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sábado, 30 de noviembre de 2024

LA INFLUENCIA DE «CHICUELO» EN EL TOREO DE «MANOLETE»

Por Antonio Luis Aguilera 

Manuel Jiménez «Chicuelo»
(Foto familia Chicuelo)

Faltaban veinte años para la alternativa de Manuel Rodríguez «Manolete» cuando en el mismo palenque la recibió Manuel Jiménez Morenoel torero sevillano que sería su padrino de ceremonia, quien además de cederle muleta y espada, también le entregaría el testigo de su toreo, como si el histórico maestro presintiera que aquel espigado novillero cordobés, por su inmenso valor y el talento que atesoraba, sería capaz de imponerlo definitivamente en el orbe taurino. Aquella tarde del 28 de septiembre de 1919, en la plaza de la Real Maestranza de Sevilla, «Chicuelo», espada de dinastía, huérfano de padre torero desde la niñez —como lo fue «Manolete»—, fue investido matador de toros con el apretón de manos de Juan Belmonte. El  chaval nacido en la calle Betis tenía diecisiete años cuando «El Pasmo de Triana» le cedió la lidia y muerte del toro Vidriero, del Conde de Santa Coloma. Completaba el cartel Manolo Belmonte

En aquella época maravillosa y apasionante del toreo, cuando la afición estaba dividida en dos bandos irreconciliables, los partidarios de José Gómez Ortega y los de Juan Belmonte García, fantásticos y complementarios toreros que  protagonizaron la «edad de oro del toreo» —la segunda, pues este titulo había denominado el siglo anterior la mantenida por «Lagartijo» y «Frascuelo»—, el joven «Chicuelo», como todos los toreros de su tiempo, incluido Belmonte, sentía verdadera admiración por «Gallito», aquel genio al que veneraba desde niño, y ante el que lidió su primer becerro en la placita familiar de los «Gallo» en la Huerta del Lavadero. Tanto le agradó su toreo a «Joselito» que le regaló una propina, que el chaval pronto gastó en las taquillas de la Maestranza, adquiriendo la entrada para la corrida donde José alternaba con Ricardo Torres «Bombita», Rafael «el Gallo» y Juan Belmonte

Juan Belmonte otorga la alternativa a «Chicuelo».
Sevilla, 28 de septiembre de 1919. (Familia Chicuelo)

«Chicuelo» pisaría por primera vez ese redondel el 28 de febrero de 1918, en un festival organizado por «Gallito». Rememoraba el maestro en una entrevista que cuando José le hablaba se ruborizaba, se ponía tan nervioso que no sabía qué decir, y si en un tentadero le cedía un capote o una muleta se le salía el corazón de felicidad. Si la participación del chaval en el festival de su debut de Sevilla fue gracias a José, es fácil deducir la empatía que existió entre ambos. «Chicuelo» consideraba a «Gallito» la máxima referencia del magisterio taurino, y procuró empaparse de sus enseñanzas en los tentaderos, donde pudo observar cómo José entrenaba la técnica de la ligazón del pase natural, procurando sujetar a las reses dejándole la muleta en la cara al terminar el pase en lugar de despedirlas, para así obligarlas a repetir la suerte. «Gallito» desarrolló en el campo la técnica de la ligazón, que después habitualmente incluía en las plazas en su modelo de faena. Fue el primero que mostró públicamente el germen de un toreo nuevo, que con el paso de los años, perfeccionado por «Chicuelo» y «Manolete», culminaría en el toreo de línea natural, el concepto que liga los pases agrupándolos en series: el toreo moderno. ¡Para qué algunos sigan diciendo que «Gallito» fue un torero antiguo!

No debe confundirse el concepto con la expresión o acento personal del torero. Conviene sacar esto a colación porque, ante la montaña de literatura que afirma lo contrario, Juan Belmonte no cambió el planteamiento del antiguo toreo de muleta. Sus faenas se desarrollaron según las normas clásicas, con el matador situado en los terrenos de adentro y el toro en los de afuera, y sus trasteos consistían en pases por alto, el natural ligado con el de pecho —no con otro natural o varios naturales—, molinetes, faroles y desplantes. Lo que de verdad hizo único a Juan Belmonte fue el sitio que pisó, pues  acortó las distancias con el toro, y su portentoso temple le permitió expresar un toreo de capa de prodigiosa belleza, donde el espada ejecutaba los lances a la verónica por ambos lados, hasta cerrar la serie enroscándose el toro a la cintura con media verónica escultural, que liberaba la emoción y el entusiasmo del público por la escalofriante conmoción de su toreo. Con la muleta, por ocupar el mismo sitio, su temple sujetaba al animal, que al terminar el pase natural comenzaba a trazar la línea curva hacia adentro, pero al mantener el torero su terreno, dando la espalda a tablas, entre cada pase tenía que cruzarse al pitón contrario para no quedar fuera de cacho. 

