo este giro. Está todo muy cómodo, no se lucha por nada, no hay esfuerzo…

¿El carretón -se lleva los dedos a las sienes y frunce el ceño-…? ¿Qué te va a dar una rueda de bicicleta…? !El toro es distinto! 

En la historia del toreo las figuras siempre buscaron ir lo más cómodas posible -si es que puede resultar cómodo jugarse la vida-. Y cuando un torero ha triunfado ha procurado que en él se cumpla el aforismo: “billete grande y toro chico”. Manuel Benítez triunfa en todas las plazas y sus admiradores, auténticas legiones, no dan tregua a los grupos de detractores. Todas las plazas se le entregan. Nadie puede con el “Huracán Benítez”. 

Portada del ABC: El Cordobés herido grave 
en la tarde de su confirmación de alternativa

—Tengo varias cornadas, y tres muy fuertes, pero eso no es lo importante. He triunfado en todas las plazas. Hasta en México, que con 50.000 personas también “la barrí“... 

Si tú ganas una batalla debes de ir en el lugar más importante, y si la pierdes debes de ir en la cola. Pero hasta ganar esa batalla (se le transforma la cara y golpea con los nudillos en la mesa) hay que luchar. Eso no te lo han regalado. A la plaza van seis toros, van dos para cada uno y en sorteo. ¡Lo que hace falta es estar todos los días en máquina en lugar de vagón! Ser vagón es muy cómodo porque te llevan...

No quiero meterme en honduras, pero está ocurriendo ahora mismo en España, donde nadie quiere ser máquina. ¿Me entiendes, verdad...? 

Por supuesto,  Manuel, que nadie quiere tirar del carro.

—¡Eso es. Ya está todo dicho! 

Córdoba es el lugar, el 30 de abril la fecha. El mundo taurino gravitará nuevamente alrededor de Manuel Benítez. Un Cordobés con más años, algo menos de pelo, pero conciente de que no puede defraudar. Él no puede inspirar compasión. Su mentalidad triunfadora y permanente esfuerzo físico darán los resultados. Además, su generosidad en esta ocasión la brinda a Cruz Roja Española. Por eso quiere que los precios sean populares, que se controle la reventa, que todo sea popular, como él mismo.

—Va a salir una cosa fabulosa para Córdoba, para España, para el mundo entero. Y es normal, porque va a ocurrir lo que tiene que ocurrir, que vamos a salir todos muy contentos por una cosa que ha hecho un torero más… ¡Pero ojo, siempre en máquina, es decir, mandando! 

Manuel, a raíz del anuncio de esta corrida habrán sido muchas las ofertas que le han hecho para que se despida de otras plazas. 

—Vamos a dejar el mundo andar. 

Pues ya está dicho. Cordialmente, El Cordobés nos acompañó hasta la puerta. Él se marchaba al campo. Al despedirnos observamos que se llevaba un canastillo de mimbre tapado con una servilleta donde llevaba la comida… Un sencillo canastillo, a pesar de los años, el dinero, la fama y la gloria...

El Cordobés no ha cambiado la naturalidad de Manuel Benítez, un genio del toreo  


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miércoles, 21 de octubre de 2020

MANOLETE EN LA FOTOGRAFÍA DE MANUEL H.

 Por Antonio Luis Aguilera

«Manolete» en la plaza de Santamaría de Bogotá. Foto Manuel H.


En el espacio taurino Tendido Cero de RTVE del sábado 17 de octubre, fue emitido un reportaje sobre el restaurante La Casa de Manolete Bistró de Córdoba, que contó con una entrevista a Fernando García Herrera, pintor del magnífico cuadro de Manuel Rodríguez Sánchez que preside uno de los comedores del distinguido establecimiento. Curiosamente, nos llamó la atención que el autor no hiciera referencia alguna al hermanamiento de su pintura con la instantánea del fotógrafo colombiano Manuel H. Es más, nos pareció entender que la obra es fruto de su propia imaginación: «Yo pinté a Manolete en su última tarde, con el traje que falleció. Y quise hacerlo así. Me pareció más bonito estar apoyado sobre el burladero, y con esa mirada que  todo el mundo que lo ve le fascina, porque le crea ese sentimiento justo que yo pensaba y quería darle».

