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miércoles, 6 de diciembre de 2023

DE AYER A HOY EN EL TOREO

Por Antonio Luis Aguilera

Quite de Juan Belmonte a Bernabé Álvarez "Catalino" en Lima

Con enorme interés hemos visionado la película mexicana «Yo quiero ser torero», que ofrece fragmentos de actuaciones de extraordinarios toreros y mantiene el discurso sobre la evolución del toro y de la lidia. Gracias a sus imágenes se puede observar el progresivo refinamiento de las suertes con el avance de las épocas, así como la asimilación de los conceptos instaurados por los diestros que dejaron su huella magistral en los ruedos, aquellos que además de mostrar el toreo lo enseñaron a los demás.

Lástima que en la película, que lógicamente subraya la historia taurina del país hermano, se mantenga el discurso evolutivo de los partidarios de Belmonte, que en sus panegíricos mezclaron el concepto con el acento, hasta atribuir al genio de Triana el cambio absoluto del curso del toreo, silenciando la historia de otros diestros que también resultaron definitivos como Manuel Jiménez Moreno «Chicuelo», creador de la faena de muleta moderna, quien además tuvo una influencia decisiva en grandes intérpretes mexicanos del toreo al natural, como Fermín Espinosa «Armillita» o Lorenzo Garza.     

Pero volviendo a esta interesante cinta y lo que enseñan sus imágenes históricas, queremos detenernos en algunas de las evidencias que nos ofrece. La primera, el toro, pues se observa que el animal que se lidiaba a finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando empezaba el proceso de búsqueda por los ganaderos —en el que tuvieron mucho que ver las exigencias de «Guerrita» y «Joselito»—, no solo de otras hechuras más igualadas y proporcionadas, sino de conceptos como la fijeza, nobleza, entrega, humillación, clase, ritmo y fondo, los cuales habrían de conseguirse tras años y décadas de trabajo, cuando la siembra de la selección fue germinando y ofreciendo frutos al generoso y tenaz trabajo de los criadores, que terminarían por darle a la Fiesta el toro que permitiría el toreo moderno. 

El primer tercio antes del peto 

Las imágenes del toro de finales del siglo XIX y comienzos del XX muestran un animal que no embestía, que daba arreones descompuestos, sin entrega, huidizo, manso, que pronto se aculaba o buscaba refugio en tablas para protegerse del castigo, propiciando con su conducta claramente defensiva una lidia que necesariamente gravitaba sobre el primer tercio, donde los toreros lo ponían y quitaban ante famélicos jacos sin protección, a los que despanzurraba en los numerosos refilonazos que recibía, que no puyazos, aunque luego estos se contaran por igual en las reseñas de los medios, ofreciendo un espectáculo dantesco donde adquirían protagonismo los quites y la variedad del toreo de capa. 

Después, en el tercio de banderillas, bastantes matadores mostraban sus  capacidades con los palos exhibiendo sus conocimientos de los terrenos y las querencias, y llegado el último tercio, con los peones situados en el redondel para sujetar  al animal cuando trataba de huir, el maestro instrumentaba un trasteo corto, algo así como un pase aquí y otro allí, para buscar la igualada del animal y ejecutar la suerte mejor valorada, la estocada, donde adquiría especial importancia hacerlo por derecho y en lo alto, como puede verse que lo hacían la mayoría de los diestros con resultados formidables.

La película ofrece la oportunidad de observar los cambios abismales que en un siglo se han producido en el toro, la lidia y el toreo, gracias a la generosidad de los ganaderos, que buscaron y hallaron un toro más bravo y noble, que permitiría responder con su entrega a otro espectáculo donde cobijar el arte de los más grandes toreros. No se la pierdan y saquen sus conclusiones, porque además de los cambios producidos en el toro y en la lidia, merece la pena deleitarse observando la inmensa torería de espadas como Antonio Fuentes —después de mí, naide—, Rodolfo GaonaSilverio Pérez… Aquí les dejamos el enlace a una joya de cinta sobre la historia del toreo.

 



jueves, 8 de septiembre de 2022

«MANOLETE» A 75 AÑOS DE SU MUERTE

Por Alejandro A. Arredondo Maldonado*

Panteón de «Manolete» en el cementerio de la Virgen de la Salud de Córdoba
 Fotografía: Juan García-Gálvez

 «Ven, muerte, tan escondida,

que no te sienta venir

porque el placer de morir

no me vuelva a dar la vida».