«Chicuelo» torea a Corchaito. Madrid, 24 de mayo de 1928.
(Foto familia Chicuelo)

Tras la tarde fatal de Talavera de la Reina, sería «Chicuelo» —que había toreado con José seis corridas de toros y un festival—, quien otorgaría continuidad a la técnica de la ligazón de los pases del inolvidable espada de Gelves. Él sería quien daría un nuevo giro de tuerca al concepto «gallista», y al curvar el animal la embestida al final del pase natural, en lugar de irse al pitón contrario, lo que hizo fue girar sobre su eje, para de esa forma, intercambiando los terrenos del toro y del torero, ligar los pases y agruparlos en series, estructurando así la faena moderna. «Chicuelo» fue el creador de la faena actual, que por su quietud, emoción y belleza pronto halló la calurosa acogida del público. 

Trascendente resulto para la historia la tarde del 24 de mayo de 1928 en Madrid, donde «Chicuelo», alternando con «Cagancho» y Vicente Barrera, deslumbró a la afición de la capital del reino ligando los pases en redondo por ambas manos al toro Corchaíto, de la ganadería de Graciliano Pérez Tabernero, al que toreó con tanta naturalidad, gracia y belleza que aquella faena —como sentenció su banderillero Manuel González Buzón «Rerre» al ir a dejar los trastos el maestro — «había cambiado el toreo». Fue también la gota de agua que colmaba el vaso de la injusticia, porque hasta entonces la carrera del espada sevillano había sido escrita con sordina por la “sobrecogedora” crítica española, que por no “trincar”, no tuvo escrúpulos en callar sus apoteósicos triunfos en México, donde logró éxitos de igual o mayor calado que el de Madrid. Históricas fueron por su repercusión las ejecutadas en la plaza de «El Toreo de la Condesa», donde en 1925 había inmortalizado a los toros Lapicero y Dentista, de San Mateo. En la nación hermana fue considerado máxima figura, y su concepto tuvo gran influencia en uno de los diestros más importantes de la tauromaquia azteca: el maestro de Saltillo Fermín Espinosa «Armillita». Aun así, la crítica española, más preocupada de ensalzar el toreo de avance buscando el pitón contrario, no tuvo reparos en ocultar el clamor levantado en América por «Chicuelo», donde aquella apasionada afición se entusiasmó con su toreo de reunión y quietud ligando los pases en redondo. La faena a Corchaíto no pudo eclipsar por más tiempo la realidad de su toreo en España.

Con el ruedo lleno de sombreros, «Chicuelo» inmortaliza
al toro Dentista en México, el 26 de octubre de 1925.
(Foto familia Chicuelo)

Por su importancia en este asunto reproducimos unos párrafos del texto «Chicuelo, las sombras de un silencio», escrito por Federico Arnás para el interesante libro «Chicuelo, el arte de inventar», editado por la Fundación de Estudios Taurinos de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, donde el sagaz periodista madrileño busca documentación en la hemeroteca para iluminar esta triste historia:

«Llevaba pocos años de alternativa cuando en México costaba entender las razones para que la prensa española no reconociera con carácter de unanimidad el alcance innovador que su toreo traía atestiguado en aquellas plazas. Valga como apunte lo firmado por el mexicano Verduguillo en el semanario La Corrida: “Si los revisteros madrileños que tratan a toda costa regatear méritos a este torero y de empequeñecer su labor hubieran visto a Manolo esta tarde, tendrían que reconocer que están haciendo el ridículo a sabiendas, o que no tienen un tanto así de pudor profesional… Lo que hay es que el tío Zocato no ha querido resolver el problema que tiene más de financiero que de artístico, fiado en lo grande que es su sobrino”. El comentario fue recogido en el diario madrileño La Nación con esta consideración a modo de escozor patrio: “¿Tiene razón Verduguillo? Parece que sí, puesto que a la hora presente todos los revisteros madrileños han dado la callada por respuesta. (Entremos todos y que salga el que pueda). Se ofende a los revisteros españoles y nadie dice esta pluma es mía”». 