Manolete en  la obra de  Fernando García Herrera.
Foto La casa de Manolete Bistró

Sin embargo, esta imagen tiene su historia, que vamos a contar sin que ello reste valor alguno a la obra pictórica que enseñorea la que fuera casa del torero. Se trata de la fotografía en blanco y negro captada el 28 de abril de 1946 por Manuel H. en la plaza de toros de Santamaría de Bogotá (Colombia), donde el cordobés actuó tres tardes ese mes, cuando por el contrario ese año solo toreó una corrida en España, la de Beneficencia en Madrid el 19 de septiembre, sin cobrar honorarios, como siempre hizo en las corridas que toreó a favor de los necesitados, lidiando toros de Carlos Núñez, con Álvaro Domecq, que rejoneó un astado, y en lidia ordinaria alternando con Gitanillo de Triana, Antonio Bienvenida y Luis Miguel Dominguín (Manolete cortó las dos orejas de un toro). Así pues, esta imagen no tuvo lugar en la plaza de Linares la tarde del 28 de agosto, aunque al morir el torero dio la vuelta al mundo por su aire premonitorio.

Madrid, 12 de septiembre de 1946. Corrida de Beneficencia.
Gitanillo de Triana, Antonio Bienvenida, Manolete y Luis Miguel

En el callejón del histórico coso colombiano estaba el reportero, tipógrafo y prestigioso fotógrafo taurino Manuel H., que así firmaba sus fotos Manuel Humberto Rodríguez Corredor (Bogotá, 14/7/1920 – 18/9/2009), y fue él quien con su cámara Rolleiflex inmortalizó la pose del torero en la excelente instantánea que motiva este artículo, donde puede observarse a un Manolete abatido, apoyado e inclinado en la contera de la barrera, con la mirada triste y perdida en el infinito. El objetivo del fotógrafo captó admirablemente toda la carga dramática del instante, que refleja el cansancio y el hastío que ya hacían mella en el rostro del torero con mayor personalidad de todos los tiempos. El propio Manuel H. comentó esta foto: «Infortunadamente en la Santamaría le fue muy mal con un toro, por eso se retiró a la barrera dejando descargar en su rostro el inconformismo».

Manuel Humberto Rodríguez Corredor. Manuel H. 

Fernando García Herrera refleja maravillosamente en su pintura la fuerza dramática de la fotografía en blanco y negro de Manuel H., y la tamiza con la belleza de cálidos colores que otorgan una carga melancólica a la perspectiva histórica del torero. En definitiva, esta gran obra, de 2,5 x 2 metros, hermosea la histórica casa que comprara el torero en la avenida de Cervantes, antes llamada Carrera de la Estación, convertida hoy en un magnífico y acogedor restaurante que dirigen Juan José Ruiz y Remedios Romero: La Casa de Manolete Bistró.

Manolete en la Santamaría de Bogotá. Foto Manuel H.

Añadir por último que Manolete toreó en abril de 1946
en la plaza de Santamaría de Bogotá el 7 de abril, lidiando toros de Mondoñedo junto a Jesús Solórzano y Alejandro Montani (cortó cuatro orejas, un rabo y una pata); el día 14, frente a toros de Clara Sierra, alternando con Gitanillo de Triana y Carlos Arruza (cortando cuatro orejas); y el 28 del mismo mes, frente a toros de Mondoñedo, en reñido mano a mano con su amigo Carlos Arruza (cortando dos orejas, un rabo y una pata). También Manuel H. captó en la misma plaza otra célebre fotografía del espada, en la que se observa al diestro destocado, tras haber pedido el cambio de tercio después de un quite. Por la elegancia natural del torero de Córdoba, muchos aficionados creen ver en ella la vuelta al ruedo de Manolete, lo que desmiente el peón situado arriba a la derecha, que confirma que está captada en el tercio de banderillas, cuando el matador se dirige al burladero para cambiar el capote por muleta y espada.