Anónimo. Cantar español siglo XVII 


«Manolete». Obra de Diego Ramos.

Confieso que, para mí, la figura de Manuel Rodríguez Manolete” por algún tiempo no me dijo mucho. Mi ya largo peregrinar por “el planeta de los toros” me limitaba un poco a ciertos personajes como Lorenzo Garza, primo y compadre de mi padre, y por supuesto muy familiares todas sus hazañas en los ruedos; y a Manolo Martínez, por contemporáneo y por crecer taurinamente de manera paralela, si no en conocimientos por lo menos en tiempo.

No por ello la figura del cordobés me era ajena, quizá se mantenía estática en espacio y tiempo, para en su momento explotar luminosamente en el panorama de la historia reciente de la entrañable España.

Tal vez estuvo en espera de que comprendiese más a fondo el devenir histórico español y el sentir de tan ilustre pueblo. Entender sus vectores y sus vertientes, su ser y su estar, sus objetivos y sus metas, su génesis, su cultura y su fiesta nacional; que, como pueblo prócer, origen de otros —entre ellos el mexicano—, nos heredaron gustos y costumbres. Todo esto en definitiva me imponía cierto proceso de aprendizaje, es probable que un tanto complicado, pero no dejó de ser un proceso de maduración.

Creo que la trascendencia de “Manolete” es única por muchos motivos —entre otros, ya lo dejé entrever líneas arriba—, porque Manuel Rodríguez Sánchez significa la España misma: la España invadida, la España conquistada, y creo lo más significativo, la España conquistadora, triunfante y trágica, porque al fin y al cabo tan singular personaje acabó conquistando al mundo y no solo el taurino, sino a todo lo que tuviese que ver con España a pesar de los no taurinos. Tan grande así es el significado de “Manolete” y lo anterior no es gratuito, ni la pasión taurina me lleva a manifestar (sustentar) tales conceptos, sólo habrá que ver cómo han sido sus vidas y como se han desarrollado para afirmar categóricamente que “Manolete” y España son mutuamente incluyentes, que en el espacio y en el tiempo no se da el uno sin el otro; afirmación temeraria sí, pero con una verdad de por medio: España y “Manolete” han escrito su propio destino y han salido renovados y agigantados de toda batalla, en particular la batalla con la muerte. 

«Vivo sin vivir en mí,

y tan alta vida espero,

que muero porque no muero».

Santa Teresa de Jesús

 

«Un solo pez en el agua.

Dos Córdobas de hermosura.

Córdoba quebrada en chorros.

Celeste Córdoba enjuta».

«San Rafael» (fragmento)

Federico García Lorca 

Busto a «Manolete» en la plaza de La Lagunilla de Córdoba.
Al paso del tiempo “Manolete” me confió su vida y su arte. Sí, me dijo muchas cosas, ahí en sus terrenos, en sus barrios, en sus plazas. Alguna vez, ahí estuve, en el barrio donde pasó su infancia, en Torres Cabrera, en la plaza de la Lagunilla con su pequeño busto; o más allá en la plaza del Conde de Priego —Alabados sean los dulces nombres de José y María—, donde pasó su juventud. Ahí junto al conjunto escultórico formado por caballos, ángeles, el toro y “Manolete” —a los hijos pródigos no se les olvida—, ahí en la Córdoba mora, majestuosa; en la Mezquita, en la Judería, ahí donde estuvo la antigua plaza de “Los Tejares”, en la plaza de “los Cuatro Califas”, junto a “Machaquito” “Lagartijo” “El Guerra”, en el museo taurino de Córdoba; junto al Guadalquivir; o en “el Cristo de los Faroles” y más allá en el Mausoleo, en el cementerio, me dijo muchas cosas, se sentía su presencia, ahí estaba para guiarme por esa tierra mágica y torera.

Me habló de la grandeza de su terruño, de la Guerra Civil, de su madre Doña Angustias, de su padre torero, de su toreo y de su destino, su sino y de Lupe Sino la mujer, su mujer, del whisky, del tabaco, de sus fatigas, de México; por cierto, no olvidó Monterrey en aquél diciembre frío y lluvioso.

«Manolete». Obra de Diego Ramos

«Andar es muy fácil.

lo difícil es andar sin premura.

Pasear por el miedo del ruedo

grave y con figura. 

Cuando un cordobés es torero

su capa es la túnica.

Esencia y decencia:

las dos cosas juntas. 