Queda por tanto suficientemente claro que la histórica faena realizada en la plaza madrileña no fue un hecho aislado, sino un eslabón más de la brillante y silenciada carrera de Manuel Jiménez «Chicuelo», que desde 1922 había conquistado a los públicos de Perú, México y Venezuela. En México, por su acoplamiento a los toros del encaste Saltillo, había protagonizado muchas tardes inolvidables en la plaza de «El Toreo de la Condesa», donde inmortalizó a ToledanoLapiceroDentistaTestaforteCarteroMelcocheroPeregrinoMezcaleroPintorDuendeSerranoPergamino y Zacatecano. Tampoco los aficionados de Venezuela pudieron olvidar la realizada a Carpintero en la Maestranza de Maracay. Mas  tantos triunfos no aparecieron en la prensa española, y tuvieron que  pasar más de cinco años para que el encuentro de «Chicuelo» y Corchaíto resultara determinante gracias a la influyente la afición madrileña. 

«Chicuelo» otorga la alternativa a «Manolete»
el 2 de julio de 1937 en la plaza de Sevilla.
(Foto familia Chicuelo)

Tras la década de los años treinta del siglo XX, dominada por el magisterio de Domingo Ortega y su toreo cambiado o de avance con el toro, quedó en segundo plano el toreo ligado en redondo, que después de la guerra española cobraría su más alto vuelo con la impresionante regularidad en el triunfo de Manuel Rodríguez «Manolete», que recibió la alternativa en Sevilla el 2 de julio de 1939 de manos de «Chicuelo». Por Comunista atendía el toro de la alternativa, pero lo rebautizaron con Mirador. «Manolete» hizo el paseíllo junto a Manuel Jiménez, su padrino, y Rafael Vega «Gitanillo de Triana», para lidiar un encierro de Clemente Tassara, antes Parladé, y la corrida fue a beneficio de la Asociación de la Prensa. Lo hizo con un traje heliotropo y oro, y cortaría las orejas, pero el gran triunfador de la tarde fue «Chicuelo», que cortaría las dos y el rabo del cuarto. «Gitanillo de Triana» paseó las del quinto. Aquella tarde no solo fue histórica por la alternativa del torero cordobés, sino porque «Chicuelo», al entregarle muleta y espada, también le cedió el testigo de su toreo, el que había aprendido de «Joselito» y pulido con la gracia de su arte. Se lo pasaba a «Manolete», que abrazando el concepto de la ligazón lo implantaría definitivamente durante su reinado. 

Un reinado donde el torero cordobés, dirigido astutamente por José Flores «Camará», mandó sin contemplaciones dentro y fuera de las plazas, entre otras cosas, porque nadie le aguantaba el pulso, lo que provocó el adelanto de la retirada de toreros como Marcial Lalanda y Domingo Ortega, que nunca se lo perdonarían, y en complicidad con el influyente crítico Gregorio Corrochano lanzaron una feroz campaña para erosionarlo, a la que tristemente también se sumaron otros toreros. Lo acusaron de torear animales chicos y afeitados, cuando el mayor escándalo sobre este fraude lo provocó Marcial Lalanda en Valencia, y lo etiquetaron como un torero corto, perfilero y ventajista, en clara insinuación de cobardía. Ya se sabe que los rayos siempre fueron a las cumbres, pero lo inmoral fue que ese acoso continuó después de muerto el inolvidable torero, como quedó de manifiesto en la conferencia que leyó Domingo Ortega en el Ateneo de Madrid en 1950, cuando los restos de Manuel Rodríguez estaban enterrados en el cementerio de “Nuestra Señora de la Salud” de Córdoba, tras haber dado su vida por el toreo. Pero tanta patraña no pudo cambiar la historia, «Manolete» había mostrado su verdad en los ruedos, donde deben de hablar los toreros, y lo hizo todas las tardes —no aguardó a que le saliera "su" toro— con admirable honestidad, majestad y gallardía. Por otra parte, es importante subrayar que el público no estaba dispuesto a tolerar la vuelta de aquellas faenas pretéritas, las de un pase aquí y otro allí buscando el rabo, y exigió la faena con sentido de unidad que liga los pases agrupándolos en series, el toreo que Manuel Rodríguez defendia que era el de su padrino. Lo hizo en el invierno de 1946, en su última campaña mexicana, conversando con «José Alameda». El escritor le habló de la similitud de su toreo con el de «Chicuelo», y «Manolete» no tuvo reparos en confirmarlo: «Así es, la gente no suele verlo, porque la gente no se fija en esas cosas, pero ese es mi toreo. Yo creo que el torero debe mantenerse lo más posible en su centro, en la línea. Y en eso el mejor que yo he visto ha sido «Chicuelo».