viernes, 26 de julio de 2019

LUPE SINO, LA MUJER QUE HIZO FELIZ A MANOLETE

Por Antonio Luis Aguilera

Antoñita y Manolo. Foto Santos Yubero 
Su verdadero nombre era Antonia Bronchalo Lopesino y nació en Sayatón, provincia de Guadalajara –no era mexicana como se ha llegado a publicarcuatro meses antes de que en Córdoba naciera Manuel Rodríguez Sánchez. Su segundo apellido se transformó en nombre artístico: Lupe Sino. Sin duda alguna Antoñita fue el gran amor de Manolete, que vivió libremente en la postguerra española su relación de pareja, algo entonces anormal y que no llegaría a "normalizarse" hasta varias décadas después para la ciudadanía de esta nación. Adelantarse a su época para vivir esa libertad tuvo un precio, pero el torero no solo era valiente en el ruedo sino también en la vida, y no escondió a la mujer que lo hizo feliz, aquella alcarreña que consiguió dibujar las mejores sonrisas en los labios de un hombre serio, la que le hizo ver que más allá del hermético mundo del toro había vida, y quien le advirtió que estaba en el centro de una peligrosa espiral que podía terminar en tragedia. Pensaba y manifestó públicamente que no dejarían tranquilo a Manolete hasta que lo matara un toro. 
En el año 1946 logró apartarlo de los ruedos solo toreó la corrida de Beneficencia de Madrid en la temporada española para que disfrutara de la tranquilidad de una vida rural en paz, gozando de la naturaleza y de su presencia, conviviendo cotidianamente con la gente sencilla del pueblo. Manolo y Antoñita hallaron lo que buscaban en Fuentelaencina (Guadalajara), donde residieron largas temporadas alejados de los ruedos, y donde el torero aprendió a nadar en una poza que él mismo ayudó a cavar con Juan Padilla, su futuro cuñado por parte de ella, y un buen amigo bilbaíno, el fotógrafo José María Lara.
Rumbo a México en 1946. Foto José María Lara
También fueron felices en México, la nación que tanto quiso el torero cordobés, donde nadie echaba cuentas de su vida personal ni preocupaba poco o mucho si estaba casado, porque lo que de verdad admiraba aquella afición era su figura y su toreo. Allí gozaron de la libertad que pretendieron limitarle en la triste España de la postguerra, la de palio y humaredas de incienso en las catedrales para el militar triunfador, la del pensamiento único y sospechas permanentes, la de miseria social y mucho miedo silenciado, la de imágenes en blanco y negro del NO-DO, el boletín publicitario del régimen para propagar las proezas del caudillo héroe de la cruzada, la que miraba con cauteloso recelo el romance del torero más famoso del momento con la actriz que había estado casada con un militar republicano. Difícil época para dos enamorados que decidieron convivir juntos para otorgarse cariño, respeto y confianza, para vivir su romance por encima de las condenas que recibía la relación. ¿Qué mal hicieron a nadie? ¿Por qué profirieron a Antoñita los peores insultos con que se puede ofender a una mujer?
Fuentelencina, verano de 1946. Foto José María Lara
Vivir juntos bajo un mismo techo sin estar casados no era aceptable en España, donde los celosos vigilantes del nacional catolicismo tanto se preocupaban del orden y la decencia, procurando mantener a raya una moral ciudadana ejemplar, aunque mirasen hacia otro lado con no pocos terratenientes que, además de esposa y un montón de hijos, tenían su querida, lo que solía considerarse un pecado menor, por supuesto en virtud del peculio que atesorasen, que se justificaba con frases expiatorias como “algún defecto ha de tener, pero es una persona muy buena que socorre siempre a los pobres”. Manolete se puso el mundo por montera y colocó su capote de paseo sobre el hombro de su novia, haciendo frente a la hipocresía de su tiempo para ser feliz con Lupe, a la que siempre llamaba Antoñita, la mujer con la que hizo una de las mejores faenas de su vida, y con la que descubrió que además de torero era un ser humano, que como tal necesitaba querer y sentirse querido para hallar sentido a su existencia. 
Antoñita luce el capotillo de Manolo