¿Quién ha visto, si no es entre sueños,

la estatua segura,

arriscada de gracia, de arte y de celo,

crispada de angustia,

caminar paso a paso, despacio,

buscándole sitio a su tumba?».

«Manolete»

Pedro Garfias.

 

«Quiero dormir un rato,

un rato, un minuto, un siglo;

pero que todos sepan que no he muerto;

que haya un establo de oro en mis labios;

que soy el pequeño amigo del viento Oeste;

que soy la sombra inmensa de mis lágrimas».

«Gacela de muerte oscura» (fragmento)

Federico García Lorca

Si bien el semblante de Manuel Rodríguez Sánchez era trágico y en su mirada se percibía un dejo de tristeza, todo se conjuntaba produciendo una visión recurrente de martirio inevitable, cuya única constante sería una muerte gloriosa. Si bien esa visión no se manifiesta claramente desde el inicio de su carrera, si se fue acentuando en el transcurso de la misma hasta llegar a un clímax. Inconsciente “Manolete” intuía su destino, tenía prisa por morir.

Cruz de Mayo en el monumento a «Manolete». Foto Paco Zurera

Esa tarde de Linares “Manolete” abandonaría muchas cosas: la afición, el arte, el toreo mismo. Quedaron muchas preguntas sin respuestas ni razonamientos, lógicos e ilógicos —la vida de “Manolete” creo fue lógica—, mucho se perdió, pero sin lugar a dudas mucho se ganó. De hecho, se sacudió brutalmente la Fiesta y sus estructuras, dándose un parteaguas con el sacrificio de esa vida iniciándose así una nueva era en la tauromaquia moderna.

¿Lo ilógico? Quizá la orfandad misma del toreo, aunque temporal, en parte pudo superarse.

Sin embargo, dejó muchas citas pendientes en su agenda y un sinnúmero de páginas por escribir en la historia del toreo y de la España misma. Con todo queda una impresión ambivalente de que todo y nada quedó abandonado.

Posiblemente en esa tarde, toro y torero, compendio y síntesis del arte, se manifestaron sin velos protectores, con carencias y virtudes. 

«He venido a sembrar mis huesos otra vez

y a abrir las acequias de mis venas.

Estas son mis llaves:

sacad el trigo por la puerta.

El hombre está aquí para cumplir una sentencia,

no para imponerla.

Que suba al ara como la paloma y el cordero.

Y que hable el juez desde la cruz, no desde su silla». 

«Estas son mis llaves» (fragmento)

León Felipe 


«Ya hay un español que quiere

vivir y a vivir empieza,

entre una España que muere

y otra España que bosteza».

«Españolito» (fragmento)

Antonio Machado

«Manolete», sombra viva del toreo. Foto Ernesto Castillejo

Sin pretender un análisis de la tauromaquia “Manoletista” —que de esto se ha escrito bastante, aunque nunca lo suficiente—, si es interesante revisar un poco y como se fue desarrollando el concepto de esa particular manera de torear, en donde se da un común denominador de naturaleza intrínseca entre lo técnico y lo trágico.

Se dice que “Manolete” vino a implantar una característica esencial en el toreo moderno. Y esta era la quietud, digamos lo más peculiar de su toreo. Aquí se guarda un símil —quizá premonitorio—, su monumento fúnebre, su mausoleo, su perfil, el mármol estático y frío en su escultura; que se adivinaba, aún antes de su muerte. Esta percepción también sería manifiesta a través de su mirada, de su mirada que ha trascendido en imágenes fijas y de cine de la época hasta nuestros días. 

«Suerte suprema». Obra de Diego Ramos.

«Él, que templaba y mandaba

en la infernal embestida;

inconmovible y sereno,

clavado como una espiga;

su tronco, ritmo de palma

suave la mano corría,

quieto, erguido, irreprochable

como sombra cipresina;»

Elegía a Manuel Rodríguez «Manolete»

Abraham Domínguez 

El crítico y periodista español Vicente Zabala decía con respecto al cordobés: «Manolete impone algo que va a ser la ruina para todos los toreros que lo han sucedido. Implanta “la quietud” a toda costa y ante todos los toros. Esto es una enormidad, una barbaridad tan grande, que hace que el toreo entero se transforme». Continúa Zabala: «Desde Manolete no se tolera la faena de aliño. Todos los toreros se ven obligados, si no quieren recibir feroces broncas, a quedarse quietos, muy quietos, con todos los toros». 