Natural de «Manolete» al toro Perfecto,
de Miura. Barcelona, 2 de julio de 1944.
(Foto Mateo)

La gran aportación de «Manolete» al torero moderno la explica el historiador «José Alameda»Manuel Rodríguez creó una nueva forma de obligar. Con la mano muy baja, situado en línea con el animal, acortaría las distancias con pasos laterales hasta provocar la arrancada. De esa forma fue como el torero cordobés consiguió sacar partido a la mayoría de los toros quedados de su época, que eran la mayoría, hasta instaurar de forma definitiva la ligazón revelada por «Joselito» —el toreo que deja venir al toro por su línea natural para obligarlo a ir hacia atrás y hacia adentro—, pulido y perfeccionado con el arte de «Chicuelo», que alternando los terrenos del toro y del torero creó la faena moderna, la que aceptó y adoptó «Manolete» para aguantar, obligar, ligar y expresar desde su majestuosa verticalidad de torre su señorial e inolvidable toreo de manos bajas.  

miércoles, 21 de agosto de 2024

«MANOLETE»: LA DIGNIDAD VESTIDA DE LUCES

Por Antonio Luis Aguilera

 

La tauromaquia de «Manolete» no ha envejecido ni perdido vigencia

A pesar de los años transcurridos, la tauromaquia de «Manolete» no ha envejecido ni perdido vigencia. Basta observar las fotografías de su época para comprobar la actualidad de su toreo. Lo expresó en la arena, para que todos los toreros pudieran beber de su fuente al mostrar su acento, y su huella permanece en los ruedos cada tarde de corrida. No pudieron borrarla las patrañas de quienes lo censuraron sin objetividad ni escrúpulos. Ni desprestigiarlo con la engolada y ridícula conferencia de Domingo Ortega en el Ateneo madrileño: la venganza leída en unas cuartillas que escribió, ¿o le escribieron?, explicando su concepto del toreo, el cambiado o de avance con el toro, para censurar el de reunión con el cite de perfil del espada que no fue capaz de nombrar en la tribuna, donde cuestionó la pureza del torero que con su arte enseñoreó el toreo de los años cuarenta, muerto casi tres años antes por la cornada de un Miura en la plaza de Linares. No deja de sorprender que en un mundo de valores como el toreo, donde el respeto es norma sagrada entre los profesionales, al espada de Borox no le temblara el pulso al sujetar aquellas cuartillas, tan irrespetuosas y de dudosa moral, que cuestionaban al torero que había entregado su vida en el ruedo: el compañero que siempre lo llamó «maestro» y le habló de usted. 


«Manolete» y «Platino» en México. ¿Ha perdido actualidad su toreo?

Tampoco pudieron silenciar la realidad histórica del torero cordobés las artimañas de Marcial Lalanda, tan beligerante en la ruptura del convenio taurino hispano-mexicano como burdo en la estrategia del desafío a «Manolete» de «corridas duras en plazas importantes», puesto en boca de su poderdante Pepe Luis Vázquez, buscando titulares de la crítica adepta en plena campaña antimanoletista, fruto del rencor del veterano espada madrileño al torero que adelantó su retirada de los ruedos. El valor, la entrega y la perseverancia en el triunfo de «Manolete» resultaron insostenibles y terminaron barriendo a los diestros que esperaban a que saliera su toro. Los rayos siempre fueron a las cumbres, pero al gran espada cordobés lo odiaron hasta después de muerto —ahí están las hemerotecas—, algunos de los toreros que no le sostuvieron el pulso en los ruedos. Recordamos con cariño las señoriales palabras de un matador de la elegancia de Ángel Luis «Bienvenida»: «¡Mire usted, si el toreo ha tenido un dios y una virgen, ese ha sido «Manolete»! Primero fue él y luego todos los demás. Lo que ocurre es que aquí hay mucha envidia y eso no se perdona. Desgraciadamente en España hay muchos envidiosos».


Pamplona, 1947: «Aquel saber estar
 ante el toro y ante el público».

Manuel Rodríguez dijo con amargura que para él nunca hubo eso que llaman «palmas de simpatía», y defendió que donde tienen que hablar los toreros es en el ruedo. Y eso fue lo que hizo hasta el final. Ahí dejó su testimonio para que todos los diestros que le sucedieron pudieran utilizar esa arquitectura al expresar su acento: la técnica del toreo de reunión que versifica los pases en series. El toreo preconizado por «Guerrita» en su Tauromaquia, puesto en valor por «Joselito» en su faena habitual, pulido con la gracia artística de «Chicuelo», que dio otra vuelta de tuerca a la ligazón alternando los terrenos, e instaurado como el nuevo canon de torear por la impresionante regularidad de «Manolete». Después de él ningún diestro recurrió al toreo cambiado para argumentar su modelo de faena. Ni posiblemente el público habría consentido el regreso de los trasteos de un pase aquí y otro allí buscando el rabo, por mucha «cargazón» que tuvieran.