Por supuesto esta faena no recibió ovaciones, sino la severa censura y feroz oposición de su madre –que sería "oficialmente” la mujer de su vida, como si el amor a una madre estuviera reñido con el de la mujer amada–, de algunos miembros de su cuadrilla, que incluso llamaron “serpiente” a la mujer de la que estaba enamorado, ignorando el más elemental respeto no solo a la compañera del torero, sino a quien además de jefe de filas era amigo y “padre protector” de todos. También recibió la desaprobación de algunos que presumían de ser sus amigos, sin saber quizás el significado de esa palabra, quienes estuvieron más preocupados de propagar la moral religiosa, que de mirarse en el sabio refranero español para comprender ese que dice: “Consejos vendo y para mí no tengo”.
Antoñita y Manolo habían previsto su boda en Barcelona en octubre de 1947
La temporada de 1947 resultó vertiginosa para Manolete. Ya nada era como antes. El torero no se sentía a gusto toreando y había pedido a su apoderado que no le firmara más festejos, pero este hizo caso omiso y rubricó una exclusiva con Pedro Balañá de cuarenta corridas de toros, entre la que estaba una de Miura en Linares en el mes de agosto, cuando el espada se hallaba en unas condiciones físicas y anímicas no adecuadas para tanta responsabilidad. Mas la honradez y el compromiso íntegro del torero con su profesión le impulsó a cumplir las tardes firmadas, luchando en los ruedos por mantener su condición de primerísima figura del toreo, y fuera de ellos por proteger a la mujer con la que iba a casarse en Barcelona en octubre de 1947, como confesó al crítico Antonio Bellón la noche del 27 de agosto, mientras conducía su coche desde Manzanares a Linares, para pedirle un favor que consideraba que solo él podía hacer: convencer a su madre para llevarla a su boda, a la que se negaba asistir. Aquella dolorosa petición mostraba el sufrimiento y la tristeza de un ser humano famoso, rico y con treinta años de edad, al que no dejaban vivir en paz y entre todos iban a derribar: prensa, público y, seguramente sin ser consciente de ello, su propia familia.  
Antoñita y Manolo. Estoril 1946. Foto José María Lara
Lo que ocurrió en Linares era previsible con ese estado físico y anímico. Islero pasó por allí para cargar con tanta culpa inconfesable. Mas en el pueblo minero hubo otra víctima, Antoñita, que avisada por el mozo de espadas Máximo Montes Chimo –que tenía orden expresa del torero para telefonearla todas las tardes de corrida y darle novedades– llegó al hospital para estar junto a Manolo, pero Álvaro Domecq y Camará no la dejaron entrar en la habitación del herido. No la aceptaban e impusieron su voluntad. ¿A un amigo en el lecho de muerte se le hace eso? Para colmo, una vez fallecido el torero se difundió por su entorno que la relación con Lupe llevaba tiempo rota. Mas lo cierto y verdad es que manejaron su agonía con una crueldad impropia en quienes constantemente hablaban como si predicaran en lo alto de un púlpito. Si la religión no sirve para hacer mejores a las personas ¿para qué sirve? ¿Temían un posible matrimonio en esos instantes que hubiera convertido a la novia de Manolete en la viuda más rica de España? Por si acaso, con el engaño de que si el torero preguntaba por ella la llamarían, cuando el pobre de Manolo no sabía ni iba a saber nunca que Antoñita estaba allí, impidieron que ambos vivieran la cercanía íntima y el calor humano del último encuentro. Muerto el torero dijeron a aquella mujer destrozada por la pena que ya podía pasar. El frío manejo del duelo en esa larga noche de tristeza y dolor aseguraba que la fortuna no cambiaría de herederos. Los sentimientos de la compañera importaban poco. ¿Qué habría pensado Manolete de todo lo ocurrido si hubiera superado la cornada? ¿Habría aprobado la conducta de sus “íntimos amigos” con Antoñita?
Manolete y Antoñita, cogidos de la mano, como una pareja de
enamorados. Fuentelaencina, verano de 1946. Foto José Mª Lara
Llegaba el momento de trasladar los restos del torero a Córdoba. En Linares había terminado el acoso y derribo a uno de los toreros más importantes de todos los tiempos, mientras que para Antoñita, como si tampoco ya existiera, no había sitio en ninguna parte ni nadie se interesó en preguntar sobre su asistencia al duelo. En Córdoba no tenía sitio la mujer que convivió con el torero durante más de tres años. Conmovido por la tristeza y crueldad ante el desprecio más absoluto a una mujer rota y abandonada, Luis Miguel Dominguín se ofreció para llevarla en su coche a Madrid. Manuel había emprendido un viaje sin retorno. Ella iniciaba otro demasiado incierto, que por supuesto no estuvo exento de vetos y dificultades. No dudaron en pasarle factura cuando no estaba para protegerla el hombre que amaba.