«Manolete, Manolete,

hijo y nieto de toreros,

de la raza de los bravos

que triunfaron en el ruedo.

Que lloren los olivares

y se enluten los chiqueros,

que en la plaza de Linares

murió el rey de los toreros».

Fandango anónimo. 

*Alejandro A. Arredondo Maldonado, aficionado mexicano de Monterrey (Nuevo León), nos envía este texto que rinde homenaje a quien considera un "cordobés universal", "al cumplirse los 75 años de su último paseíllo terrenal". Este trabajo, con el título «Manolete a 50 años de su muerte», fue publicado en el periódico «El Porvenir» de la citada localidad en el año 1997, al conmemorarse medio siglo de la muerte del espada cordobés. Al no haber perdido actualidad, nos lo remite por si consideramos oportuno editarlo en la manoletista «Plaza de La Lagunilla». Lo que hacemos con gusto, al tiempo que mostramos nuestra gratitud a su autor por expresar su hondo sentimiento sobre la figura del inolvidable torero cordobés, cuya huella en México, la nación que tanto quiso y donde fue feliz, sigue viva en la afición hermana. 

viernes, 8 de enero de 2021

MANOLETE: EL QUEHACER DE REGULAR EL ARTE

Por Germán Lebatard

Manolete. Óleo de Diego Ramos.

Soy manoletista de la misma manera que soy cristiano: por un acto de fe. A Manolete, como a Cristo, jamás los vi en la vida, pero me han bastado sus imágenes. Crecí rodeado siempre de una gran cantidad de iconografía manoletista y juro que, para mantener viva mi idolatría, no necesitaba ver la foto de alguna de aquellas medias verónicas (tan lacónicas y tan estéticas) o aquella otra famosísima del natural al Miura en Barcelona; era suficiente verlo liado en el patio de cuadrillas, o vestido de corto en algún tentadero, o dando la vuelta al ruedo, o recargado en la barrera, o incluso en la calle con aquellas gafas tan características. Como fuera, donde estuviera, Manolete siempre se veía torero. Y sin embargo, a pesar de todo este fervor juvenil, fui apóstata del manoletismo.

Natural de Manolete al toro Perfecto de Miura.
Barcelona, 2 de julio de 1944. Foto Mateo.

Cuando quise ser torero y andaba intentándolo, estaba de moda negar a Manolete: que el toro chico, que la muleta atrasada, que el toreo de perfil y todo aquel cúmulo de patrañas tecnicistas que los sabios de café pusieron tan en boga a finales de los cincuenta  a raíz de que algunos cronistas influyentes (Corrochano entre otros) se dedicaron a echar lodo sobre la tumba del gran torero cordobés. Y como los muertos no pueden defenderse y Manolete ya no podía ponerse en la cara del toro y taparle la boca a todos, aquello se puso de moda y yo me tragué el cuento. Contribuyó que a mi callaísmo de aquellos días había que agregarle un incipiente ordoñismo nacido con la faena a Cascabel, en la feria guadalupana del 56, y acentuado después cuando muchas veces lo vi en España en su momento cumbre. Y como los jóvenes tienden a radicalizar sus opiniones, yo no podía aceptar que me gustara tanto Ordóñez (torero de pata pa´lante, pecho pa´fuera y cintura flexible) y continuara, al mismo tiempo, vigente mi manoletismo.

La faena de Manolete a Platino «resistía el paso del tiempo»

De modo que empecé a seguir la corriente; si estaba de moda negar a Manolete, había que negarlo y punto. ¿Mi antiguo manoletismo? Pasiones infantiles. Ahora, ya opinaba yo en las tertulias taurinas, ya era novillero, ya «sabía mucho de esto» y de pronto… ¡zas! Me tropiezo de frente con la faena de Platino, y se hizo la luz. Resulta que un grupo de amigos y compañeros «del toro» nos reuníamos a ver viejas películas, y alguien consiguió la de aquella famosa tarde de Manolete,  Pepe Luis y Procuna con los Coaxamalucan. Lo que hizo Manolete a aquel toro castaño resultó una iluminación repentina para todos los que estábamos allí reunidos. No solamente porque la faena era extraordinaria -que lo fue- sino por el contraste. Me explico: lo que aquella misma tarde le hicieron a sus toros Pepe Luis y Procuna (cada uno a su estilo) era de un torerismo indiscutible y tenía, por supuesto, mucho mérito. Pero la de Manolete era diferente. Se veía moderna, tenía actualidad 20 años después; esa era la única faena de la célebre corrida que resistía el paso del tiempo, tenía la frialdad de un vídeo-tape. Aquello, para mí, fue toda una revelación. Comenzaba a reivindicarse mi torero. 