«Manolete» con un Miura en Valencia.

Observando la historia con perspectiva, resulta vergonzoso que excepto a Rafael Guerra, al que no alcanzó a ver, los tres inmensos toreros que forman la columna vertebral del toreo moderno fueran maltratados, ignorados e incomprendidos por el dogmático e influyente crítico del Diario ABC Gregorio Corrochano, que no tuvo reparos en escribir su propia historia, preocupado de defender y ensalzar el toreo de su cuerda —el cambiado o de avance— y generalizando ridículas teorías, como la que pretendía sacralizar el movimiento de adelantar la pierna de salida para cargar la suerte —todavía tiene adeptos en sectores integristas—. Sin embargo, como escribió «José Alameda», posiblemente el mejor analista de la evolución del toreo, la historia no establece dogmas, los establecen los que la escriben. Razonaba el brillante escritor madrileño que existe una ley de gravedad universal de la que no puede escapar el toreo, defendiendo que la suerte se carga en el punto donde gravita, es decir, donde se produce. Y lógicamente, en el toreo de reunión, donde el torero deja venir al toro por su terreno natural para conducirlo hacia atrás y hacia adentro, no se puede sustentar en el mismo punto que en el toreo de avance, donde el matador se cruza al pitón contrario para desplazar el viaje del animal hacia los terrenos de afuera. 


«Vergüenza profesional a carta cabal»
Barcelona, 1944. Majestuoso natural
al toro "Perfecto" de Miura. Foto Mateo.

«Manolete» que sentía el toreo de línea natural, se colocaba enhilado con el toro por el lado que iba a torear, y desde la verticalidad que interpretaba el toreo iba acortando las distancias hacia el animal con pasos laterales, llegándole poco a poco con la muleta retrasada hasta provocar su arrancada. Por delante ofrecía su propio cuerpo, para que el animal eligiera entre él o la tela que presentaba cerca de la pierna de salida. De esta forma, por su inmenso valor, creó una nueva manera de obligar a embestir para aprovechar la mayoría de los toros quedados de su tiempo, tuvieran estos mayor o menor recorrido. Sin embargo, para el ortodoxo sanedrín de la escuadra y el cartabón resultaba ignominioso ese toreo, e hipócritamente censuraron el medio pase, sin valorar que «Manolete» se colocaba en un terreno que los demás rehuían, y comenzaba el natural donde otros lo terminaban. Y por supuesto, sin valorar que esa técnica le permitía rematar el pase limpio por abajo, para quedar colocado en la cara y ligar largas series de naturales en un palmo de terreno, de una emoción y gallardía únicas, que provocaban asombro por su majestuosidad y encendían el entusiasmo del público. También, la inconfesable envidia de los que no aceptaron que «Manolete» fue el mejor de su tiempo, un torero único e irrepetible: un espejo de toreros, de los de antes y de los de ahora. Como escribió el historiador Fernando Claramunt: «Nadie ha vuelto a pasear aquella dignidad vestida de luces, aquel saber estar ante el toro y ante el público. Entrega absoluta. Vergüenza profesional a carta cabal».


«Manolete», Santander, 26 de agosto de 1947.
"Presentimiento" tituló su foto Nicolás Müller
 
 «De lo que pasa en el mundo

por Dios que no entiendo ná,

el cardo siempre gritando

y la flor siempre callá».

 

Lole Montoya 

(«Todo es de color». Lole y Manuel)

 

jueves, 29 de febrero de 2024

«JOSELITO EN VALENCIA (1910-1920)»

Por Antonio Luis Aguilera

Portada del libro

Editado por el Área de Asuntos Taurinos de la Diputación de Valencia ha visto la luz el libro «Joselito en Valencia (1910-1920)», excelente obra del periodista Ángel Berlanga Gagodonde a través de 279 páginas se expone un riguroso trabajo de investigación histórica, que analiza la honda huella en la ciudad del Turia del menor, y sin embargo más grande, de la dinastía sevillana de los «Gallo». El libro recorre los pasos de «Joselito» en la ciudad levantina desde sus inicios, siendo un chiquillo, cuando el jueves 5 de mayo de 1910 —festividad de la Ascensión por más señas— debutó como becerrista ante la entusiasta afición valenciana, que llenó la plaza hasta el tejado, para verlo como despachaba junto a José Gárate «Limeño» los seis becerros elegidos por el ganadero sevillano Rodrigo Solís, hasta el 13 de mayo de 1920 —también jueves día de la Ascensión—, que con veinticinco años de edad hizo su último paseíllo en la plaza de la calle de Játiva formando terna con Juan Belmonte y Manuel Varé «Varelito», para lidiar una deslucida corrida de Juan Contreras, cuando solo faltaban tres días para hallar la muerte en las astas de Bailaor. Ya entonces reinaba en el mundo taurino una agitada crispación contra José y Juan, aunque era «Gallito» a quien se consideraba el culpable de todos los males del toreo. Amarga resultó su última tarde de Valencia, desde donde partió a Madrid para que las cosas fueran aún peor… Y para apurar el cáliz, de Madrid a Talavera de la Reina, donde no habría retorno y acudía para cumplir el armisticio acordado en el madrileño restaurante «La Estrecha» con el influyente e insaciable crítico del diario «ABC» Gregorio Corrochano.

Último cartel de «Joselito» en Valencia

El ameno relato de Ángel Berlanga invita a conocer el recorrido de «Joselito» en Valencia, proponiendo profundizar con lujo de detalle en los hechos que acontecieron en los diez años y once temporadas de las actuaciones de aquel prodigioso torero —«Maravilla» le llamaban—, que entusiasmó con su incontestable magisterio a la afición de todo el orbe taurino. A modo de capítulos, el autor rotula cada uno de aquellos años y ofrece al lector 1910: Fulgurante debut; 1911: Doblete de becerradas; 1912: Primeros grandes retos; 1913: De príncipe heredero a rey; 1914: Por fin frente a Belmonte; 1915: Los seis miuras… y el fracaso ante Platero; 1916: Resistir hasta vencer; 1917: La grandeza no se agota; 1918: Solo en la cumbre —Gallito: «Doy lo que tengo, no me reservo nada» —El Gallo: «Las espantás son a causa de mi poco poder»; 1919: Dominio absoluto; y 1920: Triste final. Tras la cronología de los hechos, ilustrada con gran recopilación de fotos y documentos históricos, el libro sigue su curso relacionando las actuaciones de «Gallito» en Valencia, ofrece una miscelánea de instantáneas del torero, así como un inventario fotográfico a color de las piezas del espada que se exponen en el Museo Taurino de la ciudad, y reproducciones de los carteles de sus actuaciones.

Un hallazgo histórico: el montaje de una foto 

Mas nos queda ahí la cosa, pues el final llega con sorpresa en esta lujosa obra editada por la Imprenta de la Diputación de Valencia, donde Ángel Berlanga desvela un hallazgo sorprendente que descubrió mientras la realizaba. El sagaz periodista demuestra al lector el fraude de una foto considerada histórica, la única que se conocía de la tarde fatal, y que hasta ahora nadie había reparado que se trataba de un montaje, probando con fotografías como la instantánea atribuida durante un siglo a «Joselito» en Talavera, instrumentando un ayudado por bajo, fue publicada en el año 1914 por el Semanario «Sol y Sombra», y pertenece a la corrida de la feria de Algeciras del 15 de junio de 1914, y cómo para consumar el engaño se utilizó la parte superior de una imagen tomada en la plaza de Talavera de la Reina un día de toros anterior al año 1920, para hacer creer que el pase del genial torero había sido ejecutado la tarde de su último viaje. 


Nuestra más cordial enhorabuena al excelente aficionado Ángel Berlanga, a quien felicitamos por este magnífico trabajo periodístico.


NOTA: La obra puede adquirirse en Librería Rodríguez, Plaza de toros de las Ventas de Madrid, acceso 1, junto a la puerta de cuadrillas. DP 28028 Madrid. Teléfono 630 26 68 12.

 

domingo, 18 de febrero de 2024

COINCIDENCIAS ENTRE DOS GENIOS DEL TOREO: «JOSELITO» Y «MANOLETE»

Por Antonio Luis Aguilera

José Gómez Ortega «Joselito»

Hace unos días, organizado por la Fundación del Toro de Lidia, se presentó en Córdoba el magnífico documental «Joselito el GalloEl torero sabio», una producción de Canal Sur Televisión y TVE1, que una vez estrenada desapareció de la carta de ambas cadenas y no puede ser visionada. Una pena. Y un despropósito más de estos medios, que con sus cómplices silencios condenan todo lo que tenga que ver con los toros y la historia de España, tan inseparables, en prevención de las descompuestas embestidas de los antitaurinos, que de esta manera seguirán medrando ante el silencio cobarde de la mediocre clase política que gobierna las televisiones públicas.