«Como fuera, donde estuviera, Manolete siempre se veía torero»

Algunos años después le platiqué esta anécdota a Pepe Alameda -con quien llegué a tener una entrañable amistad- y no solo me dio la razón sobre el trazo moderno de la faena de Platino, sino que abundó más en la vigencia del toreo manoletista a pesar de los años transcurridos. Alameda -manoletista confeso- contribuyó muchísimo a mi redescubrimiento del enorme torero cordobés y a echar por tierra las patrañas antimanoletistas, incluyendo el mito del toro chico y el mitote de los muletazos cortos.

Los toreros cumbres -y Manolete lo fue- son en cada época verdaderos «pararrayos» de la Fiesta. Siempre se les percibe culpables de todo lo que pase. Y tal parece que una de las culpas de Manolete debió ser la Guerra Civil Española. Resulta ocioso, a estas alturas, recordar como quedaron precisamente ese toro, menos graneado y menos corpulento -pero con más movilidad, por cierto- el que empezaron a lidiar en las plazas españolas todos los toreros del momento. Es decir, Manolete y todos sus contemporáneos.

Con uno de La Punta, la ganadería que más toreó en México

En la actualidad es usual que los aficionados exijan un toro corpulento, gordo, enmorrillado, con muchos kilos aunque se «acochine». Creen que el toro es toro cuando pesa 550 kg. En cambio, la realidad es otra: el toro es toro cuando cumple cuatro años, pese los kilos que pese. Veamos entonces lo del mito: 1) Manolete y todos sus alternantes lidiaban -a veces- un toro relativamente disminuido en peso. 2) Testimonios de aficionados y toreros de la época (a mí me lo han dicho el maestro Cagancho y El Choni) me hacen pensar que, aún pesando menos, casi siempre se lidiaban con cuatro hierbas. 3) Tengo testimonios gráficos de Manolete toreando de todo: toros chicos, medianos, grandes y enormes. 4) Una de sus faenas consagratorias fue a un sobrero de Pinto Barreiro paréntesis (Ratón) que era un tío. 5) Su debut en México fue con una corrida bastante seria de Torrecilla (al primero le cortó las orejas y el rabo). 6) Otra de sus faenas cumbres en plazas mexicanas, la de Manzanito, fue en aquella tarde con Lorenzo Garza, el Ahijado y un corridon más que serio de Pastejé; sobra aclarar que Manzanito como Murciano, el primero de su lote fue un «tío» igual que el resto de la corrida. 7) Por aquellos días había una ganadería en México con reputación de lidiar las corridas más serias; toros largos, hondos, enmorrillados, cubiertos de culata y con más leña en la cabeza que un bosque canadiense. Esa ganadería (puro Parladé) se llamaba La Punta. ¿Sabe usted cuál fue la ganadería que más toreo Manolete en México? Adivinó: La Punta. En resumen, ni el toro chico de la época es atribuible a Manolete, ni Manolete requirió del toro chico para triunfar.

Superado el mito, pasemos al mitote; al del muletazo más corto y la muleta atrasada.

He escuchado de muchos contemporáneos suyos, que Manolete fue -en la forma aunque no en el fondo- dos toreros: uno del 39 hasta el 42, y otro muy diferente de mediados del 42 en adelante, que fue cuando encontró el sitio, se relajó y suavizó sus maneras, es decir: cuando Manolete encontró a Manolete.

 «Verticalidad de torre sin fisura alguna en su fábrica»
(José María de Cossío).  Foto Cano

Al principio era un torero muy tieso y bastante «esaborío» que solo lograba salir adelante en base a aquel valor, aquel carácter y aquella entrega que siempre tuvo. Su propósito, desde siempre, fue lograr torear con lucimiento y quedársele quieto al mayor número de toros que fuera posible, pero se demoró toda su etapa novilleril y casi cuatro temporadas de matador de toros para encontrar el toque, la colocación, el temple, el sitio exacto, el cómo de la técnica que andaba buscando y que consistía en andar en rectitud hacia el toro (no hacia el pitón contrario, con lo que se echa al toro para afuera) enhilado con el pitón por el que se está toreando hasta llegar a la distancia en que el toro embiste, esto con la muleta atrasada casi sobre la pierna de salida. De esta forma sacrificaba medio metro del inicio del muletazo, pero lograba, en cambio, rematar lucidamente el pase aún tratándose de toros con poco recorrido.

Aclaro: esta técnica la utilizan muchos toreros actuales como recurso recomendable (tranquillo) para poder correr la mano a toros con recorrido corto. La diferencia estriba en que Manolete le fue fiel a su técnica (una vez que la encontró) y la llevó hasta las últimas consecuencias, toreando de este modo a todos los toros, tuvieran el recorrido que tuvieran. Es muy cierto que el pase, al no comenzar enganchando al toro adelante, tiene menos dimensión; sin embargo de esta manera logró torear más toros, ser más consistente y acabar de golpe con el cuento de que en el toreo se puede vivir en la comodidad de una faena al año.

Triunfo y felicidad de Manolete en México.

Yo, francamente, no me quejaría del balance, porque en el Debe tenemos medio metro menos en cada pase, pero en el Haber está uno de los grandes logros manoletistas: aquella consistencia, aquel triunfar tarde a tarde, aquel torear con quietud y con lucimiento más toros de más diverso comportamiento. 

No sé si esto quede claro. En Manolete se consolida la faena actual, ya esbozada por otros desde antes, pero sin llegar nunca a la realidad manoletista: la realidad de regularizar el arte.

La sombra eterna del toreo... Monumento a Manolete en el
 barrio de Santa Marina de Córdoba. Foto Ernesto Castillejo

Esto es lo que pienso cada vez que visito el cementerio de La Salud, para poner una flor, en su tumba, cada año, desde 1970. Pienso en esto ante su figura de mármol y, sin saber por qué, me viene a la mente aquella bella y certera metáfora del inolvidable soneto que Pepe Alameda escribió para Manuel Rodríguez Sánchez

a ti que eras una epifanía y hoy eres un estoque abandonado. 


Artículo publicado en la Revista 6Toros6/Extra Manolete/del 26 de agosto de 1997.