Este excelente documental, de momento secuestrado, nos hizo reflexionar sobre la vida del genio sevillano de Gelves y las coincidencias con otro rey del toreo, el cordobés Manuel Rodríguez «Manolete». 

Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete»

Los dos fueron hijos de toreros y quedaron huérfanos a corta edadJosé Gómez Ortega era hijo del matador de toros sevillano Fernando Gómez García «El Gallo», casado con la bailaora gaditana Gabriela Ortega Feria, que falleció el 2 de agosto de 1897, cuando su hijo menor, nacido el 8 de mayo de 1895, contaba dos años de edad. Del mismo modo, Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete», hijo del matador de toros de idéntico nombre, apellidos y apodo, casado con la albaceteña Angustias Sánchez Martínez, falleció en Córdoba en su domicilio de la calle Benito Pérez Galdós número 8 el día 4 de marzo de 1923, cuando su hijo, nacido el 4 de julio de 1917, tenía cinco años de edad. Conviene precisar que «Manolete» vivió en cuatro casas de Córdoba, aunque muchos aficionados solo conocen tres. Nació en el número 2A de la calle Conde de Torres Cabrera, de allí la familia se trasladó a la calle Benito Pérez Galdós número 8, y posteriormente, al fallecer su padre, a la Plaza de La Lagunilla, hasta que en 1942 el torero adquirió el palacete colonial de la Avenida de Cervantes.

 

Ambos vivieron una infancia con estrecheces económicas, las propias de las familias donde faltaba el soporte económico de un jefe abastecedor. Para los Gómez comenzaron a superarse cuando Rafael —el «Divino Calvo»—, hermano mayor de José tomó la alternativa como matador de toros y, definitivamente, cuando el benjamín de los «Gallo» ingresó en el escalafón superior para auparse vertiginosamente hasta lo más alto. Mientras, en el domicilio cordobés de la Plaza de la Lagunilla del barrio de Santa Marina, las dificultades desaparecieron cuando aquel muchacho flaco, de aspecto serio y triste, impuso en los ruedos el toreo que concebía desde su verticalidad de torre. 

 

«Joselito»

Tanto «Joselito» como «Manolete» fueron los amos del toreo de sus respectivas épocas y marcaron el rumbo de la Tauromaquia moderna, pues mientras que «Gallito» experimentó e incluyó en su modelo de faena habitual de muleta la ligazón en redondo de los pases naturales, concepto de toreo que habría de continuar y poner en valor con la singular belleza de su arte Manuel Jiménez «Chicuelo», que agrupando los pases en series crearía el modelo actual de faena ligada en redondo, para que años después «Manolete», que acortó las distancias con los toros para provocar las arrancadas, le otorgara continuidad al imponer el toreo ligado a la mayoría de los toros, hasta implantar definitivamente la línea de toreo gallista cuyo soporte histórico se sustenta en estos tres espadas citados. Cuidado con confundir el significado de concepto técnico con la expresión artística personal o acento de cada torero, que ahí es donde radica la confusión de los partidarios de Belmonte.

«Manolete»

A ninguno de los dos dejaron que fueran felices en sus relaciones sentimentales, pues mientras que «Joselito», enamorado de Guadalupe de Pablo Romero, tuvo que sufrir el rechazo del padre de esta y célebre ganadero, quien en los inicios del espada decía quererle como a un hijo, después, al ver que un gitano —Gabriela Ortega, la madre del torero lo era— pretendía casarse con su hija se opuso rotundamente al enlace. Según parece, finalmente y con la condición de que el espada dejara el toreo, estuvo dispuesto a consentir el enlace  que ya no llegaría porque un toro se cruzó en la toledana plaza de Talavera de la Reina. Por otra parte «Manolete», aunque en los difíciles años de censura franquista tuvo valor para ponerse el mundo por montera y vivir desde 1943 con su novia en Madrid, sufrió la irracional y cruel oposición de su madre, que nunca consintió que formalizara su noviazgo con la famosa actriz de cine Antonia Bronchalo Lopesino «Lupe Sino», boda que según confesó el torero al periodista de Diario «Pueblo» don Antonio Bellón, cuando en la madrugada del 28 de agosto de 1947 conducía su propio vehículo desde Manzanares a Linares, se iba a celebrar en Barcelona el 18 de octubre, con o sin el consentimiento de doña Angustias, sin imaginar que por la tarde un toro de Miura pondría el final a su vida en el coso de Santa Margarita de la localidad andaluza. «Bailaor» e «Islero», los toros de tan triste final, cargaron con las culpas inconfesables de quienes hicieron la vida imposible a estos toreros. 