                                     Manolete en México. Incluye la faena a Platino



martes, 9 de junio de 2020

MANOLETE VISTO POR RODOLFO GAONA

Por José Alameda
Rodolfo Gaona: "Lo que antes hizo Manolete, no se le podía hacer a aquel toro".
Solo una vez, y en película, vio Rodolfo Gaona torear a ManoleteY tuvo bastante para entenderlo. ¡Qué contraste con quienes tanto lo vieron y aún no lo han comprendido!
San Sebastián, plaza veraniega de lujo, fue escenario de algunos de los mayores triunfos de Gaona en España. Sin duda por eso bautizó con el nombre de El Choko (clara evocación donostiarra) al bar que tiene en su escondida residencia de Azcapotzalco, un torreón a la izquierda del jardín, donde gusta de aislarse para hablar de toros, cuando lo visitan sus íntimos.
A El Choko le llevé una tarde un rollo de celuloide, para saber qué impresión le producía El Monstruo.
El gran Rodolfo Gaona
Gaona había conocido personalmente a Manolete en una comida en que los reunieron los redactores del diario Excélsior. Pero no lo había visto torear. Cuando le pregunté el motivo, se encogió de hombros: «No tuve ocasión. Y además, esos toreros larguiruchos nunca me inspiraron confianza». Fue toda su respuesta. Gaona es así.
Pero yo monté el proyector y nos encerramos los dos a ver la película de la célebre corrida de diciembre de 1946 aquella con Garza y toros de Pastejé, que fue inolvidable para Manolete y lo es para todos. ¿Quién la vio y no la recuerda?
Al fondo del bar, junto a una mesita en la que apoyaba el codo izquierdo, se había sentado Gaona; una copa de ginebra al alcance de su mano y el sombrero de ala ancha todavía sobre la sien derecha.
Empezó a transcurrir la película. Muda y fría. Sin color y sin ambiente. Los toreros parecían fantasmas grises flotando por el ruedo. En lugar de pasodoble el ruido sordo del proyector. Pero era un documento.
Manolete, en la pantalla toreaba a un toro negro. Su primero de aquella tarde. Un toro largo y hondo (sobre los quinientos kilos), alto de agujas y delantero de pitones. Incierto y de sentido. Un toro con pólvora, para una faena de guerra.
Rodolfo Gaona: "Ahora comprendo porque Manolete fue lo que fue...". Foto Mari 
Manolete, erguido, la muleta en la zurda, luchaba con el toro y con la geometría. Para que el pitón izquierdo, que le pespunteaba el muslo derecho, no consiguiera alcanzarlo. Manteniéndole la distancia. En corto y sin echarle la muleta hacia adelante. Porque a los toros inciertos no se les puede adelantar el engaño. Eso se queda para con los toros claros, cuando el diestro quiere dar vistosidad y dimensión a la suerte, en alarde de templanza mientras atrae al toro. Pero a un toro incierto no se le puede avanzar la muleta, como no sea para torearlo de pitón a pitón. Solo lo intentaría un loco. Y solo puede aconsejarlo un Corrochano.
A la mitad de la faena, vi que la silueta de Rodolfo Gaona se desprendía de la sombra, avanzando. Se había puesto de pie, como el espectador que se levanta en el tendido por el resorte de la emoción. Ahora, junto al haz blanco del proyector, estaba con las manos a la espalda, el pecho hacia adelante, el cuello tenso, bebiéndose aquella faena de El Monstruo al toro negro de Pastejé.
Rodolfo Gaona: "Cuando se hace eso, se tiene que ser un torero de época"
Así estuvo hasta que cayó el toro. Y allí se quedó. Pero, después, soltó las manos y aflojó el cuerpo para ver al toro siguiente. Fue Buen Mozo, aquel toro ancho y noble, al que Garza le dio pases imponentes y le cortó las orejas y el rabo.
De pronto, Gaona se volvió hacia mí: —«Fíjate —me dijo— este narizón (así acostumbra llamarle a Garza), está toreando muy bien, pero el toro es bueno. Lo tremendo fue lo otro, porque, lo que antes hizo Manolete, no se le podía hacer a aquel toro».
—«Ahora comprendo porque Manolete fue lo que fue: cuando se hace eso, se tiene que ser un torero de época».
Terminó la película. Se prendieron de nuevo las luces de El Choko. Y, sobre los muros, brillaron los colores barnizados de los viejos carteles… 1912… 1914… Sevilla… Madrid… Rafael Gómez El GalloRodolfo Gaona, José Gómez Gallito y Juan BelmonteRecuerdos que conserva El Indio Grande de su hora estelar, en la época estelar del toreo… Al frente de ellos, un cartel del año catorce: Plaza de toros de San Sebastián. Seis toros de Santa Coloma. Gaona y Gallito. Mano a mano.
Rodolfo Gaona: El Indio Grande de su hora estelar, en la época estelar del toreo... 
Acaso este cartel explica el nombre de El Choko. Como el historial de Gaona explica porque un hombre puede comprender a Manolete con un solo trozo de película.
Gaona sigue viendo y sintiendo el toreo desde el terreno dramático que va del muslo de oro, al diamante del pitón. Por eso, de golpe y sin más, entendió a Manolete. Y, por eso, algunos no lo entenderán nunca.
"Algunos no lo entenderán nunca" (Pepe Alameda). Manolete por Enrique Moratalla Barba
Gregorio Corrochano ha escrito un libro en el que le llama a Manolete torero de trucos. Y eso no puede pasarse por alto. Porque toca no solo un problema de técnica taurina, sino un problema moral. Vale tanto como decir que el torero, a sabiendas, se dedicaba a engañar al público, que fue un defraudador y, por ende, que el público todo (no solo el de España, para el que escribe Corrochano, sino el del ancho mundo taurino) está formado por bobos y por papanatas. Tales afirmaciones no pueden soltarse impunemente y menos así, de pasada como, como quien no quiere la cosa, cual deslizada mercancía de contrabando. Ni Manolete fue un sinvergüenza, ni los demás somos idiotas. Hay que calibrar el alcance de lo que se escribe.
La propensión de algunos a esgrimir el llamado argumento de autoridad, el me dijo Fuentes, o me contó Joselito, recurso admitido aunque secundario, suele combinarse con la coincidencia de invocar casi exclusivamente testimonios de toreros ya desaparecidos.
No es, por fortuna, el caso de Rodolfo Gaona, que vivo está y sea por muchos años. 
Pero, además, creo que bien valía la pena esta evocación. Junto a los viejos carteles de El Choko, fue bello aquel mano a mano entre los ojos de Rodolfo Gaona y el espectro de Manolete.
Por eso no he resistido a la tentación de contarlo.

Por PEPE ALAMEDA, de “El Redondel”

NOTA: El magnífico texto que reproducimos fue editado en Bilbao por el Grupo Amigos de Manolete. Nos lo envía desde México el aficionado manoletista y amigo David Manolo Castilla Bustamante.



MANOLO CARACOL CANTA A MANOLETE



viernes, 25 de mayo de 2018

LAS DOS MEJORES FAENAS DE MANOLETE

TEXTOS MAGISTRALES:
Pepe Alameda habla de toros con Manolete.

Luis Carlos Fernández López-Valdemoro (Pepe Alameda)
          Aquel ambiente que rodeaba al torero no me iba. De ahí que, al no hablar con Manolete de otras cosas y, siendo yo cronista en activo, no hablara con él más que de toros. De eso, sí, con frecuencia, pues como advirtiera que mis opiniones coincidían en mucho con sus experiencias del ruedo, me fue prestando cada vez mayor atención. De nuestras largas conversaciones, en las que por lo común nos aislábamos, voy a recordar una, que puede tener interés para el aficionado, por los testimonios que Manolete aporta. 
Manolete en la plaza México
Un día le dije:
—De tus actuaciones en México, las que más se comentan son las faenas al toro “Manzanito”, de Pastejé (cuando alternó con Garza y El Ahijado) y a “Platino”, de Coaxamalucan (cuando lo hizo con Pepe Luis Vázquez y Procuna); a esos dos toros les cortaste el rabo, pero la que más me ha gustado es la faena que le hiciste a un toro del que no cortaste más que una oreja.
—¿Cuál?
—La de un toro de Torrecilla, en la segunda corrida de la apertura de la plaza México.
—¿Recuerdas el nombre del toro?
—Sí. “Espinoso”.
—Te lo pregunté para probarte, porque yo también lo sabía.
—¿Por qué?
—Porque esa no es solamente la mejor faena que hecho en México, es quizá la mejor de mi vida, o por lo menos, la segunda.
—¿Cuál podría ser la primera?
—La del toro de Pinto Barreiros en Madrid. Había muchas circunstancias, el toro me hirió y yo me impuse, era una corrida de mucha responsabilidad y todo eso influye. Pero, quitando eso y viendo la parte estrictamente taurina, quizá no fuera mejor que la del toro de Torrecilla... ¿Por qué te gusto?
—Hombre, el toro era muy difícil, no descubría, punteaba y además, por lo paliabierto, resultaba aparentemente imposible acoplarse con él. En efecto, los primeros derechazos fueron un poco bailados y nada ceñidos. El toro no se dejaba. Pero, de pronto, al revolver de un pase, lo enganchaste con un toque de muleta, echándosela hacia abajo, tan a tiempo, que metió la cabeza y le pudiste dar cinco pases en redondo, perfectamente centrado. Por aquel lado, mal que bien, era posible. Pero por el izquierdo, estaba intocable. Cuando te pusiste la muleta en la zurda, pensé: “está loco”. Cuál no sería mi asombro, al verte ligar cinco pases naturales, con el mismo ajuste.
Manolete no respondió. Dirigía la mirada hacia el frente, como si estuviera con la imaginación siguiendo la faena, en un ruedo invisible.
Continué:
—Como uno está siempre aprendiendo, en esa faena me enseñaste algo que no había sospechado: que si a un toro se le mete de verdad en la muleta por el lado posible, lo que se logra sirve para el otro lado. Pero tiene que ser de verdad.
—Yo ya lo sabía. Por eso lo hice.
—Todo lo que se aprende del toreo, se aprende de los toreros.
—¿Hablando con nosotros?
—No. Sabiéndolos ver. Viéndolos acertar y viéndolos equivocarse.
Una fugaz chispa de recelo cruzó por los ojos líquidos de Manolete.
—¿En qué me he equivocado?
En no mandar disecar la cabeza de “Espinoso”.
(Del libro “La pantorrilla de Florinda o el origen bélico del toreo”).


Manolete al natural, con un toro de La Punta en México


          La corrida de la que hablan Pepe Alameda y Manolete, tuvo lugar en la plaza México el 16 de febrero de 1946. Esa tarde se lidió un encierro de Torrecilla para Silverio Pérez y Manolete, que actuaron mano a mano. El "Faraón de Texcoco", le cortó el rabo al toro "Barba azul", y el "Monstruo", una oreja a "Espinoso". Este texto desvela que el torero cordobés consideraba esa faena como una de las dos mejores de su vida, junto a la de "Ratón (que se llamaba Centella)", de Pinto Barreiros, en Madrid. 
A.L.Aguilera

Manolete presentación en México