Gregorio Corrochano, crítico taurino de ABC

«Joselito» y «Manolete» recibieron un trato despiadado de Gregorio Corrochano, crítico taurino del Diario ABC. La relación entre el crítico del periódico más influyente de España y el torero sevillano, que confesó haberle hecho muchos favores y se trataba de una persona insaciable, fue especialmente tensa desde que se llevó a cabo la construcción de la plaza de toros monumental en la capital hispalense. A «Joselito» le quitaba el sueño un acoso que consideraba cruel e injusto, mientras que desde su pedestal Gregorio Corrochano no tuvo el menor reparo en hacerle el mayor daño posible atacando por todos los frentes, incluidos los que trascendían de sus actuaciones en los ruedos, como insinuar la manipulación fraudulenta de los pitones de los toros en el cajón de curas del embarcadero ferroviario de «Los Merinales», o airear la tristeza de José por las dificultades que encontraba para formalizar su relación con Guadalupe de Pablo Romero.

Tratando de poner fin a tan áspera e insostenible relación, el matador de toros Ignacio Sánchez Mejías, cuñado de «Joselito», mediaría para propiciar el acercamiento y firmar un armisticio entre el crítico y el espada, encuentro que sería conocido como el «Pacto de la Estrecha», por haberse celebrado en el restaurante de este nombre ubicado en la calle Mayor de Madrid, donde en un almuerzo José llegó a tocar el punto débil del crítico, es decir, acceder a lo que le pedía en ese momento, que era actuar por 5.000 pesetas —la mitad de los honorarios que cobraba por corrida— en la fatídica tarde del 16 de mayo de 1920 en Talavera de la Reina, localidad natal del crítico, en el festejo organizado por la propia familia del cronista de ABC, donde finalmente  hallaría la muerte en las astas del burriciego  "Bailaor", de la ganadería de la Viuda de Ortega, que era doña María Josefa Corrochano, tía de don Gregorio, en la corrida que organizaba su hijo Venancio, propietario de la plaza.

«Manolete»

Del mismo modo, «Manolete» no recibió mejor trato de don Gregorio. Narraba Guillermo Sureda que a su regreso a España en 1947, temporada que por voluntad propia no comenzaría hasta el 22 de junio en Barcelona, Manuel Rodríguez acudió como espectador a la corrida de Miura de la feria de Sevilla. En la crítica firmada por Corrochano en ABC pudo leerse: «Gitanillo de Triana» brindó a «Manolete», que estaba en un tendido. Desde lejos no se veía bien si brindaba a un torero o a un banquero. Realmente no es solo el indumento el que favorece en este caso la confusión, contribuye también que cuesta trabajo creer que en la feria de Sevilla, y particularmente en la corrida de Miura, el que es en la actualidad el primer torero de España está viendo toros desde la barrera». 

Sigue el relato de Guillermo Sureda: «Pero, en esta misma corrida Pepe Luis le brinda un toro a Rafael el Gallo, y Corrochano dice: “Cuando se levantó Rafael el Gallo al brindarle Pepe Luis Vázquez, toda la plaza vio que se levantaba un torero… Pepe Luis le llamó maestro y el maestro se puso en pie. Pepe Luis le dijo que sentía que por su edad estuviera en el tendido, porque tenía la seguridad de que con diez años menos estaría Rafael el Gallo en el ruedo con ellos, sin conformarse con verlos torear”. Marcial Lalanda estaba en el callejón, zona intermedia entre el público y los toreros. Se advertía marejadilla taurina... ¿Se puede aplaudir igual al torero que está en el tendido porque no puede ya torear que al que está en el tendido por qué no quiere torear?».

«Joselito»

José Gómez Ortega y Manuel Rodríguez Sánchez —que había dado orden a su apoderado José Flores «Camará» para que no le firmara ninguna corrida en la plaza de Talavera de la Reina— fueron víctimas del toro y, curiosamente, ambos resultaron corneados mortalmente por el quinto de la tarde —para que digan que «no hay quinto malo»—. El destino quiso que fuera el orden de lidia que habría de corresponder en el sorteo a “Bailaor” e “Islero”. 

 

La última coincidencia y la breve pero magnífica reflexión final que relatamos vienen de la pluma del grandioso historiador «José Alameda»: «los dos cubrieron ocho temporadas cada uno. «Gallito», de 1912 a 1920; «Manolete», de 1939 a 1947. Meses más, meses menos, pues la temporada de la alternativa y la de la muerte son en ambos incompletas. Corto tiempo para tan honda huella».

 

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